INVENTIVASocial
Edición FEBRERO 2006
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Ah, lluvia! *
Ah, lluvia!
silenciosa y oculta
profanadora
terciopelo del aire
para tu boca
ah!
esa lluvia que cae al silenciosa
trasparente frente al mundo
frente a vos
y yo
vividas vidas
por un ramo de gotas
tecleando al suelo cada poema
haciendo laguna
oxidando sueños
esas que abrazan el molino en la bruma
de sus brazos
apartando la luna ciega
vendadas estrellas
con un
pañuelo para no doler
tu zamba
ah!
pretexto
confluencia
páramo
nostalgia que cae con ojos en llamas
revertida palabra en agua
barro en letras
de una sopa destilando el pasado
ah!
confluencia de tu alma
el sortilegio de mi mapa
ah! lluvia con las eles de tu pan
tus pájaros
tu misma lluvia bajo el cielo que amo
en tu boca
la melancólica manera de tenerte
bajo las nubes de mi lágrima.
*de ricardo d. mastrizzo. ricardomastrizzo@...
silenciosa y oculta
profanadora
terciopelo del aire
para tu boca
ah!
esa lluvia que cae al silenciosa
trasparente frente al mundo
frente a vos
y yo
vividas vidas
por un ramo de gotas
tecleando al suelo cada poema
haciendo laguna
oxidando sueños
esas que abrazan el molino en la bruma
de sus brazos
apartando la luna ciega
vendadas estrellas
con un
pañuelo para no doler
tu zamba
ah!
pretexto
confluencia
páramo
nostalgia que cae con ojos en llamas
revertida palabra en agua
barro en letras
de una sopa destilando el pasado
ah!
confluencia de tu alma
el sortilegio de mi mapa
ah! lluvia con las eles de tu pan
tus pájaros
tu misma lluvia bajo el cielo que amo
en tu boca
la melancólica manera de tenerte
bajo las nubes de mi lágrima.
*de ricardo d. mastrizzo. ricardomastrizzo@...
Perdido en mí *
Vivo perdido en mí, buscándote.
No puedo hallar la puerta que me lleve
a compartir tus noches nuevamente.
Alrededor las fauces de la vida
sin piedad van devorando los minutos
que me alejan del roce de tus labios.
Pérfidos dioses sin rostro definido
enmascaran con rocas los caminos,
pintan volcanes en el mar para perderme
y ocultan bajo llave tus costas añoradas.
¡No quieren que edifique mis castillos
en la quietud impura de su aire!
Quisieran que mis pies no reconozcan tus senderos,
que el engañoso faro de otros ecos
me pierda entre la niebla del olvido,
pero el salitre atlántico que respiré una tarde
me habla de los perfiles dorados de tu playa.
Yo invoco el oleaje y la tormenta,
apelo al vendaval y a las mareas.
Yo me hallaré buscándote en la orilla
del vasto continente que te acoge.
Yo te hallaré buscándome en las aguas
que mansamente lo acarician y veneran.
*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@...
http://www.aragonesasi.com/sergio
http://al-andar.blogspot.com/
Vivo perdido en mí, buscándote.
No puedo hallar la puerta que me lleve
a compartir tus noches nuevamente.
Alrededor las fauces de la vida
sin piedad van devorando los minutos
que me alejan del roce de tus labios.
Pérfidos dioses sin rostro definido
enmascaran con rocas los caminos,
pintan volcanes en el mar para perderme
y ocultan bajo llave tus costas añoradas.
¡No quieren que edifique mis castillos
en la quietud impura de su aire!
Quisieran que mis pies no reconozcan tus senderos,
que el engañoso faro de otros ecos
me pierda entre la niebla del olvido,
pero el salitre atlántico que respiré una tarde
me habla de los perfiles dorados de tu playa.
Yo invoco el oleaje y la tormenta,
apelo al vendaval y a las mareas.
Yo me hallaré buscándote en la orilla
del vasto continente que te acoge.
Yo te hallaré buscándome en las aguas
que mansamente lo acarician y veneran.
*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@...
http://www.aragonesasi.com/sergio
http://al-andar.blogspot.com/
HERRIMINA*
Ella se fue antes de que los ojos le envejecieran, antes de que las lágrimas infantiles se quebraran en mueca de dolor. Ella se marchó de la Europa para la América; se la llevaron, hubo una ajena historia que la mojó con sus olas, y la marejada la llevó mar adentro para cruzar un océano de tiempo pero no de olvido.
Frases, palabras sueltas de un idioma que crecía en su tierra; una nueva tierra en esta América que le dio hijos y casa y una vida que se edificaba sobre los antiguos cimientos pétreos. Así como las catedrales se levantan sobre templos celtas, romanos, mayas, así la vida de mi madre escondía catacumbas de historias secretas, gentes que transcurrían en un más allá inalcanzable, unos sus abuelos que se dieron a la tierra sin la posibilidad de la despedida necesaria.
Parece cosa inevitable que la acumulación de años haga aflorar las deidades soterradas. Así la edad hizo recuperar a mi madre su "herrimina", dolor de pueblo, como bellamente dicen los vascos la palabra nostalgia. Y antiguas canciones se descolgaron de las ramas del cerezo de jardín, mientras en plácidas tardes de mate y sillones plegables se dejaban atraer del pasado la burra que rebuznaba a las once, el ahogado, el peináo llamando a la puerta de la fábrica, el abuelo escuchando la prohibida BBC debajo de
una frazada.
Y atraer por atraer, también llegó Euskadi en forma de una amiga de la infancia y el esposo, que portaron para nosotras las antiguas noticias. Que esta se ha muerto, que aquél se ha casado con la prima de aquella que jugaba. Que la carretera ha borrado parte de tu fotografía, y que la vieja tienda prospera.
Cómo explicar a los viajeros que han traído en sus maletas una infancia, un paisaje, un pueblo. Cómo agradecerles que al cantar a dúo las dulces melodías, extiendan perfumes a sidrería y caserío sobre el mantel blanco, rojo y verde. No conocen ellos la agonía del no estar. Sólo quien ama y sabe que su amado camina y habla, pero lejos, pero en otra parte, puede comprender el sentir de quien no retorna a su patria.
Cuando se fueron, Arantxa se adornó con una flor blanca del jardín de mi madre. Su rostro valiente, triste y sonriente, llevaba la alba corona como el deseo etéreo del regreso. Remedio para el dolor de pueblo no se conoce, bálsamo reconfortante si; una amistad que planea sobre las décadas y las lejanías.
La flor del jardín de mi madre llegó al país vasco. Cómo negarme a pensar que ha llevado un alma, entretejida en los pétalos blancos.
Ella se fue antes de que los ojos le envejecieran, antes de que las lágrimas infantiles se quebraran en mueca de dolor. Ella se marchó de la Europa para la América; se la llevaron, hubo una ajena historia que la mojó con sus olas, y la marejada la llevó mar adentro para cruzar un océano de tiempo pero no de olvido.
Frases, palabras sueltas de un idioma que crecía en su tierra; una nueva tierra en esta América que le dio hijos y casa y una vida que se edificaba sobre los antiguos cimientos pétreos. Así como las catedrales se levantan sobre templos celtas, romanos, mayas, así la vida de mi madre escondía catacumbas de historias secretas, gentes que transcurrían en un más allá inalcanzable, unos sus abuelos que se dieron a la tierra sin la posibilidad de la despedida necesaria.
Parece cosa inevitable que la acumulación de años haga aflorar las deidades soterradas. Así la edad hizo recuperar a mi madre su "herrimina", dolor de pueblo, como bellamente dicen los vascos la palabra nostalgia. Y antiguas canciones se descolgaron de las ramas del cerezo de jardín, mientras en plácidas tardes de mate y sillones plegables se dejaban atraer del pasado la burra que rebuznaba a las once, el ahogado, el peináo llamando a la puerta de la fábrica, el abuelo escuchando la prohibida BBC debajo de
una frazada.
Y atraer por atraer, también llegó Euskadi en forma de una amiga de la infancia y el esposo, que portaron para nosotras las antiguas noticias. Que esta se ha muerto, que aquél se ha casado con la prima de aquella que jugaba. Que la carretera ha borrado parte de tu fotografía, y que la vieja tienda prospera.
Cómo explicar a los viajeros que han traído en sus maletas una infancia, un paisaje, un pueblo. Cómo agradecerles que al cantar a dúo las dulces melodías, extiendan perfumes a sidrería y caserío sobre el mantel blanco, rojo y verde. No conocen ellos la agonía del no estar. Sólo quien ama y sabe que su amado camina y habla, pero lejos, pero en otra parte, puede comprender el sentir de quien no retorna a su patria.
Cuando se fueron, Arantxa se adornó con una flor blanca del jardín de mi madre. Su rostro valiente, triste y sonriente, llevaba la alba corona como el deseo etéreo del regreso. Remedio para el dolor de pueblo no se conoce, bálsamo reconfortante si; una amistad que planea sobre las décadas y las lejanías.
La flor del jardín de mi madre llegó al país vasco. Cómo negarme a pensar que ha llevado un alma, entretejida en los pétalos blancos.
Porque sos la paciencia*
Porque sos la paciencia,
el
amontonamiento de mi risa,
porque te quiero
por el símbolo que llevo
de tu alma
te quiero.
Porque de guitarra y vino,
cuerdas derramadas
vino en acorde,
porque,
fruta en el recuerdo,
porque flor en el anuncio
de tu primavera,
por tu primera mano en mi mano.
No hay en mi
una sola palabra que no te nombra,
porque sos vocabulario del pan,
porque eres y fuiste y soy
entre tu piel el regreso de mi cuerpo.
A veces, ciertas calandrias
recortan el olvido
atándome en una lágrima,
otras,
algún que otro carril
o baúl de añoranzas después de la cena
permutan un sueño por otro.
No se,
procuro hacer camino en el aire,
viviendo de a risas
una ristra de causas endiabladas.
Otras veces, bosquejo tu nombre en la almohada
o en las paredes
y allí salen a crepitar la madera del antiguo olivo.
Dejo Cristos y
cruces,
propongo algún poema simétrico
o redundante
de palabras suicidas,
pero, no me engaño amor,
no me engaña la muerte y la suerte de quererte
bajo el poema bendito,
bajo el poema maldito,
o bajo la ruta
final del olvido.
Ya ves, como siempre salgo a pasear
con versos peores o no tan mejores
apasionado en la repetida palabra,
y quedo ahí,
seguido de dolores y causas,
de verdores
con imágenes madrugada
tratando de no lloverte amor,
tratando de no lloverte,
pero mi lágrima sigue el cause
de los que quedaron sin olvido.
*de ricardo d. mastrizzo. ricardomastrizzo@...
Colores*
Las mariposas susurraron en su brilloso color. Juntaron antenas con antenas y oyeron la música de un oleaje que sucumbió con un barco, hace tiempo. Tu y yo, solos por el mundo, sin nombre y sin firma, escribimos en los blogs del mañana, lo que nadie leerá, porque sus inmaduras mentes, sus caprichosas mentes, tienen dentro un campamento de mosquitos ruidosos que les deja pensar solo en sus picados cuerpos. ¿Seguirán siendo de sangre roja ó sangre azul? Tal vez para entonces, sus afiladas lanzas puntiagudas y zumbantes, hayan hecho su completa transfusión sanguínea, sin ningún resultado positivo.
Volvamos a ser mariposas!!
*de Luisa Belandia. FWaterdrop@...
Las mariposas susurraron en su brilloso color. Juntaron antenas con antenas y oyeron la música de un oleaje que sucumbió con un barco, hace tiempo. Tu y yo, solos por el mundo, sin nombre y sin firma, escribimos en los blogs del mañana, lo que nadie leerá, porque sus inmaduras mentes, sus caprichosas mentes, tienen dentro un campamento de mosquitos ruidosos que les deja pensar solo en sus picados cuerpos. ¿Seguirán siendo de sangre roja ó sangre azul? Tal vez para entonces, sus afiladas lanzas puntiagudas y zumbantes, hayan hecho su completa transfusión sanguínea, sin ningún resultado positivo.
Volvamos a ser mariposas!!
*de Luisa Belandia. FWaterdrop@...
EL PUENTE DE LA VIA*
El puente estaba a una docena de cuadras, no más, de dónde vivíamos cuándo éramos niños, pero a nosotros nos parecía que la distancia era enorrrme, y siempre tenía sabor a aventura. Teníamos
necesariamente que hacer un tramo caminando por las vías, después de andar las últimas tres o cuatro cuadras del pueblo hasta el paso a nivel donde ahora estoy parado; contemplando y recordando esas vivencias infantiles, que pasaron hace nada menos que cinco décadas y aún algo más.-
Estoy justamente en el cruce de la vieja vía con el camino. El que saliendo del pueblo va recto al norte, pasando por las chacras sembradas. El lugar está en parte casi igual; los grandes eucaliptos viejos, enormes y retorcidos siguen allí adelante, al borde, a mi izquierda. Claro que están más viejos que entonces, y faltan algunos, tumbados poco a poco por los vientos de tantas tormentas y algunos talados sin mayor conciencia. También falta enfrente un gigantesco Ombú, pero allí ahora fue avanzando el borde urbano, por lo que lo que era campo hoy son calles llenas de casas.-
Incluso desde aquí vislumbro a través de los rugosos troncos y altos pastos la vieja casona donde entonces íbamos los domingos con Audino, mi hermano mayor, a escuchar los partidos del campeonato por la Radio, cosa que nosotros aún no teníamos, y allí vivían varios chicos de la edad de él, primos entre sí, que eran compañeros en el Colegio. Ellos no eran ni amigos míos, ni compañeros, y hasta les tenía algo de temor, o recelo. Incluso los mayores, que se sumaban al grupo, eran para mí extraños. Uno tenía largos bigotes como ya no se veían, de otra época, retorcidos y puntiagudos. En esos años tuvo un trágico final este hombre imponente. Una noche lluviosa murió de un tiro de revólver en la ladrillería que tenían cerca de la amplia casona; un peón ebrio, de turno en el horno, puso fin a su vida, parece que por problemas pasionales o tal vez sólo por el vino. Otro era tullido y usaba muletas, y era muy apacible y amistoso y a él sí le agarré mucho cariño. Siempre tocaba las conexiones de los cables con la batería, cuando la radio chirriaba o enmudecía. Yo trataba de tener claro en qué constituía el equipo y cuál era su magia. El receptor, que en sí era todo un mueble, los cables con sus bornes, la batería o acumulador, el molinillo de viento que proveía la recarga, y la antena aérea, de altas picanas como mástiles, con sus riendas y blancos aisladores y el oscilante hilo de cobre con su bajada. Toda una instalación. Y... , las estaciones estaban a gran distancia. Se escuchaban pocas y eran casi todas de Buenos Aires, pero todavía no eran muchas las casas que podían tener una. Pero no era sólo la pasión del fútbol ni las tardes de radio, sino recorrer este camino y su entorno, salir de nuestro pequeño mundo, y alejarnos de las últimas casas del pueblo, cruzar la vía, y adentrarnos en lo que había más allá. Cruzar la vía era el comienzo de la aventura. Más allá era otra cosa, el camino era largo, infinito, y hablaba de otros lugares que conocíamos sí pero que estaban cargados de encanto. Hasta ese pequeño tramo era un viaje, un verdadero viaje, donde pasaban tantas cosas lindas: las llamativas alas pintadas del pájaro que nos rozó volando, el otro que estaba cerquita en un arbusto del alambrado, o la liebre que descubríamos en su carrera por las puntas de las largas orejas que asomaban zigzagueando en los pastos, o de pronto, una perdiz que nos mató de susto al alzar vuelo casi debajo del pie.- ¡ PPPPRRRR rrrrrr ...! O la forma de aquella Tala, con su copa ahuecada y tupida como una techumbre, o aquella rama perfecta para una honda, o el ulular del viento, la frescura de una sombra, el flamear de los pastos , o los vertiginosos y traviesos remolinos de verano, levantando polvo, pastos, y papeles que quedaban girando y se descolgaban lentamente del cielo, revoloteando como desilusionados, mientras que del remolino no quedaba ni rastros...
O sea: contemplo lo que queda y me transporto en el tiempo; mientras piso los rieles enterrados , soñando. Pero si bien detrás de mí el pueblo se convirtió en ciudad y el pavimento llega precisamente hasta la vía, hacia el norte el camino sigue polvoriento; pero en la vía el tren no pasa desde hace muchos años, veinte al menos. Aquí el polvo del camino le puso una capa ya permanente y cada vez más compacta, dura como una lápida, y triste como una mortaja. A un lado y otro del camino los rieles abandonados duermen entre el pasto que los ha ido tapando casi por completo, y por momentos se dejan entrever entre la fronda de la gramilla por el pálido brillo que reflejan del sol de la tarde en el dorso casi opaco, y más adelante se adivina la vía y la curva que aquí comienza, redondeada y suave, más por la memoria que por la evidencia.- Antes, ese brillo nos cegaba cuando caminábamos contra el sol ya que el tren al pasar una y otra vez los mantenía pulidos como espejos, y la gramilla y otros pastos se mantenían prolijamente fuera de la franja que formaba la vía con el ancho de los durmientes a flor de tierra. A cada lado del cruce, en la línea del alambrado, los guardaganados impedían que los caballos , vacunos u otros animales grandes ingresen a las vías por obvias razones de seguridad. No eran profundos pero a nosotros nos atraían y nos demorábamos en pasar pisando una y otra vez sobre las rejas como demostrando el valor que teníamos, especialmente cuando los domingos estábamos acompañados por los demás chicos con los que solíamos ir a jugar. Hoy están tapados en tierra, o quizás ni estén allí, porqué no se ven ni rastros, al menos a simple vista.
Estoy justamente en el cruce de la vieja vía con el camino. El que saliendo del pueblo va recto al norte, pasando por las chacras sembradas. El lugar está en parte casi igual; los grandes eucaliptos viejos, enormes y retorcidos siguen allí adelante, al borde, a mi izquierda. Claro que están más viejos que entonces, y faltan algunos, tumbados poco a poco por los vientos de tantas tormentas y algunos talados sin mayor conciencia. También falta enfrente un gigantesco Ombú, pero allí ahora fue avanzando el borde urbano, por lo que lo que era campo hoy son calles llenas de casas.-
Incluso desde aquí vislumbro a través de los rugosos troncos y altos pastos la vieja casona donde entonces íbamos los domingos con Audino, mi hermano mayor, a escuchar los partidos del campeonato por la Radio, cosa que nosotros aún no teníamos, y allí vivían varios chicos de la edad de él, primos entre sí, que eran compañeros en el Colegio. Ellos no eran ni amigos míos, ni compañeros, y hasta les tenía algo de temor, o recelo. Incluso los mayores, que se sumaban al grupo, eran para mí extraños. Uno tenía largos bigotes como ya no se veían, de otra época, retorcidos y puntiagudos. En esos años tuvo un trágico final este hombre imponente. Una noche lluviosa murió de un tiro de revólver en la ladrillería que tenían cerca de la amplia casona; un peón ebrio, de turno en el horno, puso fin a su vida, parece que por problemas pasionales o tal vez sólo por el vino. Otro era tullido y usaba muletas, y era muy apacible y amistoso y a él sí le agarré mucho cariño. Siempre tocaba las conexiones de los cables con la batería, cuando la radio chirriaba o enmudecía. Yo trataba de tener claro en qué constituía el equipo y cuál era su magia. El receptor, que en sí era todo un mueble, los cables con sus bornes, la batería o acumulador, el molinillo de viento que proveía la recarga, y la antena aérea, de altas picanas como mástiles, con sus riendas y blancos aisladores y el oscilante hilo de cobre con su bajada. Toda una instalación. Y... , las estaciones estaban a gran distancia. Se escuchaban pocas y eran casi todas de Buenos Aires, pero todavía no eran muchas las casas que podían tener una. Pero no era sólo la pasión del fútbol ni las tardes de radio, sino recorrer este camino y su entorno, salir de nuestro pequeño mundo, y alejarnos de las últimas casas del pueblo, cruzar la vía, y adentrarnos en lo que había más allá. Cruzar la vía era el comienzo de la aventura. Más allá era otra cosa, el camino era largo, infinito, y hablaba de otros lugares que conocíamos sí pero que estaban cargados de encanto. Hasta ese pequeño tramo era un viaje, un verdadero viaje, donde pasaban tantas cosas lindas: las llamativas alas pintadas del pájaro que nos rozó volando, el otro que estaba cerquita en un arbusto del alambrado, o la liebre que descubríamos en su carrera por las puntas de las largas orejas que asomaban zigzagueando en los pastos, o de pronto, una perdiz que nos mató de susto al alzar vuelo casi debajo del pie.- ¡ PPPPRRRR rrrrrr ...! O la forma de aquella Tala, con su copa ahuecada y tupida como una techumbre, o aquella rama perfecta para una honda, o el ulular del viento, la frescura de una sombra, el flamear de los pastos , o los vertiginosos y traviesos remolinos de verano, levantando polvo, pastos, y papeles que quedaban girando y se descolgaban lentamente del cielo, revoloteando como desilusionados, mientras que del remolino no quedaba ni rastros...
O sea: contemplo lo que queda y me transporto en el tiempo; mientras piso los rieles enterrados , soñando. Pero si bien detrás de mí el pueblo se convirtió en ciudad y el pavimento llega precisamente hasta la vía, hacia el norte el camino sigue polvoriento; pero en la vía el tren no pasa desde hace muchos años, veinte al menos. Aquí el polvo del camino le puso una capa ya permanente y cada vez más compacta, dura como una lápida, y triste como una mortaja. A un lado y otro del camino los rieles abandonados duermen entre el pasto que los ha ido tapando casi por completo, y por momentos se dejan entrever entre la fronda de la gramilla por el pálido brillo que reflejan del sol de la tarde en el dorso casi opaco, y más adelante se adivina la vía y la curva que aquí comienza, redondeada y suave, más por la memoria que por la evidencia.- Antes, ese brillo nos cegaba cuando caminábamos contra el sol ya que el tren al pasar una y otra vez los mantenía pulidos como espejos, y la gramilla y otros pastos se mantenían prolijamente fuera de la franja que formaba la vía con el ancho de los durmientes a flor de tierra. A cada lado del cruce, en la línea del alambrado, los guardaganados impedían que los caballos , vacunos u otros animales grandes ingresen a las vías por obvias razones de seguridad. No eran profundos pero a nosotros nos atraían y nos demorábamos en pasar pisando una y otra vez sobre las rejas como demostrando el valor que teníamos, especialmente cuando los domingos estábamos acompañados por los demás chicos con los que solíamos ir a jugar. Hoy están tapados en tierra, o quizás ni estén allí, porqué no se ven ni rastros, al menos a simple vista.
Hacia el este del paso a nivel, la Estación quedaba a unas veinte cuadras, y la vía terminaba de hacer la curva y seguía recta unas diez cuadras hasta otro paso a nivel; pero aquello estaba fuera de nuestro alcance, al menos en esa etapa. Aquí teníamos suficiente. Aquí mismo a la derecha están todavía los galpones de una fundición de hierro, y enfrente una ruidosa desmotadora de algodón, que nos tapaba en polvo y humo, además de un constante zumbido de sus extractores,
ventiladores y ciclones, que nos arrullaba y nos despertaba, una u otra. Al costado de la vía formaban montones los residuos de borra y metal fundido entre los que encontrábamos enorme cantidad de municiones de hierro más o menos redondeadas especiales para tirar con las gomeras , que justamente por su peso y su redondez aseguraban una trayectoria de verdaderas balas; hoy diría que hasta sumamente peligrosas. Ese montón de desecho tenía incontables buscadores de proyectiles que almacenábamos para nuestras correrías.- También era campo de pruebas, porqué la tentación era ver como se tiraba con estos o con aquellos, y los blancos predilectos eras los aislantes de porcelana del telégrafo que bordeaba la vía junto al alambrado. Algunos chicos de nuestra edad, o un poco mayores eran unos verdaderos inadaptados, capaces de cualquier maldad, por lo que eso, era una nadería. Eso, o matar inofensivas palomitas, horneros, cuises , etc., que hoy horrorizaría a cualquiera, aquella vez pasaba
desapercibido. Aún no se hablaba de ecología ni de especies protegidas, y casi casi , ni de amor a los animales; al menos no con la conciencia con que hoy se está asumiendo, y menos a los niños, y menos que menos a esos niños ...
A una calle de la vía vivíamos nosotros, y ver pasar el tren era una diversión que no menguaba por más que lo hacíamos todos los días, mañana y tarde. El más interesante era el tren de carga. No tenía un horario, como el de pasajeros, pero pasaba después de media tarde y en el invierno, durante la temporada de la caña de azúcar, íbamos al borde a esperar su paso y nos solían arrojar cañas enteras o trozos, y para nosotros eran trofeos tan valiosos que volver con cierta carga nos llenaba de gloria. Recuerdo las emociones de la espera.- Ver al maquinista o al foguista esconder o balancear las cañas que nos arrojarían, tras elegirnos; porqué a veces éramos varios los chicos que esperábamos junto al alambrado.- Era todo un juego, para ellos seguramente divertido, para nosotros, angustioso. Si el tren era largo siempre había más gente en los vagones o en las chatas, que hacían otro tanto. Pero no era necesariamente pareja la cosecha, era más bien cosa del azar. Todos guardábamos una estratégica distancia uno de otro, asignándonos en el momento un territorio; y desde nuestra posición aguardábamos expectantes. Ver que se fijaban en uno y revoleaban el trofeo en nuestra dirección, y caía más o menos cerca pero entre las matas de paja brava y había que encontrarla, a veces disputándola fieramente con el chico vecino; y otras veces con la poca luz del ocaso se terminaban perdiendo y proseguíamos la búsqueda al día siguiente. No era seguro que la caña nos esperara, quizás el ocasional vecino nos habría madrugado.-
Justo enfrente, cruzando la vía, había una pequeña franja de monte. Un montecito . No tendría más de media cuadra de ancho, y una cuadra de largo. Pero tenía todos los tonos de verde, y bastaba para que a nosotros nos pareciera una selva virgen, inhóspita, y cuajada de peligros... Aromos, chañares, espinacoronas, arbustos y enredaderas, tunas con sus tentadoras frutas pero erizadas de púas, cardos con sus varas floridas, insectos que zumbaban, diversos pájaros que anidaban allí, un sendero bastante sinuoso que lo atravesaba; y en una punta una lagunita, donde solíamos sentarnos por horas, con mi hermanito menor, Reinaldo, y a veces algún vecinito, a la sombra de los algarrobos que la bordeaban y hacíamos que pescábamos tirando los "bogueritos" entre los juncos , mientras observábamos las ranas o los sapitos, y los caracoles y los rojos racimos de huevos pegados a las pajas sobre la línea del agua.- Nunca la he visto seca a la pequeña laguna, ni en tiempos de seca, y eso que no era más que un charco. Hoy me parece increíble, pero entonces hasta contemplaba hipnotizado las larvas de los mosquitos que tras la lluvia pululaban en la superficie, y minúsculas arañas que tejían redes entre las ramitas de la orilla.- Llegar al montecito, entrar en él bastaba para convertirnos en legendarios exploradores, arrojados cazadores, o valientes e intrépidos personajes como el mismísimo Tarzán de los monos... Como tenía inventiva fabriqué una pequeña ballesta, con su travesa, su tensor, su gatillo; y con unas afiladas varillitas metálicas como flechas. Eufórico, tras comprobar su funcionamiento y su eficacia, me fui al monte, a la jungla, en busca de aventuras... Buscaba una pequeña pieza de caza, quizás algo peligroso, algo que valiera un tiro de mi portentosa ballesta... Tras moverme con cautela , despacio y sin ruido, al acecho, por más que estuve quieto largo rato, no he visto nada que se moviera; a no ser una rana verde que saltó entre las ramas de un árbol bajo y no dudé, casi diría que fue sin querer, disparé la flecha-varilla y la rana quedó atravesada, ensartada entre las ramas.- Me quedé duro.- Si le tenía repugnancia a las ranas y a los sapos, al menos vivos los veía sólo un instante y a cierta distancia; pero ahora tendría que arrimarme y recuperar la flecha, pese a todo no estaba dispuesto a perder una de mis valiosas varillas de metal con un filo tan trabajado, no; para nada. Así que hice de tripas corazón y lo hice, me sobrepuse al asco , tomé al pobre batracio muerto y le saqué la flecha, y allí terminó la cacería, y con el estómago revuelto volví a casa. Nunca volví a tirar con ni al blanco con el artefacto, y no supe decir en casa porqué no probé bocado en la mesa ese día al menos.-
El puente de la vía me queda al oeste. Solíamos venir por varios motivos. Indudablemente tenía su magia.- Uno era la pesca. Y de tanto en tanto sacábamos alguna pequeña tararira, tanto para dejarnos con ganas.- Si bien bajo el puente siempre había agua, no era más que un zanjón, que provenía de una cañada de las cercanías y que solo traía agua cuando llovía, que a su vez volvía a formarse cañada más adelante en el bajo antes del puente del camino, y así sucesivamente. Una vez, estando en primer o segundo grado, un compañero, más grande y muy corajudo ya de pequeño, porqué después estando él siempre era el líder de nuestro grupo; me convenció que lo acompañara a la casa de uno de nuestros compañeritos de la escuela que vivía en la zona rural. De ida fuimos por el camino, pero de regreso dispuso que regresáramos cruzando el bajo, a campo traviesa. El asunto es que había llovido hacía poco y la cañada tenía agua y si bien corría bastante no parecía honda. Además era como una maraña cruzada de pequeños zanjones y se podían pasar pisando los islotes que formaban. Todo a pequeña escala. Pero a poco era más ancha de lo esperado y más correntosa. Los pequeños canales se hacían difíciles de sortear, y un par de veces caímos y trepamos. Además yo era más chico y se me hacía difícil. El no hablaba de volver. Era aguerrido. Pero tuve realmente miedo y tuvimos momentos difíciles , hasta que finalmente pasamos lo peor, terminamos volviendo a casa mojados y temblando. No sé a él, porqué era muy corajudo, pero a mí no se me borró nunca el miedo que pasamos aquel día.-
Ir por la vía hacia el puente era de por sí un paseo. Tratábamos de caminar haciendo equilibrio por los rieles y pisar sólo de tanto en tanto el suelo para mantenerse, ya que los durmientes hacían desparejo el piso, además llevaba una zanja de desagüe cada dos durmientes a un lado y a otro alternativamente. Por lo que caminar requería atención y un paso coordinado. Aunque para nosotros era un juego. A la izquierda había un viejo aserradero con una playa llena de grandes troncos, o piezas de madera, que llegaba hasta el borde de la vía . A la derecha había una excavación profunda, de donde sacaban tierra arcillosa para la ladrillería. Esta era la misma que correspondía a la casona de los grandes eucaliptus .
A una calle de la vía vivíamos nosotros, y ver pasar el tren era una diversión que no menguaba por más que lo hacíamos todos los días, mañana y tarde. El más interesante era el tren de carga. No tenía un horario, como el de pasajeros, pero pasaba después de media tarde y en el invierno, durante la temporada de la caña de azúcar, íbamos al borde a esperar su paso y nos solían arrojar cañas enteras o trozos, y para nosotros eran trofeos tan valiosos que volver con cierta carga nos llenaba de gloria. Recuerdo las emociones de la espera.- Ver al maquinista o al foguista esconder o balancear las cañas que nos arrojarían, tras elegirnos; porqué a veces éramos varios los chicos que esperábamos junto al alambrado.- Era todo un juego, para ellos seguramente divertido, para nosotros, angustioso. Si el tren era largo siempre había más gente en los vagones o en las chatas, que hacían otro tanto. Pero no era necesariamente pareja la cosecha, era más bien cosa del azar. Todos guardábamos una estratégica distancia uno de otro, asignándonos en el momento un territorio; y desde nuestra posición aguardábamos expectantes. Ver que se fijaban en uno y revoleaban el trofeo en nuestra dirección, y caía más o menos cerca pero entre las matas de paja brava y había que encontrarla, a veces disputándola fieramente con el chico vecino; y otras veces con la poca luz del ocaso se terminaban perdiendo y proseguíamos la búsqueda al día siguiente. No era seguro que la caña nos esperara, quizás el ocasional vecino nos habría madrugado.-
Justo enfrente, cruzando la vía, había una pequeña franja de monte. Un montecito . No tendría más de media cuadra de ancho, y una cuadra de largo. Pero tenía todos los tonos de verde, y bastaba para que a nosotros nos pareciera una selva virgen, inhóspita, y cuajada de peligros... Aromos, chañares, espinacoronas, arbustos y enredaderas, tunas con sus tentadoras frutas pero erizadas de púas, cardos con sus varas floridas, insectos que zumbaban, diversos pájaros que anidaban allí, un sendero bastante sinuoso que lo atravesaba; y en una punta una lagunita, donde solíamos sentarnos por horas, con mi hermanito menor, Reinaldo, y a veces algún vecinito, a la sombra de los algarrobos que la bordeaban y hacíamos que pescábamos tirando los "bogueritos" entre los juncos , mientras observábamos las ranas o los sapitos, y los caracoles y los rojos racimos de huevos pegados a las pajas sobre la línea del agua.- Nunca la he visto seca a la pequeña laguna, ni en tiempos de seca, y eso que no era más que un charco. Hoy me parece increíble, pero entonces hasta contemplaba hipnotizado las larvas de los mosquitos que tras la lluvia pululaban en la superficie, y minúsculas arañas que tejían redes entre las ramitas de la orilla.- Llegar al montecito, entrar en él bastaba para convertirnos en legendarios exploradores, arrojados cazadores, o valientes e intrépidos personajes como el mismísimo Tarzán de los monos... Como tenía inventiva fabriqué una pequeña ballesta, con su travesa, su tensor, su gatillo; y con unas afiladas varillitas metálicas como flechas. Eufórico, tras comprobar su funcionamiento y su eficacia, me fui al monte, a la jungla, en busca de aventuras... Buscaba una pequeña pieza de caza, quizás algo peligroso, algo que valiera un tiro de mi portentosa ballesta... Tras moverme con cautela , despacio y sin ruido, al acecho, por más que estuve quieto largo rato, no he visto nada que se moviera; a no ser una rana verde que saltó entre las ramas de un árbol bajo y no dudé, casi diría que fue sin querer, disparé la flecha-varilla y la rana quedó atravesada, ensartada entre las ramas.- Me quedé duro.- Si le tenía repugnancia a las ranas y a los sapos, al menos vivos los veía sólo un instante y a cierta distancia; pero ahora tendría que arrimarme y recuperar la flecha, pese a todo no estaba dispuesto a perder una de mis valiosas varillas de metal con un filo tan trabajado, no; para nada. Así que hice de tripas corazón y lo hice, me sobrepuse al asco , tomé al pobre batracio muerto y le saqué la flecha, y allí terminó la cacería, y con el estómago revuelto volví a casa. Nunca volví a tirar con ni al blanco con el artefacto, y no supe decir en casa porqué no probé bocado en la mesa ese día al menos.-
El puente de la vía me queda al oeste. Solíamos venir por varios motivos. Indudablemente tenía su magia.- Uno era la pesca. Y de tanto en tanto sacábamos alguna pequeña tararira, tanto para dejarnos con ganas.- Si bien bajo el puente siempre había agua, no era más que un zanjón, que provenía de una cañada de las cercanías y que solo traía agua cuando llovía, que a su vez volvía a formarse cañada más adelante en el bajo antes del puente del camino, y así sucesivamente. Una vez, estando en primer o segundo grado, un compañero, más grande y muy corajudo ya de pequeño, porqué después estando él siempre era el líder de nuestro grupo; me convenció que lo acompañara a la casa de uno de nuestros compañeritos de la escuela que vivía en la zona rural. De ida fuimos por el camino, pero de regreso dispuso que regresáramos cruzando el bajo, a campo traviesa. El asunto es que había llovido hacía poco y la cañada tenía agua y si bien corría bastante no parecía honda. Además era como una maraña cruzada de pequeños zanjones y se podían pasar pisando los islotes que formaban. Todo a pequeña escala. Pero a poco era más ancha de lo esperado y más correntosa. Los pequeños canales se hacían difíciles de sortear, y un par de veces caímos y trepamos. Además yo era más chico y se me hacía difícil. El no hablaba de volver. Era aguerrido. Pero tuve realmente miedo y tuvimos momentos difíciles , hasta que finalmente pasamos lo peor, terminamos volviendo a casa mojados y temblando. No sé a él, porqué era muy corajudo, pero a mí no se me borró nunca el miedo que pasamos aquel día.-
Ir por la vía hacia el puente era de por sí un paseo. Tratábamos de caminar haciendo equilibrio por los rieles y pisar sólo de tanto en tanto el suelo para mantenerse, ya que los durmientes hacían desparejo el piso, además llevaba una zanja de desagüe cada dos durmientes a un lado y a otro alternativamente. Por lo que caminar requería atención y un paso coordinado. Aunque para nosotros era un juego. A la izquierda había un viejo aserradero con una playa llena de grandes troncos, o piezas de madera, que llegaba hasta el borde de la vía . A la derecha había una excavación profunda, de donde sacaban tierra arcillosa para la ladrillería. Esta era la misma que correspondía a la casona de los grandes eucaliptus .
Era frecuente que aquí viniéramos a bañarnos en los días de calor, especialmente a la siesta.
Todos teníamos temor que llegara la gente de la ladrillería , aunque estaba la cava al borde de la vía y además no hacíamos ningún daño. Nos bañábamos desnudos, y sabiendo lo vulnerables que quedábamos, dejábamos la ropa muy a mano, aunque salir del agua no era fácil porqué era barrancoso y la arcilla de por sí resbalosa. En una de esas, en lo mejor del baño refrescante, sentimos el galopar de caballos y un griterío que asustaba. Verlos y tenerlos encima fue todo uno. Cada uno salió como pudo manoteando la ropa y cruzando el alambrado, y por las dudas correr a más no poder... Nos vestíamos mientras corríamos. Tampoco era para tanto. Ellos no habrían estado más que divirtiéndose, pero nadie se quedó a averigüarlo. Había un chico nuevo en el grupo. Siempre estaba muy bien vestido. Cuando todos nos juntamos en el paso a nivel él aún estaba desnudo con las ropas en la mano, temblaba de miendo, además había dejado el sombrero al borde del agua, y decía llorando que no podía volver a la
casa sin el preciado sombrero.- ¿Volver a buscarlo?... Ni locos, y el grupo se disolvió mientras él aún no lograba vestirse... Quedé con él, y él allí firme, temblando; además yo lo había invitado. - ¡Bueno, vamos! -, y nos volvimos los dos solos, además los ladrilleros no iban a estar allí esperándonos! . La verdad que no podíamos estar seguros si se habían ido porqué el borde de la cava tenía una zona de arbustos que nos impedía ver hasta que la trasponíamos, y ahí ya estábamos dentro ... Pero, sí, media docena de chicos y no tan chicos estaban con sus caballos aún allí. Nos quedamos un momento duros, luego usé mi salvoconducto, que esperaba me sirviera. Yo era conocido de ellos, al menos de alguno. Así que me animé y le mostré el sombrero en el suelo, y le dije que era de mi amigo, y que veníamos a buscarlo. No hicieron gran cosa, así que alcé el sombrero, los saludé con el sombrero mismo y rápidamente me volví alcanzando a mi compañero que ya se me había adelantado bastante y
estaba en medio de la vía; y aliviado, me vine riendo porqué yo creía que no teníamos que haber disparado de ese modo. Al fin me había portado como un pequeño y valiente quijote.-
Más adelante había sendas ladrillerías a ambos lados y más adelante el puente.
Más adelante había sendas ladrillerías a ambos lados y más adelante el puente.
El puente era de hierro, y ladrillos, de cuando hicieron el ferrocarril. A veces veníamos a bañarnos , aunque yo siempre conseguí zafar porqué me daba miedo. Pero el lugar era fascinante. El terraplén bajaba en un declive abrupto, con tortuosos caminitos que bajábamos a trompicones entre tupidas matas y verdes plantas de ombúes nudosos. A los costados había chacras sembradas. A veces cuando no tenía clases y en casa me permitían, llevaba a mi hermano menor a que me acompañara. Una mañana de sol pero con mucho viento volvíamos a casa ya cerca del mediodía, embelesados con el ondular de las cañas y el silbido de las ramas con los mechones de hojas flameando hacia el sur
por efectos del fuerte viento norte. Un silbido me pareció más fuerte y me volví, justo a tiempo para ver casi encima nuestro la tremenda mole de la locomotora del tren de pasajeros que nos pitaba seguramente desde hacía rato, resoplando vapor y humo negro. Empujé a mi hermano violentamente a un costado y yo alcancé a saltar al otro, y desde el suelo vimos pasar a un metro semejante monstruo con su diabólico movimiento de cigüeñales y de bielas entre quejidos y bufidos de horrenda bestia metálica. Sentados vimos como se alejaba el último vagón en una humareda y pitidos anunciando como siempre que estaba llegando una vez más. No hablamos en todo el camino, y el susto no se nos iba por mucho tiempo. No podíamos creer de lo que nos habíamos salvado. De esto ni una palabra en casa, no sea que nos merme el permiso para volver otro día.-
De todo esto me voy acordando mientras camino lentamente por la vía, o lo que queda de ella, mirando lentamente el piso, los desagües borrados, los rieles semiocultos en el yuyo, los durmientes que sólo asoman alguna esquina de tanto en tanto, me paro antes de llegar al puente, me acuerdo de la excavación y me cuesta encontrar el lugar donde estaría; una irregularidad del terreno con las barrancas borradas y cubierta de chañares, todo el terreno aledaño cubierto de ramas en un verdadero abandono. Por aquí más o menos habrá sido cuando el tren casi nos atropella. Me siento un rato y sueño. Cuando me incorporo veo semi-enterrada contra el borde de un durmiente, una bolita de vidrio de colores, un "bochón", como le decíamos entonces... y no sé si en serio o en broma me parece igual al que mi hermano siempre llevada en el bolsillo de su pequeño "jardinero".- ¿Puede ser? ¡ Claro que no ! ¡ a quién se le ocurre ! Encontrar una bolita así de aquel tiempo así sin más ... Pero no sé, me quedo pensando en eso y por las dudas guardo muy bien el bochón colorido de vidrio, y me pregunto: - Pero; ¿ Y ahora, habrá bolitas así ?- Un poco más y llego al puente. Sigue estando, incluso tiene agua, pero no están los ombúes y un ramerío de espinas cubre los costados del terraplén .- Espinas y cardos y rameríos enmarañados después de dos o más décadas de abandono. No es más que una ruina, nada que ver con aquello.-
De todo esto me voy acordando mientras camino lentamente por la vía, o lo que queda de ella, mirando lentamente el piso, los desagües borrados, los rieles semiocultos en el yuyo, los durmientes que sólo asoman alguna esquina de tanto en tanto, me paro antes de llegar al puente, me acuerdo de la excavación y me cuesta encontrar el lugar donde estaría; una irregularidad del terreno con las barrancas borradas y cubierta de chañares, todo el terreno aledaño cubierto de ramas en un verdadero abandono. Por aquí más o menos habrá sido cuando el tren casi nos atropella. Me siento un rato y sueño. Cuando me incorporo veo semi-enterrada contra el borde de un durmiente, una bolita de vidrio de colores, un "bochón", como le decíamos entonces... y no sé si en serio o en broma me parece igual al que mi hermano siempre llevada en el bolsillo de su pequeño "jardinero".- ¿Puede ser? ¡ Claro que no ! ¡ a quién se le ocurre ! Encontrar una bolita así de aquel tiempo así sin más ... Pero no sé, me quedo pensando en eso y por las dudas guardo muy bien el bochón colorido de vidrio, y me pregunto: - Pero; ¿ Y ahora, habrá bolitas así ?- Un poco más y llego al puente. Sigue estando, incluso tiene agua, pero no están los ombúes y un ramerío de espinas cubre los costados del terraplén .- Espinas y cardos y rameríos enmarañados después de dos o más décadas de abandono. No es más que una ruina, nada que ver con aquello.-
* de Celso H. Agretti celsoagr@...
Avellaneda - Santa Fe
Avellaneda - Santa Fe
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Queridas amigas, queridos amigos:
El próximo domingo 26 de febrero del 2006 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música de la compositora brasilera Jocy de Oliveira. Las poesías que leeremos pertenecen a Gerardo Contreras (Costa Rica) y la música de fondo será de Mario Guacarán (Venezuela); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream) !!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur.
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
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