INVENTIVASocial
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*
Las cosas importantes
quedan apretadas en el recuerdo
como el barro en la lluvia
deshaciéndose del barro
del agua,
del tiempo,
otras
partieron en las notas del olvido.
De una u otra manera
están en la agenda
de la partida.
Todas juntas
Son como una sola gota en cada vida.
quedan apretadas en el recuerdo
como el barro en la lluvia
deshaciéndose del barro
del agua,
del tiempo,
otras
partieron en las notas del olvido.
De una u otra manera
están en la agenda
de la partida.
Todas juntas
Son como una sola gota en cada vida.
*de ricardo d. mastrizzo. ricardomastrizzo@...
*
Tiene andaluza la sangre
y la gracia, y el talante
tiene ochenta y cuatro abriles
y mira siempre adelante
y sabe de poesías
y de poetas galantes
Los ojillos se le achican
cuando le piden que cante
y una sonrisa se escapa
y parece que se espante
Luego, dice muy flojito:
"Sólo puedo recitarte
lo que recuerde, no toda
que solo recuerdo parte...
Recuerdo una poesía
de Lorca
de Federico García.."
E inicia tímido el cante
Y va brotando despacio
- parece que va a pararse -
recordando aquellos versos
y empezando a emocionarse
y ya los ojos chispean
mirando de medio lado
y las manos participan
y el duende ha despertado
y palabra por palabra,
toda la poesía entera,
entremezclando suspiros
gitanos y madreselvas
sintiendo lo que se dice
y viviendo lo que cuenta
surgen alfacas de plata
toros bravíos, reyertas
sangre color escarlata
"Corriendo van por la vega
a las puertas de Granada..."
Y las manos van,.. y hablan
y los aires quietos, callan
el cuchillo corta el aire
los ojillos se hacen agua
"El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña..."
El pelo brilla precioso
la boca sonríe y canta
y esa mujer increible
nos lleva con lo que narra
a unos mundos de misterio
y al final, cuando acaba
se escucha solo el silencio
y la emoción que se palpa
el duende y el sentimiento
que trae con sus palabras
Tiene andaluza la sangre
y la gracia, y el talante
tiene ochenta y cuatro abriles
y mira siempre adelante
y sabe de poesías
y de poetas galantes
Los ojillos se le achican
cuando le piden que cante
y una sonrisa se escapa
y parece que se espante
Luego, dice muy flojito:
"Sólo puedo recitarte
lo que recuerde, no toda
que solo recuerdo parte...
Recuerdo una poesía
de Lorca
de Federico García.."
E inicia tímido el cante
Y va brotando despacio
- parece que va a pararse -
recordando aquellos versos
y empezando a emocionarse
y ya los ojos chispean
mirando de medio lado
y las manos participan
y el duende ha despertado
y palabra por palabra,
toda la poesía entera,
entremezclando suspiros
gitanos y madreselvas
sintiendo lo que se dice
y viviendo lo que cuenta
surgen alfacas de plata
toros bravíos, reyertas
sangre color escarlata
"Corriendo van por la vega
a las puertas de Granada..."
Y las manos van,.. y hablan
y los aires quietos, callan
el cuchillo corta el aire
los ojillos se hacen agua
"El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña..."
El pelo brilla precioso
la boca sonríe y canta
y esa mujer increible
nos lleva con lo que narra
a unos mundos de misterio
y al final, cuando acaba
se escucha solo el silencio
y la emoción que se palpa
el duende y el sentimiento
que trae con sus palabras
*de Joan. joan@...
NIÑA DEL ACONCAGUA*
Gloriosa en el letargo, altitud lejana.
Dejaron un límite en tu orgullo.
Ante cóndor, paso y resguardo
el mineral hacía ríos
en el cristal antes blanco
antes de tu lluvia arrebatada.
Esta cordillera te encuentra y lamenta.
Soberana en las alturas.
Dime: qué destino o destierro
trajo tus ojos?
qué dios dejó en tu lágrima
un sueño?
qué día tu pueblo emigró del duelo?
Hay fantasmas que nutren
sus propias historias
y hay historias
en el pentagrama de tu memoria.
Aquí, doblegado a tu imagen
hago en tu ajuar un alto
mirando tu último temor
dándote el agua que no bebes
y salimos juntos a una Babel dispuesta
en las alturas que no vemos.
Había que pensar que la chicha y el viento
hicieran sueño y cosecha.
Once años envolvían tu ternura
ternura que no comprendo y entiendo
de lo que entiendo
y no;
Pero América era insurrecta
y el nuevo vino venía con la muerte.
había que madurar
la quina y el amaranto
en la raíz del sol.
María venía del otro lado,
en la barca
con sus hijos bajo un pecado.
Gloriosa en el letargo
mariposa posas
ante el poeta que te nombra.
Gloriosa en el letargo, altitud lejana.
Dejaron un límite en tu orgullo.
Ante cóndor, paso y resguardo
el mineral hacía ríos
en el cristal antes blanco
antes de tu lluvia arrebatada.
Esta cordillera te encuentra y lamenta.
Soberana en las alturas.
Dime: qué destino o destierro
trajo tus ojos?
qué dios dejó en tu lágrima
un sueño?
qué día tu pueblo emigró del duelo?
Hay fantasmas que nutren
sus propias historias
y hay historias
en el pentagrama de tu memoria.
Aquí, doblegado a tu imagen
hago en tu ajuar un alto
mirando tu último temor
dándote el agua que no bebes
y salimos juntos a una Babel dispuesta
en las alturas que no vemos.
Había que pensar que la chicha y el viento
hicieran sueño y cosecha.
Once años envolvían tu ternura
ternura que no comprendo y entiendo
de lo que entiendo
y no;
Pero América era insurrecta
y el nuevo vino venía con la muerte.
había que madurar
la quina y el amaranto
en la raíz del sol.
María venía del otro lado,
en la barca
con sus hijos bajo un pecado.
Gloriosa en el letargo
mariposa posas
ante el poeta que te nombra.
*de ricardo d. mastrizzo. ricardomastrizzo@...
Otros fuegos*
Los dolores comenzaron por la mañana, poco antes del mediodía. Después, habitación en el primer piso de la clínica, ventana que da al jardín, casas dispersas, techos de tejas en la neblina. Esperar las contracciones, controlar el reloj y mirar a través del vidrio. Aquel perro que corre sin parar de un extremo al otro de la terraza, yendo y viniendo, yendo y viniendo.
Toda la tarde oigo sin alterarme sus quejidos de dolor o de placer.
Tal vez sufra, pero maneja el asunto bastante bien. Para eso hizo el curso de parto sin dolor.
Salgo al pasillo. Fumo. fumo bien, con todo el cuerpo.
Tratar de descubrirse ante la inminencia de un hecho trascendental.
El perro no cesa de trotar. Oscurece sobre las tejas mojadas. Aparece la enfermera, controla. Aparece la partera, controla. Dice: "Vamos".
Sigo la camilla. Recorro el pasillo como si fuera otro. "No soy yo, es otro." Una puerta que se abre, una puerta que se cierra. Ya estamos, adelante, llegó la hora.
Ella no se sentaba ni se acostaba: se agazapaba.
Hay buen ambiente. Se bromea. Me alcanzan un saco blanco, me lo pongo. Administro el oxígeno, le seco el sudor de la frente, hago lo que me ordenan. Ella, anestesiada, delira. dice cosas graciosas. La partera, la enfermera y yo reímos. También desde esta ventana puedo ver al perro loco.
Cierta vez me asaltó un olor al cruzar una plaza. Un olor a hojas húmedas, a vegetales fermentados, a sombras, a cosas lejanas. Jamás pude olvidarlo.
En aquella época me había convertido en una especie de mudo, pero no en un tonto. Estaba más lúcido que un pez.
Pujar. La partera incita, alienta: "Vamos, fuerza, ahora, vamos muchacha".
"Ya viene." La partera me llama a los pies de la camilla para que vea la cabeza que comienza a asomar. Ultimo esfuerzo, sale. Gran suspiro. "Varón." La partera me alcanza las tijeras. "Tome, corte usted." Está bien, soy el padre. Corto el cordón donde me indican. Ahí está, berrea, tiene la nariz achatada. Lo arropan, me lo dan.
Soy mis manos y mi lengua.
Me dicen: "Vaya a dar una vuelta, coma algo". Anocheció. Camino por una calle vacía: un galpón, un vivero, un gato, un baldío, restos humeantes de una fogata. Alimento el fuego y lo veo crecer.
El fuego arde en la noche de la ciudad, en el invierno de la ciudad, a pocos metros de donde alguien acaba de nacer. El fuego vive de cosas abandonadas: ramas, trapos, restos de cajones, desechos. Ilumina el terreno, pone sonidos secos y precisos en la quietud de los faroles y las casas ciegas rodeadas por jardines.
Bajo el cielo sin estrellas vuelvo a ser lo que he sido tantas veces: un tipo inmóvil y sin pensamientos espiando el movimiento de las llamas.
A poca altura, cruza una sombra, un pájaro nocturno.
Tengo que acordarme de todos los fuegos que vi arder. Aquella fogata de la noche de San Juan, el calor en las piernas desnudas, la muchacha que me tomó la mano. Recordar, ahora que es invierno y que a veces el presentimiento de estar al borde de un instante de felicidad se convierte en una tensión insoportable. (La muchacha del brazo de su compañero dio un paso adelante, se me puso al lado, tomó mi mano y la retuvo en la suya.)
Podría decir lo siguiente: todas mis horas presentes en este momento. Podría, ante el vértigo de los años que me preceden, ponerme a gritar que este abandono me es perfectamente familiar, no hay de qué extrañarse, mi vida dictándome una vieja canción, una vieja tonada invernal, que no es portadora de emociones o asombros, sino la evidencia de una ley, cosas sabidas desde antiguo, lucidez que al fin y al cabo es sólo conciencia de ceguera, nada más que eso en mi tonada invernal, y tal vez, escondido, medido, regulado como con cuentagotas, un fondo de nostalgias, un velo agitándose sobre los ojos y las ideas.
Todos los desórdenes.
El fuego se extingue, es hora de volver. Vuelvo. La madre duerme, el hijo duerme. ¿Y aquel olor? Aquel olor era como un fuego. Algo vivo. Tan vivo como la llama subiendo en la noche. La llama que hipnotiza.
¿En ese fuego había cambio y había permanencia? ¿Era algo íntimo o algo que me trascendía? ¿Vivía en mi o me era ajeno? ¿Estaba ahí, sobre la tierra, o en otra parte? ¿Se ocultaba arriba o abajo? ¿Moría, renacía o se mantenía latente? ¿No era una representación del silencio, de la duda, del acecho, del ojo atento, del ojo ávido? ¿No se anulaba a sí misma esa llama? ¿No había también en ella una precariedad, una espera, un control, un pudor? ¿No se contradecía?
Y hoy que estás solo en la noche, lejos de la infancia, igualmente lejos de la madurez, habiendo perdido tanto la capacidad de amor como de odio, ¿qué te queda por hacer?
El dolor reemplaza al dolor y así se va robusteciendo.
¿A quién hablarle si no a él? Esbozos de mensajes, atisbos, manotazos, sondas lanzadas al vacío. Para quién este monólogo, este temblor. Y los ojos cansados a la espera de una revelación.
Pienso: cosa increíble los ojos.
Tal vez afuera, en el frío, el perro siga corriendo sobre la terraza, yendo y viniendo, yendo y viniendo.
También el perro podría entrar en esa carta que nunca logré escribir.
Estar ahí, mirando dormir y vivir al sin nombre, no es motivo de paz, sino el regreso de una sospecha. Frente a su cuerpo sin defensa, a las penas que lo esperan, no siento piedad por él.
Débil y feo.
los faros de un coche iluminan la ventana y se van. De esta insistencia mía, de esta pelea contra el silencio, no queda sino una llamarada fugaz en los vidrios, menos que eso.
rumores, llamados dispersos bajo el cielo en ruinas. Señales que alarman.
lo dijeron todos: fue un buen parto.
Ahora, permanecer quieto en la oscuridad, recordar la fogata en la noche, velar el sueño de la madre, velar el sueño del hijo.
* de Antonio Dal Masetto.
Publicado en Página/12 el 5 de febrero de 1992.
Los dolores comenzaron por la mañana, poco antes del mediodía. Después, habitación en el primer piso de la clínica, ventana que da al jardín, casas dispersas, techos de tejas en la neblina. Esperar las contracciones, controlar el reloj y mirar a través del vidrio. Aquel perro que corre sin parar de un extremo al otro de la terraza, yendo y viniendo, yendo y viniendo.
Toda la tarde oigo sin alterarme sus quejidos de dolor o de placer.
Tal vez sufra, pero maneja el asunto bastante bien. Para eso hizo el curso de parto sin dolor.
Salgo al pasillo. Fumo. fumo bien, con todo el cuerpo.
Tratar de descubrirse ante la inminencia de un hecho trascendental.
El perro no cesa de trotar. Oscurece sobre las tejas mojadas. Aparece la enfermera, controla. Aparece la partera, controla. Dice: "Vamos".
Sigo la camilla. Recorro el pasillo como si fuera otro. "No soy yo, es otro." Una puerta que se abre, una puerta que se cierra. Ya estamos, adelante, llegó la hora.
Ella no se sentaba ni se acostaba: se agazapaba.
Hay buen ambiente. Se bromea. Me alcanzan un saco blanco, me lo pongo. Administro el oxígeno, le seco el sudor de la frente, hago lo que me ordenan. Ella, anestesiada, delira. dice cosas graciosas. La partera, la enfermera y yo reímos. También desde esta ventana puedo ver al perro loco.
Cierta vez me asaltó un olor al cruzar una plaza. Un olor a hojas húmedas, a vegetales fermentados, a sombras, a cosas lejanas. Jamás pude olvidarlo.
En aquella época me había convertido en una especie de mudo, pero no en un tonto. Estaba más lúcido que un pez.
Pujar. La partera incita, alienta: "Vamos, fuerza, ahora, vamos muchacha".
"Ya viene." La partera me llama a los pies de la camilla para que vea la cabeza que comienza a asomar. Ultimo esfuerzo, sale. Gran suspiro. "Varón." La partera me alcanza las tijeras. "Tome, corte usted." Está bien, soy el padre. Corto el cordón donde me indican. Ahí está, berrea, tiene la nariz achatada. Lo arropan, me lo dan.
Soy mis manos y mi lengua.
Me dicen: "Vaya a dar una vuelta, coma algo". Anocheció. Camino por una calle vacía: un galpón, un vivero, un gato, un baldío, restos humeantes de una fogata. Alimento el fuego y lo veo crecer.
El fuego arde en la noche de la ciudad, en el invierno de la ciudad, a pocos metros de donde alguien acaba de nacer. El fuego vive de cosas abandonadas: ramas, trapos, restos de cajones, desechos. Ilumina el terreno, pone sonidos secos y precisos en la quietud de los faroles y las casas ciegas rodeadas por jardines.
Bajo el cielo sin estrellas vuelvo a ser lo que he sido tantas veces: un tipo inmóvil y sin pensamientos espiando el movimiento de las llamas.
A poca altura, cruza una sombra, un pájaro nocturno.
Tengo que acordarme de todos los fuegos que vi arder. Aquella fogata de la noche de San Juan, el calor en las piernas desnudas, la muchacha que me tomó la mano. Recordar, ahora que es invierno y que a veces el presentimiento de estar al borde de un instante de felicidad se convierte en una tensión insoportable. (La muchacha del brazo de su compañero dio un paso adelante, se me puso al lado, tomó mi mano y la retuvo en la suya.)
Podría decir lo siguiente: todas mis horas presentes en este momento. Podría, ante el vértigo de los años que me preceden, ponerme a gritar que este abandono me es perfectamente familiar, no hay de qué extrañarse, mi vida dictándome una vieja canción, una vieja tonada invernal, que no es portadora de emociones o asombros, sino la evidencia de una ley, cosas sabidas desde antiguo, lucidez que al fin y al cabo es sólo conciencia de ceguera, nada más que eso en mi tonada invernal, y tal vez, escondido, medido, regulado como con cuentagotas, un fondo de nostalgias, un velo agitándose sobre los ojos y las ideas.
Todos los desórdenes.
El fuego se extingue, es hora de volver. Vuelvo. La madre duerme, el hijo duerme. ¿Y aquel olor? Aquel olor era como un fuego. Algo vivo. Tan vivo como la llama subiendo en la noche. La llama que hipnotiza.
¿En ese fuego había cambio y había permanencia? ¿Era algo íntimo o algo que me trascendía? ¿Vivía en mi o me era ajeno? ¿Estaba ahí, sobre la tierra, o en otra parte? ¿Se ocultaba arriba o abajo? ¿Moría, renacía o se mantenía latente? ¿No era una representación del silencio, de la duda, del acecho, del ojo atento, del ojo ávido? ¿No se anulaba a sí misma esa llama? ¿No había también en ella una precariedad, una espera, un control, un pudor? ¿No se contradecía?
Y hoy que estás solo en la noche, lejos de la infancia, igualmente lejos de la madurez, habiendo perdido tanto la capacidad de amor como de odio, ¿qué te queda por hacer?
El dolor reemplaza al dolor y así se va robusteciendo.
¿A quién hablarle si no a él? Esbozos de mensajes, atisbos, manotazos, sondas lanzadas al vacío. Para quién este monólogo, este temblor. Y los ojos cansados a la espera de una revelación.
Pienso: cosa increíble los ojos.
Tal vez afuera, en el frío, el perro siga corriendo sobre la terraza, yendo y viniendo, yendo y viniendo.
También el perro podría entrar en esa carta que nunca logré escribir.
Estar ahí, mirando dormir y vivir al sin nombre, no es motivo de paz, sino el regreso de una sospecha. Frente a su cuerpo sin defensa, a las penas que lo esperan, no siento piedad por él.
Débil y feo.
los faros de un coche iluminan la ventana y se van. De esta insistencia mía, de esta pelea contra el silencio, no queda sino una llamarada fugaz en los vidrios, menos que eso.
rumores, llamados dispersos bajo el cielo en ruinas. Señales que alarman.
lo dijeron todos: fue un buen parto.
Ahora, permanecer quieto en la oscuridad, recordar la fogata en la noche, velar el sueño de la madre, velar el sueño del hijo.
* de Antonio Dal Masetto.
Publicado en Página/12 el 5 de febrero de 1992.
SU OTRA PARTE*
En el piso dos ambos blancos tirados, unas botas de fiselina y la cofia a un costado de la silla.
La ducha era lo más hermoso recibido por ese cuerpo agotado por tantas horas de pie junto a la mesa de operaciones.
- " Hoy la gente decidió enfermarse y entrar al quirófano en estado crítico", pensó Mariana, mientras dejaba caer el agua templada sobre sus firmes senos y sobre su espalda dolorida.
El lunar estrellado bajo su pecho quedó encerrado en una pompa de jabón. Es un tatuaje natural, como un sello, una marca, una identificación.
Su madre siempre le decía cuando trataba de vestirla después del rico baño en la amplia bañera, "mi niña que nació con estrella y no estrellada", mientras ella saltaba en la cama grande.
El jabón con un perfume exquisito, tornaba acariciable su piel aún tersa. Después de tanto castigo le venían muy bien estos pequeños regalos de placer, mientras tarareaba esa melodía que le había quedado fija en su memoria.
Tomaría una bebida fría con un poco de alcohol, una naranja con ron no le vendría mal. El cansancio y el alcohol la dejarían dormir.
Una corta bata cubrió su cuerpo y se acercó a la pequeña heladera de la habitación. Abrió un cartón de jugo y sacó una botella pequeña de ron medio escondida entre otras. (Las bebidas alcohólicas estaban prohibidas durante las guardias).
Se sentó sobre su cama. La compañera de habitación estaba ausente por una enfermedad, por lo tanto, la guardia de quirófano debía cubrirla ella solamente. Encendió el televisor y cuando se disponía a beber golpearon en su puerta.
Mariana se sobresaltó, pues pensaba que su trabajo había concluido. Era José Luis que le avisaba la entrada de una paciente a Terapia. Su estado era grave y el Jefe de Turno, el doctor Diéguez visitaba a otro paciente en la habitación para hacerle controles. Mariana no podía creerlo - ¿Recién termino y tengo que volver? Su trabajo como médico cirujano del equipo del doctor Páez la estaba superando. Creía que no podría llevar ese ritmo tan loco.
Ganar el concurso y entrar a trabajar en el Equipo de ese capo en medicina, la llenó de satisfacción y orgullo, no sólo a ella, sino también a su padre, ya anciano y a su madre.
Él un médico querido por todo el pequeño pueblo cordobés, hizo despertar en su hija el amor por esa profesión y la responsabilidad en el trabajo.
Mariana colocó sobre su desnudo cuerpo una chaquetilla limpia color rosa pálido, se calzó los pantalones que anudó con un lazo a la cintura. Buscó otras botas limpias y una cofia que colocó sobre su pelo mojado recogido con una trenza en la nuca.
La Sala de Terapia estaba un piso más arriba y usó las escaleras. Cuando entró, mientras le protestaba al médico asistente por llamarla con tanta urgencia, pasó al lado de una camilla donde una mujer con evidentes signos de haber sufrido un accidente, se quejaba en estado de semiinconsciente inconsciencia.
Cuando se acercó a la camilla quedó paralizada y dejó escapar un grito. Quien estaba acostada en esa camilla era ella misma con otro color de pelo. Por un momento no supo qué hacer. El enfermero le acercó el tensiómetro y los resultados de los controles ya realizados, anotados en una planilla.
El estado de la enferma era grave, los golpes en la cabeza habían provocado un derrame que de no pararlo afectaría centros vitales que serían irreparables, eso, en el mejor de los casos.
Como primera medida debía preparar una punción en la médula para liberar la presión craneana, pero era de riesgo porque si se descomprimía de golpe podía producir un colapso.
Cuando el enfermero empezó a lavar el cuerpo de la enferma, rompió la blusa de seda verde, y quedó al descubierto el pecho que, sin soutien, se mostraba firme, Mariana vio un lunar oscuro y de forma estrellada, debajo del seno izquierdo igual al de ella.
Siempre había pensado que ese lunar oscuro y con una forma tan definida debería ser una señal muy especial para identificarla en caso de accidente y ahora se encontraba con ese mismo lunar pero en el cuerpo de otra persona que era su calco.
Sintió en ese momento que estaba decidiendo sobre su propia vida, ya no la de otra, sino sobre su destino.
Cuando era pequeña Mariana jugaba con una hermana imaginaria, menor que ella y que podía gobernar a su antojo.
Cuándo la madre la veía jugando a la maestra, escribiéndole un montón de deberes, se sonreía y le decía -¡ Pobre! te abusas de ella pues es tu hermana menor y no nació con tu estrella", su madre participaba de los juegos y entraba en sus fantasías.
El doctor Diéguez entró a Terapia y quiso leer los resultados obtenidos hasta ese momento. Mariana sabía que el Dr. era implacable con su persona y que no le permitía el más mínimo rasgo de indecisión; que las conclusiones a las que arribara debían ser defendidas por ella con total seguridad. El doctor se impresionó al mirar el rostro de la enferma y levantó la vista a la cara de Mariana. Sus ojos fueron más elocuentes que mil palabras.
Mariana le dijo - ¿vio doctor?, es mi clon, encontré la otra mitad mía, sin buscarla y sin saber que existía. Diéguez no le contestó y siguió revisando los signos vitales de la paciente.
La intervención era inminente, no podían esperar más tiempo. Era muy riesgosa; Mariana quería dilatarla. Siempre decidida en estos casos y muy pensante, ofrecía ahora argumentos poco convincentes para posponer la operación, que no eran creíbles ni a ella misma. En verdad no podía decidir profesionalmente ante esta situación, era como decidir sobre su propio destino.
De golpe se vio jugando en el patio lleno de plantas, era la casa de la abuela. Sus padres por primera vez la habían dejado al cuidado de su abuela Clara.
Era una abuelita de cuento, delgada y pequeña, su pelo recogido en un rodete en la nuca y sus anteojos colgados de una cadena de canutillos celestes.
Sus padres habían estado nerviosos y ellos que nunca discutían lo habían hecho a los gritos encerrados en el dormitorio.
Por esos días no la dejaron mirar televisión, en cambio le alquilaban películas para que pasara las tardes con su prima Alicia, más pequeña que ella.
¿Por qué recuerda eso?. Vienen a su mente cuadros de una película acelerada, donde uno y otro momento se suceden con rapidez y sin detalles, son flash que saltan de un acontecimiento a otro.
¿Por qué cambió tres veces de escuela?, era una buena alumna y no tenía conflictos ni con sus compañeros ni con sus maestros; el paso siempre fue a institutos cada vez más pequeños y exclusivos.
Se ocuparon muchísimo de su educación, siempre exigiéndole que se esforzara más y más y cuando de adolescente quiso compartir un grupo de la Parroquia que trabajaba en zonas carenciadas se pusieron como locos.
Evoca esa discusión y todavía no comprende porque se habían puesto tan agresivos, los desconocía. Su padre la asustó, le retorció el brazo para sujetarla cuando ella casi gritando y bañada en lágrimas decía - ¡no los entiendo, no los entiendo!
El doctor Diéguez la sacó de su viaje y de golpe tomó conciencia. Ahora frente a la paciente debía decidir por alguien que fue y es parte suya aunque no lo supiera hasta este momento.
Mariana supo que era adoptada. La historia de su adopción le fue contada de la manera más dulce. Le explicaron que su madre biológica sabía que iba a morir, pues no superaría el parto y trató de encontrar una pareja que tuviera muchos deseos de tener un hijo. El juez después de evaluar muchas familias los había elegido a ellos, entre una larga lista de posibles adoptantes.
Nunca le hablaron de su padre, dijeron que era desconocido.
Mariana tendrás que asistir en la operación, le dijo el doctor Diéguez. Ella no sentía deseos de hacerlo pero, por otro lado, no podía dejar en manos ajenas casi su propia vida.
Sus padres habían fallecido y la única que la llevaría a completar el rompecabezas que de golpe se desarmó delante de sus ojos, sería esa mujer, su otra parte.
Ellos y su abuela Clara se llevaron el secreto a la tumba. Seguramente Clarita, como solía llamarla ella cuando jugaban, le hubiese dicho la verdad, pero ahora quien la haría recuperar su historia perdida era esa mujer.
Los alaridos de una señora la vuelven a la realidad, era jueves, con un pañuelo blanco en la cabeza entró preguntando entre gritos y sollozos por su nieta.
*de Beatriz Martinelli. beatrizmar@...
DOÑA ROSARIO NO LO SABÍA TODO*
Tras el alambre la floración del ciruelo, árbol viejo y solitario. ¿Por qué al decir “viejo” Marcela siempre asociaba solitario; qué lazo une soledades y vejeces? Y sí, el ciruelo se veía viejo de tan solitario, abandonado y lacio como un sauce.
- !Marcelita! ¿Hace mucho que no ves a la Carmen? – le habló doña Rosario
- Sí, mucho tiempo. Quince años, o más.
Doña Rosario, la vecina que presumía de saber anécdotas ya sin ecos en el barrio, se refería a “la Carmen que supo andar noviando con el Cacho, el hijo del carnicero que la dejó para irse a jugar al fulbo a Méjico y allá se casó con la hija del presidente del club. Porque ese vago del Cacho resultó un fenómeno si aquí se pasaba dale que dale a la pelota. ¡Y cómo pasó el tiempo Marcelita, tantos años que te mudaste! Yo me acuerdo cuando eras así de chiquita y tu mamá te hacía unos bucles que parecías una muñeca... Y claro, si construyeron ese chalet con la herencia de tu abuelo ahora estás tramitando la sucesión de la casa. Hacés bien, hoy vale un dineral”.
Tras el alambrado, el agobiado ciruelo de la casa vecina.
- ¡Y pensar cuando muchos decían “para qué hacen esa casa si por ahí va a pasar la autopista”. ¡Que mala gente, si al fin no hubo autopista ni nada..!
Sí doña Rosario; usted recuerda una muñeca con pelo de lana amarilla que perdí en el cielo de los juguetes “y me acuerdo como si fuera hoy que lloraste el día entero. Claro, eso fue antes de hacerte tan amiga de la Carmen, que no era muy decente pero ni bien vos lo supiste le cortaste la amistad. Aunque de eso prefiero no hablar porque a mi nunca me interesó la vida de nadie”.
Ciruelo, árbol rosáceo de flor blanca cuyo fruto es la ciruela, dice el diccionario, aunque en ningún libro encontraría ella, - profesora de castellano que atendía a doña Rosario con digna voluntad- mejor definición. No hay texto que diga “árbol rosáceo agobiado como un sauce donde adormece el sol entre sus flores blancas”.
- Pero, ¿cómo no te vas a acordar de la Carmen, Marcelita?.
Y es verdad doña Rosario, alguna vez en mi casa se dijo que esa chica, Carmen, era algo atorrantita. “Atorrante. Argentinismo que equivale a ocioso, vagabundo”, aunque Carmen no ejercitaba mucho el ocio si cada día madrugaba yendo a la papelera y si cambiaba de novio la culpa era de sus piernas torneadas y tanta ternura ausente. Hasta que buscó otra historia fuera de aquel paisaje de postales opacas que doña Rosario repasaba sin “hablar mal de nadie”. Y menos de Marcela Martos, profesora de colegios privados y esposa del ingeniero Carlos Alberto, persona de fortuna y apellido, a punto de ser ministro.
- ¡Marcelita! Yo te vi crecer en el chalet que era el mejor del barrio, no es por decir, con unas tejas importadas que lucen todavía. Claro, no hay compración: hoy vivís en un country y conseguiste un marido que lo nombrarán Ministro. ¿ No che..? Vos tenías la misma edad de la Carmen pero siempre fuiste una chica preparada.
Sí doña Rosario, usted recuerda los aniversarios y hasta la muñeca trenzas de lana desteñida, aunque no imagine ni un solo gemido de Miguel, el hermano de Carmen, cuando sus manos investigaban el cuerpo de ella, Marcelita Martos. Sí doña Rosario, Miguel la acariciaba y ella a veces recupera su olor a tabaco y fundición de hierro; y es mejor serenar cierta memoria, señora profesora...
- - porque mientras vos fuiste amiga de la Carmen harían chiquilinadas, pero después a ella no la controló nadie.
El sol relumbraba en una horqueta del ciruelo, la tarde atenuaba su luz y afuera seguía doña Rosario.
- ¿ Y te acordás cuando ibas a la escuela con la Mabel, esa chica de enfrente? ¡Qué buen mozo era el padre, don Raúl, que te llevaba con la hija al colegio! Iba con la esposa a misa los domingos y pobre, se murió de un infarto en el trabajo. ¡Y se dijeron tantas mentiras de esa muerte..!
Ni qué hablar, tantas mentiras y Marcela Martos bien recuerda al espejito retrovisor del auto de Raúl. Ella en el asiento trasero y él persiguiendo sus audaces ojos de catorce años avisando que no era sólo una compañera de su hija y si la miraba bien descubriría que había dejado de ser una nena. Raúl pasó unos meses mirándola bien y hoy ella haría una hoguera con aquel disfraz de mujer irresistible, cuando al volver de la escuela acudía a contarle a Carmen “esta mañana lo hice poner colorado al tipo”, para reírse juntas por aquel juego que creían novedoso y era tan antiguo como la adolescencia. Porque por más que doña Rosario recite “mirá que acordarnos de don Raúl, el padre de la Mabel”, a Marcela el sol tras el ciruelo la trae al espejo retrovisor y ella, mocosa de catorce, humedeciendo sus labios en una pose de hembra fatal. Farsa inocente hasta el mediodía en que su compañera Mabel faltó a clase y el juego se modificó; esa mañana Raúl no la llevó al Colegio Nacional, al entrar en una confitería Marcela evitó su imagen de colegiala y hablaron dos horas con palabras que más tarde ella fantasearía haber dicho y escuchado. Dos horas, un tiempo de preciso destino relojero que transcurriera por otro meridiano, novedoso, y al despedirse en el auto con dos o tres besos cada uno más profundo, Raúl ya no era el padre de Mabel. Bien pronto sus tardes navegaron ríos fuera de madre, de ternura despaciosa y sensaciones al confín cuando la boca de aquel hombre le traía recónditos temblores, y doña Rosario nunca imaginara que para ella el amor fue el papá de Mabel galopándola incansable hasta transcurrir el alevoso instante, invicto en su memoria, cuando él se ahogó en un ronquido y ella escapó del departamento sin que la vieran.
Entonces doña Rosario ha de seguir hablando en otra escena en tanto la profesora Marcela Martos imagina contarle aquel minuto de nuevo a Carmen y la otra, apoyada en la barra de un bar penumbroso y de vestido brilloso y ajustado, se ríe “si te quedabas hubiera sido más divertido; periodistas, televisión, una locura”. Y aunque cualquier emoción vieja suele hacerse trivial, vuelve Miguel con su olor a fundición de hierro y Raúl se disculpa “perdón nena por el mal rato”, mirando el fondo de sus ojos como ningún otro lo hiciera. Mientras el sol se fuga hacia el ocaso entre las ramas del ciruelo.
- Y bueno Marcelita, me diste un alegrón con tu visita. El tiempo borra todo y con el marido que te conseguiste, todo debe ser felicidad...
*de Eduardo Pérsico. edupers@...
*Eduardo Pérsico publicó cuentos, seis novelas, algún poemario y en el 2005, la tesis “Lunfardo en el Tango y la Poética Popular”. Nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
*Eduardo Pérsico publicó cuentos, seis novelas, algún poemario y en el 2005, la tesis “Lunfardo en el Tango y la Poética Popular”. Nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
Soledades*
Una tarde, mientras íbamos río abajo en un bote de pescadores, mi padre cerró con furia los puños alrededor de la caña y de golpe se echó a llorar. Llevábamos un largo rato en silencio. Yo tenía los remos y trataba de que la corriente no nos alejara demasiado de la orilla. Hasta entonces su pena me había pasado desapercibida porque para mí él era fuerte y sin fallas. Me demoré un largo rato antes de preguntarle qué le pasaba. Confusamente me
dijo que había perdido a alguien a quien quería mucho y aunque era muy católico empezó a cagarse soberanamente en Dios. En ese momento no me importaron nada Dios ni los seres queridos. Me irritaba verlo así, aferrado a la caña, con la cabeza hundida en el pecho y el pelo blanco sacudido por el viento.
Hasta entonces su vida había sido ordenada, mediocre, patriotera. Fluía mansa y previsible como el agua que nos llevaba entre islotes y troncos flotadores. Dios era una inteligencia inasible e inapelable que aparecía cada vez que nos faltaba una explicación.
Yo creía en El: todavía me veo rezando a oscuras, pequeño y pecador, pidiendo que fueran eternas las cosas que me hacían dichoso. Era tan joven que sólo pensaba en la muerte como algo lejano que quizás tuviera solución. Lo que pesaba era la soledad. No la soledad de estar solo sino esa
otra por la que han escrito los mejores libros y cantares del universo. Ese paréntesis que atrapa una palabra para darle entonación subterránea. El agujero negro, infinitamente vacío, en el que aquella tarde había caído mi padre.
En Tierra de sombras un estudiante de letras dice que leemos para saber que no estamos solos. En Bleu , la protagonista intenta ocultar lo evidente bajo una máscara de fortaleza e indiferencia, hasta que algo se rompe. Por fin, en la edad de la inocencia , el hombre que acepta una vida prejuiciosa y previsible se hunde en las contradicciones de una clase incapaz de dar a la soledad otra respuesta que el orden cerrado y la complacencia hedonista. Miré esas películas el fin de semana y al ver llorar a Anthony Hopkins abrazado al hijo de su esposa muerta, me puse a llorar yo también y me vino a la cabeza esa imagen de hace tantos años en el río Limay. Sin duda,
también contaba la culpa, pero eso lo comprendí más tarde. Culpa de estar ahí y ser más joven que él. De no tener todavía nada que amortizar o de estar pagando por anticipado.
Durante un paseo por el campo, el profesor enamorado de una mujer agonizante confiesa su dicha efímera y ella le responde: "La felicidad de hoy anticipa el dolor de mañana." Tierra de sombras habla de Dios y del alivio que ofrece la fe para insinuar que no hay tal .Que Dios es el sufrimiento mismo y no su consuelo. Durante siglos el Creador jugó a ser imprevisible, fuente de amor y verdad, juez supremo incomprobable. Desde que lo inventaron, los hombres han tratado de explicarse para qué les sirve. Y como lo suyo es, a los ojos de la mayoría temerosa, sólo castigo, tampoco él sobrevivió a la oferta y la demanda. Mi padre no podía saber que dios iba a morir tan pronto y yo mismo nunca lo imaginé. En esos días lo habían intimado a
dejar el cigarrillo. Rechazó las pamplinas de los médicos y apostó a algo superior. Al Ser Supremo que estaba por encima del bien y del mal.
Naturalmente, perdió. Pero eso iba a ocurrir años después. Entre tanto está llorando mientras un bagre tira de su línea y yo no me animo a acercarme para consolarlo. Me digo que en una de ésas el bote se da vuelta y tenemos que volver nadando.
¿Qué tiene que ver el cigarrillo con el Reino de los Cielos? Mucho, me parece: al placer corresponde un castigo de espantosa agonía. Así pasa con todo lo bueno en la tradición de judíos y cristianos. Más allá, el goce y la dicha no prefiguran el paraíso sino el infierno. Eso parece decir Richard Attenborough. El amor, si podemos darlo, nos devolverá lágrimas y castigo.
Palabras más,
palabras menos, Scorsese sugiere lo mismo. Sólo que no hay amor en La edad de la inocencia . No lo hubo en la vida de Edith Wharton, no podía haberlo en su novela y no es intención de Scorsese mostrar otra cosa. La película, situada en 1857, habla de hoy y de una aristocracia con códigos propios: ocio, manjares, hipocresías, hasta que el amor aparece como una amenaza. Evitarlo preserva el orden social. Eso sugiere, me parece, el impenetrable mayordomo de Lo que queda del día . La autoridad de mister Stevens es proporcional a la negación de sus sentimientos. El dolor, la alegría, la humillación, resbalan en su alma como gotas de rocío. Todo pasa pero queda la soledad. Para Baruch Spinoza, en su Etica, el control de los sentimientos es la mayor virtud del alma: "A la impotencia humana para gobernar y reprimir los afectos la llamo servidumbre; porque el hombre sometido a los afectos no depende de él, sino de la fortuna." Con Spinoza se pone en claro, desde 1677,
que el poder, para ser tal, excluye el amor en cualquiera de sus expresiones. Y que la gente vulgar al mostrar sus afectos los expone a la manipulación y la demagogia.
En sus Diarios, el narrador John Cheever apunta en 1979: "Puedo saborear la soledad. La silla que ocupo, el cuarto, la casa, a todo le falta sustancia (...) Creo que la soledad no es un absoluto, pero su sabor es el más fuerte." El libro comienza con una reflexión bella y perturbadora para mí porque sospecho que así sentía la vida mi padre aquella tarde que salimos de pesca: "En la madurez hay misterio, hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, pero no sé cuándo sucedió ni tengo esperanza de encontrarlo."
Y bien, mi padre era más que eso, o ni siquiera eso: "Nada más obsceno y vano que intentar contener la vida y la obra de un hombre en un puñado de líneas invocadas en el tiempo y la distancia", escribe Rodrigo Fresán en Trabajos manuales. Y agrega: "Cuando un hombre se transforma en el único paisaje posible de sí mismo es cuando alcanza la forma de la soledad. La soledad como territorio. La soledad como forma alternativa de la geografía y de lo biográfico."
Estoy tratando de decir, con imágenes y palabras de otros, que lo esencial de una vida brota en el momento en que nos enfrentamos a las formas más puras de la verdad. Amor, dolor, soledad. Ahí estamos solos, sin Dios, sin patria ni sustento. Un paso atrás, un movimiento en falso y todo está perdido. En la serenidad del bote que bajaba por el Limay, mi padre percibió de golpe su tierra de sombras. Nada de este mundo le resultaba ajeno,
pero él no era más que una brizna de polen arrastrada por el viento. Cuando tuvo fuerzas para admitirlo dejó de llorar, recogió la línea y devolvió el bagre a la correntada.
*de Osvaldo Soriano, incluido en "Piratas, fantasmas y dinosaurios"
Editorial Norma, Bs. As. 1996.
4 años....
UN AÑO MÁS*
Inventiva cumple años.
No le organizo fiesta sorpresa con gorritos y cornetas, ni le cuelgo un pasacalle para que lo deshilachen los benteveos. No le ofrezco ramilletes de flores que caducan, porque en sus páginas de luz florecen los naranjos y el jacarandá. No le mando tarjetitas obligadas; y afortunadamente no hallo
ocasión de incurrir en corbatas.
Le digo a Coiro muchas gracias, porque su puente de palabras me ha traído sentimiento, reflexión, y algún amigo lejano.
Sin velas para soplar, expreso igual mi deseo de que este vehículo de intercambios extienda su travesía por las rutas largas y sinuosas del porvenir.
¡Feliz cumpleaños Inventiva!
Inventiva cumple años.
No le organizo fiesta sorpresa con gorritos y cornetas, ni le cuelgo un pasacalle para que lo deshilachen los benteveos. No le ofrezco ramilletes de flores que caducan, porque en sus páginas de luz florecen los naranjos y el jacarandá. No le mando tarjetitas obligadas; y afortunadamente no hallo
ocasión de incurrir en corbatas.
Le digo a Coiro muchas gracias, porque su puente de palabras me ha traído sentimiento, reflexión, y algún amigo lejano.
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¡Feliz cumpleaños Inventiva!
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@...
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