"La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado
al padre"
José Saramago.
Ejercicio de Escritura:
La propuesta es escribir sobre la culpa a partir de esta frase que
es por sí misma tremenda y conmovedora. Es importante -creo- que
lean el contexto del cual fue recortada para esta invitación a
escribir: el discurso de aceptación del premio Nobel de literatura
1998 que leyo Saramago y su cita a la obra "El Evangelio según
Jesucristo".
Fecha límite para la recepción de escritos: 14 de abril.
Condiciones para este ejercicio de escritura:
Puede participar quien guste (socios y no socios) con escritos de
su autoría en cualquier estilo literario (incluso poemas). Las
narraciones-ensayos deben tener una extención máxima de 2000
caracteres. Como es regla en Inventiva Social, el editor se reserva
la libertad de incluir o no los escritos recibidos en la publicación
correspondiente a cada ejercicio.
Los textos deben enviarse en el cuerpo del mail con formato solo
texto a la dirección:
inventivasocial@...
Pedidos especiales para este ejercicio: les ruego a los amigos que
escriban que se ajusten al límite de caracteres previsto lo cual
permitira una mayor participación y diversidad de autores en una
única edición de inventiva. Un segundo pedido: difundan este
ejercicio a quienes les interese escribir, pues yo no podre darle
toda la difusión que quisiera.
Un abrazo y a escribir...
*Eduardo Coiro
inventivasocial@...
DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO NOBEL*
*Por José Saramago.
El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni
escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un
nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y
salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de
cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez
mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del
desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su
nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho
y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el
invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que
el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las
pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama.
Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los
animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen
carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos
viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni
retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de
quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo
que es indispensable. Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo
en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto
anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando
vueltas y vueltas a la gran rueda
de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo
comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de
los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de
madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en
los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho
del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después
de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos
debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero
aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por
ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la
higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo
muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que
significaba. En medio de la paz nocturna, entre
las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después,
lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra
dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo
cóncavo, surgía la
claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como
todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la
noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba
contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares,
muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de
antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía
despierto, al mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se
callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando
para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que
invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él,
calculadamente, le introducía en el relato: "¿Y después?". Tal vez
repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas,
quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En
aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será
necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de
toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana,
el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se
había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me
levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre
descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el
pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se
encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie
desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con
trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba
algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me
tranquilizaba: "No hagas
caso, en sueños no hay firmeza". Pensaba entonces que mi abuela,
aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas
de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto
José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas
con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había
ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que
la abuela, también ella, creía en los sueños.
Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante
la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las
estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho
estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de
morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida
de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel
momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y
última despedida, el consuelo de la belleza
revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que
haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente
capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente
que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito,
gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias,
que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los
árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque
sabía que no los volvería a ver.
Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi
abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que
ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una
belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las
personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa
era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y
volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del
recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco
y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de
la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar
a vivir. La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado
la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere,
me llevaría
a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya
con casi ochenta años) donde mis padres aparecen. "Están los dos de
pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el
rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor
delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar
de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque
el día siguiente será implacablemente otro día.
Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la
mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa
el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre
el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra
floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas
difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas". Y
terminaba: "Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas.
Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere,
llegando del norte de Africa, otro abuelo pastor de cerdos, una
abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una
flor en un retrato ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué
mejor árbol me apoyaría?". Escribí estas palabras hace casi treinta
años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar
instantes de la vida de las personas que me engendraron y que
estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar
nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se
hizo la persona que comencé siendo y ésta en que poco a poco me he
convertido. Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no
determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán
sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga. A mi árbol
genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan
menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas de
aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida
van desgajando del tronco central. También le faltaba quien ayudase
a sus raíces a penetrar hasta las
capas subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el
sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para
hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos. Al
pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura,
transformándolos de las simples personas de carne y hueso que habían
sido, en personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi
vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los
personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente
literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas
que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y
en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es
defecto pero también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de
mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y
al mismo tiempo criatura de ellos. En cierto sentido se podría decir
que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a
libro, he venido, sucesivamente,
implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero
que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi
vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa
como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la
existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a
ser.
Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de
vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir,
esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento
veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de
papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo
con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de
autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más
efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que
los movía. De esos maestros el primero fue, sin duda, un mediocre
pintor de retratos que designé simplemente por la letra H.,
protagonista de una historia a la que creo razonable llamar de doble
iniciación (la de él, pero también, de algún modo, la del autor del
libro, protagonista de una historia titulada "Manual de pintura y
caligrafía", que me enseñó la honradez elemental de reconocer y
acatar, sin resentimientos ni frustraciones, sus propios límites:
sin poder ni ambicionar aventurarme más allá de mi pequeño terreno
de cultivo, me quedaba la posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia
abajo, hacia las raíces. Las mías, pero también las del mundo, si
podía permitirme una ambición tan desmedida. No me compete a mí,
claro está, evaluar el mérito del resultado de los esfuerzos
realizados, pero creo que es hoy patente que todo mi trabajo, de ahí
para adelante, obedeció a ese propósito y a ese principio.
Vinieron después los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella
misma hermandad de condenados de la tierra a que pertenecieron mi
abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa, campesinos rudos obligados a
alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y de
condiciones de trabajo que sólo merecerían el nombre de infames.
Cobrando por menos que nada una vida a la que los seres cultos y
civilizados que nos preciamos de ser llamamos, según las ocasiones,
preciosa, sagrada y sublime. Gente popular que conocí,
engañada por una Iglesia tan cómplice como beneficiaria del poder
del Estado y de los terratenientes latifundistas, gente
permanentemente vigilada por la policía, gente, cuántas y cuántas
veces, víctima inocente de las arbitrariedades de una justicia
falsa. Tres generaciones de una familia de campesinos, los Mau-
Tempo, desde el comienzo del siglo hasta la Revolución de Abril de
1974 que derrumbó la dictadura, pasan por esa novela a la que di el
título de "Alzado del suelo" y fue con tales hombres y mujeres del
suelo levantados, personas reales primero, figuras de ficción
después, con las que aprendí a ser paciente, a confiar y a
entregarme al tiempo, a ese tiempo que simultáneamente nos va
construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y otra vez
destruirnos. No tengo la seguridad de haber
asimilado de manera satisfactoria aquello que la dureza de las
experiencias tornó virtud en esas mujeres y en esos hombres: una
actitud naturalmente estoica ante la vida. Teniendo en cuenta, sin
embargo, que la lección recibida, pasados más de veinte años,
permanece intacta en mi memoria, que todos los días la siento
presente en mi espíritu como una insistente convocatoria, no he
perdido, hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco más
merecedor de la grandeza de los ejemplos de dignidad que me fueron
propuestos en la inmensidad de las planicies del Alentejo. El tiempo
lo dirá.
¿Qué otras lecciones podría yo recibir de un portugués que vivió en
el siglo XVI, que compuso las "Rimas" y las glorias, los naufragios
y los desencantos patrios de "Os Lusíadas", que fue un genio poético
absoluto, el mayor de nuestra literatura, por mucho que eso pese a
Fernando Pessoa, que a sí mismo
se proclamó como el Super-Camoens de ella? Ninguna lección a mi
alcance, ninguna lección que yo fuese capaz de aprender salvo la más
simple que me podría ser ofrecida por el hombre Luis Vaz de Camoens
en su más profunda humanidad, por ejemplo, la humildad orgullosa de
un autor que va llamando a todas las puertas en busca de quien esté
dispuesto a publicar el libro que escribió, sufriendo por eso el
desprecio de los ignorantes de sangre y de casta, la indiferencia
desdeñosa de un rey y de su compañía de poderosos, el escarnio con
que desde siempre el mundo ha recibido la visita de los poetas,
de los visionarios y de los locos. Al menos una vez en la vida,
todos los autores tuvieron o tendrán que ser Luis de Camoens, aunque
no escriban las redondillas de "Sobolos rios". Entre hidalgos de la
corte y censores del Santo Oficio, entre los amores de antaño y las
desilusiones de la vejez prematura, entre el dolor de escribir y la
alegría de haber escrito, fue a este hombre enfermo que regresa
pobre de la India, adonde muchos sólo iban para enriquecerse, fue a
este soldado ciego de un ojo y golpeado en el alma,
fue a este seductor sin fortuna que no volverá nunca más a perturbar
los sentidos de las damas de palacio, a quien yo puse a vivir en el
teatro en el escenario de la pieza de teatro llamada "Que farei con
este livro?" ("¿Qué haré con este libro?"), en cuyo final resuena
otra pregunta, aquélla que importa
verdaderamente, aquélla que nunca sabremos si alguna vez llegará a
tener respuesta suficiente: "¿Qué haréis con este libro?". Humildad
orgullosa fue ésa de llevar debajo del brazo una obra maestra y
verse injustamente rechazado por el mundo. Humildad orgullosa
también, y obstinada, esta de querer saber para qué servirán mañana
los libros que vamos escribiendo hoy, y luego dudar que consigan
perdurar largamente (¿hasta cuándo?) las razones tranquilizadoras
que quizá nos estén siendo dadas o que estamos dándonos a nosotros
mismos. Nadie se engaña mejor que cuando consiente que lo engañen
otros.
Se aproxima ahora un hombre que dejó la mano izquierda en la guerra
y una mujer que vino al mundo con el misterioso poder de ver lo que
hay detrás de la piel de las personas. El se llama Baltasar Mateus y
tiene el apodo de Siete-Soles, a ella la conocen por Bilmunda, y
también por el apodo de Siete-Lunas que le fue añadido después
porque está escrito que donde haya un sol habrá una luna y que sólo
la presencia conjunta de uno y otro tornará habitable, por el amor,
la tierra. Se aproxima también un padre jesuita
llamado Bartolmeu que inventó una máquina capaz de subir al cielo y
volar sin otro combustible que no sea la voluntad humana, ésa que
según se viene diciendo, todo lo puede, aunque no pudo, o no supo, o
no quiso, hasta hoy, ser el sol y la luna de la simple bondad o del
todavía más simple respeto.
Sontres locos portugueses del siglo XVIII en un tiempo y en un país
donde florecieron las supersticiones y las hogueras de la
Inquisición, donde la vanidad y la megalomanía de un rey hicieron
levantar un convento, un palacio y una basílica que asombrarían al
mundo exterior, en el caso poco probable de que ese mundo tuviera
ojos bastantes para ver a Portugal, tal como sabemos que los tenía
Bilmunda para ver lo que escondido estaba. Y también se aproxima una
multitud de millares y millares de hombres con las manos sucias y
callosas, con el cuerpo exhausto de haber levantado, durante años
sin fin, piedra a piedra, los muros implacables del convento, las
alas enormes del palacio, las columnas y las pilastras, los aéreos
campanarios, la cúpula de la basílica suspendida sobre el vacío. Los
sonidos que estamos oyendo son del clavicornio del Doménico
Scarlatti, que no sabe si debe reír o llorar. Esta es la historia
del "Memorial del convento", un libro en que el aprendiz de autor,
gracias a lo que le venía siendo enseñado desde el
antiguo tiempo de sus abuelos Jerónimo y Josefa, consiguió escribir
palabras como éstas, donde no está ausente alguna poesía: "Además de
la conversación de las mujeres son los sueños los que sostienen al
mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le hacen una
corona de lunas, por eso el
cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres si
no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo". Que así sea.
De las lecciones de poesía, sabía ya alguna cosa el adolescente,
aprendidas en sus libros de texto cuando, en una escuela de
enseñanza profesional de Lisboa, andaba preparándose para el oficio
que ejerció en el comienzo de su vida de trabajo: el de mecánico
cerrajero. Tuvo también buenos maestros del arte poético en las
largas horas nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al
azar de encuentros y de catálogos, sin orientación, sin alguien que
le aconsejase, con el mismo asombro creador del navegante que va
inventando cada lugar que descubre. Pero fue en la biblioteca de la
escuela industrial donde "El año de la muerte de Ricardo Reis"
comenzó a ser escrito. Allí encontró un día el joven aprendiz de
cerrajero (tendría entonces 17 años) una revista - "Atena" era el
título - en que había poemas
firmados con aquel nombre y, naturalmente, siendo tan mal conocedor
de la cartografía literaria de su país, pensó que existía en
Portugal un poeta que se llamaba así: Ricardo Reis. No tardó mucho
tiempo en saber que el poeta propiamente dicho había sido un tal
Fernando Nogueira Pessoa que firmaba
poemas con nombres de poetas inexistentes nacidos en su cabeza y a
quien llamaba heterónimos, palabra que no constaba en los
diccionarios de la época, por eso costó tanto trabajo al aprendiz de
las letras saber lo que ella significaba. Aprendió de memoria muchos
poemas de Ricardo Reis ("Para ser grande sê inteiro/Põe quanto és no
mínimo que fazes"), pero no podía resignarse, a pesar de tan joven e
ignorante, a que un espíritu superior hubiese podido concebir, sin
remordimiento, este verso cruel: "Sábio é o que
se contenta com o espectáculo do mundo". Mucho, mucho tiempo
después, el aprendiz de escritor ya con el pelo blanco y un poco más
sabio de sus propias sabidurías se atrevió a escribir una novela
para mostrar al poeta de las "Odas" algo de lo que era el
espectáculo del mundo en ese año de 1936 en que lo puso a vivir sus
últimos días: la ocupación de la Renania por el Ejército nazi, la
guerra de Franco contra la República española, la creación por
Salazar de las milicias fascistas portuguesas. Fue como si estuviese
diciéndole: "He ahí el espectáculo del mundo, mi poeta de las
amarguras serenas y del escepticismo elegante. Disfruta, goza,
contempla, ya que estar sentado es tu sabiduría".
"El año de la muerte de Ricardo Reis" terminaba con unas palabras
melancólicas: "Aquí donde el mar acabó y la tierra espera". Por
tanto no habría más descubrimientos para Portugal, sólo como destino
una espera infinita de futuros ni siquiera imaginables: el fado de
costumbre, la saudade de siempre y poco más. Entonces el aprendiz
imaginó que tal vez hubiese una manera de volver a lanzar los barcos
al agua, por ejemplo mover la propia tierra y ponerla a navegar mar
adentro. Fruto inmediato del resentimiento colectivo portugués por
los desdenes históricos de Europa (sería más exacto decir fruto de
mi resentimiento personal), la novela que entonces escribí - "La
balsa de piedra" - separó del continente europeo a toda la Península
Ibérica, transformándola en una gran isla fluctuante, moviéndose sin
remos ni velas, ni hélices, en dirección al Sur del mundo, "masa de
piedra y tierra cubierta de ciudades, aldeas, ríos,
bosques,fábricas, bosques bravíos, campos cultivados, con su gente y
sus animales", camino de una utopía nueva: el encuentro cultural de
los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado del
Atlántico, desafiando así, a tanto se atrevió mi estrategia, el
dominio sofocante que los Estados Unidos
de la América del Norte vienen ejerciendo en aquellos parajes. Una
visión dos veces utópica entendería esta ficción política como una
metáfora mucho más generosa y humana: que Europa, toda ella, deberá
trasladarse hacia el Sur a fin de, en descuento de sus abusos
coloniales antiguos y modernos, ayudar a equilibrar el mundo. Es
decir Europa finalmente como ética. Los personajes de "La balsa de
piedra" - dos mujeres, tres hombres y un perro - viajan
incansablemente a través de la Península mientras ella va surcando
el océano. El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en
sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al
perro que no es un perro como los otros). Eso les basta. Se acordó
entonces el aprendiz que en tiempos de su vida había hecho algunas
revisiones de pruebas de libros y que si en "La balsa de piedra"
hizo, por decirlo así, revisión del futuro, no estaría mal que
revisara ahora el pasado inventando una novela que se
llamaría "História do Cerco de Lisboa", en la que un revisor
trabajando un libro del mismo título, aunque de historia, y cansado
de ver cómo la citada historia cada vez es menos capaz de
sorprender, decidió poner en lugar de un "sí" un "no", subvirtiendo
la autoridad de las "verdades históricas". Raimundo Silva, así se
llamaba el revisor, es un hombre simple, vulgar, que sólo se
distingue de la mayoría por creer que todas las cosas tienen su lado
visible y su lado
invisible y que no sabremos nada de ellas, mientras no les hayamos
dado la vuelta completa. De eso precisamente trata una conversación
que tiene con el historiador. Así: "Le recuerdo que los revisores ya
vieron mucho de literatura y vida, Mi libro, se lo recuerdo, es de
historia. No es propósito mío apuntar otras contradicciones,
profesor, en mi opinión todo cuanto no sea vida es literatura. La
historia también. La historia sobre todo, sin querer ofender. Y la
pintura, y la música. La música va resistiéndose desde
que nació, unas veces va y otras viene, quiere librarse de la
palabra, supongo que por envidia, pero regresa siempre a la
obediencia. Y la pintura, mire, la pintura no es más que literatura
hecha con pinceles. Espero que no se haya olvidado de que la
humanidad comenzó pintando mucho antes de saber
escribir. Conoce el refrán, si no tienes perro caza con el gato, o
dicho de otra manera, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es
lo que hacen los niños.
Lo que usted quiere decir, con otras palabras, es que la literatura
ya existía antes de haber nacido, sí señor, como el hombre, con
otras palabras, antes de serlo ya lo era. Me parece que usted
equivocó la vocación, debería ser historiador. Me falta preparación
profesor, qué puede un simple hombre
hacer sin preparación, mucha suerte he tenido viniendo al mundo con
la genética organizada, pero, por decirlo así, en estado bruto, y
después sin más pulimento que las primeras letras que se quedaron
como únicas. Podía presentarse como autodidacta producto de su digno
esfuerzo, no es ninguna vergüenza, antiguamente la sociedad estaba
orgullosa de sus autodidactas.
Eso se acabó, vino el desarrollo y se acabó, los autodidactas son
vistos con malos ojos, sólo los que escriben versos o historias para
distraer están autorizados a ser autodidactas, pero yo para la
creación literaria no tengo habilidad. Entonces métase a filósofo.
Usted es un humorista, cultiva la ironía, me pregunto cómo se dedicó
a la historia, siendo ella tan grave y profunda ciencia. Soy irónico
sólo en la vida real. Ya me parecía a mí que la historia no es la
vida real, literatura sí, y nada más. Pero la historia fue vida real
en el tiempo en que todavía no se le podía llamar historia.
Entonces usted cree, profesor, que la historia es la vida real. Lo
creo, sí. Que la historia fue vida real, quiero decir. No tengo la
menor duda. Qué sería de nosotros si el deleatur que todo lo borra
no existiese, suspiró el revisor". Escusado será añadir que el
aprendiz aprendió con Raimundo Silva la lección de la duda. Ya era
hora.
Fue probablemente este aprendizaje de la duda el que le llevó, dos
años más tarde, a escribir "El Evangelio según Jesucristo". Es
cierto, y él lo ha dicho, que las palabras del título le surgieron
por efecto de una ilusión óptica, pero es legítimo que nos
interroguemos si no habría sido el sereno ejemplo del revisor el
que, en ese tiempo, le anduvo preparando el terreno de donde habría
de brotar la nueva novela. Esta vez no se trataba de mirar por
detrás de las páginas del "Nuevo Testamento" a la búsqueda de
contradicciones, sino de iluminar con una luz rasante la superficie
de esas páginas, como se hace con una pintura para resaltarle los
relieves, las señales de paso, la oscuridad de las depresiones. Fue
así como el aprendiz, ahora rodeado de personajes evangélicos, leyó,
como si fuese la primera vez, la descripción de la matanza de los
Inocentes y, habiendo leído, no comprendió. No comprendió que
pudiese haber mártires de una religión que aún tendría que esperar
treinta años para que su fundador pronunciase la primera palabra de
ella, no comprendió que no hubiese salvado la vida de los niños de
Belén precisamente la única persona que lo podría haber hecho, no
comprendió la ausencia, en José, de un sentimiento mínimo de
responsabilidad, de remordimiento, de culpa o siquiera de
curiosidad, después de volver de Egipto con su familia. Ni se podrá
argumentar en defensa de la causa que fue necesario que los niños de
Belén murieran para que pudiese salvarse la vida de Jesús: El simple
sentido común, que a todas las cosas,
tanto a las humanas como a las divinas, debería presidir, está ahí
para recordarnos que Dios no enviaría a su hijo a la Tierra con el
encargo de redimir los pecados de la humanidad, para que muriera a
los dos años de edad degollado por un soldado de Herodes. En ese
Evangelio escrito por el aprendiz con el respeto que merecen los
grandes dramas, José será consciente de su culpa, aceptará el
remordimiento en castigo de la falta que cometió y se dejará
conducir a la muerte casi sin resistencia, como si eso le faltase
todavía para liquidar sus cuenta con el mundo. "El Evangelio" del
aprendiz no es, por tanto, una leyenda edificante más de
bienaventurados y de dioses, sino la historia de unos cuantos seres
humanos sujetos a un poder contra el cual luchan, pero al que no
pueden vencer. Jesús, que heredará las sandalias con las que su
padre había pisado el polvo de los caminos de la tierra, también
heredará de él el sentimiento trágico de la responsabilidad y de
ella la culpa que nunca lo abandonará, incluso cuando levante la voz
desde lo alto de la cruz: "Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo
que hizo", refiriéndose al Dios que lo llevó hasta allí, aunque
quien sabe si recordando todavía, en es última agonía, a su padre
auténtico, aquel que en
la carne y en la sangre, humanamente, lo engendró. Como se ve, el
aprendiz ya había hecho un largo
viaje cuando en el herético evangelio escribió las últimas palabras
del diálogo en el templo entre Jesús y el escriba: "La culpa es un
lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, dijo el
escriba, Ese lobo de que hablas ya se ha comido a mi padre, dijo
Jesús, Entonces sólo falta que devore a ti, Y tú, en tu vida, fuiste
comido, o devorado, No sólo comido y devorado, también vomitado,
respondió el escriba".
Si el emperador Carlomagno no hubiese establecido en el norte de
Alemania un monasterio, si ese monasterio no hubiese dado origen a
la ciudad de Münster, si Münster no hubiese querido celebrar los
1.200 años de su fundación con una ópera sobre la pavorosa guerra
que enfrentó en el siglo XVI a
protestantes anabaptistas y católicos, el aprendiz no habría escrito
la pieza de teatro que tituló "In Nomine Dei". Una vez más, sin otro
auxilio que la pequeña luz de su razón, el aprendiz tuvo que
penetrar en el oscuro laberinto de las creencias religiosas, ésas
que con tanta facilidad llevan a los seres humanos a matar y a
dejarse matar. Y lo que vio fue nuevamente la máscara horrenda de la
intolerancia, una intolerancia que en Münster alcanzó el paroxismo
demencial, una intolerancia que insultaba la propia causa que ambas
partes proclamaban defender. Porque no se trataba de una guerra en
nombre de dos dioses enemigos sino de una guerra en nombre de un
mismo dios.
Ciegos por sus propias creencias, los anabaptistas y los católicos
de Münster no fueron capaces de comprender la más clara de todas las
evidencias: en el día del Juicio Final, cuando unos y otros se
presenten a recibir el premio o el castigo que merecieron sus
acciones en la tierra, Dios, si en sus decisiones se rige por algo
parecido a la lógica humana, tendrá que recibir en el paraíso tanto
a unos como a otros, por la simple razón de que unos y otros en El
creían. La terrible carnicería de Münster
enseñó al aprendiz que al contrario de lo que prometieron las
religiones nunca sirvieron para aproximar a los hombres y que la más
absurda de todas las guerras es una guerra religiosa, teniendo en
consideración que Dios no puede, aunque lo quisiese, declararse la
guerra a sí mismo. Ciegos. El aprendiz pensó "Estamos ciegos", y se
sentó a escribir el "Ensayo sobre la ceguera" para recordar a quien
lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la
vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos
los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira
universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre
dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a
su semejante. Después el aprendiz, como si intentara exorcizar a los
monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir
la más simple de todas las historias: Una persona que busca a otra
persona sólo porque ha comprendido que la vida no tiene nada más
importante que pedir a un ser humano. El libro
se llama "Todos los nombres". No escritos, todos nuestros nombres
están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos.
Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces
conjuntas de mis personajes. No tengo, pensándolo bien, más voz que
la voz que ellos tuvieron. Perdonadme si os pareció poco esto que
para mí es todo.
*( Nota del editor de Inventiva: la fecha de recepción del Nobel fue
el 11 de Diciembre de 1998, en Estocolmo. )
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*Eduardo Francisco Coiro
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