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INVENTIVASocial
Edición ABRIL 2006

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UNA MIRADA*

He observado los bosques para ver únicamente los árboles de
corteza caduca y hojas desnaturalizadas por las babosas. He visto
los hongos comiéndose la oscuridad de la tierra, pájaros
parasitados y animales moribundos en la maleza. He visto tormentas
destructivas en la espesura, y
no me es ajena la cicatriz del rayo en los troncos torturados. No me
es ajeno el dolor de los bosques, no comprendo cuando dices "mira" y
sonríes a tal espectáculo de muerte y sufrimiento. No me es ajeno el
espanto de la espesura.
Me muestras los mares, y las olas de sucia espuma rompen en
playas formadas por millones de cadáveres calcáreos. Cómo mirar el
mar, me pregunto, cómo admirarlo. Cómo evitar en él el naufragio, el
llanto de las viudas, la extinción de los roncos mugidos de los
cetáceos. No me son ajenos, te digo, los espantos oceánicos.
Diriges mi vista hacia las humanas multitudes. Señalas un niño,
veo en él presentes y futuras crueldades, veo la lenta degradación
de los órganos, el velo enquistado de los saberes falsos, de la
dureza que hará de él soldado de inquisiciones, verdugo y juez de
sus semejantes.
Alumbras para mí a un par de enamorados. Se devorarán, te digo,
no hay forma alguna de que no acaben tironeando de sus propios
despojos. Acabará la caricia en garra, el beso en colmillo, la
ternura en cuchilla afilada. No me es ajeno, tampoco, el amor. Que
ya lo he visto. No me es ajeno el amor, y no
conozco donativo más oneroso.

Meneas la cabeza tristemente. Me dices que tu paisaje es bello,
que hay ternura en tu universo, que las sombras están, pero debajo
de los claros objetos.
Dichosa de ti, dichosos los dichosos. Cíclope soy. Esto veo.



*de Mónica Russomanno. russomannomonica@...




*
No estoy solo,
Ni la tarde entró anaranjada por antojo
Y hasta el cañaveral mecía el aire tu nombre.
Si estoy solo,
del pan salen tus abrazos.
Cuesta arriba en la noche reza la madrugada,
vanguardia amenazante de huelgas al olvido.
Porque no olvidas.
Porque aquí,
no suelo estar deshabitado pelando nueces,
ni despojado de guitarra.
Tengo tantos cuadernos en blanco
como tinta para nombrarte,
pero;
el verso hace un alto, para que mi boca
haga memoria en tu nombre.



BAJO LÁGRIMA Y LAUREL DE TU VICTORIA*


Sólo por ti esta noche no es noche,
pues hay un coro de luces en la maleta de mi alma.

Ya ves, hasta mi carne se apellida Gabriela
porque todavía hay imbéciles rondando
entre tanta mierda.
El tiempo pasado no fue bueno
y estoy harto de presumir,
estar y andar parado ante una huelga de abrazos.

En nuestra patria siempre hubo primaveras
con alguna Gabriela.


Podría jurar que en vano aún buscan
el sueño que dejaste
al grito en mi memoria.


Tal vez pueda imaginarme,
gritarme, salvarme,
de saber que mañana habrá grandeza
del sueño a un camino nuevo,
desde allá,
donde el Maya coronaba su suelo
hasta la última Ona con su cultura
de cuero, sangre y araucaria.

Tal vez amanezcamos de pie,
sobre el pie de la memoria,
y casi riendo o casi llorando
saber que habrá primaveras.

Increíble pensar
que rondaron vuelos rematando
Gabrielas.
Increíble pensar que parieron
parir Gabrielas.

Increíbles monstruos disfrazados
como demonios llorando cruces,
cantando himnos.
Y esto no lo contó la historia,
por eso apellido tu nombre.
Siempre habrá juventud de Gabrielas
y siempre habrá una barricada y un puño
labrando la bronca
pariendo el parir de Gabriela.

Tu muerte sirve,
porque hasta parir pare mi boca
la bandera de tu memoria.


*poemas de ricardo d. mastrizzo ricardomastrizzo@...



La luna*

La luna
con su eterna tristeza de único testigo
contempla el mar.
El hombre
a la orilla parado de ese mar en tinieblas
medita y calla; sueña
ciudades sumergidas en las profundidades.
(Apócrifos recuerdos recobrados de pronto)

La quietud de las olas delata tempestades
que han de llegar. La calma,
el silencio del viento,
presagian oceánicas batallas
que han de inquietar el pecho del viajero,
llagando con sus fieras marejadas
el alma de la noche adormecida.

Después la mañana, el hombre
a la orilla parado de esas olas en calma
recordando ciudades sumergidas
más allá del olvido.


*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@...
http://www.aragonesasi.com/sergio
http://al-andar.blogspot.com/




BORRADOR SOBRE TANGO PARA RUBEN BELENGUER*


Hay quien se cree que es cuestión
de zamparse el uno al otro,
con calentura de potro,
mientras arde el bandoneón…

Pero este baile trenzón,
antiguo ya de tan viejo
(los otros son el reflejo
de su mismo corazón)…

Va rezando en su canción:
todos los cuerpos son uno,
todo tiempo es oportuno,
todo encuentro es ocasión…

Ya no tenemos fogón
en el centro de la rueda,
pero hay fuego en la voz queda
que hilvana el ritmo y el son…

Delicadeza en acción
gana todas las batallas,
y derriba las murallas
su profunda conmoción…

Es como una religión
que se baila para adentro,
buscando hallarse en un centro
en medio del envión…

Nadie queda de mirón
si encuentra oportunidad
de gozar humanidad
en parejero montón…

Hay quien molesta, bocón,
y se propasa de más:
no dura. Y te lo encontrás,
hociqueando, en un rincón…

Es de tango la reunión:
asunto sobreentendido.
Nadie que no haya venido
aprenderá su lección…

Ritmito arisco y dulzón
que no necesita letra
que lo armoniza o perpetra
según quien fuese el firmón…

Mejor si suena zumbón
contando el canto del cuento:
lo que se llevará el viento
fue lo hecho sin emoción…

Podrá con su virazón
devolvernos al principio,
sin el muerto precipicio
de la civilización…

Y acabo la anotación,
como en un tango, abrazando
a los que llegan, bailando
su sagrada comunión…


*de Horacio C. Rossi, en la terraza… lacho51@...




Ciudad turística*

A Carlitos le gusta la tarea que le han dado: recolectar la comida
de los tachos de basura de los restaurantes de la zona; con eso, su
familia alimenta los cerdos y demás.
En su recorrido, hoy ha llegado arrastrando su carro hasta el mar...,
nunca lo había visto.
- ¡Mirá Tilín! -exclama a su perro. Tiene la emoción instalada en la
voz porque el Atlántico ha irrumpido en sus ojos como la imagen de
la felicidad.

El animal baja con ímpetu por las rocas hasta llegar a la playa, él
lo sigue y corren por la orilla jugando hasta fatigarse. Luego
descansan en la arena.
- ¿Sabés Tilín? -reflexiona el niño mirando las olas-, de aquí salen
los pescaditos que comemos por las noches.

*de Lucia Diaz ludiaz1@...






Macaco Branco*


La historia me la contó un poblador de la isla. Yo estaba parando
allí hacía tres días y había llegado de casualidad. El tipo se
llamaba 'Ginga' y el lugar 'Morro de Deus'. La isla quedaba a tres
horas de lancha de la costa de Natal, al norte de Brasil. No había
autoridad municipal, ni mucho menos; solo una pequeña plaza
alrededor de la cual había una diminuta escuela y una iglesia
modesta. Un par de almacenes abastecían a los pobladores de los
productos básicos y la comunidad funcionaba casi sin darse cuenta.
Las reglas de convivencia no estaban escritas en ninguna parte pero
grandes y chicos aplicaban el sentido común a la hora de
relacionarse con los demás.
Al caer en el morro, no pude creer tanta belleza. Prácticamente
virgen, el paraje era deslumbrante. Tenía callecitas de tierra,
casitas bajas y unos pocos botes para salir a pescar, actividad de
la que vivían casi todos.
Hacía cuatro años que las primeras personas del continente se habían
asentado allí; llegaron buscando tranquilidad y recursos naturales
para trabajar. También apostaban a la fortuna que traerían los
viajeros que empezaban a aparecer año tras año por aquella zona
todavía desconocida.
Un fantástico morro de color verde plátano, vigilaba todo desde lo
alto. El mar, manso y sabio, rodeaba la inmensidad que había a la
vista.
Yo había salido hacía más de un mes de Buenos Aires y no tenía
ningún apuro por volver. Me acababan de echar de mi trabajo y con la
indemnización decidí salir de viaje. Nadie me esperaba en casa.
Estaba tranquilo y feliz. Nunca había estado tanto tiempo a solas
conmigo mismo.

Una noche, bajo el techo de paja de un pequeño bar clavado en la
arena, 'Ginga' me contó un suceso que quedaría grabado en mi cabeza
por mucho tiempo. Algunos parroquianos tomaban 'Casasha' sentados en
unas mesitas de madera sobre la playa. La luna estaba llena y
blanca. La temperatura era ideal.

El protagonista de la historia se llamaba 'Macaco Branco'. Cuando
era chico, practicaba Capoeira en el pueblo donde había crecido,
cerca de Natal. De ahí arrastró el apodo que un día le puso un
compañero de grupo. Branco(Blanco), porque el tipo era uno de lo
pocos de tez blanca entre los cientos de raza negra de la zona.
Macaco, por uno de los movimientos que regalaba al practicar la
disciplina.
Los padres de Macaco Branco habían migrado al Morro de Deus hacía
unos meses. Un amigo de ellos se había asentado allí y al irle bien,
decidieron dejar la ciudad. En la isla funcionaba una cooperativa
que organizaba la actividad de la pesca. Cada uno sacaba provecho
suficiente como para vivir sin apuros. Arrancaban al amanecer y para
el mediodía estaban terminando.
Por la tarde trabajaban arreglando los botes.
Macaco Branco tenía 16 años y no era el tipo más querido de la isla.
Tenía un carácter difícil y explosivo. Solía irse a las manos mucho
antes que cualquier otro. De chico era muy problemático y siempre le
costó
relacionarse con sus pares. Fueron varias las veces que su madre
tuvo que interceder para intentar enderezarlo. Y no lo logró.
El chico pasaba gran parte de su día en la isla pero a veces solía
desaparecer por un tiempo. Tenía bien claro que debía ayudar al
padre en las tareas de la pesca, pero no se hacía cargo. Vivía
enfrentado con su familia y decía que tenía gente amiga del otro
lado del mar. No estaba de acuerdo con el rumbo que habían tomado
sus padres. No le gustaba la isla y su eterna siesta.
Cada vez que podía se escapaba. Después volvía, daba una mano,
recuperaba energía y volvía de nuevo al trote.
En la ciudad no hacía más que trabajos de ratero. Nada importante en
realidad. Apretaba a algún turista e intentaba hacerse de cámaras de
foto o videocámaras, bienes que se pagaban bien en el mercado negro.
En el último tiempo andaba en la calle acompañado de ciertos
malandras que lo exponían a situaciones de complejo retorno. Algunos
andaban armados y la mayoría no tenía nada que perder.

De una de esas noches de juerga, Macaco se quedó con una pistola.
Embarcó para el morro y llegó a la madrugada. Estaba totalmente
borracho y deteriorado. Pudo dormir un rato y así reponerse solo un
poco.
Arrancó la jornada limpiando redes, recibiendo botes y separando
peces por tamaño. Durante toda la mañana, ente tarea y tarea, siguió
tomando casasha.
Su locura avanzaba y el sol le atravesaba la cabeza con crueldad.
Cuando por fin se fue a casa, no pudo más que desplomarse en la
cama. Con la mirada reposando en el techo, y de manera repentina,
una idea lo conmovió: lo iba a robar a Cari, el hombre que vendía
pan en el morro. Le tenía ganas, y si había un día para ponerlo, era
exactamente ese. La vieja enemistad que lo enfrentaba con el
panadero se le clavó frente a los ojos y permitió que el joven no
dudase ni siquiera un instante de sus intenciones.
Se levantó, agarró la pistola y salió. Caminó seis cuadras hasta
llegar al rancho que desprendía un humo tenue de una chimenea de
barro. Paró en la puerta y se tomó un segundo. Respiró hondo, y
entró.
"!Cari, dame toda la guita o te hago mierda¡", dijo Macaco, según
contó Ginga. El hombre quedó tieso, como descreído de lo que veían
sus ojos. A los pocos segundos contestó: "Macaco, estas muy
borracho. Deja el arma. No hagas locuras que después podes
lamentar". Macaco no escucho razones, encaró para
la mesada que los separaba y tomó violentamente de la remera al
hombre que vendía pan. Cari, no se dejó avasallar y tomó del cuello
al contrincante; a partir de ahí, se mezclaron en un forcejeo que
duró unos minutos. Rompieron todo lo que había alrededor y se
descargaron golpes, patadas y todo tipo de
insultos.
De repente, un disparo seco y hondo, desvaneció la escena. De la
pistola salió disparado un tiro que terminó en el pecho de Cari.
Este cayó herido sobre unas herramientas y se quejó del dolor.
Mirando a los ojos de su atacante, colmado de una furia
inaguantable, ya sin fuerzas, y en posición fetal, murió.
Macaco quedó anulado. No tenía reacción. No había querido disparar
pero el tipo se le había hecho el héroe. Pareció meditar unos
segundos pero un impulso seco lo despertó. Tomó el poco dinero que
había en una caja de hierro oxidada y salió corriendo desesperado.
En la puerta, había un par de pueblerinos que se habían acercado
después de haber escuchado la detonación.
No era un suceso menor. Nunca se disparaban armas en la isla.
Macaco los increpó, les dijo que no tenían nada que hacer ahí, y se
fue.
Sumamente nervioso, casi fuera de control, se encerró en su casa.
Sus padres no estaban y presintió lo peor. Se tomó lo que quedaba de
la botella de casasha.
De la calle empezaron a escucharse rumores. Las voces de los vecinos
le sonaban poco frecuentes y pudo percibir como una carga infernal
de odio traspasaba la puerta. El chico entendió que lo venían a
buscar.
Intentó salir por la puerta de atrás pero había por lo menos cinco
hombres esperándolo. Algunos traían palos y piedras. Dio media
vuelta e intentó salir por una ventana lateral. Escuchó como el
grupo de la puerta trasera venía tras él. Antes de que pudiera
trepar, lo habían tomado por la espalda.
Lo tiraron al suelo, todavía dentro de la casa, y le dieron una
paliza.
Luego, lo sacaron a la calle.
Casi todo el pueblo ya estaba allí pero nadie decía nada. Fue un
instante en donde el tiempo pareció desvanecerse. Una sed de
venganza colectiva todo lo había acaparado. Hasta la brisa del morro
pareció tomarse una pausa.
Comiendo polvo, el chico levantó la mirada y con el sol pegándole en
los ojos, intentó encontrar a alguien que le salvase la vida;
desesperado, buscó clemencia en aquellos que lo conocían de chico.
Llegó a rogar por su vida; gritó que no había tenido intención de
matar. Que había sido un accidente.
Primero uno, después otro, y en pocos minutos todos los presentes,
empezaron a propinarle un salvaje ataque con todo lo que tenían a
mano. En pocos minutos el cuerpo del joven quedó prácticamente
desfigurado y casi sin vida.
Uno de los vecinos dio el grito de alto y la muchedumbre paró. Ya
era suficiente. Tomaron distancia del cuerpo y en silencio se
empezaron a retirar.
Al igual que cuando llegaron, nadie dijo nada.

Al otro día pegue la vuelta. No solo del Morro de Deus, sino que
también de Brasil. Macaco Branco finalmente había muerto ese día,
mientras su padre lo trasladaba a un hospital de la ciudad más
cercana, del otro lado del mar.
La tranquilidad que me había acompañado en ese mes de vacaciones,
súbitamente se había convertido en una pesadilla. Había perdido la
paz y tuve una necesidad enorme de volver a estar con los míos.
Cuando me tome la lancha que me dejaría nuevamente en las costas de
Natal, Ginga me vino a despedir. A su manera, detectó que la
historia de aquella noche me había afectado. Me dio un abrazo y
mirándome a los ojos me dijo: "Amigo, al comportamiento de la gente
ajena no siempre hay que buscarle una
explicación".
Con profundas nauseas por el traqueteo de las olas, y la cabeza
vacía de ideas, clavé la mirada en el morro, que a medida que
avanzábamos, se hacía cada vez más pequeño.


*de Mariano Abrevaya Dios mabrevayadios@...




Para leer, pensar y acompañar...

( Propuesta para escribir crítica literaria y aportes sobre un texto
en construcción )



*
Mis muy queridos todos: a instancia de malévolos y pertinaces
editores he decidido sacar a la luz algo inconcluso y que debería
esperar una maduración mayor. No tanto por los alcances del hecho,
ocurrido hace cuarenta y dos años, sino por la incapacidad del
autor. Pero el poder de insistencia de nuestro común editor es
mayúsculo. Abandonando su despacho frente a la vieja estación
Temperley se trasladó hasta el Rosario y munido de su poder de
convencimiento (no en vano algunos poetas sureños lo
describen como "El hechicero del bar 'La estación'") logró
arrebatarme la promesa de enviar este engendro poco pulido; contra
mis más acendradas convicciones, agregaré, resentido.
En fin, Ustedes decidirán si vale la pena comentar y/o criticar
esto. Según los dichos del editor se trata de una práctica
novedosísima que consistirá en que cada integrante de este espacio
virtual se sienta libre de enviar un texto (pero sólo uno) que él,
ejerciendo su albedrío de editor, seleccionará
para que durante un mes entero ¡Sí, un mes! los demás participantes
comentemos, desmenucemos, critiquemos, etc.
Al cabo de ese mes aparecerá en nuestras casillas una especialísima
edición que reunirá todas las glosas y comentarios llegados para
que lo atesoremos en el fondo de nuestros discos rígidos.
Una duda me escarba el pecho: ¿Ser el que da la patada inicial de
esta sección es un honor o un escarnio?
Ustedes, mis queridos amigos virtuales, lo dirán. Una cosa es
segura, Dios no permitirá que seres tan persuasivos como nuestro
editor ganen el cielo sin grandes trabajos. tanto poder de
convencimiento no es natural y sugiere algún tipo de pacto
diabólico, o por lo menos demoníaco.

Una nota respecto al texto y su génesis: un amigo historiador
publicó un trabajo sobre el accionar de ciertos grupos ideologizados
y violentos de la década del '60. (La cita que encabeza es de su
artículo). Me movió a curiosidad por que en mi familia cuento con
alguien que fue testigo de los hechos. Traté de indagar y - vaya
paradoja - de ambos lados de los bandos en disputa hubo reticencias
manifiestas a la hora de sincerarse. Esto, naturalmente, exacerbó mi
curiosidad, pero moderó mis intenciones de
construir una investigación histórica. Me sentí libre de escribir
esto en forma de ficción, que me permitiría hacerles decir - y
hacer - a los protagonistas aquello que "deberían haber dicho y
hecho" en función del lugar y tiempo que vivieron.
Sed pacientes, oh virtuales y etéreos amigos, y piadosos con este
escriba.


*Udi, el polígrafo del barrio "La República".
udi.cuatro.catorce@...
Salud y resistencia


http://udi414.blogspot.com
"Los momentos en que somos mas libres e iguales en este sistema son
los que dedicamos a la consecución de la utopía. El resto del tiempo
somos meros esclavos"


El texto para leer, pensar y acompañar...

1
El tano Mastrogilardi nunca dudaba. Ese mecanismo mental que muchos
asocian con la inteligencia y la capacidad de comprensión no
revistaba entre sus defectos. El tano no dudaba. Por una cuestión de
disciplina interna. Si recibía una orden es porque en su intimidad
más profunda había aceptado que
quién la impartía estaba profesional y moralmente dotado para
impartirla.
Nunca se hubiera expuesto a recibir una orden de alguien que no
mereciera su respeto. En ese momento estaba frente a un hombre que
cumplía con esas características.
A distancia del subcomisario Sosa - blando, venal y a punto de
jubilarse- el comisario inspector López sabía qué tenía que hacer,
cómo hacerlo, y - lo más importante- no tenía miedo de cumplir con
el deber. La sección especial de la policía - el nombre no describía
demasiado, y así debía ser- no era lugar para flojos. El comisario
inspector López no había llegado a ese puesto persiguiendo
cuatreros, y a veces negociando con ellos, como otros corruptos que
deshonraban el uniforme. A su debido tiempo también estos serían
fulminados por el castigo que el Señor reservaba a quienes
transgredían el orden natural y las jerarquías necesarias para que
cada quién ocupe su lugar en el plan divino, que todo lo contempla,
incluso la existencia de ratas que cuestionan sus designios y aún su
propia majestad.
Hombres como el comisario inspector López y el propio tano estaban
llamados a perfeccionar el mundo librando a la ciudad terrenal de la
escoria que impedía su integración a la ciudad celestial. Que ésta
guerra se prolongase hasta la consumación de los tiempos no debía
invalidar la tarea que la época
le asignaba a cada hombre verdadero.
La tarde en que el tano Mastrogilardi conoció al comisario inspector
López su primera impresión fue de alegría. Una alegría varonil, sin
exteriorizaciones ni mariconerías. El grado que ostentaba el nuevo
responsable de la dependencia confirmaba - por fin - que la
superioridad comenzaba a comprender la importancia de la misión que
el tano - y otros colaboradores "adscriptos" a la repartición -
cumplían en las sombras, soportando a veces el público repudio que
sus mandantes debían expresar como
concesión a los tiempos degradados que corrían.
El tano iba dispuesto a una rutinaria rendición de cuentas de las
actividades de ciertos ámbitos gremiales que frecuentaba con el
objeto de vigilar la infiltración comunista. Nada demasiado
destacado, lo de siempre, o casi. Sin embargo la antesala del
despacho del oficial de enlace de la sección especial presentaba esa
tarde algo distinto a lo habitual; en un primer momento el tano no
identificó la disimilitud, sólo al salir de su reunión con el
comisario inspector López reconoció el cambio operado en la
antesala: dónde antes se oía el permanente murmullo de oficiales y
agentes que tomaban el ambiente cómo lugar de tránsito y sucedáneo
de cantina reinaba ahora un silencio sólo alterado por el repiqueteo
de una máquina de escribir, o la tos ocasional del agente Medina,
fumador consecuente de "Colmena" sin filtro y verdadero archivo
viviente, merced a una memoria prodigiosa, la cual le había valido
para recibir felicitaciones de sus superiores, pero ningún ascenso
en 17 años de servicio.
El despacho del jefe de la sección especial, por lo contrario, no
presentaba cambios, exceptuando la falta de un retrato de algún
remoto equipo de Boca que el subcomisario Sosa se habría llevado a
su nuevo destino, o a su casa.
Detrás del escritorio el comisario inspector López lo esperaba de
pie, extendiendo su mano para saludar al tano, el cual no estaba
acostumbrado a esos gestos y se sorprendió de esa actitud de
cortesía.
López se presentó a sí mismo y comenzó una explicación sobre el
nuevo papel que la superioridad esperaba que la sección especial
cumpliera en los próximos meses, el rol que la superioridad le
otorgaba a él mismo, y al tano y su particular equipo de trabajo.
- Esta sección debe comenzar a tomar iniciativas, Mastrogilardi -
dijo, mientras le entregaba un papel - Lea esto después y presénteme
un plan de acción para cumplir los objetivos que le detallo. Cuente
con el apoyo de la sección en todo lo que se refiera a material.
Naturalmente todo esto queda estrictamente entre nosotros. Ni la
Jefatura sabe de nuestras actividades ni sus compañeros deben saber
de nuestro apoyo. Alguna pregunta - preguntó el Comisario Inspector
López.
Pero por supuesto el tano no tenía preguntas. Leyó atentamente las
instrucciones y le devolvió el papel.
- Voy a necesitar unos pesos para la imprenta y movilidad - comunicó
escuetamente. Esperaba que el Comisario Inspector López abriera un
cajón y sacara algunos billetes, como acostumbraba a hacer Sosa.
Pero López se limitó a decirle que esos aspectos organizativos
quedaban a partir de ese momento a cargo del padre Leblanc.
- Véalo a él que ya está al tanto de todo, prepare su plan de acción
y venga por aquí en una semana, llame antes para avisar, pregunte
por el oficial Lanza, y yo lo voy a atender. Hasta luego.
El tano no se preguntó si López era "Lanza", o Lanza era "López",
pero comprendió perfectamente que la discreción era un requisito que
el Comisario Inspector López practicaba y exigía de sus subordinados.
A la salida de Jefatura el oficial de guardia lo miró con
curiosidad, pero no dijo palabra. El tano pudo ver, cuando se
alejaba caminando por San Lorenzo hacia el río, que hablaba con un
agente, seguramente intrigado por el llamado interno y perentorio
que le ordenaba, contrariando todas las normas, borrar del parte
diario la presencia del tano en la repartición.
La tarde seguía siendo tórrida, y tras la agradable penumbra del
despacho del Comisario Inspector López, la vereda sur de San Lorenzo
comenzaba a devolver todo el sol que absorbía en un día cualquiera
de Enero. El tano cruzó y se dispuso a esperar el micro que lo
llevaría a la zona sur, a la Iglesia de las Mercedes, dónde confiaba
encontrar después de misa al padre Leblanc.



2

La tarde se iba, dejando un rastro de calor que reverberaba sobre el
empedrado de la Avenida Alberdi y la cerveza se entibiaba sobre la
mesita de chapa del bar y chopería "El Luchador".
José miraba fijamente la parada de colectivo que estaba en la vereda
norte.
Esperaba ver bajar del "troley" al camarada Echegoyen, que se le
había acercado en la última reunión del partido para citarlo aquí,
discretamente, casi a media voz. Justamente él, que tenía un
vozarrón que atronaba en las asambleas de los ferroviarios al lado
de su viejo, el gallego Joaquín, que en realidad era asturiano, y de
trenes no sabía nada en el año '39, cuando llegó a la Argentina
después de escapar sucesivamente de Franco y los campos de
concentración de la República Francesa.
José no sabía por qué Echegoyen querría hablarle a solas. Si era
algún tema partidario él sabía que José reportaba a su responsable
del colegio, si bien ahora, cuando ya había terminado el quinto año
nacional, su ámbito de militancia todavía estaba por
definirse...aunque, pensándolo bien, seguro,
era eso: el viejo quería que Echegoyen hablara con el para que lo
convenciera de anotarse en ingeniería. El gallego no entendía que su
único hijo varón quisiera estudiar derecho: "Los abogados están para
defender las leyes de la sociedad burguesa", argumentaba - con
cierta lógica, pensaba José- que sin embargo no se rendía ante las
razones que el "gallego" descargaba en la mesa familiar,
preferentemente por la noche, y ante un tinto casi vacío. La
inevitable marcha del mundo hacia el socialismo era
otro de sus tópicos predilectos, y si bien José no discutía la razón
y contundencia del juicio, tenía ideas propias respecto de los
caminos a recorrer para arribar a ese objetivo. Por lo general
cuando comenzaba a exponerlas recibía como comentario algunas
expresiones cáusticas (en el mejor de los casos) o, en ocasiones mas
contadas, algún bramido que clausuraba el debate.
José se levantó como para irse, algo lo hacía sentirse mal. El mozo
se dirigió hacia él, y en ese momento vio a Echegoyen que desde el
asiento de un Buick del ´37 le hacía señas invitándolo a subir.
Ya en el automóvil, y mientras giraba a la derecha para retomar
luego la avenida, Echegoyen comenzó a hablar, y no se detuvo en
veinte cuadras, por lo menos.
- El Partido te necesita, y confía en vos - en boca de
Echegoyen "partido" era siempre con mayúsculas. - El agotamiento del
modelo capitalista de explotación está desembocando rápidamente en
una situación
prerrevolucionaria. La toma de conciencia de las masas es un proceso
irreversible.
Casi sin darse cuenta habían llegado a la "Florida": Chicos jugando
a la pelota en la arena, media cancha en la arena húmeda, dura y
propicia a la velocidad y a las aventuras creativas. La otra mitad
en la arena seca, dónde el útil se traba, y las piernas no
responden: se impone el juego aéreo.
Echegoyen seguía hablando:
- La clase dominante no va a ceder posiciones fácilmente, y las
provocaciones de las bandas fascistas deben ser neutralizadas
Sentado ante una jarra de sangría José miraba los últimos rayos de
sol caer sobre las islas. Ya las madres reunían bolsos, lonas,
envases vacíos y, por último, a sus hijos para emprender la
retirada, aquellas por la empinada escalera, y éstos trepando la
barranca.
- José -decía Echegoyen- hay que proteger al Partido, a sus
actividades, y a sus dirigentes, que son los más odiados por la
burguesía. Ellos saben muy bien que somos la vanguardia de la clase
obrera y la Revolución (también revolución se pronunciaba con
mayúsculas en el vocabulario de Echegoyen).
Dos chicas pasaron cerca de la mesa ante la cual Echegoyen
continuaba su letanía y José ponía cara de escuchar atentamente. Una
le murmuró algo al oído a su amiga y las dos rieron, con esa risa
tonta de las adolescentes que tanto confunde al varón inexperto.
Echegoyen captó la mirada entre deseosa y
ofuscada de José y como al pasar le preguntó si todavía estaba
peleado con Sarita. La pregunta no era del todo inocente: Sarita era
la hija menor del Dr. Levin, abogado del Partido y amigo del gallego
Joaquín desde los tiempos del "Comité de Solidaridad con la
República". La hija mayor de Echegoyen,
Rosa, era maestra recién recibida, amiga de la familia (en realidad
eterna novia del hermano mayor de Sarita, Esteban) y paño de
lágrimas de su futura cuñadita, que moría de no correspondido amor
por José. El Partido fomentaba la endogamia y descalificaba en forma
vehemente las aventuras amorosas
ocasionales o pasajeras, y José sentía que el noviazgo era un marco
muy estrecho para toda la capacidad de amor que sentía en su pecho.
Un poco para Sarita había, cómo no, pero parece que eso no era
suficiente para la tierna hija de doña Berta, que en cuestiones del
corazón exigía exclusividad, sobre
todo antes de pasar a instancias eróticas más atrevidas que un
ocasional manoseo. Por supuesto que en esto nada jugaba el
prejuicio "pequeño-burgués" sobre la virginidad. Era una cuestión de
compromiso, de respeto hacia el otro, de firmeza de carácter y
constancia en las decisiones. Todas estas
cualidades que Sarita ostentaba visiblemente. Nadie podía negar que
la pequeña descendiente de los macabeos, de llameante cabellera,
supiera lo que quería, y ella lo quería a José desde aquellos días,
unos años atrás, en que el gallego estuvo preso durante la gran
huelga ferroviaria. El Dr. Levin, Don Isaac, para el partido, no
paró hasta sacarlo de prisión.
Durante ese tiempo José estuvo en casa de los Levin. La tristeza y
el terror por la ausencia del gallego lo convirtieron en dócil
muñeco para los juegos que Sarita, dos años menor, pero
infinitamente más sabia, inventaba, cumpliendo la consigna paterna
de entretenerlo en esos días sin escuela y en el tiempo que les
dejaban las puntuales cuatro comidas de doña Berta, quién
desesperaba de verlo tan flaco y sufría pensando que la madre de
José -Libertad- encontraría a su único hijo desnutrido, como si no
sobraran
razones para preocuparse para la pobre, con el gallego preso, menos
mal que siempre estaba la solidaridad del Partido (en casa de los
Levin también se pronunciaba con mayúsculas).
José farfulló alguna respuesta de ocasión, tratando de dejar en
claro que prefería no tocar ciertos temas. Para padre bastaba con el
gallego, pensó, y entonces comprendió que Echegoyen no iba a
hablarle de sus futuros estudios ni su vocación leguleya.
- Creemos que es hora de que asumas responsabilidades más
importantes en el Partido -decía Echegoyen- necesitamos gente como
vos, que entienda que esto no es una aventura de cuatro loquitos.
Nuestra autodefensa es una necesidad, no podemos correr el riesgo de
que la reacción elimine a nuestros mejores
camaradas, o dejar que pretextos democrático burgueses formales
impidan el avance de las masas. Ellos pretenden frenar la marcha de
la historia, y nuestro puesto en ese frente de batalla es la
vanguardia de las luchas de los trabajadores.
Echegoyen seguía hablando cuando cruzaban el bulevar en busca del
Buick. Una nube de mosquitos acechaba entre las palmeras del ancho
cantero central.
- Bueno, el martes a las ocho te pasa a buscar el camarada Goyo -
dijo Echegoyen, despidiéndose- él te conoce, esperalo en la puerta
de Sportivo América.
Algo no terminaba de quedar del todo claro para José, y sospechaba
que no tendría con quién consultarlo, por lo menos no con el gallego
Joaquín, no esta vez.


* de Udi. udi.cuatro.catorce@...




Acerca de esta nueva propuesta de Inventiva Social...

Estimados compañeros de letras:
Sabemos o intuimos lo que cuesta parir un texto, darlo a la luz, que
es como darlo a la vida, como a un hijo real hecho de nuestros
sueños y cuerpos, que al nacer deja de pertenecernos y empieza a
tener su propia existencia. A ser la vida y vida por si misma.
Para un acompañamiento en el alumbramiento completo de este texto -
hijo, es que los convocamos hoy y lo haremos en meses sucesivos con
otros textos en construcción que nuestros autores amigos propongan
al editor para compartirlos en esta propuesta improvisadamente
titulada como "Para leer, pensar y acompañar".

Los aportes que se invita a realizar son libres, los que cada cual
pueda y crea conveniente hacer: sean críticas de estilo, curiosidad
por la temática y el contexto historico, la manera de narrar, etc y
etc...


Acerca del escrito de Udi:
El autor tiene entre manos y prácticamente por escribirse una
historia tremenda y conmovedora ocurrida hace 42 años atrás. Como
lectores colaboradores tenemos cada uno de nosotros una ocasión
imprevista y valiosa: tomar contacto con él, acompañarlo en la
escritura de cada capítulo, animarlo a que lo difunda en este y/o
otros medios virtuales y gráficos. Y también la posibilidad de
aprender sobre la génesis de la historia y de esta temática.

Modalidad de participación:

1. Enviar aportes al editor para publicarlos.
En texto sin formato, al correo inventivasocial@...

Quien previa selección, los incluirá en una edición de Inventiva
Social. La fecha límite de recepción de aportes será el 10 de mayo y
la extensión de los escritos tendrá 2000 caracteres como máximo.

2. Comunicarse directamente con el autor. Alentarlo, proponerle
opciones de estilo. En definitiva... ayudarlo a fondo en el trabajo
de parto de su historia.

Bueno, como siempre aprovecho la ocasión para agradecer que esten
allí, dando día por día y palabra por palabra, existencia y sentido
a esta plaza virtual de escritura.

Un abrazo.

*Eduardo F. Coiro inventivasocial@...



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Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial@...
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-

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intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad
de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen
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por el editor.
Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su
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