INVENTIVASocial
Edición AGOSTO 2006
Solo literatura mes por mes...
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ÚTERO DE ÁNGEL*
Caricias con alas sobre el vientre dormido
eclipsan suspiros sobre un manto de guerra.
Profetas desertores comulgan violencia
jugando a ser libres en las pupilas del otro.
Disfrazan el idioma que navega en nuestras venas,
mutilando verdades sobre el gemir del suelo en obligatorio luto.
Es tiempo de amordazar batallas de olvidos inscriptos con fe de erratas,
sepultar la conquista enmarcada y desdibujar la sorda investidura de lo injusto,
para ver germinar desde el útero del ángel,
el sello de la paz lacrado sobre los plurales senderos de la humanidad.
Caricias con alas sobre el vientre dormido
eclipsan suspiros sobre un manto de guerra.
Profetas desertores comulgan violencia
jugando a ser libres en las pupilas del otro.
Disfrazan el idioma que navega en nuestras venas,
mutilando verdades sobre el gemir del suelo en obligatorio luto.
Es tiempo de amordazar batallas de olvidos inscriptos con fe de erratas,
sepultar la conquista enmarcada y desdibujar la sorda investidura de lo injusto,
para ver germinar desde el útero del ángel,
el sello de la paz lacrado sobre los plurales senderos de la humanidad.
EVOCACIÓN*
Lágrimas de fuego inundan las ciudades
atormentadas por los siglos.
Esquizofrenia descompensada
seduce abruptamente al invisible rey de las tinieblas
escondido entre surcos de mil formas.
Viajante sin descanso,
navega por el océano de la espera
hacia el último grito de la sangre.
Sus muecas flotan sobre continentes espasmódicos,
y amenazan el ritmo de ciudades dormidas;
mientras,
remolinos de odio,
se extienden sobre las barreras de fastidio
enlutando la densa geografía.
Ya marcha el verdugo torturante
por el límite indefinido de las sombras,
arrancando los brotes
de una prematura divinidad en gestación.
*Poemas de MARY ACOSTA. poetamaryacosta@...
MUNRO, PCIA. BS. AS. - ARGENTINA
RETORNANDO*
Cuando se vuelve de un viaje se traen dos cosas, además de bolsos inmanejables, bronceados o palideces. Se trae una sensación intensa, extensa e indiferenciada de sonidos, olores, emociones y pensamientos; y se traen fotografías.
Al repasar las fotografías los recuerdos extensos y abarcativos se secuencian en momentos únicos, puntuales. Al contar a los de aquí lo que ocurrió en el allá, se va armando el relato que permanecerá en la memoria.
Lo que se cuenta se fija, queda inmóvil, gana en solidez, pero pierde la suavidad tamizada de la memoria no verbal.
Transformar el recuerdo en palabras significa objetivarlo, sacarlo del interior marítimo a un relato coherente para el afuera. Significa fijarlo en ciertos detalles que borran los matices y las inexactitudes.
Cuando se relata, se pierde. Los mares se convierten en un único mar, las personas se transforman en personajes detenidos en un único gesto. La ciudad se cifra en cierta nota, en cierto lugar, en tres niños negros vestidos de navarritos jugando a la pelota en una calle de piedra, junto a un río brillante de sol blanco, a las nueve de la noche que allí no es noche.
Compartir es perder y es ganar. Es desprenderse de lo interior para hacerlo comprensible, pero es también entender lo que una vivió en el momento de tornarlo comprensible para otros.
La vuelta es una organización de lo inorgánico, un fichaje de sones, un glosario de colores. Tarea imposible.
Retornar es comprender que del otro lado de la distancia la vida transcurre, que un sueño de agua no divide pero sí separa. Que todo relato es pálido, que las palabras no alcanzan, que las fotografías no retratan el alma.
Volver es darse cuenta de que a pesar de todo trataremos de transferir lo intransferible con los pobres medios a nuestro alcance. Y diré montes, y nombraré a la gente, y perderé a lo extenso para apresar las esencias.
Quien retorna se trae a si mismo, y trae dentro de si un universo de delicadas vidrieras multicolores. Cada tanto, la luz tamizada coloreará los espacios cotidianos con azules marítimos o verdes fragantes. Y una tratará, como siempre, de apresar la maravilla en palabras. Vano trabajo cincelar el aire, inocente pretensión pintar las notas de cierto violoncello en una bóveda pétrea.
Cuando se vuelve de un viaje se traen dos cosas, además de bolsos inmanejables, bronceados o palideces. Se trae una sensación intensa, extensa e indiferenciada de sonidos, olores, emociones y pensamientos; y se traen fotografías.
Al repasar las fotografías los recuerdos extensos y abarcativos se secuencian en momentos únicos, puntuales. Al contar a los de aquí lo que ocurrió en el allá, se va armando el relato que permanecerá en la memoria.
Lo que se cuenta se fija, queda inmóvil, gana en solidez, pero pierde la suavidad tamizada de la memoria no verbal.
Transformar el recuerdo en palabras significa objetivarlo, sacarlo del interior marítimo a un relato coherente para el afuera. Significa fijarlo en ciertos detalles que borran los matices y las inexactitudes.
Cuando se relata, se pierde. Los mares se convierten en un único mar, las personas se transforman en personajes detenidos en un único gesto. La ciudad se cifra en cierta nota, en cierto lugar, en tres niños negros vestidos de navarritos jugando a la pelota en una calle de piedra, junto a un río brillante de sol blanco, a las nueve de la noche que allí no es noche.
Compartir es perder y es ganar. Es desprenderse de lo interior para hacerlo comprensible, pero es también entender lo que una vivió en el momento de tornarlo comprensible para otros.
La vuelta es una organización de lo inorgánico, un fichaje de sones, un glosario de colores. Tarea imposible.
Retornar es comprender que del otro lado de la distancia la vida transcurre, que un sueño de agua no divide pero sí separa. Que todo relato es pálido, que las palabras no alcanzan, que las fotografías no retratan el alma.
Volver es darse cuenta de que a pesar de todo trataremos de transferir lo intransferible con los pobres medios a nuestro alcance. Y diré montes, y nombraré a la gente, y perderé a lo extenso para apresar las esencias.
Quien retorna se trae a si mismo, y trae dentro de si un universo de delicadas vidrieras multicolores. Cada tanto, la luz tamizada coloreará los espacios cotidianos con azules marítimos o verdes fragantes. Y una tratará, como siempre, de apresar la maravilla en palabras. Vano trabajo cincelar el aire, inocente pretensión pintar las notas de cierto violoncello en una bóveda pétrea.
Pero así seguimos, intentando narrar el universo, y perdemos pero ganamos.
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@...
Espera*
A veces
La vida
Es una esperanza
La jornada
Se dilata
Hay que hacer cola
Esperando
Un exorcismo.
En mi bolso
Un centenar de quejidos.
En mi rostro
La admiración de los
Que pueden avanzar
Y así
Esperando el alivio
La monotonía se acentúa.
A veces
La vida
Es una esperanza
La jornada
Se dilata
Hay que hacer cola
Esperando
Un exorcismo.
En mi bolso
Un centenar de quejidos.
En mi rostro
La admiración de los
Que pueden avanzar
Y así
Esperando el alivio
La monotonía se acentúa.
*de Azul. azulaki@...
Modelando*
los motivos hostigan poetas
perentoriedad corremos y corremos
alcanzamos a la perentoriedad
con motivos
Le insertamos un motivo al dictado
encarnamos la perentoriedad del motivo
es un trabajo encarnar la hostigación
trabajamos modelando la perentoriedad
El poema es poema y se queda parado
lo leemos
y salta.
LA CANCIÓN QUE NO DICE NADA*
"La próxima canción no dice nada", anuncia Alejandra desde el escenario, con voz tímida. Los del público sonreímos a medias; no queda claro si se trata de una broma o no. Quizás advirtiendo lo equívoco de su comentario, Alejandra se apresura a ampliarlo: "Quiero decir, ninguna de las palabras significa nada; son todas inventadas".
Pienso -¿cómo no hacerlo?- en el célebre capítulo 68 de Rayuela (el de "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso"). La idea me entusiasma. Parece que asistiremos a un juego literario, un malabarismo lingüístico como el que, con tanta maestría, plasmó Cortázar. No me extraña: los poemas de Alejandra suelen desplazarse por los territorios del delirio con grácil soltura.
Los dedos comienzan a deslizarse sobre la guitarra y, tal como suele suceder cada vez que canta, la voz de Alejandra se transforma. En sólo un abrir y cerrar de corcheas, se despoja de su timidez y vuelve a revelar esa fuerza sugerente que la distingue. Una fuerza que no parece provenir de la garganta, sino desde un sitio interior más recóndito.
La canción responde plenamente a lo anunciado; parece compuesta en un dialecto indígena, o en un ignoto idioma eslavo. Pero su ejecución no deja espacio alguno para la vanidad de los prestidigitadores. La letra, es cierto, no se entiende. Pero se siente. Y es justamente la expresión de la voz lo que excluye por completo toda posible condición lúdica. Definitivamente, esto no es un juego. Al menos, no un juego insustancial. "Ninguna de estas palabras significa nada", ha dicho Alejandra. ¿No significan nada? ¿Por qué, entonces, la canción resulta tan inquietante, por qué es capaz de remover algo en el fondo de nosotros y conmovernos? ¿Por qué si sólo escuchamos sílabas ininteligibles es posible reconocer el llamado visceral que las mismas traen a cuestas? ¿Por qué una serie de vocablos indescifrables permite que ese sentir profundo abandone el subsuelo donde mora y se arroje hacia nosotros en busca de una mano tendida en la cual posarse?
El acorde final se desvanece en la madrugada y su disolución nos deja un poco vacíos. Aplaudimos.
"Esta canción no dice nada", anunció Alejandra.
Es curioso. Yo siento que lo dice todo.
"La próxima canción no dice nada", anuncia Alejandra desde el escenario, con voz tímida. Los del público sonreímos a medias; no queda claro si se trata de una broma o no. Quizás advirtiendo lo equívoco de su comentario, Alejandra se apresura a ampliarlo: "Quiero decir, ninguna de las palabras significa nada; son todas inventadas".
Pienso -¿cómo no hacerlo?- en el célebre capítulo 68 de Rayuela (el de "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso"). La idea me entusiasma. Parece que asistiremos a un juego literario, un malabarismo lingüístico como el que, con tanta maestría, plasmó Cortázar. No me extraña: los poemas de Alejandra suelen desplazarse por los territorios del delirio con grácil soltura.
Los dedos comienzan a deslizarse sobre la guitarra y, tal como suele suceder cada vez que canta, la voz de Alejandra se transforma. En sólo un abrir y cerrar de corcheas, se despoja de su timidez y vuelve a revelar esa fuerza sugerente que la distingue. Una fuerza que no parece provenir de la garganta, sino desde un sitio interior más recóndito.
La canción responde plenamente a lo anunciado; parece compuesta en un dialecto indígena, o en un ignoto idioma eslavo. Pero su ejecución no deja espacio alguno para la vanidad de los prestidigitadores. La letra, es cierto, no se entiende. Pero se siente. Y es justamente la expresión de la voz lo que excluye por completo toda posible condición lúdica. Definitivamente, esto no es un juego. Al menos, no un juego insustancial. "Ninguna de estas palabras significa nada", ha dicho Alejandra. ¿No significan nada? ¿Por qué, entonces, la canción resulta tan inquietante, por qué es capaz de remover algo en el fondo de nosotros y conmovernos? ¿Por qué si sólo escuchamos sílabas ininteligibles es posible reconocer el llamado visceral que las mismas traen a cuestas? ¿Por qué una serie de vocablos indescifrables permite que ese sentir profundo abandone el subsuelo donde mora y se arroje hacia nosotros en busca de una mano tendida en la cual posarse?
El acorde final se desvanece en la madrugada y su disolución nos deja un poco vacíos. Aplaudimos.
"Esta canción no dice nada", anunció Alejandra.
Es curioso. Yo siento que lo dice todo.
*Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@...
El riñón de la felicidad*
espetó la esposa del poeta
al poeta
Añadió
(o creyó el poeta que su esposa añadía):
“demasiado aun de lo mejor
no por mejor es menos demasiado”.
*de Rolando Revagliatti revadans@...
MUNDO IDEAL*
Existe un mundo donde habitan las cosas irrealizadas, los amores imposibles,
las experiencias que no pudimos compartir, los caminos que se ofrecían como
alternativas al que erróneamente terminamos eligiendo alguna vez.
Es un mundo donde están todas las cosas que no fueron contaminadas por la
rutina, las urgencias, por el que dirán.
En general es un mundo con el amor como fondo, y con ese fondo todo esta
justificado.
Allí encontraras los besos que no pudiste dar a ese ser que tanto amaste en
silencio, allí compartes mil experiencias con aquella persona que la vida
saco de tu lado, allí no hay culpa, no hay nada que pueda dañar un estado
permanente de vivencias que renuevan la vida y las ilusiones.
Ojo, no hablo del cielo, un lugar que podremos disfrutar de acuerdo a
nuestros meritos una vez que este camino por la tierra haya concluido.
Hablo de un lugar donde enviamos todas las cosas que por falta de decisión,
por complejos, por censura social o por simple y llana imposibilidad, no
podemos realizar en la realidad que nos toca vivir.
La mala noticia, es que hay cosas imposibles nos guste o no.
La buena noticia es que todo lo que la realidad, la costumbre y el hastío no
han contaminado, quizás existe después de todo en ese sitio ideal; del que,
en vida, a veces nos llegan imágenes, noticias y sensaciones.
Allí también envían los poetas las palabras que nunca escribirán, allí
juegan los que se quieren pero no pueden, los que si se hubiesen encontrado
antes....
Tampoco hablo de deseos carnales desesperados por nuevas experiencias que
alimenten el cuerpo y denigren el espíritu.
Hablo del lenguaje de las miradas, hablo de caricias en las manos, hablo de
risas sin aparente sentido, hablo de esos espíritus capaces de hacerse el
amor sin tocarse ni un pelo.
Existe un mundo donde habitan las cosas irrealizadas, los amores imposibles,
las experiencias que no pudimos compartir, los caminos que se ofrecían como
alternativas al que erróneamente terminamos eligiendo alguna vez.
Es un mundo donde están todas las cosas que no fueron contaminadas por la
rutina, las urgencias, por el que dirán.
En general es un mundo con el amor como fondo, y con ese fondo todo esta
justificado.
Allí encontraras los besos que no pudiste dar a ese ser que tanto amaste en
silencio, allí compartes mil experiencias con aquella persona que la vida
saco de tu lado, allí no hay culpa, no hay nada que pueda dañar un estado
permanente de vivencias que renuevan la vida y las ilusiones.
Ojo, no hablo del cielo, un lugar que podremos disfrutar de acuerdo a
nuestros meritos una vez que este camino por la tierra haya concluido.
Hablo de un lugar donde enviamos todas las cosas que por falta de decisión,
por complejos, por censura social o por simple y llana imposibilidad, no
podemos realizar en la realidad que nos toca vivir.
La mala noticia, es que hay cosas imposibles nos guste o no.
La buena noticia es que todo lo que la realidad, la costumbre y el hastío no
han contaminado, quizás existe después de todo en ese sitio ideal; del que,
en vida, a veces nos llegan imágenes, noticias y sensaciones.
Allí también envían los poetas las palabras que nunca escribirán, allí
juegan los que se quieren pero no pueden, los que si se hubiesen encontrado
antes....
Tampoco hablo de deseos carnales desesperados por nuevas experiencias que
alimenten el cuerpo y denigren el espíritu.
Hablo del lenguaje de las miradas, hablo de caricias en las manos, hablo de
risas sin aparente sentido, hablo de esos espíritus capaces de hacerse el
amor sin tocarse ni un pelo.
En fin; no hablo ni del cielo ni del infierno, ni de nuestra realidad ni de
sueños. Hablo de un mundo de sentires, un mundo en el que tal vez solo yo
creo, inconfesable, tan personal que es imposible de compartir en la
realidad, aunque quizás ya hayamos estado juntos en el, en mas de una
oportunidad.
*de DIEGO DOBLER. digedo@...
Sustos*
*Por Osvaldo Soriano.
Nunca volví a tener tanto miedo como aquella lejana mañana en que mi padre me llevó al bautismo de vuelo. Era tal el susto de estar en el aire que se me olvidó de toser y la fiebre desapareció tan rápido como había llegado. El piloto del avión parecía el de los dibujos animados, con su bigote francés y el casco de cuero negro que le cubría la engominada melena justicialista. Bajaba y subía a lo tirones y se dejaba caer en tirabuzón mientras el motor balbuceaba y yo te mía que la hélice se detuviera de golpe.
Era la Semana Santa del año cuarenta y nueve, tal vez la del cincuenta, cuando la tos convulsa me tuvo un mes sin ir al colegio. Tosía día y noche sin parar y mi madre aceptaba comprarme historietas de precio inalcanzable como El Tony y Patoruzito. Recuerdo que. las leía de la primera a la última letra. Empezaba por la fecha impresa en la tapa y terminaba por el aviso de la Escuela Panamericana de Arte que venía en la contratapa. En ese tiempo mi padre me estaba enseñando a leer con los titulares de La Prensa, que eran de una parquedad sospechosamente antiperonista. Todavía lo veo: acariciaba las frases del editorial con las yemas de los dedos al tiempo que abría enormes los ojos y murmuraba odiosos improperios contra la esposa del General. El peronismo ya se había hecho una Constitución a medida y los contreras como mi padre se refugiaban en la palabra de los Gainza como si de entre ellas pudiera surgir, fulgurante y vengativa, la gloriosa espada del Manco Paz.
Pero el Manco escondía la mano, acariciaba la vaina y yo me retorcía en la cama, ahogado por la tos. Mi madre me había dado todos los remedios recetados por el doctor Díaz Grey y al ver que no me hacían ningún efecto me envolvió en una cobija y me llevó a ver a una bruja que atendía en un rancho de adobe. Mi padre simulaba un racionalismo burgués y si lo toleraba era porque ya no tenía nada que perder. ¿Por qué si la bruja es tan viva, y habla con los espíritus, no ha podido salir de pobre?, preguntaba. Igual, una noche mi madre me metió en un taxi, que en aquel tiempo llamaban coche de alquiler, y fuimos al rancho en las afueras de San Luis.
No recuerdo los detalles, pero sí a la bruja: era escueta como una nena y caminaba mirando siempre el suelo. En alguna parte había un fuego de leña seca azuzado por el viento. La vieja me acarició la cabeza, me aflojó la ropa y le pidió a mi madre que me acostara sobre una mesa entre cien gatos y un aroma de algarrobos. Todavía tengo en la nariz ese olor chúcaro y sentimental y en el oído la voz ronca de la mujer que alzaba los brazos para invocar la ayuda del diablo. No me acuerdo si la ceremonia duró mucho, pero tuve que tragarme una cucharada de ceniza y el almíbar rosado que salía de entre unas cortezas calientes. Igual, la tos no se calmaba.
Me reventaba el pecho, me retorcía las tripas, me quemaba la garganta. La bruja hizo inciensos y oraciones que llamaban a todas las tormentas del averno, pero no hubo caso, yo me revolcaba y me iba de escena, esfumado en el brillo vacilante que se agolpaba en los ojos de mi madre.
Era la Semana Santa del año cuarenta y nueve, tal vez la del cincuenta, cuando la tos convulsa me tuvo un mes sin ir al colegio. Tosía día y noche sin parar y mi madre aceptaba comprarme historietas de precio inalcanzable como El Tony y Patoruzito. Recuerdo que. las leía de la primera a la última letra. Empezaba por la fecha impresa en la tapa y terminaba por el aviso de la Escuela Panamericana de Arte que venía en la contratapa. En ese tiempo mi padre me estaba enseñando a leer con los titulares de La Prensa, que eran de una parquedad sospechosamente antiperonista. Todavía lo veo: acariciaba las frases del editorial con las yemas de los dedos al tiempo que abría enormes los ojos y murmuraba odiosos improperios contra la esposa del General. El peronismo ya se había hecho una Constitución a medida y los contreras como mi padre se refugiaban en la palabra de los Gainza como si de entre ellas pudiera surgir, fulgurante y vengativa, la gloriosa espada del Manco Paz.
Pero el Manco escondía la mano, acariciaba la vaina y yo me retorcía en la cama, ahogado por la tos. Mi madre me había dado todos los remedios recetados por el doctor Díaz Grey y al ver que no me hacían ningún efecto me envolvió en una cobija y me llevó a ver a una bruja que atendía en un rancho de adobe. Mi padre simulaba un racionalismo burgués y si lo toleraba era porque ya no tenía nada que perder. ¿Por qué si la bruja es tan viva, y habla con los espíritus, no ha podido salir de pobre?, preguntaba. Igual, una noche mi madre me metió en un taxi, que en aquel tiempo llamaban coche de alquiler, y fuimos al rancho en las afueras de San Luis.
No recuerdo los detalles, pero sí a la bruja: era escueta como una nena y caminaba mirando siempre el suelo. En alguna parte había un fuego de leña seca azuzado por el viento. La vieja me acarició la cabeza, me aflojó la ropa y le pidió a mi madre que me acostara sobre una mesa entre cien gatos y un aroma de algarrobos. Todavía tengo en la nariz ese olor chúcaro y sentimental y en el oído la voz ronca de la mujer que alzaba los brazos para invocar la ayuda del diablo. No me acuerdo si la ceremonia duró mucho, pero tuve que tragarme una cucharada de ceniza y el almíbar rosado que salía de entre unas cortezas calientes. Igual, la tos no se calmaba.
Me reventaba el pecho, me retorcía las tripas, me quemaba la garganta. La bruja hizo inciensos y oraciones que llamaban a todas las tormentas del averno, pero no hubo caso, yo me revolcaba y me iba de escena, esfumado en el brillo vacilante que se agolpaba en los ojos de mi madre.
Al
volver a casa mi padre nos esperaba dormido en el living. Una patilla de los anteojos se le había desprendido de la oreja y a cada ronquido los vidrios se bamboleaban bajo el bigote manchado. Mi madre me dio una cucharada de jarabe y me acostó. Después los oí discutir y creo que ella se echó a llorar en los brazos de él. En una larga ensoñación oí de nuevo los salmos de la bruja y los sibilinos chorrilleros que golpeaban las persianas. En algún momento mi padre mencionó el cambio de aire, el avión y las alturas y luego no escuché otra cosa que la tos y el jadeo.
El doctor Díaz Grey era un socialista que cobraba caro. Algunas visitas las pasaba por alto pero las otras devastaban la flaca billetera de mi padre. Aún la recuerdo: era de cuero oscuro, forrada en seda de Paquistán. Muchos años después se la robaron en el tren que va a Morón, pero en la época que trata esta historia todavía le brillaban las guardas doradas y mi padre la rellenaba con pedazos de papel secante para que no pareciera tan vacía. El médico aceptó la deuda pero al tiempo el combinado de música desapareció de mi casa y tengo para mí, que mi padre se lo entregó como parte de pago.
Él avión, en cambio, fue gratis. En la cabina llevaba los acartonados retratos de Perón y su esposa que repartían en el correo y venían de la flamante Fundación Eva Perón. Mi padre conocía a un tipo en el dispensario y vaya a saber con qué ardid, con qué humillación, consiguió una orden para que yo cambiara el aire con un bautismo aéreo. Tampoco mi padre había subido nunca a un avión y creo que en ese tiempo todos guardábamos en un rincón del inconsciente la trágica voltereta del trimotor gardeliano. Por mejor que sonaran las voces de Ángel Vargas y Carlitos Dante, el avión del Zorzal seguía ahí, chamuscado y patético como un guiñol argentino.
Mi padre me tenía abrazado contra su hombro y también él tosía su parte de rubios sin filtro. El avión empezó a elevarse sobre los hangares y fue tal el horror que sentí que había de tardar veinte años en subir a otro. No sé de qué se reía el piloto del bigote francés, si del escudo justicialista que mi padre se había abrochado a la solapa o de mi llanto convulsionado. Yo sentía que el aparato flotaba sin avanzar y que algo lo llamaba inexorablemente hacia la tierra. Mi padre parecía emocionado, quizá perturbado por su disfraz peronista, y se inclinaba hacia el piloto para preguntarle sobre vientos y coordenadas de equilibrio. En el tacómetro bailaba una bolilla plateada y el retrato de Perón temblaba tanto como yo. Mirar a Evita, su plácida sonrisa, me volvía el alma al cuerpo, pero ese atisbo duraba apenas instante porque el casco negro del piloto me lo tapaba con sacudones y corcovos. Los tirabuzones tenían un maldito nombre inglés que el piloto gritaba con la misma furia con que la bruja había invocado al satán de los bronquios. Lo cierto es que allá arriba aterrado y sin consuelo, empecé a olvidarme de la tos y a respirar a todo pulmón. Sentí de nuevo el olor del tabaco que mi padre llevaba impregnado en el traje, el sudor de varios días que corría bajo el uniforme del piloto y mi corazón que palpitaba de trote a galope.
Fue entonces que, obnubilado por botones, luces intermitentes y palancas de nácar, mi padre sucumbió al influjo de la navegación aérea. Olvidado de mi tos y del vergonzante prendedor peronista, le preguntó al otro si el avión era manejable cuesta abajo y sin motor. Para habrá dicho: ahí nomás, tocado en su orgullo, el piloto se inclinó y apagó el contacto como quien cierra la hornalla del gas o llave de luz. A mí se me encogió el cuerpo. No se me olvida la imagen de la hélice detenida. No hay en el mundo nada más inútil que una hélice detenida. Aquella que mi padre miraba con aire embelesado estaba clavada en una vertical tan recta como una plomada, más tarde en Cuba, en Nicaragua y en tierras de pasada ilusión, estuve a punto de renegar de mi fe en el luminoso destino de los pueblos para no tener que subir a uno de esos cascarones a hélice que volaban rozando las montañas y las copas de los árboles. Parece que el Che les tenía tanto miedo como yo, con su asma y su mirada de futuro inconcluso. Perón, que prefería la placidez del tren.
Pero mi historia era de tos convulsa, no de aviones. De noches con la luz encendida y el Rayo Rojo pispeado entre las sábanas. Relatos principescos que contaba mi madre vestida de enagua, con un chal sobre los hombros. Querría terminar este cuento con su risa nerviosa y feliz cuando me vio regresar casa sin nada de tos, pálido de terror, con un avioncito de lata que me había comprado mi padre. Se sentó a hablarme al oído mientras mi padre se quitaba el escudo justicialista y lo tiraba con desdén sobre la mesa. Esa noche nos costó dormir. Mi madre de miedo que me volviera la tos, yo imaginando aventuras con mi avión de juguete y mi padre en el escritorio, en calzoncillos, frente a una figura del Cristo resucitado, la cuenta del doctor Díaz Grey y el prendedor del General su esposa. Sin saber a quién agradecerle primero.
El doctor Díaz Grey era un socialista que cobraba caro. Algunas visitas las pasaba por alto pero las otras devastaban la flaca billetera de mi padre. Aún la recuerdo: era de cuero oscuro, forrada en seda de Paquistán. Muchos años después se la robaron en el tren que va a Morón, pero en la época que trata esta historia todavía le brillaban las guardas doradas y mi padre la rellenaba con pedazos de papel secante para que no pareciera tan vacía. El médico aceptó la deuda pero al tiempo el combinado de música desapareció de mi casa y tengo para mí, que mi padre se lo entregó como parte de pago.
Él avión, en cambio, fue gratis. En la cabina llevaba los acartonados retratos de Perón y su esposa que repartían en el correo y venían de la flamante Fundación Eva Perón. Mi padre conocía a un tipo en el dispensario y vaya a saber con qué ardid, con qué humillación, consiguió una orden para que yo cambiara el aire con un bautismo aéreo. Tampoco mi padre había subido nunca a un avión y creo que en ese tiempo todos guardábamos en un rincón del inconsciente la trágica voltereta del trimotor gardeliano. Por mejor que sonaran las voces de Ángel Vargas y Carlitos Dante, el avión del Zorzal seguía ahí, chamuscado y patético como un guiñol argentino.
Mi padre me tenía abrazado contra su hombro y también él tosía su parte de rubios sin filtro. El avión empezó a elevarse sobre los hangares y fue tal el horror que sentí que había de tardar veinte años en subir a otro. No sé de qué se reía el piloto del bigote francés, si del escudo justicialista que mi padre se había abrochado a la solapa o de mi llanto convulsionado. Yo sentía que el aparato flotaba sin avanzar y que algo lo llamaba inexorablemente hacia la tierra. Mi padre parecía emocionado, quizá perturbado por su disfraz peronista, y se inclinaba hacia el piloto para preguntarle sobre vientos y coordenadas de equilibrio. En el tacómetro bailaba una bolilla plateada y el retrato de Perón temblaba tanto como yo. Mirar a Evita, su plácida sonrisa, me volvía el alma al cuerpo, pero ese atisbo duraba apenas instante porque el casco negro del piloto me lo tapaba con sacudones y corcovos. Los tirabuzones tenían un maldito nombre inglés que el piloto gritaba con la misma furia con que la bruja había invocado al satán de los bronquios. Lo cierto es que allá arriba aterrado y sin consuelo, empecé a olvidarme de la tos y a respirar a todo pulmón. Sentí de nuevo el olor del tabaco que mi padre llevaba impregnado en el traje, el sudor de varios días que corría bajo el uniforme del piloto y mi corazón que palpitaba de trote a galope.
Fue entonces que, obnubilado por botones, luces intermitentes y palancas de nácar, mi padre sucumbió al influjo de la navegación aérea. Olvidado de mi tos y del vergonzante prendedor peronista, le preguntó al otro si el avión era manejable cuesta abajo y sin motor. Para habrá dicho: ahí nomás, tocado en su orgullo, el piloto se inclinó y apagó el contacto como quien cierra la hornalla del gas o llave de luz. A mí se me encogió el cuerpo. No se me olvida la imagen de la hélice detenida. No hay en el mundo nada más inútil que una hélice detenida. Aquella que mi padre miraba con aire embelesado estaba clavada en una vertical tan recta como una plomada, más tarde en Cuba, en Nicaragua y en tierras de pasada ilusión, estuve a punto de renegar de mi fe en el luminoso destino de los pueblos para no tener que subir a uno de esos cascarones a hélice que volaban rozando las montañas y las copas de los árboles. Parece que el Che les tenía tanto miedo como yo, con su asma y su mirada de futuro inconcluso. Perón, que prefería la placidez del tren.
Pero mi historia era de tos convulsa, no de aviones. De noches con la luz encendida y el Rayo Rojo pispeado entre las sábanas. Relatos principescos que contaba mi madre vestida de enagua, con un chal sobre los hombros. Querría terminar este cuento con su risa nerviosa y feliz cuando me vio regresar casa sin nada de tos, pálido de terror, con un avioncito de lata que me había comprado mi padre. Se sentó a hablarme al oído mientras mi padre se quitaba el escudo justicialista y lo tiraba con desdén sobre la mesa. Esa noche nos costó dormir. Mi madre de miedo que me volviera la tos, yo imaginando aventuras con mi avión de juguete y mi padre en el escritorio, en calzoncillos, frente a una figura del Cristo resucitado, la cuenta del doctor Díaz Grey y el prendedor del General su esposa. Sin saber a quién agradecerle primero.
*Publicado en el diario Página/12. el domingo 3 de abril de 1994.
COMBATIENDO EN CUBA*
(La sorpresa del Pequeño Capitán)
El Comandante Fidel Castro bajó de Sierra Maestra, y ya no encontró casi resistencia. El mismo Ejército Regular se iba pasando a su bando y se sumaba a sus huestes. Entró triunfalmente en La Habana y proclamó el triunfo de la Revolución del Pueblo. Y ese pueblo jubiloso se mezcló a sus bravos soldados aclamándolos victoriosos.
Era enero de 1959, en plena Guerra Fría, y esto permitió a la entonces poderosa Unión Soviética, posar la zarpa del temible Oso Ruso, en el umbral mismo de Occidente, recalentándola a tal punto que parecía a punto de estallar el mundo entero. Fidel y su roja estrella, se convirtieron en el centro del mundo de aquel tiempo.
Los progresistas del tercer mundo lo vieron como una esperanza, mientras que la amenaza comunista, estremecía el orden establecido de toda la sociedad; y nuestras Fuerzas Armadas, designándose como la reserva moral y custodios de ese orden, estaban lógicamente en guardia y sumamente alertas.
Así las cosas, en enero de 1960, nos incorporamos al Servicio Militar Obligatorio, con veinte años cumplidos; yo en Santa Fe, en el Liceo, como soldado conscripto, donde sólo había una compañía, con unos sesenta integrantes; mitad Rosarinos, y los demás norteños. Los cadetes estaban de vacaciones y no regresarían hasta el mes de marzo.
Como estuve unos días en el Distrito de San Justo, me incorporé una semana después. Pero todavía no estábamos completos. Pasó otra semana, en plena instrucción, y llegó un nuevo integrante a sumarse a nuestra Compañía de Servicios.
Era un joven de cuerpo menudo, muy flaco, casi esmirriado, de hablar algo inseguro y una voz ronca y algo rústica, que amenazaba tartamudear. Retraído, como esquivo, algo huraño; de mirada baja, huidiza, cara huesuda, mentón hundido, y una nuez de Adán prominente. Ni fuerte ni viril, no se lo veía ni como héroe, ni como valiente.
Ejemplar hecho a medida, para ser objeto de bromas y burlas, especialmente de los rosarinos que no eran de lo mejor; sumamente “vivos”, “piolas”, y engreídos; además dijo venir de Buenos Aires, y haber combatido en Cuba, al lado de Fidel Castro. No le creyó nadie y se le reían a carcajadas. Era el hazme reír. Cayó simplemente en ridículo, Le pusieron mil sobrenombres, y al fin le decían Noé, no porque ese fuera su nombre, sino una deformación de “nuez”. Su apellido era Perazza.
Al principio luchó muchísimo por hacerse creer, y más insistía más se le reían. Intentaba demostrarlo contando alguna de sus supuestas experiencias y anécdotas, pero era burlado y rechazado por todos. Lo único que recibía eran burlas y risotadas.
Terminó apartándose de todos. Siempre que podía estaba alejado y taciturno. Me daba pena. Terminó acercándose a mí, porqué vio que lo trataba distinto. Yo no lo importunaba, ni le preguntaba nada que pudiera molestarlo, y se empezó a sentir bien conmigo. Poco a poco se fue abriendo, contándome de su vida.
Era huérfano, y fue criado por una tía. De chico tuvo fiebre del heno, una grave dificultad respiratoria. Me mostró una gran cicatriz en la garganta, donde una operación le salvó la vida. Deduje que eso habría incidido en su desarrollo deficiente, y seguramente en su carácter entre tímido y resentido. Quizás tratando siempre de superarlo, se apartaba de todo, inseguro; quiso irse lo más lejos posible. Eso lo hizo soñar en ser alguien, realizar alguna proeza; o perderse para siempre…
Soñó con Cuba. Quizás si llegaba allá y se unía a las fuerzas revolucionarias, lo recibirían sin fijarse tanto en su físico, y tal vez tendría oportunidad de demostrar, de lo que sería capaz. La vida misma no le importaba mucho, así como lo trataba. Eso le daba valor para enfrentar al peligro, o intentar cualquier empresa, que le diera confianza y valor. Su sueño era sentirse grande, fuerte; y desafiar, a todo el mundo si fuera necesario…
Un día se embarcó en un tren carguero y viajó entre bolsas de harina hasta Salta, de allí pasó a Bolivia, e ingeniándose, con muy diversos medios, sin casi dinero, y con muchos sacrificios, fue subiendo al norte por el mapa de América del Sur, trepando la cordillera de los Andes, de país en país… hasta el Caribe, y finalmente a Cuba. Siempre como polizón, clandestinamente. Me contó cien anécdotas y detalles. Me apasionaba escucharlo, Podía no ser cierto, pero merecía serlo…
Las vivencias que me relataba, de su permanencia con el ejército revolucionario de Fidel Castro, me fue contando por las noches, cuando tras la cena, teníamos un par de horas de descanso, y nos desperdigábamos en el gran patio de la compañía. Muchas de estas cosas ya las había contado, cuando trataba de hacerse escuchar, al principio, entre los demás.
Decía haberse destacado en las misiones de reconocimiento o de avanzada, cuando a veces debían conseguir provisiones, y llegar a los poblados, o pequeñas ciudades protegidas por el ejército de Batista. La estrategia y la táctica debían ejecutarla en el momento, y según las circunstancias. Generalmente eran misiones nocturnas, y solían tener encuentros y escaramuzas con partidas militares, en las que; o lograban esquivarlas o debían combatir. Según él se destacó enseguida por su capacidad de reacción, y de preeminencia de manejo en situaciones de apremio, y de peligro. Los jefes cada vez le daban más protagonismo, y terminó detentando el grado de Capitán.
Eso de Capitán a tan sólo diecinueve años, era muy difícil de creer. Pero él me aclaraba que no, que eran tiempos apremiantes, de combates, y escaseaban quienes se destacaran y a esos les daban el mando, más allá de la edad o la presencia. Era el coraje y la capacidad de lograr objetivos, y conducir grupos, y decidir en el momento las estrategias, de cómo lograr el éxito en la misión. Sea como fuere, yo lo escuchaba. Sentía como que algo había. No podía ser todo fantasía.
Todos lo miraban con ironía, con sorna…
Hasta los oficiales y los suboficiales lo burlaban. Una noche de esas se dejó llevar por el desaliento, se sentía tan mal tratado que se plantó desafiante:
-A Ud, sargento primero, le juego a que le tomo la guardia, y refuércela cuanto quiera…-
Primero el Sargento se le reía, pero el desafío seguía, y finalmente terminó entrando en el juego, acicateado e involucrado, por como fue presionándolo:
-A ver, pongamos que estaría en esa situación…- burlonamente, el jefe de día le planteó un esquema de guardia, y le exigió que demostrara una estrategia, - Si es que pudiera tener un conocimiento militar de algún tipo… ¿Qué haría Ud., paso por paso? ¡A ver!….
Fue tal la desenvoltura con qué desplegó un plan de ataque sorpresivo, impecable e indiscutible, que se le terminaron los argumentos al suboficial, que quedó mirándolo perplejo. En realidad nadie pudo reírse, como esperaban. El sargento primero optó por alejarse, sin agregar más nada, y todos quedamos en silencio, sin saber qué decir.
En esa época yo tenía problemas de salud. En el Liceo sólo había una enfermería, por lo que me derivaron al Hospital Militar de Paraná. Me iba solo. Cobraba un viático y volvía en el día. Fui varias veces. Noé tenía serios problemas respiratorios, y también lo derivaron. Pero a él no pensaban mandarlo sólo, así que me lo asignaron. Viajamos juntos varias veces, yendo a la mañana en lancha, y volvíamos por la tarde.
Nos sentíamos bien estando juntos. Nos hicimos muy compañeros. Generalmente nos atendían por la mañana, y volvíamos caminando al centro, íbamos al parque Urquiza, comprábamos algo liviano para almorzar, preferentemente frutas, más tarde algún helado, caminábamos, hablábamos, nos hacíamos confidencias, nos tratábamos como hermanos. A media tarde, en una lancha de pasajeros, cruzábamos de vuelta el río, disfrutando del paseo, de una libertad prestada.
Al menos ese día nos sentíamos libres.
Finalmente a mi me internaron y estuve en el hospital cerca de dos meses. Cuando me dieron de alta médico, también me dieron la baja del Servicio Militar. Hasta que se hiciera efectiva, estaría unos días en el Liceo, antes de salir definitivamente para volver a casa
De golpe sentí como que todos me estaban esperando. Ahora todos eran grandes amigos míos. Fue lindo, pero había algo más.
-¿Y Noé? ¿Dónde está el soldado Perazza?
Se amontonaban todos alrededor. Todos me rodeaban y al mismo tiempo querían contarme algo…
-¿Sabés qué? A Noé… ¡Al soldado Perazza lo arrestaron, lo pusieron preso en la guardia!...
-¡Era cierto lo de Cuba!!!.. Lo de Fidel Castro… ¡Era cierto que era Capitán!!!...
-¡Sí! ¡Síiii! – coreaban… - le pusieron guardias reforzadas…¡Pero al segundo día se encapó! …
-¡Nadie sabe cómo…! ¡Pero escapó!!! – Todos estaban admirados, todos me contaban cosas pero en el alboroto no podía entender… Luego, disipado el tumulto, ya mas serenos todos, comprendí mejor lo que me estaban contando…
Casualmente encontraron sus efectos personales, escondidos en una gran pila de ladrillos, que estaba junto a una pared exterior de nuestra compañía, donde comenzaba un gran patio externo, en el que generalmente íbamos a descansar en los ratos libres. Allí a veces recostados en los ladrillos apilados, algunos conversábamos, otros fumaban pasando de uno en uno el faso y compartían la pitada. Esa era la camaradería de la colimba… Allí hizo un pequeño nicho retirando unos de ladrillos, guardó una cartera pequeña con varios documentos cubanos, jinetas, cédula del ejército revolucionario con el grado de Capitán, mapas, apuntes, datos sueltos, volantes, cartuchos de fusil servidos, quizás de recuerdo… Volvió a poner los ladrillos en su lugar y allí estuvieron, hasta que un día decidieron mudar de lugar, esa bendita pila de ladrillos.
Hoy nos preguntaríamos que cual finalmente sería el delito; pero no nos cabía aquella vez ese planteo. Las Instituciones de la Patria no eran cuestionables. Ni yo mismo sentía, que pudiera haber un lugar para defenderlo, aunque sólo fuera en mi interior. Nos parecía tan lógico aquello.
La ironía es que el pobre Noé, había vuelto de Cuba para cumplir con el Servicio Militar.
Vino voluntariamente. Sentía que se lo debía a su Patria.
Vino sin querer a la boca del lobo, pensando quizás, que no tenía porque temer…
Un par de días después ya saliendo para casa, aunque provisoriamente, sin la Libreta de Enrolamiento firmada; hubo un revuelo y nos enteramos que habían arrestado al soldado revolucionario, en Tucumán, o Salta, las noticias no precisaban, pero lo traían al Liceo nuevamente detenido. Esta vez con el extremo cuidado. El pobre Noé no era de fiar, según sus custodios.
Más o menos un mes pasó antes que yo volviera al Liceo, a recuperar mi documento, firmado y sellado con la baja y constancia de haber cumplido con el servicio militar…
¿Y cual no sería mi sorpresa?, al enterarme que el Capitán de Castro, el alfeñique, el enclenque Noé…:¡Se le había vuelto a escapar! Esta vez con las guardias súper reforzadas, poniendo indudablemente en incómoda situación, a toda la oficialidad del Liceo…
Nunca consiguieron capturarlo. Ya entonces los militares estimaban, que había salido del país…
¿Habrá conseguido llegar nuevamente a Cuba? ¿No habrá acompañado al Che en Bolivia?
¿No estará quizás, ahora, al lado de Fidel?
En los noticiosos que televisan actos del líder cubano, busco con una sonrisa su desgarbada figura, imaginándolo a su lado… ¿Por qué no???
*de Celso H. Agretti. celsoagr@...
Paredes*
*Por Antonio Dal
Masetto
Sábado, una y media de la tarde. Anduve parando un poco la oreja por el bar. Asisto a la conversación entre dos clientes acodados a la barra. Uno es flaco y tristón. El otro es un hombre rozagante
y extrovertido.
-Soy del interior -dice el flaco tristón-. Extraño la casita, la calma y la cordialidad. No soporto la descortesía de la gente de por acá. Y lo que más me mata son las paredes delgadas de los departamentos. Uno se tiene que enterar de todo lo que les pasa a los vecinos. Eso es lo peor. Nunca voy a
poder acostumbrarme. En cualquier momento me vuelvo a los pagos.
-No se apure, compañero -dice el rozagante-. Yo también soy hombre de campo y puedo entender su queja y su nostalgia. Pero le aseguro que las paredes delgadas pueden tener su costado positivo.
-Esas paredes me van a destruir. Me producen úlcera.
-Si me permite voy a contarle lo mío. Cuando mi señora y yo vinimos a la ciudad, el edificio donde vivimos nos pareció terrible. Con los inconvenientes que usted tan justamente acaba de mencionar y todo pintado de color cremita sufrido, adentro y afuera.
-No me hable del cremita sufrido.
-Al principio nos costó. Hasta el día que en la planta baja se mudó una parejita joven y recién casada. Esa misma noche, gracias a las paredes delgadas, en los departamentos vecinos al de los tórtolos se empezó a oír el runrún amoroso de la parejita que rápidamente produjo un contagio. En la noche siguiente el runrún ya generalizado de la planta baja fue subiendo por el hueco de la escalera y el aire-luz y llegó al primer piso. Del primero pasó al segundo, al tercero, al cuarto y así noche a noche siguió trepando y llegó hasta nuestro departamento que está en el octavo. Recuerdo que mi
señora y yo tuvimos una cena con velas como en nuestros primeros tiempos de casados. La patraña estaba preciosa. El runrún siguió para arriba, alcanzó el piso dieciséis que es el último y desde entonces el edificio es una gloria. Se lo puedo resumir en tres palabras; paz, alegría y amabilidad. Ya no se escuchan peleas, sólo el runrún. Había un vecino del octavo que la fajaba a la mujer. Como decía Rivera: "Los bifes parecían aplausos, parecían". Eso pasó a la historia, el florista de la esquina no para de
subirles ramos de rosas.
-¿Y los que viven solos?
-En el edificio había cuatro solos, dos mujeres y dos hombres. Clarita del séptimo y Claudia del tercero. Rubén del noveno y Rafael del quinto. En menos de una semana, justamente un sábado en que el edificio estaba muy animado, Rubén se apareció con un ramito de violetas en el tercero y Rafael con una caja de bombones en el séptimo. Ese domingo los diarios que el canillita trajo para Claudia y para Clarita permanecieron tirados en el pasillo, delante de las puertas de sus departamentos, hasta por lo menos las
siete de la tarde.
-¿Y las reuniones de consorcio? -Calmísimas y galantes. La gente tiró a la basura todos los ansiolíticos, los televisores, los libros de autoayuda y los aparatos para gimnasia en el hogar. Muchos perdieron la costumbre de ir a misa.
-¿Y los pibes del edificio cómo están?
-Parece una película de Heidi. Todos sanitos y alegres, en la escuela les va bárbaro y ninguno se lleva materias.
-¿Y las mascotas?
-Si se refiere a los perros y los gatos, están saludables y contentos igual que sus dueños. Le doy un dato más: ahora todos los inquilinos tienen mano verde y los balcones revientan de plantas y flores.
-En mi edificio se secan hasta los cactus.
-Claudia, la del tercero, logró que se le diera una orquídea en la ventana.
-En mi edificio he visto marchitarse hasta las flores de plástico.
-Aguante, amigo. En cualquier momento las cosas van a cambiar para usted también. Y ahora discúlpeme, pero lo tengo que dejar. Hoy es sábado, ya estamos en la hora de la siesta, el edificio debe estar empezando a llenarse de runrunes, la patrona me está esperando y no quiero que se sienta sola.
y extrovertido.
-Soy del interior -dice el flaco tristón-. Extraño la casita, la calma y la cordialidad. No soporto la descortesía de la gente de por acá. Y lo que más me mata son las paredes delgadas de los departamentos. Uno se tiene que enterar de todo lo que les pasa a los vecinos. Eso es lo peor. Nunca voy a
poder acostumbrarme. En cualquier momento me vuelvo a los pagos.
-No se apure, compañero -dice el rozagante-. Yo también soy hombre de campo y puedo entender su queja y su nostalgia. Pero le aseguro que las paredes delgadas pueden tener su costado positivo.
-Esas paredes me van a destruir. Me producen úlcera.
-Si me permite voy a contarle lo mío. Cuando mi señora y yo vinimos a la ciudad, el edificio donde vivimos nos pareció terrible. Con los inconvenientes que usted tan justamente acaba de mencionar y todo pintado de color cremita sufrido, adentro y afuera.
-No me hable del cremita sufrido.
-Al principio nos costó. Hasta el día que en la planta baja se mudó una parejita joven y recién casada. Esa misma noche, gracias a las paredes delgadas, en los departamentos vecinos al de los tórtolos se empezó a oír el runrún amoroso de la parejita que rápidamente produjo un contagio. En la noche siguiente el runrún ya generalizado de la planta baja fue subiendo por el hueco de la escalera y el aire-luz y llegó al primer piso. Del primero pasó al segundo, al tercero, al cuarto y así noche a noche siguió trepando y llegó hasta nuestro departamento que está en el octavo. Recuerdo que mi
señora y yo tuvimos una cena con velas como en nuestros primeros tiempos de casados. La patraña estaba preciosa. El runrún siguió para arriba, alcanzó el piso dieciséis que es el último y desde entonces el edificio es una gloria. Se lo puedo resumir en tres palabras; paz, alegría y amabilidad. Ya no se escuchan peleas, sólo el runrún. Había un vecino del octavo que la fajaba a la mujer. Como decía Rivera: "Los bifes parecían aplausos, parecían". Eso pasó a la historia, el florista de la esquina no para de
subirles ramos de rosas.
-¿Y los que viven solos?
-En el edificio había cuatro solos, dos mujeres y dos hombres. Clarita del séptimo y Claudia del tercero. Rubén del noveno y Rafael del quinto. En menos de una semana, justamente un sábado en que el edificio estaba muy animado, Rubén se apareció con un ramito de violetas en el tercero y Rafael con una caja de bombones en el séptimo. Ese domingo los diarios que el canillita trajo para Claudia y para Clarita permanecieron tirados en el pasillo, delante de las puertas de sus departamentos, hasta por lo menos las
siete de la tarde.
-¿Y las reuniones de consorcio? -Calmísimas y galantes. La gente tiró a la basura todos los ansiolíticos, los televisores, los libros de autoayuda y los aparatos para gimnasia en el hogar. Muchos perdieron la costumbre de ir a misa.
-¿Y los pibes del edificio cómo están?
-Parece una película de Heidi. Todos sanitos y alegres, en la escuela les va bárbaro y ninguno se lleva materias.
-¿Y las mascotas?
-Si se refiere a los perros y los gatos, están saludables y contentos igual que sus dueños. Le doy un dato más: ahora todos los inquilinos tienen mano verde y los balcones revientan de plantas y flores.
-En mi edificio se secan hasta los cactus.
-Claudia, la del tercero, logró que se le diera una orquídea en la ventana.
-En mi edificio he visto marchitarse hasta las flores de plástico.
-Aguante, amigo. En cualquier momento las cosas van a cambiar para usted también. Y ahora discúlpeme, pero lo tengo que dejar. Hoy es sábado, ya estamos en la hora de la siesta, el edificio debe estar empezando a llenarse de runrunes, la patrona me está esperando y no quiero que se sienta sola.
*Publicado en el diario Página/12. (Año 1994)
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El próximo domingo 6 de agosto del 2006 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música del compositor brasilero Claudio Santoro. Las poesías que leeremos pertenecen a Clara Rebotaro (Argentina) y la música de fondo será de
diversos grupos (Andes); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz audición!
El próximo domingo 6 de agosto del 2006 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música del compositor brasilero Claudio Santoro. Las poesías que leeremos pertenecen a Clara Rebotaro (Argentina) y la música de fondo será de
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ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3
Live-Stream) !!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44
A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
Tel. + Fax: 0043 662 825067
*
2º CONCURSO DE FOTOGRAFÍA ECOLÓGICA XICóATL “ESTRELLA ERRANTE”
BASES DEL CONCURSO:
- TEMAS: las temáticas del concurso son tres:
a) Fotografía artística sobre un tema ecológico,
b) Problemas ecológicos,
c) Soluciones a problemas ecológicos.
- FOTOS: para cada tema se pueden enviar un máximo de 5 fotografías digitales, en color y/o blanco y negro, peso máximo de cada foto 500 KB, en formato jpg, bmp o gif.
- ANEXOS: La(s) foto(s) deberá(n) acompañarse de dos ficheros Word:
1) Un fichero titulado “pseudónimo+descripción” que contenga un texto resumido que describa el mensaje de la(s) foto(s), el problema o la solución planteado (máx. 1 página, tamaño DIN A4), y el pseudónimo del concursante.
2) Un fichero titulado “pseudónimo+datos” que contenga los datos del concursante: nombre y apellido, pseudónimo utilizado, correo postal y electrónico, tel. y/o fax y un breve curriculum (ev. foto).
- FECHA LIMITE PARA EL ENVÍO DE LOS TRABAJOS: 15 de Octubre del 2006.
- Los resultados se anunciarán en el No 79 del Magazin Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante” (Abril/Junio/2007, edición digital [www.euroyage.com] e impresa).
PREMIOS:
- Se otorgarán en total 7 premios: CUATRO PREMIOS de 200 Euros para problemas y/o soluciones, y TRES PREMIOS de 200 Euros para fotografía artística, además de la publicación en el Magazin Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”.
- Menciones de Honor y publicación de los trabajos destacados.
Envíos a: euroyage@...
BASES DEL CONCURSO:
- TEMAS: las temáticas del concurso son tres:
a) Fotografía artística sobre un tema ecológico,
b) Problemas ecológicos,
c) Soluciones a problemas ecológicos.
- FOTOS: para cada tema se pueden enviar un máximo de 5 fotografías digitales, en color y/o blanco y negro, peso máximo de cada foto 500 KB, en formato jpg, bmp o gif.
- ANEXOS: La(s) foto(s) deberá(n) acompañarse de dos ficheros Word:
1) Un fichero titulado “pseudónimo+descripción” que contenga un texto resumido que describa el mensaje de la(s) foto(s), el problema o la solución planteado (máx. 1 página, tamaño DIN A4), y el pseudónimo del concursante.
2) Un fichero titulado “pseudónimo+datos” que contenga los datos del concursante: nombre y apellido, pseudónimo utilizado, correo postal y electrónico, tel. y/o fax y un breve curriculum (ev. foto).
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*Eduardo Francisco Coiro inventivasocial@...
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"Página 1" Revista de actualidad, literatura, novedades, cultura y tantas cosas bellas de la vida. Es una publicación electrónica mensual que desde Haifa (Israel), edita el poeta santafesino José Pivín y que se difunde gratuitamente por internet, a quien lo solicite. Se aceptan colaboraciones pero no se mantendrá correspondencia con los autores que no fueron elegidos. Para subscribirse enviar un e-mail a: pivin2005@... colocando en Asunto: Suscribirme a Página 1.
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