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#159 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Sáb, 24 de May, 2008 5:39 pm
Asunto: EDICIÓN MAYO (REPARANDO ERROR)
inventivasocial
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INVENTIVASocial
Edición MAYO 2008
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Edición dedicada al poeta santafesino Horacio C. Rossi que falleció el 18 de mayo.
 
 
 
 
 
 
Requiem por Horacio Rossi*


 
Quedó sobre la mesa un poema inconcluso;
de un manotazo el tiempo
hizo trizas el reloj de arena.

Soles aprisionados y tiempos de azucenas
se fueron con el aura
que arrulla los trigales,
con la lumbre aquella que encendía
 la lámpara.

Los pájaros volaron de tu horizonte alado
donde las mariposas
coloraban  el letargo de tus horas de otoño.

La tarde campesina recoge sus cánticos labriegos
para implorar
la lluvia que mojó tus poemas
...y en algún jardín lejano
de una casa olvidada
tu sombra ya invisible vagará en los geranios.

 
 
*De Jorge Raúl Muñoz
20 de mayo, 2008.
-Enviado para compartir por Oscar A. Agú. cachoagu@...
 
 
 
 
 
 
 
*
(para horazioterrazio, con la garra inmadura de su adiós aun clavada)



 
tradujo casi todo lo que vive
vio de adentro la savia imperceptible
de los días y las hojas
los colores del tiempo
los sonidos del río
propio y ajeno:
detalles de la vida en tornasoles
con precisión de lupa

regaló sus regalos
sin envolver
en tinta y carne viva
-pequeños bombarderos de papel
directo al alma_
chispitas de esa alquimia
gestada en la terraza
día por día

un domingo de mayo
con lápiz amarillo
el otoño escribía su epitafio
cayó más silencioso que la tarde
                                                  o subió a otras terrazas
donde mirar mejor para contarnos
cómo huele allá el aire....?

 
*Ana. gronchayo@...
 

 
 
 
 
 
 
Chicharras*


 
Espumas de la siesta,
las chicharras
arrorroan carpinterías de amor por las absortas frondas…

Lejos aún del baño diamantino
el cielo fosforece transmojado de polen en el viento que se dona de brisa, asunto del silencio…

En el franco vastísimo sopor
húmedamente verde y frescamente azul desde la sombra
la insonora chicharra
ara con esmero de molinera su esmeril
labrando rodajas  preciosas de descanso
de reposo que es verde y que es azul
de amor como agua...

Oscila de planeta su canto:
de planeta que viaja ensimismado zumbando en el vacío sideral
inventando las aires de un consuelo…

Haciéndonos imaginar la lluvia,
en fin pero sin fin,
la danza…

Fulguran en la siesta
como fermiente espuma
al sur del cielo
 todas
las chicharras…

Nos transpiran mensajes de la diosa contenta que sonríe
así posándose en el ritmo de nuestro corazón…






addenda para Rubén Belenguer

ENTREMÉS DEL COMPADRITO*

 
¿y éste dóndesque salió?:
apareció redepente:
de la neblina surgió:
de lejos, parece gente:
morocho que mejoró:
acaso gringo criollado:
un fierro le regaló:
algún amigo o cuñado:
no sé si mató o murió:
y se mezclan ya sus días:
no se sabe si existió:
o lo inventó la poesía:
por contar lo que pasó:
culpa de alguna pollera:
o así contado quedó:
mujer, pero no cualquiera:
parece que lo enredó:
y hubo que pagar afrenta:
y el cuchillo se afiló:
que no digan que aparenta:
y el duelo que se trabó:
no se cae de la memoria:
dizque aún no terminó:
sigue creciendo esa historia:
el tiro al cuello eligió:
de los tres del duelo crioyo:
entonces, él hociqueó:
de cuál otro, y fue pa´l hoyo:
que unalotro se mandó:
y se manda cada día:
siempre que alguien se acordó:
celebrando la alegría:
del honor que se lavó:
y así es que sigue la ronda:
fogón que nadie apagó:
ni aún la noche más honda:
su rastro de luz perdíó:
con voz nueva, que entonó:
afinada cuerda intensa:
¿y este dóndesque salió?...
 
 
 
 
ENTREMÉS DE LA PIBA*
 
 
Mucho tango la nombra. Y hace bien.
Ni me hagás acordar lo linda que era.
Fue verano, mas bién, su primavera.
Nadie vio cuándo se la llevó el tren.
 
Ese que pasa antes de tiempo. O nunca.
Y que nos deja tan desorientados.
Por decirlo mejor: desangelados.
Y a la flor de la vida deja trunca.
 
Sin flor tampoco hay fruto o sea mañana.
Repleto el corazón en carneviva
De nombres que nos dejan sensitiva
La piel, al oir de nuevo su campana.
 
Ella se fue, y quedó. La siempre sola.
Su trenza, su flequillo, su faldita
La hacían parecer la muñequita,
Esa que un día se llevó la ola
 
Para no volver más. El barrio todo
Comentó, hasta gastar el argumento,
De algún mal despechado sentimiento
Que la hizo marcharse de aquel modo:
 
Ni saludó. Ni carta. Ni noticia
Por terceros comunes, comedidos,
De los que nunca faltan. O atrevidos
Que inventan, por tener una primicia.:
 
De esas historias, hubo: que ascendía
Como una falsa estrella, allá, en el centro:
O caía al fangal del desencuentro
Con la fama buscada. Y se perdía…
 
O se  casó, nomás, con alguien bueno
Y vivieron comunes vidas, juntos:
¡No puede ser!, dijeron: ¡sus asuntos
No pudieron tener final sereno!
 
Rubia, morocha, pelirroja era.
Seguro que teñida andará, ahora.
O con peluca. Y de vergúenza llora,
Al no poder campear la más primera
 
De todas las palomas que volaron
Del barrio, un día. Ni me acuerdo cuándo,
Ni cómo, ni por qué. Me olvidé tánto.
Menos lo solos que ellas nos dejaron…
 
 
Nadie vio cuando se la llevó el tren.
Fue verano, masbién, su primavera.
Ni me hagás acordar lo linda que era.
Mucho tango la nombra. Y hace bien.-




 
L Á C A R*

 
 
Como una suela hondísima y feliz
algo ya antiguamente llamado Lácar se está,
sin tiempo menester,
desde un día hasta el otro del vasto alucinante vivir,
con su semillas y sus alas,
con su silencio, también,
y sin palabra menester,
salvo acaso y ojalá la de su nombre,
de letras inútiles
salvo acaso y ojalá como adorno,
adorno tuyo,
niña Lacar de luz,de luz Lácar mujer,
y Vos, entonces, sí, amor música luz,
dejándome rondar por ahí, a toda hora,
destriste a soba de tu clima,
clima de índole feroz feraz salvaje poeta o sea natural,
con sol y luna…



 
 
BORRADOR SOBRE TANGO PARA RUBEN BELENGUER*
 
 
Hay quien se cree que es cuestión
de zamparse el uno al otro,
con calentura de potro,
mientras arde el bandoneón…
 
Pero este baile trenzón,
antiguo ya de tan viejo
(los otros son el reflejo
de su mismo corazón)…
 
Va rezando en su canción:
todos los cuerpos son uno,
todo tiempo es oportuno,
todo encuentro es ocasión…
 
Ya no tenemos fogón
en el centro de la rueda,
pero hay fuego en la voz queda
que hilvana el ritmo y el son…
 
Delicadeza en acción
gana todas las batallas,
y derriba las murallas
su profunda conmoción…
 
Es como una religión
que se baila para adentro,
buscando hallarse en un centro
en medio del envión…
 
Nadie queda de mirón
si encuentra oportunidad
de gozar humanidad
en parejero montón…
 
Hay quien molesta, bocón,
y se propasa de más:
no dura. Y te lo encontrás,
hociqueando, en un rincón…
 
Es de tango la reunión:
asunto sobreentendido.
Nadie que no haya venido
aprenderá su lección…
 
Ritmito arisco y dulzón
que no necesita letra
que lo armoniza o perpetra
según quien fuese el firmón…
 
Mejor si suena zumbón
contando el canto del cuento:
lo que se llevará el viento
fue lo hecho sin emoción…
 
Podrá con su virazón
devolvernos al principio,
sin el muerto precipicio
de la civilización…
 
Y acabo la anotación,
como en un tango, abrazando
a los que llegan, bailando
su sagrada comunión…
 
 
 
 
Chapaleo...*


En el mundo cuadrado de la alberca piscina se entretejen, afuera del lenguaje, la fronda medianera y el musgo bajolagua,
Espejeo en contraola,
Como aroma y memoria en melodía...

Mis bateleros pies persiguen descansancio
Y yamismo lo alcanzan y consiguen
En el fresco estupor que se desbasta en cielo,
Y traen hacia mis dentros la loción de las brisas azules del tiempo en flor...

Yo remo a pies, sentado, como si remara en lo inmanente, en lo perenne, en lo absoluto. Absoluído, sí, absuelto, yo, digamos: absoltado...

Me digo: yo remo como reman las árboles.
Y las luces de la  luz se portan como las chicharras, brotando allá, trepando linde, entonces
Traduciéndose, para que las dueñas de casa, en fin pero sin fin,
Hagan lo que hacen, metiéndoseme dentro,
Ellas, mi descansancio, mi estímulo: ¡adelante,
Poeta!, mientras yo,
Todaviaún sonriendo,

Chapaleo...


(*)


Semi Poema

Por el vasto silencio, amanece.
El mundo hace como si latiera...

Miro las frondas: pájaros puntuales
Hacen su ruído azul, desflorando al rocío...

Ahoraquimismo, en los relojes, hay solamente cuadrantes de agua.
Sin nombre, los objetos, en toda vía y aún...

La gente en la calle va casi sin máscara.
Vehículos bostezos de fierro.
Habrá sol: si hay nubes, tras las nubes...

Bajo las frondas puedo cantar almado
Imaginando asuntos e ilusiones.
Así es cómo me calzo la carne de durar...

Han seguido el silencio y el amanecer
Siempre
               De sol
                            El día...

Lo que late es mi corazón:
He equivocado, para prepararme a convivir
Los penosos errores  cotidianos...

Las ventanas me reflejan: resulta pues que marcho sonriendo...

Lo celebro,
Porque estoy convencido...

Es que la vida me ha enfermado de luz...



(*)

Sigue habiendo una vez...

Ha mejorado mucho sus gorjeos, el niño que juega en ese patio...

Se despide de todas las cosas, las halla de nuevo, y gorjea afinado a las brisas, sembrando, él también, en los meses sin R para las abejas y las mariposas por venir, sobre la lengua de verdeos que siempre hay...

En ese patio, jugábamos rayuela. Ahora, gorjea un niño...

La luz del sábado pasea su mañana despacito, para no molestarlo. Para mejor nutrirlo: se sabe que su fantasía es de luz...

Los parientes creen que él los saluda y él los deja creer...

Hay  una fronda del misterio milagreando en torno.
Y la vida repite que no tiene menester de palabra...

Yo saludo, cantando y sonriendo, al gorjeo de ese patio...



(*)


Sabor de uvas
Esfera haciafuera
Bellota simisma en radiación
Volviente como brisa de agua clara
Frescura cálida
Tierna memoria de una melodía
Luz dentro la piel...

La melodía es de ahoramismo:
Quedaríamos afuera, si usáramos lenguaje...

Pero hemos saboreado las uvas..

Hoy habemos azul...


(*)


Las corolas transpiran sequedad, nimbadas por las breas de calor que, por el cielo, convocan y logran la comparescencia de la lluvia...

El verano no quiere cerrar, y hace travesuras rondando y rodeando y rindiendo a la siesta el siempre nuevo estupor de su perenne infancia...

Toda la luz se domicilia ahora en el silencio que toca, por dentro las corolas, al germen tranquilo de las semillas seguras y serenas...

Pronto llegará lluvia a consistir, como cuando la que ansiamos nos entra por las inexistentes puertas agradecidas...

 
 
 
TIMBÓ DEL BULEVAR*

…”bastón dalí del pelo de la diosa… y hondura que prefiere”…



El timbó anda todo entero otra vez florido
Hasta en sus musgos…

Árbol que fue y seguirá siendo doña árbol:
Niña que huele a estarse en flor… Aromando a mujer…

Pero masculinó su esplendoría, se varonó conforme a la academia
Para sobrevivirse en nuestro mundo de pajueranos zonzos y ambiciosos…

Y la niña timbó se trae de luz desde el fondo del silencio, bajo tierra,
Y se rebalsa como pujo de agua tan muy simil hirviente de alegría…

Como una armonía desabrochada,
Desmoronada en florcitas amarillas…

Así pues, se establece como todo un clima entre las otras frondas
Y la (no se lo digas) gente ya naturalmente contagiada…

Y me deja admirarla… Y se me regala
Llenando mi vívido hueco de silencio con agua de su luz…

Lo cual ocurre tan cada vez que paso,
Y, cuando ocurre, tan cada vez, me quedo:

Fascinada estaca semoviente, todo yo, por ahí, todos los días…
Y algo aprendo (yo digo que me enseña)…

Intensa plenitud,
Complascencia feliz…

Pan de mi día sobre el bulevar,
El cual se me queda igual de agradecido…

 
 
*Escritos de Horacio C. Rossi



 


3. CONCURSO DE COMPOSICIÓN
XICóATL „ESTRELLA ERRANTE“
 
 
 
BASES DEL CONCURSO:
 
ÁREAS:
a.   Composición para piano solo
b.   Composición para piano y electrónica
c.   Composición para piano y trío de cuerdas
 
v     Para todas las áreas deberán ser enviadas seis (6) copias de la partitura (eventualmente 6 cds de la parte electrónica). Los ganadores del concurso se comprometen a enviar los materiales necesarios para la ejecución (particellas, material electrónico) hasta el 31 de diciembre 2008, para poder realizar el concierto en la primavera europea del 2009.
v     En relación con los medios electrónicos en caso de una ejecución de la obra, los organizadores ponen a disposición los amplificadores en la sala; la compositora / el compositor deberá poner a disposición los demás materiales necesarios para la audición.
INEDICIÓN: No se permiten obras ya publicadas, premiadas en otros concursos, aceptadas para un estreno o ya ejecutadas públicamente. 
TEMA: Las composiciones deberán tener base o nexos con la música latinoamericana clásica o experimental. 
DURACIÓN DE LA OBRA: Cada obra enviada podrá tener una duración máxima de 20 minutos. 
ANEXOS: Adjuntar una breve nota explicando el origen, fuentes, técnicas utilizadas, nexo con la(s) cultura(s) latinoamericana(s) u otras descripciones de la obra de máximo una página. Este texto será usado como nota de programa.
 
ENVÍO: Enviar SEIS EJEMPLARES de la obra y de la nota explicativa utilizando pseudónimo o palabra clave. En sobre cerrado anexo remitir los datos personales (dirección, fax, teléfono, e-mail, foto de ser posible) y un breve curriculum vitae.
 
Alternativamente se puede enviar la partitura y demás anexos solicitados (en archivos separados) en formato PDF por correo electrónico a la dirección: euroyage@... . La parte electrónica de la obra, en formato WMA o MP3 y máximo 99 MB, debe ser subida (upload) en la página www.rapidshare.com. En el e-mail de participación se debe indicar el link correspondiente donde puede ser descargado (download) tal archivo.
 
Fecha límite para el envío de los trabajos: 30 de Agosto del 2008.
Las obras premiadas serán estrenadas en la primavera europea del 2009 en Salzburgo. No se retornarán las copias enviadas por los participantes.

PREMIOS: 
1. PREMIO: 1.500 Euros
2. PREMIO: 1.000 Euros
3. PREMIO:    500 Euros
 
* Menciones de Honor para los trabajos sobresalientes.
 
* Los resultados del concurso serán anunciados en el No. 87 del Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL (Abril/Junio 2009).
 
Remitir las copias y anexos solicitados a:
CONCURSO XICóATL
Schießstattstr. 44/9
A-5020 SALZBURG
- AUSTRIA –
o a: 
euroyage@...
 
más informaciones encontrará en: www.euroyage.com
 
EL JURADO ESTÁ INTEGRADO POR:
KLAUS AGER (AUSTRIA)
JORGE ANTUNES (BRASIL)
ALICIA TERZIAN (ARGENTINA)
ROLANDO CORI (CHILE)
ORLANDO JACINTO GARCÍA (CUBA)
 
El 3. Concurso de Composición XICóATL „Estrella Errante“ es posible gracias al auxilio de:
v      El Gobierno del Estado de Salzburgo
v      La Alcaldía de la Ciudad de Salzburgo
v      La Asociación Música en el Museo (MiM)
v      La Asociación pro Arte, Ciencia y Cultura Latinoamericanos YAGE
 
 
 
 
 
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Saludos afectuosos.
 
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#158 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Vie, 23 de May, 2008 1:01 am
Asunto: EDICIÓN MAYO
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Edición MAYO 2008
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Edición dedicada al poeta santafesino Horacio C. Rossi que falleció el 18 de mayo.
 
 
 
 
 
 
Requiem por Horacio Rossi*


 
Quedó sobre la mesa un poema inconcluso;
de un manotazo el tiempo
hizo trizas el reloj de arena.

Soles aprisionados y tiempos de azucenas
se fueron con el aura
que arrulla los trigales,
con la lumbre aquella que encendía
 la lámpara.

Los pájaros volaron de tu horizonte alado
donde las mariposas
coloraban  el letargo de tus horas de otoño.

La tarde campesina recoge sus cánticos labriegos
para implorar
la lluvia que mojó tus poemas
...y en algún jardín lejano
de una casa olvidada
tu sombra ya invisible vagará en los geranios.

 
 
*De Jorge Raúl Muñoz
20 de mayo, 2008.
-Enviado para compartir por Oscar A. Agú. cachoagu@...
 
 
 
 
 
 
 
*
(para horazioterrazio, con la garra inmadura de su adiós aun clavada)



 
tradujo casi todo lo que vive
vio de adentro la savia imperceptible
de los días y las hojas
los colores del tiempo
los sonidos del río
propio y ajeno:
detalles de la vida en tornasoles
con precisión de lupa

regaló sus regalos
sin envolver
en tinta y carne viva
-pequeños bombarderos de papel
directo al alma_
chispitas de esa alquimia
gestada en la terraza
día por día

un domingo de mayo
con lápiz amarillo
el otoño escribía su epitafio
cayó más silencioso que la tarde
                                                  o subió a otras terrazas
donde mirar mejor para contarnos
cómo huele allá el aire....?

 
 
 
 
 
 
 
Chicharras*


 
Espumas de la siesta,
las chicharras
arrorroan carpinterías de amor por las absortas frondas…

Lejos aún del baño diamantino
el cielo fosforece transmojado de polen en el viento que se dona de brisa, asunto del silencio…

En el franco vastísimo sopor
húmedamente verde y frescamente azul desde la sombra
la insonora chicharra
ara con esmero de molinera su esmeril
labrando rodajas  preciosas de descanso
de reposo que es verde y que es azul
de amor como agua...

Oscila de planeta su canto:
de planeta que viaja ensimismado zumbando en el vacío sideral
inventando las aires de un consuelo…

Haciéndonos imaginar la lluvia,
en fin pero sin fin,
la danza…

Fulguran en la siesta
como fermiente espuma
al sur del cielo
 todas
las chicharras…

Nos transpiran mensajes de la diosa contenta que sonríe
así posándose en el ritmo de nuestro corazón…






addenda para Rubén Belenguer

ENTREMÉS DEL COMPADRITO*

 
¿y éste dóndesque salió?:
apareció redepente:
de la neblina surgió:
de lejos, parece gente:
morocho que mejoró:
acaso gringo criollado:
un fierro le regaló:
algún amigo o cuñado:
no sé si mató o murió:
y se mezclan ya sus días:
no se sabe si existió:
o lo inventó la poesía:
por contar lo que pasó:
culpa de alguna pollera:
o así contado quedó:
mujer, pero no cualquiera:
parece que lo enredó:
y hubo que pagar afrenta:
y el cuchillo se afiló:
que no digan que aparenta:
y el duelo que se trabó:
no se cae de la memoria:
dizque aún no terminó:
sigue creciendo esa historia:
el tiro al cuello eligió:
de los tres del duelo crioyo:
entonces, él hociqueó:
de cuál otro, y fue pa´l hoyo:
que unalotro se mandó:
y se manda cada día:
siempre que alguien se acordó:
celebrando la alegría:
del honor que se lavó:
y así es que sigue la ronda:
fogón que nadie apagó:
ni aún la noche más honda:
su rastro de luz perdíó:
con voz nueva, que entonó:
afinada cuerda intensa:
¿y este dóndesque salió?...
 
 
 
 
ENTREMÉS DE LA PIBA*
 
 
Mucho tango la nombra. Y hace bien.
Ni me hagás acordar lo linda que era.
Fue verano, mas bién, su primavera.
Nadie vio cuándo se la llevó el tren.
 
Ese que pasa antes de tiempo. O nunca.
Y que nos deja tan desorientados.
Por decirlo mejor: desangelados.
Y a la flor de la vida deja trunca.
 
Sin flor tampoco hay fruto o sea mañana.
Repleto el corazón en carneviva
De nombres que nos dejan sensitiva
La piel, al oir de nuevo su campana.
 
Ella se fue, y quedó. La siempre sola.
Su trenza, su flequillo, su faldita
La hacían parecer la muñequita,
Esa que un día se llevó la ola
 
Para no volver más. El barrio todo
Comentó, hasta gastar el argumento,
De algún mal despechado sentimiento
Que la hizo marcharse de aquel modo:
 
Ni saludó. Ni carta. Ni noticia
Por terceros comunes, comedidos,
De los que nunca faltan. O atrevidos
Que inventan, por tener una primicia.:
 
De esas historias, hubo: que ascendía
Como una falsa estrella, allá, en el centro:
O caía al fangal del desencuentro
Con la fama buscada. Y se perdía…
 
O se  casó, nomás, con alguien bueno
Y vivieron comunes vidas, juntos:
¡No puede ser!, dijeron: ¡sus asuntos
No pudieron tener final sereno!
 
Rubia, morocha, pelirroja era.
Seguro que teñida andará, ahora.
O con peluca. Y de vergúenza llora,
Al no poder campear la más primera
 
De todas las palomas que volaron
Del barrio, un día. Ni me acuerdo cuándo,
Ni cómo, ni por qué. Me olvidé tánto.
Menos lo solos que ellas nos dejaron…
 
 
Nadie vio cuando se la llevó el tren.
Fue verano, masbién, su primavera.
Ni me hagás acordar lo linda que era.
Mucho tango la nombra. Y hace bien.-




 
L Á C A R*

 
 
Como una suela hondísima y feliz
algo ya antiguamente llamado Lácar se está,
sin tiempo menester,
desde un día hasta el otro del vasto alucinante vivir,
con su semillas y sus alas,
con su silencio, también,
y sin palabra menester,
salvo acaso y ojalá la de su nombre,
de letras inútiles
salvo acaso y ojalá como adorno,
adorno tuyo,
niña Lacar de luz,de luz Lácar mujer,
y Vos, entonces, sí, amor música luz,
dejándome rondar por ahí, a toda hora,
destriste a soba de tu clima,
clima de índole feroz feraz salvaje poeta o sea natural,
con sol y luna…



 
 
BORRADOR SOBRE TANGO PARA RUBEN BELENGUER*
 
 
Hay quien se cree que es cuestión
de zamparse el uno al otro,
con calentura de potro,
mientras arde el bandoneón…
 
Pero este baile trenzón,
antiguo ya de tan viejo
(los otros son el reflejo
de su mismo corazón)…
 
Va rezando en su canción:
todos los cuerpos son uno,
todo tiempo es oportuno,
todo encuentro es ocasión…
 
Ya no tenemos fogón
en el centro de la rueda,
pero hay fuego en la voz queda
que hilvana el ritmo y el son…
 
Delicadeza en acción
gana todas las batallas,
y derriba las murallas
su profunda conmoción…
 
Es como una religión
que se baila para adentro,
buscando hallarse en un centro
en medio del envión…
 
Nadie queda de mirón
si encuentra oportunidad
de gozar humanidad
en parejero montón…
 
Hay quien molesta, bocón,
y se propasa de más:
no dura. Y te lo encontrás,
hociqueando, en un rincón…
 
Es de tango la reunión:
asunto sobreentendido.
Nadie que no haya venido
aprenderá su lección…
 
Ritmito arisco y dulzón
que no necesita letra
que lo armoniza o perpetra
según quien fuese el firmón…
 
Mejor si suena zumbón
contando el canto del cuento:
lo que se llevará el viento
fue lo hecho sin emoción…
 
Podrá con su virazón
devolvernos al principio,
sin el muerto precipicio
de la civilización…
 
Y acabo la anotación,
como en un tango, abrazando
a los que llegan, bailando
su sagrada comunión…
 
 
 
 
Chapaleo...*


En el mundo cuadrado de la alberca piscina se entretejen, afuera del lenguaje, la fronda medianera y el musgo bajolagua,
Espejeo en contraola,
Como aroma y memoria en melodía...

Mis bateleros pies persiguen descansancio
Y yamismo lo alcanzan y consiguen
En el fresco estupor que se desbasta en cielo,
Y traen hacia mis dentros la loción de las brisas azules del tiempo en flor...

Yo remo a pies, sentado, como si remara en lo inmanente, en lo perenne, en lo absoluto. Absoluído, sí, absuelto, yo, digamos: absoltado...

Me digo: yo remo como reman las árboles.
Y las luces de la  luz se portan como las chicharras, brotando allá, trepando linde, entonces
Traduciéndose, para que las dueñas de casa, en fin pero sin fin,
Hagan lo que hacen, metiéndoseme dentro,
Ellas, mi descansancio, mi estímulo: ¡adelante,
Poeta!, mientras yo,
Todaviaún sonriendo,

Chapaleo...


(*)


Semi Poema

Por el vasto silencio, amanece.
El mundo hace como si latiera...

Miro las frondas: pájaros puntuales
Hacen su ruído azul, desflorando al rocío...

Ahoraquimismo, en los relojes, hay solamente cuadrantes de agua.
Sin nombre, los objetos, en toda vía y aún...

La gente en la calle va casi sin máscara.
Vehículos bostezos de fierro.
Habrá sol: si hay nubes, tras las nubes...

Bajo las frondas puedo cantar almado
Imaginando asuntos e ilusiones.
Así es cómo me calzo la carne de durar...

Han seguido el silencio y el amanecer
Siempre
               De sol
                            El día...

Lo que late es mi corazón:
He equivocado, para prepararme a convivir
Los penosos errores  cotidianos...

Las ventanas me reflejan: resulta pues que marcho sonriendo...

Lo celebro,
Porque estoy convencido...

Es que la vida me ha enfermado de luz...



(*)

Sigue habiendo una vez...

Ha mejorado mucho sus gorjeos, el niño que juega en ese patio...

Se despide de todas las cosas, las halla de nuevo, y gorjea afinado a las brisas, sembrando, él también, en los meses sin R para las abejas y las mariposas por venir, sobre la lengua de verdeos que siempre hay...

En ese patio, jugábamos rayuela. Ahora, gorjea un niño...

La luz del sábado pasea su mañana despacito, para no molestarlo. Para mejor nutrirlo: se sabe que su fantasía es de luz...

Los parientes creen que él los saluda y él los deja creer...

Hay  una fronda del misterio milagreando en torno.
Y la vida repite que no tiene menester de palabra...

Yo saludo, cantando y sonriendo, al gorjeo de ese patio...



(*)


Sabor de uvas
Esfera haciafuera
Bellota simisma en radiación
Volviente como brisa de agua clara
Frescura cálida
Tierna memoria de una melodía
Luz dentro la piel...

La melodía es de ahoramismo:
Quedaríamos afuera, si usáramos lenguaje...

Pero hemos saboreado las uvas..

Hoy habemos azul...


(*)


Las corolas transpiran sequedad, nimbadas por las breas de calor que, por el cielo, convocan y logran la comparescencia de la lluvia...

El verano no quiere cerrar, y hace travesuras rondando y rodeando y rindiendo a la siesta el siempre nuevo estupor de su perenne infancia...

Toda la luz se domicilia ahora en el silencio que toca, por dentro las corolas, al germen tranquilo de las semillas seguras y serenas...

Pronto llegará lluvia a consistir, como cuando la que ansiamos nos entra por las inexistentes puertas agradecidas...

 
 
 
TIMBÓ DEL BULEVAR*

…”bastón dalí del pelo de la diosa… y hondura que prefiere”…



El timbó anda todo entero otra vez florido
Hasta en sus musgos…

Árbol que fue y seguirá siendo doña árbol:
Niña que huele a estarse en flor… Aromando a mujer…

Pero masculinó su esplendoría, se varonó conforme a la academia
Para sobrevivirse en nuestro mundo de pajueranos zonzos y ambiciosos…

Y la niña timbó se trae de luz desde el fondo del silencio, bajo tierra,
Y se rebalsa como pujo de agua tan muy simil hirviente de alegría…

Como una armonía desabrochada,
Desmoronada en florcitas amarillas…

Así pues, se establece como todo un clima entre las otras frondas
Y la (no se lo digas) gente ya naturalmente contagiada…

Y me deja admirarla… Y se me regala
Llenando mi vívido hueco de silencio con agua de su luz…

Lo cual ocurre tan cada vez que paso,
Y, cuando ocurre, tan cada vez, me quedo:

Fascinada estaca semoviente, todo yo, por ahí, todos los días…
Y algo aprendo (yo digo que me enseña)…

Intensa plenitud,
Complascencia feliz…

Pan de mi día sobre el bulevar,
El cual se me queda igual de agradecido…

 
 
*Escritos de Horacio C. Rossi



 


3. CONCURSO DE COMPOSICIÓN
XICóATL „ESTRELLA ERRANTE“
 
 
 
BASES DEL CONCURSO:
 
ÁREAS:
a.   Composición para piano solo
b.   Composición para piano y electrónica
c.   Composición para piano y trío de cuerdas
 
v     Para todas las áreas deberán ser enviadas seis (6) copias de la partitura (eventualmente 6 cds de la parte electrónica). Los ganadores del concurso se comprometen a enviar los materiales necesarios para la ejecución (particellas, material electrónico) hasta el 31 de diciembre 2008, para poder realizar el concierto en la primavera europea del 2009.
v     En relación con los medios electrónicos en caso de una ejecución de la obra, los organizadores ponen a disposición los amplificadores en la sala; la compositora / el compositor deberá poner a disposición los demás materiales necesarios para la audición.
INEDICIÓN: No se permiten obras ya publicadas, premiadas en otros concursos, aceptadas para un estreno o ya ejecutadas públicamente. 
TEMA: Las composiciones deberán tener base o nexos con la música latinoamericana clásica o experimental. 
DURACIÓN DE LA OBRA: Cada obra enviada podrá tener una duración máxima de 20 minutos. 
ANEXOS: Adjuntar una breve nota explicando el origen, fuentes, técnicas utilizadas, nexo con la(s) cultura(s) latinoamericana(s) u otras descripciones de la obra de máximo una página. Este texto será usado como nota de programa.
 
ENVÍO: Enviar SEIS EJEMPLARES de la obra y de la nota explicativa utilizando pseudónimo o palabra clave. En sobre cerrado anexo remitir los datos personales (dirección, fax, teléfono, e-mail, foto de ser posible) y un breve curriculum vitae.
 
Alternativamente se puede enviar la partitura y demás anexos solicitados (en archivos separados) en formato PDF por correo electrónico a la dirección: euroyage@... . La parte electrónica de la obra, en formato WMA o MP3 y máximo 99 MB, debe ser subida (upload) en la página www.rapidshare.com. En el e-mail de participación se debe indicar el link correspondiente donde puede ser descargado (download) tal archivo.
 
Fecha límite para el envío de los trabajos: 30 de Agosto del 2008.
Las obras premiadas serán estrenadas en la primavera europea del 2009 en Salzburgo. No se retornarán las copias enviadas por los participantes.

PREMIOS: 
1. PREMIO: 1.500 Euros
2. PREMIO: 1.000 Euros
3. PREMIO:    500 Euros
 
* Menciones de Honor para los trabajos sobresalientes.
 
* Los resultados del concurso serán anunciados en el No. 87 del Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL (Abril/Junio 2009).
 
Remitir las copias y anexos solicitados a:
CONCURSO XICóATL
Schießstattstr. 44/9
A-5020 SALZBURG
- AUSTRIA –
o a: 
euroyage@...
 
más informaciones encontrará en: www.euroyage.com
 
EL JURADO ESTÁ INTEGRADO POR:
KLAUS AGER (AUSTRIA)
JORGE ANTUNES (BRASIL)
ALICIA TERZIAN (ARGENTINA)
ROLANDO CORI (CHILE)
ORLANDO JACINTO GARCÍA (CUBA)
 
El 3. Concurso de Composición XICóATL „Estrella Errante“ es posible gracias al auxilio de:
v      El Gobierno del Estado de Salzburgo
v      La Alcaldía de la Ciudad de Salzburgo
v      La Asociación Música en el Museo (MiM)
v      La Asociación pro Arte, Ciencia y Cultura Latinoamericanos YAGE
 
 
 
 
 
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*Eduardo F. Coiro. inventivasocial@...
 
 
 
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#157 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Vie, 2 de May, 2008 4:50 pm
Asunto: LA ESPERANZA DE CREER...
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CREYENTE*


 
   
    Fuera de los amores y las circunstancias, fuera de la familia y los amigos, fuera de este país, de la ciudad, de la década que viene con sus bombardeos y sus niños mutilados.
     Fuera de los dolores del alma y los del cuerpo, fuera del afuera, adentro de mi. Dentro de lo más profundo de esta mujer que soy, de esta mujer que tiñe canas, que observa cómo las firmezas se disuelven en carne que ha sufrido. Adentro, más allá de lo que muestran las serias pupilas en la luna de los espejos. Adentro del más adentro de los círculos cerrados, en lo insondable. Allí debe abrirse la esperanza de creer.
     Creer en un futuro. Extenso, breve, benigno o ya manchado de presagios. En el futuro como continuación, cambio, transmutación de lo que fue. Aceptación, negación, no importa qué pero porvenir.
     Debo creer en una posibilidad aunque sea mínima. Creencia en que no importa cómo cuándo o dónde, siempre voy a estar conmigo y no me niego a ser yo. Que vale la pena seguir intentando la vida con grito, carcajada, medio tono. No importa. La vida, la vida que merecida o no debe vivirse y traerá soles, atardeceres y también madrugadas insomnes. Una vida a pesar de mi misma.
     Debo creer en mis manos, en mi llanto, en la bendición de reparar en los absurdos. Debo creer, es mi obligación creer en que no soy lo que me rodea, no soy lo que otros quieren o suponen que soy. Que no soy, jamás lo fui, una sombra de otro. Soy esta aquí adentro que se niega a dejarse morir por desencanto, o llevar luto eterno por lo que duró un instante en el tiempo fluido que no miden los relojes.
     Tengo que volver a encontrarme, eso si, para creer en mi.
 
 
 
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@...
 
 
 
 
 
 
 
LA ESPERANZA DE CREER...
 
 
 
 
 
El limbo*

 

Acababa de llegar sin saber como. Su ceguera de nacimiento le impedía, una vez más, saber donde se hallaba. Por suerte, la experiencia de toda una vida en la oscuridad había potenciado su percepción y supo inmediatamente que había gente a su alrededor. Chocó contra un hombre al tiempo que su bastón golpeaba con otro. "Otro ciego" pensó y a la par que pedía excusas preguntó donde se encontraba.

Oyó detrás suyo los golpes de un bastón tanteando el suelo y luego un par más a su derecha. Una voz le explicó que no sabían donde estaban, pero creían que era el limbo, lleno de ciegos que al morir no habían podido seguir la luz blanca.
 
 
 
*de Joan Mateu. joan@...



 
 
 
 
 
 
“NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS”*
 
 
Un noviembre cualquiera
 
“Noche  de los cristales rotos”
 
Desde el cráter de un deseo negado surge el desamparo
 
La sombra de los muertos vivos golpea.
 
Los espejos lunares, la infancia, la ventana
 
Golpea, ferozmente, golpea
 
Destroza de un solo golpe la fronda ingrávida que me habita.
 
Holocausto de luna
 
Ya no hay pausa, ni prisa, ni soles, ni amores.
 
Ni una brizna de polvo de memoria.
 
Solo queda una hoguera de cruces
 
Calcinan en el páramo hambriento rumores de masacres.
 
Antiguas. Sangrientas.
 
Huyen  como cuervo asustado por un disparo de silencios.
 
Silencios de panes sin trigales. Laberintos desiertos,
 
Garras mutiladas de un tigre. Impotencia.
 
Los  rumores  quizá nunca regresen.
 
Pero tal vez regrese, en cada flor de almendro, la memoria
 
Para ella un silencio hecho de nueve lunas y de espera
 
 
*de Amelia Arellano. arellanoamelia@...
 

 
 
 
 
 
LA OCTAVA MARAVILLA*
 
 
 
*De Vlady Kociancich.
 
 
 
 
6
 
Yo me reí del amor a primera vista hasta ese día en Argentinos Juniors cuando vi, antes que a Paco Stein, a la chica que lo acompañaba. Pelo negro, ojos verdes, naricita respingada, una boca de las que llaman generosas y con los labios sin pintar.
Mientras mis amigos se desvivían argentinamente por las rubias, yo siempre tuve debilidad por las morochas de ojos claros. Victoria no solamente cumplía con el color del pelo y de los ojos; era lindísima.
Tan pequeña que hasta Paco parecía alto al lado de ella, y sin embargo concentraba en su escasa superficie todas las miradas de los socios más próximos. Miradas de admiración y pena, el mudo y triste ruego que provoca la belleza en los meros espectadores.
-Esta es Victoria -dijo Paco-, mi invitada especial al acto depredador que ha tenido lugar en nuestra magna sede deportiva.
Rodeaba los hombros de la chica con un abrazo amistoso.
-Lástima los libros, che. Policiales de tercera categoría, dos o tres ejemplares del Manual del Alumno Bonaerense, una docena de Platero y yo. Ese burro flota como un corcho.
Ni siquiera sonreí.
-Cuando la víctima es incolora, inodora e insípida, desluce al victimario. Decí que la biblioteca, el mueble imperialista, le da un toque de fuerza, o no valía el viaje de Victoria, que viene de Flores.
Me miró fijamente y bizqueó. Tenía ese curioso tic. Cuando clavaba los ojos en un punto, bizqueaba. No era bizco.
-Victoria, este buzón de carne es mi gran amigo Alberto Paradella.
El codazo disimulado me despertó. Extendí una mano que temblaba.
-Encantado.
-Mucho gusto -dijo ella.
Me observaba con el frío interés que yo había aprendido a reconocer en las chicas del club. Gesto aprobatorio antes de lanzarse al ataque, el general que mide el campo de batalla y lo encuentra adecuado a su estrategia. Se trataba de mi mujer ideal y dudé. ¿Cómo compararla con otras? Pero el centelleo en el mar verde de su mirada me recordó uno similar, casi olvidado: el de los ojos también verdes de la vecina en la terraza.
La mano que estreché con avidez y grandes ilusiones era la de una criatura, blanda, tierna, confiada. Las uñas arrasadas por una mordedura constante, me llegaron al corazón. Un defecto infantil que humanizaba al sueño, que me ensanchaba de ganas de protegerla y de mimarla, y que años después, en la butaca del cine o leyendo en la cama, no cesaría de reprocharle porque me irritaría tanto el ruido de las pobres uñas esquiladas, el eterno clic-clac de los dientes voraces.
No le solté la mano. Ella tampoco intentó zafarla.
Paco retiró el brazo del hombro de Victoria y lo miró como a un objeto extraño, de presencia enigmática. Luego, como el absurdo gato de los Stein, dio un salto, cruzó los pies en el aire, cayó de rodillas entre Victoria y yo.
-¡Aleluya, Aleluya!
Hacía esas cosas con frecuencia y espontaneidad y uno se reía y secretamente envidiaba su falta de pudor, del viril sentido del rídiculo que nos enorgullecía y nos amargaba la vida al mismo tiempo. pero esta vez enrojecí y lo odié. Fue apenas un instante porque Victoria no lo festejó, porque no se soltó de mi mano y porque Paco, loco y todo, ya decía generosamente:
-Oh, sí, Alberto Paradella, un gran amigo, un gran deportista. Aquí donde lo ves, Victoria, con esa cara de pavo, es el orgullo de Argentinos Juniors.
-¿Ah, si? -dijo Victoria.
Y por fin desprendió la mano y se echó el largo pelo hacia atrás en un movimiento de tan felina delicadeza que casi me hizo llorar de ganas de abrazarla.
-No lo dudes, Victoria. Donde lo ponen a Alberto hay un éxito. Composición. Tema: La Vaca. Te explico. Es el sujeto de toda oración admirativa. Tema de ejercitación literaria, modelo de párvulos, tortura de infelices. En el cuaderno de premios, nunca está ausente. Nuestro mejor arquero, la estrella del juvenil de basquet...
¿No se le iría la mano? ¿No había un tono burlón en tanto elogio? ¿Y si a ella no le gustaba el deporte? Iba a decir que ya no jugaba al basquet cuando la oí exclamar, los ojos iluminados por un súbito interés:
-¿De los que tiraron la biblioteca al agua?
-Nop.
La teoría de Paco de que la negación castellana era débil, había creado ese nop, que imitaba medio Argentinos Juniors y por lo menos un tercio de la población joven de Villa del Parque.
-Fue el año pasado, querida, antes de que los juveniles de Basquet se convirtieran en vulgares delincuentes juveniles, como dice nuestro desconsolado, culto presidente. Ahora Alberto juega ajedrez.
Por los ojos verdes pasó una sombra.
-¿Al ajedrez?
Paco saltó al rescate.
-Momento, aclaro. Ahora es nuestro campeón de ajedrez.
La carita se reanimó.
-Ah -dijo.
Si Paco había albergado alguna ilusión con respecto a Victoria, nunca me enteré. Seguramente, en el transcurso de aquella presentación que le costó la chica más linda que vimos en Villa del Parque, miró bizqueando cómo nos mirabamos, supo que todo estaba decidido, y con esa agilidad para adaptarse a los acontecimientos que maravillaba a sus amigos, decidió elogiarme ante Victoria.
Yo estaba demasiado feliz para agradecérselo. Cuando esa noche, en el Café Juncal, lo arrinconé en la mesa, lo acribillé a preguntas sobre la mujer de mi vida, se mostró, en cambio, extraordinariamente parco. No pasaba de suministrarme meros datos de filiación -la casa, la familia, los estudios-, el modestísimo curriculum de una muchacha de esa edad. Con la sed de los enamorados, insistí en que me hablara de ella. A nuestro intelectual, nuestro psicólogo, nuestro hombre de mundo, le pedí una opinión.
En esos días tomaba solamente café. Bizqueó inclinado sobre la taza, bizqueó concentrándose  en la cucharita. Tardó  en contestar y su respuesta, una perogrullada, me desilusionó.
-Es muy linda -dijo.
Y luego, bizqueándome en la cara, creó esa frase que a lo largo de los años que siguieron, por aplicación sabia y reiterada a casos que no podían ser esclarecidos mediante la razón, a situaciones que exigían prudente silencio, a descubrimientos penosos o a la llana perplejidad, se convertiría en su tarjeta de identificación.
-Este mundo es muy raro -dijo.
Lo perdoné porque me había alabado tanto delante de Victoria. Lo perdoné por la recolección de ah, de esos ah de Victoria que probaban que yo le gustaba, que me quería. Como iba a sospechar que aquellas concisas, suspiradas exclamaciones, los ah emitidos esa mañana en el club, después en casa, cuando mi madre sustituyó  a Paco en loselogios, después en la puerta de la Facultad, cuando le comunicaba la nota de un examen, no eran sino la campanilla de una caja registradora que acusaba el ingreso de moneda. Moneda que hacía circular Victoria entre su propia familia, amigos y conocidos, con la prepotencia y la vulgaridad de un nuevo rico.
Lo supe aquella noche en una vereda de Flores, a la vuelta del cine, en su respuesta a mi pregunta: "Imposible".
Me dije: "Victoria no me quiere. Para estar solo, mejor cortar ahora".
Largamente contemplé su hermosa cara buscando las palabras mordaces que nos separarían. Entonces, mientras la miraba, vi el enojo que empezaba a ensombrecerla, recordé que los nefastos ah me habían garantizado la frecuencia de sus besos, de su sonrisa. Imaginé la vida sin ella. Imposible. La vida con ella pero sin título de abogado. Imposible. Su orgullo la haría volverse a otro proveedor de indispensables ah.
Justo en el límite, a punto de perderla, atiné a abrazarla, a prometer:
-Era una broma. No te enojes, Victoria, era una broma.
-Ah -dijo.
Cerró los ojos y me ofreció la boca.
 
 
 
(CONTINUARÁ)
 
-La Octava Maravilla. Seix Barral. Biblioteca Breve-
 
 
 
 
 
 
 
 
Correo:
 
 
 
CICLO: "Del derecho y del revés de la memoria”
Mayo
 
“Agobiados por nuestro conocimiento histórico, no podemos rechazarlo”, decía Nietzsche.
Y tenía razón: nuestro saber histórico nos agobia. Sin embargo, debemos rechazar
 su rechazo e ir más allá de su bien y de su mal. Umberto Eco, ¿Por qué recordar?
 
 
Lunes 05 /20:00
“La memoria, de sólidos y líquidos”
Ps. Laura Capella
     Se dará comienzo a las actividades del año planteando la problemática de la memoria no sólo en relación a lo sólido de la lógica estatal, sino a la solidez de los edificios atravesados por la historia reciente de las dictaduras, tanto en Argentina como en otros países del mundo.
 
 Lunes 12/20:00
"El fluir de la inocencia"
Hugo Alberto Ojeda, escritor, integrante de la Comisión Popular por la Memoria  de Granadero Baigorria
     El disertante se referirá al rol de la investigación como parte del debate ideológico y a las dificultades internas de la construcción de memoria en los movimientos populares.
 
Lunes 19/20:00
“El arte como forma de resistencia”
Arq. Alejandra Buzaglo. Docente de la FAPyD de la UNR, actualmente dirige y coordina el Área  en DDHH de dicha facultad.
     Arquitectura, Espacio Público y Memoria. Interesa reflexionar sobre los memoriales como dispositivos para la construcción de la memoria en relación a la última dictadura militar en la Argentina (1976-1983). Proponemos una reflexión sobre las marcas en las ciudades, los guiños y advertencias que las construcciones hacen a la sociedad como desafío que supone abordar, desde una nueva perspectiva, la construcción de realidades a partir de las prácticas sociales, en este caso la arquitectura y el arte. 
 
Lunes 26/20:00
“Reconstrucciones y memoria colectiva.  La Calamita y los caminos”
Arqs. Daniel Viu y Alejandra Buzaglo. Docentes de la FAPyD de la UNR. La Arq. Buzaglo dirige y coordina el Área  en DDHH de dicha facultad.
     Parte 1: Edificios como documento de memoria. Investigaciones para la reconstrucción de “La Calamita”, lugar donde funcionara un centro de detención, hacinamiento y desaparición de personas durante la última dictadura militar en la ciudad de Baigorria.
Parte 2: El camino de la memoria. Señalización del recorrido de acceso a “La Calamita”, como intento de abrir lugares para la memoria, resguardar del olvido, y rescatar como testimonio, a aquellos sitios de la ciudad en los que hayan sucedido hechos que los conviertan en documentos. 
 
Creación y coordinación del ciclo: Ps. Laura Capella, psicoanalista
Lunes 20 hs.
Entrada libre y gratuita
Se entregan certificados con el 75% de asistencia
       Auspician:
·   Colegio de Psicólogos de la Prov. de Santa Fe, 2da Circ. y su Foro en Defensa de los Derechos Humanos (FODEHUPSI)
·   CEIDH (Centro de Estudios e Investigación en Derechos Humanos-Facultad de Derecho. UNR)
·    IPF (Instituto de Investigaciones en Cs. Sociales, Ética y Prácticas alternativas "Paulo Freire" - Facultad  de Derecho. UNR.)
 
 
CENTRO CULTURAL BERNARDINO RIVADAVIA
 
 
*Laura Capella. elecapella@...
 
 
 
 
*
 
 
Queridas amigas, apreciados amigos:
 
El domingo 4 de mayo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor peruano José de Orejón y Aparicio. Las poesías que leeremos pertenecen a Yamil Díaz Gómez (Cuba) y la música de fondo será de Uakti (Brasil). ¡Les deseamos una feliz audición!
 
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
 
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
 
 
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44  A-5020 Salzburg  AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
 
 
 
 
 
ESPACIO PARA SOCIOS:
 
 
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#156 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Mar, 29 de Abr, 2008 2:34 pm
Asunto: LO QUE DEJAMOS ATRÁS EN EL LABERINTO...
inventivasocial
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EDUARDO COIRO <inventivasocial@...> escribió:
 
RISA*
 
 
Llevamos a lo incierto esa pena,
donde el umbral ha acabado con toda la voz
y la sed de la hora que corre,
ha derretido el párpado de roce que lleva el siempre.
 
 
El cuerpo roto a manos ceñidas,
sin engaño y con un sufrimiento arrogante,
se traslada el hundido y surge la verdadera semejanza
a todo aquello que dejamos atrás en el laberinto
del naufragio de otro fantasma.
 
 
El derramado crepúsculo circunda la grieta
donde la sombra indirecta es sólo la idea
y la realidad es la verdadera razón del sueño.
Son pocos los segmentos que faltan
para que llegue pronto a la unánime locura,
la ceguera, la puerta cerrada, la imagen oculta,
es solamente ficción, ausencia hecha polvo
y los labios quemados de los Otros.
 
 
No falta la pregunta, caída bajo la lengua de los años cumplidos,
las palabras dudosas y ese cálido sonido que calma y se acerca.
Sonríe, ríe a carcajadas. Risa ebria. Sólo lo que nos ayudó a escuchar,
tan sólo con lo oscuro agracia su mente cubierta de palabras.
 
 
 
*De Jenny Levine Goldner. jenny_offline@...
 
 
 
 
 
 
 
LO QUE DEJAMOS ATRÁS EN EL LABERINTO...
 
 
 
 
 
 
Los viajes*
   

No he oído el reloj esta mañana y cuando me he despertado en el lugar del cuarto de baño había un trastero. La cama era antigua y hacía frío. ¿Por qué no notaba la calefacción?. Mi ropa de Armani, la colección de corbatas Plumkier y los zapatos de Tood's habían desaparecido.

Al bajar por la escalera ya suponía lo que había pasado pero me acerqué a la calle para constatarlo. Hay un camino de tierra donde debía haber una carretera de asfalto. Tampoco hay ningún coche, únicamente un carro al final de la curva. ¡Ya empiezo a estar harto de estos viajes en el tiempo!
 
 
*de Joan Mateu. joan@...

 
 
 
 
 
LA PARED*
 
A jorge
 
 
Vi su sombra separada por el jardín oscuro
y el perfume en la desesperación apenas muerta.
Debajo del asfalto estará mi viaje
debajo del viaje, una montaña inconclusa.
Miro la vislumbre y me pesa el vuelo.
 
La puerta inclinó la sombra
y una imagen descubierta.
 
Después,
la pared.
 
 
 
*De Jenny Levine Goldner. jenny_offline@...
 
 
 
 
 
 
 
 
 
DEMASIADO BUENOS* 


 
    “Lo que pasa es que yo soy demasiado bueno y la gente se aprovecha”. Lo dijo el Gringo, lo dijo muchas veces con los ojitos pequeños en medio de la cara roja. Lo dijo, y hablaba muy fuerte, aturdía, hablaba fuerte y con los brazos abiertos. Gesticulaba el gringo. Bondadoso el gringo, sencillo, sin vueltas. Decía que la gente se aprovechaba, lo decía con su voz potente, que la gente se aprovechaba de él.
      Otro dijo que todos toman ventaja de su persona porque, mirá vos qué casualidad, es demasiado bueno. Lo usan al pobre, él mismo dice que lo usan material y psicológicamente, para ser más específicos. Y esto lo puso por escrito para que no queden dudas.
     Y un tercero escribió que hay muchos que parecen gente pero que no son gente. Este también probablemente sea demasiado bueno. Tiernito, un pan de Dios mire, un gentilhombre entre los animales salvajes, un angelito entre las bestias del Averno. No, no se puede ser tan bueno entre los espantos desencadenados. Al final uno termina sufriendo.
     Y el Gringo que era demasiado bueno maltrataba a la mujer y a los amigos; el pobre muchacho utilizado como trapeador se sirvió de todas las mesas y se fue sin saludar; y el que era tan buena gente también se fue sin saludar y ni siquiera ayudó a sacudir el mantel. Los tres dejaron la puerta abierta para que la cierre otro. Y a alguien llorando, claro.
     Uno es bueno o no es bueno en diferentes ocasiones y según quién lo cuenta, pero el que dice ser demasiado bueno es peligroso. Hay que escapar a tiempo de los que consideran que su merced es excesiva. Nunca lo es.
     El que realmente exagera en su miramiento de las necesidades o deseos de los demás no nos lo dice, no lo resalta en amarillo luminoso. No se da cuenta siquiera.
     El que es demasiado bueno no se considera ni demasiado, ni acaso bueno. Sólo hace lo que puede y se culpa por no poder un poco más.
     Pocas veces se mensuran las cosas si no es para ponerles precio. Quien mide su bondad por mucha o poca, acaba retaceándola y finaliza en la queja. “Lo que pasa es que soy demasiado bueno” dirá mientras se limpia las manos sucias, “y la gente se aprovecha” concluirá, mientras guarda los productos de sus saqueos en el abultado morral.
 
 
 
*De  Mónica Russomanno. russomannomonica@...

                                                           
 
 
 
 
 
 
 
LA OCTAVA MARAVILLA*
 
 
 
 
*De Vlady Kociancich
 
 
 
A Norberto del Vas.
 
 
Nothing of him that doth fade
But doth suffer a sea-change
Into something rich and strange
 
*Shakespeare, La Tempestad, Acto 1, Esc. 11


1

    Me sucedió -el viaje, el cambio de mar o el otro- hace ya un año, en el Berlín de hielo y de llovizna de febrero, y en este Buenos Aires que arde húmedamente mientras escribo, que penetra por mi ventana abierta en vaharadas de calor, me estremece la memoria de aquel frío y la pura conciencia de mi perplejidad.
    Los diarios de la mañana, un ejemplar de cada uno (tuve que comprar todos para convencerme de que la noticia era real, no la broma de un enemigo que supiera lo de Berlín), están extendidos y abiertos en la página con la información imposible, sobre el sofá tapizado de rojo que hay en mi estudio.
    Hace apenas unos minutos, la muchacha que bajó del tren en la estación de Villa del Parque, ayer, mientras yo aguardaba vaya a saber qué -no a ella, por supuesto, ni al tren- se asomó a la puerta. La vi, alta, desnuda, el largo cabello rubio enmarañado, y me sobresalté, le grité que no entrara.
    A pesar de su soñolencia y de esa carnal naturalidad con que una mujer se mueve en casa extraña si ha dormido ahí una noche, unas horas, pareció trastabillar, recibió mi grito como un golpe. Me dolió desbaratar su adormilado aplomo, precisamente hoy, precisamente el suyo, y me disculpé mostrándole el desorden de los diarios abiertos. Sonrió, se inclinó para darme un beso leve en la frente y fue a vestirse.
    Escribo con angustia, partido en dos: un hombre que necesita escribir esta historia para entender su historia, su vida, y un hombre que necesita retener a esa muchacha para seguir viviendo. El impulso de correr hacia ella y abrazarla, demostrarle con caricias que mi atención está concentrada violentamente en su presencia aquí, en mi casa, y el impulso de contar lo que me sucedió, a riesgo de que ella crea que prefiero encerrarme en mi trabajo en vez de prolongar el goce de la tarde y de la memorable noche
anterior, tienen una fuerza pareja.
    Oigo correr el agua de la ducha. Los minutos de tregua antes de que regrese vestida, ya despierta, esta codiciada extranjera de ondulante cabello rubio y ojos grises, me alcanzan para desear rabiosamente no haber leído la noticia de que Vida y Obra de Francisco Uriaga, la película cuyo
libro escribí durante mi estadía en Berlín, fue premiada en el Festival de Cannes.
    No pretendo una reivindicación, no reclamo por noches sin dormir en la pensión de Frieda Preutz. Tampoco debe leerse mi relato como un reproche a Juan Pablo Miller, el joven cineasta argentino que triunfa en Europa, con quien fuimos cálidamente amigos y al que no he vuelto a ver. ¿Por qué no callo entonces? Porque me desborda el azoramiento. Porque mi brusco ingreso en el mundo del cine, un viaje dentro de otro viaje, me convirtió en uno de esos turistas que compadezco, gente que apuesta las ganas de ser otro en la ruleta de circunstancias extranjeras. Porque no sé qué es lo que gané cuando creí haber ganado, qué es lo que perdí cuando me anunciaron la pérdida.
    Y porque la única documentación de mi viaje es la película que está dando su triunfal vuelta al mundo y mi nombre no figura en los títulos.


2

    Me llamo Alberto Paradella, tengo treinta y dos años, un divorcio, ningún hijo, y hasta que empezaron los viajes como periodista especializado en turismo, mi vida transcurrió sedentariamente entre Villa del Parque, donde nací, me crié y fui a la escuela, y el barrio sur de Buenos Aires, cuyas ruinas apuntaladas a fuerza de literatura y de folklore eligió Victoria, porque esta casa nos ofrecía, además de su prestigiosa vejez, un jardín interior y la única palmera sobreviviente del suburbio. La palmera sigue ahí, marcando una línea ancha y firme en la ventana de mi estudio; de Victoria, mi legítima esposa, me separé hace una eternidad.
    Cuando del destino se trata, no hay otro modo de abordarlo que remar río atrás, corriente arriba, en busca de una orilla reconocible de la que se pudiera haber partido. Así viajé toda la noche, un hombre en un bote, solitario e insomne. Para ser franco, no he encontrado nada que explique el viaje, la película, la muchacha rubia. Mi pasado es un pueblo de llanura.
    Fui un chico como todos los chicos de Villa del Parque, progenie bien alimentada, correctamente vestida, estatalmente educada, de familias inmigrantes, españolas e italianas en su mayoría, y la sola diferencia que recuerdo -mi condición de hijo único- la disimulaba con irritante exageración el gran número de primos, abominables criaturas menores, que invadían la casa de la calle Jonte. Si a mis amigos les sobraban hermanos, a mí me sobraban parientes.
    Tanta convivencia forzada con dos pares de abuelos saludables, con todas las ramas del árbol familiar combadas por el peso de los robustos frutos de su descendencia, invita a la reflexión, empuja al ensueño. Era, cuando podía, un chico solitario, un aplicado soñador. Lo curioso es que aunque anoche recuperé, en el rastreo de la infancia, la imagen del niño que se escapaba de aquel mundo gregario y bullanguero para soñar, no recuerde un solo sueño.
    Recuerdo, en cambio, la terraza.
Nuestra casa era de una sola planta, un edificio cuadrangular, con un frente liso y sin revoque y un patio al fondo que protegía la parra de rigor. A la terraza se subía por una escalera de mano, ancha y sólida, a la que le faltaban los primeros peldaños.
    Cada vez que mi padre declaraba, con tono firme, que esa misma tarde se ocuparía de reparar la escalera, yo temblaba pensando en los primos, encaprichados y llorosos, retenidos en el patio por la escalera desdentada y la aprensión de sus madres. Pasé momentos de verdadera angustia antes de
comprender que cuando mi padre decía «sin falta», «ahora mismo», no expresaba la decisión que me despojaría de mi refugio, sino el fastidio que le causaba la busca de dos cajones de fruta vacíos para reemplazar los peldaños faltantes. Los cajones desaparecían regularmente el sábado y el domingo. Yo los escondía hasta que mis primos dejaban de interesarse en la escalera, se aburrían de pedir un permiso nunca concedido o los mandaban a aturdir en la vereda.
    El panorama que veía desde la terraza no tenía nada de espectacular o misterioso: una laguna de techos planos y terrazas similares a la nuestra, con puntas del tejado a dos aguas de dispersos chalets. se extendía plácidamente hasta donde alcanzaba la vista. A mis pies, entre márgenes de edificios cuadrados, sin gracia alguna, que reflejaban como un espejo la sucinta arquitectura de mi propia casa, corría la calle adoquinada, con pozos que hacían corcovear la bicicleta. Las copas de los paraísos apenas
rozaban la cornisa del techo; en invierno perdían las hojas y me permitían observar a gusto el paso de los vecinos, las mujeres barriendo la vereda; en verano florecían con un olor estruendoso, de una dulzura repugnante que atraía nubes de moscas.
    Pero yo no subía a mirar el paisaje.
    Anticipando un segundo piso que nunca se construyó, había un gran balcón de curva pretenciosa, que se asomaba a Jonte. Era alto, panzón como la proa de esos pesados galeones españoles que ilustraban mi libro de historia. Las duras rectas de la casa y del damero suburbano de Villa del Parque, la tradicional superposición de cuadraturas ejecutadas por un dibujante torpe entre bostezos, se diluía pesadamente en la media circunferencia del balcón, como un intento grotesco de recordar la forma del mundo. Curiosamente, era la falta de paredes, de ventana, de techo, lo que le daba una absurda pero enfática dignidad: la de una nave construida para surcar mares difíciles, pensada para el transporte de tesoros, no para la exploración ni el combate.
    La asociación entre el balcón y el barco corresponde al adulto que escribe. El chico, simplemente, estaba en él. Me gustaría contar que jugaba a los viajes. Pero busco la verdad, no una clave literaria, y la verdad es mi pura presencia en el balcón, sin juegos, sin sueños transmitibles, sentado en unas tablas que mi padre había amontonado ahí y cuyo destino, infinitamente postergado, ni él mismo recordaba. Quieto, paciente, me recuerdo sentado en el balcón como en una playa, de espaldas a la casa, contemplando el mar de casas y de gente. En algún momento de la infancia, quizá porque intuí que hay que dar razones para todo, empecé a llevar libros. Tampoco recuerdo qué leía.
    Menciono la terraza porque del resto de la casa de Villa del Parque, que se vendió cuando murieron mis padres, casi no me acuerdo. Hasta el barrio, al que volví ayer después de una larga, deliberada ausencia, me pareció, de tan impreciso, extranjero.
    Eso, en cuanto a la infancia y no es mucho. De mis años de adolescente tengo aún menos que decir. Me asombra que la familia me considerara excepcional, sobre todo las mujeres, que se llenaban la boca de elogios. Lo mejor de la existencia del otro es que a uno lo arranca de mirar hacia adentro, lo obliga a verse como lo ven. Pero ni las fotos en el álbum de mi madre, ni los suspiros y sonrojos de prima ya crecidas, ni la fácil conquista de chicas en Argentinos Juniors, éxito que coronó e interrumpió simultáneamente Victoria, me convencen de que yo era tan buen mozo como se declaraba. En lo que se refiere a mis singulares virtudes, no poseo otra certeza que el odio encarnizado que despertaba en mis primos varones.
    Una sola vez estuve al borde de la vanidad, cuando una joven vecina, casada y a todas luces feliz con su marido, que acostumbraba tomar sol en la terraza de al lado, cruzó a la mía y me sedujo. Fue hecho en silencio, sin explicación previa. Yo tendría catorce o quince años, ella andaba por los veinticinco.
    Durante un largo verano, a la hora de la siesta, todos los días menos sábados, domingos y feriados, yo trepaba la escalera con esos libros que ya no leía, ella se asomaba, callada, puntual, en el hueco de la suya, agitaba una mano y saltaba el muro bajo de la medianera. Nunca dijo que me amaba o que era un chico hermoso. Nunca, en realidad, dijo nada más que una palabra de saludo, alguna orden instructiva al principio, susurrada para no asustarme o para no alertar a posibles testigos. Un día esperé inútilmente
hasta que se hizo noche. Ella no apareció ni ése ni los días que siguieron y yo volví a leer. Después, cuando las tías adulaban a mi madre comentando la suavidad del cabello, la belleza de los ojos castaños, la sonrisa encantadora con sus dientes perfectos, la elegancia natural de ese único producto de los Paradella de Jonte, yo pensaba, desconcertado y triste, que alguna de esas cosas podrían haber gestado el salto de mi hermosa vecina, pero no habían sido suficientes para retenerla otro verano.
    Con excepción de este episodio erótico, nada hubo de interesante en aquel período de mi vida, que se deslizó, amable, sin cumbres, sin abismos, por tres angostos cauces: el Colegio Nacional Urquiza, el Club Argentinos Juniors, la casa, en la que ya raleaban los primos y me permitía estar solo sin necesidad de esconderme.
    Así llegó el momento de elegir una carrera. ¿Fue ése el punto de encrucijada? ¿Existió alguien, en algún lugar de este mundo tan raro, que apoyó la oreja en el suelo y distinguió mis pasos entre los pasos de millones de muchachos de igual edad y de igual inocencia ante el futuro, y dijo «éste» y me marcó para una fecha y una ciudad, Berlín?
    Mis padres me preguntaron cuál era mi vocación. Respondí que quería ser arqueólogo, me convencieron de la prudencia de estudiar antes medicina, me inscribí en la Facultad, aprobé con brillo dos exámenes teóricos, me desmayé ignominiosamente ante el primer cadáver. Siete años después, me recibía de abogado.
 
(CONTINUARÁ)
 
 
*
Nada de él se marchitó
Sino que el mar lo transformó
En algo precioso y extraño
 
*Shakespeare, La Tempestad, Acto 1, Esc. 11
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Martes, 29 de Abril de 2008
literatura|entrevista con ilija trojanow, autor de la novela el coleccionista de mundos
 
 
"Hoy se está redescubriendo la oralidad"*

 
El último trabajo del escritor búlgaro narra los viajes por la India, Arabia y Africa del excéntrico Richard Francis Burton, un personaje con el que comparte el sentimiento de "que cuanto más extranjero uno se sienta es mejor".

Ilija Trojanow viajó recientemente a la Antártida para una novela sobre el cambio climático.

*Por Silvina Friera
 
Acostumbrado a viajar por el mundo -nació en Bulgaria, con su familia se exilió en Alemania, vivió en Kenia, Bombay, Ciudad del Cabo y París-, Ilija Trojanow (su nombre en búlgaro significa el profeta Elías) aterrizó en Buenos Aires literalmente con lo puesto. "Mi valija nunca llegó, estoy feo y sin afeitar", bromea el autor de El coleccionista de mundos (Tusquets), que se presentó el domingo en la Feria del Libro. A partir de la fascinación que le genera la figura de Richard Francis Burton (1821-1890), el escritor búlgaro recrea en la novela los viajes de ese excéntrico personaje, peculiar traductor de clásicos árabes, por la India, Arabia y Africa. "Yo soy un caso burtoniano; mi postura es que cuanto más extranjero mejor", dice Trojanow en la entrevista con Página/12. "Me mudé a Viena hace poco porque no conozco a nadie y no sé nada de esa ciudad. Es sumamente inspirador caminar por un lugar que no conocés. Por eso no entiendo cómo hay personas que leen guías turísticas, porque el sentido del viaje es que uno se sorprenda."
Considerado uno de los más interesantes escritores de la generación intermedia en Alemania, Trojanow tardó siete años en escribir El coleccionista. "Estuve viviendo cinco años en la India y en ese período hice una serie de viajes importantes, como los tres meses que pasé a pie por Tanzania -cuenta el escritor-. Después de investigar tanto tuve la necesidad de olvidar todo para empezar a escribir; lo fundamental es ver qué se toma y qué se deja del material acumulado. Una casa no va a ser más linda porque se meta en ella todo lo que se tiene. En febrero estuve en la Antártida, y cuando veía la punta del iceberg pensaba que la literatura es la punta del iceberg, pero por debajo hay una estructura que la sostiene." Este viaje reciente tuvo un propósito literario: la próxima novela del escritor termina con una cruzada en la Antártida. "Estoy tratando de ver cómo incluir la catástrofe climática en una novela que funcione. Hace como unos treinta años que hablamos del deterioro del clima, pero prácticamente no hay novelas sobre el tema."
-En la novela, Burton contempla a los nativos y dice: 'Mientras yo sea un extranjero jamás voy a enterarme de nada; seguiré siendo un extranjero en tanto ellos me vean como tal'. Cuando se habla en Europa de integración con el Islam, ¿para usted la solución pasaría por, como planteaba Burton, ponerse en lugar del otro en vez de integrar?
-Para empezar a buscar una solución al Islam habría que empezar por aceptar que este problema en Europa es ficticio, construido. No estoy hablando de problemas económicos, de la falta de justicia social respecto de los inmigrantes, me refiero a una cierta histerización del problema de la integración cultural. En realidad lo que es más interesante en materia de integración es que también existe el conflicto, el malentendido y todo esto hace a la evolución cultural. Existe un refrán en alemán que dice que la comida nunca está tan caliente cuando la comemos que como cuando la cocinamos. En la cotidianidad cultural las cosas están mucho más relajadas, se dan desde un lugar de mayor distensión.
-¿El Islam, entonces, no está tan caliente en Europa?
-En la opinión pública el discurso se calienta demasiado cuando se cocina. Burton hubiera tratado de ver qué hay detrás de ese símbolo. En el mundo occidental, uno podría pensar la relación que tenemos con el cuerpo de la mujer, con la explotación y la exhibición de la desnudez, cómo nos relacionamos con la intimidad y con la desnudez.
-¿Por qué decidió comenzar la novela con una escena real, la quema que hizo la mujer de Burton de los diarios en Trieste, en 1890?
-Me pareció que funcionaba porque la novela juega mucho con la relación entre lo escrito y la oralidad, por eso tiene esa estructura tripartita: el capítulo sobre Africa es oral, en el capítulo hindú hay una tensión entre lo oral y lo escrito, y en el capítulo de Arabia son testimonios de un interrogatorio, por lo cual prevalece la forma escrita. En la medida en que comienzo la novela con la quema de todos estos diarios se abre el espacio que va a permitir versiones escritas u orales alternativas.
-Una interpretación posible de esa quema inicial es que más allá de lo que se escribe las historias permanecerán. ¿Hay una recuperación de la importancia de la oralidad?
-Sí, creo que si hay algo que reconocerle a esta época posmoderna es que se están redescubriendo cuestiones que parecían abandonadas u olvidadas, y una de ellas es la oralidad. En el siglo XIX la oralidad había dejado de jugar un rol importante en la medida en que todo se basaba en lo escrito y se
dejaba de lado lo oral. Vivimos en una época en que aparecen nuevos archivos de la memoria y también la oralidad como un archivo inconmensurable.
-¿Cómo hizo para evitar el cliché del exotismo en la novela?
-Todo el tiempo pensé en la poética de la novela mientras la escribía, y justamente lo que hice en todos los niveles, en la estructura, la perspectiva y el lenguaje, fue romper con la mirada unilateral. En el aire de la novela flota una cierta incerteza, esa apariencia de exotismo que siempre está relacionada con una mirada fija. Además, cada personaje es una especie de outsider de su propio mundo; Burton es un oficial británico, pero es un excéntrico o rebelde, el sirviente ha trabajado tanto para los ingleses que tampoco está en su propio mundo, el escribano parece extrañarse de su familia porque descubre la pasión por la literatura. Las figuras no son homogéneas, y esto remite directamente a una convicción propia de que no
existen identidades culturales fijas.
-Después de El coleccionista publicó el ensayo El choque de civilizaciones, en donde refuta las tesis de Samuel Huntington. ¿Fue la figura de Burton como fusionador de culturas la que le permitió prolongar la novela a través del ensayo?
-Sí, la perspectiva del libro es que toda la matriz cultural está integrada por confluencias culturales. Si tomamos los primeros grandes narradores, Boccaccio o Dante, en materia de forma y contenido, tuvieron una importante influencia asiática. Lo curioso es que esta tesis de que Europa es rica porque ha estado abierta a múltiples confluencias generó reacciones negativas y agresivas, como si Europa hubiera salido puramente de sí misma.
-¿Por qué Europa, cuna del humanismo, se cerró tanto en este siglo?
-Todavía los europeos no terminan de desmentirse o de aceptar el error de que son el centro de la evolución de la civilización. Autores como yo lo que hacemos es enfrentar esto de una forma muy frontal, y a muchos no les gusta.
Una crítica en Alemania sostuvo que era una barbaridad que yo planteara que el racionalismo europeo se había inspirado en la cultura árabe, pero nunca se argumentaba por qué era un disparate o si esa relación no existía. En realidad esa crítica estaba motivada por el deseo de un origen puro. Toda la
discusión en la prensa y en la opinión pública europea está teniendo este tinte esencialista. Los alemanes tienen una tendencia particular a pensar en términos categóricos.
 
 
 
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-9917-2008-04-29.html
 
 
 
 
 
 
*
 
Queridas amigas, apreciados amigos:

 
El domingo 27 de abril del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores colombianos Guillermo Gaviria, Luis Pulido Hurtado y Luis Fernando Franco Duque. Las poesías que leeremos pertenecen a Daniel Malatesta (Argentina) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
 
 
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
 
 
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
 
 
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44  A-5020 Salzburg  AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
 
 
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#155 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Dom, 20 de Abr, 2008 12:21 pm
Asunto: EDICIÓN ABRIL
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40 años después*

   

Cuando era niño y no me dejaban salir a jugar a la calle, el pasillo de casa se convertía en un campo de fútbol, una pista de jockey o un campo de batalla en el que dos ejércitos de soldados de plomo disputaban interminables batallas.
Dentro de la imaginación infantil, los soldados de plomo resucitaban porque hacían falta más y no había dinero para comprarlos o para alargar la batalla. Un dado de corcho de un rompecabezas gigante era la piedra de la catapulta que se lanzaba contra el otro ejército. Un coche de latón era el "obús" que rodando desmembraba a las huestes del contrario. Horas interminables para colocar los ejércitos. Segundos intensísimos para destruirlos.
Ahora me dedico a comprar y vender pisos. Cuando me dijeron que el piso de la Calle Hospital, donde había vivido tantos años y ganado tantas batallas, había sido captado para la venta me ilusionó la posibilidad de volver a verlo. Había marchado de allí hacia más de 35 años pero los recuerdos infantiles quedaron para siempre en mi mente y de vez en cuando en mis sueños.
Di dos vueltas a la llave de aquella puerta tan conocida y entré. El piso era más pequeño. La cocina era diminuta comparada con mis recuerdos. "¿Cómo es posible que mi madre cocinara tantos años aquí?".  El comedor, la galería de cristales emplomados...

Me dirigí a las habitaciones a las que se llegaba a través del pasillo de mis juegos. Este, al contrario que el resto de la casa, seguía siendo enorme y allí, en perfecta formación, estaban esperándome todos mis ejércitos preparados para la gran batalla. Las legiones de romanos, los cowboys, la infantería prusiana,  las unidades autotransportadas...
Tomé despacio el dado de corcho y arrojándolo sobre el ejercito contrario grité: "Tuingggg"



 
*de Joan Mateu.
joan@...









Corredores muertos(*)



Desciendo por los corredores escalonados llenos de pájaros que cayeron y que no se animan a abrir sus alas otra vez y afrontar las navajas con las que el aire corta. Desciendo cada vez más profundo, hacia el centro y principio de sus cuerpos, pero el calor que reinaba se ha congelado. Ahora sólo le buscan
formas al hielo (en vez de derretirlo, cortarlo, eliminarlo) creando un inmenso vacío transparente, una inmensa ciudad fría. Y las plumas han perdido la llave.


*De Valeria Marioni  maiden-marion@...

(*) Texto hecho con el método surrealista de automatismo psíquico.






 
MALDICIÓN DE NIÑO*



El pequeño camión verde con capota de lona blanca, comenzó a fallar y marchaba de cuando en cuando, a los tirones, tosiendo, protestando, y mermaba su ya escasa velocidad; aunque por momentos se recuperaba, y por un largo trecho volvía a andar raudamente. En lo mejor, el ronroneo rumoroso se
interrumpía, y volvía la angustia amenazante de quedarnos en el camino, faltándonos todavía la mitad del regreso a casa.
Aquella mañana fleteamos una carga de muebles, enseres y demás pertenencias de una humilde mudanza, hasta la localidad de Romang, no más distante de cincuenta kilómetros, pero que el modesto transporte requería bastante más de una hora de buena marcha.
Era debido a que en aquel tiempo, estábamos en 1948, ya tenía sus buenos veinte años en sus espaldas, pero sobre todo por lo precaria de su ingeniería. Parecía haber sido montado con partes adaptadas, aunque en los orígenes, esos vehículos aún no habían evolucionado lo suficiente; eran pequeños, el motor de cuatro cilindros era el mismo de los autos de calle, y su capacidad de carga era más bien moderada.
Aparte de la capota de lona, tenía amplios guardabarros negros, salientes y acucharados, típicos de las primeras décadas del siglo veinte. Creo que sólo las ruedas eran más reforzadas y rollizas que los autos, y tampoco tenía duales, como ya eran comunes en los camiones más nuevos. Eso lo convertía, en un módico transporte de corta distancia, especial para acarreos y fletes locales, donde tampoco la velocidad era importante.
Era frecuente que lo manejara mi hermano mayor, que ya tenía trece años, y lo acompañara yo, que ya andaba por los ocho; siempre claro, que no fuera en los días ni horarios de clase. A veces en los tramos firmes y llanos, (todos los caminos de entonces en la región, eran de tierra), mi hermano se tentaba, y lo iba acelerando más y más, hasta "pisarlo a fondo", y eso hacía que el velocímetro; temblando, avanzara lenta y penosamente hasta los setenta, e incluso setenta y dos kilómetros por hora. Nadie en su sano
juicio, ni él, se hubiera animado a mantener por mucho rato esa velocidad, ya que todo amenazaba desintegrarse, empezando por el tren delantero y la dirección, que requería toda la fuerza del conductor para mantenerlo en el camino, así como el trepidante motor que parecía zumbar y bufar al
borde del colapso.
Pero tenía fama de guapo, ya que a ese modelo precisamente, lo conocían como "Chevrolet 4, El Campeón". También tenía sus particularidades, como el sistema de alimentación de combustible, conocido domo "Steward", que aspiraba del tanque por vacío de los cilindros, y luego llegaba al carburador por gravedad. Requería un blindaje seguro en todas sus conexiones, para que no hubiera filtraciones de aire. Si esto pasaba, el combustible no llegaba al alimentador y el flujo se interrumpía. El motor podía, como decía papá: "hacernos renegar", e incluso dejarnos en el camino, como amenazaba en esta ocasión.
Tras normalizarse un momento, volvió a fallar,  hasta que finalmente, al llegar al principio de la gran arboleda, que bordeaba y cubría el camino, con añosas y gigantescas "tipas," por varios kilómetros a la altura del paraje de "La Lola", el camión dijo; ¡basta! Y tras dos o tres tironeos y sacudidas del motor, se detuvo apagándose, mientras por impulso, y poca eficacia en los frenos, el camión continuó unos cuantos metros antes de detenerse.
Después, todo quedó en el  profundo silencio, y la quietud de la siesta del aquel incipiente verano, nos hizo sentir en la mayor soledad e impotencia.
Sólo podía percibirse el arrullo del flamear de la brisa entre las hojas, el aislado arrumaco de alguna paloma en la altísima fronda del boulevard, el apagado roce y el crujido de una rama podrida, que caía y rebotaba sordamente contra el suelo.
Mi hermano y yo descendimos teniendo adelante el frondoso e infinito túnel sombreado, y a nuestras espaldas el camino ya recorrido, ancho y polvoriento, donde el sol daba de lleno, haciendo reverberar el
horizonte y formando algo más cercano, la ilusión de un lago somero de aguas plateadas y temblorosas, como un espejismo. Sobre el campo cercano que se mostraba verdoso y parduzco, por la madurez del girasol temprano, una pareja de "teros" cacareaba amenazante, volando en extensos círculos, ora bajo, ora algo más alto, temerosos y alertas, ante los extraños recién llegados.
Levantamos el "capó", la cubierta del motor, sabiendo que era el bendito tanque de vacío, que estaba chupando aire en el sistema. Probamos a tocar y mover los caños de cobre, ajustando las tuercas y sobre todo rezando para que vuelva arrancar, y aunque tironeando, nos llevara lentamente a casa. Aún
no habíamos almorzado, y esto se sumaba a nuestra angustia. Probamos a darle arranque, una y otra vez. Nada. Teníamos un par de herramientas para estas emergencias; una pinza, un destornillador, una llave "pico loro", alguna de boca, un martillo y casi nada más.
Podía ser el flotante, o la junta de la tapa del tanque; pero era poco conveniente tocar eso, porque podía deteriorarse la junta y empeorar las cosas. Nos quedaba lo que sería lo más probable, revisar las
conexiones.
Mucho no podía hacerse. Lo que casi siempre resultaba era hacer un engaste con hilo de algodón, como una junta entre los terminales y las tuercas que los ajustan. Era una tarea difícil, nunca conseguíamos sellarlos totalmente.
Cuando el vehículo era nuevo, seguramente funcionaba de maravillas; pero desgastado, aflojadas las conexiones por las fuertes vibraciones propias, sin el mantenimiento correcto, esto se convertía en un martirio. A veces se solucionaba, y más adelante fallaba todo de nuevo.
En ese trance, había que reconocer que éramos insuficientes, ¡Qué falta nos haría la ayuda de una persona mayor! En aquellos tiempos, quienes transitaban las rutas, necesariamente eran capaces de solucionar casi todos los inconvenientes, los mecánicos, y los de otra índole. Pero todo era soledad, en aquella aciaga siesta veraniega.

En eso en el horizonte se dibujó un pequeño bulto, que poco a poco fue agrandándose. Mi hermano respiró con alivio. Todo el mundo se paraba a auxiliar a quién sufriera un percance, y estuviera a la vera del camino, detenido y requiriendo ayuda. Era un código sagrado.
Del bulto lejano fue surgiendo un auto, que venía a buen ritmo, trayendo detrás una remolineante nube de polvo, pero no daba señales de detenerse. Mi hermano se corrió más al centro del camino, y ambos hacíamos señas para que se detenga. El auto tuvo que abrirse un poco para esquivar a mi hermano, pero no mermó siquiera la marcha, y pasó sin mirarnos; pensamos que estaría verdaderamente apurado, para no brindarnos la más mínima atención.
Pensar que un momento antes nos creíamos salvados. Ahora mirábamos en silencio como el auto; una rural último modelo, con costados lujosos de cedro lustrado, seguía alejándose, insensible, indiferente.
Mi hermano en su impotencia le lanzó una maldición. Con toda la bronca, como quién tuviera el poder para clamar venganza. Levantó su pequeño puño cargado de nefasta energía.
-¡Hijo de tu madre! ¡Ojalá se te reviente una cubierta!...- y luego en voz más baja, fue agregando aún más condiciones.-¡y que no tengas rueda de auxilio, o esté pinchada!.-, y otras cosas por el estilo.
El fuerte "¡Plooof" nos llegó seguido por el eco de los troncos de las plantas. El auto zigzagueó un instante y se detuvo algo atravesado en el camino. La nube de polvo se fue desvaneciendo. Pudimos ver desde nuestra ubicación, que la rueda delantera izquierda estaba ahora en llanta.
El conductor trabajó arduamente, pero tenía dificultades con el piso algo blando del boulevard, y al parecer no conseguía afirmar el "gato"para levantar el auto.-
Mi hermano saltaba de contento, no entendía cómo había sucedido, pero se sentía ampliamente "resarcido", y pateaba el suelo riéndose mefistofélicamente, quizás en el fondo, tenía "poderes ocultos".
Un buen rato después conseguimos que nuestro "Steward" funcionara, y el motor arrancó lo suficientemente bien como para proseguir viaje.

Cuando pasamos al lado del lujoso automóvil último modelo, ambos contuvimos apenas las ganas de soltar, una estruendosa carcajada.



*de Celso H. Agretti.
celsoagr@...‏










LEEREMOS KAFKA*



     Saldrás con alpargatas de suela de yute, es totalmente necesario que tus pies se aplanen contra el suelo, que la tierra debajo del cemento debajo de las baldosas, que la tierra se comunique con tus plantas transpasando cemento, baldosas, porosa suela de yute.
     Yo llevaré los brazos descubiertos, el sol se reflejará en mi piel y nos iluminará los rostros. Con luz rosada con luz amarillenta nuestros rostros brillarán en medio de las cabelleras despeinadas.
     Por un momento seremos de luz.
     Caminaremos juntos de la mano. Sólo caminaremos de la mano por las gastadas veredas; y miraremos los mismos árboles floridos que tiñen el césped de violeta, repitiendo con exactitud la forma de la copa con el color sutil que luego barrerá el viento.
     Llegaremos a un parque y nos detendremos a señalar los claveles del aire sobre las ramas. Nos preguntaremos los nombres vegetales, y los desconoceremos minuciosamente, uno por uno. Puede que un perro nos mire de lejos, y sabremos que nuestra imagen se formará quién sabe de qué misteriosa
manera en su incognoscible universo.
     Nos sentaremos a permitir que una vaquita de San Antonio busque altura sobre nuestros brazos. Recordaremos algo sobre insectos y territorios, superponiendo otredades sobre esta vaquita que aquí ahora y tan ella misma nos escala.
     El delgado libro pasará de una a otra mano, y finalmente yo tomaré el oficio de médium.
     Leeré morosamente un cuento de Kafka, oscuro y complejo bajo el cielo brillante, tan espesas las palabras en una atmósfera tan diáfana. Mi voz modulará los sonidos y guiará las evoluciones de otra voz que dijo en otra lengua las perplejidades que nos agobian.
     El lapso mágico del cuento desaparecerá el alrededor, apenas un ladrido o voces infantiles penetrarán débilmente el círculo que nos contenga.

 Te quedarás en silencio. No hablaré.
     Miraremos el humo de Praga permanecer unos instantes, temblar y desvanecerse, dejando un aroma a encierro que durará apenas el segundo anterior al que me des un beso.



*De  Mónica Russomanno.
russomannomonica@...
Texto de Noviembre del 2005.







La chica del baile*


La conocí en la fiesta de Pedro. Estaba sentada aparte, en una silla junto a la mesita del rincón del comedor, como si intentara pasar desapercibida. Su mirada iba recorriéndolo todo, con una atención que recordaba una niña curiosa descubriendo las cosas por vez primera.
Enseguida me di cuenta que era una mujer especial, que emanaba de ella una aura diferente, misteriosa y lejana.

Tardé una eternidad en decidirme a dirigirle la palabra. Normalmente no soy tímido, pero de esta mujer emanaba algo que te inducía al respeto. En un momento dado me decidí a acercarme y cruzando el salón, tomé una silla sentándome a su lado. Le dirigí una sonrisa, intentando que fuera encantadora y le dije: " Hola, me llamo Luís, ¿Cómo te llamas?" (Siempre había sido muy original).

Me miró lánguidamente y susurró: "Me encantaría bailar".
Estuvimos bailando durante toda la noche. Flotaba entre mis brazos como si de algo incorpóreo se tratara. Era liviana y frágil. Daba la sensación de poder desaparecer en cualquier momento.

Salimos a la calle al acabar la fiesta y sin mediar palabra supe que la estaba acompañando a su casa. La luz de las farolas alargaban nuestras sombras dibujándolas en el asfalto. Al cabo de un rato se detuvo y me miró.

- Es aquí - dijo. Y soltándome la mano, cruzó la calle deslizándose sin mover los pies,  atravesó la verja y desapareció en el cementerio.

 

*de Joan Mateu.
joan@...








Soledades*



Una tarde, mientras íbamos río abajo en un bote de pescadores, mi padre cerró con furia los puños alrededor de la caña y de golpe se echó a llorar. Llevábamos un largo rato en silencio. Yo tenía los remos y trataba de que la corriente no nos alejara demasiado de la orilla. Hasta entonces su pena me había pasado desapercibida porque para mí él era fuerte y sin fallas. Me demoré un largo rato antes de preguntarle qué le pasaba. Confusamente me dijo que había perdido a alguien a quien quería mucho y aunque era muy católico empezó a cagarse soberanamente en Dios. En ese momento no me importaron nada Dios ni los seres queridos. Me irritaba verlo así, aferrado a la caña, con la cabeza hundida en el pecho y el pelo blanco sacudido por el viento.
Hasta entonces su vida había sido ordenada, mediocre, patriotera. Fluía mansa y previsible como el agua que nos llevaba entre islotes y troncos flotadores. Dios era una inteligencia inasible e inapelable que aparecía cada vez que nos faltaba una explicación. Yo creía en El: todavía me veo rezando a oscuras, pequeño y pecador, pidiendo que fueran eternas las cosas que me hacían dichoso. Era tan joven que sólo pensaba en la muerte como algo lejano que quizás tuviera solución. Lo que pesaba era la soledad. No la soledad de estar solo sino esa otra por la que han escrito los mejores libros y cantares del universo. Ese paréntesis que atrapa una palabra para darle entonación subterránea. El agujero negro, infinitamente vacío, en el que aquella tarde había caído mi padre.
En Tierra de sombras un estudiante de letras dice que leemos para saber que no estamos solos. En Bleu, la protagonista intenta ocultar lo evidente bajo una máscara de fortaleza e indiferencia, hasta que algo se rompe. Por fin, en la edad de la inocencia, el hombre que acepta una vida prejuiciosa y previsible se hunde en las contradicciones de una clase incapaz de dar a la soledad otra respuesta que el orden cerrado y la complacencia hedonista. Miré esas películas el fin de semana y al ver llorar a Anthony Hopkins abrazado al hijo de su esposa muerta, me puse a llorar yo también y me vino a la cabeza esa imagen de hace tantos años en el río Limay. Sin duda, también contaba la culpa, pero eso lo comprendí más tarde. Culpa de estar ahí y ser más joven que él. De no tener todavía nada que amortizar o de estar pagando por anticipado.
Durante un paseo por el campo, el profesor enamorado de una mujer agonizante confiesa su dicha efímera y ella le responde: "La felicidad de hoy anticipa el dolor de mañana." Tierra de sombras habla de Dios y del alivio que ofrece la fe para insinuar que no hay tal .Que Dios es el sufrimiento mismo y no su consuelo. Durante siglos el Creador jugó a ser imprevisible, fuente de amor y verdad, juez supremo incomprobable. Desde que lo inventaron, los hombres han tratado de explicarse para qué les sirve. Y como lo suyo es, a los ojos de la mayoría temerosa, sólo castigo, tampoco él sobrevivió a la oferta y la demanda. Mi padre no podía saber que dios iba a morir tan pronto y yo mismo nunca lo imaginé. En esos días lo habían intimado a dejar el cigarrillo. Rechazó las pamplinas de los médicos y apostó a algo superior. Al Ser Supremo que estaba por encima del bien y del mal.
Naturalmente, perdió. Pero eso iba a ocurrir años después. Entre tanto está llorando mientras un bagre tira de su línea y yo no me animo a acercarme para consolarlo. Me digo que en una de ésas el bote se da vuelta y tenemos que volver nadando.
¿Qué tiene que ver el cigarrillo con el Reino de los Cielos? Mucho, me parece: al placer corresponde un castigo de espantosa agonía. Así pasa  con todo lo bueno en la tradición de judíos y cristianos. Más allá, el goce y la dicha no prefiguran el paraíso sino el infierno. Eso parece decir Richard Attenborough. El amor, si podemos darlo, nos devolverá lágrimas y castigo.
Palabras más, palabras menos, Scorsese sugiere lo mismo. Sólo que no hay amor en La edad de la inocencia. No lo hubo en la vida de Edith Wharton, no podía haberlo en su novela y no es intención de Scorsese mostrar otra cosa. La película, situada en 1857, habla de hoy y de una aristocracia con códigos propios: ocio, manjares, hipocresías, hasta que el amor aparece como una amenaza. Evitarlo preserva el orden social. Eso sugiere, me parece, el impenetrable mayordomo de Lo que queda del día. La autoridad de mister Stevens es proporcional  a la negación de sus sentimientos. El dolor, la alegría, la humillación, resbalan en su alma como gotas de rocío. Todo pasa pero queda la soledad. Para Baruch Spinoza, en su Ética, el control de los sentimientos es la mayor virtud del alma: "A la impotencia humana para gobernar y reprimir los afectos la llamo servidumbre; porque el hombre sometido a los afectos no depende de él, sino de la fortuna." Con Spinoza se pone en claro, desde 1677, que el poder, para ser tal, excluye el amor en cualquiera de sus expresiones. Y que la gente vulgar al mostrar sus afectos los expone a la manipulación y la demagogia.
En sus Diarios, el narrador John Cheever apunta en 1979: "Puedo saborear la soledad. La silla que ocupo, el cuarto, la casa, a todo le falta sustancia (...) Creo que la soledad no es un absoluto, pero su sabor es el más fuerte." El libro comienza con una reflexión bella y perturbadora para mí porque sospecho que así sentía la vida mi padre aquella tarde que salimos de pesca: "En la madurez hay misterio, hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, pero no sé cuándo sucedió ni tengo esperanza de encontrarlo."
Y bien, mi padre era más que eso, o ni siquiera eso: "Nada más obsceno y vano que intentar contener la vida y la obra de un hombre en un puñado de líneas invocadas en el tiempo y la distancia", escribe Rodrigo Fresán en Trabajos manuales. Y agrega: "Cuando un hombre se transforma en el único paisaje posible de sí mismo es cuando alcanza la forma de la soledad. La soledad como territorio. La soledad como forma alternativa de la geografía y de lo biográfico."
Estoy tratando de decir, con imágenes y palabras de otros, que lo esencial de una vida brota en el momento en que nos enfrentamos a las formas más puras de la verdad. Amor, dolor, soledad. Ahí estamos solos, sin Dios, sin patria ni sustento. Un paso atrás, un movimiento en falso y todo está perdido. En la serenidad del bote que bajaba por el Limay, mi padre percibió de golpe su tierra de sombras. Nada de este mundo le resultaba ajeno, pero él no era más que una brizna de polen arrastrada por el viento. Cuando tuvo fuerzas para admitirlo dejó de llorar, recogió la línea y devolvió el bagre a la correntada.




*de Osvaldo Soriano,
En "Piratas, fantasmas y dinosaurios"  Editorial Norma, Bs. As. 1996.





 
SABIDURÍA*

  
   Edipo se acercó a la Esfinge.
     La Esfinge era hermosa y distante.

 
     Simétrico rostro de mujer, bellísimo busto, grácil cuerpo sedente de  animal de presa. Patas delanteras extendidas, laxas; patas traseras prontas al salto. Siempre vigilante, siempre en quietud. Ni dormida ni en movimiento, su calma era la de quien demuestra soberanía controlando el músculo y el erizarse de los cabellos.
     Frágil solidez de quien no puede darse ni al reposo ni a la furia. Pero desde aquí lo vemos; no vio esto Edipo en la mujer animal. Le fue dado el temor y la admiración frente a lo terrible. Y le fue dada, también, la paralizante atracción que halla su sujeto en quien ha de destruirnos.
     La Esfinge proferiría su enigma, su pregunta afilada, certera, aguda; su pregunta que condenaría la falta de entendimiento con la ganada muerte.
     Edipo lo sabía. Había realizado su jornada para el lívido momento en que el enigma definiese su suerte. Y ahora aguardaba. Por un instante miró  el cielo por si fuese última visión, dibujó con ternura la silueta de un  árbol en su memoria.
     Los ojos de la Esfinge eran espejos de cristal de roca.
     Edipo recibió el peso del temor a la propia ignorancia, le tembló el pecho frente a la belleza exacta de ese ser maravilloso de contornos perfectos. La imaginó invulnerable, casi aceptó como inevitable y lógica, acaso necesaria, la desaparición de su contingente persona frente a la evidente solidez de la criatura.
     Este inabarcable ser semejaba conocer los secretos del universo. Su calma merecía ser producto de su seguridad.
     Y la Esfinge ejerció la veladura del silencio para mentir sabiduría.
     La Esfinge, inmóvil como los dioses frente a la agitación de los hombres, ocultó su ignorancia con la lejanía de una máscara hueca, la arrogancia de una pose estatuaria. Su silencio no era otra cosa que un
oscuro despojo, un muro que protegía la nada. Mostraba sólo lo pasible de causar admiración, ocultaba el vacío del centro.
     La Esfinge nada sabía, nada comprendía, y era, como nosotros, hábil para la destrucción pero negada para el acto generoso de crear.
     Su majestad no le permitía dudas o inaceptables cuestionamientos.
Estaba condenada a las sentencias y a la brevedad. Si no hablaba, no se advertiría su carencia. No mostraría la cera en la grieta del mármol, no permitiría cercanías que pudieran propiciar el hallazgo de la imperfección.
     La belleza exacta no se arriesga a mostrar el perfil opuesto, curvar el cuello, producir modificaciones en la obra conclusa. La ignorancia no es capaz de quitarse el velo que cubre su desnudez.
     Edipo, que viendo a la Esfinge veía los ropajes del hierático desprecio; Edipo, quien siendo un hombre se sentía ínfimo frente a un oráculo certero; Edipo, engañado por la Esfinge, la creyó sabia e infalible.
     Antes de que la desmesurada voz declamase el acertijo, se daba ya por muerto.
     Se alegraba, quizás, de su cercana desaparición. Engañado por la aparente esfericidad del monstruo, deseó que su persona imperfecta no manchase la pureza del ser fabuloso.
     Pensó que sería un honor alimentar al prodigio. Se resignó a su destino, acaso lo satisfizo que el hilo de su vida fuese cortado por un adversario de tamaña dignidad.
     Otro instante se demoró la Esfinge en plantear el acertijo. Sabía que la teatralidad le era necesaria para no desmoronarse. La ejercía con impecable oficio.
     Con voz de Sibila, de Oráculo, con voz de Ídolo de bronce y pedrería la Esfinge desplegó las palabras que serían su derrota.
    No era el enigma un cofre inviolable. Edipo halló la llave. Con íntima desazón Edipo halló la llave. Con alivio también, pero con desazón Edipo desató el nudo de palabras.
     Y se alejó luego de contemplar cómo se despeñaba la Esfinge desde lo alto de la Acrópolis. Pensó "no he de despeñarme yo por una falla, no he de morir por orgullo ni ceder a la tentación de la soberbia, y no he de confiar ingenuamente en la sabiduría de las estatuas".
   
 Lo olvidó luego, como a todos los alumbramientos que nos proponemos tallar en la memoria.

                                                                  
 *de Mónica Russomanno.
russomannomonica@...







Acueducto*

Cuántas cosas se veían desde el acueducto. Era muy alto, una cinta clara en el cielo, sostenido por una doble hilera de columnas, y cruzaba el valle por encima de las copas de los árboles. Estaba cubierto por planchas de cemento y se lo podía usar como atajo para ir desde la salida del pueblo hasta la base de un cerro. Se ahorraba tiempo yendo por ahí, porque no había que bajar ni subir y se avanzaba siempre en línea recta. Se oía el agua correr bajo los pies.
El día que anduvimos con mi padre por aquel camino aéreo había mucho sol y se veían nítidas las cimas de las montañas. Yo caminaba bien por el medio, con los brazos abiertos, haciendo equilibrio. ¿Qué ancho tenía el acueducto? ¿Un metro? ¿Más de un metro? ¿Menos? Imposible establecerlo. La memoria está condicionada por el recuerdo del vértigo que me provocaba la altura.
Mirando de reojo, descubría abajo los nidos en las ramas, reconocía los sitios donde sabía que crecía el mejor musgo para el pesebre de Navidad, cada pozo de agua profunda en el río correntoso donde iba a pescar, la casa de un pariente, la de un amigo, campanarios, alguna silueta de hombre o mujer en el camino de la otra orilla. Se veían muchas cosas y sin duda aquel paseo hubiese sido un gran placer si el vértigo no me hubiese impedido disfrutar.
Mi padre me precedía. Una mochila vacía le colgaba del hombro. no se daba vuelta. Llevaba las amnos en los bolsillos. De tanto en tanto, sin detenerse, giraba la cabeza hacia un lado y hacia el otro para seguir el vuelo de un pájaro. Tal vez silbara. Íbamos a buscar hongos y a recoger castañas en los bosques.
Yo, unos metros atrás, miraba su espalda y me preguntaba: ¿cómo hace para moverse tan tranquilo acá arriba y con las manos en los bolsillos? ¿cómo hace para caminar sin hacer equilibrio? ¿cómo hace? Y así lo seguía en aquel aire puro, alto sobre el valle, siempre con mis brazos abiertos, cuidadoso, tratando de colocar los pies en las huellas invisibles que dejaban los suyos.


*de Antonio Dal Masetto.
"El padre y otras historias" Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2002.

 
 
 
 
 
“EL PÁJARO DE LA FELICIDAD”*

 
Hechos
            por lo que hacemos
hacemos
            hechos
 
Me restauro
                   restaurándote
 
El punto blanco
                          en tal
abigarrada
                 oscuridad
da
  
  luna
 
No me imagino
                         más
 
que a un cierto
                        canto
envolviéndolo
                       todo.
 
 
*De Rolando Revagliatti. revadans@...
-“EL PÁJARO DE LA FELICIDAD” de Pilar Miró.


 
 
 
 
Estación Rosario*


 -La mejor carne del país, amigazo: eso se lo aseguro.
Al escuchar la frase, acompañada por un guiño cómplice, Sergio Cejas pensó que aquel barman del vagón comedor le estaba gastando una broma. ¿Turismo sexual en Rosario? ¿Promovido por el Nuevo Ferrocarril Santafesino-Bonaerense? Era de no creer. Y sin embargo, la otrora “Chicago argentina” gozaba de una fama indiscutida en esos temas. La primera imagen que se le cruzó en aquel momento a Sergio Cejas fue la del gran Alberto Olmedo, improvisando como siempre delante de una cámara de TV, quizá sentado junto al inolvidable Javier Portales, o tal vez con uno de los tantos figurines que inevitablemente se lucían a su lado.
La referencia “olmédica” no era casual. En los últimos meses, todo lo que lo rodeaba le parecía una farsa, algo artificial y paródico. Sus ritmos cotidianos, sus escasos placeres, las monótonas tareas que realizaba en esa oficina bancaria que parecía tragárselo día a día bajo toneladas de trámites acaso banales –simulando ser un personaje kafkiano casi contra su voluntad-, hasta su propia vida, parecían haber perdido todo sentido. En caso de haberlo tenido alguna vez…
¿Desde cuándo había notado que su existencia comenzaba a desbarrancar? La respuesta parecía ser la única certeza con la que contase por el momento: desde aquella traumática separación con Evelina, denuncias policiales mediante, durante el invierno pasado. Una época negra de su vida, que aún le dolía en el recuerdo, y cuyos detalles se desdibujaban en el ayer.
¿Por qué se había decidido a viajar en tren? Ni él lo sabía. Los acontecimientos de las últimas horas se le tornaban borrosos. Sólo podía precisar que su propia desilusión lo había conducido desde un departamento desordenado y con sobras de comida por todos lados, hasta las vías. Y que en vez de acostarse sobre ellas en espera de filosos rieles que acabasen con el motivo de su dolor, se había trepado con un violento impulso al primer tren de larga distancia que partiera desde la piojosa estación en la que se encontraba. Trayecto salvavidas hacia Rosario –pasaje de ida solamente- durante el cual había conocido a Ernesto, un simpático barman que le relatara sus desventuras a bordo, apuntando con especial detalle a la increíble historia del camarote embrujado, ocurrida el año anterior, entre las estaciones de Navarro y de Patricios, durante una noche de tormenta.
Aunque no fuera compañía lo que buscaba, Sergio Cejas agradeció la consoladora presencia de Ernesto
–además de la secreta botella de whisky, fuera de inventario, que ocultaba debajo de la barra-. Y sin embargo, la espontánea oferta de sexo lo sorprendió generosamente. Aunque, ¿para qué trasladarse a Rosario para conseguirlo? Conocía algunas esquinas de Buenos Aires donde podía encontrar decenas de ofertas como ésa; nada de travestis, eso sí, no era su estilo. Además del inexplicable traslado en busca de una triste porción de sexo alquilado, también había hallado una inesperada compañía amistosa junto a varias medidas de whisky, al menos para despejar sus ocasionales pensamientos suicidas… Eso estaba muy bien, aunque sólo fuera por unas horas. Ahora: ¿acaso Sergio Cejas ansiaba encontrar en Rosario algo más que aquello, imposible de precisar?
-Hágame caso, amigo -insistió Ernesto, el barman. –Aproveche. No se va a arrepentir.
Ni bien bajó del tren al llegar a destino -seguido de Ernesto, quien comenzó a hacer señas trepado al estribo en dirección a un borde alejado del andén-, se le acercó presuroso un gordo que lucía una larga y lacia cabellera, junto a una barba candado bastante espesa, que no dejaba de fumar cigarrillos negros.
-González Raúl, para servirle –saludó, parco y en un susurro, mientras le daba un breve estrechón de manos. Y agregó: -“Canalla” de alma, para más datos.
Sergio Cejas consideró que no era momento de esbozar siquiera su leve simpatía por la “lepra” de Newell´s. Su interlocutor no parecía muy afable a las diferencias. Y él no tenía ganas de malgastar la poca energía que sentía bullir en su interior, a pesar de la bruma existencial que lo rodeaba.
-El señor busca servicio especial -le informó Ernesto, aún trepado al estribo, como si la oferta de sexo -ajena en absoluto al contexto ferroviario- fuese un extraño rebusque del barman para hacerse unos pesos extras. –No me hagas quedar mal…
-¿Alguna vez lo hice? –retrucó el gordo, y sin aguardar respuesta alguna le masculló a Cejas cerca del oído: -Sígame.
Sergio Cejas, carente de todo equipaje, llevándose a duras penas a sí mismo, lo siguió sin saber muy bien lo que hacía. Todo le daba lo mismo. O tal vez no…
-¿Tiene plata? –lo interrogó el gordo, ni bien subieron a la vetusta camioneta Ika que los aguardaba en una calle lateral. Sergio Cejas asintió, un tanto trémulo, aunque no estaba muy seguro de la cantidad que llevara encima. El gordo no pareció muy convencido de la respuesta, por lo que disparó: -Revise bien los bolsillos, ¿eh? No lo llevo a ningún lado si no hay efectivo.
Sergio Cejas indagó dentro de su ropa. De manera incierta encontró un total de cuarenta y dos pesos con treinta centavos. ¿Cómo había hecho para salir con tanto dinero a la calle, sabiendo que su idea inicial era tirarse debajo de un tren? ¿Y el dinero para el pasaje? Misterio…
-Por mí está bien –aclaró González Raúl, y puso la Ika en marcha. –Siempre que no se ponga exigente…
Tardaron unos quince minutos en llegar hasta un barrio semi marginal, estacionando junto a una casona bastante antigua, cuya elegancia había conocido épocas mejores. Un par de hombres de proporciones considerables conversaban entre sí junto al portón de entrada. Sergio Cejas se atemorizó, y no supo cómo hacer para declinar la oferta. Pero González Raúl ya había bajado y le indicaba junto a la puerta abierta de la Ika, sosteniendo el cigarrillo negro entre sus labios:
-Vamos; las chicas esperan.
Más que a una tarde de placer, Sergio Cejas parecía encaminarse a paso cansino hacia una ejecución. De pronto, el fugaz ratoneo con la fantasía de un encuentro sexual fuera de Buenos Aires se había disipado, dejando en su lugar una cruel sensación de estar siéndole infiel a Evelina. La imagen se avecinó sobre su alma con el peso mortal de un ataúd.
Sin embargo, siguió adelante, detrás de la espalda de González Raúl.
Los fornidos patovicas se hicieron a un costado al ver llegar al gordo. Ambos cruzaron el umbral para encontrarse con una habitación en penumbras, apenas iluminada por un par de trémulos veladores en los rincones, y con el rumor de fondo de una cumbia proveniente de un cuarto del fondo. Sergio Cejas apenas vislumbró un par de siluetas femeninas caminando entre los sillones del cuarto, ajenas a todo lo que las rodeaba. Casi tanto como se sentía él.
-Venga –masculló el gordo por sobre su hombro, sin despegarse el cigarrillo de entre los labios.
Atravesaron el cuarto, impregnado de perfumes baratos, hasta llegar a una de las mesitas iluminada por el velador. Recién al acercarse descubrió a la obesa mujer sentada a un costado que se limaba las uñas con una indiferencia pasmosa.
-Edith: el señor requiere de los servicios de las chicas –informó el gordo, y mientras se volvía le dijo a Cejas al pasar: -Lo espero afuera. Si no estoy, me espera Ud.
González Raúl salió de la casa, y la masculina voz de la tal Edith retumbó cerca suyo: -¿Qué le gustaría? ¿Bucal… vaginal… anal… completo…?
Sergio Cejas volvió la cabeza hacia la mujer obesa y no supo qué contestar. Una sola idea le cruzó la mente.
-¿Qué puedo hacer con cuarenta pesos? –preguntó.
-No mucho -dijo ella, sin levantar la vista de la indiferente labor de la lima. –A menos que no le importe tratar con Isabel…
Él permaneció en silencio, sin entender a qué venía el comentario.
-Las blanquitas y jóvenes son las más caras –comenzó Edith, casi resignada. -Cuanto más entradas en años, más baratas cotizan. Menores de edad no tenemos; vaya a buscarlas a los bulos de los políticos, si las quiere. –Otro silencio contemplativo hacia la tarea manicura, hasta que por fin, recordando de qué estaba hablando, agregó: -Isabel es la tullida.
-¿P…perdón…? –balbuceó Cejas, incrédulo.
Edith ya parecía molesta por tener que hablar tanto.
-Se cayó del tren hace unos años -informó, siempre sin mirarlo. -Ya se dedicaba al oficio, así que después de la tragedia seguía en lo suyo o pedía limosna en el cordón de la vereda. ¿La quiere o la deja? -terminó por impacientarse la mujer obesa.
Sergio Cejas sintió el impulso de escapar, dueño de un siniestro aire de ajenidad, aunque irse de aquel lugar sin haber cumplido el esperado alquiler de cuerpos era similar a cavar su propia fosa hacia el abismo de la desesperación. Afuera lo aguardaba un tren, impiadoso y veloz, al que ningún ruego podría detener, cuyo objetivo fuera el de lanzarse pujante sobre él……y no precisamente para llevarlo como pasajero…
Le parecía estar escuchando la lúgubre sirena acercándose hasta él, estremecido por el escalofrío, cuando se escuchó decir:
-E-está… bien. Me quedo con la …t-tullida…
-¡Greeeeeetaaa!!! –aulló Edith, sobresaltándolo, siempre sin levantar la vista de sus uñas, más que perfectas. -¡Decile a Isabel que tiene visitas!!!
Sergio Cejas estaba a punto de acercarse a la cortina de cuentas de vidrio que separaba la sala en penumbras del pasillo hacia donde imaginaba que estaban las habitaciones, cuando oyó un chistido que lo detuvo en seco.
-Se paga por adelantado –anunció Edith, terminante. –Son treinta pesos. –Cejas dejó el dinero sobre la mesa, con mano trémula. La mujer obesa aclaró: -Si es de los que se impresionan, lo lamento; no hay devolución.
Manoteó los billetes, mirándolos apenas, se los guardó en el escote, y ya no habló más.
La cortina de cuentas de vidrio cantó al abrirse. Una chica delgada y morochita, vestida con una solera de sarga, luciendo una amplia sonrisa rematada en dos enormes paletas de conejo, le hizo una seña para que pasara. Sergio Cejas la siguió, con paso vacilante. El sonido de la cumbia sonaba cercano. Por debajo del perfume barato había un intenso olor a humedad. Caminaron hasta el fondo de un largo pasillo, donde sobre una ajada puerta de madera la morochita golpeó dos veces.
-Pase. Está abierto -respondió una voz de mujer.
La chica abrió, empujó la puerta, y sin borrarse la estúpida sonrisa de conejo se hizo a un lado para que Sergio Cejas pudiera entrar. Una vez que traspuso el umbral, ella cerró la puerta a sus espaldas.
La imagen de la cama en el centro del cuarto con la mujer recostada sobre ella acaparó toda su atención, salvo por la silla de ruedas, antigua y maltratada, que yacía cerca del colchón, con una bata sobre ella. La bombita desnuda alumbraba desde el techo, develando a una chica de unos treinta y tantos años, de tez trigueña, bonitas facciones, cabello enrulado, hombros sólidos, pechos firmes, vientre un tanto abultado y caderas amplias. Algunas cicatrices le cruzaban el abdomen, producto de varias operaciones. Se la veía bien alimentada, el tronco apoyado sobre varias almohadas, y aunque estuviese desnuda por completo, las sábanas le cubrían las piernas desde el borde superior del muslo hacia abajo. O mejor dicho: donde deberían haber estado sus piernas.
-Hola –lo saludó ella. –Bueno… ¡Qué suerte la mía! Dale, vení… Acercate. No siempre me tocan clientes tan finos como vos.
Sergio Cejas pensó la chica se burlaba de él, considerando la desarrapada imagen que presentaba desde hacía tiempo. Se detuvo a pensar en la clase de hombres que visitarían a esta chica a diario, y contuvo sus ofensas. ¿A diario? Algo le hizo pensar que, dadas sus condiciones, Isabel no debía ser muy requerida por los clientes del lugar. Y sin embargo, alguien con sus características hubiera sido muy solicitada por quienes gozaran de perversiones como éstas. Si hasta parecía bonita…
-Vamos, che. No seas tímido –lo incitó ella, tendiéndole un brazo para que se acercara.
Él avanzó tembloroso, sobrecogido por la imagen que contemplaba, sintiendo una honda vergüenza, como si quien estuviese desnudo fuera él. ¿Llegaría a tener una erección sabiendo lo que había –o no había- debajo de aquella sábana?
         De pronto, deslumbrado ante lo inesperado de la sensación, avasalladora como locomotora desbocada, advirtió que lo único que quería obtener de ella era un fuerte y cálido abrazo que lo contuviera. La cruel inermidad que contemplaba sobre aquella mujer le parecía insignificante frente a su propio desvalimiento.
         Caminó hasta el brazo extendido, se sentó sobre el colchón, y antes de que Isabel comenzara a quitarle la campera Sergio Cejas se derrumbó sobre ella, sin mirarla, abrazado a esos hombros sólidos y musculosos como un borracho aferrado a un poste de luz, y comenzó a llorar.
         Un llanto agónico, profundo, de esos sollozos que emergen desde los abismos del alma y pronto se convierten en una caudalosa catarata, devastando cualquier falsa apariencia de normalidad.
         Sorprendida, Isabel le devolvió el abrazo, con una calidez inusual, desconocida para sus cada vez más ocasionales clientes, y comenzó a acariciarle el cabello de la nuca, mientras murmuraba, casi a su pesar:
         -Bueno… bueno… ya va a pasar… No te pongas así… Ssshhhhh…
         Sergio Cejas se aferró aún más a ella, a su piel, a su calor. Ya no le importó saber dónde se encontraba, ni ante quién estaba, ni cuál era su condición. Sólo le importaba saber que existía ese abrazo, ese afecto momentáneo que desconocía la manera de calmarlo, pero que al menos intentaba hacerlo sentir un poco menos solo. Un oasis en medio del desierto, en el que sólo quería refrescarse y beber, de la manera que fuera…
         Sin siquiera secarse las lágrimas, con la mirada enturbiada, comenzó a besarle el cuello, a incorporar a la chica hasta sentarla en la cama, a desplazar lentamente sus manos a lo largo de aquella espalda, descendiendo hacia una cintura donde comenzaba una zona cruzada de marcas, y ascendiendo luego hacia sus pechos, experimentando una ternura insólita, como hacía mucho tiempo no sentía al lado de nadie, olvidando por completo el contrato pactado con la mujer obesa.
         Isabel recuperó parte de su integridad profesional, relegando aquel momento de tierna debilidad, cuidando de no caer en el peor de los errores que podía cometer: enamorarse ante los sentimientos de los clientes. Al tipo éste se lo notaba destrozado, aunque su cuerpo estuviese entero. Ella, ignorando cómo, parecía sentirle el alma partida en pedazos dentro del pecho, y sólo atinaba a abrazarlo y acariciarlo, como si con aquel contacto pudiese combatir sus propios temores. Hasta que volvió a intentar quitarle la campera, y esta vez él le ayudó, reaccionando como un autómata, desvistiéndose en busca de una mayor cuota de calor.
         Una vez con el torso desnudo, y aún sin verla a través de sus lágrimas, que le bañaban las mejillas, volvió a abrazarla. La suavidad de su piel, junto al vibrante roce de sus pezones, lo estremeció, causándole una erección casi dolorosa que lo obligó a desprenderse violentamente del pantalón.
         Tenderse sobre ella y penetrarla fue mucho más que un acto de placer; se convirtió en una desconocida necesidad vital. La prostituta tullida, acaso deforme, se convirtió en la mujer ansiada y amorosa, nutricia de ternura y contención. Y el orgasmo, inexplicable para ambos, los transportó muy, muy lejos, allí donde las palabras carecen de toda significación.
         Las lágrimas se secaron sobre la piel y las almohadas. Los jadeos se extinguieron en una serie de acompasados suspiros. Y ninguno de los dos, sostenido de ese abrazo, atinó a quebrar aquel momento con palabras vacías.
         Sólo después de un buen rato, ambos se irguieron muy lentamente, consiguieron mirarse a los ojos, y sin premeditarlo, preguntaron a la vez:
         -¿Cómo te llamás?
 
 
 
*de Aldima. licaldima@...
 
 
 
 
 
 
*
 
 
¡Cuánto duele pensar, recordar cosas!
Lamentar lo que pudo haber sido
y no fue.
La osadía congelada por el miedo
trocó los anhelos por quimeras.

¡Cuánto soñar, creerse cosas!
Atracarse a la fe, idealizar los tiempos venideros.

¿Para qué volver por el camino andado
y  tropezar nuevamente con las culpas
si no puede regresar la circunstancia, el tiempo?

¿Para qué soñar,
cuando falta la fuerza que convierte
en  realidad las utopías?

Sin embargo, hasta Hiroshima vive.
 
 
 
*De Miguel Crispín Sotomayor arcomar@...
 
 


 
 
 
 
DEL EDITOR DE INVENTIVA SOCIAL:
 
 
 
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El costo de la suscripción en Argentina es de 36 pesos anuales más gastos de trasferencia bancaria o giro. Les ruego a quienes quieran y puedan incorporarse como nuevos suscriptores que me escriban a: inventivasocial@...
 
Saludos afectuosos.
 
*Eduardo F. Coiro. inventivasocial@...
 
 
 
 
 
*
 
 
Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 20 de abril del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Edson Zampronha. Las poesías que leeremos pertenecen a Cláudio Fonseca (Brasil) y la música de fondo será de Mario Guacarán (Venezuela). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
 
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

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Tel. + Fax: 0043 662 825067
 
 
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#154 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Jue, 10 de Abr, 2008 11:51 am
Asunto: BLANCO, NEGRO Y GRIS...
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*
 
 
Nuestros pasos en el riego
el árbol y la palabra,
perfume de albahaca cuando estás
y cuando te marchas
amanecen racimos amargos.
Cuando no estás
la albahaca de tu alma
ruega al horizonte
"verticales al silencio"
Cuando nos vamos sin irnos
hay pájaros que traen abrazos eternos
y dejan cielorrasos heridos .
Todo va delante como van nuestros pasos
en el riego
el árbol y la palabra,
perfume de albahaca cuando estas
y cuando te marchas.
 
 
 
*de ricardo mastrizzo.
 
 
 
 
 
 
BLANCO, NEGRO Y GRIS...
 
 
 
 
 
 
"UN ZOO LA NUIT"*


 
Estaba en él que velara lo que vela
y estaba en él que callara lo que calla

Suyo es el todavía
cuerpo
vivo de su padre.



*

He was to watch over what he does watch
and he was to conceal what he does conceal

His is the still living
body
of his father.
 
 
 
*De Rolando Revagliatti. revadans@...
 
-Traducido al inglés por Leticia Balonés.
*"UN ZOO LA NUIT", filme dirigido por Jean Claude Lauzon.




 
 
 
Ábrete sésamo*

 
Cuenta la leyenda que un sultán Malayo, residente en lo que después fue Kuala Lumpur, manco de nacimiento y  llamado  Syed Sirajuddin Putra Jamalullail tenía como principal afición comer bocadillos que el mismo se preparaba. El secreto de esta habilidad, complicada en un hombre de su condición y limitaciones, se descubrió muchos años después de su muerte.
Caminaba un día el sultán Syed Sirajuddin Putra Jamalullail por el parque de jardines simétricos de su palacio, cavilando en la manera de abrir el pan sin manos, para poder introducir dentro los componentes del bocadillo, cuando recordó uno de los cuentos de las "Mil y una Noches" que contaba Schehrazade al rey Schahriar: "Ali Babá y los 40 ladrones". Uno de los pasajes más celebrados del cuento era el momento en que Alí Babá abría la cueva del tesoro con la frase: "Ábrete sésamo".
El sultán Syed Sirajuddin Putra Jamalullail pensó que si la frase servía para abrir cuevas moviendo rocas, podría usarse también para abrir panecillos. Después de tres días y tres noches gritando, suplicando, susurrando y murmurando lo de "Ábrete sésamo" a miles de panecillos, sin ningún éxito, pensó que alguna cosa le faltaba. Cayó en cuenta de lo obvio: se estaba dirigiendo al pan y tenía que dirigirse al sésamo. Inmediatamente ordenó hornear panecillos espolvoreando sésamo en la superficie y cuando intentó de nuevo abrirlos con el "Ábrete sésamo", los panecillos se fueron abriendo mágicamente.
Desde entonces todos los panecillos de Kuala Lumpur llevan sésamo en la superficie y a partir de este momento, el sultán Syed Sirajuddin Putra Jamalullail, abrió sus propios panecillos e hizo sus propios bocadillos.
Hoy, los herederos del sultán Syed Sirajuddin Putra Jamalullail son una de las mayores fortunas del mundo por haber exportado el descubrimiento de su antecesor alrededor del mundo en forma de franquicias.
Claro que para ello tuvieron que renunciar a hacerlo con su nombre, harto complicado para las civilizaciones de occidente y lo tradujeron literalmente al ingles. Ahora todo el mundo los conoce por Mc Donals. Ni que decir tiene que todos los panecillos de Mc Donals llevan sésamo en su superficie.

*de Joan Mateu. joan@...
 

 
 
 
 
LOCADEMIA ARGENTINA DE NEGROCIDAS*
 
 
Dos policías detuvieron a un joven y le dispararon por ser boliviano. El tribunal aplicó la Ley Antidiscriminatoria y le impuso a uno de ellos una dura condena. El otro fue sometido a una pericia psiquiátrica. Eso es correr detrás de la desgracia ya consumada. 
¿No sería mejor someter a pericia psiquiátrica a la Escuela de Policía que los egresó.?
                                  
 
*de Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@...
 
 
 
 
 
 
 
Jueves, 10 de Abril de 2008
La zona gris*


*Por Sandra Russo
 
 
A una chica de Zona Norte las compañeras le pegaron porque era muy linda.
Vaya razones, criaturas. Están pasando algunas cosas raras con las púberes, de las que conviene tomar nota. Hay explotando una nueva sexualidad adolescente, que incluye la ambientación mental del porno. Un amplio sector de las niñas de vidas amables se da permisos insólitos. Pero tratándose de un giro de época, marcado a fuego por el mercado, habría que preguntarse o invitarlas a preguntarse si esos permisos se los toman, o si se sienten obligadas a tomárselos, para estar a tono unas con otras, y así
sucesivamente.
Los estudios de algún remoto instituto de sexualidad norteamericano, si uno se tomara el trabajo de buscarlos, seguramente tendrán alguna estadística sobre adolescentes peteras o algún trabajo sobre la incidencia del pete en la satisfacción con la que algunos varones de hoy sobrellevan las relaciones
estables. (El solo y simple hecho de que a la fellatio se le pase a decir "pete" implica necesariamente la domesticación de lo exótico: ese mismo movimiento vuelve trivial lo excitante. Por una fellatio un varón tenía que esperar. Hoy, la cultura popular indica que un "pete" no se le niega a nadie. Si hay onda, se entiende.)
La revista Cosmopolitan, biblia de nuevos usos y costumbres que en general suelen ser siempre los mismos, filtraba sin embargo en octubre del año pasado otra nueva escena de la sexualidad adolescente. Cosmo lo titulaba "Un nuevo tipo de violación".
El fenómeno pertenece al mismo reino que las peteras, los cócteles de alcohol y tranquilizantes, los boliches donde se admite sexo en los sillones, el valor en alza de la puta sobre el de la chica new romantic, los sitios porno dedicados exclusivamente a adolescentes borrachas. La nota habla de "una zona gris", un límite borroneado entre la relación sexual ocasional consentida y la relación forzada.
En rigor, de lo que está hablando es de un límite borroneado, no por el varón de la escena, sino por el alcohol que tomó la chica, y que no le permite recordar exactamente si pasó o cómo pasó. Uno de los sueltos de la nota informa que "tres de cada cuatro de las víctimas están borrachas cuando
ocurre el ataque".
Es interesante el planteo de si esto constituye o no una nueva forma de violación. Todos recordamos a la joven y fumada Jodie Foster en aquel bar de la película, coqueteando en la máquina de música. Y experimentamos el sentimiento asqueante de aquella violación múltiple, una escena que tuvo por
víctima a la chica que no por fumar ni coquetear indujo a nadie. Pero no se trata de una historia así, en singular. Se trata más bien de una tendencia a depositar en "la zona gris" las decisiones, las elecciones, las convicciones que debe hacer una mujer en cada etapa de su vida. Se trata de estar conscientemente (esto es: públicamente) a favor o en contra de determinadas actitudes, pero sin necesidad de sostener lo que se cree, porque a "la zona gris" se llega después de la pastilla, las gotas, los tragos, en fin, se
llega vulnerable. Y sobre todo, ya institucionalizada, codificada, descripta, a "la zona gris" se llega queriendo desentenderse de la responsabilidad sobre el propio cuerpo.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Jueves, 10 de Abril de 2008
NUEVA PROPUESTA DE ARTICULACION ENTRE PSICOANALISIS Y MARXISMO
 
"Lo imposible no cesa"*

 
"Marx no discriminó quiénes son los ricos y quiénes son los amos. Lacan sí los diferenció, y la diferencia es muy importante", sostiene el autor de esta nota, que procura reencauzar la articulación entre psicoanálisis y marxismo a partir de una pregunta: "¿Cuál es mi valor para el otro?".


Por Sergio Rodríguez *
 
El capital, de Karl Marx, es el mejor análisis existente de la lógica capitalista. Lo fundamentó en su teoría del valor. Jacques Lacan, por lo menos a partir del seminario El revés del psicoanálisis, hizo explícitamente suyas las aseveraciones de Marx sobre el valor. Creo que también hizo suyos los criterios marxistas sobre las condiciones objetivas para las crisis sociales: el conflicto entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. Y creo que por eso dijo Lacan (en "Radiofonía y televisión"), que Marx fue el primero que discernió el síntoma. En cambio, Lacan fue irónico sobre la creencia en la revolución, diciendo que era una vuelta de 360 grados, que volvía al punto inicial.
Desde muy temprano, Lacan planteó que una pregunta funda al hablante ser en el lazo social: la pregunta por el reconocimiento del otro. ¿Qué quiere el Otro de mí? ¿Qué me quiere? ¿Qué soy para el Otro? ¿Qué soy en el Otro? Es una pregunta clave. Uno se la hace todas las mañanas, todas las noches,
todos los días. Es realmente nodal por una razón muy sencilla: el ser parlante no puede funcionar de una manera relativamente pasable si no es en vínculos sociales. Por lo tanto, siempre tiene que estar preguntándose qué quiere el otro de él y qué es él para el otro. Esas preguntas las reduzco a una: ¿Cuál es mi valor para el otro? E, invertido el mensaje: ¿Cuál es el valor del otro para mí? Las parejas se sostienen o se separan en función de esa pregunta. Si el otro vale para mí lo suficiente, voy a hacer todo lo posible para que no se vaya de mi lado. Si yo valgo para la otra lo suficiente, ella también tratará de hacer lo posible para que no me vaya de su lado. En el momento que ese valor cae, se acabó la pareja. Claro que las cosas no son tan sencillas. Un concepto fundamental de Freud es el de sobredeterminación. El síntoma tiene múltiples determinaciones, y no somos otra cosa que productos sintomales. Pero la estructura del lenguaje instala aquella pregunta como clave para subjetivarse, aunque no llegue a enunciarse en la conciencia.
Esa pregunta por el valor se refiere a los deseos y a los límites de los goces. De ahí que, también, sea pregunta clave en la economía política.
Subtiende el esfuerzo para que el ser parlante funcione en lazos sociales, en relación con sus deseos y sus goces. Por eso éste lógicamente es un homo eroticus. Como consecuencia: mercator, faber, sapiens. En castellano: a partir de su erogeinización y juegos en la primera infancia, será luego, con mayor o menor grado de sublimación, mercader o fabricante; lo cual le exigirá buscar saber. Pero con punto de partida en el deseo de comerciar. No puede vivir por fuera de comerciar lo que producen otros y él mismo, sea
como vendedor o como comprador. Aunque imaginariamente esto aparezca invertido, no se comercia para vender lo fabricado, sino que se fabrica a partir de las exigencias de comerciar. Por las faltas, por las carencias, por los plus. Podemos suponer al homo erectus prehistórico, intercambiando en los núcleos familiares: desde el amamantamiento y la sonrisa entre madres y cachorros, hasta utensilios, frutos recolectados, los productos de la pesca y de la caza. Gozamos canjeándolos, usándolos, haciéndolos.
Entonces, el sector llamado secundario de la economía, comercio y servicios, es por lo menos tan importante como el primario, la producción. Creo que Marx subestimó y en cierta manera despreció el comercio, lo cual generó condiciones para que los socialismos reales se fundamentaran en una
organización piramidal planificada y centralizada del intercambio.
Consecuencia: arrasamiento de deseos y goces de los sujetos. Resultado: se inutilizaron sus economías y volvieron al capitalismo.
Ricos, amos y parásitos
Goce, en la nomenclatura propuesta por Lacan, no quiere decir placer; tampoco, sufrir; sino sentir el cuerpo, sea por el placer o por el sufrimiento. Y Marx decía: "A lo largo del proceso de trabajo, éste se trueca constantemente de inquietud en ser, de movimiento en materialidad" (El capital, T. 1, cap. V). Si hay alguien que siente el cuerpo es el trabajador. Como sostenía Marx, los amos se quedan con una plusvalía que produce el trabajador. Pero a Marx -muy enlazados aún sus ideales con los de la Revolución Francesa- le quedó afuera una función. No discriminó amos de ricos. Lacan sí los diferenció, en El revés del psicoanálisis, y la diferencia es muy importante. No siempre el amo es rico, no siempre el rico es amo. Se puede ser rico y no ser amo: se puede ser parásito, vivir de rentas heredadas. El amo, en cambio, arriesga su capital. Hay unos más aventurados que otros, pero se desloman para que su empresa salga adelante en el mercado. No idealizo a los amos. Alguien que, como suele decirse, viene de abajo y que trabaja cerca de la cúspide de una de las corporaciones más importantes de la Argentina, recordaba cuando, en su infancia, la principal preocupación en su familia era cómo llegar a fin de mes con dinero
para comer. Lo recordaba después de haber participado en discusiones de la plana mayor de la corporación, sobre cómo harían ese mes para tener dos puntos más de ganancia que la principal competidora. El tema no era ni siquiera tener más plata para reinvertir, sino, ese fin de mes, quién la
tendría más larga... quién se llevaría el valor fálico como trofeo. Pero la mayoría de los trabajadores no se proponen ser amos. Prefieren vivir tranquilos bajo la protección del patrón. Ilusión poco afortunada, como lo mostró el 2001 en la Argentina, cuando muchos se encontraron de golpe sin patrones, sin paraguas...
La renegación de la función del agente en tanto amo lo llevó, como a los anarquistas y al resto de los socialistas, a suponer que podían funcionar sociedades sin amos. Apostaron a educar la conciencia de los trabajadores, se ilusionaron con que los obreros pasarían de ser una clase "en sí" a una clase "para sí". El descubrimiento, por Freud, de la función del inconsciente, y, por Lacan, del ser hablante atrapado como objeto, desnuca esa ilusión. Los anarquistas no llegaron a instituir nunca alguna sociedad
trascendente que funcionara con mínimos niveles de eficacia. A los comunistas los amos les volvieron rápidamente desde lo real de sus propias burocracias.
El deseo de Marx
Marx planteó en los comienzos de su obra mayor: "La mercancía es, en primer término, un objeto externo, una cosa apta para satisfacer necesidades humanas, de cualquier clase que ellas sean. El carácter de estas necesidades, el que broten por ejemplo del estómago o de la fantasía, no interesa en lo más mínimo para estos efectos. Ni interesa tampoco, desde este punto de vista, cómo ese objeto satisface las necesidades humanas, si directamente, como medio de vida, es decir como objeto de disfrute, o indirectamente, como medio de producción" (El capital, T. 1, cap. I). Esta definición coloca a la mercancía en el cruce entre deseo y goce. El valor de uso de una mercancía depende del servicio que preste a quienes la adquieran.
Servicio no sólo práctico, sino también por el lugar que ocupe en las fantasías, más allá y más acá de sus necesidades. Probablemente ésta de Marx fue, antes de Freud, la descripción más aproximada de deseo y goce y de su soporte en fantasías. Marx llegó a ella definiendo mercancía y valor de uso.
Actualmente se venden obras de arte por muchos millones de dólares. ¿Por qué llegan a ese precio? ¿Por el trabajo socialmente acumulado, como diría Marx?
Sí, si incluimos el deseo del Otro. Deseo que se despierta en quien, causado por él, demanda y, teniendo condiciones de posibilidad, paga por el original. Entonces, incluyo en la facturación no sólo al agente actual y sus trabajadores, sino también al deseo, el goce y las condiciones de posibilidad del demandante. En los '90, los economistas reconocieron que la demanda podía ser sugerida por la oferta. Invirtieron la suposición imaginaria habitual de que algo se demanda porque es necesario. Promovieron
ofertas elaboradas a través de estudios cuanticualitativos de mercado para imponerlas a través de la publicidad. Recordemos cuántos aparatos, con enorme cantidad de funciones que no usamos nunca, hay en nuestras casas.
Esos señores tuvieron razón. Supieron engendrarnos la demanda, llevándonos a renegar de la castración a través del goce de poseer algo que no usaremos pero que nos hace suponer completos.
 
 
 
*Extractado del trabajo "Herramientas del psicoanálisis, para la cultura y las políticas", parte de un libro en preparación que su autor dedica a la memoria de, entre otros, "Adolfo Rotblat, Carlos Mugica, Atilio López, Roberto López, Lucho Aguirre, Enriquito Grinberg, el Negro Quieto, Marcos Osatinsky, Eduardito Marino, Sergio Schneider, Huguito Goldman, Marcelo Kurlat, Marina Malamud, el Gallego Fernández Palmeiro, René Salamanca, Jorge Julio López y tantos otros miles, asesinados por tratar de lograr una sociedad mejor".
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Magia Nocturna*

 
 
El brillo de las estrellas
cae sobre la noche,
sueños e ilusiones se enredan
en los hilos de plata.
El silencio rescata
la profundidad de los pensamientos,
la serenidad del cielo
habita en las mentes.
Los rayos de la luna
pintan las almas,
en el espacio se huele
el aroma de la dicha.
El aire se impregna
con el perfume del misterio,
los labios se deleitan
con el sabor de los besos.
La magia nocturna resplandece
en los caminos solitarios,
vuelan los recuerdos
acariciando las nubes.

           
 
 
*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva@...

 
 
 
 
 
*
 
Queridas amigas, apreciados amigos:
 
 
 
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ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
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#153 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Lun, 31 de Mar, 2008 12:39 pm
Asunto: EL FUTURO AL REVÉS...
inventivasocial
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*
 
 
 
Sobre el muro de la memoria tacho tu nombre hoy,
Cierro mi mente a tu recuerdo para no volver tras mis pasos.
Para no escucharte en los gritos sordos que me atormentan,
Para dejar de mirar con los ojos nublados el futuro al revés
Para por fin salir del eterno ensueño
y alejar de mis manos lo que alguna vez fue cuerpo.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
EL FUTURO AL REVÉS...
 
 
 
 
 
El iceberg*
   
 
Aquella mata de pelo negro azabache, ensortijado y largo, que se movía a favor del viento y contrastaba con el blanco casi azulado de aquella masa de hielo enorme pertenecía a la amante. Una belleza pura, que se encontraba montada en lo más alto del iceberg y dirigía sus miradas al mar infinito que se extendía a sus pies.

Los ojos verdes, entornados para paliar el sol del ocaso, pertenecían al amante, que estaba un poco más abajo que la mujer y que mantenía su mirada sobre ella, como intentando acariciarla, protegerla, poseerla.

Los amantes, navegando sobre el buque de hielo, se miraron tiernamente y se juraron amor eterno. Por desgracia el iceberg no duró tanto.

 
*de Joan. joan@...
 
 
 
 
 
 
 
 
El corazón de la artista*


 
*Por Miriam Cairo
 
 
La calle es un escenario asombroso. Frente a la agencia de lotería, una artista callejera, con rastas amarillentas, una babucha de bambula anaranjada y camisola con arabescos, exhibía el corazón de un hombre enamorado.
El corazón latía sobre un pie de fibrofácil y no se estremecía por las fuertes ráfagas de viento. Su insuperable color rojo no cambiaba de tonalidad cuando le sacaban fotos con los celulares. Tampoco se oscurecía por las sombras cuando el sol caía detrás de los edificios. Intacto y rutilante desplegaba su brillo y su música inimitables.
La artista se esmeraba en que el público no pisara la manta blanca que enmarcaba los límites de su escultura viviente. A medida que el sol se escondía, ella fue encendiendo una a una las velas aromáticas. El corazón, inmune al tiempo, ante los ojos extasiados continuaba su delicada obra de contraerse y expandirse, subyugado más por su propio frenesí que por el aroma de esencias energizantes.
Sin proponérselo nadie, la noticia llegó a la ciencia, cuando una mujer a quien le impresionaba ver cosas verdaderas, arribó a la guardia del hospital de emergencias con una lipotimia escalofriante. Los médicos no daban crédito al relato de la paciente, porque los corazones de los hombres enamorados son muy escasos, y además, tienen prohibida la exposición pública. Sin embargo, la mujer con sus enormes ojos de persona, insistía en que ese corazón prodigioso y sangrante, no era el de un galán de televisión, ni de un
candidato a concejal, que son los símiles más propensos al escaparate, sino el de un hombre. Un hombre enamorado.
Los residentes que salían en el turno de las 20, movidos más por la curiosidad que por el crédito científico, decidieron ir hasta el lugar de los hechos y ver con sus propios ojos, la obra de la artista. Aunque es bien sabida la devoción de los médicos por las artes plásticas, los doctores matriculados prefirieron no considerar esta expresión de vanguardia, que no se puede colgar en la sala de espera del consultorio o en living de la casa.
Los residentes de tercer año, en cambio, gozaban de cierta impunidad de personal no colegiado y decidieron averiguar si era posible que alguien pudiera tallar el prodigio de poseer el corazón de un hombre enamorado.
Para su sorpresa, observaron que el corazón en verdad pertenecía a un hombre de entre cuarenta y cincuenta años. Era además, el corazón de un hombre cardíacamente sano. Algo de sobrepeso quizás, pudieran denunciar ciertas adiposidades adheridas al pericardio. Pero esa mirada forense no les impedía ver que el corazón estaba enamorado.
Los psicólogos, por su parte, prefirieron programar jornadas de reflexión en torno al fenómeno latiente. De inmediato mandaron imágenes al blog y desparramaron por internet las urgentes invitaciones. Los medios televisivos obviaron la novedad. Permanecieron en alerta por si ocurría una catástrofe.
A las 20.30 los negocios habían cerrado y la concentración de espectadores aumentaba. Las velas se consumían y la artista, con movimientos de ave, las reemplazaba. La brisa y el rocío estremecían los hombros desnudos de la gente pero el corazón latía ajeno a las inclemencias sociales y climáticas.
La medianoche no detuvo el constante peregrinar del público pero la muchacha de rastas apagó una a una las velas con paciencia creativa. Para culminar la obra se abrió el pecho y guardó el corazón al lado del suyo. Nadie atinó a dejarle una moneda, ni a brindarle un aplauso porque el arte tiene esas
cosas. A veces se funde en el gran jamás.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Republica*
 
 
 
*Por Antonio Dal Masetto.
 
 
Recibo una tarjeta con un lindo escudo en la parte superior izquierda y una bandera en la derecha. En el centro, con letras doradas: Republica de Barloventia, calle barlovento al 2300, entre Gerundio y Mazapán. Y abajo: déle un golpe de timón a su existencia -la utopía del mundo mejor que siempre soñó al alcance de su mano-, cásese con una de nuestras ciudadanas, lindas, honestas, sanas de espíritu, trabajadoras.
Me tomo un taxi y me voy a la calle barlovento al 2300 a ver de qué se trata. Llego y le pregunto a un vecino: -¿estoy en la Republica de Barloventia?
-Efectivamente, esta vereda y la de enfrente.
-Recibí la tarjeta y estoy interesado en la propuesta. ¿Con quien tengo que hablar?
-Puede hablar con cualquiera, esta es una republica horizontal, no hay autoridades.
-Si no hay autoridades me interesa más todavía.
¿Como se origino la Republica de Barloventia?
-Un día nos cansamos de que nos robaran con los impuestos, con el gas, la electricidad, la sanguijuela de los bancos, la educación deficiente y la pesadilla de la atención sanitaria, para no hablar de la otra peste que son los representantes políticos. Así que nos reunimos los vecinos de la cuadra y dijimos: basta de soportar tantas calamidades. Y sin dar muchas vueltas decidimos constituir una republica independiente.
-¿Y como hicieron para cortar con todo?
-Empezamos por dar de baja los medidores de luz, de gas y dejamos de pagar todos los impuestos. Instalamos pantallas solares, molinos y las viejas cocinas económicas a leña. Cada casa tiene su huerta y su gallinero. Se cultiva inclusive en las macetas. Todas las compras se hacen dentro de la republica; el trueque es un recurso que adoptamos a menudo. Se negocia afuera solo cuando es imprescindible. Ahí enfrente, en la casa amarilla, el medico de la cuadra instalo una unidad sanitaria. Recurrimos al exterior
exclusivamente en casos de alta complejidad.
En la esquina, la señorita Beatriz, nuestra maestra jubilada, acondiciono su casa para que funcione como escuela. En el programa de enseñanza hay una nueva materia, la historia de nuestra joven republica. Para prever apuros económicos de los ciudadanos fundamos una mutual. Antes de la gran raviolada dominguera, se discuten entre todos las decisiones importantes.
-Veo que en la puerta de cada casa hay fotos de ancianos, ¿quienes son?
-Nuestros ancestros, nuestros proceses. Los viejos se preocupaban para que no se perdiera lo que sabían sobre las calamidades, se lo pasaban a sus hijos para que estos a su vez continuaran la cadena. Retomamos sus tradiciones que estaban un poco olvidadas; cada uno de nosotros concurre a la escuela de la señorita Beatriz y dedica unas horas de su día a transmitirles a los jóvenes lo que aprendió sobre el tema.
-Me llena de entusiasmo lo que me esta contando. Un solo detalle no me queda claro. En la tarjeta que me mandaron hay una muy interesante oferta de casamiento con chicas lindas, honestas, sanas de espíritu y trabajadoras. No alcanzo a entender cual es la relación entre el casamiento y los principios
de la republica.
-Me extraña que no se haya dado cuenta, se cae de maduro, aquel que se lleve a una de nuestras chicas se lleva a una pionera, y los muchos hijos que sin duda tendrán, vayan donde vayan, difundirán el espíritu de barloventia y su lucha contra las calamidades.
-Dígame donde tengo que firmar y cuando puedo conocer a mi futura esposa.
 
 
 
 
 
 
 
 
*
 
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#152 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Lun, 24 de Mar, 2008 12:42 pm
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El sobreviviente*



Ellas marcharon por última vez
secaron espinas de sus pies llenos de Plaza
maratón impostergable de los jueves
lo buscado aún no regresa
tal vez se encuentre bajo tierra o al fondo del mar
tal vez no existe solaz ni cielo
sólo una tregua
pañuelo blanco desplegado
bandera de mi país
alumbrando el grito silencioso
la búsqueda del retoño
la palabra sin mordaza
sin capucha comenzó a gatear la justicia
probando equilibrio nos pusimos de pie.
Con unas Madres desconocidas y locas
aprendimos cómo se camina desde la Plaza de Mayo.
Jamás importó el frío la lluvia ni el miedo
el desafío era no olvidar.
Y está ileso.


 
*de Diana Poblet. soydian@...

 
 
 
 
 
 
TRÍPTICO III*


Sostiene a mi barca ósea una mar de sueños*


Ahondo la mirada tras las señales.
No me quedo en ellas.

Voy hacia lo que las produce.
Hacia lo oculto.

Mis sensaciones se asombran cautelosas.
Es una mar de sueños.

Cauteloso, voy navegando con mi barca ósea.
Voy cruzando el día.

Navego sueños posibles, sueños no soñados
Sueños de olvidos y de regresos.

Es la mar de los sueños del mundo.
Es la mar donde navego
Donde el día permanece
Donde lo cruzo.

Sostiene a mi barca ósea una mar de sueños.


 
Luna no conquistada*


El idiota que burbujea palabras
o el inventor del invento,
el que abre sus manos con aves flamígeras
o el decorador de horizontes no dibujados,
el que mata por derecho o por matar,
el suicida
el bien informado
el enfermo de sol y arena
el que simula vuelos que no tiene
el que al cerrar los ojos no los cierra.
Todo hombre sin importar rango,
color, genética, continente, lengua,
océanos atravesados, guerras hechas y por hacer,
lunas conquistadas, colonias sometidas,
sueños devorados, palabras inconclusas,
gestos alucinados...
Todo hombre, alto, flaco, bajo, gordo,
atlético, deforme, sedentario.
Todo hombre es una señal habitable,
es un cosmos, es dios en su seno,
es la terrible soledad de saberlo,
es la libertad invernando,
es la duda que mora en la respuesta,
es la verdad inconclusa,
es un cielo a dibujar, es una luna no conquistada.


 
Poema sin ton ni son*

Subiré las escaleras para encontrar mi rostro.
¡Rascacielos! ¡Rascacielos! Gritaré
y la honda cicatriz del desparpajo
            se abrirá.

Carcajada de loco embriagará las palabras
El descalabro del alfabeto será inminente.

Nada impedirá que me trepe a una nube
            a su azotea
y salude a los ángeles diseminados
como fáciles remiendos de la mística.

Treparé por los pies de una mujer
            poro a poro
para hundirme en su boca
y cuando encuentre el espejo que me anida
            gritaré
gritaré hasta el cansancio
            hasta la agonía misma.

Recién allí, cuidadosamente demente
extenderé mis manos imitando pájaros
            y anudaré el silencio.


*de OSCAR A. AGÚ cachoagu@...
Con un abrazo, desde Santa Fe -Argentina-
 
 
 
 
*
 
Vértigo:
Como en una
“vuelta al mundo”
de un parque antiguo de diversiones
en los que te dejaban un rato
allí arriba
y la silla se bamboleaba
y el estomago se subía a la garganta,
cuando me asomo al BALCON
buscándote, esperándote
aún tengo la misma sensación
es como un ir y un venir
un llamarte y un llamado misterioso
entre el miedo y la aventura
la espera y la desesperación
no puedo estar más de –creo-
un solo minuto
porque  el estremecimiento
embriaga y atormenta
esa poderosa atracción
que arrastra  tocar el vacío
 
*de Azul. azulaki@...
 
 
 
 
POEMAS DE Gerold SCHODTERER

 
 
¿PODEMOS SER VERANO SIEMPRE?[1]
 
 
Primero un soplo, después siempre más recio
amarillo, rosa, verde, blanco, rojo, azul, violeta.
Cantos de aves después del silencio.
 
Primavera.
 
Los primeros capullos aparecen.
Ha llegado el tiempo de mirar alrededor.
Posibilidades insospechadas.
Tiempo para el arranque.
Tiempo de desarrollarse.
Comenzar cosas nuevas planeadas desde antes.
 
Prosperidad abundante.
Calor.
Torrente de vida que se regala.
El olor a heno.
Susurros de viento en las coronas de hojas poderosas.
Cortina brumosa, sofocante
delante de las líneas dentadas de las cimas.
 
Verano.
 
Fuerza única desbordante, pulsante tiempo de madurez.
Tiempo para los quehaceres.
Tiempo para realizaciones y crecimientos.
Tiempo para el concierto de los grillos.
 
Los primeros hilos invisible en el rostro.
Noches frías – hileras de niebla.
Colores fuertes de la madurez.
Colores solemnes, impresionantes de lo que se va muriendo
como un signo del ciclo eterno, discretos,
los capullos ya preparados para el nuevo comienzo.
 
Otoño.
 
Tiempo de la cosecha.
Tiempo de almacenar reservas.
Tiempo de invertir para el futuro.
Tiempo de paladear las frutas.
Tiempo para un agradecimiento con ojos eleveados.
Tiempo de prepararse para el silencio.
 
Silbidos helados a través de la maraña extravagante de ramas
De gigantes coronados de negro.
Ruidos como graznidos,
seguidos de trémolos negros.
Hálito visible, frescor helado delante de los ojos.
Edredón que protege el sueño.
 
Invierno.
 
Tiempo para el descanso.
Tiempo para econtrarse, para meditar.
Tiempo para dejar madurar ideas y planes.
Tiempo de vaciarse para lo nuevo.

 
 
 
EL SER INTERIOR[2]
 
 
 
Ser libre comienza en el interior
bien adentro,
donde todas las voces afinan,
donde existe claridad, sabiduría, verdad,
donde fluye el río de la unidad.
Donde nuestro ser,
que llamamos también fuerza primigenea,
espera a que,
nosotros la reconozcamos.

 
 
 
JUNTOS[3]

 
Es el fuego
en las tinieblas de la noche
la luz,
que colocado sobre toda oscuridad
que a nosotros con su calor,
su brillo custodia
y nuestro camino
hasta el horizonte ilumina.
 
 
Están en nosotros las tinieblas,
el fuego y la luz
y nuestro libre albedrío
nos deja espacio para jugar,
si ambos fuegos en nosotros
rompen la oscuridad,
estamos entonces preparados,
para sentir la brasa del amor.
 
 
 
 
AGRADECIMIENTO
 
 
Padre, te agradezco,
que me has educado.
 
Padre, te agradezco,
que un hogar me has construido.
 
Padre, te agradezco,
que no me has mentido.
 
Padre, te agradezco,
que siempre en mí has confiado.
 
Padre, te agradezco,
Que mi vida has modelado.
 
Padre, te agradezco,
que como un hijo me has tratado.
 
Padre, te agradezco,
que la libertad me has regalado.
 
Padre, te amo,
ahora en la vida andar puedo.
 
 
 
 
E-LIMINAR
 
 
 
Soltar
significa dejar salir
mediante sufrimientos,
lo estancado
en nuestro corazón.
 
 
Lo retenido
parirlo como a un niño.
La represa
interior vaciarla.
 
 
Para llenarla con fuentes frescas,
ser transparente,
saciado por Dios.
 
 
 
 
INTROSPECCIÓN
 
 
Si estás en el camino de la búsqueda,
puedes entonces encontrar,
puedes más y más
de los pesamientos rígidos
liberarte,
aprendes a ser transparente,
a abrir tu espíritu,
hasta que encuentres el centro,
que te de la libertad.
 
 
 
 
DES-LIGAR
 
 
Soltar significa vivir el ahora.
A lo pasado no dar cabida.
el dolor de la pérdida a la raíz engarzar.
¡ En la vida a lo nuevo dar la bienvenida!
 
 
 
*Gerold SCHODTERER
Bad Ischl – AUSTRIA
Traducción:
Walkala
 
Gerold Schodterer nació el 12 de Agosto de 1956 en Bad Ischl, Austria. Ha publicado hasta la fecha los libros de poesía “Naturgedanken” (1998), “Spuren” (2001) y el cd doble titulado “Erdenweg” (1999) con poemas suyos musicalizados. Además de poeta Gerold Schodterer es escultor y orfebre.
Correo elect.:
GuK@... 

 
[1] Tomado del libro: "Naturgedanken. Vom Wachsen, Blühen, Reifen und Ernten", Schodterer Gerold, Bad Ischl, 1998.
[2] Tomado del cd doble: "Erdenweg", Schodterer Gerold, Bad Ischl, 1999.
[3] Tomado del libro: "Spuren", Schodterer Gerold, Bad Ischl, 2001.
 
 
 
 
 
Caídas*

 
Mi padre tuvo tantas caídas que al final no recordaba la primera. lo vi despeñarse con una motoneta camino de Plaza Huincul y años más tarde se dio vuelta con el Gordini, cerca de Cañuelas. Mi madre me contó que una vez, cuando yo era muy chico, se cayó sin mayores daños de un poste de teléfonos y que como era bastante distraído solía tropezarse con los juguetes que yo dejaba tirados en el suelo.
Una tarde de diciembre de 1960 alguien vino a avisarme que lo había atropellado un auto. Llegué sin aliento en una bicicleta prestada y lo encontré estirado en la calle. Estaba un poco despeinado, con los ojos abiertos y la cara muy blanca. Sobre el asfalto había un poco de sangre manchada por las huellas de unos zapatos. La gente se apartó para dejarme pasar y un tipo me dijo que ya estaba por venir la ambulancia. Alguien que le había puesto un pulóver bajo la nuca me alcanzó los anteojos que se habían roto con la caída.
Nadie hablaba y yo no sabía qué decir. Me arrodillé a su lado y le hablé al oído tratando de que la voz no me saliera muy asustada. Le pregunté si podía escucharme y alguna tontería más, pero no abrió la boca. Entonces fui a pedir que me ayudaran a llevarlo al hospital pero me dijeron que no convenía moverlo porque debía estar muy estropeado. El paisano de sombrero negro que lo había atropellado estaba llorando dentro del coche y tampoco me hizo caso. Volví a sentarme en la vereda y le tomé una mano. Estaba fría y blanda como la panza de un pescado. No llevaba más que el anillo de casamiento y el omega con la correa de cuero. Me pregunté qué hacía allí, en la otra punta del pueblo, cruzando la calle como un chico atolondrado. En esos días había cumplido los cincuenta y recién ahora me doy cuenta de que corría contra el tiempo. No había hecho nada que le sirviera a él y la única vez que salió en los diarios fue después del accidente, entre un cuatrero detenido en General Roca y un incendio en la usina de Arroyito.
Con los primeros calores de aquel verano había tomado la decisión de abandonar Obras sanitarias y montar un taller de tornería. Mi madre se oponía porque no creía en su suerte. Entonces me llamó a su escritorio para que le dijera con toda sinceridad si yo le veía futuro en los negocios. De verdad, visto como lo vi entonces, con el chaleco de lana gastado y el pantalón lustroso, no me animé a apostar por él. Me convidó un cigarrillo, dejó que le explicara un complicado asunto de polleras y ya pasada la medianoche, en voz muy baja, me explicó que estaba cansado de esperar, de correr de un desierto a otro mientras se le iban los años y se le arrugaban los cueros.
Dijo no estar arrepentido de nada pero se le leía la culpa en los ojos. ¿Culpa de qué? Nunca lo sabré. Aquella noche intentó darme otro de sus consejos, pero no servía para eso. palabras más o menos, me dijo: "Por mejor que uno se explique y justifique, nada cambia. Siempre se cometen los mismos errores. Una caída dibuja la próxima y por eso creemos en un Dios, en alguien que haya aprendido a no quemarse dos veces con la misma leche". Cosas así eran las que solía recitarme a la medianoche mientras limpiaba compases y tiralíneas frente al tablero de dibujo.
Le dije que no se calentara, que cualquiera hacía plata si eso era lo único que se proponía y que él estaba para otra cosa. lo suyo era correr por ahí, andar a la deriva para no llegar a ninguna parte. A él y a mí nos daba lo mismo un lugar u otro siempre que tuviera una estación y algunas leguas por delante.
Ese día salimos a caminar por los andurriales, yo estornudando por el polen y él tosiendo su tabaco. Me hablaba de lo que haría cuando tuviera un taller con seis tornos y no sé cuántas máquinas para fabricar herramientas. De a ratos lo situaba en Córdoba y después lo ponía en Mendoza para abastecer también a los chilenos. sin darnos cuenta llegamos al río y de pronto se jactó de haber sido muy buen nadador en su juventud, allá en Campana. Señalo la isla bajo el puente y me desafió a ganarle a contracorriente. Cambié de conversación porque el Limay es profundo y temí que se ahogara. Yo tenía menos de veinte años y me parecía imposible que mi padre pudiera ganarme en algo. Insistió y puse como excusa una contractura del fútbol o algo parecido. No me oyó o no quiso oírme y empezó a quitarse la ropa ahí mismo, abajo de la luna, hasta que sólo se quedó con unos ridículos calzoncillos celestes que le llegaban hasta las rodillas. bravuconeaba, supongo. Tenía todo el pelo blanco pero ahora estaba de nuevo en el delta junto a sus amigos y con toda la vida por delante. No sé qué pensé mientras lo miraba alejarse tirando brazadas. Creo que me daba pena verlo pelear contra su propia sombra. Me toreaba a mí pero la bronca, como el agua, venía de lejos y nos mojaba a los dos.  En un momento lo perdí de vista hasta que al rato me gritó desde la isla. Yo no quería seguirle el juego. Tampoco estaba seguro de animarme a atravesar el río. Le contesté que se dejara de joder, que volviera, y me senté a esperarlo. Calculé que no iba a tardar porque no podía estar mucho tiempo sin fumar. Pero también esa vez me equivoqué. Me pidió que escondiera su ropa y que me fuera a casa porque tenía ganas de dar un paseo por la isla. A dos pasos había un muelle con botes pero ninguno de los dos quería ridiculizarse. Llamé al barquero y le di la poca plata que tenía para que le alcanzara el paquete de cigarrillos e intentara traerlo de vuelta. Pero no volvió. Se quedó pitando en silencio en la otra orilla hasta que me cansé de su juego y me fui a dormir.
Creo que fue ese episodio el que lo alejó por un tiempo de mí y del taller de tornería. La tarde en que lo encontré tirado en la calle temí que se muriera con la impresión de que yo lo había abandonado. La ambulancia tardó siglos en llegar y lo llevó a un hospital donde me dijeron que tenía el cráneo roto. Mi madre se quedaba a su lado durante la mañana y a la tarde iba yo. Cuando pudo mover los labios me dijo que se había gastado el aguinaldo completo en la primera cuota del torno y no se animaba a decírselo a mi madre.
Era otro de sus juguetes tardíos pero todavía no estaba seguro de poder disfrutarlo. "¿Me voy a morir?", me preguntó cuando se dio cuenta de que tenía una bolsa de hielo sobre la cabeza. Le dije que no, aunque no era seguro, y le pregunté dónde estaba su famoso torno. "Llega de Buenos Aires en el tren de la semana que viene; es una hermosura, no te imaginás", me contestó muy serio. Una enfermera había puesto las cosas que llevaba sobre la mesa de luz. El pañuelo, el encendedor, la billetera vacía, unas monedas y el folleto del torno que era italiano y parecía una nave espacial. "¿Te duele?", dije y me senté cerca de la ventana a mirar a las chicas que atravesaban el jardín. "Sí, desde hace mucho", murmuró. "¿Qué me pasó ahora?" Le conté que lo había agarrado un auto y se había golpeado la cabeza contra el pavimento. Pareció sorprenderse, como si le dijera que se había caído de la calesita: "Y a tu madre, ¿qué le vamos a decir?". Se refería al aguinaldo y a todo lo que otra vez no podríamos comprar. Cerró los ojos y se durmió. O tal vez en su confusión de huesos rotos y sesos desbaratados pensaba en lo buena que hubiera sido su vida sin mi madre y sin mí. Me incliné para decirle al oído que no siempre se puede ganar, que a veces hay que saber quedarse de este lado de la orilla. Hizo una mueca de disgusto y entornó los párpados: "Eso es de cobardes; los ríos están para que uno los cruce". Como siempre, del infortunio sacaba alguna lección que lo disculpaba ante los demás.
Después de hablar con el médico tuve miedo de que aquella fuera su última metáfora. A mi madre le dije que la plata del aguinaldo se la habían robado en la calle mientras estaba caído y que de todos modos para nosotros no habría fiestas ese fin de año. Antes de Navidad lo trasladaron a casa, flaco y vendado como un faquir. Ocultaba el folleto del torno abajo de la almohada. No sé si mi madre se creyó el cuento del aguinaldo robado, pero en Nochebuena no tuvimos festejos ni palabras bonitas. Mi padre pasaba las horas inmóvil, con la mirada puesta en el techo. Un día me hizo una seña para que me inclinara a escucharlo: "Vendelo", susurró, "cuando llegue vendelo por lo que te den". Me pareció que contenía un lagrimón y le dije que no, que ahora estaba en medio de la corriente y tenía que nadar. Después de todo, eso era lo que había querido enseñarme. Hizo un gesto de alivio, me pasó un brazo alrededor del cuello, y dijo: "Está bien, pero no te olvides de mandarme un bote con los cigarrillos".

 
*de Osvaldo Soriano,
"Cuentos de los años felices" Editorial Sudamericana. Buenos Aires. edición de 1993.
 
 
 
 
 
 
Noche de Animas*

 
Las sombras de nuestros cuerpos bailaban sobre las paredes encaladas de la cocina, jugueteando bajo los caprichos de la luz de carburo que, con su azulada claridad, daba un aire misterioso al ambiente, trasladando al aire esa sensación de ultratumba que requería el momento.
Mi abuela, con su moño blanco y el blanco delantal sobre la negra falda, blandía un enorme cuchillo con una hoja ancha y larga que emitía destellos a cada tajo. De no ser porque veíamos la sonrisa en su rostro limpio y sereno desde el otro lado de la mesa, mis tres amigas y yo hubiéramos pensado que intentaba realizar un conjuro o un sacrificio.
Aquella tarde, espoleados por la tradición del día uno de noviembre y por seguir estas cosas tan atractivas para los niños como son todas aquellas relacionadas con el más allá y la parte de secretos y misterios que conllevan, habíamos ido saltando y corriendo a los campos de la parte norte del pueblo, donde habitualmente se sembraban calabazas, a buscar las más idóneas para la Noche de Ánimas.
Escogimos las que nos parecieron mejores, dando brincos entre los surcos de los sembrados, contrastando la de Neus, llena de chorretones verdes y completamente lisa, con las de Juanita y Adela, que prefirieron unas más grandes, con un rabo largo y muchos granos. Yo elegí una muy ancha y chata con la intención de poder poner más de una vela dentro y que fuera la que diera más luz.
Los propietarios de los campos sabían que cada primero de noviembre tenían que pagar un diezmo en calabazas debido a la tradición de las ánimas y no vigilaban sus sembrados este día, así que volvimos al pueblo cargados con el producto de aquel robo consentido, planeando las estrategias a seguir en la noche.
La tradición se remontaba más allá del recuerdo:  justo después del crepúsculo, los niños del pueblo con sus calabazas convertidas en calaveras por obra y gracia de unos agujeros estratégicamente distribuidos por su rugosa piel y, después de vaciadas, -guardando las pepitas para secar al sol y comer en los días siguientes- se dirigían al cementerio, se escondían en los lindes del camino, detrás de los árboles, en las cunetas o entre los zarzales y allí esperaban agazapados y juntos (el miedo rondaba con las ánimas sueltas) a que los mayores se dirigieran al cementerio.
Una vez cerca, se encendían las velas colocadas en el interior de las calabazas vacías y profiriendo murmullos de ultratumba y gritos desgarradores, aparecían ante los familiares que debían asustarse y correr despavoridos al verlos.
El camino, desde los campos al pueblo, estaba jalonado de planes de lugares, ensayos de gritos y cuentos de muertos y aparecidos que en la noche de las ánimas tenían más posibilidad de ser verdad que en las demás noches del año.
Una vez en la cocina, con las cuatro calabazas sobre la mesa, comprobamos con desolación que hacerles un agujero era una tarea más difícil de lo que habíamos imaginado. Neus, la mayor de la banda, lo intentó haciendo mucha fuerza y no consiguió más que clavar el cuchillo, pero no lo desplazó ni un centímetro. Probamos todos, uno detrás de otro sin conseguir nada... La noche iba llegando y no habíamos podido preparar ninguna de las calabazas. Llegaba la noche y si no conseguíamos transformarlas, no estaríamos a tiempo en el camino del cementerio para asustar a los mayores.
A la vista de esto, claudicamos y me fui a buscar a mi abuela, completamente convencido de que ella sabría cómo convertir las calabazas en calaveras - mi abuela sabía de todo -y guardaría el secreto ante el resto de la familia para que así el susto nocturno no perdiera la sorpresa.
Ahora, alrededor de la mesa y ya casi anocheciendo en el exterior, nos venían las urgencias mientras observábamos a mi abuela que, sin ningún esfuerzo aparente, iba insertando el cuchillo creando un ojo aquí, una boca con dientes allá, una nariz triangular, otra redonda... Con cara de asco íbamos vaciando con la mano el amasijo de pepitas sobre un papel de periódico, incrédulos de que cupieran tantas en cada calabaza. Ella daba el visto bueno: "No, hay que limpiarlo mejor", "mira, aún quedan en la parte del fondo", "hay que quitar los hilos también, que después podrían encenderse con la vela..."
Cuando acabó la operación y las cuatro cabalazas estaban encima de la mesa y las pepitas en un enorme montón a su lado sobre el periódico, nos preguntó:
- ¿Tenéis los clavos?
- ¿Clavos? ¿Qué clavos? -Dije yo.
- Necesitamos clavos para poder atravesar el fondo y que sirvan de soporte a la vela. Así podréis correr con la calabaza levantada sin temor a que la vela se caiga.
- Y así asusta más, ¿no? -Dijo Adela.
Adela era toda espontaneidad y sus ojos, redondos y grandes, hablaban casi más que su boca.
- Sí, -respondió mi abuela sonriendo por el comentario de Adela- así es como más se asusta.
Corrimos en tropel -de hecho siempre corríamos todos juntos empujándonos- y buscamos cuatro clavos que llevamos, también corriendo, a mi abuela.
- Pero, aquí sólo hay cuatro clavos...
- Sí, uno por calabaza...
- Pero entonces... ¿Sólo tenéis cuatro calabazas?
- Sí, claro, una para cada uno...
El rostro de mi abuela se ensombreció. Algo grave estaba pasando y al ver ese cambio de actitud nos quedamos sorprendidos y expectantes. ¿Qué sería lo que habíamos hecho mal? ¿Habíamos olvidado algún conjuro? ¿Habíamos escogido mal las calabazas? Quedamos todos quietos y pendientes de aquella mujer que nos miraba desde su altura, ahora completamente seria.
- Ay no, no es así... Dejadme que os cuente...-Dijo mientras acercaba una silla baja y se acomodaba al lado del fuego.- Sentaos, sentaos y escuchad...
Con un ademán distraído bajó un poco la intensidad de la luz de carburo. La noche ya asomaba por la ventana de la cocina pero ante lo que iba a contarnos se pasaron las prisas y nos sentamos a su alrededor. Mi abuela contaba cosas increíbles y sabía de los secretos como nadie.
Mirábamos fijamente su cara dulce, enmarcada en aquellos cabellos blancos rematados en moño, que ahora estaba iluminada por el azul del carburo y el rojo de las brasas. Aun así era tranquilo, apacible...
Despacio, muy despacio y mirándonos a cada uno a los ojos, empezó a contar:
"Hace muchos años, a varios días al norte del pueblo, en una noche como la de hoy, un caballero regresaba a su casa después de un largo viaje. La noche era negra como una cueva y el viento cantaba una trémula canción al acariciarse con las ramas de los árboles. La luna estaba escondida detrás de unas nubes gruesas y oscuras.
El viajero empezó a ascender por un camino que tenía bastantes piedras sueltas, por lo que aminoró el paso de su caballo y aupándose sobre él, intentó reconocer la edificación que se encontraba en lo alto de la loma.
El camino iba serpenteando sobre sí mismo y subía bruscamente de forma que para poder remontar la pendiente, muchas veces, tras una curva muy cerrada, volvía sobre sus pasos un poco más arriba.
En una de las curvas y aprovechando la aparición de la luna vio con claridad el edificio. Las rejas en la puerta, las paredes sin ventanas, los altos cipreses que asomaban por arriba y el pequeño campanario... Era un cementerio.
El viajero no se asustó en absoluto, ya que era un hombre poco temeroso de la muerte y solamente se preguntó cuánto tardaría en llegar arriba.
En esto estaba cuando le pareció ver movimiento en las puertas del cementerio y, entrecerrando los ojos para ver más claramente, se apercibió de que por la puerta, que se había abierto sin que él se diera cuenta, salían dos filas de sombras, una a cada lado del camino, que empezaban a descender hacia donde él se encontraba.
Su movimiento cadencioso hacía que avanzaran lentamente y más que caminar daba la sensación de que se deslizaban sobre el suelo. A medida que se acercaban pudo ver que las figuras estaban cubiertas por lienzos oscuros o por trozos y jirones de ropajes, incluso algunas de ellas traían la cabeza cubierta con una capucha.
En la primera curva del camino cada una de las sombras encendió un farol en forma de calavera y lo puso delante, pegado al vientre.
En silencio. En un completo y sobrecogedor silencio.
El viento se detuvo y la quietud de la noche fue mayor aún. Las siluetas, enmarcadas ahora por el resplandor de las calaveras encendidas, parecían balancearse mientras avanzaban. No producían ningún ruido a pesar de ser más de un centenar.
El caballero, a la vista de tan fantasmal procesión salió del camino resguardándose entre los árboles y dando paso franco a la comitiva, que fue desfilando por delante del lugar donde se hallaba ignorando su presencia o haciendo caso omiso de la misma. A medida que iban pasando, descubrió que la luz procedía de una especie de farol hecho con una calabaza en la que se habían taladrado agujeros que formaban ojos, nariz y boca por los que salía la luz.
Se mantuvo apartado a medida que la larga fila de sombras pasaba ante él, preguntándose el motivo de tan siniestra procesión, pero manteniéndose medio oculto. A pesar de no sentir temor, algo en su interior lo mantenía apartado de las miradas de aquellos rostros sin ojos.
Al final de la comitiva vislumbró una sombra que la cerraba. Iba caminando por el centro del camino y no traía calavera de luz. Salió de su refugio como en un impulso y se dirigió hacia esa sombra, pasando por entre las últimas de la procesión. Al atravesar el cortejo sintió un frío intenso y pensó: "es el frío de la muerte". Pero siguió avanzando sin saber exactamente por qué lo hacía.
La última figura se detuvo a su lado en el momento que en se iban a cruzar y pareció esperar a que preguntara.
- ¿Puedes decirme el motivo de esta procesión? -Dijo el viajero.
- Es la Procesión de las Ánimas, que se realiza cada día primero de noviembre, en el Día de Todos los Santos y antes del Día de Difuntos- respondió una voz susurrante que a pesar de hablar en un tono muy grave le sonó conocida.
- Y... ¿Todo el pueblo viene a esta hora tan tardía a la procesión?
- No, los habitantes del pueblo no se atreven a venir. Sólo las ánimas participan en esta procesión...
La sorpresa del viajero fue enorme. Notó que se le erizaban los cabellos y que una mano helada le recorría la columna vertebral, pero manteniendo su compostura quiso estar seguro de lo que pensaba.
- Entonces... ¿Todos los componentes son muertos?
- No exactamente, la procesión la componen las Ánimas de los muertos.
- ¿Tú también estás muerto? -dijo dándose cuenta de que no sentía ya ningún miedo. Era como si estuviera entre conocidos.
- Sí, yo estoy muerta -musitó la sombra.
- ¿Y por qué no llevas luz?
- Yo soy el ánima de tu esposa, a la que nunca fuiste rezar al cementerio y a quien jamás le llevaste luz..."
La cara de Adela asomaba por detrás de la mesa mirando a mi abuela con los ojos más grandes que nunca veré. Neus apretaba mi mano tan fuerte que tenía un dolor intenso en los dedos y el silencio se apoderó de la cocina tras las últimas palabras.
Nos miró despacio, lentamente, uno a uno, y dijo en un susurro:
"Nadie sabe qué pasó con el viajero, ni a quién contó lo que había visto, ni qué hizo, pero desde entonces, en todas las casas, en la Noche de Ánimas, siempre se hacen un par de faroles de más con calabazas, por aquellas a las que nadie rezó y por aquellas a las que nadie llevó luz..."
Aquella noche, en el camino del cementerio, ocultos tras los zarzales y esperando con las calaveras-calabazas en el regazo, preparadas para ser encendidas y asustar a los familiares, había tensión. Miedo y tensión. Los cuatro, pegados los unos contra los otros, esperamos ver aparecer una sombra sin farol e imaginando las excusas que podríamos darle por no tener uno de más para ella.

Aquella noche fue larga. Tan larga que ha durado hasta hoy, en que mis dos hijos preparan cuatro calabazas en el día de las ánimas, porque su bisabuela me contó a tiempo que a las ánimas hay que rezarles y sobre todo, hay que llevarles la luz.
 
 
 *de Joan. joan@... 
 
 
 
 
 
 
 
 
Fueguito*
 
 
Es una noche cualquiera. Usted esta en un lugar cualquiera, un bosque, la costa de un río, el jardín de la casa de algún amigo. junta hojas y ramas secas, hace una buena pila. se arrodilla sobre la tierra, acerca un fósforo a las hojas y espera. su figura -rápidamente lo descubre- tiene la reverente actitud de alguien que aguarda un milagro. tal vez se trate de una vieja ceremonia a la que esta acostumbrado, y le baste forzar un poco la memoria para descubrir un vasto mapa de de fogatas a lo largo de su historia. pero esta noche -siempre suele ser así- vuelve a sorprenderlo y a exaltarlo igual que la primera vez.  ante el crepitar de la llama, usted se siente extrañamente en casa. es como volver de una larga ausencia. un reencuentro en el que, con el concurso de la noche y el silencio, se va desanudando un lenguaje al mismo tiempo familiar y secreto, alimentado de certeza y plenitudes breves.  el fuego crece y mantiene un monologo en el que usted encuentra una correspondencia exacta. el fuego es puro movimiento y usted no es más que sus ojos y el calor de su piel. rodeados por la oscuridad, protegidos, suspendidos, están en el centro del mundo. usted siente que nada puede tocarlo. escucha su mente desbrozar trabajosamente una idea: no soy el que fui ni soy el que seré. Simultáneamente toma conciencia de la banalidad de todo pensamiento. 
A esta altura, usted es una sola cosa con el fuego, un presente inevitable. se entrega, se abandona. sin embargo, cree comprender que de esa comunión se desprende un sentimiento más amplio, que trasciende esta hora. a través del trabajo del fuego parece surgir una medida de orden. los ojos fijos, subyugado, sin cambiar de posición, usted piensa que, detrás de su persistencia, el fuego es fundamentalmente inocencia, un regreso a la limpidez del origen, al remoto albergue de toda posibilidad. y comienza a percibirse usted mismo inocente, como una hoja en blanco donde todo puede ser escrito, donde todo esta por ser iniciado. y acá es donde vuelve a reconocerse. Y a reconocer los términos que han marcado sus pasos a través de los días, los meses y los años: permanecer desposeído, abierto a lo imprevisto, alerta, en permanente sospecha. son principios de una doctrina que se ha ido forjando y cuyo sentido ahora el fuego le devuelve.  comprende que también en usted ha ardido siempre parte de ese fuego. que esa es una llama de consumación. una llama donde usted se ha sacrificado siempre a si mismo, ha sacrificado su vida, las posibilidades de su vida, los accidentes de su vida, tal vez con el único fin de deshacerse de su historia o de construir una historia diferente.  es posible que oiga voces a través del aire nocturno, sin saber si se trata de amigos que vienen a buscarlo o si son llamados que llegan desde otros años, desde otros ámbitos, suscitados por otros fuegos. acomoda algunas ramas y piensa que cuando todo esta dicho es bueno regresar al fuego, al origen.
Que es bueno, muy bueno, volver a arrodillarse ante su voracidad, estudiar su movimiento y el núcleo cambiante de su centro. que es bueno para sus alegrías y para sus dudas. que ahí, libre de toda esperanza, puede limitarse a mirar y a no pensar.  y en esa llama sin tiempo ve arder también el ciclo que termina precisamente esta noche, el ciclo que comienza, los muchos que vendrán con sus cargas de confusiones y riquezas, lo que ha sido, lo que será, y todo cuanto alberga la oscura, invencible memoria o nostalgia de la sangre.
 
*de Antonio Dal Masetto
 


 
 
 
 
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#151 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Lun, 10 de Mar, 2008 1:09 pm
Asunto: Y ERA VERDAD QUE POR ÉL CAMINABA...
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*
 
 
En esta casa alguien vivió antes.
Dejó clavos de punta en las paredes
la forma de sus manos en un viejo jabón
olores a tabaco, el lavadero sucio.
Huellas poco confiables.
Vivió esperando un ruido que lo llame
desde el amanecer?
Lo imaginó esperando?
Lloró también de frente, aquí,
contra estas puertas?
Qué lloró cómo qué hizo
cuando el sol se le secó en el horizonte?
Qué sintió de esta lluvia debajo del papel?
Humedeció sus miedos el cielo de este techo?
Dudó del calendario con las manos cerradas?
Del amor?
Compró pan en el barrio y fue observado?
Vio sonrisas por él y no hacia él?
Nombró con el silencio?
De qué cielo llegaba?
Escribió cartas?
En qué idioma dijo, señor no puedo más?
Era extranjero acaso?
 
 
*de José Antonio Cedrón.
 
 
Nació en Buenos aires en 1945. Vivió más de dos décadas en México, donde fue columnista de la revista Plural y del diario El Universal. Actas (1986), editado en este país, se destaca entre su obra.
*Fuente: LA HOJA CARMIN. Dirección: Eduardo Dalter. cuadcarmin@...
 
 
 
 
 
 
 
Y ERA VERDAD QUE POR ÉL CAMINABA...
 
 
 
 
 
La Loca De Amherst*

 
 
*Por Paola Kaufmann
 
Una palabra muere
cuando es dicha,
dicen.
Yo digo
que recién empieza a vivir
ese día.
Emily Dickinson
 
 

   En el siglo XIX vivió en Nueva Inglaterra una mujer a la que llamaban "el mito". La Poeta Reclusa le decían, y también la Monja de Amherst, la Mujer de Blanco, la Bella de Amherst: Emily Dickinson. Una mujer que escribió, en el dorso de una receta de cocina, que Amherst, su pueblo, era "la definición
de Dios", y que sin embargo, en medio del más puritano de los entornos,jamás abrazó la religión.
   Contemporánea de Walt Whitman, de Edgar Alan Poe, de Nathaniel Hawthorn, de Mark Twain, fue considerada una de las grandes poetas americanas recién a cuatro años de su muerte, con la publicación del primer tomo de "Poemas" en 1890. Algunos de sus biógrafos la describen como un ser solitario, casi
enfermizo: una mujer-niña extremadamente tímida, frágil y etérea, encerrada en su cuarto, escribiendo febrilmente día y noche, ajena al mundo y a todo lo que no fuera la Literatura. Otros, en cambio, como una mujer rebelde y excéntrica, con un extraordinario sentido del humor, alguien que fue fabricando voluntariamente su imagen y moldeando un destino de fama a sabiendas de que, en vida, ese destino sería imposible de alcanzar, entre otras cosas, por ser mujer. Hay quienes aseguran que todo, su poesía y su
reclusión, fue el fruto de un amor imposible hacia un hombre casado. En realidad, de varios amores imposibles hacia varios hombres casados. Hay quienes dicen que sostuvo durante toda su vida una relación lesbiana con Sue Gilbert Huntington, posteriormente Sue Dickinson, su amiga más querida, su
vecina de siempre, y por añadidura, su cuñada. Hay quienes dicen que su arte no era genuino, sino más bien una capacidad magistral para copiar lo ajeno y transformarlo en algo completamente distinto. Hay quienes opinan que de esto se trata, en definitiva, la literatura, y que Shakespeare hizo mas o menos
lo mismo. Pese a las innúmeras opiniones e interpretaciones literarias y psicológicas, su vida fue y sigue siendo una suerte de emboscada para los curiosos de las biografías, y de enigma perpetuo para los críticos de su obra.
La vida en cuestión de Emily Dickinson puede resumirse muy brevemente: nació en Amherst, Massachusset, el 10 de Diciembre de 1830. Tuvo dos hermanos, Austin, un año mayor, y Lavinia Dickinson, tres años menor que ella; un padre autoritario cuyo interés primordial era la educación, y una madre que siempre estuvo presente, si bien no fue una figura preponderante para ninguno de los hermanos. Fue una adolescente normal, que participaba de las fiestas y los bailes, de las caminatas y paseos a caballo y de las amistades del colegio. A los 17 años supo, según sus propias palabras, que nunca se transformaría en "la bella de Amherst", que su "cara de gitana, de labios anchos y ojos oscuros" no cambiaría a las facciones suaves y elegantes que había soñado para sí, y desde entonces, dejó de preocuparse por su apariencia. Enamorada de las hermanas Bronte, se identificaría primero con la poco agraciada pero independiente Jane Eyre; más tarde, cuando sobrevino la fiebre por escribir, con Emily Bronte, y finalmente, casi sin proponérselo, con Berta, la esposa demente de Mr. Rochester encerrada en el ático de Thornfield. De esa primera época data el único daguerrotipo que se conoce, ya que nunca más Emily Dickinson permitió que su imagen quedara plasmada en ningún lado. De 1847 a 1848 estudió en el Seminario para Mujeres de Mount Holyoke; en 1850 conoció a Sue Huntington, que sería su segunda
hermana por el resto de su vida, y la mujer de Austin. En 1852 aparece publicado el primer poema en un diario local, y en 1862 le envía varios poemas a Thomas W. Higginson, una eminencia de las letras, para someterse a su veredicto y también con la intención de publicarlos. Higginson, si bien encuentra en su poesía algo magnético e inexplicable, también la considera imperfecta, inaprehensible en la rima, y recomienda fervorosamente no publicar. El mismo veredicto recibió, vale la pena apuntarlo, Hojas de
Hierba, de Walt Whitman. En 1854 viaja con su familia a Washington para acompañar a su padre en la tarea política. En 1864-65 permanece por varios meses en Boston, para hacerse tratar de la vista. No volvió a salir de Amherst, y durante los últimos quince años antes de morir, no salió siquiera de su casa. Vivía la mayor parte del tiempo en su habitación del primer piso en la casa paterna, junto con su hermana Lavinia, quien tampoco se casó nunca y era la encargada de las tareas "sociales y externas". Tuvo al menos un amor, el Juez Otis Lord, amigo y compañero de estudios de su padre, con quien empezó un romance tardío pero apasionado cuando éste quedó viudo, y que se continuó hasta la muerte de Lord en 1884. Si bien planeó casarse e ir a vivir con Lord a Salem, Massachusset, el matrimonio nunca se concretó.
Durante los últimos años prácticamente no escribió nada, y se dedicó a cuidar a su madre inválida por un derrame cerebral, y a cocinar, puertas adentro siempre. Cuando en 1882 murió de tifus su sobrino Gilbert, de apenas 8 años, ella enfermó del mal de Bright, una deficiencia renal crónica pero mortal. Murió el 15 de Mayo de 1886. Un par de meses más tarde, limpiando su cuarto y a punto de cumplir la tradición de quemar todos los papeles de los muertos, Lavinia encuentra en un cajón del bureau donde Emily solía escribir casi 2000 poemas, muchos de ellos atados en fascículos, como si hubiesen sido preparados para publicarse así. A pesar de las opiniones en contra, Lavinia mueve cielo y tierra hasta que consigue que la poesía de Emily salga a la luz. Sin embargo, la publicación de los tres volúmenes de poesía, y de las cartas de Emily Dickinson, acarreó además de la fama, el escándalo.
   En 1882, cuatro años antes de la muerte de Emily, llegó a Amherst Mabel Loomis Todd, una joven de veintitantos años, casada con David Todd, profesor invitado del Amherst College. Mabel, además de joven, era lo que puede llamarse una mujer de mundo: tocaba el piano y cantaba muy bien, escribía
ensayos menores sobre sus viajes, pintaba decentemente, odiaba cualquier tarea doméstica pero, por sobre todas las cosas, era en extremo sociable, y de inmediato conquistó a los Dickinson, especialmente a Sue y Austin, quienes vivían en una mansión llamada "Evergreens" ubicada detrás de la casa paterna de los Dickinson, y quienes, además, acostumbraban a dar fiestas "culturales" con cierta asiduidad. Un año más tarde, Mabel Todd y Austin Dickinson eran amantes, y esta relación, que perduró en el tiempo, incluía también a David Todd, conformando un ménáge at trois que no pasó desapercibido en la puritana Nueva Inglaterra de Emily Dickinson. Para entonces, Emily era ya "el mito" viviente de Amherst, la mujer que hacía quince años no salía de su casa, y vestía exclusivamente de blanco. Hasta qué punto estuvo involucrada en el romance de su hermano con Mabel Todd no puede saberse con certeza, sin embargo, a partir de entonces, la relación con Sue, su cuñada y amiga íntima, empezó a deteriorarse. Emily Dickinson, tal vez como una prueba de lealtad y de amistad, nunca recibió personalmente a Mabel Todd, esto significa que Mabel nunca la vio. Ni siquiera en el cajón, antes de enterrarla, se le permitió verla. Austin Dickinson, a sabiendas de su esposa y de toda la ciudad (y, presumiblemente, de sus dos
hermanas) fue un adúltero respetado, o más bien prolijamente ignorado, hasta su muerte. Cuando Emily murió, Vinnie quedó a cargo de la casa paterna, y allí siguió viviendo junto a sus treinta gatos. Desde que descubrió los poemas de su hermana, se dedicó con un empeño y una devoción casi fanáticas a publicar la poesía de Emily, y para esto recurrió primero a Sue, quien, por motivos no del todo entendidos
-aparentemente habría intentado mandar poemas sueltos a distintas revistas, que fueron rechazados-, decidió entonces que lo mejor sería una publicación casera, local, o no publicar nada. Vinnie, defraudada por Sue, recurrió entonces a Mabel para copiar uno a uno los poemas manuscritos de Emily, y seleccionarlos para su publicación.
Thomas Higginson, el hombre que treinta años atrás había cortado de cuajo las ilusiones de fama de Emily, esta vez decidió que publicar era lo correcto. El primer volumen de poesía llevó en la tapa el nombre de Thomas Higginson y de Mabel Todd, como editor y coeditor respectivamente. Lavinia
Dickinson no fue siquiera mencionada.
   El affair de Austin y Mabel estaba en boca de todos cuando apareció el libro de Emily con el nombre de Mabel como editora, y esto terminó destrozar la relación entre Sue por un lado y Austin y Vinnie por el otro. A partir de entonces, de un modo extraño, Mabel Todd se convirtió en la referencia
obligada sobre vida y obra de Emily Dickinson. Durante años dio charlas y se dedicó a la selección de poemas para los siguientes dos tomos de poesía, más un tomo de cartas, que fueron apareciendo entre 1890 y 1896. Antes de entregar el manuscrito para el tercer tomo, consiguió que Vinnie firmara la
donación de un terreno aledaño a la casa de los Todd, terreno que le había sido prometido por Austin pero que, por supuesto, nunca había sido explicitado en el testamento. Con la firma de la donación, Mabel entregó el manuscrito final a Higginson, y el último libro de poesía de Emily Dickinson fue publicado inmediatamente. Sin embargo, unos meses después, Vinnie presentó una acusación ante la justicia alegando que había sido estafada por el matrimonio Todd, obligándola a firmar un papel cuyo contenido desconocía.
El escándalo llegó finalmente a la corte donde, contra todas las expectativas, el juez falló en favor de Vinnie, obligando a los Todd a devolver el terreno. Unos meses después del veredicto, Vinnie murió, a los
sesenta y seis años: la persona que más cerca estuvo siempre de Emily, y la responsable directa de la publicación de los poemas, pasó a la historia como la hermana mediocre y rencorosa de la excéntrica y genial reclusa de Amherst. Los Todd siguieron viviendo en Amherst, aunque nunca volvieron a cruzarse en el camino de los Dickinson. De hecho, Mabel guardó en un arcón todo lo que todavía poseía de Emily, y no volvió a tocarlo hasta 1930, cuando su única hija Millicent Todd decidió contar la verdad sobre la
misteriosa vida de Emily Dickinson. La única sobreviviente de la familia, Martha Dickinson, hija de Sue y Austin, dedicó también su vida a contar la vida y obra de su tía a partir de las memorias propias y de su madre. Los dos libros son hoy obras capitales de referencia para cualquier investigación seria sobre Emily Dickinson, si bien ambos cargan con el sesgo que el rencor y la historia de los padres les impusieron.
   Hoy ya no queda ningún sobreviviente de los Dickinson en Amherst. La casa paterna, conocida como el Dickinson Homestead, a dos cuadras del centro de la ciudad, se mantiene exactamente igual, probablemente gracias a la construcción de ladrillos que le valió en otro tiempo el rótulo de "la mansión". En el cementerio, Edward Dickinson, Emily Norcross Dickinson y sus dos hijas, Emily y Lavinia, yacen en el mismo cuadrado de tierra, cercado por una reja. La gente suele dejar flores, pero, salvo que uno se detenga a leer las inscripciones de las piedras, nada indica especialmente que allí se
encuentra la tumba de una de las mayores poetas de América. Al contrario que en los demás epitafios de la familia, la lápida de Emily Dickison dice: "Born in 1830, Called Back in 1886". Esta frase, "called back" (reclamada, o llamada de vuelta) fue escrita en una breve carta a sus sobrinos, unos días antes de morir, y posiblemente hayan sido las últimas palabras escritas.
Como para darle el gusto a todos los que, mucho más tarde, la acusarían de apropiarse de las palabras ajenas, éstas tampoco le pertenecían: "Called back" era el título de un thriller psicológico, un best seller de la época, hallado sobre su mesa de luz la mañana siguiente a su muerte. Nunca se supo quién ordenó tallar esas palabras en la piedra, aunque probablemente haya sido Vinnie, siguiendo las órdenes expresas que Emily Dickinson había dejado para su propio funeral: un cajón blanco, un vestido blanco, lilas sobre el pecho, y que nadie, nadie en este mundo, tuviera la oportunidad de verla, ni siquiera muerta. Y que sacaran el cajón por la puerta trasera de la casa.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 La parodia, el melodrama, don Quijote, (un infante en el infierno) en el campo de Montiel*
                                                 
 
 
*de Julio Pino Miyar. isla_59_1999@... 

 
  "¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis
famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida
tan de mañana, desta manera?: »Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y
espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel».Y era la verdad que por él caminaba." (.)
Fue el científico naturalista y matemático francés del siglo XVIII Georges-Louis Leclerc, conde de
Buffon, quien escribió esta célebre frase: "El estilo es el hombre". Pero, ¿cuál es aquí el estilo de don Miguel de Cervantes? Nos encontramos en el párrafo anterior ante dos (incluso tres) diferentes estilos: el del personaje don Quijote, el de don Quijote que con acento engolado quiere imitar al "sabio" que sobre sus hechos "escribiere". "Sabio" que no aparecerá, como narrador de la historia propuesto por la pluma de Cervantes, hasta el Capítulo IX que es donde empieza la segunda parte de la obra. "Ese sabio" mencionado bien pudiera ser el señor Hamete Benengeli quien redactara, según el gran ironista que fue Cervantes, gran parte del Quijote en árabe y que sería traducido a petición personal para que pudiese ser leído, cotejado y ampliado en castellano. Es decir, esa novela es, borgianamente hablando, como un jardín cuyos senderos no tardan en bifurcarse. Cervantes pretende reservar su único comentario para la última oración del párrafo citado. Oración concisa y sintética que ajusta a don Quijote, a sus expresiones altisonantes y melifluas, la misma mención que el caballero hiciera sobre un autor que debería disponerse a narrar su "famosa y verídica" historia,
dentro de los exactos horizontes que se ciernen sobre el "antiguo y conocido" campo de Montiel: "Y era la verdad que por él caminaba". 
Nos afirma el narrador de la novela que el manuscrito original fue hallado en la ciudad de Toledo, que de
manos árabes pasó a un judío hasta terminar en las manos cristianas de Cervantes. El recorrido, en este
caso alegórico, del texto parece repetir el proceso histórico de la cultura en la Baja Edad Media. Un
extenso proceso de transliteración de un texto original, fundado en nuevas interpolaciones, abundante
en comentarios y la consecuente traducción. El rey Alfonso X fundó en el siglo XIII, en la misma ciudad
de Toledo, la principal escuela de traductores de Occidente y entregó la dirección de esa escuela a
judíos, que eran los hombres más versados de la época en los problemas que le plantea a la cultura, a la
filosofía y la religión, la letra escrita.
Cervantes le sugiere paródicamente al lector de su escritura que su conformación básica guarda una
estrecha similitud con el modo en que secularmente se construían los textos. Los textos de Aristóteles (es un ejemplo) "príncipe de la escolástica", originalmente escritos en griego, fueron posteriormente vertidos al árabe y estuvieron al cuidado de comentaristas, llenos de interpolaciones islámicas, hasta que fueran de nuevo vertidos a un idioma occidental, probablemente por judíos, a lo largo de un período que duró siglos.
Cervantes, nacido en el siglo XVI, se enfrenta, por tanto, a una compleja realidad cultural constituida
por las leyes de composición literaria determinadas por el ejercicio secular de la trascripción. Las
novelas de caballería, aunque pretendiendo ser sólo un género de solaz y esparcimiento, seguían abiertamente paradigmas literarios, en su composición y expresión, desde los cuales se remeda a Homero, Virgilio (expresiones como "el rubicundo Apolo", "la rozada aurora"; o el personaje que viene a narrar una historia fundamental dentro de la propia trama). Pero termina deviniendo la trascripción original, el antiguo texto clásico, en parodia, la interpolación y los comentarios en texto autónomo y la tragedia en drama melifluo. Y así como el arte y la trova provenzal son tatarabuelos o choznos del género romántico, la novela de caballería fue la madre espiritual de la parodia en su sentido moderno, el
melodrama y el espacio de recreación literaria puramente representativo. Y eso ocurre porque la
literatura, una vez que se vio liberada de las ataduras de la tradición, transformó la antigua
representación simbólica, esencialmente religiosa, sacramental, la fábula moral, en escritura profana que buscaba constituirse desde un espacio eminentemente ficticio, ilusorio, completamente re-creado, cada vez menos implicado con los problemas que planteó, con su existencia, la literatura de Occidente en su doble versión, clásica (Homero, Virgilio, Dante.) y sagrada (La Biblia, Santo Tomás.).
El fin de lo clásico trae consigo aparejado el nacimiento inevitable de lo moderno, la llegada del
reino de la parodia y la muerte de la tragedia. El fin de lo sagrado trae consigo, por su parte, la muerte
del creyente religioso, el fin de la devoción a las escrituras y el nacimiento prosaico del lector
moderno. Nace de esta manera el arte profano como entretenimiento, la filosofía como distracción
mientras el conocimiento se cotiza y la escritura deviene en retablo decorado, ameno oropel donde el
drama templado sustituye a la tragedia destemplada, entre tanto el melodrama acecha en los viejos
entresijos del dolor humano que un falsario nos dice representar, poniéndose en entredicho la existencia
misma. El misterio de la pasión se convierte en un hecho del todo ajeno a la escritura. Y las gentes
cultas de los siglos XVI y XVII gustan de imitar sin rubor (o con él) la pasión y la expresión fingidas de
los grandes personajes de los libros de caballería; la vida así concebida imita al arte; el tiempo humano a la novela de entretenimiento; ha nacido con ello el melodrama, hermano menor de la parodia, y la
literatura ya no es sólo profana, sino que la vida ha perdido su antiguo y natural contacto con lo sagrado.
Ya nada tiene sentido, el arte pierde su origen religioso, la existencia su ser y el artista cumplirá
desde ahora la función que en el gran Guiñol cumplía el muñeco polichinela: figurar, representar y
distraer.
La época se resuelve entonces entre una Europa, y una España, que se resisten a olvidar el viejo peregrinar religioso a Santiago de Compostela, y unas naves que regresan de El Nuevo Mundo cargadas de oro y plata para engrosar los cofres de la acumulación capitalista originaria.
Ese era el aciago panorama que dominaba a las letras y a la vida en la hora vespertina en que Don Quijote salió a cabalgar en Rocinante por el campo de Montiel, iluminado por los rayos del rubicundo Apolo, mientras los rosados dedos de la aurora terminaban de descorrer ante él el melifluo velo del amanecer.
Lo más curioso que se desprende de todo lo anterior es el criterio que la Modernidad dejó bien constituido, mediante el desarrollo de la nueva expresión literaria, el valor positivo de lo falso.
Comprendiendo esto podemos comprender mejor la lógica angustia interior padecida por Cervantes, colocando en los entresijos de su literatura a un personaje como Quijote, quien refleja de la forma más aguda su propia tragedia: una conciencia que, aunque no ignora que el ser debió ser siempre el eje axial de cualquier modo de existencia y que sólo la verdad puede ser el fundamento moral de una vida, ha concedido a explicarse ante los hombres por medio del lenguaje, la prosa, la historia de ficción. Y hasta ese mismo instante en que Quijote cabalgó por el campo de Montiel, fue a la poesía que le tocó expresar la verdad más íntima, la más intrínseca condición del ser.
¿Cuál es entonces el ser de Don Quijote? Aquel que pueda enunciar su más profunda e intransferible
verdad. Su ser lo encuentra únicamente en la vida y en la honestidad de la prosa de Cervantes, él es quien le entrega su mejor palabra y lo coloca en una geografía que, sin dejar de ser la de la polvorienta España de principios del siglo XVII, es la geografía imposible, insustancial, de las novelas de caballería, de personajes como Amadís de Gaula, Tirante el Blanco: la del caballero que va afanoso en busca de su virtud, que como su ser sólo se puede encontrar localizada en algún remoto y exótico lugar de la existencia.
Cervantes intentará allí paradójicamente su mejor escritura, compuesta de sucesivas máscaras, diversas
interpolaciones, continuos juegos al escondite con el lector; personajes que mienten y se burlan y una
Dulcinea que jamás aparece y que sin embargo se hace omnipresente en cada comentario, en cada acento
altisonante del caballero, en cada requiebro, en cada burla sufrida, en cada escarnio: Dulcinea la
escurridiza, Dulcinea la porqueriza, Dulcinea del Toboso, la grande. Don Quijote asume así, sin miedo y
sin mancha, el terrible juego de la parodia, toda la fragilidad ontológica, abisal, del tipo de literatura
que empieza a nacer con él, de mano de diversos textos y de distintos autores. Porque es la época en su
conjunto la que interpreta, posee, entrega, como un ejercicio de espadas, el modo melifluo de hablar del
melodrama (antes y después de Cervantes) puesto a ratos en boca del más casto y contradictorio personaje de ficción que jamás haya existido, el cual deviene paradójicamente en actualidad literaria, en comentario periodístico, en disputa. Y don Quijote concibe a Dulcinea como "el ideal", pero menciona a su amada del mismo modo en que serán mencionadas las majas del teatro vernáculo, las hermosas voces femeninas, dolientes y sin par, protagonistas de la novela del aire. De esta manera Quijote transita entre nosotros, y por toda la Modernidad, en medio del alborotado transito que va de la tragedia a la tragicomedia, al melo.
¿Finge, mistifica, sobreactúa don Quijote? Desde luego. Crea para ello el autor retablos, decorados,
galerías, pone en boca de otros lo que jamás él hubiese dicho y convierte su obra en un gran
divertimento en el que a suspiros y golpes sobrevive la esforzada ánima de Quijote, pero al terminar es su propia alma la que queda agotada y vencida. Ha conjurado allí a los demonios de sus sueños, a la
fanfarria y mentira del mundo, a los grandes falsarios de la moral. Y es que el autor se sabe culpable por haber escrito un drama en el que se dibuja en ciernes el grotesco perfil de la tragedia moderna: No hemos sabido ser honestos, pues no hemos mantenido la necesaria identidad entre nuestras palabras y la vida.
Es mejor entonces fingir o creer que se finge; mistificar, sobreactuar, creyéndonos lo opuesto. Ese
es el único consuelo del artista moderno. Ningún personaje de la literatura universal ha encarnado con
tanta amargura este brutal desconcierto; ese juego estrafalario de identidades; esa fatal asimetría entre literatura y condición humana. Quien único se acerca al Quijote, en la fuerza vacua de su dormida
existencia, es el príncipe Segismundo, el de "La vida es sueño". Pero Segismundo no nos hace reír, no
provoca tampoco nuestras burlas. No es suficientemente patético, por eso es menos grande. Con don Quijote se alza y muere la parodia y queda entre nosotros su hermana menor, el melodrama.
¿Estaba loco don Quijote? Hay algo que los teólogos llamaban "la locura de Dios" que es, según ese
razonamiento, principio y fundamento del mundo. Hay una mañana horrible que el poeta Rimbaud encontró en su adolescencia y el poeta Federico Hôlderlin en su ancianidad. Creíamos que podíamos quedar intactos luego de haber zaherido al mundo mediante el escarnio y la ironía. No es posible.
El escritor "británico" Cabrera Infante se refiere literariamente a esa misma mañana, como una noche
novelística, infernal creada artificialmente en la sala del cinematógrafo, en la que el protagonista se
hunde inesperadamente en la honda sima de la vagina de su tan desconocida como silente compañera de luneta.
El escritor de origen cubano Guillermo Cabrera Infante, con su obra construida mediante la sorna, la
ironía y sucesivas adiciones de elementos literarios y extraliterarios, lo que hace es advertirnos de los
peligros reales que nos amenazan desde la escritura, que no son otros que los pecados cometidos en la
región de lo imaginario. El del hombre que, como el personaje de Quijote, representa a conciencia,
mediante la palabra, un drama que no es el suyo. No le está permitido hacer otra cosa. Una escritura incluso en la que el plagio disputa la autoría. Una literatura, de este autor, edificada como supremo don
moderno de la re - creación, hecha, por tanto, a retazos, poniendo el proceso de creación a la vista de
todos, exponiendo al lector a las zancadillas del público espectador y elaborada como un gran collage
donde se inserta el comentario periodístico; el sueño por el premio mayor de la lotería; la apoteosis del
género vernáculo cubano encontrado una tarde cualquiera en el obsceno teatro Shangay. El
trabalenguas en español, el gusto por la cacofonía (más difícil de lograr en español que en inglés) y una
cita impostergable con un "tigre" en el "cabaret" Monseñor. Y es por esos vericuetos donde la parodia
cubana cumple su mejor función no siempre alusiva, puramente representativa, esencialmente elusiva.
Un ejemplo mayor de ambigüedad e indefinición lo podemos encontrar en "La Odisea" de Homero: nunca
sabremos si el astuto Odiseo miente o no cuando narra, en distintos escenarios del poema, su fantástico
periplo marino. Es que en gran medida "La Odisea" es narrada, ante oyentes, por su personaje principal.
¿Será la muy bien establecida y literariamente remarcada astucia de Odiseo, bifurcada alusión a la
esgrimida por el propio autor, que nos dejará su añagaza perfectamente inserta en la más alta
tradición, que nos haría comprender la literatura como cuestión de astucia?  Las complejas relaciones
desarrolladas siglos después por Cervantes entre su principal personaje y la literatura se vuelven, desde ese entonces, eminente asiento sobre el cual se desliza todo el discurso literario moderno. Y es que hay una raíz existencial, portadora de un código de ambigüedad fundamental, que está destinada a
desorientar al lector en torno a la  identidad de la voz narrativa que posee toda trama.
Los hombres mienten, sobre esa concreta circunstancia antropológica que complejiza enormemente las
relaciones entre el pensamiento y la vida, entre naturaleza y lenguaje, es que se hace no sólo posible,
sino imaginable, edificable, la existencia en cuanto tales de la literatura y el arte.
El infierno, al que alude Cabrera Infante en la traducción, en la transliteración que él mismo hiciera
de la mencionada novela al idioma inglés ("Infante's Inferno") deviene así, fiel al progresivo juego
moderno de la ambigüedad, en la edad del hombre sin nombre. Del paradójico hombre paródico. Y es que la angustia existencial de Cervantes y la constante extemporaneidad de Quijote, asumidas desde un
horizonte eminentemente histórico, permiten comprender mejor el significado socio - cultural de la parodia.
La parodia en el Quijote, en Cabrera Infante, es la parodia de lo que acaso ha sido siempre la historia
ejecutada por los hombres: un juego real de falsificaciones. Porque el dramático personaje de
Cervantes es quien denuncia, sublimemente encaramado en el tablado de la farsa, a todo el imaginario
escénico en su conjunto, a cualquier gesto, literario e histórico, no auténticamente humano.
Cualquier nivel de ambigüedad humana reclama para sí su propio infierno. La inmersión del escritor -
personaje, en el momento clímax de "La Habana para un infante difunto", en las aguas lúgubres de una vagina presupone un ritual de ahogamiento; un fatal descendimiento al ojo de la tempestad. Por  su parte,
la aventura de "La cueva de Montesinos", uno de los pasajes menos esclarecidos de la novela cervantina,
donde Quijote desciende y cuenta después haber encontrado allí a una hambrienta Dulcinea que lo que
hace es pedirle al caballero una hogaza de pan, parece relatar el clímax al que conducen la prosa y el
realismo innegociable de Cervantes. Tal vez sea cierto lo que sobre esto apunta Mirta Aguirre, significativa hispanista y marxista cubana, España como Dulcinea están hambrientas, más que héroes que mueran por ellas necesitan agricultores que satisfagan sus necesidades básicas. Pero sin embargo, este prosaísmo de la interpretación alegórica no implica la cancelación de la poética del Quijote. Dulcinea transfiere su condición de princesa cristiana a mito pagano: ella es ahora Proserpina, la esposa infiel de la noche plutónica, que le señala al caballero, que ha descendido al averno en su auxilio, la futura espiral
de las germinaciones; los próximos festivales áticos en la época de la cosecha del trigo.
Don Quijote fue un personaje que caminaba infatigable en busca de su autor, del mismo modo que la existencia padece por la carencia del ser. Un personaje que camina hacia el hondón donde acechan los enormes peligros que rondan al ser en su aventura: La desrealización, la nausea, el vértigo, el olvido, el
emborronamiento  de la existencia, enclaustramiento, secuestro de la identidad en el castillo de marfil
donde el oscuro autor fue alguna vez llamado a realizar "toda la patencia de su verdad". No hay por
tanto ejemplos que por sus contenidos parezcan diferir más que el de la obscura inmersión, propuesta por Cabrera Infante, en las aguas albañales de una Habana, entendida como una mujer desconocida y lacustre, y la noche pasada por Alonso Quijano en la húmeda alcoba interior de su amada. La cueva de Montesinos no es una evocación del infierno es, según Unamuno, el descenso a los orígenes de la sangre y de la raza, pero para mí es mucho más simple: La inmersión del Quijote se nos vuelve en el rito de los desposorios más arcanos; esa noche Don Quijote copuló con Dulcinea de la única manera en que pueden copular los símbolos; simbólicamente. Ya lo he dicho: El pasaje de Montesinos relata el viaje alegórico de una noche del caballero a la caverna interior de Dulcinea. A don Quijote no le ha sido dado conocer la fiebre de la concupiscencia; su amor y su pasión son esencialmente paulinas.
Por su parte, la aventura infernal de Cabrera Infante sólo puede conducir a la noche de la locura, porque para el individuo moderno, hijo infeliz de la parodia, lo real se desrealiza mientras lo irreal deviene en fantasma que asola inclemente el paso de los hombres.
Cuestión que nos hace ver, exponiéndose nítidamente a la luz del campo de Montiel, que los dos niveles de exposición discursiva del Quijote, el de la prosa amena de Cervantes y el engolado estilo puesto
coyunturalmente en boca de su principal personaje, desde el cual el caballero cuenta su particular visión
de los hechos, no solamente componen parte de la estructura narrativa de la novela y de las
concepciones literarias que en ella toman forma, sino que expresan dos focos básicos de la estructura de la existencia humana, sobre las cuales la narración entera depende. Uno es puramente ficcional, el otro,
en cambio, se vuelve revelación esencial del sentir  y el ser de esa gran persona que fue sin dudas
Cervantes. Y si bien es cierto que don Quijote jamás existió ni puede llegar a existir, y que, por ende, la
existencia del caballero a la que aludimos es puramente simbólica, no por eso, ese tipo de existencia deja de contener innumerables aristas y pliegues que implican contenidos reales.
Pienso que todavía continúa siendo un misterio la razón de por qué los hombres fabulan. Si partiéramos
del criterio que el complejo proceso de la trascripción de textos es parte de un fenómeno
histórico, sobre el cual fue estableciéndose un modo en particular de construir el pensamiento y la
literatura, tendríamos que llegar con eso a la certidumbre de que aquello que nombramos tarea
fabulativa, ejercida por la especie humana desde milenios, está directamente supeditada a la realidad
histórica de la transliteración. Es decir, al montaje y yuxtaposición heterogénea de módulos que componen el proceso de creación, la edificación de una escritura en particular donde se logra el acoplamiento de diversas fuentes culturales y textos de la más disímil condición.
"El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha" contiene un modo  definido de relacionarse con los
grandes textos de la tradición literaria. El poeta y pensador cubano José Lezama Lima dijo en una ocasión que los grandes escritores poseen la capacidad de generar su propia tradición; una manera en específico de relacionarse con el pasado eminentemente creadora.
Eso que hoy llamamos el realismo de Cervantes se sitúa, en principio, como una crítica a las novelas de
caballería que devinieron en parodia del viejo pasado medieval; género literario extemporáneo pues alcanza su desarrollo cuando la auténtica caballería andante tiene siglos de estar desaparecida de Europa y de la propia España. Cervantes convoca a su personaje a moverse dentro de los límites de una parodia en la que se trasluce su propia tragedia: ya el mundo no es el mismo, los grandes arcontes del pasado medieval han sido movidos de sitio, la caballería no puede volver a nacer si no es de manos de un loco, de un poeta que penetre, en su disloque, la esencia de su tiempo e intuya la llegada de nuevos valores, un modo diferente de entender las relaciones del hombre con la realidad por un lado grosera y por el otro sublime; "ese doble espacio, apunta perspicaz el poeta Antonio Machado, real e imaginario." en que están destinadas a existir las figuras que pueblan el Quijote.
Mientras tanto Cabrera Infante refleja en su obra formas básicas de composición  literaria en las que el ejercicio de fabulación no ha sido ajeno al propio menester histórico en el que se ha venido
desarrollando, durante siglos, la actividad cultural en Occidente. Fingir, dramatizar, sobreactuar, seudo
intelectualizar como lo hiciera Violeta del Valle, personaje fundamental de "La Habana para un infante
difunto", conforman un excelente correlato con la parodia. Aunque cabe enfatizar que a Don Quijote y a Cervantes no los venció la parodia, los venció la tristeza.
Violeta del Valle, la muchacha de nombre apócrifo, llegada de provincias con afán de ser actriz radial
queda inserta, merced a la obra de Cabrera Infante, en un significativo renglón de nuestra propia aventura nacional. Hay algo en el juego de los nombres que acerca a Dulcinea a Violeta, pero hay un contenido sustancial que las aleja, del mismo modo que la irrealidad acecha en los entresijos de lo cotidiano.
Lo curioso para los lectores de Cervantes, es que Dulcinea jamás aparece en la obra señalada, ella es
allí la siempre omitida, la eterna aludida. Violeta, en cambio, carece de omisiones y hace del acto de
imitar el sentido de su existencia, del mismo modo que Quijote busca en la imitación un nuevo sentido, una rara claridad que socave "la negra noche del ser".
La parodia nunca podrá ser sublime, sin embargo, hay algo en el Quijote, aceptando aun todo lo anterior,
que lo es de un modo formidable. El fin de lo sublime en literatura no sólo evoca la muerte cultural del
hombre trágico, sino que señala el gran dilema en ciernes de la Modernidad. Porque contradictoriamente
no hay mayor tragedia que "la muerte trágica"; no hay mayor percance que el fin del mundo del significado, de los valores que ya no se corresponden; no hay mayor hundimiento que el de nuestra consciencia en el género formal de la parodia.
La literatura moderna comprendida como contraproyecto cultural de la vida original y la espontaneidad de la naturaleza, como falsificación humana de la palabra, le debe mucho más a la parodia que a cualquier otro género alguna vez inventado. Pero la muerte de Don Quijote no señala el triunfo eventual de lo paródico, es, por el contrario, el perceptible síntoma crítico de que hay algo en la realidad de las cosas, denunciado admirablemente en la prosa de Cervantes, que trasluce un sentido mucho más profundo de la existencia humana. Y hay obras como la de Cabrera Infante que, a pesar de haber interactuado con cuestiones básicas de la vida y la cultura, solamente son capaces de rondar en la periferia el sentido y el valor sustancial de eso que llamamos ser. Es que hay algo insustancial que rige a toda parodia y algo
egregio y esencial que rige a todo hombre dolorosamente implicado en el reflejo paródico de su
propia existencia, como un gesto único, ejemplar que se resiste a fingir, a imitar, a reproducir.
Tratando de ser fiel al realismo de Cervantes debo expresar lo siguiente: es cierto que Don Quijote
imita, sobreactúa mientras trata de captar armonías, intuir nuevos órdenes en el cielo y sobre la tierra, y es que él se concibe a sí mismo como heredero de antiguas verdades y por eso diserta, intelectualiza,
mas es sólo a la hora de la muerte que se nos vuelve completamente auténtico y sencillo. Nunca antes. No
hay en todo su anterior periplo un gesto del caballero que haya sido espontáneo. Tal es su tragedia. Y si
bien es también cierto que Quijote no habita el infierno de la concupiscencia, debemos entender que el
personaje ha apurado de un sólo trago el infierno todavía más terrible de la irrealidad. Pero aun
aceptando esto en desmedro del caballero, deberíamos comprender que don Quijote es el héroe a quien su propio juicio le ha asignado imperativamente una tarea. Y un hombre a quien se le asigna un rol ante el
resto de los hombres no puede permitirse la debilidad de ser espontáneo.
Por eso es que aquí cuestiones literariamente recurrentes como tensión dramática, estilo,
sobreactuación, se disparan hacia límites completamente opuestos. Cervantes inició con su
Quijote un estudio sobre la condición humana valorada en múltiples aristas que abrió espacio a la parodia; a la conciencia ambigua de representar un drama muy viejo (el de la vida misma); a la ambigüedad de la existencia doblada hacia su propio decir, fragmentada en sus modos de aparecer ante el resto de los hombres; un modo específico de formalizar las ideas, los contratos, los empeños.
Dice sin embargo don Quijote en el Capítulo IX de la obra:
"(.) la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo
pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir".
Si la verdad como afirma Cervantes es hija de la historia, ¿podríamos, por nuestra parte, afirmar que
la crisis histórica que en la actualidad nos sacude debe culminar en el fracaso de la lucha existencial
que libra el escritor por su autenticidad? Porque, ¿qué es sino la parodia la forma elegida para
desnuclear al ser de su conciencia y amalgamar la existencia? ¿No es acaso el símbolo de un mago
(Frestón) que persigue a Quijote trastocando sus empresas, directa alusión cervantina de los desmanes
de la parodia cometidos inmisericordes en los predios de la existencia?
El papel que el caballero interpreta, al modo de una misión histórica asumida ante la España del siglo
XVII, tiene mucho de empeño político y está contenida, alzada, dentro de los marcos de su propia
representación y de su voluntad. Don Quijote no está loco, representa, fuerza, proyecta, aquello que él
quiere para España. Quien único ha sabido rescatar, desde el fondo de su imaginaria existencia, esta
sublime condición de Alonso Quijano, su cordura esencial, es Don Miguel de Unamuno. Muchos de los
intelectuales y académicos que ensalzan a Cervantes, lo hacen para defenestrar a Don Quijote, cuestionar su estilo engolado, el gesto iracundo estudiado en sus lecturas del gran Palmerin. E ignoran cuánta voluntad y talento representativo se debe poner en la balanza para levantar el pesado cuerpo y ponerlo a cabalgar siguiendo la romanza de los héroes de antaño.
La mañana en el campo de Montiel devela una verdad que puede llegar a ser histórica, una misión que cumplir y un lenguaje de doble perfil sobre el cual establecer el contrapunto entre ser y existencia, palabras y realidad, hechos y ficción. Mas don Quijote no es prisionero del lenguaje, lo es, en cambio, de su misión. Con su célebre personaje encarnando un anciano que luchó por restablecer en su patria de principios del siglo XVII, el lado gentil, sensitivo y justiciero de la antigua orden de caballería andante, Cervantes condujo la parodia hasta su punto límite y con ella a su hidalgo que se vio de esta manera envuelto en la peor de las lisas y en el mayor de los infortunios.
Jorge Luís Borges comentó en una ocasión, no es textual: Clásico no es el libro que tenga tales o más
cuales virtudes; clásico es el libro al que las generaciones de los hombres acuden con idéntico
fervor.
Si hoy el Quijote, fruto intrínseco de la Modernidad, se nos ofrece como un libro clásico es porque ha
sabido realizar las preguntas vitales y que, poniendo en entredicho, para empezar, a la condición humana no ha hecho si no enaltecerla. Por el contrario, cuando la fraternidad universal que porta el Quijote queda rota y el cielo especular de la naturaleza del hombre deja de ser inteligible para la razón, es que irrumpe la parodia como género propicio.
El consabido procedimiento paródico, como el viejo espíritu clásico, gustan respectivamente de establecer una relación de contrapunto con la historia, entendida como el espacio en que se expresa, en su más variada diversidad, el significado cultural de nuestra especie. Lo radicalmente diferente, es que lo clásico sabe operar como nervio fundamental de todo pensamiento devenido en agente develador de esencias y de realidades primordiales llamadas a constituir los vínculos originarios entre el mundo y su esencia, entre el artista, su conducta moral y su irrenunciable vocación; entre la aventura formal que posee la literatura y el contenido histórico de la misión del escritor.
 
 
 
 
 
*
 
Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 9 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pablo Espada. Las poesías que leeremos pertenecen a María Elena Solórzano (México) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!
 
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
 
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

 
 
YAGE, Verein für lat. Kunst,  Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44    A-5020 Salzburg    AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
 
 
 
 
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#150 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Jue, 14 de Feb, 2008 2:54 pm
Asunto: EDICIÓN FEBRERO
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Edición FEBRERO 2008
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La edición esta dedicada al escritor Antonio Dal Masetto. Quien cumple 70 años el 14 de febrero del 2008.
 
 
 
 
 
Acueducto*

 
Cuántas cosas se veían desde el acueducto. Era muy alto, una cinta clara en el cielo, sostenido por una doble hilera de columnas, y cruzaba el valle por encima de las copas de los árboles. Estaba cubierto por planchas de cemento y se lo podía usar como atajo para ir desde la salida del pueblo hasta la base de un cerro. Se ahorraba tiempo yendo por ahí, porque no había que bajar ni subir y se avanzaba siempre en línea recta. Se oía el agua correr bajo los pies.
El día que anduvimos con mi padre por aquel camino aéreo había mucho sol y se veían nítidas las cimas de las montañas. Yo caminaba bien por el medio, con los brazos abiertos, haciendo equilibrio. ¿Qué ancho tenía el acueducto? ¿Un metro? ¿Más de un metro? ¿Menos? Imposible establecerlo. La memoria está condicionada por el recuerdo del vértigo que me provocaba la altura.
Mirando de reojo, descubría abajo los nidos en las ramas, reconocía los sitios donde sabía que crecía el mejor musgo para el pesebre de Navidad, cada pozo de agua profunda en el río correntoso donde iba a pescar, la casa de un pariente, la de un amigo, campanarios, alguna silueta de hombre o mujer en el camino de la otra orilla. Se veían muchas cosas y sin duda aquel paseo hubiese sido un gran placer si el vértigo no me hubiese impedido disfrutar.
Mi padre me precedía. Una mochila vacía le colgaba del hombro. No se daba vuelta. Llevaba las manos en los bolsillos. De tanto en tanto, sin detenerse, giraba la cabeza hacia un lado y hacia el otro para seguir el vuelo de un pájaro. Tal vez silbara. Íbamos a buscar hongos y a recoger castañas en los bosques.
Yo, unos metros atrás, miraba su espalda y me preguntaba: ¿cómo hace para moverse tan tranquilo acá arriba y con las manos en los bolsillos? ¿cómo hace para caminar sin hacer equilibrio? ¿cómo hace? Y así lo seguía en aquel aire puro, alto sobre el valle, siempre con mis brazos abiertos, cuidadoso, tratando de colocar los pies en las huellas invisibles que dejaban los suyos.


* de Antonio Dal Masetto.
"El padre y otras historias" Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2002.
 
 
 
*
 
Más adelante, mientras bajaba, me detuve frente a una carpintería. Detrás del cerco de madera, entre las pilas de tablones, se movían hombres y máquinas. El aserrín y el ruido llenaban el aire. Recordé que ese olor y ese oficio habían alimentado mi imaginación en un tiempo, hacía mucho. Aquel deseo seguía conservando su peso, se me revelaba ahora como una cicatriz y me gustó poder recorrerla, tantearla nuevamente bajo la capa de los años. Me sentí llevado a otra calle, bajo unas moreras, a la penumbra de otro taller visto a través de la ventana enrejada. Eran los mismos hombres silenciosos, seguros, atentos solamente a la marcha de su trabajo. Un viejo, desde adentro, me gritó si buscaba algo. Hice señas que no, pero no me moví. Seguí aferrado a ese rumor y ese perfume. Para mí eran como una base, imágenes
ciertas, cosas que habían significado algo en mi vida. Me apoyé en esa seguridad y dejé que pasaran los minutos. Cuando me fui, durante un rato me acompañó el canto de la sierra. Después también ella se disolvió en ese aire demasiado puro. Giré la cabeza y el taller había desaparecido entre los árboles. Pensé: No está más. Y era igual que si se hubiese ido en el tiempo.
Me senté al costado del camino, frente a las montañas. Pasaron mujeres, grupos de chicos. Oía el sonido de las voces, pero no entendía las palabras.
Era como si hablasen un idioma extranjero. Cerré los ojos una vez más y traté de preguntarme quién era yo, qué hacía, qué esperaba. Pero no encontré más que una luminosidad vacía, una confusión en reposo.
En todo el tiempo que permanecí allí no hice otra cosa que recordar aquella última visita a la casa de mis padres. Estaba parado en la quinta, mirando las gallinas, los árboles frutales quemados por la helada, el muro de ladrillos, la enredadera, los almácigos, la casa marcada de pequeños trabajos, de preocupaciones diarias, la huella de todo eso en la tierra, en las ramas, en las paredes. Y me preguntaba cómo recordaría esas cosas en un tiempo, un año, dos. Qué quedaría en mí y qué lograría conservar sino un
recuerdo vago, una idea, casi nada. Me pregunté de qué me valía la conciencia que tenía en ese momento de todo eso. Recordaría tal vez un jardín donde había tenido conciencia, donde había intentado tener
conciencia. Y ese día se confundiría con otros anteriores, ese cielo con otros, las ideas de entonces se borrarían, yo sólo retendría la vaga sensación de haber estado allí, frente a las gallinas, a los gorriones. Me pasé horas sentado en el patio, sin moverme, sabiendo que no serviría de nada. Y aquella noche jugué a las cartas con mi padre. Tampoco esa vez hablamos, nunca hablábamos. Nos comunicábamos a través de cosas como ésa. A él le gustaba jugar conmigo. Era una forma de tenerme cerca, de recuperarme.
Estaba atento a su juego, ponía empeño. Yo lo miraba, trataba de grabarme esa imagen como por la tarde había tratado de grabarme la imagen del jardín.
Tenía todavía presente la forma temerosa en que el día anterior, al volver a verme después de cuatro meses, me había puesto la mano sobre el hombro y me había golpeado tres, cuatro veces, toscamente, como si no supiese qué hacer, como si no encontrase la forma de exteriorizar su alegría y de tocarme. Me pregunté si no sería ésa la última vez que nos veíamos. Y aun siendo así sabía que no hubiese encontrado qué decirle. Miraba su cabeza, miraba mis cartas. Mi padre me decía: "Dale, te toca a vos". Mi madre estaba en la cocina, lavando los platos de la cena. Afuera, del otro lado, había cosas que conocía. El silencio, los perros, las calles arboladas, los faroles, un pueblo donde había pasado parte de mi infancia y no había sido feliz. Mi padre repetía: "Dale". Yo me preguntaba: ¿Cuántas veces volveremos a vernos todavía? Advertía lo distante que estuve de ellos desde que me había escapado de esa casa, la resignación con que habían aceptado esa realidad, el silencio que había reinado entre nosotros durante todos esos años, la alegría furtiva que traían mis visitas, empañadas también ellas por la sombra de mi próxima partida. Miraba las paredes que, de vez en cuando, entre un viaje y otro, encontraba de color diferente. el retrato de casamiento de mis padres, el paisaje marino que yo había pintado a los trece años, los cuadritos que mi hermana se encargaba de comprar y que a veces renovaba, la heladera, una adquisición bastante reciente, el baño azulejado, con pileta nueva, la ampliación del corredor hacia el jardín. Todas cosas que habían ocurrido sin que me enterara, que significaban cambios, tal vez luchas, preocupaciones, discusiones. Hacía años que estaba ausente, no sabía nada de esa casa. Mi padre se impacientaba: "Y dale". Yo dejaba caer las cartas al azar, fingiendo lamentar las malas jugadas. Hubiese querido tener cosas que decir, hubiese querido recuperar todo ese tiempo. Desde la cocina mi madre preguntaba si queríamos café. ¿Se dirigía a mí? Tenía la sensación de que no era conmigo con quien estaban jugando a las cartas, de que no era a mí a quien servían cuando me sentaba a la mesa, sino aquel otro que se había ido hacía tiempo y en cuya representación yo aparecía de vez en
cuando. Me sentí un extraño, un ladrón, y se me llenó la boca con gusto a muerte. Mi padre mezclaba las cartas, me empujaba a seguir, estaba contento.
Yo volvía a mirar esa mandíbulas fuertes, esa nariz tan igual a la mía. Me preguntaba: ¿Qué puedo hacer por él? ¿Trato de ganarle? ¿Lo dejo ganar? No se me ocurría otra cosa.

 
*de Antonio Dal Masetto.
-Fragmento del capítulo cinco de "Siete de Oro".  Editorial Planeta. edición de 1991.
 
 
 
 
 
Encuentro*

 
En un viaje reciente al pueblo donde viví de chico me detuve en una esquina, cerca de la estación de trenes, donde todavía resiste una vieja casa de ladrillos sin revoque y una vez más me vino a la cabeza el nombre de Borges.
En aquella época de mi adolescencia la casa era un almacén que funcionaba también como boliche y seguramente tenía unas piezas al fondo donde los paísanos podían alquilar una cama. Ahí, una tarde, mientras pasaba en mi bicicleta de reparto, vi salir a dos hombres y detenerse bajo el sol y sacar
sus cuchillos.
Yo acababa de llegar al pueblo desde otro continente. Había cruzado el océano en un barco de emigrantes y en nuestros bultos, entre las escasas pertenencias, había algunos libros de Emilio Salgari. Me pertenecían y habían llenado mi infancia de aventuras. Durante la travesía, yo sentía que
esas aventuras comenzaban a perfilarse como posibles y parado en la proa del barco soñaba con una América mítica y confusa donde se mezclaban los indios sioux, el México legendario, el Amazonas y los Andes. Es probable que, cuando llegamos, aquél pueblo chato me desilusionara un poco. Lo que
descubrí fueron silenciosos hombres de a caballo y que llevaban cuchillos en la cintura. El cuchillo era una herramienta de trabajo para los hombres de campo, pero también servía para dirimir oscuras reyertas en cualquier calle de las orillas del pueblo. Supe de muchas peleas y algunas habían alcanzado
estatura de leyenda.  Y aquella tarde vi mi propia pelea. Tal vez sentí que la aventura había llegado por fin a buscarme. También es posible que aquel enfrentamiento bajo el sol me haya parecido una ceremonia triste. En esos días apenas masticaba algunas palabras del nuevo idioma y hacía mi aprendizaje recorriendo las páginas de revistas viejas. Sé que una de las primeras historias que pude leer entera -o tal vez fue una de las primeras que me impresionó- trataba de dos hombres que se enfrentaban a cuchillo. El autor se llamaba Borges. Aquello que había visto meses antes en una esquina volvía a encontrarlo en las páginas de una revista o de un libro. Este acercamiento doble, mi experiencia por un lado y las palabras escritas por otro, ahora asociados, abrían una perspectiva nueva, le conferían al hecho una importancia que yo todavía no hubiese podido definir, pero cuya magia comenzaba a seducirme. Tal vez descubrí ahí, sin saberlo, la fascinante alquimia del traspaso de la realidad a la ficción, la realidad rescatada y perpetuada en la literatura. Después, mucho después, accedería a los libros de Borges y volvería a enfrentarme con otros rituales donde la violencia y un par de hojas afiladas eran los principales protagonistas. Y tal vez pude especular, igual que otros, con la inútil reflexión de que esa pasión por los cuchillos, que atraviesan tantas de sus páginas, no sea más que la manifestación nostálgica de un hombre condenado al hábito de las ideas; nostalgia por un mundo donde lo que importa es el riesgo y el coraje físico.
Descubriría tambíen que las historias de Borges no estaban hechas sólo de puñales y hombres que los esgrimían. Su literatura era mucho más que eso y me deslumbré con sus juegos, su humor, sus laberintos y su inteligencia.
Pero para mí, aquel hallazgo inicial siguío teniendo peso propio. El recuerdo de los dos hombres parados bajo el sol de una calle de mi adolescencia irían acompañados siempre por la fuerte resonancia del nombre de un escritor. Y me remitirían a él tanto o mucho más que las catedrales elaboradas por su prodigiosa fantasía. Estas cosas sentí en mi última visita al pueblo, parado frente a aquella vieja esquina. Volví a pensar que ahí había comenzado efectivamente una aventura y que esa aventura todavía me acompañaba. Pensé también que esa contraposición o esa alianza entre la barbarie del cuchillo y la delicadeza del pensamiento se convirtieron después en una imagen válida para definir la América que descubriría con el pasar del tiempo.
 
 
*de Antonio Dal Masetto.
 
 
 
 
 
Remolino*

 
Después de dieciséis horas de vuelo, dos trenes, un transbordador, el viajero regresa al pueblo donde nació y del que se fue siendo chico. Se instala en un hotel que en un tiempo fue un convento y de inmediato sale a recorrer. Camina lo que queda de ese día, camina al día siguiente. Pasa por la que había sido su casa, por la escuela, por la cancha de fútbol, por el cementerio. Cruza los puentes sobre los dos ríos que bordean el pueblo, busca sin encontrarla la represa donde iba a nadar. Demasiadas cosas
cambiaron, modificadas por la intervención de los hombres o por las traiciones de la memoria. Y aun aquellas que se conservan tal como las había fijado el recuerdo ya no le pertenecen. El viajero camina sin parar, desilusionado y extranjero. En algún momento se pregunta si todavía estará cierto patio empedrado, detrás de una pequeña iglesia, bajando hacia el lago. Ahí se reunía a jugar con los amigos después de la escuela. De ese patio, vaya a saber por qué, conservó la imagen de un ángulo formado por las paredes de dos casas, donde el viento se arremolinaba y arrastraba hojas secas, briznas de pasto, papeles. Recuerda en especial -otra curiosa selección de la memoria- los envoltorios de caramelos. En la mañana del tercer día se mete en una callecita en sombra que viborea entre construcciones antiguas, pasa bajo una arcada y ahí está, frente a él, el patio. Acá no advierte grandes cambios. Sólo le parece que las paredes estan más negras y que las puertas y las ventanas alrededor variaron de tamaño.
Avanza unos pasos cautelosos y entonces lo ve. En el rincón perdura el remolino. El viento arrastra hojas secas y papeles igual que antes. Después de haber deambulado por el pueblo sin encontrar nada que le permitiera identificarse, nada para abrazar, nada para poder decir "esto es mío, esto soy yo", el viajero acaba de oír una voz familiar llamarlo por su nombre.
Cierra los ojos para escucharla mejor, para que no se le pierda. Se abandona. Entonces piensa que desde el momento de su partida, la voz estuvo ahí, viva en el remolino, invocándolo, reiterando día tras día el conjuro para el regreso. Piensa que la voz perduró alimentada por un elemento tan inasible como el viento, se mantuvo gracias a la persistencia y a una forma de fidelidad del viento. Y el reclamo sin duda llegaba hasta él, en su ciudad del otro lado del océano, porque ésa, la del patio empedrado, era una
de las imágenes que volvían a la hora de recordar. Al viajero le gusta creer eso. Y permanece parado de cara al rincón, viendo desfilar su vida. Su vida transcurrida en otras partes del mundo, sometida a leyes de otros vientos.
Aunque ahora le parece saber que, anduviera por donde anduviere, siempre estuvo mirándose en ese espejo, atento a la voz del remolino inicial, intentando mantener vivas también él, en las pérdidas y en las turbulencias de sus años, tantas diminutas cosas desechadas.

 
*de Antonio Dal Masetto.
"El padre y otras historias". Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2002.
 
 
 
 
 
Carta a mis hijos*

 
Este es el hogar que les toco, una pálida ciudad americana, una ciudad sometida a las modas, que les ha transmitido sus costumbres y sus histerias, que los ha saturado con sus músicas, sus pobrezas, sus tristezas, sus crímenes. Quiero que lo sepan: en sus venas hay otros soles y otras fiebres. Sus carnes no están amasadas solamente con olor a nafta y horizontes de cemento. Quiero que lo sepan porque tal vez algún día, cuando les toque hacerse la gran pregunta, esto pueda formar parte de sus respuestas. Recupero imágenes de un tiempo que no les pertenece. Pero seguramente las presencias que lo habitan estén tan vivas en la memoria de vuestras sangres como en la mía.
Hay una casa sobre el lago y un pedazo de tierra con hileras de vides. Vuestro abuelo cuida de esa viña. Llega la estación de la vendimia y lo miro cortar los racimos, transportar los canastos, pisar la uva en la cuba. En los días que siguen, en la penumbra del sótano, el olor del mosto es, para mí, olor a misterio.
Hay otra casa, en la montaña. En la tierra difícil vuestros han sembrado trigo. Los veo, encorvados, manejando la hoz y abriendo surcos en el trigal. Los haces son transportados en carro hasta el molino, en una aldea vecina. Allí se muele y se paga con parte de lo cosechado. Al atardecer vuelven trayendo las bolsas de harina con las que amasaran pan durante todo el año.
Estas son las dos imágenes que quiero rescatar. Una es oscura y subterránea: ese sótano y su fermentar secreto, su actividad viva detrás de la puerta cerrada. La otra esta llena de la luz de los trigales y el trabajo bajo el sol. Tal vez estos recuerdos no signifiquen nada y sean solo el reflejo melancólico de alguien que no se ha acostumbrado a las perdidas y al desarraigo. Pero insisto en creer que en esa luz y en esa sombra existe una enseñanza. No quiero sugerir que aquella fuese gente feliz. Eran tozudos y eran egoístas. Tuvieron hijos y defendieron lo suyo. Duraron. Alimentaban sus vidas con trabajo, con odios y alegrías, con pasiones fuertes y primitivas. Pero nunca con indiferencia, que es uno de nuestros males. Perpetuaban ceremonias que para nosotros perdieron sentido. Esperaban la hora de la cosecha seguros de que llegaría. Trabajaban para que el milagro se repitiese. Confiaban, y la tierra no los defraudaba. No se preguntaban por que. Dos guerras pasaron sobre sus casas. Ellos siguieron sembrando y cosechando.
Mas tarde, vuestros abuelos, trasplantados a tierra americana, seguían aferrados al ritual en los pocos metros de la casa en que vivían. Plantaban hortalizas y frutales, espiaban el devenir de las estaciones. Esos florecimientos y desarrollos parecían contribuir a darles una medida y una razón a sus vidas. Probablemente, para ellos lo importante no fuese la necesidad y el placer de la cosecha, sino la certeza de la cosecha. Sin saberlo, acataron mejor que nadie el papel que a todos nos ha tocado desempeñar.
El ejemplo de esa entrega, que es también elección, que es también participación, nos habla un lenguaje olvidado, pero que reconocemos.
Nos sugiere que quizá no seamos mas que intermediarios entre fuerzas que nos superan y un mundo que acepta y necesita nuestra colaboración. Que más allá de nosotros, de nuestra voluntad y conocimientos, existe una alianza entre las cosas, un pacto inalterable que es preciso secundar. Cada día trae su confusión, pero la meta es siempre la misma.
Nuestra tarea es el rescate. Lo perdido, lo oculto es nuestro objetivo. Hay en nosotros una memoria que no proviene solamente del pasado.
Ella nos indica el camino: poner orden en lo invisible. Las herramientas, los elementos de trabajo, igual que la pala y la zapa, están de este lado. Energía, lucidez y paciencia son nuestras cartas de triunfo. Pero también impaciencia, desorden, pasión. Y delicadeza, que es privilegio de la fuerza. Si todo esta en todo, entonces siempre hemos estado cerca de lo que buscamos. Cada día, cada hora, la realidad nos esta repitiendo el mismo estribillo. No hay pistas falsas. En todas partes hay señales y conclusiones. Será necesario recorrer esos senderos para llegar a descubrir lo que en ultima instancia sabíamos desde el principio.
Aquella luz y aquella sombra no son solo partes opuestas y complementarias de una misma esfera. Son también un espejo de nuestra condición. No nos queda mas que confiar en que la tarea visible proyecte sus frutos en lo invisible. ¿ Que es el vino sino agua que contiene fuego? ¿ Que es el pan sino tierra que levito?


*de Antonio Dal Masetto
 
 
 
 
Conversación*

 
Es agradable recorrer el pueblo vacío en la hora anónima de la siesta, llegar hasta la ruta y seguir pedaleando parejo como quien tiene un destino preciso. No hay tránsito en esta ruta, a los costados sólo campo y campo, y la luz se devora todo. Nace una figura allá adelante, desdibujada primero, más precisa después: otro ciclista. Avanza y se detiene cuando estamos a punto de cruzarnos, me detengo también, hay un saludo y hablamos un poco, cada cual sobre su bicicleta, un pie en el suelo y otro en el pedal.
-Es raro encontrar a alguien pedaleando en este camino- dice el desconocido.
-Es cierto, hace rato que vengo andando y no he visto a nadie- digo.
-¿Sale seguido a pedalear?
- No muy seguido, casi nunca en realidad.
-Los primeros quince minutos son los más duros, después la bicicleta va sola.
-Entonces hace por lo menos sesenta minutos que estoy en los primeros quince minutos.
-¿Se dirige a alguna parte en especial?
-Solamente pedaleo.
-Eso es bueno. Pedaleando se descubren cosas. Uno llega silenciosamente y toma las cosas por sorpresa.
-Algo de eso percibí.
-No quisiera parecer pretencioso, pero andar por la ruta en bicicleta es una forma de sorprender el mundo.
-Es una buena definición.
-¿Cómo describiría todo esto?
-Es muy grande y hay mucha quietud.
-¿Le gusta la palabra quietud?
-Me gustan todas las palabras.
-¿Vio muchas cosas pedaleando?
-Vi insectos. Vi nubes de mariposas amarillas y negras, y también una blanca, voló delante de mi bicicleta durante un trecho largo y era como si me guiara. También vi una mariposa muerta sobre el asfalto. Evité pisarla con la rueda.
-¿Qué más vio?
-Vi un animalito bastante grande parado al borde del camino. Yo avanzaba hacia él y el animal no se movía. Me esperó hasta que estuve bien cerca, a un par de metros, recién entonces me miró y se fue.
-¿Dice que lo esperó? ¿Está seguro que lo esperó?
-Me dio toda la impresión.
-A esta hora hay mucho silencio, pero si uno presta atención también hay muchos sonidos.
-Tiene razón, hay muchos sonidos en el silencio.
-Al principio son difíciles de captar, uno ni se da cuenta, hasta que empieza a detectarlos y entonces es como un tejido uniforme de sonidos rodeándolo, sonidos lejanos y tenues, son miles.
-Hay pájaros.
-Cantidades de pájaros, una red de trinos en sordina.
-Me pregunto si no serán todos esos sonidos los que hacen el silencio.
-Es la luz la que hace el silencio. Los pájaros se esconden en la luz. La luz esconde todo.
-Empiezo a darme cuenta.
-También hay voces en el silencio, susurros. Dicen que es el lenguaje de las almas de los muertos.
-No sabría identificarlas. Nunca me tocó escuchar las voces de las almas de los muertos.
-Debería prestar atención.
-A veces pasa un coche y el silencio se rompe.
-Cuando el coche pasa junto a uno es como un chocar de agua y después es como un agua que se aleja. También el coche sirve para evidenciar el silencio y los sonidos que se esconden en el silencio.
-Cuando la ruta cruza a través de una arboleda todo cambia.
-Meterse entre árboles es igual que zambullirse en la frescura de un arroyo y buscar el fondo. Hay otros sonidos y otro silencio.
-Venía pensando en esas experiencias, pero todavía no había conseguido ponerles palabras. ¿Usted va a alguna parte en especial?
-¿Ve aquella masa de árboles azules que tienen forma de ballena?
-La veo.
-Me propongo llegar hasta ahí.
-¿Y después?
-Después elijo otra meta. Y después otra. Y sigo.
-¿Hasta cuándo?
-La ruta no se acaba nunca.
Nos despedimos y cada uno se va por su lado. Cuando encaro por la ruta vacía y vibrante de luz elijo también yo mi próxima meta: un árbol solitario, muy lejos, muy alto, muy fino, y con la cima curvada como un anzuelo o un signo de interrogación.

*de Antonio Dal Masetto.
 
 
 
 
 
 
Hitler*
 
 
Revisando papeles viejos encontré un recorte de un aviso publicitario de un diario brasilero. Seguramente es de los años 1959, 1960, cuando hice mis primeros viajes a Brasil. El aviso es de Eurailpass. Vale la pena una descripción rápida.
Hay una foto de Hitler con las manos extendidas frente a él, manos que podrían sugerir dos garras. Debajo de la foto, con letras grandes, la siguiente sugerencia: VAYA A EUROPA AHORA, ANTES QUE APAREZCA OTRO.
Luego, con letra pequeña, las ventajas de viajar con Eurailpass y, turista feliz, convertir en propio el sueño de conquista de ese hombre.
Más allá de lo que podríamos definir como dudoso humor negro e igualmente dudosa eficacia publicitaria, el aviso de Eurailpass nos remite sin embargo a una realidad que la historia del mundo nos ha enseñado largamente. La amenaza de ese "otro", la posibilidad de aparición de ese "otro" siempre
estuvo presente, y seguramente seguirá acechando y creciendo acá y allá, en cualquier parte del planeta, como hongo venenoso. ¿Qué tipo de aviso publicaría Eurailpass en estos días que corren?
En este momento, las manos que pretenden extender su sombra depredadora y asesina sobre el mundo, ese nuevo "otro", no apareció en Europa, sino de este lado del océano, en los Estados Unidos de Norteamérica, y su nombre es George W. Bush.
En Europa cuenta con algunos aliados.
La Italia de Silvio Berlusconi (si uno habla con italianos parecería que todos concordaran en que Berlusconi es un delincuente, y lo votaron).
La España de José María Aznar (si uno habla con españoles parecería que todos concordaran en que Aznar es un zopenco pusilánime que tiene un gran aire de familia con nuestro De la Rúa, pero ahí están aguantándoselo).
Y por supuesto Inglaterra, maestra de exterminios, campeona de atrocidades en todas las latitudes.
Cuando en estos días resuena la palabra guerra me viene a la memoria un poema de Salvatore Quasimodo, escrito al finalizar la Segunda Guerra Mundial. La última parte del poema dice así:
".... Y ahora/ que habéis ocultado los cañones entre las magnolias,/ dejadnos un día sin armas sobre la hierba/ al susurro del agua en movimiento,/ de las hojas de caña frescas en el pelo,/ mientras
abrazamos a la mujer que nos ama./ Que no suene de pronto sin ser noche/ el toque de queda. Un día, un solo/ día para nosotros, oh amos de la tierra,/ antes que vibren otra vez el aire y el hierro/ y una esquirla nos queme en plena frente".
Hijos de una civilización que no cesa de destruirse a sí misma, de masacrar, de acumular dolor sobre dolor, podemos entender, podemos compartir, esta suerte de melancólico ruego de Quasimodo
 -maravilloso poeta-. Pero la dignidad, los derechos, la indignación de mujeres y hombres del mundo
imponen una postura diferente. No se puede, no se debe esperar calladamente la hora de la esquirla en la frente. Hay que oponérsele. Ahora. Decir que no. Que no.

 
*Por Antonio Dal Masetto.
Fuente Página/12. (febrero del 2003)
 
 
 
 
Sueño*

 
Nos juntamos en el bar para una charla amable y, tarde o temprano, inevitablemente terminamos hablando de los malvados. Cómo se hace para parar a los malvados, nos preguntamos. Siempre son cómplices de la policía o son policías, son cómplices de los políticos o son políticos, son cómplices de
los jueces o son jueces. Estamos atrapados. ¿Habrá que acudir a la Policía Montada de Canadá, a los jueces de Islandia, a los institutos de rehabilitación de delincuentes de Suecia?
Hay una paisano acodado en la barra que se está tomando una ginebra y pide la palabra. Cuenta que viene de un pueblo perdido en el Chaco. Gente trabajadora y solidaria. Hasta que un día, entre ellos, por esas cosas del destino, surgieron cuatro chorros.
-Cuatro auténticos malvados, como dicen ustedes. Los tipos se robaban parte de las cosechas, saqueaban el molino colectivo, se metían en las casas a rapiñar de noche.
Estaban enquistados en nuestra comunidad y no podíamos sacarlos de ninguna manera. La policía se encontraba a 300 kilómetros de  distancia, el juez lo mismo. También nosotros, como ustedes, estábamos atrapados.
-¿Pudieron resolverlo?
-Lo conseguimos gracias a la voluntad colectiva. Según nuestra humilde experiencia, cuando la voluntad colectiva entra a funcionar de verdad, es imbatible.
-Un poco más de precisión, por favor, paisano, que acá andamos con algunas necesidades urgentes.
-Resulta que un día, el más viejo de nosotros, hombre de más de cien años, nos contó que mientras dormía una voz le había sugerido que la gente del pueblo se reuniera y, siempre soñando, juzgara a los malvados por sus fechorías.
-¿Soñando?
-Tal cual. El anciano nos pidió que esa la noche nos fuéramos a dormir y todos soñáramos lo mismo. Así lo hicimos.
-¿Para el juicio?
-Sí.
-¿Y los malvados?
-Cuando se enteraron de lo que se les venía, hicieron todo lo posible para no dormirse, pero finalmente los venció el sueño.
-Por lo tanto, en el juicio estaban todos.
-Grandes y chicos. Fue un juicio muy animado, con jueces, acusadores, defensores y un gran jurado integrado por el pueblo entero. La defensa fue inteligente y apasionada. La acusación, implacable y precisa. El jurado deliberó y los malvados fueron encontrados culpables. Los jueces dictaron la
sentencia.
-¿Y qué pasó?
-Inmediatamente los sentenciados se despertaron en sus casas, apoyaron el brazo derecho sobre un tronco y se cortaron de un certero hachazo la mano que había robado.
Los aullidos que sacudieron y arrancaron a los habitantes de todo el pueblo del sueño confirmaron que la sentencia se había cumplido. Y que la voluntad colectiva se había impuesto.
-¿Y después?
-Desde entonces, los cuatro mancos andan por el pueblo arreglándoselas con una mano sola y sirviendo de ejemplo de lo que no se debe hacer.
-¿Hubo mancos nuevos en el pueblo?
-Nunca más.
Ahora en el bar reina el silencio. Nadie habla. Durante un rato sólo hay intercambios de miradas. Después, uno bosteza. Otro también. Todos bostezamos largamente.
-Me agarró un poco de sueño -dice uno. -A mí me agarró una modorra terrible y además unas ganas bárbaras de soñarme algo interesante -dice otro.
-Yo también me estoy durmiendo y quisiera tener un lindo  sueñito de esos que te dejan el corazón tranquilo.
-Ya veo que estamos todos en la misma -dice el Gallego-, así que voy a poner un cartel en la puerta: "No molestar, gente soñando".

Todos cruzamos los brazos sobre las mesas, apoyamos la cabeza, cerramos los ojos y nos dedicamos a hacer noni noni.
 
 
*de Antonio Dal Masetto.
 
 
 
 
Anna*

El hombre ha salido a caminar sin dirección, fuma y sus pasos y sus divagaciones lo llevan lejos. Nubes fugitivas en el cielo nocturno, temblor de luna, tibios reflejos de faroles en las calles empedradas, árboles podados, ramas apiladas sobre las veredas y, al doblar una esquina, una figura parada en la mitad de cuadra, un descubrimiento para el hombre que vaga por la ciudad vacía.
La muchacha permanece detenida, vuelta hacia él y parecería que lo mirara o lo aguardara, tiene flores en las manos y sus ojos están en sombra. También el hombre se detiene y ahí permanecen, observándose, mientras transcurren los segundos y el hombre sabe, súbitamente, como en una revelación, que el nombre de la muchacha es Anna y que las flores quizás sean para él.
Después ella da media vuelta y comienza a caminar y el hombre la sigue y no acorta distancia y allá van por calles y calles, entre las casas mudas y los gatos, y siempre hay nubes arriba y temblores de luna y de tanto en tanto la muchacha gira la cabeza, tal vez para comprobar si el hombre continúa detrás de ella, tal vez para incitarlo a que no abandone la persecución. Y el hombre, a la distancia, comienza a conversar con la muchacha y su discurso es confuso y es lento y no pasa de ser un susurro, aunque está seguro de que ella, allá adelante, lo escucha. Murmura: En esta tierra rica fundamentalmente de cosas perdidas, tierra de atrocidades, indiferencias y miserias, no me resultará fácil hablarte. El hombre intenta e intenta y se esfuerza por construir una historia coherente. Y así avanzan y hay más calles y faroles y jardines y plazas.
Y ya no importa si esta necesidad de confesión es apenas un torpe ronroneo en el gran silencio que lo rodea. El hombre comprende que la muchacha que lo precede ha venido a convocarlo, que éste no es un paseo gratuito. Comprende que es tiempo de balances, rendiciones de cuentas. El aire está poblado de señales, voces rotas, llamados difusos, rubores de la memoria, nombres trabajosamente rescatados, enarbolados ahora por encima de muertes, olvidos, desprecios e ironías, nombres que vuelven intermitentes con los rumores que el viento trae un instante y arroja nuevamente a las aguas de la noche.
Ya no importa la torpeza, la confusión, las palabras que no acuden o que la imaginación niega. Ya no importa nada de eso. Porque ahora ahí está la muchacha marcando camino, guiando, abriendo una brecha, despejando. La volátil y firme figura de la muchacha nocturna, imagen que no transige, que no sucumbe, que no habla de derrotas, pero sí de firmezas y permanencias y sin duda de una obstinada libertad.
Paso ligero de la muchacha a través de la ciudad dormida, reverenciando, rescatando, enalteciendo para la noche del hombre que la sigue, para sus horas futuras, las imprevisibles, las fuertes oscilaciones de la vida. Entonces, una vez más, alrededor del hombre, la noche vibra de significados nuevos, alberga años y sabor de juventudes y caminar detrás de la muchacha por calles nuevamente familiares, después de tantos voluntarios o forzados exilios, en este septiembre cambiante, es retomar viejas sendas y descubrirse entero y dispuesto, sacudido por estremecimientos olvidados, inconsciencias, locuras, alimentos para raíces de otros tiempos.
La hora se carga de certezas, aquella figura va opacando dudas, pone ráfagas de asombro en el silencio de los días. Y nuevamente la muchacha gira la cabeza, muestra brevemente su perfil y avanza y todo el tiempo parecería decir: También éste, como siempre, como todos, precisamente éste, es el momento decisivo.

*de Antonio Dal Masetto
"Reventando Corbatas"  Torres Aguero Editor. Bs. As. 1988.
 
 
 
 
 
Platito*

Parece que la crisis de pareja alcanzó niveles sin antecedentes y todo haría suponer que va en camino de agravarse. Tengo una clara señal del problema esta tarde, cuando me siento en una confitería y en la mesa vecina hay seis señoras tomando el té. Lindas señoras. Un ramillete de bonitas señoras.
Hablan en voz alta así que no puedo evitar escuchar la conversación. Más que hablar se quejan. Son voces acongojadas que terminan en llanto. Y la frase que aparece todo el tiempo es:
-Ya no hay hombres.
Cada una expone su drama, la última relación, la mala suerte, la indiferencia, el egoísmo y las canalladas del fulano. Se lamentan por los fracasos pasados y se lamentan por la imposibilidad de establecer una nueva pareja. Probaron de todo: retomaron los estudios en la universidad,
recorrieron los boliches de moda, acudieron a las academias de tango y de salsa. No les queda nada por intentar.
-Ya no hay hombres -repiten.
Lloran. Las lágrimas no se deslizan por las mejillas, sino que salen disparadas de los ojos como de un surtidor y van a caer en las tazas de té.
En realidad son cinco las que se quejan y lloran. La sexta permaneció callada todo el tiempo. Es una morena delgada y de expresión serena.
-Chicas, chicas, paren la mano -interviene finalmente la morena delgada-. Están haciendo mal las cosas, ustedes tienen una visión errada del tema; la ciudad está llena de hombres y la mayoría disponibles. Los hombres están donde estuvieron siempre, solamente hay que saber atraerlos. Hace muchos años, pero muchos, que prácticamente no paso un día y una noche sola, y les puedo asegurar que cambié y cambio muchos compañeros, se va uno y aparece otro.
-¿Cómo hacés? -preguntan las otras secándose los ojos con las servilletas.
-Presten atención que les paso la receta. Como primera medida, siempre tengo un cartón de leche en la heladera. Apenas quedo sola, quiero decir cuando el último hombre que pasó por mi casa acaba de partir, saco la leche y pongo a entibiar un poco. Luego la vuelco en un platito. Utilizo un lindo platito, de ésos con flores esmaltadas. Agrego una cucharada de azúcar y revuelvo.
Después entreabro la puerta y coloco el platito cerca de la entrada, del lado de adentro. A la manija le ato un piolín que mediante un dispositivo muy sencillo cerrará la puerta apenas le pegue un tironcito. Y me pongo a esperar. Nunca tengo que esperar demasiado. En cualquier momento uno asoma la cabeza, descubre la leche tibia, entra con pasos cautelosos y se pone a lamer. En ese momento tiro del piolín, la puerta se cierra y una vez que está adentro, listo. Te pueden tocar gordos, flacos, jóvenes, maduros.
Algunos vienen lastimados, otros son un poco ariscos. Yo les tengo cariño a todos. Lo que quiero transmitirles, chicas queridas, es que la ciudad está llena de tipos necesitados de que le rasquen un poco la cabecita y le hagan unos mimos. Pongan en práctica mi método y nunca más van a dormir solas. No
es que les vayan a durar para siempre. Algunos se van solos después de un tiempo, a otros hay que llevarlos del brazo para invitarlos a salir por la puerta por la que entraron. Y después de nuevo a calentar la lechita.
-Ya mismo corro a casa a fijarme si me queda leche en la heladera y si no me voy al supermercado -dice una.
-Yo también -dicen las otras. Pagan, salen, las miro despedirse en la vereda con besos apresurados y partir veloces en distintas direcciones. Me quedo pensando que el método seguramente se difundirá y dentro de no mucho tiempo la ciudad brindará a los desangelados caballeros que la transitan la
posibilidad de cientos, de miles de puertas entreabiertas con el plato de leche esperando un poco más allá del umbral.

 
*de Antonio Dal Masetto.
 
 
 
 
 
La función del cuentista*

El Bajo, madrugada. En el Bar Verde me encuentro con Tusitala, el moreno tamborilero que hace años supo ser cocinero jefe de una tribu de antropófagos reflexivos, en Africa.
-Tengo una historia para usted -me dice Tusitala-. Me la relató un misionero que capturamos en la selva, un tal Spencer Holst, tipo curioso, había aprendido el idioma de los gatos y hablaba con ellos como si fueran personas. La cuestión es que ya estaba por tirarlo a la olla (pensaba prepararlo a la cazadora con papas) cuando dijo que quería contarnos una historia. A la gente de aquella tribu le enloquecían los cuentos. Así que suspendimos todo y lo rodeamos para escucharlo.
-Usted tiene la virtud de despertar inmediatamente mi interés, Tusitala -le digo.
-Resulta que en un tiempo el misionero había andado por Bali. Usted sabe que Bali es un lugar maravilloso, siempre es primavera, todo es verde esmeralda, las mujeres son hermosas y andan con los pechos desnudos y adornadas con colgantes de oro, jade y laca púrpura, y se la pasan bailando al compás del gamelán.
-Siempre logra asombrarme con sus conocimientos, Tusitala.
-Me limito a repetir lo narrado por el misionero. El Radja de Klunckung, príncipe y señor del lugar, había sufrido terribles heridas en la cara, hacía muchos años, a raíz de un incendio en el puri, o sea, el palacio. Sus cicatrices fueron cubiertas con maquillajes y pinturas indelebles. Con el tiempo ya nadie se acordaba de cuál era su verdadero rostro. Rodeaban al principe siete ayudantes cuyas funciones eran dirigir, administrar y alabar.
-¿Alabar a quién?
-Cada día de la semana, por turno, uno de ellos se quedaba junto al príncipe y se dedicaba a halagarle la vanidad. A esa tarea se la llamaba kupiunga, ceremonia de la alabanza. Los consejeros también se encargaban de organizarle diversiones, proveerle los manjares más exquisitos, las mejores bebidas y las mujeres más hermosas.
-¿Mujeres jóvenes?
-Sin duda. Los agasajos mayores los recibía el Radja durante la Galunga, fiesta que comenzaba al sonar de kulkul, duraba quince días y en la cual participaban todos los súbditos. Imagínese que cada ofrenda medía dos metros de altura y se necesitaban tres hombres para levantarla y colocarla sobre las cabezas de las mujeres, que eran las encargadas de transportarlas.
-¿En qué consistían las ofrendas?
-Todo lo que usted se pueda imaginar.
-Piedras preciosas, telas, artesanías, pájaros embalsamados, trofeos, dinero.
-Dinero, no. Porque las kopong, antiguas monedas con su característico agujero cuadrado en el centro, prácticamente habían desaparecido de circulación. Se decía que, en realidad, todas habían ido a parar al bolsillo de los siete consejeros. Una de sus tareas era analizar las ofrendas y parece que acostumbraban ir quedándose con lo más sustancioso para certificar la calidad. Les correspondía a ellos, por ejemplo, comprobar si las niñas destinadas al Radja eran vírgenes.
-No eran tontos esos tipos.
-Resulta que andaba por ahí un actor de mala muerte, que comía salteado y que un día decidió sustituir al Radja. Durante la Galunga, aprovechando que la guardia se había emborrachado por el exceso de tuak, que es un vino de palma, se introdujo en el puri, clavó un kris en el corazón del Radja, lo arrojó a un pozo profundo, después se maquilló adecuadamente y lo reemplazó. Y así comenzó a gozar de la buena vida: comidas de primera, bellas mujeres, regalos y honores.
-¿Nadie lo descubrió?
-Imposible, por lo de la cara deforme.
-¿Y cuando hablaba?
-El Radja siempre había dicho sólo tonterias, así que el actor simplemente se dedicó a imitarlo. Aunque en realidad este asunto del reemplazo venía ocurriendo con bastante frecuencia. Dos por tres surgía algún ambicioso con ingenio que mataba al falso príncipe de turno. Porque el verdadero había sido asesinado y sustituido hacía muchísimo tiempo, después del accidente del fuego. Así que los que le venían sucediendo eran todos impostores.
-¿Cómo es posible que nadie se diera cuenta?
-Bueno, los siete consejeros si estaban enterados. Sabían de las sustituciones desde el principio.
-¿Y no desenmascaraban a los usurpadores?
-¿Para qué? Ellos, los consejeros, no cambiaban, eran siempre los mismos. La pasaban bárbaro estando donde estaban, digitaban todo y hacían muy buenos negocios. Por lo tanto, como les daba lo mismo quién estuviese en el trono, la cosa siguió así para siempre.
-Lo invito una copa, Tusitala, se la ganó, su relato acaba de iluminarme como una revelación.
-Esa es la función del cuentista, mi amigo.
-Una pregunta: ¿se lo comieron nomás a la cazadora con papas?
-No. Por decisión unánime de la tribu lo dejamos partir y lo despedimos con ovaciones. Ya le dije que a los antropófagos reflexivos les gustaban las buenas historias.
 
*de Antonio Dal Masetto.

 

 
 
 
 
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#149 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Mar, 12 de Feb, 2008 2:07 pm
Asunto: LOS VERDADEROS ESTÁN SUELTOS...
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LOS VERDADEROS ESTÁN SUELTOS...
 
 
 
 
 
A la hora del mate*
 
 
 
Al hombre la conocí en casa de Bob, mi ex suegro.
Era uno de los tomadores de mate, o amigos de la hora del mate que se aparecían cualquier día a la hora señalada: 17. 00 horas, ni antes al costo de interrumpir la siesta sagrada de mis suegros. ni mucho después cuando los ánimos y el mate se lavaban inevitablemente. Era, el flaco o el flaco Corwin, como todos le llamaban. Un vecino del barrio cuya amistad con Bob se limitaba a 30 minutos en visitas de una o dos veces a la semana. Era un misterio el hombre. Un hombre que se mostraba como tempranamente envejecido y que no llegaba a los 70 años pero si los aparentaba. Flaco, flaquísimo, la espalda encorvada. La mirada algo torcida con ojos claros muy hundidos en el rostro. Uno lo definiría como un gringo colorado, seguramente hijo de italianos que se establecieron, trabajaron, criaron un hijo y se murieron en esta tierra hablando en su dialecto. y lo mínimo en la castilla.
Pero esto -por supuesto- no viene al caso, lo cierto es que el flaco estaba absolutamente solo en el mundo, sin familia, ni mujer ni nadie que se ocupe ni le de sentido a su existencia.
Entonces el flaco aplicaba -según sus propias palabras- la política de parches a la soledad, que significaba que en diferentes casas del barrio lo bancaran un rato cada una en la semana.
Con Bob se llevaban bien si hablaban del tema preferido por mi suegro: denostar a Perón y todo lo que huela a peronismo de antes, de hoy o de siempre. El flaco hacia interrupciones aprobatorias en las historias que Bob contaba una y otra vez en la mesa a la hora del mate.
Perón era el responsable máximo de los males argentinos, así como la historia -para Bob- empezaba y casi concluía con Perón.
Eran los temas clásicos a la tarde, con un Perón que era un estudiante aventajado de sus profesores europeos: Mussolini, Hitler y Franco.
Al flaco le causaba gracia por que para él esos apellidos siniestros eran apenas los nombres de sus gatos de la primera y feliz infancia: Mussolini, Hitler y Stalin, incluso tenía un perro "el mariscal Rommel" que convivía pacíficamente con los gatos.
El flaco Corwin acompañaba los relatos de Bob con frases absurdas o desopilantes que muchas veces no tenían relación evidente con lo que se hablaba en ese momento. Yo grababa mentalmente algunas y luego las transcribía en mis cuadernos de ramos generales donde convivían frases, con detalles de gastos y tareas previstas para la semana.
Yo me preguntaba -muchas veces- que hacia allí a esa hora escuchando a dos o más viejos para los que el mundo se había detenido hace rato. Me lo preguntaba y no tenia respuesta salvo por Emily -mi ex mujer- la hija única de Bob y su mujer Pintora (siempre supuse que mi suegra pintaba para distraerse un poco de la reiteración de discursos de Bob).
Pero lo cierto es que con Emily llegábamos de visita. Me dejaba sentado en la mesa de la cocina a punto de tomar mate y a los pocos minutos se iba. Volvía bastante después de la hora del mate, a veces con bolsas que revelaban compras de ropa y a veces sin nada. Emily era -y es- un enigma para mí, salvo por el hecho de que yo quería una mujer rubia y de ojos celestes y ella cumplía con creces la condición. Era tan hermética como su madre a la que recuerdo siempre ida de todo y todos. Pasando horas a unos pocos metros de la mesa de la cocina, en el living con esos ventanales siempre estaban abiertos al norte y al paso de la luz solar. Allí ella ejercía el silencio, y la pintura con música clásica de fondo. Ignoraba o fingía ignorar las conversaciones que se desprendían de la mesa.
Lo cierto es que yo me convertí en testigo involuntario de muchas frases condenadas a la nada.
Bob y el flaco compartían un profundo escepticismo sobre la condición humana, sus conversaciones iban y venían flotando sobre la idea básica de la decadencia irremediable de los valores necesarios para la convivencia social.
Eran Discepolianos, veían un mundo de lodo donde todos debían embarrarse para sobrevivir. Un mundo cambalache casi copiado literalmente de la letra del tango.
"El hombre con la mujer es como un perro con el hueso, cuando mas revolcadas tiene, más le gusta" decía Bob. Y me miraba como si yo tuviera que darme como aludido por las idas y vueltas de la relación con Emily.
Emily es Psicóloga. Ejerce como tal y siempre sospeche que ella había extendido su postura terapéutica a la relación conmigo. No había con ella posibilidad de discusiones abiertas, ella cerraba todos los caminos con interpretaciones y silencios. Su frase preferida que clausuraba todo después era "Esa es la sabiduría de lo inconsciente".
Pero a mí me llamaban más la atención las frases del pobre flaco Corwin. allí se mostraba su absoluta desesperanza con el mundo, su renuncia a entender sus reglas, a aceptarlo en lo más mínimo. Era también su manera de aceptar su derrota temprana a la funcionalidad de las cosas.
Cómo "no existe la felicidad ni nada que se le aparente".
Su obstinación por definir las cosas en códigos propios y frases que solo los entendidos podían descifrar, por ejemplo: "Los puros (por putos) de espíritu" era su manera invariable de definir a los políticos.
Nada tenía sentido, ni superficial ni oculto. Nada podía conmover su radical desilusión. Había clausurado cualquier esperanza sobre la humanidad. Él -al igual que Bob- solo creía en la fidelidad de su mascota.
Nunca pude saber como se llamaba el gato que vivía en la casa de Corwin, lo llamaba de siempre con nombres diferentes surgidos en el momento. Esa era su resistencia y rebeldía máxima ante el mundo: No llamar a nadie por su verdadero y formal nombre. y no asignarle a nadie un nombre definitivo.
A Bob nunca lo llamaba como Bob, sino como José, Josecito si le quería trasmitir cariño, u otros innumerables modos alegóricos como "el señor Fernández" "El padre de Soriano" "El nieto de Perón y Eva", el capitán veneno, John Silver, Contramaestre Bob, Fidel en la sierra, y otros que seguramente olvide de anotar o no pude presenciar.
Bob, le tenía una infinita paciencia, creo que también sentía lástima por el, su desamparo y su obstinación para vivir como Robinson Crusoe, pero en una ciudad suburbana. Su casa y sus pocos amigos vecinos eran parte de la isla en la que transcurrían sus días.
El hombre había decidido demostrar en su propia existencia algo que yo temía extender al conjunto de los seres que sobrevivimos a esta sociedad de riesgos calculados y crueldades cotidianas poco mensurables. En la sociedad de vértigos y desafíos de consumos y novedades tecnológicas, cada uno de nosotros esta condenado o potencialmente condenado a ser un engranaje de relojería sin uso a partir de cualquier momento de su vida.
Más exactamente cuando la capacidad de adquirir consumo tecnológico y conocimiento operativo de ciertos objetos confirme la marginación, los vuelva obsoletos, piezas vivas de un mundo que no deja de producir museos de época en cada barrio, en cada casa.
Bob era una institución y un espíritu conservador aparentemente afín al flaco.
Para ellos nada nuevo valía la pena.
Tenía un juego de sillones del living de comienzos de los sesenta y decía con razón que los muebles modernos eran una porquería, especialmente desde el invento de la madera aglomerada y la fabricación automatizada en gran escala de muebles.
El flaco completaba diciendo que ni en autos ni en mujeres se había producido nada valioso después de la década del 50. De las mujeres que surgían como tema de conversación decía cosas poco amigables como "tiene un Bush (por agujero) en el cerebro".
Su auto -en rigor los restos de un auto heredado de su familia- un Plymouth Fury modelo 1958. Era " el mejor auto del mundo" y prometía que cuando consiguiera los repuestos que le faltaban saldría con él y no se detendría hasta conocer el océano Pacífico. "Hasta la costa de Chile y si puedo más allá..."
Esta sociedad no esta preparada para dejar crecer a la gente, anotaba yo mentalmente y seguía viendo cuando mi presencia y la del flaco coincidía con un Bob encendido y parlanchín escenas dignas de una película del estilo "God bye Lenin".
La historia sobre la rotura -y virtual inutilidad- del auto del flaco, era -y sigue siendo para mí- tan increíble que un día fuimos con mi suegro a comprobarla en una visita que le realizamos con la excusa de devolverle un libro que Corwin la había prestado a Bob unos cuantos meses atrás.
Su auto reposaba cubierto de tierra en un garaje enorme que también era el cementerio de todos los objetos heredados a su familia. Herramientas de su padre, los restos del auto que no funciona desde muchos años atrás y objetos patéticamente inútiles, conviven en ese espacio generoso al que el flaco bautizo colgando un cartel pintado a mano con grandes letras rojas, legible desde la vereda de enfrente que dice "Sede igualdad de oportunidades".
Nosotros siempre sospechamos que la historia era una mentira flagrante y ponerla al descubierto era solo cuestión de mirar.
El auto tenía todos los signos de  haber sido afectado por un derrumbe desde el capot hasta el techo sobre el asiento del conductor y acompañante.
Lo que se cayo podría haber sido un piano o un elefante, pero el flaco siempre contó una y otra vez que había sido un toro caído desde un camión jaula que pasaba por la calle donde el -afortunadamente- había dejado estacionado su auto. Afortunadamente, porque el estaba en la cola de Rentas, sino no la contaba.
El parabrisas no existía y se veía un rosario colgando del espejito retrovisor.
Justo aquí, -y el flaco señaló al rosario-, me encontré colgadas las bolas sangrantes del toro...
Y realmente, reimos todos con esa imágen hasta quedarnos sin aire.
También pudimos comprobar algo más de esa fantástica historia. En el techo se ven dos agujeros enormes, que según Corwin, dejaron las astas del toro que perforaron el techo y llegaron a clavar el asiento de pana del conductor.
-Me salve por que Dios es grande, decía. Nosotros nos rendimos a la evidencia y a partir de ese día creímos esa y muchas otras historias aparentemente disparatadas del flaco.
El escenario fue así, parecido a lo que les cuento, durante años.
Las visitas del flaco. Los monólogos de Bob. Mi presencia como testigo - observador silencioso.
Emily que llegaba conmigo de la mano y a los pocos minutos fugaba a la calle.
Hasta que un día. La costumbre de renombrar al mundo, sus habitantes y seres vivos o muertos, le significó al flaco un traspié definitivo.
Corwin llamó de otra manera a Shirley -la perra bóxer de Bob, a quien seguro mi suegro amaba más que a su mujer e hija juntas.
El pobre flaco la llamó "Ramona". Probó una y otra vez, esperando que le festejaran la ocurrencia.
Se produjo un gran silencio y un clima de tensión en el aire, de esos que se cortan con tijera.
Bob entro en un hueco de silencio, de esos que como estelares agujeros negros no dejan de crecer y tragarse toda luz, palabra y gesto que tengan a mano.
Al poco tiempo, el flaco comprendió que ya no era bienvenido en esa casa y no fue más.
Meses después me separe de Emily y deje de visitar la casa de Bob.
Pero por lo que se -y hasta puedo suponer-, nunca más lo perdono.
 
 
 
*de Eduardo F. Coiro inventivasocial@...

 
 
 

 
 
 
 
Monólogo de un loco*

Lloramos al nacer porque
 venimos a este inmenso
escenario de dementes

W. Shakespeare.

 
 Anoche, igual a como hace ya algún tiempo, he visto un cuerpo extraño vestido de rojo, acompañado por un séquito de máscaras oscuras, que bailaban en ronda alrededor de un niño…
 Dicen que soy un loco, que no estoy bien de la cabeza, que alucino cosas.  Dicen que si me encierran mejoraré.
 Ahora me tienen acá, en la penumbra de un cuarto solitario y frío, en donde de a ratos entra una silueta vestida de blanco y me pincha tres veces las venas de mi brazo izquierdo y se va. Me medican para dejar de ver a las máscaras demoníacas danzando. De todas formas yo no confío mucho en el doctor; desde que estoy acá, ninguno de los enfermos se ha ido, y las máscaras siguen bailando.
 La gente que trabaja acá no parece interesarse mucho en los pacientes; vienen, te hacen tragar unas pastillas, miran el reloj y sacan la cuenta para ver en cuánto tiempo tienen que volver a pasar, y se van a tomar mate y a hablar de la vecina molesta, del partido de fútbol, de la tía de Gimena que…en fin que si nos prestaran más atención, las cosas cambiarían. Mirá, ahí viene de vuelta el hombre de rojo con su séquito enmascarado. Si la enfermera estuviera acá podría mostrárselo. Pero ella nunca me escucha.

  Dicen que soy un loco, que no estoy bien de la cabeza, que alucino cosas. Entonces, ¿qué decir de los que me mantienen encerrado, me atan, me duermen, me pinchan con agujas? ¿Acaso eso no es estar demente? Acaso eso es lo que hace un ser racional? Yo veo cosas. Podría decirse en todo caso que poseo una imaginación prodigiosa. Pero ¿que hay de ellos, los otros? ¿Tener a un juez que encubre al culpable  y despoja al inocente? ¿Caminar por las calles y encontrarse con ellos, los otros, los que caminan por ahí riendo a costas de sus hermanos,  viviendo de la mentira, de la destrucción, de la pereza? ¿Es posible aceptar semejantes arrebatos a la conciencia y a la condición humana? Nacemos con los ojos cerrados, pero ¿no se supone que después los abrimos? Algunos parecen haberse olvidado de esa parte.  Ahí pasan de nuevo las máscaras.
 ¿Nadie entiende que el mundo está demacrado? ¿Nadie entiende que está sangrando por la presión de las cadenas que enredan las máscaras, al bailar con esa música ensordecedora que no calla? ¿Nadie entiende que yo no soy un loco, que sólo intento advertir a la humanidad el fúnebre destino que les espera si no abren a tiempo los ojos?  ¿Acaso nadie entiende, que el hombre de rojo no es el demonio de mis delirios, sino el espíritu fatalista que se acerca hacia nosotros sin obstáculos? ¿y que el niño que veo no es un niño, sino el futuro de la humanidad, acechado por las máscaras? ¿y que las máscaras no son objetos inventados por mi mente, sino la sociedad regida por el “qué dirán”, por la mentira y por el engaño, que orgullosa baila alrededor de su propia tumba, alimentando a la fuerza que nos acerca al fin de los tiempos?
 Pero ellos, los otros, los legalmente cuerdos no lo ven. Ellos siguen bailando.
 Ellos, los otros. Para mí, los verdaderos locos están sueltos.


*De Valeria Marioni maiden-marion@...
 
 
 
 
 
 
 
 La tierra incomparable*
 
 
 (fragmento)
 
*de Antonio Dal Masetto
 
 
TRECE
 
Cruzaron hasta la plazoleta donde estaba el coche. Sil­vana abrió la puerta y Agata dudó.
-Prefiero ir caminando.
                                   -Está bien -dijo Silvana-, caminemos.                                    
Tomaron por una callecita angosta, empedrada y en sombra. Los pasos resonaban fuerte y abriendo los brazos casi se podían tocar ambas paredes. Arriba había ventanas  y halcones con flores colgando. Desembocaron en una avenida  bordeada de pinos que subía en dirección a las montañas.
- Por ahí se va a su casa -dijo Silvana.
-Conozco el camino -dijo Ágata sonriendo.
- Seguro -dijo Silvana.
Hizo un gesto como disculpándose y la tomó de un brazo. Anduvieron a paso lento, Silvana adaptándose al ritmo de Agata.
Había una gran calma alrededor, alterada sólo por los motores de los coches. Se veían pocas personas caminando. Algunas se paraban a leer los avisos fúnebres pegados a los muros y comentaban entre ellas. Eran hojas blancas, con bordes y letras negras. También Agata leyó. Creyó re­conocer algún apellido y trató de hacer memoria.
En la primera bocacalle vio entero el Monte Rosso, se detuvo para contemplarlo y lo nombró en voz alta. Era im­ponente, dominaba el pueblo y el cielo. Una mole grande y quieta y que sin embargo tenía algo de cosa viva. Agata vol­vió a encontrar la idea olvidada de que el Monte Rosso le recordaba un animal. Un enorme y antiguo animal emer­giendo de la tierra, el lomo alto, la cabeza hundida entre las patas, frenado e inmovilizado en la furia de una embestida. Recibía la claridad del mediodía y la cresta y las laderas eran como una piel sedosa, una lana o una espuma donde brillaban los colores del otoño: dorados, anaranjados, ocres, rojos, grises, blancos. Agata volvió a nombrarlo.
Al fondo, en el aire limpio, se recortaba una cadena de montañas, con las manchas claras de los pueblos colgados en las pendientes, los campanarios finos, las marcas de los cultivos escalonados que subían hacia las casas. Y más atrás todavía la cima alta y solitaria de un cerro puntiagu­do, donde se notaban estrías blancas, tal vez de nieve, tal vez de luz.
Siguieron y llegaron a una calle que durante la guerra había marcado un arbitrario límite del pueblo, estableci­do por los fascistas. Desde el río San Giovanni al San Giorgio, cada cien metros, habían construido puestos de control y de defensa contra los ataques de los partisanos que bajaban por la noche desde las montañas. Agata se lo explicó a Silvana.
-Nosotros vivíamos del otro lado de esta línea, así que para ir a trabajar o al centro del pueblo debíamos pasar por alguno de los controles. En esa época no que­daba nada entero por acá, ni árboles, ni postes, ni faroles, ni ventanas. A éste lo llamábamos el Puesto de la Virgencita.
En el cruce, aún estaba el tabernáculo: rústico, empo­trado en la pared, con techo a dos aguas y dos columnitas sosteniéndolo. Detrás de la reja, la pintura pobre y descolo­rida de una Virgen, y a los costados dos cabezas de ángeles con las alas naciéndoles del cuello. En la base, en un frasco de vidrio, algunas flores de plástico cubiertas de polvo.
 Una lagartija cruzó rápida sobre la cara de la Virgen y se perdió en una ranura.
-La recordaba más linda -dijo Ágata.
  Había un banco de piedra bajo el tabernáculo y Agata  propuso que se sentaran. Miró hacia un lado y hacia el otro y después levantó una mano y la movió despacio, abarcando lo que tenían enfrente.
-Había un parque inmenso, con una villa en el centro, donde están todas esas casas. Y del otro lado, una estación de donde salía un trencito que recorría aquellos pueblos de allá arriba. ¿Qué habrá sido del trencito?
-No lo conocí. Ni siquiera sabía que hubo uno. Para mí esto fue siempre más o menos así.
-Detrás de la estación había un caserón que fue bom­bardeado y donde murió mucha gente. Algunos eran com­pañeros míos, de la fábrica.
Agata calló. Seguían desfilando los coches, siempre con el acelerador a fondo; tomaban las curvas sin disminuir la velocidad y bajo aquel cielo vacío, en el gran silencio de las montañas, eran como un ultraje.
-¿Seguimos? -dijo Silvana.
-Vamos.
A la casa de Agata se podía ir por dos caminos. Uno era la calle ancha por la que ahora avanzaban. Si todo seguía igual que entonces, se podía ver la casa bastante antes de llegar, porque estaba ubicada sobre una loma. Se accedía por unos escalones de piedra y luego por un sendero que bordeaba la parte superior de la cuesta. El otro camino era una callecita que subía por una zona descampada - así la Acordaba Agata - y pasaba por el fondo del terreno, justo donde estaba el nogal.
- Me gustaría ir primero por el lado de atrás - dijo Agata.
- Lo que usted diga.
Se desviaron y tomaron por una calle sin veredas, flanqueada a la derecha por casas con jardines y a la izquierda por un largo muro cubierto de hiedra. En todos los portones había letreros que decían: Cuidado con el perro.
Enfrente, entre la hiedra, asomaban retablos con las estaciones del Via Crucis. De tanto en tan­to un perro se abalanzaba contra las rejas y el ladrido las acompañaba durante un trecho. Cuando oían que se acercaba un coche, Agata y Silvana se pegaban a la pared. A Ágata le parecía que los motores y los perros eran una misma cosa, le transmitían la misma rabiosa ferocidad.
Después el camino hacía una curva y se ensanchaba. También ahí los cambios eran grandes, no quedaba casi nada de lo que Ágata recordaba. Señaló una estación de servicio:
- Ahí había una quinta. El dueño se llamaba Tarzini.  Cuando volvían del colegio, los chicos entraban a robar frutas.
Más adelante leyó en voz alta el nombre de lo que parecía un club. Un gran letrero anunciaba cursos de artes Marciales.
- Acá había una hostería donde mi marido venía a jugar a las bochas.
Seguían casas de dos y tres pisos, con cocheras en el subsuelo:
-Ahí había un tambo donde veníamos a buscar la le­che recién ordeñada.
Se detuvieron frente a un negocio de repuestos para autos:
-Acá había una casa abandonada y una galería donde los gitanos que pasaban
por el pueblo paraban con sus ca­rros. Al lado, los fascistas construyeron otro puesto de con­trol. Lo llamábamos el Puesto de los Gitanos. Ahí enfrente había un campito. Una vez fui a refugiarme durante un bombardeo y me tiré en medio de las ortigas.
Agata todavía esperaba que, a medida que se acercaban a la zona donde estaba la casa, apareciera algo para reci­birla, no sabía qué, una señal, una forma de saludo, una identificación. Pero, cada vez más, se sentía como una ex­traña, una turista frente a esos cambios. Entonces se dete­nía y buscaba un lugar donde sentarse.
-Sí está cansada traigo el coche -dijo Silvana.
-No estoy cansada.
-Voy y vengo, son diez minutos, me espera acá.       
-No hace falta. Quiero caminar.
No era cansancio lo que la frenaba. Ahora se debatía entre el ansia por llegar y el miedo de llegar. No quería en­tregarse y dejarse dominar por la sorpresa y la confusión ante aquellas cosas nuevas, se esforzaba por asimilarlas antes de seguir avanzando. Se imponía pausas. Necesitaba tiempo, transitar poco a poco esa calle, adaptarse a ese paisaje, a todo lo que iba incorporando y también perdiendo en cada tramo de camino. Necesitaba aquietar y equilibrar la impaciencia y la desilusión.
Cuando se sentía en condiciones de seguir se levantaba y decía:
-Adelante.
Llegaron a un nuevo cruce y a un bar. 
-Acá había una carpintería. Mi hijo se había hecho amigo del carpintero, venía a verlo para que le fabricara armas de madera. Cuando por la noche comenzaban los ti­roteos y poníamos los colchones en el piso, lejos de las ventanas y las puertas, él buscaba su fusil. Durante la gue­rra los chicos jugaban a la guerra.
Ahí, en el cruce, debían doblar. Estaban cerca ya, a unos trescientos metros de la casa. Siguieron durante un trecho corto. Agata disminuyó la marcha y finalmente se detuvo. Dio media vuelta y permaneció indecisa.
-¿Pasa algo? -preguntó Silvana.
-Sentémonos un rato en el bar -dijo Agata.
Regresaron y entraron en un salón lleno de brillos de espejos y maderas lustradas. Pidieron dos capuchinos. Ha­bía tres hombres y una mujer pelirroja contra la barra. Eran los únicos clientes. Comentaban la cifra que cierto club había pagado por un jugador de fútbol. Los hombres consideraban que era una gran adquisición. La mujer no estaba de acuerdo y se hacía oír, tenía un voz aguda que ta­paba a las otras tres.
Agata miraba a través del vidrio, en dirección a su ca­sa, sin descubrir nada que le fuese familiar. El caminito -que recordaba estrecho y serpenteante entre arbustos de morera- se había convertido en un calle asfaltada. Alcanzaba a ver una agencia de autos, un colegio, una peluquería, una pizzería, algunos feos edificios con ropa tendida en los balcones. Se acordó del mapa dibujado con Silvia.
Al fondo apareció una mujer en bicicleta. Era una figu­ra oscura y solitaria, una imagen de otros tiempos. Agata concentró su atención en ella.
Durante unos minutos, mientras avanzaba y se definía, borró el resto. La bicicleta llegó al cruce, pasó frente al ventanal y desapareció.
Entonces volvió lo de antes: las construcciones, el asfal­to, la discusión. La pelirroja estaba enardecida, gesticula­ba. Según ella, aún regalado, ese jugador era mal negocio: "Gratis es caro, vean lo que les digo". Los otros tres reían, burlándose. Cada vez hacían más ruido, hablaban los cua­tro al mismo tiempo, parecían una multitud.
-¿Quiere que sigamos?-dijo Silvana.
                           -Esperemos un poco más.                           
  -¿Todavía no quiere llegar?
-Todavía no.
 
 
 
 *de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.
 
 
 
 
 
 
 
Martes, 12 de Febrero de 2008
El candidato republicano*


*Por Fidel Castro
 
En el ya famoso supermartes, un día de la semana en que numerosos Estados de la Unión seleccionaban el candidato a la presidencia de Estados Unidos de su preferencia, dentro de un grupo de aspirantes, uno de los posibles candidatos para sustituir a George W. Bush podía ser John McCain.
No me corresponde hablar de la historia de un candidato a la presidencia de Estados Unidos. Jamás lo hice. Tal vez no lo habría hecho nunca. ¿Por qué esta vez?
McCain afirmó que algunos compañeros suyos fueron torturados por agentes cubanos en Vietnam. Sus apologistas y expertos en publicidad suelen enfatizar que el propio McCain sufrió tales torturas por parte de los cubanos. Espero que los ciudadanos de Estados Unidos comprendan que me veo obligado al análisis detallado de este candidato republicano y le replique.
Lo haré a partir de consideraciones éticas.
En el expediente de McCain consta que fue prisionero de guerra en Vietnam desde el 26 de octubre de 1967. Como él mismo cuenta, tenía entonces 31 años y llevaba a cabo la misión de ataque número 23. Su avión, un A4 Skyhawk, fue interceptado sobre Hanoi por un cohete antiaéreo. Debido al impacto, perdió
el control y se catapultó, cayendo sobre el lago Truc Bach, en medio de la ciudad, con fracturas en los dos brazos y una rodilla. Una multitud patriótica, al ver caer a un agresor, lo recibió con hostilidad. El propio McCain expresa su alivio en aquel momento al ver llegar a un pelotón del ejército.
El bombardeo a Vietnam, iniciado en 1965, era un hecho conmocionante para la opinión internacional, muy sensibilizada con los ataques aéreos de la superpotencia contra un pequeño país del tercer mundo, que había sido convertido en colonia de Francia a miles de millas de la distante Europa. El pueblo de Vietnam luchó contra los ocupantes japoneses durante la Segunda Guerra Mundial y, ya finalizada ésta, de nuevo Francia retomó el control. Ho Chi Minh -el líder modesto y querido por todos- y Nguyen Giap -su jefe militar- eran personajes admirados internacionalmente. La famosa Legión Francesa estaba derrotada. Para tratar de evitarlo, las potencias agresoras estuvieron a punto de usar el arma nuclear en Diên Biên Phu.
Ante la opinión pública norteamericana, los nobles anamitas, como cariñosamente los llamó José Martí, de cultura y valores milenarios, debían ser presentados como un pueblo bárbaro e indigno de existir. En materia de suspense y publicidad comercial, nadie les gana a los especialistas de Estados Unidos. La especialidad fue utilizada sin límite alguno para exaltar el caso de los prisioneros de guerra, y en especial el de McCain. Siguiendo esa corriente, McCain afirmó con posterioridad que el hecho de que su padre fuera almirante y comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses en el Pacífico, hizo que la resistencia vietnamita le ofreciera una liberación temprana si reconocía haber cometido crímenes de guerra, lo cual había rechazado alegando que el Código Militar establece que los prisioneros son
liberados en el orden que se les captura, y que esto significó cinco años de prisión, golpes y torturas en un área del penal identificada por los norteamericanos como "Hanoi Hilton".
La retirada final de Vietnam fue desastrosa. Un ejército de medio millón de hombres entrenados y armados hasta los dientes no pudo resistir el empuje de los patriotas vietnamitas. McCain, uno de los numerosos pilotos norteamericanos derribados y heridos en las guerras declaradas o no de su país, fue condecorado con la Estrella de Plata, la Legión de Mérito, la Cruz de Aviación por servicio distinguido, la Estrella de Bronce y el Corazón Púrpura. Una película para televisión basada en sus memorias sobre las experiencias como prisionero de guerra fue transmitida en el Memorial Day de 2005 y se hizo famoso por sus videos y discursos en torno al tema.
La peor afirmación que hizo en relación con nuestro país fue que interrogadores cubanos habían torturado sistemáticamente a prisioneros norteamericanos. Ante las alucinantes palabras de McCain, me interesé por el asunto. Quise saber de dónde venía tan extraña leyenda. Pedí que se buscasen los antecedentes de la imputación. Me informaron que existía un libro muy promovido, basado en el cual se hizo la película, escrito por McCain y su asesor administrativo en el Senado, Mark Salter, que continúa laborando y redactando con él. Solicité que fuera traducido textualmente. Se llevó a cabo, como en otras ocasiones, por personal calificado en breve tiempo.
Título del libro: Faith of my Fathers (Fe de padre), 349 páginas, publicado en 1999. Su acusación contra los revolucionarios internacionalistas cubanos, utilizando el sobrenombre Fidel para identificar a uno de ellos capaz de "torturar a un prisionero hasta la muerte", carece de la más mínima ética.
Me permito recordarle, señor McCain: los mandamientos de la religión que usted practica prohíben la mentira. Los años de prisión y las heridas que recibió como consecuencia de sus ataques a Hanoi no lo excusan del deber moral de la verdad.
Usted acusa a los revolucionarios cubanos de ser torturadores. Lo exhorto seriamente a que presente uno solo de los más de mil prisioneros capturados en los combates de Playa Girón que haya sido torturado. Yo estaba allí, no protegido en un lejano puesto general de mando. Capturé personalmente, con algunos ayudantes, numerosos prisioneros; pasé delante de escuadras armadas, todavía ocultas tras la vegetación del bosque, que se paralizaron por la presencia del Jefe de la Revolución en el lugar.
Los prisioneros eran ciudadanos nacidos en Cuba, organizados por una poderosa potencia extranjera para luchar contra su propio pueblo.
Usted se confiesa partidario de la pena capital para los delitos muy graves.
¿Qué actitud habría asumido frente a tales actos? ¿A cuántos habría sancionado por esa traición? En Cuba se juzgaron varios de los invasores, que habían cometido con anterioridad, bajo órdenes de Batista, horrendos crímenes contra los revolucionarios cubanos.
Usted debiera saber que, mientras se negociaba la liberación mediante indemnización con alimentos para niños y medicamentos, el gobierno de Estados Unidos organizaba planes de asesinato contra mí. Consta en los escritos de personas que participaron en la negociación.
 
*Extractos de la reflexión del comandante.
 
 
 
 
 
 
 
Martes, 12 de Febrero de 2008
La vida de una planta*
 

*Por Miguel Roig  miguelroig2005@...


Vas en el tren y alguien, una persona cualquiera, sentada en el asiento opuesto, frente a frente, te mira. Te das cuenta porque su reflejo en el vidrio de la ventanilla, hacia donde está orientada tu mirada, la delata. ¿Qué lee en tu rostro esa persona que lo observa?
En la película Night Moves de Arthur Penn, Gene Hackman interpreta a un detective privado que comparte su vida con la propietaria de una galería de arte. El personaje de Hackman es invitado una noche por su mujer y un amigo de ambos a ver una película de la nouvelle vague. No, contesta Hackman, me quedo en casa a ver un partido porque ver una película de Eric Rohmer es como mirar crecer un árbol.
Arthur Penn, entonces, cambia el ritmo de este curioso thriller y el detective que encarna Hackman se encuentra solo y aburrido: nada pasa; movido por su propio impulso, el personaje debería levantar la vista, encarar la cámara y decirle al director: ¿la trama sigue o me voy? En ese impasse es donde nosotros comenzamos a ver al personaje. Finalmente, el detective sale a la calle, pone en marcha el coche y decide ir a buscar a su mujer y al amigo a la salida del cine. Según se acerca a la puerta de la sala con el coche ve que ambos salen abrazados, besándose. Hackman, atormentado por el engaño, regresa a casa.
Penn, a su manera, en un claro homenaje a Rohmer, nos enseña qué no vemos cuando no miramos crecer una planta.
En Madrid, la Fundación Mapfre, acaba de adquirir una de las copias de la obra Las hermanas Brown de Nicholas Nixon.
Las hermanas Brown es una serie de fotografías de cuatro mujeres, hermanas tal como indica el título de la obra, compuesta por treinta y cuatro piezas y que Nixon ha ido registrando año a año, desde 1975, dejando constancia del paso del tiempo en el rostro de esas mujeres.
Al mirar la secuencia ves que, efectivamente, para notar contrastes evidentes hay que dar saltos bruscos de un lustro a otro o incluso dejar mediar una década para constatar como el aliento de los días ha ido erosionando la luz de la piel de cada una de las hermanas o ha empañado delicadamente el resplandor de sus ojos.
Están las cuatro, a lo largo de toda la serie, guardando siempre el mismo sitio en la composición: no hay rotación ni cambios. Pero es curioso ver, por ejemplo, como en los primeros años los cuerpos de las cuatro mujeres tiende a singularizarse evitando el roce: son cuatro figuras que establecen su identidad o, a lo sumo, se agrupan de a dos. Más tarde, esos cuerpos se buscan, se tocan, se abrazan. También resulta extraño ver que el envejecimiento no sigue una secuencia lógica: una de las mujeres, por ejemplo, de un año a otro sufre una transformación acentuada, como cuando en verano, una mañana el frío desbarata todos tus planes y el cuerpo se destempla aunque sabe que el calor regresará. En este caso no es un simple hiato: al día siguiente el otoño se ha instalado en la vida para siempre. De todas maneras, dos cosas acaparan la atención por encima de todo. Los gestos mínimos que rotan en un mismo rostro según pasan los años: sonrisa leve, rigidez absoluta, indiferencia, curiosidad o el ansia deliberada o inconsciente de protagonismo. La otra es el enigma de saber si en la siguiente entrega de la obra, el próximo año, las cuatro seguirán allí.
La ausencia, en algún momento, pasará a formar parte del relato.
En estos mismos días, en la Casa de América de Madrid, se presenta la obra de otro fotógrafo, Gustavo Germano. La exposición se llama ausencias, así, en minúsculas y, además, en el original el cuerpo de la i está ausente; sólo es visible el punto. Son catorce obras compuestas por una foto familiar tomada, en la mayoría de los casos, en la década del sesenta y su correlato, otra fotografía, realizada por Germano, en la que hay personas ausentes. Se trata de una reproducción del primer registro en la que el paso del tiempo constata un espacio vacío: el que han dejado los que no están.
Los desaparecidos (subtítulo)
Hay dos hermanas apoyadas en una cómoda. Es un día de 1970 y son adolescentes. Están vestidas con ropa cuidada, impecable; el cabello peinado prolijamente brilla ante el destello del flash. Sonríen. El perfil del rostro de una de ellas, la sobreviviente, se refleja en el espejo que está colgado detrás de ambas. La sonrisa que nos devuelve el espejo es aún más luminosa y sonora que la que enseña el rostro que busca a la cámara. Es como si el espejo nos revelará un acorde interior de esa chica, el presagio alegre de una vida por vivir. En la obra de Germano, realizada en 2006, treinta y seis años después y que acompaña a esa fotografía tomada por un hermano mayor de las chicas, la mujer no sonríe: el rostro se apoya ante la cámara con un rasgo de gravedad tranquila. Pero detrás, aparece el perfil de esa misma cara otra vez y, aunque parezca increíble, se atisba el esbozo de una sonrisa en el reflejo. Ese gesto que nos devuelve hoy el espejo ya no es un presagio, es la certeza de una vida que, si bien ha sido construida con dolor, también lo ha sido con la dignidad y el valor de haber llegado hasta aquí, habiendo convivido con la ausencia y enfrentado su causa sin desfallecer.
Lo que acabo de escribir está sostenido por datos que aporta el libro de la muestra, un regalo que Lilian Neuman puso en mis manos. Por los textos sabemos la historia de las dos hermanas, del autor de la foto original, realizada un domingo por la tarde antes de que las chicas salieran y del niño de la mujer ausente que crió la otra hermana, la que ha sobrevivido. Pero no se necesitan los textos: el fuera de cuadro se presenta explícito en esta obra y en las ausencias de todas las demás.
Para reconstruir esta historia, "la vida por delante que no ha tenido lugar", tal como la define Lilian Neuman en su artículo sobre la exposición en el periódico La Vanguardia, para reconstruirla, para poder leerla, es necesario mirar crecer el árbol del desagarro que provocó cada día de ausencia. Impresiona ver como se vislumbran esos días que median entre las fotografías originales y las correspondientes obras de Gustavo Germano. La lectura del abismo que separa los dos momentos.
Vas en el tren y alguien, una persona cualquiera, sentada en el asiento opuesto, frente a frente, te mira. ¿Qué lee en tu rostro esa persona que lo observa? ¿Imágenes que ha colectado el silo de la memoria a través de tus ojos? ¿Alguna ausencia que hace evidente una amputación sólo visible a su sensibilidad?
Si ha visto crecer una planta, sin duda lo podrá ver.
 
 
-Fuente: Rosario-12
 
 
 
 
 
Correo:
 
 
 
Re: ALFREDO DI BERNARDO EN LA TERRAZA/TU ILUSIÓN FUE D E CRISTAL...*

   
Hola Di Bernardo, bellisima evocación, muchísimas gracias! y gracias a Eduardo Coiro y Horacio Rossi por difundir; para todos un abrazo bien fuerte y emocionado desde este hermoso invierno salzburgués, pleno de sol, nieve y bajas temperaturas, como debe ser!

feliz día!
 
*Luis Alfredo. euroyage@...
 




 
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El grito de la mandrágora *

 
 
 
  Nosotros jugábamos en el campito, a veces era a la pelota, a veces cavábamos trincheras y las naranjas eran granadas que volaban sobre yuyos crecidos. Había árboles achaparrados, una alambrada vencida que nos permitía un ingreso con amenaza de invasión al lugar prohibido.
     Cada tanto era el hallazgo de un sapo, la persecución desde lejos y temerosa de una iguana prehistórica. Y las nenas que hacíamos tortitas de barro y poníamos la mesa de latas oxidadas sobre el redondo tocón de un árbol talado hacía décadas.
     El lugar no era por completo tranquilizador, pero en eso estaba parte del encanto. Solos no íbamos. Cruzábamos el hueco del perímetro en bandada parloteante, de a tres o de a cinco, a veces más; cuando el sol legalizaba con sombras definidas esa amenaza que se manifestaba en los atardeceres y se
afianzaba por las noches. Nunca de noche al campito. Alguna que otra vez nos quedamos en el crepúsculo, pero el avance de la oscuridad ponía rostros en las cortezas, sonidos en los matorrales, y ni siquiera la bulla era tranquilizadora, sonaba falsa, y terminaban provocándonos más miedo esas nuestras voces forzadas que el silencio que se adivinaba por debajo.
Entonces cada carancho a su rancho, desbandada y retorno a las casas iluminadas, a mamá y la mesa puesta y los deberes todavía pendientes. Calcar un mapa, resolver un problema esquivo. Y el campito oscuro dejaba de existir porque ya no era el lugar de juegos sino el lugar donde la muerte se pasea bajo la luz fría de la luna.  
  Y una tarde encontramos al ahorcado.
     Nosotros lo encontramos pendiendo del árbol. Ya no era un ser humano sino una cosa como un maniquí, algo parecido a una bolsa o un muñeco de trapos.
     Vino la policía, desde la vereda asistimos al enjambre de vecinos y escuchamos al nivel de las cinturas las historias encontradas que iban formando la historia final del suicidio, la que se repetiría para siempre; y en la que figuraba una novia y un abandono, y esa cosa dramática de la juventud.
     A los pocos días estábamos de vuelta. Era nuestro lugar, y aunque vigilábamos el árbol por el rabillo del ojo en medio del juego de la mancha, nada nos atemorizó, ningún bulto fantasmagórico se materializó bajo la rama.   
  Fui yo la que descubrió la plantita.
     Justo en el lugar, debajo del espacio vacío ahora donde había pendido el hombre. Justo allí asomaba una ramita vertical, verde y erecta.
     Uno de los chicos nos habló de la mandrágora. Quién se había ocupado de contarle semejantes historias, no lo recuerdo; pero él nos dijo que antes, cuando ahorcar a los ladrones o asesinos era una costumbre bastante usual, ocurría que en el momento terrible de la asfixia el hombre eyaculaba, y tal
condenado riego sobre la tierra producía una planta infernal. La mandrágora.
     El sonido de ese nombre mágico nos enturbió los paladares. Comenzamos a imaginar el bulbo monstruoso que se gestaba debajo de la superficie, tubérculo con forma humana, raíz maravillosa y llena de secretos poderes.
     Veíamos crecer nuestra mandrágora, y por esos raros aconteceres ninguno dio en ir con el cuento a sus padres. Era nuestro secreto.
     La ramita solitaria se abrió en hojas afiladas; oculto por debajo percibíamos con el estómago el ser enterrado, maligno, hecho de muerte y luna.
     Tampoco recuerdo quién habló por vez primera de la cosecha. Se fue instalando la idea como aparecen las primeras nubes antes de la tormenta, inadvertidamente, en forma difusa, hasta que el cielo está cubierto y uno no sabe cuándo desapareció el último manchón celeste.
     Las discusiones tenían la ingenuidad de nuestros pocos años. Entre los argumentos y las estrategias aparecían disputas por una figurita, o de pronto se armaba un picadito con la pelota y la cosecha quedaba momentáneamente olvidada.
     Había un grave problema, y era que al arrancar la mandrágora la planta produce un fuerte grito, y quien la desentierra muere instantáneamente. Eso decía nuestro amigo, y para nosotros él era el hechicero y no se cuestionaba la verdad de su sabiduría. Tampoco dudábamos de que si un hombre le pasaba el dedo medio por la palma a una mujer, ésta se le entregaría "mansita mansita"; recuerdo especialmente la expresión porque me hacía ver una mujer como un perrito panza arriba, la cara borrada, el cuerpo exánime, igual al de las monjas en éxtasis retratadas en las vidas de santos. Y un mago sostenía su mano, y le pasaba una y otra vez el dedo obsceno por el hueco ofrecido de la mano. Entonces decidimos traer a un chico de afuera, un extraño, que sin noticia del peligro nos proporcionase la raíz maravillosa.
     Para qué propósito deseábamos la mandrágora, no lo se. La aventura estaba en la acción y en la muerte, que justificaban los desvelos.
Confusamente algunos tejieron aspiraciones fabulosas, diciendo que podríamos vender por cifras millonarias el prodigio a los gitanos, otros hablaron de la NASA, y alguno mezcló la historia con los cuentos de hadas, y proponía pedir deseos como si en vez de una mandrágora hubiésemos hallado la lámpara de Aladino.
     Por qué tentar al destino, la finalidad de lo que haríamos no importaba. Queríamos que sucediese algo. No sabíamos qué, pero algo.
     Uno de los chicos era de esas familias numerosas y extendidas. En su casa habitualmente salían colchones de la piecita del fondo, y parientes del campo brotaban de la nada estacionando un automóvil o una camioneta embarrada y rellenando los espacios de las habitaciones con voces que hablaban con tonadas raras.
     Hubo un primito, primo segundo creo, una de esas relaciones por parte del abuelo o la abuela, vaya a saber qué grado de parentesco, pero a ellos les bastaba con descender de Adán para ser de la familia.
     El chico era un gringuito de dientes enormes, todo sonrisa y pies descalzos, que andaría por los seis o siete años y tenía la ingenuidad intacta, la confianza sincera y esa fidelidad canina hacia los chicos más
grandes.
     Nos citamos al atardecer debajo del árbol.
     Podría describir con notas lúgubres el campito, pero en realidad y llegado el momento fue como si no se jugase nada. En su lugar seguían las piedras que marcaban el arco para los partidos de pelota, no había espíritus tenebrosos escondidos detrás de los arbustos.
     Alguien le dijo que arrancase la plantita, así, sin ceremonia ni preparación, y con solicitud el gringuito aferró el tallo y las hojas, dio el tirón exacto con el que desmalezaba la quinta de su madre. Todos gritamos. No puedo asegurar que el aullido aterrador proviniese de la mata arrancada o fuese la unión de nuestros agudos chillidos infantiles. Después aseguramos haber escuchado el grito, pero quién sabe. En la mano sostenía limpiamente un tubérculo gordo y con ramificaciones que se asemejaba vagamente a un ser humano.
     El nene murió, pero después. Vuelto al campo supimos que lo tomó una fiebre y apenas duró unos días. A la raíz la cortamos en pedazos y cada uno se llevó su parte. La porción que me pertenecía se secó, quedó como una pasa resumida, y fue olvidada en el cajón de la mesita de luz hasta que se perdió en alguna limpieza.  Después vinieron cocineros televisivos y supe del jengibre.
   
  No hablamos más del asunto. La magia se niega a acontecer con claridad, y nos permite darla al olvido y la duda. Afortunadamente.

                                                                   
 
 
*de  Mónica Russomanno. russomannomonica@...
 
 
 
 
 
 
Este es el Pan*


 
Ahora que pague la deuda del teléfono
Lo primero que haré es hablarte.

Claro que antes tendré que pagar la Renta,
El agua
Y la luz…

Por supuesto que para esto
Primero tendré que disciplinarme
En esto del campo laboral,
Que en un país capitalista,
Disciplinarse y someterse es lo mismo.

Ahora que pague el gas,
Y compre la comida,
Lo primero que haré es saldar
La deuda del teléfono,
Para poder hablarte
Y ahora sí decirte lo que hasta ahora he guardado…

Claro que antes tendré que derrotarme
Y cerrar la boca ante cualquier injusticia,
Para así poder ganar un poco más en mi salario.

Por supuesto que para esto
Primero habré dejado de soñar:
Poner mis pies en el mismo rumbo
Y dejar que alguien más guíe mi andar…

Ahora que éste sistema me lo permita,
Lo primero que haré es hablarte por teléfono:
Y ahora sí sabrás de una vez por todas
Lo que nunca debí callar…

Y si me sobra un poquito de dinero,
Verás que hasta te invito a pasear. 

                                                                
 
 
 *de Hugo Ivan.  quetzal.hi@...
 
 
 
 
 
 
Sustos*
 
 
 
*Por Osvaldo Soriano.
 
 
 
Nunca volví a tener tanto miedo como aquella lejana mañana en que mi padre me llevó al bautismo de vuelo. Era tal el susto de estar en el ai­re que se me olvidó de toser y la fie­bre desapareció tan rápido como ha­bía llegado. El piloto del avión pare­cía el de los dibujos animados, con su bigote francés y el casco de cuero ne­gro que le cubría la engominada melena justicialista. Bajaba y subía a lo tirones y se dejaba caer en tirabuzón mientras el motor balbuceaba y yo te mía que la hélice se detuviera de golpe.
Era la Semana Santa del año cuarenta y nueve, tal vez la del cincuenta, cuando la tos convulsa me tuvo un mes sin ir al colegio. Tosía día y noche sin parar y mi madre aceptaba comprarme historietas de precio inal­canzable como El Tony y Patoruzito. Recuerdo que. las leía de la primera a la última letra. Empezaba por la fecha impre­sa en la tapa y terminaba por el aviso de la Es­cuela Panamericana de Arte que venía en la contratapa. En ese tiempo mi padre me esta­ba enseñando a leer con los titulares de La Prensa, que eran de una parquedad sospecho­samente antiperonista. Todavía lo veo: acari­ciaba las frases del editorial con las yemas de los dedos al tiempo que abría enormes los ojos y murmuraba odiosos improperios contra la esposa del General. El peronismo ya se había hecho una Constitución a medida y los contreras como mi padre se refugiaban en la pa­labra de los Gainza como si de entre ellas pu­diera surgir, fulgurante y vengativa, la glorio­sa espada del Manco Paz.
Pero el Manco escondía la mano, acaricia­ba la vaina y yo me retorcía en la cama, aho­gado por la tos. Mi madre me había dado to­dos los remedios recetados por el doctor Dí­az Grey y al ver que no me hacían ningún efec­to me envolvió en una cobija y me llevó a ver a una bruja que atendía en un rancho de ado­be. Mi padre simulaba un racionalismo bur­gués y si lo toleraba era porque ya no tenía na­da que perder. ¿Por qué si la bruja es tan vi­va, y habla con los espíritus, no ha podido sa­lir de pobre?, preguntaba. Igual, una noche mi madre me metió en un taxi, que en aquel tiem­po llamaban coche de alquiler, y fuimos al rancho en las afueras de San Luis.
No recuerdo los detalles, pero sí a la bruja: era escueta como una nena y caminaba miran­do siempre el suelo. En alguna parte había un fuego de leña seca azuzado por el viento. La vieja me acarició la cabeza, me aflojó la ropa y le pidió a mi madre que me acostara sobre una mesa entre cien gatos y un aroma de al­garrobos. Todavía tengo en la nariz ese olor chúcaro y sentimental y en el oído la voz ron­ca de la mujer que alzaba los brazos para invocar la ayuda del diablo.  No me acuerdo si la ceremonia duró mucho, pero tuve que tragar­me una cucharada de ceniza y el almí­bar rosado que salía de entre unas corte­zas calientes. Igual, la tos no se calmaba.                          
Me reventaba el pe­cho, me retorcía las tripas, me quemaba la gar­ganta. La bruja hizo inciensos y oraciones que llamaban a todas las tormentas del averno, pe­ro no hubo caso, yo me revolcaba y me iba de escena, esfumado en el brillo vacilante que se agolpaba en los ojos de mi madre.
Al volver a casa mi padre nos esperaba dor­mido en el living. Una patilla de los anteojos se le había desprendido de la oreja y a cada ronquido los vidrios se bamboleaban bajo el bigote manchado. Mi madre me dio una cu­charada de jarabe y me acostó. Después los oí discutir y creo que ella se echó a llorar en los brazos de él. En una larga ensoñación oí de nuevo los salmos de la bruja y los sibilinos chorrilleros que golpeaban las persianas. En algún momento mi padre mencionó el cam­bio de aire, el avión y las alturas y luego no escuché otra cosa que la tos y el jadeo.
El doctor Díaz Grey era un socialista que cobraba caro. Algunas visitas las pasaba por alto pero las otras devastaban la flaca billete­ra de mi padre. Aún la recuerdo: era de cuero oscuro, forrada en seda de Paquistán. Muchos años después se la robaron en el tren que va a Morón, pero en la época que trata esta histo­ria todavía le brillaban las guardas doradas y mi padre la rellenaba con pedazos de
papel secante para que no pareciera tan vacía. El médico aceptó la deuda pero al tiempo el combinado de 
músi­ca desapareció de mi casa y tengo para mí, que mi padre se lo entregó como parte de pago.
Él avión, en cam­bio, fue gratis. En la cabina llevaba los acartonados retratos de Perón y su esposa que repartían en el co­rreo y venían de la flamante Fundación Eva Perón. Mi padre conocía a un tipo en el dis­pensario y vaya a saber con qué ardid, con qué humillación, consiguió una orden para que yo cambiara el aire con un bautismo aé­reo. Tampoco mi padre había subido nunca a un avión y creo que en ese tiempo todos guar­dábamos en un rincón del inconsciente la trá­gica voltereta del trimotor gardeliano. Por me­jor que sonaran las voces de Ángel Vargas y Carlitos Dante, el avión del Zorzal seguía ahí, chamuscado y patético como un guiñol ar­gentino.
Mi padre me tenía abrazado contra su hom­bro y también él tosía su parte de rubios sin filtro. El avión empezó a elevarse sobre los hangares y fue tal el horror que sentí que ha­bía de tardar veinte años en subir a otro. No sé de qué se reía el piloto del bigote francés, si del escudo justicialista que mi padre se ha­bía abrochado a la solapa o de mi llanto con­vulsionado. Yo sentía que el aparato flotaba sin avanzar y que algo lo llamaba inexorable­mente hacia la tierra. Mi padre parecía emo­cionado, quizá perturbado por su disfraz pe­ronista, y se inclinaba hacia el piloto para pre­guntarle sobre vientos y coordenadas de equilibrio. En el tacómetro bailaba una bolilla plateada y el retrato de Perón temblaba tanto como yo. Mirar a Evita, su plácida sonrisa, me volvía el alma al cuerpo, pero ese atisbo duraba apenas instante porque el casco negro del piloto me lo tapaba con sacudones y corcovos. Los tirabuzones tenían un maldito nombre inglés que el piloto gritaba con la misma furia con que la bruja había invocado al satán de los bronquios. Lo cierto es que allá arriba aterrado y sin consuelo, empecé a olvidarme de la tos y a respirar a todo pulmón. Sentí de nuevo el olor del tabaco que mi padre llevaba impregnado en el traje, el sudor de varios días que corría bajo el uniforme del piloto y mi corazón que palpitaba de trote a galope.
Fue entonces que, obnubilado por botones, luces intermitentes y palancas de nácar, mi padre sucumbió al influjo de la navegación aérea. Olvidado de mi tos y del vergonzante prendedor peronista, le preguntó al otro si el avión era manejable cuesta abajo y sin motor. Para habrá dicho: ahí nomás, tocado en su orgullo, el piloto se inclinó y apagó el contacto como quien cierra la hornalla del gas o llave de luz. A mí se me encogió el cuerpo. No se me olvida la imagen de la hélice detenida. No hay en el mundo nada más inútil que una hélice detenida. Aquella que mi padre miraba con aire embelesado estaba clavada en una vertical tan recta como una plomada, más tarde en Cuba, en Nicaragua y en tierras de pasada ilusión, estuve a punto de renegar de mi fe en el luminoso destino de los pueblos para no tener que subir a uno de esos cascarones a hélice que volaban rozando las montañas y las copas de los árboles. Parece que el Che les tenía tanto miedo como yo, con su asma y su mirada de futuro inconcluso. Perón, que prefería la placidez del tren.
Pero mi historia era de tos convulsa, no de aviones. De noches con la luz encendida y el Rayo Rojo pispeado entre las sábanas. Relatos principescos que contaba mi madre vestida de enagua, con un chal sobre los hombros. Querría terminar este cuento con su risa nerviosa y feliz cuando me vio regresar casa sin nada de tos, pálido de terror, con un avioncito de lata que me había comprado mi padre. Se sentó a hablarme al oído mientras mi padre se quitaba el escudo justicialista y lo tiraba con desdén sobre la mesa. Esa noche nos costó dormir. Mi madre de miedo que me volviera la tos, yo imaginando aventuras con mi avión de juguete y mi padre en el escritorio, en calzoncillos, frente a una figura del Cristo resucitado, la cuenta del doctor Díaz Grey y el prendedor del General su esposa. Sin saber a quién agradecerle primero.
 
*Publicado en el diario Página/12. el domingo 3 de abril de 1994.
 
 
 
 
B r o t e s*

 
Esos brotes verdes,
transparentes
todavía parecen decirme,
espera
el sereno llamado
de la música
que oiste alguna vez,
entremezclado
con los mismos sonidos
de la tierra.
Ese lento brotar
parece indicarme
que la gota que cae equilibra
el plano de la hoja
y el insecto
pequeño en su ambular
seguro
cruza las nervaduras
a buen paso
así como voy
y enfilo mi camino
hacia un destino
que como él, ignoro.


*de Celia Fontán 
cfontan@...
 
 
 
 
 
 
Ernesto Arriaga*
 
 
 
- Papá.
- ¿Qué?
- ¿Qué le pasa a ese señor?
- ¿A cuál?
- A ése que está ahí, el chiquito - Santiago señala con el dedo índice.
- ¿Qué tiene? - el padre le baja el brazo.
- Que está parado con ese cartel en la mano desde que llegamos.
El padre se toma un segundo y responde:
- Está trabajando.
- ¿Cómo trabajando?
- Si, está trabajando.
El padre de Santiago se estira sobre el asiento, las piernas derechas, los talones de los pies contra el piso, la cabeza sobre la curva que tiene el respaldo. Cierra los ojos.
- Papá - insiste Santiago.
- ¿Qué? -contesta el padre, sin abrir los ojos.
Santiago se levanta y camina hasta donde está el hombre del cartel, unos quince metros en línea recta. Se para frente a él. Le sonríe. Con el disimulo propio de un nene de siete años Santiago empieza a chistarle al padre, una, dos veces, hasta que logra llamar su atención. Con un movimiento de cabeza le señala al hombre del cartel. El padre le hace un gesto para que vuelva. El hombre, chiquito, vestido con un traje de pasado de moda, algo gastado pero sobrio y prolijo, le acaricia la cabeza. Santiago vuelve corriendo a su lugar y le golpea las piernas al padre, despatarrado sobre el asiento, con los ojos cerrados.
- ¿Qué pasa, Santiago?
- ¿Quién es Ernesto Arriaga?
El padre se sienta de mala gana. Fija la vista en el hombre del cartel -en su perfil en realidad-.
- ¿Como puedo saberlo? Estoy sentado acá igual que vos, Santiago. No lo conozco.
Suena el celular del padre. Lo saca del bolsillo, mira la pantalla, y putea.
Atiende. Del otro lado se escucha la voz nerviosa de una mujer. El padre se levanta, se aleja unos pasos y pega un par de gritos en el teléfono. Hace silencio, y vuelve a al ataque, siempre en voz alta. Después de unos segundos corta. Vuelve a sentarse. Santiago le toca el brazo.
- ¿Qué pasa, Santi?
- ¿Quién es Ernesto Arriaga?
- Ernesto Arriaga es la persona que está esperando ese pobre hombre -el padre intenta mantener la calma, habla pausado, estira las palabras.
- ¿Qué pobre hombre? - Santi pega saltitos en el lugar, a un costado del asiento.
- El del cartel, Santi.
- ¿Ernesto Arriaga es su amigo?
El padre mufa de nuevo, se revuelve el pelo con una mano.
- Ernesto Arriaga debe ser algún empresario, o un ingeniero que viene al país  a trabajar. No importa, Santi.
- ¿Una obra de teatro?
- No, Santi, no - el padre le pega un golpe al asiento de hierro. Mira para los costados, y se dejar caer sobre el respaldo -, cuando digo una obra quiero decir un edificio, una represa, una cancha de fútbol, no sé, algo grande.
Santiago deja de bailotear, se sube al asiento y también apoya la espalda contra el respaldo. Las piernas le quedan colgando, y las hace ir venir como si fuesen la hamaca de una plaza. Después de unos segundos sube las piernas y las cruza una, encima de la otra. Saca el chicle que tiene en el bolsillo del pantalón de la selección argentina, lo abre y se lo pone en la boca.
- Tomá, papa - y le pasa el envoltorio.
Suena el celular de nuevo. Otra vez se escucha una voz de mujer del otro lado de la línea, pero diferente a la de hace un rato. El padre no dice nada, sólo escucha. De repente, aleja el teléfono de su oído, lo pone frente a su boca, y le grita: "¿Porqué no venís vos a esperar a tus sobrinos?". Corta. Vuelve a su lugar. Santiago sigue con el brazo levantado, y en la mano tiene el envoltorio del chiche.
- Anda y tirá el papel en el tacho.
Santiago se levanta y va saltando hasta el cesto más cercano, a un costado de la mesa de informes. Cuando se para enfrente del tacho, deletrea:
aaaeeeropueeeertooos argeeentiiiinaaa dooosmiiiil. Tira el papel, da media vuelta y vuelve a los saltos, cantando una propaganda de la tele. Sube al asiento de un salto y pone la cola sobre la curva que tiene el respaldo para apoyar la cabeza.
- Sentate, Santiago.
Santiago se desliza y dejar caer el peso de su cuerpo contra el asiento.
- ¡Basta, Santiago! Quedate quieto, por favor -el padre se pasa la mano por el pelo.
La puerta de dos hojas que se abre cuando un pasajero arriba en el hall empujando su carro cargado de valijas, bolsos y paquetes, acapara la atención de Santiago. Se queda quieto por unos segundos, con la mirada fija en el movimiento de la puerta, un vaivén monótono, mecánico, que se dispara cuando los recién llegados están por traspasar el último escollo antes de encontrarse con los suyos. Los viajeros salen en grupos, empujando sus carritos llenos, buscan las caras de sus familiares, están ojerosos y bronceados, visten bien. Santiago mastica el chicle con la boca abierta, y hace globos.
- Mirá, papa - le da unos golpes en el brazo - ese hombre que también tiene un cartel en la mano encontró al que estaba esperando.
El padre escucha pero no hace nada.
- ¡Papa!
El padre levanta la nuca y mira sin ganas hacia el hall. Frente a la ventanilla de un local que alquila autos, un hombre enorme, gordo, despeinado, con barba de días, la camisa celeste fuera del pantalón, le da la mano a un tipo que parece ser del norte del país, o de Bolivia, o de Perú, con la piel del color del café con leche, bajito, introvertido. De los dedos de la mano del gordo cuelga un cigarrillo. Con esa misma mano le muestra la salida al boliviano. El padre se queda mirando como los tipos encaran para la salida. Llega a ver que ni bien se abre la puerta de la salida, el gordo se arma una carpa y se prende el
cigarrillo.
- ¿Qué hora es, papá?
- Las tres de la mañana -el padre mira hacia el techo, en lo alto-. ¿No querés dormir un poquito?
- No, quiero esperar a Lucas y a Agustina.
- Yo te despierto.
- No.
Los primos de Santiago deberían haber llegado hace más de dos horas desde San Pablo. Y por lo que les dijeron en la mesa de informes todavía falta una hora y media más.
- La voy a matar a tu mamá. El año pasado me hizo lo mismo. Vienen sus sobrinos y el que los viene a buscar, como un pelotudo, soy yo - el padre mira hacia un bar que está del otro lado del salón-: es una hija de puta - dice en voz baja.
- ¿Dónde van a dormir Lucas y Agustina?
- Hoy duermen con nosotros y mañana los dejo en la casa de tu mamá.
- ¿Y yo?
- ¿Vos qué?
- ¿Donde voy a dormir?
- En casa, ¿no escuchaste lo que acabo de decir? - y repite, molesto, deletreando-: hoy duermen con nosotros y mañana con tu mama.
 
A las cuatro de la mañana el padre abre los ojos. Los reflectores del techo lo encandilan. Se sienta, pesado, somnoliento. Apoya los codos sobre las piernas y se revuelve el pelo con las dos manos. Mira para un costado, para el otro, siempre con la cabeza entre las manos. Se sobresalta, toma conciencia de que falta Santiago. Mira para los costados. No está. Se para, se peina con una de las manos y empieza a caminar en dirección al hall de las salidas, a su derecha.
No hay mucha gente. Acelera el paso. Grita el nombre de su hijo. De un grupo de azafatas que viene caminando, casi todas arrastrando una valija de fibra plástica de un color azul marino, con rueditas, se desprende una flaca con cara de tapa de revista y le pregunta si necesita algo. Él le dice que no encuentra a su hijo. Se lo describe. Ella niega con la cabeza y le indica con el brazo la oficina de seguridad del aeropuerto, casi en la otra punta, al fondo. El padre encara para ese lado. A medida que avanza -sus pasos son largos, nerviosos, se escucha el ruido de la goma de la suela de sus zapatos friccionando los mosaicos del suelo-, mira para todos lados, se agacha, trata de individualizar nenes
entre la gente, mira para arriba, hacia la zona de embarques. Sin dejar de caminar saca el teléfono de su bolsillo, lo abre, mira y lo vuelve a cerrar. A su derecha están los mostradores de las diferentes aerolíneas. Entre él y los mostradores están los pasillos en zigzag delimitados por gruesas sogas de color bordó. No hay muchos pasajeros haciendo cola con sus carritos y valijas. El padre se frena, da media vuelta y encara para los baños, a su izquierda. Ni bien entra se encuentra con un muchacho de limpieza que, parado, con la espalda en la pared, con las dos manos agarradas a un escobillón, duerme. Se le para adelante, le sacude el hombro y le pregunta por su nene. El muchacho pega un salto, tarda
unos segundos en entender lo que le pregunta ese hombre con la cara desencajada, y le contesta que no. El padre le da la vuelta a la mesada de los lavabos, en dirección a los baños. Mientras pasa, casi al trote, captura la foto de si mismo, colorado, traspirado. El espejo también le devuelve la imagen del
muchacho de la limpieza, atónito. Se para al comienzo de la hilera de los baños.
Abre las puertas una a una. Las primeras, más o menos tranquilo. Pero a medida que avanza, se desespera. Las últimas puertas las abre directamente con una patada. El del escobillón mira desde el fondo pero no dice nada. El padre grita el nombre de su hijo. La última puerta de la hilera está cerrada. La zamarrea hasta que logra abrirla. Grita de nuevo el nombre de su hijo, angustiado.
El padre sale del baño y camina hacia el fondo del hall, en dirección a la oficina de seguridad. Se cruza con un chico que empuja un tren de carritos para llevar equipaje. La misma pregunta y la misma respuesta: nada. Encara para un barcito. Hay cuatro o cinco mesas y solo en una hay dos hombres tomando un trago. Son extranjeros. Él les pregunta por Santiago y ellos no entienden la pregunta. Se acerca una camarera y hace de traductora. Ni los extranjeros ni los empleados del bar saben nada acerca de Santiago. El padre se agarra la cabeza y putea en todos los idiomas. Llegan dos oficiales de la policía aeronáutica, alertados por el chico del baño. Le preguntan que es lo que le pasa. El padre se
pone a gritar que lo que le pasa es que se perdió su hijo, que lo ayuden a encontrarlo. La gente se da vuelta. Le piden que se tranquilice y le solicitan el nombre y la descripción de su hijo. Uno de ellos, peinado hacia atrás, con el pelo brilloso por la gomina, a medida que escucha las palabras del padre, pasa la información por handy.
El padre les pregunta que hay para el lado del fondo del hall. El personal de seguridad le informa que nada, que no hay para donde ir por aquel lado. Llegan otros dos oficiales, casi al trote, un hombre y una mujer. El de mayor rango les informa que se extravió un masculino, menor de edad. El padre se agarra la
cabeza, putea, amaga a darle una patada a un cartel de publicidad de Marlboro pero se contiene. Los oficiales le piden que se calme. El padre vuelve a sacar el teléfono de su bolsillo. Lo aprieta fuerte entre sus manos. Se separan en grupos. Unos encaran hacia a la escalera mecánica que sube a la zona de
embarque. El padre y uno de los aeronáuticos encaran para el segundo hall, el de los arribos. Ni bien dan la vuelta el padre mira para donde estaban sentados él y su hijo. Nada. Atraviesan el hall y le preguntan a los muchachos de la casa de alquiler de autos si vieron al nene. El gordo no sabe nada, abre los brazos,
pone cara de circunstancia. Un compañero suyo pregunta como es el nene que buscan. El padre se traba de los nervios, no le sale del todo la descripción. El muchacho, de unos cuarenta años, albino, los ojos achinados por el sueño, les cuenta que si, que si no se equivoca lo vio pasar en dirección al bar. El padre
sale corriendo. El oficial sale detrás de él, avisa por handy.
En una de las mesas, la última, casi escondida, pegada a una columna y de frente a la ventanita de donde salen los despachos del bar, Santiago duerme placidamente, acostado sobre dos sillas. En la primera tiene las piernas, estiradas, y en la otra el cuerpo, recostado sobre las piernas de una persona
que al padre le suena conocida: el hombre del cartel. Apoyado sobre la columna, a la derecha del hombre, la plancha de cartulina contra el piso, la vara de madera apuntando al techo, prolijamente escrito con fibra de color negro, trazo grueso, el nombre de la persona que el hombre espera hace horas: Ernesto Arriaga.
- ¿!Qué haces, viejo, y la puta que te parió!? - el padre agarra al nene de las axilas, lo saca de un tirón y se lo carga a upa. El movimiento de sillas y la puteada del padre hacen callar a las pocas personas que están a esa hora en el bar. Los policías, alertas, tensos, esperan. El padre aprieta a Santiago contra
su cuerpo con los dos brazos. Santiago abre los ojos, levanta la cabeza, por sobre los hombros del padre, mira a su alrededor, vuelve a apoya el cachete, colorado, húmedo, y cierra los ojos. El pantalón de la selección le queda un poco bajo y se le ve el calzoncillo.
- Tranquilo, señor - pide el hombre del cartel, todavía sentado.
- Tranquilo las pelotas. Estoy como loco buscando a mi hijo y lo tiene usted acá, como si fuese su abuelo.
- Dejeme contarle, don. - pide el hombre. El oficial le toca el codo al padre del nene. Tanto él, como sus compañeros, aflojaron la tensión que había en sus caras. Las camareras del bar, con los codos apoyados en el mostrador, escuchan expectantes.
- Bueno, dele - dice desganado el padre.
- Me vine a sentar porque el vuelo que estoy esperando está atrasado. Al rato vino su nene, se me sentó al lado y a los dos minutos, sin mediar palabra, se tiró sobre la silla -y le señaló la silla que estaba a su costado-. Estaba enojado, no quería hablar - el hombre habla pausado, tiene un tono de voz calmo
-. Le dije que se volviese con usted pero no quiso.
- ¿Y porque no me lo trajo? -vuelve a ladrar el padre, aunque más calmo que hace un rato.
El hombre del cartel se sirve un poco de agua de la jarrita, toma un sorbo, deja el vaso, se acomoda la corbata de seda, el cuello de la camisa, y dice:
- Porque de repente se puso a hablar. Quería saber quien era Ernesto Arriaga. Le conté que es un nene de la edad de él, que viaja solo, con un permiso.
- Me lo tendría que haber traído - insiste el padre. Una señora, sentada a dos mesas de distancia, de pie, todavía algo nerviosa por la ruidosa situación, aprueba con la cabeza.
- Yo sabía que usted iba a venir -dice el hombre, con la mirada perdida en el hall de entrada -, al final de cuentas es usted el padre, ¿no?
 
 
 
*de Mariano Abrevaya Dios. marianodios@...
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
el tiempo escribe para mí un atardecer pavimentado gris tras el que el sol
se limpia noche para renacer,

y entiendo lo que me quiere decir...


alienta en la terraza la primavera: mis plantas no dan fruta: son directa
semilla tras las flores todas de fascinación:

y entiendo lo que me quieren decir...


los amigos celebran sus vidas, las celebran conmigo, en lo diurno de sus
presencias sin olvido sin falta sin ausencia,

y entiendo lo que me quieren decir...

en los cuadernos hay las voces castellanas cotidianas de gentes que dan
pueblo afuera de la muerte

y entiendo lo que me quieren decir...

la luna tal vez ya camina absoluta dicen desde el río y las frondas nutriendo
y nombrando la fertilidad,

y entiendo lo que me quiere decir...

finalmente, catedral y sacramento, estás, mujer, esperando que reabra como
el cielo y lo dicho y lo callado mis brazos:

y entiendo lo que me quieres decir...
 
 
 
*de Horacio C. Rossi.  terrazio@... 
 
 
 
 
 
 
MALDICIÓN DE NIÑO*

 
El pequeño camión verde con capota de lona blanca, comenzó a fallar y marchaba de cuando en cuando, a los tirones, tosiendo, protestando, y mermaba su ya escasa velocidad; aunque por momentos se recuperaba, y por un largo trecho volvía a andar raudamente. En lo mejor, el ronroneo rumoroso se
interrumpía, y volvía la angustia amenazante de quedarnos en el camino, faltándonos todavía la mitad del regreso a casa.
Aquella mañana fleteamos una carga de muebles, enseres y demás pertenencias de una humilde mudanza, hasta la localidad de Romang, no más distante de cincuenta kilómetros, pero que el modesto transporte requería bastante más de una hora de buena marcha.
Era debido a que en aquel tiempo, estábamos en 1948, ya tenía sus buenos veinte años en sus espaldas, pero sobre todo por lo precaria de su ingeniería. Parecía haber sido montado con partes adaptadas, aunque en los orígenes, esos vehículos aún no habían evolucionado lo suficiente; eran pequeños, el motor de cuatro cilindros era el mismo de los autos de calle, y su capacidad de carga era más bien moderada.
Aparte de la capota de lona, tenía amplios guardabarros negros, salientes y acucharados, típicos de las primeras décadas del siglo veinte. Creo que sólo las ruedas eran más reforzadas y rollizas que los autos, y tampoco tenía duales, como ya eran comunes en los camiones más nuevos. Eso lo convertía, en un módico transporte de corta distancia, especial para acarreos y fletes locales, donde tampoco la velocidad era importante.
Era frecuente que lo manejara mi hermano mayor, que ya tenía trece años, y lo acompañara yo, que ya andaba por los ocho; siempre claro, que no fuera en los días ni horarios de clase. A veces en los tramos firmes y llanos, (todos los caminos de entonces en la región, eran de tierra), mi hermano se tentaba, y lo iba acelerando más y más, hasta "pisarlo a fondo", y eso hacía que el velocímetro; temblando, avanzara lenta y penosamente hasta los setenta, e incluso setenta y dos kilómetros por hora. Nadie en su sano
juicio, ni él, se hubiera animado a mantener por mucho rato esa velocidad, ya que todo amenazaba desintegrarse, empezando por el tren delantero y la dirección, que requería toda la fuerza del conductor para mantenerlo en el camino, así como el trepidante motor que parecía zumbar y bufar al
borde del colapso.
Pero tenía fama de guapo, ya que a ese modelo precisamente, lo conocían como "Chevrolet 4, El Campeón". También tenía sus particularidades, como el sistema de alimentación de combustible, conocido domo "Steward", que aspiraba del tanque por vacío de los cilindros, y luego llegaba al carburador por gravedad. Requería un blindaje seguro en todas sus conexiones, para que no hubiera filtraciones de aire. Si esto pasaba, el combustible no llegaba al alimentador y el flujo se interrumpía. El motor podía, como decía papá: "hacernos renegar", e incluso dejarnos en el camino, como amenazaba en esta ocasión.
Tras normalizarse un momento, volvió a fallar,  hasta que finalmente, al llegar al principio de la gran arboleda, que bordeaba y cubría el camino, con añosas y gigantescas "tipas," por varios kilómetros a la altura del paraje de "La Lola", el camión dijo; ¡basta! Y tras dos o tres tironeos y sacudidas del motor, se detuvo apagándose, mientras por impulso, y poca eficacia en los frenos, el camión continuó unos cuantos metros antes de detenerse.
Después, todo quedó en el  profundo silencio, y la quietud de la siesta del aquel incipiente verano, nos hizo sentir en la mayor soledad e impotencia.
Sólo podía percibirse el arrullo del flamear de la brisa entre las hojas, el aislado arrumaco de alguna paloma en la altísima fronda del boulevard, el apagado roce y el crujido de una rama podrida, que caía y rebotaba sordamente contra el suelo.
Mi hermano y yo descendimos teniendo adelante el frondoso e infinito túnel sombreado, y a nuestras espaldas el camino ya recorrido, ancho y polvoriento, donde el sol daba de lleno, haciendo reverberar el
horizonte y formando algo más cercano, la ilusión de un lago somero de aguas plateadas y temblorosas, como un espejismo. Sobre el campo cercano que se mostraba verdoso y parduzco, por la madurez del girasol temprano, una pareja de "teros" cacareaba amenazante, volando en extensos círculos, ora bajo, ora algo más alto, temerosos y alertas, ante los extraños recién llegados.
Levantamos el "capó", la cubierta del motor, sabiendo que era el bendito tanque de vacío, que estaba chupando aire en el sistema. Probamos a tocar y mover los caños de cobre, ajustando las tuercas y sobre todo rezando para que vuelva arrancar, y aunque tironeando, nos llevara lentamente a casa. Aún
no habíamos almorzado, y esto se sumaba a nuestra angustia. Probamos a darle arranque, una y otra vez. Nada. Teníamos un par de herramientas para estas emergencias; una pinza, un destornillador, una llave "pico loro", alguna de boca, un martillo y casi nada más.
Podía ser el flotante, o la junta de la tapa del tanque; pero era poco conveniente tocar eso, porque podía deteriorarse la junta y empeorar las cosas. Nos quedaba lo que sería lo más probable, revisar las
conexiones.
Mucho no podía hacerse. Lo que casi siempre resultaba era hacer un engaste con hilo de algodón, como una junta entre los terminales y las tuercas que los ajustan. Era una tarea difícil, nunca conseguíamos sellarlos totalmente.
Cuando el vehículo era nuevo, seguramente funcionaba de maravillas; pero desgastado, aflojadas las conexiones por las fuertes vibraciones propias, sin el mantenimiento correcto, esto se convertía en un martirio. A veces se solucionaba, y más adelante fallaba todo de nuevo.
En ese trance, había que reconocer que éramos insuficientes, ¡Qué falta nos haría la ayuda de una persona mayor! En aquellos tiempos, quienes transitaban las rutas, necesariamente eran capaces de solucionar casi todos los inconvenientes, los mecánicos, y los de otra índole. Pero todo era soledad, en aquella aciaga siesta veraniega.

En eso en el horizonte se dibujó un pequeño bulto, que poco a poco fue agrandándose. Mi hermano respiró con alivio. Todo el mundo se paraba a auxiliar a quién sufriera un percance, y estuviera a la vera del camino, detenido y requiriendo ayuda. Era un código sagrado.
Del bulto lejano fue surgiendo un auto, que venía a buen ritmo, trayendo detrás una remolineante nube de polvo, pero no daba señales de detenerse. Mi hermano se corrió más al centro del camino, y ambos hacíamos señas para que se detenga. El auto tuvo que abrirse un poco para esquivar a mi hermano, pero no mermó siquiera la marcha, y pasó sin mirarnos; pensamos que estaría verdaderamente apurado, para no brindarnos la más mínima atención.
Pensar que un momento antes nos creíamos salvados. Ahora mirábamos en silencio como el auto; una rural último modelo, con costados lujosos de cedro lustrado, seguía alejándose, insensible, indiferente.
Mi hermano en su impotencia le lanzó una maldición. Con toda la bronca, como quién tuviera el poder para clamar venganza. Levantó su pequeño puño cargado de nefasta energía.
-¡Hijo de tu madre! ¡Ojalá se te reviente una cubierta!...- y luego en voz más baja, fue agregando aún más condiciones.-¡y que no tengas rueda de auxilio, o esté pinchada!.-, y otras cosas por el estilo.
El fuerte "¡Plooof" nos llegó seguido por el eco de los troncos de las plantas. El auto zigzagueó un instante y se detuvo algo atravesado en el camino. La nube de polvo se fue desvaneciendo. Pudimos ver desde nuestra ubicación, que la rueda delantera izquierda estaba ahora en llanta.
El conductor trabajó arduamente, pero tenía dificultades con el piso algo blando del boulevard, y al parecer no conseguía afirmar el "gato"para levantar el auto.-
Mi hermano saltaba de contento, no entendía cómo había sucedido, pero se sentía ampliamente "resarcido", y pateaba el suelo riéndose mefistofélicamente, quizás en el fondo, tenía "poderes ocultos".
Un buen rato después conseguimos que nuestro "Steward" funcionara, y el motor arrancó lo suficientemente bien como para proseguir viaje.

Cuando pasamos al lado del lujoso automóvil último modelo, ambos contuvimos apenas las ganas de soltar, una estruendosa carcajada.

 
 
*de Celso H. Agretti.  celsoagr@...
Avellaneda (Santa Fe). 
 
 
 
 
 
 
Un amor de Belgrano*

 
Cómo contarlo al pobre Belgrano? ¿Con qué colores pintarle diez años de guerra y de infortunio? ¿Qué instante de su vida elegir para evocarlo mejor? Pongamos primero los de las efemérides escolares: los jubilosos de Tucumán y Salta; los nefastos de Vilcapugio y Ayohúma; los del rebelde que levanta una bandera propia para acelerar la marcha de la Historia.
Pero sobre todo los del amante otoñal y olvidado que guerrea en el norte a la espera de que San Martín caiga sobre el Perú.
En 1818 ya han muerto los sueños de revolución y la guerra civil entre porteños y provincianos ha desatado odios que van a prolongarse hasta hoy. Belgrano, que en Tucumán cuida la retaguardia de los guerrilleros de Güemes, impone una disciplina espartana: se acaban los bailes, las mujeres y la baraja. San Martin y Paz se asombran y lamentan la dureza de ese civil al que las circunstancias han hecho militar. Por las noches recorre las calles con un ordenanza e irrumpe disfrazado en los cuarteles para sorprender a los oficiales desobedientes. Es de acero ese jacobino católico al que llaman despectivamente bomberito de la Patria. En pocos meses funda varias escuelas, una academia de matemáticas, una imprenta y manda sembrar huertos para pelear contra el hambre que le mata los caballos y debilita a la tropa. Curioso personaje este nieto de venecianos del que San Martín escribe: "Es el más metódico que conozco en nuestra América, lleno de integridad y valor natural; no tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en punto a la milicia, pero créame usted que es el mejor que tenemos en América del Sur".
¿Cómo es? "De regular estatura, pelo rubio, cara y nariz fina, con una fístula casi imperceptible bajo un ojo; no usa bigote y lleva la patilla corta. Más parece alemán que porteño." En Buenos Aires ha tenido amores tumultuosos de los que ha nacido un hijo clandestino que Juan Manuel de Rosas cría y ampara bajo el nombre de Domingo Belgrano y Rosas. Otra descripción de primera mano, dice: "Es un hombre de talento cultivado, de maneras finas y elegante, que gustaba mucho del trato con las señoras".
¿Por qué se sacrifica? Por la libertad y la justicia. Esos valores que le han faltado durante los primeros cuarenta años de su vida serán la obseción de los diez últimos. Y al final, derrumbado por la cirrosis y la hidropesía, trata de comprender por qué lo abandonan. "¿Ha créido usted acaso que yo pueda dudar de la legitimidad de los gastos que se hagan en ese ejército? -le escribe Pueyrredón-. no sea tonto, compañero mío y crea que así como usted me llora porque lo auxilie con dinero, yo lloro del mismo modo porque veo las dificultades. Usted siente las necesidades de ese ejército y yo con ellas siento las del de los Andes, las del Este, las de los Enviados Exteriores y la de todos los pueblos." Entonces, Belgrano se dirige a Saavedra: "Digan lo que quieran los hombres sentados en sofás o sillas muy bonitas, que disfrutan de comodidades mientras los pobres diablos andamos en trabajos; a merced de los humos de la mesa cortan, tallan y destruyen a los enemigos con la misma facilidad con que empinan una copa".
Es que su ejército de liberación no tiene donde caerse muerto: "Ni tiempo, ni suelas, ni cosa alguna tenemos: todas son miserias; todo es pobreza, así amigo que yo me entiendo", le escribe a Martín Güemes que le pide auxilio. Poco después, a Pueyrredón: "Todas son miserias en este ejército. No dinero, no vestuario, no tabaco, no yerba, no sal, en una palabra: nada que pueda aliviar a esos hermanos de armas sus trabajos ni compensar sus privaciones". Y enseguida: "La deserción está entablada como un consiguiente al estado de miseria, desnudez y hambre que padecen estos pobres compañeros de armas".
Es un Belgrano achacoso, de chaqueta zurcida y botas remendadas el que se reencuentra de pronto con la niña Dolores Helguera. Ella es hija de una intocable familia tucumana y el general la ha conocido en los jubilosos días de victoria, cuando era una pecosa de trece años. Ninguno de los dos ha olvidado los primeros amores de 1813 a los que la familia de la muchacha puso fin casándola con un tal Rivas, de la aristocracia local. Por entonces, Belgrano aparecía a los ojos de los tucumanos como un plebeyo metido a revolucionario. Ya antes, en Buenos Aires, había desatado escándalos por sus entreveros con polleras honorables. Pero a los cuarenta y nueve años, destrozado por los combates y los sinsabores, se tropieza de nuevo con la adolescente que lo amó de viejo. En una de sus rondas la ve pasar, pero es tan poco lo que queda de aquel general victorioso, que no se anima a correr a su encuentro.
Lo que sigue es un mal folletín: Belgrano se entera de que ella vive en Londres, provincia de Catamarca, y manda a un hombre de confianza a que averigüe si ella todavía lo quiere. El chasque corre, pregunta, finge (sin saber que dice la verdad) estar al servicio de un general moribundo. Dolores Helguera se enternece y corre a verlo. El tal Rivas, que en el folletín hace de marido, está en Bolivia y como es un tipo prudente no se acerca a Tucumán. El cura Jacinto Carrasco, que escribe la primera noticia, le inventa una separación para no manchar la memoria del amante perfecto. Cuando Dolores queda embarazada, Belgrano mueve cielo y tierra para ubicar a Rivas y protegerlo de las razones de Estado que ponen su vida en peligro.
Carta a Pueyrredón: "Repugna a mis principios arrebatar las propiedades y jamás entraré en semejante idea, por consiguiente nos veremos expuestos a no tener qué dar de comer al ejército (...) La desnudez no tiene límites: hay hombres que llevan sus fornituras sobre sus carnes y para gloria de la Nación hemos visto visto desnudarse de un triste poncho a algunos que los cubría para resguardar sus armas del agua". Se acorta el tiempo para Belgrano, pero todavía le quedan algunos disgustos por sufrir. En 1819 la Revolución ya es una parodia y todo se le escapa de las manos: la mujer que le niegan y el ejército que se le subleva. "De resultas de la Revolución se vio abandonado de todos; nadie lo visitaba, todos se retraían de hacerlo", cuenta su amigo Celedonio Balbín. El gobierno lo manda a Santa Fe y el 4 de mayo de 1819 nace la hija, Manuela Mónica. En agosto, Belgrano se siente morir y vuelve a Tucumán para reconocerla como suya. Llega en camilla, echando espuma por la boca y agarrotado por los calambres. Temeroso de nuevas calamidades, un capitán de nombre Abraham González subleva a la tropa, insulta y maltrata al propio general. Es el fin: con la plata que le presta Balbín, emprende el último viaje. lo acompañan su médico, un capellán y el padre de Dolores: "Cuando llegaban a una posta lo bajaban cargado y lo conducían a la cama". Es tal el odio que los provincianos alzados en armas profesan a los porteños, que el viaje es una odisea. Cuenta Balbín: "Al llegar al campo de Cepeda, a pocos meses de la batalla, en el patio de la posta donde pasé me encontré con dieciocho a veintidós cadáveres en esqueletos tirados al pie de un árbol pues muchos cerdos y millones de ratones que había en la casa se habían mantenido y mantenían aún con los restos. Al ver yo aquel espectáculo tan horroroso fui al cuarto del maestro de posta al que encontré en cama con una enfermedad de asma que lo ahogaba. Le pedí mandase a sus peones que hicieran una zanja y enterrasen aquellos restos, quitando de la vista aquel horrible cuadro y me contesta no haré tal cosa, me recreo con verlos pues son porteños. A una contestación tan convincente no tuve qué replicar y me retiré al momento con el corazón oprimido".
El 20 de junio de 1820, mientras los caudillos del interior entran en Buenos aires, el hombre fuerte de la Revolución se muere olvidado, lejos de sus amores prohibidos.

 
*de Osvaldo Soriano.
  "Cuentos de los años Felices" Editorial Sudamericana. Bs. As. edición de 1994.
 
 
 

            
 
 
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#147 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Jue, 24 de Ene, 2008 1:30 am
Asunto: LA FURIA DE LO VIVO...
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Rezonga Ángel Maldito*

 
*"Te Acuerdas"
Juan Rulfo

 
El trapito que me diste,
Lleva color de ti:
Lleva impregnado
El rocío de la mañana
Que corre fuerte
Entre las rocas
Que sumergieron el río.

Lleva rojo encanto de sueños,
Que han quedado sin constelación.

El trapito que me diste
No es más que un
Pedacito de tela:
Y le retuerzo el pescuezo
Para que hable a la fuerza de ti…

Luego le ofrezco disculpas,
Y acaricio su áspero perfume a limón.

Aprendí a quererte
Cuando ya te habías ido,
Y es este un amor más largo,
Pues comienza en el momento justo
En que nos dijimos adiós.

Del trapito que me diste,
Se desprende canción,
Se remienda el mantel
Y aún queda para ser pedacito de ti.

Es temprano para hablarlo:
Pero esta noche
Cantarán con sus patitas
Los grillitos y las cigarras,
Canciones que digan algo así como
Que no existe en realidad,
Ni en este mundo
Ni en el de mentiritas,
Una despedida eterna
O un trapito de tu color.

 
*de hugo ivan cruz rosas. quetzal.hi@... 
 
 
 
LA FURIA DE LO VIVO...
 
 
 
 
 
 
SINESTESIA EN MI CREACIÓN ARTÍSTICA*



"Creo que el arte nace de la necesidad, no del poder. sigo una compulsión interior que es más fuerte que la educación, obedezco a una ley que es natural en mí y por tanto más fuerte que la formación artística." -
Arnold Schönberg.

"La posición del artista es humilde, porque él, esencialmente, es sólo un canal" -
Piet Mondrian.


 
Mi más reciente producción pictórica está conformada por una colección de más de 50 lienzos pintados con acrílico[1], cuyos títulos llevan el nombre de obras musicales de compositores contemporáneos, en su gran mayoría latinoamericanos. Esta muestra es el resultado de un largo proceso cognocitivo comenzado con toda seriedad a partir del año 1992, a raíz de la presentación en Salzburgo de las obras de 44 compositores latinoamericanos en el marco del 16. Festival de Música Contemporánea ASPEKTE SALZBURG. Aquel fue el homenaje que el prestigioso Festival rindió a los 500 años del descubrimiento de América[2]. Asistí a todos los conciertos y quedé maravillado con la diversidad de búsquedas sonoras, que aunque inscritas en las corrientes musicales dominantes del siglo XX, mostraban con orgullo un desarrollo totalmente propio. Fue también la ocasión de conocer y hacer amistad con algunos prestigiosos compositores, a quienes están dedicadas algunas de mis pinturas. Luego de este feliz encuentro con la música erudita que se ha venido produciendo en mi continente de origen, me he preocupado por ampliar más y más mi conocimiento en este campo, por difundir y estimular la creación musical[3] y fue de ese fondo que surgió la idea de realizar este proyecto sonoro-visual.
 
Sufro de una desmesurada pasión por la música. Siempre escucho música: al comer, al leer, al escribir, al trabajar, al hacer deporte, al caminar en las montañas, al conducir y no puedo quedarme dormido sin música, aunque a veces sea ésta al mismo tiempo la causante de frecuentes y largos desvelos.
Estoy seguro que de no haber sido por la música, no hubiese podido resistir la aridez de las agobiantes lecturas que exige la carrera de Derecho y fue durante aquella época de estudiante que empecé a cultivar de manera conciente un don de diseccionamiento de mi cerebro para poder atender, de manera eficiente, la música y a la vez otras tareas.
 
Una de mis experiencias favoritas durante mi visita a conciertos es el estado de trance poético que con frecuencia experimento al escuchar la música. Una sucesión de palabras hilvanadas estéticamente discurren por mi conciencia utilizando como escenario el tiempo en el cual se desarrolla la obra. A la par de los tonos musicales, mi voz interior va moldeando frases que se mecen, se alargan o se estrechan, se transforman o se filtran, se enclavan o se evaporan en mi mente, al compás de las notas. Si cierro los
ojos se agregan imágenes que se insertan de manera armónica en ese contrapunto majestuoso de sonidos que fluyen desde afuera (música) y desde dentro (versos) en mágica concordancia. Pero si un juego se repite pierde su belleza, se hace monótono e intrascendente, de manera que siempre debo idear algo nuevo que permita la gesta original, el invento, y para ello acudo a una aguda percepción artística del espacio o de los elementos que me rodean: recreo de muchas formas los detalles de la decoración del escenario, de las arrugas de la falda de la chelista, de la luz sobre la madera o las cuerdas del contrabajo, de la mano de la violinista que sujeta el arco, de los gestos del pianista, etc. Se trata de una navegación dentro de un espacio y un tiempo donde solamente las emociones y el espíritu se encuentran
presentes latiendo con toda su vitalidad: inefabilidad, paz, gnosis y trascendencia, las cualidades del éxtasis, me habitan en esos instantes.
 
Las artes, a pesar de su individualidad, siempre han estado en estrecha relación e interacción. A pesar de los orígenes diferentes de su terminología, los préstamos semánticos entre las artes son numerosos: color, forma, brillo, ritmo, cadencia, tono, armonía, cromatismo, línea, dinámica, polifonía son palabras que se usan familiar e indistintamente en todas las disciplinas artísticas. Edvard Grieg utilizó para sus composiciones los cuentos de Hans Christian Andersen, el drama Peer Gynt de Henrik Ibsen le sirvió para dos de sus más hermosas suites, y los textos de Heinrich Heine y Goethe para sus Lieder. Modest Mussorgsky compuso Cuadros para una exposición (El viejo castillo, La cabaña de patas de Gallina y La gran puerta de Kiev) que son representaciones musicales de cuadros del pintor ruso Viktor Alexandrovich Hartmann. Franz Liszt compuso la obra para piano Sposalizio, inspirado en la pintura Desposorios de la Virgen, de Rafael. A su vez no cabe ninguna duda sobre la enorme influencia de la música en la pintura a través de la historia. Este influjo es cada vez más notable, especialmente a partir del período que conocemos con el nombre de romanticismo, durante el siglo XIX, el cual propugnó por la fusión de todas las formas artísticas en busca de un "arte total" (véase en la pintura a Runge, Füssli, Goya, Blake, Schinkel o Delacroix, o en la composición a Berlioz, Listz, Chopin o Schumann). El aumento de la comunicación ha conllevado un intercambio más dinámico entre todas las actividades humanas.
A la par de que en la música se produce el rompimiento con el sistema tonal a comienzos del siglo XX, la pintura se libera de la objetividad para dar paso a una expresión pura que trasladó las sensaciones del mundo intangible de la experiencia musical a la obra plástica. El color, la forma y la línea se liberan de cualquier patrón, entrando a su vez en una dinámica mayor; el espacio pictórico y los objetos se integran o fragmentan con total autonomía; en síntesis, el artista adquiere conciencia de su total libertad.
 
Años atrás, cuando iba a comenzar el desarrollo del proyecto de obras dedicadas a compositores, pedí a algunos de ellos las partituras de las obras que me gustaría pintar, con el fin de analizar sus partes, su grafía y tener así más elementos de juicio para componer mis cuadros. Medité largamente las posibilidades de ejecución, muchas veces escuché las piezas y llegué finalmente al firme convencimiento de que mis obras de ninguna manera podría ser el resultado de un proceso intelectual, éstas tendrían que ser engendradas mediante un proceso netamente emocional, extático, tendrían que surgir de lo más profundo de mí, de mi sistema límbico, de una experiencia sinestética.
 
El material sonoro escogido para el desarrollo del proyecto es de lo más variado y va desde obras sinfónicas hasta piezas para instrumentos solistas, pasando por obras para orquesta de cámara, voces, obras electroacústicas, duos, tríos, cuartetos, enmarcadas todas ellas en las más diversas corrientes de la composición contemporánea: atonalismo, politonalidad, serialismo, aleatoriedad, concretismo, uso de instrumentos inusuales o autóctonos, minimalismo, neotonalismo, experimentación electroacústica, etc.
De las obras seleccionadas, una gran parte están inspiradas en conceptos propios y originales de las culturas tradicionales latinoamericanas, ya sea en lo musical, en lo histórico, en lo cosmogónico o en lo mítico.
 
Para finalizar es importante resaltar que de mi parte estos cuadros conforman un sencillo pero merecidísimo homenaje de agradecimiento para un selecto grupo de creadores, cuyo trabajo merece mi más profundo aprecio, admiración y respeto, por ser el suyo uno de los testimonios más valiosos sobre todas las grandezas, vicisitudes, libertades, avances y conflictos de las sociedades contemporáneas, en síntesis, una de las expresiones más genuinas, depuradas y transparentes del estado espiritual e intelectual de nuestro tiempo.


*walkala. walkala1@...
Salzburg


Walkala (Luis Alfredo Duarte-Herrera) absolvió sus estudios de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Nacional de Colombia. Desde 1989 vive en Salzburgo. En 1992 fundó la Asociación pro Arte, Ciencia y Cultura Latinoamericanos de Austria YAGE y el trilingüe
Magazin Cultural
Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante
". En marzo de 1995 la Comisión para el Arte (según el art. 194, párr. 2 de la Ley de S.S.P.) del Ministerio Federal para la Ciencia, la Investigación y el Arte, reconoció su estatus como artista independiente (en Pintura y Diseño) en Austria. Para YAGE y XICöATL ha realizado más de 1.000 ilustraciones en tinta, ha escrito numerosos artículos y ha dirigido diversos proyectos en las áreas de literatura, música y fotografía. Desde 1993 ha realizado numerosas
exposiciones de sus obras en Austria, Alemania y Suiza.
E-mail: walkala1@...
Página en internet: www.walkala.uni.cc



[1] Ellos se pueden ver en la página de internet http://walkala.uni.cc
[2] Véase en el Magazin Cultural XICóATL # 2 (julio 1992) mi artículo "El Festival Aspekte: ... Y Salzburgo tiene la suerte de oirnos" en
http://www.euroyage.com/index.php?i=http://www.euroyage.com/xicoatl/1-5/e_1.php
[3] Desde 1999 realizo el la Radiofabrik de Salzburgo (www.radiofabrik.at) una emisión radial llamada "Poesía y Música Latinoamericana", la cual desde el 2002 se emite todos los domingos entre las 19:06 y las 20:00 horas con repetición los días jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas. También he dirigido la realización de dos concursos de composición, el primero para guitarra (véase el Magazin Cultural XICóATL # 53, marzo 2001) y el segundo para flauta, flauta y guitarra, y flauta y cuarteto de cuerdas (véase el Magazin Cultural XICóATL # 70, enero 2005 en www.euroyage.com ).
 
 
 
 
 
Furia de lo vivo*

 
La carne de las flores cae en racimos

Resbala en el aire

Agujeritos de luz en la mancha verde

Por donde los espías del cielo

Nos dan señales..

 Caos sin simetría

La belleza está en lo inesperado.

Una hoja se suelta casi con dolor

Emisario que trae la noticia.

"Los ángeles no existen

son ustedes"
 
 
 
Fúria d'allò viu*

La carn de les flors cau en raïms

S'esmuny en l'aire

Foradets de llum en la taca verda

Per on els espies del cel

ens donen senyals.

Aqueix caos sense simetria

La bellesa és en l'inesperat.

Una fulla es deslliura quasi amb dolor

Emissari que porta la notícia.

"Els àngels no existeixen

són vostés"


*de Cristina Villanueva. libera@...
 
 
 
 
 
 
 
RAYO 80, ILUMINADO EN ROLDANILLO*

 
*Por Leopoldo de Quevedo y Monroy. leoquevedom@...

 
Omar Rayo, sentado en el centro, como rey antiguo, con corona de cabellos blancos y pincel de colores por cetro, estaba rodeado de ministros y por el pueblo en redondo. Rostro adusto y  ceño pensativo reflejaban una melancolía ya octogenaria. Su obra dibujaba en el viento  y sobre la luna blanca de las
3:00 de la tarde, sus lenguas rojas, aguamarinas, amarillas y negras en arrebol refrescante. Águeda, de figura espigada y, vestida de noche estrellada, a su lado lo miraba como sibila callada.
Con ocho estrellas en su frente y abrazado al azul de la gloria, desplegó el pergamino de su alma y como patriarca postrero, con voz firme pronunció su legado. Fue una elegía de queja por una trilogía de cumpleaños en la que brindó por Roldanillo, por el Museo y por la tristeza guardada en su pecho.
Como quien deja una herencia a hijos ausentes miró hacia el futuro y pintó sobre rostros y ojos de blancos y negros, de agua y de soles, con vino de hiel y oasis de humo, una obra larga y un destino incierto. ¿Quién la seguiría o, tal vez, no subsistiría? Las voces callaban y unas fiebres quemaban las mentes presentes. - No se pongan tristes, susurró el gran maestro al oído de todos. Sólo espero que alguien responda a mi justa zozobra por ver que mi obra quede sin dolientes ni una rica fuente que calme la sed de su boca.
Entonces, surgieron, como de león rugiente, brazos, voces y que se apresuraron a acudir a velar por la criatura que semejaba estar exhausta y expósita. El Ministro Lozano y su colega Paula Marcela, senadores y diputados, concejales y alcalde y hasta Julián Domínguez ofrecieron en plato de plata el manjar que la fiesta esperaba. Como en la parodia de Pombo hubo francachela, bailó Roldanillo y el arte se puso el frac de gozo por el promisorio plan que en tres meses parirán los gestores.
El Maestro Rayo, sobre el nevado volcán de su vida, ha visto un fuego de alegría y un renacer se ha visto en su figura erguida. A renglón seguido nos sorprendió con el regalo de que seguirá creando y que su mano esquiva volverá a mandar a los lienzos. Sopló como niño las velas de su cumpleaños y sus papilas libaron el licor de los dioses que sin edad ni arrugas le otorgaron la miel de la amistad y el triunfo. El chico que un día salió del taller de su padre a conquistar paisajes, a aprender poesía y a llenarse de
colores, hoy es un tequila reposado, un vino añejo y ayer nos repartió un pedazo del pastel de la experiencia del arte que tiene en su tienda repleta.
Rayo ha vencido a la impotencia. Con poderoso vigor, ha emprendido, como aquel chico audaz, una etapa más en el largo periplo que lo ha convertido en figura mundial. Todos vimos portar a este atleta olímpico la divina llama que es capaz de hacer brotar melodías, dragones, colores que cabalgan en el lomo de su fantasía y nos permiten visitar espacios ignotos y esquinas nunca pensadas.
El Museo Rayo, el "niño bobo" de sus amores, seguirá siendo la sala internacional privada más importante de Suramérica y la muestra única del corazón de un hombre, tallado en un lugar común, como obra gigante en el Arte para los siglos XX y XXI.
 
 
 
 
 
 
UNA PIEDRA EN MI PATIO*

                                                          
A don Atahualpa Yupanqui


Del lecho de un arroyo
tomé una piedra,
esa piedra descansa
en la mesa de piedra de mi patio.

Ahora es como si un arroyo
rebasase mi mesa,
ahora es como si mi patio fuese el lecho
de un arroyo.

Digan que no, las piedras tienen magia,
yo no lo digo por que sé,

sé por que digo

como se van diciendo las verdades.



*de ROBERTO MALATESTA 
malatesta@...
 
-Enviado para compartir por HORACIO C. ROSSI. terrazio@...

 
 
 
 
 
 
Martes, 22 de Enero de 2008

El secreto de Mauricio*



*Por
Sandra Russo
 
Lo bueno de las vacaciones es que uno va mezclando informaciones que en otra época del año se bifurcan, como los senderos en el jardín del cuento. Hay que revisar algunas bifurcaciones, porque parece que ya no se bifurcan, aviso. Yo, por ejemplo, que estoy al exquisito dope de las vacaciones, en ese limbo en el que lo importante es que el melón esté maduro, comprendo relajada un par de cosas que en el vértigo de la ciudad, y no cualquier ciudad, se me pasan. Nuestra querida Buenos Aires está en manos extrañas
(mándenme mails, no me importa, Fibertel se me corta a cada rato). Y por lo que han hecho hasta ahora, son raros, peligrosos.
Cuando uno está así, al dope, lee cualquier cosa. Mientras los cuentos completos de Flannery O'Connor me esperan por las noches, en el día leo los diarios y algunas de las revistas que aparecen en casa y que a mí no se me ocurriría comprar. La Vogue española, por ejemplo.
Ahí me vengo a enterar de que uno de los best sellers mundiales, que ya llegó a España y que en breve desembarcará en la Argentina, está firmado por una tal Rhonda Byrne, y se llama El secreto. Ya les cambió la vida a Cameron Díaz, a Antonio Banderas, a Oprah Winfrey y a Kate Hudson, por nombrar a los cuatro famosos que salen en la Vogue diciendo cosas como "La idea de poder lograr todo lo que uno se proponga es fascinante", "El libro en Estados Unidos es todo un fenómeno, y está ayudando a mucha gente", o "Soy una firme creyente en las leyes de atracción del universo".
De esto trata El secreto: de la Ley de Atracción. ¿Suena a Física? No, queridos. La autoayuda es un poco más rudimentaria. Según Rhonda, que ya levantó millones con el libro, hay una Ley de Atracción que hace que si uno desea algo con mucha, pero con mucha fuerza, y lo visualiza, eso se concreta. Este libro yo creo que debería leerlo cuanto piquetero o marginal pueda: que deseen la casa o el asfalto, el trabajo o la tira de asado.
Háganlo con mucha, mucha fuerza. Que lo visualicen con mucha fuerza: se hará. Y si no se hace, bueno, no todo el mundo desea una vida digna con suficiente intensidad.
Macri es amigo de la autoayuda. En la campaña estaba leyendo La virtud del egoísmo, otra pegada de la autoayuda yanqui, que últimamente, ya agotadas las parábolas hindúes y los cuentos celtas, viene explorando vetas políticamente incorrectas. ¿Usted cree que el egoísmo es un defecto? Es usted un perdedor. El ganador es aquel que se satisface primero y si hay sobras se las tira al de al lado.
Este otro libro le viene a medida. El eco bíblico de esta consigna pondría de su lado a Elisa Carrió (que es amiga de Gabriela Michetti porque las dos son re católicas). Eso permitiría a la oposición unirse en la idea de que la fe mueve montañas, un concepto por cierto novedoso y renovador.
Como fuere, tanto la autoayuda como Macri parecen desentenderse de la realidad para anclar en las trabas internas que no permiten al individuo encontrar su alegría, su poder o su potencia. Macri, por puro instinto de autoayuda (si algo sabe es autoayudarse, o no), y acaso sin tener idea del best seller que viene, está aplicando la Ley de Atracción, por ahora en exclusivo beneficio propio. Deseó una ciudad ordenada, tranquila, limpia.
Pero la Ley de Atracción falla. Las cosas no salen bien sólo con desearlas.
Hay que saber conseguirlas, hay que tener muñeca, hay que advertir, en resumen, que cada uno no vive en su cabeza ni en su propio deseo, sino rodeado de otros que quieren sobrevivir, y pelearán por eso. La Ley de Atracción, que le cambió la vida a tantos estúpidos, aplicada en política, falla mucho más dramáticamente que en los casos individuales. Básicamente porque esa concepción del deseo se caga en el deseo ajeno. Yo creo que está bastante claro.
 
 
 




 
Correo:
 
queridas amigas, apreciados amigos,

en mi página de internet
www.walkala.uni.cc encontrarán una variada muestra del trabajo gráfico y pictórico que he realizado en europa.

Una vez en mi página les recomiendo muy especialmente visitar los links: bilder von walkala für komponisten (grosses format) y bilder von walkala für komponisten (kleines format) donde presento pinturas en acrílico dedicadas a obras de compositores, en su gran mayoría latinoamericanos, fruto de un proyecto en el cual he empleado un buen número de años.
Para ver las fotos de las obras ampliadas y leer sus comentarios, los cuales se encuentran debajo de la correspondiente foto (primero en alemán y luego en español) es necesario cliquear sobre las mismas.

Para quienes deseen saber más sobre este proyecto, anexo un artículo que acaba de aparecer en el Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL, "Estrella Errante" # 82, (enero/marzo/2008), titulado: "Sinestesia en mi creación artística".

Las 50 pinturas presentadas constituyen la primera parte del proyecto, y las obras y los compositores que encontrarán son los siguientes:

a) en el link bilder von walkala für komponisten (grosses format) :

"atmósferas", para Alicia terzian, argentina. (150 cm x 100 cm acrílico sobre lienzo)
"proudhonia", para jorge antunes, brasil. (100 cm x 150 cm, acrílico sobre lienzo)
"marsyas", para mario lavista, méxico. (100 cm x 150 cm, acrílico sobre lienzo)
"del fuego", para tomás garrido, españa. (150 cm x 100 cm acrílico sobre lienzo)
"la solidez de la niebla", para juan maría solare, argentina. (100 cm x 150 cm, acrílico sobre lienzo)
"serenata opus 60 para piano y orquesta de cámara", para klaus ager, austria. (100 cm x 150 cm, acrílico sobre lienzo)
"trio expan", para bruno strobl, austria. (100 cm x 150 cm, acrílico sobre lienzo)
"mutazioni kv 401", para wolfgang roscher, austria. (100 cm x 150 cm, acrílico sobre lienzo)
"misa murucuyá", para rolando cori, chile. (100 cm x 100 cm, acrílico sobre lienzo)
"panta rhei", para johannes tonio kreusch, alemania. (80 cm x 120 cm, acrílico sobre lienzo)
"sendas lunares", para javier parrado, bolivia. (80 cm x 120 cm, acrílico sobre lienzo)
"terra brasilis", para edino krieger, brasil. (80 cm x 120 cm, acrílico sobre lienzo)
"modelagem XI", para edson zampronha, brasil. (120 cm x 80 cm, acrílico sobre lienzo)
"concerto para computador e orquestra", para rodolfo coelho de souza, brasil. (80 x 120 cm acrílico sobre lienzo)
"horizontes", para tania león, cuba. (120 cm x 80 cm, acrílico sobre lienzo)
"canto da semente", para albery albuquerque júnior, brasil. (70 cm x 100 cm, acrílico sobre lienzo)
"el oro", para mesias maiguashca, ecuador. (100 cm x 150 cm, acrílico sobre lienzo)
"bosque guaraní", para rubén carrasco, argentina. (100 cm x 150 cm, acrílico sobre lienzo)
"fase II", para ignacio baca-lobera, méxico. (100 cm x 100 cm, acrílico sobre lienzo)
"escenario para violín y piano", para gerhard wimberger, austria. (80 cm x 120 cm, acrílico sobre lienzo)
b) en el link bilder von walkala für komponisten (kleines format) :
"invitación al vals". para luis advis, chile. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"metamorfoses", para frederico richter, brasil. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"mariposa", para josé de orejón y aparicio, perú. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"entrelunas", para eduardo cáceres, chile. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"he venido solo a suspirar", para gabriel pareyón, méxico. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"elegía", para armando luna ponce, méxico. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"equus", para conrado silva, brasil. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"páramo", para ricardo zohn-muldoon, méxico. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"pacific serenade", para miguel del aguila, uruguay. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"el sonido dulce de tu voz", para orlando jacinto garcía, cuba. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"calidoscopio", para jorge pítari, argentina. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"la luz es como el agua", para miguel farías vásquez, chile. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"como agua en el agua", para marcela rodríguez, méxico. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"sinfonía 2000", para ronaldo coutinho miranda, brasil. (trípico, c/u 40 cm x 40 cm, acrílico sobre lienzo)
"goé payari (canto después de la muerte)", para jesús pinzón urrea, colombia. (trípico, c/u 40 cm x 40 cm, acrílico sobre lienzo)
"rhythmetron", para marlos nobre, brasil. (trípico, c/u 40 cm x 40 cm, acrílico sobre lienzo)
"dos movimientos sinfónicos: almaguer y reflexión", para luis fernando franco, colombia. (díptico, c/u 41,5 cm x 33,5 cm,, acrílico sobre lienzo)
"movimientos", para gerold amann, austria. (41,5 cm x 33,5 cm, acrílico sobre lienzo)
"sonata de otoño para piano", para ramón campbell batista, chile. (60 cm x 40 cm, acrílico sobre lienzo)
"suray surita", para theodoro valcárcel, perú. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"Souffle", para gonzalo macías andere, méxico. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"sol de agua", para mauricio rodríguez, méxico. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"wenu-mapu, la región celeste del cielo", para ramón gorigoitia, chile. (40 cm x 60 cm, acrílico sobre lienzo)
"primera resonancia", para pablo espada, argentina. (50 cm x 50 cm, acrílico sobre lienzo)
"trance", para andrés levell, venezuela. (80 cm x 80 cm, acrílico sobre lienzo)
"comentario a medea", para christian ofenbauer, austria. (80 cm x 80 cm, acrílico sobre lienzo)
"entornos", para alba potes, colombia. (80 cm x 80 cm, acrílico sobre lienzo)
"elegia IV", para daniel stefani, uruguay. (80 cm x 80 cm, acrílico sobre lienzo)
"el otro amanecer", para fernando maglia, argentina. (80 cm x 80 cm, acrílico sobre lienzo)
"concierto para guitarra y grupo instrumental", para javier farías caballero, chile. (80 cm x 80 cm, acrílico sobre lienzo)
Junto a mis mejores deseos por un armónico y feliz 2008, espero que la visita virtual a mi página de internet sea de vuestro total agrado.

Cordial saludo,
*walkala. walkala1@...

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
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#146 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Sáb, 19 de Ene, 2008 11:59 am
Asunto: HIERVE EL AGUA EN LAS PAVAS...
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*
 
erguida culebra, airosa palmera:
un siempre te volveré a veer,
uniendo en sendero arroyo y estrella:
¡columna del atardecer!


sube la palma sola quebrando l´aire del norte azul en flor...
pasa el pequeño río entre sauzales que lo roban de amor...

vuela graznido crespo carancho aislado de enorme soledad...
más la dulzura muerta de una tapera disuelta en claridad...

arde en la tierra greda la huella parda que fuera senda ayer...
juntas se desparejan largas bandadas hasta el atardecer...

anda por las palabras todo el silencio mojando azul el pan...
milagreando el consuelo que nuestras manos necesitando están...

y en así nos quedamos semi sonriendo mirando al cielo azul...
como en la palma sola la primavera nos va naciendo al sur...
 
 
 
*de HORACIO C. ROSSI. terrazio@...

 
 
 
 
HIERVE EL AGUA EN LAS PAVAS....
 
 
 
 
 
 
DESTINO DE DOMINGO*

 
¡Que no desespere la noche! El día no la hará esperar más de lo previsto. Y amanecerá, pronto amanecerá. El aire disimuladamente cambiará su composiciónquímica y su color. La neblina caerá en su propia trampa e irán tomandoconfianza los relojes. Las escobas harán cosquillas a las veredas, algún
despertador recibirá una paliza por molesto y alguien deseará con todo el cuerpo que todavía no sea la hora. El sol virgen asomará una discreta luz de otoño que fue dejando brillos por primaveras del norte. Sigue su curso esta mañana, naturalmente todo se repite. ¿Cuál será el perro que a ladridos inaugure la mañana? Sobre un velo de hojas secas comienzan a bostezar las sombras que custodian los árboles  ¿cuál será el café que mas nostalgia evoque en su aroma? La fuente de la plaza central carnavalea y un sonoro
colectivo se cuela por las ventanas. Algún niño intentando pasar desapercibido por esta mañana que arriba (totalmente decidida a hacerse presente) pensará en fingir un inmenso dolor de muelas, ignorando que sus padres han sido niños más de una mañana. Comienzan a campanear las llaves y las casas perciben que se van quedando solas. Varios diarios se han metido por debajo de las puertas y las malas noticias ya se han presentado. Una soledad de papel en blanco condena a quien a fuerza de olvido se ha levantado completamente solo, sin más caricias que las que puede propiciarle una almohada, a quien nadie le desea de corazón un "buen día", naturalmente para él no sería rutinario. Se estira siempre el último desperezo y las distancias irremediablemente se acortan. El gallo canta al nuevo día en la estancia y los automóviles lo reciben en la ciudad. Los canillitas ponen el grito en el cielo y chicharrean los afiladores de cuchillos, ambos ignoran lo que sus sonidos generan a los niños. Se afinan las apariencias los
ejecutivos y dejan las tristezas para otro momento, jamás para el horario de comercio. Los jubilados mas dichosos dirigen sus caminatas y los no tan dichosos ni se enteran que es de mañana. Se colman las garitas de colectivos ¡se levantan las persianas! Y los trabajadores nocturnos las bajan. Se abraza al amado o se abraza un hábito, o se mira al techo proyectando en él lo felices que supimos ser. Los teléfonos se desesperan en las oficinas públicas. La calma empieza  a perderse. A esta altura de los acontecimientos muchos se cuestionan haberse levantado. ¿Cuántos despiertan con los ojos cerrados? ¿Cuántos desean no volver a abrirlos nunca? Hierve el agua en las pavas y los frascos de mermelada son rasqueteados hasta el fondo. El olor que ofrecen los hornos de panadería es siempre digno de algún comentario. Un hombre vencido desde joven sabe que "mañana será otro día", lo que no sabe es cuanto mas lo puede esperar. ¿Qué les ofrece a ellos un nuevo día? Y así pasa la mañana, sin penas ni glorias se marcha. Por cierto hoy es lunes, y las tristezas del domingo ya fueron arrasadas por compromiso... claro...  no sea cosa que el silencio nos obligue a tener que escucharnos.

 
*de DIEGO MIRICH  diegoim17@...
 
-Enviado para compartir por HORACIO C. ROSSI. terrazio@...
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Sábado, 19 de Enero de 2008
BASTA EL SEXO*


*Por Miriam Cairo  cairo367@...

 
 
QUEVEDOS Y QUÉ VISIONES. Ella mira el mundo visible e invisible a través del microscopio que él ostenta entre las piernas. Su sola curiosidad hace saltar a borbotones la sustancia tibia de la existencia. INMANENCIAS AZULES. Una  vez por semana se libera de la trampa que ella misma construyó con torta de boda, cinta de raso, velo prestado, anillo nuevo, abismo azul. Una vez por
semana regresa a la realidad de su sueño fraudulento un poco menos buena, más culpable, más sana después de las lamidas que la curan tan rápido como una inyección de Decadrón.
 
FULGOR Y PREDICCIONES. Que entre las actitudes atendibles de una culona se destaque la tendencia al autoerotismo, no necesita demostración. Basta el sexo. Su existir, como objeto deseado y como sujeto deseante, lo prueba. La culona nos hace creer que gira en una órbita privativa, emancipada, mientras actúa, con su poder creador sobre los mejores futuros gestos del mundo. El próximo sumergido en el fulgor lunar que se le acerque, la invite a almorzar, le robe un beso y le proponga un encuentro cada veinte días, cada veinte años o cada veinte minutos según sea su culona voluntad, será el nuevo beneficiado del universo.
 
FABULA. Hay una especie de mujeres que tienen un solo ojo pero no precisamente en mitad de la frente. Se cuenta que donde ellas están siempre hay escondido un pedazo de memoria que nunca será olvidado. Su ojo guardado entre las piernas mira el mundo de muy bella manera. Es cierto que la humanidad va a donde quiere pero es sensible a la mirada que ese ojo le prodiga. Quienes las han conocido dicen que estas mujeres transmiten bienestar hasta el escándalo y a nadie se le ocurriría pensar si las atiende
un ginecólogo o un oculista. El ojo púbico tiene por pestañas un puñado de vello naturalmente encrespado. Late como un enviado del corazón. Escruta, como un emisario de la mente. Predice como un dedo del cielo. Pero es harto grosera la fábula para que pueda creerse que todavía existan en el mundo
pedazos de memoria que nunca serán olvidados.
 
LA DANZA DEL CUERPO. Cuando nos acomodamos en ese abrazo íntimo y yo enredo mis ingles en su pierna, él dispone de la atención de su propia mano sobre su propio cuerpo. Como partenaire imprescindible de su gloria, yo froto suavemente mi humedad sobre su muslo y aguardo que él haga surgir para deleite de mis ojos, el caudal nacarado de su vientre vivo. Soy la espectadora ávida de su riego.
 
EL VESTIDO Y EL NOMBRE. Sé bien que allí, donde no estoy, no se oyen grandes gritos, no es pronunciado mi nombre. Sé que un sonido de mar lejano o de nubes presagiando un relámpago, significan todo aquello que como yo, no se puede nombrar. ¿Para qué ha nacido la noche sino para que el viento le
soñara su vestido negro?
 
EL AGUA CASI NEGRA. Que cese tu extrañeza: estas ideas que llevo en la cabeza y este corazón que llevo en el pecho, son algo más que una rebeldía.
Despojada de ellos no soy menos secreta. Es aventurado, no lo niego, vivir y escribir de esta manera, sobre todo porque no puedo acusar a nadie de mi escritura ni de mi existencia. Ni siquiera al pez escamado de semen y de palabras que cultiva el vértigo sexual del que se alimenta mi alma.
 
LA CRESTA DEL ALMA. Cuando él llega como un sueño y flota delante de mí con su color castaño, apenas alcanzo a dar un grito antes de desprenderme del silencio. Su cuerpo habla como un fruto que quiere ser mordido. Yo le acaricio la cresta del alma y dios aúlla cuando me precipito de narices
sobre el mundo que yo sola he erigido.
 
EL CORAZÓN AVALA. Nuestro espejarnos mutuo, nuestra manera de vernos uno en el cuerpo del otro. Uno adentro de los pliegues del otro. Nuestro fluir de aguas espesas. Nuestro viaje limoso y nuestro salir a la luz cuando la noche es lo único que ilumina.
 
PERIPLO. Lo admito: soy presa de la danza de los abismos. De la jabalina. De la tarea negra. Creo que podría salirme de la distorsión y las metáforas, pero no me dan ganas de poner la vida en una hilera y que mi mano ficticia tome distancia de mi hombro real.
 
LA MANO QUE TRABAJA. Hasta las primeras luces del amanecer estuve leyendo estremecidamente al viejo heresiarca Apollinaire, para curarme de la mirada complaciente y maquinal que el mundo hace de sus prácticas rutinarias. Luego de haber cerrado la puerta del mundo, necesito acercarme al sacrílego. No puedo hacer un recorte de las horas, sino hasta unas horas después, cuando el día acaba. Vuelvo sobre mis pasos desde la memoria y reviso las costumbres más desafortunadas. El abrazo del hereje se prolonga, se prolonga hasta que la imprecisión de lo imaginario se filtra generosamente por la mano que trabaja.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Sábado, 19 de Enero de 2008
La banalidad del amor*

Rosa Luxemburgo.


*Por Osvaldo Bayer
desde Bonn, Alemania Federal
 
Sí. Tal cual. En vez de La banalidad de la Maldad, como subtituló la ensayista judía Hanna Arendt su libro sobre Eichmann, se ha estrenado una obra teatral en Alemania que lleva por título La banalidad del amor. Y justo se refiere a la relación entre la misma Hanna Arendt con el filósofo alemán Martín Heidegger, quien en 1933 se afilió al partido nazi. Una relación que nadie -la mayoría- ha podido entender todavía. La autora de la obra de teatro también es judía, se llama Savyon Liebrecht y trata de interpretar en la obra de ficción esa relación entre dos personas tan distintas en sus ideologías. La obra se ha estrenado con un gran éxito de público. No es para menos.
Antes de morir, Hannah Arendt declaró: "Me siento elevada hasta hoy por Heidegger como ser pensante y como mujer". Sí, una escritora que describió como pocos la miseria absoluta de pensamiento del nazismo.
El comienzo de esa relación fue la del profesor con la alumna. Heidegger era ya, a los 35 años, en 1924, un profesor de filosofía cuyos libros habían comenzado a trascender en todo el mundo. Ella, de 17 años, era su alumna. Profesor y alumna pasaron muchas horas muy enamorados en una cabaña no muy lejana de la casa de Heidegger, quien era casado con dos hijos. La relación amorosa fue muy intensa entre 1924 y 1926, hasta que después ella se fue a estudiar a otra universidad. En 1929 Hanna se casó con el escritor Günther Anders. En 1933 ella comienza a hacer una labor muy intensa en defensa de los judíos alemanes y Heidegger se afilia al partido nazi y es elegido rector de la Universidad Albert-Ludwig.
La pregunta es: cómo un hombre de estudios y pensamientos tan profundos como Heidegger pudo apartarse tan profundamente de la ética. Nunca pidió disculpas a la humanidad por haber apoyado en ese momento a un régimen absolutamente racista y totalitario. Tal vez al quedar al desnudo su equivocación o su oportunismo podría haber declarado: sí, yo tal vez fui un genio pero no fui un sabio. Me dejé llevar por los entusiasmos (tal vez la mejor palabra sería oportunismo) de ese entonces pero no supe jugarme por los principios éticos que tienen que ser irrenunciables en todo momento, aunque sea ante el peligro de muerte, de cárcel, de pérdida de posición y más cuando se es un docente famoso. No, nunca se sintió culpable de nada.
Hanna Arendt fue presa por la Gestapo en 1933. En 1937 le fue quitada la ciudadanía alemana y finalmente emigró, primero a Francia y desde 1941 vivirá en Estados Unidos. Allí dedicó sus mejores horas a luchar contra el Holocausto y formó parte de la Reconstrucción Cultural Judía. Terminada la
guerra, en 1950, Hanna volvió a visitar a Heidegger y mantuvo una nutrida correspondencia con él hasta que Heidegger murió en 1976. Además se preocupó para que los últimos libros de Heidegger se editaran en Estados Unidos y que las traducciones sean excelentes.
Pero claro, el tema no es sólo Heidegger, sino también Hanna Arendt. Ella, que vivió en carne propia toda la injusticia nazi y su total irracionalidad.
Ella que asistió al juicio de Eichmann y supo describir en su libro toda la trivialidad de un asesino de masas, un autor de crímenes de lesa humanidad, pero al mismo tiempo un representante típico de un sistema al que adhirió su amado Heidegger. Cómo nos puede explicar ella que, después de la caída del
nazismo, fue a visitarlo y no le pidió que reconociera públicamente haberse equivocado. No, sigue su amistad. Hanna Arendt se conforma tal vez con la única defensa de sí mismo que ensaya Heidegger: "Hitler me engañó, me traicionó". Un hombre de la inteligencia de Heidegger no puede dejarse engañar por un demagogo que ya en los años '20 basó su marcha hacia el poder con su injustificable racismo. Hanna Arendt escribirá muchos años después, buscando una interpretación, tal vez de Heidegger o tal vez de ella misma, lo siguiente: "Nosotros, que queremos honrar a los pensadores, y aunque nuestro lugar de residencia se encuentre en el centro del mundo, no podemos dejar de sentir como llamativo y al mismo tiempo enojoso que tanto Platón como Heidegger -cuando se referían a situaciones humanas- buscaran refugio en tiranos y 'Führer'." A esa pasión ella la llamó deformation profesionelle. Y añade: "Esa inclinación hacia lo tiránico teóricamente puede adjudicárles a casi todos los grandes pensadores (Kant sería una gran excepción)".
Citándolo a Heidegger continúa: "Muy pocos tenían la capacidad de asombrarse ante la sencillez... tomar ese asombro como lugar habitable... en estos pocos es últimamente igual hacia dónde nos llevan las tormentas del siglo.
Porque el huracán que atraviesa el pensamiento de Heidegger -como aquel que todavía nos roza desde la voz de Platón- no tiene nada que ver con el siglo.
Proviene de lo más antiguo y deja algo concluso que, como todo lo concluso, atañe al pasado".
Palabras... Para justificar a quien tal vez seguía siendo, en lo más recóndito, su amor de adolescente. O para justificarse a sí misma. Por qué para un apenas lacayo de cuarta como Eichmann, la pena de la horca, y a Heidegger, la comprensión dentro de la crítica rebuscadamente filosófica.
Para Eichmann, el ejecutor, nada más que la soga al cuello. Para Heidegger -que dio el ejemplo en 1933 de afiliarse al partido nazi y así influenciar a sus miles de alumnos y de lectores en su tierra y en el mundo entero-, a él nada más que explicar todo como "una deformación profesional".
¿Es banal el amor o son banales los que justifican todo a través del amor?
Una pregunta difícil de contestar. Ni el amor es banal ni la maldad es banal, aunque muchos se comportan en forma banal con expresiones profundas.
(Esto no implica ninguna crítica a los títulos de la obra de Hannah Arendt ni a la obra teatral de Savyon Liebrecht, al contrario, son títulos mordaces que hacen pensar.)
Hanna Arendt escribirá en 1949 que para ella los dos más grandes filósofos de su época fueron Heidegger y Jaspers. La pregunta es: ¿a la humanidad y al propio Heidegger les sirvió de algo en la vida ser "grande", cuando se falta tan profundamente a la ética?
Pero en esa misma Alemania se demuestra lo que es la verdadera conducta ética. El 15 de enero concurrieron más de setenta mil personas (cálculo del diario principal de Berlín, Tagespiegel) a llevar claveles rojos a la tumba de Rosa Luxemburgo, a 89 años de su cobarde asesinato por militares en
Berlín. Se repite así un homenaje que se cumple todos los años. No hay figura que se recuerde así, en ninguna parte del mundo. Ni grandes pensadores, ni héroes históricos, ni políticos. Es un increíble ejemplo de respeto, recuerdo y admiración por la obra y la ética de esa mujer. Sus profundos escritos acerca de cómo el mundo debía luchar por un sistema definitivo que trajera la paz eterna y terminara con las injusticias sociales deberían ser lectura en todos los últimos años de los colegios secundarios y de las universidades, y tema preferido en centros culturales.
Fue pacifista y por su lucha estuvo presa en las cárceles del Kaiser casi los cuatro años de la Primera Guerra Mundial. Fue en ese tiempo fundadora del Grupo Internacional Antimilitarista. Propuso siempre la solidaridad internacional de los trabajadores y por eso sostenía que ningún trabajador alemán debía apretar el gatillo contra un trabajador francés o de cualquier otra nación. Cuando, pese a su lucha, se declaró la guerra, dijo: "Cuando escuché la noticia, pensé en suicidarme. Me di cuenta de que había vencido el oportunismo". Ese oportunismo e irracionalidad que costó la muerte de miles de jóvenes. Rosa estaba contra la violencia y señalaba que el arma fundamental para la revolución obrera debía ser la huelga general. Fue una luchadora contra la pena de muerte. Y defendía la Libertad como un
fundamento absoluto de la sociedad. Su frase que más trascendió en la historia fue: "Libertad es siempre la Libertad del que piensa distinto".
Durante la revolución alemana, el 15 de enero de 1919, fue detenida en el hotel Eden, y en la puerta misma el suboficial Runge le dará un culatazo en la cabeza y luego será asesinada por el teniente Souchon, que le pegó un tiro en la sien. Terminaba así esa cabeza que tantos principios profundos
enseñó a la humanidad.
En el recordatorio del martes pasado, ante su tumba, se vio a jóvenes y viejos con lágrimas en los ojos. Su tumba quedó cubierta totalmente por claveles rojos que llevaron cada uno de los asistentes. Un diario tituló el acto así: "El día en que faltaron claveles rojos en Berlín". Y se escucharon las viejas canciones obreras de siglos pasados.
Un ejemplo. Es curioso: los héroes de la sociedad en sus monumentos no son recordados, amén de algún acto oficial cada cincuentenario de su muerte.
Pero a Rosa Luxemburgo la recuerdan como a nadie, año tras año, después del espantoso y cobarde crimen.
Que tengan esto en cuenta todos aquellos que aman el poder por el poder mismo. La historia va filtrando y sólo quedan aquellos que dieron sus vidas por esa palabra con la que comenzamos: la Etica, que es siempre el no rotundo a la muerte y el firme sí a la Vida.
No hay amores banales, como tampoco hay crímenes banales.
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 20 de enero del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores peruanos Tomás de Torrejón y Velasco, Juan de Araujo y Baltasar Jaime Martínez Compañón y Bujanda. Las poesías que leeremos pertenecen a Marina Arango Valencia (Colombia) y la música de fondo será de Pedro Nel Martínez (Colombia).
¡Les deseamos una feliz audición!
 
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
 
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44      A-5020 Salzburg     AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
 
 

 
 
 
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#145 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Vie, 21 de Dic, 2007 3:12 pm
Asunto: ENTRE ILUSIONES Y DERRUMBES...
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XXII*
 
 
 
 
No pudo ser
que estuviéramos
alguna vez
entre uno de dos
iguales
no pudo ser
que el aire
fuera aire
sino ese fuego
ardiente
que nos caló los huesos.
 
 
 
*de Jorge Isaías. jisaias46@...
-Donde supura el aire. Poemas.
Nos y Otros Editores. Madrid. 2007.
 
 
 
 
 
 
ENTRE ILUSIONES Y DERRUMBES...
 
 
 
 
 
 
Mediterránea*


No la veía hacía seis años. Estaba un poquito más flaca, espigada, y tenía los brazos y las piernas tonificadas, bronceadas, como si las hubiese trabajado en un gimnasio. Me impresionó verla tan arreglada, con los labios pintados, un collar de piedras de colores bailándole sobre el escote, camisita de color salmón y pollera blanca, toda una secretaria del micro centro, sin medias, tacos, un andar sólido, seguro, muy femenino. Lo que no había cambiado ni un poco era su polenta: seguía intacta, avasallante. Nos pasamos los teléfonos y arreglamos para almorzar.

- ¿Cuando fue la última vez que nos vimos? - se vino de ejecutiva de nuevo, colores claros, todos al tono. Estamos frente a frente en una mesa pegada a la ventana.
- A ver, pará -dice, y arruga la cara, piensa, las pupilas de sus ojos claros se contraen, parecen de plomo, con el dedo índice se toca la nariz -, el primero de enero del 2002.
- ¿El día que asumió Duhalde?
-  Si, no te acordas que en un momento fuimos al comedor a mirar la tele - dice, y toma un trago de sprite.
- Si, es verdad.
- Y yo me fui al día siguiente - con los dedos de la mano se acaricia los pelitos rubios del brazo, apoyado sobre la mesa -, cinco presidentes en diez días, coño, ¿donde se ha visto?
- ¿Qué te decían allá cuando les contabas?
- No entendían - dice, y se corre el mechón de pelo rubio que le cae sobre la cara: en el cuello tiene tatuados un par símbolos, me parece, incas o mayas -, no les entra en la cabeza semejante cuadro institucional.
La confitería queda sobre la Diagonal Sur, justo en la esquina, frente al Cabildo, a metros de la Plaza de Mayo. "El baño es para uso exclusivo de los clientes", avisa un cartel pegado en el vértice de la ventana. Son las dos de la tarde de un jueves.
- Qué van a entender los gallegos si ni siquiera nosotros podíamos hacer una lectura de todo lo que nos estaba pasando - está más rubia que antes, y los ¿treinta?, ¿treinta y uno? le quedan justos.
- Y en el medio de todo eso nuestro viaje -dice, como a la pasada. Sus pestañas negras son enormes: parecen los toldos de una tienda de ropa para mujer.
- Que limados, ¿no? -reflexiono.
- ¿Limados? -pone carita como de asco.
- Que bolados, digo, el país se venía abajo y vos y yo enroscados como dos nenes.
Le hago una seña al mozo para que nos traiga la carta. El diminuto piercing que tiene del lado izquierdo de la nariz, cuando mira hacia la calle, y me muestra su perfil, saca destellos de luz.
La conocí la semana que le siguió a esos dos días de furia que fueron el diecinueve y veinte de diciembre. En Colegiales, donde yo vivía, alguien imprimió unos folletos con dos o tres consignas, los pegaron en los
semáforos y a la primera convocatoria fuimos casi doscientas personas. Nos juntamos en Lacroze y Zapiola.
El clima estaba enrarecido como nunca, la gente andaba sacada, irreconocible, verborragica: el pueblo unido jamás será vencido. Casi todos le habían pegado a las cacerolas desde el balcón, todos habían puteado a Cavallo y algunos habían cortado las calles y pedido por sus ahorros. La sensación generalizada era que nos podíamos llevar puesto a cualquiera, que el destino del país estaba en nuestras manos y ya no en la de los políticos, una figura desprestigiada, enemiga del ciudadano común que trabajaba y pagaba sus impuestos. En lo personal, y a pesar de que esos días caminé por el aire, tanta catarsis clase mediera me intranquilizaba.
- ¿Qué querés comer? -ella está atenta al menú, abierto de par en par sobre la mesa.
- Ésta ensalada - me señala con el dedo la Mediterránea: queso, palmitos, rúcula, aceitunas verdes y negras, salsa golf.
- ¿Todavía sos vegetariana? -tiene ojos levemente achinados, verdes, la boca grande, los labios gruesos. Está tostada por el sol.
- Todavía -dice. Me mira y se vuelve a reír. En lugar del collar de piedras del otro día, hoy se vino con una soga llena de semillas rojas y negras, muy sobria, de feria de buen nivel.
- Volviendo a aquel primero de enero del 2002, ¿tenías conciencia de lo que estabas haciendo o te mandaste de kamikaze que eras -que sos-?
- Ya lo venía pensando, no tenía demasiado para dejar acá, y cuando la mierda explotó para todos lados, pues me decidí.
- No fuiste la única.
- Ya sé, hombre -su tonadita gallega me resulta muy exótica.
Hacemos el pedido: una ensalada mediterránea, un bife a la romana, dos sprite -la de ella con limón-, y hielo.
- Y un poquito pan, ¿puede ser, buen hombre?
El mozo dice como no, señorita, y se aleja hacia la barra.

El diecinueve a la noche salimos a la calle con mis viejos y mis hermanos: prácticamente todo el barrio, incluidos aquellos y aquellas que nunca habían movido un dedo por nadie, ni por nada, participaba de un acontecimiento que, de mínima, era diferente, exuberante, nunca visto, y de máxima, histórico, nacional y popular. Cortamos Cabildo y Lacroze. Llegaba gente de los cuatro costados con retazos de sabanas pintadas a mano, banderas argentinas, silbatos, cacerolas, tachos de basura del gobierno de la ciudad: era como el mundial pero con una carga de bronca muy fuerte. Era emocionante la reacción de la gente, la piel de gallina con cada canto, la recepción con aplausos cuando aparecía un grupo de gente, vivas, gritos, confianza, poder. Al rato unas dos mil personas marchamos hasta la puerta del departamento de Videla y lo puteamos como una hora: increíble. Muchos y muchas pasaron por debajo del puente de Carranza hacia el lado de Plaza Italia: ahí se juntaban con los vecinos de Palermo y arrancaban para la Plaza de Mayo, sumando gente a medida que la columna avanzase por avenida Santa Fe.
Ya de madrugada, en casa, todavía en estado de ebullición, comiendo un par de salchichas frías que saqué de la heladera, vi por la televisión la represión en la plaza de mayo, los gases, las corridas, el fuego, la
indignación.
Al otro día fui a trabajar: programaba para una empresa que estaba por la zona de Retiro, frente a las torres vidriadas de Movicom e IBM. Mis compañeros y compañeras contaron la experiencia de la noche anterior: yo estuve acá, no sabés lo que fue por allá, en mi barrio salieron a la calle hasta los más conchetos, con mí mujer encarábamos para la plaza cuando tiraron los gases. La charla duró los diez minutos que tardamos en bajarnos la tacita de café de la maquina expendedora. Al rato cada uno sumergió la cabeza en su código fuente.
A las doce del mediodía no aguanté más y arranqué para la plaza.

- ¿Qué onda Barcelona? -Vanesa sonríe, como si guardase muchos secretos.
Come su ensalada con mucha parsimonia: un dado de queso, una rodajita de palmito.
- Barcelona es maravillosa -vuelve a sonreír, suspira, infla el escote-, todo el mundo está en la suya, nadie te jode, el trabajo se corta a la seis de la tarde y a las siete están todos los bares llenos, hay arte en todos los rincones, hay mucha noche, y nos ves miseria.
- El problema de ellos es la inmigración -me mando un pedazo de bife que me obliga a masticar varios segundos sin poder abrir la boca.
- Si, principalmente los que llegan del África. También desde Sudamérica.
- ¿Dónde paraste los primeros meses?
- Estuve un mes exacto en lo de una prima de mamá y después me alquilé algo con dos colombianas.
Silencio.
Los dos a la vez, como en una coreografía, la nuca estirada para atrás, el codo en el aire, tomamos de nuestros vasos -el de ella con su rodaja de limón-: hubo un segundo en el nos cruzamos la mirada. Pusimos los vasos sobre la mesa y nos reímos.

El veinte hacía mucho calor, yo estaba con una camisa blanca de mangas largas. Cuando llegué a la plaza, una hilera de vallas de hierro negro fundido impedía el paso hacia la Casa de Gobierno. De un lado de las vallas, un ejercito de uniformados con los bastones cruzados en el pecho, del otro, en la zona de la pirámide de Mayo, dos mil personas, en su mayoría gente suelta, oficinistas que habían decidido, como yo, darse una vuelta, todavía calientes por los sucesos de la noche anterior. También había gente que se
había venido desde su casa con escarapelas, banderitas argentinas, carteles escritos a mano, cacerolas, cucharas soperas gigantes. Había mucha bronca, se cantaba el himno, se puteaba a Ruckauf, a Duhalde, a Menem, a la corte suprema y a De La Rua: que se vayan todos.
En un momento, de la nada, porque si, por la Diagonal Sur, desde la casa Rosada, apareció un camión hidrante que enfiló decidido hacia la gente. El chorro de agua dispersó a muchos y a otros los dejó tirados sobre el pavimento. El ruido del motor del camión era infernal. Empezaron a volar las primeras piedras.
Corrí unos metros hacia la Avenida de Mayo, frené y me di vuelta. La gente estaba enfurecida, se acercaban al hidrante por atrás y lo cascoteaban hasta quedarse sin fuerza. Todos corrían de un lado para el otro, había gente grande, nenes. Un tipo que tenía una cruz de bronce del tamaño de una caja
de naranjas se arrodilló sobre la calle y enfrentó al camión, otros lo acompañaron: resistieron la primera embestida de agua, pero en seguida apareció un grupo de policías de civil que se llevó a los manifestantes de los pelos. La gente les gritaba que se vayan a la concha de su madre, asesinos, ustedes son como nosotros, trabajadores, no repriman al pueblo. Un pelotón de la infantería se adelantó a paso firme y empezó con las balas de goma y las bombas de gases lacrimógenos: tiraron como diez en menos de un minuto. Parecía la guerra. Retrocedimos a las corridas, la gente se caía al suelo. Uno de los proyectiles cayó a mis pies y la nube de humo me cerró el pecho: corrí con los ojos cerrados, sin aire, los pulmones intoxicados.
Pensé que no iba a resistir.
Encaré para el local político de unos conocidos, sobre la calle Venezuela.
En el camino me paré a ver los televisores prendidos dentro de los bares, almacenes, casa de quiniela: la represión era feroz. En el local la temperatura ambiente era agobiante, todos a las corridas, a los gritos, algunos recién llegaban de la plaza con los ojos irritados, la presión baja, lastimaduras en las piernas y brazos: reinaba el temor y el desconcierto.
Llegaban voces que hablaban de balas de plomo, heridos y hasta muertos. Me senté en el suelo, la espalda contra la pared, me mojé la cabeza, tomé agua, cerré los ojos unos minutos.
Cuando alguien entró gritando que les estaban pegando a las madres de Plaza de Mayo, fuimos todos hasta el bar de al lado. Las imágenes eran durísimas, los caballos, los rebenques, las viejas superadas, la paliza desmedida a la gente: no lo podíamos creer. Algunos comensales, parados al costado de la
mesa, se agarraban la cabeza, como podía ser, hijos de mil puta, la puta que los parió.
Encaramos para la plaza. Los vecinos de San Telmo bajaban de los conventillos con el torso desnudo, la remera atada a la cabeza, algo en la mano para hacer ruido. Por la avenida Belgrano venían columnas enormes de gente. Miré mi reloj: eran más de las tres de la tarde. Entre el nudo en la garganta, pecho y panza por el cagazo, la obligación de volver al trabajo, decidí volver a la oficina -nunca me perdoné esa concesión-.
Los televisores mostraban a la policía llevándose de los pelos a la gente, apuntando al cuerpo, los tiros, la sangre, desesperación, la locura: una hora más tarde, todo el centro y micro centro de la ciudad sería un polvorín, un campo de batalla.
En la puerta de mi oficina, sobre la avenida L.N.Alem, me crucé con un cuerpo de la policía montada que enfilaba para la plaza de mayo: rígidos, armados, dispuestos a todo. En mi trabajo nadie estaba enterado de nada: al rato, haciendo un círculo en el medio de la oficina, el dueño de la empresa,
sonriente, levantó la copa y deseó un buen 2002: feliz año para todos.

- ¿Seguís tocando la batería? - dice ella.
Vanesa se fue a España aquel primero de enero y nunca más supe de ella. Sólo una vez me llegó el dato por una conocida suya de que estaba viviendo en un playita perdida, cerca de Málaga.
Uno de los mozos sale a calle y baja el toldo de la confitería: la sombra se come al sol.
- Ya no me dedico a la música: cambié por la escritura.
- Que linda la literatura, joder, me alegro por ti - dice, y se manda las últimas hojitas de rúcula con el tenedor, los labios grasosos con aceite de oliva -, ¿y se te puede leer?
- Podes entrar a mi blog.
- Casi no uso la Internet -se disculpa-, sólo para cuestiones de trabajo: prefiero la presencia, el cara a cara.
- Muy bien.
Le hace una seña al mozo y le pide el menú:
-Tengo ganas de comer algo dulce -me confía, casi al oído, medio cuerpo sobre la mesa: colonia de verano, suave, fresco.
- El resto, que se yo -hablo rápido, de mi, mis pasos durante estos años que pasaron-, me casé en el 2003 y me separé en el 2004, de la relación quedó una nena que se llama Violeta -ella se enternece, sonríe -, va a una sala de tres -hago una pausa, limpio con un pedacito de pan francés mi plato pelado, ella me mira, espera que siga con mi relato, dejo entre mis dedos el pancito -, trabajo en la Secretaría de Desarrollo Social de Nación, hago terapia, y estoy militando.
- Qué energía, hombre, te felicito -tiene las manos sobre la mesa, juega con sus dedos llenos de anillos, algunos de verdad, otros tatuados -, cuando me fui estabas un poco más aplacado.
- Es cierto -asumo, y ahora sí me mando el pancito a la boca.
- Que bueno lo de la militancia -dice. Se agarra el mecho de pelo rubio y lo ajusta con una hebillita de nena, austera, de color plata.
- Si, es un buen momento para hacer cosas.
- ¿Muy diferente a la experiencia de la asamblea?
- Bastante.

Vanesa, el veinte de diciembre, encaró para la plaza después del mediodía, como la mayoría de la gente. No se aguantó un minuto más sentada en el comedor de la casa de la tía, se tomó un colectivo que la dejó en el Congreso. De ahí caminó por Avenida de Mayo en dirección a la Casa de Gobierno. Cuando desde adentro del HSBC que está en el cruce de la calle Chacabuco, dispararon impunemente contra los manifestantes, ella estaba ahí: no le pegaron de casualidad, pero a pocos metros de ella caía asesinado
Gustavo Bennedeto, uno de los chicos que cayeron bajas las balas policiales esa tarde.
La conocí en la primera asamblea que se hizo en Lacroze y Zapiola. Ella estaba viviendo en el departamento de su tía, por ahí cerquita, y fue. Se armó una lista de oradores, de todo tipo y color: militantes de los setenta con caras y gestos de haber vuelto a nacer, chicos y chicas que provenían de
organizaciones sociales y culturales, o bandas de rock, señoras que querían que les arreglen las calles, parejas jóvenes que venían a escuchar, a sacar conclusiones, y Vanesa.
Se acercó hasta el muchacho que armaba la lista de oradores, y se anotó.
Fueron pasando de a uno, expusieron, arengaron, pensaron en voz alta.
Algunos estuvieron más lúcidos que otros, tenían cancha, no era la primera vez que hablaban en público, otros, en cambio, salieron a decir algunas cosas impresentables, nada inclusivas, o estructurales, problemas de alumbrado y limpieza, ruidos molestos, que los yanquis se vayan de Afganistán. Cuando le tocó el turno a Vanesa, a penas agarró el micrófono y se dispuso a hablar, temí sentir vergüenza ajena, pero a medida que fue hablando, gesticulando, me enterneció. A los tres o cuatro minutos algunas
personas la empezaron a retrucar, a bajarle línea: se armó tal cruce de opiniones a los gritos que hubo que hacer un parate: ella, en ningún momento se achicó ni cambió de idea. Era rubia, como ahora, y tenía puesto un vestidito negro, muy suelto, y sandalias de cuero: "tenemos que pensar en el futuro, en el medio ambiente, en la ecología, empezar a separar la basura, reciclar, darle trabajo a la gente, yo vengo de hacer algunos viajes y en muchos de esos lugares incorporaron la práctica con resultados muy positivos".
Esa noche terminamos durmiendo juntos: fue un sueño, pegarle a esa mitológica posibilidad dentro de un millón. La encaré, le dije que me había gustado lo que había dicho, y al rato nos estábamos contando nuestras vidas en el umbral de una casa antigua, de techos altos, ya de noche. A partir de ahí, lo único que hice fue dejarme llevar: una mina con tal determinación y auto suficiencia que quedé dando vueltas como un trompo por varios meses.

Le suena el teléfono con una canción de los Beatles. Saca el juguete de la cartera, se lo lleva al oído, arruga la cara, de repente se da vuelta, mira hacia la calle, la ve parada en la esquina y le hace señas, exagerada, contenta.
- ¿Quién es? - una chica de rasgos orientales, me parece, menudita, con la cabeza rapada, un pantalón de tipo capri, remerita de tipo musculosa, hojotas.
- Una amiga -dice-, quedamos en vernos por acá.
La amiga de Vanesa entra a la confitería, el mozo la mira de arriba abajo, encara hacia la mesa, sonríe, me da un beso, Vanesa me presenta, se saludan entre ellas con un beso en la boca, se abrazan, se acarician la espalda, se vuelven a reír. La japonesa -me di cuenta por los ojos bien grandes, redondos, sus rasgos finos, su tono de voz pausado, su sonrisa tímida - toma asiento, frente a mí, pegada a Vanesa.
- La conocí acá -me cuenta Vanesa, mientras le acaricia el pelo -en el hostel de Palermo donde estoy parando.
- Che, y no me contaste que estás haciendo allá -tengo mucho calor, siento la transpiración de mis piernas, debajo del jean-, nada que ver con lo que hacías antes, supongo.
- Trabajo con una gente que tiene una web de turismo alternativo, aproveché que traíamos un contingente de europeos para Buenos Aires y me vine. No tengo a nadie aquí, pero la verdad es que extrañaba un poco el calor de la gente.
- ¿Y antes que hiciste?
- Estudié unos dos años, trabajé en algunos restaurantes y después encaré un emprendimiento propio de preparación de comidas con harina integral, a domicilio
- Bárbaro, ¿no?
- La verdad que si, no me puedo quejar.
Pequeño silencio.
- ¿Cómo está la situación, aquí, en la Argentina? -dice la japonesa, en un perfecto español.
- Mucho mejor que antes.
- Si, algo nos han contado.
- Cuando tu amiga se las tomó esto era el infierno.
- Muy mal no me fue -dice Vanesa, y le da un pico a su amiga, se ríen.
- Ya veo.

Al rato el mozo nos trae la cuenta, Vanesa dice que paga ella, ni siquiera permite que saque mi billetera, nos levantamos, me tomo el culo de sprite que queda en mi vaso, saludamos al mozo, adios, hasta la próxima, y salimos.
- Che, hablemos antes de que te vayas, quizás te podes venir, se pueden venir -me rectifico - a una peña buenísima que se hace en el río, en Vicente Lopez.
- Ay, sería genial -le dice una a la otra.
La gente camina a nuestro lado, estamos entorpeciendo la circulación. Abre el semáforo de la esquina y un colectivo y varios autos salen hacia el bajo.
En la plaza, un importante número de turistas preparan las camaritas digitales para llevarse una foto de las Madres de Plaza de Mayo, que en un rato hacen su ronda.
- Muy lindo encontarte, Vane - le acaricio los brazos, siento la delicada alfombra de pelitos rubios-, estas muy linda -digo a modo de despedida.
- Gracias, vos también -me abraza, apoya su cara en uno de mis hombros, su respiración sobre mi cuello. Por encima del hombro de Vanesa la veo a la japonesa: mira hacia la plaza, los edificios públicos, enormes, la bandera argentina flameando al sol.
Nos soltamos, las vuelvo a saludar. Antes de irse, me dice:
 - La próxima, tráeme alguno de tus escritos.
            - Vale.
            Me hace chau con la manito y se van.
- Aguante la asamblea de Colegiales - me grita Vanesa a los pocos segundos, dada vuelta, un brazo levantado, el otro sobre los hombros de su amiga.
- Aguante -levanto mi brazo, los dedos en V.

 
*de Mariano Abrevaya Diosmarianodios@...
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Viernes, 21 de Diciembre de 2007
daniel guebel y las ideas que motorizaron "derrumbe", una novela que investiga el mundo interno de un autor
"Soy completamente afín al mito del escritor fracasado"*

 
"Sabía que estaba rozando ciertas 'zonas prohibidas' de la intimidad del escritor", señala Guebel, aunque tiene claro que el límite fue "la intimidad de los demás". A partir de hechos de la vida de un personaje, Derrumbe indaga sobre las imposibilidades del lenguaje para reproducir y representar
el dolor.

"El que narra expone lo peor de sí de una manera tan exasperada y grotesca que causa risa", dice Guebel del protagonista de Derrumbe.
Imagen: Alfredo Srur

 
*Por Silvina Friera
 
La mañana siguiente a la Navidad todo se desmorona en la vida del protagonista de Derrumbe (Mondadori), la nueva novela de Daniel Guebel. En una semana su mujer y su hija se irán; no es la mejor manera de terminar el año. El dolor por la separación lo convierte en "un animal ciego que choca contra todo". Con una entonación rabiosa y descontrolada, ese animal ciego expone sin rodeos su intimidad; registra, como si se tratara de un diario, sus percepciones inmediatas de la hecatombe: su desconcierto, su angustia, su soledad. "Soy un escritor fracasado, eso ya se sabe", dice. "Pienso que el talento a lo sumo me alcanza para escribir una obra maestra de segunda categoría. Y hasta llego a creer que incluso esa pretensión es absurda." No para de pensar, de lamentarse, y de contar bajo un impulso emocional que sorprende por la contundencia con la que se mantiene de principio a fin.
"Soy una versión metafísica del judío religioso que gimotea ante el Muro de los Lamentos después de que se lo retiraron; ahora ni siquiera tiene dónde apoyarse y ganó un nuevo motivo para llorar y tirarse de las barbas. A la hora de la queja, no hay nadie como yo." No puede evitar afligirse ante la paradoja de que aunque escribe para todos, no es leído por nadie; confiesa que siempre supo que su mujer lo abandonaría, "desde el primer día en que vino a vivir conmigo"; que ha perdido las esperanzas y, por lo tanto, la ilusión ("en la lápida de mi tumba debería escribirse: 'No soy'"). Sólo su hija es capaz de conectarlo con la vida, la única que puede sustraerlo de la basura en la que se hunde.
Guebel señala a Página/12 que empezó a escribir Derrumbe apenas su mujer y su hija se fueron de su casa. "Me moría, quería gritar y no podía", recuerda. "Me senté a escribir la verdad de los hechos; quería hacer una especie de registro completamente torrencial y demencial de cada momento de mi vida cotidiana de recién separado. Cinco minutos después, me di cuenta de que el texto se desviaba en otra dirección, que aparecía el mito del escritor fracasado porque ese dolor arrastraba las bajas pasiones de mi vida." Guebel aclara que utiliza el material confesional de manera estética.
"En el primer capítulo, ante la inminencia de su ruptura matrimonial, el personaje se exaspera contra su propio yo y contra las expectativas que tuvo a lo largo de su vida. Es como un animal ciego que choca contra todo lo que ve: contra su posición de escritor, contra su universo sentimental, contra los demás escritores, contra la propia insignificancia de su yo. El marco general de la novela es: la mierda está afuera, la mierda está adentro; el hombre que lo da todo y se convierte en el peor de los desechos, el hombre como resto, un escritor genial que se considera nada, y a la vez esa nada está carcomida por los gusanos de la ambición y del reconocimiento."
-En un momento se cuentan dos historias: la del saxofonista Paul Desmond, más cercano al mito romántico del artista, y la de Primm Ramírez, que responde al mito del artista fracasado. ¿Con qué mito siente más afinidad?
-Soy completamente afín al mito del escritor fracasado. El fracaso es el lugar desde el cual se puede escribir, independientemente de los resultados personales. Me parece que el mejor lugar para escribir es el lugar donde no hay nada que perder. Después, si el propalador de la ética del fracaso gana el Premio Nobel, ya es otro asunto, en el sentido de que el premio recae sobre el autor, no sobre la materia con la que trabaja el artista.
-¿Por qué el narrador afirma que es imposible contar el dolor, que sólo se puede contar a través de escenas?
-En la novela esbozo una teoría sobre la imposibilidad de que el lenguaje reproduzca el dolor, porque el lenguaje es una articulación convencional, no es fonética, y porque la narración es estructura de hechos. En mi novela, el dolor se articula en una sucesión que respeta bastante la cronología de los hechos, no importa si es mi separación o la de cualquier otro. Por otra parte, se expone el dolor del artista en sus distintas expresiones por no haber sido quien quiso, o por haber descubierto que hay otro que hizo más de lo que él quería o podía. Los límites del dolor son la ley del lenguaje, pero mi novela lo que articula es la incapacidad del lenguaje para "expresar" ese dolor.
-¿Serían variaciones sobre el dolor de la separación?
-Sí, creo que el libro es una serie de variaciones sobre el dolor sentimental y la pérdida. Cuando lo escribí, pensaba en música todo el tiempo. Estaba trabajando un tema principal, la sucesión melódica, la
historia de la separación, los encuentros con la hija, las reflexiones sobre el derrumbe matrimonial y, por otro lado, las variaciones, las improvisaciones sobre el tema del fracaso en el arte.
-¿En qué tipo de música pensaba?
-En el jazz, en Miles Davis, en Chet Baker, músicos de pocas notas. Cuando estoy escribiendo, tengo la impresión de que soy un saxofonista que toca rápido porque en el momento en que aparece un punto se tiene que detener y ya no puede seguir. Estaba escribiendo el derrumbe íntimo, y las variaciones, las improvisaciones, eran los sonidos particulares.
-La novela elude el riesgo de caer en lo sentimental y lacrimógeno que puede generar el tema. ¿Qué decisiones tomó para evitar ese peligro?
-No me importaba nada de lo que fuera a pensar la gente. Tenía la impresión de estar trabajando de manera cruda sobre mi autobiografía, sin ningún deseo de construir a mi alter ego como un personaje "mejor que yo", sin tratar de generar ninguna especie de imagen exaltatoria de mí. Sabía que estaba
rozando ciertas "zonas prohibidas" de la intimidad del escritor: la ambición, el deseo de reconocimiento, la competencia, el egoísmo, la envidia, la zona basura de la intimidad de un escritor. Al mismo tiempo que estaba trabajando sobre la zona dolorosa de la pérdida sentimental, era plenamente consciente de que en ese momento terrible estaba escribiendo un texto que disfrutaba, y donde se condensó, además, buena parte de mis deseos de los últimos años, que era escribir una novela en constante tensión emocional respecto del material con el que estaba trabajando. El que narra expone lo peor de sí de una manera tan exasperada y grotesca que causa risa, y lo que cuenta es tan desesperante y está tan llevado al extremo, que conmueve.
-Por eso, al final, la hija le dice: "Por favor, papá, dejá de dar lástima".
-Sí, en ese sentido es un texto impúdico sobre la exasperación de un sujeto dolido.
-¿Se planteó algún límite?
-Dentro del marco de una novela impúdica, el límite era la intimidad de los demás, pero no la mía. Sí la intimidad de mi ex mujer, no la de mi hija, porque en el momento en que escribí el libro no había un yo que exigiera reservas.
Guebel admite que Derrumbe es una obra rara. "Se lee más como un texto confesional que como una novela", dice. Siempre resulta sorprendente escuchar los primeros comentarios de los lectores. "Cuando mi vieja leyó la novela, muy discretamente, me dijo: 'Me mataste'. En un blog alguien dijo que escribí ese capítulo del viaje a Mar de Ajó, donde aparecen mi vieja y mi viejo, como una especie de Céline reblandecido. Y un primo mío que lo leyó me comentó: 'Muy lindo tu capítulo Harry Potter'. Son los efectos de la lectura, y en ese sentido este texto genera fuerte identificación o rechazo", sintetiza el escritor.
-Se podría decir que Derrumbe genera un efecto similar al de las novelas de Fernando Vallejo...
-La verdad es que leí media página del libro sobre la Iglesia y me pareció un enfático profesional de la indignación, un texto encabalgado, donde no veía nada puesto en juego, salvo la máquina de la injuria, lo cual no quiere decir que defienda a la Iglesia católica. Tampoco leí nada de Kureishi, por lo tanto tampoco sé si mi novela se parece o no a Intimidad, como dijeron.
-Hay una coincidencia con la última novela de Sergio Bizzio, también sobre una separación. El narrador de Era el cielo plantea que un hijo es una industria de producir miedos. El protagonista de Derrumbe dice que es evidente que el amor a los hijos produce ideología, y que la paternidad es como instruirse en "las aulas de la escuela de la angustia y el terror".
¿Cómo explicaría este punto de contacto?
-El mayor temor de la vida adulta es que los padres entierren a los hijos, ¿no? Con la paternidad, los terrores sobre la propia identidad se desplazan al miedo sobre el destino de los hijos. Desde que soy padre, no me importa nada de mí, simplemente pienso mi vida en términos del tiempo en que con suerte voy a existir para ver crecer a mi hija, no en términos de mi propia duración. Cuando el narrador dice que la paternidad produce ideología, es porque cumple una función en la novela: invierte la perspectiva sobre la relación entre el arte y la vida.
-Para el artista no habría futuro, para el padre sí.
-Esa sería la conclusión de la ética del narrador, lo cual es un efecto novelesco. En ese sentido a mí no me importa nada si creo lo mismo que el narrador. Las creencias del escritor son insignificantes y, en general, son bastante cínicas, porque el escritor construye una ideología a posteriori de los libros que escribe. Soy un escritor bastante programático que está escribiendo los libros que siempre quiso escribir en términos secuenciales.
Hay un programa que está formulado en Derrumbe: escribir infinitos libros, perderme detrás de esa variedad, recuperar esa variedad con mi firma, pero producir libros infinitamente diversos. Al menos como lectura hay que aceptar que casi ninguno de mis libros anticipa el que va a venir. No estoy
trabajando el condado de Yoknapatawpha, no soy faulkneriano. Mi apuesta, si se la piensa en términos épicos, es un triple salto mortal, y si se la piensa en términos peyorativos, es siempre una pirueta nueva, aunque en la serie se vea que hay algunas figuras que se espejan entre sí. Mi programa es la indeterminación, la indistinción, siempre más allá, siempre más lejos, hasta no aparecer. Es curioso que siendo ése mi programa todo el tiempo me comparen con otros escritores, lo cual, en el mejor de los casos, demuestra que no soy un lector atento a lo que se produce en mi época.
Guebel subraya que en la novela trabaja a la vez la singularidad extrema de una obra y la posibilidad de que esa obra haya sido hecha antes por otro.
"La condición epigonal es más o menos consciente respecto de una producción anterior. La anécdota que cuento en la novela sobre Henry James está en la biografía de León Edel. Lo único que aporté -precisa el escritor- fue mi percepción de que lo que estaba escribiendo James en su momento de desvarío era la estructura, infinitamente comatosa, pero jamesiana, del monólogo interior de Joyce. Estaba anticipando a otro escritor, había creado un salto mortal en su delirio; su escritura se había disparado a otro lado". El escritor observa que en la novela el narrador se ubica en condición epigonal. "Dice que es la sombra de otro, casi una textualidad borgeana, y cita la frase, que no sé si es cierta o apócrifa, de Esquilo: 'Escarbo en los restos del festín de Homero', y se pregunta: '¿Con qué sobras puedo alimentarme yo?', que en realidad es una paráfrasis de La angustia de las influencias, de Bloom", ejemplifica Guebel. "Una constante es la ilusión de la extraordinaria singularidad de la obra y también la evidencia de la
condición epigonal, una tensión no resuelta. Y en ese sentido me parece que mi libro trabaja, mal o bien, las tensiones y oposiciones no resueltas."
 
 
 
 
 
LA FICHA

Daniel Guebel (1956), escritor y periodista, publicó, entre otras, las novelas Arnulfo o los infortunios de un príncipe (1987), La perla del emperador (Premio Emecé, 1991), Los elementales (1992), Matilde (1994), El terrorista (1998), Nina (2000), El perseguido (2001), La vida por Perón (2004, realizada en cine por Sergio Bellotti), Carrera y Fracassi (2005), El día feliz de Charlie Feiling (2006, en coautoría con Sergio Bizzio); los cuentos de El ser querido (1992) y la obra de teatro Adiós mein Führer (1999). Escribió el guión de la película Los aventureros de Rosario, basada en un hecho policial de la vida real. Este año debutó como director con Dos cirujas, pieza de su autoría, protagonizada por Romina Ricci y Azul Lombardía.
 
 
TEXTUAL

Me derrumbo. Me derrumbo. Me derrumbo. Copiaría y pegaría la frase eternamente, pero no soporto esa facilidad. Una posición cómoda: el sufrimiento injustificado. Claro que mi mujer acaba de abandonarme. Pero yo siempre supe que eso ocurriría, desde el mismo día en que vino a vivir conmigo. De hecho, me esforcé como un condenado para producir su partida y enterrarme luego en este infierno de dolor. ¿Y? Hay maneras y maneras de morir en la vida y yo elegí la mía. Lo pienso. Lo acepto, al menos. Querría otra cosa, seguro que sí. Pero no sé cómo hacer. El fracaso despliega sus alas gigantescas sobre todos los rincones de mi vida. Oscuro, oscuro. Ser para llorar.
(...) Estoy solo y tengo que sobrevivir. Entro en mi casa, me tiembla la mandíbula. Empiezo a llorar, quiero gritar pero que no me escuchen los vecinos. Abrazo la pared, de golpe el dolor desaparece. Mi hija y mi ex mujer se borran en el aire. Siempre estuve solo, no hay nada, nunca hubo nada. Ese cuerpito frágil y alegre diciéndome adiós. Mi hija tiende el puente de plata con la vida. Tengo que ir a comprar cosas: la casa no debe estar vacía cuando ella venga a visitarme.
 
*Fragmentos de Derrumbe (Mondadori).
 
 
 
 
 
 
 
Semillas*

 
*Por Cristina Castello.  christinacastello@...
 
 
 
Presas. Van a encarcelarnos. A ellas y a mí.
Ellas. Las miles más miles de almas esbeltas
que conmigo son contrabandistas.
De valores. De utopías posibles. De Arte.
Arte. Negación de la finitud humana.
Vivir sin máscara es un deseo de belleza.
 
Es mi sueño de siempre vigilia por los sueños.
Es sed de manos abiertas.
Esta sed mía grande tanto ya que ahoga.
Quiero que cada ventana alumbre un violín un piano un arpa.
Que en todas las avenidas del mundo
esculturas de Giacometti miren en deleite a La Piedad.
Quiero que en todas las sedes de los gobiernos todos
un Cristo de Velázquez aborte el horror.
 
Esta sed. Sed bendita que agosta y reverdece el alma.
Vida ésta prodigiosa que alarga el deseo de asirla. Toda.
Y la tregua que viene con pasos demorados.
Quiero que Fra Angélico escape de El Prado
y su Anunciación recorra al mundo en Luz.
Quiero que Redon y Mantegna, Ucello, Leonardo y Monet
sean huella. Faro. Y deroguen verdugos para que Nunca Más.
 
Quiero que sepamos de una vez por Dios ya es hora
que en amor la entrega absoluta es certidumbre de libertad.
Que por las mañanas en lugar de noticias de almas sin ángeles
Bach, Poulenc, Mahler, Debussy, Schubert y Chopin
estallen sobre un Río de la Plata que se transmute en mar.
 
Mar azul de amor que en noche arrulle almohadas
con madrigales, adagios y claros de luna.
 
Quiero. Quiero y siembro. Quiero.
Que enseñemos bondad con bondad.
Que el cielo esté siempre pecoso de estrellas.
Quiero adultos con risa virgen
y ángeles que retraten en niños.
Que los impiadosos respiren a Blake.
Que Rilke exorcice la obviedad.
Que los viejitos vivan en honor.
Que el País el Continente el Mundo el Universo
sean para iguales y sin discriminación.
 
Quiero. Quiero que Eluard, Desnos y Rimbaud, Quasimodo, Yeats,
Lorca, Kavafis y Celan dancen en  poesía sobre todas las almas.
Y que entonces la Canción de la Alegría de Schiller
La Oda a la Libertad la Novena de Beethoven
sean el Himno de todos los Justos de la Tierra.
Para vivir con sed sagrada sed.
Para amanecer en víspera.
Para sembrar arte y amor.
Para no ver ya.
Máscaras.
 
Sólo luz sólo verdad.
 
 
-Del libro «Soif», («Sed»)
Francés –  español. Publicado  París en octubre de 2004
www.cristinacastello.com
 
 
 
 
 
 
Los escritos del año...*
 
 
 
Les propongo que cada cual elija un texto.
Uno solito de aquellos textos que le hayan conmovido más entre aquellos publicados en Inventiva durante el 2007. Asi despedimos y recibimos un año con una antología construida entre todos.
 
(Hasta el 30 de diciembre inclusive, espero vuestra elección)
 
Abrazo fuerte y lo mejor al porvenir para cada uno.
 
 



 
 
 
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El Escrito Triste*

 
 
Pobrecito de mi país,
Y yo con él:
Que aún es normal el llamar "Indio" a alguien
Y tomarlo como ofensa,
Que aún se habla de progreso
Y nos avergonzamos de que existan
Pueblos indígenas en nuestra sociedad.

Pobrecita de mi ciudad,
Y yo con ella:
Que escupe con asco a los "muertos de hambre"
Que causan "lástima" afuera de los
Gloriosos edificios modernos,
A los que la gran mayoría de personas
Tampoco podemos acercarnos
Si no es para limosnear un empleo:
Nos engañan con un desarrollo
Que no es para nosotros.

Y pobrecita de mi gente,
Y yo con ella:
Que aún nos encerramos
A creer que nuestra postura
Es única y verdadera,
Y no aceptamos la palabra de los demás:
Construimos guerras dentro de casa,
Que nos enemistan
Aún cuando somos hermanos.

Pobre patria mía,
Y yo con ella:
Que nos dicen que somos libres
Siempre y cuando sigamos al pié de la letra
Las indicaciones que nos dictan desde afuera,
Si seguimos como dice
Su plan para el desarrollo social.

Pobrecitos ojos tuyos,
Y yo con ellos:
Que derraman lágrimas
De sueños mal vividos
Y que no puedo más
Que prestar mis dedos
Para intentar calmar el llanto.

Y siento no poder hacerlo.

                                                                 
 
*de  hugo ivan cruz rosas   quetzal.hi(arroba)gmail.com

 
 
 
 
 
 
 
VIEJO ARTE NUEVO*



     Desde siempre los hombres hemos debido luchar para sobrevivir. Hemos construido viviendas, realizado herramientas, trabajado en el sudor del día.
Ocupados y agobiados, urgidos por las necesidades cotidianas, sin embargo hemos, siempre, desde siempre, hallado la forma para apartar los minutos o las horas para lo accesorio y quizás fundamental. Para crear lo bello.
    La belleza, esa necesidad humana, que aparece encarnada en una figurilla de marfil enterrada bajo siglos de greda, en un bisonte rojo confundido con la roca de las cavernas frías, esa belleza que mantiene al artesano ornamentando, al pintor dubitativo frente a dos tonos con tal sutil diferencia, que se dirían iguales. Esa belleza buscada, perseguida, tomada de la falda para que no huya.
    La belleza porque si, la belleza que no es utilitaria, la fina línea grabada hace milenios en el arco para la caza, los colores que no añaden calor al tejido, pero sí la hermosa sensación de portar algo único. Bello.
    La belleza en el palacio dorado a la hoja, en la catedral esculpida en mármol, en la inextricable mezquita. La belleza sobre un muro desgastado, agrietado, sobre el pobre muro de una casita pequeña junto a la vía del tren.
    Sorprende al caminante la mariposa, la acaso sirena con alas, la mujercita etérea hecha en relieve, bajo relieve, pintada y construida, esa sirena mariposa, esa mujer de la Belle Epoque de líneas onduladas que alguien hizo para si y porque le gustó en el porche de la casa. Art Nouveau se llamó al estilo que compuso mujeres elegantes de brazos vegetales, esta figura es un arte nuevo y viejo, armada con despojos, deseo y presencia, voluntad y anhelo. Con la memoria de lo que hubo y la escasez de lo que hay.
    Casa pobre, de paredes despintadas; la sirena marcada con un surco hasta el ladrillo en el revoque, un brazo añadido, quizás de un maniquí, que se desprende del plano, apliques de espejos rotos ornamentando el tocado, y como sombrero una lámpara armada con viejos caireles de colores. Pintura basta. Materiales desechados y vueltos a la vida.
    Una figura única que descubrimos transitando uno de esos lugares por donde no suelen darse los paseos.
    Esta sirena mariposa alumbra el porche, alumbra la vida con su luz de belleza caprichosa. Dice que la pobreza no renuncia a embellecer el mundo, y que la luz se esparce en los lugares más remotos. Gratuita y maravillosa.
     Dice la grácil figura que el corazón humano no renuncia a imaginar ni a crear, y que tal esfuerzo se disfruta cuando se comparte con los transeúntes. Y nos hermana.
    Casi se ha ido la luz, pero un cazador fatiga sus ya fatigadas manos en tallar delicadamente un ave en su lanza. Llega la noche. Mañana terminará su tarea. Sueña con un trino y un aleteo. Esto ocurrió hace apenas un momento.

                                                        
 
*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@... 
 
 
 
 
 
 
 
 
TRÍPTICO II*


 
Mujer

Cuando el silencio gana distancias,
me siento mar
salitre deseoso
de permanecer espuma en la piel de tu playa.
Eres, entonces, arena;
blanca arena que recorro escurriéndome entre tus poros
dejando mis volátiles huellas marcadas sobre tu piel.

Cuando la mar se retira y se hace lejanía,
soy honda playa esperando
que la salitrosa presencia bañe mis deseos,
los cubra suavemente con la tumultuosa fragancia;
emanación sublime del encuentro.

Cuando las aves en su vuelo anuncian la noche,
el rumor leve y lejano de la mar se ensancha
se hace caracola lenta y plena,
pez alado surcando luz de plata
cardumen claro en la oscuridad de las aguas

medusa inquieta filigranada por tus ojos
fondo marino exhalando colores y claras algas

es cuando

sabedor que mis pasos llegan
a tu húmedo cuerpo de playa,
se sahuman y contienen mis amores.




Las antiguas alfareras


        
    Las antiguas alfareras cantan
            mientras sus manos sueñan con el barro:
            lo acarician, le dan el espíritu del cuenco.
            Buscaron la forma de la mano,
            el vacío interior que le da sentido
            que le da espacio y retiene al agua.
            Las alfareras cantan recientes canciones
            arrullan la voz mientras la forma queda,
            mientras el sueño cobra sentido.
            Han descubierto el barro, el que es necesario,
            el que endurece y no se parte
            al que le soplan su aliento en tanto cantan.
            Forma de mano tiene, forma de mano:
            en él el agua brilla
            en él el grano queda
    en él la alfarera canta.


 
 
Esa mujer en bicicleta


Esa mujer en bicicleta bajo la lluvia
la fría lluvia del incipiente otoño
marcaba un ritmo lento y fugaz
junto a las primeras sombras de la noche.
Blandía, toda ella, un aire de zozobra
una lentitud del cansancio
una leve brisa de aún estoy.
Esa mujer, bajo la lluvia, en esta ciudad
llevaba todo el peso de la jornada
que se disolvía entre un pedal y otro
entre una gota y otra de la lluvia
se disolvía y se espejaba en el lustroso asfalto,
entre las luces refractadas y las sombras.
Esa mujer, bajo la lluvia, persistía
como loca ilusión en bicicleta
como aventura haciéndose
como constancia de la vida.
 
 
 
 
*de Oscar A. Agú. cachoagu(arroba)yahoo.com.ar 
 
 
 
 
 
 
 
DELGADOS VIENTOS*




Delgados vientos de la desesperación
pasan
y llevan a los rincones
los últimos despojos
                                   de mí.

El aire de la siesta
trae lejanas voces
y no hay caballo veloz
ni pasado capaz
de tolerar la abierta
                   llama de la tarde.

Voy con el dorado rostro
                   donde el otoño
se oxida
buscando una única
         y solitaria ternura.

Tal vez lo mejor sea
         desandar el agua
porque el sucio olvido
                            espanta.


*de Carlos Carbone. ccarbone71@...

 
 
 
 
 
Desapercibido*

 
Solo eres tren que se pierde
oído abierto hacia fuera
desamparo
sonido soez nimio
acto vano dicen
solo eres polvo sin origen
composición ciega
rostro taciturno
harina lavada
o pan quemado
o flor efímera
mota ósea indocumentada
flojera  con forma
para la inhumana crítica
mendicante de afectos
de hermanos

Rey ciruja
asceta del durmiente
director de la aurora
Luz
Pura luz.
 
 
*de Víctor Falco vittoriofa9@...
 
 
 
 
 
 
 
 
QUÉ SERÁ*

 
 
Aunque estés ausente
uno se levanta cada día
se pone camisa y pantalón
las zapatillas de yirar veredas
la sonrisa y el saludo
uno sabe que un día será ese día
el que te aparezcas o me aparezca
para instalarnos para siempre
o para cuanto dure
pero siempre esperando
que sea para siempre
uno se levanta cada día
sin la costumbre
de pedirle piropos a las palomas
soles a las penumbras
risas a la vida
por qué será amor
que me cuesta tanto pedirle
risas a la vida
y al amor que
se quede para siempre?

*de Leopoldo González adambuenosaires_44@...
 
 
 
 
 
 
 
Piedra, tijera, papel*

  
 
   El lenguaje es una piel                         
Roland Barthes

 
Delante de un mar desconocido

una mujer con la memoria herida

sangra lo que no recuerda,



Ella frágil, entre las hojas

verdes y las blancas donde pone
su cuerpo para inscribir palabras o

huellas o espera que aparezca

por el hocico húmedo de la lengua

eso de lo que no se sabe;

una piedra

la tijera que desgarra

y las gotas

que desde el borde del

himén forzado

en la cabeza

hacen tatuajes

           en el papel ...  
               
 
 
             *De Cristina Villanuevapluma@... 
 
 
 
 
 
 
 
“Manifesto”*
 
 
Dispone Su Majestad
dentro de los cuadros
de un modo de ser Su Majestad
 
Fuera de los cuadros
dispone Su Majestad
de otro
           modo de ser
 
No es idéntica la desnuda
sumergida en la bañera
            y con su amante
que la desnuda seca
 
El jinete es uno en su caballo brioso
encima del pedestal en una plazoleta
y es muy otro extirpado
intolerantemente del caballo
por los policías
 
¿Nos disipamos, acaso, en el bosque
de igual manera que en un salón de fiestas?
 
¿Es lo mismo si espiamos a la jovencita
vendedora de helados
facilitándole ella su propio desvirgamiento
a ese varón agalanado en una gruta
 
que si la espiamos en un prado?
 
 
*de Rolando Revagliatti. revadans@...
“Manifesto” (“Por una noche de amor”), filme dirigido por Dusan Makavejev.
 
 
 
 
 
 
Fueguito*


Es una noche cualquiera. Usted esta en un lugar cualquiera, un bosque, la costa de un río, el jardín de la casa de algún amigo. junta hojas y ramas secas, hace una buena pila. Se arrodilla sobre la tierra, acerca un fósforo a las hojas y espera. Su figura -rápidamente lo descubre- tiene la reverente actitud de alguien que aguarda un milagro. Tal vez se trate de una vieja ceremonia a la que esta acostumbrado, y le baste forzar un poco la memoria para descubrir un vasto mapa de de fogatas a lo largo de su historia. Pero esta noche -siempre suele ser así- vuelve a sorprenderlo y a exaltarlo igual que la primera vez.  Ante el crepitar de la llama, usted se siente extrañamente en casa. Es como volver de una larga ausencia. Un reencuentro en el que, con el concurso de la noche y el silencio, se va desanudando un lenguaje al mismo tiempo familiar y secreto, alimentado de certeza y plenitudes breves.  El fuego crece y mantiene un monologo en el que usted encuentra una correspondencia exacta. El fuego es puro movimiento y usted no es más que sus ojos y el calor de su piel. rodeados por la oscuridad, protegidos, suspendidos, están en el centro del mundo. Usted siente que nada puede tocarlo. Escucha su mente desbrozar trabajosamente una idea: no soy el que fui ni soy el que seré. Simultáneamente toma conciencia de la banalidad de todo pensamiento.
A esta altura, usted es una sola cosa con el fuego, un presente inevitable. se entrega, se abandona. Sin embargo, cree comprender que de esa comunión se desprende un sentimiento más amplio, que trasciende esta hora. a través del trabajo del fuego parece surgir una medida de orden. los ojos fijos, subyugado, sin cambiar de posición, usted piensa que, detrás de su persistencia, el fuego es fundamentalmente inocencia, un regreso a la limpidez del origen, al remoto albergue de toda posibilidad. Y comienza a percibirse usted mismo inocente, como una hoja en blanco donde todo puede ser escrito, donde todo esta por ser iniciado. Y acá es donde vuelve a reconocerse. Y a reconocer los términos que han marcado sus pasos a través de los días, los meses y los años: permanecer desposeído, abierto a lo imprevisto, alerta, en permanente sospecha. Son principios de una doctrina que se ha ido forjando y cuyo sentido ahora el fuego le devuelve.  Comprende que también en usted ha ardido siempre parte de ese fuego. Que esa es una llama de consumación. Una llama donde usted se ha sacrificado siempre a si mismo, ha sacrificado su vida, las posibilidades de su vida, los accidentes de su vida, tal vez con el único fin de deshacerse de su historia o de construir una historia diferente.  Es posible que oiga voces a través del aire nocturno, sin saber si se trata de amigos que vienen a buscarlo o si son llamados que llegan desde otros años, desde otros ámbitos, suscitados por otros fuegos. Acomoda algunas ramas y piensa que cuando todo esta dicho es bueno regresar al fuego, al origen.
Que es bueno, muy bueno, volver a arrodillarse ante su voracidad, estudiar su movimiento y el núcleo cambiante de su centro. Que es bueno para sus alegrías y para sus dudas. que ahí, libre de toda esperanza, puede limitarse a mirar y a no pensar.  Y en esa llama sin tiempo ve arder también el ciclo que termina precisamente esta noche, el ciclo que comienza, los muchos que vendrán con sus cargas de confusiones y riquezas, lo que ha sido, lo que será, y todo cuanto alberga la oscura, invencible memoria o nostalgia de la sangre.


*de Antonio Dal Masetto.
 
 
 
 
 
 
 
Días de fútbol*


*Por Jorge Isaías jisaias46@...

 
Los días frescos pero soleados eran los que preferíamos para jugar al fútbol. Raramente íbamos a la cancha del Club por las mañanas, y hoy no recuerdo el motivo. Excluyendo los días escolares, en las épocas de vacaciones o los sábados podríamos haber ido. Pero no la frecuentábamos.
Ahora es demasiado tarde para todas las preguntas.
De todos modos , por las tardes, luego del almuerzo íbamos religiosamente, salvo que mediara un castigo por alguna travesura. El rebote de la pelota esa tarde sería una tortura imposible de soportar. El ruido de la pelota y los gritos, las voces que reconocíamos. Yo vivía a dos cuadras de la cancha, pero como los fondos de nuestro terreno de 50 metros, daba a escasos cien, el ruido y la ansiedad serían realmente intolerables.
Tal vez no iríamos a la cancha por las mañanas porque el cuidador, a quien llamábamos "el canchero", ya que estaba encargado de cuidar el césped y las instalaciones, tenía un grupo numeroso de ovejas y las largaba en el campo de juego para ahorrarse el trabajo de cuidar el césped y de paso criaba gratuitamente a ese grupo de animalitos asustadizos y sucios. El hombre se llamaba Atilio Valvazón y había tenido un boliche en la primera calle del pueblo con el bonito nombre de "Bar La Primavera", donde iban los cantores, como se les llamaba popularmente a los últimos payadores pampeanos.
Con sólo ir por las mañanas hasta el polígono de tiro que no funcionaba por entonces, abrir las dos hojas de madera de esa puerta inmensa y sacar a los gritos esos pobres animalitos, que salían golpeándose, empujándose con ansiedad, con miedo o con ganas de comer el pasto, nunca lo supe, bastaba para cumplir con su cometido, con su trabajo, en fin, con la tarea que se le había encomendado: que el pasto no creciera demasiado.
Más arriba escribí qué días preferíamos para jugar al fútbol, aclarando que en realidad a la hora de patear una pelota poco nos importaba el día. Pero dado a elegir -en la vida nunca sucede una cosa así- preferíamos los días fríos y soleados.
Los días ventosos eran los que más odiábamos porque la pelota perdía dirección con facilidad y se ponía muy difícil embocar un gol ("convertir", como dicen con pobreza lingüísticamente franciscana los periodistas deportivos), es decir, introducir el balón en esos tres palos, en esos arcos demasiado grandes para nosotros. Motivo por el cual, si no llegábamos a juntarnos 22 pibes, usábamos la mitad de la cancha, poniendo alguna ropa como arco.
Eran tiempos en que los penales se pateaban afuera, como dice mi amigo el poeta Omar Cao, con su ternura y su cara morena para siempre.
Nosotros no sabíamos que éramos sólo tiempo y si lo hubiésemos sabido lo habríamos canjeado por una pelota de fútbol rebotando blandamente en la gramilla.
Pactado el desafío contra otro barrio o elegido lo más democráticamente posible los compañeros de picado, el tiempo quedaba suspendido para siempre, como las sombras del atardecer que no nos permitían ver la pelota o el silbido admonitor de nuestro padre nos sacaban de allí. Habíamos jugado
cinco, seis o siete horas sin parar. Hoy casi descreo de tanta energía y de tanto entusiasmo.
Pero no era todo caos en estos partidos informales, donde pretendíamos copiar las jugadas que les imaginábamos a nuestros ídolos, en tiempos en que la televisión no existía.
La elección de los "equipos" para un picado tenía sus reglas. En general los más habilidosos tenían ese derecho. Tiraban suerte con una moneda para elegir el primero y luego lo hacían por turno. Los menos hábiles quedaban para el final y si el azar había inclinado la balanza hacia un grupo donde había varios que jugaban bien, se llegaba a la justa distribución donde dos o tres "maletas" que sobraban iban hacia el equipo más débil. Visto hoy, por más justicia que buscáramos quedaba en evidencia que se sancionaba al "patadura", pero la vida es así. Y nosotros, intuitivamente lo sabíamos.
Relato esta costumbre porque ignoro cómo hacen hoy para jugar los chicos que no van a un club, donde seguramente todo está en manos de los profesores de gimnasia, digo, pienso, ¿cómo harán hoy para elegir en los picados?. Agrego: ¿queda en algún lugar, en algún rincón, un sitio para jugarse un "picadito"?.
El fútbol en aquel tiempo era lo más bello y luminoso de nuestras vidas. No sólo lo practicábamos en la cortada de gramilla que moría en mi casa sino en la cancha del Club y hasta en la escuela, en los recreos, grado contra grado.
También lo hacíamos en ese lugar que hoy es el "centro" del pueblo, donde había un terreno entejidado que llamábamos "la canchita" donde recibíamos a los equipos de otros barrios porque sentamos nuestros reales allí, como barra orgullosa de El Jazmín, nuestra barriada populosa.
Ese tejido salvaba al terreno, cuyo dueño se ignoraba por entonces, de los perros callejeros, de los caballos sueltos y hasta permitía que se arrimaran los mayores a vernos jugar. Estaba enfrente de la "Carnicería Del Pueblo", del inefable Don Benicio Ardiles, por lo que los clientes eran nuestro
público natural.
Todo esto fue anterior a nuestra adolescencia, cuando ya empezaron las primeras experiencias de la vida, entre ellas estuvo en algunos, como en mí el honor de vestir la casaca roja, los pantaloncitos blancos, pero esta es una historia que ya contaré en su momento, digo, no sé si vale la pena,
después de tanto tiempo pasado.
Eran las ilusiones de ganar un campeonato lo que nos hacía viajar por otros pueblos, competir (como se dice ahora) porque nos gustaba jugar, traspirar la camiseta que el Club nos había confiado y ese era un honor al cual no podíamos renunciar porque en ello -pensábamos- se nos iba la vida, y dejábamos en cada partido hasta la última gota de sudor.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Trenes*
 
 
 
Siempre me vuelven a la memoria aquellos viajes en tren que cambiaron mi vida. Eran viajes largos y rumorosos, con sándwiches de milanesa y limonadas caseras. Ahí vamos, mi madre y yo vestidos de domingo en el vagón de segunda. mama lleva un pañuelo azul al cuello y la mirada puesta en la ventanilla sucia. yo voy de pantalón corto y es posible que lleve un pulover marrón con los codos zurcidos. No se a que le temo ni en que piensa mi madre.
Cae la tarde y el sol se esconde en el horizonte. Mi padre ha partido meses antes a ocupar su cargo en una oficina de Río Cuarto. muchos años después, al escribir estas líneas, releo una carta que le mande a los nueve años: "querido papa: a mama ya le sacaron la benda y yo me estoy haciendo una onda, la goma me la trajo del regimiento el señor Limina. ya tenemos camionero, es Jamelo, manda plata. como estas por alla? asfaltan calles? aca no, Fernandito viene siempre entre las 10 o 10 y media. voy al cine cuando quiero y me levanto a las 10. esperamos ir con vos, termina la casa. besos chau". 
Y al margen, como posdata: "el gatito esta atado".
Algunos errores de sintaxis, la be de benda y los acentos que faltan. una caligrafía rumbosa que mi padre conservó hasta el final entre sus papeles. El chico de la carta es el que viaja con su madre en un tren que culebrea y se detiene de tanto en tanto a reponer agua y carbon. Una locomotora negra, con humo negro, igual que esa a pilas con la que ahora juega mi hijo. Peron la ha pagado como si fuera nueva y lleva el escudo nacional. Me pregunto: ¿porque esta atado el gatito? ¿que venda le han sacado a mi madre? ¿quien es Jamelo?
¿por que me preocupa tanto el asfalto de las calles?
Mi madre ya no se acuerda del gatito. Con mas de ochenta años se le confunden los trenes. Había tomado el primero en Pamplona, cuando era chica, y siguió aquí, en esta tierra inmensa, detrás de mi padre. Al norte, al sur, a la sierra, al mar, mamá subió a todos los trenes. Me dice, escondida en una montaña de recuerdos difusos, que Jamelo era el de la mudanza y se lleva la mano a la frente donde todavía tiene la marca de aquella herida. Un barquinazo con el jeep de obras sanitarias, de eso me acuerdo bien. Mi padre siempre agarraba los pozos mas grandes y en aquel de San Luis mi madre dejo la lozanía de su cara española. sangraba y no podía entender que le había pasado. Mi viejo la cubrió con un pañuelo y manejo kilómetros y kilómetros maldiciendo todos los pozos que dios ponía en su camino. En un hospital le colocaron esa venda que ya le han sacado en mi carta. Manejaba mal, mi viejo, pero el nunca lo admitió. Una vez me atreví a decírselo en una curva, camino de Rauch. Freno el coche en un pastizal y me dijo que bajara a pelear. Era así. Se enfrascaba en sus pensamientos y olvidaba la ruta. Entonces mi madre se sentía feliz de subir al tren justicialista. No le importaba que pasáramos días y días en aquellas butacas de madera durmiendo sobre una frazada. A la noche, cuando el tren se paraba en cualquier parte y los señaleros caminaban junto a la vía sin dar explicaciones, abría un paquete hecho con una caja de zapatos y todos los pasajeros se daban vuelta para sentir el aroma de nuestro pollo relleno. Tenia que durar hasta el final del viaje y lo administraba con un rigor de campesina. Mientras comíamos me contaba escenas de lo que el viento se llevo y de postre las películas del gordo y el flaco. Entonces reía y los hacia correr perseguidos por un fantasma o subir un piano inútil a un segundo piso equivocado. El tren arrancaba a los tirones y después se paraba en una estación de mala muerte. Recuerdo que en ese viaje, o en otro, subieron a un boxeador noqueado y con los guantes todavía puestos, que mientras dormía narraba su propia derrota. Mi madre le mojo los labios con un pañuelo. El entrenador llevaba sombrero, tiradores y una boquilla, pero se le habían acabado los cigarrillos. Cada vez que mama se inclinaba a auxiliar a su amigo el tipo se sacaba el sombrero y rogaba a dios que se despertara para la próxima pelea.
Una vez que hicimos noche en un hotel de Bahía Blanca tarde en dormirme y entreví la desnudez de mi madre bajo la ducha. al dia siguiente, en el expreso a Neuquén, le pregunte que era esa cosa negra que tenia ahí. Me miro y durante un rato movió los labios sin hablar. Por fin dijo: "un hormiguero", y esa es la única cosa textual que recuerdo de nuestra charla. Yo tenia cuatro o cinco años y ella todavía no llevaba la huella en la frente. Una vez le escuche decir que querían adoptar un hermanito para mi. La odie y odie a mi padre hasta que me pregunto si quería un hermano de regalo y yo me puse a llorar. Pero eso fue mucho mas tarde, entre el rápido a Río Cuarto y el expreso a Cipolletti.
Ahora creo que vamos rumbo a San Luis y en un lugar penumbroso suben dos mellizos vestidos de azul, con una valija inmensa. al rato uno abre la valija y de adentro sale un enano. No necesitan boleto. Los tres son, le informan al guarda, electores de Peron. Los que el pueblo voto para que votaran por Peron. En casa, el general era mala palabra pero ahí, de noche y a los cimbronazos, estallan aplausos y el enano levanta los brazos subido a un asiento. alguien, atrás, empieza a vociferar "aquí están / estos son/ los muchachos de Peron". Uno de los mellizos se sienta al lado de mi madre y enseguida le saca un piropeo de versos floridos. Ella se levanta en silencio, indignada, con la cicatriz que le cruza la frente, y me arrastra al pasillo. "este es mi hijo". Le dice al guarda mientras me pone la mano sobre un hombro, "y en este tren, como manda el general, los únicos privilegiados son los niños". Me parece mentira que lo diga ella, pero el de uniforme se pone duro como un mástil y el enano deja de gritar. Después todo pasa muy rápido. en la siguiente estación sube la policía y se lleva a los electores a empujones. Un gordo engominado se acerca a mi madre y se disculpa en nombre del ferrocarril: los privilegios de los niños alcanzan a las madres, dice y suda a mares mientras su mano grasienta me acaricia la cabeza. Parece asustado y nos ofrece pasar al vagón de primera. Esa fue la única vez que viajamos en asientos mullidos. Mi madre se recuesta y cierra los ojos. Ahora veo: el gatito esta atado a una silla, enredado en un ovillo de lana. Dormía en mi cama como ahora otro duerme junto a mi hijo. A veces yo era el corsario negro y el corsario rojo que iba a morir en el cadalso. Era negro y blanco con un morro fino y una paciencia infinita. Una noche no volvió, la siguiente tampoco y a la tercera empezamos a llorarlo. Nos había acompañado en otros trenes, aterrado por el encierro y el ruido. venia del asfalto de Mar del Plata y tal vez sufría los calientes desiertos puntanos. ¿sueña con eso mama cuando duerme esa noche en el tren? ¿sueña con su aldea de navarra? ¿con la voz de Magaldi? ¿con los bailes en barracas cuando era joven y trabajaba en la fabrica de medias? en la larga espera de una estación desconocida, esta vez rumbo a Tandil, habla de ella: años atrás un tal Fermin Estrella Gutiérrez le ha escrito versos de amor, dice. era elegante y gentil aquel poeta de sonoro apellido. que mas, me pregunto ahora: ¿que otros sueños? ¿mas praderas y distancias? tal vez la pensión de la calle Brasil, a una cuadra de donde vivía el peludo Yrigoyen. la estación Constitución donde desembarcamos por primera vez, yo intimidado por la inmensa avenida y ella feliz con su sombrero de paja bajo el sol.
Trenes de madera, de fierro, de juguete. resaca inglesa y vivezas criollas. van peones deportados, viajantes medrosos, boxeadores noqueados, antiguos electores de Yrigoyen y Peron. Ahí va Gardel que todavía no es Gardel. Viene Eva, que todavía no es evita. Sube su moto un chico que todavía no es el Che. Todos duermen, igual que mi madre. Van a la deriva del destino. A cara o cruz.
Aunque nunca hablemos de los sueños, es en ellos donde alguna vez somos enteramente felices. Mientras ruge la locomotora y crujen las maderas de aquel vagón justicialista.
 
 
 
 
*de Osvaldo Soriano,
-"Cuentos de los años felices". Editorial Sudamericana. edición de 1993.
 
 
 
 
 
 
LA RISTRA DE CHORIZOS
Y EL PAN CASERO*
 
 

Audino tiró con fuerzas el freno de mano y el pequeño camión hizo sus dos o tres últimos pasos y quedó murmurando al costado derecho del recto camino de tierra, al borde de la cuneta.
-Vamos a esperar que se enfríe un poco…-; se refería al motor, que venía bufando como si estuviera enojado, amenazando romperse en alguna parte, mientras de la tapa del radiador empezaba a emanar blancuzcas nubes de vapor reverberante. Por un momento hubo un siseo sibilante, que fue mermando poco a poco, como si el motor se fuera calmando, acariciado por un soplo de brisa tibia que venía del norte.
Era una tarde calurosa de verano, cercana a la Navidad, y yo con mis ocho años vivía esos días anhelante como cualquier niño, pensando que muy pronto veríamos qué nos deparaba la mañana navideña, imaginando los juguetes que seguramente tendríamos entonces para jugar con mis hermanas y hermano menor. Con Audino no, porque él ya era “grande”, tendría trece o catorce. El ya manejaba el camión, era capaz de hacerlo como un adulto; además era desarrollado y alto como un hombre.
Hacía casi dos horas que viajábamos, y teníamos por delante un buen trecho. Mamá hubiera querido que saliéramos de casa más temprano, porque temía que se nos hiciera de noche para regresar; pero papá dijo que no, que hacía demasiado calor y que el camión podría recalentarse. Y tenía razón, si no fuera por la cautela de mi hermano, que sabía cuando el motor necesitaba descanso, quizás el noble artefacto se hubiera rebelado, y nos hubiera dejado de a pie en alguna parte.
A ese costado, pasando el alambrado, había un grupo de paraísos umbrosos y un molino de altísimo esqueleto metálico, coronado por una rueda alabeada que allá arriba, donde la brisa le daba de lleno, giraba rauda y mansamente; y abajo un caño donde vertía un grueso chorro de agua cristalina a un inmenso estanque “australiano”, un poco elevado el nivel del suelo, rodeado por el verdor del pasto, que algunas vacas y terneros comían indiferentes.
-Vamos a tomar agua fresca.- dijo mi hermano adelantándose, trepando al alambrado de púas, y saltando ágilmente del otro lado. Un momento después estábamos sintiendo la frescura del agua en el chorro que salía vigorosamente del caño, y al caer al agua que ya desbordaba el estanque, se zambullía mezclándose en un profundo borboteo, rumoroso y cautivante. Alrededor flotaba una pequeña lluvia que la brisa esparcía acrecentando la sensación de frescor y bienestar. Con las manos juntas en cuenco, tomamos y nos refrescamos una y otra vez la cara, el cabello, el cuello, los brazos… hasta que mi hermano se sacó la ropa y me invitó a hacer lo mismo:
-No es hondo, - me dijo,- ¡Vamos a bañarnos, que hace mucho calor! ¡Dale!...- Y alzando su larga pierna pasó dentro dando un grito estremecido por el frío del estanque y la alegría de la aventura. El agua le daba a la cintura y me convenció ayudándome a pasar sobre el borde acanalado, y sentí lo que me pareció por un momento que me atrapaba un mar helado. Al poco tiempo estábamos a nuestras anchas,  chapaleando, salpicándonos, nadando de una orilla a la otra, zambulléndonos y jugando despreocupados; mientras el sol, lento, declinaba imperceptible pero sin pausas hacia el poniente.
Cuando advertimos el tiempo que habíamos estado distraídos en el refrescante recreo, reaccionamos tratando de remediarlo, pero el sol nos mostraba que por más que nos apuráramos el día estaba terminando. Volvimos presurosos queriendo recuperar lo perdido, subimos al camión y arrancamos bruscamente en silencio. Hasta el motor, ya frío desde hacía largo rato, parecía sentirse culpable y marchaba casi imperceptible y sin protestas, pese a que mi hermano pisaba el acelerador a fondo.
Llegamos con las últimas luces del atardecer, que moría envuelto en un manto granate, azulado primero, y ennegrecido luego, a medida que iba aproximándose la noche. No recuerdo si descargamos alguna carga que llevábamos o cargamos alguna que fuimos a buscar. Sé que terminamos cuando estaba bien oscuro, y nos disponíamos a volver prontamente, con un nudo en la garganta por la hora en que íbamos a llegar a casa. Imaginábamos la angustia de los demás, especialmente de mamá que era proclive a ver tragedias por doquier, si no estábamos a la vista, o como ahora; lejos, de noche y quizás expuestos a “algún peligro”, como ella decía.
La gente de la casa donde fuimos, nos trajo un envoltorio, con algunos productos como una atención, y además saludos y recuerdos cariñosos para toda nuestra familia. Mi hermano decía a todo que sí, apurado por iniciar el regreso. Apenas transpusimos la tranquera nos enfrentamos como dos pequeños titanes, en plena noche, y en pleno campo, a la soledad de aquellos caminos de entonces. La pobre luz del pequeño camión temblorosa y amarillenta, parecía la de una luciérnaga en aquella vastedad tan oscura y silenciosa. Sólo el estridente chillido de los grillos, el croar de las ranas y el bochinche del bicherío de las cunetas, se levantaban como un coro cacofónico a los costados del camino, haciéndonos una monótona y ruidosa compañía. Si teníamos miedo no lo decíamos.
De pronto Audino se acordó del paquete que traíamos.
-Debe haber chorizos allí en ese cartón, por el aroma que siento…- El “cartón” era una bolsa que en los almacenes de entonces ponían cinco o más kilos de azúcar, o harina, fideos, o arroz; que se expendían “sueltos”. En medidas menores se usaban bolsas y bolsitas de papel marrón.
Al abrirlo vimos y me apuré a levantar, una larga ristra; como de veinte  chorizos secos, lozanos y rechonchos, de grueso picado y de factura casera; que emanaban un agradable aroma a especias, picante y apetitoso. Debajo; un gigantesco pan casero esponjoso y tibio, ligeramente tostado en su corteza superior, de forma redonda y abovedada, mezclaba sus aromas a los cárneos, llenando la cabina de una presencia irresistible, que hacía agua la boca. El ruidito de nuestras tripas nos recordaba que hacía horas que no comíamos nada. Pero como dijo mi hermano, eso era para llevar a casa…
Claro que el camino era largo, al menos para el tranco que llevábamos, lento y cansino, ya que de noche, en esos caminos, con aquella dirección agarrotada, y esos frenos tan poco efectivos, había que tener paciencia y prenderse bien al volante sin quitar los ojos de la huella, en partes zigzagueante.
-Podríamos probar uno- y señalé el primer chorizo de la larga ristra…-total no saben en casa cuántos nos dieron…-
Audino cayó en el lazo, pero no dijo nada, por un  rato; luego sonrió y un poco más serio consideró sabiamente:
-Sí, pero tendríamos que cortar un trozo de pan; y allí sí que se va a notar.
-Bueno, vos tenés tu cortaplumas, ¿no? Si cortamos una tajada bien prolija, podría ser que nos dieron un pan cortado…
-¡Dale!- dijo él, y aminoró aún más la marcha, como para que yo pudiera cortar el pan con toda pulcritud. Corté como pude la tajada con la pequeña hoja, apurado más en la urgencia del apetito despertado de golpe, que cuidando la estética prometida, y le di la mitad a mi hermano, junto al medio chorizo, desgarrado más que cortado, que ahora emanaba más que nunca sus sabrosos olores.
Comimos en silencio, disfrutando aquellos bocados, que para nuestros estómagos hambrientos, eran migajas, sólo un aperitivo; y ahora las ganas se sumaban en tropel al apetito insatisfecho. Nadie dijo nada por un buen rato. Los dos teníamos miedo de mostrar la debilidad y la tentación de comer otro poco. Aún faltaba un buen trecho para la mitad del camino. Otro medio chorizo y una tajada de pan, tal vez un poquito más grande esta vez, ya que si el pan estaba empezado, daban lo mismo un trozo más chico o más grande.
Así que volvimos a comer. Y con el mismo razonamiento al rato, a medida que avanzábamos, volvíamos a cortar un nuevo chorizo y otra buena tajada, y así una y otra vez, hasta que estuvimos más que satisfechos; sin medir en ningún momento la magnitud de nuestro voraz apetito.
Sólo cuando apaciguados miramos el pan y la ristra de chorizos sobrantes, caímos en ver nuestro descontrol, rendidos ante la gula; uno de los pecados capitales, según mamá que siempre nos explicaba el catecismo. Los gestos que intercambiábamos en silencio y en la semi oscuridad de la traqueteante cabina, no eran precisamente de orgullo; y no acabábamos de entender porque no conseguíamos restarle importancia, al fin y al cabo eran sólo unos chorizos y unas rodajas de pan.
Tampoco entendíamos por qué al bajar del camión en casa, ya muy tarde, con la menguada bolsa de cartón, con poco más de medio pan, y con la mitad de los chorizos; sentíamos los dos la cara ardiente, colorados como pimientos…
 
 
 
*de Celso H. Agretti. celsoagr@...
Avellaneda, Sta. Fe, 01 nov. 2007
 

                 
 

 
 
 
 
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#143 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Mié, 21 de Nov, 2007 10:59 am
Asunto: LA LEJANÍA ES EL ESPEJO PERFECTO DE LA IDENTIDAD...
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LA LEJANÍA ES EL ESPEJO PERFECTO DE LA IDENTIDAD...
 
 
 
 
 
*
 
 
La Asociación Cultural El Puente (Santa Fe) organizó, por octavo año consecutivo, su certamen literario para adolescentes, destinado a jóvenes autores de entre 13 y 18 años radicados en la provincia de Santa Fe. Se transcriben a continuación los trabajos que obtuvieron los tres primeros premios en el género Poesía, así como también el 1er premio en categoría Cuento. Como se podrá advertir, hubo una gran actuación de los representantes de Malabrigo, pequeña localidad ubicada en el norte de la provincia.
 
 
 
*Alfredo Di Bernardo  alfdibernardo@...

 
 
Primer Premio:
 
Transilvania Dos

 
Otro viernes en la ciudad.
Miré el reloj
para olvidar
a los que vienen
y a los que van.
Son como columnas
de una catedral
macizas por dentro
macizas por fuera.
Sin fantasías
deambulan por un túnel
oscuro
a punto de tocar fondo.
Nunca el otro
nunca para el otro.
Cronometrados
tachan cada día
(en el calendario).
Y yo
triste vampiro del pensamiento
muero de sed.

 
*Gonzalo Molina
Malabrigo -15 años
 
 
 
 
 
Segundo Premio:
 
Huecas las palabras*

Dejan el espíritu de las flores en el rincón de los cajones,
Y el sonido de las nubes se distingue sobre el mar;
Muchos sean los colores que en el hoy se identifiquen
Y demasiadas estaciones que en el llanto jugarán.
Bordando solapitas en el lápiz de papel
Que no escribe más que apenas el trocito de algún sol,
En alambre se destaca la costura de la sombra
Que detrás de la palabra esconde toda su razón.

 
*Marilín Pereyra
Coronda - 15 años
 
 
 
 
Tercer Premio:
 
El color de las cenizas*

Blanco y negro.
Sombras como manchas
que se dirigen
por un pasillo lejano.
Negro y blanco
compone la canción
del otoño en el ocaso.
Blanco y negro.
Río vertiginoso
niebla que esconde.
En una cesta
llego al sol.
En negro y blanco
elijo mi aventura.
En negro
veo oscuro su corazón
y no le importa
y no me importa.
En blanco
escribo su nombre
en la pared
con agua sin agua.

 
*Leonardo Mazzuchini
Malabrigo - 17 años
 
 
 
 
 
Primer Premio:
 
 Punta de flecha*

  
   Como la Poderosa del Che con alas se elevó por el aire, con un fuerte resoplido, sólo un pichón de avioneta entre piruetas de plumas y rugidos de motor. Era mi primer vuelo y esperaba que no fuera el último. Así, mientras rezaba un Padrenuestro, cantaba el Himno y tarareaba la canción del Reino del Revés, le di una patada a mi Rocinante y partí hacia las nubes. Todo esto me parecía ridículo, pero igualmente decidí sacarle el mayor jugo posible; tenía que dar unas vueltas por el aire y luego aterrizar para demostrar que mis conocimientos teóricos se ajustaban a la práctica. Volé unos kilómetros hacia el Sur, no sé exactamente cuántos, pero siempre en números redonditos porque me recordaban a los ojos de Celina... aunque este tema prefiera no tocarlo. Estaba llegando a la arropada Antártida que tiritaba de nieve y temblaba de hielo, cuando de pronto me encontré con Ícaro; me aconsejó que regresara (más bien me lo gritó), porque estaba acercándome peligrosamente al agujero de la capa de Ozono, al que comparó con una parte del cuerpo humano que no quiero especificar aquí, por el cual saldría expulsado y quedaría mejilla a mejilla con el sol. Le agradecí su advertencia pero, no me escuchó, porque tenía cera en los oídos. Decidí dar un cuarto de giro y saludar a las Malvinas y comprobar de pasada si ya las habían borrado del mapa argentino. Un par de aves despistadas confundieron varias veces mi avioneta con su nido cubriéndolo de plumas y en una que otra ocasión, unos regalitos caían a la parte anterior de mi Poderosa, convirtiéndola en un verdadero aguilucho. Tras un manto de neblinas, de esas que son espesas y te hacen quedar con ojo de chino, encontré a las dos islas perdidas. Estaban como de la manito, tomando el té y hablando con la boca bien apretada, como perros. El rojo, el azul y el blanco; los gurises albinos y de ojos celestes insípidos y repetidos; las casitas de chocolate; el barullo de una hilera de epitafios y los campos minados me asquearon. Entonces, decidí volver a dar otro cuarto de giro. Unas señales de humo me permitieron saber que estaba llegando a Buenos Aires (qué ironía). Tuve que esquivar unos cuantos edificios que habían pegado el estirón en esos años. Me parecía estar dentro de un laberinto y había perdido mi cielo. Confundí unas cuantas veces a la Cruz del Sur con unos semáforos y parecía que no había estrellas más que las que brillaban en los carteles luminosos. La cantidad de gente que florecía de los edificios como hormigas hambrientas me hizo comprender por qué se mordían unas a otras para ascender, tanto pero tanto, que habían apagado el cielo y el mar, ya no bailaba ninguna milonga debajo de la luna. Con las antiparras empañadas y un par de penitas que me ojeaban desde el bolsillo, di otro cuarto de giro hacia la izquierda siguiendo el rumbo de otros aviones y evitando una bola de cristal parlante que me acosaba en lenguas extrañas. Llegué a la dormida llanura del norte que bostezaba acompañada por el canto del gallo. Aterricé con un quejido de hojalata y tornillos flojos. Puse los pies sobre la tierra y descubrí que la lejanía es el espejo perfecto de la identidad, aunque uno decida irse por las nubes.
 
*María Emilia Mondragón
Malabrigo -17 años
 
 
 
 
 
 
 
Miércoles, 21 de Noviembre de 2007
REVOLUCION EN EL GERIATRICO
Querida tía Lala*



Por Liliana Mizrahi*
 
Mi tía vivió sus últimos años en el Hogar Israelita de ancianos de Burzaco, un geriátrico, un asilo. Ella misma decidió su ingreso junto con su marido hemipléjico. Antes, ellos habían sido internados a la fuerza (por un familiar), en un depósito para viejos enfermos. Lugar difícil de ver. Yo los visité una tarde de horror inolvidable. Mi tía, por primera y única vez en su vida, tomó una decisión: entregó, como pago, su propia casa, lo único que tenían, y abandonó todo lo que había adentro. La entregó aliviada, en contra
de la voluntad de su propio marido. Fueron aceptados. Ella se iba esperanzada en una nueva vida, llevó en su cartera algunas fotos y nada más que lo puesto. Mi tío partía, herido en su orgullo, sintiendo que todo era injusto y que él podía solo. Ella percibió enseguida la oportunidad de hacer las cosas que más le gustaban: leer, escuchar música y conocer gente. No así mi tío, que vivió ofendido, herido en su narcisismo por tener que compartir su vida con otros ancianos, que eran un espejo en el que no quería mirarse.
Entonces, él decidió no salir de su habitación, ni hablar con nadie.
Mi tía se liberó de a poco de él y comenzó a recorrer los pabellones con espíritu antropológico. Hablaba con los internados e internadas y descubría lo interesante que eran sus historias de vida. Al poco tiempo, se le ocurrió que quizá podía transmitir esas historias, para que en otros pabellones las
escuchen y se acercaran a contar las propias. Propuso hacer una radio. Mi tía era una enferma bipolar, había padecido muchas internaciones, muchos shocks eléctricos, chalecos de fuerza químicos y de los otros, y solía dejar la medicación cuando se sentía bien. La gente del hogar la escuchó, legitimó
su proyecto y se hicieron las instalaciones del caso.
Ella sintió, por primera vez, que no era tratada como una loca, sino reconocida en su deseo. Mi tía comenzó a transmitir su programa, ponía música elegida por ella, incluía textos clásicos que leía muy bien y después seguía con las historias de vida. Los ancianos de todos los pabellones la escuchaban con interés. Empezó a hacerse famosa dentro del hogar. Mi tío seguía autoexiliado en el cuarto como un aristócrata polaco venido a menos.
El creía que no tenía nada que ver con el resto de la gente que estaba ahí.
Mientras tanto, para ella, la cosa no quedó en la radio, se le ocurrió que
los viejos tenían que moverse, parados o sentados, y comenzó a dirigir, en su pabellón, clases de gimnasia con música y que cada uno hiciera lo que podía. Mi tía se las rebuscaba, su mundo era intenso y extraño, pero siempre estaba interesada en los otros. Lectora de los eternos: Cervantes, Dostoyevski, Borges, Kafka, Miller, Proust, Rulfo... leía para ella y, desde su programa, leía para los otros. Mi tía era generosa e inteligente, a pesar de que su enfermedad la había ubicado en el lugar de "la loca de la
 familia.". En el hogar, por suerte, la medicación ya no estaba más a su cargo, ni a cargo de mi tío, la tomaba sin quejarse, se había liberado de muchas obligaciones y aprovechaba las nuevas opciones. Me decía: "No tengo que hacer las compras, no tengo que cocinar ni pensar en qué preparo para la cena, no tengo que limpiar, salvo nuestro cuarto, no tengo que ir al banco a pagar nada, ni recibo boletas. Tengo todo el día para mí, si necesito atención médica la tengo inmediatamente y mi marido también. Me parece que es la primera vez que soy tan libre a pesar de no poder salir a la calle, que tampoco me interesa. No estoy sola, estoy menos sola que cuando creía que tenía familia". Su enfermedad de Parkinson avanzaba, perdía el control de esfínteres, pero ella, pañales mediante, no se detenía. Le sugerí que pidiera una terapia y algún taller literario. Obtuvo las dos cosas. Comenzó a escribir. Al principio se asustó, eran textos eróticos muy lanzados,"subidos de tono", los llamaba ella y los escondía. Por suerte, me los dio a leer y le sugerí que los mostrara a alguien. Lo hizo. El hogar eligió un texto, y lo mandó a participar en un concurso en el que ganó una mención. Tenía no sólo reconocimiento adentro, sino que lograba prestigio afuera también. Era realmente feliz. Su marido, crónicamente ofendido, la castigaba con interminables reproches, la llenaba de culpa, hasta que se le fue la mano con el bastón y en el hogar decidieron separarlos. Mi tía se asustó, pero al fin reconoció que era algo que ella secretamente deseaba desde hacía tiempo.
Por suerte, él, sin salir de su habitación, se puso a hacer collages también eróticos, se sentía Matisse, sus obras terminaron expuestas en una sala del hogar, con vernissage, invitados y todo. Eso lo reconcilió un poco con él mismo, se sintió elegido, mirado, y a mi tía le disminuyó la culpa.
En una oportunidad, donamos una computadora para los ancianos, para que aprendieran a usarla y pudieran comunicarse con sus hijos y nietos por ese medio. Al principio, eran muy pocos los que la usaban. Mi tía, siempre a la cabeza, tenía un instructor que le enseñaba a navegar. Al poco tiempo,
tenían una lista de turnos rigurosos, que muchos ancianos cumplían con entusiasmo. Las cosas entre ella y su marido no mejoraban. Le prohibieron visitarlo. Mi tía, con mucha terapia, aceptó y comenzó a dormir sola. Me sorprendió cuando me dijo por teléfono: "¡Dejé de tomar pastillas para dormir!". Su vida fue más linda y más libre aún; un hombre, también autointernado y de su edad, alrededor de los setenta y pico, se acercó a ella para conversar y se hicieron muy amigos. ¿Amigovios quizás? Después supe que mi tía se había enamorado, quizá por primera vez en su vida.
Entonces pude entender que me pidiera ropa nueva, jabones ricos, perfumes y alguna crema para la cara. Para ese entonces, llegó al hogar una invitación de la Universidad de Lomas de Zamora, para que los ancianos participaran en un taller literario. Mi tía aceptó volando y su amigo también. Ella se excitó tanto que hubo que calmarla. Para mi tía Lala, entrar a la facultad a hacer un taller equivalía a cursar la carrera de Letras completa y recibirse. Comenzó el taller, escribía apasionadamente, y leía sus textos
eróticos con libertad, escribía la novela de su vida. Los llevaban y los traían en una combi mientras comían sandwichs triples. Ella tocaba el cielo con las manos. Mi tío seguía encerrado en su habitación y en su rigidez. Mi tía tuvo permiso para salir del hogar, iban con su amigo a comer triples y tomaban té. Su bipolaridad estaba controlada, pero su Parkinson no, sin embargo ("con pañales y bien vestida, yo no falto ni muerta"), ellos estudiaban juntos. Ese amor fue un estímulo para el amor que ella había
acumulado durante años. La realidad es que el amor es una cosa extraña. El programa de radio continuaba, la biblioteca en orden, las clases de gimnasia se espaciaron. Al día siguiente de terminar el curso de la facultad, iban todos los alumnos a recibir un certificado de asistencia al taller. Eso para
ella era equivalente a recibir el diploma de egresada en Letras. Me contaron que estaba eufórica, entraba en todas las habitaciones para contar que se había recibido. Todos la querían mucho, las enfermeras, los médicos, las mucamas, los internados, todos. "¡Hoy es el día más feliz de mi vida!" "Hoy
es el día más feliz..." dijo, y se cayó al suelo, muerta, un síncope. Fue el día más feliz de su vida, estaba enamorada y se sentía reconocida y libre.
Al día siguiente, en el velatorio del hogar, su amigo la despidió con palabras muy tiernas. Yo no sabía quién era ese hombre tan bien. Mi tío lloraba sentado en su silla de ruedas. La llevamos al cementerio de Berazategui, éramos cinco personas, como a ella le habría gustado, y cuando nos acercábamos a su tumba escuché su voz nítida que me decía: "¡Sé feliz! ¡Sé feliz!" y me lo siguió repitiendo hasta que la cubrimos con tierra.
Acordate que te quiero, me decía por teléfono. Querida, querida tía Lala.
 
* Licenciada en psicología, ensayista y poeta. Autora de, entre otros libros, Mujeres en plena revuelta.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Miércoles, 21 de Noviembre de 2007
CALLEJONES*


*Por Jorge Isaías. jisaias46@...

 
Los únicos recuerdos que me acompañan con insistencia, como llovizna encarnizada son los de la infancia. No importa si se reiteran, si vuelven empecinados como animalitos que tiritan en la intemperie.
Por allí pasan aquellos hombres, aquellas mujeres que destriparon terrones en amaneceres con escarchas, pasan aquellos seres que no se fueron en vano a descansar bajo la tierra, aunque la realidad que llamamos real así lo testifica son sus lápidas.
Saer decía que uno debe ser fiel a una zona, en realidad lo decía Lezcano, su personaje en ese texto magistral que se llama "Discurso sobre el término zona".
Para un hombre que respiró y anduvo esa llanura despojada, lisa, con el cielo como un plato estremecido que se junta allá a lo lejos con una línea verde que el crepúsculo tiñe de violáceo, ella tiene sentido.
Para un hombre que miró el vuelo libre de los pájaros, los vio rodeando con sus alas el aire claro de diciembre.
Para un hombre que recibió ese paisaje en esa hora primigenia del existir donde todo era principio y ese aire que daba vueltas sobre él, ese cielo, ese sol y esos crepúsculos no podrán ser luego cambiados por ningún otro paisaje.
Un hombre que vivió una infancia de espacios abiertos queda marcado para siempre.
No es raro entonces que a veces lo recuerde.
Por aquella calle no pasaba nunca nadie, ni siquiera para levantar el polvo que se asentaba con toda su inclemencia.
En verdad que no era una calle cualquiera, era una que pasaba detrás de las casas últimas que quedaban como colgadas del casco del pueblo, la que detrás de unos pinos solitarios devenía en callejón, se ensanchaba y recuperaba para sí todo el aire, la luz y la plenitud del campo que la rodeaba por
todos lados como a una larga isla, el mar.
Era como un espolón, una escollera, con su malecón que formaban esos pinos verdosos que lo cuidaban como para que no escapara hacia el cañadón cercado de juncos y de ruidos de pájaros acuáticos y patos y cigüeñas y garzas pensativas que se paraban largo rato en una pata y parecían dormitar desde
el fondo de los tiempos.
Ese callejón entonces, el mismo que sólo suelen transitar a veces los niños con sus tramperas para cazar mistos o corbatitas, su gramilla que alimenta cuises y ese polvillo para que los hurones dejaran marcadas sus patitas diminutas.
Por ese callejón sigue trotando ese grupo de niños, con sus hondas cazadoras y sus pies descalzos, sus cuerpitos que denotan una pobreza heredada como el color de los ojos o la piel sufrida.
Trotan en un atardecer con el sol que los persigue y pinta de reflejos dorados sus cabecitas rapadas, con otros soles más depredadores y salvajes que éste que, moribundo, rastrea entre los pastos como una víbora herida.
Como su andar es errático no podemos saber hacia donde se dirigen. O hacia alguna de las taperas que resisten con sus ruinas a los vientos de agosto y a los soles de enero; o bien hacia alguno de los numerosos cañadones donde pescan bagres barrosos o mojarritas tontas y nerviosas, o, no sería raro que enfilaran hacia alguno de los tanque australianos donde zambullirán sus cuerpecitos sudorosos.
Esos chicos, como hilachas perdidas en el viento, se dispersarán con los años como esos villanos de los cardos que tocan a veces sus rostros tostados por el sol de eneros sucesivos. Esos rostros tan nuevos y ateridos de necesidades futuras que hoy circulan la costra injusta del planeta donde no eligieron vivir.
El azar los puso allí, como a esas semillas de cardo que el viento zarandea en su liviandad peregrina.
Cuando pasen los años, alguna vez si por azar también se encuentran, alguno
de ellos recordará estas incursiones inocentes -aventuras módicas- que insistían en las tardes y que, agrandados en el tiempo y el recuerdo, le parecerá la felicidad alcanzada que se trae al presente con sólo memorarla.
Y tal vez sea ese momento el de las reflexiones amables, con referencia a los "paraísos perdidos" para siempre, aunque no se lo exprese así, tan contundente.
Pero algo en el tono de sus voces cansadas, que se reviven con el vino y los recuerdos que se comparten luego de mucho tiempo, los hará creer en esa tabla que viene a rescatarlos de todos los naufragios.
Ese recuerdo amable que prefieren salvar de todas las miserias no les permite razonar que es sólo un deseo de retener el tiempo -que no vuelve ni tropieza, decía Quevedo- que pasó con su indiferencia implacable sobre ellos y sobre todos los sueños que perdieron para siempre.
 
 
*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-2007-11-21.html
 
 
 
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#142 De: EDUARDO COIRO <inventivasocial@...>
Fecha: Vie, 9 de Nov, 2007 8:45 pm
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ESTOY BUSCANDO ...*

 
Estoy buscando una manera de decir
un modo     una forma     un gesto
una lluvia    un torreón     una muralla
una sonrisa     una mordida     una luna.
Planetas     saurios     peregrinos milenarios
veladas     desencuentros     llamados.

                  Estoy buscando
en tus ojos     en tu piel     en tus senos
en tus desnudos pies     en tu andar
en tu paso fugaz     en tu quedarte
en tu mirar     en tu boca.

                  Estoy buscando en mí
más allá de los temores anclados
más allá de la sospechosa alegría
más allá de este dolor aquí que me desangra
más allá del insomnio y los vientos nocturnos del sur
más allá de las jornadas aluvionales.

                  Estoy buscando una manera
un modo     una forma     un gesto
estoy buscando    señora     la palabra amor.


*de Oscar A. Agú. cachoagu(arroba)yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
Aún Sigues Haciendo Latir mi Corazón*


 
Entre sangre y arena
El cálido bullicio de la tierra
Se confunde con uno que otro gusano.

Y si digo que lo hice no es que aún lo haga,
Pero lo intento;
Pues sigue confundiéndose aún con el viento.

En otros tiempos pensaba en ti,
Dios sabe que lo hice.
Mientras tanto,
Este descanso
Me sigue entreteniendo
Entre uno que otro gusano.

Y decía que solo era uno que otro
Por no decir que eran más;
Aunque es entre ellos que corría mi carne
Y se iba a pequeñas mordidas
Como de miradas que hacía en otro tiempo de ti.

Aún cuando parece haberme llegado
El momento de ya no sentirte,
Todo esto se confunde entre arena
De olores mojados.

Si así lo digo no sé por qué lo haga,
Pues siempre me dijeron
Que los muertos no dicen cosa alguna
Después de darle a uno
Explícitamente
La instrucción de descansar en paz.

Solo que el que extraña,
Aún extraña cuando ya se ha ido.
Y es que muerte así sentida,
Ni es tanta muerte en realidad.

 
 
*de hugo ivan cruz rosas quetzal(arroba)ciencias.unam.mx
quetzal.hi(arroba)gmail.com
 
 
 
 
 
 
ALBERTO PEREYRA*
 
 
 
    Alberto era un niño en campo de mandarinas, niño entre niños de risas veloces y cabellos duros de polvo y río de llanura. Palangana y agua calentada en las ollas que limpiaban los cuerpitos morenos en fila, tan parecidos todos, los siete hermanos y la princesita, la niñita de trenzas el corazón de papá la muñequita de ojos oscuros.
      Alberto era uno entre los “nosotros”, uno en el montón que iba a la escuela, uno entre los que ordeñaban las vacas en la madrugada de escarcha. Uno de los Pereyra era Alberto, el tercero. Y así se llamaba él mismo, el tercero de los Pereyra, y no hacía falta más para situarse en el mundo en esas épocas, cuando proporcionarse una genealogía y una justificación era decir “soy el tercero de los Pereyra”, y agregar si venía al caso “y vivo allá a tres kilómetros al oeste de la forrajería”, dedito apuntando a la casa llena de camas, la casa de la cocina generosa y el jardín de mamá y los árboles de cítricos que atraían las comadrejas.
     Alberto fue el niño entre los niños, el hermanito confundido en el montón, el tercero. Uno de los que saltaban del armario para asustarla a la Susana, uno de los que le robaban a papá un cigarrillo negro para fumarlo allá en el montecito con asco y algún amigo. Uno de los que se alisaba el pelo para ir al baile los sábados, primero demasiado chiquito, después demasiado tímido. Pero siempre uno de los que iban, uno de los que hacían, uno más de la bandada de los Pereyra que celaba a la Susana con su vestido de falda peligrosa y tanto pretendiente en alpargatas.
      El problema vino cuando Alberto no fue más un niño entre los niños, cuando los hermanos se fueron emparejando y fueron dejando la casa en yunta, fueron trayendo hijos que repetían los pelos chuzos y las sonrisas de antes, y hasta la Susana se fue a la ciudad a estudiar.
     El tercero de los Pereyra fue deviniendo en el hijo de los Pereyra. El único que seguía allí en la casa, haciendo lo que podía con los animales y el campo, demasiado para uno solo ahora que el padre ya empezaba a mostrar el paso de los años en la espalda encorvada.
     Vino la soledad y las maledicencias. De a poco lo fue persiguiendo la murmuración de la gente del pueblo, y una vez escuchó de lejos “el puto”. Era demasiado limpio, era demasiado amable, se supo que se planchaba las camisas, y alguno alguna vez había visto o había creído ver que miraba a algún muchacho en la despensa.
     Alberto se ocupaba de sus padres. Los otros fueron haciendo su vida y haciendo hijos. El hombre triste les preparaba un asado cuando venían a la casa. Nadie le preguntaba nada para no incomodar, y él casi no hablaba. Para los Pereyra ahora ya no era el tercero, ahora era el tío. Solterón, agregaban a veces como si hiciera falta agregar algo.
     No tuvo amor en ese tiempo largo. Sufrió en una época por un peón del otro campo, pero desde lejos y con la certeza de que sólo le estaba permitido hablarle del tiempo o la parición de las vacas. Hizo todo lo que la desesperación le impuso, buscar pretextos para acercarse, pasar como al descuido; todo lo que la necesidad le impuso hasta que la burla le congeló el alma. “Che, acá el Pereyra te busca”, risotadas. El calor y el color que le subieron a la cara lo dejaron para siempre del otro lado del alambrado.
     Alguna vez fue a la ciudad e incurrió en besos culpables, se sentía sucio, feo, torpe, extraño, ignorante. Quería que lo advirtieran pero se moría de miedo de que lo mirasen con desdén. Algún encuentro le dejó tema para pensar en su cama solitaria en el campo. Y para llorar, sobre todo, y para anhelar, más que nada.
     Primero murió el padre, una noche de agosto en que hacía tanto frío que la costura de los pantalones, congelada, desollaba los muslos. Unos años después, la madre.
     Entonces se volvieron a juntar todos los hermanos y había que vender para repartir.
     Alberto tenía cuarenta años, su ropa cabía en un bolsito junto con las fotos y el peine. Susana le ofreció quedarse en su casa por un tiempo, pero en la habitación de los chicos mucho lugar no hay, un tiempito nomás y me los mirás mientras nosotros trabajamos. Podés usar tu parte de la herencia para hacerte una piecita en el fondo, también. Niñera gratis, empleado, cocinero. Tío solterón. El tercero de los Pereyra, alguien sin definición ni puesto propio, una extensión estéril de la familia. Alguien que se utiliza y sirve y después se presta a otro o se deja en un rincón para que se vaya apagando.
     Y casi cae Alberto. Casi dice que si y vuelve a vivir de prestado. A punto estuvo, y la sorpresa fue cuando iba a decir si y dijo no. Él mismo se aturdió de pura sorpresa y puro miedo y mucha ilusión que le saltó desde el estómago y le llegó a los ojos alelados. Duro del miedo dijo que no y se fue con el bolso y la raya al costado, prolija, y el saco de botones grandes, y los zapatos de pasear por el pueblo.
     La billetera en el bolsillo trasero del pantalón, una revista, las caras de los padres en un álbum de cuero. Unos dibujos de los sobrinos con el agujero de haber estado pinchados en el ropero.
      Se tomó el tren y se fue a la ciudad, pero a la grande.  A la de veras, a esa ciudad de rascacielos y tiendas y teatros, la ciudad de la noche iluminada donde uno no es ni el tercero de los Pereyra ni el tío solterón. La ciudad donde uno no es nadie, puede ser todo, donde la sombra no es fiel.
     Se podría pensar que no podría contra la vorágine, las multitudes, el inabarcable trabajo de buscar medio de vida y habitación. Pero él había podido abandonar la casa, el pueblo, y ahora que estaba solo tenía el temible abismo y la maravillosa libertad. Nada que perder.
     Hizo lo que sabía hacer, se hizo cuidador de ancianos. Las manos morenas de venas en relieve lavaron brazos lechosos y pusieron cucharas en bocas desdentadas. Comenzó, de a poco, a ser feliz.
     Y lo conoció a Mario. Enfermero.
     Al principio no creyó que fuera cierto que uno de veras pudiese amar y ser amado. No a los cuarenta y uno, no sin experiencia, no con los pelos canosos y el hablar lento de campesino.
     Él, que era el tío solterón, el tercero de los Pereyra, ahora es Alberto. Y Alberto y Mario son esos que cada noche se abrazan un instante que dura entre dos segundos y una década, maravillados por ellos mismos, escandalosamente acostumbrados a la placidez del amor.
     Ahora Alberto Pereyra es Alberto. 
     
 
 *de Mónica Russomanno.  russomannomonica(arroba)hotmail.com
 
 
 
 
 
 
SITUACIÓN...*



Nos dejaron afuera
De tocar tierra...
Quieren que nos quedemos
Sólo mirando...
Y hablando de los otros
Como si fueran
Pasto para los ocios,
Asunto ajeno,
Al lado...
Nos achicaron y
Nos empobrecieron...
Quieren que lo aceptemos
Como destino...
Pero ya fracasaron,
Porque
No quiero...
Y sé que Vos tampoco...

Y me sonrío....



*de Horacio C. Rossi. terrazio(arroba)ciudad.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
LA CAPILLITA SOLITARIA*

 
La antigua ruta once, el camino real para nosotros, era ancha, arenosa, polvorienta, y desde nuestro pueblo hacia el norte, habitualmente desolada, casi desierta; haciendo lucir desolado todo lo que lo circundaba. Los arbustos, enredaderas, y pastos de los costados; se veían sucios, cubiertos por el polvo que se levantaba del camino, más por los vientos, que por el escaso tránsito de aquellos tiempos. Muy pocas casas se animaban a asentarse a su vera, sólo algún “boliche” o paraje, muy lejano uno de otro. Las casas de los colonos eran espaciadas, y se presentaban bastante alejadas de la ruta.
En la mitad del siglo veinte éramos niños, y solíamos acompañar a mi padre, en sus cortos viajes, con el traqueteante y pequeño transporte de fletes varios. Solíamos visitar colonos, llevando moderadas cargas de mercaderías, o  de insumos, trayendo parte de sus cosechas, especialmente hortalizas y otros productos, que se comercializaban bien en el pueblo.
A un par de kilómetros de las últimas casas, donde un abandonado camino vecinal formaba la esquina de un pequeño lote de campo, yermo y de breves pastos amarillentos, alejado de todo vestigio de vida: se levantaba solitaria una pequeña capillita ornamental, que se erguía, no más alta que una persona, sobre una delgada columnata retorcida, de aspecto neo gótico, símil mármol, y consagrada seguramente a una deidad religiosa, alguna virgen. Nadie sabía qué conmemoraba, ni en honor a quién se había erigido, y sobre todo por qué  precisamente allí, alejada de todo.
El tema es que verla siempre tan sola, causaba una sensación incómoda, revestida con algo de inexplicable temor,  y nuestra imaginación infantil, nos proponía absurdas relaciones con alguna leyenda, de hechos o personas que desconocíamos; máxime que más de una vez hemos visto, a algún acompañante circunstancial de la zona, persignarse respetuosamente cada vez que pasábamos por el lugar.
Nunca pasé indiferente, ni lo hubiera hecho sin advertirlo; siempre ese resquemor, ese  recelo. Y no sólo yo, en casa se contaban cosas curiosas que habían ocurrido, a quienes de noche pasaban por allí, y no guardaron tal vez el debido respeto; aunque no es que lo creyeran del todo, siempre aparecían esos temas en charlas de sobremesa, como algo gracioso, folklórico.
Recuerdo que una noche nublada y muy obscura, nuestro pequeño camión quedó sin nafta, y se detuvo, precisamente enfrente; aunque no podíamos verla, sabíamos nuestra posición, porque ubicábamos las primeras y espaciadas luces del pueblo. No podría decir que me daba miedo, estaba al lado de mi hermano mayor, que si bien todavía era un niño, era una compañía enorme para mí, y además estaba papá, que fue quién se bajó y midió con una pequeña regla, cuanta nafta tendría el tanque. Pero varias veces me descubrí escudriñando en la negrura, a ver si veía la silueta de la capillita, y a veces miraba fijamente. por si alguna cosa extraña se moviera cerca…
Un jinete se acercaba al trote.
Lo escuchábamos desde una buena distancia. Papá le habló cuando estuvo junto a nosotros, aunque ni remotamente lo conociera. Le dio un billete y una damajuana de vidrio, pidiéndole que le consiguiera algo de nafta en un almacén, que estaba sobre la ruta, hacia el norte. El jinete apareció tras un largo rato, con la damajuana a medio llenar, suficiente para llegar a casa. Generoso y honesto el criollo. Luego no sé bien qué pasó. Papá le pasó un billete de poco valor como propina, agradeciéndole “la gauchada”; pero el hombre se indignó, se enojó, y lo expresó a toda voz, y era que consideró escaso el pago por el servicio.
Mi hermano y yo nos decepcionamos, ya que en principio entendimos que era un gesto generoso, y no aceptaría pago alguno por el auxilio; pero no, el hombre entendió que era una changa, y le habían pagado poco…
Todo esto sumado hizo que nuestra avería requiriera bastante tiempo en el lugar, que para mí era apremiante. Me avergonzaba sentir el miedo o resquemor que estaba sintiendo, y por momentos tenía un cosquilleo y escalofríos, hasta que volvía a serenarme viendo que ya nos íbamos y dejábamos atrás aquel oscuro y desolado sitio. Alejándonos, y sintiéndome algo más seguro me animé a voltearme y mirar casi hipnotizado hacia atrás, esperando ver, vaya a saber qué misteriosa aparición.
Tengo en mi memoria ese percance, y aquella noche tan cerrada; donde tuve omnipresente la inquietante cercanía de la misteriosa capillita…
Y esto del halo singular y  casi exótico, que emanaba el pequeño santuario, estaba bastante difundido, y amalgamado a una profunda cultura religiosa, que a su vez, de un modo curioso, se ligaba también a un abanico de supersticiones y temores. Era evidente, al menos entre nuestros conocidos y parientes; aunque nadie habría querido reconocerlo, y sólo surgía si se involucraban, como pasó con un primo mayor nuestro, que estaba viviendo temporalmente con nosotros…
Era todavía soltero, así que estaba en la etapa de conocer posibles candidatas casaderas.
Acostumbraban en la zona rural de aquel entonces, acceder a encuentros de muchachos y muchachas, en las fiestas familiares, o en los bailes de colonia, fiestas religiosas o cívicas, y tantos eventos domingueros o casuales. Pero sobre todo de un modo muy recurrido en la zona: las visitas domiciliarias; donde solos, o  en compañía de un amigo, o a veces dos, el pretendiente llegaba un sábado por la noche, “a tomar mate”…  directamente y sin invitación alguna, a una casa  elegida, donde hubiera chicas casaderas;
El juego era ir “tanteando”, a ver cómo eran “recibidos”;  y no excluía que también visitaran otras casas, a veces esa misma noche,  hurgando en un itinerario  de selección, que concluía sólo cuando se formalizaba un compromiso, Esto podía ser una búsqueda de meses o de años, tornándose en algunos casos crónica, y como todo, ir devaluándose con el tiempo, siendo recibidos lógicamente, cada vez con menos expectativas.
No sólo los sábados, también las vísperas de fiestas, donde la otra parte también esperaba con impaciencia, qué podría depararle  aquellos encuentros; que por otra parte no siempre eran tan fortuitos, a veces, ya tenían previamente alguna mirada complaciente, como un guiño, o un convite concertado.
Mi primo pertenecía a éstos últimos, visitantes “tomadores de mates”…
Un jueves por la noche, víspera del sagrado viernes santo, en que no podía realizarse ninguna actividad que no fuera de recogimiento, o adoración a Dios y a Cristo crucificado. Mamá no hubiera querido, que ninguno de nosotros saliera de casa esa noche.
-Mirá que tenés que estar de vuelta antes de las doce. No te entretengas. Acordate que pasada la medianoche ya va a ser Viernes Santo…-
-Si tía, quédese tranquila.- dijo mi primo, guiñándonos un ojo a sus espaldas, cancheramente…
Y con esa promesa, mi primo subió a su bicicleta, y partió a su visita romántica, a una legua al norte. Cuando decidió volver vio que ya eran más de las doce; y aunque nada tomaba en serio, se sintió profundamente sólo al volver por la ruta, en una noche alumbrada fantasmagóricamente por la luna llena.
A la mañana siguiente, tartamudeaba, todavía desencajado al contar, lo que él juraba que le había pasado:
Precisamente al llegar a la capillita, vio de reojo como de la misma salía un pequeño perro negro, mostrando una ferocidad rabiosa, y ladrándole furiosamente, arremetía decidido a morderle la pierna. Trató de pedalear más fuerte, pero el camino arenoso le frenaba las ruedas, y el perro lo atacaba más y más fieramente. Comenzó a defenderse arrojándole patadas, pero cada vez que le acertaba una, el perro crecía, y se hacía cada vez más grande y más aguerrido; y en un momento se había convertido en un perrazo enorme que no le daba tregua…
Se acordó entonces de rezar desesperadamente, mientras se concentraba en pedalear, y poco a poco se fue distanciando; del descomunal y fiero animal en que se había convertido, salvándose según él, por muy poco de sus filosos colmillos…
Todos trataron de hacerlo entender, que el perro habrá sido nada más que un perro, y que el miedo hizo el resto…
Pero a él nadie le hizo cambiar nunca, lo que aseguraba haber vivido.
Y muchos de nosotros entonces, sin querer, sentimos un escalofrío….
Y yo, lo vuelvo a sentir cada vez que me acuerdo.
 
 
 
*de Celso H. Agretti. celsoagr(arroba)arnet. com.ar
Avellaneda, Provincia de Santa Fe
 
 
 
 
 
 
PERFUMADA NOCHE*

( A mi tía Haydée, para que nunca se muera )

 
La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas. Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de ese hombre es una luz deslumbrante. El señor Pelice tuvo ese minuto y esa luz. Pocos lo recuerdan en este pueblo. Algunos, los más concisos, piensan que murió realmente de vejeces. La muerte es según, como la vida. Es otra vida, justo, otra forma de consistir, no un per saecula definitivo, nada absoluto, ninguna cosa extravagante porque también es de ser, aunque en artículo mortis. De modo que el señor Pelice sigue siendo todavía. La muerte, ya que viene al caso, es suceso chiquito, desdibujo, entreluces. Este pueblo no fue así desde el comienzo, como uno imagina. En su momento fue pueblo niño. Antes no estaba el molino de Rodríguez ni la fábrica de fideos de Basile era como es ahora con un alto letrero encendido en la punta, sino de madera bien seca y engrasada, es decir, lista para encenderse en cualquier momento como finalmente sucedió bien solemne y entonces, después, sobre las cenizas vino esta otra, de fuerte cemento y letrero penachudo, ni estaba siquiera esta estatua de San Martín que cabalga sereno entre las copas de los árboles, ni el blanco palacio de la Municipalidad tan gobernante, ni aun la avenida Alsina de cemento liso embanderada de letreros a los costados. Esto es, hay otro pueblo por debajo de éste, y otro y otro más con tapialitos amarillos de sol y callecitas de tierra. Y por una de esas callecitas ahí viene el señor Pelice con sus botines de becerro, su traje de gabardina negra y su panamá copudo, a los pasitos, muy de cuerpo presente. Viene. Y ése fue el minuto y la luz del señor Pelice. Porque no va que ve por primera vez a la señorita Haydée Lombardi en la puerta de su casa, en la calle Saavedra, al lado de la confitería "Renacimiento", que está en la esquina de Pueyrredón y Saavedra, aquella opulenta casa con un tejado a la Mansard con espiga, tragaluces, cresta, veleta, buharda y chimenea, que se ennegrecía al atardecer y boyaba como un barco en el alto cielo y ella allí, en la puerta, para siempre desde ahora, blanca y frágil y perfumada, figurín, Haydée Lombardi, para sueño y música. Al señor Pelice le hizo un ruido el corazón y la amó desde ese mismo momento. Jamás cruzaron palabra pero él desde entonces se quitaba puntualmente el panamá frente a aquella puerta a las seis de la tarde en invierno y a las ocho en verano, y ella inclinaba apenas la cabeza y casi sonreía. Para el señor Pelice fue el momento más brillante de su vida lo cual es bastante textual porque, como se sabe, el señor Pelice era el cohetero más reputado de la zona. ¿Quién no recuerda, eso sí, las cascadas, abanicos, glorias y soles fijos que hacía estallar para la fiesta de San Donato, por ejemplo, aparte de las consonantes bombas de estruendo que reventaba en procesiones y remates y que se oían hasta Irala o Cucha-Cucha, según soplase el viento, y era el propio mundo que saltaba en pedazos? Aquel año del encuentro engendró para la fiesta de San Isidro Labrador, de este pueblo protector, sus famosas piezas pírricas de formidable combustión. Las piezas pírricas mediante fuegos fijos, esto es, que hacen su efecto sin dar vueltas, según se conocían hasta entonces, eran fáciles de prender mediante el simple recurso de mechas de comunicación. El maestro Pelice, en cambio, que era un verdadero artista creativo, prosiguiendo y mejorando los fogosos estudios del maestro Ruggieri, perfeccionó in extenso los fuegos pírricos alternando piezas fijas con piezas giratorias, lo cual es de suma perfección si se tiene en cuenta que el movimiento de rotación se opone per se a que se establezca la comunicación entre las piezas. El sutil rebusque se basaba en una fuerte broca colocada horizontalmente sobre un sólido poste de madera y que servía de eje a todas las piezas, de las más simples a las más complicadas, combinando en ajustada competencia de ingenio soles fijos, estrellas, glorias, patas de ganso, aspas de molino y las maravillosas espuelas de fuego de su exclusiva invención. Inspirado por la alada figura de la señorita Haydée, el señor Pelice llegó incluso a fabricar aquella atronadora pieza en espiral, compuesta de fuegos giratorios y de una hilera de lanzas que sube circularmente y forman, cuando la pieza gira, una espiral de fuego, de enorme pasmo y majestuoso incendio, que disparó para la noche del 9 de julio de 1935. Esa misma noche, en la casita que habitaba en las afueras del pueblo sobre el camino de tierra a las Aguas Corrientes, después de encender cuantas velas y lámparas tenía y distribuirlas por toda la casa y aun en el jardín, el señor Pelice se estableció frente a su escritorio de persiana y tras suspirar largamente mientras se rascaba la cabeza con una lapicera de pluma de pavo escribió con su hermosa letra bastarda de curvas rotundas y el sesgo conexivo de 30º, como se prescribe, la misma con la que copiaba las fórmulas del maestro julio Rossignon, autor del Nuevo Manual del Cohetero y Polvorista editado por la librería de la Vda. de Ch. Bouret, su primera carta a la señorita Haydée, inspirada libremente en el Corresponsal del Amor, Estilo Moderno de Cartas Emotivas y Pasionales. Como, según las apariencias, sobrepasaba en varios años a la señorita le pareció atinente utilizar como modelo la carta de un viudo pidiendo relaciones a una soltera, aunque él, con propiedad, no fuese viudo de mujer sino más bien viudo de costumbre.
Releyó un par de veces la carta a la luz de la lámpara de aceite de tubo alto y luz espesa, que era su preferida y que cuando se adormecía lo despertaba con breves y susurrantes chisporroteos de la mecha, como si chamuyara. La plegó con cuidado, la besó ladeando sus bigotes de manubrio y la metió en un sobre perfumado. A esta carta nocturna siguieron otras muchas, puntualmente una por semana, pero el señor Pelice no llegó a despachar ninguna. Prefería rellenar con ellas las bombas de estruendo, que ahora sonaban un poco más apagadas o huecas, aunque sólo él lo notase, y desparramarlas en mil pedacitos sobre los techos del pueblo. Algunos de esos pedacitos cayeron en el patio de canteros elevados de la casa de la señorita Haydée Lombardi, aunque lamentablemente el día de la carrera de las Doce a Bragado, cuando disparó una bomba para la largada, un papel chamuscadoque decía "Mi adorada Haydée" cayó con tan mala leche que fue a dar en el patio de la señora Haydée Bonsignore y más precisamente casi a los pies del señor Bonsignore, que tenía la sangre caliente, y se armó una podrida de calendario.
El señor Pelice seguía transcurriendo exacto, puntual todas las tardes por frente a la casa de la calle Saavedra y allí estaba siempre la señorita de visu, cada día más blanca y leve, casi transparente.
La señorita Haydée Lombardi murió de tabardillo el 8 de mayo de 1946. El señor Pelice redactó esa noche la única carta que en todos esos años remitió por correo. "Mi estimada señorita: en momentos tan especiales deseo expresarle a usted mi invariable afecto y la seguridad de mi perdurable compañia en esa otra vida de tránsito que ha iniciado usted y que me impongo yo en este mismo momento. Su leal servidor P." El señor Pelice echó la carta al día siguiente y no volvió a salir de la casa por el resto de sus días. Solamente lo hacía cada 8 de mes, por la tardecita, para depositar un sobre perfumado en el nicho de la señorita que luego se llevaba el viento o algún curioso o bien lo chamuscaba y descoloría el tiempo. Coincidió que para entonces los festejos de estruendo fueron cayendo en desuso y se convocaba a remate por edicto judicial. Al tiempo, los vecinos lo dieron por muerto o simplemente lo olvidaron. Ya estaba el asfalto, se habían construido varios molinos, el Expreso Rojas llegaba hasta Buenos Aires y sobre el pueblo de tapiales amarillos había surgido otro pueblo. La casa de la calle Saavedra se convirtió en un local de compra y venta de propiedades.
A todo esto el señor Pelice envejecía suavemente detrás del último tapial como un fuego que se apaga con lentitud. Al caer la noche encendía todas las velas y las lámparas y daba de comer a unos pececitos de colores que criaba en un acuario y que eran su única y silenciosa compañía. Tenía una colisa labiosa, dos ángeles que parecían dos pajaritos rígidos, un betta splendens, un labeo bicolor, un telescopio renegrido de ojos saltones que semejaba un gato, una ninfa, un cometa y dos besadores chatos y blancos que colgaban del agua como dos papelitos. La luz del atardecer penetraba por la puerta-ventana que daba al jardín y revestía el cuarto de una claridad dorada que encendía pálidamente la pecera. Los pececitos flotaban en el agua dorada como suaves pájaros de lento vuelo, desplazándose majestuosamente entre las ramitas de elodea o de helecho japonés. El señor Pelice inclinaba su cabeza encanecida sobre los vidrios y sus pensamientos se desplazaban tan lentos y suaves como aquellos pececitos ánimas. Detrás del tapial amarillo que con las sombras se cubría de caracoles, el señor Pelice se hinchaba y arrugaba un poco más cada año. Ahora podía salir y pasar entre los vecinos sin ser reconocido. El pueblo seguía progresivo, casi capital. Altas luces de mercurio alumbraban las calles avenidas, el asfalto había llegado hasta la calle Magallanes, en las afueras, había dos semáforos en el centro que saltaban bonitamente del verde al rojo y a la viceversa y de los que don Pelice no entendió muy bien su significancia, aunque imaginó que eran tramoyas de estación. La iglesia de San Isidro, tan altiva, tan de lejos visible apuntando al cielo entre los árboles sobre los buenos campos, había sido vaciada por dentro, ya no consistía aquel brillante altar con columnas al pan de oro y la santa imagen, muy carnal de su contexto, de Santa María bendita, todo color y vestes y brillos y ojos de vidrio y el niño desnudo, barrigoncito, sino que ahora era una especie de agudo galpón blanqueado, con una mesada en alto. Quedan de los otros tiempos, y por allí la reconoció, los grandes ventanales con vidrios a franjas blancas y violáceas que según la disposición del sol azulaban a cierta hora el aire, las gentes, las imágenes de bulto, en cuya luz vio una mañana sobreandar,  flotante, a la señorita Haydée con un tul que le velaba el rostro y de cuyos entrepaños florecían ambas manos como de cera. Nada de eso prevalecía ya. El mismo no era el Pelice de entonces pues nadie se volvió a reconocerlo cuando avanzó por el medio de la nave con el panamá en la mano haciendo crujir los resecos botines de becerro. De regreso pasó por la calle Saavedra y hundidaentre dos vidrieras que resplandecían descubrió trabajosamente la negra silueta de la casa con un afrentoso letrero sobre la puerta. Haciendo visera con la mano, sus ojos repasaron el imbatible tejado a la Mansard que se recortaba contra el resplandor de las luces de mercurio. Esa noche escribió una larga carta a la señorita Haydée dándole cuenta de los adelantos habidos y de las altas y frías luces que hubiesen quitado brillo aun a las cascadas de cuatro brazos, de once metros de alto con 20, 16, 12 y 8 cartuchos detonantes respectivamente más otros 4 en el extremo superior del palo que construyó para el sesquicentenario y que fue su más colosal de facto.
Ahora es noviembre. En la profunda noche perfumada al señor Pelice, ya decididamente viejo y por lo tanto insomne, le cuesta una barbaridad conciliar el sueño. Casi no duerme. Se aquieta sobre el catre y hacia el amanecer se adormece un poco. En esas largas horas divaga por el jardín con la lámpara de aceite en la mano o se echa en una mecedora e impulsada por el aire dulzón que despide el ligustro humedecido por el rocío, su cabeza se vuela como un globo o una pajarita de papel que planea sobre el viejo pueblo con los tapialitos amarillos y las calles de tierra y tanta cosa que se desapareció u ocultó, no visible a prima facie, que eso es la muerte, olvido, oscuridades, suma y suma, tiempo y tiempo, distancia inmóvil.
En la madrugada acercó la lámpara a la pecera y comprobó ya sin dolor que el pez telescopio, ese lento pajarito renegrido que lo observaba con sus grandes ojos saltones a través del cristal y con el que casi había llegado a entenderse, de un mundo a otro, pez-hombre, pez-pez, flotaba inerte en uno de los rincones. Al principio, cuando instaló la pecera, eran doce movedizos pececitos pero, iletrado en aguas, el exceso de comida o alteraciones en la temperatura o defectos en la aireación y filtración redujeron el lote rápidamente. La primera muerte fue una catástrofe. El señor Pelice extrajo el cuerpecito finado, una vez que comprobó en forma absoluta que no se movía ni aun empujándolo con un dedo, con la redecilla de tul y lo depositó sobre una hoja de hortensia en el medio del escritorio y lo veló algunas horas con la lámpara de aceite. Con una cuchara cavó un hoyo al pie de una magnolia foscata y enterró allí al pececito. No se había aún recuperado de aquella sensible pérdida cuando murió un macropodus opercularis que comenzó boqueando en la superficie y luego se acurrucó en un rincón con el vientre hinchado. Lo sepultó al pie del ciruelo de jardín de aladas hojas marrones. Así fueron muriendo uno tras otro y el viejo enterrándolos al pie de esta planta, aquella. Al telescopio lo plantó junto a su arbolito más querido, un jazmin japonés de flores carnosas que reventaban justamente para fines de noviembre y se removían en la noche como avecitas blancas bombeando intensas ondas perfumadas que traspasaban la oscuridad hasta el catre o la mecedora del señor Pelice, que ya prácticamente no duerme. A ratos lee, a ratos escribe pero sobre todo piensa. Eso es la vejez seguramente, una desvelada memoria. Por lo general reconstruye el pueblo desde su infancia mezclando o, mejor dicho, combinando los tiempos, las personas. Desfilan contra un mismo tapial o por la penumbra amarilla del cuarto el padre Doglia, previniéndolo en cocoliche sobre las tentaciones de este mundo mientras se pone y se quita el bonete francés, nervioso con la presencia del demonio a quien imagina una especie de comisario de la provincia con el uniforme colorado, el viejo Ponce, que habla solo, Bimbo Marsiletti que agita los brazos frente a una banda invisible, Oreste Provenzano que levanta una ristra de billetes de lotería o los tanos Minervino, Visiconti y Ciminelli que pasan tocando la gaita en fila india igual que en la procesión de la Virgen del Carmen.
Desde que se marchó la señorita Haydée ha tomado por costumbre colgar un farol de viento en medio del jardín. El viento lo agita y remueve las densas sombras que cambian pesadamente de lugar. Su luz anaranjada semeja la lechosa claridad de la pecera. Y en esa luz submarina ve brotar en la punta de una ramita al macropodus opercularis o a labeo bicolor o al scatophagus argus o a los puntius arulius que murieron a dúo. Se agitan como flores o pajaritos o caireles, casi transparentes, muy navegantes. Esta noche de noviembre florecerá sin duda el telescopio, pez pajarito de negros velos, en la cresta del jazmín japonés.
El 8 de diciembre, día de la Inmaculada, el señor Pelice escuchó desde el catre el volteo de las campanas que convocaban a la misa solemne de primera comunión con la lámpara de aceite todavía encendida a un lado, sobre la silla. Pensó en la virgen de cemento que erigieron las Hijas de María en el atrio de la iglesia y que viera la última vez con el rostro y las manos de color carne y las hileras de chicos con brazaletes y túnicas que atravesaban la plaza y estarían ingresando en este mismo momento por la puerta puntiaguda a través de la cual se alcanzaba a ver el altar colmado de luces. Pero su hinchado cuerpo no obedeció al impulso. Tenía los brazos adormecidos y las piernas envaradas. Recién a la tardecita, arrastrándose por el piso, pudo dar de comer a los pececitos. Angelita Alori, que venía dos veces por semana a asear la casa, lo encontró al día siguiente tumbado en el piso de ladrillos y lo acomodó en el catre para finales. Como por otro item padecía el mal de orina, Angelita le preparó un cocido a base de raíz de rábano con una mata de perejil y un puñado de hojas de berro, endulzando el conjunto con azúcar de cande. Se abreva una copa para extraer la orina y los humores que vienen de acompañamiento, aconsejándose un Pater para refuerzo. El señor Pelice mejoró de la orina pero total que era casi lo mismo pues no podía transportarse para expulsarla, debiendo ayudar al efecto la Angelita con la vista vuelta hacia otra parte. El 8 de enero puntual, el señor Pelice emprendió su tránsito con el traje de gabardina, el sombrero panamá y los botines de becerro a la hora justa en que los pececitos se brotaban en las ramas. Según la Angelita, que depuso para constancia, hizo una buena muerte, al natural, y fue enterrado de oficio, sin luto ni comparsa, en la mera tierra.
Ahora bien, y a propósito del señor Pelice que pasó, pregunto: ¿cuál es, cuál el verdadero pueblo de la ciudad de Chacabuco, cuál rige? Este de ahora encumbrado en adelantos o aquel otro de los tapialcitos amarillos y las calles de tierra, cuando el camión de riego asentaba el polvo al atardecer y todo era más viejo y simple pero más dulce, y bastaba con estirar el cogote para ver al fondo de la calle las primeras quintas y que por la calle Saavedra en este momento se acerca gravemente el señor Pelice, se detiene frente a la casa de los Lombardi, ya medio en sombras, se quita el panamá y saluda a la señorita Haydée que dice por primera vez con su voz de pajarito:
-¿Habrá calor este año, no cree usted?
-El sol está fuerte para noviembre -responde per oblicua el señor Pelice.
-¡Hermoso atardecer!
-Sopla algo de viento, por suerte.
-¿Hacia dónde va usted tan incontinenti?
-Al prado -improvisa temerario el señor Pelice.
-Muy buena idea. ¡Me gustaría mucho ir hasta ahí! -canturrea la señorita.
El señor Pelice le ofrece el brazo y la señorita Haydée con una risita se aparta de la puerta y enlaza el brazo del maestro cohetero. Las dos figuras se alejan entre tapiales amarillos y penachos de sombras rumbo al Prado Español mientras sobre el pueblo desciende la perfumada noche.

 
*de Haroldo Conti.
-LA BALADA DEL ALAMO CAROLINA -tomoI- Biblioteca Página/12 nº20.
 
 
 
 
 
Remolino*
 
Después de dieciséis horas de vuelo, dos trenes, un transbordador, el viajero regresa al pueblo donde nació y del que se fue siendo chico. Se instala en un hotel que en un tiempo fue un convento y de inmediato sale a recorrer. Camina lo que queda de ese día, camina al día siguiente. Pasa por la que había sido su casa, por la escuela, por la cancha de fútbol, por el cementerio. Cruza los puentes sobre los dos ríos que bordean el pueblo, busca sin encontrarla la represa donde iba a nadar. Demasiadas cosas cambiaron, modificadas por la intervención de los hombres o por las traiciones de la memoria. Y aun aquellas que se conservan tal como las había fijado el recuerdo ya no le pertenecen. El viajero camina sin parar, desilusionado y extranjero. En algún momento se pregunta si todavía estará cierto patio empedrado, detrás de una pequeña iglesia, bajando hacia el lago. Ahí se reunía a jugar con los amigos después de la escuela. De ese patio, vaya a saber por qué, conservó la imagen de un ángulo formado por las paredes de dos casas, donde el viento se arremolinaba y arrastraba hojas secas, briznas de pasto, papeles. Recuerda en especial -otra curiosa selección de la memoria- los envoltorios de caramelos. En la mañana del tercer día se mete en una callecita en sombra que viborea entre construcciones antiguas, pasa bajo una arcada y ahí está, frente a él, el patio. Acá no advierte grandes cambios. Sólo le parece que las paredes estan más negras y que las puertas y las ventanas alrededor variaron de tamaño. Avanza unos pasos cautelosos y entonces lo ve. En el rincón perdura el remolino. El viento arrastra hojas secas y papeles igual que antes. Después de haber deambulado por el pueblo sin encontrar nada que le permitiera identificarse, nada para abrazar, nada para poder decir "esto es mío, esto soy yo", el viajero acaba de oír una voz familiar llamarlo por su nombre. Cierra los ojos para escucharla mejor, para que no se le pierda. Se abandona. Entonces piensa que desde el momento de su partida, la voz estuvo ahí, viva en el remolino, invocándolo, reiterando día tras día el conjuro para el regreso. Piensa que la voz perduró alimentada por un elemento tan inasible como el viento, se mantuvo gracias a la persistencia y a una forma de fidelidad del viento. Y el reclamo sin duda llegaba hasta él, en su ciudad del otro lado del océano, porque ésa, la del patio empedrado, era una de las imágenes que volvían a la hora de recordar. Al viajero le gusta creer eso. Y permanece parado de cara al rincón, viendo desfilar su vida. Su vida transcurrida en otras partes del mundo, sometida a leyes de otros vientos. Aunque ahora le parece saber que, anduviera por donde anduviere, siempre estuvo mirándose en ese espejo, atento a la voz del remolino inicial, intentando mantener vivas también él, en las pérdidas y en las turbulencias de sus años, tantas diminutas cosas desechadas.
 
 
 
*de Antonio Dal Masetto.
"El padre y otras historias". Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2002.
 
 
 
 
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Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 11 de noviembre del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor mexicano Salvador Torre. Las poesías que leeremos pertenecen a Cristina Pizarro (Argentina) y la música de fondo será de Bandolas de Venezuela. ¡Les deseamos una feliz audición!
 
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
 
 
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
 
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44  A-5020 Salzburg  AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067 

 
 
Correo:

 
 
1ras JORNADAS DE PEQUEÑAS LOCALIDADES SOBRE TERRITORIO, HISTORIA Y FERROCARRILES.

PATRICIOS
(Partido de 9 de Julio. Pcia. de Buenos Aires)
Fecha 23 y 24 de noviembre de 2007.


Fundamentos:
Las primeras jornadas de pequeñas localidades sobre territorio, historia y ferrocarriles; se enmarcan en un proceso de acciones que intentan misturar aspectos sociales endógenos, actores y referentes sociales, población y territorio. Las jornadas nacen de la discusión social local que plantea al desarrollo de las "pequeñas localidades" como motor de la acción colectiva a nivel local.
Las transformaciones de las pequeñas localidades (entendidas éstas como localidades no cabeceras de partido) se deben a factores múltiples y se entrecruzan con la historia del territorio, la coyuntura socioeconómica, el patrimonio retenido y perdido, y el proyecto local de un territorio; a la vez nuevo y articulado a un pasado muy denso y rico.
El ferrocarril es para muchas de estas pequeñas localidades un factor patrimonial que excede lo funcional y se implanta en lo simbólico desde diferentes aristas de enfoque (acción sindical, memoria, territorio, función, expresiones artísticas). En particular la estación de ferrocarril es un lugar de centralidad y de fuerte simbolismo tanto en el espacio físico y social de las localidades como en los lazos con el pasado y con el "exterior" de éstas.
Las jornadas apuntan a un objetivo renovado e integrador: popularizar el trabajo académico, al tiempo que se plantea academizar lo popular. Populares y académicas, estas jornadas intentan dar un salto en las barreras de los campos de conocimiento y de acción empírica. Se intenta dar un paso adelante
en la integración de ideas y proyectos, de sueños e hipótesis, de manifestaciones sociales y métodos científicos, de pasión y razón.
Las jornadas se insertan en un nuevo proceso de reterritorialización y reorganización en el interior bonaerense. Así, las Ley 13.251 de promoción de pequeñas localidades; la acción de la empresa ferroviaria bonaerense; el Programa Pueblos, el Plan Volver; Cambio Rural; Soberanía Alimentaria;
sindicatos, escuelas, juventudes locales, ONGs, asociaciones civiles, grupos de acción cultural, universidades y la población interesada; podrán intercalar opiniones y acciones. Oponerse, debatir y proponer. En definitiva, estas primeras jornadas representan un ensayo. El ensayo se resume en la posibilidad de interactuar institucionalmente de modo democrático, abriendo la libertad de actuación a los campos del conocimiento y de acción local, ensayando la inclusión y cooperación, en el marco de territorios que durante años fueron sesgados por políticas de exclusión social y territorial.

Antecedentes:
La iniciativa de estas jornadas surge en 2007 luego del X Congreso de los Pueblos de la Provincia de Buenos Aires realizado en Bahía Blanca. Entre los expositores nos encontramos con referentes sociales locales, académicos abocados a la investigación de problemas situados en pequeñas localidades y
actores de espacios sindicales y políticos interesados en la problemática del interior bonaerense oculto. Así, iniciamos las conversaciones con representantes Universidades, Municipios, Instituciones Educativas, Archivos, Museos, Sindicatos, Grupos Artísticos y ONGs. Como conclusión general, consideramos que resultaría interesante organizar unas jornadas que atiendan la discusión de las problemáticas de las pequeñas localidades, con sede en una pequeña localidad. De esta forma, Patricios, localidad de tradición ferroviaria ubicada en el partido de 9 de Julio, se presenta como ideal para el evento. Además de encontrarse en el centro geográfico y equidistante de la provincia; Patricios cuenta con experiencia en la organización de eventos tales como  dos encuentros Nacionales de Teatro
Comunitario en 2004 y 2006; y AvecinArte 2005 y 2007.
Empecinados en generar un espacio de debate democrático, inclusivo y con alto grado de contenido, los organizadores confiamos en que el desarrollo de estas jornadas pueda abrir un espacio más para el desarrollo y ejecución de ideas que se plasmen en la mejora de la calidad de vida de nuestra población.

Organizan:
Grupo de Teatro Comunitario PATRICIOS UNIDO DE PIE - UNIENDO PUEBLO -
MUNICIPIO 9 DE JULIO -  MUSEO 9 JULIO- COMUNIDAD DE PATRICIOS.

Comité Organizador
Fiorentino; Romina M.Diez Tetamanti, Juan M.Hayes, Mabel.Hayes, InésDomínguez, MiguelArosteguy, M. Alejandra. Cárdenas, C. Daniel Sutil, Jorge García, Mónica Carballeda, Alfredo Barberena, Mariano Moreno, Osvaldo González, MirtaVázquez, Pablo Ramírez, Ariel Emilia Rebottaro

Comité de Trabajo Académico y Social
Albaladejo, Christophe - INRA UNLP
García, Mónica - UNMDP
González, Mirta - UNMDP
Vázquez, Pablo, Museo Evita
Carballeda, Alfredo - UNLP
Barberena , Mariano - UNLP
Silva, Adrian - APDFA - UNT
Hayes, Inés - UNLP
Diez Tetamanti, Juan M. - UNMDP
Castro, Roberto - Museo 9 de Julio.
Hayes, Mabel - G. Teatro Patricios.
Arosteguy, Alejandra - G. Teatro Patricios
Fiorentino, Romina - UNMDP
Susana Ferraris - INTA
Damín, Nicolás - UBA
Emilia Rebottaro - G. Teatro Patricios


Ejes Temáticos
(Comisiones)
EJES TEMÁTICOS: COORDINADORES:
NARRATIVA Y MEMORIA FERROVIARIA Y PATRIMONIAL Romina Florentino (Arq.)
Nicolás Damín (Uba)
HISTORIA LOCAL Y REGIONAL Pablo Vázquez (Mus evita), Prof.Roberto Castro
(Mus Nueve de Julio)
TERRITORIO Y DESARROLLO LOCAL Tetamanti (Geo) Albaladejo (Geo)
PROYECTO SOCIAL POLÍTICAS E INTEGRACIÓN Barberena (Ts) Carballeda (Ts)
PROPUESTAS DE DESARROLLO Y PROPUESTAS INNOVADORAS D. Cárdenas (UP) Hayes
(PUP)
JUVENTUD RURAL Rebottaro (PUP)
TURISMO RURAL Sutil (UP)

Participantes
Podrán participar y exponer  todos aquellos ciudadanos que se encuentren interesados en las problemáticas de las pequeñas localidades bonaerenes.
Actividades
Se programa una agenda con actividades que incluyen Ponencias, Simposios, Conferencias, Presentaciones de  Teatro Comunitario,  Salidas de Campo y Productos locales

1-Ponencias
Reunirán trabajos sobre temas vinculados al propósito  de estas Jornadas dentro los ejes temáticos. Los trabajos deben ser inéditos y serán sometidos a evaluación por el Comité Académico y Social de las  Jornadas. Las ponencias serán  presentadas en forma oral. Se aceptarán presentaciones propuestas en formato de video - DVD - Power Point, etc.
*Se recomienda, para la presentación de trabajos, el empleo de un lenguaje sociabilizador. De este modo, se pretende abrir experiencias, investigaciones y estudios a una discusión democrática del conocimiento y la acción.
Especificaciones :
Los trabajos escritos no podrán exceder las 10 páginas de extensión, Hoja A4, Letra Arial 11, interlineado 1,5.- Todos los trabajos presentados independiente del formato, deberán acompañarse con un resumen de 300 palabras.


2- Comisiones
Las Comisiones agruparán una serie de ponencias  sobre un tema en particular propuesto y coordinado por uno o dos coordinadores. Se programa realizar 8 comisiones.

3- Conferencias plenarias
Las conferencias plenarias estarán a cargo de referentes locales, actores sociales, investigadores, docentes, sindicalistas, funcionarios en la problemática de las pequeñas localidades  y en las ciencias sociales.

CICLO DE CONFERENCIAS:
C. ALBALADEJO:  sobre ruralidad y desarrollo local.
CARBALLEDA: sobre políticas sociales aplicadas en pequeñas localidades.
JUAN GHISIGLIERI: Historia oral en la PBA.
Osvaldo Bayer: sobre trabajo rural
VESCHI: sobre impacto de políticas ferroviarias en pequeñas localidades
ZUNGRI: sobre acciones concretas en pequeñas localidades experiencia de Bavio.
JUAN C. CENA:  Reestructuraciones ferroviarias en la Argentina.

4- Presentaciones Teatrales.
Se presentarán dos obras de Teatro Comunitario. Las obras son resultantes de creaciones colectivas locales. La memoria colectiva social, sumado a un trabajo de organización de disparadores ejecutores locales,  poseen en común el empleo del "arte como transformador social".
Obras a presentar:
"Nuestros Recuerdos" Grupo de Teatro Comunitario Patricios Unido de Pie. -Patricios-
"Romero y Juliera" Grupo de Teatro Comunitario "Los Cruzavías" -9 de Julio-


5- Salidas de Campo
Se contemplan salidas de campo locales. A Talleres de Estación Patricios; vivero ferrocarril provincial, museo ferroviario, etc.

Cronograma de presentación de resúmenes y ponencias completas
Resúmenes: hasta el 28 de septiembre de 2007
Trabajo completo: hasta el 19 octubre de 2007

Inscripción:
en conjunto con el envío de resúmenes, remitir la ficha de inscripción.
A:
 
jornadaslocalidades@...
info@...
Aranceles:
Disertantes que presenten trabajos: $10. (se abonará en la acreditación a las jornadas)
Asistentes: NO ARANCELADO.
ALOJAMIENTO:
· En la localidad de Patricios:
a) se cuenta con 45 plazas en el sistema Dormir y Desayunar en casa de familia (DyD). Costo de sistema DyD : $ 20 por persona. Para reservar comunicarse con: Mabel Moyano (02317) 49-9086.
b) Acampe: en sector Club Compañía. Costo: $ 5.- pesos p/p. Servicio de Baño, Quincho y Pileta de Natación.
c) En sectores múltiples. Necesidad de contar con bolsa de dormir y colchoneta. Costo: $ 5.-
· En la ciudad de 9 de Julio (ubicada a 20 kilómetros de Patricios),
a) se cuenta con 7 hoteles y capacidad para 550 personas.  El costo del alojamiento es: Single: $36; Double: $63.
b) Se están tramitando otros sectores más económicos para pernoctar (escuelas y clubes)

MUY IMPORTANTE:
La Municipalidad de 9 de Julio, pondrá a disposición de las Jornadas un servicio de transporte gratuito entre 9 de Julio y Patricios.
COMO LLEGAR: Contactos e información
jornadaslocalidades@...
info@...

Más información: www.uniendopueblo.com.ar

Tels: (011) 4957-3124.   (011) 15-6866-6254.  (0223) 15-528-5049.  (02317) 423-935. 
 
 
 
 
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