palabras lloro que no digo me traigo cada vez más hacia dentro recuerdos de la lluvia de agostos del olvido he callado con palabras la tristeza el dolor la renuncia a la piel y a los sentidos voy de fuera hacia dentro viajando una semilla que cosecho en palabras de otro oscuro silencio lo renuevo en un pacto que he cerrado conmigo en secreto y olvido desconozco esperanzas justicia lucha brillo desentiendo mi sangre de unos sueños que tuve en piel en miedo en grito han caído mis credos de a poco sin sentido miro desde estar
quieta recuerdo que me he visto correr pelear gritar pasiones de otras voces que ya callo vuelvo inquieta a estar quieta hago palabras lloro que no digo
Hasta donde la vista daba era un cielo cada vez más bajo, cada vez más débil y más desteñido como si Dios se hubiera ido cansando con su brocha pintada de celeste y se hubiera ido mutando en gris pálido o en blanco conforme se alejaba y se hacía todo horizonte hasta que el crepúsculo lo hiciera crepitar en rojos, violetas y amarillos. Era el instante en que aquel monte de coníferas inflamaran sus troncos con esa luz que le iría creciendo desde los pastos. Si uno mira ahora desde el confín del pueblo, si está parado en la punta de ese camino sinuoso que la inventiva popular bautizó "Camino del Diablo" porque su fama de luces malas persiste en la memoria de los antiguos pobladores, digo si uno se para allí en el principio de ese camino es como dominar una franja que se expande todo lo que permite la mirada.
Los pisaderos de barro para cocer ladrillos que rodean el pueblo con sus veredoncitos de pasto en los costados, allí por donde aquella barrita bullanguera pasaba con sus tramperas para pájaros, desde allí, desde ese lugar podemos dominar todo el movimiento de varios kilómetros a la redonda y admirar aquel vuelo libre, altísimo y sereno que ejercen las cigüeñas y que parecen impolutas sábanas suspendidas en el aire. También ensucian ese celeste claro algunos pocos teros que vuelan, muy bajo, haciendo círculos y observando hacia la tierra arada donde el sol muestra de distintos coloración veteada según la antigüedad del arado en su incursión roturadora. El movimiento, como cabe suponer en tan bucólico paisaje, es mínimo. Algunos tordos, como pesados carbones cruzan el aire hacia la nada, o vuela una
bandada de bandurrias en formación marcial hacia las cañadas, tal vez uno gorriones rápidos, o un casal de tijeretas solitario, o aquel grupo de golondrinas en lo más alto, con evidente signos de haber perdido el rumbo. Estamos a media tarde, entonces todo es casi quietud. Al atardecer, un insólito revuelo de aves acuáticas irán a buscar bañados que los juncos esconden. Pasarán inmensas bandadas de patos, en formación perfecta, haciendo una ve con el vértice a vanguardia: siriríes crestones, maiceros zambullidores, a dormir entre esos yuyos húmedos. Pero todavía estamos aquí, observando como si fuéramos un Dios hierático y fatal, un Dios pequeño, omnisciente bajo la media tarde de mayo, de un mayo más que cordial. Y vemos
entonces algo que allá a lo lejos se acerca por el "Camino del Diablo", mejor dicho viene transitándolo al parecer con toda tranquilidad, y no percibimos si es una persona que viene a pie, en bicicleta o, por la lentitud con que se mueve, está quieta, decidió pasar o descansar o si avanza y lo hace tan lentamente que no se puede percibir si avanza aunque sea unos metros, al menos, hacia donde estamos parados, observando. Giramos el cuerpo hacia el pueblo y vemos que desde la ruta toman por las calles de acceso unos cuantos vehículos que vienen o bien del campo o de las localidades vecinas, ingresan con un estrépito de hierro y una implosión de polvillo, si viene del campo, que al traqueteo sobre el asfalto, se libera y expande hacia los costados, enrareciendo el aire estático. Como hemos tardado un
tanto el rostro vuelto hacia el pueblo y nos hemos distraído mirando cómo cada vehículo que cruza la ruta y se interna por esa calle de acceso espanta un grupo de palomas sedentarias que picotean el resto de una carga de maíz que se volcó en el costado cubierto de gramilla. Pasado el ruido del vehículo y el susto consiguiente, vuelvan a posarse como si nada hubiese sucedido y reinician su sistemático picoteo, grano a grano, ingresan por sus picos y pasan en instantes directamente al buche, que engrosa debajo de esas plumas suaves que lo cubren. Al volver el rostro hacia el "Camino del Diablo", ya vemos que el viandante es un solo individuo, camina cabizbajo tal vez, o tal vez lo haga suponer la lejanía, ese moverse lento, porque algo es seguro; no se le ve el rostro y desde aquí, la ropa más que ver sus colores, uno la
imagina. Ha transcurrido un largo rato desde que estamos aquí, a falta de algo importante que hacer, mirando. Sólo observar casi sin sacar conclusiones, porque como sabemos, la mente humana tiende a relacionar, deducir, asocian, y aunque uno no se lo proponga (como en este caso concreto). Saca al fin sus conclusiones El hombre que seguimos observando caminar, que venimos viendo con una pasión y una curiosidad de entomólogo ha llegado ya cerca de la ruta donde termina el camino, el que una convención antigua y popular -por la razón que fuere- llama desde siempre, el "Camino del Diablo". Se para allí, duda si seguir la calle donde viene y que cruzando la ruta ingresa al pueblo, o, si dobla hacia derecha o izquierda lleva hacia los pueblos
vecinos. El hombre ni nos saluda, simplemente no nos tiene en cuenta, está, como quien dice, en lo suyo. Como lo tenemos bien cerca -apenas nos separa de él la ruta, y el paso raudo de los vehículos que la transitan-podemos observarlo a nuestras anchas. Tiene encima el cansancio y el peso de todos los caminos, y, una rápida consulta entre nosotros, con la mirada solamente, da con la certeza de coincidir que nunca antes lo vimos. Tiene la mirada huidiza, viste con humildad, con cierto decoro y no parece haber hecho algún trabajo manual en su vida. Lleva un bolsito terciado al hombro, y cuando levanta la vista hacia nosotros que lo observamos sin ningún disimulo, mete los dedos en el bolsillo superior de la camisa, saca un atado de cigarrillos y una cajita de fósforos, enciende uno, aspira con verdadera fruición el humo que, desaprensivamente, echa al aire
chato y casi nulo, parece dudar, al final tuerce hacia el oeste, hacia donde está el pueblo más cercano. Lo hace por la banquina tal vez porque puede ver los autos que vienen de frente, y así con ese paso cansino se aleja quedamente, como vino y nos deja impávidos, porque no sabemos ni de donde viene ni si tiene algún destino prefijado, o es un triste vagabundo sin objetivo aparente y lleva sobre sí la triste decisión de recoger el polvo de cada uno y todos los caminos.
ARVEJAS DE PRIMAVERA*
Estoy abriendo las vainas para sacar las arvejas. Mis manos se transparentan por detrás de la veladura verde tierna de las chauchas. Una por una las abro, y se encuentran las pelotitas húmedas, nuevas, esas arvejas de verdad, no las de lata, secas y vueltas a hidratar, arenosas y pasadas por la industria. No, estas arvejas vinieron en bolsa de red, estaban en la verdulería, en un rincón, y me las traje sin embase ni marca. Venidas de las quintas estas arvejas de la primavera. Miro mis dedos transparentándose por detrás de las vainas esmeralda, y pudiesen ser los dedos de mi bisabuela allá en Euskadi, los de mi abuela, sentada en la silla de la cocina, con un repasador en el regazo y la paciencia de quien extrae tesoros uno por uno y forma
el montón de cáscara por un lado, las perlas por el otro. De niña le dije alguna vez a mi madre que para qué el trabajo, si no son tan caras las latas en el supermercado. No era sólo la textura incomparable, el sabor más dulzón, la frescura de lo recién cosechado. Era el rito de la primavera. Giuseppe Archimboldo era un pintor extraño, que hace medio milenio anticipaba el surrealismo, y armaba retratos de personajes con una mixtura de objetos o vegetales o animales. Extraños en verdad esos personajes acaso temibles. Pero recuerdo la personificación de las estaciones. Y en el personaje que representa o resume la primavera hay arvejas, espárragos, alcauciles. Dice mi mamá cuando se va el invierno que hay que celebrar con la merluza en salsa verde, con el cordero al txilindrón, con esos platos que no sólo reconfortan con su
sabor, sino que son ellos la propia celebración de lo nuevo que llega y lo viejo que se va. Ritos, costumbres ancestrales, las manos de las mujeres de la familia que son unas solas en el tiempo, desgranando las arvejas mientras el siglo avanza y el tiempo devora los días y las estaciones. Los días se regían por la luz, los meses por las lunas crecientes y menguantes, las estaciones por la irrupción de las fresas, de las papas nuevas, de los tomates maduros con olor a campo recién llovido. Hizo falta que se perdieran lo ritos y las iniciaciones y los lutos para que los psicólogos nos digan que son necesarios. Frente a la fría asepsia de los refrigeradores de supermercado, traigo de la verdulería mi bolsa de arvejas en sus vainas delicadas, estuches preciosos de cierre perfecto. Y recupero las manos de mis
antepasados, y celebro que hemos vivido un año más.
El ronroneo de las ruedas me acuna como mi Ama cuando noches fantasmales soplaban con fuerza el sueño. Un día más, la rutina, el tren que parte, gente apurada. Siempre en el mismo asiento como dueño de mi trono... Después dejarse llevar mirando por la ventana, volando sobre el paisaje que se esfuma a bocanadas. Me quedan trozos de árbol incrustados en la mirada, una casa solitaria o mil casas con fantasmas vivos aún pero ausentes ganados por la rutina que parte al nacer el alba...
A veces la vida misma se transforma en una sala de espera, pero en ese caso ya sabemos qué estamos esperando y qué habrá de suceder, aunque no sepamos cómo ni cuándo. En las salas de espera hay secretarias que no guardan secretos. Hay revistas que no merecen ni revisarlas, porque su única posible destilación es la de los microbios de la saliva que cada uno de los enfermos, pacientes o impacientes, añeja en el ángulo inferior derecho de la hoja de dios. La del diablo nadie la mira y se sospecha que no acumula microbios debido a que no posamos nuestro dedo mayor en ella, aunque, es cierto, pueden llegar a traspasarse los mismos mediante la humedad conducente de haber hojeado la página de dios. Hay caras a la espera de ser captadas por alguna incauta con el fin de desenfrenar por
fin la lengua, esa lengua lenguaraz que no tiene permitido soltarse en la mesa del almuerzo ni en la tarde de mate con hijos ni marido. Hay sonidos de teléfonos celulares que han olvidado la intimidad de las personas y suenan, por ejemplo, cuando uno está sacando el boleto del colectivo, o pagándole al tachero, o en medio del abrazo en la calle con un amigo que hace tiempo que no vemos, o en el momento álgido de la conversación en la que nos estamos animando a contarle a nuestra amiga la parte más conmovedora de la historia que nos llevó a reunirnos esa nochecita. Y suenan, y suenan, independientemente de nuestra espera en la sala. Hay personas que esperan al odontólogo y huelen a épico, mal que me pese lo delatador de mi edad en este recuerdo. Digamos, en el genérico, a desodorante bucal, como negando los efluvios que irrumpen desde interiores inasequibles.
Hay gente
que espera al alergista disimulando la rascadura de sus escozores histéricos, insomnes y frustrados, hasta que se torna inevitable y en una compostura prefabricada e in disimulable extienden, casi en contorsión, su brazo derecho hasta el omóplato infinito izquierdo y en un vaivén del antebrazo va tornándose esa cara en un muestrario de viñetas animadas que pasan del ardor al placer al goce a la molestia al alivio a la incomodidad al pudor a la simulación pero un poquito más abajo qué placer es justo ahí donde me pica me están mirando todos qué vergüenza qué me importa después de todo para eso vengo estoy enfermo me rasco y que se vayan todos a la concha de su madre. La gama de perfumes importados se entremezcla en el aire saturado de fracaso. Algunos están ya rancios de no hallar oportunidad que valga la pena el gasto. No hay salida al teatro, ni cena a luz tenue de las velas, ni sexo
eventual y apasionado sino el reglado por la inevitable compañía de acceder al mismo lecho de la monogamia que nuestro capitalismo supo conseguir, y nosotros defender a costa de la depresión, la rutina y la tristeza. Pobre ginecólogo lo que ha de ver y oler. Y una los ve. Como ve todo. Y también nos miran con esa cara de y a esta qué le pasará. Si supieran...
Ir al ginecólogo es, en cada momento particular de la vida, un fotograma de los simbolismos que desplegamos en nuestro itinerario de mujer. No hablaré por todas, sólo por mí.
A mis dieciocho, diecinueve, ni siquiera iba, a excepción de la aparición amenazante de un atraso. Yo era una inconsciente y el ginecólogo, el mago.
Entre mis casi treinta y mis apenas pasados los treinta, las visitas eran las de futura mamá y el
ginecólogo era Sócrates.
Desde la última mayéutica hasta los cuarenta y cinco, recuperé la inconsciencia y el ginecólogo pasó a ser un cartelito de bronce que aparecía en algunos departamentos re coquetos y distantes.
Ahora, que ni Sócrates me hace parir, atravieso esos portales de blindex y las molduras de madera que simulan el grasa y fracasado buen gusto burgués de nuevo rico, mezclado con aromas desodorantes que me hacen picar la nariz y una música funcional que da ganas de tirarse debajo del tren. Ya no puede uno ni suicidarse a piacere. La pérdida del tren nos arrebató hasta esa mística tan morbosa y tan temida.
Mientras la secretaria chusmea a viva voce por teléfono y una esposa le dice por celular a su marido que vaya pelando las papas, si no es mucha molestia, porque el médico va atrasado, y el otro se rasca ya sin pudor, yo ya estoy
allí, formando parte de la miscelánea inefable de un escenario decadente en busca de calidad de vida. Entonces me veo. Me miro. Me huelo. Me ausento del entorno en mi viaje introspectivo de la sala de espera.
Qué fácil, y sin necesidad de alambiques, resultaba en la juventud, hasta tardía ella, recibir una mano cálida entre los muslos o dejarse recorrer con unos labios húmedos y susurrantes en la entrega absoluta de esa frescura vigente y turgente. Los tabúes y el pudor eran cosa de otro siglo. La risa a carcajadas y el pasearse sin recato de la cama al living, buscando algo de comer en la heladera y poniendo música era el tiempo presente continuo de un pasado pluscuamperfecto y un porvenir imperfecto que es este hoy lleno de cambios en degradé.
Me pregunté de qué se trataba ese deseo ligado al erotismo. Cómo había sucedido todo aquello en el otro
entonces de la carne firme, sin desinencias, sin desgaste, sin cansancio, sin vergüenzas. Pensé en las parejas que se aparean desde temprano y van equiparando y cotejando sus arrugas, sus pancitas y sus achaques al unísono de la vida en común, día tras día, despertar tras despertar. "El problema de ustedes, me dijo un amigo machista hace poco, es que se empeñan en seguir teniendo orgasmos a esta edad". Qué turro, pensé. Pero ahora, entre esta colección de hilachas que encuentro frente a mí en esta sala, hacen resonancia esas palabras hostiles, provocadoras y mediocres, en expresión hiperrealista. ¿Por qué habría un hombre de desear a una mujer que empieza a recorrer el tramo de salida de la autopista, el descenso de su turgencia y el retiro discreto del desparpajo de ese arrebato impúdico de un cuerpo que se sabía fresco, sin remilgos? El amor..., ah
sí, el amor... Pero el amor del otro no sabe nada de los fantasmas que rodean a una mujer que se desnuda y ya no tiene en su haber el perfecto cuerpo incólume que encaja en cualquier prenda de la moda pret à porter, cuando nos preguntábamos cómo le irá ese jean a mi cola y no, como ahora, enhorabuena los elastizados, que ayudan a defender algo de nuestra memoria. Y cuando las musculosas tan frescas del verano de Voleibol, ahora dejarían entrever algo alicaídos los bíceps que ostentaba la juventud. Y, sobre todo, ese entonces en que la muerte nos quedaba mucho más lejos. El esfuerzo y puesta a prueba de gustar desequilibra la mayor parte del tiempo, con la soltura que se requiere para preguntarnos con franqueza si a nosotras nos gusta. Pienso mientras pienso que, tal vez, este escrito tenga excesivo contenido de frivolidad y fruslería, pero aseguro que no es
fácil para una mujer que se piense a sí misma, intentar ser objeto de tentación, más allá de las reales y contundentes declaraciones de amor, en una era de plástica insolencia sin arrugas ni pancita. ¿Por qué habría yo de seguir deseando orgasmos desencadenados por la pasión y el fervor que se encendía en un juego de espejos donde una se sentía tan deseable que era capaz de flagrar el encuentro sin fantasmas ni pudores? Cuando el ginecólogo me vio y me dijo, estás bárbara Lú, ¿qué bicho te picó?, pensé que no podía cargarlo de tanto pensamiento y tanto rollo. Caminé una cuadra, activé mi celular y le pedí un turno a mi psicóloga.
Tal vez ella me ayude a recorrer el camino de ya no ser una pendeja y me invite a un mundo de realidad donde no termine rascándome lo que no me pica ni deseando ser o parecer lo que imagino que otros esperan de
mí. Tuve ganas de reírme de mí, pero todavía no estaba lista.
Estaba haciendo cortinas y cristales como cada viernes cuando sonó el teléfono
- Diga... - Buenos días, Le llamo de Telefónica para una información. - Bueno, pero el señor no está en este momento. - Está bien, pero ¿Tienen ustedes ordenador? - Si, un ordenador con procesador AMD Sempron Dual Core 2100. - ¿Qué memoria tiene? - 2GB de RAM, 250GB de disco duro, una tarjeta gráfica NVIDIA GeForce 6150 de 831MB dedicada. - ¿Podría decirme el sistema operativo? - Es un Windows Vista Home Premium
- ¿Cree usted que estarían interesados en una línea ADSL? - Depende ¿Qué ancho de banda? - 15 Mbps - Si, eso está muy bien, pero ¿cuántos megas reales llegan, porque con la caída de la línea...? - Bueno, reales llegarán la mitad... - ¿Y accediendo a través de Wi-fi? - Eso hay que comprobarlo en cada caso. -
Bien, pues ya le comentaré al señor.
A la media hora llegó Plumkier a su casa y ella le dijo:
- Han llamado de telefónica ofreciendo no se qué. - ¿Qué cosa? - No sé señorito, ya sabe usted que una servidora no entiende nada de las nuevas tecnologías...
Ella estaba rota en realidad y aparentaba que no lo sabía; yo estudiaba en la facultad de filosofía y ella en la de arquitectura. Supe de su estado fragmentario desde el primer día en que la vi andando cabizbaja por uno de los pasillos de la universidad; a partir de tal instante no pude olvidar su rostro cual reflejaba ante mis ojos la ruptura, por que uno suele darse cuenta a quien se la ha caído el alma en la acera y se le ha hecho pedazos, no quedando más que levantarlos e intentar volver a colocarlos lo más cerca de donde late la esencia que nos permite dormir y despertar al día siguiente; más sin embargo nada suele ser igual. A la fémina rota le veía muy a menudo y cuando me percaté de tal constancia era por el hecho de verle a diario en la cafetería, ella ahí, siempre acompañada de una
taza de café y un cigarrillo cual por lo regular era seguido por otros cuatro más. Siempre despertó en mí bastante curiosidad pero nunca pude acercarme lo suficiente, nunca pude explicarme porqué, la timidez nunca fue una característica mía, más sin embargo había algo que parecía una barrera, sentía que algo estaba roto y ello me detenía. Hay cosas que uno jamás terminará de comprender, y una de ellas fue el hecho de que no pude contener esa extraña necesidad por verla, aunque fuese a la distancia, las once treinta de la mañana y ella estaba siempre en la misma mesa de la cafetería, dando pausados sorbos a su taza humeante mientras se acorazaba en una nube de cigarrillos, por mi parte no me importaba faltar a mis clases para estar a esa hora, de la misma manera bebiendo café, abrumado por la distancia, aturdido por las pláticas banales de decenas de personajes que atiborraban aquel espacio de la universidad. A pesar el
alboroto constante de las mesas, las sillas, los platos, los ceniceros y demás, parecía en cierto momento, que la vaciedad nos conectaba a ella y a mí. Ella se percataba de mi presencia, al parecer no le incomodaba, tal vez me veía como a uno de tantos que estaba ahí sólo para escapar de las aulas. Con el pasar de los días no tuve más que admitir que era ella demasiado atrayente para mí, a pesar de su tristeza, a pesar de su soledad, a pesar de la ruptura que yo podía admirar en su persona; era la mujer que yo había perseguido en mis sueños, era a quien le había dedicado mis escritos antes de conocerla de manera tangible. Por casualidad supe su nombre, Luisa, y el mismo tuvo eco en mi cabeza durante bastante tiempo. Las cosas, sentí, se me estaban saliendo de control, no podía seguir atormentándome sin siquiera estar seguro si para ella yo existía, de tal manera un día planeé esperarla al final de sus clases, la esperé en
la calle, me sudaban las manos, fumaba un cigarro e intentaba calmar mi ansiedad dando ligeros golpes con mi zapato izquierdo al suelo. Ella por fin salió, pero justo y había dado unos cuantos pasos cuando un tipo muy blanco, alto y bien parecido la interceptó, Luisa lo abrazó pero él la apartó de sí bruscamente, le dio un tirón del brazo, comenzaron a andar mientras el sujeto le gritaba, ella sólo asentía con la cabeza, creí a lo lejos verle llorar. Esta vez no tomé el metro para regresar a casa, caminé perdiéndome en la enormidad y soledad de la gran urbe repleta de almas que iban y venían. No importándome lo ocurrido, al día siguiente estuve a la misma hora en la cafetería, pero la mujer rota nunca llegó. Esa tarde llegué a casa y comencé a sentir que algo se rompía también dentro de mi ser. Un día más, no perdí la fe, mismo lugar, mismo café y mismo cenicero sucio frente a mí; un poco tarde pero entró al fin
Luisa a la cafetería, esta vez no se sentó en la misma mesa, buscó otra dándome la espalda, intuí que algo no estaba nada bien; guardé luto por espacio de veinte minutos, me incorporé de mi asiento y con todo ánimo me dirigí hasta su lugar para pedirle un cigarrillo, a lo que ella respondió a penas audible: -¡no tengo!-, dichas palabras no me dolieron, lo que me dañó fue ver su rostro golpeado que fungía enmarcando a resonancia extrema un ojo totalmente morado; se agachó, comprendí que era ilógico y estúpido preguntar si estaba bien. Salí a paso lento del lugar aquel que a pesar de su algarabía se me antojaba salvajemente silente. Aquel día volví a regresar andando a casa, el caminar se había vuelto una terapia para mí, mientras caminaba podía conversar conmigo mismo y pensé en tales circunstancias por que Luisa estaba rota, si acaso esa era la razón, maldije al mundo mientras me interrogaba sobre las circunstancias que
uno jamás podrá comprender, mientras, nunca escuché unos pasos tras de mí que apresuradamente me hacían compañía, volteé para encontrarme con el rostro gris por dentro y moreteado por fuera de la fémina rota. -¿Porqué me sigues siempre?- Me cuestionó, no supe que decir, seguí caminando, ella a mi lado y junto a nosotros un silencio que traduje como un grito de auxilio por parte de ella. -¿Cómo le permites.?- No pude culminar mi interrogación pues me lo impidió, comenzó a llorar, nos sentamos a las afueras de una muda puerta, los transeúntes simplemente nos vadeaban sin darnos importancia, cada uno de ellos reflejaba tanta indiferencia al seguramente cargar sus propias maletas llenas con sus propios problemas. Luisa no podía parar el llanto, en medio del mismo me dijo que aquello sobre lo que fui testigo aquel día no era nada, me habló sobre José Adrián, su novio o verdugo, no sabía en realidad que era, pero me dijo
que lo amaba a pesar de sus gritos, de sus golpes salvajes que comenzaban en su rostro, después en el estómago para doblarla, sofocarla y una vez en el suelo propinarle una tanda de patadas; obviamente no se limitaba a los golpes físicos pues también tenía que soportar los que le propinaba en el alma: sus infidelidades, humillaciones y reproches. Cuando creyó ella descargar todo lo que tenía que expeler, limpió sus ojos, se puso de pie, me pido disculpas dando media vuelta; por un par de segundos lo dudé, pero sabía que ya no podía callar, prácticamente salté alcanzando su hombro, ella giró, le dije que yo la amaba, quería ayudarla. Ella contestó que estaba rota, que yo nada podía hacer para unir los pedazos. Se marchó perdiéndose entre la gente, yo permanecí inmóvil hasta que la perdí de vista entre la multitud, el smog y mi rabia. Esa noche no pude dormir, tenía que hacer algo o terminaría por romperme yo también.
Al siguiente día no quise ir a la cafetería, me sentía muy mal, al salir de clases me dirigí firmemente hacia la puerta de salida, salí corriendo, ahí estaba Luisa y José Adrián, a media banqueta discutiendo, pasé por un lado de él, casi rocé su brazo con el mío, me llené de impotencia, apresuré mi paso, alcancé a escuchar como él subía su tono de voz, continué andando, deseaba alejarme lo más rápido de ahí, mi corazón latía tan fuerte que creí me ensordecería, los ojos se me inundaron de lágrimas, contuve el llanto, avancé tan sólo cinco cuadras cuando me sacó del trance el ulular de una ambulancia cual me encontró en sentido contrario a mi andar, me detuve, pensé en Luisa, intuí que algo le había ocurrido, no vacilé, regresé corriendo lo mas rápido que pude, pensaba en ella, sólo en ella, me aproximé a unos metros sobre la entrada de la universidad y pude ver que hasta ahí había parado su curso
la ambulancia, había un tumulto, la gente se amotinaba, aun no alcanzaba a ver que ocurría exactamente, me aproximé aun más, por fin vi un taxi sobre la acera, según la gente, había atropellado a una persona quitándole la vida, me acerqué, como pude me abrí paso entre los curiosos, mientras murmuraba el nombre de Luisa llegué al primer plano, un enorme charco de sangre relucía y marcaba una trayectoria que culminaba en la rejilla de una alcantarilla, el cadáver yacía expuesto boca arriba, y yo no podía dar crédito a lo que veía: era yo, ahí silente, tendido sobre el asfalto sin vida, a final de cuentas estaba roto como algún día lo predije; Luisa estaba junto al taxi y lloraba admirando mis restos, José Adrián dio un fuerte jalón a su cabello, y preguntó: -¿lo conoces?-. Ella simplemente lo negó, y a empujones él la retiro del lugar. Me subieron a una camilla, yo ya no sentía absolutamente nada, mi sangre continuaba
fugándose por la alcantarilla, mi alma le acompañó, sólo comprendí por último que ella, solamente ella, fue quien decidió romperse para el resto de su vida.
Cómo Colocar sus Cortinas*
¡Qué agua tan amable! Que las rocas las convierte en peces, Y los peces se hacen de agua Para evaporarse y condensarse en el cielo.
La lluvia cae con ojitos de pez brillantes Y corren los ríos, Se llenan los lagos y lagunas Con tanta roca convertida en pez Que todo se llena de agua.
Saltan con ira cuando se les atrapa En alguna presa o estanque, Vuelan con júbilo Cuando se lanzan por las montañas Y, hoy en día, Se les encuentra embotellados En los aparadores de las tiendas.
¡Qué agua tan amable! Que en otros tiempos se dedicaba a convertir A las astillas de roca, en las primeras células. Hizo lo propio con las plantas Y la receta secreta para convertir Rocas alargadas en gusanos Se ha perdido en el tiempo.
Pero lo de hoy Es convertir rocas en peces; Y así se hace: Cuando llueve, Los edificios del Parlamento Se mojan, Las casas de lámina También lo hacen; Y la manera de cómo convertir A los volcanes en algo más que peces Sigue siendo un enigma constante.
¡Qué agua tan amable! Que a pesar de todo Nos sigue mojando, Que se escapa por las tuberías Y que es, A su vez, Agua y pez.
Por el callejón de las tristezas con una pena antigua enredada en su pelo en desvelos descalzos, avanza Lucía Carmona. Entre sus brazos, un niño ausente y una carga de pichanas frescas Carga también un mundo de destierros
¡Ah! ¿Porqué partir? Al irse se ha llevado el canto luminoso de la noche. No se escucha el grito silencioso de la casa. Ha callado sus voces. Un rocío oscuro y fantasmal languidece la flor de los naranjos. Hunde su rostro en el manojo fresco - el olor es más dulce que la vida - ¿Es el niño, la casa o la amarilla flor de la pichana? Con ellas barrerá no solo el patio de su casa sino esa congoja que le aprieta el pecho Barre su casa Lucía Carmona e insomne, va encendiendo testimonios de estrellas en su noche Habrá otros niños, otros naranjales Y al lado de su sombra custodiando Como lluvia de luz, allí estará la casa.
-Lucía Carmona-Poeta riojana- Del Libro "La Voz del Cuyun"
La señora denfrente era muy gorda. O ancha, no sé. O el cuerpo le había ido creciendo desparejo por los esfuerzos de agacharse, levantar cosas pesadas, y dormir poco. Saludaba siempre y hablaba mucho y muy fuerte, con una voz aguda muy sudada que le marcaba las líneas del cuello y se sumaba a la obligación de abandonar su italiano precario y sustituirlo por un argentino bonaerense más precario aún. Por la noche, tarde, yo volvía de estudiar o de noviar y veía la luz siempre encendida de la cocina. Algo me hacía saber que ella estaba despierta y, no, que necesitaba iluminación para dormir. No era de esas mujeres que tengan miedo alguno. A la mañana temprano, yo tomaba el tren de las seis y diez para ir al trabajo y a la
facultad. Para ganarle a las doce cuadras que me separaban de la estación, salía de casa apenitas pasadas las cinco y media. La luz de la cocina de la señora denfrente ya estaba encendida. Alguna vez decidí demorarme sólo para no perderme ese pedazo de vida que todavía quedaba vivo y la escuché: ma, pero vení acá gayinnitta remolona ¿o te tenco que dar de comer alla bocca? ¿Vos no te mestarás poniendo tristona, no?, le decía a la rosa de un color que nunca pude saber exactamente cuál era, porque sólo ella lo tenía y nunca más volví a verlo. Tomaba la flor desde el cáliz como cuando uno acaricia un hijo desde debajo de las orejas para que sienta todas las cosquillas y el estremecimiento que sube recorriendo toda la belleza y el calor, y le fabrica una sonrisa. Desde en
frente parecía sentirse el aroma de sus ensaladas y salsas con albahaca y oliva o el dulce de frutas que dedicaba a ese hijo, un poco mayor que yo, que se había encontrado con la epidemia de polio justo en el momento en que su cuerpecito salía a levantar un pie para darle impulso al otro. Y caminar. No pudo hasta muy entraditos sus años. Pero pudo gracias a una madre, la señora denfrente, que le puso vida a sus huesos, su mielina y su deseo. Él, Juan Carlos, empezó a andar y a animarse, sin miedo, hijo propio de esa mujer. A la nochecita, a esa hora de los bichitos de luz y las escondidas, yo la había escuchado: mirá cuanqui, ¡que se no te decá de codderr te cjuro que ti agarro e ti colgo!
Con mi hermana, que salía a fumar a escondidas convencida de adulterar el olor a
pucho con Siete Brujas o Charlie de Revlon, nos reíamos, más cerca de la ternura que de la burla. La señora denfrente contaba con todos los elementos que se requieren para que uno pueda burlarse, pero con ella era imposible. La primavera emanaba música y colores en esa casa, pero no música envasada sino esa que nace de los acordes de los paraísos y los ciruelos, las gallinas y los pájaros que iban a comer a su patio. Colores de la vida misma. Del verano salía una sombra fresca que restituía la dignidad de las siestas e invitaba a despertar las madrugadas con olor a frutillas maduras y caca de gallina que se mezclaba con el arte hiperrealista en ese escenario incomparable. El invierno de esa esquina inconmensurable rompía la pereza de cuando mami me pedía: ¿vas a buscar un
par de huevos a lo de Nélida? Yo, que estaba desparramada entre mis fantasías acompasada por Génesis o Pink Floyd, devanándome entre la culpa y el deber, con Los Miserables o Crimen y Castigo, y atizando los leños de la estufa de nonno, salía rauda hacia la casa de la señora denfrente, para empaparme de esa energía que le daba a la vida su verdadero significado.
-Vení que ti mostro ¿viste lo pimpoyyitto nuevo que le salieron al conejitto? Con este frío, è incredibbile. La culecca se me quiere ir, pero yo no la decco, mirála poveretta, mà pero eyya è l´allegría desta casa, no la puedo deccar ir así nomás.
Yo miraba como distraída hacia la mandarina y ella me llenaba una bolsa al instante. Alguna vez me he olvidado los huevos y tuve que volver a ir, con timidez y torpeza, porque mi trofeo era volver con ese olor impregnado y esa bolsa que guardaba el enigma de la fuerza de vivir, y no con los mandados mandados. Juan Carlos, el cuanqui, era todavía muy tímido pero se acercaba a veces, creo, a disfrutar de mi sonrisa llena de lágrimas que nunca pude aprender a evitar.
Había un marido allí. Un hombre taciturno y abnegado. Conformaban una de esas parejas a las que uno no puede atribuirles sensualidad alguna, pero se los veía fuertes en eso de llevar una casa y la familia adelante. El señor, el marido de la señora denfrente, le había dicho a mi madre una
tarde, siendo yo muy pequeña: Lucy es muy noble, no conozco otra persona así. Lucy era yo, en ese entonces, y me llenó de desconcierto esa expresión que no comprendía. Como un día de la fiesta de la primavera que me eligieron reina por unanimidad, y tampoco comprendí qué quería decir. Asimilé con los años que la decisión había sido por una nimiedad, algo sin demasiada importancia que era difícil definir. Mi autoestima nunca fue mi fuerte.
Transcurrieron años. Yo me fui de allí, como se van todos los que creen que, para crecer, deben partir, parir, plantar y seguir partiendo. Me fui. Volví a volver cada vez que algún aniversario, vacación o festividad me acercaba a la cocina de mi madre y a ese mundo pulpo del que había necesitado desprenderme.
Miré de nuevo el patio de mi madre. Había también allí mucha vida que yo había distraído buscando originales sensaciones. Qué cosa esa que la comida siempre parece más rica en la casa de otros... y uno queda, ante los anfitriones, como un subalimentado que se desenfrena por una milanesa como si hiciera meses que no come...
¿Será ese el origen de la envidia? ¿O será su consecuencia?
Cuando volví con otros años de
sensaciones más encima que adentro, fue urgente buscar el aroma de la casa de la señora denfrente, pero no olía. No olía a nada. Los paraísos y los ciruelos seguían tañendo un ritmo cadencioso que abrazaba una ausencia inexplicable. Mi madre, ocultada detrás de un puñado inefable de prejuicios tuvo que contármelo: La dejó ese pelotudo del marido y está trabajando en una parrilla como cocinera. Viene a la casa solamente un ratito a la siesta. Mi pregunta, también pacata y retrógrada: ¿a esta edad? obtuvo la respuesta acorde: y... se le cruzó una porquería de mierda, una atorranta que le está sacando toda la plata... ese viejo verde... Aquel que había tenido alguna vez el parámetro para calificar la nobleza se transformaba
repentinamente en un pusilánime. Mi ánimo perezoso concluyó repentinamente que esa sensualidad inexistente que me había parecido percibir de niña, lo había llevado a ese marido detrás de unas caderas ardientes y un cuerpo que no estaba deformado de agacharse y hacer fuerza. Tal vez tuve flojera de pensar que en realidad los maridos siempre se van con otra y necesité encontrar una mirada aldeana que contrarrestara todas las contradicciones de la monogamia inventada por un sistema. O, tal vez, vaya uno a saber qué mierda pasó, la cuestión es que la tristeza y el abandono habían inundado esa inmensa esquina sin gallinas culecas, sin pimpollos acariciados, y repleta de mandarinas caídas a la buena o a la mala de algún dios.
Aún así transcurrido el mal tiempo, y gracias a que la jubilación en esta perversa sistematización de nuestro
deseo, llega, no por júbilo sino por vejez y desgaste, el patio volvió a habitar la vida de la señora denfrente. Me llamaba, al veme llegar con mi prole, de visita a los nonnos, para regalarme ropita tejida por ella con rezagos que heredaba de sobrantes del mismo perverso sistema. Me narraba las peripecias de una batita o una mañanita que tejía para una especie de asilo al que, también, iba a cocinar solidariamente cuatro veces por semana. Las mandarinas y los conejitos resucitaron al compás de las rosas y los capullos de gusano, las gatas peludas y los bichos canasto. Todo convivía en ese pequeño atolón que no había sido alcanzado por la perversión a pesar de su tanta presencia.
Me llamó mi madre un día, desde toda la distancia que yo había generado al partir de allí, para contarme que, además de los sudores omnipresentes de la señora denfrente, un color
amarillo rancio y un olor penetrante se habían puesto a vivir en su ancho y extenso cuerpo, y la habían internado. A la mañana siguiente, ya estaba muriéndose, sin más explicaciones y consuelos que la vida es así. Había sido la única amiga de mi madre, esta madre, mujer, que había dejado a sus amigas hacía cincuenta años del otro lado del océano de la guerra y las mezquinas disputas de poder.
Los hijos de la señora denfrente, miserables, como la mayor parte del género humano, que es el único capaz de alambicar tanta miseria y desidia, debatieron sobre su cadáver fresco, pero nadie recordó regar las flores ni dar de comer a las gallinas y a los pájaros. Yo, hace mucho que no ando por allí, pero practico cada mañana el saludo a la vida en su nombre y su recuerdo.
Ya hay un pájaro que come de mi mano y no me teme. Tal vez he aprendido algo.
La persuasión avanza. Lentamente. Hora a día. Día a gota. Gota a hora. Carga una maleta pesada como el mundo. Infecta los octubres con su dardo inmortal. La angustia crece en hojas macilentas. Se elevan y caen como mariposas muertas. El patio de mi casa es una alfombra negra. Por dentro tapian las ventanas lirios de luto. La congoja es un vampiro ciego. En un lago sin agua beben los peces su ceguera. Una mujer pasa a mi lado con su vela blanca. Un niño mira un perro. Un hombre ojo carga el luto del monte. Nadie parece verme. ¿Qué hacer? ¿Crucificar al hombre? ¿Matar la bestia? ¿Vaciar las ánforas? ¿Elegir el dulce tormento del amor? ¿El exilio de la lágrima? ¿El sutil beso de la rosa? ¿Acaso elegir el tormento, el exilio, lo impalpable de la rosa? ¿No es una forma absurda, ciega, cierta,
segura de incerteza?
Esta es la tierra de los vientos. Nunca paran. Serpientes son, los condenados. Una ira. Las piedrecitas se te meten en los ojos, (esto en los días en que soplan suave, porque cuando son La Ira no podés salir. Yo, qué quieren que les diga, no creo nada, nada de lo que dice la vieja sobre los vientos. La vieja es mi abuela, demasiado mala para estar viva y demasiado mala para morirse porque el diablo le teme. Por eso no se sabe desde cuando vive y ella se ocupa de confundirlo a uno cada vez más. Lo que sí tengo que admitir es que es la única que da una explicación para eso de los vientos, porque los otros del pueblo dicen que son cosas de Dios. Por eso, aunque no creo una palabra de su historia, la cuento. Ella dice que fue la primera puta de estas tierras, que llegó por accidente junto con un europeo aventurero en la época de los indios y
que cuando se vieron cercados ella ayudó a despellejarlo vivo en señal de simpatía a los infieles. Eso le salvó la vida, y su habilidad para el amor. Dice que entonces no exitían estos vientos, que había una confusión de árboles, de plantas raras, de peligrosa maleza, lianas y enredaderas y hasta flores y frutos como la sangre, algunos buenos para comer y otros puro veneno; que la víbora era señora y el puma rey, que la araña, el alacrán y otros bichos sin nombre se te metían entre los dedos de los pies en las noches sin sueño. Pero asegura que la vida y la muerte eran como tenían que ser: "unas bestias incansables, qué joder, y para nada aburridas". Dice que eso se terminó por culpa de ella, que los vientos son culpa de ella, que no sale nunca de la casa porque sabe que los vientos la reclaman, pero que un día de éstos les dará la cara "para que esto de vivir tan aburrida se termine con una muerte como la gente".
Cosas de la vieja. Creo que los ojos se le blanquearon tanto por no salir y no por las cataratas como dice el doctor. Ella es toda blanca. Menos el alma. "Los vientos son La Ira", dice, "son La Ira que me reclama". Cuenta que en la época de los fortines, cuando los europeos vinieron a echar a los indios de estas tierras, comenzó el desastre: "los indios no aflojaban. Parecían la misma muerte, pero seguían, seguían...". "Yo hice de intermediaria porque sabía la lengua de los infieles y las de los europeos, y me mejor que eso, conocía el lenguaje de sus cuerpos"."Cuando me olí el fin de la cosa me pareció oportuno empujarlo". "Me acuerdo que se me ocurrió una noche de calor, mientras las transpiraciones de mi cuerpo y el del indio que me acompañaba se hicieron un río al que chupaba la tierra sedienta". "No sé cómo no me di cuenta del mensaje de las arañas y los alacranes...". "Al rato que pensé aquello, ya casi amaneciendo,
fue como que enloquecieron". "Hasta entonces compartíamos el terreno sin problemas, acostumbrados a vernos". "Pero esta vez me los vi venir como un malón, todos al mismo tiempo, de golpe, y les adiviné las intenciones". "Les dejé de comida al indio dormido y corrí para el fortín"."No me costó trabajo decirles a los europeos cuántos infieles había, por dónde tenían que atacarlos, cómo...". "No fue difícil para ellos dar vuelta todo". "El calor nunca paró desde entonces, es como si ese tiempo no quisiera dividirse, la historia cambió las cosas, pero el calor se quedó, y después vinieron a acompañarlo los vientos...". "Pero entre el calor y los vientos la historia trajo las Compañías de Tierras y Colonias, me trajo un marido Administrador de Tierras y me hizo La Señora". "La tierra quedó rasa a pura tala y arado y ahí empezaron los vientos". "A lo mejor fue, como dicen algunos, porque no quedaban árboles para atajarlos... pero
son La Ira".
La vieja se pasa el día contando la historia como entre dientes y cuando la termina, empieza de nuevo. Uno se pudre. De ella y de los vientos. Desde que se murió el viejo, desde que se quedó ciega y se encerró para siempre, la tiene con lo mismo. Yo no creo nada. Pero me canso.
Hace mucho calor, como siempre. Los vientos no paran. En el patio la tengo a la vieja, el último familiar que me quedaba... La tengo a la vieja,digo, estaqueada. Los vientos la suben y la bajan. Pero hay algo extraño, muy extraño... aunque yo estoy acostumbrado a esas cosas en esta tierra de locos ... y es que las arañas y los alacranes, que casi no quedaban, son como miles, prendidos en su cuerpo... ¿cómo es que los vientos no se los llevan
volando?
*de Verónica M. Capellino. veroaleph@... -En "Cuentos del Litoral"- S.A.D.E -Sta. Fe- y Lux; 1988
Lo que nunca sabremos es exactamente en qué momento comienza esta historia, porque como sabemos, los hechos a veces se producen por azar y no entran en los cálculos o no quedan registrados como a conciencia en la cabeza de la gente. Lo que sí sabemos, al día de hoy, es el final, pero mejor no adelantarse, porque para eso existe la cronología, aunque bien sabemos que la literatura tiene otros códigos y puede quedar adscripto a la mirada ya desvalorizadora que se llamó "realista", y los críticos más duros insisten en llamar "la ilusión del realismo". Esta historia es una historia de amor, pero los más cáusticos, lo que están más cerca del positivismo llaman un "platonismo acorde a los tiempos", o un "romanticismo rancio que no debe tenerse en
cuenta". Cuando esta historia sucedió, -si es que sucedió alguna vez- mi abuelo estaba por cruzar el mar Tenebroso, el Atlántico inmenso en un barco que lo dejó en Buenos Aires, con quince años y sin saber una palabra del espléndido español (que él luego denominaría "la castilla") con el nombre de un pariente lejano o amigo de su padre o apenas un paisano de la aldea europea desde donde se largó, con el coraje, coraje con que lo impulsaba el hambre, como tantos miles en su situación, o peor, porque eran ya padres de familia. Quiero poner entonces la distancia necesaria como para no hacerme enteramente cargo de esta historia, pongamos provisoriamente "de amor", ya que las sucesivas veces que yo fui oyendo el relato de los mayores, todos lo hacían -en mayor o menor grado- no exentos de
ironía, que podía ser fina o grosera según correspondiera al temperamento de cada uno. La historia que relato (que trato de relatar) sucedió en mi pueblo en los fines de la primera década del siglo XX y está protagonizado por un hombre muy bueno, italiano, no recuerdo de qué lugar, y certificar esa marca de origen se me vuelve difícil porque hoy tendría ciento veinte años, lo cual hace imposible encontrarle algún contemporáneo. La primera historia que oí de don Juan Galli -de él se trata- refiere al más contundente romanticismo y lo hace inmigrante, chacarero arrendatario en principio, y luego asociado con sus dos hermanos tan solteros y atravesados en el habla "de Castilla" como el comprar una panadería, que a la postre lo dejará dueño único previo pago de la parte a sus hermanos
quienes regresan a la Península para no volver. Están los paseos entonces con esa niña cuasi púber o adolescente o demasiado joven y más delgada y pálida que lo acostumbrado, esos largos paseos por el Veredón del Ferrocarril: ella toda de blanco, con capellina del mismo color, breves botitas oscuras y una sombrilla celeste. Él tieso, envarado, de traje impecable, botín con polainas y un leve bombín en la testa de lacio pelo rubión y muy fino, un bastón de caña y los dedos de la mano libre encastrado en los bolsillos del breve chaleco azul. Iría recitándole a Páscoli o D´Annunzio en italiano. En la esquina, él descendía, muy caballeresco, le tomaba las manos enguantadas a la señorita delgada y entonces ella saltaba sonriendo y ruborosa, hacia la calle cargada de un fino y fastidioso
polvillo. Esta leyenda, lo advertí, termina con la muerte de ella, muy joven, hecho que, antes de producirse, provoca la promesa de él de permanecer en soltería perpetua. Se dedicó a las lecturas silenciosas cuando el arduo trabajo de la panadería se lo permitía, y de grande -ya pasados largamente los setenta- emprendió el aprendizaje de la guitarra, no recuerdo si con maestro o provisto de un manual con lecciones, cuando algún vecino (molesto tal vez por sus prácticas con las cuerdas lloronas del amanecer) le inquiriera, indiscreto, por qué siendo tan mayor le daba por la música, él muy jovial y pedagógico, explicó que Sócrates tomó lecciones de flauta hasta su último día. Recuerdo todavía, ya adolescente, trabajando en su panadería, alquilada a Alfredo Paggi, oía su guitarra monótona, ya
que él ocupaba una de las habitaciones del fondo. Era, un hombre tranquilo, minucioso, hablaba bastante bien el castellano y hacía un esfuerzo por pronunciar bien las palabras aprendidas no sólo en el trato cotidiano sino en los libros que consultaba constantemente y leía en idioma español, amén de los diarios o revistas italianas que se hacía traer. Tenía -lo recuerdo -una transparente mirada cariñosa en esos pequeños ojos celestes. La otra versión, que puede incluir todas estas conjeturas y aproximaciones y la salvedad hecha que sólo oí siempre por referencias de terceros esta historia, es que en la relación con esta señorita de quien nadie recuerda su nombre o apellido, no tuvo otra relación que el de clienta, en
su tarea cotidiana de vender el pan y las facturas y los bizcochos, casa por casa, con esa alta jardinera que arrastraba un caballo moro que don Juan Galli manejaba con silbidos. Y tal vez él le escribiera cartas de amor que no se animaría nunca a hacerle llegar, y que en ese tal vez podríamos conjeturar alguna serenata, con su desafinada guitarra, homenajeándola con un valsecito o un fox-trot melancólico, a ella y a su indiferencia de las persianas cerradas. Dicen que ni una vez -ni una sola vez- la señorita se dignó mirar a ese gringo, que se deshacía en galanterías lejanas y que ella consideraba ridículas. Y él, tan discreto, jamás habló de ella, o de su desolado amor sin compartir con ella y ese fracaso con ningún ser de este,
para él, desolado planeta. Y sin embargo, nunca perdió ese modo caballeresco y atento, casi ceremonioso con todos los que lo conocieron, tan buena persona, tan pintoresco. A mi me queda la imagen de su jardinera cuando con su silbido distinto detenía el moro frente a mi casa y mi madre salía con la cesta para comprarle el pan del día y él antes de partir con otro silbido, (era el momento más esperado por mis cuatro años ansiosos) introducía la mano en un pequeño canasto y alcanzaba a mi niñez asombrada esa rica jesuita azucarada como auténtica y nunca tan bien preciada yapa.
HABRÍA DE ABRIR*
Habría de abrir como quien no quiere como quien detesta
Habría de abrir con impremeditada delicadeza lo que no atinaría a repudiar
La noche que la muerte me arrastre a su agujero infinito de sarcasmo yo pondré todo lo mío en su garganta
Seré el libamen mismo en una ceremonia solitaria de pecados e incuria y de ironía inútil
Vendrá todo el dolor por mí y por las dudas las que no tuve las que pude dudar especialmente las que a veces ni he sabido que dudaba
Me rodearán manos esquivas de mis íncubos que no han sabido ni las dudas que he dudado
Un remolino desprolijo y negligente va a sumergirme en el final desesperado a bocanadas de ardor y de perdones en el eco atormentado de la nada Y el fuego equivocado de todas mis pasiones arderá en el recuerdo de mi nombre en el aire
Por fin no escucharé nunca más el latido ni el viento ni tu voz ni las tormentas ni el llanto disfrazado del que implora ni el tiempo del reloj en mi cabeza ni el rezongo tedioso de la histeria ni los gritos de amor y otros quejidos
Habrá nadie para nadie como siempre Nada distinto de la vida distraída
El hombre va caminando por aquel terreno pedregoso interminable. Un desierto sin arena, lleno de piedras y matojos que se extiende hasta más allá de donde alcanza la vista. Consulta una especie de plano detenidamente y busca a su alrededor. Está seguro que se encuentra en el lugar correcto.
Se dirige con paso decidido a su derecha donde se alza un pequeño promontorio de rocas, en un lugar algo desplazado de donde indica el plano, y ve el esqueleto recostado entre unas rocas que tienen una extraña forma de sillón sin patas. Le observa con las piernas cruzadas un brazo en la frente y el otro en el regazo.
Sin perder un instante empieza a cavar una fosa ignorando el tremendo calor y concentrándose únicamente en su cometido. En cuanto la acaba traslada el esqueleto al agujero y lo cubre con la misma tierra que ha sacado, disimulando cuidadosamente el lugar y su trabajo.
Seguidamente se va al promontorio y se tiende entre las rocas, sentado en aquella especie de sillón sin patas, y mentalmente repasa la postura: piernas cruzadas un brazo en la frente y el otro en el regazo. Cierra los ojos lentamente y se abandona.
Allí voy. Dormido y soñante con esos sueños habituales que últimamente se parecen tanto a mis desencuentros con lo real. Me desperté cuando la hermosa azafata pelirroja decía Une Station Saturne, Station Saturn, Stationieren sie Saturn y en algún idioma más que llegábamos en 10 minutos a la estación. Me había dormido siguiendo sus desplazamientos de ida y vuelta por el pasillo. Su presencia fue como un hada que me llevó a aceptar el sueño y casi con seguridad la repetición de alguna pesadilla para luego despertarme con la sensación de que se parece demasiado a mi vida presente. Como dijo alguna vez Rosa Montero: En algún momento del viaje este se convierte en una pesadilla. Es tan evidente -y cierta- la metáfora del viaje con la vida misma. Antes de tomar el tren hacia Carhue, pensé en la cantidad de años que necesitaría vivir para lograr la felicidad si
los pasos los sigo dando por el camino más largo, cuesta arriba y más lento que una tortuga. Me reí solo: no menos de 150 años y con buena salud para darme cuenta de los logros. En eso estaba. En retomar mis pensamientos calamitosos de antes de subir al tren y en la azafata que tenia un aire a una pelirroja nacida en Carhue a la que conocí en el trabajo ( Como la deseaba 20 años atrás cuando la veía llegar a mi oficina para firmar papeles de rutina).
Hasta que vi a Julián Fernández parado en el pasillo, haciendo payasadas como siempre entre un grupo de mujeres y hombres que era bullicioso y jodón como una estudiantina pero grandes de edad: 40 años promedio dije con ojo de entrevistador. Julián repartía algo casi invisible entre sus dedos a cada uno de sus compañeros que se levantaba con bolsos. No pude resistir la tentación y me levante a saludarlo. Con sus anteojos culo de botella, idéntico antes del tiempo pero con canas, él me hablo a los gritos antes que llegara a su lado: Urbano, amigooo¡¡¡¡ Julián, nuncaaa Centeya, conteste yo con un código propio de aquella época en que trabajábamos juntos. -Urbano, fue mi jefe en la constructora, dijo a los gritos para que todos se enteraran de quien era yo. Enseguida recordé aquella imagen de pelearme con el gerente de área, casi llegar a las
trompadas y renunciar. Pero con Julián seguimos siendo amigos después de esa partida borrascosa. Al tiempo él también se fue y se dedico a la docencia y al teatro. Me dijo lo mismo que acababa de descubrir: viajaba con su grupo de teatro y bajaban en Saturno para dar dos funciones seguidas, hoy sábado y el domingo. Venite Powell, la primera función es en un par de horas, después tomas el tren siguiente y seguís viaje. No resistí demasiado, le pregunte a la azafata si podía descender y seguir viaje con el mismo pasaje y me dijo que si, que era una política del ferrocarril que la gente pudiera descender en cualquier estación darse una vuelta, conocer y volver a subir a otro tren siempre y cuando sea del mismo día en que se inicio el viaje. No solo es bella, sino además dulce dije, y me entere por el cartel que lleva prendido en su chaqueta que se llama Analía. El amigo casi no me da tiempo de volver al asiento y
llevarme mi pequeño bolso que llevo colgado del hombro. Al bajar había una recepción oficial con banda de música y discursos. Solo alcanzamos a decirnos con Julián que los hijos están bien y creciendo cuando nos vimos inmersos en apretones de manos, presentaciones y palabras de bienvenida. Sólo retuve dos nombres, el de Hércules el jefe de estación y el del Ingeniero Orlando Williams delegado municipal en la comuna de Saturno -dependen del partido de Guaminí-. Me distraje. Vi una publicidad que colgaba de un tirante bajo el andén que me causo curiosidad:
¿Dolor de cabeza?
Venga del aire o del sol Del vino o de la cerveza. Cualquier dolor de cabeza se corta con un geniol. 30 centavos.
-Este pueblo atrasa por lo menos 50 años, pensé y me reí bastante. Ahora hablaba el ingeniero Williams, era el discurso de un anciano enérgico -70 a 75 años a mi cálculo- Hablaba del ferrocarril con un orgullo y una pasión inaudita, como lo haría cada uno de los ferroviarios que no conoció la tragedia de los noventa. Ahí mire a mi alrededor y en el público del pueblo solo vi ancianos. El grupo de Teatro de Julián y yo éramos los mas jóvenes. En el público había un intervalo de 65 a 80 años, ni mucho más ni menos. -¿Este es un pueblo de jubilados? -le dije a Julián. -Algo así, después te cuento bien camino al teatro. -me contesto con tono enigmático. No nos dejaron ir de la estación
hasta que sirvieron una picada con salamines y quesos y se hizo un brindis con vino tinto. Logramos salir. Le dije a Julián de ir caminando en escalera para conocer el pueblo y hablar algo. -Dale, -me dijo, el teatro de la sociedad italiana queda a cuatro cuadras pero caminamos unas cuadras más, no te entusiasmes en ver demasiado, el pueblo tiene 10 manzanas por 10 de este lado de la vía y otro tanto del otro lado. Casi enfrente de la estación se observa un edificio imponente al que se le están haciendo refacciones. -Es la universidad... El cartel que leo en el frente no deja lugar a dudas: "Universidad del viento de Saturno" y abajo una leyenda en francés, alemán e inglés. -UN DIEU LES ALLAITE(ÉLÈVE) ET LE VENT LES ENTASSE -GOD RAISES THEM AND THE WIND ACCUMULATES THEM -GOTT DIE ZUCHT UND DER WIND BELÄDT SIE.
-Que quiere decir? -No se, dice Julián, debe referirse a que es una universidad abierta
donde puede estudiar quien quiera sin requisitos de estudios cursados ni limite de edad. -Ajá, digo, pero no dejo de ver muy raro a este lugar y recién hemos caminado unas pocas cuadras. -Bueno, ahora explícame porque este pueblo no tiene niños en las calles y toda la gente que veo es anciana... Lo voy a intentar dice Julián y toma aire como si la cuestión fuese compleja y difícil de entender para una persona común y corriente como yo. -Viste al Ingeniero Williams? -Si, un anciano de una energía y convicción envidiable. -Pues él es el autor de la ley de ferrocarriles agrícolas y económicos de la provincia. -Me estás jodiendo. -No, es el mismo. ¿Pero cuantos años tiene? -El 29 de agosto cumplió 136 años. -No puede ser. Ese hombre no tiene 80 años. -Oíste hablar de Vilcabamba en Ecuador? -Si, una zona de las pocas que hay en el mundo dónde la gente vive más de 100 años. -Bueno, en
Saturno la gente no envejece. -Pero si son todos viejos¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ -Así llegaron amigo, llegaron viejos y así están: viejos y saludables. -Sabes cuales son las dos instituciones más importantes del pueblo para las que ofreceremos la obra en un rato? -Ya no me animo a imaginar nada más. -le dije resignado a que me relaten cualquier suceso extraordinario. -Un geriátrico y un hospicio psiquiátrico. -Tiene alguna lógica, la gente no envejece, pero tampoco rejuvenece como Brad Pitt en la película. -Exacto. -Y que obra van a representar. -pregunto adrede para recibir alguna respuesta aceptable para mi racionalidad. -Una versión muy libre de Saverio el cruel. Llegamos al cine teatro de la sociedad italiana. El amigo se va a unir al grupo y la obra empieza casi de inmediato, actúan con las mismas ropas con las que llegaron. Los que organizan son los internos del psiquiátrico. Venden las
entradas, lo llevan a uno al asiento numerado. Te dicen algún piropo: -Usted es tan lindo como mi nieto Agustín que vive en la capital. -No quiero sacar cuentas, tengo 51 años, esa será la edad de su nieto? Me sientan al lado de un viejito italiano, que enseguida empieza a hablarme, habla en un cocoliche, pero le entiendo que es nacido en un pueblo del Piamonte. Y que puedo llamarlo Don Alberto. -Y de donde es...? -me pregunta. -De Lomas de Zamora. Bello pueblo, bello, yo he visto cantar a Gardel y a Corsini en el teatro Coliseo. Y de memoria recita
Miro al passato, a i nostri bei vent´anni, Quando, venendo a te, l´anima allegra, Vergine ancor a tanti disinganni, Per i sogni piú belli popolata, Cercando un ragazza per un valzer Trovammo quí la sposa Madre dei nostri figli insuperata...
(Me dice que olvido al autor, que
la poesía era más larga...) -Pero usted era muy pequeño en aquella época, me atrevía a decir temerariamente.
-No crea, era un joven de más de 20 y muy fuerte, trabajaba de maquinista en el ferrocarril. Ese había ido con mi finada esposa Ornella. Cuando llegamos no había más entradas, la gente quedo afuera e io también. Pedíamos a los gritos a Gardel, y Gardel salió al balcón y canto para nosotros: "Cuesta abajo", "El día que me quieras", "Arrabal amargo" y otras que ya no recuerdo.
Empieza la obra, hacemos silencio. Sigo con un desconcierto que no para de crecer, pues no encuentro elementos para desmentir lo que esta ocurriendo. El amigo es el mantequero de Arlt y toca timbre. Lo esperan un grupo de jóvenes aburridos que quieren divertirse con él. Una anciana -presumo que es una enferma del psiquiátrico- se levanta y comienza a cantar en italiano. Puede que cante en dialecto pues no se le entiende nada. El amigo la va a buscar y la sube al escenario. Ella canta una y otra vez la canción, que parece una canción infantil. Sólo entiendo y retengo el estribillo: ¡Io sono Pinocchioooo!
Luego la obra prosigue y es por cierto una versión muy libre, he visto Saverio el cruel alguna vez, pero no podía imaginar al mantequero que no es ungido Coronel, sino Fiscal. Y es un fiscal que se preocupa
por pequeños hechos de corrupción. En el papel del Fiscal, mi amigo se ha puesto una peluca que lo acerca a Lennon y no a un miembro de la justicia. La acusada es una cajera de un supermercado y la acusan de haberse quedado con 25 centavos. Se para otra paciente e interrumpe:
-No la castigue señor Psiquiatra. Ella no tiene nada que ver. Acá esta la moneda que le faltó. (Y levanta el brazo y el foco de luz la muestra a ella con su moneda sostenida entre el pulgar y el índice).
-Estaba en el piso del comedor esta mañana y yo la encontré, ella es inocente¡¡¡, la voy a devolver ahora mismo. -El amigo reacciona y la va a buscar, a ella y su moneda que prueba la inocencia de la acusada. la moneda entra en la escena y el juicio se encamina a otro destino. La obra continua. Estoy en una especie de limbo que no me permite prestarle demasiada atención.
Me parece que esta por finalizar, el mantequero fiscal esta por desencantarse. Por descubrir la trama del engaño.
Ahí comienza a cantar otro anciano: ¡caprichoso garibaldino trulalaaaa!
No lo puedo creer. Es la canción que mi padre cantaba cuando quería referirse a mi tozudez. Mientras tanto en el escenario, el amigo y su grupo decidieron que esa canción era el mejor cierre posible para su obra de teatro. Subieron al pequeño anciano cantor y cantaron todos mientras el público aplaudía. Creo que fue demasiado para mí. Me levante sin antes dejar de estrecharle la mano a Don Alberto. Antes de salir, me detuve en la boletería y deje mi tarjeta para que se la dieran a Julián, escribí rápido en el reverso:
-Amigo, esta experiencia merece un café y varios whiskys, llámame cuando estés de vuelta por Capital, invito yo y sin discusiones. Abrazo U. Powell.
Según el horario que tengo el tren debe llegar en pocos minutos, asi que camino casi corriendo hacia la estación. Me parece escuchar a lo lejos el ruido de la locomotora y su silbato de
vapor. Increíble este pueblo. -Me digo. Hermosa experiencia. Prometo que volveré y que me anotaré para cursar algo en la Universidad del Viento. Mientras tanto seguiré envejeciendo como cualquier persona.
En el andén esta Hércules, el jefe de estación.
- 85 años verdaderos ni uno más, yo no me quito la edad como la gente del pueblo... -Me dice, y cuenta que es hijo de franceses y que antes de llegar a Saturno como jefe de estación trabajó en la compañía general, lo dice en francés "Une Compagnie Générale de Chemins en Fer de la Province de Bons Airs" y luego traduce: "Compañía General de Caminos de Hierro de la Provincia de Buenos Aires".
Dígame Don Hércules, ¿Que quiere decir la leyenda en varios idiomas que hay en el frente de la universidad?
¿Eso? -Si. -Dios los cría y el viento los amontona. Ese, es su lema académico.
La tierra del viento norte tiene su fortaleza una casa-fortín de toscas almenas, soldados de yeso, puente de madera. Es delirio de artesano con mala siesta. Tal como la soñó, junto a la puerta verdadera una falsa puerta de argamasa abría goznes a utopías niñas que salían a rodar en bicicleta. Se derrumba, también, la Fortaleza de tanta mala siesta. Pero la puerta espera.
(II)
La estatua, dura como ninguna, apoyada en su lanza, atisbaba el microcosmos de la calle reverberante, polvorienta, un enigma seco que se estiraba hasta el horizonte candente de la siesta. El sol se ensañaba ahora con su cuerpo de piedra, lo horadaba con zarpazos de fuego. Hervía ahora en una calentura llena de vapores que formaban casi un aura en sus contornos "¡Y pensar que mi piel nunca conoció ese otro fuego, el del amor!". Le dolía la cabeza pero no podía bajar la guardia, debía vigilar, desde el techo de la
vieja casa, junto a los cañones también de piedra, debía vigilar. La casa dormía su lenta siesta veraniega con despreocupada mansedumbre, aceptaba su aspecto tosco y sensual, como de hembra que muestra su humanidad maciza en un desnudo ingenuamente lujurioso. ¡Así fue siempre ella!, dos puertas al frente: una, verdadera, otra, falsa, pero para alcanzarlas, el portoncito de madera, y el arco con los pájaros de piedra que ocupaban eternamente su territorio mirados con intriga por los pájaros auténticos "Ah, pobres aves condenadas a no volar jamás!"; enseguida, el puentecito, el pequeño arroyo artificial, abajo, y los patos detenidos en su sueño de argamasa, peleando con el enano de jardín que estaba un poco más lejos, a quien siempre molestaron sus graznidos sordos, nostalgiosos de vida verdadera, hartos de no ser escuchados más que por otras estatuas, ávidos de respuesta en su antiguo soliloquio... Cada tanto el enano
olvidaba sus empozados rencores para cuchichear con ellos y con los pájaros del portón, las claves secretas de una revolución libertadora, pero el hombre del techo no se descuidaba nunca, y las intrigas se destejían antes de un primer ensayo. Jamás dormía, ni siquiera reparaba en el avance de la carcoma, el despojo en el que se convertía con el paso de las estaciones. La única molestia era el sol de las siestas veraniegas, pero lo soportaba estoicamente, que para eso era un soldado. Vigilaría la puerta falsa hasta el fin de los tiempos, la vigilaría aún cuando de él no quedara más que una masa informe de piedra erosionada, y entonces, ya no quedarían, seguro, ni los pájaros, ni los malditos patos, ni el revolucionario enano tozudo, ya no habría peligro de que alguien transpusiera la puerta. Mientras tanto, para los cautivos eran un consuelo las visitas de los niños del pueblo. La casa los excitaba, tan diferente a
las de ellos, a todas las casas que habían visto. ¡Hasta tenía un nombre: "La Fortaleza"! Su misterio les erizaba la piel; intentaban abrir la puerta falsa con la seguridad que sólo un niño puede tener, de que detrás había algo más que pared. "¡Ábrete, sésamo!"-jugaban, y simulaban conversar con las estatuas, las acariciaban bajo la mirada del hombre del techo que, descubrieron, los seguía hacia todos los ángulos, "Qué raro, ¿no?". Quizá alguna de esas veces, desde sus alturas, él sintió la soledad amarga de su destino de verdugo. Pero ahora no había niños, ni siquiera un perro vagabundo, todo era calor en esa siesta demoledora, la más ardiente que recordara desde que estaba ahí, vigía celoso de la puerta prohibida. La cabeza le dolía más y más, se sentía débil. Entrecerró los párpados y se dejó llevar por el sopor que lo viajaba por dentro... Se fue al garete hasta la infancia
que nunca tuvo y se soñó una madre, un vientre redondo y rumoroso, un cordón de vientrenauta, un rosado pezón tibio... una...
Cuando despertó la vio sentada en el puente con la mirada perdida en los patos pero con un cuerpo contundente, todo determinación. Y supo que era la elegida. Un calor diferente lo consumió. Venía desde adentro, emergía pintando con nuevos colores a su piel de estatua. Todo fue el torbellino de un instante: ella que se supo observada, que se levantó sin prisa pero con firmeza, ella que fue hacia la puerta, los pájaros de piedra que batieron las alas, luego los patos graznando con cadencias nuevas, el enano loco y él, él mismo, el soldado herido, herido de amor, que la seguían, que transponían con ella la puerta falsa en busca de la otredad, de un cielo tal vez vacío, del otro lado de las
cosas.
"Nada se compara a esa leyenda de semillas que deja tu presencia"
VICENTE HUIDOBRO
Cansa el viento zonda, amor, Tu ausencia mucho más. Languidece la luna desteñida, Jazmín del aire, en aire marchitado. Tenuemente ilumina El relincho cansado del caballo.
Cansa la sequía, amor, Tu ausencia mucho más. Magullados los cardos, Siguen las huellas vacilantes De los perros flacos.
Cansa la vigilia del carancho, Tu ausencia mucho más. Las penumbras vacilantes de la noche Huyen, tras un lagarto azul. Mi corazón muere de sed.
Cansa la soledad, amor. Despojados, la rosa y el espejo De presencias errantes, Buscan la plenitud del aire. Las semillas. Del agua, del fuego y de la tierra.
Cansa el olvido, amor Tu ausencia, mucho más. El caldén, tan callado, Con destino de poste, Con sus vainas preñadas de agorera savia. Camina lentamente sumándose A mis pasos. Enciende la lámpara y la luna. Trayéndome el descanso Profundo de tus ojos.
Me hieren el frío y la indiferencia en esta noche clara. Los latidos de un hijo asoman del vientre de una madre anónima que revuelve la basura en busca de alguna esperanza. Camino por la lengua del destino cerrándole los ojos a cada luna que muere.
nadie supo ser más libre entre sus miedos ni el ignorante y solitario miedo a no sé qué pudo anegar la marca de ser libre ni todos los destierros ni la ausencia ni la muerte inminente y la miseria ni el noble sacrificio depredador de tiempo a la espera de un después inalcanzable
vi escurrir cada sueño entre sus manos deshacerse en el instante mismo del ya estaba listo los vi esperar callar desesperar pude verlos bordeando los ocasos en cada corte repentino de la escala así los vi vivir desde su tierra errante sellando paso firme en el vacío quedándose vacíos a cada rato fabricando otro sueño a cada sueño roto esperando en silencio el famoso tributo a cada esfuerzo la vuelta de la vida que te paga la redención de todos los pecados
vi iluminar sus rostros en el momento mismo de cada alumbramiento disolviéndome en abrazos más seguros que el sol que me gobierna yo deshice su dios y sus esquemas yo desandé sus sueños y sus mitos para crecer mis alas y empezar de nuevo me enojé con su amor y sus misterios les negué más placeres que fracasos y ellos lo saben porque saben del miedo y ahí siguen impasibles secos quietos esperando un regocijo de alto vuelo el júbilo y la risa a carcajadas que todavía llevo embutida en mis huecos
Mis ojos no aceptaban otro rostro. El escenario elevaba su estampa hasta la línea de la luna. Su magnificencia danzaba entre batucada sanguínea y trajes de brillo dispar. Su voz se incorporaba a mi piel apunando emociones. Y la escuchaba cantar... y la descubría bailar. La adivinaba cerca y estaba tan lejos. Contemplarla pronosticaba garúa en mis retinas. Y en mi adentro se establecía el carnaval de su guapeza, su hermosura, su esplendor... Como olvidar los modales de sus ojos, la silueta de su cabellera, el perfil de su cuerpo, la elegancia de sus gestos, el tono de sus movimientos. Que ganas de abrazarla hasta lo inagotable. Que ganas de ofrendarle mi amor todas las mañanas en el altar de sabanas y bostezo. Que ganas de extender mi mano y obtener la seda de sus dedos. El carnaval dijo hasta pronto. Las comparsas iniciaron el exilio. Los estandartes,
las fantasías, la percusión, dejan en el cielo su mueca. Las desinhibidas coreografías, los pasos discontinuos y las caminatas desalineadas mudan su algarabía a otros suburbios.
Mi mirada quedo absorta enfocando el escenario, buscando su luminosidad, su semblante único, sus rasgos incomparables, su rostro inmejorable.
Y allí permanezco, en la esquina indicada, esperando el colectivo de la alegría, ese que ella conduce cada Febrero haciendolo rodar por Boedo y mis recuerdos....
Era un refugio la esperanza. Que el sol reverenciara la mañana, que alguien me diera su sonrisa, que entendiera el trino de los pájaros, que flotara en la nube, que brincara sobre buenos deseos y promesas.
El refugio era la esperanza... Pero un pájaro murió sin dar su trino y el sol enlutó su sentimiento; por eso amaneció un poco tarde. No hubo ni promesas ni reencuentros... ¡Qué desnuda quedé ante la vida cuando enterré en el jardín mis esperanzas!
Este domingo 11 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Almeida Prado. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Martín Giansanti (Uruguay) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Freundliche Grüße / Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur. www.euroyage.com Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA Tel. + Fax: 0043 662 825067
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Raro letargo amor, raro letargo. Remotas lejanías desnudas, llaman desde la piel dormida. Amordazan, anudan. Loco acróbata loco, mi corazón, Intenta desasir lo imposible.
Los nudos. Allí están. Acechantes. Alertas. Rama de mimbre, cadena, cordón umbilical. La piel oscura de mi padre y la penumbra- intacta- de mi madre. Lágrimas de piedra, bebe sediento el clavel del aire.
Raro letargo amor, raro letargo. El agua al alcance de la mano, El árbol genuflexo, con los brazos cruzados. A su sombra, descansa, rendida, la muñeca de trapo. Cabalga la distancia, en sus trenzas de humo En sus piernitas flacas, gime, anudada Una pena de nácar.
Raro letargo amor, raro letargo. Nudos de nácar, nudos, desnudos.
Mi madre y mi padre nacieron en Europa y se casaron en siete de julio, pero no en Pamplona. El arroz se dispersó entre sus cabellos jóvenes y su risa vital en un pequeño pueblo de la zona sur del Gran Buenos Aires, cuando todavía el tren hacía vibrar las juntas de brea y el adoquinado y, al traqueteo de sus desniveles ladeaban hasta la adrenalina los carros del lechero. Y el pan llegaba a la mañana con el olor de la levadura caliente servido por el semblante trasnochado del propio panadero que lo había amasado. A la fecha no he podido descubrir por qué Gran ni por qué Buenos, y menos, Aires, pero serán de las tantas preguntas que acompasan mi desconcierto frente a la dinámica y la taxonomía de la realidad. El cuerpo menudo de mi madre, que sostenía un rostro bello como pocas veces he visto, se envolvía de
pañuelos para contrarrestar la intemperie de ese paraje hostil de mediados de siglo que reemplazaba los paseos en la pradera con sus amigas, por el acarreo de baldes y la huida ante la furia y la amenaza del gallo en celo en los fondos de aquella construcción incipiente, poblada de proyectos más que de paredes. La gallardía de mi padre, recién llegado de su intermezzo entre la Italia del Adriático y ese mismo paraje desavenido, intermezzo recalado en un Sao Paulo con olor al mar de este sur, café intenso y garotas; pues, esa gallardía iba tornasolándose en un degradé lento, en el overol de la fábrica de plásticos y los kilómetros de bicicleta en espiral para abarcar en su totalidad los turnos alternados de esa misma fábrica.
Pero, eso sí, el día de reyes había regalos para todos los hijos de los operarios, y allá íbamos a recibir la bienaventuranza de un capitalismo laxante que se cobró la vida en
vida de toda la vida. El augurio de alimento y trabajo que vaticinaba aquel arroz del siete de julio de San Fermín no había fallado, era innegable, indiscutible. Quién tiene el coraje y las agallas de ponerse a discutir con un tano y con una tana acerca de la importancia de tener un trabajo digno. Discusión fútil.
Pasó mucho tiempo desde ese entonces, claro. Pasó el medio siglo que casi llevo viviendo.
Y la vida me condujo inocentemente, tal vez, si es que hay algo inocente en cada paso que impulsamos, a este otro paraje de los confines de otros Inmensos Malos Aires, ya no sé darme cuenta si peores o no tanto.
Un lugar donde todo está por hacerse pero no veo a nadie haciendo. Un tiempo en el que habría que deshacer pero no encuentro a nadie que tenga algo hecho. Un mundo
de quehacer que no sabe qué hacer.
Me distraje un momento con un gorrión chozno de Sarmiento, o eso dicen, alimentándose en el compost de mi huerta y bebiendo las escasas acumulaciones de la lluvia mínima en esta tierra yerma de sueños y de ímpetu.
Vi dos chiquilines bamboleándose en un subibaja inventado con un poste, esperando seguramente por otro destino, el poste, digo, no sé los niños, debajo de la llovizna de la mañana casi helada de este oeste.
Casi con un grosero pensamiento me pregunté si no sería todo más sencillo, si aquel San Fermín del ´56, mis padres se hubiesen dejado correr por un toro en
Pamplona.
Ellos cada tanto huyen a una vida anónima. Viajan en trenes comunes, con ropa sencilla y anteojos oscuros. Ella oculta pudorosamente sus múltiples tatuajes. Ahora cumplen el deseo de viajar en un tren de época recientemente reciclado. Viajan en un tren tirado por una locomotora Garrat -fabricada originalmente por Beyer Peacock- Que tiene 116 toneladas. La más pesada de la dotación original Midland.
El tren corta la llanura pampeana rumbo a Carhue. A los dos les gusta hacer el amor en ese camarote estrecho que los obliga a dormir acurrucados. En ese tren cuyo traqueteo se convierte por momentos en un suave vaivén de barco. Van al pequeño pueblo de San Fermín. Donde se anuncia una corrida de toros, sin toro. Muchachos y muchachas vestidos con sus ropas blancas correrán por las vías. El toro será un gigante negro y humeante que ha sido caracterizado a
partir de una locomotora North British recientemente puesta a nuevo. En una de las fotos que puede verse El toro tiene una boca gigante de utilería que raspa los durmientes de madera y debe devorar a varios de los corredores en los casi 1000 metros que dura la carrera.
El tren llega a San Fermín envuelto en sus nubes de humo y atravesando una densa niebla. Bajan. Ven partir presurosos a los recién llegados que son recibidos por parientes o amigos. A los solitarios que corren a ponerse en la fila de espera para tomar alguno de los pocos taxis disponibles en este pequeño pueblo.
No tienen apuro. Caminan el andén. Se acercan a observar de cerca a una locomotora que no quiere partir. Ni hundirse en la densa niebla que no deja ver mucha más allá del final de la estación. Es un amanecer. Ese es el primer tren del día que llega antes de que los rayos del sol se impongan a la niebla. El tren se va.
Los envuelve la soledad. Son una pareja de turistas que no tiene demasiado interés en salir de ese espacio mágico del andén de un pueblo perdido en la llanura. Del tren queda apenas un sonido que se aleja irremediable.
Ellos siguen allí viendo las fotos que revisten las paredes del andén. Un pueblo viejo que se extinguió y volvió a refundarse con la vuelta del tren. Están las fotos de las celebraciones previas del San Fermín hechas aquí. Caminan de la mano. Mano derecha de él a mano izquierda de ella. Están siempre como cuando están juntos y paseando, bastante ajenos al mundo. Hasta que la tensión en el brazo de ella los puso en guardia. Son esos peligros inminentes que se perciben en la piel antes que en la conciencia. Esa voz les hablaba en inglés norteamericano. La voz era de una gitana que se acercaba. -Hola Brad Pitt. -Hola Angelina Jolie. Ahora ambos se sobresaltaron por
igual. -Quiero que se cuiden, hay mucha envidia alrededor de ustedes. -hay gente mala que asedia la dicha. Angelina giro bruscamente y le dio la espalda por completo a esa voz a la que no quería unir con el cuerpo que se le acercaba. Brad se quedo enfrentando con su mirada fija en los ojos de la gitana. Su presencia era la actualización de una antigua pregunta: ¿Hasta que punto lo real esta construido por esos malos sueños? ¿Cual es el día en que las pesadillas alcanzan a lo real presente? Fueron instantes. Apenas instantes.
La gitana siguió hablándole a ella, como si él fuese apenas una sombra.
-No te vayas. No te escapes. -Que no te voy a violar.
Angelina volvió a estremecerse.
-A vos ya te violaron hace rato... -Remató la gitana.
Porque no te cortas la lengua. -Grito Brad con furia, mientras vio la imagen de la espada de Aquiles en el aire. Su espada que buscaba la cabeza de la gitana. Lo inundo el deseo de verla decapitada. De llevarse esa cabeza. Que jamás sería la de un santo como Fermín de Amiens. Pero la gitana eludió el corte y salió corriendo hacia el umbral de la estación. Después, se desvaneció en la niebla.
Ellos se miraron, por un momento se desconocieron. Descubrieron que fácil es ser desconocidos desde siempre y empezar a darse cuenta a un solo golpe del destino.
El no quiso decirle que ella habita en sus sueños desde niño, pero que la ha visto una y otra vez -Hasta ese día a prudencial distancia- en distintos lugares del mundo.
Angelina sintió el corte en su propia memoria de piel. Se preguntó si aquel suceso tan encapsulado en olvidos, había ocurrido un séptimo día del séptimo mes.
De la gitana misma quedaron dudas.
Hasta que vieron ese goteo de sangre, que se espaciaba y desaparecía al atravesar el umbral de la estación.
Diez de la mañana sobre la pampa húmeda. El primer sol primaveral reverdece en las copas de los árboles, el trino de los pájaros adormece la visión del caminante, y la llanura es cortada por la mitad por una tenue línea irregular. Son los restos del antiguo ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril Midland, desmantelado desde hace décadas, descomponiéndose en medio del paisaje como el atroz cadáver de un pordiosero sin nombre.
De pronto, sobre la monotonía del horizonte comienza a distinguirse una silueta que se acerca, sin prisa pero sin pausa. Al comienzo se asemeja a una aparición espectral, difusa, intangible. Pero a poco de avanzar, se concretiza, sólida, oscura, con una vaga oscilación que recuerda al rítmico sube y baja de los pistones de un motor de combustión. Sobre aquel paisaje desolado se materializa una zorra ferroviaria
manual, impulsada por un par de siluetas, esforzadas y persistentes.
Poco a poco van delineándose las figuras: son un par de hombres, vestidos con deslucidos mamelucos grises, moviéndose con una monotonía tan decidida como sudorosa. De espaldas a la vía, con la vista fija en el ayer, Eduardo Coiro -alias "Educoiro"- mueve la palanca arriba y abajo, con un brillo alucinado en la mirada y un peso inimaginable sobre ambos brazos, ya casi acalambrados. De cara al futuro, dejando atrás un pasado que ya no volverá, Alberto Di Matteo -alias "Aldima"- reproduce el movimiento alternado de su compañero, resoplando mientras hombros y espalda se le contracturan, y deja vagar la imaginación como una sutil manera de que el impulso cobre mayor fuerza.
-¡Vamos, Di Matteo, no me afloje! -, exclama Coiro. -¡Hay que volver a fundar estos
ramales ferroviarios, olvidados por la desidia de los prostitutos de siempre!
-No sé cómo vamos a llegar hasta el final -, replica Di Matteo, con un quejoso murmullo y la vista fija en la palanca. -¿Quién más va a sumarse en esta patriada?
-¡Eso no importa, compañero! ¡Hay que trazar un camino, crear con sentimiento, desplegar el sueño y la fantasía sobre este bendito país!-. Y de pronto, suelta la mano derecha, eleva la vista al cielo, y apunta hacia arriba con el dedo índice, cual si pontificara sobre una tribuna política: -¡Hagamos el esfuerzo, carajo! ¡Claro que vale la pena! ¡Nos cansaremos de triunfar!
Di Matteo también suelta su mano derecha, pero para tomar un marcador que lleva sobre el bolsillo superior izquierdo, y con él comenzar a garabatear las inspiradas
frases de su amigo sobre la manga izquierda de su mameluco, que luego transcribirá oportunamente, elaborando inspirados textos que los movilicen a soñar a ambos -y a sus lectores- con estar dando los primeros pasos para el lanzamiento de una revolución cultural que rescate aquellas antiguas glorias de un país que quizá ya no exista, pero que bien vale la pena homenajear. Resopla agotado, guarda el marcador en el bolsillo, y continúa impulsando la zorra hacia delante, inclinando la cabeza.
Sólo entonces descubre el singular detalle, incrédulo por no haber reparado en ello antes. Lo que se extiende a espaldas de Coiro, en esa porción de llanura que aún no han recorrido pero que se les avecina a gran velocidad, son las carcomidas ruinas de lo que otrora fuese una vía: fragmentos de rieles oxidados, tacos de durmientes comidos por las termitas, pajonales por doquier... ¿Cómo es posible que se lancen hacia semejante incertidumbre, sin
sucumbir en el intento? Sin embargo, al hundir la cabeza entre los hombros y espiar a través de sus piernas flexionadas, advierte que debajo del paso de la zorra, por detrás del impulso que van desgranando sobre la pampa húmeda, los rieles brillan con una intensidad inusual, como si los hubiesen acabado de fijar al suelo, aunque relucientes por el uso continuo.
-¡Refundemos un proyecto ferroviario, aunque sólo sea en el plano de nuestros sueños, con la mágica potencia de la literatura!-, vocifera Coiro por delante suyo, a espaldas del mañana.
Entonces Di Matteo fija la mirada sobre la oscilante palanca y cree estar viendo algo muy distinto al acero habitual con el que ignotos ingenieros europeos han construido estos vehículos. La barra parece estar conformada por un material extraño, parecido a una red, un tejido, un entramado de elementos misteriosos. Presta mayor atención,
entrecerrando los párpados que le arden a causa de las densas gotas de sudor, y sorpresivamente cae en la cuenta de su propio delirio: aquello no es una red de filamentos metálicos, ni siquiera la fragmentación atómica de los elementos, sino un macizo conglomerado de frases, letras y palabras, unidas entre sí...
Inmediatamente, ambos escuchan un estridente silbato, imposible de confundir, proveniente del lugar que acaban de abandonar.
-¡ES EL (Inven) TREN!-, aúlla Coiro, agotado pero inmensamente feliz, espiando hacia atrás por sobre el hombro de su compañero. -¡LO HEMOS CONSEGUIDO, DI MATTEO! ¡EL (Inven) TREN VUELVE A CORRER CON INDUDABLE DIGNIDAD SOBRE ESTAS VÍAS!
Di Matteo vuelve la cabeza y contempla en pleno día el nítido faro de una locomotora diesel a unos trescientos
metros de distancia, que se acerca a una velocidad mucho más intensa que la que ellos desarrollan manualmente, sin intención alguna de detenerse al alcanzarlos, en una suerte de criollo remedo de la horrible criatura generada por el Profesor Víctor Frankenstein.
-¡Va a pasarnos por arriba!-, exclama, con un último aliento.
-¡Por eso mismo, Di Matteo: ponga huevo y siga adelante! ¡Hay que llegar a San Fermín antes de que nos aplaste! ¡El (Inven) tren se ha convertido en una fuerza imposible de parar!!! ¡Síííííííííííi!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
"¿Quién me obligó a meter en este quilombo?", piensa Di Matteo, bufando y sin dejar de agilizar esa barra manual que ya casi parece moverse sola, aunque todavía necesite del impulso humano para darle
impulso.
Coiro comienza a reírse de felicidad, con genuina satisfacción. El cuerpo le estalla en una dolorosa contractura, el sudor se le adhiere sobre la piel, y el aire le quema los pulmones. Pero a pesar de todo, se siente tan contento como si volviese a tener siete u ocho años, y su padre le hubiese regalado un lujoso tren Lima, con decenas de vagones y tres modelos de locomotoras diferentes, acompañados por maquetas de estaciones y demás construcciones aledañas, todo ello dispuesto para establecer sobre una amplia mesa y dejarla allí, para jugar hasta muy tarde por las noches, o alegrar una borrascosa tarde de lluvia con el cautivante hechizo de un circuito ferroviario de juguete.
El sudor les chorrea a mares desde las frentes, descendiendo por los cuellos, creando enormes aureolas oscuras bajo las axilas, afincándose en las
palmas, asidas con obstinada firmeza a la barra de la palanca, mientras la locomotora Werkspoor 4613 se les abalanza voraz, cada vez más cercana. Y aunque cada uno resopla por causas diferentes, aunque las motivaciones sean tan variadas para cada uno de los dos, algo los une en una misma empresa: el placer por inventar, por divertirse, por delirar juntos de manera creativa...
-¡No afloje, Di Matteo, no afloje!!!
-Sos un dictador, Coiro... Siempre decidís por tu cuenta...
Así es como la zorra parece adquirir una velocidad autónoma al impulso manual que ejercen sobre ella, aunque ello no impida que el parachoques a rayas rojas y blancas de la locomotora les dé un topetazo por detrás, sólo para impulsarlos unos metros más, hasta llegar a destino.
Irrumpen de manera tan
vertiginosa en los terrenos aledaños a la Estación San Fermín, que hasta por un segundo les parece que allí no existía nada hasta ese preciso instante. La zorra se desmaterializa en forma inmediata, mientras ambos caen rodando sobre un andén muy pulcro, y a su alrededor se esparce una caótica lluvia de fragmentos de frases sin utilizar, ideas sin desarrollar y comentarios al margen. La locomotora a vapor ensordece el espacio con un silbido en extremo estridente, como el primer chillido emitido por un recién nacido, urgido de alimento, y avanza desbocada hacia el horizonte sobre unos rieles recién estrenados, dejando a su paso un ardiente halo de carbón quemado que les inunda la nariz.
Coiro incorpora a medias el tronco sobre el andén, mientras Di Matteo aún intenta recuperar el aliento del último impulso, con la mente agotada de tanto delinear frases dignas y coherentes, cuando contemplan azorados algo que jamás hubieran podido
imaginar por cuenta propia.
Al otro extremo del andén ven surgir, como otra aparición fantasmal, la solitaria silueta de un ciclista, ataviado por colores absurdos y chillones, como es la costumbre, y un oblongo casco azul con antiparras, quien sin frenar siquiera al ingresar en la Estación, incorpora el torso, alza los brazos y mantiene el equilibrio en los últimos metros del recorrido, mientras exclama:
-¡Sí, señores!!! ¡Treinta y cuatro kilómetros después, he creado la Bicisenda Ferroviaria!!!
Se desliza a su lado como una díscola irrupción "sorianesca", y desaparece en la primer curva, sin que ellos consigan llamarle la atención y preguntarle siquiera cuál es su nombre.
Ambos se ayudan mutuamente para incorporarse, sucios y maltrechos, y avanzan a los tropezones y en silencio, apoyados uno contra el otro, rodeándose los hombros en un fraternal abrazo, resoplando agitados, hasta salir de la Estación,
como un par de ignorados espectros, sin cruzarse con nadie. Al llegar a la calle de tierra, divisan en la vereda de enfrente un boliche de campo. Y hacia allí van, aún con ciertas frases colgándoles del overol, a la espera de tomar algo que los reconforte.
Acodados en la barra, por detrás de la reja que los separa del dependiente a la manera de una pulpería, ambos piden una ginebra "dalmasettiana". Como el hombre no tiene idea de qué le están hablando, se conforman con un breve vaso de caña. Y una vez servidos, mientras recuperan el aliento y observan el paisaje que los rodea con ojos curiosos, dignos de lingüísticos exploradores, se miran el uno al otro, con un extraño brillo de complicidad, como si se adivinasen el pensamiento.
-Che -, alcanzan a decirse, al mismo tiempo-: ¿Y si proponemos un "InvenTren" en zorra?
No hay nada que hacer aquí, ni toros ni plazas atiborradas, ni caballos enjaezados ni toreros de brillo y coleta. Nada de nada aquí. Una estación, vías brillantes, la sombra inexistente de una zorra que se atisba por el rabillo del ojo. Una zorra que avanza por los rieles si una está descuidada y mira un poco al costado, un poco al horizonte, un poco así mirando sin mirar con la típica expectación de quien atrapa fantasmas sobre fotografías desvanecidas. No multitud, no agitación, no clamores. Sólo dos hombres sudorosos y un tren que eternamente los persigue en un sueño, acaso en una pesadilla, en la zona que es la zona, ese lugar alejado de la realidad y sin embargo tan allí, tan aquí, tan próximo. San
Fermín y la resonancia del nombre pero ni banderillas ni trajes de luces ni rosas rojas entre los dientes apretados. Ni una trenza moruna, ni un tablao ni un atestado lugar que huela a circo y a muerte roja sobre negro. Solamente estos rieles relucientes que trazan las paralelas eternamente unidas en un horizonte imaginario. Sólo esta planicie, esta llanura, estos yuyos repetitivos estos fantasmas que sudan, que mueven la zorra a riesgo de tren y a riesgo de desaparecer finalmente aplastados por el peso, el tremendo peso del firmamento que vira al violeta. Por qué San Fermín. Aquí, en medio de la América. Por qué el recuerdo borroso de santos católicos, de iglesias barrocas, de cuerpos torturados de santos de imaginería en madera policromada y ojos vítreos para traer todito el dolor intacto, casi real. Por qué aquí, en medio de la nada es decir en medio de la América, este tren que no
existe y esta estación sin toros, hecha de fantasmas y de la única zorra que se apresura en ese viaje eterno de llegar a ninguna parte. San Fermín. Reloj detenido de estación abandonada. Fantasmas. No hay toros aquí, ni toreros. Hay, si, la sangre en los rieles, la sangre y la agonía del toro es decir la muerte del ferrocarril. Y el inmenso el inabarcable el marítimo clamor de las multitudes rugiendo frente a la ajena muerte. Ha muerto el toro de hierros y vapores de ollares sudorosos. San Fermín, señores. El carro lo engancha y arrastrando se lo lleva. Otros se regocijarán en la ignominia de celebrar sangres y derrotas. Cierro los ojos para no ver. Para respetar la muerte de rieles y edificio de cenefas airosas. Al cerrar los ojos perdura apenas, allí entre las luces de párpados clausurados, la imagen de la zorra y los fantasmas.
Nada queda de más. No hay nada, nada que hacer aquí.
-Lo pensé bien-, decía -y hasta resulta económico, embarcamos la camioneta en Autotren, nosotros cuatro viajamos en un departamento, al otro día, en Concepción, la retiramos felices y descansados. Recorremos el sector y de vuelta hacemos lo mismo. Son hartas horas, manejando perderíamos un día entero, en cambio en el tren nos vamos como a las ocho de la noche, comemos y nos acostamos, nos vamos durmiendo tranquilos y llegamos radiantes. Los niños pueden caminar, jugar, moverse tendremos una habitación para nosotros solos. Creo que sería una bonita experiencia-. Manuel trataba por todos los medios de ser convincente. Su esposa le contestó: -Tienes razón, pero, me asusta un poco, los descarrilamientos que han ocurrido ahora último, dicen que nunca le han hecho mantención a las vías y que el sistema está colapsado. Su marido arremetió: -De lo ocurrido no han habido más que
demoras, sé que dicen que el servicio está más lento, pero, iremos cómodos-. Tiene razón su esposo, para los niños sería una experiencia novedosa. Y quizá tan cautivadora como lo fue para ella...
Ese era un día especial, lo supo desde la mañana cuando su madre con inusitada jovialidad, se afanó desde temprano y los vistió. Los bañaría a la tarde les dijo, cuando les pusiera la ropa para el viaje. Este fue el inicio de la aventura, junto a su hermano mayor estuvieron todo el día viendo signos importantes. A la hora acostumbrada su papá llegó a almorzar y preguntaba insistentemente a su madre, ¿estaban listas las maletas?, ¿llevaba pijamas?, ¿también toallas?, a él no le gustaba que usaran las que ponían en el tren; ¿había cocido huevos para los niños? seguro que les daba hambre, ¿había preparado un frasquito con sal?, que no se le olvidara.
-¡Si hombre! no te preocupes, no es la primera vez que viajamos-. Era la respuesta invariable de su madre que hacía gala de su paciencia ante este verdadero inquisidor. Después de la siesta cuando su padre regresó al trabajo, su madre les bañó y vistió con sus mejores ropas. Ella se sentía encantada con su suave vestido rosado, calcetines blancos y zapatos negros de charol con pulsera, era su tenida para las grandes ocasiones. Sobre la cama la esperaba su adorado abrigo rojo. Al pesote de su hermano le habían puesto un terno corto azul, calcetines blancos, zapatos de cuero color gris y un abrigo azul, para completar ambos atuendos, a ella le tenían una boina roja y a su hermano un jockey gris. Ya no cabía en sí de excitación. Su madre les sirvió onces y a ella le dio un mareamin, esas píldoras picantes que nunca le habían gustado. -A tomarla calladita, así no se enferma del
estómago. -¿Por qué no le das a Iván?-, farfullo ella, mientras se la tragaba con algo de leche. - Porque él no se marea-. Fue la respuesta inmediata de su madre. La niña reclamo: - ¡Claro todo lo malo me ocurre a mí! Al poco rato el enojo se le pasa y con su hermano preguntan a con insistencia cuanto tiempo falta para irse a la estación. -Más tarde-. Fue la respuesta que repetida por enésima vez por su madre, no hacía sino excitarlos más.
Anochecía cuando llegó su padre en un taxi, subió todas las maletas a la parrilla del mismo. Entretanto su madre comenzó con el discurso previsible. -No olvides dar de comer al gato; la basura déjala fuera los martes y los jueves; lava los platos no los juntes en el fregadero, porque van a llegar hormigas; no hagas la cama recién levantado, ventilala sino se pondrá hedionda... -¡Mujer por Dios!, sólo se van por una semana-. Contesto él poniendo una
voz entre dramática y trágica. Impertérrita ella seguía con su letanía. -Todas las mañanas, dale carne al perro y leche al gato; suspende la entrega de pan, nos vamos a llenar de pan duro y a mi no me gusta comerlo...
Minutos después estaban instalados en el auto, su padre daba las instrucciones: -Llévenos a la Estación de Concepción-. El conductor contestó amable: -Inmediatamente señor, ¿a que hora pasa el tren? -A las 9:00 de la noche-. Dijo su padre. -Es bastante temprano todavía-. Respondió el taxista. Su madre que se había mantenido callada mucho rato refunfuño: -Si es que a éste, le gusta llegar una hora antes a todas partes. - ¿La señora viaja sola?- Inquirió el chofer, mirándolos por el espejo retrovisor. -Si, con los niños-, se apresuró a contestar su padre, mientras la sentaba sobre sus piernas y la colocaba al lado de la ventana, bajando un poco el vidrio de la
ventana.
El viaje de Talcahuano a Concepción no demoraba más de veinticinco minutos, era bonito el paisaje, después de dejar el caserío se veía el camino todo bordeado de verde, plantas, árboles y cerros se apreciaban de mil tonos distintos, ese año había sido especialmente lluvioso y la vegetación lucía exuberante, al fin a la distancia se vieron las luces encendidas de Concepción.
- ¡Como ha crecido la ciudad- dijo en voz alta su madre. -Así es señora, fíjese que están construyendo nuevas poblaciones, en las afueras de Concepción, dentro de algunos años no habrá campo entre Talcahuano y Conce, yo creo que ni se van a distinguir. -Es posible-, contestó ella dubitativa- pero, yo creo que faltan muchos años para ello todavía. -¡Pero, queridísima señora! eso mismo decían del puente y ya ve, tenemos recién inaugurado el puente nuevo. -Claro, sin embargo, después de los últimos temporales sin ese puente no habría habido trafico hacia el sur. Bien ya veremos si dentro de unos pocos años, como usted dice, habrán casas y no más peladero entre Conce y Talcahuano.
Habían llegado a la estación, les recibió ese olor indescriptible a maquinas y metal. Su madre la tomaba férreamente de la mano a su hermano, en cambio, le dejaban solo.
Mientras su padre averiguaba a que hora llegaría el tren, su madre protestaba, -¡Este hombre Dios mío!, si hemos llegado casi una hora antes, de aquí a que llegue el tren y nos instalemos... Su papá, acostumbrado a sus reclamos, aprovecha de entregarle a su madre unos cartoncitos pequeños de color ocre con letras en tinta verde. -¿Los revisaste?- le pregunta ella. -¡Por supuesto! Salida: día cinco de octubre; tramo: Concepción a Santiago; hora: nueve de la noche, el tren viene desde Puerto Montt y según dice el Jefe de Estación a la hora.
Papá les avisó que les tenía una sorpresa, la esperarían juntos, el tiempo pasaba y sentados en la banca de madera frente al andén, los niños miraban donde y cual podría ser, papá estaba tan misterioso, él insistía, realmente estaba a punto de llegar. En ese momento ella lo vio, por el andén caminaba rengueando ligeramente: su Tata. Lisa se soltó de la mano de su madre
y fue corriendo hacia él, su abuelo inclinándose la alzó en brazos. -¡Tata! ¡Tatita! ¿Cuándo llegaste? -Hace un rato me vine en el tren expreso y como ustedes no llegaban me fui al mercado a comer sopaipillas pasadas. -¿Te vas a quedar con nosotros?-, preguntaba ella, sin recordar que se iban de viaje.
Se reunieron con los demás, ella había tomado posesión del abuelo, ya instalada en sus brazos y cercándole el cuello, él, como podía saludaba afectuosamente a su nieto, hijo y nuera.
-¿Como está papá? ¿Qué tal el viaje? ¿Y mi mamá?- Preguntaba serio su padre. -Bien hombre sin ninguna novedad, Amelia con sus achaques de siempre, conoces como es ella. Su madre atino a responder: -¡Suegro!, esta si que es sorpresa. -¿Hola como está Ester?, lo que pasa es que Ivancito no estaba conforme con que ustedes viajaran solos así que la Amelia me mandó a que me pidiera el día a cuenta de vacaciones y viniera a buscarlos. -¡Pero, Iván! ¿Cómo se te ocurre molestar a tu papá? yo no necesito que me cuiden. -Mira fue idea de mi mamá, y además así aprovechó de descansar un día-. Contestó él entre divertido y feliz de tener quién cuidara a su familia durante el viaje. -¡Uff! ¡Vaya descanso!, se va a pasar todo el día sentado, debe estar cuadrado. -No Ester no crea, gran parte del viaje dormí y la otra aproveche de caminar por el tren,
además el viaje fue muy bueno, no tuvimos que esperar en el cruce de San Rosendo y las vías están de maravillas. -¿Cuanto demoró el viaje, papá? - Salimos de Santiago a las siete en punto, pero, tú sabes como es este tren de moderno y se detiene tan poco, estas maquinas Diesel son una maravilla. Llegó aquí como a las seis de la tarde. Claro que en San Rosendo hicieron cambio de máquina por una de carbón. En ese minuto la conversación fue interrumpida por la voz del altoparlante. "Señores pasajeros hace su arribo el tren proveniente de Puerto Montt con destino a Santiago. Increíble, pero esa última hora había pasado volando".
-¡Ese es!- Dice papá, indicando una maquina gigantesca que se acerca bufando peligrosamente y despidiendo sus nubarrones de humo, su chirrido al frenar hace que todos se tapen los oídos y alejen de las vías. En cuanto la maquina se detuvo, los vendedores vestidos de blanco y con canastos en uno de sus brazos, se abalanzaron a las ventanas del tren ofreciendo sus productos, sándwich, dulces chilenos, tortas; mientras eso ocurría se bajaron algunos pasajeros. Su hermano se coló en el carro más cercano, ella también quería ir, su madre no se lo permitió.
-¿Cómo él puede ir?, pregunto amoscada. -Él es hombre- le dijo su madre con su voz autoritaria que además de no admitir replica zanjaba culturalmente la cuestión. Su padre en tanto, sin prestar importancia a este hecho buscaba entre los números pintados en cada vagón, el código del carro en que estaban los departamentos. Al fin lo encontró, era uno de los coches más cercanos a la maquina, el orden en esta ciudad móvil era máquina, vagones con carbón, carros con departamentos, coches dormitorios, coche comedor, coches de primera, coches de segunda y coches de tercera. Caminar hasta el coche comedor era lo más que se exigía descender en esta micro escala social a los pasajeros vip y la llegada a éste estaba socialmente vedada aún a los más osados de los clientes de tercera. Las mezclas sociales al igual que en todas las otras áreas de la sociedad no eran bien vistas.
Una
vez instalados en el Departamento, papá le dijo: -El Tata los acompañará durante el viaje, cuando les hagan las camas, tu dormirás con tu mamá aquí abajo y tu hermano dormirá arriba, el tata tiene reservada una cama en el coche dormitorio, en el carro de al lado. En la mañana vendrá a tomar desayuno con ustedes. Pórtate bien y sé una señorita, acuérdate de todo lo que te hemos enseñado. En ese momento apareció la tromba de su hermano, ufanándose de haber recorrido todo el tren. -¡Hay un baño en la cola de cada vagón!, los nuestros son lindos con artefactos de bronce y limpiecitos; los de tercera son feos y huelen ¡huacala! - dijo poniendo cara de asco-, siguió parloteando -además para pasar de un vagón a otro hay que abrir una puerta, salir a una mampara y ahí otra puerta y sales y entre carro y carro hay un mecanismo como los enganches de mi tren de juguete y hay que estirar la pierna y saltar de un vagón a
otro. ¡Yo quiero que el tren se mueva para poder salir a cambiarme de carro! Mamá, ¡tengo hambre!, dame un huevo, o mejor un pan, ¡óptimo un huevito duro y un pan! ¿Qué te parece? Era bien camote su hermano, tan acelerado para hablar y bueno para intrusear que resulta de veras agotador, pero, ellas no pueden sustraerse a su encanto. Su madre presurosa y sonriente busca los huevos entre los pertrechos traídos para la ocasión, el Tata ríe a voz a en cuello con este nieto tan acelerado y hambriento. -Ester, ¿le dio onces a este niño?- Consulta haciéndose el serio. -¿Usted qué cree suegrito? Si este niñito tiene la lombriz solitaria. -Papá, dónde nos vamos a acostar-. Pregunta Lisa, que en esa pequeña habitación ve dos butacas enfrentadas donde caben sentados apenas dos adultos por lado. -Mas tarde les van a hacer las camas-. Dijo él sin aclarar mayormente el tema. -Ahora tengo que bajar. -¡Papi
ven con nosotros a Santiago! Dijo Lisa con los ojos húmedos. -No puedo mi amor, van con mamá y el abuelo. Ellos los van a cuidar. -Ester cuídese y salude a mi mamá-. Dice, mientras le da un beso imperceptible en los labios. - Adiós, mi suegro te llamará para avisarte cuando lleguemos. - Si Ivancito, no te preocupes, yo los cuidaré. Estaban sentados mirando hacia fuera del tren-. Díganle chao a papá con la mano- les indica el tata. -¡Chao papa!, ¡chao papa!-, gritaban los dos pequeños a voz en cuello. La maquina comenzó a bufar otra vez y junto con sus resoplidos se mueve lento, primero como si le estuvieran dando empellones, luego adquiere velocidad y una destreza inusitada en el movimiento, se desliza suave y de vez en cuando lanza sus pitazos imponentes, su padre quedó lejos atrás, en el anden, haciendo un gesto de despedida con su mano, cada vez más pequeño, hasta que resulta imposible separarlo
del paisaje. El tren avanzaba en la noche apenas distinguían las casas aledañas a las vías las que exhibían la pobreza de la ciudad.
Lisa todavía no entiende dónde van a dormir, la habitación le ha gustado está toda forrada con madera clara, las butacas tienen ese genero peludito llamado felpa y el piso es de madera reluciente. Al rato vino un mozo vestido formalmente con pajarita incluida y le preguntó a su madre si querían ir a cenar al coche comedor, ambos hermanos cruzaron una mirada traviesa ante esta propuesta. -¡Si mamá! ¡Di que sí! ¡Di que sí!- gritaron al unísono. Como si hubieran estado confabulados, indiferente a sus peticiones su madre respondió al mozo, casi con altanería. -¡No!, sírvanos aquí. -Señora: eso tiene recargo-. Explicó el mozo. -Bien, lo pagaremos, deseo estar tranquila- Fin de la posibilidad de salir a recorrer ese tren y disfrutar de la aventura. Ellos seguían
imaginando la emoción de cambiarse de carro. Fue divertida la cena, El mozo instaló una bandeja con patas que asió del costado del vagón y quedaron sentados frente a una cómoda mesa, comieron carne mechada con fideos, coca cola, y un pan. Los adultos tomaron café, a ellos no quisieron servirles.
Después empezó lo mejor, el mozo regresó a buscar los platos en una bandeja y llegó un auxiliar a hacer las camas, su madre trató de sacarlos del departamento, ellos se negaron rotundamente, observaron como desarmaba los asientos de las butacas, los extendía hacia adelanta, juntaba en el centro y dejaba una cama, paralela al costado del vagón, luego tendía las ropas. Esto que parece sencillo lo es si a uno no se le mueve el piso, el tren dentro de su suavidad adquirida con la velocidad constante que llevaba, de repente daba unos barquinazos, que según la posición del auxiliar y su pericia lo hacían dar rápidos saltitos, como de
boxeador, para no perder el equilibrio. La segunda cama simplemente apareció bajando el costado que estaba hacia arriba, recogida sobre sus cabezas, adosada a lo largo del vagón, casi verticalmente, ya estaba con sus ropas listas para ser usada, al costado traía una pequeña baranda, seguramente para que los dormilones no se cayeran. Ellos que nunca habían visto camarotes estaban deseosos de subirse. Su madre les pregunto si querían hacer pipí, ambos contestaron que si, ella les había traído una pelela, protestaron querían ir al baño. Así que su madre les llevó, ella entró con su madre y su tata y hermano se fueron al del coche dormitorio. El baño era tan pequeño que apenas cabían las dos, tenía un precioso espejo con bordes dorados y un lavamanos de bronce con un mueble de madera clara igual que la de su habitación. El carro se movía tanto que costaba usar la taza, cuando Lisa miro hacia dentro vio algo que se movía, instintivamente
se encogió. -No te asustes, lo que pasa es que no tiene fondo. -¿Y si me caigo?-, fue su pregunta. -No te preocupes yo te voy a afirmar y no toques los bordes-. Después de toda esta faramalla apenas si pudo orinar algo, es más decidió que la pelela era una excelente solución y que los baños de los trenes no le gustaban. De regreso en el departamento y metidos en sus camas conversaban acerca de la última experiencia, su hermano consulto: -¿Mamá y todo cae para abajo?-, ella contestó: -Si hijo todo cae a las vías. Iván insistió en el tema: -Y entonces... ¿Quién limpia?- nuevamente y con voz somnolienta: -Nadie, se seca con el sol. -¡Puff que cochinada!- dijo finalmente el pequeño Iván. La madre les acoto: -¡Ya basta!, ahora a dormir que mañana tenemos que madrugar-. A la par que apagaba la luz y encendía una pequeña lamparilla que iluminaba tenuemente la habitación.
Al
otro día, Lisa despertó muy temprano, no había sentido nada del viaje nocturno. Al poco rato los tres se hallaban vestidos, era temprano, pero, su madre no gustaba de ser vista en paños menores y prefirió ser la primera en usar el baño, así que antes de las siete ya estaban en pie, la madre los dejó a solas con el Abuelo y salió del departamento.
Ese era el momento, estaban a solas y podían hablar libremente: -Tata queremos conocer el tren... ¡Llevanos! ¡Di que sí! ¡Di que sí! -¡Umh!- él los miró, se hizo el interesante y dijo concluyente: -Tenemos que convencer a su madre. Cuando Ester regresó, les sorprendió todavía cuchicheando. Ambos miraron al Tata esperanzados. El dijo como al descuido: -Ester, ¿Qué le parece que tomemos el desayuno en el coche comedor? así en tanto hacen la habitación y aprovechamos que los niños conozcan... -Suegro, ¡veo que ya lo convencieron!- Contesta,
mirándolos y sonriendo- De acuerdo, vamos. Iván y Lisa se miran triunfantes. Aunque arriesgado fue entretenido cambiar de vagón el ruido ensordecedor comenzaba al abrir la puerta de la mampara, se hacia estruendoso cuando se pasaba de un carro al otro y luego se amortiguaba nuevamente cuando cerraban tras de sí la puerta de la mampara del coche siguiente. Mientras tomaban el desayuno su hermano divertía a todos imitando los sonidos del tren según los momentos del cambio de carro. Era divertido ver como todo en la mesa se movía. Cuando miraban hacía afuera veían pasar los postes con una velocidad sorprendente, lo que más los tenía expectantes era que les parecía que eran ellos en sus butacas los que estaban quietos y los postes avanzaban. Lisa se divertía pensando que a lo mejor era cierto ellos estaban quietos y el resto del mundo se movía, tardaría muchos años antes de entender porque se provocaba ese efecto, en ese momento le
pareció casi mágico y se archivó en sus recuerdos junto con el vaivén, los barquinazos y las demás anécdotas del tren.
Después del desayuno su Tata los llevó a caminar por el tren recorrieron todos los carros, la mañana había avanzado y hacía calor, más que en la tarde anterior en Concepción. El abuelo miró hacia fuera en un momento dado, vio la hora y les dijo: -Ahora a regresar al departamento ya vamos a llegar-. Hicieron el trayecto de regreso, al llegar notaron que ya estaban nuevamente las butacas armadas y todo dispuesto como el día anterior. Escucharon un murmullo, procedía de un pequeño ventilador adosado a una pared, no habían reparado en él antes. Al poco rato el calor molestaba. -¿Ester, le abro la ventana?- ofrece gentil el Tata. Al asentir ella, los hombres subieron la ventana. El aire enfrió la temperatura de la habitación....
La desilusión fue grande, trató de no demostrarla, la habitación seguía pequeña, más chica ahora que ella se empinaba en su metro setenta, con las dos butacas enfrentadas, los maderos claros que forraban las paredes, estaban casi negros y rallados con el paso del tiempo, las elegantes felpas de las butacas, hacia rato habían muerto, en su reemplazo se apreciaban las modernas felpas sintéticas ya peladas con el uso, del fino color café con leche a un mostaza ramplón, su sensibilidad digna de anticuario se sentía avasallada con el trato poco adecuado entregado a esas, en su opinión, verdaderas joyas. Tomó aire se dio cuenta que sus hijos estaban fascinados con todo, trajinaban bajo las butacas, querían ver como se armaban las camas, verificaron el funcionamiento de todos los mecanismos existentes, enciende-apaga el ventilador, enciende-apaga la lámpara, abrir-cerrar la puerta, subir-bajar la
ventana, sonrío, pese a la falta de mantención y la perdida de la belleza de antaño el tren seguía siendo una experiencia encantadora para los niños...
Estaban sentadas en una de las mesitas de afuera del pub, Lisa ha desarrollado talento histriónico para contar chascarros, Juanita escuchaba atentamente a su amiga y se reía de tanto en tanto con los pormenores de su viaje. -En resumen, no nos descarrilamos, pero, el viaje demoró tanto que casi habríamos ido más rápido si hubiésemos caminado al lado del tren, ¡que terrible!, sabes que desperté como a las seis de la mañana y recién estábamos haciendo el cambio de maquinas en San Rosendo, un bullicio y ruidos, que ni te imaginas, claro que Manuel y los niños dormían como troncos, ellos la pasaron muy bien, sólo por eso el viaje valió la pena.
-Cuento perteneciente al Libro "Chile: Punto de Quiebre y otros Relatos", año 2000. www.loretosilva.com
DESDE CUANDO FUI*
Desde cuando fui el Recitador Escolar implacablemente conmovedor representante de mi sexto grado ante una audiencia predispuesta a los versos de inexorable tragedia gauchesca de mi tío Gerónimo retorno al escenario de ese éxito -o fenómeno- inesperado
Desde cuando fui El Fotógrafo Cargado con película sensible y retrataba compañeras de estudio, de trabajo de mortalidad, de inmortalidad conservo además de los envases (Kodak, Fuyí) de los rollitos las entrañabilísimas copias de contacto
Desde cuando fui "el pueta" que Rina amaba no ceso de retornar al libro de edición bilingüe que ella me obsequió: a ese otro "pueta" que Rina amaba: Pavese
Desde cuando fui o pude haber sido El Cirujano Poetón conservo -entre otros instrumentos- el bisturí al que eran tan afectos -y con quien eran afectuosos- mis Fantasmas.
El tren continúa parando en las siguientes estaciones:
EDUARDO CASEY.
ANDANT.
CORONEL M. FREYRE.
ENRIQUE LAVALLE.
CORACEROS.
HENDERSON.
MARÍA LUCILA.
HERRERA VEGA.
HORTENSIA.
ORDOQUI.
CORBETT.
SANTOS UNZUÉ.
MOREA.
ORTIZ DE ROSAS.
ARAUJO.
BAUDRIX.
EMITA.
INDACOCHEA.
LA RICA.
SAN SEBASTIÁN.
J.J. ALMEYRA.
INGENIERO WILLIAMS.
GONZÁLEZ RISOS.
PARADA KM 79.
ENRIQUE FYNN.
PLOMER.
KM. 55.
ELÍAS ROMERO.
KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.
RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.
JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.
ALDO BONZI.
KM 12.
LA SALADA.
INGENIERO BUDGE.
VILLA FIORITO.
VILLA CARAZA.
VILLA DIAMANTE.
PUENTE ALSINA.
INTERCAMBIO MIDLAND.
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
Este domingo 11 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Almeida Prado. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Martín Giansanti (Uruguay) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Freundliche Grüße / Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur. www.euroyage.com Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA Tel. + Fax: 0043 662 825067
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El hombre lee a Conrad. Así, tal cual me siento yo. -se dice. Con su vida bien adentro de "El corazón de las tinieblas". En algún punto todo le resulta ajeno y hasta horroroso. Un exiliado de su propia vida. Alguien que se pregunta donde estuvo y donde esta la vida verdadera. En una espesa bruma, y no importa demasiado si es en un río que se interna en las venas abiertas del África. O es un barrio de Temperley. Es el exilio. La sensación de desterrado. Y todo eso ocurre mientras el hombre, abrumado en sus propias imágenes no puede avanzar de la página 79.
Pero ocurre un pequeño milagro para sacarlo de la lectura y -un rato- de oscuros pensamientos a tono con el relato donde la soledad existencial es un "no lugar" permanente más allá de tiempos, geografías y tecnologías.
Llega su hija con una insinuante sonrisa:
¿Cual es el último animal
del mundo?
No se, -dice el hombre sin demasiada imaginación.
-El delfín... -dice y se ríe con ganas y lo contagia al hombre que se ríe y se permite un instante de felicidad. Y aclara, por si las sonrisas no alcanzan:
Por que es el animal Del... Fin....
A la hora del mate
Al hombre la conocí en casa de Bob, mi ex suegro. Era uno de los tomadores de mate, o amigos de la hora del mate que se aparecían cualquier día a la hora señalada: 17. 00 horas, ni antes al costo de interrumpir la siesta sagrada de mis suegros. Ni mucho después cuando los ánimos y el mate se lavaban inevitablemente. Era, el flaco o el flaco Corwin, como todos le llamaban. Un vecino del barrio cuya amistad con Bob se limitaba a 30 minutos en visitas de una o dos veces a la semana. Era un misterio ese hombre que se veía tan tempranamente envejecido. Flaco, flaquísimo, la espalda encorvada. La mirada algo torcida con ojos claros muy hundidos en el rostro. Uno lo definiría como un gringo colorado, seguramente hijo de italianos que se establecieron, trabajaron, criaron un hijo y se
murieron en esta tierra hablando en su dialecto y lo mínimo en la castilla. Pero esto no viene al caso. Lo cierto es que el flaco estaba absolutamente solo en el mundo. Sin familia, ni mujer ni nadie que se ocupe ni le de sentido a su existencia. Entonces el flaco aplicaba -según sus propias palabras- la política de parches a la soledad, que significaba que en diferentes casas del barrio lo bancaran un rato cada una en la semana. Con Bob se llevaban bien si hablaban del tema preferido por mi suegro: denostar a Perón y todo lo que huela a peronismo de antes, de hoy o de siempre. El flaco hacia interrupciones aprobatorias en las historias que Bob contaba una y otra vez en la mesa a la hora del mate. Perón era el responsable máximo de los males argentinos, así como la historia -para Bob- empezaba y casi concluía con Perón. Eran los temas clásicos a la tarde, con un Perón que era un estudiante aventajado de sus profesores
europeos: Mussolini, Hitler y Franco. Al flaco le causaba gracia por que para él esos apellidos siniestros eran apenas los nombres de sus gatos de la primera y feliz infancia: Mussolini, Hitler y Stalin, incluso tenía un perro "el mariscal Rommel" que convivía pacíficamente con los gatos. El flaco Corwin acompañaba los relatos de Bob con frases absurdas o desopilantes que muchas veces no tenían relación evidente con lo que se hablaba en ese momento. Yo grababa mentalmente algunas y luego las transcribía en mis cuadernos de ramos generales donde convivían frases, con detalles de gastos y tareas previstas para la semana. Yo me preguntaba muchas veces que hacia allí a esa hora escuchando a dos o más viejos para los que el mundo se había detenido hace rato. Me lo preguntaba y no tenia respuesta salvo por Emily -mi ex mujer- la hija única de Bob y su mujer Pintora (siempre supuse que mi suegra pintaba para distraerse un poco de la
reiteración de discursos de Bob). Pero lo cierto es que con Emily llegábamos de visita. Me dejaba sentado en la mesa de la cocina a punto de tomar mate y a los pocos minutos se iba. Volvía bastante después de la hora del mate, a veces con bolsas que revelaban compras de ropa y a veces sin nada. Emily era -y es- un enigma para mí, salvo por el hecho de que yo quería una mujer rubia y de ojos celestes y ella cumplía con creces la condición. Era tan hermética como su madre a la que recuerdo siempre ida de todo y todos. Pasando horas a unos pocos metros de la mesa de la cocina, en el living con esos ventanales siempre estaban abiertos al norte y al paso de la luz solar. Allí ella ejercía el silencio, y la pintura con música clásica de fondo. Ignoraba o fingía ignorar las conversaciones que se desprendían de la mesa. Lo cierto es que yo me convertí en testigo involuntario de muchas frases condenadas a la nada. Bob y el flaco
compartían un profundo escepticismo sobre la condición humana, sus conversaciones iban y venían flotando sobre la idea básica de la decadencia irremediable de los valores. Eran Discepolianos, veían un mundo de lodo donde todos debían embarrarse para sobrevivir. Mundo cambalache casi copiado literalmente de la letra del tango. "El hombre con la mujer es como un perro con el hueso, cuando más revolcadas tiene, más le gusta" decía Bob. Y me miraba como si yo tuviera que darme como aludido por las idas y vueltas de la relación con Emily. Emily es Psicóloga. Ejerce como tal y siempre sospeche que ella había extendido su distancia instrumental de terapeuta a la relación conmigo. No había con ella posibilidad de discusiones abiertas, cerraba todos los caminos con interpretaciones y silencios. Su frase preferida que clausuraba todo después era "Esa es la sabiduría de lo inconsciente". Pero a mí me llamaban más la atención las
frases del pobre flaco Corwin. allí se exponía en su absoluta desesperanza con el mundo, su renuncia a entender sus reglas, a aceptarlo en lo más mínimo. Era también su manera de aceptar su derrota temprana a la funcionalidad de las cosas. Cómo aquella de "no existe la felicidad ni nada que se le aparente". Su obstinación por definir las cosas en códigos propios y frases que solo los entendidos podían descifrar, por ejemplo: "Los puros (por putos) de espíritu" era su manera invariable de definir a los políticos. Nada tenía sentido, ni superficial ni oculto. Nada podía conmover su radical desilusión. Había clausurado cualquier esperanza sobre la humanidad. Él -al igual que Bob- solo creía en la fidelidad de su mascota. Nunca pude saber como se llamaba el gato que vivía en la casa de Corwin, lo llamaba de siempre con nombres diferentes surgidos en el momento. Esa era su resistencia y rebeldía máxima ante el mundo:
No llamar a nadie por su verdadero y formal nombre. y no asignarle a nadie un nombre definitivo. A Bob nunca lo llamaba como Bob, sino como José, Josecito si le quería trasmitir cariño, u otros innumerables modos alegóricos como "el señor Fernández" "El padre de Soriano" "El nieto de Perón y Eva", "el capitán veneno", "John Silver", "Contramaestre Bob", "Fidel en la sierra", y otros que seguramente olvide de anotar o no pude presenciar. Bob le tenía una infinita paciencia, creo que también sentía lástima por el, su desamparo y su obstinación para vivir como Robinson Crusoe, pero en una ciudad suburbana. Su casa y sus pocos amigos vecinos eran parte de la isla en la que transcurrían sus días. El hombre había decidido demostrar en su propia existencia algo que yo temía extender al conjunto de los seres que sobrevivimos a esta sociedad de riesgos calculados y crueldades cotidianas poco mensurables. En esta sociedad de vértigos,
de desafíos a consumir cuanta novedad haya en tecnología. Cada uno de nosotros esta potencialmente condenado a ser un engranaje de relojería sin uso a partir de cualquier momento de su vida. Obsoletos, piezas vivas de un mundo que no deja de producir museos de época en cada barrio, en cada casa.
Bob era una institución y un espíritu conservador aparentemente afín al flaco. Para ellos nada nuevo valía la pena. Tenía un juego de sillones del living de comienzos de los sesenta y decía con razón que los muebles modernos eran una porquería, especialmente desde el invento de la madera aglomerada y la fabricación automatizada en gran escala de muebles. El flaco completaba diciendo que ni en autos ni en mujeres se había producido nada valioso después de la década del 50. De las mujeres decía cosas poco amigables como "tiene un Bush (por agujero) en el cerebro". Su auto -en rigor los restos de un auto heredado de su familia- un Plymouth Fury modelo 1958. Era " el mejor auto del mundo" y prometía que cuando consiguiera los repuestos que le faltaban saldría con él y no se detendría hasta conocer el océano Pacífico. "Hasta la costa de Chile y si puedo más allá..." Esta
sociedad no esta preparada para dejar crecer a la gente, anotaba yo mentalmente y seguía viendo cuando mi presencia y la del flaco coincidía con un Bob encendido y parlanchín escenas dignas de una película del estilo "Good bye Lenin". La historia sobre la rotura -y virtual inutilidad- del auto del flaco, era -y sigue siendo para mí- tan increíble que un día fuimos con mi suegro a comprobarla con la excusa de devolverle un libro que Corwin la había prestado a Bob unos meses atrás. Su auto reposaba cubierto de tierra en un garaje enorme que también era el cementerio de todos los objetos heredados a su familia. Herramientas de su padre, los restos del auto que no funciona desde muchos años atrás y objetos patéticamente inútiles, conviven en ese espacio generoso al que el flaco bautizo colgando un cartel pintado a mano con grandes letras rojas, legible desde la vereda de enfrente que dice "Sede igualdad de oportunidades". Nosotros
siempre sospechamos que la historia era una mentira flagrante y ponerla al descubierto era solo cuestión de mirar. El auto tenía todos los signos de haber sido afectado por un derrumbe desde el capot hasta el techo sobre el asiento del conductor y acompañante. Lo que se cayo podría haber sido un piano o un elefante, pero el flaco siempre contó una y otra vez que había sido un toro caído desde un camión jaula que pasaba por la calle donde el -afortunadamente- había dejado estacionado su auto. Afortunadamente, porque el estaba en la cola de Rentas, sino no la contaba. El parabrisas no existía y se veía un rosario colgando del espejito retrovisor. Justo aquí, -y el flaco señaló al rosario-, me encontré colgadas las bolas sangrantes del toro... La verdad es que reimos con esa imágen hasta quedarnos sin aire. También dimos por cierto algo más de esa fantástica historia. En el techo se ven dos agujeros enormes,
que según Corwin, dejaron las astas del toro que perforaron el techo y llegaron a clavar el asiento de pana del conductor. -Me salve por que Dios es grande, decía.
Nosotros nos rendimos a la evidencia y a partir de ese día creímos esa y otras historias aparentemente disparatadas del flaco.
El escenario fue así, parecido a lo que les cuento, durante años. Las visitas del flaco. Los monólogos de Bob. Mi presencia como testigo - observador silencioso. Emily que llegaba conmigo de la mano y a los pocos minutos fugaba a la calle. Hasta que un día. La costumbre de renombrar al mundo, sus habitantes y seres vivos o muertos, le significó al flaco un traspié definitivo. Corwin llamó de otra manera a Shirley -la perra bóxer de Bob, a quien seguro mi suegro amaba más que a su mujer e hija juntas. El pobre flaco la llamó "Ramona". Probó una y otra vez, esperando que le festejaran la ocurrencia. Se produjo un gran silencio y un clima de tensión en el aire, de esos que se cortan con tijera. Bob entro en un hueco de silencio, de esos que como
estelares agujeros negros no dejan de crecer y tragarse toda luz, palabra y gesto que tengan a mano. Al poco tiempo, el flaco comprendió que ya no era bienvenido en esa casa y no fue más. Meses después me separe de Emily y deje de visitar la casa de Bob.
Pero por lo que se -y puedo suponer-, nunca más lo perdono.
A LA CARNICERÍA HAY QUE IR CON PLATA...
Él necesitaba escribir. A primera hora, cuando los zorzales cantaban a la primavera. Mientras su mujer e hijos dormían... Él quería escribir. Hasta la media mañana al menos, cuando empezaba a escuchar a su mujer que protestaba desde la cocina: -"A la carnicería hay que ir con plata".
-Seamos vegetarianos y felices. -le contestaba a los gritos desde la habitación.
No tuvieron que cazar para comer perdices.
Ni dejaron de ir a la carnicería. Ni fueron felices.
Él, no escribió nunca más.
ORACIÓN
Creo en la bendición de Ramón. En el saludo del Zuzo. Y en la mirada del cura en bicicleta.
Creo en Ramón el ciego. En Zuzo que es gallego y zapatero. Y en el cura que va y viene en bicicleta.
Creo en Ramón que en su voz santiagueña me dice "que Dios lo bendiga", cuando en la escalera de la estación lo encuentro sentado en su puesto. Con la palma abierta.
Creo en el Zuzo que es gallego y zapatero. Y mientras espera clientes que no llegan saluda como un vigía. Como se saludaba a lo antiguo y a lo lejos moviendo el brazo en 180 grados. Confirmando que todavía estamos ahí Para darle alguna persistencia al mundo.
Creo en el cura que va en bicicleta bajo sol o lluvia, todos los días a la misma hora con su mirada hundida de gringo obstinado. Para dar misa a las internas del
psiquiátrico.
Creo en el saludo del zapatero sin clientes. En la bendición del mendigo ciego. En la mirada sin padre del cura bueno al que llamamos -de pura costumbre- "Padre".
No creo en ninguna institución que administre la palabra "Dios".
Ese mundial era nuestro...
Gnomo, era su nombre de compañero y su apodo en la escuela industrial.
Cruzó la avenida Mitre en Villa Domínico y enfiló para el bar, faltaban 10 minutos para la cita, pero él siempre llegaba temprano mientras terminaba de armar "el minuto". Aunque sabia que su rostro no espejaba el amor, pensó en decir que esperaba a la chica que había conocido el fin de semana anterior en el parque Sarmiento. Sí, casi enfrente. Entró. Ese lugar era más razonable para levantar quinela clandestina que para esperar una señorita. Piso con la seguridad de la repetición, no era la primera vez que se reunía con compañeros del partido. Eligió una mesa individual, seguramente incomoda para la reunión prevista, pero desde ahí en el centro de ese lugar indefinible se controlaba con la visión la puerta, la avenida, las hojas de ese otoño amarillo casi siniestro. Ese lugar era imposible para un encuentro amoroso... Oteo el lugar, en una mesa grande hecha de tres
individuales estaban 8 tipos.
Parecian oficinistas. Divertidos, relajados, daban por seguro el triunfo de la selección y de eso hablaban, muy argentinos. En el reloj eran las 18 hs, las últimas lágrimas de luz se fugaban de la crueldad entre los autos interminables de la avenida.
La puerta era ese umbral de ansiedad. No sabía quiénes iban a venir a esa reunión además de Pocho, el responsable de la zona sur. Intuía, que en esa reunión clave, podrían asistir los cuadros más destacados del Partido. Bueno, al menos los que no estaban ya secuestrados.
Del frío apuro a fondo el café doble. En la radio el gordo Muñoz relataba. Nunca faltaba algún comentario afin al que "los argentinos somos derechos y humanos".
Un gusto amargo de tiempo difícil lo acompañaba de sol a sombra, él estaba "levantado" y casi todos sus compañeros tambien, viviendo en pensiones o casas del pueblo. Otros, abandonados a su suerte, vagaban por las calles. Temían volver a sus casas. Varios dirigentes del comité central fueron detenidos, y serian "desaparecidos" de la dictadura. Muchos pendían del delgado hilo de cuerpos resistiendo la tortura y el terror...
A las y media empezó a inquietarse, ni siquiera Pocho había llegado, -no pasa nada el transito está jodido a esta hora y con ese Citroen 2cv no se le puede pedir nada¡¡¡-
Volvió a conectarse con la mesa de oficinistas festivos, el clima de cargadas era total y grotesco: ni señora, ni hermana, ni madre estaban a salvo de esa horda primitiva. Un gordo grandote se paró haciendo cuernos con la mano derecha, diciendo "voy con tu mujer..", otro fulano tomó un sifón y parandose amenazó con apagar ese escandalo. Asqueado, desprecio el show por un instante y volvió a fijar la mirada en la puerta. ¿Llegaban los "cumpas"?
Un chorro de soda en los ojos lo desubicó, ¿qué carajo les pasa? !, -gritó. Ya era tarde. Dos 9 mm le apuntaban. Le aplastaron la nariz contra la mesa mientras lo esposaron. A los golpes lo llevaron hacia la esquina de Centenario Uruguayo. Una mano le apretaba el cuello desde la nuca y solo podía ver esas baldosas vainilla, - ¡ zurdo de mierda....te dejaron solo ! -Pudo ver la marca "Ford" en la camioneta, en la caja, hundido en un ángulo estaba Pocho, ojos vendados, la cabeza que quería tocar el pecho y no podía, las manos esposadas coronaban los parietales y se sostenian en la cumbre de las rodillas. Era una estatua congelada en horror... la queja parecía tardía, inútil, - me batiste...-Esa voz , de muerto en certezas, lo corto en filo - no seas boludo... el partido se terminó... Despues de la capucha, casi en asfixia, lo aplastaron en la cabina, sentía el
peso de las botas en la espalda. Casi no hay palabra con Pocho, sólo una frase : -No dije todo, dejé tu parte....
El tiempo se había detenido. Era una ruta a velocidad constante. El aire que silva de los vehiculos que cruzan. Cuando se presentía la llegada a destino. Antes de la despedida con Pocho, quedó una frase flotando, dicha con tono de orden: - ¡No te hagas mártir, ya no queda nada para defender! -
La recepción fue con patadas y una piña fuerte en el estómago, doblado, a vomitos, entro en la celda. No estaba solo, dos tipos respiraban con antiguedad en el lugar, -¿ Te golpearon mucho pibe ? - - Podría haber sido peor-. el silencio no tenía edad, y había que economizar palabra en esa incomodidad de escuchar consejos."Hace meses que estamos en este pozo, no dormis nunca de los gritos, y aun en sueños, los soñas como si estuvieras despierto... Despues de tres o cuatro sesiones de parrilla vas a cantar lo mismo y además vas a mandar al frente a cualquiera para tener alivio entre picana y submarino. "Eran dos oficiales Montoneros, también vendidos por su jefe." Tratamos de evitar la tortura y colaborar, con suerte algún día volvés a ver la luz y la familia va a necesitar que quedes entero..." "¿Sos del PCML, no..? Los paras se burlaban, decian que estaban
llegando los antifascistas, los amarillos de Mao... Bueno, con Uds, van a ser cordiales, no les tienen tanto odio, no les boletearon a nadie.... ¿Para que tenian los fierros? ". El no contestó, no quería oir más."Nosotros estamos jodidos, si nos hubieramos largado con la guita de los Bunge estariamos tranqui." Hablar no servía. La humedad y ese olor a moho penetraban hasta los pulmones, no daban ganas de respirar.Temblaban de frío, abrazaron los cuerpos para refugiar un poco de calor, en la brutal necesidad no había diferencias ideológicas, el desamparo los acurruco como cachorros.En el alba, lo sacaron sin palabras, solo manos en el cuerpo. Esa habitación, era calida despues de la celda y parecía seca. Sentado,le descubrieron la mirada y los ojos no podian ver nada despues de tanta pupila negra, negados a la luz, sus ojos no veian nada humano ahí, enfrente, del otro lado.Detrás de un viejo escritorio estatal, gris metalizado, estaba el
"Ratón", un cuadro, un miembro de dirección del partido. El mismo elocuente y seguro camarada, un teórico, surgido de la docencia universitaria.Ahora, se lo veía mortal, con ojos gastados de tanta luz artificial. desprolijo, la barba de días. y ese bigote tipo militar proliferaba en el de Niestche. Sin vueltas, comenzó el interrogatorio...."Las autoridades de este lugar me piden los datos que tenés sobre los militantes del partido y de otras orgas.... acá, ya se sabe que hay militantes de base que dependen de vos..... y Pocho no dijo todo lo que podía decir, así que ahora te toca descargarte a vos.....-¡Traidor hijo de puta ! - - Mirá..., le dijo el Ratón en resignación, acá no hay lugar para heroismos, casi todos hablaron para demostrar sumisión y mostrarse quebrados, y al que no se quiebra, lo quiebran en la tortura.
¿Qué pasó con el "Gran Timonel"? entregó hasta la señora y los hijos. No hay nada en pie, y vos no te vas a inmolar por 5 o 6 boludos que ni siquiera los van a ir a buscar....¡¡¡, al Pato lo reventaron y cantó. Entre vomitar ahora y hacerlo reventado da igual. Estamos en sus manos. Pensalo, despues te interroga el encargado -El captor que aguardaba a su espalda lo tabicó y lo condujo a una nueva celda, esta era de aislamiento, la altura no permitía ponerse de pie, solo moverse de rodillas. Era una cucha donde no cabian un cuerpo y su alma. El hambre y el frío no dejaban dormir, los alaridos tampoco.En ese tiempo sin tiempo, toda su vida parecia correr en imágenes y representaciones veloces, daba vértigo y mareos. Nauseas.¿ Y los viejos...?. No sabían de él desde un mes atrás, cuando se había levantado, sintió como nunca que los quería, quería volver a verlos tomando
mate bajo la parra, comiendo la picada con el vaso de vino tinto, respirando el aire fresco de la quinta y el aleteo en torcazas.desde esa mazmorra infame recorrió postales de esa impensada militancia que lo llevo hasta ahí, fuera de la civilización y pronto, quizá, de la vida también. ¿Era la revolución lo más importante? No era difícil hacer una revolución en encuentros de música y lectura, leyendo sobre la crisis inevitable del capitalismo entre mates y sonrisas.
La puerta se abrió en el ensueño, en pasos de temblor trato de recordar que compañeros conocía tambien Pocho, su vida dependía de esa coincidencia..... -En un flash aparecián rostros, intactos, confiados, indefensos, abandonados, perdidos, ¿Qué sería de ellos? ¿Cual sería el suyo? El encargado fue breve: Habla y rápido, sino te pasamos al asador, y los muchachos de la parrilla estan apurados porque va a empezar el partido de la selección, no te hagas más el pelotudo...
Afuera, no tan lejos de ese chupadero, multitudes estallaban festejando el triunfo de Argentina sobre Holanda. Ese mundial, era nuestro.
DEL REPARAR AL MUNDO...
En los últimos dos años ha visto mucho cine viajando. Pedazos en realidad de películas, imágenes sueltas. Ese hombre sabe que es un hombre sacudido y estallado en pedazos. Un hombre que va y viene, y que ese día esta apenas anestesiado por el dolor. Sale de pensar con la vista puesta en el paisaje lábil que le brinda laventanilla y ve a Richard Gere en el personaje de un profesor de religión escribiendo en un pizarrón "Tikkun olam", explicando que quiere decir "reparar al mundo". Cuando el hombre consigue encontrar su anotador la película ha avanzado, como el micro, y como todas las cosas entregadas a su propia velocidad, ha avanzado. Sólo logra anotar dos frases aisladas más, bastante poco para una película de más de hora y media:
"Amar las cosas de nuevo". "Reunir fragmentos". ¿Cómo se logra eso? -se pregunta. ¿Cómo se hace para reunir esos pedazos en los que su vida trascurre estallada? ¿Como se hace para amar las cosas de nuevo? ¿Para querer y quererse a pesar de las tareas imposibles en las que se ve una y otra vez inmerso a lo largo de su vida? Mientras, siente que esta demasiado acostumbrado a la tristeza como sombra de sus pasos. Afuera, un ave de nube flota al celeste intenso del mediodía.
EL VIEJO CAPITÁN...
Día tras día a la misma hora. Cuando el sol pasaba por su ventana del living de su departamento en el cuarto piso. El hombre se sentaba a fumar su pipa mirando al este. La vista fija. Una estatua que apenas cobraba vida por debajo del movimiento del humo. Para nosotros que lo veíamos cada tanto desde nuestra ventana del 8º piso era un viejo capitán de mar. Quizá por la pipa y la barba enrulada y blanca. En invierno se colocaba una gorra gris de abrigo igual a la que usaba mi padre y que un día de 1996 decidió regalarme. Un loro grande del color de los loros que cada tanto se paraba sobre el hombro derecho a tomar sol con su dueño. A su izquierda se veía una gran jaula con un canario amarillo que saltaba de un palillo al otro, de este a oeste. El loro y el canario
parecían ser sus únicas compañias. No podíamos ver la figura completa de ese hombre al que sólo veíamos y conocíamos sentado de cabeza a la cintura, pero imaginábamos que tenia una pata de palo y como en las películas de los piratas podíamos oír un lejano eco del golpeteo de su pata de palo cuando se alejaba del timón por la cubierta de su fragata. Era sólo eso. La imagen de un hombre viejo y sólo viendo por la ventana hacia donde unos kilómetros más allá el río de la plata inunda las costas del balneario de Quilmes en las sudestadas. Durante la hora u hora y media en que el sol bañaba de luz y calor su ventana. Luego, en su camino al oeste el sol quedaba oculto por la altura del edificio -15 pisos- dejaba luz pero ya no rayitos en invierno ni latigazos en verano.
Una semana completa de invierno llovió y llovió y no tuvimos sol. Cuando volvimos a buscarlo con la mirada atenta al ventanal del 4 piso, la persiana
estaba baja. Así uno y otro día y meses también, hasta que ya no esperamos encontrarlo en su puesto de lucha. Se habrá muerto, -dijo mi hijo. No se. Quizás volvió a navegar. Y está en su nave persiguiendo al horizonte. Hasta descubrir con sus propios ojos el nacimiento del sol emergiendo desde el fondo del mar -dije yo, con mi habitual negación a la muerte.
Lo cierto, es que también desapareció aquel enorme bote colgado de gruesas cadenas que el hombre tenía a la altura de su ventana del living. Por lo que supe tiempo después, su bote le había traído graves disgustos con el consorcio de propietarios del edificio.
A GOTAS...
Su cuerpo era tan de nube blanca que mis manos se hundieron al cielo
*
Le prometio fidelidad. Y fue fiel al maltrato por muchos años...
*
"Era solo un juego"
(Nunca se perdona que descubras un juego inconsciente).
*
Amurallada al sentir. Con apenas una hendija para ver el afuera. Distante y cercana a la vez. Así era y así es.
*
Ella borda gotas como voces las hace río, les devuelve un sentido.
Cumpleaños
Ahí va el hombre caminando por su barrio con las manos en los bolsillos. La cabeza en nada o pensando en que se acerca la fecha inexorable de su cumpleaños. Y no cualquier cumpleaños, sino uno con decimales, el número 50. Camina y camina sin destino fijo, es la terapia del caminante que aplica cuando las cosas lo abruman y estar adentro de su casa lo angustia. El hombre vive con su madre y el gato en una humilde casa suburbana. A pesar de sus esfuerzos en algunos arreglos de mantenimiento, la casa no esta presentable para festejar allí su cumpleaños. Su madre actualiza una sensación antigua que el hombre seguramente ha heredado: "mira esos sillones rotos y las paredes sin pintar" -Somos los pobres de la familia. Se lamenta una y otra vez. Actualiza a sus casi 80 la sensación que
vivió en su infancia, sin casa propia, sin padre y con parientes de buen pasar económico. Una desvalorización antigua que se proyecta como una sombra perenne cuando cada ocasión lo demanda.
Así va el hombre remontando sus pensamientos como si escalara montañas. Camina ahora bordeando las paredes del enorme hospital que ocupa un cuadrado de tres manzanas por tres.
Hasta que llega a la puerta y lee el pasacalle tendido por los aires y los afiches pegados por todas partes. "El 27 de septiembre cumplimos 100 años" "venga a festejar en familia con nosotros esta fecha única para la institución de su barrio" "con baile de disfraces y música hasta el amanecer" "Entrada: un alimento no perecedero para ser distribuido en los comedores populares". Estaba la lista de conjuntos que amenizaran el baile: y hay los de cumbia, y los de rock, y hasta Los Auténticos Decadentes dijeron que allí estarían. El hombre se queda ahí parado
asombrado, no sabe si reír o llorar: Justo el día de su cumpleaños 50 el hospital de su barrio cumple 100, dos veces su edad y lo festeja... con música, baile y hasta con disfraces.
El hombre sigue caminando, aunque la idea ya esta germinando en su cabeza. Es una audacia. El es un hombre mediocre, sin iniciativas, posiblemente sin ilusiones en la vida. Y festejar su cumpleaños adentro del cumpleaños del hospital e invitar a sus pocos amigos allí "Y que vengan disfrazados" es una audacia suprema, que lo supera. ¿Pero por que no? Por que no darse un ratito de alegría, confundirse en ese pequeño carnaval de disfraces, sólo avisar a último momento de que esta disfrazado y que quien quiera festejar con él y saludarlo que lo busque allí en ese festejo que no le pertenece, que él tomara como propio por unas horas, casi viendo desde un rinconcito. De última, cuantas historias ajenas que no nos pertenecen nos son arrojadas
por la cabeza en el transcurso de una vida. Cuantas frases que no eran para uno fueron escuchadas y dolieron como suele doler la injusticia.
¿Por que no? dice el hombre, que ya camino mas de 20 cuadras y comienza a emprender el regreso a su casa. No lo piensa más. Entra a su casa, prende la computadora y redacta la invitación:
"Queridos amigos, el 27 de septiembre cumplo los cincuenta ( ¿ya tengo que empezar a escribirlo como los sincuenta? ) Pensé un modo original y espero que les guste: ese mismo día una institución barrial cumple 100 años y organiza un baile de disfraces, la entrada es llevar un alimento no perecedero, el lugar queda en la calle Boulevard De La Armonía Nº 1836 entre San Jorge y Querandíes. Temperley Oeste. -Allí mismo hay una playa de estacionamiento- La cosa arranca a las 21.00 hs pero yo estaré a las 22.00 cerca de la entrada, todavía no pensé en el disfraz, confirmen que pueden venir antes del
viernes y les cuento cual será mi disfraz -se supone que no me van a reconocer si no les aviso¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
El hombre obedeció por una vez en la vida a la idea que le surgió como primer impulso. Hacer un festejo , aun sea en un festejo de prestado, que la melancolía le haya permitido este año invitar amigos era de por si un gran paso. Pero esto le planteaba nuevos problemas, como el disfraz debería afrontar en menos de una semana.
También empezó a sentir alguna incomodidad por un detalle que omitió decir en la invitación.
Pues la institución que cumple 100 años el mismo día en que él cumple los 50. Es un Hospital Psiquiátrico.
-Será un día de locos¡¡¡¡.
FLORECIDO...
El hombre la había arrancado de su vida como se arranca a un yuyo indeseable en el jardín.
Con la misma brutalidad en el tirón, tratando de arrancar la raíz de cuajo. Sin sentir nada.
Al otro día, justo al otro día. El hombre plantó en su lecho a una muchacha bella como una azalea.
Ella se marcho prontamente sin echar raíces en su vida.
No se quedo quieto. Siguió plantando bellas mujeres que se marchitaban antes del nuevo amanecer.
Nadie pudo crecer ni florecer en ese lugar. Su vida era un jardín desierto al que regaba inútilmente antes de anochecer.
Hasta que percibió esos movimientos adentro.
Esos pujos que sintió por todo su cuerpo y que se ramificaban de noche a día con la velocidad implacable de la naturaleza. Y eran la luz y esa tibieza que anuncian una primavera cercana.
El hombre se vio a la siguiente mañana en el espejo y comprendió lo que sucedía.
No había logrado extirpar bien las raíces de ella. Su amada.
Sus brotes se abrían paso por sus poros y estaban a punto de estallar en flor.
-Sólo pido que las flores sean del color de sus ojos. -Pensó resignado.
EL AMOR NO PERTENECE A LOS INTELIGENTES...
Viajamos en un micro de larga distancia lanzado por una ruta cuyos bordes están limitados por la niebla. Mi acompañante es la encuestadora más antigua de la empresa, esta jubilada pero sigue trabajando. Vamos a trabajar a un pueblo del centro de la provincia de Buenos aires. En sus ojos se ve tristeza, quizá es la profundidad o el abismo que deja una larga tristeza. En realidad no importa lo que yo sé o intuyo de su mirada. Ella es una persona reconocida por todos, y es tan luchadora como sufrida. Hablamos. Me cuenta como en este momento de su vida la asaltan recuerdos e imágenes muy antiguas, de sus primeros años de trabajo. Trae tres o cuatro historias, pero elijo quedarme con una que me impacta particularmente. Quizá por esa sensación de verme en mi vida sentimental atravesando un desierto, con necesidad incluida de construirme frágiles
oasis-ilusiones. Buscando un ratito de cariño, o sediento de esa gota de humana ternura a la que alude el protagonista de "La Octava Maravilla" de Vlady Kociancich. La escena ocurre en una casilla de chapa ubicada en una villa y ella administra un cuestionario con una mujer embarazada. Solo tiene dos sillas y le ofrece la mejor. No quiere mirar demasiado, no poner un acento del ojo en esa evidente miseria material donde transcurre la vida de una familia. De pronto comienza a llover y la mujer se desespera por correr sus pocas pertenencias de las goteras que inundan en pocos minutos por aquí y por allá la casilla y hacen que el piso de tierra se convierta en una especie de chocolate líquido. Después de subir todo a la cama, y tapar con un mantel de plástico la cómoda y correr casi todo de lugar, la mujer vuelve a sentarse, le ofrece un mate amargo y habla con amor de su marido. Ella se conmueve hasta el día de hoy. Lo resume en una
frase, en una iluminación que ella lleva adentro suyo desde aquel momento: "El amor no pertenece a los inteligentes" . -dijo. Y la frase abrió su camino hasta mi pecho como una estocada de dolor.
CRÓNICAS MARCIANAS...
Ella Desnuda. Apoya su espalda contra el respaldo de la cama. Abre sus piernas.
Deja sus piernas dobladas y las rodillas quedan como una cima curva y perfecta. Un haz de luz que se filtra por los postigos entornados les da un aspecto irreal. Son la superficie de un planeta mágico.
Ella Desnuda. Con sus piernas abiertas y el sexo expuesto, trémulo, recibe al hombre.
El hombre apoya su espalda en los pechos de ella. De forma tal que los pezones se sienten claramente a la altura de sus pulmones.
Ella lo contiene en sillón de mullida ternura humana. Con sabor a piel. En un aire pleno de aromas a hembra y fresias.
Ella abre un libro, recorre en silencio las páginas.
Cada vuelta de hoja genera una brisa o un huracán en la piel de sus
mejillas.
El se concentra en la respiración. Los pulmones son una caja perfecta de resonancia. Siente al latido del corazón de ella como doble latido del propio corazón.
Ella comienza a leer.
Su voz se eleva en catedrales.
El hombre cierra los ojos. No esta del todo allí.
Hay una niña que canta en latín. Cuando su voz vuela, se despega del coro y los fieles se giran, dejan de ver hacia el pulpito y buscan el origen a ese desgarro del aire que llega a los oídos.
Afuera, probablemente esta nevando, el reloj de la iglesia esta congelado como en una postal sepia a las 10 y 5 minutos de una mañana de domingo. Los tejados rojos cubiertos en algodones de nieve. El río D'Orba hace espuma al chocar contra los pilotes del puente de hierro y madera, y más allá el horizonte se eleva como en una visión de piernas que culminan en cimas nevadas de luz matinal.
Ella lee Crónicas Marcianas. En su voz que eleva en catedrales hay un eco de la voz dormida en el texto.
El hombre, que hace un
momento pudo oír a través de ella al canto de su abuela.
Ahora, abre los ojos y puede ver algo del cielopiel, al alcance de sus manos.
DONNA E MOTORI: ALLEGRIA E DOLORE...
La venganza es quedarse a cualquier precio. Hundido justo allí a pesar de todo. Y el perdón, no es quedarse sino irse. Irse a tiempo me digo, mientras me voy a caminar sin rumbo por las calles de Lomas de Zamora. Siempre pienso en ese raro instante, el azar de cruzarse con otra persona en el aire agitado, casi pisando las mismas baldosas. Que cosa querer quedarse fijo en un vínculo cuando las cosas y el universo entero se acercan o se alejan. Apenas coinciden las infinitas líneas de fuga en la intersección virtual de un punto para luego volver a abrirse y no encontrarse nunca más. Estoy en una sociedad que escribe sus profecías en el rostro de sus mujeres. Las veo llegar con la cadera cortando el aire. Las veo irse como un girasol que ve partir al sol en cada atardecer.
Pero vi unos ojos que abrieron ventanas del recuerdo. Me acorde de ella como uno se acuerda del amor imposible, inalcanzable. Recordé y me sonroje solo, al recordar erecciones de los 13 años, soñando con Emma Peel. Rostro y cuerpo digno de una tapa de revistas de efímera actualidad. Casi Araceli, diciendo en letras impresas sobre sus piernas largas: "Para enamorarse hay que tener el corazón libre". Emma, o Diana Rigg, nació un 20 de julio, hace muchos años cuando el hombre no había pisado la luna y ningún argentino había inventado el día del amigo. También un 20 de julio, pero de 1952, mi padre bajaba del Sebastian Caboto, leo el Passaporto per L' Estero: Republica Italiana, in nome della legge.... muevo las hojas vacías de sellos, nunca más volvería a Italia. Inmigrante Condicional dice el sello, oficio agricultor, destino Guaymallén. Y hacia allí parte en un Ganz del ferrocarril San Martín.
Casi 49 años vivió mi padre en Argentina. Imagino destinos distintos en la vida de mis padres, en la mía propia. ¿Que hubiera pasado si el amor lo hacía echar raíces en Mendoza? Al menos es seguro que no seria ese que so. El que se esfuerza en contener esas dos mitades a veces inconciliables en su propio ser. Hubiera sido otra historia ni pensable.
Encontré una foto increíble de Los Vengadores. Reveladora de los valores de esa época. Voy bajando la vista por la pantalla, primero, la galera que uno no puede imaginar fuera de su cabeza -aunque recuerdo que en alguna ocasión la utilizó tirandola a la cara del enemigo-, él es Mr. Steed. Su mirada esta lejos, en un punto indefinido, quizá un atardecer de montaña, cuando el sol se cierra detrás de los muros de piedra, dejando franjas de pinceladas de rosa a lila en nubes de frío. Lleva el paraguas cerrado
con el mango alto, sobresaliente al hombro derecho. Están en interiores, sobre una piel de oso polar, el pie derecho de Steed pisando la cabeza del oso, a su derecha esta tendida Emma sobre la piel, sus brazos abrazando la pierna derecha de él. Rostro de felicidad para la foto. Extendida silueta de curvas para poner el acento del ojo. Piel descubierta después del pantalón de cuero, poros para abrirse en surcos de manos y yemas. El paraguas esta plegado. No hay tormentas para abrazarse debajo, ni bruma para llevarlo invertido y juntar gotas de rocío, de amor, de futuro. Un manto de oscuridad desata caminos de farolitos y estrellas. Los vi muchas veces, se entendían solo de mirarse breve, y en mi imaginario eran un matrimonio feliz.
Salto de piedra en piedra del recuerdo, aquí cerca puedo ver el primer bastón que fabrico el viejo con un mango de paraguas y una caña liviana, me parece verlos caminar lento entre las hojas que se arremolinan
de aire. Van afirmando cada paso para no tropezar, del brazo como Emma y Steed, comprometidos, coherentes, entendiéndose por debajo del mayor conflicto de superficie. Ahí viene el dúo dinámico decía el médico de Pami cuando los veía llegar. Les salió bien, eran pareja, y sacrificaron egoísmo o venganzas contra la historia pasada, reconocieron al otro, Se quedaron.
Casi de golpe contra el vidrio me detengo en la librería ante el título desafiante "Todas las familias son Psicóticas", de un tal Douglas Coupland, hasta el nombre de la editorial resulta asombroso: Destino. Me parece ver la vacía quietud de ruedas de carro hundidas en el barro, en los mudos relatos de uno y los otros que sedimentan día tras día. Pared por pared. Un dúo sólido caminando por la ribera del Tamesis, bajo un paraguas en una noche prodiga de tormentas. Cierto que hay que poner techos y refugios materiales contra el desamparo y los peligros del
mundo, quien no lo intenta? Un dúo encerrado sin retorno bajo el mismo paraguas de ilusión. Sigo sobrevolando el ensayo mientras camino por mi indecisión antigua y creo que las cosas tienen su propio devenir, soberano, implacable. Pienso en la cantidad de años que entregue al vacío, desconocidos hundidos en un sillón frente a la pantalla del televisor. Mi no tener pareja, a pesar de estar casado. Certidumbre a costa de malestar. Años de tragarse todo. Difícil explicar en que lugar del mundo trata uno de sostenerse y porque. Pienso en "El que hasta la muerte los separe", que mis viejos llevaron con dignidad.
Ahora me toca a mí darle voz a las voces, y veo a mi familia originaria sentada en el living con el televisor en el centro. En este capítulo el auto de Emma y Steed, se ha roto en el peor lugar posible. Pienso un capítulo final. Sé que él logro que Emma estuviera un año más filmando a su lado. Lo imagino llorando
abrazado. Diciéndole como en el final de amor: "sin vos no voy a poder vivir". Ella se va a su habitación. Comienza a escribir una carta en penumbras, escribe rápido para no arrepentirse: quedarse a medias es condensar gotitas de odio. que es mejor que cada uno deba dar la cara a su propio deseo -y locura-. Ya esta, la suerte esta echada. Steed demora el arreglo del último viaje juntos. No puedo ver más allá.
Entonces la voz mi padre sale a rescatarme. A ayudarme a cerrar un escrito imposible de seguir. Gira la cabeza desde su sillón en el living con una sonrisa sin tiempo y dice:
-Donna e motori: allegria e dolore.
Un nido de abrazos
1
Alboroto de gorriones contra la tarde gris de julio. El hombre traza sus letras casi en la oscuridad.
En quietud. Afina el oido. Desprendidos de los trinos, se escuchan los pasos de luz de su compañera -ahora con alas plegadas- volviendo al nido.
2
Levantan la vista ven al árbol dormitorio florecido en pájaros de la noche. No caen a pétalos.
Sólo se acompañan en soledad de hoja en hoja.
Ella se pregunta porque no hacen nido.
Mirando al cielo vedado por hojas y pájaros. Se abrazan.
Y hacen del abrazo, un nido.
De estatua a mariposa...
Fue una vez cuando estaba en la cola del banco.
Larga cola para cobrar la pensión de mi madre y otra igual de larga para pagar un impuesto. Justo atrás mio estaba una señora joven con una nena de unos tres o cuatro años, la nena le pide de ir al baño, -ya fuiste recien, Laurita.. -dice la madre. Al rato un olor inconfundible la delata mientras va y viene en un carretel de jugar a cerca o lejos con su madre.
-Chancha, te hiciste caca ¡¡¡¡
-Viene el perro y te come la cola...¡¡¡¡.
Para ese entonces el único interes para la larga fila de personas de diferentes historias y mundos eran madre e hija, la madre con comentarios ocurrentes, casi diria asombrosos o siniestros.
la nena una negrita de ojos grandes y saltones, se saca las ojotas y comienza a caminar con los pies desnudos en el piso reluciente del banco provincia.
La madre: -lauri, ponete las ojotas. (sin
resultado)
-Viene el viento y te come los pies..¡¡¡¡¡.
Cierto que fue una pequeña brisa,
pero de los pies ausentes crecieron alas para seguir jugando en el aire.
Pensé, que mejor homenaje para Julio Cortázar, que poder contar estas cosas mágicas de la vida misma.
EN LA BOCA DEL COCODRILO...
Un palito en la boca del cocodrilo. Es lo que me dicen. Me dicen que lo dijo lacan. El cocodrilo es la madre. Los hijos. -Mis hijos y los hijos de cada cual- están en sus bocas. El palito es el padre. No queda claro si es su voz, su presencia, su diferencia, el límite sutil o no que hace que la madre no se trague a los hijos en su puro mundo-vientre.
A veces me duelen un poco los colmillos de mi ex-mujer -son muy filosos- En la espalda que por momentos se tuerce un poco. O en el pecho que no tiene heridas definitivas. Pero por ahora aguanto.
Nueces y lágrimas
Tengo chuchos de empezar el día en esta quietud gris. El cielo ceniza cerrado. Países de nubes frías marchando lento al oeste, corriendo al sol a la pequeña utopía del después. El aire es una esponja de angustia, y más allá del vaivén de los brazos de la parra, algunas gotas se resisten a perder su luz y su forma en una irreversible caída. Quizá sea sólo mi imagen estirando la mano en el aire, buscando aquellos frutos del nogal donde las grietas anuncian la inminente caída de la nuez. Esta será una pequeña cosecha. O, es mi incompetencia para atravesar las murallas de la memoria, como en esta mañana cuando las gotas son lágrimas jamás llovidas. Pero estoy acá, abajo del viejo nogal, resistente a muchas calamidades, la raíz cortada por el caño de Aguas Argentinas,
la poda equivocada que hice el año pasado. La siguiente sangría de savia que no pude parar en varios meses. Pero allí esta, obstinado como la mano que lo plantó, haciendo rodar por el aire las nueces antes de Semana Santa. Seguro tiene más de 30 años, aunque es una época nebulosa y no puedo afirmar nada con justeza, aun en un día como hoy donde he mirado de ausencia las cosas, impregnadas de soledad, quietas para siempre, sin sentido.
Mientras escribo surge una imagen del pasado, allí mi padre tiene más de cincuenta años, son las dos de la tarde, lo veo sentado de espaldas con su campera de cuero negra, ha llegado hace un rato de la fábrica a la que entra a trabajar a las cuatro de la mañana. Puedo ver que mira algo sostenido en su mano derecha a la altura del pecho. En la mano izquierda tiene un vaso de vino blanco a medio llenar. Esta frente al armario, donde se guardan las copas y vajillas de casamiento de dos
generaciones. Donde Hoy mi madre ha encendido una vela y me encarga que me fije si se apaga. Pero él esta allí de espaldas y yo lo veo en silencio, quizás con el mismo silencio nos prodigamos durante muchos años, yo lo veo sin querer interrumpirlo, la mirada no sale de ver hacia la palma de su mano derecha, la mano izquierda inmóvil en el aire con el vaso de vino. Así, estuvimos un rato, suspendidos en el tiempo, viéndolo mirar algo en silencio, hasta que él intuyo mi presencia y me brindo su rostro. Sus ojos estaban hundidos en lágrimas, en la mano derecha llevaba una billetera de cuero negro donde se veía en una foto tipo carnet la imagen de su madre, igual antes del tiempo al rostro de su vejez, 20 años después. Lo veo hablándome en su media lengua, casi italiano, y no recuerdo sus palabras, pero ese día le había llegado la noticia de la muerte de su madre, no teníamos teléfono y solo recibíamos cartas escritas por su
sobrina menor a la que no había visto nacer. Sé que no pude expresarle emoción alguna, ni abrazarlo, así de cerrados estaban los sentimientos. Imagino, que habré sentido el mismo chucho frío que siento ahora, en ese verlo solo, llevando su dolor en silencio, cerrado, solo chorreando lágrimas. Lo veo en esa soledad que siempre llevaba con él y que ahora yo comparto de palabras sobre un cuaderno, y en letras sin voz del teclado. Sólo dos veces en la vida vi. llorar a mi padre, la segunda fue en último cumpleaños, a los 78. Ya había llorado en el hogar de día, no estaba acostumbrado a emocionarse, se conmovió "con tantos viejitos que me besaron". Ese atardecer era un día oscuro y frió. Fuimos a visitarlo con mis hijos y mi ex mujer. Él siguió llorando mientras los nietos soplaban la velita por segunda vez. Nunca podré remediar no haber podido transmitirle alegría ese día, un 4 de abril de tres años atrás, lo veía mal
y me sentía incapaz de mejorar las cosas.
Nunca le dije que lo quería, y pensé que no podría expresarme. Fue así, hasta que desgarre el silencio sagrado de esa terapia. Pero él, ya no podía oírme.
ELLOS Y EL UNIVERSO...
Madrugada a la hora de la ciudad cubierta en frazadas.
Ellos se abrazan en el umbral con sus pies en la vereda.
A sus espaldas -ya pasado inmediato- hay un pasillo, una casa y una cama donde todavía están tibias las sabanas. El aire frío corta los rostros.
El espera un taxi. Ella espera verlo partir muchas horas, días, kilómetros.
Es la hora justa para dormir abrazados de piel a piel, y ellos siguen su unión cubiertos con camperas.
La calle es tierra del viento. Como un trotamundos, una caja de cartón rueda en la calle. Más lejos, un hombre de espaldas trabaja empujando por el cordón con su cepillo de acero los restos del día anterior. Un perro lo sigue. Se acompañan en su mutua soledad.
La melancolía es una hada antigua que habita en cada cual y aquí sobrevuela, casi visible en el aire.
Llega el taxi,
rompen el abrazo, se dan un beso.
- Cuídate, -se dicen casi en espejo.
El se sube. Cierra la puerta viéndola a ella que lo mira.
Y en ese instante suspendido son ellos y el universo.
UN HOMBRE SOLO.
Es lindo ver el mundo desde los tremendos boquetes de un mantel corroído.
Estaba allí abajo de otras cosas, sin duda inútil para cualquier futuro, desde ya condenado. Pero hoy, desde esos tremendos cráteres se ve un poco de celeste, el rojo inagotable de las flores de la santa rita, y algo de vida en movimiento. Es un verde fuerte, áspero, que brilla a la luminosidad del sol de otoño, en esta mañana de fulgor difuso. Allí cuelgan los viejos manteles, uno bordado por su abuela italiana con flores de todos los colores posibles, pétalos que solo puede imaginar quien vio flores silvestres en la ribera del río D'Orba. Los hay naranjas, marrones, celestes... y unos amarillos de los que solo se puede encontrar en el trazo de los lápices, de esos que usamos para pintar soles en cuadernos de infancia. Están las manchas que no quitará, ni el más grande desafió de jabón en polvo, del vino tinto, de las comidas especiales que dejaban manchas
inolvidables. Se secan al sol del otoño, una mañana. Mientras el gato se lame sobre la cama, y el perro tuerto, aúlla sin parar pidiendo salir al pasto para orinar macetas y plantas. Esta quietud de vacío no ayuda a tomar mate solo, se arruina rápido y queda como decoración del ambiente donde el hombre se angustia delante de una pantalla y escribe con pocos dedos en un teclado. Allí, sobre la mesa hay un broche, tiene ligeros fantasmas de oxido abriéndose paso, aun se lee la marca "Hepta" y dice también industria argentina, su padre lo usaba para abrocharse el pantalón y evitar el enganche con la cadena de la bicicleta. Lo usa ahora para apretar fuerte las páginas de los libros donde copia escritos breves para compartir desde la web a lugares indefinidos y personas desconocidas. También hay un lápiz grueso de carpintero, para marcar las frases y capítulos. el protector de pantalla se transformo en un atril improvisado,
allí espera el próximo cuento a enviarse, escrito por Antonio Dal Masetto hace muchos años, cuando el director de Página/12 era Jorge Lanata. El sol sube por el borde de la pared del lavadero, obliga a entornar las pestañas, un velo de filamentos impide quemarse la mirada, en una lección antigua que cuesta reaprender día a día. Están las barajas, el hombre no deja de barajar enfrente de la pantalla en los momentos de nada, mientras los mensajes atascan el correo, y la velocidad de la computadora hace pensar en qué es más placentero viajar por dentro de relatos de Julio Verne. Baraja, solo baraja, en una espera que parece eternidad. Nunca jugó al solitario, solo están ahí para sentir movimiento en las manos, esperando el momento de dar de nuevo las cartas evitando, si es posible, las marcas invisibles que están muy adentro de siluetas y personajes de la calle. Allí, esta el hombre solo, tomando mate frío y lavado,
después de días de pasear sus manos por objetos yertos y perforados de ausencia. En una mañana silenciosa de domingo.
Entre cenizas del aire
Heredo de mi padre ojos entre cielo y mar nublado.
Como los suyos entrenados para mirar más allá en detalles de naturaleza y lejanía. De él aprendí la capacidad de amar a distancia. Amor humilde guardado en cofres de silencio. Amor postergado de piel y abrazo. Amor para siempre sostenido en imágenes sin tempo ni baciare.
En un día del pasado -ahora lejano-, en un cumpleaños de abril, él me dijo que veía a su finada madre tal cual, viva y bella, como si todavía estuviera en Paterno. Como la última vez en ese puerto, antes de salir y no volver. Ahí estaba su arcón de memoria, y entendí que vivía para sostener desde su vida esa imagen amada. Era su llamita interior. La veía amasando, cocinando pan en horno de ladrillo. Preparando la "sopresatta", guardando el jamón de estación a año.
Atesoraba cada rincón de recuerdo en esa casa, con su madre despertándolo con un racimo de uva negra en la boca. Mi padre partió de Nápoles en el último día de primavera y llego aquí en invierno, para siempre perdió un verano en la montaña. Su sobrina Silvana, nacida poco antes que yo, había captado ese misterio mágico. Desde pequeña se dedico a traducir de sueño a sueño. Ella escribía para nosotros en castellano o italiano, pero también escribía en inglés, francés y hasta en chino. Tenía amigos en todo el mundo y su pasión era escribirles en su propio idioma. Cuando recibía las cartas de mi padre se las leía a la tia cegada por la diabetes. Dos décadas atrás cuando preparaba su viaje del próximo verano. A conocernos, Silvana dejo de escribir, se enfermo de leucemia y murió en pocos meses. Sin saber que la muerte le iba a sacar el verano y la
vida misma, yo imaginaba ese abrazo en el aeropuerto, ese reencuentro imposible. Mi padre no quiso tomar más la lapicera para escribir cartas. Trickster, mediadora entre el dolor y la distancia, Silvana no cumplió su sueño y una parte de los nuestros quizás murieron con ella. El puente fantástico de ilusión se pulverizo. Voló en cenizas y en alas de golondrina cayó en cada lágrima inexplicable. Cuando mi padre murió al poco tiempo el Etna estallo en furia de lava y fuego.
Yo sentí que ese reencuentro perdido sería entre cenizas del aire.
DOLOROSA CAPACIDAD DE POSTERGACIÓN
Esa es la frase con la que el hombre despierta. La que lo acompañara durante algún tiempo imprevisto. No habrá extensiones a esa frase conclusión. No se podrá desmentir a la realidad que la instaló con esa fuerza. "Dolorosa capacidad de postergación" dira para escucharse en silencio en la más dura de las soledades: la de una persona a expensas de su propia voz interna.
MAPAS
Durante muchos años mi padre se esmero en contar una y otra vez de sus viajes en camión por las rutas italianas. Contaba ciudad por ciudad y pueblo por pueblo por donde había pasado manejando un camión con provisiones en la última etapa de la guerra, con los alemanes en retroceso y esa extraña fauna de tropas aliadas que incluía indios de la India, ingleses, africanos y norteamericanos a los que solo escuchaba decir "I love you girl" a las italianas. Faltaba comida pero había abundancia de chocolates y cigarrillos para las tropas. Mi padre trocaba los cigarrillos y chocolates por comida. Era un gran chofer en esos caminos de montaña. No recuerdo sus rutas, aunque las repitió mientras tuvo memoria y vida. No logro reconstruirlas ni con mapas buscados en Internet.
Siempre voy a recordar ese esquema
de ciudades que hicimos juntos en una madrugada de octubre del 2000, él había estado internado en terapia intensiva en una pequeña clínica de PAMI. La terapia lo desoriento. Después de 24 horas estábamos en una habitación, el me conocía pero me decía que estábamos en Quequén, miraba al paciente de la cama contigua y decía "cuanta gente viene a este hotel", no intenté hacerle notar su equivoco. En la noche , desvelados, tratamos de reconstruir la ubicación de izquierda a derecha y de arriba abajo de los pueblos cercanos a su pueblo italiano. Es el reverso de un folleto de propaganda de la clínica donde anuncian un plan social de salud al alcance de todos, una hoja pequeña y veo mi letra mezclada con la suya, son puntos de birome trazados en espiral con los nombres de las ciudades, a pesar de todo su esfuerzo sigo sin poder descifrar esas huellas invisibles. Los recuerdos mi padre en sus caminos italianos, como huellas en el
pasto, se han borrado detrás de sus pisadas, derretidas como la nieve que cubría los caminos y obligaba a cruzar cadenas en las cubiertas del Guerrero a gas que manejaba. Paterno Di lucania, su pueblo, atravesado por la ruta, apenas un descanso breve entre las montañas, ahí nomás el camino a Raia, donde vive uno de sus sobrinos. Al otro extremo del pueblo la ruta a Marsiconuovo, el pueblo donde nació mi padre, a la izquierda subiendo montañas por bosques de castaños y lobos salvajes por esta Padula y después Montesano.... más arriba esta Atana y aquí no quedo ningún imaginario trazo que pueda decirme como se llega o se va.. A la derecha de Marsiconuovo - Paterno y Raia se termina el papel . Después están Pedale y Viggiano, mi papá pronunciaba "villano" y hay un "1º" escrito con mi letra..... seguramente el me contó que primero estaba villano arriba más alto y más alto todavía la Madonna de Viggiano a la que visitaba llevando
a sus fieles en el camión, el tenía también fe en la Virgen y cuando le desesperaba y enojaba el mundo y la gente decía "Madonna mía". Camino a Pedale hay alguien que le dio trabajo y albergue, mi padre lo recuerda con gratitud, me dice el nombre y apellido, en esa noche de octubre donde en la penumbra de esa habitación nos creemos hospedados y refugiados del frío del mar y podemos por última vez, tratar de reconstruir algunas de sus rutas conocidas. Bien a la izquierda están listadas con mi letra imprenta de industrial casi cursiva: Bari-Brindisi-Lecce, luego una B que quedo allí desairada como un objeto o un botón irrecuperable que perdió hace años su lugar en el traje. Sé que sus ojos claros se hacían vivaces e iluminaban esa penumbra cuando hablaba de sus caminos de infancia y juventud, de alguna manera él seguía viviendo allí y una parte de él no quería dejar morir ese tesoro, aun en la enfermedad y el olvido de los años.
Siempre pense que se vive para defender una memoria viva que se lleva hasta el último minuto y mi viejo siempre me lo demostró con sus mapas contados en el aire, repetidos hasta el desinterés o la frustración de su oyente. Muchos habrán dicho antes que yo, que la muerte es cesar la lucha por la propia memoria hundida en el cuerpo, poro por poro erizado al detonante del recuerdo-palabra-imagen y gestos. En estos mapas del aire pensaba hoy, cuando abriendo el libro de Antonio Dal Masetto La tierra incomparable apareció como señalador el mapa que hicimos aquella noche resistiendo olvidos y dolores mi padre y yo.
EL DESCAPOTABLE Y LA RUBIA...
Tal como se lo aconsejaron recientemente, el hombre decide comprarse un descapotable de lujo y salir a pasear por las calles de su ciudad acompañado de una hermosa muchacha rubia. Días atrás había presenciado una charla entre gerentes -el de marketing y el de recursos humanos-, que se admiraban al ver pasar una Honda ridgeline, doble cabina - doble tracción. -Vos andarías por la calle con una así? -Es como tentar a los delincuentes... -Y despertar envidias, odios, resentimientos.... -No se, creo que uno tiene el destino marcado, y si te la van a poner te la pondrán aunque vayas en un Ford Fiesta. -Cierto, los gustos hay que dárselos en vida. -Mira, yo trabajo todo el día, decime si no puedo salir a pasear en una así...
La conversación seguía y seguía girando en esos mismos bordes. Pero él los dejo rápidamente y siguió buscando
hasta que encontró la frase que necesitaba leer: "Hay autos para soñar. Bugatti fabrica sueños". No quiso esperar más y a la tarde ya estaba entrando a la concesionaria. No hizo falta demasiado esfuerzo del vendedor para que dejara una seña de 140.000 Euros por el 10% del precio total. El vendedor insistió en explicarle detalles que a él no le interesaban: Tiene 7.993 cm3 de cilindrada, 4 turbocompresores, 64 válvulas. Inyección directa. Caja automática de siete marchas. ¿Se acuerda de la cupe Veyron 16.4?, Esta es una versión descapotable. Con el techo puesto su velocidad máxima es de 407 Km por hora. Pero si usted la utiliza con el techo descubierto tiene que recordar que la velocidad máxima es de 360 Km/hora. El chasis es monocasco y esta fabricado con fibra de carbono y aleaciones metálicas ultralivianas producidas en las fundiciones de Gliese 581c. Mire, es como andar en una nave espacial pero por las calles de
su barrio. Cerro trato, le entregaran su Bugatti descapotable en enero del 2009, justo para salir de vacaciones. El hombre se encaminaba a cumplir al menos una parte de sus sueños, la cuestión más compleja -al menos para él- era la elección de la hermosa muchacha rubia con la que saldría a pasear con su nuevo auto de lujo, casi de otro planeta. No era para nada fácil la elección. Le preocupaba demasiado la frase que le escucho decir una vez a la tía Ernestina, enemistada desde siempre con la vida: ¡El amor no existe!!!! A mi dame dinero.... Tanto le trabajaba en la cabeza como aquella otra que le escucho pronunciar al tío Fernando: "Una mujer: o es un adorno o es un problema". Esta frase le aterrorizaba más aún que una "demanda" subliminal u explícita de dinero, "Un problema...", El hombre estaba harto de problemas. El solo quería una hermosa muchacha rubia para pasear. No le importaba demasiado que los gerentes de su
compañía pensaran que se había buscado una rubia tonta, un adorno en definitiva. El tema era la rubia. Y esto ya amenazaba desvelarlo noches y noches enteras. ¿Debería ser una rubia autentica o una rubia teñida acorde a las demandas de la televisión y la moda? recorrió mentalmente el elenco de bailarinas y patinadoras de Marcelo Tinelli y no encontró la compañera adecuada para lucirse junto a la Bugatti Veyron 16.4 Grand Sport que acababa de señar. Pensó entonces como en un relámpago en la protagonista de "si tuviera 30" (13 going on 30) Jennifer Garner. Ella si. La que dice en la película otra frase para la posteridad: "el amor es un campo de batalla".
Ella si es la rubia amor de su vida a la que sacaría a pasear por las calles de su ciudad. Pero vive lejos. Brentwood, un barrio de Los Ángeles, más precisamente, y no solo eso sino que esta casada y esperando un hijo. No, no es mujer para él. El hombre no quiere
más tareas imposibles para su vida. La única mujer que lo enloquece desde su imagen en los carteles de publicidad de una marca ropa interior, no es rubia. La indecisión es el problema central en su vida le había dicho años atrás su psicólogo. La ansiedad también lo es, dice su analista actual.
Allí va el hombre, con el recibo de su cupe recién adquirida en el bolsillo, penando por su incapacidad de decidir cuando se trata de temas emocionales, y el de la hermosa muchacha rubia lo es.
Deberá postergar algún tiempo más la concreción plena de su deseo.
Al menos hasta que surjan nuevos sueños y brinden claridad sobre el asunto.
FEROCIDAD
Entre una sala de espera a la mañana y la mesa del bar ya en la tarde, terminé la lectura de "Sacrificios en días santos" de Antonio Dal Masetto. Más allá de mi admiración por el maestro y su manera de narrar con palabras sencillas e imágenes contundentes. He quedado impactado por una idea fuerte algo así como quien puede entender cuanta ferocidad puede anidar en el corazón humano. Cuanto odio latente esta dispuesto a ser depositado en la "amenaza" del diferente. Este nuevo libro situado en el pueblo de Bosque (los anteriores fueron Siempre es difícil volver a casa" y "Bosque") se desarrolla entre gentes para las cuales todas las facetas de la duplicidad moral del orden burgués son parte de su normalidad. Son la jaula invisible que los contiene y los hace rehenes de un mismo orden de intereses. "manejados desde el anonimato, desde la hipocresía" dice textualmente
Antonio.
En estos días estuve en tres pueblos del interior trabajando y surgió un pequeño botón de muestra que no esta por cierto a la altura de esta historia. Fue en un bar de un club social y deportivo -no me acuerdo el nombre exacto- al que entré a comer algo mientras esperaba a un compañero de trabajo. Era la hora de la siesta y sólo estaban 5 o 6 parroquianos que tomaban vino tinto acodados a la barra. Enfrente se veía una plaza desierta tapizada de hojas secas de plátano. Observé que se asomaban a la puerta y seguían el paso de una mujer por la vereda de la plaza. Ella no era ni linda ni fea y su andar no era merecedor a mi juicio de ningún comentario. Pero para esos náufragos del club social era un verdadero suceso que desato comentarios e ironías. Alguien preguntó -¿Es de Chacabuco? El pueblo de Haroldo Conti no estaba tan lejos de ese pueblo. En ese momento asocié lo que estaba
ocurriendo con la tremenda frase con la que comienza el cuento Perfumada noche "La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas". Enseguida pude oir a otro parroquiano que estaba más lejos del grupo de arracimados a la puerta, -Claramente-, para que lo oigan todos:
-
Qué puta es esa mina.
Pensé en ella. Que iba a alguna parte cruzando en el aire por la ferocidad a dentelladas de esa gente. Pensé en esa mujer a quien alguien seguramente ama y espera verla llegar a su hogar desprovista de fantasmas.
Y recordé la frase siguiente de Haroldo: "Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de ese hombre es una luz deslumbrante".
Sentí una enorme pena por esas personas, aparentemente tan parecidas a los habitantes literarios de Bosque. Por ese minuto de vida bajo una luz deslumbrante que no parece haberles llegado.
Este domingo 27 de septiembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español Agustín Castilla-Ávila. Las poesías que leeremos pertenecen a Marcelo Marcolín (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Freundliche Grüße / Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur. www.euroyage.com
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-Fuente: Poesías escogidas. Ediciones Botella al Mar. Buenos Aires. 2009
EN LA SOMBRA CORDIAL QUE SE DERRAMA...
DESCANSO*
"Nada se compara a esa leyenda de semillas que deja tu presencia"
VICENTE HUIDOBRO
Cansa el viento zonda, amor, Tu ausencia mucho más. Languidece la luna desteñida, Jazmín del aire, en aire marchitado. Tenuemente ilumina El relincho cansado del caballo.
Cansa la sequía, amor, Tu ausencia mucho más. Magullados los cardos, Siguen las huellas vacilantes De los perros flacos.
Cansa la vigilia del carancho, Tu ausencia mucho más. Las penumbras vacilantes de la noche Huyen, tras un lagarto azul. Mi corazón muere de sed.
Cansa la soledad, amor. Despojados, la rosa y el espejo De presencias errantes, Buscan la plenitud del aire. Las semillas. Del agua, del fuego y de la tierra.
Cansa el olvido, amor Tu ausencia, mucho más. El caldén, tan callado, Con destino de poste, Con sus vainas preñadas de agorera savia. Camina lentamente sumándose A mis pasos. Enciende la lámpara y la luna. Trayéndome el descanso Profundo de tus ojos.
Como es temprano el bar del Club está en penumbras, el conserje el famosísimo "Negro" Peraffán mantiene esa luz natural, con los grandes ventanales que dan a calle o al patio, con las cortinas sin correr. Querrá, supongo, porque habla poco y siempre con un sesgo irónico, mantener cierta frescura, para que los habitúes que pronto empezarán a trasponer esa enorme puerta vaivén de vidrios muy gruesos, reciban un poco de fresco Que la canícula afuera les niega como una furia empecinada y ciega. Primero vendrán los mayores, esos hombres que holgadamente pasaron la barrera de los sesenta o setenta años, que ven pasar la vida con una jubilación honrosa y que se toman un café en el bar o un cortado y esperan hacer número para un juego "del chancho", que requiere seis jugadores. Si alguno se hace
esperar demasiado lo llaman por teléfono. Si falla o no puede venir por cualquier motivo llaman al suplente, cuyo nombre lleva uno de ellos apuntado prolijamente en una libretita ad hoc. Cuando están todos, luego del saludo, casi sin hablar se encaminan de a uno o dos hacia una habitación que está entre la barra del bar y la biblioteca. Actúan como si estuvieran representando un libreto que han estudiado a la perfección. Esa habitación tiene dos mesas octogonales, un baño en una punta y en la otra una puerta que da hacia la biblioteca, un lugar cálido y acogedor que tiene entrada independiente. En ese lugar, comencé a leer bajo la guía de la dulce bibliotecaria de entonces: doña Julia García de Baud Naly, esposa del inefable antecesor mío llamado popularmente "El Flaco" Naly, quien un
día partió con una mujer como quien dice "para siempre" y se perdió todo rastro de él. Luego aparecerá el decano de todos ellos, el vecino casi desde la fundación del club, y que vive casi enfrente. Se trata de don Zimo Callegaris, quien se toma un cortado amargo y lee el diario con una minucia obsesiva. Se puede pasar horas allí. Con sus pantalones cortos, sus ojotas de cuero y sus grandes anteojos cuadrados en su redonda cara italiana. Al atardecer sí, ya vendrán los más jóvenes y la emprenderán al "pool" en las dos mesas habilitadas donde además de exhibir sus habilidades, podrán anotarse en los campeonatos que ese deporte hace furor en este tiempo. En general, el primero que viene y empieza a probar los tacos es
"Calefón", el hijo de "Fedeo" D´onofrio. Cuando llegan los otros está bastante afilado. Entonces, sin solución de continuidad aparecen "Fito" Aichino, el "Gallo", Serafini, el "Pitoto" Sandrigo, "Pepe" Bacheli, José Farina, "Josecito" Fantasía, "Carita" Urbitza y su hermano "Chinchi", los "Cavagnitas" que también son hermanos, Marito Compañy y el improbable "Galeanito", quien contra todos los pronóstico se alzó con la primera copa del primer campeonato organizado por el club, también con un monto de dinero, no tan importante, tal vez, pero él mismo dice: "Lo importante es competir" Nosotros esperamos un rato hasta que entre un hombre delgado, que exhibe su simpatía casi como una ostentación, se mueve con la naturalidad con que lo hace el dueño de un
lugar y en cuanto tiene la más mínima posibilidad de exhibir sus galones, lo hace. -Desde los trece años que vengo a cenar aquí-, se ufana. Si está Miguel presente, le contesta rápido: -Y, si nunca moviste una silla en el club, no te sirve de nada. "El Nene" Croato, que de él se trata, lo mira con una cara que lo dice todo. Es conmiseración, es pena, es también la forma más piadosa de la amistad. Si Miguel está en la mesa quiere decir que terminó su partida de naipes y tal vez también se arrime Raúl Rodini, viejo amigo y compañero de salidas bailables por los pueblos vecinos en la enterrada
adolescencia. Raúl me comenta que ha dejado de fumar y cuando me asombro por su estado atlético me confiesa que no cena: no va a la casa hasta muy tarde y si de noche el hambre lo despierta, se levanta, va a la heladera y se toma un vaso de agua helada. No puedo sino manifestarle mi asombrada admiración por su tenacidad y disciplina. Seguramente ahora llegará el rato más amable de la charla, en especial cuando se sienta a tomar su cortado "Toto" Míguez, que con sus ironías finas convertirá esa reunión en una fiesta de la renovable amistad que mantienen de toda la vida. A veces, cuando la coyuntura agota su interés y hablar del tiempo se transforme en un tedio, volvemos al tiempo antiguo. El que estaba poblado de mariposas y torcazas, de calles polvorientas, en las cuales él, "Toto",
otros amigos y yo nos ganábamos el mundo con esa entera libertad que nos daban las casas chatas con patios de parras donde gorjeaban golondrinas y las tacuaritas. El recuerdo casi nunca coincide, salvo cuando la travesura fue demasiado grande y quedó en los anales de la historia oficiosa del pueblo. Cuando "Tago" Sánchez y "Oreja" González, asustaron a Ethel Joan con el cuento del lobisón. Se escondieron en los cañaverales de don Pedro Silva y una noche oscura vieron que alguien venía y quisieron gastarle una broma. Saltar de improviso, salidos de cualquier lugar, de la nada, con la poca luz y la leyenda de un animal que asolaba los pueblos vecinos dio un conjunto de cosas que terminó haciendo su trabajo. Ella llorando, histérica, asustada; ellos escapándose del piquete de hombres armados que salió a perseguirlos. Cada vez que nos reencontramos con
el "Tago" me lo recuerda, mejor dicho, me repone el recuerdo que no tengo, porque a la altura de esa anécdota que sobrevive en la memoria oral, yo ya no estaba en el pueblo, yo me había transformado en un viajero privilegiado, pero que de vez en cuando recibe malas noticias, como por ejemplo la muerte de Juan Carlos González, que se cansó de hacer bromas a la gente con esa cara de Buster Keaton para siempre. El mismo que había perdido su nombre y era llamado cariñosamente por todos, "El Oreja".
Se llamaba Marie Louise Strauss. O Strausz, porque los empleados de Migraciones siempre han sido impacientes y una "sz", en 1920 y recién bajada de un barco, sería para ellos demasiada complicación. Era húngara. Era hermosa. Es hermosa. Asoma desde su cielo sepia como de entre una nube. O eso creo. No sonríe. Pero me mira, que es mucho peor porque no sé qué decirle, ni cómo llamarla. ¿Abuela? ¿A ella, que es más linda y dentro de poco hasta más joven que yo? No, imposible. Ella para mí fue y será Marie Louise, una especie de hada personal, privadísima, para pedirle protección en los exámenes y en la vida. Y en los exámenes de la vida, sobre todo. Nunca sabré si le habrá gustado tener una nieta así. Tan oscura, tan quieta. Porque Marie Louise era una mujer de brillo y de movimiento, o eso me dicen. O eso creo yo o eso me invento sobre esa abuela sin manos y sin cuerpo que me mira desde
una foto. Y me pregunta, sin preguntar, qué pienso hacer con lo que me queda de vida, quizá porque a ella la suya se le pasó muy rápido. Adivino que no todo habrá sido tan dorado ni tan movido como prefiero, necesito imaginar. Porque era húngara y hermosa, eso es verdad. También que se llamaba Marie Louise Strauss. O Strausz. Pero de todo lo demás nunca se supo nada. O tal vez sí, pero nadie quiso hablar porque, claro, ella para la familia sigue siendo "la abuela" y las abuelas pueden ser cualquier cosa. Menos putas. Y Marie Louise, en la Buenos Aires de 1920, fue precisamente eso: una puta. "Pura", corrige pudorosamente la computadora en la que escribo. Pero no: era Strausz con "sz" y puta con "t" es lo que escribí, y lo que ella fue alguna vez. Y también lo que prefiero, antes que la "pura" que proponen las máquinas y las familias. Una "polaca" fue Marie Louise entonces, una cabaretera de pelo rojo y ojos grises que
hablaba en alemán y que vino al país casada por poder con un supuesto noble que terminó siendo en realidad un cafisho de la Zwi Migdal, que es como decir la aristocracia de los vividores. A poco de bajar en el puerto -dicen, parece, creí escuchar- el falso conde/marido la vendió al dueño de un burdel de la calle 25 de Mayo. O algo por el estilo, porque con los secretos de familia nunca se sabe y a veces es mejor así. Que no se sepa. Que se imagine. Que una pueda ver a su abuela-hada vestida de reina, toda entre tules del color de la sangre, con su corte de cara perfecto y su pelo incendiado refulgiendo en la noche obligatoria del puticlub. Esperando sin esperar. Imaginando también ella sus cosas, su otra vida posible. Hubo -no pudo no haber- muchos que le se enamoraron por esos días. Tan linda, tan rara, tan de otro mundo era. O eso parece. Pero, sin dudas, hubo uno que la quiso mucho más, y le tomó la foto. No, no fue mi abuelo. Él
solamente la sacó del cabaret, se casó con ella, le dio tres hijos y seis años después la internó por el resto de su vida en un hospital psiquiátrico. Yo hablo del otro. El del retrato. Ese para el que siento que Marie Louise quiso ser, por primera y última vez, la verdadera. La real. Entonces dejó caer por un instante la cara de cabaret, que siempre es de mentira, y se quedó desnuda. Con su cuello infinito más largo que nunca, la barbilla en alto, los ojos grises escurriéndose mejilla abajo. Ése, de ese hombre hablo. Ése en el que ella estaba pensando en esa foto. El único y último testigo del relumbrón. Hay un instante, uno solo, en el que la máscara se raja al medio y uno pare su verdadero rostro. Ese hombre vio eso: vio a Marie Louise recién nacida, iluminándose toda entera. Algo me dice que fue un escultor pobre, casi seguro italiano, encandilado desde el vamos por aquella mujer como de mármol que un día se encontró sentada en
su silla de esperar. Y la vio tan perfecta, tan irreal, que desde entonces su vida se redujo a dos cosas: volver al cabaret y repetirla. Poner la cara de Marie Louise -coronada de flores o de hojas de parra- en el frente de cuanta casa le pidieron que hiciera. Buenos Aires era rica en esos años y todos querían su frente bien alto y con cariátide. En mi barrio todavía hay varias casas así, coronadas por mujeres aéreas que miran a los que pasan, como bendiciéndolos. Nadie me lo dijo, pero yo sé que la modelo es siempre la misma y que se llama Marie Louise Strauss. Siento entonces que, a su modo, ella me sobrevuela. Me protege. Le agradezco, entonces, que me haya dejado nada más que una foto. Y todo el tiempo del mundo para imaginar lo demás.
A la memoria de Marie Louise, abuela y hada, y a los millones de mujeres a quienes las redes de trata les siguen robando la vida y la historia, en el Día Internacional contra la Explotación
Sexual y desde un país cuya ley al respecto sigue sin ser reglamentada.
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero; mi juventud, veinte años en tierras de Castilla, mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Antonio Machado
Hoy es 20 de setiembre de 2001 y cumplo 54 años. Ignoro por qué se me ocurrió relatar los años de mi primera juventud... nostalgias, revival, el paso del tiempo... no sé. Se lo dedico a mis hijos que hoy tienen Celina 23, Pablo 19 y Lucía 17 años. Yo soy clase ´47 o sea de los años de la postguerra (1938/1945). Lo voy a hacer alternando la primera con la segunda persona, como si hablara conmigo al tiempo que con ustedes, mis queridos pibes.
Quizás me mueva al relato un par de cuestiones. La primera es las tantas veces en que no nos hemos puesto de acuerdo en la consideración de algunas
situaciones que han cambiado mucho. La segunda es mi permanente sorpresa al ver -hoy en día- un paisaje urbano tan pero tan diferente al que me tocó vivir a mi. Les aseguro que el paisaje de mi niñez era muy otro, ni mejor ni peor pero bien distinto al de ustedes.
Como decía, nací en setiembre del año 1947 en la entonces llamada Capital Federal, hoy Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Mis padres vivían en Avellaneda, en un departamentito a un par de cuadras del viejo Puente Pueyrredón, puente hoy en desuso.
Al cumplir yo seis meses nos mudamos a WILDE donde papá había comprado una casa con amplio terreno, a tres cuadras de la Av. Mitre y calle Las Flores, vale decir cerquita del centro. Ahí, en ese suburbio del Partido de Avellaneda aprendí a caminar la vida y me crié. Era la década del 50 y viví en Wilde durante 24 años, hasta 1972, cuando recalé en La Plata para cursar estudios universitarios.
Los recuerdos que
les voy a contar son básicamente de los ´50, una época que hoy parece acaecida trescientos años atrás, tanto han cambiado las cosas en apenas 40 años. Debo empezar diciendo que todo el contexto de la vida cotidiana de mi infancia y niñez era casi absolutamente distinto al que es hoy y en cualquier plano que se lo mire, ya van a ver. Empiezo entonces tal como me salga, voy a chequear mi memoria.
La zona donde yo vivía está hoy totalmente poblada y se ha convertido en un algo caro y elegante barrio con todos los servicios y arquitectura moderna. No era así en la década del 50. Por aquel entonces había en Wilde más terrenos baldíos que casas y más calles de tierra que asfaltadas, la Av. Mitre era empedrada con adoquines lo mismo que la mayoría de las pocas calles; tenía una muy ancha rambla en el medio por la cual circulaba el tranvía. Las casas eran de ladrillo, sin tejas, cuadradas, estilo antiguo y algunas sin revocar; muchas
eran de madera y chapa. Cuando llovía se embarraba todo. La mayoría de ellas tenían agua de bomba, no agua corriente. No había edificios.
Los inviernos eran bien cojonudos y no teníamos con qué darle como no fuera con los pullovers que tejían mamá y la abuela. Debido a las pocas casas y predominancia de baldíos no había el microclima que hay ahora, entonces las heladas congelaban todo y pintaban de blanco el paisaje matinal. Los baldes que quedaban en el patio amanecían con una capa de cinco cmts. de hielo y el goteo de la canilla del fondo con la columna hecha una estalactita. Eso en la ciudad ya no se ve más. A los chicos nos ponían guantes de lana, bufanda y pasamontaña ¡Ay los sabañones en los dedos y las orejas!
Al haber pocas casas y muchos árboles en Wilde estaba lleno de pajaritos: palomas, torcazas, gorriones, mixtos, ratoneras, calandrias, chingolos, horneros, cotorras, benteveos, lechuzas, teros, colibríes,
urracas, cabecitas negras, golondrinas, tordos, tijeretas, y hasta jilgueros y cardenales.
Cumplí tres años el 20 de setiembre de 1950 y trece en 1960. Juro que durante la década del 50 jamás escuché las siguientes palabras: diu - marketing - preescolar - jardín de infantes - guardería - 7º grado - merchandising - alzheimer - anorexia - diet - light - aerobismo - turbo - climatizado - halógeno - poliuretano - multiprocesadora - clonación - alunizaje - pasteurizado - transgénico - genoma - postmoderno - tercera edad - tupper ware - wash and wear - transa - trucho - trolo - fifar - quartz - rayo laser - teflón - Care Free - lavilisto - guerrilla urbana - catering - globalización - geriátrico - grill - pack - tetra brik - poliamida - windsurf - AFJP -parapente - new age - fax - osteoporosis - Banelco - deuda externa.
Los autos eran muy distintos a los de ahora, por empezar estaban todos pintados de negro y
las marcas eran otras: Chevrolet, Buick, Chrysler, De Soto, Studebaker, Playmouth, Vauxhall, Morris. Cuando salió el Kaiser Carabela fue el oh! de todo el mundo y ni les cuento del Valiant I que parecía un avión y daba más de 120 kmts./hora. La velocidad crucero era de 70 kmts. y el viaje a Mar del Plata duraba siete regulares horas. No había semáforos y para doblar se sacaba la mano por la ventanilla; si se transportaba a un enfermo o herido había que atar un pañuelo blanco en la antena o llevarlo con la mano alzada por fuera de la ventanilla. Muy pocos tenían auto y no había problemas de estacionamiento en ningún lado; las calles eran todas mano y contramano. Mi padre era uno de los únicos dos que tenían auto en la cuadra, un Morris Ten modelo 47 cero km. ... un potentado mi viejo!
Las mujeres no manejaban. Al no haber semáforos, en las principales esquinas estaba la garita del vigilante desde donde el cana dirigía el tránsito
con unas mangas blancas en el antebrazo y tocando el silbato. Me contó mi viejo que cuando él aprendió a manejar chocó contra una y la tiró abajo en la avenida Montes de Oca de Barracas (qué boludo!).
Había muchos carros tirados a caballo, por todos lados, era tan usual como ver un auto y la mayoría de los vendedores pasaban en carro. Es obvio imaginar el olor habitual de las calles a causa de la bosta de los caballos pisada por carros y autos, un aroma al que uno estaba bien acostumbrado y no ofendía al olfato.
Por las calles y de mañana pasaba el carro del lechero, el sifonero, el papero, la panificadora, el pescador, el verdulero, el escobero, el basurero, etc. Era una romería de carros y relinchos. Debido a que poca gente tenía heladera había uno que vendía hielo en barra: el yelero, también con carro y caballo por supuesto; cortaba el bloque con un golpe de serrucho y lo cargaba al hombro con una bolsa de alpillera.
Otro personaje típico era el afilador de cuchillos y tijeras, un gallego que pasaba en bicicleta, de boina y tocando la flauta. Había uno que era francamente detestable: el carro jaulón de la perrera.
Muy poca gente tenía teléfono particular, agatas si uno por cuadra y entonces se lo prestaban a los vecinos. No había teléfonos públicos y mucho menos locutorios, para hablar había que ir a la empresa telefónica donde la comunicación la hacía la operadora conectando cables de dos colores en unos enchufes. No se pagaba por pulsos sino por llamada y existían muchos aparatos que se accionaban a manija y por operadora. Las estaciones del FFCC se manejaban con telégrafo mediante código Morse. Los teléfonos eran de color negro. Esto que cuento de los teléfonos tenía una implicancia que es ahora casi impensable: la gente se visitaba sin previo aviso, directamente caía en la casa de uno y golpeaba la puerta.
Los medios de
transporte público eran tres: el colectivo -modelos muy antiguos, marcas Chevrolet, Ford, Leyland, Mercedes Benz o Bedford-, el troley, que era un colectivo enorme con dos fierros arriba conectados a la línea eléctrica, y el tranvía, del cual había infinidad de líneas que barrían toda la Capital y suburbios. Yo hice toda mi escuela primaria viajando de Wilde a Bernal en tranvía; el estrepitoso ruido que metían era muy típico y hacía a la música urbana de esos años. Conducía el tranvía o tranguay el "motorman", y el "guarda" te cortaba los boletos. Los asientos eran de madera y en invierno se colaba el frío en esas carrindangas que daba calambre.
Por supuesto que también estaba el tren pero con locomotoras a carbón (oh! la máquina a vapor...), recién empezaban a llegar las Diesel. Imaginar el tren iba unido al humo de la locomotora y el silbido de la máquina. Chucu chucu chucu chucu chucu chucu...
En la década del
50 el planeta estaba habitado por 2 mil millones de personas; hoy somos 6 mil los millones. Argentina tenía 20 millones y hoy 40. El año 2000 quedaba como el 3000... allá lejos y hace tiempo, en la estratósfera, era para las novelas de ciencia ficción. Las Twin Towers -que desde hace 9 días no existen más- tampoco existían y el edificio más alto del mundo era el indiscutido Empire State Building con sus orgullosos 381 mts. de altura.
Esta otra tanda de palabras tampoco figuraba en el diccionario de la vida cotidiana: Dolina - Arafat - Pinti - ortodoncia - prestobarba - frecuencia modulada -membrana asfáltica - kiwi - dolby - sida - unisex - realidad virtual - sensación térmica - mall - capa de ozono - chip - multimedia - lipoaspiración - plastificado - compact disc - biodegradable - Chapulín Colorado - contestador automático - www - bytes - digital - delivery - management - soporte magnético - trabex - e mail - by pass
- parking - caloventor - default - lluvia ácida -Carrefour - catering - tenedor libre - made in Taiwan - Dow Jones - CEE - Mercosur - Maradona - spa - prestobarba - DVD - fecundación asistida - masterizado - papanicolau - mamografía - Brasilia - sachet - hipoacúsico - discapacitado - Serrat - inalámbrico - pet - fun.
El documento de identidad de los hombres se llamaba "Libreta de Enrolamiento" y el de las mujeres "Libreta Cívica". Ir a la colimba era "ir a servir a la Patria" o a "hacerse hombre": si te tocaba Marina tardabas dos años en hacerte hombre (yo me salvé de la colimba por número bajo, me tocó el 017). Argentina todavía no era una colonia yanqui y el concepto de Patria se llevaba muy adentro. En el 47 autorizaron a votar a las mujeres. Había una señora -La Eva- que se mandaba unos discursos de hostias por la radio; creo que después se enfermó y se murió, mi papá estaba contento.
Ahora voy a algo que me
resulta tan gracioso y sorprendente como necesario para agregar al presente cuadro una de sus pinceladas fundamentales: en la década del 50 recién se empezaba a usar el plástico, casi no había cosas de ese material. Recuerdo haber asistido a la aparición de las primeras medias de nylon para mujeres, eran muy pero muy caras y por supuesto el último grito de la moda.
Uno de ustedes se puede preguntar tranquilamente cómo es un mundo sin plástico y estoy seguro le va a costar hacerse a la idea ya que hoy casi todo es de alguna variante de ese material. ¿Y de qué eran los objetos antes del plástico? Pues es muy simple, casi tonto: de vidrio, papel, cartón, hule, chapa, zinc, lata, madera, calabaza, mimbre, caña, cobre, alpaca, tela, lona, lino, lana, hilo, algodón, cuero, amianto, loza, cerámica, plata, antimonio, corcho, niquel, goma, yeso, arcilla, cebo, baquelita, aluminio, acero, bronce, ladrillo, piedra, barro y adobe, cemento y
fibrocemento.
Hoy día basta contar las cosas de plástico que hay arriba de la mesa a la hora de almorzar para darse uno cuenta que una mesa de hoy es muy distinta a las de antes. Todos los envases de bebidas eran de vidrio y retornables, y dicho sea de paso no existía la Coca Cola de litro, todas la gaseosas venían en botella chiquita y no era usual verlas en la mesa cotidiana. Los chicos tomábamos un concentrado (jarabe) para diluir llamado Granadina y otro de bebida cola, la Refrescola. En los bares además de Coca vendían Pomona, Indian Tonic Cunnington y Bidú Cola. La Pepsi llegó más tarde.
El vino era común de mesa y el reserva para ocasiones especiales, ni qué decir del fino. Las marcas eran media docena, que ya no vienen: Tomba, Tupungato, Gargantini, Toro, Pángaro y algún otro. El mantel de la mesa era de hule y si domingos o feriados entonces de hilo, sin dudas que bordado a mano.
La vestimenta del hombre
era muy otra, por empezar era más elegante y se usaban gemelos para las mangas de camisa, chaleco, moñito en vez de corbata, sombrero, trabacorbata, ligas para las medias (claro! porque no eran de nylon, entonces no ajustaban y se caían, había que sostenerlas con algo), traje, tiradores en vez de cinturón, pañuelito pintón en el bolsillo de arriba del saco, anillos grandes y guantes. La terminación era con peinado raya al medio y Glostora o gomina Brancato... una afeitada con brocha y Gillette, un poquito de colonia y a romper la noche muchachos!
La mayoría de las cosas que uno hoy compra envasadas se vendían sueltas y además por precio, no por peso. Ejemplo: ir al almacenero y traer 10 ctvs. de azucar, otros 10 de fideos y 5 de manteca, garbanzos, porotos o lo que sea. No había super ni hipermercados, agatas si mercados chiquitos y ferias francas, para las compras diarias estaba el almacén del barrio, la verdulería, vinerías,
forrajerías, zapaterías, etc. Muchos de esos rubros hoy ya no existen más. El vino se estilaba comprarlo suelto llevando la damajuana; el aceite también se compraba suelto. Las gallinas se vendían vivas o se sacaban del gallinero y había que cortarles el gañote y desplumarlas con agua hirviendo. No había fábricas de pastas frescas.
La leche no venía en sachet y se compraba suelta por litro llevando la jarrita. También venía en botellas de vidrio marcas La Martona y La Vascongada. No había "larga duración" ni ninguna de las marcas actuales. Los menores tomábamos leche con Toddy, cacao o cascarilla.
La población de Wilde estaba compuesta en su mayoría por inmigrantes tanos, gallegos y turcos. Había mucha gente de otros países que venía huyendo de las guerras y entonces uno aprendía idiomas y dialectos casi sin querer; a mi me daba risa oir hablar a los tanos en su media lengua y mi viejo los imitaba muy bien. Mi abuela
era gallega y solía hablarme en su idioma. Esos inmigrantes instalaron aquí sus costumbres de origen y algo muy común era la quinta; casi todas las casas tenían quinta y gallinero. Entonces la gallega me mandaba a la forrajería a comprar afrecho y rabacillo para las gallinas, también maíz. Yo tenía que agarrar un balde, ponerle agua hasta la mitad y echarle afrecho, revolver hasta que espese y darle a las gallinas.
Los almaceneros, dueños de restaurants y mozos eran todos gallegos, los albañiles y carpinteros italianos, los tintoreros japoneses, los vendedores ambulantes de ropa turcos y los lecheros vascos. Eso era invariable.
Había pocas instituciones bancarias, muy tradicionales, sucursales del Provincia y el Nación, también el Hipotecario y la Caja Nacional de Ahorro Postal. Los conceptos de inflación, indexación, devaluación, corrupción, terrorismo, etc. no existían; tampoco existían las tarjetas de crédito ni
los plazos fijos. Se usaba el cheque, el pagaré y la cuenta corriente; también la palabra y sellar el trato con un fuerte apretón de manos. Nadie compraba dólares.
Al no haber inflación las cosas costaban siempre lo mismo por años y años. Recuerdo que para ir a la primaria viajaba de Wilde a Bernal y el boleto del tranvía era de 0,50 ctvs. "Peso Moneda Nacional". El colectivo 0,70. En el 58 mi viejo compró unos lotes en Mar de Ajo con un crédito del Banco Hipotecario a 20 años, al final terminó pagando chaucha y palitos. Los impuestos se pagaban anualmente y no bimestral o mensualmente como ahora.
Los elementos de aseo eran mucho más restringidos que los de ahora, no había sido inventado el champú ni la crema de enjuague. Mi madre y mis tias juntaban agua de lluvia para lavarse el cabello con algún jabón fino Palmolive. No recuerdo si ya había desodorantes axilares pero los primeros fueron de barra, en envase de
vidrio con tapa de lata, marca Polyana. El desague del inodoro era a cadena, no a botón, con la pesada mochila de hierro expuesta allá arriba.
El servicio de la luz se pagaba en el domicilio; pasaba un cobrador, leía el medidor y cobraba según el consumo registrado. No llevaban custodia ni iban armados y eran siempre los mismos tal como era siempre el mismo el cartero, durante años y años. De noche la Policía patrullaba las calles a caballo -de a dos- y constataba que los picaportes de las casas estuvieran con llave. También estaba el sereno que indicaba su paso golpeando la puerta cancel con un bastón. La luz blanca no existía, había sólo de la amarillenta, en casas, calles y autos.
Todos los vecinos se conocían y se visitaban, que uno le llevaba ciruelas al otro y ese retrucaba con uvas de su parral, empanadas o alguna que otra cosa. Se vivía a un ritmo más tranquilo que el de ahora; es un dato ostensible que al mismo
tiempo que fue aumentando la velocidad de los autos, aumentó la velocidad de la gente (o mejor a la inversa). Qué era el "stress"...? -Ni idea.
En la década del 50 no había internet - countries - lentes de contacto - torturadores - lavaderos automáticos - ninjas - tampones - moratorias - desaparecidos - trasplantes de órganos - drugstores - locutorios - freezers - misiles - cajeros automáticos - tarjetas de crédito - reality shows - celulitis - psicólogos - neumáticos radiales - shoppings - aliscafos - cybercafés - alimentos balanceados - coches bomba - tractorazos - piqueteros - hackers - autopistas - secuestros - comercio de órganos - Brigadas Rojas - Prode - Loto - Quini 6.
Los colchones y las almohadas eran de lana, pluma o algodón, no existían la gomaespuma ni el polyester. Había un oficio que era el de cardador; el hombre venía a casa, descosía el colchón, lo cardaba o sea despelmazaba la lana, y lo volvía
a armar; se lo llamaba anualmente en primavera. En relación a este tema teníamos dos animalitos bien jodidos y colchoneros que prácticamente desaparecieron: la chinche y la pulga; fueron desplazados por los piojos y las liendres. Siempre es así, se vence una peste y aparece otra que la reemplaza ocupando su lugar.
Casi no existía la electrónica, no existía, entonces no había televisión ni equipos de audio, grabadores, pasacasetes, videocaseteras, walkmans, guitarras eléctricas, microondas, acondicionadores de aire, celulares ni computadoras. Sí pibes y aunque no me lo crean: cuando yo era chico -y ojo que no tengo 180 años- no había TV ni PC, agatas si radio eléctrica y a válvulas, las de transistores vinieron después. Recién el tocadisco había desplazado a la vitrola y los pudientes tenían un "combinado" que era un enorme cajón de madera con radio y tocadiscos (discos de pasta 78 rpm, por supuesto). La sigla PC quería
decir Partido Comunista.
Nos enterábamos de las noticias por el diario y la radio. Yo seguía la serie de Tarzán que iba por Splendid todos los días de 17 a 17,15 hs. y mi madre escuchaba las radionovelas con Oscar Casco y otras voces engoladas célebres por aquellos años. También había radioteatro, óperas y zarzuelas, y el domingo al mediodía todo el mundo escuchaba "La Revista Dislocada" con Delfor a la cabeza; por la tarde los hombres se prendían con el partido. Cuando había golpe de estado buscábamos Radio Colonia en el 5.5 del dial con la inconfundible voz de Ariel Delgado ("haaay mááás informacioooones para este boletííín!!!"). Otra radionovela que me gustaba era "Lindor Covas El Cimarrón".
La TV apareció cuando yo tenía unos 8 o 9 años, en 1956 aprox., en blanco y negro y con un solo canal -el 7- que transmitía dos o tres horas por día; los locutores eran el negro Brizuela Mendez y Pinky. Pronto llegaron
Pepitito Marrone (cheeee!!!), el Capitán Piluso y Coquito, Balá, el padre Gardella y las series La Patrulla del Camino con Broderick Crawford, 77 Sunset Streep, Perry Mason, Bonanza y El Zorro. También La Familia Falcón con Pedrito Quartucci. Muy poca gente tenía televisor, eran carísimos.
Los primeros grabadores fueron marca Geloso y eran a cinta (no a casete). El Winco y los long plays llegaron después, en mi adolescencia. Los Beatles todavía no existían pero se empezaba a escuchar a Bob Dylan, Joan Baez y Elvis Presley.
No había artefactos a pila excepto las linternas, eran pocos y todos eléctricos. Los encendedores eran a bencina. Las velas y fósforos de cera marca Ranchera y las pilas marca Eveready, grandes, de las chiquitas y medianas no había. Todos los chiches que se movían eran a cuerda.
No existían la informática ni la semiótica, tampoco la ecología y mucho menos el psicoanálisis y los psicólogos.
Había muy pocas especialidades médicas y mil veces menos medicamentos que ahora. No había medicina de alta complejidad ni la impresionante aparatología actual; se usaba mucho la medicina casera utilizando el vinagre, la barrita de azufre, las ventosas, las purgas laxantes de aceite de castor (puaj!), las píldoras Ross para regularizar el intestino, el ajo con leche para sacar la lombriz solitaria, el alcanfor contra la polio, las enemas cuando te atrancabas, el aceite de hígado de bacalao, la ruda contra la mala suerte, el carbón para cortar la diarrea, el Geniol para el dolor de cabeza, alcohol fino, árnica para los machucones, etc. El hospital público, que era gratuito y de calidad, atendía al 90% de la población; había muy pocas instituciones privadas.
Los chicos nos enfermábamos de sarampión, viruela, poliomelitis, escarlatina, lombríz solitaria, tuberculosis, tos convulsa, gripe, varicela, y alguna otra típica de esos años.
Casi no había vacunas excepto la Sabín oral contra la polio (oral, sin inyección). Por cualquier cosa te daban una inyección en el culo que te dejaba a la miseria. Ir al dentista era dramático, la sala de torturas, lo peor de lo peor, con ese gigantesco e infernal torno a cuerdas.
Después te arreglaban con caramelos: Sugus, Media Hora, Fruna, Chucola, Chuenga, chicles Adams o Bazooka, confites y pastillas DRF de menta; en el mejor de los casos te llevaban a tomar un helado de palito y listo el pollo. Un dicho clásico de aquellos años: "A golpes se hacen los hombres y a patadas las mujeres".
De chico me tuvieron que operar de la garganta (amígdalas) y me llevaron al Hospital Argerich de La Boca. Recuerdo que me agarró una enfermera de sorpresa por atrás, me sujetó fuerte, me encajó una sábana y al toque apareció el médico con unas pinzas enoooormes. Me obligó a abrir la boca de prepo, metió las pinzas y tiró para
afuera; quedamos él, la enfermera y yo bañados en sangre. Listo, ya estaba. (¿y la anestesia Doctor...?). Así fue como accedí a la castración.
De cada cosa había muy pocas marcas y eran siempre las mismas, entonces comprar era fácil. Por ejemplo había una sola marca de zapatillas -Alpargatas- con cuatro modelos: las comunes, blancas o azules, y las de basquet, blancas o azules. Hoy día para comprar zapatillas hay que ser especialista en marcas, modelos y mil chiches... total para qué si un par de zapatillas es un par de zapatillas. De igual manera ibas a la ferretería a comprar pintura para madera o metal y había dos marcas -Alba y Colorín- con sólo dos variedades: sintético (brillante) o mate (opaco), nada más que eso. La ropa era de algodón o hilo -no de polyester- y necesitaba plancha y almidón.
No había delivery ni comidas preparadas, prepizzas ni tapas de empanadas, casi todo lo hacía el ama de casa con
elementos caseros; se pasaban la mañana entera cocinando entre ollas y nubes de vapor de agua hirviendo. La calefacción era mayormente a carbón -braseros- y a kerosene que había que ir a comprar a la estación de servicio. Las estufas eran a vela y había que darles bomba. El calentador marca Bram-Metal se usaba tanto para cocinar como de calefactor. El carbón se compraba en la carbonería, también la leña, papas y cebollas en bolsa y kerosene. Había heladeras pero no freezers.
Tampoco había de lo siguiente: luncheon tickets - indexación - Favaloro - Montoneros - Merval - cable coaxil - riesgo país - Hubble - sommier - holograma - hipoalergénico - Concorde - fórmica - ADN - policarbonato - call money - combo - promo - neonazi - e mail - página web - telgoporn - fundamentalismo - Benetton - Ulster - videocable - contaminación ambiental - peaje - corlock - tender - día del amigo - día del niño - premium - ingeniería genética -
cinerama - listas sábana - empleados ñoquis - demo - unplugged - ETA - Neil Armstrong - Che - tomografía computada - resonancia magnética - chatear - on line - flexibilización laboral - Bin Laden.
Mis distracciones consistían en andar en bicicleta, jugar con mis amigos a las bolitas (uy! cuando aparecieron las japonesas!) o las figuritas, el ajedrez, el ludo y las damas, la lotería de cartones, los autitos, el remo, los patines, pasear a mi perro, hablar en jeringozo, hacer cosas con maderas, serrucho, martillo y clavos. Entre mis amigos nos tratábamos de "che", no de "boludo". A la gente grande -de más de 20 años- se la trataba de riguroso "usted".
También leer los libros de la colección Robin Hood, manejar el aro, remontar barriletes, cazar pajaritos con la gomera, tocar el timbre y salir corriendo, jugar a la escondida y la mancha, el rango y la rayuela. Me encantaba ir con la bici a pescar a Quilmes o a la lagunita de
Sarandí. Coleccionaba estampillas y leía Patoruzú, Billiken y las revistas mejicanas. Mis héroes eran Tarzán y el Llanero Solitario. Me había fabricado un palomar en el fondo y tenía como 40 palomas, de las comunes, buchonas y cola de abanico.
Otros juegos infantiles eran el monopatín, el carrito con rulemanes, el tinenti (o payana) con las piedritas, el balero, el yoyó, las palabras cruzadas y el estanciero. Los barriletes los hacíamos caseros, con filetes de caña, pegados con engrudo y destripando una sábana vieja para ponerla de cola. El ladrón y el vigilante, jugar a la pelota en el potrero y la cerbatana. Cuando llovía y se inundaba la calle hacíamos barquitos de papel.
Las plazas tenían una configuración distinta a las actuales, con algunos personajes que han desaparecido. En casi todas había un guardián o cuidador municipal que la mantenía limpia y arregladita; también estaba el barquillero que vendía
rosquitas, pirulines, gofio, manzana acaramelada, maníes calentitos, lupines y pochoclo. Pero la palma se la llevaba el calesitero con la algarabía de los caballitos que suben y bajan y la magia de la sortija. En ninguna faltaban hamacas ni toboganes. Otro era el heladero que también pasaba en las tardes de verano por el barrio en un triciclo-bicicleta... "palitos, bombón, heladoooo!!" y despachaba una de dos marcas: Noel o Laponia. Alcancé a conocer al organillero con el lorito que te sacaba la tarjeta de la suerte (... las ruedas embarradas del último organito... vendrán desde el suburbio buscando el arrabal...).
Era la época de la categoría Turismo Carretera con Fangio -quintuple campeón mundial-, los Galvez y los Emiliozzi; y en boxeo Gatica, Lausse y Pascualito Pérez. En catch Karadagián y en fútbol como siempre unos cuantos, recuerdo a Musimessi -el arquero de Boca-, Labruna en River, Erico en Independiente y Ratín y Mauriño
en Boca. Los partidos los transmitían por radio Fioravanti, Muñoz y Luis Elías Sojit.
Iba al cine semanalmente a ver las de cowboys con Alan Ladd y John Wayne matando apaches (oh! Gary Cooper, oh! Kirk Douglas). Daban tres películas y mi vieja llevaba la canasta con sánguches de milanesa, mandarinas, bananas y Coca Cola. Cada vez que se quemaba la película se armaba un griterío infernal y revoleábamos las cáscaras de banana; nada muy distinto a lo que se ve en "Cinema Paradiso".
Las de terror estaban a cargo de Boris Karloff que metía un miedo de aquellos. En la siguiente década apareció Narciso Ibañez Menta con "El Fantasma de La Opera". Las películas eran casi todas en blanco y negro aunque algunas de Hollywood comenzaban a llegar en technicolor. Otro que metía miedo era Hitchcock y para reírnos teníamos de sobra: Los Tres Chiflados, El Gordo y El Flaco, Chaplin, y Los Cinco Grandes del Buen Humor, sin contar los
dibujos animados de Walt Disney.
Una vez un sábado a la noche mis viejos se empilcharon porque iban a salir con una pareja de vecinos al cine a ver una porno PM18. Intrigado quise saber cuál era pero no me lo quisieron decir (muy bien no sabía qué quería decir "porno"). Después me enteré que era "La Cigarra no es un bicho", nacional, con Luis Sandrini y gran elenco. Ya de mayor la fui a ver de pura curiosidad... qué poco hacía falta para ratonearse (hoy es para los chicos, hasta uno de 8 la puede ver).
Las fuerzas armadas de mi país -poderosamente equipadas- tenían tanques de guerra Sherman, fusiles Mauser, jeep Willys y aviones Gloster Meteor. Hoy todo eso se puede ver en los museos. Casi no existía la energía atómica y no había centrales nucleares. Argentina tenía una flota naviera estatal -ELMA- de primera línea que surcaba todos los mares del mundo; exportaba productos agropecuarios y tenía un futuro de grandeza.
Los servicios públicos eran todos nacionales, Perón se los había expropiado a los ingleses.
Un amigo de mi viejo lo quiso entusiasmar para irnos a vivir las dos familias a EEUU, yo asistí a la conversación. El Sr. Estancich decía que aquel era un país pujante (recuerdo esa palabra porque no la entendía y fui corriendo a buscarla al diccionario); mi viejo le dijo que no, que Argentina también era un país pujante y se quedaba aquí. Sin comentarios.
Avellaneda era un maremagnum de fábricas trabajando a pleno con sus chimeneas humeando día y noche. Hoy es un triste monumento a la desocupación. La Boca y todo el puerto de Buenos Aires eran un enjambre de vapores cargados hasta la línea de flotación con los productos del país (ver los cuadros de Quinquela). Eran miles los estibadores y obreros que llenaban las calles desde temprana hora. Todo eso -que yo alcancé a ver- se terminó hace rato.
Wilde era un barrio
tranquilo y los vecinos se conocían todos, entonces no había mayores problemas de seguridad. Nadie enrejaba la casa ni ponía alarmas, para eso estaba el perro. Casi no había robos y recuerdo que cuando había algún asesinato truculento salía en la tapa de La Razón, en la famosa edición quinta de la tarde. Los canillitas voceaban los titulares -ahora ya no lo hacen-. Mis padres no me dejaban leer las noticias "policiales" porque eso no era para los chicos (tenía que pasar de largo la página 5).
Los pocos ladrones saltaban las tapias a puro coraje, todavía no habían nacido Rambo ni Terminator. No mataban a nadie; una cosa era el ladrón y otra el asesino, diferencia sustancial que las épocas dejaron totalmente perimida. Decía que las casas no estaban enrejadas ni monitoreadas, apenas si culos de botella rotos en las tapias y a veces alambrados de púa. Se solía usar el cerco vivo de ligustrina.
Cuando yo era chico no había
drogas, me refiero a las actuales y no al alcohol y el tabaco, con quinientos años el último y miles el primero. Teníamos sólo dos variedades de coca: la Coca-Cola y la Coca Sarli, de la marihuana ni noticias y la primera que causó estupor fue el LSD pero recién en la década del 60. La gente no consumía ansiolíticos a pasto como ahora, hacerlo era signo inequívoco de estar colifato; había pocos y eran recetados por los médicos psiquiatras, no por los clínicos.
Por las tardes de verano la gente salía a la vereda a tomar mate y leer La Razón, conversar con los vecinos y ver pasar la vida. Para fin de año se iba a saludar casa por casa con una sidra bajo el brazo. En carnavales salían todos con los tachos a la calle y se armaba la farra. A mi me fascinaban las fogatas de la noche de San Juan. Esta historia moderna de la gente que vive en edificios y no conoce al del depto. de al lado solamente pasaba en New York.
Los
cigarrillos eran sin filtro y lo más común era armarlos comprando por separado el papel y el tabaco, en general negro. Los primeros rubios con filtro fueron los Hawai, LM y Saratoga. Fumar era asunto de hombres, no de mujeres. Los encendedores eran marca Monopol, Zippo y Carusita, todos mecánicos y a bencina. Los viejos fumaban pipa, habanos o cigarros de chala. Se podía fumar en cualquier lado, incluso en los colectivos.
El bolígrafo recién empezaba a llegar, para escribir usábamos lápiz y lapicera fuente. Yo también usé pluma cucharita y cucharón mojando en el tintero (la de ganso ya estaba superada). La única tinta era Pelikan y había algo que ya no se usa más pero era necesario para evitar los manchones: el papel secante. La fotocopiadora no estaba inventada pero había papel carbónico que te ensuciaba los dedos; cuando estaba en quinto grado apareció el Simulcoop que fue como decir la octava maravilla del mundo, nos
facilitaba tener que dejar de hacer los mapas a mano. Otro gran avance de la ciencia fue el tintero involcable. Ja!
También estaba el mimeógrafo (había que picar el extensil), y las máquinas de escribir mecánicas marcas Olivetti, Remington y Underwood. Las primeras calculadoras fueron a manija y hacían las cuatro operaciones básicas, el porciento y poca cosa más; eran unos aparatos Olivetti muy pesados y grandotes con la carcaza de hierro. Los comerciantes usaban la máquina registradora, unas enormes máquinas plateadas manuales con teclas de colores.
No había viajes de egresados como ahora; cuando terminabas la primaria o el secundario, el colegio -por supuesto- hacía una fiesta de graduados, y había que portarse bien... Los periódicos zonales sacaban la foto de la nueva promoción. Todos aprendíamos a leer con el libro Upa creo que de Constancio C. Vigil. En la escuela en cada grado teníamos que comprar El Manual del
Alumno Bonaerense que venía con todas las materias en un sólo libro; en Capital estaba el manual de Kapelusz.
En casa papá había comprado un juego de tres diccionarios que yo usaba a menudo (y sigo usando): la Enciclopedia Ilustrada de la Lengua Castellana -Sapiens- Editorial Sopena Argentina, tapa de cartón duro, edición 1951. También teníamos la Historia de América de Levene, 15 tomos, edición 1946. Los libros y cuadernos se forraban con papel araña y los chicos teníamos "libreta de ahorro postal" con estampillas, y el chanchito alcancía. El único pegamento para el colegio era el "pegalotodo", no había otro (la Plasticola es de los '70).
El diariero traía todos los días La Prensa, años más adelante mi viejo lo cambió por Clarín. Los lunes llegaba el Billiken y yo por mi parte iba al kiosko a comprar Patoruzú y El Pato Donald con unas monedas que me tiraba mi abuela.
La fotografía era en blanco y negro y
muy pocos tenían máquina de fotos (eran grandotas y cuadradas). Había que ir a la casa de fotografía o al retratista a hacer un dibujo a carbonilla; otra posibilidad era el infaltable fotógrafo de cada plaza. Ni pensar en las filmadoras actuales, fotómetros, telémetros, zoom ni cámaras digitales, eso no figuraba ni en las novelas de Julio Verne.
Viajar en avión era cosa de empresarios, funcionarios, militares y pudientes (eran cuatrimotores a hélice). Nadie nacido por acá conocía USA ni Europa. Mis abuelos habían llegado al país en barco trás veinte y pico de días de viaje; nunca más pudieron regresar. Se usaba mucho lo único que había: el correo postal con la estampilla. En muchas esquinas había un objeto cilíndrico pintado de rojo emblemático de aquellos años: el buzón.
Cuando se almorzaba o cenaba había una consigna extendida, al menos en mi casa y casas de vecinos y amigos de mis padres: en la mesa los chicos
no hablan. En verdad los chicos teníamos pocos derechos comparado con el hoy, sería tal vez por que no había psicólogos... no lo sé pero ya tampoco me importa. En Pehuajó todavía no había nacido Manuelita. Cuando se te rompía la ropa no la tiraban como se hace ahora, tu mamá te la zurcía o le ponía un remiendo y se seguía usando. Había que verla a la vieja o a la abuela meta darle al huevo de madera, la aguja y el dedal zurciendo las papas de las medias o la entrepierna de los pantalones cortos.
Al no haber un gran desarrollo de la industria química no existían los aerosoles, aunque parezca mentira no había de esa parafernalia. Pero entonces... ¿cómo se eliminaban las moscas? -Con la paleta matamoscas y de a una, o echándoles flit; después apareció el Tugón de Bayer que era un disco como de goma que se ponía en un plato con agua, la mosca picaba y caía envenenada. En los bares colocaban unos aparatos aéreos con luz azul
y varillas electrocutadas. En muchas casas tenían fiambreras, unos jaulones colgantes con malla de alambre anti moscas.
¿Y las cucarachas? -Con el zapato. Los mosquitos con espirales Caracol, la única marca del mercado. Las lauchas y ratas con trampera y quesito, y si no con "Ratax", unos granitos raticidas que no les hacían nada. Mi viejo explotaba los hormigueros echándole agua con cianuro y un fósforo; otras veces les ponía "Formitox" pero no le daba resultado y las hormigas le comían toda la quinta (mama mía! cómo puteaba...). También estaba el DDT que después fue totalmente prohibido porque el remedio era peor que la enfermedad. Para desinfectar la casa se usaba la lavandina, el fluido Manchester y la acaroína.
Cuando yo tendría unos 10 u 11 años empezaron a aparecer los pantalones vaqueros, los primeros fueron los Lee e hicieron furor entre los adolescentes. Hasta bien entrada la pubertad los chicos usábamos
pantalón corto; ponerse "los largos" era signo inequívoco de haber crecido. Recuerdo que la entrada a la adolescencia se significaba con tres blasones: los largos, la llave de la casa y el reloj pulsera; era usual que a los 17 o los 18 el padre le regalara al hijo un reloj (no, no, en esa época no eran digitales ni a pila, a cuerda y costaban bastante). Las mujeres no usaban pantalones, a ninguna edad, usaban polleras por debajo de las rodillas. Cuando llegó la minifalda a principios de los ´60 se armó un lio de aquellos y hasta discusiones teológicas hubo (ni que hablar de la bikini... uy! Dio!).
Existían las malas palabras y decirlas te hacía merecedor de una fuerte reprimenda (tirón de orejas, paliza o castañazo). Ahora que soy grande las puedo mencionar: hijo de puta, la reconcha de tu madre, boludo, pelotudo, andate a la mierda, pija, te cago a patadas, carajo, chupame un guevo, cabecita negra, quilombo, puto, cornudo, coger.
"Estúpido" estaba a medio camino.
Había varios personajes de ficción que servían para asustar a los chicos cuando nos portábamos mal, uno era el diablo: "te vas a ir al infierno!". Otro "el hombre de la bolsa" que tenía su asidero en la figura del linyera, y otro "la gitana" que se llevaba a los chicos malos que no querían tomar la sopa. Cuidado que viene "el cuco".
Mi madre no tenía lavarropas, eso lo compraron después y me acuerdo de su alborozo frente a semejante adelanto mecánico; las vecinas tampoco tenían. La ropa se lavaba en una enorme pileta de lavar de cemento armado refregando contra una tabla de madera, a mano, en verano y en invierno. Luego iba a la soga que era un alambre que cruzaba el patio de punta a punta y se levantaba con un palo largo. Para que quedara más limpia se usaba azul para blanquear y antes de la aparición del jabón en polvo lo único que había era el "jabón blanco para lavar la ropa"
marca Cañadenzo o Federal.
Papá siempre fue un pionero en los adelantos y uno de los primeros del barrio en traer a casa el gas. Hubo que hacer el tendido de las cañerías de agua caliente y junto comprar el calefón, marca Orbis o Domec, ya no me acuerdo (el termotanque es contemporáneo de ustedes). Cuando yo era chiquito en la casa de Wilde no teníamos agua caliente y en invierno había que calentar ollas para bañarse; se lo hacía en la "cocina económica" de hierro fundido marca Istilart, a leña. En razón de lo anterior no era usual que nos bañáramos todos los días. El gas envasado fue un adelanto tecnológico al que saludamos: dos enormes cilindros de hierro con una escafandra... eso sí que era ir para adelante a toda máquina!!!
Pensando en lo que es hoy una casa con todos los aparatos eléctricos y electrónicos, las comidas preelaboradas, los alimentos envasados, freezer, microondas, etc. se me hace por comparación
que ahora es bastante más fácil ser ama de casa. Mi vieja estaba todo el santo día dándole a la fragua... que lavar la ropa, hacer la comida, la quinta, el gallinero, coser, zurcir, tejer, bordar, planchar, ayudar a los chicos, ir a hacer los mandados, etc. -Es obvio entonces que por aquella época lo usual era que las mujeres no estudiaran ni salieran a trabajar, para lo primero no daba el tiempo ni el marco cultural y lo segundo era tarea del hombre. Casi no había mujeres profesionales.
Un tema aparte (ésto es para vos Pablo) era el de la música. Cuando yo empecé la primaria recién se empezaba a escuchar por estas pampas a Elvis Presley. Los Beatles no existían, vinieron varios años después. Lo que hoy se llama "banda" (de música de rock) antes era la banda de la Policía o la de los pistoleros, no había otras; lo que sí había eran las orquestas, en general de tango, jazz, "típicas" y las de música clásica. Antes del rock
estaba el mambo, el bolero, el tango y el folklore; el rock que vos escuchás y tocás no nació en la época de Jesucristo... El primer conjunto de esa música que vi tocar en vivo fue a The Wonderfulls en el club Juventud de Wilde y también a Sandro y Los de Fuego (o sea que ahora Sandro debe tener como 300 años de edad). También lo solían traer a Antonio Prieto, Yupanqui, Alberto Castillo y Los Chalchaleros.
Mi viejo compraba discos RCA Victor (de pasta, ojo! no confundir con el CD... venía una sóla canción por disco) y tenía una colección de tangos y boleros además de otros como Lolita Torres, Benny Goodman, Bing Crosby, Glenn Miller, etc. Se los escuchaba los domingos a la mañana y cada tanto yo le rompía alguno; ahí se armaba y ponía el grito en el cielo (... te dije que no tocaras los discos!!!).
A los niños los traía la cigueña de París (la mentirosa historia de la semillita vino después). No se había
inventado la ecografía ni se podía saber el sexo antes de nacer. El padre no podía presenciar el parto. Las leches maternizadas no existían, leche de vaca entera y común para todo el mundo (las descremadas sin nata son de esta época diet). Tampoco había pañales descartables. El único método anticonceptivo era el profiláctico -"Velo Rosado"- y recién empezaban a aparecer las pastillas. A los bares entraban solamente los hombres, no era bien visto una mujer en un bar.
No había saunas sino prostíbulos y lo habitual era debutar con una puta, a la novia no se la tocaba. En mi adolescencia solía frecuentar con amigos los burdeles de Isla Maciel (ayyy!!! las ladillas!!!). Como no había sida a lo sumo te agarrabas una blenorragia y en el peor de los casos la sífilis, que se curaba con inyecciones de penicilina. No había divorcio legal y la palabra separación no figuraba en el diccionario. Tampoco había el análisis de ADN para
determinar certeramente quién era el padre (a veces el chico se parecía un poco al lechero o al sifonero).
Los velatorios se estilaba hacerlos en las casas y los deudos guardaban luto hasta que terminara el duelo: brazalete negro los hombres y vestimentas oscuras las mujeres. La gente usaba medallitas al cuello. Casi no había cultos extra católicos con excepción de los espiritistas de la Escuela Científica Basilio y los de las comunidades extranjeras: judíos, ortodoxos, protestantes, etc.
Para ir de Wilde a la Ciudad Eva Perón (La Plata) se lo hacía por la Calchaquí y el cno. Gral. Belgrano -ambos empedrados-, el Centenario no existía y el distribuidor de entrada tampoco. El Parque Pereyra se llamaba Parque de la Ancianidad. Para ir a la Capital se iba por la Av. Eva Perón (Mitre) y se entraba por el Viejo Puente Pueyrredón que es como decir el puente de Brooklyn. El arroyo de Villa Domínico no estaba entubado y el parque
se llamaba Parque de Los Derechos del Trabajador.
Los puentes de Varela y Etcheverry todavía no estaban y para ir a Mar de Ajo, de Dolores en adelante la ruta era de tierra hasta Santa Teresita (200 kilómetros), luego había que seguir por la playa; cuando llovía era toda una travesía, el safarí de Camel... otra que "turismo aventura"! (una vez tardamos tres días en llegar a Mar de Ajo).
La carrera espacial recién empezaba, el Sputnik I se lanzó en octubre de 1957 y mucha pero mucha gente decía que eran mentiras, que Rusia nos estaba engañando. Recuerdo mi emoción una noche del 60 y pico cuando pasó sobre el cielo estrellado de Wilde el Vanguard I llevando a bordo al astronauta Gordon. No se hablaba de especies animales en extinción ni tala indiscriminada de árboles. Había indios salvajes y zonas del planeta inexploradas. Los mares no estaban contaminados y todavía no había aparecido Jacques Cousteau, no era necesario.
Salvo Hiroshima aún no habían empezado las pruebas nucleares y vivíamos libres de contaminación radiactiva; no había basura atómica en el espacio ni residuos nucleares. Recién allá por el 66 aprox. -yo 19- explotó el atolón de Mururoa en el Pacífico ante la consternación mundial y su debida amonestación a la República Francesa (Chernobyl iba a llegar en el 86).
Yo me entusiasmaba con los proyectos Mercury, Mariner, Géminis y Vanguard, que hoy se pueden ver por TV en el "History Channel". Esas noticias eran a toda tapa de los diarios de todo el mundo. La hazaña de Gagarín fue en abril del 61; tenía 14 años y ni yo ni nadie podíamos creer que un hombre orbitara el planeta... ¿Quién le pisaba el poncho a los rusos?.
Hoy la existencia es (o parece...?) inimaginable sin automóviles y teléfonos, plástico y aluminio, televisión y jets, electrónica e informática, y sin embargo hoy no somos más ni menos
felices que hace 40 años atrás. Es digno de ser notado que la tecnología y el consumismo no tengan nada que ver con la felicidad.
Los únicos cuatro made in que yo conocí fueron los Made in USA, England, Germany y Japan. La mayoría de los países del Africa eran colonias británicas, francesas, belgas o lusitanas. Asia quedaba allá lejos. En el año de mi nacimiento la Corte Suprema de EEUU autorizó a los negros a compartir el transporte público con los blancos.
En 1947 gobernaba el país el General Perón. El Papa era Pio XII y el presidente de EEUU Harry Truman. En España estaba Franco, en Francia el Gral. De Gaulle, en Rusia Stalin, en Japón Hirohito, en China creo que Chang Kai Shek y en Cuba Batista. En la RFA estaba el canciller Konrad Adenauer. Dos años antes había finalizado la Segunda Guerra Mundial con la bomba de Hiroshima (6/8/45) y la inmediata capitulación de Japón (tengamos confianza en Argentina y si no
vean lo que le pasó a Japón hace pocos 56 años). La Europa arrasada se empezaba a reconstruir con el Plan Marshall.
La ONU fue creada el 24 de octubre de 1945. El premio Nobel de literatura del 47 se lo dieron a André Guide (Francia) y el de medicina al argentino Bernardo Houssay. Exáctamente cuatro meses después de mi nacimiento lo mataron a Ghandi (20/1/48) y el 14 de mayo del 48 (...yo agatas si ocho meses) se creó el Estado de Israel. En el 54 Boca salió campeón y mi viejo me llevó a los festejos, tenía 7 años. El muro de Berlín es del 61. Cuando lo mataron a John Kennedy (22/11/63) yo tenía 16 años. La guerra de los Seis Días (Israel contra los países Arabes) ocurrió en el 67 a mis 20, todavía faltaban 10 años para que naciera Celina.
Otra guerra que fue tapa obligada y diaria de los periódicos durante toda mi adolescencia fue la de Vietnam que arrancó en 1962 a mis 15 y terminó a mis 27 con la caída de
Saigón (abril del 75). En el 53 fue el asalto al cuartel de Moncada con Fidel Castro a la cabeza y en el 56 el desembarco del Gramma; Fidel derrocó a Batista en 1959 a mis 12.
En muy apretada síntesis ésto era más o menos lo que les quería contar, dibujarles la época en la cual yo me crié, cómo era el mundo por aquellos años. Si leyeron atentamente habrán notado que las cosas parecen sacadas de un antiguo libro de historia, y sin embargo no es así, yo fui coetáneo de toda esa historia, era mi infancia, niñez y adolescencia. La distancia entre mis padres y yo no llegó nunca a alcanzar tamaña diferencia, ni por asomo (papá era del 17 y mamá del 20 o sea que ellos fueron testigos de la década del 30).
Queridos chicos: han pasado sólo 40 y pico de años y parece que hubieran sido como 1000. Los de mi generación hemos tenido que irnos adaptando a la acelerada modificación de todos esos parámetros básicos antes
mencionados. Hemos visto pasar muchas pero muchas cosas y por momentos parecía que todo se acababa, sin embargo seguimos en pie. Cuando la crisis de los misiles en Cuba el planeta estuvo al borde de la guerra nuclear y hubo mucho miedo, fue en octubre del 62 a mis 15 años. Confieso haber estado aterrado.
Algunos cambios fueron para bien, otros no, pero no voy a eso. Voy al costo personal de tan impresionantes modificaciones, quiero decir que a veces no da la estructura mental para mantener el ritmo y en algunas cosas uno se va quedando atrás.
En mi caso -por ejemplo- cada vez que suena el teléfono me maravillo de ese invento (Graham Bell, USA, 1876) al que ustedes no tuvieron que adaptarse ni asistieron a su masificación. Ni qué decir de la computadora y el correo electrónico que me siguen pareciendo cosa e mandinga aunque los use a diario.
Sepan disculparme entonces si en algunas cosas -poquitas- me ven medio chapado a la
antigua. Es que todo no se puede. Algunas veces y muy en el fondo me siento un sobreviviente pero enseguida se me pasa; si hasta me están empezando a gustar Los Redonditos de Ricota...
Hoy -20 de setiembre de 2001- cumplo 54 años y quise escribirles ésto a ustedes mis muchachos. A vos Celi que naciste en la época de la dictadura, a vos Pablo que sos de Malvinas y a vos Lu que sos de la democracia, los tres muy nuevitos. Yo soy de la post guerra, para ustedes una suerte de dinosaurio de Spielberg; ya murieron mis abuelos y mis padres y la década del 50 quedó allá atrás en la historia, bien lejos.
Bien, les digo que no soy un dinosaurio, es sólo que los tiempos han corrido al galope y mal que bien aquí me tienen, sentado frente a una computadora usando el correo electrónico. Pero la tecnología no importa, jamás se engañen con eso, lo único que vale más allá de los tiempos es el amor que nos tenemos y poder dormir
tranquilos.
Bueno pibes, eso les quería contar este papá que les lleva más de treinta años, pocos o muchos según la vara que se use. Por momentos parecen un montón y en otros un soplo. Las dos décadas en las cuales mi arbolito se modeló y tomó su forma casi definitiva fueron muy distintas a las que les tocó vivir a Ustedes. No obstante aquí estamos todos juntos bajo el cielo de Argentina viajando en el veloz tren del tercer milenio.
No me animo ni a pensar en lo que va a ser el planeta dentro de 50, 100 o 200 años. No hay ninguna garantía de que vaya a estar mejor que ahora, nadie lo sabe. Basta imaginar el promisorio campo de la ingeniería genética para entrar en el terreno de la ciencia ficción, y sin embargo tal vez tenga más de ciencia que de lo otro.
Las guerras y la destrucción no van a terminar; esperemos que tampoco termine nunca la esperanza y el deseo de ir para adelante. Pero de una cosa podemos estar
seguros: no es por la tecnología que se va adelante en serio, no es por la electrónica o la informática, es por otro lado, sin duda que es otra la via. No hay que desmerecer a la ciencia pero una ciencia sin ética es como un mono con revolver.
En este tembladeral de los años y las épocas me quedaron pocas cosas en pie pero hay una en la que sigo creyendo con absoluta firmeza: no hay salvación, no hay progreso, no hay nada si no es con todos y para todos. La cosa no es de a uno, es de a dos, y quien dice dos dice mil. Aunque sea una idea romántica, aunque digan que no se puede y aunque vengan degollando, si los adelantos tecnológicos no están al alcance y al servicio de toda la comunidad entonces no sirven para nada.
Basta ya de lata y a festejar que hoy el viejo vizcacha cumple sus primeros 54 tacos. Espero me hagan una torta y no se olviden de los regalos eh!
El árbitro era Hanz Aguila. El Dr. Karate contra El Comendatore Benito Durante. La Momia Blanca antes de la perversa Momia Negra versus Peucelle y la ignomioniosa terna arbitral mientras que sobre el cuero tensado rodaba el gordo William Boo. El hombre de la barra de hielo entraba al bar por un pasillito lateral, arpillera al hombro y oliente a sudores caballunos, la chata hirviente como advertencia que lo que se rozara apenas fuera ardido por el troley que tenía que torcer la cornamenta para ni hacerle sombra siquiera. Chichita de Erquiaga traicionaba a Doña Petrona de Gandulfo, moviéndole el espacio. Pavita a la York. Juanita, la esclava alcanza cosas. ¿Qué significaría la "C" metida como cuña antes de Gandulfo?. Carrizo, el nombre del arquero de River. Y Colomba presentando una momia indígena en La Campana de Cristal. Arriba, entre flores, el televisor entre el mármol, y la madera y
con ese plástico delante para ver en colores. El padre de Carlos era albañil, luego se hizo contratista y era muy petizo y le gustaba estar con nosotros los pibes, los amigos de sus hijos. Fumaba mucho, Clifton creo y echaba el humo mirando la tevé con la mano apoyada en la barbilla, entre melancólico y cansado. Siempre andaba de blanco, oreado por el sol y con manchas eternas de pintura o de mezcla a bordo de un jeep y nos llevaba al campo, a La Carolina, un campito vaya a saberse de quien era y nos hablaba de "Titanes en el Ring" con un entusiasmo infantil. Creía en lo que propalaba el aparato y el mismo era un actor secundario, un héroe de la clase trabajadora, esmirriado y fuerte, con ojitos de laucha feliz, allá arriba entre los andamios y el cielo. Un semidios sin físico de atleta pero con ángel. Cuando no estaba allí, en la altura, se metía en el traje de astronauta porque cultivaba abejas. "Cultivar" se decía a eso que tenía en
una entrada perteneciente a la familia por la calle de enfrente y espiar desde fuera, porque se nos estaba prohibida la entrada, él andaba con su disfraz entre las celdas de madera, entre flores de un verdín que hacía de telón de fondo y las abejas como otras florecitas moviéndose al silbido de él, su amo. El Caballero Rojo perdió su primer pelea y Don Francisco abandonó su entusiasmo, porque según su credo, los buenos no perdían, Central no se iba nunca al descenso y sus hijos solo serían artilleros del equipo. Uno fue bailarín y el otro se perdió con atorrantas que lo único que hacían era sacarle el dinero que ganaba en la pinturería. Un día enfermó de un cáncer al pulmón y lo lloramos retroactivamente, mientras Karadagian en la próxima pelea que antecedió a su partida, casi pone de espaldas al oso que le habían tirado como rival. Vino por última vez al Estoril a tomarse un fernet, pero ya la muerte lo seguía y él
sabía y todos los sabíamos pero, en el fondo, esperábamos, como cualquier héroe cualunque, que la Muerte le temiese y no se lo llevara. Se despidió de mi tocándome la cabeza y augurándome iba a salir bueno y se subió al jeep por última vez antes de entrar al Hospital y perder la batalla que ni se televisó porque ya el rating elegía que era lo que vendía más o menos. Luego, en un tiempo que no pude medir se supo que tenía una hija en un pueblo, una hija de otra, una tal Florencia cuya mamá había muerto antes que él y que la viuda, la mamá de Carlos fue y deshizo la tumba a palazos y lo vedó del descanso final, traspasándolo al panteón de los hermanos. La tal Florencia fue, durante un verano tema de conversación en todo el barrio, pero luego, con el vértigo de las clases ella misma desapareció de la escena donde se había colado y nunca le pudimos ver la cara. Mi amigo Carlos una vez nos habló y dijo querer conocerla. Es mi
hermana al fin y al cabo, pero, nunca a los chicos se les abre la puerta de la verdad y quedó la historia trunca, sin encuentros, ni regalos ni película. Allí en los altos andamios debe andar bebiendo grapa don Francisco, que así se llamaba el hombre. Dejó su ropa salpicada entre un montón de cosas, el traje de astronauta enlutado y las abejas que se mudaron de barrio. Carlos viajó a Europa a encontrarse con su destino, cambió de sexo y se perdió en los canales de Venecia para reaparecer en postales. El otro hermano progresó, adquirió un lote y puso un bazar enorme que luego fundió por culpa de las putas. Don Francisco, a pesar que no compitió nunca en las luchas, fue sin dudas mi mejor Titán.
La nieve ¿y quién o qué le pone el revólver en la mano al millonario? ¿quién o qué lo incita a desmoronarse sobre la nieve la pasta dental el chocolate?...
"IL DOTTOR FISCHER DI GINEVRA"*
La neve e chi o cosa mette in mano il revolver al miliardario? chi o cosa lo incita a dissolversi nella neve il dentifricio la cioccolata?...
*de Rolando Revagliatti. revadans@... -Traducido al italiano por Jerome Seregni
Los árboles*
aquietan morosamente, tiernamente los pensamientos.
Desde su altura no compiten: están.
Acompañan los ciclos y adormecen los vientos; persisten sin apetecer.
Son compañeros de viaje hacia el sosiego maestros en el juego de la luz y no desean más que lo dado.
*de Oscar Agú. cachoagu@... (Reside en Santo Tomé/Santa Fe)
-Fuente: LUZAZUL Nº 106. Septiembre/2009.
Correo:
Ciclo de Cine-Debate y Psicoanálisis "La subjetividad de la época y sus avatares"
Ciclo de Cine-Debate organizado por ESPACIO PSICOANALÍTICO PAMPEANO
y Grupo de Estudiantes de Humanas de la UNLPAM
Espacio Psicoanalítico Pampeano continúa realizando actividades de extensión para quienes se interesan en los temas relativos al ser humano. Este año, acuciados por los acontecimientos nacionales y mundiales, nos interrogamos por la subjetividad de nuestra época. Nos servimos nuevamente del arte cinematográfico como disparador y apuntalador para identificar los paradigmas socioculturales por los cuales nos encontramos atravesados como sujetos. Invitamos a quienes quieran reflexionar sobre los acontecimientos contemporáneos, sus avatares e implicancias subjetivas.
Proponemos una selección de films que, gracias a su riqueza, posibilitan un análisis fecundo para el debate. Intentaremos, con el aporte de todos, ubicar los emergentes sociales de una subjetividad que padece las marcas del discurso contemporáneo y el malestar actual en la cultura.
> 2.10.09 Capitalismo y consumo > "El ciudadano" Director: Orson Welles Año: 1941 Sinopsis: El magnate de la prensa Charles Foster Kane (Orson Welles) fallece, acompañado solamente por sirvientes, en su gran mansión pronunciando una única palabra: "Rosebud". Con la intención de averiguar su significado un periodista comienza una investigación con las personas que vivieron y trabajaron con Kane. Las entrevistas se suceden y con cada persona afloran vivencias y recuerdos que ayudan a modelar la compleja imagen del fallecido millonario, pero, que no aportan datos sobre la misteriosa palabra. Solo el espectador conocerá su origen y significado que engloba temas como el anhelo de las cosas perdidas y los valores realmente importantes.
> 9.10.09 Holocausto > "El noveno día" Dirección: Volker Schlondorff, Año: 2004 Sinopsis: El filme narra la historia del sacerdote católico Henri Kremer, prisionero en un campo de concentración por no seguir las leyes racistas de Hitler y amenazado con la muerte de su familia y compañeros si no convence al influyente obispo de Luxemburgo para que se comprometa con el régimen nazi.
> 16.10.09 Violencia y Racismo > "La naranja mecánica" Dirección: Stanley Kubrick Año: 1971 Sinopsis: Gran Bretaña, el futuro. Alex es un joven hiperagresivo con dos pasiones: la ultraviolencia y Beethoven. Al frente de su banda, los drugos, los jóvenes descargan sus instintos más violentos
pegando, violando y aterrorizando a la población.
> 23.10.09 Adicciones > "Réquiem para un sueño" Dirección: Darren Aronofsky Año: 2000 Sinopsis: Harry vive con su atormentada madre Sara y mientras él sueña con una vida mejor, ella está permanentemente a dieta para el día que pueda cumplir su mayor ilusión: aparecer en su concurso televisivo preferido. La ambición de Harry y su novia Marion es hacerse ricos vendiendo droga con su amigo Tyrone, y utilizar las ganancias para abrir un negocio propio, pero nunca llega el dinero suficiente para iniciar su plan. A pesar de todo, Harry y Marion no se resignan a vivir una existencia que consideran despreciable, por lo que harán lo impensable para conseguir la vida que anhelan.
Viernes 30 de Octubre Ciclo suspendido por Semana de
Cine Nacional
> 06.11.09 Interculturalidad >
"Al otro lado" Dirección: Fatih Akin Año: 2007 Sinopsis: A través de una serie de encuentros, relaciones e incluso muertes, las frágiles vidas de seis personas se cruzan durante sus viajes emocionales hacia el perdón y la reconciliación en Alemania y Turquía.
TODAS LA FUNCIONES COMIENZAN 20 hs Al comienzo de cada película se proyectarán cortos de Gabriel González Carreño (director pampeano).
Dirigido al Público en General Entrada Libre y Gratuita
Este domingo 27 de septiembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español Agustín Castilla-Ávila. Las poesías que leeremos pertenecen a Marcelo Marcolín (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Freundliche Grüße / Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur. www.euroyage.com
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Canté mi mejor canción esta noche: A la luz de la Luna, Silenciando a los grillos, En la banqueta, Tirado, Sucio Y convirtiendo en monedas Las miradas de algunos.
Mi mejor canción Se ha escuchado esta noche, Y algo se ha conseguido para comer.
Se cantó esta noche La mejor canción que alguien pudo entonar: Y no hubo aplausos, Ni anuncios publicitarios, Ni firma de autógrafos; Pero algunas monedas se lograron reunir.
Canté mi mejor canción esta noche: Los pasos tronaban con el cemento Y las horas pasaban Como si fuesen algún animal.
La mejor canción de esta noche, A penas nos ha dado para soñar.
Ahora, con estas calles que ganó el asfalto, con esta falta de árboles añosos, en esta profusión del sol que no contienen los árboles raquíticos de la vereda, ahora que el Verano entra a saco en el pueblo y no da resuello ni esperanza a nadie, es que me acuerdo del otro pueblo. El más antiguo, el que subyace debajo de éste, el que nadie ve, el que si lo vió, ya lo olvidó, o quiere olvidarlo, en una inútil herida hacia delante. Cuando me refiero al pueblo de antes no hago alusión al que conoció mi infancia vagabunda, no estoy extrañando ese perdido espacio donde creo haber sido feliz, no. Me estoy refiriendo concretamente al año cuarenta, año en que según los mayores de un tiempo
relataban, llovió durante quince días sin parar y el agua anegó campos, el viento destruyó casas, desgajó árboles y casi hace desaparecer al pueblo. En mi niñez, según siempre contaban mis tías y mi madre, a eso de las tres de la tarde el cielo se empezó a poner ceniza, montándose en hollinada sábana y de pronto la noche cayó sin aviso sobre esas pocas almas tranquilas que realizaban sus tareas al mejor entendimiento y la mejor paz posible. Las tareas rurales o las vinculadas a ellas o al comercio que generaban esa fuente de preocupación y comentario incesante y excluyente. La única conversación que podía salirse un poco era sobre el fútbol en los hombres y la incursión de un nuevo actor cinematográfico en las mujeres. También se hablaba del tiempo, pero el tiempo lo abarcaba todo y no solo las ciclos de las sequías y de las lluvias. Hablar del tiempo, era
hablar simplemente de la vida, de la vida simple, pero también de la vida trascendente. Y cuando nosotros criticábamos esta forma de hablar de los mayores, pensando que una coyunda de rutina y de costumbre le crecía como escamas en la espalda, era tan real como la vida, aunque en ese tiempo no lo supiéramos. Ya nos llegaría la hora, como a todos. Para eso nos faltaba tiempo, sin pretender hacer un juego de palabras. Como habrá sido esta inundación que varias generaciones de copoblanos la tenían siempre presente, al grado que cuando el cielo se encapotado de forma alarmante, no faltaba el comedido alarmista que expresaba en el momento menos adecuado. -Parece que se viene una tormenta igualita a la del cuarenta. Así comentó un día Pedrito
Lencioni mientras fumaba un "Fontanares" broncoso y renegrido y con la mano libre del cigarrillo se apoyaba en un "siempreverde" añoso. Al oírlo doña Rosa Campos, a la sazón mujer coqueta y no tan entradas en años todavía apuró el paso que traía firme y generoso desde la lejana iglesia que espantaba palomas con su inmensa campana chilladora. Y lo apuró tanto que se le rompió un taco de su zapato nuevo, justamente el de ir a misa y asistir a los bautismos y se le torció el pie con un cuasi esguince de tobillo. Del cual se salvó "incontinenti", pero no de las rigurosas dos semanas de reposo que le indicara el magnánimo doctor Roberto Coppo, llamado también cariñosamente "El médico de los pobres", inolvidable en la memoria de todos los habitantes que lo conocieron, hayan sido o no sus pacientes. Lo cierto, es que esa fantasmática "tormenta del
año cuarenta" estuvo siempre presente encima de la infancia y apenas un tropel de nubarrones pampas y de aquellos que las nuevas generaciones no conocen porque ahora llueve un par de veces por año (que atribulaban al corazón más duro y hacía temblar el fuego del mas firme) nos asustaban, digo que esas tormentas, aquellos temporales ya no vienen y uno recuerda esa frase de García Márquez: "El tiempo ya no viene como antes" y los hombres tampoco, debo agregar yo con una tristona melancolía que no elude ciertas ratificaciones y ciertas certezas que siento crecer en mí cada vez más firmes, según pasan los años. Esto tampoco quiere decir que las lluvias no se transformaban en largos temporales, pero no al extremo de inundar toda la zona, pero, eso sí, para ser sincero el famoso y castigado "Barrio de las Ranas" nunca escapaba al azote de las inundaciones,
hasta que en épocas recientes la comuna le construyó un canal muy hondo, que acabó con la zozobra de toda esa pobre gente que vivía con "el Jesús en la boca" como decía una de mis abuelas cuando quería hacer metáfora de una situación de permanente sobresalto. Tampoco vienen esas lluvias copiosas que llenaban los hondos zanjones de ranas y de bagres que nosotros pescábamos en el último puente y la última alcantarilla del pueblo, la de don Leandro Correa. Munidos de un hilo con un trozo de carne que al contacto con el agua se tornaba cada vez más pálido, o con anzuelos que fabricábamos con alfileres de gancho hurtados en un descuido a nuestras madres, le atábamos con hilo de algodón muy fino, le prendíamos una caña de Indias al otro extremo, y a tirar el anzuelo al azar de la correntada de todo esa masa de agua aluvional, que venía de todo el pueblo, desembocaba
en ese tubo inmenso en la puerta de don José Vélez y arremetía en los canales que eran los afluentes naturales de esa gran cañada que llamaban "El noventa", perteneciente a la Estancia Maldonado adónde iríamos a nadar cuando pasara la lluvia y el sol fuerte, invitara al chapuzón entusiasta que hoy entreveo como si nunca hubiese sido cierto.
REGRESO*
El hombre de los ojos insomnes, duerme. Duerme mecido, en rituales de viejas caracolas. Tambien duerme el deseo. Lo despierta la noche y el penetrante olor a vida. Los espejos. Los retratos vivientes. La estremecida piel. Ha perdido su pasos, su insolencia. Ah, si pudiera volver, recordar, regresar. Pero es de noche y teme. Noche de terciopelo. Acechan los pájaros del miedo. Teme. Teme abrir los cerrojos. Las ventanas pircadas. Las clausuradas puertas. Teme y desea. El escozor se arrastra como felino en celo.
Es agosto y los almendros brotan. También germina el fuego. Se encienden las cenizas. Las azules grutas tantas veces besadas. El ritual del puñal que cincela y canta. Y teme, y desea y excomulga las antiguas muertes. Y regresa. Regresa, sabiendo que un viaje es solo eso: un regreso.
Los médicos son especialistas en recomendarte aquello que menos ganas tienes de hacer. El mío no es una excepción y después de prohibirme el café, el tabaco y el azúcar me recomendó caminar por lo menos una hora diaria.
En aras a la salud, subí al coche y me dirigí a unas montañas cercanas pensando que si debía caminar, al menos lo haría en un paraje agradable. Al tercer día de caminar por sendas y caminos del bosque me di cuenta de que me aburría soberanamente, por lo que decidí internarme entre los árboles y explorar nuevos lugares "nunca hollados por el hombre". Mi imaginación me ayudaba a mantenerme entretenido, por eso cuando descubrí aquella cueva me alegré tanto, ya que rompía la monotonía de los senderos. Me acerqué a ella y entré para explorarla.
Era profunda y se hacía algo más grande al cabo de unos cinco metros. De pronto,
me pareció notar una presencia que deduje sería de algún animalejo ya que por aquellos andurriales no se acercaban mas que cazadores en temporada de jabalí. De pronto, aparecieron dos ojos a un par de metros de altura y un resoplido me erizó los cabellos. En milésimas de segundo di la vuelta y comencé a correr al mismo tiempo que algo enorme me perseguía. Salí de la cueva y corrí alocadamente. Trastabille y caí el suelo entre piedras y raíces. Me di la vuelta inmediatamente y vi un animal prehistórico, que se dirigía a mi sobre sus dos enormes patas traseras, mostrando una dentadura imponente y con una especie de pantalla alrededor de su cuello. Era, sin duda un velociraptor, el más peligroso de los depredadores Periodo Cretácico. Se acercó a mi, que estaba indemne en el suelo, y me olisqueó mientras yo esperaba la dentellada fatal. Emitía unos rugidos a través de aquella boca babeante, que me sobrecogían por lo que aun no
entiendo como tuve fuerzas para agarrar una rama del suelo y arrojársela. La rama le pasó por el lado de la cabeza e intuí que esto le habría irritado aún más. Cerré los ojos dispuesto a morir y esperé.
Cuando abrí de nuevo los ojos vi al animal a medio metro de mi, con la rama en la boca y moviendo la cola. ¡La había ido a buscar y me la traía!. La tomé aterrorizado y volví a arrojarla. El velociraptor fue a buscarla y correteando me la volvió a traer. ¡Estaba jugando! Repetimos el juego muchas más veces, hasta que se cansó y se fue a su cueva.
Ahora cada tarde voy a jugar con él lanzando el palo cada vez más lejos y esperando que me lo traiga de nuevo, pero he tenido que volver al médico que no comprende porque el caminar me ha producido un esguince en el codo.
El niño ha llegado con pasos vacilante. Duerme la ciudad en un credo extranjero. Pude describir uno a uno los colores de la calle. Busca. No sabe lo que busca. A quien busca. Porque. Sobre todo porqué Tiene amor, lumbre, palmeras y fulgores. ¿Qué habría de buscar? En sus piernitas flacas se anuda la tristeza. Desamparo. Orfandad hermana. Partidas.
No conoce esta comarca extraña. Pero está seguro, ya estado allí. Conoce las bocas de sus calles. Sus ojos somnolientos. Sus pasos. Un olor desconocido lo estremece. Remueve sus entrañas. Sacude, agita. Vibra. Es un olor frutal, a hembra. A duraznero en flor.
Se reconocen al instante. Son parte de una leyenda arcana. Se adhieren como hiedras. Penetran en las profundas grietas. Rómulo es Remo. Lo lame, lo acuna, lo acurruca en su pelaje oscuro. El niño se prende de los pechos duraznos. Se hace pájaro. Liba, muerde, muere. Cierra los ojos, paladea, goza, orina. Ah, el sabor es tan dulce como lo es la vida. Se refugia en las suaves colinas. Ha llegado a su puerto. Ya ha estado allí. No importa si el hoy es solo ahora.
Las cosas bellas son frágiles como pétalos como párpados las cosas auténticas y bellas siempre están alejándose apenas si podemos como al plumerito de cardo pedirles un deseo consagrarlas al recuerdo y quedarnos mirando como se las lleva la vida ese viento.
El príncipe encantador quedó sorprendido cuando le abrió la puerta aquella anciana de apariencia amable que le miraba desde el dintel de la puerta. Él esperaba encontrarse a Cenicienta, traía el zapatito de cristal en la mano, quería casarse con ella y en su lugar apareció aquella abuelita que le miraba curiosa y le preguntaba por una cesta.
Se fue maldiciendo al lobo que le engañó enviándole a casa de la abuelita de Caperucita. Murmuraba muy enfadado: "Desde que se ha iniciado el Movimiento Okupa*, cada vez hay más inseguridad. Hasta el lobo "okupó" un cuento que no era el suyo. ¿A dónde iremos a parar?"
*de Joan Mateu. joan@... *"El Movimiento Okupa" consiste en la ocupación de propiedades, ya sea tanto de terrenos, de edificios o lugares abandonados, con el fin de utilizarlos como tierras de cultivo, vivienda o lugar de reunión.
¿La lluvia viaja en un tren?*
Son varios los años que llevo viviendo y muchos también sin dormirme con el ruido del tren. Durante aquellos en que todavía podía esperar que mi madre viniera a arroparme, suspendiendo el ritmo del pedal de su costura, yo mezclaba en duermevela el ruido monótono de la máquina de coser y el ostinato del tren que traía la lluvia haciendo globos en sus acordes. ¿Oís?, me decía mi vieja, va a llover. Cuando el tren hace ese ruido va a llover. Ella volvía al pedal y yo me confortaba en ese calor, hasta que mi egoísmo se hacía insoportable y entraba en cuenta de que mi padre pedaleaba doce kilómetros desde la fábrica cruzando la noche claustrofóbica de la tormenta y que mis vecinitos estarían intranquilos poniendo refuerzo a las chapas y la madera de la entrada, buscando trapos y ollas para que la oscuridad y
la tristeza no lo fueran tanto y para que al día siguiente no tuvieran que sentirse tan desgraciados como en realidad eran.
El sopor se me llenaba de una culpa que era de otros, pero yo la sentía mía.
Igual que hoy.
Entonces el desvelo acompasaba los latidos tenues del despertador panzón de campanilla y las nueve lunas de Crandall en el Ranser de mi hermana. Todo sonaba al ritmo que marcaba mi tensión sanguínea, hasta que en un descuido de las horas que avanzaban sin noción, escuchaba el crujido de la silla de paja y el almohadón que mi gato dejaba caer para desperezarse y recibir a mi padre. Mi vieja corría la estufa a kerosén de la entrada y entonces eran ruiditos de besos y susurros de cómo están las nenas y te arreglaste bien hoy. Hasta el quiebre del cabello de mamá, electrizado por la estática, se oía desde la pieza.
Esperaba los pasos de papi para despejarme el flequillo, besarme en la frente y dejarme el alfajor debajo de la almohada, convencido de que había logrado una vez más no despertar a las nenas.
No distinguí tan fácilmente ese ruido entre aquellas palabras con caricias. Pasó bastante tiempo hasta que pude darme cuenta de qué me hablaba mi madre. El ruido era una música monótona y agradable de aire que se inflaba de noche, de humedad, de secretos, de tristeza, de gente despierta que, no entendía yo qué hacían a esas horas, por qué no estaban durmiendo, dónde estarían yendo. Todavía lo traigo en las noches en que la ansiedad por alguna cosa vana me acompaña hasta la cama y no quiere soltarme. Percibo furiosa mi puño cerrado, escucho los ruidos de los otros que no entienden mi cansancio, y los dientes bruxados buscan un culpable para mi incapacidad de relajarme.
Convoco el tren con su humedad distante y me dejo envolver en la tibieza de los besos.
Fui y seré una insomne crónica y, por tanto, he aprendido a degustar los sonidos de la noche. Cuando era niña no sabía escribir, mejor dicho, no sabía darle lápiz a mis pensamientos. Se agolpaban entremezclados, se superponían y salían hilvanando ideas peregrinas. Si hasta de eso me sentía incapaz. Qué clase de idiota soy que estoy pensando en algo que me pone triste y me río de la cara de mi compañero, dibujada en el residuo del día, cuando la maestra le pregunta por los viajes de Colón y él, como siempre, ni idea.
Los ruidos de las noches de acá son secos. Los de ahora no se inflan, se resquebrajan. Son pasos noctámbulos de perros con sarna que hacen chirriar las piñatas de plástico de la basura siguiendo el
rastro de un paquete vacío de salchichas o una cáscara de mandarina que rozó la olla de la comida del comedor municipal y los confunde con la vida. Retroceden al instante los pasos infructuosos y buscan la rendija de la puerta por donde se escapa algún residuo de aroma a churrasco, o la luz encendida de alguna noctámbula. Se mezclan con la batería agotada del cascajo del vecino y las puteadas al compás de los resbalones para empujar la catramina. Se oye por debajo de la puerta el aliento caliente y decepcionado de la madrugada de escarcha y el temblor; la motito pedorra del chorro que raja con un módem que no sabe a quién podrá venderle porque ni sabe qué es, pero tenía lucecitas y debe ser caro; la tranca del ex marido que viene a cagar a palos a la esposa por las dudas, sin siquiera deducir que la pobre recién llega de trabajar como una bestia para seguir creciendo con los pibes.
Se oyen llantos, se oyen gritos, cañerías despabiladas, risas alcohólicas, alaridos de vindicación hechos cumbia, redobles de caballos desorientados por la tierra reseca, tuning de pachanga y regatón con luces celestes que hieren a la luna menguante. Se oye todo pero nunca el tren. Por aquí también ha dejado de llover. Es que necesita la lluvia de mi tren para poder llegar y consolar el egoísmo intranquilo de mi sueño. Yo. Sigo sin poder dormir.
Una leve sensación de calor comenzó a recorrer su cuerpo. Por un momento sus arterias y venas fueron túneles estáticos donde la circulación se desaceleró. Con suma lentitud las imágenes externas fueron penetrando en su conciencia pasando con dificultad por una retina somnolienta. El suelo lo había recibido haciéndole sentir su dureza y el dolor que le causó en su brazo derecho iba adquiriendo intensidad como una alarma roja. Con un esfuerzo pudo incorporarse y nuevamente la hamaca de mimbre recibió su cuerpo y lo contuvo en su pesado abandono. A través de esa lenta toma de conciencia pudo ver las rosas rojinegras que eran su orgullo y percibir con qué indiferencia seguían erguidas; también los rayos del sol primaveral le molestaron. Todo estaba igual pero a él le había pasado algo, un lapso de tiempo de su vida se le había perdido y no poder precisar cuánto lo
inquietaba. Como un rayo vino a su memoria el infarto que había sufrido dos años antes; pudo superar la crisis pero el médico había sido muy claro: vida tranquila, nada de problemas y cambio de clima. Fue entonces cuando se radicaron con Marisa, su esposa, en ese pueblito serrano; desde su puerta podía contemplar los cerros, los mil colores que adquirían en el transcurso del día, en cada mes del año. Había aprendido un modo muy especial de disfrutar esos cambios de color que lo revitalizaban y le permitían gozar de la vida como nunca lo había hecho. Otra novedad fue dedicarse a la jardinería; cultivar rosas era criar hijos, ayudarlos a crecer aunque también verlos morir. De todos modos había vivido apaciblemente y Marisa lo había ayudado mucho con ese modo suyo de pasar por la vida sin apuro que era un modo de fantasear la eternidad. Su lema era: hay más tiempo que vida. Físicamente su esposa era una mujer regordeta que se
levantaba cantando todas las mañanas, que iba y venía todo el día sin cambiar de humor y sin demostrar cansancio. En ese dejar correr los pensamientos lo sobresaltó la presencia de su mujer quien le traía un mate humeante. Esa noche Diego apenas pudo dormir, lo dominaba un sentimiento difuso, mezcla de miedo y resignación. Sin darse cuenta se fue sumergiendo en un recuento de su vida, su casamiento con Marisa, el nacimiento de los hijos, los problemas que acarreó llevar adelante el hogar. Tenía tres hijos: Marcela la primogénita y compinche. Al pensar en ella aún hoy revivía un sentimiento de culpa porque cuando estaba por nacer, él quería un varón . Después nació Carlitos y por último Silvana; los tres fueron el gran reto al que lo enfrentó la vida, pero aparentemente por los resultados, había salido airoso. O tal vez a él le parecía porque se juzgaba benévolamente, quizá cuando tuviera que hacer el
rendimiento final la situación se definiría en forma diferente. De pronto se sobresaltó y se dijo a sí mismo: - Eres un exagerado, todo esto por un simple desmayo. Al poco rato se quedó dormido. Cuando la luz tenue del amanecer se filtró por la ventana se levantó tratando de no hacer ruido, salió de la casa y se puso a mirar hacia el cerro. Este amanecer era diferente, inventaba tonalidades nuevas, los verdes eran más intensos, los rojos parecían arder, todo era distinto. En menos de veinticuatro horas todo había cambiado. El tono asustado de Marisa lo volvió a la realidad. - ¿Estás bien? ¿Qué te pasa? - Nada - contestó, - sólo quise ver el amanecer. Después del almuerzo volvió a su hamaca de mimbre y Marisa le trajo su infaltable infusión de yuyos que siempre seguía a las comidas. - ¿Vamos hasta el cerro?- propuso de pronto y en instantes ella estuvo lista para salir. Mientras el ómnibus
que los llevaba rodaba por las calles Diego pensaba en las veces que había hecho ese camino a pie, sin apuro y respirando el aire fresco; también recordaba la competencia con sus nietos cuando jugaban a quien llegaba primero a lo alto del cerro, de la cual era siempre perdedor. Surgieron las imágenes de sus nietos: Cecilia era la nieta mayor, hija de Marcela, Hugo y Rosita eran los hijos de Carlitos y Silvana lo había regocijado con tres hermosos chiquillos. Esa prolongación de su sangre lo hacía sentir orgulloso, aunque también había sentido miedo por ellos, por su futuro. O tal vez era miedo por sí mismo. ellos eran la evidencia de la limitación de su tiempo. Le costaba esfuerzo retener alguna que otra palabra de los comentarios de Marisa; los sonidos se convertían en pelotas que dejaban como único dato conciente la sensación del impacto. Llegaron a lo alto del cerro y apoyado en el balcón de piedra Diego miró el
panorama. Desde allí se dominaba todo el pueblo y los campos que se perdían entre las elevaciones menores. Los montecitos aislados que se habían salvado del rigor del hacha parecían banderas de victoria, los campos cultivados con sus cortes geométricos que incluían todas las gamas de los verdes, formaban un tapiz que ondeaba como una inmensa alfombra voladora. No había límites para la capacidad creadora de la naturaleza o de Dios; esta duda adquiría en este momento una dimensión que nunca tuvo. Antes no habría vacilado en afirmar "la naturaleza", ahora la idea de Dios funcionaba como una luz roja que a intervalos discontinuos se prendía y se apagaba en su conciencia. - Quiero ver a los nietos - dijo de pronto. - Mañana nos vamos a la Capital. Marisa vivía añorando a sus hijos y nietos, Diego se hacía el fuerte porque se había impuesto dejarlos vivir su vida y gozar la propia sin demasiadas preocupaciones, pero esta
vez era distinto, surgió en él una urgencia que anuló todo razonamiento. El monótono desplazarse del tren había adormecido a Marisa, los ojos de él iban alternativamente de ella al paisaje mientras que todo dentro era algo confuso. La máquina tragaba kilómetros pero a Diego le parecía que iba montado sobre una tortuga. Nunca se le había hecho tan largo el viaje. - ¿A dónde vamos primero? - preguntó su esposa cuando llegaron. La pregunta estaba de más. ¿a dónde iban siempre primero? A casa de Marcela. Ella vivía lejos del centro en una amplia casa porque no le gustaban los departamentos. Antes de que el taxi llegara a destino Diego ya tenía el dinero en la mano y sin esperar el vuelto se apresuró para llegar primero y tocar el timbre, cuando tuvo respuesta a través del portero eléctrico contestó con sus acostumbrados ladridos de perro. - ¡Es papá! - se escuchó gritar a Marcela y segundos después
estaban confundidos en un gran abrazo. A la mañana siguiente bien temprano, fueron a casa de Silvana. ¡Cómo habían crecido los niños! Cuando los vio llegar de la escuela sintió henchirse sus venas de orgullo. Por la noche se reunieron todos en el departamento del hijo que ya resultaba chico. - ¿Sabes, papá? - comentó Carlitos. - Si todo sale como espero pienso comprar una quinta en las afueras para reunirnos allí cuando ustedes nos visiten. Diego se sintió feliz, una sensación especial lo invadió, fue como si todo encajara perfectamente, ya no era necesario quedarse más tiempo, la vida había respondido a todos sus interrogantes. Cuando anunció su inmediata partida nadie entendió pero su actitud fue tan firme que las protestas cesaron inmediatamente, eso si, sus nietos le hicieron prometer que volvería en Diciembre y se quedaría por lo menos un mes. A la mañana siguiente muy temprano el esposo de
Marcela los llevó en su coche hasta la estación de trenes, allí lo esperaba la gran sorpresa, todos los habían ido a despedir. Y nuevamente el tren comenzó a tragar kilómetros, pero ¡qué distinto fue el viaje! Marisa no pudo dormir esta vez porque Diego hablaba y hablaba sin parar. - ¿Viste que linda está Cecilia? Me dijo que le gusta un muchacho que conoció hace poco y que él también parece interesado en ella. Si llega a pasar algo me va a escribir pero tú no digas nada porque me lo dijo en secreto. ¿Y Hugo? Es demasiado serio para su edad, me recuerda mucho a Carlitos, él también desde joven fue muy formal. ¡En cambio Rosita! Es una pícara que se las trae! ¡Y los niños de Silvana! ¿Tú te imaginabas a Silvana mamá? Anoche pensaba que somos bendecidos por la vida o por Dios, si tú quieres. Ella escuchaba y sonreía, no podía hacer otra cosa.
Eran las diez de la mañana cuando Marisa lo despertó con un mate,
había dormido profundamente y se levantó sin apuro. Luego dio una vuelta por el jardín para ver si las hormigas no habían aprovechado su ausencia. Cortó una rosa roja y se la llevó a su mujer, se sentía como nuevo. ¡La primavera estaba cerca! Terminado su almuerzo se acomodó en su hamaca de mimbre y comenzó a saborear lentamente su infaltable infusión de hierbas. Su rostro reflejaba alegría, paz, realmente estaba satisfecho consigo mismo. Echó la cabeza hacia atrás y la taza cayó de su mano. El universo lo miraba, había cumplido su ciclo...
Cardando estoy las finas hebras del deseo despierta mi lengua conjuros voces de delfines soy la clandestina bruja agregando huesitos de doncellas al caldo que te bebes.
Sin que haya algún posible que pudiera evitarlo, el sol despierta y anda sin pausa ni demora. Su átomo de eternidad le corresponde.
De esa lumbre reciente que atenuó el horizonte, el mismo sol opaco en la alameda ya se entrega al designio de la tarde.
Las luces y la noche son formato de tiempo. Un impulso incesante sin pactos ni retrasos. Nada apremia su espera. Lo perpetuo es latido riguroso y el día volverá, qué duda cabe, pero anhelos constantes acrecientan la tarde.
Si muere un pibe de hambre cada cinco segundos se agotaron los dioses de leyenda y milagro. No más sermón errátil de compartir los panes si muere un pibe de hambre cada cinco segundos. El perjurio de magias y cielos del arcano, son antiguos borrones caídos en desuso. La continua derrota de esperanzar la espera. Hambrientas multitudes sin hallar pertenencia,
príncipes sonrientes al temblor del vencido, patrones de la tierra y burlas del Poder son siglo veintiuno.
De persistir sin cambio el peso de los cuerpos, el aire que se eleva y otras físicas claras, es frívolo joder a nuestra especie a toda hora. En cuanto si todo es un incipiente ensayo, - acaso experimento- es hora de avisarnos. Y digamos también, sólo para saberlo.
*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
OLOR DE OTOÑO 2*
estaba atardeciendo y otra vez olor de otoño me avisaba que es tiempo de quemar dejar caer mutar ákiko mujer de otoño sabe quemar papeles repletos de letritas y tachones líneas de desamor (y se guarda el amor) tiempos de terrorismo (y le queda el terror) voces de despedida y reserva un lugarcito para la soledad esa que nunca se va no puede quemarse la soledad por qué
Uno tiene que ser fiel a una zona, repite aquel personaje de un cuento de Saer.
Imposible afirmar si aquello que un autor pone en boca de sus personajes es lo que piensa él realmente, es decir el autor. Pero tratándose de nuestro comprovinciano está tentado a creer que es así.
En ese caso a qué zona sería fiel yo, digamos, creo que tampoco hay secretos, que todo el que tropieza con un texto mío sabe de antemano adonde voy. A ese lugar minúsculo en los mapas "que no tiene río ni puerto", como escribí alguna vez.
El lápiz, sin embargo muy elocuentemente muy obsesivamente diría, se dirige a remarcar ese perímetro que pueblan casas bajas y gente muy pacífica.
Y, como el lector supone, hay poco de interesante en estas vidas sencillas, por más que favorables
vientos de la historia económica beneficien a un grupo para que viva en un confort superior al de sus mayores.
Con o sin esa conciencia la gente, como en todas grandes ciudades, o como en cualquier otra parte hace lo que puede con su propia vida.
Sin embargo, cuando pienso en aquel lugar, aparece entre los nombres como el ruido de un galope obstinado. Es el ruido de ese caballo nocturno que rompía el hilo en las noches de invierno, cuando la luna se instalaba como un plato de acero brillante.
Y era mi madre, quien recorría la pequeña, la humilde casa con su lámpara en la mano y llegaba hasta mi habitación para arroparme, y entonces sí, uno se abandonaba al sueño más profundo. Y a veces, en las noches más crueles, cuando la helada atacaba sin piedad la indefensión de los limoneros, ella con una entrega solicita me calentaba la camiseta de frisa con la plancha a carbón, a pura brasa encendida.
No se por qué, la recuerdo en estos tiempos duros de las dudas reales, cuando arrecian los vientos más implacables y uno está siempre alejado de la posibilidad de que la muerte nos restaure la magnitud de cualquier desamparo.
En las chacras de entonces cabía todo el arduo, el implacable trabajo para hacer fructificar ese suelo fértil, pero que gracias a la escasa tecnología acumulaba deudas y magras entradas antes que bienestar merecido.
En esas chacras donde nunca viví, aunque todos mis mayores sí lo habían hecho, pero mi generación se criaba en los pueblos. En esos desolados pueblos de entonces que seguían -como hoy- dependiendo de la actividad rural. De cualquier modo, en mi remotísimos tiempos infantiles todavía quedaban abuelos o tíos allí, pocos, muy pocos, pero quedaban.
Un pequeño campo que un hermano de mi abuela materna arrendaba no recuerdo a quién, que estaba junto al hondo Canal, y cuya humilde casa de ladrillos estaba asentada en barro, y la rodeaban unos copiosos paraísos, y creo entrever a un costado un selvático cañaveral o no, tal vez mi memoria me juegue una mala pasada. Como no había molino, se sacaba agua de un pozo, que un paciente caballito tiraba con una cadena. El gigantesco balde volcaba sobre los bebederos de lata y allí los caballos y las vacas abrevaban su sed.
Calle de por medio (esa larguísima calle que se hundía en hondos campos y que intercomunicaba las chacras entre sí) estaba la chacra que mi abuelo Isaías arrendaba a don Juan Burki.
En la chacrita de tío Roque, tal el nombre del gringuísimo hermano de mi abuela, pasé imborrables momentos.
Como aquella vez que sentaron mi pequeña humanidad sobre un carro cargado de pasto y el vaivén me fue lentamente bamboleando hasta casi caerme. Como el tío Roque iba a pie y llevaba al caballo de la brida a mis gritos paró y corrió a -literalmente- abarajarme pues el traqueteo me había ido inclinando en incómoda posición -de cabeza- muy cerca del suelo. No dije nada en mi casa, porque si no esas breves y espaciadas vacaciones que me permitían en la "chacra de tío Roque" me estarían vedadas. Y allí lo pasaba muy bien, allí jugábamos en los pocos ratos de ocio con "el primo Hugo", un poco mayor que yo, pero hijo del tío, es decir primo de mi madre. Por las noches encendían una inmensa radio de madera que funcionaba con la electricidad que proporcionaba una batería a la que llamaban "el acumulador". Una antena a lo alto y un pequeño molinillo que estaba sujeto al
capricho del viento hacía el resto. Al parecer se necesitaba todo eso para que pocas horas al día se pudiera escuchar la radio, siempre con interrupciones y descargas. Nunca supe por qué se necesitaban tantos elementos para oír ese milagroso aparato que era como la máquina de soñar para grandes y chicos.
Si las tareas lo permitían íbamos con el "primo Hugo" a pescar al canal vecino. Ignoro qué pescábamos o que pretendíamos pescar con esas cañas inmensas y esos anzuelos siempre pobres en el agua que corría mezquina.
Pero lo que yo más apreciaba eran esas -paseos para mí- incursiones a caballo en busca de las pocas vacas que había y que teníamos que encerrar al atardecer para ordeñar al día siguiente.
Pero Hugo disfrutaba más jugando a la pelota, como es natural y que pretendía aprovecharme cundo yo iba, de lo contrario no tenía con quién hacerlo ya que sus hermanos eran muy mayores.
Para mí no era novedad, en el pueblo me pasaba horas y horas jugando con mis amigos a ese deporte excluyente de mi infancia.
No he vuelto a andar por esa zona, me dice mi hermano que ya no está más la casa, y ha prometido llevarme. Iré a un lugar donde ni alambrado habrá de quedar, ni árboles, ni nada que me recuerde a esa chacrita.
Solo el canal y algún sembrado intenso de soja, que cruzan erráticos los pocos pájaros que se atreven sobre ese aburrimiento verdoso, cubriendo por doquier todos los campos.
Se citaron en un bar. Con solo mirarse supieron que eran ellos, los del teléfono. Una forzada sonrisa, apenas el roce de los dedos. Dos hola y un atropellado pedir al mozo dos cafés. -A mí con canela- dijo ella. -Hace frío... -Sí, un poco... -Se miraron a los ojos y comenzaron a reír tontamente. -Perdón, es que hace tanto tiempo. -Yo también, ya ni me acuerdo como empezar una charla con una
mujer. -Me llamo Andrés. -Hola Andrés, soy Julia. Sin hablar tomaron el café y salieron a la llovizna fría. Él la tapó con su campera. Apretándola contra sí. Julia tiritaba sin mirarlo. -Te llevo a tu casa... -No... mejor a la tuya. _Pasá y secá tu pelo mientras enciendo la estufa y preparo un trago. Julia se sacó las sandalias y Andrés friccionó sus pies con manos cálidas y
grandes. Eso solo fue el comienzo. Se encontraron abrazados fuertemente sintiendo que cada milímetro depiel necesitaba del latir del otro. Toda la soledad, la necesidad de un cuerpo apretado, se traducía sin palabras, solo traspasar el Calor que la carrera de la sangre por las venas llevaba al corazón alocado.
Se apartaron mirándose, descubriendo el color de los ojos, la forma de la boca y los apretó El remolino embriagante del sexo, agonizando juntos. Sin soltarse, quizás con temor a que uno de los dos se esfumara,
retomaron el viaje lento De reconocer y explorar, susurrando medias palabras, ahogando suspiros. Se metieron suavemente en el túnel del placer sin tiempos, olvidando barreras y pudores. Mañana... ¿quién piensa en mañana? Volverían a la rutina o quizás esta noche comenzaría a tejerse la tenue red que envuelve el amor.
Quizás... Por ahora sólo dos cuerpos en un dulce incendio.
Bajo un cielo plomizo y cercano, que hace frío el día acercándolo a mi tristeza, camino hacia el promontorio encabezando la comitiva. Tanta gente me acompaña a despedirte y sin embargo únicamente me importa que nunca más te volveré a ver. Sé que estoy llorando por dentro, desgarrado y confuso, pero soy incapaz de hacerlo por fuera porque no recuerdo como hacerlo.
La vida me ha endurecido tanto que no me creía capaz de sentir tanta tristeza, pero tu muerte, amor mío, me ha llevado a reencontrarme con los sentimientos. Todos lloran a mi alrededor, hasta Dios solloza en tu entierro. Sé que estas gotas de lluvia no son más que sus lágrimas, las que vierte él por mi, que me he olvidado de llorar.
La pequeña mariposa modificaba el aire con un sutil batir de alitas que amontonaría nubes que las arrojaría unas sobre otras, sorprendidas, hasta que en choque explotaran y derramaran, generosas, una lluvia fina como harina. Pero la mariposa allí vibrando, cándida, en las alas, un espasmo azul fosforescente una apenas gotita rojo purpurina y un curioso número 88 ¿el teléfono de Dios, la clave remota para ingresar al paraíso?.
Como la pequeña mariposa ingenuo, cada cual, bate en el aire las inocentes alas del sentido con un color un número una clave quizá una huella de dientecillos de vampiro y se pone el espacio de tormentas y se llueve el tiempo su delirio y se duele cada cual en aleteos su breve para siempre su marca de nacido.
Se fueron desvaneciendo sus dedos de escritor, intentaba ordenarle que se tonificaran para seguir acariciando versos, relatos, locuras que le ocurrían. Pero el fluido de sus falanges estaba seco. Las silabas salían con un esfuerzo de aprendiz de lectura, Las consonantes no coincidan con sus intenciones. Además, en su cabeza sentía el temblor de sus recuerdos. No era agradable escucharlos empujados por el paso del tiempo. Era un ruido de silbatos desprolijos que anulaban la sucesión de alguna aventura que lo colmara de felicidad. El pasado de un amor de esplendor, sin rutinas ni aburrimiento, se había quebrado. El deseo de continuar enamorado, ya no tenía un sentido inspirador. Se había marchado, lentamente al chocarse con las miserias de los dos. Esta sensación comenzó a aparecer, en un principio, con alguna interrupción del diálogo. Quizás, demasiado idealizado. Mas
tarde, las conquistas de la compañera empezaron a confundirlo y viceversa. El tiempo de estar juntos transcurría de la primavera al infierno, el estado de la risa y la simpatía fue reemplazada por temas prohibidos En una noche de insomnio titubeaba en su lengua, Intentaba buscar una excusa para seguir estando vivo. No logró en esa pálida noche una tregua. Vio su alma tan oscura y odiosa, que rezongó hasta cuando le transportó el sueño.-
Ven amor. Valle quieto. Centauro. Pájaro dormido. Descansa en mis pechos de mar. ¿Temes el presagio en tu ventana que da al Norte? ¿Te llama la heredad de un reino amurallado? ¿Tus manos temerosas, son un reloj parado? ¿Tu historia que se enreda en tristísimos líquenes? ¿Los oídos, las bocas, los memoriosos ojos? Un reino de ruleta rusa. ¿La alienación esfuma el rostro? Suspendidos ojos, flotan. Huellas. Angustiosas huellas. Miedo. Sobre todo, miedo. Alguien
llora. Alguien ríe. ¿Oyes? Nueve días y nueve noches, ha soplado el viento. Ventana abierta. El viento no ha apagado las fogatas. Entran voces, luz de miel, besos de río. Desborde de llantos contenidos. Ven, amor. Ven y grita. Tu grito más profundo, tu raíz. Mi preñez acaricia tu frente. Ven amor, la ventana está abierta y da al norte. Al Norte, amor, al Norte
Noche de viernes, solo, sentado a la mesa de mantel raído de esa cafetería suburbana y añorando la compañía de Leticia que había partido el día anterior a un congreso médico. Buscó entretenerse mirando la concurrencia que a esa alta hora de la noche ya era escasa, algún noctámbulo sin rumbo, otro que ya las copas le alegraban la cabeza y allá en aquel rincón ella. Parecía una niña abandonada a su suerte y tenía la apariencia de un perro sin dueño. No había salido en tren de conquistas fáciles y además la veía tan pequeña que despertó en él cierta ternura paterna. Pensó que estaba demasiado expuesta y se le acercó. - ¿Te acompaño? No quiero seducirte, sólo hacerte compañía, y ¿por qué
no? Protegerte. Ella lo miró con ojos extraviados, vidriosos de droga y respondió con una sonrisa estúpida. Estuvieron mucho tiempo en silencio; a ella le costaba articular palabras. - ¿Te llevo a tu casa? - preguntó él y sin contestar ella se levantó y tambaleante se dirigió hacia la puerta. Luego se subió a su auto sin la menor oposición y como no le daba su dirección decidió dar un paseo por la ciudad. A poco de andar se quedó dormida y él dirigió su coche hacia la playa. La noche era espléndida y el mar arrullaba con su vaivén. Estacionó junto al murallón y la miró dormir durante varias horas; estaba seguro que lo necesitaba. El horizonte se fue iluminando, el sol se insinuaba cuando despertó - ¿Por qué estoy aquí? - preguntó
aterrada. - Yo te traje, te noté muy mal en el bar. - ¿Qué quiere de mí? - el miedo la hacía tartamudear. - Yo quiero una sola cosa, - el rostro de ella se contrajo de pánico y comenzó a temblar.
- No tengas miedo, sólo quiero que veas el amanecer lúcida y que sientas que es mejor que la droga.
del laurel habita una diminuta sirena que emerge de los mares interiores de la planta. Me conforta cuidar al laurel lo riego le quito las hormigas y pienso. Me gusta pensar mientras cumplo esta tarea.
Peligroso es el perfume del laurel apenas perceptible. Mortal es su canto de sirena.
¿Hacia donde navega tu barco Que no deja su sombra A lo lejos? El adiós se murió entre mis manos Hecho pájaro sin nido Y sin respuesta. Creo que sólo fue un silencio Que quiso ser voz Y compañía. Tal vez sólo soñé despierta Y cuando el sol salió Quemó mi pena.
II
Me miras y no entiendes, Pretendes sentirme Y me alejas, No encuentras los signos, Los engramas Que construyan de nuevo Los caminos. Tal vez tu pie Nunca interpretó mi huella Ni tu sentir Incorporó mi gesto. ¿Qué somos hoy? Sólo dos sombras Unidas por la nada Del invierno.
III
Muy lentamente Destruyo mi pasado, Las aguas del río Se llevan mis recuerdos. Dejo que la lluvia Lave mis heridas Que no fueron tan graves, Me doy cuenta. Pero es hora De mirar los relojes, Gozar el minuto concedido Que morirá en segundos Despiadados, Cayendo en el cántaro del tiempo Como gota de agua En el estanque.
El cordón de ilusiones era fino, como un hilo de pescar. Cuando se enredaba en patrias de silencios, las palabras se perdían en suspiros. No podían encontrar la procedencia de la insatisfacción. Había, en esa madeja de sentimientos, unidades de contradicciones y dudas... Requería de manos expertas que lograran desovillar la nobleza de los recuerdos, ellos, tironeaban hasta asfixiar... El peso del compromiso vencía drásticamente la liviandad de sus anhelos. La esfera de la crueldad, en su retorno constante, no le permitía desprenderse Y alejarse de esos arquetipos. Nublaban la llamativa claridad de sus ojos grises. El pánico de sus enredos no le hacía bien, paralizaban su maniobrar.
Tendría que cambiar. Era tiempo de cambiar. Convendría tomar distancia. Con
un cristal de independencia debería dejar que la vida se deslice suavemente por sus dedos impacientes... El destino se encargaría de cambiar el injusto repiquetear de la melancolía.
En el golfo de Urabá navegando afluentes del Atrato con su hombre van las indígenas cunas ruta al mercado a vender (¿tiene precio lo bello?) sus molas ingenuas - lujuriosas. Caprichosas geometrías reiteran en las telas diseños que antiguamente pintaban en sus pechos: amarillas rojas negras abstracciones algún pájaro libando anchos pezones alguna flor de despeinados pétalos duplicada en gráciles morenos planetas gemelos. Me lavaré como ellas la mirada con infusión de hierbas y agüita del cielo para mejor ver la ruta de los sueños por encontrar la magia los colores con los que pintaré tus ojos en mis pechos.
Se encontraron en una esquina. Cualquier esquina. Ella venía con una alforja bordada. Verde trébol cuatro hojas. En sus manos, lágrimas de mar, ceniza y un pájaro dormido. El, solamente, una vara de sándalo. En sus pies, sorbos de sombras y espinillos.
Antes de verse presintieron sus pasos. Ella venía de páramos y valles. El, de escarpadas cumbres. Aves incineradas.
Ella traía el oficio del agua y la sed. Él, oficio de orfebre, de dolorosos soles.
Se buscan. Se abrazan. Heroicamente. Rescatan símbolos, gritos y silencios. Bautismo de luz, espina que no duele. Casta sed. Pronuncian quedamente sus nombres.
La intemperie ha quedado atrás.
Una esquina cualquiera. Un hombre, una mujer. Se saben los primeros. Ensayan vuelos Se aturden de sándalo y de verde trébol. Tiempos de asombros. De naceres. De vida.
Buen día. ¿Como estás? ¿Has tenido un buen día? ¿Cómo está tu familia? ¿La canción, el lamento? ¿Qué te dice el territorio de las pequeñas cosas? ¿La plancha, la mesa, la taza con café? ¿La alegría descansa esperando en tu silla? ¿Cómo ensamblas el corazón y las palabras? ¿Has descubierto el sortilegio del pan, el canto de las letras? ¿Puedes entender que la vida da pequeñas treguas? ¿Qué mar no se detiene, ni el carrusel ni los planetas? Llevamos un blanco infalible en el pecho Un blanco color escarapela y allí apuntan, certeramente.
Pero hay un exorcismo de hierbas. Podemos sembrar peces, trenes, veleros. El beso aguarda, como aguarda el valle de tu lámpara clara. No importa la cosecha, si, la siembra Espera en los andenes. El tren que ha de llegar puede ser el último... o el primero. El primero. Amor de viento, reloj, fatigado viajero. Niño.
En esos paisajes del pueblo que son como postales móviles no pueden dejar de percibirse los viajes que hace ese viejo rastrojero con su perro en el techo. En un equilibrio digno de un circo y no de esa bucólica tranquilidad que las no muy numerosas casas atestiguan, mejor dicho, sus ya acostumbrados habitantes a quien no llama la atención. Si al hombre se le pregunta, no da importancia, se encoge de hombros y responde que es decisión de los perros subirse allí. Pero no debe ser casualidad que cuando uno se muere o es muerto por algún desaprensivo asesino, el que lo reemplaza en el espacio de mascota toma de inmediato la misma costumbre. Entonces, es más que evidente que el hombre los entrena. Ese hombre explota un pequeño campo a la vera de la ruta, muy cerca del
pueblo. Ese hombre se llama Miguel Ángel Compañy, pero se lo conoce por el apodo de "El Tigre", y si uno le pregunta el por qué del apodo o quien se lo infrigió, se encoge de hombros, y mira achicando los ojos a través del humo de su cigarrillo. Ese hombre, a quien conozco de su más lejana infancia es mi amigo y si se le inquiere el por qué otros perros viajan con él, en el asiento que corresponde al acompañante, contesta casi con pena : -Isaías, mucha ciudad te ha perjudicado ¿Adónde viste que una señorita viaje sobre el techo de un vehículo?-. Y uno cae en la cuenta entonces del sexo. Esas perritas son las protegidas de su dueño, que extiende su caballerosidad por sobre todo el reino animal y no sólo el que
corresponde al humano. La localidad es pequeña y como el poema de Jorge Calvetti, refiriéndose a Maimará; cabe en el galope de un caballo. La cercan los sembrados en todos los límites, y las casas son bajas, los patios son hondos, sólo una pocas tiene planta alta, en especial son construcciones de los últimos tiempos.. Hay un solo edificio de tres pisos, pero corresponde a una panadería tradicional, que por otra parte se extendió con la fábrica de galletitas, y supermercado en los últimos años. La variedad de pájaros es cada vez más escasa y muchos la atribuyen al desaforado e inconsciente uso de los plaguicidas usados para aniquilar las malezas de los cultivos de soja. El pueblo tiene durante el día una reconocible dinámica: autos, chatas que van hacia los campos, perros, pájaros, y obviamente
gente que interactúa, como se dice ahora, repartiendo los rituales de siempre. Mujeres con sus bolsos de compras que se cruzan en una esquina e intercambian chimes, madres que van con sus chicos a la escuela o lo pasan a buscar por ella, talleres que trabajan y en las conversaciones de los hombres los dos temas excluyentes: las cosechas y el fútbol. Pero si uno se levanta muy temprano "antes de que el gallo cante" como pavesianamente puede decirse, el pueblo es otra cosa. Si uno lo recorre, parsimoniosamente, si va hasta sus últimas calles, entre sus luces, su hondo e inquietante silencio y esa especie de niebla en que se halla como suspendido crea una sensación de irrealidad realmente notable. La "Trafic" que en esas madrugadas me traen de regreso a la ciudad tienen ese "plus" de belleza inesperada, que no se repite en otras horas del día, como es dable
suponer, aunque también tenga su atractivo, pero siempre es más previsible, como suele ser la vida de los humanos aunque no así sus pensamientos, como sabemos. Por eso, en las primeras horas de la mañana lo más significativo -y no por ser usual es menos caracterizable de original- es ese viaje de mi amigo con su perro sobre el techo del vehículo. En los atardeceres, cuando Miguel hace los pocos metros que separan su casa del Club (el glorioso Huracán, como repite) para jugar al "chancho" con el ingeniero Kety Parapetti, hijo de mi amiga Hydée, Ullúa, Omar Bellini, y mi viejo y querido amigo también y hablo de Raúl Rodini, lo acompañan un par de perros que lo esperan pacientemente en la vereda. En esa salita que alguna vez fue "reservado" para novios y parejas muy jóvenes, ahora se juega
pacíficamente a las cartas. "Por la vuelta" como se le llama a la consumición, por algunos porotos, y si es por dinero la suma es exigua siempre. Ya son recuerdo las tenidas en los altos del Club donde se jugaban casas y campos y a veces eran corridos por la Policía y hasta detenidos por transgredir una ley que penaba los juegos de azar. Hay anécdotas jugosas allí. Como esa vez que corrieran entre ellos a Ernesto Triacchini, continuo timbero y sastre de mi pueblo que saltó dentro de una casa, se metió en una cama -ajena, por supuesto- y cuando la Policía entra le dijo que estaba enfermo. Miguel mantiene ese sentido gregario de la vida que sostiene a través de su adhesión incondicional al Club y yo, lo comprendo. Porque en épocas de "modernidades liquidas" el decir de un filósofo, cuando la política se diluye o banaliza en los programas de la
televisión basura: a qué pocas cosas puede un hombre aferrarse? Una de las pocas que congrega pasiones diversas y aún contradictorias está en los colores un club donde uno aportó en la más lejanísima infancia, como esas adhesiones tal vez casual, seguramente afectiva y para nada pensada (qué puede advertir responsablemente un niño de pocos años) y que sin embargo debe ser uno de los pocos sentimientos inalterables que quedan a un ser humano en el siglo veintiuno. Y entre esas cosas, digo esas elecciones están los colores rojiblancos del "Club de los grandes éxitos", como dice siempre Miguel y nunca sé si es con ironía. De todos modos, él, muchos otros y yo, compartimos ese espacio común, ese afecto, ese estar sintiéndose bien, mirando pasar la lenta vida del pueblo
como hacíamos en nuestra más lejana adolescencia. Y parafraseando al inolvidable "Negro" Fontanarrosa diré; "en estos tiempos, es mucho".
*
Tenía una gran capacidad de asombro, gozaba recorrer los espejismos, ver los reflejos de los objetos en dispares dimensiones y tamaños. Planeaba desenvolver con una gomera dúctil, un arco iris con plumas de acuarelas y deshilvanar cada color en colecciones de candelas. Intentaba predecir qué profesión desempeñaba cada sujeto que cruzaba por su camino, ya sea por su vestimenta, su actitud o su caminar... Quería describir cuales eran los mejores ingredientes para curar enfermedades. Sabia, que uno de ellos, era el amor, otro, la confianza, también la paciencia y el sentido del humor. Por eso en sus momentos de paz, mimaba a los que estaban afligidos o extenuados por el peso del desconsuelo....
Pero lo que más le interesaba, desde muy pequeña, era encontrar el espacio en el que se inscriben los
pensamientos, la memoria, la imaginación... y la creatividad.
Por lo cual, tomó una decisión: permaneció sentada en posición de loto. Con los parpados cerrados, dirigió su mirada al entrecejo, Se había colocado un bindi colorado. Después de aquietar sus ambiciones, y de respirar rítmicamente. Comenzó a meditar. En ese estado de silencio y quietud, encontró el enlace de la armonía. En una luz resplandeciente y conmovedora, se dejó llevar por la sencillez del corazón, que persuadía al mecánico cerebro. Ese espacio, que tanto buscaba, estaba en su interior, sin intención comenzó a dejarse transitar por el universo de la Poesía.-
El lujoso yate a duras penas logró acercarse a la orilla. Un atlético rubio de escaso short blanco saltó a tierra y ató la soga de amarre al timbó más cercano. Desde arriba se desplegó una escalerilla por donde bajó una mujer envuelta en toallón muy colorido y con finas sandalias que se hundieron totalmente en el barro gredoso. Los chillidos histéricos se oyeron dentro de la isla. - Cómo se te ocurre, mamá, con esos tacones, ¿no ves el barro? Cuando se disponía a ayudar a la mujer, que hipaba nerviosa, aparece un islero, alto y flaco, que, sacándose la gorra saludó: -Buen día... ¿qué le anda pasando? -Nos quedamos sin combustible... ¿no tendría un bidón con nafta? Por favor, le pago lo que pida. -No don, aquí
uso remos, nomás. -¿Y donde conseguiríamos? -No sé. Sólo que espere al acopiador... en una de esas a él le suebra y le da. -Falta mucho para que pase? -No, mañana a la tardecita, nomás. -Mañana!!! Se oyó desde el yate la voz femenina. -Y sí. Pero endemientras, arrimensen al rancho. Es pobre, sabe, pero mi patrona les ceba unos mates si quieren. -No, gracias, señor. -Pero sí mamá. Abrigate y bajá, quizás podamos comer algo. ¿Queda lejos su casa? -No, ahicito, detrás de los sauces. Un enjambre de perros flacos y ladradores, recibieron al trío. De un costado salió una mujer, ancha sonrisa de pocos dientes; secándose las manos en la pollera y ahuyentando la jauría, saludo con voz suave. -Juana, los señores tienen hambre, preparales algo. Debajo del alero, un hoyo lleno de brasas y leños, sobre él, colgada de un aparejo una olla de hierro ennegrecido donde humeaba el aceite. Pendía de
un alambre un manojo de amarillos aún vivos y destripados. La mujer los descolgó, salándolos sobre una tabla, y con certeros golpes de cuchilla los trozó. La señora del yate, frunciendo la nariz se sentó alejada del grupo, mientras el hijo conversaba con el islero sobre la posibilidad de una tormenta. El aceite chirrió al recibir los pedazos húmedos, y un apetitoso olor invadió el lugar. Mientras pasaba un trapo por la tabla que hacía de mesa, el islero invitó. -Por favor, arrime señora. Esto se come calentito. -No, gracias. - Mamá, acercate y probá. Esto está muy bueno. Los dorados trozos, ensartados en una varilla de sauce, de punta aguzada, fueron depositados en un plato de latón. Desparramando los perros, que acudían al aroma, Juana alcanzo una silla con asiento y respaldo de junco, para que la señora integrara el grupo. Esta tomó entre sus perfumados dedos una
rodaja de pescado y tratando de disimular su aversión, hincó sus dientes y saboreó un bocado. -Está muy rico- dijo, mientras masticaba otro. -Cuidado con las espinas, señora, si se le dispara alguna a la garganta no se asuste, trague un pedazo de pan entero y ¡listo!, señaló el hombre mientras sacaba de un estante una botella con un mejunje que batió enérgicamente. -Mire, don, pruebe el chimichurri, eso sí, si aguanta el picante. Aceite, vinagre, ajo y perejil picados, ají molido, pimienta, sal y algunas hierbas aromáticas integraban el colorido chorro que inundó el pescado caliente. -¡Ah, que pica esto! Pero está muy bueno.¡Que bien vendría un vaso de vino tinto! -Cierto, pero no tengo. Hacemos la provista una vez al mes en el pueblo y éste anduvo muy malo... no pude ir. -¿Frito más, viejo? -Para mí no, gracias. Nunca pensé que comería tanto- dijo el muchacho. -Yo tampoco. Agregó la señora-Muchas
gracias. -Bueno, dejá nomás Juana. Poné la pava. En eso se escuchó una estridente bocina. -Pero vea, apareció el acopiador.¿Qué se habrá olvidau? Cuando llegaron a la orilla, una larga y ancha canoa con motor atracaba, y su corpulento dueño, saltando ágilmente a tierra, los recibió con un escueto -Buen día. Te conseguí el remedio para la Juana, por eso me arrimé. -Suerte, porque aquí el hombre se ha quedau sin nafta. -Tá bien, ya le alcanzo un bidón que tengo de repuesto. -Muy bien don. Páselo y dígame cuánto le debo. -Nada mijo, sólo necesito el envase. -No, faltaba más, quiero pagarle. -Dele aquí a Juan, que precisa para la salud de su mujer. Adiós y suerte. -Muchas gracias, que le vaya bien. Mientras la señora subía al yate, saludando a la pareja de isleros, el joven apretaba la áspera mano de Juan, dejando en ellas un billete. -Para un vino, y muy agradecido por todo lo que hizo
por nosotros. Fue un gusto conocerlos. -Bueno, que les vaya bien. Cuando guste, aquí estamos. -Gracias. Chau. Lentamente la lancha despegó de la costa, alejándose río arriba. Brazos en alto y anchas sonrisas fueron las últimas imágenes. La isla volvía a su paz habitual, acompañada sólo de trinos y silbos de pájaros y del contoneo de los sauces, gozosos del vientito que soplaba del sur, aliviando el calor islero.
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A veces pienso que soy de otro planeta No porque sea un extraterreno Pero no soy igual a vos Con la típica queja de lo casero. Busco mirar en lo más profundo No quedarme en la superficie No buscar pleitos por cualquier cosa Banal y sin importancia. El misterio de las letras Es mi universo y la fuga de una estrella Mi consuelo.
Actualmente Las cosas han adoptado Nuevos nombres:
A los Polvos de Unicornio Se les llama Fluoruro de Sodio; A las Escamas de Dragón, Silica Hidratada; Y el Sorbitol No es otra cosa Que Pestañas de Pegaso Verde Acabado de Despertar.
El mercado mundial Nos oferta las más grandes maravillas, Siempre y cuando podamos pagarlas...
A la Limadura de Cuerno de Demonio Se le ha dado el nombre De Laurilsulfato de Sodio; Así como a la Cocamidopropil Betaina Se le ha dado este extraño nombre En lugar del común Sudor de Minotauro.
Al Aliento de Nahual Se le conoce en el argot científico Como Sacarina Sódica, Y el actual Hidroxipropil Metilcelulosa En sus buenos tiempos Recibía el mote de Moco Nasal De Duende de las Cavernas.
Y extrañamente A ésta mixtura mágica, Que blanquea los dientes Y otorga un refrescante aliento, Se le llama en nuestros días Dentífrico, o Pasta para los Dientes.
Voy a Saturno. No es una broma. Me voy a Saturno. Me espera una estación sin proporciones, esto es, un edificio pequeño, flaco, como un cuzquito que se ha quedado en una adolescencia de adulto sin madurar. Una estación de tren en Saturno, sin anillos, sin estrellas fulgurantes, sin cometas cíclicos. Una estación baldía unos rieles sin paralelismo, un horizonte desvaido. (Si, recuerdo mientras tanto la estatua, cómo no recordar mientras tanto esa estatua)
Me voy a Saturno, en tren. Ya no existe el tren, pero me voy en el tren a Saturno, un tren de vapores blancos, de traqueteo cinematográfico. Una estación de polvo y yuyo que huele a sequía y a deshoras muertas. Hoy me voy a Saturno mirando por ventanillas sucias, en un asiento de madera, sin valijas. (La estatua de mármol, los niños, el hombre tensionado, los músculos retorcidos, el grito, los chillidos, el intenso chirrido de la piedra)
Sé que me espera el edificio y que nadie ha puesto en hora el reloj. Arribo. Saturno sigue devorando a sus hijos. (Me devora el Dios, me devora el coloso a mi y a mis hermanos, o acaso soy yo quien devoro a mis hijos, quizás no importa quién mate y quién muera en medio de tanto dolor petreo)
Llego a Saturno. No queda nada. Nadie. Todo, hasta el pasado muere aquí. Hay un grito en el cielo.
Mi vieja camioneta Ford modelo 1960, tuvo ganas, de repente, de tomarse vacaciones anticipadas y decidió quedarse unos días en Carhué. Y claro, con tantos caminos y kilómetros devorados, su motor dijo Basta! "Vamos a tener que esperar que llegue el conjunto de motor nuevo, para cambiarlo", las palabras de Pedro, el mecánico resonaron en mis oídos como una sentencia judicial; esperar el repuesto significaba quedarme sin camioneta como mínimo hasta el próximo fin de semana. Y que hago ahora? No me voy a quedar una semana aquí, tendré que irme a casa. El trabajo de viajante de comercio es atractivo y excitante, obviamente visto desde la óptica de un muchacho joven, pero a mis 60 y tantos tendría que tener 30 años menos para festejar como un loco el hecho de quedar "varado" una semana entera en un lugar turístico como este. "Como me hubiera divertido", pensé, mientras
caminaba hacia mi hotel. Esa noche al terminar la cena mientras que Raúl, mozo y amigo de tantos años levantaba los platos, le pregunté si no sabía de alguien que viajara a Buenos Aires, ya que el micro salía recién al día siguiente domingo, a las 16,00 Hs. "La verdad que no se de nadie que viaje a la capital ahora" me dijo, a lo que agregó de inmediato: Porqué no se va en el "Pasajerito" de la" trochita" que sale mañana a las 8 de la mañana? "Casi seguro que va a llegar a la misma hora que el micro, pero sin querer podría entrar usted en la historia, porque no se si sabrá que el de mañana, es el último viaje de ese tren. Yo había abierto la boca para rechazar su opinión (viajar en esa "Batata" que tarda como 10 hs. Para llegar? Ni loco!!) Pero solo quedé en esa posición: con la boca abierta! "
-El último viaje? pregunté un tanto sorprendido, como es eso? "Y si, parece que el gobierno decidió clausurar el ramal, debido a la poca ganancia que genera". Realmente nunca me había interesado en el ferrocarril más allá de considerarlo un "competidor" debido a mi profesión, pero esta noticia realmente me cayó mal porque pensé en el acto en toda la gente que se quedaría sin trabajo y en la gran cantidad de pueblos que se quedarían sin transporte. J.V.Cilley, Rolito, Saturno, San Fermín, Casbas, Eduardo Casey, Andant y tantos otros que conozco bien por recorrerlos a menudo. Pueblos comunicados por el tren y caminos vecinales de tierra, que debido a su estado nunca son transitados por vehículos de gran porte; que será de ellos y de su gente sin el tren? Que yo sepa camiones y colectivos no circulan por esas zonas. Me acordé del gringo Crivelini, amigo y cliente de tantos
años que era el dueño del almacén de ramos generales de Saturno, que estaba frente a la estación y que viajaba a Buenos Aires todos los domingos por su tratamiento de rehabilitación de los lunes y martes; no lo pensé más: viajaría hasta Saturno y me iría con el en su auto, para llegar más rápido a la capital. Al día siguiente desayuné más temprano que de costumbre; a las 7 de la mañana tomé mi café con leche con esas "cara sucias" de campo, hechas en horno a leña y del tamaño de una pizzeta, de una masa blanca y esponjosa con ese "costrón" de azúcar negra que le daba ese sabor exquisito, y luego de abonar y despedirme de mi amigo Raúl, partí rumbo a la estación. Llamó mi atención la gran cantidad de gente que ya había en las calles y que todas se dirigieran hacia ella. "Que extraño, pensé, si todos estos viajan van a hacer falta uno o dos trenes más." Imaginé una larga cola formada para sacar el boleto,
pero me equivoqué; no habría más de 20 personas haciendo fila. Cuando me llegó el turno para sacar mi pasaje, le pregunté al boletero porqué había tanta gente, y el hombre visiblemente emocionado me respondió: -"Y que le parece?...vienen a despedir a este tren por última vez!..."
Y ahí entendí el sentimiento y la congoja de todos por este acontecimiento que estaban viviendo. Las 7 y 45 Hs. Y ya estaba sentado en mi asiento de "Clase única", del lado de la ventanilla, a bordo del coche motor Ganz Nro. 2775, observando aquellos rostros compungidos y de ojos llorosos. Noté que en otra vía del lado de la "playita de maniobras" (así la llaman), había otro tren compuesto por una máquina a vapor con vagones de pasajeros y de carga mezclados,a los cuales subían gran cantidad de bultos y muebles como así también personas a los coches de pasajeros. "Ese es el tren de mudanza en el cual se van los ferroviarios que son trasladados a otros destinos o que han quedado cesantes", irán subiendo en él todos los empleados de las demás estaciones llevando sus pertenencias y su incertidumbre." -Me dijo un guarda ante mi pregunta.
Ocho y cinco de la mañana de ese domingo 11 de septiembre de 1977, el auxiliar de la estación Carhué hace sonar la campana y el guarda a cargo del tren su silbato reglamentario, ambos por última vez, y lo que solo eran ojos llorosos en la mayoría de los rostros, se transformaban en torrentes de lágrimas incontenibles, dejando salir a borbotones tanta angustia, desazón y sentimientos imposibles de contener. Me sentía un tanto extraño en esa tristeza generalizada, me daba la impresión que sufrían más por el levantamiento del tren que por la pérdida de sus empleos, no se porque pero comencé a pensar en mi familia. Y ese nudo en mi garganta?...de donde salió? El traqueteo lento y el bamboleo del tren fue trayendo ruidos nuevos y alejando los otros, cargados de desesperanza; desde mi ventanilla observaba ese camino de tierra paralelo al tren y me veía yo, desde otra perspectiva,
conduciendo mi camioneta. Si me habrán tocado bocina y saludado con la mano los maquinistas!, si me habré cruzado veces con ellos en tantos pasos a nivel durante tantos años y tantos viajes. y de golpe, la verdad cayendo como un martillazo: Me dejan solo!!, ya no me cruzaré más con ellos!, que haré con tanta llanura, con tanta inmensidad, con tanta geografía campestre para mi solo?...ya no será lo mismo, claro que no! Tan absorto estaba en mis pensamientos, que no me dí cuenta que estábamos entrando en Cilley. Casi desconozco la estación, la gran cantidad de gente que había en su andén y en los aledaños la empequeñecían, paisanos a caballo, tractores, algunos autos y camionetas le daban un tinte festivo que no era tal. Pensar que 50 o 60 años atrás la imagen sería la misma pero con un sentido totalmente inverso! El cuadro era el mismo que en Carhué: gente por todos lados, mujeres con chicos en brazos, hombres con bultos
sobre sus hombros y valijas en sus pies esperando al tren de la mudanza, que venía detrás de nosotros. La salida se demora mas de lo previsto, gente subiendo y bajando del tren como tratando de retenerlo, ya parece no importar el horario puntual, para que?...a quien le importa ya?. Pero no se puede esperar más; el tañido de la campana y el silbato del guarda indican un nuevo desgarro, otra hija que se abandona para siempre, otra vez los brazos en alto, los pañuelos en manos y rostros, secando lágrimas imposibles de contener. Rolito no fue la excepción; las mismas situaciones, las mismas imágenes repetidas como una película de la matinée de los domingos; otra parada con retraso, otra parada con angustia, otra parada con gusto a abandono. Nuevamente el traqueteo, el bamboleo lento de este tren que parecía no querer irse de estos pagos, y la impaciencia que comenzaba a apoderarse de mí. Las 9 y cuarto de la mañana, cuando
llegaremos a Saturno?, cuando terminará este sufrimiento? Ahora entiendo: la impaciencia se debe a una sola cosa, la angustia y la desazón habían copado todo mi ser, y mi alma pedía a gritos un descanso, basta por favor!
La geografía de esos lugares, bien conocida por mi, me decía que en pocos minutos más llegaríamos a destino. Ya estamos en la curva de la estancia de los Torres, una pequeña recta, y las señales de aproximación de la estación, aparecen en el horizonte.por fin! Ya estamos llegando!... Presuroso tomé mi bolsito y me arrimé a la puerta del vagón, no veía la hora de bajarme y dejar atrás la angustia que ya se había instalado en mí y no se quería ir. Con su chirrido característico de los frenos, el tren se detuvo y la gente agolpada en el anden, no me dejaba bajar; a los" permiso, permiso" y a los empujones, logré hacerlo y encaminarme directamente hacia la calle, pero hubo algo que no se como explicar, me detuvo; algo que hizo que me diera vuelta y mirara a ese tren como nunca antes lo había hecho y de pronto comprendí: me di cuenta que se trataba de un amigo a quien vería por
última vez, un amigo con quien había compartido durante tantos años saludos, señas, bocinas y cruces por esos caminos de tierra, por esos lugares de mi patria, un amigo que sin conocerlo demasiado, me había enseñado que la soledad del campo no era tanta, cuando se transitaba en compañía, y volví sobre mis pasos. En silencio y apoyado en una columna le hice "el aguante" hasta que el sonido de la campana y el silbato del guarda indicó la separación definitiva; mis manos y mis brazos se confundieron con los de los demás en un adiós muy emotivo y su imagen lentamente comenzó a desdibujarse en mis retinas. Que sensación extraña!, parado en el medio de la vía observaba como se alejaba con su bamboleo de siempre y ahí descubrí el motivo de su imagen borrosa. La humedad de mis lágrimas habían inundado mis ojos. Sin darme cuenta, mis labios y mi corazón murmuraron una misma frase : ¡Hasta siempre, amigo!
Allí voy. Dormido y soñante con esos sueños habituales que últimamente se parecen tanto a mis desencuentros con lo real. Me desperté cuando la hermosa azafata pelirroja decía Une Station Saturne, Station Saturn, Stationieren sie Saturn y en algún idioma más que llegábamos en 10 minutos a la estación. Me había dormido siguiendo sus desplazamientos de ida y vuelta por el pasillo. Su presencia fue como un hada que me llevó a aceptar el sueño y casi con seguridad la repetición de alguna pesadilla para luego despertarse con la sensación de que se parece demasiado a mi vida en el presente. Como dijo alguna vez Rosa Montero: En algún momento del viaje este se convierte en una pesadilla. Es tan evidente -y cierta- la metáfora de viaje con la vida misma. Antes de tomar el tren hacia Carhue, pensé en la cantidad de años que necesitaría vivir para lograr la felicidad si los pasos los sigo dando por
el camino mas largo, cuesta arriba y mas lento que una tortuga. Me reí solo: no menos de 150 años y con buena salud para darme cuenta de los logros. En eso estaba. En retomar mis pensamientos calamitosos de antes de subir al tren y en la azafata que tenia un aire a una pelirroja nacida en Carhue a la que conocí en el trabajo ( Como la deseaba 20 años atrás cuando la veía llegar a mi oficina para firmar papeles de rutina).
Hasta que vi a Julián Fernández parado en el pasillo, haciendo payasadas como siempre entre un grupo grande mujeres y hombres que era bullicioso y jodón como una estudiantina pero grandes de edad: 40 años promedio dije con mi ojo de entrevistador. Julián repartía algo casi invisible entre sus dedos a cada uno de sus compañeros que se levantaba con bolsos. No pude resistir la tentación y me levante a saludarlo. Con sus anteojos culo de botella, idéntico antes del tiempo pero con canas, el me hablo a los gritos antes que yo llegara a su lado: Urbano, amigooo¡¡¡¡ Julián, nuncaaa centeya, conteste yo con un código propio de aquella época en que trabajábamos juntos. Urbano, fue mi jefe en la constructora, dijo a los gritos para que todos se enteraran de quien era yo. Enseguida recordé la imagen de pelearme con el gerente de área, casi llegar a las trompadas y renunciar. Pero con
Julián seguimos siendo amigos después de esa partida borrascosa. Al tiempo el también se fue y se dedico a la docencia y al teatro. Me dijo lo mismo que acababa de descubrir: viajaba con su grupo de teatro y bajaban en Saturno para dar dos funciones seguidas el sábado y el domingo. Venite Powell, la primera función es en un par de horas, después tomas el tren siguiente y seguís viaje. No resistí demasiado, le pregunte a la azafata si podía descender y seguir viaje con el mismo pasaje y me dijo que si, que era una política del ferrocarril que la gente pudiera descender en cualquier estación darse una vuelta, conocer y volver a subir a otro tren siempre y cuando sea del mismo día en que se inicio el viaje. No solo es bella, sino además dulce dije, y me entere por el cartel que se llama Analía. El amigo casi no me da tiempo de volver al asiento y llevarme mi pequeño bolso que llevo colgado del hombro. Al bajar había una recepción
oficial con banda de música y discursos. Solo alcanzamos a decirnos con Julián que los hijos están bien y creciendo cuando nos vimos inmersos en apretones de manos, presentaciones y palabras de bienvenida. Sólo retuve dos nombres, el de Hércules el jefe de estación y el del Ingeniero Orlando Williams delegado municipal en la comuna de Saturno -dependen de Guaminí-. Me distraje, y vi una publicidad que colgaba de un tirante bajo el andén que me causo gracia:
¿Dolor de cabeza?
Venga del aire o del sol Del vino o de la cerveza. Cualquier dolor de cabeza se corta con un geniol. 30 centavos.
-Este pueblo atrasa por lo menos 50 años, pensé y me reí bastante. Ahora hablaba el ingeniero Williams, era un discurso de un anciano enérgico -70 a 75 años a mi cálculo- Hablaba del ferrocarril con un orgullo y una pasión inaudita, como lo haría cada uno de los ferroviarios que no conoció la tragedia de los noventa. Ahí mire a mi alrededor y en el público del pueblo solo vi ancianos. El grupo de Teatro de Julián y yo éramos los mas jóvenes. En el público había un intervalo de 65 a 80 años, ni mucho más ni menos. -¿Este es un pueblo de jubilados? -le dije a Julián. -Algo así, después te cuento bien camino al teatro. -me contesto con tono enigmático. No nos dejaron ir de la estación hasta que
sirvieron una picada con salamines y quesos y se hizo un brindis con vino tinto. Logramos salir. Le dije a Julián de salir e ir caminando en escalera para conocer el pueblo y hablar algo. -Dale, -me dijo, el teatro de la sociedad italiana queda a cuatro cuadras pero caminamos unas cuadras más, no te entusiasmes en ver demasiado, el pueblo tiene 10 manzanas por 10 de este lado de la vía y otro tanto del otro lado. Casi enfrente de la estación se observa un edificio imponente al que se le están haciendo refacciones. -Es la universidad... El cartel que leo en el frente no deja lugar a dudas: "Universidad del viento de Saturno" y abajo una leyenda en francés, alemán e inglés. -UN DIEU LES ALLAITE(ÉLÈVE) ET LE VENT LES ENTASSE -GOD RAISES THEM AND THE WIND ACCUMULATES THEM -GOTT DIE ZUCHT UND DER WIND BELÄDT SIE.
-Que quiere decir? -No se, dice Julián, debe referirse a que es una universidad abierta
donde puede estudiar quien quiera sin requisitos de estudios cursados ni limite de edad. -Ajá, digo, pero no dejo de ver muy raro a este lugar y recién hemos caminado 6 cuadras. -Bueno, ahora explícame porque este pueblo no tiene niños en las calles y toda la gente que veo es anciana... Lo voy a intentar dice Julián y toma aire como si la cuestión fuese compleja y difícil de entender para una persona común y corriente como yo. -Viste al Ingeniero Williams? -Si, un anciano de una energía y convicción envidiable. -Pues él es el autor de la ley de ferrocarriles agrícolas y económicos de la provincia. -Me estás jodiendo. -No, es el mismo. ¿Pero cuantos años tiene? -El 29 de agosto cumplió 136 años. -No puede ser. Ese hombre no tiene 80 años. -Oíste hablar de Vilcabamba en Ecuador? -Si, una zona de las pocas que hay en el mundo dónde la gente vive más de 100 años. -Bueno, en Saturno la gente no
envejece. -Pero si son todos viejos¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ -Así llegaron amigo, llegaron viejos y así están: viejos y saludables. -Sabes cuales son las dos instituciones más importantes del pueblo para las que ofreceremos la obra en un rato? -Ya no me animo a imaginar nada más. -le dije resignado a que me relaten cualquier suceso extraordinario. -Un geriátrico y un hospicio psiquiátrico. -Tiene alguna lógica, la gente no envejece, pero tampoco rejuvenece como Brad Pitt en la película. -Exacto. -Y que obra van a representar. -pregunto adrede para recibir alguna respuesta aceptable para mi racionalidad. -Una versión muy libre de Saverio el cruel. Llegamos al cine teatro de la sociedad italiana. El amigo se va a unir al grupo y la obra empieza casi de inmediato, actúan con las mismas ropas con las que llegaron. Los que organizan son los internos del psiquiátrico. Venden las entradas, lo llevan a
uno al asiento numerado. Te dicen algún piropo: -Usted es tan lindo como mi nieto Agustín que vive en la capital. -No quiero sacar cuentas, tengo 51 años, esa será la edad de su nieto? Me sientan al lado de un viejito italiano, que enseguida empieza a hablarme, habla en un cocoliche, pero le entiendo que es nacido en un pueblo del Piamonte. Y que puedo llamarlo Don Alberto. -Y de donde es...? -me pregunta. -De Lomas de Zamora. Bello pueblo, bello, yo he visto cantar a Gardel y a Corsini en el teatro Coliseo. Y de memoria recita
Miro al passato, a i nostri bei vent´anni, Quando, venendo a te, l´anima allegra, Vergine ancor a tanti disinganni, Per i sogni piú belli popolata, Cercando un ragazza per un valzer Trovammo quí la sposa Madre dei nostri figli insuperata...
(Me dice que olvido al autor, que la poesía era más larga...) -Pero
usted era muy pequeño en aquella época, me atrevía a decir temerariamente. -No crea, era un joven de más de 20 y muy fuerte, trabajaba de maquinista en el ferrocarril. Ese había ido con mi finada esposa Ornella. Cuando llegamos no había más entradas, la gente se quedo afuera e io también. La gente pedía a Gardel, y Gardel salió al balcón y canto varios temas para ellos, los que se habían quedado afuera.
Empieza la obra, hacemos silencio. Sigo con un desconcierto que no para de crecer, pues no encuentro elementos para desmentir lo que esta ocurriendo. El amigo es el mantequero de Arlt y toca timbre. Lo esperan un grupo de jóvenes aburridos que quieren divertirse con él. Una anciana -presumo que es una enferma del psiquiátrico- se levanta y comienza a cantar en italiano. Puede que cante en dialecto pues no se le entiende nada. El amigo la va a buscar y la sube al escenario. Ella canta una y otra vez la canción, que parece una canción infantil. Sólo entiendo y retengo el estribillo: ¡Io sono Pinocchioooo!
Luego la obra prosigue y es por cierto una versión muy libre, he visto Saverio el cruel alguna vez, pero no podía imaginar al mantequero que no es ungido Coronel, sino Fiscal. Y es un fiscal que se preocupa por pequeños
hechos de corrupción. En el papel del Fiscal, mi amigo se ha puesto una peluca que lo acerca a Lennon y no a un miembro de la justicia. La acusada es una cajera de un supermercado y la acusan de haberse quedado con 25 centavos. Se para otra paciente e interrumpe:
-No la castigue señor Psiquiatra. Ella no tiene nada que ver. Acá esta la moneda que le faltó. (Y levanta el brazo y el foco de luz la muestra a ella con su moneda sostenida entre el pulgar y el índice).
-Estaba en el piso del comedor esta mañana y yo la encontré, es inocente¡¡¡, la voy a devolver ahora mismo. -El amigo reacciona y la va a buscar, a ella y su moneda que prueba la inocencia de la acusada. la moneda entra en la escena y el juicio se encamina a otro destino. La obra continua. Esta por finalizar, el mantequero fiscal esta por desencantarse. Por descubrir la trama del engaño.
Ahí comienza a cantar otro anciano: ¡caprichoso garibaldino trulalaaaa! No lo puedo creer. Es la canción que mi padre cantaba cuando quería referirse a mi tozudez. Mientras tanto en el escenario, el amigo y su grupo decidieron que esa canción era el mejor cierre posible para su obra de teatro. Subieron al pequeño anciano y cantaron todos mientras el público aplaudía. Creo que fue demasiado para mí. Me levante sin antes dejar de estrecharle la mano a Don Alberto. Antes de salir, me detuve en la boletería y deje mi tarjeta para que se la dieran a Julián, escribí rápido en el reverso:
-Amigo, esta experiencia merece un café y varios whiskys, llámame cuando estés de vuelta por Capital, invito yo y sin discusiones. abrazo U. Powell.
En el horario que tengo el tren debe llegar en menos de 10 minutos. Me parece escuchar a lo
lejos el ruido de la locomotora y su silbato de vapor. Increíble este pueblo. -Me digo. Hermosa experiencia. Prometo que volveré y que alguna vez me anotaré para cursar algo en la Universidad del Viento. Mientras tanto seguiré envejeciendo como cualquier persona.
En el andén esta Hércules, el jefe de estación.
- 85 años verdaderos ni uno más, yo no me quito la edad como la gente del pueblo... -Me dice Me cuenta que es hijo de franceses y que antes de llegar a Saturno como jefe de estación trabajó en la compañía general, lo dice en francés "Une Compagnie Générale de Chemins en Fer de la Province de Bons Airs" y luego traduce: "Compañía General de Caminos de Hierro de la Provincia de Buenos Aires".
Dígame Don Hércules, ¿que quiere decir la leyenda en varios idiomas que hay en el frente de la universidad?
¿Eso? -Si. -Dios los cría y el viento los amontona. Ese, es su lema académico.
Ha habido muchas investigaciones al respecto. El mismo Plumkier había participado en alguna de ellas e incluso financiado expediciones científicas para estudiar fenómenos y recavar información.
Sin embargo hasta ahora nadie había encontrado la prueba definitiva. Ha sido el mismo Plumkier el que ha hallado la conexión, el nexo, la muestra inequívoca. Plumkier y su cerebro privilegiado capaz de la más analítica de las deducciones.
En el Congreso de Praga, delante de la comunidad científica mundial, las representaciones de las Asociaciones para el Estudio de los OVNIS, los investigadores de la NASA, de la ESA, de la PEPA, y los más prestigiosos ufólogos, ha aseverado que: "Sin duda los extraterrestres existen. Señores, ¿creen ustedes que la música de Beethoben es de este mundo?"
"La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios...", se encontró canturreando Julián Ramírez, Jefe de Estación, mientras contemplaba acercarse al tren local de las 5:15, el único que circulaba durante las primeras horas de la mañana. Ignoraba por qué, pero aquella rima se le había impuesto desde hacía varios días; quizá, como cierta clase de perverso presentimiento. La formación se detuvo con un chirrido mecánico y un resoplido, en esa penumbra previa al amanecer que parece convocar a los espectros. El maquinista lo saludó con un gesto de su mano derecha, sin apearse del vehículo, regulando con la izquierda el ritmo del potente motor diesel, mientras la única pasajera del carguero descendía del furgón, enfundada en su clásico guardapolvo blanco debajo de la campera de nylon matelasseada, transportando el saco del correo colgado de un hombro. Don Julián se acercó a
recibirla, apurándose a quitarle el bulto de encima. -Buen día, señorita Adriana -, saludó. -Parece que le dieron trabajo esta mañana... -Buen día, Don Julián. Sí, el empleado de correos de Carhue me pidió que le entregara esto. Dijo que no podía venir con nosotros; se sentía bastante afiebrado. -Está muy bien. Tarea cumplida, entonces. Y no se preocupe por Luis, ya se va a poner mejor. Venga, vamos para la casa, que hoy hace mucho frío. La maestra lo siguió, como cada mañana, hacia las habitaciones que el Jefe ocupaba con su señora detrás del edificio de la Estación propiamente dicho. Como cada mañana, Don Julián dejaría el saco del correo en la oficina, para repartir los envíos hacia las 8:00. Como cada mañana, ensillaría la yegua, a fin de recorrer el campito que el Ferrocarril le había destinado, donde pastaban sus ocho vacas, trayéndose a la lechera con su respectivo ternero. Y como cada mañana, la
señorita Adriana se metería en la cama junto con Nélida, la mujer de Julián, compartiendo el calor de las cobijas hasta que se hicieran las 7:25, hora en que volvería a salir para dirigirse a la escuelita rural, distante unas quince cuadras de la Estación. Nélida ya la estaba esperando con unos mates. Hacía unos cuantos meses que Adriana realizaba esta extraña costumbre a la que su profesión la había llevado, por esas cosas de la vida. Aunque se sintiera bastante descolocada en un principio, con el correr del tiempo le había ido tomando la mano a semejante hábito. Y por sobre todo, se había encariñado con este matrimonio tan agradable, que la recibía todos los días como si fuese una Princesa proveniente de un exótico país extranjero, en viaje diplomático. El silbato del tren se dejó oír como de costumbre, y el potente motor diesel reguló hasta desplazar las numerosas toneladas de la locomotora, arrastrando al resto del tren
al ritmo del pistoneo de la chimenea. El Jefe y la docente avanzaron veloces hacia la cocina, cerrando muy bien al entrar para que no se escapase el calor. Aquella mañana, Nélida se encontraba distinta. Adriana pudo contemplarlo en sus ojos, brillantes y profundos. Algo dentro suyo se estremeció, percibiendo un clima muy particular dentro de aquella casa, aunque no llegó a demostrar nada. Se sentó en el banquito, con las piernas juntas y ambas manos sobre las rodillas. Don Julián terminó de recoger sus cosas, saludó con la cabeza, muy sonriente, y se alejó, sumergiéndose en el frío del amanecer. Nélida volvió a contemplarla, mientras le extendía el mate en silencio. Adriana asió la calabaza y comenzó a sorber de la bombilla, sin dejar de mirarla. Nadie podía negar que a lo largo de aquellos meses, habían aprendido a quererse mucho. Quizá, más de lo que pudiesen admitir. Don Julián ensilló, montó en la yegua y taloneó los
estribos, avanzando al paso largo hacia el campito. Una delgada brisa le cortaba la cara, pero al menos el sombrero le protegía las orejas, algo que lo privaba de contraer sabañones. Primero decidió revisar los alambrados; aparentaban estar bien, aunque aquellos alambres del recodo parecían estar poco tensos. Cualquier arremetida de las vacas contra él, y ya tendría un buen problema con sus superiores, al tener que faenar el desprevenido ganado que aplastase la primera formación que llegase hasta allí. Dio unas vueltas por el lugar, sin mucho entusiasmo, y ya estaba por volverse cuando divisó una veloz silueta avanzando entre el pajonal, paralelo a la vía, rumbo a la estación. -¡Eeeh! ¿Quién va por ahí? -, gritó, parándose sobre los estribos. La figura se detuvo lentamente, y una extraña cabeza se movió en su dirección, a la manera de un misterioso extraterrestre. Sólo cuando la figura lo saludó con un brazo en alto,
advirtió que aquello era una cabeza humana, aunque ataviada por un extraño casco oblongo. Se acercó hasta el alambrado, y se encontró con el recién llegado, montado en una bicicleta. -¿Qué anda buscando? -, preguntó el Jefe, experimentando una extraña perturbación; como si le hablase a un fantasma que no perteneciese a su mismo espacio y tiempo. Alguien procedente de un pasado remoto, o quizás de un futuro apocalípticamente cercano. -¡Buen día! Disculpe, buen hombre: quiero llegar hasta Saturno. ¿Podría informarme cómo tengo que hacer? -Siga derecho por el costado de la vía. Cuando vea un cartel que diga "La Criolla", va a andar cerca; es la fabrica que industrializa la leche de los tambos que existen por esta zona. No se puede perder. -¡Muchas gracias! -, saludó el ciclista, con la misma mano en alto, y se perdió entre los pajonales. A medida que se alejaba, Don Julián dejó de experimentar ese misterioso
escalofrío que percibiera segundos antes. Aunque le resultó inexplicable, la sensación lo inquietó durante días, quizá por la manera en que la asoció con los eventos posteriores...... La lechera se dejó atrapar con mansedumbre, conocedora de su destino. El ternero la siguió berreando, mientras Don Julián regresaba con la correa del brocado de la vaca en la mano hacia el improvisado establo de la casa, silbando bajito. Al acercarse, divisó las luces de la casa encendidas. "Se habrán olvidado de apagarlas antes de acostarse", supuso con certeza. Pero decidió cumplir con su tarea antes de regresar junto a su cálida cocina económica y el mate lavado que no tardaría en ensillar. Desmontó, ató a la vaca contra el poste, y desensilló la yegua, mientras el ternero se enfrascaba en chupar de la teta. Al rato, él lo apartó, lo ató a un costado, y acercó el banquito con el balde, para ponerse a succionar con los dedos esas
frías y colmadas ubres, por las que el ternero no cesaba de clamar. Una vez completado el ordeñe, Don Julián se apartó, retiró el banquito, soltó al sediento ternero -quien volvió a lanzarse en vano sobre la teta-, y regresó a la casa. Al abrir la puerta, silencioso como era para no despertarlas, no advirtió nada fuera de lugar, salvo las luces encendidas. Se encogió de hombros al contemplar la lamparita y depositó el balde sobre la mesada. Entonces oyó el primer gemido. Volvió la cabeza y observó la puerta de su habitación; cerrada, como cada mañana. "Hablará en sueños", pensó. Tomó el cucharón, retiró la nata de la superficie de la leche, y la volcó sobre el tazón. El sonido de la nata cayendo se confundió con el murmullo del segundo gemido. "No puede ser", se preocupó él, como si volviese a encontrarse con aquel espectro disfrazado de ciclista. Había algo que le disgustaba en la escena, aunque no podía
descifrar qué. Un escalofrío le recorrió los muslos y los antebrazos, sin que pudiera explicárselo. El tercer gemido llegó acompañado por una frase entrecortada: -¡Ay, sí......chita......mor! ¡Así, así! "¿Nelly?", se alarmó. Aquellos no eran los murmullos proferidos por una persona dormida, sino por una muy despierta......y excitada. Un feroz impulso que nació en el mismo centro de sus tripas lo llevó a lanzarse contra la puerta, sin desear creer que aquello estuviese ocurriendo realmente. Herido de muerte en su propio orgullo ante lo que sus propios temores fantaseaban. Abrió de golpe, sin preguntar. La realidad siempre es más aterradora que cualquier fantasía. Y Don Julián lo experimentó en carne viva. Ambas mujeres se hallaban desnudas, enredadas en las cobijas de su propia cama, enlazadas en un curioso abrazo que depositaba la boca de una sobre los labios vaginales de la otra, succionados mutua y activamente
hasta que él entrara por aquella puerta, interrumpiendo el placer. Ambas cabezas lo contemplaron horrorizadas, Nelly con una intensa expresión de culpabilidad y demorada insatisfacción -soportado quizá durante años-, por entre el cabello despeinado. Y a él, simultáneamente, lo asaltaron dos recuerdos. Uno fue aquella rima caribeña que se le impusiera desde hacía varios días: "La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios...". El otro fue una frase escuchada de boca de Trapanni, el antiguo Jefe del Ramal General Belgrano ex Midland, en su media lengua italiano-castellana, a comienzos de su carrera: -Ramirez: nunca descuide su puesto....
Grito agudo del corderillo al que criar recién parido ser mortal en el llamado hospicio mientras su madre lo abandona estremeciéndose [para siempre besándolo por única vez
Los parroquiales lo condenan -¡magnánimamente!- a vivir con (y eventualmente a morir de) hambre distraída en base a patadas y coscorrones [de diligentes celadores tundas repartidas a otros desgraciados caballeretes sucios y hasta piojosos por añadidura famélicos alucinadores de la gorda manteca
Oliverio es designado delegado y atrevido pedigüeño y el director resuena la testa de Oliverio [con un cucharón en malhadados tiempos incompasivos
(Añadir cinco libras al incordio en
forma [de futuro aprendiz de cualquier arte u oficio sortear a quien desholline cogitando sobre deudas [y penurias) Quédase alquilado el niño al funebrero traga sobras y duerme entre ataúdes
¡Pamemas! estalla el condigno administrador [de justicia estupefacto Oliverio, después perseguido e inclusive [baleado
aprendiendo y lastimándose en el melodrama.
"LE AVVENTURE DI OLIVER TWIST"*
Urlo acuto del agnellino al cui elevar appena nato esser mortale nel chiamato ospizio mentre sua madre lo abbandona conmuovendosi [per sempre baciandolo per unica volta
I parrochiani lo condannano -magnanimamente! - a vivere con (ed eventualmente a morire di) fame distratta in base a calcioni e botte [di diligenti portieri frustate date ad altri disgraziati signorini sporchi e sin pieni di pidocchi oltre a famelici allucinatori del grasso burro
Oliver è disegnato magro e azzardato domandone ed il direttore risuona la testa di Oliver [con un cucchiaione in transandati tempi incompassivi
(Aggiungere cinque sterline per la scomodità in forma [di futuro apprendista di qualsiasi arte od uffizzio sorteggiare a chi pulisca cogitando su
debiti [e penurie) Rimane affittato il bimbo al funerante manda giù avanzi e dorme tra i feretri
Futilità! scoppia il degno amministratore [di guistizia attònito Oliver, dopo perseguitato e incluso [appallottolato imparando e facendosi male nel melodramma.
*de Rolando Revagliatti. revadans@... -Traductor al italiano: Jerome Seregni.
El tren continúa parando en las siguientes estaciones:
CASBAS.
EDUARDO CASEY.
ANDANT.
CORONEL M. FREYRE.
ENRIQUE LAVALLE.
CORACEROS.
HENDERSON.
MARÍA LUCILA.
HERRERA VEGA.
HORTENSIA.
ORDOQUI.
CORBETT.
SANTOS UNZUÉ.
MOREA.
ORTIZ DE ROSAS.
ARAUJO.
BAUDRIX.
EMITA.
INDACOCHEA.
LA RICA.
SAN SEBASTIÁN.
J.J. ALMEYRA.
INGENIERO WILLIAMS.
GONZÁLEZ RISOS.
PARADA KM 79.
ENRIQUE FYNN.
PLOMER.
KM. 55.
ELÍAS ROMERO.
KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.
RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.
JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.
ALDO BONZI.
KM 12.
LA SALADA.
INGENIERO BUDGE.
VILLA FIORITO.
VILLA CARAZA.
VILLA DIAMANTE.
PUENTE ALSINA.
INTERCAMBIO MIDLAND.
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Yo estaba perdida hasta que encontré al señor ¿La llevo a su casa señorita? Me desnudó en rojo. Cuando me invitó a guarecerme en su pecho. Realzó el final que había sido tan feliz.
Alabé al señor y me quedé dormida
Regalo de amor
El le dijo que le regalaría la luna si pudiera. Se subió a una escalera, no pudo, estaba muy alta y tenía que nadar en ese cielo oscuro de las ciudades, se enganchaba con antenas que servían para que de las cajas cuadradas, salieran palabras que hacían que los que las recibían se quedaran callados. A el le gustaban las palabras de ella que miraba los ojos de él, no las cajas que despertaban silencios. Los ojos de él eran pantallas abiertas para ver el mundo. Más hablaba ella, más quería el regalarle la luna. Un día se la trajo. Ella abrió el paquete encontró una luna, redonda, clara, a veces derritiéndose, otras erguida. Todas las noches se acercaba a esa luna de la revuelta, la luna del deseo, con hebras de pasto y suaves aromas de infancia. Un día se animó, la tocó con la boca, se dio cuenta que era un maravilloso queso que guardaba en su interior palabras de
Calvino, las artesanías de antiguos campesinos, la historia del mundo en pedacitos. Cuando el llegó, ella le sirvió trocitos del secreto de él, con vino.
No quiero contarles lo que siguió, si desean saberlo apaguen la caja repetidora del más pobre sentido común, busquen en los ojos de un él o una ella, la luna, el mundo, o lo que quieran, y verán como sigue la historia.
Islas buscando un continente
Ausencias
Pantalla de televisión en blanco crece el pensamiento.
La escritura es una forma de bordar ausencias.
El vacío (esa nada) crece.
La muerte (una nada) que sin embargo está en todo.
El desierto pulposo de médanos tiene un mar que sólo se intuye.
Marrakesh, ciudad rosa, amante de botánicos en exilio de hojas.
Siempre me dijeron que el monoteísmo significaba un progreso para la humanidad, me resultó muy difícil entenderlo.
Pienso (como un pequeño consuelo) que si hubieran existido muchos dioses, alguno hubiera posado su divina mirada sobre la Esma.
Si dios fuera una diosa
Los hombres deberían no mostrar sus cabellos.
Taparse, casi del todo, el cuerpo.
Para no provocar a las mujeres.
No llevar manzanas en el bolsillo.
En la inquisición la mayor parte de los muertos hubieran sido brujos (brujas muy pocas).
Se cuidarían las vidas nacidas, evitando las guerras y el hambre. Las vidas por nacer quedarían sujetas al deseo, no a la obligación.
¿Y si dios fuera una pareja? A lo mejor nos entendía y no nos expulsaba del Edén y llovían abrazos desde el cielo. Dulces pompones de nubes, caricias. Una ventana sin cruces, ventana hermosa de un mundo en el que no se tortura,
tierra, pasto suave y niños sin calvario.
¿Qué es peor que dios no exista o que exista y se ausente y queden las víctimas tan sin su mirada?
La palabra riega músicas en el desierto.
La palabra abre infinitos surtidores y el desierto se puebla de castillos, joyas, perfumes, alhambras, almohadas, hadas.
Memoria de lo ausente
Sueño contra la muerte.
Era de jugando
Me gustaba la fantasía de tirarme en pedacitos (eligiéndole siempre los cuartos delanteros o traseros más apetecibles) a sus mandíbulas de animal carnívoro, a sus garras de leopardo sedoso. Eso fue hasta que lo vi sacar el plato, anudarse la servilleta y sobre todo afilar el cuchillo. Entonces me fui, haciéndole caso a mi mamá que siempre me advirtió sobre los peligros de los pecados de la carne.
*
El horizonte es una red visual para atrapar la esperanza en fuga
CURA
ÉL es un mar viviente verde. Ella lo nada, se hunde, respira en los abrazos de las hojas.
El hombre llegado desde el naufragio, la bebe, la alisa, la cubre del arañazo de las ramas.
La mujer busca esa señal, ese brillo. Se repliega para envolverlo. El hombre se expande, dispuesto a preñarla a fructificarla, a hacerle saltar hijos, pájaros, palabras.
Bordean lo blanco
Son juntos, la herida y el consuelo
El abarcamiento
El la abarcaba a veces, y ella otras lo mecía como si ella fuera la barca. Ella acunándolo mientras el la contiene en sus brazos a ella que lo abarca a él que la contiene a ella que lo sueña a él soñándola
Ese día de niebla parecía el principio o el final del mundo. El con la barca la va a buscar. Lo único que lleva son los libros. Era mejor que el fuego este destino exilio para ellos. Era otro fuego. Se bajó de la barca. Con los brazos cargados de hojas, la abrazó. Ella orejas abiertas, él voz. Se decían las vueltas de la tinta. El sobre la desnuda piel de ella inventaba palabras collares, palabras prendedores, palabras aros. Tipografía, recortes, el mundo casi. Ella lo condecoraba, lo subrayaba, lo significaba, el se elevaba de poema. Envuelta de polisemia, ella esperaba.
Los significantes abrían los sonidos, los abrigaban. El mundo era tan expulsivo que habían querido retornar al principio. Dos cuerpos que se leen incansables, escribiéndose. Sin dios, manzana ni serpiente, el paraíso tiene la forma de una biblioteca.
Isla a la deriva
Lo único cierto es esta casa fragmentos vivos somos uno en dos en cada objeto ahora dividida ya no recibo cartas en la piel de la alfombra. lo único mío es esta casa tuya que habla atraviesa ciudades fiesta de los caminos en el mantel de flores hechizadas. Me muevo o me sujeto con el cuerpo memoria y la casa me narra en el silencio
la escucho, envuelta con migajas de tu luz
*
Con su perfume mediterráneo (aceitunas y ajos), La sonrisa derretida bordeada de rojos, como el tomate y la vida. Toma mis manos, se las lleva a su redonda boca y al final no me come.
Me deja una ramita de albahaca como anillos
Y esa incierta tristeza de no haberle gustado.
La noche de los caballos como seda
A la mujer a veces se le encabritaba la mirada.
Era como si un río de caballos negros y sedosos la traspasara en la búsqueda del mar.
Un día se dejó ir desnuda, con pequeños adornos de corales rojos y negros.
Llegó hasta la orilla.
No sabía si seguir o volver a la blandura del sueño.
El cazador de gestos sabe el final.
Sea como sea que termine la historia, a la mujer nadie le quitará de los ojos el brillo de los caballos galopando su noche.
*
Esa calle
Yo conocí una calle que está en cualquier lugar
Una calle que da al mar,
a la caída del sol, al incendio
una calle que termina en jardín
un jardín que se abre
una calle que se pierde en la selva
una calle que linda con el grito
con animales de seda innumerables
con barcos que se mueven en la luz
y ceremonias que matan el desierto
Decir yo he conocido
Es decir la presiento.
Esa calle me espera
Desnuda de carteles
alguna vez Voy a reconocerla
Asunto de palabras
Entonces es así, me pregunté. Se cuenta para espantar el fantasma de la muerte o el de ser tan pequeños y solos, en la historia que nos precede y nos va a continuar, así sin paraíso, casi ciegos, entre templos y ciudades perdidas y ganadas. Migajas en la naturaleza que nos aterra y nos consuela. Espejos rotos que se juntan inventando ficciones para llegar a una verdad: verse en la mirada de los otros, un lenguaje para abrigarnos de la nada.
*
El café ha escrito algo sobre mi seno Una pequeña navaja de calor, fundó la asimetría Dibujo, pájaro, mariposa, misterio.
Mientras la línea roja está por echarse a volar A caballo de la mullida blancura
El otro se queda entre los encajes
Como debe ser-
El que recibió el signo ha descubierto
un paraíso de gotas dulces
En ese cielo los bebés, los hombres y
también las mujeres
que ofrendan sus pechos al hambre de la vida
tienen
esa sonrisa.
Nosotros contamos las historias
Entre los árboles
Una hamaca desliza el aire. Un hombre lee. Una mujer inventa selvas. Los monos festejan la vida de las frutas. Una pareja funda un mundo en la piel del otro. Un terrateniente calcula cuanto va a ganar con el desmonte.
Entre las nubes
Alguien se esconde del mundo. El cielo ensaya almohadas blancas. Los bebés sueñan con la suavidad de su fuente de vida. Las madres cuelgan manteles. Los amantes derrochan sabanas insurrectas. Los niños se asoman a la ventana de una pintura o un cielo. Los que no duermen pasean sus ovejas. Los cocineros hacen copos de nieve sobre la tarta de limón para
imitarlas.
Ellos arrojan los desechos.
Entre las aguas
Las sirenas estrenan sus cantos. Todos recordamos nuestra primera casa. Un hombre bucea su soledad. Una mujer envía la botella con el mensaje. Los náufragos buscan la esperanza entre los restos húmedos. La bandera roja de los corales cae herida.
Ellos ahogan la belleza
En la tierra
Los granos de oro del maíz buscan bocas. Ellos siembran el hambre.
Nosotros con hojas de árbol en la voz, con gotas de cielo en la voz, con agua en la voz, contamos las historias.
Ellos cuentan la plata
Jardín secreto
No un jardín, no un bosque, no una selva. Un extraño desierto verde poblado de flores, de hojas, de ramas que se amontonan como médanos, con la suavidad de la arena se apoyan en mí .Dunas cambiantes, me deslizo, nado entre los olores y las texturas del paraíso vegetal, cuadritos de aire blanco, arriba, recortes brillantes entre los árboles. Todo está en el mismo plano, sin subir ni bajar, como en el país de Alicia Espacio- tiempo iguales, sin embargo hay una sensorialidad paralela, como si desde mí, otro cuerpo mío buscara sus nutrientes. No acaricio a las flores, ellas me tocan y besan, hacen música, las secas como crocantes instrumentos, algunas me peinan, largas manos con corolas delgadas Otras,
redondas, ahuecadas, me buscan las puntas de los pechos para vestirlas, rosa contra rosa. Una triangulación me lleva de las flores, al escondite del tronco, a un lugar donde dejo la mirada y las espinas me arañan cerrándome el paso. Voy y vengo con el pasto en los pies, espío, me hundo. No se si estoy alegre o triste, he vencido tanto artificio de ciudad. Adorno el banco labrado en arabescos, escribo con hojas y pétalos palabras ilegibles. Exiliada del cemento, escribo.
Carta, caos verde, que te quiero, verde. Quien quiera oír que oiga.
¿Sueño?
La noche del 10 de septiembre de 1973 Pablo Neruda poeta comprometido y lúdico, soñó: ruidos, aviones, silencio, gritos, aullidos y una voz. El mascaròn de proa de Isla Negra se arrodilla y pide al dios del mar que nosea cierto. Por un río marrón se junta con el mascaròn de Haroldo, blanco de golpe, de golpes. Cementerio -Río de La Plata que cuentan en Santiago prolijos, mientras los muertos caen sin ritual. Matilde cuanto falta para la pri..? Pablo este año septiembre viene sin primavera. El pelo negro de ella se desparrama como un luto, sobre el mantel de sangre, de vino, de idos, se desarticula la cabeza, no se olviden de ... Naranjos negros, labios rotos. Una caracola con bordes de coral amplifica la voz que anticipa lo que ya pasó.
Pablo busca un descanso de luz pero no hay.
Se arranca los ojos para no escuchar el asesinato de la digna humanidad de la voz. Busca párpados para los oídos no quiere ver la sangre por las calles, las manos de Rodolfo escribiendo la carta, saliendo a entregarla al aire verde de uniformes, ¿Matilde dónde está la casa de las flores? Quiere hablar de la lluvia, de las lilas, de los volcanes de su ciudad natal, no puede, desde lo alto del estadio caen pájaros rotos.
Las manos de Victor, tan solas de cuerpo, piadosas tapan la pantalla del sueño de Pablo que despierta y dice : Matilde sabés que soñé? Entonces escucha ... en la radio la voz del amigo, compañero, presidente que sigue despidiéndose. Cómo suena la voz de un hombre cuando no quiere irse para no dejar solos a los suyos para que no pase lo que va a pasar. La voz dice: volveremos a las grandes alamedas más temprano que tarde. Pablo sabe
que es tarde para él. Pide castigo, se va.
Ellos todavía sonríen alrededor de la jaula en la que nos encerraron.
El lector
La mujer se extiende como un libro. Va hacia adentro, él la mira, le prende ojos en el desliz de la línea cuando se curva. Ella se parte en ángulos a golpes de miradas, fosforece. Quiere ser un libro que él leerá y en el que él hará marcas. El señalador es la escritura, la palabra. No hay cuerpo sin palabras. Un idioma se busca, se articula en el borde. La mujer sin saberlo tiene la historia de la literatura en la piel, la Biblia que no leyó. Es Sara dándose vuelta, Madame Bovary, una Lolita, princesa en la torre del castillo, la isla desconocida, Es Nora, una virgen, Cordelia, Lilith, la Malena del tango, una Dulcinea imaginada, Medea y la Medusa, Ariadna generosa en los hilos y las chicas de Flores cortándose en pedacitos para ofrecerse a la mirada de los hombres. La voz es una mirada, los roces escrituras. Ella
tendida entre los siglos, espera su lector. El cierra el libro que leía antes de desear leerla a ella. El libro que tenía abierto él con un símbolo que le decía "sos esto".
Ahora se deshacen las certezas y esas dos lenguas se mestizan, escriben. Saben el comienzo y nada más. La cortina se cierra como el libro y ellos balbucean en el intento de decir lo imposible.
Cajas 3
El pelo de ella da vueltas alrededor de la caja como si no le bastara el lugar donde él la ronda. Ella sonríe con sonrisa inabarcable, sonríe porque el se acerca y sabe lo que se avecina, pero no sólo por eso, sonríe en ella misma. Sonríe en los tres tiempos, el presente perpetuo de la escena, lo que la mirada de él le dice de un futuro tan próximo, sonríe todavía más, sonríe pasado, esa oscura tibieza de niña recién amamantada.
Lontano
El aroma de la rama de albahaca hila el vacío
es una mínima cita de sombraluz que alude al desamparo y lo consuela
La revolución es un sueño que siempre renace
La revolución para nosotros era un sueño, a lo mejor inalcanzable..
El nuestro era un deseo, una búsqueda de la dignidad, de la alegría, de la justicia, de la solidaridad, un intento de vencer al egoismo, para todos los colores, los géneros, las edades, para todos los seres humanos. Un sueño arrullado en canciones, pintado en cuandros, escrito en poemas. También es imposible el sueño del consumo para los jóvenes actuales, un deseo solitario de plasmas, autos y tanto más, envuelto en propaganda y papeles de regalo. Los dos una manera de prepararnos para camino. La utopía nos hacía caminar con la energía de la lucha. El deseo de objetos ( como ilusión de alcanzar la felicidad) que cuando se alcanzan ya no son suficientes, provoca stress en la marcha. Nosotros avanzábamos con la mano abierta para tocar al otro. Los que hoy están en la carrera llevan la mano sola que termina en tarjeta. Perdido por perdido (aunque no se
sabe, nuestro sueño renace tantas veces en la historia) convengamos que el nuestro era mucho, mucho más hermoso.
Epifanía
Puede ser que la lluvia vista con diamantes una tela de araña que la planta cubra su verde desnudo y destelle como poblada de astros.
Es posible que mi ojo la vea
y acaso me olvide de la muerte
por un rato.
Caminos
Entre aromas y flores en relieve
para la suntuosidad del tacto.
En el azul que abre las manos del mar,
nómades contrapuntos bordados del deseo, viajan
Acaso
Un tajo en la sombra La hendidura abre un posible cielo.
La herida irregular bordea de espera celeste la navaja.
Sueños animados
La libertad es conocer gente nueva Benito Secelovsky
Animarse a lo nuevo, a pensar, a conocer, a reirse, a sentir.La historia siempre es nueva.Cuando pensamos en lo que ya pasó, si seguimos vivos y por lo tanto cambiantes, lo resignificamos.Hacemos una especie de traducción, teniendo en cuenta que otra época es otra lengua y no es fácil pensarla si no nos ponemos en su latido, desde el actual. Cuando pensamos en Benedetti, no es solamente de literatura de lo que hablamos, son sueños compartidos, canciones, una forma de estar y pensar el mundo. Hay que conocer gente nueva, esos que van a escucharnos, esos a los que vamos a escuchar, esos a los
que les vamos a contar lo que vivimos, esos que vienen desde lejos con sus palabras esperando la novedad de nuestras voces y nuestras lecturas. La libertad es encontrar, entre lo que pasó y lo que pasará, alianzas provisorias. El día de la patria, el de la bandera, el del padre, recreandose cada vez, a la luz de lo vivido y de lo nuevo, dandonos la revelación de de lo vivo. Nada queda en estampita, todo aletea, cada nuevo conocimiento se conjuga. Como un mar que se abre y nos vuelca y revuelca. Lo nuevo son tesoros océanicos. El infinito mundo construido con palabras que nos trae la gente nueva, es turbulento o sencillo, siempre revolucionario. No podemos saber que quiso decir un chico de siete años con eso de "la libertad es conocer gente nueva" cuando el 25 de mayo construía su postal conocida. Sirvió para desenrrollar lo guardado. Conocer gente es un canto rebelde en una sociedad que nos invita al barbijo, la
desconfianza, el temor. El otro parece un enemigo posible que anda por las fronteras de lo establecido intentantando pasar aunque lo volteen mil veces. Pienso que el abrazo sonoro, el pensamiento que cuestiona lo que se muestra como natural, la sonrisa que acepta, la mirada que resguarda, el hacer juntos la red sin centros ni jerarquías, es una forma posible de la libertad. No hay libertad dentro del miedo. Quienes día a día nos predicen los males del contacto, nos dificultan la hexogamia social, saben que nos dejan expuestos a ser esclavos de la visión que nos trasmiten. Los sueños animados, múltiples, son una respuesta para salir del laberinto. El Laberinto ya no es el clásico con su centro y su Minotauro. Tiene otra forma, el hilo no es de Ariadna es el hilo de todos, con sus manos y voces, su imprevisible rumbo, su apuesta, su deriva.
Furia de lo vivo
La carne de las flores cae en racimos
Resbala en el aire
Agujeritos de luz en la mancha verde Por donde los espías del cielo Nos dan señales..
La belleza está en lo inesperado.
Una hoja se suelta casi con dolor
Emisario que trae la noticia.
"Los ángeles no existen son ustedes"
*
El café ha escrito algo sobre mi seno Una pequeña navaja de calor, fundó la asimetría Dibujo, pájaro, mariposa, misterio.
Mientras la linea roja está por echarse a volar A caballo de la mullida blancura
El otro se queda entre los encajes
de su corpiño
-Como debe ser-
El que recibió el signo ha descubierto
un paraíso de gotas dulces
En ese cielo los bebés, los hombres y
también las mujeres
que ofrendan sus pechos al hambre de la vida
tienen una sonrisa
Esa sonrisa.
Mago, no te alcanzó la magia.
Mi perro no habla, a veces llora, pero ni siquiera ahora que se muere habla. Ni siquiera ahora Que lo necesito tanto para despedirnos habla.
Sólo mirada, ojos grandes como el silencio
Este dolor perro
Pelos y sangre pegada.
palabras desaparecidas
La lengua, me alisa,
como una madre que, a veces, interpreta,
mi animal mudo
Sombras en colores
En el centro del Laberinto biblioteca el animal mítico furioso desgarraba sin piedad al aburrimiento.
Pronto enviaron al héroe a vencerlo, la gente que ya no tenía al aburrimiento consigo, pensaba.
EL cable de las antenas de tv fue el hilo para encontrar la salida del laberinto de los libros
El animal vencido sabía que junto con él yacía la libertad.
Sentidos
La distancia entre el
perfume y la luz
el gusto y el sonido
es la piel.
El tacto se abre
como estrella terrestre
oímos el luminoso
sonido, la nariz toca
partículas impalpables
ojos en la boca
para gustar.
A veces (no es fácil)
ese resplandor llega.
Ángeles caídos
rodamos
con el rojo brillante de la manzana
en el hueco de las alas.
*
La lengua se suelta, se abre, se salta,lámpara -garganta- voz, tapiz, terciopelo húmedo, musgo. se frota contra las cavidades de la boca. se rompe, se lastima, duele. se encanta con esfumados tonos
Ella habla
no le salen ni culebras ni perlas sólo palabras.
Palabras vivas que se mojan en la larga saliva de la especie. Metamorfosis líquidas, emplumadas, trasparentes, duras
buscan el arabesco de la oreja
ese interrogante del otro
para anidar.
Tristeza náufraga
¿Sólo la tristeza se salvará del naufragio
o el naufragio con sus restos, voces, textos,
astillas de sustancia
se salvará de la tristeza
si encuentra una señal
que ordene los deshechos?
24 de marzo
El árbol de la vida que crece todavía
la sangre fría de los asesinos
memoria de lo dulce, lo perdido, lo suave
los que nunca ven nada
este dolor
*
Decidí sacar a pasear mis pestañas, desligadas del mandato de ser las compañeras de los ojos se aventuran. Se deslizan suavemente como un abanico por la piel del verano, se vuelven pasto pequeño, naciendo con su placenta de hojas de bosque, se erizan en la brisa, dejan marcas como un terciopelo cortado en finas hebras,se vuelcan, se enredan en la música, se encaminan a la noche con olor de café, se abren a las manos, se entornan, conmueven heridas de luz. Pasean por la piel de animales felinos asperamente dulces, sanan la tristeza de los que están enfermos. Son lo que falta, lo que no se puede mirar. Un revuelo de pestañas para el mercado de flores, otro para la mesa servida por Babette. Caminan túneles, pozos, el organismo vivo de las palabras hasta llegar de nuevo a los ojos, adorno de final de párpados. Ahora matizan una mirada nueva que saquea los
muros. Ahora acarician caras enmascaradas. ahoran besan ahora abrazan
ahora son nido
ahora me acurruco en ellas que me salvan
de la visión desnuda.
*
La poesía les habla a las heridas pero no a los torturadores John Berger
Si no fuera por ella
A todas las victimas de la ley
del más fuerte
SECRETO
La habitación oscura y silenciosa no parecía de gente que estaba por salir de vacaciones; salvo por las valijas en la cama y algunas visitas en la casa no se notaba el clima festivo previo a un viaje. La nena grita: ¿y esto que es mamá ¡? agitando en su mano algo, la madre la mira como si hubiera cometido un crimen. Cree que no volvió a preguntar, cree que nadie le respondió, cree que fue parecido a lo innombrable en el terror de las dictaduras. La imagen de ese pequeño lienzo blanco que, después supo, era para cierta sangre, que después supo, significaba que todo estaba bien en el interior de una mujer, que después se canso de ver en publicidades, en ese momento era peor que mostrar un arma. Armas que causan otras sangres, sangres de victimas, a veces pequeñas perdices o liebres,
igual a las que cazaban los hombres de la familia; otras veces, cachorros humanos, como los que ahora están en el recorrido del avión del que cae la bomba. Antes un silencio para lo femenino. En nuestro tiempo una exposición casi pornográfica, sinvelos del cuerpo de la mujer. La niña creció y se pregunta ¿que se seguirá ocultando cuando todo se muestra tan descarnadamente?. Piensa (aunque lo tuvo prohibido, a veces le sucede) si no será que la censura cubre ahora a la ternura y a la piedad. No serán, ternura y piedad, en el fondo, un secreto femenino que los hombres y mujeres esconden en un mundo implacable donde reina la ley de la fuerza.
18 de julio
Quiero hablar de la piel de su indomable sueño de roce de la caricia de la voz buscando dobleces, pliegues, hendiduras pero no puedo de mi boca recuerdo sale España sumergida en el duelo hace hoy setenta años mujeres libertarias acosadas por cruces jovenes perseguidos por prisiones y tumbas
quiero tacto-caricia la mirada ese gusto de un cielo por venir
hoy no los aviones tiran sus bombas sobre mis manos en un país que nunca conocí
me deshago Las palabras dan vuelta los sentidos parece que como siempre ha sido hay gente que es culpable de vivir y un ejército dispuesto a remediarlo
Otra vez Eros que perdió la partida.
*
Yo quise ser un rojo violín desorbitado Máximo Simpson
Yo quise ser o quiero todavía
Pasionaria con el brazo extendido
señalando horizontes.
La que piensa juntando líneas para mostrar que el rey está desnudo y la reina demasiado atada
Una mesa cubierta de poemas
para que cada invitado se sirva su palabra
Una ronda de cuentos para ahuyentar el frío
Un almohadón de sonidos y aromas
esa flor desorbitada y única
que acaricia los ojos que se ofrecen
el café que anima las mañanas
yo quise ser la libertad
y todavía quiero y seguiré queriendo en un mundo de palabras que encierran en cárcel de
sentidos
y los pobres se llaman terroristas desde niños por no poner sus dones en las manos del amo
quiero abrir la llave aspirar el poco aire que dejaron sin contaminar
y ser la libertad.
*
Cuando el otoño se acerca (lo siento en ese vestido violeta tan suave que atrapa miradas -era de media estación-) La muchacha hacía la cola del Lorraine Seguro que con un joven pero no lo recuerda
La Fuente siempre a punto de aparecer y quedaban doncellas.
No se había muerto nadie, ni siquiera los abuelos, Aunque había oído de ella, la muerte no le constaba.
Ahora no está el cine, no hay doncellas, las estaciones cambian día a día, el muchacho se acomoda en el olvido-
La muerte la ha tocado a la muchacha tanto
Ella prefería el tacto casi terciopelo del vestido aquel o los ojos que se tiraban por su cuerpo como por un tobogán
Es lo que hay se dice y recuerda las religiones inventadas sólo para pensar que algo
quedara después, una almita o una reencarnación o que se yo.
Para mi, lo -único que explica la muerte - es la falta de espacio
Imagínense chocando con Ema cuando baja del carruaje.
Elegí mal, ella no era de verdad, pero quien lo dice.
Todo eso porque murió el director de la película que está por empezar Y la muchacha con su enorme cartera colgada y su libro se siente aún, a salvo.
Contratapa*
Este libro de Cristina Villanueva es un auténtico "placer del texto", una agitación discreta, que sin levantar la voz, ni señalar con el dedo acusador, recorre necesidades y riesgos entre la lectura de la literatura, y la escritura poética concebida como un "pensar soñante". Un caso singular donde las relaciones textuales, establecidas por la autora, conforman un catálogo de incidentes, temas, formas y estilos de cosas vistas y oídas; cuyo objeto es la recuperación de la capacidad de asombro frente a tanta rutina y angustia cotidiana. Un entramado de fragmentos cuya dimensión narrativa-poética, oscilan entre la placidez de la observación que intenta describir y elegir con cuidado lo que ve, y la actitud de una mirada reflexiva ante lo que nos rodea. En algunos de sus textos, el lector se inclina a sonreír irónicamente a causa de la objetividad aparente de la
prosa; pero este mismo registro lo lleva a detenerse asombrado frente al estímulo poético que Cristina Villanueva nos ofrece de lo real. Cosas o situaciones vistas o que, pese a ser fruto de sus lecturas, se centran en lo visible o en el acto mismo de escribir, entendido este como "el mirar de la imaginación". No menos cierto es que en el fondo, Villanueva viene a ser, a través de sus textos, una minuciosa cronista de nuestra época. Que además, sabe que todo libro, y Relaciones textuales, no es una excepción, es lo que no se conoce, el latido de la lengua que llama, la oscuridad que se hace luz, una manera de jugarle carreras al espacio perdido, desarmado ....... Y que al decir de la autora, exige de un lector con capacidad de ensoñación que intentando descifrar, crea, modifica.
*Por Héctor J. Freire
*Contratapa del libro "Relaciones textuales" de Cristina Villanueva.
Presentación: Martes 8 de septiembre a las 19 hs en la Biblioteca Nacional (sala Cortázar)
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
Este domingo 6 de septiembre 2009 celebraremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), ¡la edición número 400 de nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana! Será un programa informal en el cual participarán algunos de los moderadores que han colaborado en la realización del programa, entre ellos Veronika Gruber, Maximiliam Schönberger, Doris Unterlechner, Johannes Rössler, Silvia Amberger, Krysthal Duarte-Herrera y Walkala.
El programa estará dedicado a la memoria del fallecido poeta argentino Horacio Rossi, de él leeremos algunos de sus poemas. Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Freundliche Grüße / Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur. www.euroyage.com Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA Tel. + Fax: 0043 662 825067
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Canté mi mejor canción esta noche: A la luz de la Luna, Silenciando a los grillos, En la banqueta, Tirado, Sucio Y convirtiendo en monedas Las miradas de algunos.
Mi mejor canción Se ha escuchado esta noche, Y algo se ha conseguido para comer.
Se cantó esta noche La mejor canción que alguien pudo entonar: Y no hubo aplausos, Ni anuncios publicitarios, Ni firma de autógrafos; Pero algunas monedas se lograron reunir.
Canté mi mejor canción esta noche: Los pasos tronaban con el cemento Y las horas pasaban Como si fuesen algún animal.
La mejor canción de esta noche, A penas nos ha dado para soñar.
Llevaba mas de diez minutos parado al lado de un semáforo y nadie le ayudaba a cruzar la calle. Golpeaba el suelo con el bastón blanco intentando llamar la atención de los viandantes pero parecía ser invisible. Cada vez más enfadado por la poca solidaridad de la gente, mascullaba entre dientes improperios y maldiciones contra la raza humana. ¿Es que nadie me va a ayudar a cruzar esta maldita avenida?
Notó que una mano que le agarraba del brazo y le conducía hacia el otro lado. "Por fin un idiota" - piensa, mientras el gitano le guiaba hacia la acera de enfrente.
¿Se puede saber porque ha tardado tanto? ¿Acaso no se ha dado cuenta de que me estaba asando con este sol? ¿Desde luego la solidaridad deja mucho que desear? ¿Ya me gustaría que fuera usted ciego para que se diera cuenta de lo poco educados que son los demás? ¿Seguro que ha estado
usted perdiendo el tiempo en cualquier tontería?
Al llegar a la mitad la calle y seguía: Vaya con cuidado, ¿no se da cuenta que los coches nos pasan muy cerca? ¿No sé de que le sirven los ojos?
El gitano, cada vez más enfadado, tenía unas ganas locas de dejar al ciego en el otro lado y marcharse inmediatamente. Cuando llegaron a la acera el ciego le espetó: Si espera que le de las gracias puede hacerlo sentado. Para lo mal que me ha ayudado.
El gitano mirándole de soslayo le lanzó una maldición; la maldición gitana: "Te hagan favores aunque no los requieras."
Desde este día el ciego no puede salir a la calle. Cada vez que lo hace se le acercan una persona y le ayuda a cruzar la calle, aunque no quiera.
Si ellos dicen la verdad, seguiremos mintiendo... Vinito y amor - Arbolito.
También les queda no decir amén, no dejar que les maten el amor, recuperar el habla y la utopía, ser jóvenes sin prisa y con memoria, situarse en una historia que es la suya, no convertirse en viejos prematuros. ¿Qué les queda a los jóvenes? - Mario Benedetti
No decir amén ni todavía Cuando nos quede la última gota de sudor entre las manos Y andemos arañando las espaldas de los dioses
No decir amén ni en figuritas Aunque estemos tan solos tan cerca del espanto
No decir amén sino mañana Y decir gracias porque existe
No decir amén sino te quiero Y hablar al oído de ese que despierta un poco el calvario y la belleza
No decir amén, decir te ayudo Aunque no haya nada que dar ni tiempo
No decir amén sino cantar Y bailar cerca de las sombras Y asombrarse de este espacio y de la luz que lo conmueve Y lo libera
No decir amén Decir poesía decir fusil decir manos, amor Y un par de abrazos
*de Natalia Gigliotti.
-Enviado para compartir por Cacho Agú. cachoagu@...
ACRÍLICO NOCTURNO*
"Mi misión es matar el tiempo y la de éste matarme a su vez. Se está bien entre asesinos." Emile M Cioran
¡cuántas mariposas arrastra el viento gélido de esta noche! parado junto a esta solitaria farola veo cómo sus alas se disuelven en el resplandor.
sus cuerpos caen a mis pies formando un remolino transversal al tiempo que prefigura un holocausto nunca ajeno al propio.
Tu nombre que tan breve parecía, íntimo y murmurado al desnudarte con presteza musitando tu nombre. ¿Aún tu aliento tibio sobrevuela por el aire crispado, soledoso de una cárcel muy lejos, sin ventanas?
¿Y tu ojos, amor? Siguen siendo tan grises absortos y redondos, tus ojos de encontrarnos decayendo la tarde? ¿Tus dos asombros brillos ansiosos de la vida, en la plaza entusiasta de canciones y pájaros?
Y también por tu ojos, apropiadores grises, un silencio ultrajado de uniformes y absurdo. Y niños sollozantes robados en la noche, un rictus de banqueros, militares y curas.
¿Dónde estarás amor? ¿Guarda aún tu cuerpo el calor de mis manos, y tu piel desvelante mantiene todavía el
temblor de mi beso recorriéndola toda?
¿Y tu voz me ha nombrado en ese mediodía, cuando fuiste arrastrada sin palabras y la gente impasible siguiendo su camino.
¿Me ha gritado tu voz en la alta noche? Silenciada, acallada, sometida.
Amor, mi nombre se habrá hecho vacío en tu lamento. ¿A qué sumar un rezo al perpetuo siniestro, imperdonable y siempre constancia de tu muerte?
¿Y tanto nos amamos que callaste mi nombre?
*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
Oliverio*
Vestido con una enorme capa negra que ondula a sus espaldas como las trágicas alas de un desorientado vampiro, con el cabello ensortijado y el semblante pálido, Oliverio deambula sin rumbo, alejándose de la ciudad, atormentado por el siniestro recuerdo de la Dama de Blanco. La había visto cara a cara. Podría jurarlo delante de cualquiera. Fue durante una oscura y pegajosa tarde, donde la atmósfera parecía a punto de quebrarse bajo la feroz metralla de los truenos y desatar, instantes después, la peor de las tormentas que recordara Buenos Aires en muchos años. En aquel preciso momento, Ella se había dejado ver atravesando los añejos muros del Museo de Arte Hispanoamericano Fernández Blanco, sito en la calle Suipacha al 1400. Por aquel entonces, Oliverio vivía con su
esposa Norah en el terreno lindante al Museo, y los encuentros con aparecidos ultraterrenos ya no los inquietaban como la primera vez. Una noche habían sido interceptados al regresar de un café literario por el hierático espectro de un jesuita encapuchado que les heló la sangre. En otra oportunidad, vieron cómo se descolgaba la oscura silueta de una esclava negra por las cañerías que descendían de los techos, buscando escapar de sus ya extintos captores. Y más tarde, hasta un distinguido Lord británico de raigambre victoriana, con flamante galera y reloj de oro a la cintura, paseaba de vez en cuando por el patio de su casa en las noches de luna, insinuando acaso un leve gesto con su galera hacia ellos, a modo de caballeroso saludo. Pero ninguna de estas imágenes lo había perturbado tanto como el de la Dama de Blanco. Joven, hermosa, casi virginal... Se deslizaba fuera del Museo y entraba a
su casa subrepticiamente, mirando en derredor con cierto temor, como si no reconociese el lugar donde se encontraba. Y a diferencia de las demás apariciones Ella, exclusivamente a él, le hablaba... Oliverio nunca había podido descifrar su lenguaje, entrecortado y confuso, compuesto por irreconocibles jirones de palabras que no alcanzaban a comprenderse del todo, como si le hablase desde el fondo de un pozo anegado, o a una distancia tan vasta que los sonidos no alcanzaran a cubrir. Pero su mirada, de una tristeza tan profunda como hermosa, era lo que más lo desconcertaba, fascinándolo a la vez. Haberla conocido implicaba no poder olvidar esos ojos claros. Y quizá fuera eso lo que ansiaba recuperar Oliverio, luego de que la muerte de Norah lo dejara en el más desolador de los desconsuelos: una mirada de amor, proveniente de unos ojos puros, diáfanos como un cielo de verano, que lo atravesaran
con su ternura de lado a lado. Consternado por llegar a concretar el encuentro imposible, Oliverio averiguó durante un buen tiempo acerca de la secreta identidad de la Dama de Blanco. Consiguió saber que había fallecido en 1925, y merodeaba desde un principio el Cementerio de la Recoleta, confundiendo a los incautos varones que la tomaban por una bella joven solitaria y desabrigada a quien cortejar durante las noches de parranda. Ellos le ofrecían sus sacos para protegerla del frío, atesorando la esperanza de un momento de amor, pero terminaban siendo finalmente desairados, mientras contemplaban incrédulos la manera en que Ella escapaba hacia las profundidades del Cementerio, perdiéndose entre las bóvedas, para luego de dar muchas vueltas en su persecución encontraran el propio abrigo yaciendo sobre uno de los cajones de las bóvedas, recientemente usado por el espectro de la dueña del
ataúd... Luego, la Dama de Blanco se había trasladado unas diez cuadras, errando a lo largo de la distinguida Avenida Alvear y la calle Arroyo, ignorándose el por qué de semejante trayecto, para recalar en las proximidades del Museo, aposentándose casi entre sus muros y los de las construcciones vecinas. Allí la había descubierto Oliverio, deseoso por un reencuentro que jamás había vuelto a concretar, hipnotizado hasta el fin de sus días por aquella mirada, imposible de olvidar... Muchos años han pasado desde entonces, sumidos en la bruma de los tiempos. Oliverio ha perdido, al fragor de sus poéticos retruécanos y versos delirantes, el sentido del espacio y la localización, extraviado en un lenguaje particular que carece de coordenadas compartidas. Desorientación que lo aleja de las letras y lo conduce hacia los lugares más remotos y
estrafalarios, como éste en el que lo descubrimos, sorprendido mientras llega durante una helada noche de luna llena: una desierta estación de ferrocarril, perdida en medio del campo, que misteriosamente lleva su propio nombre. Los rieles se extinguen a pocos metros de allí, devorados por la oscuridad, que apenas permite entrever un pálido destello lunar y metálico con el que delata su presencia. La rústica silueta de la estación se confunde con las extrañas formas de los árboles del monte que la rodea, otorgándole al lugar un toque siniestro que impulsa con fervor a la huída del testigo ocasional. Sin embargo, Oliverio se dirige resuelto hacia allí, casi sin darse cuenta de las asperezas del terreno que lo circunda, causado por el más insondable y urgente de los presentimientos. Una ráfaga de viento helado revolotea su capa al acercarse al derruido umbral de la ventanilla de la boletería, carcomido por la erosión del tiempo. La
reja que separaba al empleado de los futuros pasajeros se encuentra tamizada por mugrientas telarañas, aposentadas allí por espacio de varias décadas. El crujido que producen bajo su tacto las maderas podridas del estante para recoger los boletos no lo sorprende, pero le desagrada. Y entonces, en medio de la escalofriante lobreguez, percibe el níveo destello de una presencia dentro de la habitación, luminosidad que le puebla el alma de esperanza y desboca su corazón. Busca a tientas la puerta que conduce al interior de la estancia, y luego de un par de forcejeos con la cerradura oxidada, consigue que la pútrida hoja de madera le ceda el paso. Avanza trémulo hacia dentro, notando que aquel destello no ha hecho más que aumentar su intensidad, brotando desde la tortuosa grieta de uno de los muros, vecina a un polvoriento archivero. El milagro, informe cual volutas de humo, se expande dentro del cuarto, corporizándose con dificultad, impedido
aún de mostrarse tal cual es. Oliverio extiende moroso los dedos de su mano derecha hacia él, alargando su brazo, esbozando una palpitante sonrisa luego de muchísimo tiempo, tan malacostumbrado al rictus de amargura que lo representase desde la triste muerte de Norah. La aparición culmina de materializarse, definiendo a la recordada silueta de la Dama de Blanco, con un tenue y escotado vestido de nívea gasa que revela unos pálidos hombros delgados y la suave curva de unos pechos adolescentes, apenas ocultos por los bordes de una rubia cabellera lacia que enmarca su rostro angelical. Y coronando esa dulce carita inocente, aquella perturbadora mirada de ojos claros, profundos e insondables, transportando a quien los contemple hacia territorios inexplorados de la psiquis y el corazón. Oliverio se estremece ante esos ojos, sin dejar de sostener su mano abierta hacia Ella, extasiado ante la posibilidad de acercarse, acariciarla, besarla... Una
sutil ráfaga helada se cuela entra las múltiples rendijas de la ruinosa boletería, ondulando su inquietante capa negra. Hasta que por fin Ella le vuelve a hablar; y para sorpresa de Oliverio, esta vez lo hace con palabras claras, un lenguaje definido, un mensaje inequívoco. -Quiero que me hagas tuya -le sugiere u ordena. Una miríada de sensaciones se abalanza sobre él, confundiéndolo y decidiéndolo a la vez. El cálido y hasta fraternal amor experimentado en vida hacia Norah, el ancestral miedo ante lo desconocido, una inédita tentación al placer más lascivo que pudiera haber imaginado... En un instante las imágenes más representativas o banales de su vida desfilan delante de sus ojos, como si al escuchar esa frase de sus labios hubiese ingresado en el caótico vórtice de un remolino que lo deseara arrastrar hacia el más allá, aunque dejando en su lugar, ajeno a su propia persona, un nombre que le otorgue identidad a este lugar,
perdido y quizá olvidado, más no por las evocaciones que pueda suscitar el apellido Girondo. Entonces, Oliverio descubre en un inesperado rapto de lucidez -que atraviesa la maraña de frases erráticas e imágenes discordantes que han dado identidad a su obra literaria-, que se le ha ido la vida buscando un amor semejante a éste, que su entidad humana parece haberlo abandonado desde hace ya mucho tiempo, que en un lugar de la Pampa llamado Girondo -dentro de su derruida estación de ferrocarril- parece haber encontrado su propio fin humano, más no el de la leyenda de una enamorada pareja de ultratumba... Se acerca hacia la Dama de Blanco, quien le sonríe por primera vez, con grácil expresión. Oliverio le rodea los hombros desnudos con su capa azabache, que aletea en derredor como si quisiera izarlos en el aire y alejarlos de allí en un huidizo vuelo de murciélago. Y con un gesto aguardado por ambos durante decenios, se buscan las bocas
con pasional sutileza, besándose en un abrazo que trasciende la muerte y los eleva hacia la noche. Una imponente luna llena resulta el único testigo del encuentro, donde una capa negra y un vestido de gasa blanca se elevan por encima de las ruinas de una estación ferroviaria y se pierden enamoradas rumbo a las estrellas, glorificando la cualidad de convertirse en eternos amantes...
VIDA Y OBRA DE WILHELM REICH, PSICOANALISTA Y MILITANTE "Política sexual proletaria"*
Por Nicolás Robles López *
Mientras estudiaba medicina en Viena, Wilhelm Reich participó de un seminario de sexología. A partir de esa formación encontró que la teoría de Freud era la superación de todas las existentes. En 1920 pasó a ser miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Finalizó sus estudios en 1922 y, en el mismo año, se inauguró el dispensario psicoanalítico de Viena, donde atendió hasta 1930. La experiencia adquirida en el dispensario le brindó la posibilidad de realizar críticas técnicas sobre la terapéutica analítica, conducta que le valió la reacción negativa de algunos colegas. El 15 de julio de 1927 se produjo una huelga y una concentración de trabajadores en Viena en la que la represión por parte de la policía dejó un saldo de cien muertos. Este episodio influenciaría fuertemente a Reich, que el mismo día ingresó a Socorro Obrero, organización del Partido Comunista. El sustrato de
formación intelectual de Reich y sus lecturas de autores como Mehring, Kautski y Engels, sobre temas sociológicos y etnológicos, hicieron eclosión ante la experiencia de la realidad brutal e inmediata. En 1929 creó la Sociedad Socialista de Consejo Sexual y de Sexología, conformada por cuatro psicoanalistas y tres ginecólogos. Así contó Reich su experiencia en ella: "Durante dos años, me vi hasta tal punto acosado por las experiencias abrumadoras de la miseria sexual del pueblo que me sentí presa cada vez más del conflicto que se suscitaba en mí entre el hombre de ciencia y el político; sobre todo, cuando los centros de higiene sexual me hubieran puesto en contacto con los hijos e hijas de obreros, de empleadas y campesinos" (Constantin Silelnikoff, La obra de Wilhelm Reich, Siglo XXI editores, México, 1971). Esta asociación estaba dirigida a prevenir la neurosis. El pasaje de la terapéutica individual a la acción social se
dio gracias al contacto con el sufrimiento y las patologías de la gente que acudía al dispensario psicoanalítico. La relación entre la producción social de las neurosis y la represión sexual fue cada vez más patente para Reich. Por lo tanto, en el año 1931, reunió varias de las organizaciones que se ocupaban de la sexualidad con el fin de politizarlas: podrían lograrse así mejores condiciones de vida para las masas. El PC alemán también participó en esta empresa, estuvo de acuerdo con el programa de Reich y le entregó la dirección. Así surgió la Asociación Alemana para una Política Sexual Proletaria, más conocida como Sexpol. La asociación intentaba "radicalizar la acción de las masas", luchando contra el matrimonio y la familia burguesa como causantes de la represión sexual. Atacando radicalmente sus causas podrían prevenirse las neurosis. Pero el éxito alcanzado por la asociación, y la manifestación de las
inquietudes del pueblo en materia sexual, provocaron que el PC acusara a Reich de "sustituir la política económica por la política sexual" y tratara de desmantelar la organización. Tras la publicación de su libro Psicología de masas del fascismo, en 1933, fue expulsado del PC. Casi simultáneamente, fue excluido de la Asociación Psicoanalítica Internacional sin ninguna explicación por parte de sus autoridades. A partir de 1934 sus investigaciones se orientaron cada vez más a la búsqueda empírica de la libido, energía biológica que movilizaría al ser humano. En 1939 llegó a Estados Unidos, donde continuó sus investigaciones que lo llevaron a descubrir el orgón. Por negarse a destruir los acumuladores de orgón y las publicaciones de su instituto fue encarcelado y murió en prisión, de una crisis cardíaca, en 1957. El ser social de Reich lo condujo a ser el tipo de científico que fue en su primera etapa; las presiones y
limitaciones le fueron impuestas desde varios flancos: fascismo, stalinismo y macarthismo. Wilhelm Reich es un verdadero psicólogo social, porque parte de un análisis científico de la sociedad. Que la sociedad esté dividida en clases significa que los individuos no son todos iguales económicamente y, por lo tanto, la relación que cada uno tenga con las normas, reglas y representaciones depende de su pertenencia de clase. Si pertenece a la clase dominante, estarán hechas a su medida y estará en mejores condiciones para producirlas. Si es un obrero, estarán destinadas a evitar que tome conciencia de su condición de explotado y que actúe en consecuencia. Así, plantea una superación con respecto a la antonomía individuo-sociedad: no son los individuos autónomos e independientes los que producen las ideas entre todos, ni la sociedad en general, como un ente abstracto que ejerza coerción sobre la totalidad de las personas. Además, Reich
estaba interesado -en su práctica médica como en su acción política revolucionaria- en erradicar el sufrimiento que en los sectores más vulnerables provocan las patologías psíquicas derivadas de la sociedad capitalista. En Psicología de masas del fascismo plantea que la tarea de la psicología materialista dialéctica es "aprehender la esencia de la estructura ideológica y su relación con la base económica de donde ha surgido"; entender lo que él llama el "factor subjetivo de la historia". El libro está dedicado a explicar por qué ganó el nazismo en Alemania, cuáles fueron las condiciones que posibilitaron que las masas pequeñoburguesas apoyaran su ascenso y por qué la clase obrera aceptó esto. Si bien nombra el fracaso de la II Internacional y la derrota de los levantamientos revolucionarios de 1918 a 1923 fuera de Rusia, su crítica está dedicada a las acciones del Partido Comunista: según Reich, como la dirigencia
del partido no comprendía la estructura ideológica de las masas, no lograba una mayor inserción en la clase obrera. Reich encontró en la estructura ideológica de la clase obrera la contradicción entre una postura revolucionaria y una traba proveniente de la atmósfera burguesa. La cuestión central era "averiguar qué es lo que impide el desarrollo de la conciencia de clase". Ante este problema, Reich interpretó, en consonancia con las ideas freudianas, que la familia es la que cumple el rol de la represión sexual en los niños. Pero, a diferencia de Freud, quien creía que la represión sexual funda la cultura, Reich consideraba a la familia burguesa como "el primero y principal lugar de reproducción del sistema capitalista". El resultado de esta represión perpetuada en el seno familiar sería la inhibición moral, que impide la revuelta contra la explotación por la burguesía. En el caso de la pequeña burguesía, el modo de
producción familiar implica un estrechamiento del lazo familiar que potencia la represión sexual. La importancia que tienen en el discurso nacionalista términos como "madre patria", "la nación como una gran familia", demuestran la relación existente entre el nazismo y su base de masas pequeñoburguesas. En cambio, el proletariado no sería tan permeable al discurso nacionalista, ya que su modo de producción es colectivo. Sin embargo, Reich observa que el proletario se puede identificar con la pequeña burguesía, porque se halla contaminado por la ideología pequeñoburguesa. La vergüenza de reconocerse proletario es uno de los efectos de la moral sexual que reprime la sexualidad y culpabiliza al sujeto, inhibiendo el desarrollo de su conciencia de clase y acercándolo a posturas fascistas.
* Integrante del Club de Amigos de la Dialéctica-Ceics. Extractado de un artículo aparecido en la revista El Aromo.
*de Rolando Revagliatti. revadans@... -Traducción al portugués: Iacyr Anderson Freitas
Lectora*
La lectora sube la apuesta, escenifica el lugar, abre el libro, vuelca las palabras como una leche tibia. El corre hacia la voz con avidez. Toma lo que ella derrama, la abre, la deletrea, la descifra, la lee, la articula, la silabea. Alfabeto, abecedario, música, legado. Busca la piedra primera en el pelo, como un mar oscuro de peces escondidos, ideas enlazadas, arabescos, lealtades. En el pecho, emociones del borde entre el sentir y el pensar. En las manos, en las piernas, en la piel o en la mirada. La piedra del origen de lo inefable. Esa, anterior a las palabras con las que ella le nombra el mundo. El como si fuera un cachorro (las lecturas siempre son nuevas, si son ciertas) se amamanta de la voz, encuentra en la boca de ella, entre la boca y el libro, el lugar casi lecho, donde la piedra se deshace en hebras y habla.
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Una Isadora deslizando el cuerpo entre la impudicia y el arte. Cuál de esos ojos apreciaba mi estética, la fuerza de mis movimientos, la expresión que daban mis caderas, el sublime desafío de la quietud absoluta.
A quien sobrecogió mi figura buscando en el aire dar a la música un sentido de piel, huesos y músculos. Quien vería los imaginarios tules y gasas flotando, rodeando mi desnudez. Todo un desafío a una casta embretada en códigos y sucios pensamientos.
Yo quise ser aquella Teresa, esmirriada, luchadora, curando leprosos, crítica del Papa y sus omisiones. Vieja y encorvada, agigantándose en túnica celeste, cobijando desahuciados hermanos, llegando a Cristo y preguntando si valió la pena.
Y soy esta mujer que me observa desde el espejo. De incógnito en la vida, con deseos truncos, buscando la raíz de su sangre
Había una vez una maranja peluda que habitaba un planeta no tan verde, que se localizaba en una zona del Universo, denominada Supercúmulo de Galaxias Virgo. Dentro de este Supercúmulo estaba el planeta, incluido en un grupo de estrellas más pequeño llamado Local y para ser más exactos, se ubicaba en la segunda Galaxia del grupo y dentro de la segunda galaxia, en el Brazo de Orión. Se destacaba la maranja por ser cuadrúpeda y estar recubierta por un caparazón óseo con pelos ralos. Viene al caso agregar que la carne de la maranja peluda era muy estimada por sus depredadores. La maranja era importante porque, además de pertenecer a la familia de los Dasypodidal, se la consideraba por algunos como la única superviviente del orden Singulata. Aunque también comía carroña, la
maranja prefería, para saciar su apetito, perseguir durante la noche insectos subterráneos. No tenía buena visión pero se las arreglaba bastante bien pues, para protegerse, contaba con la formidable armadura, compuesta por placas de hueso. Empleaba sus afiladas garras para adentrarse en el suelo flojo en busca de alimento, para cavar madrigueras, que utilizaba para proteger a sus hijitos y también, para protegerse a si misma de los depredadores que caían, como peludo de regalo, sin aviso, de forma inoportuna, intentando depredarla.
Bajo aquel sauce, al amparo de la intimidad del enorme parque, la pareja discute sin levantar la voz.
- No puedo seguir con lo nuestro, me has embrujado, pero no puedo seguir. - Pero, yo no puedo vivir sin ti... - Tienes que buscar otra mujer. Este hechizo debe terminar. - No puedo... No quiero separarme de ti nunca. - Debes olvidarme - dice ella incorporándose e iniciando la marcha. - No te vayas. No puedo vivir sin ti. - Lo siento, te juro que lo siento. - Jamás me separaré de ti...
La mujer intenta marcharse mientras el hombre la sujeta por la cintura. Se dibuja en el crepúsculo la imagen de la pareja forcejeando. Anochece.
Al día siguiente se abre el parque al público que observa una nueva estatua bajo el sauce. Un hombre agarrando por la cintura a una mujer que con la melena al viento intenta marcharse. Al pie de la estatua el
título: "La unión eterna del brujo y la mujer."
Una está viva porque se perdona "no sabe cómo ni por qué la vida cada día" (1) está viva por insistencia, por obcecación porque amanece y aunque duelen los huesitos rotos la piel responde al asombro de este día como al de ayer al de mañana y se abren como corolas las preguntas. Una confía y está bien que confíe aunque el instinto alerte de seguros abandonos de egoísmos en puerta y soledades en vilo. Una está viva porque es tan intenso ver vivir a los hijos y porque se siente necesaria imprescindible aunque el mundo bien andar pudiera sin esta esperanza a trabajo forzado que es una a toda costa y sin desmayo.
Una cree que cada día será bello aunque a mitad de la mañana nada pase más que el tiempo nada suene más que el deber y el teléfono urgente nadie especial llame a la puerta y la derribe para entrar a saco en el derroche de pasión y ternura que es la sangre de una tan terca en esto de vivir y derramarse.
*De Verónica M. Capellino. veroaleph@... (1) parafraseando a Miguel Hernández: "no sé por qué, no sé por qué ni como me perdono la vida cada día"- Poema: Me sobra el corazón.
COMPAÑERO DE CAUCE*
Amigo, hermano. Pájaro núbil. Alma de niño. Ven, toma mi mano. Pintemos la soledad de verde. Celebremos la vida. Tanto verde, tanto. No se puede verlo pasar, sentados en la vereda gris. Desafiemos la muerte. No ha de dejarnos solos. No ha de encontrarnos solos, no. Levantemos el culto al no olvido. Volvamos al refugio de los antiguos nombres. A las noches oscuras, a los sueños claros. Escondamos los enigmas del beso en la fronda sin tiempo. Cabalguemos los jinetes sin cabeza. Calaveras con lirios y luz de plata nueva. Ven amigo. Liberemos el canto de las cautivas aves. ¿Recuerdas? Sus trinos dibujaban los gnomos de la tarde. Es inútil quejarse por las muertas horas. Volvamos el reloj y el calendario. ¿Qué culpa tienes tú? ¿Qué culpa tengo
yo? Es el río y la vida, amor. El agua se lleva las azules horas. Pero también las trae. Pero también las trae. Pájaro tibio. Amor. Amigo. Compañero de cauce. Hermano.
Le explicaba a Juan Manuel la dificultad de la acuarela como técnica, una técnica que utiliza esa materia liviana y transparente, ese pigmento apenas perdurable, esa nada de color difuso, esa mancha sutil. Y le dije; comparando el óleo que puede repintarse, taparse, corregirse; que en la acuarela cada pincelada deja la huella de su error. Una de esas frases maravillosas que venidas de otros lados hallan una aplicación a la forma en que se da el mundo. Decía en broma Juan Manuel que para resultar interesante diría, para explicar los fallos y la propia historia, para justificar un poco el propio rostro, que en él cada pincelada ha dejado la huella de su
propio error. Y es así, estamos surcados de antiguas pinceladas que se ven tenuamente debajo de las nuevas, y por mucho que acumulemos capa tras capa de materia evanescente, no podemos hacer desaparecer las huellas que el tiempo, las decisiones, los aconteceres fueron dejando siempre fijas y siempre adivinables como soporte de lo que tratamos de dibujar por sobre ellas. Somos el resultado de esa materia liviana y transparente, somos una acumulación de felicidades y malas horas, y no las podremos negar aún si accedemos a la senectud que va vaciando los frascos y despeja los estantes. Seguirán percibiéndose las viejas pinceladas, y no serán quizás menos dolorosas. Ni acaso menos gozosas. Nos miramos en los reflejos fríos. Y el primer amor, y aquella íntima vergüenza, y ese día que no podemos recordar sin que algo se mueva en las profundidades, todo está allí,
capa sobre capa sobre capa. Y eso somos al fin.
Tenía la rara facultad de curarse rápidamente de las enfermedades. Desde pequeño, su madre vio con sorpresa que las gripes le duraban medio día, la tos ferina un día entero y las paperas las solucionó en tres cuartos de hora. Le hicieron pruebas para constatar que no había secuelas y los médicos atribuyeron estas curaciones a que el niño contaba con unas defensas excelentes.
En el curso de su vida siguió con la misma facilidad para curarse. Los cortes ocasionales le cicatrizaban rápidamente y los golpes y hematomas le duraban raramente más de diez minutos. Acabó siendo una cosa natural para él, lo que le llevo a realizar trabajos de riesgo, muy bien pagados e incluso a presentarse como voluntario en algún experimento para probar medicamentos. Curiosamente en estos casos los demás cobayas humanos no reaccionaban como él ya que, no sólo sufrían la enfermedad inoculada, sino que en algunos casos se temió por la vida
de alguno.
El ejército, conocedor de esta cualidad, le reclamó para investigar las causas de la misma con la intención de poder dotar a sus soldados con las ventajas que ello reportaría.
Ninguna prueba médica obtuvo resultado por lo que derivaron la investigación hacia la vertiente psicológica. En este campo los resultados fueron esclarecedores e inmediatos. Tras pasar las primeras pruebas se vio claramente que tenía "personalidad múltiple" con lo cual, el muy bribón, cuando enfermaba cambiaba de personalidad adoptando otra que estuviera sana.
Sembrar puertas con espera fue el imán del camino, fue inventar sonrisas en casas abandonadas o colocar guirnaldas en terrenos baldíos para cosechar todas las mañanas. El mensaje se evaporaba, casi nadie habría las ventanas y el viento inventado se perdía en inútiles tramos de hojarasca. Era lava de vida activada, ver el amanecer y saborearlo, abrir puertas al ensueño alado y si fuera preciso, ser paloma y águila a la vez por la osadía. Pero nadie respondió y el mensaje se durmió sin esperanzas.
El hijo de Somnus ha llegado. Muro relegado de la luz. Paz de sepulcro. Sin nombre, sin dirección, sin techo. Manos de labios. Excluidos del yelmo y de la espada. Olvidados rastros de pezuñas Camino del retorno. No se recuerda en el nombre del padre. Apedreados tallos y sierpes con amnesia.
Universo de pasión. Dioses, estrellas y conjuros. Calandrias, potros azules nuevos. Tigres dientes de sable, corazón de pájaro.
Puentes. Indescifrables puentes de la noche. Río de olvido. Piraguas, canoas, balsas lenguas. Puentes, colgantes puentes de velas encendidas. Niños racimos, naranjales. Lupanares. Manzanas con tacos y sombreros. Uvas verde amatista. Las uvas están verdes. Inocencia, pan de saudades. Ubres. Salto lecho. Oscuridad.
Hijos de la noche, hermanos de la muerte. Parias. Celebrad el jubileo.
Que no vengan los duendes de la aurora. Es el hijo de Somnus. Que no se vaya. Que no se vaya, no.
"los que viven en el desaliento total, y sólo ven en el problema la pregunta de si anular o no su voto, es porque no conocen los movimientos populares que se gestan actualmente desde el pueblo que se organiza..." -Octavio Valadéz-
-- "Si el voto cambiara algo, sería ilegal" -Anónimo- --
Se levantó sin novedad alguna. La propaganda electoral comenzaba a rondar por las calles, como un adorno impertinente tapando las alcantarillas. Hoy es día de elecciones... ¡Máxima expresión de la democracia! (le habían dicho).
Todo parecía marchar sin mayor novedad: gente, urnas, esperanza... Desde que recuerda a su país, todo ha sido más o menos lo mismo: promesas de campaña que nunca se cumplen, empleos inestables, sobreexplotación de los recursos naturales, corrupción... Una larga lista (pensaba). Pero aún así se disponía a votar: tenía en sus manos ese gran poder de decidir el rumbo de su nación, aunque no le hicieran caso, aunque ninguna de las opciones las hubiera elegido y aún cuando ninguna de las propuestas le identificaban y a lo sumo le prometían una vida menos dura para soportarla en su pobreza. Le habían dicho que esto era el más grande logro de
nuestra democracia, y la única manera de ejercer su poder, como una especie de aventura mitológica donde cada seis años (o antes si hay elecciones intermedias), el poder le fuese concedido como por arte de magia mientras, el resto del tiempo, ni le voltearan a ver.
Una vez más, nada fuera de novedad se le presentaba. Caminaba y recordaba a aquel experto en política que criticaba a los inconformes diciendo que aquellos que no estuvieran de acuerdo con las propuestas de los partidos políticos, bien podían hacerse campaña y difusión ellos mismos, empleando la Internet y otros medios de acceso masivo, en lugar de andar promoviendo el "voto en blanco"... Y pensaba en que tenía razón: se pueden elaborar propuestas alternativas a las oficiales, y como inconformes hay más de uno, en lugar de hacerle caso al experto y andar cada uno difundiendo sus propuestas, bien pueden ponerse de acuerdo estos "inconformes" y elaborar propuestas que
emanen de intereses comunes a la mayoría de la sociedad... Pero ¿a caso esto no se hace ya, desde los movimientos sociales que se organizan desde abajo, desde lo popular?... El experto no estaba descubriendo algo nuevo, sólo que así lo creía porque tiene pegadas en sus ojos boletas electorales y urnas, y es lo único que puede ver: todo lo que se salga de eso le llama "ilegal", y le es extraño.
Vagando sin novedad, en un día de elecciones llamadas intermedias (y lo mismo si fuesen presidenciales), aquella persona se preguntaba qué hacer con su boleta electoral: si decidía anular su voto, uniéndose a la protesta que intenta reclamar a los políticos su falta de compromiso con la sociedad, ¿qué le quedaba por hacer después?: parece que esperar a que el "castigo" se evidenciara y los políticos, consternados y preocupados, decidieran poner un remedio y reducir sus excesivos sueldos, sus privilegios, dejar de favorecer las
empresas extranjeras para favorecerse a sí mismos con los contratos... ¿A caso el castigo será escuchado?, ya no digamos obedecido ni aprendido, sino tan sólo escuchado, pues sólo queda esperar para constatarlo... Votar por algún partido o propuesta corre con la misma suerte en última instancia: Esperar... Esperar a que un día las promesas sean cumplidas, a que llegue el salvador que nos rescate de todos los males, o esperar nuevas elecciones, para votar y volver a esperar.
Quizá la respuesta no se encuentre en el contexto de las elecciones: ¿Votar o anular el voto?: bien, ya se ha decidido, ¿Y ahora que? ¿Hasta cuándo vamos a esperar?... Puede construirse un movimiento que parta directamente de los intereses de la mayoría de la sociedad, un poder que bien puede ser llamado popular, y para construirlo no hay que esperar, no se necesitan urnas ni anuncios comerciales, y no promete privilegios para algunos, sino para la
mayoría.
Se desilusiona quien no ve mayores caminos que el tachar o no una boleta electoral, y todo su problema queda allí. Construir desde abajo las propuestas, y organizarse, mata cualquier desilusión... Se preparaba para "ejercer" su poder mediante el voto, que le habían dicho es una obligación ciudadana, ¿y la obligación social?, ¿dónde se perdió?: ¿son lo mismo un ciudadano comprometido, elección tras elección, que un sujeto social de tiempo completo?, ¿a caso es la única manera de influir en el rumbo histórico de su existencia y de los demás, con un crayón y una boleta electoral?
Todo parecía sin mayor novedad por las calles... Siguió caminando y mirando, en un día de elecciones, que lo único seguro que le dejaban era basura de propagandas entre sus pasos, y uno que otro anuncio espectacular...
Los automóviles pasaban a toda velocidad por la avenida. Le recordaban las películas mudas de Carlitos. La gente causaba la misma impresión.
Asomada a la baranda miraba con los ojos muy abiertos. Allá en la esquina estaba su madre. La oía a pesar de la distancia.
- No sé por qué comienzas cosas que no vas a terminar. Siempre eres la misma. También vio como llegaba su marido y se unía a su madre. - No se preocupe, Dora, no va a hacer nada. Nunca lo hace, le faltan agallas. Esa fue la palabra clave. Ella tenía agallas y había resuelto demostrarlo. Abrió los brazos, su cuerpo se elevó. ¡ Si, podía volar! - Adiós, - le dijo el piso 15. - ¡Bravo! ¡Bravo! - Se unieron a coro el 14, el 13, el 12 y el 11.
El piso 10 cerró sus ventanas. El nueve hizo una reverencia, luego hubo un silencio entre el octavo y el segundo. - No sé si tienes razón - susurró el primero.
La planta baja musitó algo ininteligible cuando la calle se abrió en cruz tratando de convertirse en pétalo
En este lugar, aquí, en este hermoso lugar hay verde. Aquí, en este sitio existe el verdor. Aquí es bello, aquí hay plantas. Eso decíamos. Nosotros, los mapuches, nosotros, los salvajes ignaros decíamos Carhué y era decir nuestra casa, era decir la tierra, era decir mi familia, mi ancestro más remoto, mi vida. Decíamos Carhué y decíamos amo la tierra verde. Y el lago Epecuén nuestro lago Epecuén era salado. Salado como el mar más reconcentrado, tan salado como si el océano hubiese sido puesto al fuego en una olla de barro y hubiese hervido despacito hasta que el agua fuese casi sal. Así era el lago, así lo extendieron los dioses oscuros sobre la tierra verde. Y era el límite
del verde. Mas allá venía la pradera que se tornaba páramo, hasta allí las pasturas y la facilidad. Hasta allí lo cálido y amable, a partir de allí ese límite, ese exterior, esa felicidad que se consigue con mayor dolor. Porque, debo decirlo, también esa era nuestra casa, y así como se ama al hijo obediente, se ama inevitable y dolorosamente al hijo que se eriza en espinas y baldío.
Era Carhué y era el lago de sal. Y fueron los hombres que ya estaban pero estaban todavía lejos. Eran los hombres del color de la blanca muerte, que nos habían dejado tranquilos hasta que su codicia los forzó a extender los brazos más lejos que el corazón. La codicia les dio hierros en los brazos y les dio hierros en los pies, y Carhué que era mi hogar fue mi tumba, y mis lugares tomaron nombres que nunca les casaron, nombres que se resbalan porque no los pertenecen. Pueblo Adolfo Alsina, lago San Lucas, nombres
extranjeros, nombres que se desvanecen bajo el cielo de la América y que mi boca no puede pronunciar sin hacerse violencia.
Llegaron los hombres de hierro. Se quedaron los hombres de hierro. Vinieron en su propia bestia humeante como quien llega montado en una pesadilla. Le dicen ferrocarril a la bestia de fuego, a ese monstruo negro y temible. En tres grandes bestias llegaban los hombres blancos y seguían trabajando para su codicia. No les bastaba la laguna de sal. Ya no estábamos nosotros, yo era ya polvo de huesos bajo mi tierra verde cuando los intrusos que vendían baratijas y habitaciones y bañadores a rayas quisieron obligar a la tierra a dar más de si. No les bastó ver nuestra tierra, se la apropiaron; no les bastó apropiarse de la tierra, la quisieron doblegar con sus canales y sus terraplenes. No era suficiente con el nuestro lago, no. Hicieron un lago ellos, un lago dulce,
trajeron el agua desde otros lados que no son este lado, que no pertenecen a este lado, y con ese agua extranjera hicieron ese nuevo lago y cambiaron la historia de la nuestra tierra.
Y el diez de noviembre uno de los dioses oscuros miró la tierra que era verde, abominó el lago dulce, tomó una palabra, pronunció una nube de ceniza, y el terraplén cedió, y la ciudad conoció el olvido del agua silenciosa. Y el agua avanzó como un ejército en marcha, y las puertas se hincharon en sus marcos, y el inexorable pasado se acumuló sobre los ladrillos de la ignominia. No tañe la campana bajo el agua, no acuden los niños a las escuelas, diez metros de agua se comprimen sobre las plazas y los tejados. Me duermo en mi tumba ahora. Mientras me adormezco canto quedo una melodía que ya no encuentra cuerdas para sonar. Siento la luz de la luna quebrada sobre el pueblo sumergido. Descanso ahora. Los
dioses juegan sus juegos, un pez desprende silenciosa, lentamente, una escama de madera de una silla que se pudre.
Cuando el frío de junio tirita por su escarcha, se duerme la lluvia en los rincones y se congelan los recuerdos bajo los cobertores, dibujan nuestros dedos soles verticales para evaporar carencias y prometer un mañana. Cuando el amor niño agoniza en una cuna sin nanas ni nodrizas que amparen, atizamos el fuego, inventando caricias que no duerman al alba. Cuando las puertas olvidan las bienvenidas y las ventanas rechazan los llamados, conjuramos al viento a crear melodías y a buscar presencias fijadas en las estampas. Cuando el adiós viste una túnica blanca y gira hacia el camino viejo con un "Hasta nunca, mañana no me esperes", modelamos regresos como torres de arena para que contengan el tiempo de una plegaria.
Los chicos venían haciendo equilibrio sobre las vías brillantes. Venían seguidos por la sangre del último crepúsculo, y al llegar al paso a nivel, algunos pasaron pisando cuidadosamente los listones de hierro del guardaganado, y no leyeron (o si lo leyeron lo hicieron con toda inconsciencia) ese gran cartel que decía: "Prohibido transitar por las vías". Era el comienzo del pueblo y no sabían -y si lo sabían no les importaba- que esas casas puestas en esa calle paralela a las vías fueron las primeras del pueblo. Las había hecho construir un suizo visionario a fines del siglo XIX, como también esos galpones de chapa que guardaba el cereal año a año, vecinos a ese altísimo elevador que alguna vez treparon por una interminable escalera con los chicos de la escuela, acompañados todos por una maestra paciente y gentil. Ese elevador -la torre más alta del pueblo- fue devastado mucho
después por un incendio casual y todos se quedaron sin mirador, tal vez para siempre. Era bueno subirse allí para ver el caserío y más allá las quintas, el campo tranquilo, con los sembrados como cuadriculados perfectos. Y los pájaros, que en ese tiempo tan alto eran numerosísimos. Esa barrita desflecada, compuesta por chicos que no pasaban de diez años, portaba su infaltable gomera -potencialmente fatal para todo pajarito que se creyera dueño del cielo-, su bolsito de género para guardar piedrecitas a guisa de proyectil y alguna pieza que venía manchando con sangre el género basto. Venían dando voces, chuscadas, silbidos un poco vagos que se tragaba el aire de marzo, y los menos, desafinando una canción de moda. Venían sin diálogo, como dispersos fragmentos de voces y ruidos que se enseñoreaban en la tarde. Venían distendidos, como la pequeña patrulla de un ejército ignoto que nunca entraría en batalla, porque el azar los
dejó a retaguardia. Así venían, caminando desde el bajo de La Portada, un par de kilómetros al Este, donde ya se humedecían los pastos y el sol se arrastraba como una serpiente de ceniza violeta. La caza había sido magra, pero la diversión muy grata, como son a esa edad todas las actividades decididas en grupo y los juegos que alejan de la obligación de la escuela. En esa esquina miraron a lo alto y vieron ese inmenso águila de cemento pintado de negro, en el frente del almacén de "ramos generales" que fundara don Antonio Pozzi -uno de los primeros pobladores- y que ahora regenteaba algún descendiente. Vieron una vez más ese águila y lo miraron con renovada admiración, tal vez porque lo compararan con su propia imaginación ganada leyendo profusas revistas de historietas o tal vez porque era un animal que en la realidad nunca habían visto. Tal vez cruzó un sulky traqueteante en la tarde, con los ejes chirriantes, pidiendo
ser engrasado de urgencia. Tal vez un jinete se internara por ese callejón que bordeaba las vías, en busca del sol del ocaso, apurando el tranco para llegar a algunas de las estancias lejanas. Tal vez un camioncito rojizo cruzara ya resignado en su último viaje, con su carga de sifones vacíos, con su listón de madera pintada de blanco: "Cerveza Schlau", y más abajo: "Sodería y licorería de Juan Sepperizza". Es improbable que alguno recordara después esa tarde remota, pero eso ya no tiene ninguna importancia. También es improbable -porque habrá muchos años después discusiones inútiles- saber si allí estuvo la casa de la guardabarrera pelirroja, que cuidaba el paso en las vías del tren de la tarde. Ilusión del cronista o realidad tangible como sus grandes pechos que escondían esos pullóveres de gruesa lana amarilla. Lo cierto es que según se dice -algunos dudan- esa mujer existió y se le encontró un
nombre y un apellido, una condición civil: viuda, dos hijos y una tarea precisa: guardabarrera en el cruce del Boulevard Vollenweider, frente a la antigua casa "El Águila" de don Antonio Pozzi, la que hoy está en ruinas. Y con ellos habrá sucedido lo mismo: la habrán saludado. Pero casi ninguno habrá registrado, no su saludo, sino su propia existencia, ya que años después algunos de ellos -ya calvos, ya canos- discutirán en la mesa de un bar esa existencia. Pero el cronista que todo lo indaga, ha averiguado, porque sí, porque es su oficio. ¿No es cierto que usted existió Ana Zarza, y que hoy en algún lugar recuerda a esa barrita dispersa por el vendaval de los años, indiferente a otra cosa que no fueran los juegos, o el inminente fervor de la caza?
Otoño, 2003
INVENTREN*
Al amigo Coiro, que sueña trenes.
Lo que vemos desde aquí no es más que un modesto edificio de una sola planta, con una puerta de madera y dos ventanas. Se adivina que en otro tiempo estuvo pintado de blanco, pero ahora toda la fachada está repleta de desconchones y lo que parece ser un impreciso conglomerado de restos de pintura, con diversos colores mezclados de forma aleatoria, como lo haría un niño. "Ese estrago no es obra de niños" dice el Gringo. El Gringo era actor. Vino hace casi treinta años a participar en una película, descubrió la melancólica noche de nuestras ciudades y la insondable desnudez de nuestros yermos, y nunca más volvió a su tierra. Desde entonces vaga por ahí con su videocámara y un ansia insaciable de escenas por grabar, de mundos por descubrir y relatar.
Si nos acercáramos un poco más, veríamos que se trata de la oficina ya inútil de un apeadero abandonado, último residuo de un pasado
que se nos va marchando lentamente. Un poco más cerca, observamos que la puerta, que alguna vez fue verde y ahora es un mero trozo de madera reseca, ha sido abierta, quizá forzada, y que las ventanas no tienen cristales. Pensamos que acaso alguien se los llevó para venderlos, o que estarán esparcidos por el suelo, fragmentados en miles de pequeñas astillas transparentes que dentro de un rato, cuando el sol esté alto, sembrarán de reflejos el entorno, multiplicando la aridez de este paisaje.
Nuestros pasos, lentos, resuenan sobre la calma del amanecer austral mientras nos vamos aproximando a la caseta. A pocos metros hay un auto, que parece tan abandonado e inútil como todo lo demás. El volante y el cambio de marchas han desaparecido, así como tres de las ruedas. La cuarta está destrozada. También faltan la puerta del conductor y los espejos. Ese auto tiene un no sé qué de animal herido. De bestia moribunda que se ha
arrastrado hasta aquí a exhalar su último aliento, al lado de las vías por las que una vez circuló esa especie de hermano mayor: el tren. Pero también las vías han emigrado a otras latitudes. No queda por allí ni un solo hierro. Algunas traviesas de madera, uno que otro tornillo enterrado, la hierba seca marcando el lugar donde antes hubo raíles, como queriendo contar una historia, una vieja balada de destierros y encuentros.
Dentro del inmueble en ruinas hay alguien. Se asoma al acercarnos. Es el Marmota. Le llaman así porque siempre parece estar durmiendo. La realidad es que padece una suerte de insomnio crónico, que le impide dormir durante la noche. Eso hace que se pase el día dando cabezadas. Antes la cosa era diferente: El Marmota trabajó, como todos nosotros, en el ferrocarril. Fueron años dichosos. Uno se pone a contar anécdotas y no termina. Ganamos algo de plata, hicimos buenos amigos, recorrimos este país hermoso,
vivimos. Luego todo terminó de repente. La casa donde vivía el Marmota en esa época estaba a unos doscientos metros de las vías. Cada noche, antes de acostarse, escuchaba pasar el tren de las once, que iba hacia el norte. Media hora más tarde, con bastante puntualidad, podía escuchar, a veces ya desde la tibia región del duermevela, el que venía atravesando la estepa rumbo al sur. Ese era el mejor indicio de que el mundo seguía marchando, de que todo estaba bien. Después -esto ya lo supo todo el país por los diarios o la televisión- esa ruta quedó obsoleta y se suspendió el tráfico. Muchos de nosotros nos quedamos sin trabajo. Aquella primera noche sin trenes, el Marmota permaneció acostado cara al techo durante horas, esperando, sin saberlo, el sonido que había venido escuchando y amando desde que tenía conciencia. El bárbaro silencio no lo dejó dormir. Desde entonces, cada noche no es más que un reflejo borroso de aquélla, la
pesadilla de la que no le es posible despertar.
Por eso no es extraño que haya sido el primero en llegar. Nos saluda con un gesto. Nos muestra el interior. Un armario desgajado y un par de sillas raídas, un tablón de anuncios con cuatro o cinco chinchetas oxidadas, un botiquín vacío. También hay un diminuto baño con las paredes desnudas. Habrán aprovechado las baldosas. "No es mucho, la verdad" murmura el Gringo. "Hay que ser cautos" dice alguien. "No sabemos bien de qué va esto. Ya se verá".
Todavía falta gente, no sabemos cuánta. Nos sentamos afuera, en el suelo, a la sombra. Aún no hace calor, pero es el lugar más agradable para esperar. Fumamos en silencio, con la mirada perdida en un punto inconcreto, cada uno sabrá qué es lo que ve en esa intersección imaginaria.
Un rato más tarde aparecen dos mujeres con un bulto. A lo lejos, parece una especie de alfombra enrollada. Se oye un susurro:
"Son ellas". Caminan despacio, quizá el peso les impide avanzar más aprisa. Dos de los hombres se incorporan, tiran sus cigarrillos al yermo donde antes estaban las vías, y van al encuentro de las mujeres. El tercero sonríe. Hace años que las conoce. Sabe lo que va a pasar, como si ya lo hubiera visto antes, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que ver una y otra vez esa misma escena: Se encontrarán a mitad de camino, o un poco más lejos, allí donde un letrero sujeto con alambre al poste inclinado todavía indica el nombre del apeadero, y una flecha mínima, insignificante, señala la dirección a seguir. Después, ellos se ofrecerán a llevar el pesado fardo. Ellas, educada pero firmemente, rechazarán la propuesta. Habrá una breve y acalorada discusión. Luego, ellos regresarán a paso ligero, sin mirar atrás, mientras ellas se van aproximando con lentitud, saludando con la mano de vez en cuando y parándose a descansar un par de
veces.
Cuando llegan, apoyan el fardo sobre uno de los muros y saludan a todos. Hay sonrisas y abrazos. Queda olvidado el incidente de unos minutos antes. Somos una misma cosa, las pequeñas contrariedades no deben afectarnos. Tenemos un objetivo, aunque aún no sepamos muy bien cuál es. Así pues, nos saludamos y charlamos durante algunos minutos. En realidad, no sabemos de qué: Lo importante en ese momento es el sonido de las voces, saber que estamos ahí, que hemos regresado del exilio al que nos sometimos, o al que no pudimos escapar.
Luego, todos callamos. En el horizonte ha aparecido el Catalán. A esa distancia parece más pequeño, pero así y todo, no pasa desapercibido. Alguien pregunta "¿Se habrá acordado de traer los cuadernos?". Es una pregunta retórica. Todos conocemos la extrema seriedad y eficiencia del Catalán. Resulta extraño verle con traje y corbata en un día como hoy y en un lugar como éste. Al
caminar, sus pies levantan pequeñas nubes de polvo que se quedan durante un instante posadas sobre el camino terroso y después se desvanecen como fantasmas inexpertos. Trae una maleta en la mano derecha, una maleta pequeña. Nos sorprende un poco reparar ahora en que los demás no hemos traído equipaje. No pensábamos que fuese necesario, y quizá no lo sea, mas el hecho de ver a uno con una maleta nos hace pensar en ello por primera vez desde que iniciamos esta aventura. Entendemos, porque así se nos dijo, que todo empieza en este lugar y en este día, pero nada sabemos de lo que vendrá luego. "¿Y no es siempre así en la vida?" se pregunta uno de nosotros, imposible saber quién.
Ha ido llegando más gente. Unos charlamos, otros permanecemos callados mientras oteamos la lejanía por si vienen más. La mañana va floreciendo. Nadie mencionó una hora concreta; no obstante, algunos empezamos a estar un poco intranquilos. Aunque nadie
va a volver sobre sus pasos, eso no lo dudamos. Así que nos ponemos a esperar. Fumamos y charlamos; caminamos y fumamos, alguien canta por lo bajo. El día va transcurriendo. Hay quien piensa que tal vez sería hora de regresar a su casa; sin embargo, aquí nadie se mueve. No sabemos qué, pero en el fondo todos confiamos -o nos dejamos mecer en ese espejismo- en lo que ha de venir, aunque nos sea imposible cifrarlo o definirlo. Escrutamos la inmensa extensión que se extiende en torno; creemos adivinar, a lo lejos, sombras que se mueven, autos que van o vienen, aunque sabemos que no hay ninguna carretera cercana. Llega la primera penumbra del crepúsculo. Tal vez nos preguntamos si en verdad es posible aún esperar algo. Como un ronroneo creciente, la noche se acerca y nada ha sucedido. Sobre el murmullo, se escucha un rasgueo de guitarra, una voz que entona una milonga, otra que le acompaña. Al otro lado, en el yermo, se repiten los ecos nocturnos
de los lugares abandonados para siempre. Entre todos estos ruidos tan familiares, se cuela uno nuevo, inexplicable: Si no fuera imposible, diríamos que se ha oído el traqueteo de un tren en la distancia. "Habrá sido un camión" farfulla una voz, aunque le falta convicción. Un rato después, el sonido se repite. Pedimos silencio. En efecto, hay un rumor, lejano aún, pero inequívoco. Esta vez nadie tiene dudas. Al fin y al cabo, somos todos del oficio. "El viento lo habrá traído desde la ciudad" musitamos, tratando de negarnos esa ambigua ilusión que comienza a asentarse en nuestro ánimo. Sin embargo, aguzamos el oído por si nos es dado establecer de dónde viene; escudriñamos el norte y el sur, el este y el oeste, convencidos de la inutilidad de nuestra solícita vigilancia, y al mismo tiempo con la secreta esperanza de ver aquello que deseamos, distante quimera que nos alzó de nuestros lechos y nos condujo hasta este minuto en el que todo
va a tener sentido, o a perderlo. El sonido es real y poco a poco aumenta su volumen. Crece entre nosotros un griterío apagado, hay movimientos inquietos, miradas interrogantes, cierta confusión. De pronto alguien grita mientras señala un punto luminoso en el sur: "Allí, allí". Ya no es sólo el traqueteo remoto. Ahora lo acompaña una luz que se nos va acercando, una luz que viene del Sur. Desconcertados, nos miramos. Nos gustaría ensayar una hipótesis, fijar con unas pocas palabras eso que está sucediendo y que no tiene explicación, mas nadie dice nada. El sonido se va elevando hasta resultar casi insoportable. El círculo de luz también ha aumentado ostensiblemente su tamaño. No puede ser, pensamos. Pero es: Una locomotora antigua, cubierta por la tierra de todos los caminos, erosionada por todas las lluvias que el mundo ha visto, se acerca, poderosa y desafiante, hacia el lugar en que estamos, hacia este apeadero inútil, hacia este yermo
desolado, provocando un rechinar, una agria resonancia, fantástica música que escuchamos con el corazón encogido. Con un chillido de frenos viejos, desacostumbrados, se detiene justo al lado de este barracón donde esperamos, arracimados y anhelantes. Vemos al conductor. Le reconocemos. Era cierto, entonces. Una voz se eleva por encima del murmullo general. La voz, resuelta, garabatea en el aire un pensamiento común: "Vamos subiendo. Es la hora".
Tenía un dolor atroz en la herida del brazo derecho. Sentado en la oscuridad de aquel cuartucho en el que le habían encerrado, miraba las vendas que se teñían lentamente de rojo. Aún tenía la sensación tener la mano, pero sólo era eso, una sensación.
Contó mentalmente los días que le quedaban de vida, un par de antebrazos (dos días), dos pies (dos días más) , cada pierna eran dos días (cuatro días), la otra mano (un día) y la cabeza (otro día). Dentro de diez días se habría acabado todo. Maldijo la hora en la que respondió aquel anuncio de trabajo. "Se precisa gente para dar de comer a los leones". Debió haber seguido con su profesión de contable.
Los ojos oblicuos destilaban recelo, la recién llegada no era bien recibida, ella pensó que venía a alterar la paz, su paz. El desparpajo con que se movía era augurio de problemas. La miraba desde su rincón, estática, sin mover un solo músculo, como un púgil antes de iniciar la pelea del siglo. El gran trofeo era él que estaba con candidez flotando sobre una nube de fantasías. Hasta ese momento la vida había sido tranquila, habían convivido mansamente compartiendo el pan diario, los requiebros, los coqueteos. También ella sabía mover su cuerpo audazmente y seducirlo, entonces los ojos de él se agrandaban para mirarla, para decirle cuánto la deseaba. ¡Y cómo gozaban los acercamientos y esos contactos piel a piel mientras se dejaban estar disfrutando su intimidad!
Ella no necesitaba más para ser feliz. Pero ahora llegaba "esa", entraba por la puerta grande, desplegaba sus encantos en ese contorneo rítmico; sus ojos se convertían en dardos dirigidos hacia él y su boca se entreabría sensualmente y se volvía a cerrar ofreciendo un largo beso apasionado. Él parecía no darse cuenta, estaba quieto pero blando; ella quiso creer que miraba sin ver pero no podía evitar estar a la espera de un signo, una señal que le indicara que ella seguía siendo la preferida. Pero esa señal no llegaba y sus dudas crecían como plantas en tierras recién abonadas. Esperó el tiempo que su inquietud juzgó indispensable, luego, lentamente se fue colocando entre la recién llegada y él; sin darse cuenta sus movimientos eran sinuosos, sensuales. Estaba compitiendo, quería ensombrecer los encantos de la rival. De pronto,
a través del cristal, se insinuaron dos grandes ojos azules trasparentes de inocencia. Luego surgió una sombra larga y delgada que descendió amenazante y cinco diminutos dedos asieron con firmeza el pequeño cuerpo de él sacándolo de su elemento. Entrecortados resoplidos indicaron su agonía. Ella paralizada sólo atinó a mirar a la recién llegada, sus ojos la acusaron de todo lo que ocurría; sólo ella podía tener la culpa. La otra siguió nadando sensualmente en la pecera, no había perdido nada.
Recuérdame como era antes, amor. Antes del barro compartido. Como era, lo que ya no soy. Como era lo que sigo siendo. La que acercaba su voz de hierba a tu silencio. Pigmalión no ha encontrado a Galatea. La estatuilla, yace fragmentada. Ya no está. Tampoco está el hombre de los ojos tristes. El amor ha pasado como pasa la infancia. El viento, los naufragios, el temblor de los astros. Ha callado el crepitar sonoro del brocal de greda. Me han llamado, otras voces, otros viajes. Me entregado y he sido prisionera. Errante, amante, prisionera. He elegido, la voz que no me llama.
Se me ha dado lo que se me ha quitado. Más, lo que se me ha quitado es lo que se me ha dado. Tierra se me ha quitado. Tierra se me ha dado. Y aquí me tienes, de vuelta, amor. Fatigado corazón de tierra, aún palpitante.
Te busco amor en cada despertar en las tardes grises y en las noches largas.
II
Te busco amor en sueños peregrinos en el nuevo repicar de las campanas y en el pájaro azul que con su canto golpea el cristal de mi ventana.
III
Te busco amor en la estrella lejana que tiembla noche a noche ante mis ojos y extingue con el día su vida.
En ese perro que descubre en las calles su camino que persigue en la noche la comida y en los niños que no encuentran alimento en la mañana.
IV
Te busco amor en esa mujer que frente a ti mece su cuerpo y sus ojos con la arrogancia de buena mercancía y como meretriz alza sus senos creyéndolos diamantes y pasea sus nalgas creyéndolas de oro.
En la otra mujer, la que nunca se fue, pero esta acá, también te busco amor. La que guarda su mejor belleza para esperar correo la que da de mamar a la foto del hijo. La que tiemblan sus manos cuando recibe cartas la que llora y se marchita cuando busca y no encuentra noticias.
V
Te busco amor en el amigo que escucha atentamente un rosario de penas y alegrías y que luego devuelve con otras fechas, otros nombres, otros lugares.
VI
Te busco amor en el que siembra tristeza, hipocresía, en el que oferta la risa como aquélla ofertaba sus senos, en el que vive buscando quien lo abrigue y empuje para alargar sus pasos.
En el que cree que la vanidad y el poder lo hacen inteligente y se muestra sabio y fuerte, y luego llora, solo, como aquélla que creía que sus nalgas eran de oro.
VII
Te busco amor en todas esas cosas porque en ellas espero siempre encontrar algo de ti.
Era en el sueño esa reina que obsequia una ciudad ...
Es la ciudad de los silencios largos de las lluvias tenues la que dilapida sus pánicos y vértigos es la ciudad con sus callecitas sus casas sus parques y sus puentes una ciudad en la que los solos susurran nombres tiemblan en la intemperie y es en ella posible encontrarse para perderse (...relámpago el destino riesgo). En la ciudad, la hermosísima ciudad crecen los barrios en desorden (ventanas abiertas hacia las estaciones)
para pasar sin más del otoño al deseo. Puedes llegar a ella ligero de equipaje vacío de deberes tiritando acercarte a sus rescoldos venir como si soñaras como si nunca te hubieras ido como si fueras a quedarte.
"la ciudad, la hermosísima ciudad" -frase de Viaje de los Cronopios -Julio Cortázar, Historias de Cronopios y famas. "ligero de equipaje"- verso de Retrato- Antonio Machado.
he vuelto a ver*
hoy he vuelto a ver el lado de afuera de las cosas lo he visto tantas veces desde fuera han sido manos tañidas de cebada bajo el tenue color del alba helada un movimiento péndulo inquietante un solo ir y venir de muerte y vida he visto la llegada rasante del olvido impulsándose en viento a otro camino he visto el aire en el vaivén de sombras en manos frágiles que temen desasirse vi el pozo inagotable donde habitan la duda y los enigmas y asomé por el vuelo de rezos y de cábalas ansiosas invocando al misterio y a los cielos vi la parte de arriba de todos los latidos disonantes creciendo y agitándose viscosos del cansancio obligado al
desafío vi lágrimas y risas enramadas mezclándose en el fuego del ocaso un fuego tibio de calor lejano vi el adiós dibujado en comisuras hirientes complacientes inefables pero hoy que he vuelto a ver el lado de afuera de las cosas lo he visto desde dentro del ruido silencioso de los besos del sabor agrio de madrugar la vida sin el suave movimiento de la brisa de otro cuerpo rozándose en el mío latí con la ansiedad de la pregunta que debía haber hecho y que no dije detuve el aire en mi
garganta por horas miedo y muerte acompasada sentí el olor del frío de la luna que ya nadie podrá herir desde mis ojos desperté el vientre inerte dormido de la noche negligente me atrapé desde el lado de adentro en el lado de afuera y viceversa sin desbordar ni huir sin recompensa
Anoche soñé que me hallaba el hall del depto de un amigo famoso, un dirigente de fútbol. Tenía ansias de verlo. En la sala de espera, residían sus familiares. Seguramente irían a festejar el triunfo de Estudiantes de La Plata. Incómoda frente al grupo, esperaba impaciente encontrarme CON ENRIQUE FUNES. Exitoso y seductor, como todos los que se dedican al arte de la política. Como tardaba mucho, me dirigí a su puerta, que se encontraba entreabierta, ideal para inspeccionar, (típica curiosidad femenina je-). Así observé que estaba dándose los últimos toques de elegancia de los metro machos argentinos. Insegura lo esperaba... Hasta que, inesperadamente, como pasa en los sueños, estaba Enrique a mi lado, con toda su parentela alrededor. Pero, no me dio ni la hora, sólo criticó mis pies, me dijo: - ¿te
viste los zapatos? Ridiculizada, sonrojada, veo que tengo puestas una sandalia plateada y con plataforma en el pie izquierdo y una negra y de menor costo, y mucho más bajita, en el derecho. Me pongo colorada de vergüenza y no puedo esbozar ni una sola palabra-. Él, con una despreciable indiferencia, se va con el grupete. Quedo sola, muy sola. Al despertar, tengo una tremenda sensación de angustia y culpa. Me reprocho el macabro sufrimiento nocturno. En mi mente, las imágenes alusivas suceden. Me pregunto: ¿por qué cuernos tenía puestas las sandalias de distinto color y altura? No puedo dejar de pensar... ¿Tendrá que ver con mi innata inseguridad de estar con los demás? Si, ¡Así estoy yo frente a las circunstancias de la vida, me digo!!! Pero...creo que puedo ir más allá. Recuerdo la sandalia plateada: lo asocio con un cuento de princesas, el de la Cenicienta que
perdió su zapatito de cristal esperando a su príncipe azul... Pienso en la presidenta que viajo a un país lejano, Honduras por un golpe militar y evoco su gran cantidad de calzados, botas y carteras, bolsos y demás yerbas importadas ( Luis Vuitton, Armani, Versashe) y su vestuario de lujo de puta madre. No nos da ni cinco, se va....Nos deja la epidemia de la gripe, sin respuesta ante la emergencia sanitaria. Pero. ¿ y la negra? La otra chancleta, la deslucida, la más chata. Es la que toca la tierra y la suciedad. Es más barata. Seguidamente surgen los retratos de los pobres muertos de frío y de hambre. Los carros tirados por niños de 8 años buscando cartón, botellas de vidrio y plástico. También, otras personas revolviendo la basura de las bolsas de residuos. De los "marginados" que no alcanzan concurrir a la escuela. Me incluyo en ellos, me apropio de su
tristeza, engaño y soledad. Los comedores, van a seguir dando comida "dicen" los políticos en almuerzos con rating. ¿Por qué? ¿Dar en forma indigna? Las antitesis plata/negro, exitoso/ excluido, discurso/silencio. Muchedumbre/ soledad. Aparecen como fantasmas de lo que estamos viviendo. Deseo vivir en un país donde no existan mensajes ambiguos y mentirosos. Que los gubernativos no se muestren ricos y famosos. Que no existan niños descalzos, o con zapatillas de distinto par. Que el remedio para las pestes sea gratuito, que no especulen los vendedores con el aumento de precios (repelentes, alcohol, barbijos). Que no aparezcan enfermedades como la tuberculosis, el dengue y el cólera, que habían sido erradicados en forma definitiva. Que las drogas blancas/ negras, toxicas o tónicas, no sigan embobando a nuestra juventud. Que la inseguridad sea tomada con seguridad, no
debatiendo la edad de in imputabilidad sino brindando educación a los niños y adolescentes y fuentes de trabajo a sus padres. Quizás este sueño, no era tan claro para los que están arriba, salvo ahora, con la gripe importada. Algunos la trajeron cuando viajaron con dinero- plata (plateada, plataforma) a los países top.( EEUU) y yankilandia. No podemos darnos besos ni abrazos, tenemos que quedar a un metro de distancia, no estar en grupos. Solo sentir miedo y desprotección. Estamos sometidos a la ausencia de una eficaz prevención primaria de la salud. El éxito se encontrará, si logramos apoderarnos de nuestros derechos y trabajar todos en pos de de la salud, educación y justicia.-
En el próximo programa de Poesía y Música Latinoamericana, en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!) presentaremos:
El domingo 16 de agosto de 2009 música del compositor mexicano Armando Luna Ponce, poesías de Elena Fassio (Argentina) y música de fondo de Jorge "Lobito" Martínez (Paraguay).
¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Freundliche Grüße / Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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Son varios los años que llevo viviendo y muchos también sin dormirme con el ruido del tren. Durante aquellos en que todavía podía esperar que mi madre viniera a arroparme, suspendiendo el ritmo del pedal de su costura, yo mezclaba en duermevela el ruido monótono de la máquina de coser y el ostinato del tren que traía la lluvia haciendo globos en sus acordes. ¿Oís?, me decía mi vieja, va a llover. Cuando el tren hace ese ruido va a llover. Ella volvía al pedal y yo me confortaba en ese calor, hasta que mi egoísmo se hacía insoportable y entraba en cuenta de que mi padre pedaleaba doce kilómetros desde la fábrica cruzando la noche claustrofóbica de la tormenta y que mis vecinitos estarían intranquilos poniendo refuerzo a las chapas y la madera de la entrada, buscando trapos y ollas para que la oscuridad y la tristeza no lo
fueran tanto y para que al día siguiente no tuvieran que sentirse tan desgraciados como en realidad eran.
El sopor se me llenaba de una culpa que era de otros, pero yo la sentía mía.
Igual que hoy.
Entonces el desvelo acompasaba los latidos tenues del despertador panzón de campanilla y las nueve lunas de Crandall en el Ranser de mi hermana. Todo sonaba al ritmo que marcaba mi tensión sanguínea, hasta que en un descuido de las horas que avanzaban sin noción, escuchaba el crujido de la silla de paja y el almohadón que mi gato dejaba caer para desperezarse y recibir a mi padre. Mi vieja corría la estufa a kerosén de la entrada y entonces eran ruiditos de besos y susurros de cómo están las nenas y te arreglaste bien hoy. Hasta el quiebre del cabello de mamá, electrizado por la estática, se oía desde la pieza. Esperaba los pasos de
papi para despejarme el flequillo, besarme en la frente y dejarme el alfajor debajo de la almohada, convencido de que había logrado una vez más no despertar a las nenas.
No distinguí tan fácilmente ese ruido entre aquellas palabras con caricias. Pasó bastante tiempo hasta que pude darme cuenta de qué me hablaba mi madre. El ruido era una música monótona y agradable de aire que se inflaba de noche, de humedad, de secretos, de tristeza, de gente despierta que, no entendía yo qué hacían a esas horas, por qué no estaban durmiendo, dónde estarían yendo. Todavía lo traigo en las noches en que la ansiedad por alguna cosa vana me acompaña hasta la cama y no quiere soltarme. Percibo furiosa mi puño cerrado, escucho los ruidos de los otros que no entienden mi cansancio, y los dientes bruxados buscan un culpable para mi incapacidad de relajarme. Convoco el
tren con su humedad distante y me dejo envolver en la tibieza de los besos.
Fui y seré una insomne crónica y, por tanto, he aprendido a degustar los sonidos de la noche. Cuando era niña no sabía escribir, mejor dicho, no sabía darle lápiz a mis pensamientos. Se agolpaban entremezclados, se superponían y salían hilvanando ideas peregrinas. Si hasta de eso me sentía incapaz. Qué clase de idiota soy que estoy pensando en algo que me pone triste y me río de la cara de mi compañero, dibujada en el residuo del día, cuando la maestra le pregunta por los viajes de Colón y él, como siempre, ni idea.
Los ruidos de las noches de acá son secos. Los de ahora no se inflan, se resquebrajan. Son pasos noctámbulos de perros con sarna que hacen chirriar las piñatas de plástico de la basura siguiendo el rastro de un paquete vacío
de salchichas o una cáscara de mandarina que rozó la olla de la comida del comedor municipal y los confunde con la vida. Retroceden al instante los pasos infructuosos y buscan la rendija de la puerta por donde se escapa algún residuo de aroma a churrasco, o la luz encendida de alguna noctámbula. Se mezclan con la batería agotada del cascajo del vecino y las puteadas al compás de los resbalones para empujar la catramina. Se oye por debajo de la puerta el aliento caliente y decepcionado de la madrugada de escarcha y el temblor; la motito pedorra del chorro que raja con un módem que no sabe a quién podrá venderle porque ni sabe qué es, pero tenía lucecitas y debe ser caro; la tranca del ex marido que viene a cagar a palos a la esposa por las dudas, sin siquiera deducir que la pobre recién llega de trabajar como una bestia para seguir creciendo con los pibes. Se oyen llantos,
se oyen gritos, cañerías despabiladas, risas alcohólicas, alaridos de vindicación hechos cumbia, redobles de caballos desorientados por la tierra reseca, tuning de pachanga y regatón con luces celestes que hieren a la luna menguante. Se oye todo pero nunca el tren. Por aquí también ha dejado de llover. Es que necesita la lluvia de mi tren para poder llegar y consolar el egoísmo intranquilo de mi sueño. Yo. Sigo sin poder dormir.
¿Era Cortázar el que en Francia extrañaba no el país sino los signos de la Latinoamérica que nos atraviesan? ¿Era Cortázar el que extrañaba en su departamento de París el silbido de los hombres que caminaban por las veredas de Buenos Aires, manos en los bolsillos, pensamientos nebulosos, labios fruncidos en el soplo sonoro que modulaba melodías truncas? ¿Era, acaso, Cortázar quien observó que en la Europa faltan los tanques de agua sobre los tejados tan ordenadamente limpios? La estación de tren de ladrillos, tan como cualquier otra, tan melancólicamente semejante a tantas otras, marcada su solidez por la evanescente silueta de los árboles, afeada la pureza con el tanque burdamente adosado, cañerías de langosta posada
torpemente sobre la estructura perfecta. Quién puso el tanque de agua. Quién destruyó con el cilindro burdo y claro la maravillosa cadencia de los ladrillos quietos, armonizados en rojo y naranja, recortados contra los verdes y terrosos y los marrones vegetales del paisaje. Tanque de agua contra el silbido descuidado de la arboleda rala. Manos en los bolsillos, peatones indolentes. Esta Latinoamérica que se repite en estribillos silbados sin razón y sin cálculo. Esta indolencia de abandono, de cielo extremo, de horizonte desolado. Esta estación de tren sin trenes, sin guardas. Estos árboles que están desde antes y se prefiguran eternos. Este esfuerzo sin tesón, esta forma de hacer a medias, de adosar tanques de agua a las construcciones de líneas nobles. Esta irreverencia por los pasados esta despreocupación por los futuros.
La estación Rolito los silbidos los trenes muertos los despojos. La belleza caduca y mancillada, la belleza de lo que no fue ni será, la belleza del pasado desgastada, desprotegida. La falta de gracia. La primacía de lo necesario aunque los árboles se indignen. Los que colocaron el tanque de agua habrán silbado en el viento. Descuidadamente. Sin pensar. Sin culpa habrán silbado el albañil y el plomero. Después se habrán marchado y se perdieron en la sucesión de días inclementes.
No gimas, los trenes pasan lejos y la noche no perdona. El dolor se irá con el frío. Duermen los otros mecidos por el vaivén del escalón flojo. No dejes de respirar, aunque tiembles. Viene por esta vía la muerte y la barrera está alzada.
Le brotaron caireles a la luna lámpara agonizan, oscuras, las metrallas bienvenido, el silencio, levanta la isla redondita de mi vientre de cuentos.
Duerme.
Después elegiré sonidos de la ciudad sirenas de trenes que parten, campanas en la última hora de la tarde -esas cosas-
Confía. Duerme.
La música orillará sábanas - olor a vainilla - para dormirte suave cuando vengan noches largas.
*de Verónica Capellino. veroaleph@... -"Variaciones de los Sentidos- De amor, desamor y erotismo". Colecc. Orion. Edic. S.A.D.E (Soc. Arg. de Escritores) y Edit.Lux; Argentina, Sta. Fe. 1999.
Una pequeña historia de trenes y hielos*
Fue entonces, después del escándalo, cuando el gringo se fue a vivir allí. En medio del campo, aunque no era campo sino una franja de tierra rodeada de agua. Su fiel asesor comercial Graham compró lo que pudo o lo que le vendieron. Cualquier persona sensata se hubiera sentido estafada: comprar 15.000 hectáreas de las cuales más de 10.000 son de lagunas permanentes no parece un negocio razonable. Pero él ya lo había dicho en su fugaz visita al gobernador de la provincia de Buenos Aires:
"El futuro está en el sur". Tenía la intención de vivir alejado del mundo, dispuesto a vivir de la caza y la pesca. Con la tranquilidad de los Apalaches, pero en Argentina. El inventario incluía la antigua estación de tren Rolito, con un edificio habitado por una familia. La laguna "del Venado" y parte de la "Paraguaya". Aprendió español. Mando construir una vivienda pequeña, y ya instalado, dedicaba sus días a tallar frases que le gustaran en durmientes de quebracho que se hacia traer para ese fin. "No hay mal que por bien no venga" era una de sus favoritas en aquella época. En ese invierno cayo nieve después de 42 años. El campo venía con meses y meses de seca. Eran señales débiles. Lo había anunciado un científico ruso unos años antes pero la advertencia pasó de largo. O no se comprendió bien la complejidad de la
relación entre efecto invernadero y el ciclo de declinación de la energía solar. Khabibulló Addusamatov. No fue él único, pero si el más conocido de los científicos que anunciaron la cercanía de una pequeña edad de hielo en el siglo XXI. El gringo Mark, mientras tanto seguía tallando frases, pescando y según decía -aunque nadie encontró ni una línea en un anotador: escribiendo un libro. Más o menos por esa época encargo un proyecto a Glenn, su amigo arquitecto de Carolina del Sur. El arquitecto le contesto estaba chiflado o algo por el estilo, pero el gringo insistió: Esas tierras y ese proyecto eran el resultado del diálogo a solas -sin asesores espirituales- con su Dios. La noticia de la construcción de un complejo hotelero de cinco estrellas frente a la estación Rolito corrió rápido entre los pueblos vecinos, más aún cuando la obra -un complejo hotelero para pasajeros y albergue transitorio- se
hacía en medio de la nada o casi al borde de una laguna sólo frecuentada por pescadores de pejerrey. El ex gobernador se ganó la fama de millonario excéntrico, de loco demente, o similares.
Fue años después, cuando el complejo ya estaba construido cuando ocurrieron acontecimientos imprevistos, o los milagros, según como quiera verse. En la primavera del 2012 volvió el tren. El gringo seguía tallando, de esa época es la frase que tomó de Frida Khalo "Nunca seremos dos sin lastimarnos" y que dedicó a su ex mujer, a la que seguía amando, aunque detestara esos símbolos comunes que la acercaban a la estética de las mujeres republicanas como Condoleeza Rice, que llevan collar de perlas en el cuello.
La llegada del tren empezó a generar las condiciones para abrir el complejo hotelero. El gringo Mark se había hecho devoto de la imagen de la Virgen de Lujan que encontró bajo el alero de la estación. Los paisanos le explicaron que era la patrona de los ferrocarriles y "muy milagrosa". El ex gobernador hacia gestos visibles de orar y tocaba la base del pequeño oratorio. Nuestra señora del amor a distancia, como la llamaba delante de los paisanos de Guaminí que oraban como él antes de subir al tren, le devolvería lo perdido y más. Al hombre quizá no le pasaba desapercibido la esencia egoísta del rezar, pero no le parecía del todo mal ese individualismo de las personas que ruegan por sus seres queridos y por sí mismos y no tanto por el buen destino de la humanidad.
Durante el más crudo invierno del que se tenga noticia. Al promediar el tercer mandato del presidente Menem. Mientras en el parlamento se discutía el cierre de los ferrocarriles comunitarios y de fomento por el gasto excesivo que generaban al Estado.
Fue cuando la virgen de la estación lloró perlas de hielo. Los caminos se congelaron y los camiones se quedaban varados en la nieve. El tren mixto de Carhué a Puente Alsina circulaba sin problemas. Un conjunto de locomotoras provistas de un vagón barre nieve aseguraban que las vías estuvieran despejadas y confiables. A meses de una nueva clausura, el tren se volvió imprescindible. La humanidad había dilapidado gran parte de sus reservas de combustible fósil y la imprevista llegada de una pequeña edad de hielo que duraría varias décadas obligaba a que el consumo de energía del transporte colectivo tuviera la tecnología más apropiada para afrontar el duro racionamiento que permitía abastecer al consumo industrial y doméstico.
Mientras tanto el complejo de hoteles del gringo prosperaba. Los turistas llegaban en tren para hospedarse, disfrutar y aprender patinaje sobre hielo en las lagunas. Las parejas venían también en tren para hacer el amor en el albergue por horas. El gringo, además de manejar la caja, atornillaba sus maderas con dichos populares y frases por todas partes. En los jardines se hacían concursos de tallado de obras de arte en hielo y los premios convocaban a artistas de todo el mundo.
Al llegar en el tren desde la oscuridad de la noche, impresiona ver a lo lejos las luces que los hoteles proyectan al cielo. De cerca asombran sus torres y murallas de aspecto medieval recubiertas en hielo. Sólo hay que cruzar una calle para hospedarse en el Stanford Palace Rolito. Y allí, arriba del dintel, sobre la mesa de
recepción del conserje, quien preste atención podía leer uno de los dichos favoritos del viejo y solitario Mark:
"Un pelo de concha tira más que una yunta de bueyes"
El arcón de roble guarda perlas que en su esencia registran los olvidos y las pérdidas. Siete llaves aseguran que no suban a las alas del pájaro porque la niebla blanca mataría la nostalgia. Allí está el juguete atesorado de niño y perdido en esa jungla que devora prenda ajena. Jamás se recordará que mano siniestra dispuso que llenara el hueco de otro exilio. Me tiendo sola sobre un musgo sobreviviente y las gotas de lluvia descansan en mis ojos.
"El amor es un tren que parte, un pañuelo saludando desde el andén, una lágrima que rueda buscando asirse al recuerdo, imborrable y eterno". ¿Dónde había leído aquella frase? ¿A quién se la había escuchado decir? ¿La habría imaginado? ¿Estaría escribiendo en el aire? ¿Cuántas cosas puede uno llegar a inventar cuando lo domina el dolor, cuando la única vía de escape hacia alguna de las formas del placer es la propia imaginación? Quizá, lo sea también un vagón de tren, una locomotora desbocada, un par de rieles que se pierden en el horizonte. Subió los peldaños del vagón con el peso de su propio desamor sobre los hombros. Se sentía vacío, como si le faltara algo dentro del pecho, eso que hasta no hace mucho le otorgaba consistencia a su propia persona. Y al mismo tiempo, estaba desbordante de recuerdos. Extraña sensación la
de la pérdida, pensó: te llena la cabeza de virtualidades, al tiempo que te vacía de materialidades... Eludió a los pasajeros que se demoraban en el descanso, fumándose un pucho en un lugar prohibido, para encarar el pasillo y deambular apenas hasta encontrar un asiento vacío donde apoltronarse. Se recostó contra la ventanilla cerrada, cerrándose aún más el abrigo sobre el pecho, como si el frío interior le brotara por los poros, estremeciéndole con un escalofrío. Un silbato se oyó en la tarde, el suelo del vagón crujió bajo sus pies, y la formación comenzó a moverse, como se movían las hojas de los árboles que circundaban el andén, retrocediendo dentro de su campo visual. Oyó el retumbar de la locomotora dándose ánimos para continuar viaje, y se abandonó a sus -cíclicos- erráticos pensamientos. ¿Cómo seguir viaje desde ahora? El asiento que quedara vacío a su lado era algo mucho más concreto que cualquier
símbolo que pudiese representar su actual estado de ánimo. Vacío de materialidades, vacío de cuerpos, vacío de afectos, vacío... Eterno y creciente dolor. De pronto, descubrió que ya no recordaba ni su rostro. Sentía la ausencia de su figura, su perfume, su calor. Pero no podía recordar sus facciones. Su cabello, quizás, oscuro y lacio; más no sus rasgos. ¿Cómo era posible? ¿Estaría acaso comenzando a olvidarla? Lo dudaba; si así lo fuera, no sentiría este frío que le ascendía por el cuerpo como gélidas rachas de viento invernal. No: aún la recordaba, intensamente; este olvido sólo era otro ejemplo más de la constante presencia de su ausencia. Clara... Su nombre apareció en su memoria como un oasis en el desierto. Nombrarla, musitar ese familiar par de sílabas con un silencioso murmullo, no le hizo recordar aquel rostro que tantas veces contemplara extasiado, pero le abrió una puerta. Allí, hecho un ovillo contra la
ventanilla del vagón, se abrió delante suyo un acceso hasta entonces velado por el dolor. Ingresó de pronto en un pasadizo mental que velozmente lo condujo hacia terrenos inaccesibles para él durante mucho tiempo; terrenos anímicos que le parecían demasiado extraños, como si le perteneciesen a otra persona. El paisaje se desplazaba hacia atrás, oscilando con el rítmico vaivén del tren; y por encima de él, emergiendo con una misteriosa luminosidad, apareció ella. Clara, recortada contra el marco de la ventanilla, como un tierno fantasma que quisiese penetrar en el vagón y sentarse a su lado, haciéndole compañía en este sombrío momento. Clara, extendiendo sus manos con ramalazos de un calor pleno de ternura, deseosa de ahuyentar para siempre esta devastadora languidez que le enturbiaba los afectos. Su rostro se acercó al suyo, y aunque percibía el aroma de su piel, aún no conseguía discernir sus rasgos. Podría ser ella, u otra
cualquiera. Pero era Clara, no había ninguna duda. Su corazón se lo afirmaba, más que su razón. ¿Razón? ¿Existía alguna clase de racionalidad en este momento dentro suyo? Su mano derecha se aferró aún más a las solapas del abrigo, queriendo asirla, retenerla, abrazarla... El calor se extendió por debajo de sus axilas, rodeando su cuerpo, mientras una boca respiraba ansiosa sobre su cuello. La calidez se desplazó hasta rodear sus muslos, mientras una leve pero creciente excitación comenzaba a dominarlo. El frío que sintiera hasta entonces parecía haberse extinguido. Clara volvía a abrazarlo, a quererlo, a darle más de su calor... Entreabrió la boca, buscando robarle un beso. Sus labios se encontraron con cierta torpeza, intercambiando sabrosas humedades que ya parecían no recordarse. Su mano quiso desplazarse, pero sólo consiguió aferrar apenas el hombro izquierdo, entrecerrando los párpados, mientras un brazo virtual,
luminoso y protector, se desplazaba sobre la brillante piel de la espalda de Clara, y su boca se deshacía del encuentro labial para recorrerle un hombro, inhalando ese perfume que tanto deseara y lo embriagara durante días, semanas, meses... Entonces descubrió, apenas registrando el escaso contacto que tenía con la realidad que lo circundaba, que el duro asiento del vagón había dado lugar a un mullido sillón de pana, iluminado por una tibia lámpara de pie, que le recordaba una agradable y soleada tarde de otoño. Clara se movía sobre sus muslos, sin dejar de adherirse contra su cuerpo, con una indescriptible desnudez. Los besos recorrían infinitas distancias, procedentes de un ayer tan maleable que muy pronto se convertía en este presente, reactualizado, vívido, inmortal... Los brazos de él la aferraron vigorosos, rodeándole la espalda y la cintura, impidiendo que se aleje, provocando que ambas caderas se refregaran entre sí,
aumentando el imaginable caudal de excitación. Clara gemía sobre su oído, suspiraba entrecortada, le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, al desplazar sus tibias manos por encima de sus tetillas, rozándolas apenas con sus pezones al izarse y dejarse caer, volviendo a besarlo, hundiéndole la lengua, cerrando ambas piernas para apretarlo cada vez más. La excitación de él cobraba vigor muy rápidamente, como hacía mucho tiempo no experimentaba. El frío lo había abandonado. Volvía a sentirse amado, deseado, efecto que retribuía con ardor, mientras el traqueteo del tren lo mecía a un lado y al otro, potenciando el vaivén amoroso que le imprimía Clara con sus ondulantes arqueos, sinuosos movimientos que alejaban de sí toda realidad. Hasta que ya no pudo resistirse más y se dejó ir, liberando sus recuerdos, abriendo los brazos para recibirla y entregarle su savia, permitiendo un encuentro tantas veces negado, compartiendo ese calor
inenarrable que siempre deseara retener junto a su corazón. Y así la recordó, sus rasgos afilados, los ojos claros, una nariz recta que prevalecía sobre unos labios pequeños pero carnosos, las cejas oscuras y tupidas, la tensa expresión orgásmica de un intenso amor que por siempre existiría dentro suyo... Recordó la liviandad con que encaraba la vida al estar junto a ella, la etérea sensación de volar sobre las calles y las playas durante los extensos paseos que disfrutaran juntos, la trascendencia de cada detalle hecho signo, el calor que le transmitiera su mirada durante tanto tiempo, la consistencia de un vínculo que le otorgaba solidez e impedía que se desmembrara en su propia confusión. Comprendió el estatuto que había adquirido el peso de la propia angustia al estar alejado de ella, el horror que experimentara cada noche que se acostara a solas en una cama absurdamente vacía, con la noche por delante y el sueño resistente a
abrazarlo, para conducirlo dentro de ese mágico espacio que creaba cada noche para reencontrarlo con su deseo. Supo que, al convertirse el amor en algo tan leve y el desamor en algo tan pesado, aquello podía conducirlo a una locura tan adherente que jamás conseguiría apartarse de ella, al menos mientras viviera, cargando con aquel dolor hasta el final de sus días. Y el calor que recordara sobre este preciso vagón de tren sólo sería un vano espejismo de los momentos idos, insustancial y evanescente. Se resistió a recordar más, a enfrentarse con el dolor, a tolerar la realidad. La creciente sensación cobró una entidad casi física a lo largo de todo su cuerpo. Entonces se dejó ir, llevado en brazos por un orgasmo de raíces tanto físicas como mentales, arropado por una tibieza solar que provenía de sus profundidades anímicas más entrañables, abrazando a su propia Clara en un instante amoroso que él hubiera deseado no se acabase
nunca... Así, mientras continuaba alejándose del dolor de la ausencia, se dejó llevar por el traqueteo hasta la próxima estación, rogando porque siempre existiese una estación más en su camino, y esa extensa vía que lo conducía al recuerdo jamás tuviese un final.
Charla debate: El sábado 8 de agosto a las 15 horas en Rivadavia y Estrada La vieja imprenta ferroviaria UGC 2, Haedo (a tres cuadras de la estación) provincia de Buenos Aires
Invitan: Agrupación Preconstrucción Ferroviaria Agrupación Ferroviarios por el cambio MONAREFA Movimiento Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos
El protagonismo de los ferroviarios en casi un siglo y medio desde que se instalaron los ferrocarriles tiene como actores a los ferroviarios, sus luchas, victorias y derrotas.
Es el recorrido por casi 150 años de luchas desde 1857 a la derrota de la Ciudadela Ferroviaria en las huelgas de 1991-1992. Pero están las construcciones, la salud, el arte, la cultura...
Los ferroviarios y vecinos de la zona oeste pueden adquirir su ejemplar en la barrera de la estación Morón, pregunte por Martín Jakovsevic
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
En los próximos programas de Poesía y Música Latinoamericana, en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!) presentaremos:
El domingo 9 de agosto de 2009 música del compositor brasilero Albery Albuquerque Júnior, poesías de Francisco Azuela Espinoza (México) y música de fondo de Los Huasos Quincheros (Chile).
El domingo 16 de agosto de 2009 música del compositor mexicano Armando Luna Ponce, poesías de Elena Fassio (Argentina) y música de fondo de Jorge "Lobito" Martínez (Paraguay).
¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Freundliche Grüße / Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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-Antología de poemas de Miguel Crispín Sotomayor. Cuba. arcomar@...
1
-POEMAS TOMADOS DE "EN LA DISTANCIA" (Mozambique, África, 1978-80).
PASO A PASO
Camino los caminos varias veces, adelante, hacia atrás. Paso a paso.
Mido la distancia que he andado y andaré y la mido en el tiempo.
Cuento cada flor que nace o muere en cada paso.
Guardo cada piedra de la senda que he andado paso a paso.
EL TIEMPO
No es la distancia la que aleja es el tiempo.
No es la distancia la que mata es el tiempo.
Ciego, mudo y viejo, con andar de camello abochornado llega el tiempo hasta mis manos.
VUELVE LA SOLEDAD
Vuelve la soledad. Vuelve el silencio. Vuelve a escalar el humo las paredes, vuelve a llenar el cuarto, el pecho. Vuelve el dolor del fumador. Vuelve para dejar atrás al optimista, vuelve esta vez con mal humor. Vuelve el descanso semanal. Vuelve el amor. La Patria vuelve.
SI TE DICEN...
Si te dicen que mi impaciencia muere que la calma me acuna y mi pensamiento está pronto a dormirse, no lo creas.
Si te dicen que mi amor voló y en su nido crece la indiferencia y un poco de despecho, no lo creas.
Si te dicen que me olvido de ayer y que me resulta igual el nacimiento o la muerte del día, no lo creas.
Porque cada tarde muerdo algún recuerdo a la caída del sol y algunas noches deseo robarme una estrella.
CORRE EL AMOR
Corre el amor entre mis dedos, salta a mis ojos. Muere en el corazón, todas las noches.
Corre el amor por mujeres descalzas y el futuro en la espalda. En el color del negro amarillento y en la tos perenne que lo ahoga.
Corre el amor en la cabeza que se prepara para el vuelo del yugo, en el "milho" que hierve y la mandioca.
UNA NOCHE EN MAPUTO
Las luces de la ciudad se van muriendo poco a poco desaparecen una a una. Un pájaro estremece la noche con su cíclico canto. Canto seco. Melancólico canto. La oscuridad se extiende para ocultar las calles los árboles los perros hambrientos y al pájaro.
Las gentes caminan y sus pasos son incómodos porque suenan secos como el canto del pájaro. Ese canto que la noche no puede envolver aunque envuelva las calles los árboles los perros las gentes y al pájaro.
Las luces de la ciudad han muerto. La ciudad duerme.
Escucho el ladrido de unos perros. Luchan como a veces los hombres.
Una gata paga el precio del placer con un grito largo y doloroso que la noche no ha podido envolver como tampoco el canto de ese pájaro que canta melancólico.
Aparece el alba para alejar La Habana desvestir las calles los árboles y vestir a las gentes. Sus rostros denuncian en unos : que lucharon como perros gritaron como gatas que oyeron el canto del pájaro. Y en otros: que no hubo lucha de perros grito de gata ni pájaro cantando que sólo ha pasado una noche más: Una noche en Maputo.
BUEY
Para ser buey sólo se necesita apretarse los testículos y cargar en el pescuezo un yugo. Un látigo en la mano del amo y ver la libertad en los potreros donde la abundancia de pastos haga olvidar que existen cercas.
NUEVE DE ABRIL
XXI Aniversario de la muerte de Armando, durante enfrentamiento armado contra esbirros del dictador F. Batista.
Si el rocío baña mis ojos y amenaza con ser cascada no te culpes, Madre. Es que tampoco, como tú, he alcanzado a comprender que los mártires son simientes del futuro y no heridas del pasado que cargamos hasta el presente.
EL AMOR PUEDE SER MUCHAS COSAS
El amor puede ser muchas cosas: una calle, una esquina, el banco de un parque. Una pared que sostuvo una espalda y un pie. Puede ser la luz de una ventana, la caída del sol sobre dos manos aprisionadas o el despertar de dos cuerpos enlazados. La luna. Pero aún, hay más amor: hay amor cuando se besa a un niño que reclama la misma luz que alguna vez ansiamos recibir de una ventana y dormir bajo esa luna, que en una noche de placer nos alumbró, con la seguridad de que al despertar encontrará el sol y no el hambre que lo devora. Hay amor cuando esos niños, desde su infortunio, lanzan un reto a nuestra rebeldía.
TE BUSCO AMOR
I
Te busco amor en cada despertar en las tardes grises y en las noches largas.
II
Te busco amor en sueños peregrinos en el nuevo repicar de las campanas y en el pájaro azul que con su canto golpea el cristal de mi ventana.
III
Te busco amor en la estrella lejana que tiembla noche a noche ante mis ojos y extingue con el día su vida.
En ese perro que descubre en las calles su camino que persigue en la noche la comida y en los niños que no encuentran alimento en la mañana.
IV
Te busco amor en esa mujer que frente a ti mece su cuerpo y sus ojos con la arrogancia de buena mercancía y como meretriz alza sus senos creyéndolos diamantes y pasea sus nalgas creyéndolas de oro.
En la otra mujer, la que nunca se fue, pero esta acá, también te busco amor. La que guarda su mejor belleza para esperar correo la que da de mamar a la foto del hijo. La que tiemblan sus manos cuando recibe cartas la que llora y se marchita cuando busca y no encuentra noticias.
V
Te busco amor en el amigo que escucha atentamente un rosario de penas y alegrías y que luego devuelve con otras fechas, otros nombres, otros lugares.
VI
Te busco amor en el que siembra tristeza, hipocresía, en el que oferta la risa como aquélla ofertaba sus senos, en el que vive buscando quien lo abrigue y empuje para alargar sus pasos.
En el que cree que la vanidad y el poder lo hacen inteligente y se muestra sabio y fuerte, y luego llora, solo, como aquélla que creía que sus nalgas eran de oro.
VII
Te busco amor en todas esas cosas porque en ellas espero siempre encontrar algo de ti.
TE RECUERDO
Te recuerdo en el canto de un pájaro y en la risa de un niño. En los ojos azules de un cielo de verano y en el pasto que crece a la orilla de un río. En el haz de la lluvia con la tarde y el viento y en los largos caminos que van al horizonte.
Te recuerdo vestida de estrellas de arena y de mar.
QUIERO
Quiero asistir al baile de las lentas figuras del lagarto enjaulado que rompió los barrotes con sus manchas oscuras.
Quiero estar presente en el rito de himeneo al que irá una cigüeña con el velo adornado de manzana y serpiente.
Quiero ver los rebrotes que han nacido con mayo y volando los frailes que la noche ahora sueña.
QUISIERA SER
A Ivonne, en su décimo cumpleaños.
Quisiera ser camino para guiar tus pasos ser vela que te alumbre cuando la oscuridad desconozca tus ojos.
Lucero quiero ser.
Un pájaro que vuele adonde siempre estés el pañuelo que oculte todos tus desconsuelos. Todo eso quiero ser.
SIEMPRE
En todas las calles las casas los puentes los ríos.
En cada niño y cada mujer que pasa.
En cada risa y cada palabra que oigo.
En cada café.
Me persigue tu voz y me miran tus ojos.
VOLVERÁN
...las oscuras golondrinas... G.A. Becquer.
Volverán mis versos a esconderse a entretejer el rostro con la almohada a martillar la frente las palabras a perseguir la frase que creía olvidada.
Volverán las mentiras a sentarse a mi mesa a compartir conmigo su pedazo de pan.
Volverán a ocultarse las verdades al decirme la noche su secreto. Volverán a perderse ilusiones que llevaron mis ojos al oasis. Las palmeras las playas los ríos y las cañas. ¡Ya no regresarán!
Volverán las tinieblas a sembrarme la duda si la verdad de ayer alcanzó a ser verdad.
Hasta hoy solo sé que mis ojos hacia nuevos oasis ¡Ya no regresarán!
VUELA PÁJARO. VUELA
Vuela pájaro. Vuela. No dejes que te encierren entre rejas.
No dejes que te digan: ¡Canta! ¡Canta! y una mano acaricie tu cabeza apenada.
Prefiere el ciego plomo que te de un cazador a la prisión dorada.
¡Vuela pájaro. Vuela! ¡Vive pájaro, vive!
2
-POEMAS TOMADOS DE "FANTASMAS DE QUIJOTE" (2006- 07).
ROCINANTE GALOPA SIN JINETE
Cuando campana y campanero se disputan la asistencia de más o menos feligreses. Cuando las ratas corren al maullido del gato. Cuando la calma contiene indiferencia y se traga la palabra rebeldía. Cuando el amigo se transforma en moneda. Cuando amantes aman, según la plata que promete el bolsillo. Cuando simulo alegría, mientras rabio con más rabia la impotencia. Cuando todo está bien y mucho anda mal y viro la cara para no ver. Cuando me importa un bledo comer y otros no coman, vestir y otros desnudos, techarme y otros a pleno sol, lluvia y sereno: es que el Quijote ha muerto. Rocinante galopa sin
jinete.
"Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante; vuelvo al camino con mi adarga al
brazo."
Ernesto "Ché" Guevara.
QUIJOTERÍA
Caballero que trota sin dama ni enemigo; que persigue en distancia y tiempo algún motivo, para seguir su andar.
Caballero sin Sancho para evadir arena, roca y serpiente, sin musa ni hada con que cargar la testa, vacía y cansada.
Caballero perdido que jinetea epopeyas sobre las trinchas vacuas y el hierro fundido de aplastantes estatuas.
Caballero que escapa y en la calina desaparece respira hondo, lanza su yelmo, alza la espada y sigue su andar.
"Sé que la vida se esconde tras la apariencia de un muerto." Silvio Rodríguez, cantautor cubano.
PLAZA DE MAYO
Están en calles empedradas. En esqueletos ocultos en cerros. En el fondo de ríos y mares. Sin banderas. Sin cristos. Sin salmos. Sin el consuelo del creído paraíso. Están En Madres y Abuelas emplazadas y en el dolor de la América Nuestra.
REPROCHE
Cuando crees llegar se hunde el camino el fango alcanza el cuello casi la boca casi la lengua. Cuántos tacones y suelas gastados. Cuántas gotas de sudor. Cuántas horas de sueño. Cuántas vidas. Todavía miro y escucho: fuego. Veo los cuerpos caer las telas negras la muñeca corriendo camino a la orfandad prendida de la viuda anticipada. Y sigo anclado como otros más.
EUTANASIA
Si alguna vez olvido que las balas batistianas cruzaron a Armando en el Puente de Boniato, que Trillo es un monumental bloque de cemento junto al mar de Santa Cruz, que Casimiro fue cazado en una traicionera calle de Managua y Walsh, en una de Buenos Aires; o que Roque Dalton fue asesinado dos veces o que a Víctor Jara le quebraron la voz y las manos o que el Ché se ocultó para reaparecer montado en Rocinante y no acumulo valor, el suficiente, hazme un favor: Mátame.
CAPERUCITA A una niña iraquí.
Caperucita se va sin despedirse. Escapa del lobo uniformado. Su mirada va al cielo. Intenta encontrar algún dios, apresar para sí reyes magos. No sabe. Los reyes escaparon del Oriente y los dioses están lejos. De sus ojos gotean primaveras y ante el asombro de un retoño humedecido crecen sus manos. Pretende encontrar a la tierra las entrañas. Un viejo carretón transita entre dos siglos. La madrugada oculta los luceros. Las estrellas fugaces excretan la metralla, secuestran la inocencia para llevarla al cielo. Caperucita escapa. Serpentea el camino de la muerte, de la mina que la llama, cuando estalla.
MIS TEMORES
Para Alberto y Janete Capiberibe
Temo a la oscuridad, a los relámpagos; a las crecidas de los ríos y de los mares. A los volcanes, los terremotos y a los ciclones.
A que se oculte el Sol o no salga la Luna, temo.
Temo a las guerras de rapiña y al Terrorismo de Estado. A la democracia burguesa, a los políticos tradicionales y a los traidores.
¡Es tanto a lo que temo, que a morir temo de repente un día, sin ayudar a enterrar a mis temores!
AÑORANZA
Hubo tantas flores en aquella primavera que ni un pájaro hizo por volar. Hoy, se levantan las piedras en los caminos para maltratar los pies al erguido caminante, que a pesar del tango que le advierte: "en la vida se cuidan los zapatos andando de rodillas", sigue erguido. Y algunos se van para ser recuerdo o arriero al que un mulo espantado le llevó la carga, un canto vendido a precio mayor, y los versos se esconden en una quebrada, en imagen más triste que la de un bosque ardiente, a pesar, de que la luz es aún primaveral y todavía este árbol, con ramas quebradas, extiende su sombra en la
pradera.
"Odio a los indiferentes" Antonio Gramsci.
POETA O LOCO
Marca los días con saludos y las noches con estrellas. Cree que las balas sólo matan a los malos y las bombas vuelven ángeles a los niños. Cree que el petróleo es luz y no muerte. Cree en la suerte y en la voluntad para no morir de hambre. Conserva sus ideas en el intestino, dice que las libera por camino más corto. Yo, por clemencia, digo que está loco, él, se cree poeta.
¿ESPERANDO QUÉ?
Vive ¿Esperando qué? Sale y no encuentra el camino el que necesita o cree necesitar. Vive y ni siquiera sabe por donde anda la vida. Espera y espera y espera para correr futuro arriba y no encuentra la calle. ¿Será porque hoy ni ayer ni anteayer ha pasado el basurero?
LISONJA
En cada giro de tus ojos y en cada beso de tus labios el Quijote tendría molinos de viento y el Sancho una mujer hermosa.
POEMA XXXVII
A Miriam.
Amo la soledad que te alejaba para que desbocaras el corazón con cada encuentro las tardes en celestinas aulas entre celestinos amigos y amigas el deambular nocturno y el soñoliento amanecer. El momento de descubrir con inocencia el sexo.
Amo la bondad de tus ojos inflados de impaciencia la verdad que cabalga en el tiempo junto al amor que me han dado estos años.
POEMA PARA LA SIEMPRE NIÑA
A Ivonne.
Te siento, te toco, te oigo, te veo, te sueño. Te imagino flor navegando en barco de papel, en rojo y en azul, en saya verde; en razón, inteligencia. En madre, en desencanto, en voluntad y audacia. En cercana lejanía, en mí, por siempre enamorado. Donde yo esté, tú estás.
INCOMPRENSIÓN
Ella decía: ¡Hola! Y yo pedía: ¡Siempre! Ella elevaba su mano abierta y yo colgaba mi puño. Ella vestía de plomo cuando preguntó: ¿Adónde? Y yo exclamé: ¡Cómo!
CARTA POR UN NUEVO AÑO.
Estás allá, lejana, viviendo la ilusión tan bien soñada, cargando a un Santa Claus, cubriendo con guirnalda palma ajena. Así eres feliz, a tu manera. Yo sigo aquí, renuente, viviendo realidad, soñando un poco; encendiendo velas fuera de los altares, esperando cualquier día pájaros negros, cargando con flecha la ballesta. Es cierto, cada cual es feliz a su manera.
EXHORTACIÓN
A Gabriel y Giovanna.
¿Quieres volar? pues vuela, quizá mañana ya no tengas alas.
¿Quieres amor? pues ama, mañana puede faltarte la fuerza para soportarlo.
NO VOLVERÁ EL PALOMO
Anda inquieta la paloma adornando el palomar por si regresa el palomo pero el palomo no vuelve no vuelve como palomo. Volverá de gavilán de águila de lechuza. ¿Cómo palomo? ¡Jamás!
A largo viaje se ha ido para que crezcan sus alas sus garras para que le crezca el pico.
Cuando vivió de palomo hasta los palomos chicos las alas le desgarraban y palomas lo violaban para cortarle su pico. Por eso el palomo huyó.
No volverá de palomo. ¿Cómo palomo? ¡Jamás!
PIENSO EN TI, EN ESTA MADRUGADA.
Pienso en ti, en esta madrugada. Ojos abiertos, calientan cada palmo de cielo, persiguen cada estrella o nave que hurga en el espacio, confundida entre la luz y la tiniebla. Cada recuerdo quema. Arde la leña que creía olvidada. En tanta soledad las luciérnagas cantan, sí cantan, ¿por qué no? ¿Acaso no cantan los grillos, los búhos, las ranas y el hombre, cuando tienen miedo?
...Y DESPERTÉ, CUANDO ABEJAS VOLABAN.
Tú te robas el viento enredado en el pelo lo ocultas en las manos y en gaviotas que cantan desde la profundidad de tu garganta.
Tu olor le silba a las abejas y tu pecho alimenta colmenares.
La miel resbala por tu vientre en busca de una boca que la salve de caer en el pubis que la espera.
Llamas las nubes cuando miras y recibes la lluvia que te moja los labios que en un sueño soñé y desperté, cuando abejas volaban.
REPOSADA INQUIETUD
...Y desde aquí en incómodo sillón inquietos ojos escarban el pasado enfrentan el presente
cuestionan el mañana.
ÁFRICA
No te puedo sacar de mi memoria porque no quiero olvidar aquellos tiempos aunque de la herida escape tempestad y con el viento vuelva el ruido de la noche el temor a las cobras las ventanas que rugen las tardes en la "Baixa" los niños pordioseros.
AGUA PASADA
Los días vendrán unos tras otros y yo, molinero, estaré esperando el regreso del agua que un día al pasar movió a este molino.
MARINERO SIN BARCO
Marinero perdido, la noche cubre a este medio planeta y a la otra mitad no le interesas tú. Te he buscado por ríos, por caminos oscuros y por lluvia caída sobre tejados rojos y viejos ventanales; por amor consumido, por puertos que arrinconan las olas de los mares y por bares eternamente abiertos. En los ojos extraños te he buscado. Marinero sin barco, busco y no encuentro tu nombre en mis cosas perdidas ni entre esa ternura que se pierde sola como cuatro sillas cabezas abajo.
Regaño Al tío Juan.
¿Cómo es posible Juan que te hayas ido sin haber terminado la faena dejando buey al sol y el arado enterrado?
MI TIEMPO
Mi tiempo es un colmillo, clavado en medio del pecho. En las pesadas piernas, en los brazos caídos, en las flácidas manos. Mi tiempo es un surco en la piel de la frente. Un puñado de holas y unos muchos adioses, con unos cuantos pésames. Mi tiempo viaja en las ancas de un viejo caballero.
PLAZA GRIS
Desde aquí, se ha visto al mundo por cristales verdes, se han soltado al viento palomas blancas. Acá las tardes no son tardes, las noches no lo son. El tiempo aquí transcurre, caballero perdido, pensando en el allá. En caballos que vuelan sobre marabuzales, en jinete obligado a besar la colina y en amores furtivos. Aquí se oxida alguien y gasta el poco oxígeno que queda por acá.
ÁRBOL
VIEJO
A mis viejos.
Poco a poco se desgaja este árbol viejo las ramas van cayendo por el tiempo la débil savia que llega hasta sus hojas las raíces podridas por los años las sacudidas violentas de los vientos las heridas recibidas por extraños y los gusanos que carcomen desde adentro.
Se quiebran las ramas más queridas las que ofrecieron sus mejores sombras la primavera traerá nuevos retoños que intentarán alimentar con sombra y frutos como estas que han sufrido solitarias los otoños y que vecinas ramas no amortiguan su caída.
Se muere este árbol se pudre poco a poco gajo a gajo en que me poso pronto caerá con él la enfermiza sombra y ajenos son los árboles más próximos.
PLAGIO
A Miguel Hernández y a César Vallejo.
Por mis venas, dijo, corren tan solo penas. Y dejó de jadear su reloj, tras hallar el plomo.
3
-POEMAS TOMADOS DE "EN LA REDONDEZ DEL TIEMPO" (2008-09):
RUPTURA
Rompo la puerta que me enmudece y me olvida.
Rompo la cuerda el lazo y la rama que lo sostiene.
Rompo el rayo que alumbra cuando apetece.
Rompo la fe y las imágenes.
Rompo el reloj.
CONSEJO PARA VIDENTE.
Si un ciego dos ciegos o varios ciegos no quieren ver dicen no ver o no pueden ver: Retírele el bastón. Los golpes enseñan, dice el refrán. No permita que uno dos o varios ciegos con sus golpes derrumben la casa construida por ciegos y videntes.
". y soy consecuente con mis creencias, muchos me dirán aventurero, y lo soy, sólo que de un tipo diferente y de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades." Ernesto "Ché" Guevara.
DINOSAURIOS
Un sillón donde acunar las nalgas, un par de zapatillas que descansen los pies. Un diario para saber del mundo, conocer que en tal parte se mueren de hambre y que en tal otra ocurrió una masacre; que hay guerra por un poco de tierra y pozos de petróleo .Para saber del cine, el teatro, el ballet. Un poco de tertulia sobre un mundo mejor, sobre la nueva izquierda y la izquierda más vieja. Esperar que los años se lleven las ideas, las entierren, las pudran. Y conservarse, hasta que la muerte los traslade al paraíso, con su sillón y su filosofía.
NO DEJARÉ DE SOÑAR
¡Cuánto duele pensar, recordar cosas! Lamentar lo que pudo haber sido. La osadía congelada por el miedo trocó los anhelos por quimeras.
¡Cuánto soñar, creerse cosas! Atracarse a la fe, idealizar los tiempos venideros.
¿Para qué volver por el camino andado y tropezar nuevamente con las culpas si no puede regresar la circunstancia, el tiempo?
¿Para qué soñar cuando falta la fuerza que convierte en realidad las utopías?
Sin embargo, hasta Hiroshima vive.
¡TANTO ME GUSTARÍA!
A las victimas de los criminales bombardeos del ejército israelí a la martirizada Gaza.
Me gustaría escribir de tantas cosas. De la mecedora que entretenía a mi abuela, del bastón de mi abuelo, del portal de mi casa, del carruaje con imaginarias princesas. De las primas que de amor me ahogaban con nueces y avellanas en cada Navidad o de la perra Cuqui, siempre tan fiel y cariñosa o del gato que mordisqueaba flores. Recordar en letras a Torito, aquel burro indisciplinado, independiente. Tan libre y soberbio hasta la mala voluntad del jinete. Escribir, además, con porte de alma celestial. ¡Cuánto me gustaría! Pero estos malditos desastres naturales y estas terribles injusticias y guerras roban mi libertad de pensar en otras cosas.
APOCALIPSIS
A los damnificados del huracán "Gustav". Agosto/08.
Las rosas y los girasoles están muriendo, los pájaros y los peces son menos cada día. Los glaciares se derriten y la tierra se seca o se inunda. Los huracanes matan y empobrecen aún más. Crece el hambre y las muertes evitables. Los del Norte gritan que la culpa es nuestra. Nos acusan de intentar sobrevivir y de entretener la miseria copulando, sin condón. Los del Sur sabemos, que es el egoísmo y la avaricia de ellos la que viste de luto al Planeta.
Dicen que veremos caer a los ángeles porque el cielo está lleno de huecos.
MIS AMIGOS POETAS
Mis amigos poetas no están con los famosos en las antologías.
Mis amigos poetas odian la hipocresía, le cantan a los duendes y se mueren de pena por la muerte de un niño.
Mis amigos poetas apoyan las huelgas y reciben balas cuando disparan versos a la policía.
Mis amigos poetas están en las marchas y cargan estandartes del Cristo de La Higuera. Se oponen a las guerras y a las oligarquías.
Mis amigos poetas jamás tendrán el Nobel.
¿De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena? Miguel Hernández, poeta español.
LA LISTA A Cristina Villanueva.
Era un nuevo siglo y un nuevo milenio y todo parecía que el Mundo cambiaría, pero no: los heraldos de la muerte continuaron soplando sus trompetas.
Hordas criminales llegaron al Oriente: Afganistán, Irak y prosiguieron su vuelo de vampiros insatisfechos.
Miles, cientos de miles de muertos y mutilados. Cientos de miles, millones de gargantas reclamando paz.
Pero a esos señores de la codicia, de la guerra, no les importan ni las muertes ni las voces. Roban, torturan, asesinan, en nombre de los dioses y los imperios y regresan a la paz de sus remansos.
Los elefantes pasan por el ojo de la aguja.
Nombres de niños y adolescentes asesinados en Gaza. ¿Con qué honor se lavará esa sangre? ¿Cuántos niños y adolescentes más serán sacrificados en el altar de la Diosa de la Guerra? ¿Cuántos más en el altar del hambre y la miseria?
Tú, que todo lo ves, según me dicen, ¿Cuántos rezos y ruegos cuesta el castigo a sus verdugos? no respondes. Pero llega la respuesta: ¡La justicia tendrá que cargarse a nuestra cuenta!
HOMENAJE A NICOLA
Para Nicola Tommasoli, joven asesinado en el 2008 por neofascistas italianos.
No lo sabías Nicola. No podías saberlo. Ni siquiera imaginar que en la Ciudad del Amor encontrarías el odio y la muerte. -Y qué muerte- Cinco tus torturadores, cinco fueron tus verdugos. Tu sangre, Nicola, cubre a Verona. Cubre a Romeo y a Julieta. Verona, ahora es Nicola.
LA PRUEBA
Para Pablo Armando Fernández, en sus 80 cumpleaños.
La Prueba, no es Delicias: con humo en chimeneas, olor a miel de caña y a cachaza. La Prueba no es poeta, no tiene a un Pablo Armando que la ventile al mundo, con su luz y lealtad. La Prueba es un pueblo de caballos y espuelas, de polvo tras las ancas y casas empolvadas. De bares y machetes, de circo y de tiovivo.
La Prueba son tres calles.
La Prueba fue rebelde, lo cuentan sus caminos, sus vivos y sus muertos.
El número 88 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante", edición Julio/Septiembre/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org bajo el link:
CRÓNICAS: Dos Crónicas sobre Cartagena de Indias. Gustavo Tatis Guerra.
AUSTRIA: Poemas. Peter Blaikner.
La edición impresa de XICóATL # 88 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@... al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).
Cordial saludo,
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur www.euroyage.org Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA Tel: ++43 662 825067
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Lo que vemos desde aquí no es más que un modesto edificio de una sola planta, con una puerta de madera y dos ventanas. Se adivina que en otro tiempo estuvo pintado de blanco, pero ahora toda la fachada está repleta de desconchones y lo que parece ser un impreciso conglomerado de restos de pintura, con diversos colores mezclados de forma aleatoria, como lo haría un niño. "Ese estrago no es obra de niños" dice el Gringo. El Gringo era actor. Vino hace casi treinta años a participar en una película, descubrió la melancólica noche de nuestras ciudades y la insondable desnudez de nuestros yermos, y nunca más volvió a su tierra. Desde entonces vaga por ahí con su videocámara y un ansia insaciable de escenas por grabar, de mundos por descubrir y relatar.
Si nos acercáramos un poco más, veríamos que se trata de la oficina ya inútil de un apeadero abandonado, último residuo de un pasado
que se nos va marchando lentamente. Un poco más cerca, observamos que la puerta, que alguna vez fue verde y ahora es un mero trozo de madera reseca, ha sido abierta, quizá forzada, y que las ventanas no tienen cristales. Pensamos que acaso alguien se los llevó para venderlos, o que estarán esparcidos por el suelo, fragmentados en miles de pequeñas astillas transparentes que dentro de un rato, cuando el sol esté alto, sembrarán de reflejos el entorno, multiplicando la aridez de este paisaje.
Nuestros pasos, lentos, resuenan sobre la calma del amanecer austral mientras nos vamos aproximando a la caseta. A pocos metros hay un auto, que parece tan abandonado e inútil como todo lo demás. El volante y el cambio de marchas han desaparecido, así como tres de las ruedas. La cuarta está destrozada. También faltan la puerta del conductor y los espejos. Ese auto tiene un no sé qué de animal herido. De bestia moribunda que se ha
arrastrado hasta aquí a exhalar su último aliento, al lado de las vías por las que una vez circuló esa especie de hermano mayor: el tren. Pero también las vías han emigrado a otras latitudes. No queda por allí ni un solo hierro. Algunas traviesas de madera, uno que otro tornillo enterrado, la hierba seca marcando el lugar donde antes hubo raíles, como queriendo contar una historia, una vieja balada de destierros y encuentros.
Dentro del inmueble en ruinas hay alguien. Se asoma al acercarnos. Es el Marmota. Le llaman así porque siempre parece estar durmiendo. La realidad es que padece una suerte de insomnio crónico, que le impide dormir durante la noche. Eso hace que se pase el día dando cabezadas. Antes la cosa era diferente: El Marmota trabajó, como todos nosotros, en el ferrocarril. Fueron años dichosos. Uno se pone a contar anécdotas y no termina. Ganamos algo de plata, hicimos buenos amigos, recorrimos este país hermoso,
vivimos. Luego todo terminó de repente. La casa donde vivía el Marmota en esa época estaba a unos doscientos metros de las vías. Cada noche, antes de acostarse, escuchaba pasar el tren de las once, que iba hacia el norte. Media hora más tarde, con bastante puntualidad, podía escuchar, a veces ya desde la tibia región del duermevela, el que venía atravesando la estepa rumbo al sur. Ese era el mejor indicio de que el mundo seguía marchando, de que todo estaba bien. Después -esto ya lo supo todo el país por los diarios o la televisión- esa ruta quedó obsoleta y se suspendió el tráfico. Muchos de nosotros nos quedamos sin trabajo. Aquella primera noche sin trenes, el Marmota permaneció acostado cara al techo durante horas, esperando, sin saberlo, el sonido que había venido escuchando y amando desde que tenía conciencia. El bárbaro silencio no lo dejó dormir. Desde entonces, cada noche no es más que un reflejo borroso de aquélla, la
pesadilla de la que no le es posible despertar.
Por eso no es extraño que haya sido el primero en llegar. Nos saluda con un gesto. Nos muestra el interior. Un armario desgajado y un par de sillas raídas, un tablón de anuncios con cuatro o cinco chinchetas oxidadas, un botiquín vacío. También hay un diminuto baño con las paredes desnudas. Habrán aprovechado las baldosas. "No es mucho, la verdad" murmura el Gringo. "Hay que ser cautos" dice alguien. "No sabemos bien de qué va esto. Ya se verá".
Todavía falta gente, no sabemos cuánta. Nos sentamos afuera, en el suelo, a la sombra. Aún no hace calor, pero es el lugar más agradable para esperar. Fumamos en silencio, con la mirada perdida en un punto inconcreto, cada uno sabrá qué es lo que ve en esa intersección imaginaria.
Un rato más tarde aparecen dos mujeres con un bulto. A lo lejos, parece una especie de alfombra enrollada. Se oye un susurro:
"Son ellas". Caminan despacio, quizá el peso les impide avanzar más aprisa. Dos de los hombres se incorporan, tiran sus cigarrillos al yermo donde antes estaban las vías, y van al encuentro de las mujeres. El tercero sonríe. Hace años que las conoce. Sabe lo que va a pasar, como si ya lo hubiera visto antes, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que ver una y otra vez esa misma escena: Se encontrarán a mitad de camino, o un poco más lejos, allí donde un letrero sujeto con alambre al poste inclinado todavía indica el nombre del apeadero, y una flecha mínima, insignificante, señala la dirección a seguir. Después, ellos se ofrecerán a llevar el pesado fardo. Ellas, educada pero firmemente, rechazarán la propuesta. Habrá una breve y acalorada discusión. Luego, ellos regresarán a paso ligero, sin mirar atrás, mientras ellas se van aproximando con lentitud, saludando con la mano de vez en cuando y parándose a descansar un par de
veces.
Cuando llegan, apoyan el fardo sobre uno de los muros y saludan a todos. Hay sonrisas y abrazos. Queda olvidado el incidente de unos minutos antes. Somos una misma cosa, las pequeñas contrariedades no deben afectarnos. Tenemos un objetivo, aunque aún no sepamos muy bien cuál es. Así pues, nos saludamos y charlamos durante algunos minutos. En realidad, no sabemos de qué: Lo importante en ese momento es el sonido de las voces, saber que estamos ahí, que hemos regresado del exilio al que nos sometimos, o al que no pudimos escapar.
Luego, todos callamos. En el horizonte ha aparecido el Catalán. A esa distancia parece más pequeño, pero así y todo, no pasa desapercibido. Alguien pregunta "¿Se habrá acordado de traer los cuadernos?". Es una pregunta retórica. Todos conocemos la extrema seriedad y eficiencia del Catalán. Resulta extraño verle con traje y corbata en un día como hoy y en un lugar como éste. Al
caminar, sus pies levantan pequeñas nubes de polvo que se quedan durante un instante posadas sobre el camino terroso y después se desvanecen como fantasmas inexpertos. Trae una maleta en la mano derecha, una maleta pequeña. Nos sorprende un poco reparar ahora en que los demás no hemos traído equipaje. No pensábamos que fuese necesario, y quizá no lo sea, mas el hecho de ver a uno con una maleta nos hace pensar en ello por primera vez desde que iniciamos esta aventura. Entendemos, porque así se nos dijo, que todo empieza en este lugar y en este día, pero nada sabemos de lo que vendrá luego. "¿Y no es siempre así en la vida?" se pregunta uno de nosotros, imposible saber quién.
Ha ido llegando más gente. Unos charlamos, otros permanecemos callados mientras oteamos la lejanía por si vienen más. La mañana va floreciendo. Nadie mencionó una hora concreta; no obstante, algunos empezamos a estar un poco intranquilos. Aunque nadie
va a volver sobre sus pasos, eso no lo dudamos. Así que nos ponemos a esperar. Fumamos y charlamos; caminamos y fumamos, alguien canta por lo bajo. El día va transcurriendo. Hay quien piensa que tal vez sería hora de regresar a su casa; sin embargo, aquí nadie se mueve. No sabemos qué, pero en el fondo todos confiamos -o nos dejamos mecer en ese espejismo- en lo que ha de venir, aunque nos sea imposible cifrarlo o definirlo. Escrutamos la inmensa extensión que se extiende en torno; creemos adivinar, a lo lejos, sombras que se mueven, autos que van o vienen, aunque sabemos que no hay ninguna carretera cercana. Llega la primera penumbra del crepúsculo. Tal vez nos preguntamos si en verdad es posible aún esperar algo. Como un ronroneo creciente, la noche se acerca y nada ha sucedido. Sobre el murmullo, se escucha un rasgueo de guitarra, una voz que entona una milonga, otra que le acompaña. Al otro lado, en el yermo, se repiten los ecos nocturnos
de los lugares abandonados para siempre. Entre todos estos ruidos tan familiares, se cuela uno nuevo, inexplicable: Si no fuera imposible, diríamos que se ha oído el traqueteo de un tren en la distancia. "Habrá sido un camión" farfulla una voz, aunque le falta convicción. Un rato después, el sonido se repite. Pedimos silencio. En efecto, hay un rumor, lejano aún, pero inequívoco. Esta vez nadie tiene dudas. Al fin y al cabo, somos todos del oficio. "El viento lo habrá traído desde la ciudad" musitamos, tratando de negarnos esa ambigua ilusión que comienza a asentarse en nuestro ánimo. Sin embargo, aguzamos el oído por si nos es dado establecer de dónde viene; escudriñamos el norte y el sur, el este y el oeste, convencidos de la inutilidad de nuestra solícita vigilancia, y al mismo tiempo con la secreta esperanza de ver aquello que deseamos, distante quimera que nos alzó de nuestros lechos y nos condujo hasta este minuto en el que todo
va a tener sentido, o a perderlo. El sonido es real y poco a poco aumenta su volumen. Crece entre nosotros un griterío apagado, hay movimientos inquietos, miradas interrogantes, cierta confusión. De pronto alguien grita mientras señala un punto luminoso en el sur: "Allí, allí". Ya no es sólo el traqueteo remoto. Ahora lo acompaña una luz que se nos va acercando, una luz que viene del Sur. Desconcertados, nos miramos. Nos gustaría ensayar una hipótesis, fijar con unas pocas palabras eso que está sucediendo y que no tiene explicación, mas nadie dice nada. El sonido se va elevando hasta resultar casi insoportable. El círculo de luz también ha aumentado ostensiblemente su tamaño. No puede ser, pensamos. Pero es: Una locomotora antigua, cubierta por la tierra de todos los caminos, erosionada por todas las lluvias que el mundo ha visto, se acerca, poderosa y desafiante, hacia el lugar en que estamos, hacia este apeadero inútil, hacia este yermo
desolado, provocando un rechinar, una agria resonancia, fantástica música que escuchamos con el corazón encogido. Con un chillido de frenos viejos, desacostumbrados, se detiene justo al lado de este barracón donde esperamos, arracimados y anhelantes. Vemos al