EDITORIAL DEL SÁBADO 10 DE DICIEMBRE DE 2005
Jorge Rulli
En estos últimos días me informé de dos suicidios
entre viejos compañeros, uno fue el de Horacio
Bertuol que integró la Juventud Peronista de
Merlo en los años difíciles de la primera
Resistencia y que en los años ochenta intentó la
experiencia común de volver al campo. El otro es
Osvaldo Vanzini, uno de los fundadores del COR,
Comando de Operaciones de la Resistencia, que
presidía el General Iñiguez y que fuera una de
las organizaciones legendarias que enfrentaron a
la llamada Revolución Libertadora.
Cansancio, frustraciones, miseria, falta de
reconocimiento y de respeto... nos imaginamos que
son las situaciones que pueden haber aportado a
tan, pero tan desgraciada decisión. En medio de
la banalidad y la desmemoria generalizada, la
fiesta del progresismo hace aun más difícil la
vejez de los precursores olvidados. No trato de
justificarlos sino de entenderlos en un gesto de
la memoria que tiene mucho de homenaje y mucho
también, de duelo y de amargura.
Los expedientes del proyecto de Ley de Reparación
histórica y material para esa generación de
luchadores que alguna vez presentó el Senador
Cafiero, duermen en alguna Comisión
Parlamentaria, esperando la conformidad del
Ministerio de Economía para la emisión de los
bonos correspondientes. Mientras tanto, nadie
contabiliza las bajas constantes entre ellos, ya
sea por razones biológicas o traumáticas, y que
son tal vez mayores que en el caso de los
veteranos de Malvinas, veteranos que, al menos,
disponen de registros de la tragedia en la que se
encuentran atrapados. Los luchadores de aquel
peronismo del 55 no solo han sido olvidados, sino
que aún mucho peor todavía, han sido expropiados
de sus sueños y de sus banderas.
Hoy vivimos en medio de una estudiantina tardía y
nostalgiosa, el jolgorio de un sector progresista
que siente que después de años de tragar acíbar,
de practicar travestimos en el PJ, y de respaldar
políticas neoliberales para no ser reconocidos
diferentes, pueden por primera vez asumir su
identidad histórica sin tapujos ni
enmascaramientos. Por supuesto que el mundo no es
el mismo de cuando fueron jóvenes y ellos estaban
llenos de discursos inflamados y juraban con
tomar el cielo por asalto. Desde ya que tantos
años de camuflarse como grossistas, menemistas,
cavallistas, ibarristas y duhaldistas, no han
transcurrido en vano y en el fondo, y a pesar de
los dedos en V y de los carteles épicos, se saben
cómplices de tantas traiciones habidas con la
Patria y con su Pueblo, y unidos solo por la
ideología setentista y por la dura disciplina de
sobrevivir sacrificando la ética al pragmatismo
de alcanzar el Poder.
Hace exactamente treinta años, en el verano del
75, estaba yo en Mar del Plata con mi familia,
refugiado de la Triple A que había tratado de
secuestrarme en la puerta de la casa de mi padre
en el barrio de Palermo. Mis denuncias a la
Presidencia sobre los croatas asesinos que
actuaban con Otalagano en el Rectorado de la
Universidad de Buenos Aires, habían sido sin duda
el detonante del intento fallido por milagro.
Tiempo más tarde supe lo que había ocurrido: mi
denuncia llegó a Isabel, de allí fue derivada al
Ministerio de Educación, de este a la Universidad
de Buenos Aires, y al final el expediente llegó a
manos de los propios denunciados que decidieron
hacer justicia conmigo por su propia mano. Mucho
tiempo después, en el año 82, la encontré de
casualidad a Isabel en el Banco de Fuengirola y
se lo dije. Fue una satisfacción tardía y
absolutamente
inútil.
Las cosas en la Argentina y en especial luego de
la muerte de Perón, se habían puesto
terriblemente difíciles en aquellos meses finales
del 75, se preveía un desemboque espantoso a
corto plazo con golpe militar y represalias
masivas. Sin embargo, en vez de hacer algo para
evitar ese desenlace, parecía que muchos de los
principales protagonistas, como en una pesadilla,
se hubiesen puesto de acuerdo para facilitarlo.
Fue en aquellas circunstancias que me enteré que
Juan Jacinto Burgos estaba también en Mar del
Plata y que quería verme. Juan era un fuera de
serie, de muy joven y por amor a la Naturaleza y
a la vida salvaje, se había hecho guardaparques
en los lagos del sur. Con los años y por sus
dotes personales de liderazgo había ganado el
reconocimiento de sus compañeros e integrado a la
Tendencia, lo habían promovido a Delegado de la
Regional VII de la Juventud Peronista. Sin duda
que entre otras cosas, Juan Burgos debía ser el
Jefe de los chicos de la juventud Peronista de
Santa Cruz, incluyendo a los que estudiaban en La
Plata durante el año lectivo. En aquellos
momentos, ferozmente perseguido en su región, se
había trasladado y operaba en la zona atlántica,
sin lugar a dudas con importante jerarquía dentro
de la organización Montoneros. No me sorprendió
que quisiera verme. Éramos viejos amigos y por
encima de las diferencias que había entre
nosotros nos guardábamos respeto y preocupaciones
mutuas. Pero no imaginaba yo en aquel momento qué
podría querer decirme Juan y aún mucho menos que
aquella conversación que iríamos a tener, pudiera
ser motivo de un editorial en Radio Nacional
tantos años más tarde. Sin embargo, creo que
merece contárselo.
Nos encontramos en la playa veraniega confundidos
entre tantos bañistas despreocupados. Nuestros
niños jugaban y reían al borde de la arena mojada
por las olas, nuestras compañeras conversaban
cerca de ellos amistosamente y nosotros,
hablábamos de situaciones gravísimas y trágicas,
mientras manteníamos a mano los bolsos donde
guardábamos las armas que garantizaban nuestras
vidas. Ese día Juan me confesó su desencanto con
la Organización, con quienes conducían todo hacia
un desastre seguro, su falta de esperanzas
personales, su cansancio de tantos errores y
mentiras. Le pedí que se bajara de la Orga, que
la abandonara. Me respondió que no podría hacerlo
jamás, que lo suyo era un destino marcado, que
había demasiados compañeros muertos como para
desertar. Insistí porfiadamente y entonces fue
cortante, me dijo que lo tenía resuelto, que iba
a seguir hasta el final, aunque no creyera ni en
las estrategias ni en los análisis políticos de
su organización. No insistí. Los silencios entre
nosotros se hacían prolongados y densos. Fue
cuando me mostró la razón de encontrarnos. Quería
pedirme que no abandonara al Peronismo, que no
fuera tan torpe como ellos, que no me fuera...
Le recordé entonces que toda la acción insensata
que ellos llevaban adelante me hacía la situación
cada vez más difícil, que por otra parte me
sentía profundamente hermanado con las víctimas
aunque hubiesen llevado adelante un plan
criminal contra nuestro Gobierno, y que por otra
parte no se olvidara que yo también a mi vez, era
ahora un perseguido. Entonces insistió y me dijo
enfáticamente: "nosotros estamos fuera, nuestra
voz, nuestros mensajes, le llegan al Movimiento a
lo sumo por una ventana, vos estas perseguido
pero tenés la puerta abierta, no hay comparación,
no cruces el umbral, te pido que no te vayas del
Peronismo. ¡Por favor!". Me sentí profundamente
conmovido y guardé silencio, consintiendo No
volví a verlo. Pocas semanas después cayó en un
tiroteo con un balazo en la cabeza. Salió con
vida del quirófano en el Hospital de Mar del
Plata, aunque inconsciente. Lo esperaba un
helicóptero militar que se lo llevó con rumbo
desconocido. Hoy es uno de los treinta mil
desaparecidos. Su familia vive en México. Se
llamaba Juan Burgos y jamás podría haber
imaginado que treinta años después de aquel
encuentro, sus compañeros exultantes por ocupar
tantos puestos de poder político, cantarían la
marcha peronista en el Parlamento de la
República, mientras otros, los que no nos fuimos,
los que nunca cruzamos aquel umbral ni atentamos
contra el Gobierno de la República, parecemos
condenados al voto del olvido, de la pobreza y
del ostracismo.
Hoy deberíamos sentir el derecho y el deber de
reinterpretar aquellos acontecimientos, porque no
podríamos jamás comprender el presente, sino
somos capaces de resignificar el discurso
hegemónico que el pensamiento dominante impuso
sobre ellos. Y con todo respeto por los
luchadores de aquellos años, hermanos con los que
compartí sueños e ideales, quiero ahora arriesgar
una hipótesis que sé que traerá escozores, pero
que me parece debemos afrontar, al menos como una
posibilidad más en el debate. Montoneros no fue
la izquierda del Peronismo. Fue en todo caso, en
los años 70, el intento neoperonista más lúcido
para subordinar la clase trabajadora a una
conducción pequeño burguesa radicalizada y
terminar con el mito y con la conducción de
Perón.
En otras palabras, tanto Montoneros como otras
organizaciones armada y en especial a partir del
momento en que pretenden erigirse como conducción
del proceso, se manifiestan como un fascismo de
izquierda generado por una clase media
progresista, una clase capaz de generar, debemos
reconocerlo, fuerzas y sueños únicos en el mundo.
Sectores medios argentinos que arrastraban una
herida histórica del Ego, la de la noche de los
bastones largos de Onganía. Sí, creo que en
aquella humillación a la élite intelectual de la
Argentina en la vieja Universidad de Buenos
Aires, donde se encuentra hoy la Manzana de las
Luces, se instaló una semilla que fructificará
años después con terribles consecuencias. Creo
también, que esos sectores medios hallaron en el
modelo cubano, en el marxismo y en los paradigmas
dominantes de aquellos años: me refiero al
concepto de vanguardia, de lucha armada, del
foquismo y la confusión entre lucha militar y
revolución social, las justificaciones que los
llevaron a intentar conducir el proceso por sí
mismos.
Debo aclarar que soy peronista histórico, que me
formé en un contexto histórico y en una cultura
política en que el fascismo no era necesariamente
una categoría peyorativa, sino apenas una
alternativa autoritaria diversa a la del
estalinismo, del falangismo o el nazismo. Que
para mí siempre fueron manifestaciones de un
fascismo de izquierda las columnas en los años 70
de jóvenes encuadradas por largas cañas en que se
conducía el activismo rebelde del peronismo de
base.
Que la instrucción militar miliciana, tal como
alguna vez me supo demostrar el actual Director
de la Biblioteca Nacional, era un método práctico
para que esos insoportables libertarios de la
base obrera peronista aceptaran la disciplina y
aprendieran a obedecer a sus nuevos líderes,
mayoritariamente provenientes de la Universidad.
Que la única vez que Montoneros hizo un serio
intento por callarme, eufemismo de la época que
puede traducirse por asesinarme, fue en el 72, en
un barrio misérrimo de la Matanza, donde en una
asamblea me atreví a decir que no podíamos ni
debíamos permitir que los hijos de las señoras
que hasta ayer buscaban sirvientas en ese barrio,
llegaran entonces para reclutar aspirantes para
su organización revolucionaria. Semejante
exabrupto clasista, exageradamente injusto de mi
parte, debo reconocerlo, pero que pinta las
tensiones y las disputas territoriales que
entonces vivíamos, casi me cuesta la vida. Fue
como meter el dedo en la herida de algunos que en
realidad eran parte de una élite y provenían de
apellidos ilustres que se enmascaraban tras los
apodos y los nombres de guerra.
Que disputáramos en medio de una situación
prerrevolucionaria acerca de optar entre el
camino de la insurrección o el de la guerra
prolongada bajo el mando de un ejército y de un
partido, no eran temas menores ni inocentes.
Nosotros apostábamos fundamentalmente a desatar
las fuerzas populares, no a contenerlas ni a
disciplinarlas.
Que en líneas generales, el sometimiento de gente
de Pueblo a una disciplina, y a una disciplina
que no ha generado por sí, cuanto más todavía a
una disciplina militar que terminó fijando las
relaciones íntimas y los deberes en el seno de
las parejas y hasta el modo y la oportunidad de
tomar el sol para broncearse, no podría dejar de
someterse por los preocupados por la historia
contemporánea a un análisis de clase. Sin
embargo, cuando esa disciplina se ejercita sobre
un movimiento libertario e insumiso y los
intelectuales lo ignoran como hecho de estudio,
durante más de treinta años, no puede dejar de
llamarnos la atención y más que un olvido
pareciera una complicidad.
El fascismo sería la gestión militar de la
energía social, el intento de instalar una
gestión racional sobre la irracionalidad o tal
vez sobre la No racionalidad. Sería aplicable
asimismo, al empeño pequeño burgués de pretender
organizar la desorganización del Pueblo,
desorganización que es en realidad un prejuicio
por exceso de cartesianismo. La desorganización
popular, recordemos Diciembre del 2001, más que
otro modo de organizarse, es en todo caso, un
modo no legitimado del cual desconocemos las
reglas.
En este escenario de pensamiento, el "evitismo"
fue y lo sigue siendo, no más que una fantasía
pequeño burguesa que sueña con hacer de aquel
Peronismo y de lo popular algo presentable para
el pensamiento de izquierda. En aquellos años se
confundía la Revolución con la lucha militar, se
proponía en suma contener y disciplinar al
conjunto que expresaba algo que se nos escapaba
de la comprensión racional, y que tiene relación
con la fiesta popular y con nuestra capacidad de
aceptar lo imprevisible y lo inconmensurable. El
Peronismo histórico fue eso, el subsuelo
sublevado, el desorden, el magma social, el
aluvión zoológico como bien dijo alguna vez
Sanmartino. El sabía de qué hablaba porque estaba
del otro lado. Lo popular es siempre el Caos,
nunca el Cosmos, es el Caos Creativo, generador
constante de nuevas situaciones y oportunidades
que algunos tratan de interpretar y que a otros
producen rechazo o repulsión.
Perón jamás buscó realmente, la
institucionalización de su movimiento ni permitió
que el país se institucionalizara sin el
peronismo. Apostó siempre a los trabajadores y
abortó toda solución mediante el recurso de
desorbitar los procesos políticos. Porque su
carisma se ejercía en el campo de la Salvación,
más que en el territorio cartesiano de las
Soluciones. Por eso es que aún la gente recuerda
al Peronismo por la sidra y el pan dulce, por la
sonrisa de Evita y los brazos alzados de Perón.
Los sectores medios se burlan, pero no estamos en
el campo de la racionalidad instrumental. Estamos
en el territorio de una Argentina profunda donde
lo sacramental mantiene su vigencia y su
potencia.
Los sectores medios siempre tuvieron problemas
para comprender ese peronismo originario, o acaso
tuvieron dificultades para enfocar la mirada del
modo en que aquí se lo intenta ahora. A partir de
los años 60, se buscó reinterpretarlo mediante el
marxismo, y muchos lo aceptaron cuando a través
de la mediación de John William Cooke se
persuadieron de que el Peronismo no era
revolucionario, pese a lo cual, resultaba
imposible hacer en la Argentina una revolución
sin él. De nuevo la imagen del gigante miope e
invertebrado. Ahora, treinta años después,
deberíamos preguntarnos cómo se pensaba aquella
realidad. Se pensaba en base a los paradigmas que
tenían vigencia antes de que colapsara la URSS,
antes que se cayera el muro de Berlín y que los
sueños cubanos de una industria de escala se
derrumbaran por la falta de insumos.
Ese entramado de ideas fuerzas y de
cosmovisiones se derrumbó en el mundo, pero las
fuerzas que se sostenían con ellas no han
cambiado demasiado. En el 2001 volvieron a tratar
de "organizar" porfiadamente la fiesta popular y
nuevamente trataron de conducirla o en caso
contrario liquidarla, que fue lo que hicieron con
el proceso asambleario. Sigue siendo el fascismo
de los sectores medios que no soportan el
desorden de lo popular y que ahora aprendieron a
construir simulacros democráticos para continuar
por otros medios el manejo racional de la
irracionalidad popular.
Aquella generación que sumándose al Peronismo
jamás llegó a comprenderlo en forma cabal, hoy
esta en el Gobierno. Puede que los carteles
montoneros asusten a los resabios jurásicos de la
derecha y a los cavernícolas retirados de las
fuerzas armadas, pero en realidad hoy esa
algarabía de estudiantina tardía, es en buena
medida y hasta que demuestre lo contrario, la
garantía de preservación del statu quo, o sea del
modelo de la Soja, de los servicios públicos
privatizados, de los proyectos de minería por
cianurización a lo largo de la cordillera, del
mantenimiento de un sistema financiero basado en
la especulación y manejado por la Banca
extranjera, así como del desprecio de los
funcionarios por la pobreza extrema, por el
hambre y la indigencia que crucifican a diez
millones de argentinos.
Jorge Eduardo Rulli
www.grr.org.ar
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