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SOÑE CON DULCE DE LECHE   Lista de mensajes  
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Desmorirse*


Cuando muera quisiera desmorirme
tan sólo por un rato para ver
como el mundo se lleva con mi ausencia

a los que lloren les daré un pañuelo
a los que rían un bol de ceniza
indiferencia a los indiferentes

cuando muera quisiera desmorirme
y visitar de nuevo a mis compinches
a los sobrevivientes por supuesto

y preguntarles las poquitas cosas
que se fueron quedando en el tintero
o que neutralizó el silencio turbio.

*De Mario Benedetti.

"El mundo que respiro".
Seix Barral. Biblioteca Mario Benedetti. Bogota. 2001



Soñe con dulce de leche...



EL TAMBO DE DON LUISITO*

El tambo estaba en las afuera del pueblo, tenía varias hectáreas,
que lindaban con la ruta al este, con el arroyo El Rey al sur, al
oeste se extendía hacia el lado del cementerio, y hasta la última
calle del
poblado, al norte.
En el tambo había una gran cantidad de lecheras, holando
argentinas, muy productivas en leche, el alimento básico para todos
los hogares, cada vaca tenía su nombre propio y su historia; a la
hora del ordeñe, que era manual, obedecían al llamado de su nombre.
Con mi hermano, René, salíamos del colegio parroquial, llegábamos a
casa y mamá nos esperaba con el mate cocido o cuili (cuili es la
versión gringa del mate cocido) y una tira de galleta calentita, de
la panadería de Corgnali.
Mamá había ido al colegio sólo hasta segundo grado, pero era una
celadora perfecta; a la hora en que llegábamos del colegio, tomaba
nuestros cuadernos, miraba las notas y si había una mala, sin mediar
palabras, buscaba el chicote y ¡zas¡ nos daba por las piernas; no
dolía pero picaba lindo, en nuestro caso, no era tan frecuente,
siempre la calificación era bien o muy bien; algunos meses, yo
traía la medalla por tener el mejor promedio, la distinción duraba
sólo un mes, a menos que uno, con mucho
esmero, siguiera manteniendo el mejor promedio.
Mamá nos ordenaba un tiempo determinado para hacer los deberes,
era después de hacer todos los mandados; primero había que ir a la
carnicería, luego a la panadería y, a veces, al almacén; pero papá,
solamente nos decía: estudien chicos, que para burro, estoy yo.

Después de la merienda, nos dirigíamos al tambo de Don Luisito;
allí nos esperaba la pandilla, los hijos de Don Luisito, Coqui y
Rulo; los otros eran el Colorado o Cangrejo, y Toto.
Primero, teníamos que encerrar en un corral a los terneros, que
eran unos treinta, para esperar después a las lecheras; era una
diversión total, una vez que estaban en el corral, montábamos a los
terneros más grandes, éramos los mejores domadores del tambo, hasta
que nos encontrábamos de
bruces en el piso, despedidos violentamente por algún ternero
bellaco.
Luego nos íbamos a buscar las vacas, que estaban en un potrero más
distante, cerca del arroyo "El Rey", las juntábamos y ellas se
encolumnaban mansamente hacia el corral del tambo, como en una
procesión; el más retrasado siempre solía ser el pesado toro
holandés.
El Coqui se acercaba, desde atrás, despacito, al toro, como si
estuviera por cazar un pajarito desde la cola; nosotros todos lo
seguíamos a él; cuando estaba bien cerca, se colgaba, con sus dos
manos, de las inmensas bolas del toro, y pegaba un sapucay; el toro
se deba vuelta, enfurecido, y nos arremetía, pero nosotros ya le
habíamos sacado, por lo menos, unos cincuenta metros de ventaja;
pero él se embravecía más y más, con su patas delanteras rascaba el
suelo, levantando polvareda, bufaba, y, con la punta
de sus cuernos, hacia rayas profundas en el piso y volaban los
pastos por el aire.
Nosotros, espectadores del gran toro, nos reíamos a carcajadas, y
gritábamos: ¡bravo, toro!
Y si nos retrasábamos un poco para el ordeñe, se escuchaba la voz
estridente de Don Luisito: ¡Coqui! y luego seguía alguna fruilanada,
siempre bajaba algún santo del cielo, para que nos apresuráramos.
Las vacas se juntaban todas delante del portón para ser ordeñadas,
cada una era llamada a su turno; primero, se las ataba de los
cuernos y luego se maneaban, después se traía al ternero para bajar
la leche; mientras las ordeñábamos, comían una buena ración de
alimento; si Don Luisito no nos observaba, con una teta apuntábamos
hacia donde estaba alguno de la pandilla y lo bañábamos con la leche
calentita; en la ropa quedaba la marca, una mancha grasosa, bien
visible; pero ésta nos delataba, y Don Luisito se daba cuenta de que
habíamos estado jugando, y nos daba una buena reprimenda.

Mientras nosotros ordeñábamos, junto al gran portón de entrada del
tambo, que daba sobre la calle adyacente, hacia el pueblo,
esperaban algunos chicos y algunas madres con sus botellas de vidrio
de un litro, bien higienizadas, condición indispensable para
cargarla con la leche recién ordeñada y todavía tibia, tal como la
producía la lechera.
Siempre había alguna chica de nuestra edad, que ya nos hacía
cosquilla en el corazón, pero nosotros no podíamos despachar la
leche, esa función era de la esposa de Don Luisito o de la Beba, la
hija mayor.
Una vez terminado las tareas de ordeñar, lo acompañábamos al Rulo a
llevar la leche a un puestero que vivía dentro del campo, junto al
arroyo.
Era don Sánchez, un viejito medio encorvado por los años, con su
cabello canoso y su larga barba blanquecina; nos esperaba junto a
su rancho, de paredes de barro y techo de pajas bravas; era muy
ladino; siempre tenía algún chiste o cuento para impresionarnos; el
rancho estaba rodeado por
una gran plantación de naranjos, frutas que eran nuestras delicias.
Entre las plantas de naranjos, las arañas tejían sus nidos, y don
Sánchez, con toda su picardía, nos decía: están tejiendo la seda
para el traje de mi novia, y cuando terminen me voy a casar de nuevo.
De vuelta al tambo, ya tranquilos, nos dábamos el gran placer de
fumar unos cigarrillos mentolados; en la base de una inmensa parva
de alfalfa teníamos nuestro escondite, allí guardábamos los
cigarrillos y los fósforos.
Pero al regresar del tambo a nuestra casa, teníamos que enjuagarnos
bien la boca con agua, y, después, masticar la hoja de naranjo
para que no nos quedara ni el rastro del olor del cigarrillo; nos
daba un buen resultado, nunca mamá nos descubrió esta aventura.
Pero un día de verano, de inmenso calor y de un infernal viento
norte, hizo de la suya; la parva, que tenia unos cinco metros de
alto por veinte de largo y otro tanto de ancho, se prendió fuego;
ni los bomberos lo pudieron apagar.
Don Luisito lloraba junto a las cenizas de la parva de alfalfa, y
nosotros lo acompañábamos en su congoja, porque se quemaron todos
los cigarrillos, ¡Chau puchos!

También, de regreso a casa teníamos una aventurita sentimental; la
pasadita a Dolly; a esa hora, exactamente, ella siempre estaba junto
al portoncito de su casa, del lado de adentro, bien arregladita;
era sólo mirarla, sonreír y decirle, ¡Chau, mi amor!, y el
corazoncito estallaba de emoción.
Ella era un poquito mayor, delgadita, de cabellos color oscuro y
cortitos, no parecía hija de gringos; cuando sonreía era más linda
todavía.
Con el tiempo, mi hermana mayor, se hizo amiga de ella, y, algunas
veces, los domingos nos encontrábamos en el cine a la hora de la
matinée; nos sentábamos todos juntos, era como tocar el cielo con
las manos.
Dolly no tenía hermanos, pero sí primos, que eran amigos nuestros;
yo le escribía cartitas y las entregaba al Pocho, uno de sus primos.
Pero un día, descubrimos que Dolly era la novia de toda la pandilla,
porque cada uno hacía gala de las cartitas que le había enviado;
mucho no me agradó, pero no dije nada.
Tampoco iba a quedar así nomás; entonces, hablé con el Pocho, para
hacer un pic-nic, un domingo, junto al arroyo; iría él, con sus
hermanos y Dolly.
El problema era cómo salir de casa, un domingo por la tarde, después
de la siesta, pero, justamente ese día, mis padres se fueron de
paseo, temprano, al campo y se llevaron a mis hermanitos más chicos.
Después de almorzar, fuimos con mis hermanos a bañarnos al arroyo,
cerramos la casa y salimos todos juntos, pero los llevé hacia el
Puente Viejo, un lugar totalmente opuesto al tambo; estuve con ellos
unas horas, en ese tiempo las tardes, en verano, eran
interminables; luego, le dije a mi hermano René que se quedara a
cuidar a los más chicos, porque yo tenía que ir al tambo más
temprano, para ayudarle a Don Luisito a limpiar el gallinero.
Pero no me creyó, y me amenazo con contarle a mamá; entonces le
dije: le voy a contar que tienes una novia, Adelita; inmediatamente
me dejo ir tranquilo.
Iba caminando por la playa del arroyo, y veo un pescado tirado en el
piso y le pego una patada con la derecha, para tirarlo al río, pero
se quedó clavado en mi dedo gordo, y no podía sacarlo; la espina
tenía la forma de un serrucho; logré, por fin, quebrar la espina y
tirar el pescado al río, no me dolió en ese momento, ni tampoco
sangró, pero enseguida el dedo se hinchó tanto que parecía una
pelota; continué igual hacia el tambo; la espina siguió su curso, y
como al año, salió por el lado opuesto.
Cuando llegué a la casa de Dolly, me hizo pasar y me presentó a su
mamá; era la primera vez que entraba a su casa, ella nos había
preparado una canasta con un bizcochuelo, dos chinchibirras para
beber, los vasos y servilletas.
La mamá de Dolly nos dio sus recomendaciones; que no nos bañáramos
en el remanso del arroyo, porque era muy peligroso, ya se había
llevado a varios chicos de nuestra edad; entonces recordé a Pagura,
un compañero del colegio, que había muerto ahogado.
Con el Pocho llevábamos la canasta, y Dolly nos seguía, con dos
hermanitos del Pocho; ellos no tenían mamá, porque se había muerto
en el último parto.
Pasamos por el tambo, y tomamos el callejón que nos llevaba al
arroyo; cuando llegamos, buscamos un lugar debajo de unos arbustos,
rodeado por el pajonal, parecía una cueva con un verde pasto
cortito, un hermoso lugar para acampar.
Enseguida nos quitamos la ropa para ir al arroyo, Dolly se desvistió
delante de nosotros, pero ya tenia la malla puesta; nosotros nos
quedamos en calzoncillos, no se si fue por pudor o vergüenza, porque
siempre nos bañábamos al estilo adánico.
Entramos todos juntos al agua y jugamos hasta que tuvimos hambre y
salimos corriendo a comer el biscochuelo y a beber las
chinchibirras; Dolly nos daba una porción, a cada uno por igual.
Mientras estábamos comiendo, se acercaron dos muchachos, nos
saludaron y se fueron enseguida; uno era conocido, un tal Celso, no
tuve temor de que le contara a mamá, porque vivía al otro lado del
pueblo, hacia el norte.
Ya se acercaba la hora de ir a ordeñar; nos vestimos, y salimos por
el callejón hacia el tambo; enseguida nos encontramos con toda la
pandilla: Coqui, Rulo, el Colorado y el Toto; no faltaba nadie,
estaban juntando las vacas; primero me cargaron y luego empezaron a
preguntarme: ¿dónde habíamos estado?, y ¿por qué no los invité al
pic-nic?; al Colorado no le gustó nada, casi me trompea, pero el
Coqui lo paró.
Dolly, el Pocho y sus hermanitos se alejaron hacia su casa; yo a
pesar de los incidentes con mis compañeros, estaba muy contento,
porque les había demostrado que Dolly era mi novia.
La vida nos deparó distintos caminos; cada uno creció y formó su
hogar con el tiempo, pero el Colorado y Dolly se casaron.

*de Rodolfo Martín Gallo. sanfranciscolibros@...
26.08.06


Rodolfo Martín Gallo, nacido en Avellaneda, provincia de Santa Fe,
en 1942; estudie filosofía, en el Seminario Franciscano de San
Lorenzo y teología terminé en el Colegio Máximo de los Jesuitas en
San Miguel. Ensayos publicados: " La Crisis de la Educación en la
Posmodernidad" y "La Crisis de la Sociedad en la Posmodernidad".
Notas en periódicos locales, como:"La Hoja"; "Suplemento de San
Miguel" y "Aquí la Noticia".
Filosóficamente me interesa el análisis de la realidad cotidiana y
las cuestiones Latinoamericanas y La Teología de la Liberación.




Un requiem de dulce de leche.*

a Raúl Pedro, mi padre.

*Por Sergio Zabalza. szabalza@...


Que los cincuenta y un años representaran para Freud la edad más
peligrosa en el hombre (1), constituye un juicio no por
autoreferencial menos acertado. Sobre todo si, como en el caso de
este escriba, se acaba de perder al padre apenas la cifra se ha
escrito en el cuerpo. Pero si el cuerpo -como dice Ivonne Bordelois
(2)- es la primera palabra, bien puede aquel peligro trazar la
lengua del ausente: el Otro cuerpo.
En efecto, corrí los riesgos. Durante las tareas que el cuidado al
enfermo obliga, disfruté mucho tocar a mi padre, sentir los tonos de
su pecho, proteger las intimidades en que el tiempo había dibujado
sus arrugas. Y es que, por demostrar que el pudor es la única virtud
(3), nada mejor que la ternura para ganarle un instante al dolor,
una batalla al sufrimiento, una palabra a la rabia.
Por lo demás, cantábamos tangos: El Jorobeta, Chorra, Esta noche me
emborracho. También hablamos de su infancia en Rosario, a donde las
vicisitudes de un padre trashumante lo habían llevado. Hasta llegó a
preguntar entre sueños por un enigmático Pedro, nombre de mi abuelo.
Si -como dice Legendre (4)- somos hijos de hijos ¿dónde está el
padre? ¿dónde está ese cuerpo que alberga la primera palabra?
Por consejo de una enfermera yo dormía enrollado a los pies de su
cama. Cada tanto el viejo preguntaba: ¿Dónde estamos? ¿Qué lancha
tomamos?
Papá soñaba con el arroyo que acuna su casa en el Delta. Sabía que
su lancha era la última. Una mañana le pregunté si estaba
arrepentido de algo: y sí... como no habría de estarlo -respondió
con serenidad- yo también -concluí-.
(Ciertamente me complace saber que papá no estaba dispuesto a cantar
A mi manera)
Su enfermedad le provocaba penosos dolores que la morfina intentaba
mitigar. En tales circunstancias solía decir inesperadas frases: me
duelen los colores, fue una de las tantas.
Hablaba con un desenfado que lamenté no haber disfrutado mucho
antes. Era como si todo lo que estaba a su alcance constituyera una
novedad. Yo me comía sus palabras como quien desayuna con la miel de
una fresca ignorancia. Tal como Rémy Girard en Las Invasiones
Bárbaras -aquella película de Deny Arcand- el desfallecimiento padre
demostraba estar mucho más lúcido que el hijo. En uno de sus tantos
despertares me confesó: soñe con dulce de leche, ponía la cuchara y
no sacaba nada.
De nuevo: ¿Dónde está el padre, ese cuerpo que alberga la primera
palabra?
Creo que la respuesta está en el sueño. En efecto, si aquellas horas
de compartida felicidad fueron el dulce de leche, cierto es que
ahora toca probar la cuchara vacía. ¿Acaso no es el mismo padre un
vacío tanto como su Nombre la inscripción de -y nunca tan bienvenido
el oxímoron- una fecunda decepción?.


(1) Sigmund Freud. La interpretación de los sueños, Cap. VII,
Psicología de los procesos oníricos. El olvido de los sueños.
(2) Conferencia en la Biblioteca Nacional, jueves 13 de julio del
2006.
(3) Jacques Lacan, El Seminario: Libro 21, Los incautos no yerran
(Los nombres del padre), clase 9 del 12 de marzo de 1971.
(4) Pierre Legendre; El crimen del cabo Lortie, Tratado sobre el
padre. Madrid, Siglo XXI, 1994, pag. 37.

-Enviado para compartir por Alberto Di Matteo. licaldima@...



CORREO:


Trenes mentiras y fideos*

En 50 años de mentiras sobre los ferrocarriles, podríamos decir que
las evidencias son las únicas que cuentan. El precio de los fideos,
ya no es el mismo.
No hubo un solo administrador ferroviario preso, enjuiciado o
siquiera discutido por la Sociedad Argentina. Todos se sumaron al
ataque antiferroviario y en los ferrocarriles se hizo mérito
constante como para darle crédito a los embates. El problema siempre
fueron, simplemente, los ferrocarriles.
Si la cocina de casa no funciona, entonces la mandamos arreglar o la
tiramos y compramos una nueva pero, con los ferrocarriles, los
tiramos y listo. Así de simple.
Cada empleado ferroviario, por ende, fue considerado ñoqui o
delincuente, pero jamás un administrador siquiera fue juzgado en los
medios.
Ejecutaron en vida al Ingeniero Pedro Saccaggio y hasta tiraron
balas de tinta contra el Ingeniero Livio D Porta, diciendo que uno
era mozo y el otro "dueño de un tallercito". El Mundo los reconocía,
pero nosotros nos sumamos a su ejecución mediática.

Obviamente, nunca se discutió el impacto sobre el precio de los
fideos.
Siempre pareció que los trenes eran una cosa de ferroviarios y de
pobres o fanáticos que viajaban en ellos.
En tres pasos (1961, 1977 y 1993), se cerraron miles de Centros
Logísticos -Estaciones-, que atendían al transporte de insumos y
producciones a tantos otros miles de pueblos, ciudades, barrios y
parajes. Hoy, en la Línea Sur de Río Negro, el precio de los fideos
soporta el precio de las cubiertas que desaparecen en el ripio, el
flete del intermediario y la aleatoriedad de la llegada.
Como en tantos otros espacios argentinos, los fideos son mas caros y
las personas terminan viviendo en las villasmiseria Cordobesas,
Tucumanas, Rosarinas o Porteñas.
"Era solo para transportar agua" rezaba un titular en 1977 sobre el
cierre de la línea a JJ Castelli.
Tres profesionales mediáticos de la Historia y la Política
argentina, de diferente pensamiento cada uno, me espetaron que el
cierre de los Ferrocarriles era para contrarestar la centralidad
porteña. Infantiles o hipócritas, no lo se. Cuando un General
hostiga un territorio que quiere dominar o tomar, lo primero que
bombardea son los suministros y los espacios logísticos.

Nosotros desactivamos, cerramos y convertimos en baldíos,
usurpaciones, o canchas de fútbol y tenis miles de espacios
logísticos. Lo hicimos con Decretos Nacionales (Frondizi, Videla,
Menem).

¿Alguien puede darse cuenta que tiene su paralelo con las renuncias
al manejo de la Energía Nuclear? Jamás tuvieron la culpa los
camiones ni los colectivos, apenas fueron beneficiarios
colaterales. "Maniobras de los automotores" "arreglos de los
ferroviarios" "el tren corta la ciudad". Frases y frases muy hechas
y muy conocidas, pero el fondo del asunto jamás se debatió, ni mucho
menos fueron enjuiciados por atentados a los Derechos Humanos los
administradores y sus jefes.

¿O es que provocar el aumento del precio de los fideos y la
emigración de los pueblos no es un delito de Lesa Humanidad?

*Jorge de Mendonça. ubiktcom@...
- Agosto 14 de 2006 - DNI 14.381.615 - Ingeniero White - Buenos
Aires

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El próximo domingo 3 de Septiembre del 2006 presentaremos en la
Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas
(hora de Austria!), música y poemas de la compositora, guitarrista y
poetisa boliviana Matilde Casazola. La música de fondo será de Darío
Robayo (Colombia); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música
Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz
audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede
escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream)
!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con
Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música
Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las
11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067



*

2º CONCURSO DE FOTOGRAFÍA ECOLÓGICA XICóATL "ESTRELLA ERRANTE"

BASES DEL CONCURSO:

- TEMAS: las temáticas del concurso son tres:
a) Fotografía artística sobre un tema ecológico,
b) Problemas ecológicos,
c) Soluciones a problemas ecológicos.

- FOTOS: para cada tema se pueden enviar un máximo de 5 fotografías
digitales, en color y/o blanco y negro, peso máximo de cada foto 500
KB, en formato jpg, bmp o gif.

- ANEXOS: La(s) foto(s) deberá(n) acompañarse de dos ficheros Word:
1) Un fichero titulado "pseudónimo+descripción" que contenga un
texto resumido que describa el mensaje de la(s) foto(s), el problema
o la solución planteado (máx. 1 página, tamaño DIN A4), y el
pseudónimo del concursante.
2) Un fichero titulado "pseudónimo+datos" que contenga los datos del
concursante: nombre y apellido, pseudónimo utilizado, correo postal
y electrónico, tel. y/o fax y un breve curriculum (ev. foto).

- FECHA LIMITE PARA EL ENVÍO DE LOS TRABAJOS: 15 de Octubre del 2006.

- Los resultados se anunciarán en el No 79 del Magazin Cultural
Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (Abril/Junio/2007,
edición digital [www.euroyage.com] e impresa).

PREMIOS:

- Se otorgarán en total 7 premios: CUATRO PREMIOS de 200 Euros para
problemas y/o soluciones, y TRES PREMIOS de 200 Euros para
fotografía artística, además de la publicación en el Magazin
Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante".
- Menciones de Honor y publicación de los trabajos destacados.

Envíos a: euroyage@...








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