Licantropía en el monte
Luciano Doti
Más de una vez, al terminar de jugar un partido de fútbol, habíamos
sentido una presencia extraña en ese predio conocido como Monte
Dorrego. Eso sucedía generalmente en invierno, cuando el crepúsculo
llegaba temprano y la oscuridad se apoderaba pronto de todo. Los
árboles daban en esas circunstancias un toque más tenebroso al
paisaje, obligándonos a abandonar el lugar a paso acelerado. De
posibles actividades paranormales en el Instituto Sarmiento se sabía
poco a ciencia cierta, pero circulaban rumores que abundaban en
detalles truculentos. Con todo, algunos elucubraban que esa
edificación emanaba un poderoso halo de maldad que impregnaba la
atmósfera circundante, incluidos los altos árboles que el viento
mecía incansablemente.
En algunas ocasiones, se habían hallado sobre la grava cuerpos de
jóvenes muertos. No muchos, pero sí los suficientes como para que la
leyenda urbana tomara forma; sobre todo teniendo en cuenta las
laceraciones cutáneas y la carne desgarrada en jirones. La versión
oficial hablaba de perros feroces vagando solos durante la noche,
dogos argentinos o alguna raza inglesa. La de los vecinos, de robo de
órganos para transplante; era la década del 80, y los rumores acerca
de una van recorriendo las calles a la caza de niños y adolescentes
eran moneda corriente; más de uno aseguraba haber sido perseguido,
logrando escapar milagrosamente. También se hizo presente el mito, y
se introdujo un nuevo elemento a las narraciones orales de los
acontecimientos: los asesinatos habían sido cometidos con luna llena.
Entonces, los perros fueron reemplazados por lobos, los cuales serían
un grupo de niños del instituto, que se habrían convertido en
lobisones tras ser mordidos por uno de ellos, séptimo hijo varón.
Así, con la opinión pública dividida en dos, los que abonaban a la
teoría del robo de órganos, y los que creían el mito del lobisón,
toda Lomas del Mirador estaba atenta y dispuesta a evitar un nuevo
hecho sangriento.
Un sábado de luna llena fue la fecha elegida para que un grupo de
niños del instituto tomara la comunión en la capilla situada dentro
del predio. Como hacía calor, la ceremonia se realizó al atardecer.
La luna, redonda y brillante, pendía baja, casi al alcance de las
manos; de alguna manera, era como una luz que, cual péndulo de
psiquiatra, desplegaba un poder hipnótico que invitaba a fijar la
vista en ella. A los niños se los notaba raros, pero se atribuyó esa
percepción al nerviosismo natural en personas que recién comienzan a
vivir y se disponen a dar un paso que, a esa edad, parece tan
trascendental, como es comulgar con Dios. Sin embargo, al ingerir el
cuerpo de Cristo se pusieron pálidos, y tuvieron que salir afuera
para tomar aire fresco. Allí, bajo la luz de la luna, empezaron a
padecer convulsiones, y a hinchárseles las venas y tendones, al mismo
tiempo que su cuerpo se cubría de bellos; era un ataque de
licantropía, a la vista de todos. La gente huyó despavorida, excepto
un grupo de hombres que, sin darles espacio para atacar, los tomó en
sus brazos y los empujó dentro de la capilla, donde el sacerdote los
roció con agua bendita. Los niños quedaron tirados en el piso, con la
respiración agitada y el pulso acelerado; un sudor frió les cubría la
frente, pero su cuerpo hervía de fiebre. El cura, sosteniendo un
crucifijo frente a ellos, procedió a pronunciar un antiguo conjuro en
latín: "¡Vade retro, diábolos!".
Después de eso no volvieron a repetirse los hallazgos de cuerpos sin
vida, y la capilla se cerró, hasta el día de hoy que no se usa para
nada.
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