¿Qué es la agroecología?
Es una ciencia que plantea un nuevo paradigma científico para el desarrollo
de la agricultura. En realidad, rescata lo que es verdaderamente la ciencia,
porque la que promueve la agricultura industrial, agroquímica,
biotecnológica, es una ciencia cooptada que sirve a los intereses de las
transnacionales. La agroecología no sólo se basa en los elementos de la
ciencia moderna, sino también en lo que llamamos la etnociencia, o sea, el
conocimiento de los propios agricultores. Al inicio de su desarrollo la
agroecología ha puesto mucho interés en el trabajo con los campesinos de
América Latina porque rescata mucho el conocimiento ancestral de los Andes,
de Meso América. Por lo tanto, es una combinación de saberes que resulta en
una serie de principios que se transforman en formas tecnológicas que
finalmente nacen de lo que nosotros llamamos la investigación participativa.
Los agricultores forman parte del proceso de investigación en un pie de
igualdad con los universitarios o técnicos
especializados. La agroecología implica, entonces, un verdadero cambio del
paradigma científico, pero también de la práctica, de la tecnología concreta
de trabajo, de la relación con la tierra y con el producto de ella.
¿Cuáles son las diferencias esenciales de esa nueva ciencia con la
actualmente hegemónica?
Todos los agricultores milenarios tienen una cosmovisión y han desarrollado
un sistema de clasificación y apropiación de la naturaleza. La etnociencia
consiste en ése saber generado por los agricultores, no necesariamente
milenarios, sino que también proviene de aquellos que han trabajado varias
generaciones en el campo. No es necesario entrar en detalles acerca de cómo
cada grupo étnico trata a la naturaleza porque habría que lidiar con
multitud de cosmovisiones diferentes y de conceptos de etnobotánica.
Nosotros tratamos de rescatar los principios según los cuales esas
comunidades se han relacionado con la naturaleza. Y vemos que esos
principios son en realidad universales.
¿Son técnicas concretas?
No, son principios que generan técnicas.
Por ejemplo...
La diversidad, siempre la diversidad. Jamás el monocultivo. Pero en los
Andes será la mixtura de las papas nativas, y en el trópico medio bajo será
agroforestación, y en Mesoamérica serán policultivos de maíz con frijol. El
principio siempre es el mismo: la diversidad ecológica. Otro principio
esencial es la rotación de los cultivos, o dicho de otra forma el reciclaje
de los nutrientes con integración de animales. Estos principios toman formas
tecnológicas diferentes, pero su esencia es siempre estable. Nosotros
rescatamos ese conocimiento como los grandes principios de la agroecología
que explican cómo funcionan los sistemas agrícolas, al igual que los
sistemas naturales. Si se toma una tundra por un lado, y un sistema tropical
húmedo por otro, se verá que los principios de cómo funciona cada uno son
exactamente los mismos, lo que pasa es que cada uno toma su propia dinámica:
la tundra es mucho menos diversificada que el trópico, pero hay sucesión,
hay competencia, hay flujos de
energía.
En la agroecología no trabajamos con recetas ni con paquetes tecnológicos
sino con estos principios.
¿Por qué es importante la diversidad?
Es esencial. No se trata de diversificar los cultivos porque sí, de
cualquier manera, como sembrar lechuga con tomate, por ejemplo. Tratamos de
crear combinaciones de cultivos y animales que creen una sinergia, que se
potencien en un sistema autorregulado. Pero esas combinaciones tampoco
pueden ser caprichos teóricos, sino que deben estar basadas en el
conocimiento profundo de las interacciones ecológicas de cada lugar. Por
ejemplo, si creamos un sistema que resulta benéfico para desarrollo de
ciertos insectos que matan plagas, entonces ya no es necesario el pesticida
externo, pero tampoco se precisan "insecticidas botánicos" y ese tipo de
cosas que usan muchos agricultores orgánicos.
Otro principio es el del reciclaje de los nutrientes. Las formas en las que
se incorpora a la tierra la biomasa vegetal y animal, cómo se debe utilizar
de manera eficiente para que el sistema autorregule su materia orgánica, la
fertilidad del suelo. Hay muchas formas de hacerlo.
¿Cuál es la diferencia entre la agricultura orgánica y la agroecología?
Bueno, en Estados Unidos, al menos, gran parte de la agricultura orgánica
que se practica actualmente se basa en la sustitución de unos insumos por
otros, siguiendo el mismo patrón que la agricultura convencional. Conozco
muchos agricultores orgánicos en California que son muy dependientes de las
empresas que fabrican los insumos. Son otras industrias, más biológicas,
pero a la vez es el mismo modelo capitalista dependiente. Nosotros creamos
un sistema en el cual no hay dependencia.
¿Esa forma de vincularse con la naturaleza está más presente en algunos
países de América Latina más que en otros?
Históricamente esos vínculos están muy enraizados en culturas tradicionales
nuestras, en agriculturas milenarias. Ellos no le llaman agroecología, pero
es lo que practican en los Andes, en Meso América. Cuando nace como ciencia,
a fin de los años setenta, la agroecología toma mucho auge en las
organizaciones no gubernamentales (ONG), en países como Chile, Perú,
Bolivia. En esa época las ONG trabajaban en un contexto de dictaduras en
todo el Cono Sur. En esos momentos habían enfocado la necesidad de los
agricultores pobres de implementar tecnologías que les permitieran
sobrevivir. Así se empezaron a implementar redes entre los grupos, sobre
todo andinos. Pero después ese movimiento llegó influenciar a la academia, y
también a institutos de investigación. El país donde más se ha desarrollado
la agroecología es Cuba, que desde la crisis que empezó a vivir a fin de los
ochenta se creó un grupo que se llama Asociación Cubana de Agricultura
Orgánica, que implementó un proceso de desarrollo
de agricultura orgánica basado en la agroecología. El segundo país es
Brasil. Allí la agroecología ya es un movimiento social, sobre todo en el
sur, Rio Grande do Sul, Santa Catarina y otros estados, están empezando a
utilizar la agroecología como una herramienta de desarrollo de la
agricultura familiar, pero lo más importante es que ha penetrado en las
instituciones estaduales, como el Emater en Rio Grande do Sul.
Estamos trabajando en Brasil y para continuar con el programa de
entrenamiento de 400 investigadores y extensionistas de EPAGRI, la
institución del estado catarinenese responsable de la investigación y la
extensión agrícolas. El gobernador de ese estado ha dicho que en dos años
deberán desaparecer todos los agrotóxicos de Santa Catarina, y segundo que
tiene que haber una moratoria de cinco años para la biotecnología hasta que
se demuestre que su aplicación en agricultura no causa impactos ambientales
desfavorables. De hecho, cuando la agroecología se asume como una política,
causa enormes cambios dentro de las estructuras.
Algunas personas critican la opción cubana por la agricultura orgánica
porque consideran que el gobierno hizo un cambio meramente instrumental sin
una revisión profunda del modelo convencional.
Es así a nivel de la cúpula dirigente del Ministerio de Agricultura y
Ganadería. Para la mayoría de ellos fue un cambio meramente oportunista.
Pero a nivel de base, los grupos que promovieron la agroecología, crearon un
proceso de capacitación con los principios de la agroecología, proceso en el
cual participamos activamente. De hecho, se logró crear una masa crítica no
sólo de profesionales sino también de agricultores practicando la
agroecología. Y eso es independiente de las políticas del gobierno. Se trata
de un verdadero movimiento de masas. El grupo gestor de este proceso, la
ACAO, fue suprimido, lo terminaron.
¿Cómo lo terminaron?
Lo colocaron bajo la supervisión y dependencia del gobierno y con un control
muy fuerte. Pero yo he regresado a Cuba varias veces, y el movimiento ya es
imparable. Comparto, entonces, esa crítica, pero este grupo fue muy
inteligente, y utilizó como siete años para hacer una educación masiva de lo
que es la agroecología. Se hicieron seminarios, cursos a distancia,
bibliotecas móviles, se crearon "faros agroecologicos" que eran
establecimientos modelo de producción adonde acudían de visita cientos de
agricultores cada mes. Yo creo que en Cuba ese movimiento de base es
imparable.
¿Se puede decir que los países del Cono Sur son los más refractarios a este
tipo de planteos?
Chile, Argentina y Uruguay, sí. Son países que están completamente
entregados al modelo agroexportador. El campesinado ha perdido mucha fuerza,
las ONG fueron corrompidas o absorbidas por el sistema. El aparato público
fue desmantelado así como la crítica académica, y es el sector privado el
que dirige las políticas. En Brasil sucede lo contrario, allí el aparato
público está vivo. Podrá tener sus problemas, pero también admite mucha
crítica interna. En los países del Cono Sur prácticamente se ha suprimido el
diálogo. Estuve en Argentina recientemente, todas las personas me dijeron
que no existe allí un diálogo, ni siquiera un debate sobre los vegetales
transgenicos. Se organizan foros, coloquios, pero las empresas y los
funcionarios públicos los ignoran, lo que es una clara muestra de
pensamiento poco democrático.
¿En qué países la agroecología ha llegado a la academia?
En varios países europeos como España, Italia y otros. En la universidad
española de Córdoba ya se desarrolló un doctorado en agroecología, y existe
una maestría para latinoamericanos que cuenta con el apoyo del gobierno de
Andalucía. De allí salen unos 35 latinoamericanos cada año formados en esta
nueva ciencia, tanto a nivel de doctorado como de maestría. En Italia hay
algunos polos importantes de irradiación de estos principios, incluso en
Estados Unidos también los hay. No son aún masivamente reconocidos, pero sí
son respetados y tienen mucha actividad, publicaciones de investigaciones
que demuestran la viabilidad científica de la propuesta. En ese sentido,
existe una preocupación de no quedarse sólo en la crítica, sino de mostrar
alternativas concretas y con las mismas herramientas científicas, de manera
de que no haya duda de que la agroecología está respaldada por un
conocimiento desarrollado. Lentamente se comienza a lograr generar impactos
en las políticas públicas. Por
ejemplo en Berkeley, la ciudad donde vivimos, los movimientos de
consumidores, de cultivadores orgánicos, de ambientalista y otros lograron
que la ciudad decidiera que todas las meriendas que se ofrecen deben ser
elaboradas exclusivamente con productos orgánicos. Estamos hablando de 42
mil bocas que diariamente se alimentan así. Eso ha abierto un importante
mercado para los agricultores orgánicos periurbanos y aún más lejanos que
está creando una revolución. También hay prefecturas del PT en Brasil que
adoptan políticas parecidas y logran cambios radicales. Esa es una
característica esencial de nuestra propuesta, la de provocar modificaciones
a nivel local, regional, pero no meterse con el rollo globalizante porque en
ese nivel no hay manera de competir con el poder.
Muchos dicen que la agricultura sin químicos tiene baja productividad y que
con ese sistema de cultivo no se genera suficiente alimento para todo el
mundo.
El problema del hambre en el mundo no tiene nada que ver con la producción
de los alimentos. Es un asunto de distribución. Hay 2 mil millones de
personas viviendo con menos de dos dólares al día. Existe una mala
distribución de la tierra y de su uso. En países africanos netamente
exportadores de alimentos la gente muere de hambre. El 70% del grano que se
produce en Argentina, en el Cono Sur, es para alimentar ganado. Toda la soja
y la mandioca que se cultiva acá tiene ese fin. Los sistemas agroecologicos
son en realidad más productivos que el sistema convencional (con químicos),
no sólo en cuestión de rendimiento, también porque proporciona una serie de
servicios ambientales. Es multifuncional. Algunos estudios que hemos hecho
en California sobre manzanos, por ejemplo, permitieron comprobar que en
ambos sistemas son igualmente productivos en el mediano y largo plazo. Pero
tienen una enorme diferencia en el impacto ambiental: el del agroecológico
es 30 veces menor que el convencional,
siendo que sólo medimos residuos de pesticidas y concentración de nitrato
en suelo, sin tener en cuenta biodiversidad y otros parámetros asociados.
Ese escaso impacto ambiental no está siendo compensado por la sociedad. Creo
que este tipo de enfoque puede empezar a influenciar a los políticos para
que entiendan que se debe premiar a esa gente y castigar a los otros. Ya
casi nadie hace comparaciones de productividad porque está más que
demostrado que la agricultura orgánica, paradojalmente sin el apoyo
científico de los aparatos público y académico, es igualmente productiva que
la convencional. Y eso con escasos medios de investigación, mientras que los
convencionales tienen 50 o 60 años ininterrumpidos de apoyo científico
estatal, y apenas llegan a tener la misma productividad, pero con un
tremendo impacto ambiental que la sociedad está pagando caro.
Otra crítica que se hace es que los vegetales orgánicos son más caros, y que
por lo tanto no son productos para el pueblo.
Desgraciadamente mucho de la agricultura orgánica está controlada por
intereses que no tienen nada que ver con el pensamiento de un modelo
alternativo. Están en eso porque se abrieron brechas en el modelo neoliberal
que premian ese tipo de agricultura. Lo hacen estrictamente como un negocio,
como harían cualquier otro negocio. Pero existe tanto en Europa como en
Estados Unidos un amplio movimiento de crítica a esta postura que están
planteando que los aspectos sociales fueron ignorados por la agricultura
orgánica, y que es necesario cambiar eso. De hecho, ya se están
implementando las redes de distribución directa de los agricultores a los
consumidores mediante, por ejemplo, ferias orgánicas y las canastas
semanales.
Pero atención: hay mucha agricultura orgánica que no es agroecológica porque
sigue siendo de monocultivo y de sustitución de insumos, y además
abasteciendo mercados elitistas. En las primera discusiones que se
promovieron en California para reglamentar la certificación, varios grupos
planteamos que se debía limitar la escala a no más de 50 hectáreas, porque
hay empresarios que tienen 2 o 3 mil hectáreas que desplazan a los pequeños
y medianos, y también defendimos la posición de que se debía incluir una
definición de condiciones laborales aceptables para los trabajadores rurales
asalariados, pero todos esos reclamos quedaron fuera. En la actualidad, en
Estados Unidos la agricultura orgánica es mayormente una etiqueta que dice
que no se usaron tóxicos para cultivar esos productos, pero no es un planteo
sustentable porque ignora completamente los aspectos sociales, La
agroecología, en cambio, se juega con base científica por un modelo de
desarrollo alternativo de atiende la equidad
social, la seguridad alimentaria, la superación de la pobreza. Es una
propuesta política con base científica y, claro, de izquierda.
¿Entonces por qué la izquierda tradicional en América Latina se ha jugado
históricamente por la opción productivista?
Porque la agronomía capitalista y la soviética fueron alimentadas
teóricamente por el mismo paradigma científico. La revolución verde
convenció igualmente a los estadounidenses, a los mexicanos, a los
soviéticos y a los uruguayos. Según ese esquema siempre habrá un factor
limitante en la agricultura, y cualquiera sea ese factor se deberá usar
químicos para superarlo, sin advertir que esa limitante era un síntoma de
una enfermedad más sistémica de la agricultura. La agroecología desecha los
síntomas y ataca las causas fundamentales que son los desequilibrios
biológicos en la tierra. Hay que crear las condiciones para restaurar ese
equilibrio.
¿Pudo haber existido en la izquierda un cierto menosprecio del saber
popular, del conocimiento campesino?
Lo dice la historia. Cuando la Fundación Rockefeller comenzó a pensar en la
revolución verde envió una comisión de científicos a México y cometieron el
error de invitar a Carl Sauer, que era geógrafo. Escribió él un informe en
solitario, en el que decía que si un grupo de agrónomos estadounidenses
agresivos iría a México para llevar el maíz de Iowa y de Ohio, sucedería un
catástrofe que describió con bastante detalle. Esa catástrofe es exactamente
lo que está sucediendo desde hace varias décadas en el mundo. Sauer fue
sustituido en la comisión por otro que no hacía críticas. La revolución
verde no sólo significó el cambio de una variedad por otra, sino la
supresión de todo un conocimiento acumulado durante milenios. Lo mismo está
pasando ahora con la biotecnología: las instituciones públicas son cooptadas
por las transnacionales. La universidad de Berkeley donde yo trabajo recibe
50 millones de dólares anuales de la Novartis. Eso crea un sesgo
institucional del cual emerge una visión
y se suprimen las otras. A nosotros nos intentan suprimir a menudo. Y eso
es muy peligroso para la sociedad, porque las opciones, la diversidad de
enfoques empieza a desaparecer. Ni siquiera los agricultores soyeros
convencionales que usan químicos ya no tienen muchas opciones: o Roundup o
nada. O entran en el juego o quedan fuera. En Estados Unidos, como en
Argentina, disminuye la cantidad de agricultores dedicados a la soya, pero
aumenta la cantidad de hectáreas. Porque esa tecnología alienta la
concentración de la tierra. En Estados Unidos el sistema de subsidio, creado
por el lobby de los grandes empresarios agrícolas, otorga 40 dólares por
acre a quienes tienen menos de 400 acres, pero le da 400 dólares por acre a
quienes tienen más 400 acres. Es una agricultura sin agricultores.
La biotecnología es la fructificación del modelo de la revolución verde y es
impulsada por los mismos actores. Yo no distingo entre agroquímicas y
transgenicos. Nuestra idea es condenar igualmente a ambas agriculturas
porque están podridas.
¿La imposición de la revolución verde en América Latina puede tener alguna
relación con la generalización de las dictaduras en ese período?
No sé si ambas cosas tienen un vínculo directo, pero no pienso que las
estrategias de desarrollo rural que impulsa el gobierno de Estados Unidos
sean diferentes a su política externa. Todo surge de la misma concepción. La
dominación tiene muchos campos, y una manera de dominar ha sido educar al
mundo científico latinoamericano con una mentalidad al servicio de ese
modelo. Cuando llegué a California me di cuenta de que en Chile me habían
enseñado agronomía californiana. Todos mis profesores habían hecho uso de un
convenio por el cual completaron su formación en California. Nunca me
enseñaron agricultura campesina. En mi opinión, tanto la revolución verde
como la biotecnología actúan de manera fascista, porque suprimen la
disidencia. A mí no me han podido echar de la universidad porque va contra
los principios del centro de estudios, y además porque soy profesor titular
del máximo nivel, pero las ganas no han faltado. El costo de hablar esto
públicamente es muy alto, enseguida empiezan
a tildarte de pseudo científico, antiprogreso, y segundo te cortan todos
los fondos. Por eso es que allá ahora hay mucha gente que ya no habla. La
represión es muy grande.
¿Puede haber un cambio de modelo agrícola si no se produce un cambio social
general?
Sí, de hecho esos cambios se están dando ahora mismo. Recientemente
participé en una actividad en la cual evaluamos 208 proyectos provenientes
África, América Latina y Asia, y estimamos que hay 9 millones de campesinos
que han adoptado el modelo agroecológico, cubriendo aproximadamente 30
millones de hectáreas, con una producción de 1,7 toneladas de grano por
hectárea en zonas marginales. Estos pequeños ejemplos son los que
denominamos "faros agroecologicos", porque influencian a su entorno y crean
redes entre agricultores por donde pasa el conocimiento. No sé si la suma de
los cambios locales provocará un cambio global, pero pienso que es posible.
Cómo se dará eso en el futuro, lo ignoro, pero hay mucha gente buscando
nuevos caminos.
Adriana <argea05@...>
enviado a Cuidemos_la_Tierra@...
del grupo http://ar.groups.yahoo.com/group/tierralerta/