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¡Es la economía, ecologistas!   Lista de mensajes  
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Una nota bien controvertida como para activar la discusión y eso que es de 2006
ahora el petroleo llego a valores inpensados en esa época.
aqui va

¡Es la economía, ecologistas!


El continuado incremento del precio del petróleo —más impulsado por la multiplicación de la demanda que por ocasionales crisis de la oferta— abre un periodo histórico de carestía energética que estimulará el ahorro y las fuentes alternativas, invitando a reflexiones nuevas en el terreno de la arquitectura y el urbanismo sostenibles.
Luis Fernández-Galiano

No hay ecología sin economía. Más allá del parentesco etimológico, que sitúa ambas ciencias en una casa común, y que remite su logos y su nomos al compartido oikos de nuestra residencia en la tierra, la ciencia verde es inconcebible sin la ciencia triste. Contempladas desde la óptica ‘fieramente humana' de la arquitectura, la naturaleza habitada y el artificio del mercado se entretejen como la urdimbre y la trama. Sin embargo, es frecuente abordar los temas ambientales pasando de puntillas por el áspero territorio del cálculo monetario, voluntariamente ignorando o menospreciando que la mayor parte de las decisiones que configuran el mundo se toman en ese marco. Por esta razón al menos, los que desean una arquitectura y un urbanismo sostenibles deberían tener siempre presente el recordatorio imperativo que el politólogo James Carville fijó en la agenda de campaña de Bill Clinton durante las elecciones de 1992, y que desde entonces se ha convertido en un latiguillo del debate americano. “¡Es la economía, estúpido!” Desdeñarla sólo conduce a la inoperancia y a la frustración.

Los arquitectos no hablan hoy de sostenibilidad porque se hayan convertido solidariamente al credo verde; lo hacen porque el petróleo está caro. Esta subordinación de las ideas a los hechos no es un caso censurable de oportunismo, sino un mecanismo legítimo de adaptación a un mundo cambiante, necesario para procurar la supervivencia evolutiva de los grupos sociales y de sus miembros. [La constatación marxiana de que la conciencia sigue a la experiencia, más bien que al contrario, es desde luego una crítica del idealismo filosófico, una expresión de la naturaleza interesada del conocimiento, y una denuncia del carácter fantasmagórico e intoxicante de la ideología, pero a la vez una descripción puntual del aprendizaje adaptativo.] El actual fervor por la arquitectura ecológica reproduce fielmente el de los años setenta, aunque con algunas variaciones significativas. Como entonces, está impulsado por los shocks petrolíferos, que en 1973 y 1979 sacudieron las bases energéticas de la economía; pero a diferencia de lo ocurrido en aquella década, la conciencia verde contemporánea se produce —por ahora— en un contexto de crecimiento económico y boom inmobiliario, donde la guerra fría ha sido reemplazada por el conflicto con un mundo musulmán pródigo en reservas de petróleo y gas, y en un planeta que ve emerger gigantes como China o India con demandas colosales de combustibles fósiles, mientras la creciente carestía energética no impide el incremento de las emisiones gaseosas que provocan el calentamiento global.

En este marco geopolítico puede desde luego razonarse que los edificios y las ciudades son responsables de la mayor parte del consumo de energía, ya que si agregamos el gasto de la climatización, la iluminación y el transporte al coste energético de la construcción —sea de edificios o de infraestructuras urbanas o territoriales—, cualquier metodología de cálculo arrojará un resultado holgadamente superior al 50 por ciento. Sin embargo, suponer por ello que arquitectos y urbanistas son protagonistas inevitables de los dilemas energéticos que abre la actual crisis (en su doble dimensión de carestía e impacto climático) es un espejismo sin sentido. Las grandes decisiones que van a configurar nuestro futuro se tomarán en el ámbito macroeconómico, con el telón de fondo de las pugnas pacíficas o bélicas de los estados por la energía, las materias primas y el agua, y en ausencia —a corto o medio plazo— de una gobernanza global que pueda dirimir conflictos o velar por la estabilidad del sistema. [En este panorama de inestabilidad parcialmente autorregulada es fácil pronosticar mudanzas en los flujos demográficos y las formas de ocupación material del territorio provocadas por las mutaciones políticas y económicas, pero sería insensato especular con su magnitud y aun con su sentido, insertándose como lo hacen en un paisaje de incertidumbre técnica y climática.]

Si se comparan con la ingenuidad resistente y alternativa de las casas solares de los años setenta, con su mitificación post- hippy de la artesanía, su defensa preindustrial de la utopía autónoma, y su fascinación ludita por todo lo primitivo, la cosecha contemporánea de sostenibilidad edificada tiene el sabor inequívoco de la prosperidad alambicada, la burocracia normativa y el simulacro simbólico: Robinson Crusoe ha sido sustituido por el tecnócrata. La construcción sostenible es hoy un sector en auge, que tiene sus propias ferias y congresos, sus propias revistas y sus propios premios, un sector alimentado por las exigentes normativas y generosas subvenciones de la administración, y un sector que procura compensar sus minusvalías estéticas con rankings, homologaciones y etiquetados verdes cuya aura ética pueda otorgar legitimidad social y visibilidad pública a sus autores y a sus obras. Reforzado por la presencia de oficinas corporativas cuyas credenciales verdes son una simple prolongación de su sofisticación tecnológica, y por estudios que inscriben su trabajo en una perspectiva más social, este campo es hoy un heteróclito lugar de encuentro entre las burocracias profesionales y las exploraciones emergentes, pero todavía no un territorio disciplinar jalonado por certidumbres o convenciones.

Con eso y todo, resulta paradójico que la obra más citada como representativa de esta nueva actitud sea un rascacielos de oficinas neoyorquino, el edificio Condé Nast en 4 Times Square, un proyecto de Fox & Fowle que sirvió como prototipo para el desarrollo del código LEED (Leadership in Energy and Environmental Design), los estándares creados en 2000 por el United States Green Building Council; al margen de su deplorable resultado estético, el mero hecho de usar la alta tecnología del rascacielos como emblema de la arquitectura verde —por ejemplo, en la portada del suplemento de The Economist dedicado al tema en diciembre de 2004—, indica hasta qué punto las preocupaciones ecológicas se han infiltrado en la práctica habitual de la profesión, pero también en qué medida los recursos empleados para darles respuesta se ciñen a la utillería tecnológica y a la optimización de las instalaciones. Y es también un síntoma revelador de la colosal fuerza del marco económico en que se producen los edificios el que la sede de The New York Times en el mismo emplazamiento, con Renzo Piano de arquitecto y un compromiso explícito con la responsabilidad ambiental, debiera renunciar a la certificación LEED cuando tuvo que enfrentarse a los costes financieros de la construcción en Manhattan.

La economía, junto a la política, impone su ley de hierro a las decisiones técnicas y sociales, orientando con sus tendencias y pautando con sus ciclos la vida individual y colectiva. Los que acabamos la carrera en el verano de 1973 ingresamos en el ámbito profesional de forma simultánea a la guerra árabe-israelí de aquel otoño, que desencadenó la primera crisis del petróleo, y nuestras iniciales escaramuzas críticas y arquitectónicas estuvieron inevitablemente condicionadas por el clima de preocupación energética y el marasmo económico provocado por el encarecimiento de los combustibles; un entorno material e ideológico que se reforzaría en 1979 con la revolución iraní y la segunda crisis del petróleo, pero que se iría debilitando en años sucesivos para desvanecerse por entero en la segunda mitad de los años ochenta, con la caída en vertical del precio del barril y la aceleración del crecimiento económico. Esta situación se ha mantenido desde entonces, sin más sobresaltos que el producido en 1990 por la efímera invasión de Kuwait por Irak, alcanzando el petróleo en 1999 precios inferiores a los de 1974; en los últimos siete años, sin embargo, el barril ha multiplicado por siete su precio, impulsado por diferentes crisis en los países productores, y sobre todo por el colosal aumento de la demanda en las economías emergentes capitaneadas por China.

En este contexto de carestía energética —al que se ha sumado la constatación por los científicos del calentamiento del planeta— se abre paso una nueva conciencia ecológica, que retoma los asuntos y autores sepultados por las décadas de prosperidad, y que para los que hemos vivido la anterior etapa tiene el aroma narcótico del déjà vu y el sabor agridulce de las causas perdidas. Con más optimismo de la voluntad que pesimismo de la razón, la agenda verde se presenta como una renovada ética civil, pero a menudo deviene poco más que un instrumento de la corrección política en las relaciones públicas de los gobiernos, las instituciones o las empresas. Ignorante del sustrato político y económico de las decisiones ambientales o quizá dócilmente resignado a la impotencia frente a las fuerzas titánicas que modelan nuestro mundo, el etiquetado verde termina siendo un apéndice o una coartada que otorga la pátina de las buenas intenciones a la arquitectura y al urbanismo, dos actividades difícilmente separables de la violencia que ejercen sobre la naturaleza.

La construcción consume siempre recursos no renovables e incrementa la entropía del mundo. El arquitecto tiene un pacto fáustico con el despilfarro y el exceso, de manera que sólo sucumbe al síndrome verde cuando la economía entra en recesión, y entonces se transforma en un apóstol del crecimiento cero, la austeridad y la rehabilitación, para regresar al mesianismo demiúrgico y a los sueños titánicos apenas se recuperan el consumo y la inversión. En esta etapa de tránsito, con combustibles caros y economía en auge, la arquitectura sostenible es un cóctel de tecnología trivial que mezcla sensores térmicos, bombas de calor y placas solares con las recetas de toda la vida sobre iluminación y ventilación naturales, orientación y protección solar o aislamiento e inercia térmica. Pero si la cosa va a más, toda esta fantasía amable dejará paso al auténtico dilema: ¿construir o no construir? Porque al cabo la única arquitectura ecológica es la que no se construye, y el único arquitecto verde el que renuncia a incrementar la entropía del planeta. Mientras tanto, los arquitectos tenemos un interés más transparente que oculto en el crecimiento económico y en el auge oceánico de las obras públicas y de la construcción.
-- Arq. Silvia Rossi
Arquitectura de Familia
Restauración y Reciclado
Arquitectura y Ambiente
D.Dalos Estudio
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CPAU 19988
Centro de Reciclado y Ecología Urbana
Museo del Reciclado
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ReciclARTE


Lun, 21 de Jul, 2008 11:19 pm

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Silvia Rossi
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22 de Jul, 2008
1:44 am
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