En qué consiste ser rico en estos
tiempos
¿Cómo se caricaturizaba a un hombre
rico, hace medio siglo? Un señor
de panza oronda, con una gruesa cadena de oro que la atravesaba
sosteniendo un pesado reloj. Ese hombre de fortuna probablemente no
había hecho más que un viaje en su vida. O ninguno. Su esposa hacía
visitas y organizaba fiestas. Sus hijas mujeres raramente iban a la
universidad. Y los varones —nada raramente— eran despilfarradores.
¿Quién quiere parecerse hoy a ese arquetipo de hombre rico? Nadie.
que tenés senza grupo figuración
y parecés por todo tu ventichelo
la sucursal del banco de la Nación.
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Che, pituca... ¡quién tuviera la alegría
de tener una alcancía como la de tu papá!
Y un anillo con la piedra incandescente
de ésos que usa indiferente pa'entrecasa tu mamá...
Letra de Enrique Cadícamo
Música de Rogelio Ferreyra
El concepto de riqueza cambió. Ya no es el de acumulación sino el de movilidad, el de conocimiento. Las personas lúcidas no ponen el acento en poseer demasiado, sino en administrarse bien. Tanto para un individuo como para una sociedad: considerar los recursos que tiene, distribuirlos y utilizarlos inteligentemente es el antídoto contra la pobreza.
Hoy no resultan admirables la ostentación y el despilfarro. Sabemos que algunos bienes que consumimos, como el petróleo y el agua, escasearán. Los recursos de los que disponemos actualmente generan nuevos pensamientos, nuevas conductas. Surgen valores éticos y estéticos diferentes.
Las máquinas, en el siglo XX, llegaron hasta la estratosfera y, sobre todo, invadieron el lenguaje... ¿quién no ha dicho en sentido figurado trabajar a presión, ajustar engranajes, le falta un tornillo? Pero el lenguaje de la época industrial comienza a diluirse: se desvalorizan el ruido, la presión y el humo... El ideal actual es “la vida lenta” (slow life) y, cuando se puede elegir dónde vivir, se aprecia el silencio, el espacio, el aire puro.
El despilfarro de energía dejó de ser considerado elegante. El humo, hasta hace poco símbolo de estar dignamente ocupado (humo de chimeneas productivas... humo de intelectuales pipas...) pasó a ser considerado nefasto, y aquel elogioso “los que están en el humo” que distinguía a una elite, se ha vuelto conmiserativo o incluso condenatorio.
¿Por qué este cambio de valoración de lo que, hasta hace poco, se ambicionaba? Porque... si seguimos tirando el planeta por la ventana, se acabarán el aire fresco, el agua, la energía. Estropearlos o malgastarlos —empezamos a caer en cuenta— no es ético. Ni estético.
La estética puede entenderse como la ciencia de organizar en forma armónica aquello de lo cual disponemos. La armonía consiste en estudiar lo disponible, para utilizarlo de la mejor manera... y sobrevivir. Conviene volver a leer Robinson Crusoe.
“Concluyó la época en que grande, costoso y bello fueron sinónimos —afirma el escritor Taichi Sakaya, autor del libro Historia del futuro. La sociedad del conocimiento—, la preferencia social viró hacia lo ligero, lo liviano y pequeño: productos livianos y compactos, trasladables, apreciados por su buen diseño.”
Cada época desarrolla una ética y una estética para favorecer la explotación de sus recursos abundantes y economiza los bienes escasos —sostiene Sakaya—: gracias a abstenerse de gastar los bienes escasos y, en cambio, aprovechar lo abundante en su época, los hombres sobreviven en cada entorno cultural o histórico. En el Japón de antes de la guerra, como abundaba la mano de obra, emplear muchos sirvientes era elegante y prestigioso, demostraba riqueza. La frase “Se necesita un día entero para abrir y cerrar los paneles de su jardín” definía al hombre rico de entonces: evocaba los largos corredores con postigos corredizos, llamados puertas de lluvia, que rodeaban su jardín: una criada empezaba a abrir esos paneles al alba y apenas tenía tiempo para tomar una taza de té si debía volver a cerrarlos antes del anochecer. Después de la II Guerra Mundial cambiaron los valores: en vez de sostener ejércitos de sirvientes los consumidores refinados volcaron sus preferencias hacia... la energía, que por entonces parecía abundar: los interminables postigos de los jardines se convirtieron en un disparate, ¡era mucho mejor tener cortinas automáticas, aire acondicionado!... la casa más confortable y prestigiosa fue entonces la que contaba con más tomas de corriente.
Nos vemos frente a una nueva valoración de lo abundante y lo escaso: se sabe que la energía es un bien que escaseará y el conocimiento un recurso que abundará. Entonces privilegiemos los bienes de consumo que forman parte de la sociedad del conocimiento por su contenido o por su diseño. El diseño es el valor agregado del siglo XXI.
Por ejemplo, habitar en “edificios/cajas de vidrio” devoradores de energía, que imponen el uso de aire acondicionado es menos recomendable que en edificios como los del arquitecto Tadao Ando (especialista en permitir ingresar el aire exterior y sentir las variaciones del clima).
Un acentuado interés por el ocio como valor vital, por la creatividad que sustituya rutinas, por las saludables bicicletas (en París, desde hace dos años la Municipalidad las ofrece en alquiler en las esquinas: se usan y...se dejan en el lugar donde uno concluye el trayecto) por los objetos artesanales o personalizados de depurado diseño, compite con el pasado industrialismo.
El ejemplo de los jardines japoneses es útil porque el futuro —sus deseos y objetivos de riqueza— se ve mejor a contraluz del pasado. En ese contraste adivinamos que nuevas pautas de belleza y bienestar y nuevas formas de responsabilidad nos esperan.
Texto de la autora
Ana Larravide / Periodista y dibujante
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