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PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA

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Noticias desde la Parroquia Fátima
MARTES 24 de febrero de 2004 - Año VII - N° 228
INDICE
NUESTRA PARROQUIA
SANTA SEDE
ADORACIÓN AL SANTÍSIMO SACRAMENTO
MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA CUARESMA 2004
ARGENTINA
DOCUMENTACIÓN
DECLARACION DE PRENSA DE LA CEA
JUAN PABLO II: LA SANGRE DE CRISTO, EL DON MÁS GRANDE DE DIOS




Servicios de Noticias
ZENIT
AICA
CELAM
EDICOM
Boletín Diocesano Diócesis de San Isidro
Magisterio Eclesial



NUESTRA
PARROQUIA
ADORACION AL SANTISIMO SACRAMENTO
PRIMEROS MIÉRCOLES de cada mes de 20.00 a 21.00 hs.
Y continúa la Adoración de los lunes de 21.00 a 22.00 hs.
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ARGENTINA
DECLARACION DE PRENSA DE LA CEA
Queridos amigos:
 
Les hago llegar una declaración de la Oficina de Prensa de la Conferencia Episcopal Argentina que, más allá de la calificación moral que nos lleva a condenar el aborto como un nefasto crimen, recuerda su inconstitucionalidad en Argentina.
 
Un abrazo y mis oraciones.
 
P. Alejandro W. Bunge
awbunge@...
http://www.awbunge.com.ar
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Declaración de Prensa

Con referencia al debate surgido en algunos medios de comunicación sobre el tema del aborto, expresamente excluido de la Constitución Nacional por la incorporación del Pacto de San José de Costa Rica que reconoce la vida desde el momento de la concepción, y ante la inquietud que ha suscitado la reaparición de esta cuestión, la Conferencia Episcopal Argentina recuerda las expresiones vertidas en su documento del 15 de Noviembre de 2003, “Familia, comunión de amor, tarea de todos”:

“Necesitamos leyes que promuevan la vida, las leyes deben cuidar y defender la vida, el primero de los derechos humanos – inalienable e irrenunciable – y su “santuario” que es la familia. Por eso quienes tienen responsabilidad de legislar deben procurar hacerlo en el ámbito de un análisis sereno, abierto a la verdad y respetuoso del bien común de la sociedad, conscientes además del valor educativo que tienen las leyes. Una ley justa ennoblece y promociona la sociedad. Esto lo reiteramos preocupados por la existencia de proyectos de ley que pretenden legalizar el horrendo crimen del aborto”(nº 2).

Respetar la Constitución Nacional es obligación de todos los argentinos y es función indelegable del Estado hacerla cumplir, y del Poder Judicial garantizar ese cumplimiento.

Proponer una eventual legalización del aborto contradice el espíritu y la letra de la Constitución Nacional y el sentir de la inmensa mayoría de nuestro pueblo que cree en la vida como un don de Dios confiado al cuidado de todos.
3 de febrero de 2004
OFICINA DE PRENSA
CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA
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SANTA
SEDE

MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA CUARESMA 2004
Queridos amigos:
 
Se acerca la Cuaresma, que se iniciará el próximo 25 de febrero, Miércoles de Ceniza. Les envío el mensaje del Papa para esta ocasión, que nos propone reflexionar sobre la condición de los niños, que también hoy en día el Señor llama a estar a su lado y los presenta como ejemplo a todos aquellos que quieren ser sus discípulos, y la de los a los “hermanos más pequeños”, esto es, los pobres, los necesitados, los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados.
 
Con Jesús, el Papa nos invita a “convertirnos” en pequeños y “acoger” a los pequeños, y recuerda a las madres y padres que en vez de considerar prioritaria la búsqueda del éxito profesional y la carrera, se preocupan por transmitir a los hijos aquellos valores humanos y religiosos que dan el verdadero sentido a la existencia, pensando con grata admiración en todos los que se hacen cargo de la formación de la infancia en dificultad.
 
Pensando en los niños profundamente heridos por la violencia de los adultos (abusos sexuales, instigación a la prostitución, al tráfico y uso de drogas, niños obligados a trabajar, enrolados para combatir, inocentes marcados para siempre por la disgregación familiar, niños pequeños víctimas del infame tráfico de órganos y personas), se pregunta qué mal han cometido estos niños para merecer tanta desdicha, y encontrando respuesta en la Cruz, se augura que la Cuaresma sea ocasión útil para dedicar mayores cuidados a los niños en el propio ambiente familiar y social, sabiendo que ellos son el futuro de la humanidad.
 
Un abrazo y mis oraciones.
 
P. Alejandro W. Bunge
awbunge@...
http://www.awbunge.com.ar
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MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA CUARESMA 2004
 
«El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mi mismo» (Mt. 18,5)
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
1. Con el sugestivo rito de la imposición de la Ceniza, inicia el tiempo de la Cuaresma, durante el cual la liturgia renueva en los creyentes el llamamiento a una conversión radical, confiando en la misericordia divina.
 
El tema de este año –“El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo” (Mt 18,5)– ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la condición de los niños, que también hoy en día el Señor llama a estar a su lado y los presenta como ejemplo a todos aquellos que quieren ser sus discípulos. Las palabras de Jesús son una exhortación a examinar cómo son tratados los niños en nuestras familias, en la sociedad civil y en la Iglesia. Asimismo, son un estímulo para descubrir la sencillez y la confianza que el creyente debe desarrollar, imitando al Hijo de Dios, el cual ha compartido la misma suerte de los pequeños y de los pobres. A este propósito, Santa Clara de Asís solía decir que Jesús, “pobre fue acostado en un pesebre, pobre vivió en el siglo y desnudo permaneció en el patíbulo” (Testamento, Fuentes Franciscanas, n. 2841).
 
Jesús amó a los niños y fueron sus predilectos “por su sencillez, su alegría de vivir, su espontaneidad y su fe llena de asombro” (Ángelus, 18.12.1994). Ésta es la razón por la cual el Señor quiere que la comunidad les abra el corazón y los acoja como si fueran Él mismo: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo” (Mt 18,5). Junto a los niños, el Señor sitúa a los “hermanos más pequeños”, esto es, los pobres, los necesitados, los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados. Acogerlos y amarlos, o bien tratarlos con indiferencia y rechazarlos, es como si se hiciera lo mismo con Él, ya que Él se hace presente de manera singular en ellos.
 
2. El Evangelio narra la infancia de Jesús en la humilde casa de Nazaret, en la que, sujeto a sus padres, “iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,52). Al hacerse niño, quiso compartir la experiencia humana. “Se anonadó  a sí mismo, –escribe el Apóstol San Pablo– tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,7-8). Cuando a la edad de doce años se quedó en el templo de Jerusalén, mientras sus padres le buscaban angustiados, les dijo: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lc 2,49). Ciertamente, toda su existencia estuvo marcada por una fiel y filial sumisión al Padre celestial. “Mi comida –decía– es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra” (Jn 4,34).
 
En los años de su vida pública, repitió con insistencia que solamente aquellos que se hubiesen hecho como niños podrían entrar en el Reino de los Cielos (cf. Mt 18,3; Mc 10,15; Lc 18,17; Jn 3,3). En sus palabras, el niño se convierte en la imagen elocuente del discípulo llamado a seguir al Maestro divino con la docilidad de un niño: “Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos” (Mt 18,4).
 
“Convertirse” en pequeños y “acoger” a los pequeños son dos aspectos de una única enseñanza, que el Señor renueva a sus discípulos en nuestro tiempo. Sólo aquél que se hace “pequeño” es capaz de acoger con amor a los hermanos más “pequeños”.
 
3. Muchos son los creyentes que buscan seguir con fidelidad estas enseñanzas del Señor. Quisiera recordar a los padres que no dudan en tener una familia numerosa, a las madres y padres que en vez de considerar prioritaria la búsqueda del éxito profesional y la carrera, se preocupan por transmitir a los hijos aquellos valores humanos y religiosos que dan el verdadero sentido a la existencia.
 
Pienso con grata admiración en todos los que se hacen cargo de la formación de la infancia en dificultad, y alivian los sufrimientos de los niños y de sus familiares causados por los conflictos y la violencia, por la falta de alimentos y de agua, por la emigración forzada y por tantas injusticias existentes en el mundo.
 
Junto a toda esta generosidad, debemos señalar también el egoísmo de quienes no “acogen” a los niños. Hay menores profundamente heridos por la violencia de los adultos: abusos sexuales, instigación a la prostitución, al tráfico y uso de drogas, niños obligados a trabajar, enrolados para combatir, inocentes marcados para siempre por la disgregación familiar, niños pequeños víctimas del infame tráfico de órganos y personas. ¿Y qué decir de la tragedia del SIDA, con sus terribles repercusiones en África? De hecho, se habla de millones de personas azotadas por este flagelo, y de éstas, tantísimas contagiadas desde el nacimiento. La humanidad no puede cerrar los ojos ante un drama tan alarmante.
 
4. ¿Qué mal han cometido estos niños para merecer tanta desdicha? Desde una perspectiva humana no es sencillo, es más, resulta imposible responder a esta pregunta inquietante. Solamente la fe nos ayuda a penetrar en este profundo abismo de dolor.
 
Haciéndose “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,8), Jesús ha asumido el sufrimiento humano y lo ha iluminado con la luz esplendorosa de la resurrección. Con su muerte, ha vencido para siempre la muerte.
 
Durante la Cuaresma nos preparamos a revivir el Misterio Pascual, que inunda de esperanza toda nuestra vida, incluso en sus aspectos más complejos y dolorosos. La Semana Santa nos presentará nuevamente este misterio de la salvación a través de los sugestivos ritos del Triduo Pascual.
 
Queridos hermanos y hermanas, iniciemos con confianza el itinerario cuaresmal, animados por una más intensa oración, penitencia y atención a los necesitados. Que la Cuaresma sea ocasión útil para dedicar mayores cuidados a los niños en el propio ambiente familiar y social: ellos son el futuro de la humanidad.
 
5. Con la sencillez típica de los niños nos dirigimos a Dios llamándolo, como Jesús nos ha enseñado, “Abbá”, Padre, en la oración del Padrenuestro.
 
¡Padre nuestro! Repitamos con frecuencia a lo largo de la Cuaresma esta oración; repitámosla con profunda devoción. Llamando a Dios Padre nuestro, nos daremos cuenta de que somos hijos suyos y nos sentiremos hermanos entre nosotros. De esta manera, nos resultará más fácil abrir el corazón a los pequeños, siguiendo la invitación de Jesús: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo” (Mt 18,5).
 
Con estos deseos, invoco sobre cada uno de vosotros la bendición de Dios por intercesión de María, Madre del Verbo de Dios hecho hombre y Madre de toda la humanidad.
 
Vaticano, 8 de diciembre de 2003.
 
Juan Pablo II
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DOCUMENTACIÓN
JUAN PABLO II: LA SANGRE DE CRISTO, EL DON MÁS GRANDE DE DIOS

Meditación sobre el cántico del primer capítulo de la Carta a los Efesios

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 18 febrero 2004 (ZENIT.org).- Publicamos la meditación que pronunció Juan Pablo II en la audiencia general de este miércoles dedicada a comentar el cántico del primer capítulo de la Carta de san Pablo a los Efesios (3-10), «El Dios salvador».

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

1. El espléndido himno de «bendición», con el que comienza la Carta a los Efesios y que es proclamado cada lunes en la Liturgia de las Vísperas, será objeto de una serie de meditaciones a lo largo del itinerario que estamos siguiendo. Por el momento, nos contentaremos con echar una mirada al conjunto de este texto solemne y bien estructurado, como un majestuoso edificio, destinado a exaltar la maravillosa obra de Dios, actuada en Cristo por nosotros.

Comienza con un «antes» precedente al tiempo y a la creación: es la eternidad divina en la que ya toma vida un proyecto que nos sobrepasa, una «predestinación», es decir, el designio amoroso y gratuito de un destino de salvación y de gloria.

2. En este proyecto trascendente, que engloba la creación y la redención, el cosmos y la historia humana, Dios había establecido, «en su benevolencia», «recapitular todas las cosas en Cristo», es decir, restablecer el orden y el sentido profundo de todas las realidades, las del cielo y las de la tierra (Cf. 1,10). Ciertamente Él es «cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo», pero también el principio vital de referencia del universo.

El señorío de Cristo se extiende, por ello, tanto al cosmos como al horizonte más específico que es la Iglesia. Cristo desempeña una función de «plenitud» para que en él se revele el «misterio» (1, 9) escondido en los siglos y toda la realidad realice --en su orden específico y en su grado-- el designio concebido por el Padre desde la eternidad.

3. Como tendremos oportunidad de ver a continuación, esta especie de Salmo del Nuevo Testamento se concentra sobre todo en la historia de la salvación, que es expresión y signo vivo de la «benevolencia» (1,9), del «amor» (1,6) divino.

A continuación presenta la exaltación de «la redención» alcanzada «por medio de su sangre», «el perdón de los delitos», la abundante efusión de «la riqueza de su gracia» (1,7), la adopción divina del cristiano (Cf. 1, 5), al que le ha dado a conocer «el misterio de la voluntad» de Dios (1,9), por el que se entra en la intimidad de la misma vida trinitaria.

4. Tras haber repasado en su conjunto el himno con el que comienza la Carta a los Efesios, escuchamos ahora a san Juan Crisóstomo, maestro extraordinario y orador, agudo intérprete de la Sagrada Escritura, quien vivió en el siglo IV y llegó a ser obispo de Constantinopla, en medio de dificultades de todo tipo, sometido incluso a la experiencia del exilio.

En su Primera Homilía sobre la Carta a los Efesios, al comentar este Cántico, reflexiona con reconocimiento sobre la «bendición» que hemos recibido «en Cristo»: «¿Qué te falta? Te has convertido en inmortal, te ha hecho libre, hijo, justo, hermano, coheredero, reinas con él, con él eres glorificado. Se te ha dado todo y --como está escrito-- "¿cómo no nos dará con él todas las cosas?" (Romanos 8, 32). Tus primicias (Cf. 1 Corintios 15, 20.23) son adoradas por los ángeles, por los querubines, por los serafines: ¿qué te puede faltar ahora?» (PG 62, 11).

Dios ha hecho todo esto por nosotros, sigue diciendo san Juan Crisóstomo, «según el beneplácito de su voluntad». ¿Qué significa esto? Significa que Dios desea apasionadamente y anhela ardientemente nuestra salvación. «Y, ¿por qué nos ama hasta llegar a este punto? ¿Por qué nos quiere tanto? Sólo por su bondad: la "gracia", de hecho, es propia de la bondad» (ibídem, 13).

Precisamente por este motivo, concluye el Padre de la Iglesia, san Pablo afirma que todo se cumplió «para alabanza de la gracia que se nos ha dado en su Hijo amado». Dios, de hecho, «no sólo nos ha liberado de los pecados, sino que nos ha hecho también dignos de ser amados...: ha embellecido nuestra alma, la ha hecho deseable y amable». Y cuando Pablo declara que Dios lo ha hecho mediante la sangre de su Hijo, san Juan Crisóstomo exclama: «No hay nada más grande que esto: la sangre de Dios ha sido derramada por nosotros. El que ni siquiera haya perdonado la vida de su Hijo (Cf. Romanos 8, 32) es algo más grande que la adopción divina como hijos y que los demás dones; el perdón de los pecados es algo grande, pero más grande es todavía el que esto haya tenido lugar mediante la sangre del Señor» (ibídem, 14).

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, un colaborador del Papa hizo este resumen de su intervención en castellano y presentó a algunos de los grupos de peregrinos procedentes de América Latina y España].

Queridos hermanos y hermanas:

El himno de bendición con el que empieza la Carta a los Efesios es un texto solemne y bien estructurado que resalta la maravillosa obra de Dios, llevada a cabo por Cristo. Este proyecto divino, preestablecido por Dios en su benevolencia, es el de recapitular todas las cosas en Cristo. Su señorío se extiende a todo el universo y Él revela el misterio escondido en los siglos para que todo el cosmos lleve a término el proyecto concebido por Dios antes de la creación del mundo.

La obra de Cristo, con la remisión de los pecados, la efusión de las riquezas de su gracia, la filiación divina del cristiano y el dar a conocer el misterio de su voluntad, hacen que se pueda entrar en el misterio íntimo de la misma vida trinitaria.

[El Papa saludó al final en castellano a los peregrinos procedentes de América Latina y España].

Saludo con afecto a los peregrinos y familias de lengua española. En especial a los miembros de la Asociación de Feriantes de España y a los alumnos del Colegio Seminario de Barbastro, así como al grupo de peregrinos chilenos. Que vuestra visita a la memoria de los Apóstoles Pedro y Pablo os reafirmen en vuestra fe. Muchas gracias por vuestra atención.
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Selección y compaginación de noticias: Ricardo Pereira (pqfatima@...)
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