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PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA
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Noticias desde la Parroquia de Fátima Miércoles 20 de octubre de 2004 - Año VII - N° 261 | |
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| INDICE | ||
| NUESTRA PARROQUIA |
DOCUMENTACION | |
| 1. Amanecer |
5. Juan Pablo II: Cristo, auténtico liberador | |
| NUESTRA DIÓCESIS |
6. Juan Pablo II: Vanidad de las riquezas | |
| 2. Seminario Catequístico Teológico Santa Teresa del Niño Jesús |
7. Palabras del Papa al inaugurar el Año de la Eucaristía | |
| 3. Turibuleando |
8. Publicada en castellano la carta apostólica del Año de la Eucaristía | |
| ARGENTINA |
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| 4. El Catecismo en Crucigramas |
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| NUESTRA PARROQUIA |
1. AMANECER te invita al Encuentro de Profundización Espiritual Desde ahora somos hijos de Dios (1Jn 3,2) Desde hace 14 años un grupo de laicos organizamos estos encuentros donde la persona es respetada, escuchada, valorada y amada, y que de esta manera pueda experimentar ser el hijo amado de Dios dentro de un ambiente de oración y reflexión.
El único requisito que pedimos es ser mayor de 16 años, es decir, no preguntamos por ningún estado civil, credo o relación con Dios. El valor del encuentro es de $ 70. Sí, podés venir. Durante esos días viviremos en una comunidad donde nadie va a juzgarnos por lo que hagamos o digamos. Y cada uno de nosotros va a ser una célula irreemplazable de esa comunidad. Vamos a buscar a Dios, vamos a ir a su encuentro y vamos a vivirlo en nosotros, a través de los Sacramentos y a través del prójimo. Es del 5 al 7 de Noviembre en la Casa de Ejercicios Monseñor Aguirre. Salimos de Fátima y de Santo Domingo de Guzmán, el viernes 5 a las 18:00 hs y estamos de vuelta en los mismos lugares el domingo 7 a las 19:30 hs. Para mayor información comunicate con: Marcelo de Arrechea: 4792-9262 15-4182-5469 mdearrechea@... Carlos Caviglia: 4792-3954 15-5015-9337 talentos@... Si no nos ubicás, dejá tu nombre, teléfono o mail y te ubicamos nosotros. ¡Nos vemos en el Encuentro!! Nos gustaría saber si vas a participar o no. Por favor, danos una respuesta. Muchas gracias. Volver al Indice | |
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| NUESTRA DIÓCESIS |
2. Seminario Catequístico Teológico Santa Teresa del Niño Jesús Recordamos a toda la comunidad que las inscripciones para el año próximo comenzarán los días miércoles a partir del 17 de noviembre de 2004 en Rodríguez Peña 765 Martínez de 18 a 20 hs. Informes: Secretaría Parroquial 4 792-7020 de lunes a viernes de 16 a 20 hs Volver al Indice | |
| 3. Turibuleando Turibuleando es una revista que sirve de nexo entre los animadores de Grupos Monaguillos de la Diócesis de San Isidro, para fortalecer lazos y seguir aprendiendo los unos de los otros.
La revista es de aparición trimestral y en sus ocho páginas se pueden encontrar fichas para trabajar con los chicos, una agenda diocesana con la fechas más importantes, noticias del mundo católico, la biografía de los patronos de nuestras parroquias, la columna del Obispo, reflexiones, juegos y curiosidades de cada Grupo... entre otras cosas....
Turibuleando pertenece al Movimiento de Monaguillos de nuestra diócesis que está compuesto por aproximadamente diez parroquias, lo que hace un total de 250 monaguillos. Si desean la revista no tienen más que comunicarse con:La distribución es muy acotada teniendo en cuenta la cantidad de ejemplares emitidos. Los destinatarios directos son los animadores de Grupos Monaguillos y todos aquellos jóvenes que se encuentren en proyectos parecidos. Fernando Sarzynski (Pquia. Santa Rosa de Lima, Munro) fernando_s@... Volver al Indice | ||
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| ARGENTINA |
4. El Catecismo en Crucigramas Mendoza, OCT 19 (AICA): “El Catecismo en Crucigramas”, de Javier Eduardo Ponzi, es una herramienta de trabajo para lograr que los fieles lleguen a conocer mejor las riquezas inagotables de la salvación y una ayuda entretenida y fácil para estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica. Es un recurso muy apropiado para ser aplicado en todas aquellas instituciones o lugares donde se enseña y se imparte catequesis: colegios, parroquias, seminarios de catequesis, institutos religiosos, movimientos católicos, etc. Informes: ponzije@.... Volver al Indice | |
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| DOCUMENTACIÓN |
5. Juan Pablo II: Cristo, auténtico liberador Comentario al cántico de inicio de la Carta a los Efesios CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 13 octubre 2004 (ZENIT.org).- Publicamos la reflexión pronunciada por Juan Pablo II este miércoles durante la audiencia general sobre el cántico con el que comienza la Carta a los Efesios (1, 3-10), himno a «Dios salvador». Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad. Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra. 1. Nos encontramos ante el solemne himno de bendición con el que comienza la Carta a los Efesios, una página de gran densidad teológica y espiritual, admirable expresión de la fe y quizá de la liturgia de la Iglesia de los tiempos apostólicos. En cuatro ocasiones, durante todas las semanas en las que se divide la Liturgia de las Vísperas, se presenta este himno para que el fiel pueda contemplar y apreciar esta grandiosa imagen de Cristo, corazón de la espiritualidad y del culto cristiano, así como principio de unidad y de sentido del universo y de toda la historia. La bendición se eleva de la humanidad al Padre que está en los cielos (Cf. versículo 3), gracias a la obra salvífica del hijo. 2. Comienza con el eterno proyecto divino, que Cristo está llamado a cumplir. En este designio brilla ante todo el hecho de que seamos elegidos para ser «santos» e «irreprochables», no tanto a nivel ritual --como parecerían sugerir estos adjetivos utilizados en el Antiguo Testamento para el culto sacrificial--, sino «por el amor» (Cf. versículo 4). Se trata, por tanto, de una santidad y de una pureza moral, existencial, interior. Para nosotros, sin embargo, el Padre tiene una meta ulterior: a través de Cristo nos destina a acoger el don de la dignidad filial, convirtiéndonos en hijos en el Hijo y hermanos de Jesús (Cf. Romanos 8, 15.23; 9,4; Gálatas 4, 5). Este don de la gracia se difunde a través del «Hijo amado», el Unigénito por excelencia (Cf. versículos 5-6). 3. Por este camino el Padre realiza en nosotros una transformación radical: una plena liberación del mal, pues con la sangre de Cristo «hemos recibido la redención», «el perdón de los pecados» a través del «tesoro de su gracia» (versículo 7). La inmolación de Cristo en la cruz, acto supremo de amor y solidaridad, infunde en nosotros un sobreabundante haz de luz, de «sabiduría y prudencia» (Cf. versículo 8). Somos criaturas transfiguradas: cancelado nuestro pecado, conocemos en plenitud al Señor. Y dado que en el lenguaje bíblico el conocimiento es expresión de amor, éste nos introduce profundamente en el «misterio» de la voluntad divina (Cf. versículo 9). 4. Un «misterio», es decir, un proyecto trascendente y perfecto, que tiene como objeto un admirable plan salvífico: «recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra» (versículo 10). El texto griego sugiere que Cristo se convirtió en el «kefalaion», es decir, en el punto cardinal, el eje central hacia el que converge y en el que encuentra sentido todo ser creado. El mismo vocabulario griego hace referencia a otro término particularmente apreciado por las cartas a los Efesios y a los Colosenses: «kefale», «cabeza», indicando la función cumplida por Cristo en el cuerpo de la Iglesia. Ahora el panorama se hace más amplio y cósmico, abarcando al mismo tiempo la dimensión eclesial más específica de la obra de Cristo. Él ha reconciliado consigo «todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos» (Colosenses 1, 20). 5. Concluyamos nuestra reflexión con una oración de alabanza y de gratitud por la redención operada por Cristo en nosotros. Lo hacemos con las palabras de un texto conservado en un antiguo papiro del siglo IV. «Te invocamos, Señor Dios. Tú lo sabes todo, nada se te escapa, Maestro de verdad. Has creado el universo y velas por todos los seres. Tú guías por el camino de la verdad a los que caminaban en tinieblas y sombras de muerte. Tú quieres salvar a todos los hombres y hacerles conocer la verdad. Todos juntos te ofrecemos alabanzas e himnos de acción de gracias». La oración sigue diciendo: «Nos ha redimido con la sangre preciosa e inmaculada de tu único Hijo, de toda desviación y de la esclavitud. Nos has liberado del demonio y nos has concedido gloria y libertad. Estábamos muertos y nos has hecho renacer, alma y cuerpo, en el Espíritu. Estábamos sucios y nos has purificado. Te pedimos, por tanto, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo que nos confirmes en nuestra vocación, en la adoración y en la fidelidad». La oración concluye con esta invocación: «Fortalécenos, Señor benigno, con tu fuerza. Ilumina nuestra alma con tu consuelo... Concédenos la gracia de ver, buscar y contemplar los bienes del cielo y no los de la tierra. De este modo, con la fuerza de tu gracia, será glorificada la potestad omnipotente, santísima y digna de toda alabanza, en Cristo Jesús, Hijo predilecto, con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén» (A. Hamman, «Oraciones de los primeros cristianos» - «Preghiere dei primi cristiani», Milán 1955, pp. 92-94). [Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia uno de los colaboradores del Papa leyó esta síntesis de su intervención en castellano] Queridos hermanos y hermanas: El Cántico que hemos escuchado nos invita a contemplar el maravilloso icono de Cristo, centro de la espiritualidad y del culto cristiano, pero también principio de unidad y del sentido del universo y de toda la historia. En este proyecto divino todos somos elegidos para ser «santos e irreprochables... por el amor». El Padre, por medio de Cristo, nos concede la dignidad de ser hijos en el Hijo y hermanos de Jesús. Por Él realiza en nosotros una transformación radical. Liberados del mal del pecado, mediante la «sangre» de Cristo, podemos conocer en plenitud al Señor, que nos introduce en el «misterio de su voluntad». Este «misterio» es un proyecto trascendental y perfecto, que tiene como objeto «recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra». [A continuación el Papa saludó en castellano a los peregrinos] Saludo con afecto a los fieles de lengua española, en particular a los diversos grupos venidos de España y a los peregrinos de México y de Puerto Rico, así como a los demás visitantes de América Latina. Demos gracias al Señor por la redención que Cristo ha obrado en nosotros. Muy agradecido por vuestra presencia. Volver al Indice | |
| 6. Juan Pablo II: Vanidad de las riquezas Meditación sobre el Salmo 48 CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 20 octubre 2004 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Juan Pablo II durante la audiencia general de este miércoles dedicada a comentar el Salmo 48, «Vanidad de las riquezas». Oíd esto, todas las naciones; escuchadlo, habitantes del orbe: plebeyos y nobles, ricos y pobres; mi boca hablará sabiamente, y serán muy sensatas mis reflexiones; prestaré oído al proverbio y propondré mi problema al son de la cítara. ¿Por qué habré de temer los días aciagos, cuando me cerquen y acechen los malvados, que confían en su opulencia y se jactan de sus inmensas riquezas, si nadie puede salvarse ni dar a Dios un rescate? Es tan caro el rescate de la vida, que nunca les bastará para vivir perpetuamente sin bajar a la fosa. Mirad: los sabios mueren, lo mismo que perecen los ignorantes y necios, y legan sus riquezas a extraños. El sepulcro es su morada perpetua y su casa de edad en edad, aunque hayan dado nombre a países. El hombre no perdurará en la opulencia, sino que perece como los animales. Este es el camino de los confiados, el destino de los hombres satisfechos: son un rebaño para el abismo, la muerte es su pastor, y bajan derechos a la tumba; se desvanece su figura, y el abismo es su casa. Pero a mí, Dios me salva, me saca de las garras del abismo y me lleva consigo. No te preocupes si se enriquece un hombre y aumenta el fasto de su casa: cuando muera, no se llevará nada, su fasto no bajará con él. Aunque en vida se felicitaba: «Ponderan lo que lo pasas», irá a reunirse con sus antepasados, que no verán nunca la luz. El hombre rico e inconsciente es como un animal que perece. 1. Nuestra meditación sobre el Salmo 48 se dividirá en dos etapas, como hace la Liturgia de las Vísperas, que nos lo propone en dos momentos. Comentaremos ahora de manera esencial la primera parte, en la que la reflexión toma pie de una situación difícil, como en el Salmo 72. El justo tiene que afrontar «días aciagos», pues le acechan «los malvados, que confían en su opulencia» (Cf. Salmo 48, 6-7). La conclusión a la que llega el justo es formulada como una especie de proverbio, que volverá a aparecer al final del Salmo. Sintetiza nítidamente el mensaje de esta composición poética: «El hombre rico e inconsciente es como un animal que perece» (versículo 13). En otras palabras, las «inmensas riquezas» no son una ventaja, sino todo lo contrario. Es mejor ser pobre y estar unido a Dios. 2. El proverbio parece hacerse eco de la voz austera de un antiguo sabio bíblico, el Eclesiastés o Cohélet, cuando describe el destino aparentemente igual de toda criatura viviente, la muerte, que hace totalmente inútil el apego frenético a los bienes terrenos: «Como salió del vientre de su madre, desnudo volverá, como ha venido; y nada podrá sacar de sus fatigas que pueda llevar en la mano» (Eclesiastés 5, 14). «Porque el hombre y la bestia tienen la misma suerte: muere el uno como la otra... Todos caminan hacia una misma meta» (Eclesiastés 3, 19.20). 3. Una profunda ceguera se adueña del hombre cuando cree que evitará la muerte afanándose por acumular bienes materiales: de hecho, el salmista habla de una inconciencia comparable a la de los animales. El tema será explorado también por todas las culturas y todas las espiritualidades y será expresado de manera esencial y definitiva por Jesús, cuando declara: «Guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Lucas 12, 15). Después narra la famosa parábola del rico necio que acumula bienes sin medida sin darse cuenta de que la muerte le está acechando (Cf. Lucas 12, 16-21). 4. La primera parte del Salmo está totalmente centrada precisamente en esta ilusión que se apodera del corazón del rico. Está convencido de que puede «comprar» incluso la muerte, tratando así de corromperla, como ha hecho con todas las demás cosas de las que se ha apoderado: el éxito, el triunfo sobre los demás en el ámbito social y político, la prevaricación impune, la avaricia, la comodidad, los placeres. Pero el salmista no duda en calificar de necia esta ilusión. Recurre a una palabra que tiene un valor incluso financiero, «rescate»: «Es tan caro el rescate de la vida, que nunca les bastará para vivir perpetuamente sin bajar a la fosa» (Salmo 48, 8-10). 5. El rico, apegado a sus inmensas fortunas, está convencido de que logrará dominar incluso la muerte, tal y como ha dominado a todo y a todos con el dinero. Pero por más dinero que pueda ofrecer, su destino último será inexorable. Al igual que todos los hombres y mujeres, ricos o pobres, sabios o ignorantes, un día será llevado a la tumba, tal y como les ha sucedido a los poderosos y tendrá que dejar su tierra y ese oro tan amado, esos bienes materiales tan idolatrados (Cf. versículos 11-12). Jesús insinuará a quienes le escuchaban esta pregunta inquietante: «¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?» (Mateo 16, 26). No se puede cambiar por nada pues la vida es don de Dios, «que tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre» (Job 12, 10). 6. Entre los Padres de la Iglesia que han comentado el Salmo 48 merece particular atención san Ambrosio, que amplía su significado gracias a una visión más amplia, a partir de la invitación inicial que hace el salmista: «Oíd esto, todas las naciones; escuchadlo, habitantes del orbe». El antiguo obispo de Milán comentaba: «Reconocemos aquí, precisamente al inicio, la voz del Señor salvador que llama los pueblos para que vengan a la Iglesia y renuncien al pecado, se conviertan en seguidores de la verdad y reconozcan la ventaja de la fe». De hecho, «todos los corazones de las diferentes generaciones han quedado contaminados por el veneno de la serpiente y la conciencia humana, esclava del pecado, no era capaz de desapegarse». Por esto el Señor, «por iniciativa suya, promete el perdón con la generosidad de su misericordia, para que el culpable deje de tener miedo y, con plena conciencia, se alegre de poder ofrecerse como siervo al Señor bueno, que ha sabido perdonar los pecados, premiar las virtudes» («Comentario a los doce Salmos», «Commento a dodici Salmi», n. 1: SAEMO, VIII, Milán-Roma 1980, p. 253). 7. En estas palabras del Salmo se escucha el eco de la invitación evangélica: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo» (Mateo 11, 28). Ambrosio sigue diciendo: «Como quien visita a los enfermos, como un médico que viene a curar nuestras dolorosas heridas, así nos prescribe el tratamiento, para que los hombres lo escuchen y todos corran con confianza a recibir el remedio de la curación... Llama a todos los pueblos al manantial de la sabiduría y del conocimiento, promete a todos la redención para que nadie viva en la angustia, para que nadie viva en la desesperación» (n. 2: ibídem, pp. 253.255). [Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia uno de los colaboradores del Papa leyó una síntesis de su intervención en castellano. Estas fueron sus palabras:] El Salmo proclamado hoy es una invitación a reflexionar sobre la «vanidad de las riquezas» y sobre la ceguera que guía a los que se afanan únicamente en acumular bienes materiales. El rico, al pensar que todo lo puede comprar con dinero, olvida que ningún tesoro cambiará su condición mortal ni le dará la amistad con Dios y la salvación. Por eso, el tener muchos bienes no es de por sí una ventaja, sino un peligro para el ser humano, que puede convertirse en verdadero esclavo de la avaricia. Por el contrario, la verdadera riqueza es la que se adquiere a los ojos de Dios. [A continuación, el Papa dirigió su saludo a los presentes en castellano] Saludo a los peregrinos de lengua española. A las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, de cuya Fundadora he bendecido hoy una estatua así como a los demás grupos venidos de Latinoamérica y España. Como Jesús, invito a todos a ganar «un tesoro inagotable en los cielos» (Lucas 12, 33). Muchas gracias por vuestra atención. Volver al Indice | ||
| 7. Palabras del Papa al inaugurar el Año de la Eucaristía «La Eucaristía, luz y vida del nuevo milenio» CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 17 octubre 2004 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que Juan Pablo II dirigió este domingo desde la Basílica de San Pedro a los fieles conectados por televisión desde Guadalajara (México), donde participaban en la clausura del Congreso Eucarístico Internacional. Momentos antes había presidido la celebración eucarística y había adorado al Sacramento. El Papa leyó la introducción y la conclusión, mientras que el resto del mensaje fue pronunciado, en su nombre, por el arzobispo argentino Leonardo Sandri, sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado de la Santa Sede. * * * 1. «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28,20). Reunidos ante la Eucaristía, experimentamos con particular intensidad en este momento la verdad de la promesa de Cristo: ¡Él está con nosotros! Os saludo a todos los que estáis en Guadalajara para participar en la conclusión del Congreso Eucarístico Internacional. En particular, al Cardenal Jozef Tomko, Legado mío, al Cardenal Juan Sandoval Iñíguez, Arzobispo de Guadalajara, a los Señores Cardenales, Arzobispos, Obispos y Sacerdotes de México y de otros muchos Países que están presentes. Saludo también a todos los fieles de Guadalajara, de México y de otras partes del mundo, unidos a nosotros en la adoración del Misterio eucarístico. 2. La conexión televisiva entre la Basílica de San Pedro, corazón de la cristiandad, y Guadalajara, sede del Congreso, es como un puente tendido entre los continentes y hace que nuestro encuentro de oración sea como una «Statio Orbis» ideal, a la cual se unen los creyentes de todo el orbe. El punto de encuentro es Jesús mismo, realmente presente en la Santísima Eucaristía con su misterio de muerte y resurrección, en el cual se unen el cielo y la tierra, y se encuentran los pueblos y culturas diversas. Cristo es «nuestra paz, haciendo de los dos un sólo pueblo» (Efesios 2, 14). 3. «La Eucaristía, luz y vida del nuevo milenio». El tema del Congreso nos invita a considerar el Misterio eucarístico, no sólo en sí mismo, sino también en relación a los problemas de nuestro tiempo. ¡Misterio de luz! De luz tiene necesidad el corazón del hombre, oprimido por el pecado, a veces desorientado y cansado, probado por sufrimientos de todo tipo. El mundo tiene necesidad de luz, en la búsqueda difícil de una paz que parece lejana al comienzo de un milenio perturbado y humillado por la violencia, el terrorismo y la guerra. ¡La Eucaristía es luz! En la Palabra de Dios constantemente proclamada, en el pan y en el vino convertidos en Cuerpo y Sangre de Cristo, es precisamente Él, el Señor Resucitado, quien abre la mente y el corazón y se deja reconocer, como sucedió a los dos discípulos de Emaús «al partir el pan» (Cf Lucas 24,25). En este gesto convivial revivimos el sacrificio de la Cruz, experimentamos el amor infinito de Dios y sentimos la llamada a difundir la luz de Cristo entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo. 4. ¡Misterio de vida! ¿Qué aspiración puede ser más grande que la vida? Y sin embargo sobre este anhelo humano universal se ciernen sombras amenazadoras: la sombra de una cultura que niega el respeto de la vida en cada una de sus fases; la sombra de una indiferencia que condena a tantas personas a un destino de hambre y subdesarrollo; la sombra de una búsqueda científica que a veces está al servicio del egoísmo del más fuerte. Queridos hermanos y hermanas: debemos sentirnos interpelados por las necesidades de tantos hermanos. No podemos cerrar el corazón a sus peticiones de ayuda. Y tampoco podemos olvidar que «no sólo de pan vive el hombre» (Cf. Mateo 4, 4). Necesitamos el «pan vivo bajado del cielo» (Juan 6, 51). Este pan es Jesús. Alimentarnos de él significa recibir la vida misma de Dios (Cf. Juan 10, 10), abriéndonos a la lógica del amor y del compartir. 5. He querido que este Año estuviera dedicado particularmente a la Eucaristía. En realidad, todos los días, y especialmente el domingo, día de la resurrección de Cristo, la Iglesia vive de este misterio. Pero en este Año de la Eucaristía se invita a la comunidad cristiana a tomar conciencia más viva del mismo con una celebración más sentida, con una adoración prolongada y fervorosa, con un mayor compromiso de fraternidad y de servicio a los más necesitados. La Eucaristía es fuente y epifanía de comunión. Es principio y proyecto de misión (Cf. «Mane nobiscum Domine», capítulos III y IV). Siguiendo el ejemplo de María, «mujer eucarística» («Ecclesia de Eucharistia», capítulo VI), la comunidad cristiana ha de vivir de este misterio. Consolidada por el «pan de vida eterna», ha de ser presencia de luz y de vida, fermento de evangelización y de solidaridad. 6. «Mane nobiscum, Domine!» Como los dos discípulos del Evangelio, te imploramos, Señor Jesús, ¡quédate con nosotros! Tú, divino Caminante, experto de nuestras calzadas y conocedor de nuestro corazón, no nos dejes prisioneros de las sombras de la noche. Ampáranos en el cansancio, perdona nuestros pecados, orienta nuestros pasos por la vía del bien. Bendice a los niños, a los jóvenes, a los ancianos, a las familias y particularmente a los enfermos. Bendice a los sacerdotes y a las personas consagradas. Bendice a toda la humanidad. En la Eucaristía te has hecho «remedio de inmortalidad»: danos el gusto de una vida plena, que nos ayude a caminar sobre esta tierra como peregrinos seguros y alegres, mirando siempre hacia la meta de la vida sin fin. Quédate con nosotros, Señor! Quédate con nosotros! Amén. [Texto original en castellano] Volver al Indice | ||
| 8. Publicada en castellano la carta apostólica del Año de la Eucaristía CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 15 octubre 2004 (ZENIT.org).- Ya es posible leer en la sección «Documentos» de la página web de Zenit (www.zenit.org) la traducción al castellano de la carta apostólica «Mane nobiscum Domine» («Quédate con nosotros, Señor») que ha escrito Juan Pablo II con motivo del Año de la Eucaristía que comenzará este domingo. Volver al Indice | ||
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