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PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA
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Noticias desde la Parroquia de Fátima Miércoles 01 de junio de 2005 - Año VIII - N° 283 |
INDICE
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ARGENTINA
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DOCUMENTACIÓN
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1. Mons. Stanovnik, elegido Secretario General del CELAM
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4. Benedicto XVI: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?»
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2. Misa por el Día del Periodista en la catedral metropolitana
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5. Benedicto XVI: Ser cristiano es tener los sentimientos de Jesús
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SANTA SEDE
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COMUNICACIÓN E INFORMÁTICA
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3. Moneda conmemorativa del Vaticano por la XX Jornada Mundial de la Juventud
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6. Tecnnotas: Un truco para navegar mejor
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ARGENTINA
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1. Mons. Stanovnik, elegido Secretario General del CELAM
Reconquista, MAY 30 (AICA): El obispo de Reconquista, monseñor Andrés Stanovnik OFMCap, fue elegido secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), un cargo que hasta ahora ocupaba en forma interina. La elección ocurrió en la recién finalizada XXX Asamblea Ordinaria del CELAM, realizada en Lima, Perú.
Monseñor Stanovnik venía desempeñando de manera interina la Secretaría General del CELAM, debido a que el obispo originalmente elegido en la asamblea del año 2003, realizada en Tuparendá, Paraguay, monseñor Ramón Benito de la Rosa y Carpio, tuvo que renunciar al ser nombrado arzobispo de Santiago de los Caballeros, en la República Dominicana.
Ante esa vacante que se presentó en julio de 2003, el presidente del CELAM, cardenal Francisco Javier Errázuriz, de acuerdo con los que indican los estatutos vigentes, procedió a nombrar a monseñor Stanovnik como Secretario General Interino hasta que llegase el momento de la siguiente asamblea y proceder a la elección.
Así, el viernes 20 de mayo, en la sesión final de la XXX Asamblea Ordinaria del CELAM reunida en Lima, Perú, los obispos y arzobispos presentes con derecho a voto (presidentes de conferencias episcopales y obispos delegados) eligieron por mayoría absoluta a monseñor Andrés Stanovnik como Secretario General para el período que resta hasta mayo de 2007, cuando se realizará la XXXI Asamblea que tendrá carácter electivo.
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2. Misa por el Día del Periodista en la catedral metropolitana
Buenos Aires, JUN 1 (AICA): El martes 7 de junio, a las 11, en la catedral metropolitana, el obispo de Avellaneda-Lanús, monseñor Rubén Frassia, presidirá la misa por el Día del Periodista. Tras la celebración eucarística, se hará una oración interreligiosa y una invocación de los comunicadores creyentes. Organizan el Club Gente de Prensa, Signis Argentina, la Asociación de Radiodifusores Católicos Argentinos y la Oficina de Prensa del arzobispado de Buenos Aires. Informes: (011) 4328-0859/2015 o por correo electrónico secretaria@....
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SANTA SEDE
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3. Moneda conmemorativa del Vaticano por la XX Jornada Mundial de la Juventud Que acogerá Colonia (Alemania) el próximo agosto
CIUDAD DEL VATICANO/COLONIA, viernes, 27 mayo 2005 (ZENIT.org).- El Estado de la Ciudad del Vaticano ha acuñado una moneda de 2 euros con motivo de la XX Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), la cita de cientos de miles de jóvenes con el Papa en la ciudad alemana de Colonia.
Serán producidas 85.000 unidades de esta «pieza de colección», como la describen los organizadores de la JMJ.
El reverso de la moneda muestra la catedral de Colonia; sobre ella se sitúa la estrella de Belén --que guió a los Reyes Magos-- con cola de cometa; incluye en italiano la inscripción «XX Giornata Mondiale della Gioventù». El diseño es de la escultora Daniela Longo.
Evoca el logotipo oficial del gran encuentro del próximo agosto en Colonia.
En la parte inferior de la moneda se lee «Città del Vaticano» («Ciudad del Vaticano») y alrededor se sitúan las doce estrellas de la Unión Europea. Lleva el año de acuñación –2005— y el lugar, indicado con la letra «R» (Roma).
La Oficina de la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia adelanta que no podrá ofrecer las monedas.
«Hemos venido a adorarle» (Mt 2,2) es el lema de la JMJ 2005: «un tema que permite a los jóvenes de cada continente recorrer idealmente el itinerario de los Reyes Magos, cuyas reliquias se veneran según una pía tradición precisamente» en Colonia «y encontrar, como ellos, al Mesías de todas las naciones», reconoció Juan Pablo II en su mensaje a los jóvenes en preparación de la JMJ (Cf. Zenit, 26 agosto 2004).
Página oficial de la XX Jornada Mundial de la Juventud: www.wjt2005.de. ZS05052707 Volver al Indice
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DOCUMENTACIÓN
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4. Benedicto XVI: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?» Comentario en la audiencia general al Salmo 115
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 25 mayo 2005 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que dirigió este miércoles Benedicto XVI durante la audiencia general dedicada a meditar en el Salmo 115, «Acción de gracias en el templo».
Tenía fe, aún cuando dije: «¡Qué desgraciado soy!» Yo decía en mi apuro: «Los hombres son unos mentirosos».
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo.
Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo, en el atrio de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén.
1. El Salmo 115, con el que acabamos de rezar, siempre ha sido utilizado por la tradición cristiana, a partir de san Pablo que, citando la introducción, siguiendo la traducción griega de los Setenta, escribe a los cristianos de Corinto estas palabras: «teniendo aquel espíritu de fe conforme a lo que está escrito: "Creí, por eso hablé", también nosotros creemos, y por eso hablamos» (2 Corintios 4, 13).
El apóstol se siente en acuerdo espiritual con el salmista en la serena confianza y en el sincero testimonio, a pesar de los sufrimientos y de las debilidades humanas. Al escribir a los romanos, Pablo retomará el versículo 2 del salmo y trazará la contraposición entre la fidelidad de Dios y la incoherencia del hombre: «Que quede claro que Dios es veraz y todo hombre mentiroso» (Romanos 3, 4).
La tradición sucesiva transformará este canto en una celebración del martirio (Cf. Orígenes, «Esortazione al martirio», 18: «Testi di Spiritualità», Milano 1985, pp. 127-129) a causa de la mención de «la muerte de sus fieles» (Cf. Salmo 115, 15). O hará de él un texto eucarístico, considerando la referencia a «la copa de la salvación» que el salmista eleva invocando el nombre del Señor (Cf. versículo 13). Este cáliz es identificado por la tradición cristiana con «la copa de la bendición» (Cf. 1 Corintios 10, 16), con la «copa de la Nueva Alianza» (Cf. 1 Corintios 11, 25; Lucas 22, 20): expresiones que en el Nuevo Testamento hacen referencia precisamente a la Eucaristía.
2. El Salmo 115, en el original hebreo, forma parte de una sola composición junto al salmo precedente, el 114. Ambos, constituyen una acción de gracias unitaria, dirigida al Señor que libera de la pesadilla de la muerte.
En nuestro texto aparece la memoria de un pasado angustiante: el orante ha mantenido alta la llama de la fe, incluso cuando en sus labios surgía la amargura de la desesperación y de la infelicidad (Cf. Salmo 115,10). Alrededor se elevaba como una cortina helada de odio y de engaño, pues el prójimo se demostraba falso e infiel (Cf. versículo 11). Ahora, sin embargo, la súplica se transforma en gratitud, pues el Señor ha sacado a su fiel del torbellino oscuro de la mentira (Cf. versículo 12).
El orante se dispone, por tanto, a ofrecer un sacrificio de acción de gracias en el que se beberá el cáliz ritual, la copa de la libación sagrada que es signo de reconocimiento por la liberación (Cf. versículo 13). La Liturgia, por tanto, es la sede privilegiada en la que se puede elevar la alabanza agradecida al Dios salvador.
3. De hecho, además de mencionarse el rito del sacrificio se hace referencia explícitamente a la asamblea de «de todo el pueblo», ante la cual el orante cumple su voto y testimonia su fe (Cf. versículo 14). En esta circunstancia hará pública su acción de gracias, consciente de que incluso cuando se acerca la muerte, el Señor se inclina sobre él con amor. Dios no es indiferente al drama de su criatura, sino que rompe sus cadenas (Cf. versículo 16).
El orante salvado de la muerte se siente «siervo» del Señor, hijo de su esclava (ibídem), bella expresión oriental con la que se indica que se ha nacido en la misma casa del dueño. El salmista profesa humildemente con alegría su pertenencia a la casa de Dios, a la familia de las criaturas unidas a él en el amor y en la fidelidad.
4. Con las palabras del orante, el salmo concluye evocando nuevamente el rito de acción de gracias que será celebrado en el contexto del templo (Cf. versículos 17-19). Su oración se situará en el ámbito comunitario. Su vicisitud personal es narrada para que sirva de estímulo para todos a creer y a amar al Señor. En el fondo, por tanto, podemos vislumbrar a todo el pueblo de Dios, mientras da gracias al Señor de la vida, que no abandona al justo en el vientre oscuro del dolor y de la muerte, sino que le guía a la esperanza y a la vida.
5. Concluimos nuestra reflexión encomendándonos a las palabras de san Basilio Magno que, en la Homilía sobre el Salmo 115, comenta la pregunta y la respuesta de este Salmo con estas palabras: «"¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación". El salmista ha comprendido los muchos dones recibidos de Dios: del no ser ha sido llevado al ser, ha sido plasmado de la tierra y ha recibido la razón…, ha percibido después la economía de salvación a favor del género humano, reconociendo que el Señor se entregó a sí mismo como redención en lugar nuestro; y busca entre todas las cosas que le pertenecen cuál es el don que puede ser digno del Señor. ¿Qué ofreceré, por tanto, al Señor? No quiere sacrificios ni holocaustos, sino toda mi vida. Por eso dice: "Alzaré la copa de la salvación", llamando cáliz a los sufrimientos en el combate espiritual, a la resistencia ante el pecado hasta la muerte. Es lo que nos enseñó, por otro lado, nuestro salvador en el Evangelio: "Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz"; o cuando les dijo a los discípulos: "¿podéis beber el cáliz que yo he de beber?", refiriéndose claramente a la muerte que aceptaba por la salvación del mundo» (PG XXX, 109).
[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, Benedicto XVI dirigió un saludo en castellano a los peregrinos. Éstas fueron sus palabras.]
Queridos hermanos y hermanas: El Salmo que hemos cantado al principio lo cita san Pablo a los cristianos de Corinto diciéndoles: «Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: "Creí, por eso hablé", también nosotros creemos y por eso hablamos» (2 Co 4,13). Como el Salmista, el Apóstol siente serena confianza, a pesar de los sufrimientos y debilidades humanas, dando gracias al Señor que nos libra de la angustia de la muerte.
El orante, junto con la comunidad, da testimonio de la propia fe al sentirse salvado de la muerte y profesa con alegría que pertenece a la casa de Dios, a la familia de las criaturas unidas a Él en el amor y la fidelidad. Su testimonio es para todos un estímulo para creer y amar al Señor que, al salvarlo del dolor y de la muerte, lo guía hacia la esperanza y la vida.
Saludo ahora a los peregrinos de lengua española, en particular a las Religiosas Dominicas de la Anunciata, a los grupos de España, Guatemala y México, así como a los demás fieles de América Latina. Demos gracias al Señor por el gran don de la vida y por la redención ofrecida a todos.
Mañana, Solemnidad del Corpus Domini, a las siete de la tarde presidiré, en la Basílica de San Juan de Letrán, la Santa Misa, a la cual seguirá la tradicional procesión hasta Santa María la Mayor. Os invito a todos a participar en dicha celebración, para expresar juntos la fe en Cristo, presente en la Eucaristía. ZS05052502 Volver al Indice
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5. Benedicto XVI: Ser cristiano es tener los sentimientos de Jesús Comenta el cántico «Cristo, siervo de Dios» de la Carta a los Filipenses
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 1 junio 2005 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general de este miércoles sobre el cántico de la Carta a los Filipenses (2, 6-11), «Cristo, siervo de Dios».
Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
1. En toda celebración dominical de las Vísperas, la liturgia nos propone el breve pero denso himno cristológico de la Carta a los Filipenses (Cf. 2, 6-11). Es el himno, recién escuchado, que consideramos en su primera parte (Cf. versículos 6-8), en la que se delinea el paradójico «despojo» del Verbo divino, que deja la gloria divina y asume la condición humana.
Cristo, encarnado y humillado en la muerte más infame, la de la crucifixión, es propuesto como un modelo de vida para el cristiano. Éste, como se afirma en el contexto, debe tener «los mismos sentimientos que Cristo» (versículo 5), sentimientos de humildad, de entrega, de desapego y de generosidad.
2. Ciertamente él posee la naturaleza divina con todas sus prerrogativas. Pero esta realidad trascendente no la interpreta o vive en clave de poder, de grandeza, de dominio. Cristo no utiliza su ser igual a Dios, su dignidad gloriosa y su potencia como instrumento de triunfo, signo de distancia, expresión de aplastante supremacía (Cf. versículo 6). Por el contrario, se «despojó», se vació a sí mismo, sumergiéndose sin reservas en la mísera y débil condición humana. La «forma» («morphe») divina se esconde en Cristo bajo la «forma» («morphe«) humana, es decir, bajo nuestra realidad marcada por el sufrimiento, la pobreza, la limitación y la muerte (Cf. versículo 7).
No se trata, por tanto, de un simple revestimiento, de una apariencia que cambia, como se creía que sucedía con las divinidades de la cultura grecorromana: es la realidad divina de Cristo en una experiencia auténticamente humana. Dios no se presenta sólo como hombre, sino que se hace hombre y se convierte realmente en uno de nosotros, se convierte realmente en «Dios-con-nosotros», no se contenta con mirarnos con una mirada benigna desde el trono de su gloria, sino que entra personalmente en la historia humana, convirtiéndose en «carne», es decir, en realidad frágil, condicionada por el tiempo y el espacio (Cf. Juan 1, 14).
3. El hecho de compartir verdadera y radicalmente la condición humana, a excepción del pecado (Cf. Hebreos 4,15), lleva a Jesús a esa frontera que es el signo de nuestra finitud y caducidad, la muerte. Ahora bien, no tiene lugar como fruto de un mecanismo oscuro o de una ciega fatalidad: nace de su libre elección de obediencia al designio de salvación del Padre (Cf. Filipenses 2, 8).
El apóstol añade que la muerte que afronta Jesús es la de la cruz, es decir, la más degradante, queriendo de este modo ser realmente hermano de todo hombre y mujer, incluso de aquellos que son obligados a un final atroz e ignominioso.
Pero precisamente en la pasión y muerte, Cristo testimonia su adhesión libre y consciente a la voluntad del Padre, como se lee en la Carta a los Hebreos: «aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia» (Hebreos 5, 8).
Detengamos aquí nuestra reflexión sobre la primera parte del himno cristológico, concentrado en la encarnación y en la pasión redentora. Tendremos la ocasión más adelante de profundizar en el itinerario sucesivo, el pascual, que lleva de la cruz a la gloria. El elemento fundamental de esta primera parte del himno me parece ser la invitación a penetrar en los sentimientos de Jesús. Penetrar en los sentimientos de Jesús quiere decir no considerar el poder, la riqueza, el prestigio como los valores supremos de nuestra vida, pues en el fondo no responden a la sed más profunda de nuestro espíritu, sino abrir nuestro corazón al Otro, llevar con el Otro el peso de nuestra vida y abrirnos al Padre de los Cielos con sentido de obediencia y confianza, sabiendo que precisamente, si somos obedientes al Padre, seremos libres. Penetrar en los sentimientos de Jesús: éste debería ser el ejercicio cotidiano de la vida como cristianos.
4. Concluyamos nuestra reflexión como un gran testigo de la tradición oriental, Teodoreto, obispo de Ciro, en Siria, en el siglo V: «La encarnación de nuestro Salvador representa el cumplimiento más elevado de la solicitud divina por los hombres. De hecho, ni el cielo, ni la tierra, ni el mar, ni el aire, ni el sol, ni la luna, ni los astros, ni todo el universo visible e invisible, creado únicamente con su palabra o más bien traído a la luz por su palabra, según su voluntad, indican su inconmensurable bondad como el hecho de que el Hijo unigénito de Dios, el que subsistía en la naturaleza de Dios (Cf. Filipenses 2, 6), resplandor de su gloria, impronta de su sustancia (Cf. Hebreos 1, 3), que existía en el principio, que estaba con Dios y que era Dios, por el que todo se hizo (Cf. Juan 1, 1-3), tras haber asumido la naturaleza de siervo, apareció en forma de hombre, por su figura humana fue considerado como un hombre, se le vio en la tierra, mantuvo relación con los hombres, cargó con nuestros padecimientos y enfermedades» («Discursos sobre la providencia divina» --«Discorsi sulla provvidenza divina», 10: «Collana di testi patristici», LXXV, Roma 1988, pp. 250-251).
Teodoreto de Ciro continúa su reflexión subrayando precisamente la íntima relación subrayada por el himno de la Carta a los Filipenses entre la encarnación de Jesús y la redención de los hombres. «El Creador con sabiduría y justicia actuó por nuestra salvación. Dado que no quiso servirse sólo de su potencia para ofrecernos el don de la libertad, ni utilizar sólo la misericordia contra quien ha sometido al género humano, para que éste no acusara a la misericordia de injusticia, concibió un camino lleno de amor para los hombres y al mismo tiempo de justicia. De hecho, después de haber asumido la naturaleza vencida del hombre, la lleva a la lucha y la dispone a reparar la derrota, a dispersar a aquel que anteriormente había logrado la victoria, a liberarse de la tiranía de quien había impuesto la esclavitud y a recuperar la primitiva libertad» (ibídem, páginas 251-252)
[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. Éstas fueron sus palabras en castellano:]
Queridos hermanos y hermanas: En la primera parte del Cántico que hemos escuchado, consideramos cómo Cristo «se despoja» (Flp 2,6) de su gloria divina y asume la condición humana. Humillado por la muerte más infame, la crucifixión, es propuesto como modelo de vida para el cristiano. En efecto, éste debe tener «los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús» (v. 5), sentimientos de humildad y de entrega, de desprendimiento y generosidad.
Cristo, aun siendo igual a Dios, no usó su dignidad gloriosa y su poder como instrumento de triunfo, signo de distancia o expresión de supremacía. Al contrario, asumió sin reservas la condición humana, mísera y débil, marcada por el sufrimiento, la pobreza y la fragilidad, sometida al tiempo y al espacio. Esto le lleva hasta la frontera de lo que es nuestra finitud y caducidad, es decir, la muerte, obedeciendo así al designio de salvación querido por el Padre.
Saludo ahora a los peregrinos de lengua española, en particular a las parroquias y grupos procedentes las diversas partes de España, así como de Andorra, Argentina, México, Puerto Rico, Costa Rica, Honduras y demás países latinoamericanos. El próximo viernes es la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús; pidámosle que nos ayude a amar a nuestros hermanos como él nos amó.
Muchas gracias por vuestra atención. ZS05060101 Volver al Indice
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COMUNICACIÓN E INFORMÁTICA
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6. Tecnnotas: Un truco para navegar mejor A la hora de navegar por la red, puede darse el caso que se necesite una mayor visión. En este caso hay un par de trucos muy básicos que se pueden hacer para conseguir un mejor y mayor campo de visión.
El primero de ellos consiste en deshabilitar la barra de estado de Internet Explorer. Se trata de esa barra gris, en la parte inferior de Internet Explorer, que nos indica si una página se está cargando. Si no resulta de mucha utilidad, se puede hacer que desaparezca. Para ello, es necesario un clic en el menú «Ver» de Internet Explorer. Una vez desplegado, clic de nuevo sobre Barra de estado y ésta dejará de estar visible. Para volver a activarla, tan sólo se deben seguir de nuevo estos pasos.
Además de esto, también está la opción de pulsar la tecla F11. Con esto, se conseguirá que desaparezca también todo lo que no resulte totalmente imprescindible a la hora de navegar. Volver al Indice
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Mié, 1 de Jun, 2005 11:03 pm
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