SANTA SEDE
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Este 8 de diciembre será posible beneficiarse de la indulgencia plenaria Por disposición del Papa, en el cuadragésimo aniversario de la clausura del Vaticano II
CIUDAD DEL VATICANO, martes, 29 noviembre 2005 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha concedido la indulgencia plenaria para el próximo 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, en el cuadragésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II.
Así lo anuncia un decreto publicado este martes en latín por la Santa Sede con la firma del cardenal James Francis Stafford, Penitenciario Mayor de la Santa Iglesia Romana, y del padre Gianfranco Girotti, OFM. Conv., regente.
El documento establece que cuando el Papa rinda en Roma, junto a la Plaza de España, «público homenaje de alabanza a la Virgen Inmaculada, desea vivamente que toda la Iglesia se una con el corazón» a esta celebración «para que todos los fieles, reunidos en el nombre de la Madre común, se refuercen en la fe, se adhieran con mayor entrega a Cristo y amen a sus hermanos con caridad más ferviente».
«De aquí proceden, como enseñó con gran sabiduría el Concilio Vaticano II, las obras de misericordia con los indigentes, el respeto de la justicia, la tutela y la búsqueda de la paz», añade el decreto.
La indulgencia plenaria, recuerda, «se puede obtener con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Papa), con espíritu alejado del pecado, en la próxima solemnidad de la Inmaculada Concepción, si los fieles participan a un sacro rito en honor de la Virgen o si, por lo menos, ofrecen un abierto testimonio de devoción mariana frente a una imagen de la Inmaculada expuesta a la veneración pública, rezando el Padrenuestro, el Credo y alguna invocación a la Inmaculada».
Los fieles que «por enfermedad o causa justa» no puedan participar en un rito público o venerar una imagen de la Virgen, «podrán obtener el mismo don de indulgencia en su propia casa o en el lugar donde se encuentren si, con ánimo alejado del pecado y el propósito de cumplir las condiciones necesarias apenas les sea posible, se unen en espíritu y deseo a las intenciones del Sumo Pontífice, orando a la Inmaculada y rezando el Padrenuestro y el Credo».
El 8 de diciembre de 1965, el siervo de Dios Pablo VI, Sumo Pontífice, que había ya proclamado a la Virgen María Madre de la Iglesia, clausurando el Concilio Ecuménico, dedicó grandes alabanzas a Nuestra Señora, que siendo la Madre de Cristo es Madre de Dios y Madre Espiritual de todos nosotros. ZS05112907 Volver al Indice
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DOCUMENTACIÓN
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La enseñanza social de la Iglesia ilumina la situación actual de América Intervención del cardenal Marc Ouellet, arzobispo de Québec y primado de Canadá
MÉXICO, miércoles, 23 noviembre 2005 (ZENIT.org-El Observador).- América es capaz de afrontar los desafíos de la globalización y la marginación «si decide acoger con mayor profundidad la novedad permanente de la revelación cristiana con sus implicaciones sociales y si decide aprender, con la ayuda de la Iglesia, a orientar su dinámica social interna y su influencia planetaria en función de una globalización de la solidaridad», ha dicho el cardenal Marc Ouellet, arzobispo de Québec y primado de Canadá.
La intervención del cardenal Ouellet ha sido una de las más comentadas en el marco del seminario mediante el cual se está presentando en América el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, elaborado --tras cinco años de trabajo-- por el Pontificio Consejo Justicia y Paz que encabeza el cardenal Renato Raffaele Martino.
«La antropología cristiana de "l'imago Dei" devela el fundamento último de la dignidad de la persona humana y de sus relaciones constitutivas, familiares y sociales. Ella aporta una luz liberadora a la cultura vigente en América, marcada por el individualismo, el relativismo y la violencia», ha dicho el cardenal Ouellet, quien presidirá, en el 2008, el Congreso Eucarístico Internacional, a celebrarse en Québec.
En la sección de «Documentos» de la página web de Zenit es posible leer el texto completo de la conferencia. ZS05112311 Volver al Indice
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Carta pastoral de Adviento 2005 Vivir en plenitud caminando hacia Cristo Jesús
Queridos Amigos: Hace mucho tiempo que quería escribirles sobre la vida eterna, la vida que nos espera después de ésta. Desde que era chico, la idea de la eternidad, de llegar a la presencia de Dios, fue para mí muy fuerte. Creo que sin una conciencia clara de esa dimensión, nuestra vida cristiana queda recortada, parcializada. Es posible que antes del Concilio Vaticano II, se haya insistido en una visión de la eternidad que dejaba un poco de lado la construcción de la vida y de la sociedad en esta tierra. Pero también creo que en la actualidad podemos estar corriendo el riesgo contrario: tener una valoración tan fuerte en las cuestiones de ésta vida, que olvidemos nuestra dimensión de eternidad. El adviento es un tiempo propicio para trabajar en la virtud de la esperanza y para prepararnos para las diversas “venidas” del Señor: su llegada cotidiana a nuestras vidas a través de lo acontecimientos diarios y de los que viven a nuestro lado, la venida de la próxima Navidad, nuestro encuentro con Él al final de nuestra peregrinación por este mundo y su venida definitiva al final de la historia. Les escribo esta carta con el deseo de prepararnos juntos para el encuentro con el Señor, para animarnos mutuamente a estar atentos y vigilantes al Señor que llega.
Vamos a dar distintos pasos en nuestra reflexión, que nos ayuden a ir adentrándonos en este misterio tan hondo y tan cotidiano a la vez.
• Todo lo que vive, muere
Nuestra cultura oculta la enfermedad, la vejez y la muerte, pero no por eso dejan de existir, todo lo contrario: en una sociedad negadora del dolor, este se vuelve más difícil de vivir porque la educación y el medio ambiente no le dan elementos a las personas para transitar estos procesos ineludibles. Creo que nosotros, como cristianos, podemos enfrentar esta realidad, (que tal vez sea la más difícil de la vida), porque sabemos que la muerte no tiene la última palabra, aunque haya que pasar por ella.
En efecto, aceptar que somos mortales y limitados, es un paso importante en nuestra madurez humana y cristiana. Muchas veces transitamos nuestros días como si nunca fuéramos a morir, como si permaneciéramos aquí para siempre. Esto no nos hace más felices, todo lo contrario: nos lleva a vivir de una manera equivocada. Incurrimos en dos errores muy comunes: no disfrutamos de cada día, ni de cada momento y además, muchas veces no prestamos la debida atención a la salud, al descanso, al resto de las cosas verdaderamente importantes. Esto lo vemos en especial en los adolescentes, y es normal: la etapa que están viviendo los lleva a pensar que son inmortales e invulnerables, que a ellos “no les va a pasar nada”, entonces, por ejemplo, van a altas velocidades en moto y sin casco… con el convencimiento de que nada malo les sucederá. Es una etapa de la vida, y en esa etapa, los mayores tenemos que advertirles que ellos tampoco son invulnerables, hasta que ellos mismos crezcan y se convenzan solos. Claro que muchas veces los mayores nos comportamos como adolescentes, ¿Qué sucede cuando el tiempo no logra hacernos madurar en este sentido? Esto es lo que vemos en amplios sectores de la cultura y de la sociedad: vivimos como si la muerte no existiera y como si la enfermedad y los accidentes les sucedieran a otros, allá lejos. Envueltos en una cultura que frecuentemente nos dice que lo único que sirve y vale es el éxito, negamos lo que existe, porque nos duele ver la realidad tal como es.
Sin embargo, la observación de la naturaleza y de sus ciclos vitales nos dice que la vida tal como la conocemos, termina. Que existe la enfermedad y que la vida es fuerte y frágil a la vez. Que todo lo que vive, muere. Existen la niñez y la juventud, pero también la adultez y la vejez, y todo forma parte del ciclo vital. Está la vida joven y fuerte, pero también la vida más frágil del enfermo y del anciano. Todos compartimos esta existencia, que tiene su belleza y su plenitud en todas sus formas, si nosotros aprendemos a verlas.
Tenemos que decir también, que nuestro corazón experimenta un anhelo de vida y de felicidad completas, que se chocan con la realidad del dolor y de la muerte. ¿Será posible ser feliz con esta aspiración en el corazón, y con la evidencia del sufrimiento conviviendo con la felicidad y de la vida coexistiendo con la muerte? Viene a mi memoria el testimonio de Juan Pablo II, y me pregunto: ¿Cuándo fue más plena su misión entre nosotros? ¿Cuándo viajaba y predicaba por todo el mundo? ¿O cuando vivía con tanta entrega las limitaciones de su edad y de su enfermedad? La respuesta la sabe Dios, pero me animo a decir que nos evangelizó de las dos maneras, viviendo a fondo y con amor lo que le tocaba vivir en cada momento. Su testimonio alienta nuestra entrega. Esto es lo maravilloso de la Iglesia: su dimensión de comunión. Quienes han llegado ya a la casa del Padre nos alientan con su ejemplo: meditando sobre sus vidas, sus luchas y sus logros, encontramos fuerzas para entregarnos en nuestra misión. Pero no sólo es una cuestión de “buen ejemplo”, ya que contamos también con su intercesión. Desde el cielo ellos piden por nosotros, por eso es bueno que nosotros contemos con esta ayuda y la pidamos, y que recemos también unos por otros y por los difuntos que se están purificando. Porque el cielo no está lejos, ni arriba, es una realidad espiritual que está entre nosotros: ¡los santos comparten nuestra vida y nuestra historia! Y están empeñados en que gocemos, como ellos, de la visión de Dios.
• La muerte y las muertes parciales
Para llegar a la vida plena y sin fin, hay que pasar por la muerte, que es eso, precisamente: un paso. Aceptar la muerte no significa solamente saber que nos vamos a morir. Podemos decir que se está preparando a “bien morir”, quien vive bien las “muertes” que le van tocando a lo largo de la vida: muerte de algún sueño o proyecto, muerte de una relación importante, de un ciclo vital, pérdida del trabajo o de la salud. ¿Quién se anima a decir que será capaz de ponerse en manos de Dios en el último instante de su vida, si no sabe vivir entregado hoy, a lo que le toca vivir?
Al mismo tiempo, aún en el orden humano, todos vamos tomando conciencia de que aprendemos mucho, (y a menudo aprendemos a ser felices), gracias a estas experiencias difíciles, que podríamos llamar de dolor o de muerte: ¡Cómo valoramos, por ejemplo, la salud o el trabajo, cuando los recuperamos después de haberlos perdido! Accedemos a una felicidad que antes no teníamos y a una sensibilidad nueva que nos permite ponernos en el lugar de quien hoy no tiene salud o trabajo: ¡Cuánto más comprendemos el sufrimiento de los demás después de estas experiencias! Ese dolor, como cualquier otro, nos ha hecho crecer y conocer otras dimensiones de la vida que hoy nos procuran felicidad a nosotros y a los que se benefician de nuestra solidaridad. Pasado el tiempo, nos encontramos muchas veces agradeciéndole a Dios ese momento difícil, por todo lo que nos ha regalado a través de ese dolor: ¡qué cosa tan rara! Humanamente muchas veces no lo entendemos, pero podemos percibir que el dolor nos ha enseñado mucho y le ha dado una plenitud nueva a nuestras vidas.
• Jesús vino a compartir nuestra vida y nuestra muerte
¿Qué respuesta nos da la fe a todo esto? El Hijo de Dios se hace hombre y comparte todo con nosotros, con una existencia semejante a la nuestra en todo, menos en el pecado. Ninguna circunstancia humana feliz o dolorosa, le es ajena, porque se ha hecho hombre: ¡qué misterio tan grande!
Al asumir nuestra condición, Jesús se hace vulnerable a todas las cosas que nos afectan a los humanos; Él también vivió esas “muertes parciales” de las que hablábamos antes: abandono de los amigos, aparente fracaso de su predicación, hasta llegar a la muerte en la cruz y resucitar entre los muertos. Esta es la primera y más fuerte respuesta de Dios a nuestra fragilidad: Él vino a compartirla con nosotros, llegando hasta la muerte. Jesús no sólo vivió esta realidad, sino que nos dice en su evangelio que todo lo que nosotros anhelamos es verdad: viviremos para siempre y seremos plenamente felices. Su resurrección es la prueba de la autenticidad de sus palabras.
• ¡El Reino de Dios ha llegado!
¿Jesús habló de la vida eterna? Fundamentalmente, Jesús habló del Reino de Dios, lo anunció con parábolas, en un lenguaje sencillo y profundo, que nos lleva a cuestionarnos nuestra manera de ser y de actuar, pero dejó bien en claro que la plenitud de ese Reino se dará en la eternidad.
En una carta que les escribí a los catequistas de la diócesis, les recordaba el capítulo 13 del evangelio de Mateo, allí el Señor habla en parábolas sobre el Reino: ¿Qué figuras utiliza Jesús? el sembrador (3-9 y 18-23), la cizaña y el trigo (24-30 y 36-43), el grano de mostaza (31-32), la levadura (33), el tesoro (44), la perla (45-46), la red (47-50). En aquella oportunidad, les recordaba a los catequistas que todas nos hablan de la eficacia misteriosa de la Palabra, del valor incalculable del Reino y de su crecimiento lento en los corazones. De cómo crece entre dificultades…
Son todas imágenes alentadoras pero que nos enseñan acerca de la necesidad de ser humildes, de no ser exitistas. Nos invitan al gozo, pero también a la paciencia, a ser hombres y mujeres de esperanza, que crezcan en discernimiento, en gratuidad, en espíritu de fe. Personas que reconozcan la paciencia grande que Dios tuvo con ellas y aprendan a ofrecerla a los demás.
El Reino, nos está diciendo Jesús, es una realidad presente y futura al mismo tiempo, que empieza aquí, pero que conoce su plenitud en otra vida. Solemos describir esa realidad diciendo que el Reino de Dios es un “Ya…pero todavía no”, es decir, una realidad presente, pero no consumada o realizada plenamente.
Jesús comienza su predicación diciendo “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca, conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc 1, 15), habla del Reino cercano, presente, “El Reino de Dios está entre ustedes” (Lc 17,21). Pero también nos enseña a esperarlo y a pedirlo, diciendo con ello que el Reino es una realidad de futuro, por ejemplo, cuando les enseña el Padre Nuestro a sus discípulos: “Padre, Santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino…” (Lc 11,2).
¿Qué significa esto? Que el Reino de Dios o de los cielos será una realidad plena en nosotros, en la vida eterna, pero que esa vida eterna, comienza aquí, cuando nosotros optamos por vivir amando como El nos amó. Esto nosotros lo podemos verificar con relativa facilidad: hay situaciones que manifiestan más el cielo y hay otras que son un infierno. Algunas nos adelantan la realidad final del amor y de la entrega y hay otras que nos niegan con su sola presencia la posibilidad de la felicidad plena y eterna concebida como mutua donación. ¿Qué diferencia hay entre esta vida y la otra? En esta vivimos de la fe, en la otra, por la gracia de Dios, veremos al Señor cara a cara.
• Vivir esta vida en dimensión de eternidad
¿En qué cambia nuestra vida cuando somos concientes, de verdad, de nuestra condición de “mortales”? Seguramente, muchos de nosotros hemos hecho esta experiencia al acompañar a algún ser querido en el momento de la muerte, o al presenciar un accidente y pensar que nosotros pudimos haber estado allí. Al hacer estas experiencias, de hecho, muchas veces las personas deciden cambiar su forma de vivir, tener otras prioridades, invertir de otra manera su tiempo, etc.
¿Es distinta nuestra vivencia de estas realidades a partir de la presencia de Jesús en nuestra vida? Ciertamente. En primer lugar porque la fe nos dice que el valor de nuestra vida está dado por el amor que Dios nos tiene: cada persona, cada vida, es de un valor incalculable a los ojos de Dios. Además, porque nos sentimos invitados a corresponder a ese amor que está al inicio de nuestro llamado a existir.
Precisamente porque este tiempo es corto, es importante vivirlo bien y en plenitud. ¿Qué es vivir bien y vivir mal en términos evangélicos? Precisamente, vivir en el amor como sentido y plenitud de esta vida y de la futura. El evangelio nos habla mucho de una actitud que cultivamos poco: la vigilancia, hay parábolas que nos hablan de ella, por ejemplo la parábola del servidor que espera al dueño de casa (Mt 24, 45-51), o la parábola de las diez jóvenes que esperan al novio (Mt 25, 1-12). ¿Qué significa ser vigilantes? Significa estar atentos y despiertos, en un sentido vital, saber darnos cuenta del valor real de las cosas en sentido evangélico. Les doy un ejemplo: muchas veces vivimos pendientes de los pequeños apuros cotidianos y por “llegar a tiempo” (en cosas tal vez importantes, pero relativas), dejamos de prestar atención a las personas, no nos interesamos por ellas, no nos preguntamos lo que querrá el Señor de nosotros en esta situación, etc. Parece que estamos despiertos, pero en realidad, estamos dormidos a las verdaderas realidades, a las cosas que sí son importantes. Y así la vida pasa sin que nosotros la vivamos a fondo, sin que sepamos ver los “signos de los tiempos”. Nosotros sabemos qué será lo único importante al final de nuestras vidas, lo leemos en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo: “¿Cuándo te vimos hambriento o sediento, desnudo o sin techo?...Lo que hicieron al más pequeño… a Mí me lo hicieron” (ver Mt 25, 31-45).
Bueno, amigos y amigas, creo que tenemos mucho para reflexionar mientras preparamos el pesebre en esta navidad. Cada adviento y cada navidad nos dan la posibilidad de nacer de nuevo junto al Señor, nacer con Él y gracias a Él a una vida nueva, llevar adelante en nosotros una auténtica renovación. Volvamos a escuchar a Jesús que nos dice: “El que no renace de lo alto, no puede ver el reino de Dios” (Jn 3,3) y dejémonos transformar por Él, por la fuerza de su vida, por el misterio de su amor, que se nos vuelve a dar en esta navidad. Rezo por la renovación de nuestros corazones y de nuestras comunidades, pidiéndole a la Madre de Jesús que nos acompañe en este “nuevo nacimiento”
¡Feliz Navidad!, con mi afecto y Bendición,
Jorge Casaretto Obispo de San Isidro
Carta Pastoral de Adviento 2005: GUÍA DE TRABAJO Tal como hicimos en otras cartas pastorales, nos vamos a ayudar con una guía de trabajo en nuestra reflexión personal y comunitaria.
¿Qué es una Guía de Trabajo?
Es una serie de preguntas que nos ayudarán a interiorizar los contenidos de la CARTA PASTORAL. No se trata de encontrar la "respuesta correcta", sino de preguntarnos acerca de lo que estamos reflexionando, para ver qué repercusión tienen estas realidades en la vida de cada uno de nosotros. Sería bueno que escribamos las respuestas, ya que el ejercicio de escribir nos ayuda a concentrarnos y a ponernos en contacto con nuestro interior. Si queremos, después podemos compartir lo que hemos reflexionado, con nuestra familia o comunidad. Aquí van las preguntas: 1. ¿He pensado alguna vez en la vida eterna? ¿Cuándo? ¿Cómo me la imagino? 2. A lo largo de mi vida, ¿Qué cosas han significado para mí una “muerte” o una pérdida importante? ¿Cómo viví cada una de esas circunstancias? ¿Qué enseñanzas me quedaron de esas experiencias? Una sugerencia: En este adviento, como gesto de preparación a la llegada del Señor, puedo acercarme con mi solidaridad a alguien que esté pasando por un dolor que yo he vivido en el pasado. Por ejemplo, si en algún momento me quedé sin trabajo y ahora lo tengo, puedo acercarme con un gesto de solidaridad a quien hoy está desempleado. 3. ¿Cómo imagino el día de mi muerte? ¿Cómo me gustaría haber vivido? ¿Qué cosas me gustaría haber hecho? ¿Qué es lo que puedo ir haciendo desde ahora para terminar esta vida según mi deseo? 4. ¿A qué santo o santa le tengo devoción? ¿me siento más cercano/a o amigo/a de alguno/a de ellos? ¿Le pido ayuda en los momentos difíciles? ¿y en mi vida cotidiana? 5. ¿Rezo por otras personas? ¿Y por los difuntos? 6. Reflexionemos sobre las dos parábolas de “vigilancia” que menciona la carta: la parábola del servidor que espera al dueño de casa (Mt 24, 45-51), y la parábola de las diez jóvenes que esperan al novio (Mt 25, 1-12) ¿Cómo es la “vigilancia” que nos pide el evangelio? ¿Cómo puedo vivir esta actitud en este adviento? ¿Qué descubro hoy en estas parábolas?
7. Hago una oración contándole al Señor cómo me siento, qué quiero agradecerle y pedirle al llegar esta Navidad. Especialmente le pido que me ayude a reconocerlo en los hermanos y que prepare mi corazón para encontrarme con Él. Volver al Indice
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Benedicto XVI: Creyentes y no creyentes, peregrinos hacia la Ciudad de Dios Comentario al Salmo 136, «Junto a los ríos de Babilonia»
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 30 noviembre 2005 (ZENIT.org).- Publicamos la meditación que dirigió este miércoles Benedicto XVI durante la audiencia general en la que comentó el Salmo 136, «Junto a los ríos de Babilonia».
Junto a los ríos de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión; en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras.
Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar; nuestros opresores, a divertirlos: «Cantadnos un cantar de Sión».
¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha;
que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías.
1. En este primer miércoles de Adviento, tiempo litúrgico de silencio, vigilancia y oración en preparación de la Navidad, meditamos en el Salmo 136, que se ha hecho famoso en la versión latina de su inicio, «Super flumina Babylonis». El texto evoca la tragedia vivida por el pueblo judío durante la destrucción de Jerusalén, que tuvo lugar en el año 586 a. C., y el sucesivo exilio en Babilonia. Nos encontramos ante un canto nacional de dolor, caracterizado por una seca nostalgia de lo que se perdió.
Esta sentida invocación al Señor para que libere a sus fieles de la esclavitud de Babilonia expresa también sentimientos de esperanza y de espera en la salvación con los que hemos comenzado el camino del Adviento.
La primera parte del Salmo (Cf. versículos 1-4) tiene como telón de fondo la tierra del exilio, con sus ríos y canales, que regaban la llanura de Babilonia, sede de los judíos deportados. Es como una anticipación simbólica de los campos de exterminio en los que el pueblo judío --en el siglo que acabamos de concluir-- fue conducido hacia una operación infame de muerte, que ha quedado como una vergüenza indeleble en la historia de la humanidad.
La segunda parte del Salmo (Cf. versículos 5-6) está llena del recuerdo amoroso de Sión, la ciudad perdida, pero que sigue estando viva en el corazón de los deportados.
2. En las palabras del salmista quedan involucrados la mano, la lengua, el paladar, la voz, las lágrimas. La mano es indispensable para quien toca la cítara: pero ha quedado paralizada (Cf. versículo 5) por el dolor, porque además las cítaras han sido colgadas en los sauces.
El cantor necesita la lengua, pero ahora se encuentra pegada al paladar (Cf. versículo 6). Los cantares de Sión son cánticos del Señor (versículos 3-4), no son canciones folklóricas y de espectáculo. Sólo en la liturgia y en la libertad de un pueblo pueden subir al cielo.
3. Dios, que es el último árbitro de la historia, sabrá comprender y acoger, según su justicia, el grito de las víctimas, más allá de los tonos ásperos que a veces adquiere.
Queremos encomendar a san Agustín una ulterior meditación sobre nuestro salmo. En ella, el padre de la Iglesia introduce un elemento sorprendente y de gran actualidad: sabe que también entre los habitantes de Babilonia hay personas que se comprometen con la paz y con el bien de la comunidad, a pesar de que no comparten la fe bíblica, a pesar de que no conocen la esperanza de la Ciudad eterna a la que nosotros aspiramos. Ellos tienen una chispa de deseo de lo desconocido, de lo más grande, del trascendente, de una auténtica redención. Y dice que entre los perseguidores, entre los no creyentes, hay personas con esta chispa, con una especie de fe, de esperanza, en la medida en que les es posible en las circunstancias en las que viven. Con esta fe en una realidad desconocida, están realmente en camino hacia la auténtica Jerusalén, hacia Cristo. Y con esta apertura de esperanza, válida incluso para los babilonios --como les llama Agustín--, para quienes no conocen a Cristo, y ni siquiera a Dios, y que sin embargo desean lo desconocido, lo eterno, nos exhorta a no fijarnos sólo en las cosas materiales del momento presente, sino a perseverar en el camino hacia Dios. Sólo con esta esperanza más grande podemos, de manera justa, transformar este mundo. San Agustín lo dice con estas palabras: Si somos ciudadanos de Jerusalén…y tenemos que vivir en esta tierra, en la confusión del mundo presente, en la Babilonia presente, donde no vivimos como ciudadanos sino que somos prisioneros, es necesario que lo que dice el Salmo no sólo lo cantemos, sino que lo vivamos: esto se hace con una aspiración profunda del corazón, deseoso plena y religiosamente de la ciudad eterna».
Y haciendo referencia a la «ciudad terrestre llamada Babilonia» añade: en ella «hay personas que, movidas por el amor a ella, se las ingenian para garantizar la paz --paz temporal--, sin nutrir otra esperanza en el corazón que la alegría de trabajar por la paz. Y nosotros les vemos hacer todo esfuerzo para ser útiles a la sociedad terrena. Ahora bien, si se comprometen con conciencia pura en estas tareas, Dios no permitirá que perezcan con Babilonia, al haberles predestinado a ser ciudadanos de Jerusalén: a condición, sin embargo, de que viviendo en Babilonia, no busquen la soberbia, los fastos caducos y la arrogancia... Él ve su servicio y les mostrará la otra ciudad, hacia la que tienen que suspirar verdaderamente y orientar todo esfuerzo» («Comentarios a los salmos» - «Esposizioni sui Salmi», 136,1-2: «Nuova Biblioteca Agostiniana», XXVIII, Roma 1977, pp. 397.399).
Y pidamos al Señor que en todos nosotros despierte este deseo, esta apertura hacia Dios, y que también los que no conocen a Cristo puedan quedar tocados por su amor, de manera que todos juntos peregrinemos hacia la Ciudad definitiva y la luz de esta Ciudad pueda brillar también en nuestro tiempo y en nuestro mundo.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, el Santo Padre saludó a los peregrinos en varios idiomas. Estas fueron sus palabras en inglés:]
Queridos hermanos y hermanas: El salmo que hoy se ha proclamado, evoca la tragedia vivida por el pueblo hebreo durante la destrucción de Jerusalén y la deportación a Babilonia. Contiene una dolorosa invocación al Señor, llena de nostalgia por el recuerdo amoroso de Sión, la ciudad perdida, en la que se expresan bien los sentimientos de esperanza y expectación de la salvación que señalan el tiempo de adviento, tiempo litúrgico de silencio, vigilancia y oración, como preparación al nacimiento de Cristo.
Así pues, puesto que somos ciudadanos de la Jerusalén celestial, vivimos, según afirma San Agustín, como prisioneros en el mundo presente, en esta tierra de confusión; por eso es necesario que «no sólo cantemos lo que se dice en el Salmo sino que lo vivamos: lo cual se realiza en la aspiración profunda de un corazón plena y religiosamente deseoso de la ciudad eterna».
Saludo cordialmente a los visitantes y peregrinos de lengua española, en particular a las Religiosas de María Inmaculada, reunidas en Capítulo general, a los cofrades de la Hermandad de Santa Marta de España, así como a los peregrinos de México y de otros Países latinoamericanos. Al comienzo del Adviento os animo a prepararos con alegría para que el Señor encuentre en vuestros corazones una digna morada llena de amor y esperanza. Muchas gracias. Volver al Indice
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COMUNICACIÓN E INFORMÁTICA
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La web del V Encuentro Mundial de la Familia supera el millón de visitas www.emf2006.org se ofrece en versión plurilingüe
VALENCIA, jueves, 24 noviembre 2005 (ZENIT.org).- Más de un millón de visitas de los cinco continentes ha recibido ya la web oficial del V Encuentro Mundial de la Familia (EMF) www.emf2006.org, el gran acontecimiento convocado en la ciudad española de Valencia del 1 al 9 de julio por el Papa, cuya presencia se espera.
El boletín del miércoles del EMF recoge que el país (fuera de España) del que más visitas se han recibido hasta el momento es Italia, con un 4% de las cifras totales, seguido de los EE. UU. y México, con el 3% por ciento –apuntaron a la agencia informativa del arzobispado de Valencia «Avan» fuentes de la organización--.
Hasta de Malta, a pesar del reducido número de su población, se han recibido 900 visitas.
Entre sus contenidos www.emf2006.org ha incorporado un espacio dedicado a la Feria Internacional de las Familias, que se celebrará en Valencia del 1 al 7 de julio de 2006, dentro de los actos del EMF.
En la Feria está prevista la participación de asociaciones, organizaciones y entidades que trabajan a favor de la familia.
En la citada web se puede consultar el programa de actos del EMF, audiovisuales sobre la familia, noticias sobre el próximo evento y un foro para los voluntarios, así como testimonios y mensajes de adhesión de familias de los cinco continentes.
La versión del portal más solicitada es la española, seguida de la italiana, inglesa, portuguesa, valenciana, alemana y finalmente la francesa.
Además se han generado más de medio millar de enlaces desde otras páginas web de todo el mundo de colegios, congregaciones, instituciones católicas o diócesis de distintos países. ZS05112408 Volver al Indice
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