PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA
Av. Libertador 13.900 - 1640 Martínez - Tel. y Fax 4508-8501 // 8502
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Noticias desde la Parroquia de Fátima
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Lunes 6 de marzo de 2006 - Año IX - N° 311 |
INDICE
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NUESTRA PARROQUIA
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NUESTRA DIOCESIS
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Horarios
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Centro Diocesano de Formación Litúrgica
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Grupo Matrimonios + Matrimonios
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Centro Pablo VI
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Encuentros Catequísticos
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SANTA SEDE
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Casa de los Amigos
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El Papa nombró un nuevo obispo auxiliar de Buenos Aires
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Inscripción para Confirmación
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DOCUMENTACIÓN
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Carta Pastoral de Cuaresma 2006
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Benedicto XVI: La Cuaresma, tiempo «para convertirse al amor»
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Servicios de Noticias
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NUESTRA PARROQUIA
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Horarios A partir del sábado 11 de marzo la misa volverá al horarios de las 19.30 hs. A partir del domingo 12 de marzo se vuelve a celebrar la misa de las 18.30 hs. Ya está funcionando en su horario habitual, la secretaría parroquial. Recordamos que la atención es de lunes a viernes de 9.30 a 12.30 y de 16 a 19 hs, y los primeros y terceros sábados de cada mes de 10.30 a 12.30 Volver al Indice
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Grupo Matrimonios + Matrimonios Invita a participar a todos los matrimonios en un taller para trabajar sobre : “El éxito de la buena relación en la pareja, depende de la buena comunicación”. Se puede!! Dirigido por la Lic. Martha M. de Martín
Viernes 31 de Marzo a las 20.15 hs en los Salones Parroquiales Alvear 1056 Martínez.
Dicho taller es gratuito, a quienes deseen participar agradeceremos que se anoten con anticipación dejando sus datos en la secretaría parroquial al TE. 4508-8501 Habrá servicio de bar Volver al Indice
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Encuentros Catequísticos PARA NIÑOS ADOLESCENTES Y ADULTOS PREPARACIÓN PARA RECIBIR EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA
Días y Horarios durante el mes de marzo para las Inscripciones:
Martes 14 y 21 de 8.30 a 9.30 hs. Miércoles 15 y 22 de 17 a 18.30 hs. Jueves 16 y 23 de 17 a 18.30 hs. Viernes 17 y 24 de 17 a 18.30 hs. Acercarse a los Salones Parroquiales - Alvear 1056 - Martínez Volver al Indice
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Casa de los Amigos Ponemos en conocimiento, que a partir del mes de marzo se reanudarán todas las actividades en la CASA DE LOS AMIGOS, con todo el entusiasmo y deseos de ir progresando en brindar a todos nuestros jóvenes de 60 años en adelante, un lugar de encuentro y camaradería.
Durante el verano hubo algunas actividades, y para el presente año se desarrollaran las siguientes: Taller de Pintura - Taller Literario - .Manualidades - Documentales - Películas - Taller de Canto y Opera - Teatro Improvisado - Conferencias - Juegos de Cartas - Tés Musicales - y otras sugerencias en marcha.
Y recordamos que todas las actividades se terminan alrededor de la mesa, saboreando un rico te con exquisiteces que entre todos llevamos… La Casa de los Amigos está abierta a todos, y dispuesta a llevar adelante cualquier actividad que se proponga realizar.
Para mayor información dirigirse a Trixie o Miguel 4792-0815
LOS ESPERAMOS Vieytes Nº 942 Martínez Todas estas actividades son totalmente gratuitas. Volver al Indice
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Inscripción para Confirmación La inscripción a los grupos de Confirmación 2006 comenzará el 19 de marzo y se realizará de la siguiente manera: • El viernes 17 y el viernes 24 de marzo estaremos de 18 a 20hs. en los salones parroquiales (Alvear 1056) para anotarlos. • Los domingos 19 y 26 de marzo al finalizar la Misa de 20hs. te podés acercar a los jóvenes encargados del coro y anotarte. Para más información mandanos un mail a: jovenes@... Volver al Indice
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NUESTRA DIÓCESIS
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Centro Diocesano de Formación Litúrgica Abierta la Inscripción para el ciclo 2006
Curso de Formación destinado a todos los que trabajan en la liturgia de las comunidades, a catequistas, religiosos, sacerdotes o a aquellos que quieran completar su formación. Duración 2 años.
Curso básico de formación en Liturgia: Días miércoles de 19 a 21 horas. Curso de Especialización: Miércoles de 18 a 20 horas.
Matrícula $ 15 - Cuota $ 15
Las clases comienzan el 5 de abril.
Informes e inscripción: Casa Pastoral Diocesana: Ituzaingó 90 - 1642 San Isidro - Miércoles de 17.00 a 20.00 horas. T E 4512-3851 Volver al Indice
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Centro Pablo VI FORMACIÓN - INVESTIGACIÓN - CAPACITACIÓN Obispado de San Isidro - Vicaría de Pastoral social
ESCUELA DE FORMACIÓN POLITICA PARA JÓVENES
El Centro Paulo VI promueve la realización de una ESCUELA DE FORMACION SOCIAL Y POLITICA PARA JÓVENES. Este año abriremos 4 sedes: San Isidro, Vicente López, San Fernando y Tigre.
Se prevé la formación de comisiones de veinte jóvenes con un tutor, cada una de las cuales constituirá una "comunidad de aprendizaje" que elaborará su propio proyecto local. La iniciativa viene realizándose con éxito desde hace dos años y ha comenzado a extenderse a otros países de América Latina y es parte de una experiencia internacional que convoca a jóvenes de todo el mundo, en el marco del "MPU" (Movimiento Políticos por la Unidad). Este movimiento se inspira en el pensamiento y la espiritualidad de Chiara Lubich, que se caracteriza por promover la unidad y la comunión entre las personas más allá de sus credos e ideologías.
Los interesados podrán inscribirse por Internet: www.mppu.org.ar y solicitar mayores informes a: pablo_sexto@... Lic. Alberto Ivern Lic. Isabel Gatti Coordinación programa de Formación Volver al Indice
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SANTA SEDE
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El Papa nombró un nuevo obispo auxiliar de Buenos Aires Buenos Aires, 1 Mar. 06 (AICA) El Santo Padre Benedicto XVI nombró obispo titular de Troina y auxiliar de la arquidiócesis de Buenos Aires al presbítero Raúl Martín, de 48 años, actualmente párroco de la basílica-santuario San Antonio de Padua, en el barrio porteño de Villa Devoto. La noticia fue hecha pública esta mañana por el nuncio apostólico, monseñor Adriano Bernardini, a través de la agencia AICA, en forma simultánea con la publicación en Roma. El nuevo obispo viene a completar el número de 6 auxiliares de Buenos Aires, que con el traslado de monseñor Jorge Eduardo Lozano a Gualeguaychú quedó reducido a 5. Mons. Raúl Martín. Datos biográficos
Nació en Buenos Aires el 9 de octubre de 1957. Realizó sus estudios primarios y secundarios en el colegio Manuel Belgrano, de los Hermanos Maristas, en Buenos Aires. A los 26 años ingresó en el Seminario Metropolitano Inmaculada Concepción, de Villa Devoto, donde completó su formación filosófica y teológica, y obtuvo el diploma de Profesor de Teología en la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires. El 17 de noviembre de 1990 recibió la ordenación sacerdotal de manos del cardenal Antonio Quarracino, en una multitudinaria ceremonia celebrada en el estadio Luna Park, en la que se ordenaron 17 sacerdotes del clero porteño.
Tras su ordenación presbiteral fue destinado como vicario parroquial en Nuestra Señora de la Anunciación, de Villa Urquiza (1991-1994), y en San Ramón Nonato, de Vélez Sarsfield (1994-1997). De 1997 a 2000 fue párroco en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, de Villa Luro. En 2001 fue nombrado párroco de la basílica-santuario de San Antonio de Padua, de Villa Devoto, en la que se desempeña hasta hoy. Además de su actividad parroquial fue, de 1991 a 1994, asistente eclesiástico del Seminario Catequístico “María Sede de la Sabiduría”: en 1994 encargado de la pastoral de niños de la Vicaría Devoto; y en 1995 y 1996 vice encargado de la pastoral de niños en el orden arquidiocesano.
Monseñor Raúl Martín es también, desde hace tres años, director espiritual del Seminario Patagónico, que tiene sede en esta ciudad de Buenos Aires.
Desde 1996 es miembro del Consejo Presbiteral Arquidiocesano.+ Volver al Indice
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DOCUMENTACIÓN
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Carta Pastoral de Cuaresma 2006 La Reconciliación: una actitud siempre necesaria en la vida personal y social de los argentinos
Queridos Amigos:
En cada cuaresma emprendemos la tarea de volver a Dios, por medio de una sincera conversión. Concretamente hemos comenzado el año iluminados por la primera Encíclica de Benedicto XVI que nos invita a mirar a Dios como fuente de amor.
Una de las facetas importantes de esta vida en el amor, es la reconciliación. Este tema tiene varios aspectos o niveles y todos son necesarios, porque nuestra meta como discípulos de Jesús es vivir reconciliados. Y esto no como una retórica, como algo abstracto, sino como algo concreto, que se pone de manifiesto en el desafío cotidiano del perdón: abrirnos al perdón de Dios, perdonarnos a nosotros mismos, perdonar a los hermanos y reconciliarnos con la realidad que nos toca vivir.
Ya dediqué una carta pastoral sobre este tema, en la cuaresma de 1999, cuando nos aproximábamos al Jubileo del año 2000. Hoy siento la necesidad de volver a escribir sobre la reconciliación, pensando en la vida personal de cada uno de nosotros y también en nuestro país. Los argentinos necesitamos encontrar caminos que nos conduzcan a una convivencia más pacífica y armoniosa.
El perdón que nos enseña Jesús
El tema del perdón es central en la vida y en el mensaje de Jesús. El muere y resucita para reconciliarnos con Dios y entre nosotros. En El se hace presente la infinita misericordia de Dios que quiere perdonarnos e invitarnos a vivir en el perdón de unos hacia otros. El sabe que el perdón es una de las cuestiones más importantes en la vida de una persona: ¿Quién no se encontró alguna vez necesitado de perdón? ¿A quién no le ha costado alguna vez perdonar? Hay personas que luchan toda su vida con algún conflicto respecto del perdón o llevan consigo la carga más pesada que impide perdonar: el rencor.
Todo el Nuevo Testamento nos habla de la necesidad de perdonar: pensemos en las parábolas de la misericordia que aparecen en el capítulo 15 del Evangelio de Lucas, (la oveja perdida, la dracma perdida, el hijo pródigo), la predicación constante de Jesús sobre la reconciliación, sus palabras en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34), el testimonio de Pablo, que leemos en el inicio de la cuaresma: “Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación.” (2Cor 5, 18).
Tanta importancia le dió Jesús a la reconciliación que instituyó uno de los siete sacramentos para fortalecer con una gracia particular nuestra necesidad de ser perdonados y dispensar perdón.
Jesús sabía muy bien que perdonar tiene sus dificultades. La inercia de nuestro corazón pecador, nos impide muchas veces hacerlo, es más, podemos afirmar que perdonar ciertas ofensas es casi imposible si nos apoyamos solamente en nuestras fuerzas. Por eso lo primero que debemos tener en cuenta si queremos transitar el camino de la misericordia es que el perdón es un don de Dios. Podemos decir del perdón, lo que el Papa dice sobre el amor en su encíclica: “Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don.”<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]--> Nosotros podemos decir: para poder perdonar, debemos abrirnos a recibir el perdón de Dios y la misma capacidad de perdonar.
Aceptado el don también sabemos que el perdón es asimismo una tarea humana. Es un verdadero “trabajo”, y como todo trabajo requiere dedicación, esfuerzo, perseverancia, paciencia frente a las equivocaciones y sobre todo, amor. Comprendemos así que el perdón es una de las formas preciosas del amor, es un fruto del amor maduro.
La reconciliación como tarea social
Al considerar la necesidad de reconciliación en la vida de la sociedad hablamos de la dimensión social de la reconciliación.
Si bien en esta cuestión como en tantas otras los argentinos estamos recorriendo un arduo camino, en la medida que han aparecido signos de recuperación en lo social y económico, necesitamos generar una más sólida convivencia dejando de lado lo que nos separa y enfrenta y fortaleciendo todo aquello que nos une. De ahí la necesidad de acrecentar nuestros esfuerzos por una mayor reconciliación.
Los pasos hacia la reconciliación
Vamos a exponer aquí algunos pasos constitutivos en la tarea de la reconciliación.
Memoria
Algo fundamental en nuestra vida es la memoria, dado que es la fuente de nuestra experiencia, en ella acumulamos vivencias positivas y negativas que nos ayudan a orientar el presente. Pero la memoria no es un “depósito neutro” de los hechos ocurridos, ya que cada uno de ellos incluye sentimientos y afectos que nos orientan en determinada dirección. Las situaciones que nos hicieron bien, nos predispondrán al bien, en cambio las que nos hicieron mal, fácilmente pueden disponernos hacia el odio, el resentimiento o la venganza. Por eso, como en la vida cristiana el mandamiento fundamental es el del amor, a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, la memoria sola no nos alcanza para vivir bien. Es necesario purificarla. Esto significa que debemos trabajar nuestra propia historia de modo tal que, por medio del discernimiento, podamos transformar la memoria en fuente de vida.
Tanto en el orden personal como en el colectivo, si la memoria facilita nuestra capacidad de enfrentarnos o de mirar a nuestros prójimos desde los sentimientos de odio o de venganza, debemos hacer ingentes esfuerzos por corregir su orientación.
En el campo social y en la relación entre nosotros, los argentinos, “hacer memoria” es un paso fundamental; pero con frecuencia, reservamos el término sólo para los hechos trágicos de nuestra historia. Esto no nos hace bien.
Muchos me han dicho: “¿y cuáles son los acontecimientos positivos que podamos haber vivido en los últimos tiempos como para hacer memoria de ellos?”. Yo no sé qué les ocurre a cada uno de ustedes, pero personalmente, cuando recorro mi historia, tengo muchos motivos para dar gracias a Dios por innumerables situaciones positivas que viví, aún en el plano social.
Me atrevo también a invitarlos a todos a encontrar en la memoria personal y colectiva, hechos positivos que contrasten esa tendencia negativa que parece primar en nuestra visión de la historia. Les enumero algunos: la recuperación y valoración constante del orden democrático; la conciencia creciente acerca de la necesidad de regirnos por valores éticos; la mayor disposición a la solidaridad; la multiplicidad de organizaciones intermedias que significan un indudable crecimiento de nuestra sociedad civil...Seguramente cada uno podrá encontrar muchos más.
Creo que la necesaria memoria de la dificilísima década del ’70, como de la crisis del 2001-2002, de una manera casi inconsciente para nosotros, está fructificando en la necesidad de una mayor comunión entre los argentinos. Cuando hablo con la gente de nuestros barrios encuentro en ellos un deseo muy fuerte de terminar con nuestros enfrentamientos y desencuentros.
Esto lo veo en la vida concreta de nuestro pueblo. Claro está, que inmediatamente surge esta pregunta: ¿Esto que le pasa a la gente, lo estamos intuyendo los dirigentes? ¿Estamos facilitando con nuestras acciones el diálogo, el encuentro y la comunión entre los argentinos?
En última instancia, si la memoria del pasado no nos ayuda a unirnos en el presente, ¿para qué sirve? Si la memoria nos llevara a afincarnos en antiguas concepciones, seguramente se constituiría en fuente de nuevos rencores y resentimientos.
Los cristianos vivimos de la memoria. Todos los días, en la celebración de la eucaristía, hacemos memoria, es decir actualizamos la muerte y resurrección del Señor. “Hagan esto en memoria mía”, son las palabras del Señor. En realidad, hacemos memoria de un hecho trágico: Dios vino al mundo y nosotros lo matamos. Jesús no nos dijo: Hagan esto para recordar que ustedes me mataron sino todo lo contrario para recordar que somos pecadores perdonados. El ha querido que al hacer memoria recordemos todo lo positivo que nace en la cruz: su poder salvador, el servicio del amor, el perdón y la reconciliación.
Verdad:
En la historia personal, cada uno de nosotros, a medida que se hace conciente y maduro, necesita encontrarse con la propia verdad. Esto significa tener un conocimiento real de uno mismo, de las virtudes y defectos, de las capacidades y potencialidades, de las buenas y malas inclinaciones. También conocer la verdad del contexto de vida en el que Dios nos ha puesto, la verdad de nuestra familia, de nuestros vínculos.
Gracias a Dios, y seguramente a través del avance de las ciencias sociales, la sicología, la sociología, hoy se da una inclinación fuerte a conocer la verdad de todos los contextos humanos; por ejemplo: en los casos de adopción, en las cuestiones de identidad.
Lo mismo ocurre con los hechos históricos, ya que no va en desmedro de las hazañas de nuestros próceres saber que tuvieron determinados defectos temperamentales o vinculares. Todos queremos saber la verdad de los hechos de los hombres públicos. Es más, sólo la verdad nos puede conducir a una reconciliación auténtica.
Así es, tenemos derecho a saber la verdad, toda la verdad posible, sobre lo acontecido en nuestra historia. Cuando los acontecimientos han sido traumáticos, se hace aún más necesario el conocimiento de la verdad.
Tanto en nuestra vida personal como social, la verdad es la fuente primaria para orientar la actividad. Siempre debemos obrar basados en la verdad y orientados hacia la caridad.
Claro está que nuestra capacidad humana es limitada, y desde el primer momento debemos tener presente tanto en el orden personal como en el colectivo, que nunca podemos llegar a conocer toda la verdad. Hasta el último momento de nuestra vida, seguiremos conociéndonos a nosotros mismos y a quienes nos rodean. En nuestra historia, sobre todo en nuestros conflictos, nos será imposible desentrañar totalmente la verdad de los hechos.
Nos equivocaríamos los cristianos si tomáramos como excusa para suspender nuestra capacidad de amar o de trabajar por la reconciliación, el desconocimiento exhaustivo de los hechos de nuestra vida o de las crisis de nuestra historia.
Justicia:
En el camino de la reconciliación el paso por la justicia es imprescindible. Una aceptable convivencia social implica el castigo de los culpables y la invitación al arrepentimiento, a la reparación y al cambio de vida. La impunidad, amén de constituir una real injusticia, desalienta a quienes intentan obrar bien. Pero al aplicar la justicia debemos tener en cuenta respecto del pasado que los cristianos vivimos de una memoria, la del misterio pascual. Por eso debemos evitar que nazcan dos actitudes reñidas con el evangelio: el resentimiento y el deseo de venganza. ¿Cómo lo evitamos? Tomando conciencia de nuestra común condición de pecadores. Todos somos pecadores, todos por acción o por omisión tenemos algún grado de responsabilidad en lo malo que sucede a nuestro alrededor. Todos, aunque de diverso modo tuvimos algún grado de compromiso en lo que sucedió en los momentos más críticos de nuestra historia.
Respecto del futuro toda acción de la justicia debe ser orientada a la esperanza y no a la desesperación. La justicia si me lleva al arrepentimiento, también me abre a la esperanza y debe ser siempre camino hacia la caridad, el perdón y el reencuentro.
Debemos advertir que en el orden social la justicia pasa por un poder judicial serio, autónomo e independiente. Esto lo hemos dicho los obispos en diversas oportunidades. Tenemos que trabajar arduamente para alentar a los jueces probos y consolidar la estructura de la justicia.
Reconciliación:
Cristianamente hablando, cualquier proceso humano que no se oriente a la reconciliación, es un proceso incompleto. El ejercicio de la justicia, que queda encerrado en los límites de la misma, frecuentemente termina convirtiéndose en una situación inhumana. Decíamos los obispos en Iglesia y Comunidad Nacional: “La sola justicia, sin embargo, no es suficiente para regular la conducta de una comunidad. Sólo la amistad social reúne a los hombres de acuerdo a su condición de personas y de hijos de Dios.” (nº68).
La reconciliación nos dice antetodo, que los cristianos, frente a los conflictos, siempre estaremos orientados hacia el amor. Si bien es necesario recorrer los pasos antedichos: memoria, verdad, justicia, ya en el inicio del tratamiento de un conflicto, esos pasos deben ser vividos en el amor. Se hace memoria desde el amor, se ejerce justicia desde la caridad.
La caridad está al principio, en el medio y en la resolución del conflicto. Y para que la solución del mismo sea real se debe llegar al perdón lo cual implica el reconocimiento de la falibilidad humana que nos constituye a todos en pecadores (“El que esté libre de pecado, tire la primera piedra” Jn 8,7), el arrepentimiento de la acción u omisión errónea en la que se incurrió y por fin el reestablecimiento de la comunión.
Estamos ante una de las dimensiones más fuertemente originales del cristianismo: el perdón. Nuestra fe nos dice que el mismo Dios que nos ha redimido es quien nos ha creado, y Él sabe perfectamente lo que necesita el corazón para tener paz y vivir en paz. Fuimos creados para la comunión, y por eso, cuando ésta se rompe no podemos vivir humanamente con dignidad hasta que no la reconstruimos.
Una conclusión para seguir pensando Tal como decíamos, los argentinos estamos signados por dos crisis históricas muy fuertes: la de la década del ’70 y la crisis del 2001-2002; en la primera se trató de terrorismo, de torturas, muertes y desapariciones; en la segunda, de una crisis que devastó socialmente a gran parte del pueblo argentino, aumentando la pobreza y la exclusión.
Los obispos en nuestro país hace mucho venimos afirmando que el camino de la reconciliación es el único que puede llevarnos a una convivencia fraterna. De una u otra manera lo venimos recorriendo. En ambas crisis, muchos argentinos hemos analizado las causas (sociales, económicas, políticas), hemos ejercitado activamente la memoria, hemos tratado de ser fieles a la verdad. Incluso, en algunos casos hasta hubo signos públicos de arrepentimiento de parte de algunos sectores. También aunque de modo imperfecto debido a las limitaciones humanas se ha ejercido justicia. Siempre será difícil obrar con total ecuanimidad, ¿Qué nos falta? Sin duda debemos seguir trabajando en aquellos emprendimientos necesarios para que todos los argentinos tengan mayor dignidad, (alimentación, salud, vivienda, educación, trabajo, etc.), pero además, a mi entender todavía nos falta un profundo ánimo de reconciliación. Todos los argentinos, pero sobre todo los dirigentes deberíamos encaminarnos hacia el bicentenario de nuestra patria con el deseo que el 2010 sea el AÑO del REENCUENTRO Y LA RECONCILIACIÓN DE LOS ARGENTINOS.
¡Qué importante será que ese año nos encuentre a todos los sectores deponiendo odios o rencores y con algunas metas comunes indiscutidas! Un reencuentro de todos los sectores del país que permita que las experiencias del pasado dejen de ser motivo de divisiones y enfrentamientos, y por el contrario se constituyan en el fundamento y la base de un trabajo común para amortiguar la iniquidad y la pobreza y hacer desaparecer de nuestro país la exclusión social.
Sin duda en esta tarea de la reconciliación, la Iglesia tiene una responsabilidad mayor. La vida y las enseñanzas de Jesús son en este sentido muy exigentes. Pero es más, el camino del ecumenismo y del diálogo interreligioso, ubica a todo el orden religioso en una situación privilegiada para favorecer el encuentro y reconciliación de los argentinos.
Gracias a Dios en estos últimos años hombres y mujeres que creemos en el único Dios profesando distintos credos venimos trabajando en esta misión. Es este orden espiritual el que me parece tiene el desafío mayor de activar más vivamente el “ministerio de la reconciliación” (Cfr. 2Cor 5,18) realizando experiencias concretas de perdón, que sean fuertes signos y testimonios para nuestros hermanos, más elocuentes que muchas palabras. Queda en nuestra creatividad el poder concretarlas, según las distintas comunidades y ambientes de los que formamos parte.
Con mi afecto y bendición para sus familias y comunidades,
Muy feliz Pascua de Resurrección!
Jorge Casaretto
Obispo de San Isidro
1º de marzo 2006
Miércoles de Ceniza
GUÍA DE TRABAJO
Tal como lo venimos haciendo en las Cartas pastorales, nos vamos a ayudar con una guía de trabajo para nuestra reflexión personal y comunitaria. La Guía de trabajo es una serie de preguntas que nos ayudarán a interiorizar los contenidos de la CARTA PASTORAL. No se trata de encontrar la “respuesta correcta”, sino de preguntarnos acerca de los que estamos reflexionando, para ver qué repercusión tienen esas realidades en la vida de cada uno de nosotros. Sería bueno que escribamos las respuestas, ya que el ejercicio de escribir nos ayuda a concentrarnos y a ponernos en contacto con nuestro interior. Si queremos, después podemos compartir lo que hemos reflexionado, con nuestra familia o comunidad.
Las preguntas:
1. ¿Me reconozco necesitado de perdón? ¿He pensado alguna vez en “perdonarme”? ¿Me animo a verme tal cual era, tal cual soy, viendo mis errores, mis faltas, o trato más bien de olvidar, alimentando la idea de que no me hace falta? ¿Soy capaz de enriquecerme con la misericordia que el Señor me concedió y concede? ¿Me abro al perdón de Dios?
2.- También puedo caer en lo contrario ¿me veo tan incapaz, inútil, lleno de faltas y no sé perdonarme, no busco lo positivo, el continuar mi vida dándole gracias a Dios por su perdón y su misericordia?
Recordemos que el PERDÓN es central en la vida y mensaje de Jesús.
3.- Ante los hechos sociales que rodearon y marcaron el pasado de nuestra sociedad argentina ¿sé manejar mis reacciones? ¿Trato de inclinarme por el perdón, la reconciliación, la comprensión o, por el contrario, me encierro en mis conocimientos o recuerdos –que creo verdaderos? ¿Me dejo llevar por el rencor? ¿No trato de purificar mi memoria?
4.- Y ante el presente del país y sus problemas: ¿Busco la reconciliación fraterna? ¿Tengo presente que no tenemos los medios de conocer toda la verdad? ¿Creo que la reconciliación es necesaria para aumentar nuestra capacidad de amar? ¿Descubro en la justicia el camino hacia la caridad, el perdón y el reencuentro?
Leamos detenidamente las parábolas de la misericordia, en el capítulo 15 del Evangelio de San Lucas y pidamos al Señor Jesús que nos conceda el perdón: en primer lugar a nosotros mismos, y también a nuestros hermanos, nuestra sociedad, nuestro país. Volver al Indice
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Benedicto XVI: La Cuaresma, tiempo «para convertirse al amor» Audiencia general dedicada al período litúrgico que acaba de comenzar
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 1 marzo 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles, celebrada en la plaza de San Pedro del Vaticano, dedicada a la Cuaresma, que comenzó con este Miércoles de Ceniza.
* * * Queridos hermanos y hermanas:
Comienza hoy, con la liturgia del Miércoles de Ceniza, el itinerario cuaresmal de cuarenta días que nos llevará al triduo pascual, memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor, corazón del misterio de nuestra salvación. Es un tiempo propicio en el que la Iglesia invita a los cristianos a tomar una conciencia más viva de la obra redentora de Cristo y a vivir con más profundidad el propio Bautismo. De hecho, en este período litúrgico, el Pueblo de Dios desde los primeros tiempos se alimenta con abundancia de la Palabra de Dios para reforzarse en la fe, recorriendo toda la historia de la creación y de la redención.
Con su duración de cuarenta días, la Cuaresma adquiere una indudable fuerza evocativa. Pretende recordar algunos de los acontecimientos que han marcado la vida y la historia del antiguo Israel, volviendo a presentarnos también a nosotros su valor paradigmático: pensemos, por ejemplo, en los cuarenta días del diluvio universal que concluyeron con el pacto de alianza establecido por Dios con Noé y de este modo con la humanidad, y en los cuarenta días de permanencia de Moisés en el Monte Sinaí, a los que siguieron el don de las tablas de la Ley. El período cuaresmal quiere invitarnos sobre todo a revivir con Jesús los cuarenta días que pasó en el desierto, rezando y ayunando, antes de emprender su misión pública. Nosotros emprendemos también hoy un camino de reflexión y oración con todos los cristianos del mundo para dirigirnos espiritualmente hacia el Calvario, meditando en los misterios centrales de la fe. De este modo, nos prepararemos para experimentar, después del misterio de la Cruz, la alegría de la Pascua de resurrección.
En todas las comunidades parroquiales se realiza hoy un gesto austero y simbólico: la imposición de las cenizas, y este rito es acompañado por dos fórmulas llenas de significado que constituyen un apremiante llamamiento a reconocerse pecadores y a volver a Dios. La primera fórmula dice: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás» (Cf. Génesis 3, 19). Estas palabras, tomadas del libro del Génesis, evocan la condición humana sometida al signo de la caducidad y de la limitación, y quieren llevarnos a poner únicamente la esperanza en Dios.
La segunda fórmula se remonta a las palabras pronunciadas por Jesús al inicio de su ministerio itinerante: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Marcos 1, 15). Es una invitación a hacer de la adhesión firme y confiada al Evangelio el fundamento de la renovación personal y comunitaria. La vida del cristiano es vida de fe, fundamentada en la Palabra de Dios y alimentada por ella. En las pruebas de la vida y en cada tentación, el secreto en la victoria consiste en escuchar la Palabra de verdad y en rechazar con decisión la mentira del mal. Éste es el programa auténtico y central del tiempo del Cuaresma: escuchar la Palabra de vedad, vivir, hablar y hacer la verdad, rechazar la mentira que envenena a la humanidad y que es la puerta de todos los males. Es urgente, por tanto, volver a escuchar, en estos cuarenta días, el Evangelio, la Palabra del Señor, Palabra de verdad, para que en todo cristiano, en cada uno de nosotros, se refuerce la conciencia de la verdad que le ha dado, que nos ha dado, para vivirla y ser sus testigos. La Cuaresma nos estimula a dejar que la Palabra de Dios penetre en nuestra vida y a conocer de este modo la verdad fundamental: quiénes somos, de dónde venimos, adónde tenemos que ir, cuál es el camino que hay que tomar en la vida. De este modo, el período de Cuaresma nos ofrece un camino ascético y litúrgico que, ayudándonos a abrir los ojos ante nuestra debilidad, nos hace abrir el corazón al amor misericordioso de Cristo.
El camino cuaresmal, al acercarnos a Dios, nos permite mirar con nuevos ojos a los hermanos y a sus necesidades. Quien comienza a ver a Dios, a contemplar el rostro de Cristo, ve con otros ojos al hermano, descubre al hermano, su bien, su mal, sus necesidades. Por este motivo, la Cuaresma, como tiempo de escucha de la verdad, es un momento propicio para convertirse al amor, pues la verdad profunda, la verdad de Dios, es al mismo tiempo amor. Un amor que sepa asumir la actitud de compasión y de misericordia del Señor, como he querido recordar en el Mensaje para la Cuaresma, que tiene por tema las palabras del Evangelio: «Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas» (Mateo 9, 36).
Consciente de su misión en el mundo, la Iglesia no deja de proclamar el amor misericordioso de Cristo, que sigue dirigiendo la mirada conmovida a los hombres y los pueblos de todos los tiempos: «Ante los terribles desafíos de la pobreza de gran parte de la humanidad --escribía en el citado Mensaje cuaresmal--, la indiferencia y el encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un contraste intolerable frente a la ”mirada” de Cristo. El ayuno y la limosna, que, junto con la oración, la Iglesia propone de modo especial en el período de Cuaresma, son una ocasión propicia para conformarnos con esa “mirada”» (párrafo 3), la mirada de Cristo, y para vernos a nosotros mismos, a la humanidad, a los demás, con su mirada. Con esto espíritu, entramos en el clima austero y orante de la Cuaresma, que es precisamente un clima de amor por el hermano.
Que sean días de reflexión y de intensa oración, en los que nos dejemos guiar por la Palabra de Dios, que la liturgia nos propone abundantemente. Que la Cuaresma sea, además, un tiempo de ayuno, de penitencia y de vigilancia sobre nosotros mismos, conscientes de que la lucha contra el pecado no termina nunca, pues la tentación es una realidad de todos los días y la fragilidad y los espejismos son experiencias de todos. Que la Cuaresma sea, por último, a través de la limosna, hacer el bien a los demás, que sea una ocasión sincera para compartir los dones recibidos con los hermanos para prestar atención a las necesidades de los más pobres y abandonados.
Que en este camino de penitencia nos acompañe María, la Madre del Redentor, que es maestra de escucha y de fiel adhesión a Dios. Que la Virgen María nos ayude a celebrar, purificados y renovados en la mente y en el espíritu, el gran misterio de la Pascua de Cristo. Con estos sentimientos deseo a todos una buena y fecunda Cuaresma.
[Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. Estas fueron sus palabras en castellano:]
Queridos hermanos y hermanas: Comenzamos el tiempo litúrgico de Cuaresma: cuarenta días que nos preparan para experimentar la alegría Pascual. En todas las parroquias se realiza hoy un gesto austero y simbólico: la imposición de la ceniza. Las palabras «acuérdate de que polvo eres y en polvo te convertirás» o «convertíos y creed en el Evangelio», evocan nuestra condición humana y nos invitan a la renovación personal, a la conversión al amor misericordioso del Señor, tal como lo he expresado en el Mensaje de Cuaresma de este año.
La Iglesia, consciente de su propia misión en el mundo, no cesa de proclamar este amor. Por ello nos propone el ayuno, la limosna y la oración como modo propicio para tener los mismos sentimientos de compasión de Cristo, especialmente para con los más necesitados.
Saludo cordialmente a los peregrinos de España y América Latina, especialmente a los alumnos del Seminario Menor de Sigüenza-Guadalajara, a las Misioneras de la Providencia de Toledo, a las Hermandades y a los alumnos del Colegio «Mater Salvatoris» de Madrid y de otros Centros educativos. También a los peregrinos de Puerto Rico. ¡Que la Madre del Redentor, nos acompañe y nos ayude a llegar, purificados y renovados en la mente y en el espíritu, a celebrar el gran misterio de la Pascua! Os deseo a todos una buena y fructífera Cuaresma. Volver al Indice
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Lun, 6 de Mar, 2006 10:58 pm
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