NUESTRA PARROQUIA
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El grupo Matrimonios + Matrimonios invita
a la charla que en ocasión de su visita a la Argentina el Padre RAYMOND ROY (Sacerdote Canadiense, especialista en Parejas, Familias y creador de sistemas de comunicación interpersonal), pronunciará sobre el tema:
PROACTIVIDAD Y REACTIVIDAD Actitudes que favorecen y entorpecen las relaciones interpersonales
Entrada Libre
Viernes 5 de mayo a las 20 hs. en el
TEATRO DE LA COVA. Av. Libertador Nº 13900 – Martínez
Informes en la Secretaría Parroquial de 9.30 a 12.30 hs. T.E. 4508-8501 o llamar a Trixie o Miguel 4792-0815 Volver al Indice
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NUESTRA DIÓCESIS
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Centro Pablo VI FORMACIÓN - INVESTIGACIÓN - CAPACITACIÓN Obispado de San Isidro - Vicaría de Pastoral social
ESCUELA DE FORMACIÓN POLITICA PARA JÓVENES
El Centro Paulo VI promueve la realización de una ESCUELA DE FORMACION SOCIAL Y POLITICA PARA JÓVENES. Este año abriremos 4 sedes: San Isidro, Vicente López, San Fernando y Tigre.
Se prevé la formación de comisiones de veinte jóvenes con un tutor, cada una de las cuales constituirá una "comunidad de aprendizaje" que elaborará su propio proyecto local. La iniciativa viene realizándose con éxito desde hace dos años y ha comenzado a extenderse a otros países de América Latina y es parte de una experiencia internacional que convoca a jóvenes de todo el mundo, en el marco del "MPU" (Movimiento Políticos por la Unidad). Este movimiento se inspira en el pensamiento y la espiritualidad de Chiara Lubich, que se caracteriza por promover la unidad y la comunión entre las personas más allá de sus credos e ideologías.
Los interesados podrán inscribirse por Internet: www.mppu.org.ar y solicitar mayores informes a: pablo_sexto@...
Lic. Alberto Ivern Lic. Isabel Gatti Coordinación programa de Formación Volver al Indice
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ARGENTINA
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Cáritas Argentina Guaymallén, 1 May. 06 (AICA) Cáritas Argentina culminó hoy su XV Asamblea Nacional, en la localidad mendocina de Guaymallén, hasta donde acudieron unos 500 voluntarios, con un llamado a la acción integral en todas sus áreas, tomando siempre en cuenta la dignidad del hombre, sobre todo de pobres y excluidos sociales. Las palabras finales estuvieron a cargo del director nacional, Gabriel Castelli, y del presidente de la entidad caritativa, monseñor Fernando Bargalló, obispo de Merlo-Moreno, quien envió a los voluntarios a “llevar a la práctica en sus realidades” las líneas de acción proclamadas el sábado. Volver al Indice
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Monseñor Uriona fue sobreseído por falta de mérito Añatuya, 24 Abr. 06 (AICA) Por “falta de mérito” de las pruebas incorporadas en el expediente y la denuncia; y por la imposibilidad material de que los hechos hubieran ocurrido, el fiscal de la causa (ministerio público que en nombre del Estado tiene por mandato la tarea de formular el “reproche penal” de un delito) pidió el sobreseimiento de monseñor Adolfo Armando Uriona FDP, obispo de Añatuya.
Cuando la prensa condena... Como se recordará, una señorita, sin presentar ningún testigo y en forma escandalosa, acusó a monseñor Uriona de haberla manoseado mientras viajaba, dormido, en su mismo asiento en un autobús. La noticia de la curiosa acusación, agravada por un malévolo comentario de la autoridad policial, corrió como reguero de pólvora por los medios radiales, televisivos y escritos del país. Casi todos, unos más que otros, le dieron primera plana, pantalla y aire a la denuncia, en una actitud que más semejaba una condena del obispo antes que una prudente y serena exposición de los hechos. Por eso esta noticia debería titularse “Cuando la prensa condena”.
En cambio ahora, cuando el propio fiscal desiste de la acusaciòn, la noticia llegó a nuestra redacción casi a hurtadillas. saliò ...- y ¡en algunos!! - una lìnea perdida; ò "un comentarito" radial ò televisivo.+ Volver al Indice
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SANTA SEDE
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Dolor del Papa ante el fallecimiento del cardenal Primatesta CIUDAD DEL VATICANO, martes, 2 mayo 2006 (ZENIT.org).- Benedicto XVI manifestó este martes en un mensaje su dolor con motivo del fallecimiento a los 87 años de edad del cardenal argentino Raúl Francisco Primatesta, arzobispo emérito de Córdoba.
En un telegrama enviado a monseñor Carlos José Náñez, actual arzobispo de esa ciudad, el Santo Padre recuerda la «abnegada acción pastoral» del purpurado que «le distinguió en su labor episcopal en esa nación, trabajando en la aplicación de la doctrina Concilio Vaticano II y la renovación de la iglesia en fidelidad a Cristo y al sucesor de Pedro». El Papa garantiza sus oraciones «unido a los fieles de esa comunidad diocesana y a los de San Rafael donde anteriormente ejerció con solicitud su ministerio episcopal, pidiendo a Dios que conceda el eterno descanso a quien durante muchos años fue su diligente pastor».
El cardenal falleció «en paz», como consecuencia de la enfermedad coronaria que padecía desde hacía varios años, según confirmó a AICA su secretario privado, Guillermo García Caliendo.
El cardenal Primatesta, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina en cuatro oportunidades, y arzobispo de Córdoba durante 33 años, falleció a las 8 de la mañana (hora local) de este lunes en su departamento particular, ubicado en la zona céntrica de esta ciudad.
Nació en Capilla del Señor, partido de Exaltación de la Cruz, provincia de Buenos Aires, el 14 de abril de 1919. Cursó los estudios eclesiásticos en el seminario Mayor San José, de La Plata y luego en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo la licenciatura en Teología y la de Sagradas Escrituras en el Instituto Bíblico. Fue ordenado sacerdote en Roma el 25 de octubre de 1942.
Al año siguiente de su regreso fue designado Vicario Cooperador de la Inmaculada Concepción, de Quilmes. Posteriormente fue profesor en el Seminario Menor de La Plata, profesor de Teología y Sagradas Escrituras en el Seminario Mayor, del que además fue prefecto y vicerrector.
El 22 de junio de 1957 Pío XII lo elevó al obispado titular de Tanais y lo designó auxiliar del arzobispo de La Plata. Recibió la consagración episcopal el 15 de agosto de ese año de manos de monseñor Antonio José Plaza, arzobispo de La Plata, y de los obispos Jorge Mayer, de Santa Rosa (La Pampa) y Adolfo Tortolo, entonces auxiliar de Paraná.
Además de haber ejercido el Rectorado del Seminario Mayor, fue Vicario General de la arquidiócesis platense y presidió la Sociedad Argentina de Profesores de Sagradas Escrituras, especialidad sobre la que publicó numerosos artículos. El año anterior el Santo Padre lo había designado miembro de la Comisión de los Obispos y del Gobierno de las Diócesis para la preparación del Concilio Vaticano II.
El 14 de junio de 1961 Juan XXIII lo nombró primer obispo de la recién creada diócesis de San Rafael, en Mendoza, de la que tomó posesión el 11 de noviembre de ese mismo año, y el 16 de febrero de 1965 Pablo VI lo promovió a la sede arzobispal de Córdoba.
En el Consistorio del 5 de marzo de 1973 el papa Pablo VI lo creó cardenal del título de la Santísima Virgen María de los Dolores en la Plaza Buenos Aires.
El 14 de abril de 1994 presentó la renuncia al gobierno pastoral de la arquidiócesis de Córdoba por alcanzar la edad de 75 años, pero Juan Pablo II, en forma excepcional, le prorrogó su mandato por tiempo indeterminado. Finalmente le aceptó la renuncia casi cinco años después, el 17 de noviembre de 1998. ZS06050203 Volver al Indice
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La Iglesia tendrá 4 nuevos santos y 57 nuevos beatos CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 28 abril 2006 (ZENIT.org).- La Iglesia contará pronto con 4 nuevos santos y 57 nuevos beatos, después de que este viernes Benedicto XVI aprobara la promulgación de decretos de reconocimiento de milagros o de martirio.
En el transcurso de una audiencia concedida al cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, el Papa autorizó la promulgación de los siguientes decretos que así han sido presentados por el Vatican Information Service (VIS).
Milagros --Un milagro atribuido a la intercesión del beato Rafael Guízar, obispo de Veracruz, México, (1878-1938).
--Un milagro atribuido a la intercesión del beato Filippo Smaldone, italiano, Sacerdote diocesano, Fundador de la Congregación de las Religiosas Salesianas de los Sagrados Corazones (1848 - 1923).
--Un milagro atribuido a la intercesión de la beata Rosa Venerini, italiana, fundadora de la Congregación de las Maestras Pías Venerini (1656-1728).
--Un milagro atribuido a la intercesión de la beata Teodora Guérin (en el siglo Anne Thérèse), francesa, fundadora de la Congregación de las Religiosas de la Providencia de Saint-Mary-of-the- Woods (1798-1856).
--Un milagro atribuido a la intercesión del venerable Siervo de Dios Basile Antoine Marie Moreau, francés, sacerdote y fundador de la Congregación de la Santa Cruz (1799-1873).
--Un milagro atribuido a la intercesión del venerable Siervo de Dios Mariano de la Mata Aparicio, español, sacerdote profeso de la Orden de San Agustín (1905-1983).
--Un milagro atribuido a la intercesión de la venerable Sierva de Dios Margarita María López de Maturana, española, fundadora del Instituto de las Hermanas Mercedarias Misioneras (1884-1934).
Martirio --Siervos de Dios Cruz Laplana y Laguna, obispo, español (1875-1936) y Fernando Español Berdié, español, sacerdote diocesano (1875-1936).
--Siervos de Dios Narciso Esténaga Echevarría, español, obispo (1882-1936) y diez compañeros mártires.
--Siervos de Dios Liberto González Nombela, español, sacerdote diocesano (1896- 1936) y 12 compañeros mártires del clero diocesano.
--Siervos de Dios Eusebio del Niño Jesús (en el siglo Ovidio Fernández Arenillas), español, sacerdote profeso de la Orden Carmelita (1888-1936) y 15 compañeros de la misma Orden Carmelita.
--Siervos de Dios Félix Echevarría Gorostiaga, español, sacerdote profeso de la Orden de los Frailes Menores (11893-1936) y 6 compañeros de la misma Orden Franciscana.
--Siervos de Dios Teodosio Rafael (en el siglo Diodoro López Hernández), religioso profeso de la Institución de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (1898-1936) y 3 compañeros de su mismo Instituto, españoles.
--Sierva de Dios Sara Salkahazi, húngara, del Instituto de las Religiosas de la Asistencia (1899-1944).
Virtudes heroicas --Siervo de Dios Ciriaco María Sancha y Hervás, español, cardenal y arzobispo de Toledo, fundador de la Congregación de las Religiosas de la Caridad del Cardenal Sancha (1833-1909).
--Sierva de Dios Vincenza Maria Poloni (en el siglo Luigia), italiana fundadora del Instituto de las Religiosas de la Misericordia de Verona, (1802-1855).
--Sierva de Dios Maria Bucchi (en el siglo Maria Matilde), italiana, fundadora de la Congregación de las Religiosas de la Preciosíosima Sangre de Monza (1812-1822).
--Sierva de Dios Esperanza González Puig, española, fundadora de la Congregación de las Misioneras Siervas del Corazón Inmaculada de María (1823- 1885).
--Sierva de Dios Catalina Coromina Agustí, española, fundadora del Instituto de las Hermanas Josefinas de la Caridad (1824-1893).
--Sierva de Dios María Dolores Márquez Romero de Onoro, española, fundadora de la Congregación de las Filipenses Hijas de María Dolorosa (1817-1904).
--Sierva de Dios María Rosa Flesch (en el siglo Margherite), alemana, fundadora de la Congregación de las Religiosas Franciscanas de Santa María de los Àngeles (1826-1906).
--Sierva de Dios Giuseppina Nicoli, italiana, de la Sociedad de las Hijas de la Caridad (1863-1924). ZS060402806 Volver al Indice
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DOCUMENTACIÓN
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Benedicto XVI: La Tradición permite la comunión entre los cristianos de todos los tiempos Intervención en la audiencia general
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 26 abril 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general de este miércoles dedicada al tema «La comunión en el tiempo: la Tradición».
* * * Queridos hermanos y hermanas:
¡Gracias por vuestro afecto! En la nueva serie de catequesis comenzada hace poco, tratamos de comprender el designio originario de la Iglesia querida por el Señor para comprender mejor nuestra participación, nuestra vida cristiana, en la gran comunión de la Iglesia. Hasta ahora hemos comprendido que la comunión eclesial es suscitada y sostenida por el Espíritu Santo, custodiada y promovida por el ministerio apostólico. Y esta comunión, a la que llamamos Iglesia, no se extiende sólo a todos los creyentes de un cierto momento histórico, sino que abraza también a los de todos los tiempos y de todas las generaciones. Por tanto, nos encontramos ante una doble universalidad: la universalidad sincrónica --estamos unidos con los creyentes en todas las partes del mundo-- y la universalidad llamada diacrónica, es decir, nos pertenecen todos los tiempos: los creyentes del pasado y los creyentes del futuro forman con nosotros una única y gran comunión.
El Espíritu se presenta como el garante de la presencia activa del misterio en la historia, quien asegura su realización a través de los siglos. Gracias al Paráclito, la experiencia del Resucitado, hecha por la comunidad apostólica en los orígenes de la Iglesia, podrá ser vivida siempre por las generaciones sucesivas, en la medida en que es transmitida y actualizada en la fe, en el culto y en la comunión del Pueblo de Dios, peregrino en el tiempo. Y, de este modo, nosotros, ahora, en el tiempo pascual, vivimos el encuentro con el Resucitado no sólo como algo del pasado, sino en la comunión presente de la fe, de la liturgia, de la vida de la Iglesia. La Tradición apostólica de la Iglesia consiste en esta transmisión de los bienes de la salvación, que hace de la comunidad cristiana la actualización permanente, con la fuerza del Espíritu, de la comunión originaria. Es llamada de este modo porque nació del testimonio de los apóstoles y de la comunidad de los discípulos en el tiempo de los orígenes, fue entregada bajo la guía del Espíritu Santo en los escritos del Nuevo Testamento y en la vida sacramental, en la vida de la fe, y la Iglesia hace referencia continuamente a ella --a esta Tradición que es la realidad siempre actual del don de Jesús-- como su fundamento y su norma a través de la sucesión sin interrupción del ministerio apostólico.
En su vida histórica, Jesús limitaba su misión a la casa de Israel, pero ya daba a entender que el don estaba destinado no sólo al pueblo de Israel, sino a todo el mundo y a todos los tiempos. El resucitado confía después, explícitamente a los apóstoles (Cf. Lucas 6, 13) la tarea de hacer discípulas a todas las naciones, garantizando su presencia y su ayuda hasta el final de los tiempos (Cf. Mateo 28, 19 siguientes). La universalidad de la salvación exige, entre otras cosas, que el memorial de la Pascua se celebre sin interrupción en la historia hasta el regreso glorioso de Cristo (Cf. 1 Corintios 11, 26). ¿Quién actualizará la presencia salvífica del Señor Jesús, mediante el ministerio de los apóstoles --jefes del Israel escatológico (Cf. Mateo 19,28)-- y de toda la vida del pueblo de la nueva alianza? La respuesta está clara: el Espíritu Santo. Los Hechos de los Apóstoles --continuando con el designio del Evangelio de Lucas-- presentan en vivo la compenetración entre el Espíritu, los enviados de Cristo y la comunidad por ellos reunida. Gracias a la acción del Paráclito, los apóstoles y sus sucesores pueden realizar en el tiempo la misión recibida por el Resucitado: «Vosotros sois testigos de estas cosas. Mirad, y voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre…» (Lucas 24, 48 siguientes). «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hechos 1, 8). Y esta promesa, al inicio increíble, ya se realizó en el tiempo de los apóstoles: «Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen» (Hechos 5, 32).
Por tanto, es el mismo Espíritu quien, a través de la imposición de las manos y de la oración de los apóstoles, consagra y envía a los nuevos misioneros del Evangelio (por ejemplo, en Hechos 13, 3 siguientes y 1 Timoteo 4, 14). Es interesante observar que, mientras en algunos pasajes se dice que Pablo establece a los presbíteros en las Iglesias (Cf. Hechos 14,23), en otros se afirma que es el Espíritu Santo quien constituye a los pastores de la grey (Cf. Hechos 20,28). La acción del Espíritu y la de Pablo están de este modo profundamente compenetradas. En la hora de las decisiones solemnes para la vida de la Iglesia, el Espíritu está presente para guiarla. Esta presencia-guía del Espíritu Santo se experimenta particularmente en el Concilio de Jerusalén, en cuyas palabras conclusivas resuena la afirmación: «hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…» (Hechos 15, 28); la Iglesia crece y camina «en el temor del Señor y estaba llena de la consolación del Espíritu Santo» (Hechos 9, 31). Esta permanente actualización de la presencia activa del Señor Jesús en su pueblo, realizada por el Espíritu Santo y expresada en la Iglesia a través del ministerio apostólico y la comunión fraterna, es lo que en sentido teológico se entiende con el término Tradición: no es la mera transmisión material de lo que fue entregado al inicio a los apóstoles, sino la presencia eficaz del Señor Jesús, crucificado y resucitado, que acompaña y guía en el Espíritu a la comunidad reunida por él.
La Tradición es la comunión de los fieles alrededor de los legítimos pastores en el transcurso de la historia, una comunión que el Espíritu Santo alimenta asegurando el nexo entre la experiencia de la fe apostólica, vivida en la comunidad originaria de los discípulos, y la experiencia actual de Cristo en su Iglesia. En otras palabras, la Tradición es la continuidad orgánica de la Iglesia, Templo santo de Dios Padre, edificado sobre el fundamento del Espíritu: «Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular, Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu» (Efesios 2,19-22). Gracias a la Tradición, garantizada por el ministerio de los apóstoles y de sus sucesores, el agua de la vida surgida del costado de Cristo y su sangre salvadora llega a las mujeres y a los hombres de todos los tiempos. De este modo, la Tradición es la presencia permanente del Salvador que nos sale al encuentro, nos redime y santifica en el Espíritu a través del ministerio de su Iglesia para gloria del Padre.
Concluyendo y resumiendo, podemos por tanto decir que la Tradición no es la transmisión de cosas o de palabras, una colección de cosas muertas. La Tradición es el río vivo que nos une a los orígenes, el río vivo en el que los orígenes siempre están presentes. El gran río que nos lleva al puerto de la eternidad. En este río vivo se realiza siempre de nuevo la palabra del Señor, que hemos escuchado al inicio de los labios del lector: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20).
[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en doce idiomas. Estas fueron sus palabras en español:]
Queridos hermanos y hermanas: La comunión eclesial no se refiere sólo a los creyentes de un momento histórico, sino que abarca también todos los tiempos y generaciones. Gracias al Paráclito la experiencia del Resucitado podrá ser vivida también por las generaciones sucesivas, transmitida y actualizada en la fe, en el culto y en la comunión del Pueblo de Dios. La Tradición apostólica de la Iglesia consiste en esta transmisión de los bienes de la salvación. El Espíritu Santo será quien actualice la presencia salvífica del Señor Jesús mediante el ministerio de los apóstoles y de toda la vida del pueblo de la nueva alianza.
Tradición, en sentido teológico, es la permanente actualización de la presencia de Jesús en su pueblo, realizada por el Espíritu Santo y expresada en la Iglesia a través del ministerio apostólico y la comunión fraterna. La Tradición es la comunión de los fieles con sus legítimos Pastores, que el Espíritu Santo alimenta a lo largo de la historia. Es, además, la presencia permanente del Salvador que viene a encontrarnos, redimirnos y santificarnos por medio del Espíritu.
Me es grato saludar cordialmente a los visitantes de lengua española, en especial al grupo de médicos de la Universidad de Madrid, acompañados del Señor Cardenal Julián Herranz. Saludo también a los diversos grupos parroquiales, asociaciones y colegios de España, así como a los peregrinos de México y de otros Países latinoamericanos. Os exhorto a todos a mantener viva la comunión con vuestros Pastores y entre vosotros como hermanos en Cristo.
¡Muchas gracias! ZS060402606 Volver al Indice
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Palabras del Papa en el primer aniversario de su pontificado «Que Dios me conceda ser pastor manso y firme de su Iglesia», dice en la audiencia general
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 23 abril 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general celebrada en la plaza de San Pedro del Vaticano el pasado miércoles, 19 de abril, día del primer aniversario de su pontificado.
* * * Queridos hermanos y hermanas:
Al inicio de esta audiencia general, que tiene lugar en el clima gozoso de la Pascua, juntamente con vosotros quisiera dar gracias al Señor, que, después de haberme llamado hace exactamente un año a servir a la Iglesia como Sucesor del apóstol Pedro --¡Gracias por vuestra alegría! ¡Gracias por vuestras aclamaciones!--, no deja de acompañarme con su indispensable ayuda.
¡Qué rápido pasa el tiempo! Ya ha transcurrido un año desde que, de un modo para mí absolutamente inesperado y sorprendente, los cardenales reunidos en cónclave decidieron elegir a mi pobre persona para suceder al amado siervo de Dios el gran Papa Juan Pablo II.
Recuerdo con emoción el primer impacto que tuve, desde el balcón central de la basílica, inmediatamente después de mi elección, con los fieles reunidos en esta misma plaza. Se me ha quedado grabado en la mente y en el corazón ese encuentro, al que han seguido muchos otros, que me han permitido experimentar la gran verdad de lo que dije durante la solemne concelebración con la que inicié solemnemente el ejercicio del ministerio petrino: «Soy consciente de que no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría llevar yo solo». Y cada vez me convenzo más de que por mí mismo no podría cumplir esta tarea, esta misión. Pero siento también que vosotros me ayudáis a cumplirla. Así estoy en una gran comunión y juntos podemos llevar adelante la misión del Señor.
Cuento con el insustituible apoyo de la celestial protección de Dios y de los santos, y me conforta vuestra cercanía, queridos amigos, que me otorgáis el don de vuestra indulgencia y vuestro amor.
¡Gracias, de corazón, a todos los que de diversas maneras me acompañan de cerca o me siguen de lejos espiritualmente con su afecto y su oración. A cada uno le pido que siga sosteniéndome, pidiendo a Dios que me conceda ser pastor manso y firme de su Iglesia.
Narra el evangelista san Juan que Jesús, precisamente después de su resurrección, llamó a Pedro a encargarse de su rebaño (cf. Jn 21, 15. 23). ¿Quién hubiera podido imaginar humanamente entonces el desarrollo que lograría en el transcurso de los siglos aquel pequeño grupo de discípulos del Señor? San Pedro y los Apóstoles, y después sus sucesores, primero en Jerusalén y luego hasta los últimos confines de la tierra, difundieron con valentía el mensaje evangélico, cuyo núcleo fundamental e imprescindible es el Misterio pascual: la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo.
La Iglesia celebra en Pascua este misterio, prolongando su alegre resonancia en los días sucesivos; canta el aleluya por el triunfo de Cristo sobre el mal y la muerte.
«La celebración de la Pascua según una fecha del calendario --afirma el Papa san León Magno-- nos recuerda la fiesta eterna que supera todo tiempo humano». «La Pascua actual –prosigue-- es la sombra de la Pascua futura. Por eso, la celebramos para pasar de una fiesta anual a una fiesta que será eterna».
La alegría de estos días se extiende a todo el Año litúrgico y se renueva de modo especial el domingo, día dedicado al recuerdo de la resurrección del Señor. En él, que es como la «pequeña Pascua» de cada semana, la asamblea litúrgica reunida para la santa misa proclama en el Credo que Jesús resucitó el tercer día, añadiendo que esperamos «la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro». Así se indica que el acontecimiento de la muerte y resurrección de Jesús constituye el centro de nuestra fe y sobre este anuncio se funda y crece la Iglesia.
San Agustín recuerda, de modo incisivo: «Consideremos, amadísimos hermanos, la resurrección de Cristo. En efecto, como su pasión significaba nuestra vida vieja, así su resurrección es sacramento de vida nueva. (...) Has creído, has sido bautizado: la vida vieja ha muerto en la cruz y ha sido sepultada en el bautismo. Ha sido sepultada la vida vieja, en la que has vivido; ahora tienes una vida nueva. Vive bien; vive de forma que, cuando mueras, no mueras» (Sermón Guelferb. 9, 3).
Las narraciones evangélicas, que refieren las apariciones del Resucitado, concluyen por lo general con la invitación a superar cualquier incertidumbre, a confrontar el acontecimiento con las Escrituras, a anunciar que Jesús, más allá de la muerte, es el eterno viviente, fuente de vida nueva para todos los que creen. Así acontece, por ejemplo, en el caso de María Magdalena (cf. Jn 20, 11-18), que descubre el sepulcro abierto y vacío, e inmediatamente teme que se hayan llevado el cuerpo del Señor. El Señor entonces la llama por su nombre y en ese momento se produce en ella un cambio profundo: el desconsuelo y la desorientación se transforman en alegría y entusiasmo. Con prontitud va donde los Apóstoles y les anuncia: «He visto al Señor» (Jn 20, 18).
Es un hecho que quien se encuentra con Jesús resucitado queda transformado en su interior. No se puede «ver» al Resucitado sin «creer» en él. Pidámosle que nos llame a cada uno por nuestro nombre y nos convierta, abriéndonos a la «visión» de la fe.
La fe nace del encuentro personal con Cristo resucitado y se transforma en impulso de valentía y libertad que nos lleva a proclamar al mundo: Jesús ha resucitado y vive para siempre. Esta es la misión de los discípulos del Señor de todas las épocas y también de nuestro tiempo: «Si habéis resucitado con Cristo --exhorta san Pablo--, buscad las cosas de arriba (...). Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra» (Col 3, 1-2). Esto no quiere decir desentenderse de los compromisos de cada día, desinteresarse de las realidades terrenas; más bien, significa impregnar todas nuestras actividades humanas con una dimensión sobrenatural, significa convertirse en gozosos heraldos y testigos de la resurrección de Cristo, que vive para siempre (cf. Jn 20, 25; Lc 24, 33-34).
Queridos hermanos y hermanas, en la Pascua de su Hijo unigénito Dios se revela plenamente a sí mismo y revela su fuerza victoriosa sobre las fuerzas de la muerte, la fuerza del Amor trinitario.
La santísima Virgen María, que se asoció íntimamente a la pasión, muerte y resurrección de su Hijo, y al pie de la cruz se convirtió en Madre de todos los creyentes, nos ayude a comprender este misterio de amor que cambia los corazones y nos haga gustar plenamente la alegría pascual, para poder comunicarla luego, a nuestra vez, a los hombres y mujeres del tercer milenio.
[Traducción distribuida por la Santa Sede. Al final de la audiencia, el Santo Padre dirigió estas palabras a los peregrinos de lengua española:]
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy hace un año que los Cardenales, reunidos en Cónclave, me eligieron, de manera inesperada y sorprendente, para suceder al amado Siervo de Dios Juan Pablo II. Junto con vosotros, deseo dar gracias al Señor por la ayuda indispensable que siempre me dio. Recuerdo con emoción el primer encuentro con los fieles en esta misma Plaza y otros sucesivos, lo cual me ha hecho experimentar que era verdad lo que dije en la concelebración para el inicio solemne del ministerio petrino: Soy muy consciente de que «no tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría llevar yo solo». Además de la ayuda celestial, siento muy cercana la comprensión, el amor y las oraciones de todos vosotros que estáis aquí y de los que estáis lejos, esperando que lo seguiréis haciendo.
En este tiempo de Pascua recordamos cómo Jesús llamó a Pedro para ponerlo al frente de su grey que es la a la Iglesia, encargándole a él y a los demás Apóstoles anunciar la Buena Nueva a todo el mundo. Todo cristiano está llamado a ser también anunciador del Evangelio entre los demás.
Saludo con afecto a los visitantes de Latinoamérica y de España, de modo especial a los Religiosos Agustinos, a los seminaristas de Madrid y a los numerosos grupos parroquiales y escolares españoles, así como a los diversos peregrinos de Argentina, Costa Rica, El Salvador y México. Que la Virgen María nos ayude a comprender este gran misterio de amor que cambia los corazones y nos hacer gustar la alegría pascual. Muchas gracias por vuestra atención.
[© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana] Volver al Indice
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