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Entre las siete mil personas que asistirán a la proyección, en el Aula Pablo
VI, se encontrarán la directora del filme, Catherine Hardwicke,
algunos de los actores, como Oscar Isaac, que interpreta a san José, así como
los productores Marty Bowen
y Wyck Godfrey, el giuonista Mike Rich.
La proyección de la película, producida por New Line Cinema, estará precedida por la lectura de un pasaje
del evangelio y de una oración escrita por monseñor Angelo
Comastri, vicario general del Papa para el Estado
de la Ciudad del Vaticano.
El arzobispo John P. Foley, presidente del Consejo
Pontificio para las Comunicaciones Sociales, pronunciará un discurso de
presentación.
El evento servirá para recaudar fondos para la construcción de una escuela en
el pueblo de Mughar en Israel, con una población de
cristianos, musulmanes y drusos, localizada a 40 kilómetros
de Nazaret.
«El Nacimiento» presenta el año en la vida de María que culmina con el
nacimiento de Jesús, la visita de los pastores y magos al establo, la brutal
masacre de inocentes de Herodes y la huida de José y María con el Niño a
Egipto.
Según Peter Malone,
crítico de cine de Signis, la asociación católica
mundial para las comunicaciones, la película es interesante tanto para
cristianos como para no cristianos, pues los primeros recordarán escenas
entrañables y los segundos las descubrirán.
«El guión está bien arraigado en los textos bíblicos, tanto en la herencia
del Antiguo Testamento como en la letra y el espíritu de las narraciones
evangélicas de la infancia» de Jesús, constata Malone.
Asimismo, añade, «ofrece un trasfondo histórico para comprender la Palestina
de la época y para ver cómo los personajes quedaron influidos por su ambiente
así como por la dureza de las autoridades».
El crítico de cine de Signis reconoce que el
lanzamiento de una producción de estas características tiene lugar gracias al
éxito de taquilla de «La Pasión de Cristo» de Mel Gibson, que demostró a Hollywood
que existe un mercado para el cine de interés religioso.
La Virgen María
es llevada a la pantalla por la joven actriz neocelandesa Keisha
Castle-Hughes, mientras
que santa Isabel es encarnada por la actriz iraní Shohreh
Aghdashloo y santa Ana, la Madre de María, por la israelí Hiam Abbass.
La película será presentada en numerosos
países el 1 de diciembre. Más información en http://www.thenativitystory.com
ZS06111703
Index
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Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, al igual que en las dos catequesis precedentes, volvemos a hablar de san
Pablo y de su pensamiento. Nos encontramos ante un gigante no sólo a nivel
del apostolado concreto, sino también a nivel de la doctrina teológica,
extraordinariamente profunda y estimulante. Después de haber meditado en la
última ocasión en lo que escribió Pablo sobre el puesto central que ocupa
Jesucristo en nuestra vida de fe, veamos hoy lo que nos dice sobre el
Espíritu Santo y sobre su presencia en nosotros, pues también en esto el
apóstol tiene algo muy importante que enseñarnos.
Sabemos lo que nos dice san Lucas sobre el Espíritu Santo en los Hechos de
los Apóstoles, al describir el acontecimiento de Pentecostés. El Espíritu pentecostal imprime un empuje vigoroso para asumir el
compromiso de la misión para testimoniar el Evangelio por los caminos del
mundo. De hecho, el libro de los Hechos de los Apóstoles narra toda una serie
de misiones realizadas por los apóstoles, primero en Samaria, después en la
franja de la costa de Palestina, como ya recordé en un precedente encuentro
del miércoles. Ahora bien, san Pablo, en sus cartas, nos habla del Espíritu
también desde otro punto de vista. No se limita a ilustrar sólo la dimensión
dinámica y operativa de la
tercera Persona de la Santísima Trinidad,
sino que analiza también su presencia en la vida del cristiano, cuya
identidad queda marcada por él. Es decir, Pablo reflexiona sobre el Espíritu
mostrando su influjo no solamente sobre el actuar del cristiano sino sobre su
mismo ser. De hecho, dice que el Espíritu de Dios habita en nosotros (Cf.
Romanos 8, 9; 1 Corintios 3,16) y que «Dios ha enviado a nuestros corazones
el Espíritu de su Hijo» (Gálatas 4, 6). Para Pablo,
por tanto, el Espíritu nos penetra hasta en nuestras profundidades personales
más íntimas. En este sentido, estas palabras tienen un significado relevante:
«La ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del
pecado y de la muerte… Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para
recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos
que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!» (Romanos 8, 2.15), dado que somos hijos, podemos llamar
«Padre» a Dios. Podemos ver, por tanto, que el cristiano, incluso antes de
actuar, posee ya una interioridad rica y fecunda, que le ha sido entregada en
los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, una interioridad que le
introduce en una relación objetiva y original de filiación en relación con
Dios. En esto consiste nuestra gran dignidad: no somos sólo imagen, sino
hijos de Dios. Y esto constituye una invitación a vivir nuestra filiación, a
ser cada vez más conscientes de que somos hijos adoptivos en la gran familia
de Dios. Es una invitación a transformar este don objetivo en una realidad
subjetiva, determinante para nuestra manera de pensar, para nuestro actuar,
para nuestro ser. Dios nos considera hijos suyos, pues nos ha elevado a una
dignidad semejante, aunque no igual, a la del mismo Jesús, el único que es
plenamente verdadero Hijo. En Él se nos da o se nos restituye la condición
filial y la libertad confiada en nuestra relación con el Padre.
De este modo descubrimos que para el cristino el Espíritu ya no es sólo el
«Espíritu de Dios», como se dice normalmente en el Antiguo Testamento y como
repite el lenguaje cristiano (Cf Génesis 41, 38;
Éxodo 31, 3; 1 Corintios 2,11.12; Filipenses 3,3; etc.). Y no es tan sólo un
«Espíritu Santo», entendido genéricamente, según la manera de expresarse del
Antiguo Testamento (Cf. Isaías 63, 10.11; Salmo 51, 13), y del mismo judaísmo
en sus escritos (Qumrán, rabinismo). Es propia de
la fe cristiana la confesión de una participación de este Espíritu en el
Señor resucitado, quien se ha convertido Él mismo en «Espíritu que da vida»
(1 Corintios 15, 45). Precisamente por este motivo san Pablo habla
directamente del «Espíritu de Cristo» (Romanos 8, 9), del «Espíritu del Hijo»
(Gálatas 4, 6) o del «Espíritu de Jesucristo»
(Filipenses 1, 19). Parece como si quisiera decir que no sólo Dios Padre es
visible en el Hijo (Cf. Juan 14, 9), sino que también el Espíritu de Dios se
expresa en la vida y en la acción del Señor crucificado y resucitado.
Pablo nos enseña también otra cosa importante: dice que no puede haber
auténtica oración sin la presencia del Espíritu en nosotros. De hecho,
escribe: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no
sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede
por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce
cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los
santos es según Dios» (Romanos 8, 26-27). Es como decir que el Espíritu
Santo, es decir, el Espíritu del Padre y del Hijo, se convierte como en el
alma de nuestra alma, la parte más secreta de nuestro ser, de la que se eleva
incesantemente hacia Dios un movimiento de oración, del que no podemos ni
siquiera precisar los términos. El Espíritu, de hecho, siempre despierto en
nosotros, suple nuestras carencias y ofrece al Padre nuestra adoración, junto
con nuestras aspiraciones más profundas. Obviamente esto exige un nivel de
gran comunión vital con el Espíritu. Es una invitación a ser cada vez más
sensibles, más atentos a esta presencia del Espíritu en nosotros, a
transformarla en oración, a experimentar esta presencia y a aprender de este
modo a rezar, a hablar con el Padre como hijos en el Espíritu Santo.
Hay, además, otro aspecto típico del Espíritu que nos ha enseñado san Pablo:
su relación con el amor. El apóstol escribe así: «La esperanza no falla,
porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Romanos 5, 5). En mi carta encíclica «Deus caritas est» citaba una
frase sumamente elocuente de san Agustín: «Ves la Trinidad si ves el amor»
(número 19), y luego explicaba: «el Espíritu es esa potencia interior que
armoniza su corazón [de los creyentes] con el corazón de Cristo y los mueve a
amar a los hermanos como Él los ha amado» (ibídem).
El Espíritu nos pone en el ritmo mismo de la vida divina, que es vida de
amor, haciéndonos participar personalmente en las relaciones que se dan entre
el Padre y el Hijo. Es sumamente significativo que Pablo, cuando enumera los
diferentes elementos de los frutos del Espíritu, menciona en primer lugar el
amor: «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, etc.» (Gálatas 5, 22). Y, dado que por definición el amor une, el
Espíritu es ante todo creador de comunión dentro de la comunidad cristiana,
como decimos al inicio de la misa con una expresión de san Pablo: «… la
comunión del Espíritu Santo [es decir, la que por Él actúa] sea con todos
vosotros» (2 Corintios 13,13). Ahora bien, por otra parte, también es verdad
que el Espíritu nos estimula a entablar relaciones de caridad con todos los
hombres. De este modo, cuando amamos dejamos espacio al Espíritu, le
permitimos expresarse en plenitud. Se comprende de este modo el motivo por el
que Pablo une en la misma página de la carta a los Romanos estas dos
exhortaciones: «Sed fervorosos en el Espíritu» y «No devolváis a nadie mal
por mal» (Romanos 12, 11.17).
Por último, el Espíritu, según san Pablo, es un anticipo generoso que el
mismo Dios nos ha dado como adelanto y al mismo tiempo garantía de nuestra
herencia futura (Cf. 2 Corintios 1,22; 5,5; Efesios 1,13-14). Aprendamos, de
este modo, de Pablo que la acción del Espíritu orienta nuestra vida hacia los
grandes valores del amor, de la alegría, de la comunión y de la esperanza. A
nosotros nos corresponde hacer cada día esta experiencia, secundando las
sugerencias interiores del Espíritu, ayudados en el discernimiento por la
guía iluminante del apóstol.
[Traducción del original italiano
realizada por Zenit. Al final de la audiencia, el
Santo Padre saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:
La enseñanza de san Pablo sobre el Espíritu Santo considera no sólo su
dimensión dinámica y operativa que impulsa a la acción, sino también su
presencia y su influjo sobre el «ser» mismo del cristiano, que caracteriza su
identidad más profunda. En efecto, el cristiano ha recibido el espíritu de
hijo adoptivo que lo pone en relación objetiva y original con Dios. Por otra
parte, el Apóstol explica también que no existe verdadera oración sin la
presencia del Espíritu en nosotros, que suple nuestra debilidad para pedir
como conviene.
Pablo menciona el amor como primer fruto del Espíritu Santo, ya que él nos
introduce en la misma vida divina, que es amor. Al mismo tiempo, puesto que
el amor une, el Espíritu Santo es creador de comunión en la comunidad
cristiana y en la relación con todos los hombres. Para Pablo, el Espíritu
Santo es un don de Dios como garantía de la herencia futura. Su acción
orienta nuestra vida hacia los grandes valores del amor, de la alegría, de la
comunión y de la esperanza.
Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española. En
especial a los fieles de diversas parroquias de México y a la delegación de la Academia Militar
de la Armada
Ecuatoriana, así como a los demás peregrinos de España y
Latinoamérica. Os animo a ser dóciles a la acción del Espíritu Santo, que
infunde el amor en los corazones para que podáis identificaros cada vez más
con Cristo nuestro Señor.
¡Muchas gracias por vuestra visita!
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