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PARROQUIA
NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA
Diócesis de San Isidro
Av. Libertador 13.900 - 1640
Martínez - Tel. y Fax 4508-8501 // 8502
E-mail: pqfatima@... // secretaria@...
Página Web: www.fatima.org.ar
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Noticias
desde la Parroquia de Fátima
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1 de octubre de
2007 - Año X - N° 368
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Índice de Noticias
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NUESTRA PARROQUIA
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Adoración
Permanente
al Santísimo Sacramento
Del
13 de septiembre al 13 de octubre
De
lunes a viernes de 9.30 a 20 hs.
No
faltes, Él te espera.
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NUESTRA DIOCESIS
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Legión de María -
Cruzada del Santo Rosario por la Patria.
La
legión de María convoca a los fieles de la diócesis de San Isidro a
unirse a la Cruzada
del Santo Rosario por la Patria.
Consiste en el rezo diario del rosario, cada media
hora, las 24 horas hasta el día de las elecciones, en el mes de octubre. Se
reza en el ámbito familiar o donde cada uno prefiera. Quienes quieran
comprometerse en la acción por medio de la oración, podrán elegir el horario
que más le convenga según sus actividades.
Informes:
4797-8127
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Instituto Divino Maestro
Un
espacio de formación teológica para laicas y laicos
EL
INSTITUTO DIVINO MAESTRO INVITA AL TALLER:
La
Espiritualidad de Jesús
¿Cómo
se conforma la Espiritualidad de Jesús?
¿Cuáles
son sus fuentes?
¿Cuáles
son sus características?
¿Qué
relación tiene con nuestra vida?
¿Cómo
beber en sus fuentes?
La
metodología será fundamentalmente activa, participativa, cooperativa e
implicativa.-
Un
espacio abierto para todos/as aquellos/as que quieran profundizar en los
núcleos fundamentales de la espiritualidad cristiana
Duración:
todos los martes de octubre 2007.-Horario: de 19 a 21.30 hs
Coordina
el taller: Hna. Lic. Miriam Marx *.-
*Lic.
en Teología. Master en Educación.
Hna.
de la Compañía del Divino Maestro, con gran experiencia en docencia y
talleres de espiritualidad.
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ARGENTINA
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Argentina se
prepara para gozar la dicha de su primer santo mapuche
La
Conferencia Episcopal ofrece materiales sobre Ceferino Namuncurá
BUENOS AIRES, miércoles, 26 septiembre 2007 (ZENIT.org).- La Conferencia Episcopal Argentina (CEA) ha
recordado este miércoles que quedan pocos días para la beatificación de
Ceferino Namuncurá, el primer santo mapuche, el próximo 11 de noviembre.
En la página dedicada a este héroe de la virtud, vinculado a la familia
salesiana, se ofrecen materiales de lectura, reflexión y animación para que
los fieles se puedan preparar «en el camino de celebrar la beatificación de
Ceferino», indica la CEA.
La CEA invita a hacer click en «recuerdos ceferinianos» para «acompañar este
acontecimiento tan importante para el pueblo patagónico y argentino». «Más
allá de las discusiones históricas que rodean la figura de Ceferino
–añade--, es indudable la llegada que su ejemplo ha tenido en el
corazón de la gente», afirma.
«Es el pueblo quien ha guardado en su memoria el esfuerzo de hermandad de
Ceferino y ha hecho posible este reconocimiento que la Iglesia da a la luz».
Subraya.
El material que ofrece pertenece al municipio de Chimpay, de la Secretaría de
Turismo, de la Obra Salesiana y de la agencia de noticias AICA.
«Esperamos contribuir con este material a dar testimonio de este anuncio
esperanzador: «Ceferino, Hijo de Dios y Hermano de todos», concluye el
comunicado a la prensa.
Ceferino Namuncurá, de los pueblos originarios de la Patagonia, no puede
entenderse sin su tierra, sin el pueblo mapuche (que significa «gente de la
tierra»), sin su familia (los Namuncurá) y sin la aportación de la cultura
europea y el Evangelio de Jesús.
La evangelización de la Patagonia tiene que ver también con san Juan Bosco,
que en la otra orilla del océano la vió en sueños como tierra de su acción.
No sabía con qué estaba soñando e, indagando, el sacerdote turinés del siglo
XIX supo que era la Patagonia.
Una vez fundada la Congregación Salesiana, don Bosco trata de concretar sus
sueños y el 14 de diciembre de 1875 desembarca la primera expedición
misionera y los salesianos son siempre urgidos por el santo apóstol de los
jóvenes a entrar en la Patagonia.
El nuevo beato, Ceferino Namuncurá, vivió en una organización tribal, su
padre fué cacique y participó de las creencias de su pueblo durante su
infancia, mientras estuvo en Chimpay. Sus ancestros se remontan al gran
cacique Calfucurá (Piedra Azul), su abuelo.
Manuel Namuncurá («garrón de piedra») sucede a Calfucurá. En mayo de 1882,
ante una incursión del Mayor Daza, apenas logra escapar pero su familia cae
en manos de los militares. Namuncurá se da cuenta que ya es imposible seguir
resistiendo. El 5 de mayo de 1884, se rinde oficialmente y recibe el grado de
coronel de la nación. Será enviado con su gente a Chimpay, en las cercanías
del Fortín del mismo nombre.
Ceferino nace allí el 26 de agosto de 1886. Su madre es Rosario Burgos, según
algunos, una cautiva chilena. En realidad, las fotografías que se conservan
la muestran con rasgos claramente mapuches. Hablaba la lengua mapuche y,
cuando fué sustituída como esposa por Namuncurá, buscó refugio siempre al
amparo de grupos mapuches y nunca buscó a los huincas.
Ceferino crece en un ambiente mapuche. En la Navidad de 1888, es bautizado
por el padre Domingo Milanesio y su acta de bautismo se encuentra en la
Parroquia de Patagones.
A los tres años cae accidentalmente en el río y es arrastrado violentamente
por la corriente; es devuelto a tierra cuando sus padres desesperaban de
volverlo a ver. Este hecho fue considerado siempre por los suyos como
milagroso y así transmitido por ellos. A los once años, le dice a Namuncurá:
«Padre, las cosas no pueden seguir así. Quiero estudiar para ser útil a mi
gente».
Manuel Namuncurá, tras una primera experiencia que nos gusta a Ceferino, se
dirige al Colegio Pío IX de Almagro. Allí Ceferino es aceptado e ingresa el
20 de septiembre de 1897. Cuando el padre lo visita, Ceferino le dice que se
siente plenamente feliz y que desea quedarse a estudiar en esa escuela.
Desde su ingreso, Ceferino muestra un interés excepcional por el Evangelio de
Jesús. Tiene la conciencia viva de su presencia y la busca todos los días.
Sin llamar la atención, pero con gran fidelidad.
Una de las grandes alegrías que tuvo el adolescente mapuche fue la gran
misión que monseñor Cagliero realizó en la tribu Namuncurá. En esa misión,
preparó personalmente al cacique quien, el 25 de marzo de 1901 realizó su
primera comunión y luego su confirmación.
Ceferino dirá públicamente: «Yo también me haré salesiano y un día iré con
monseñor Cagliero a enseñar a mis hermanos el camino del cielo, como me lo
enseñaron a mí».
Hacia fines de 1901, aparecen los primeros síntomas de una enfermedad
pulmonar. Al final, onseñor Cagliero decide apelar al último recurso:
llevarlo a Italia. Al llegar, Ceferino va de descubrimiento en
descubrimiento. Vive muy intensamente cada momento, con la profundidad del
creyente.
El 19 de septiembre viaja a Roma. Vive una experiencia imborrable en el
encuentro con el Papa Pío X. El joven mapuche dijo unas palabras en italiano
al Papa, y éste le habló muy paternalmente, dándole su bendición a él y a su
gente. Cuando todos se retiran, tras la audiencia, el secretario privado lo
llama aparte y lo lleva al escritorio del Papa, donde éste le aguardaba con
una amplia sonrisa. Vuelve a saludarlo y le entrega una medalla. Ceferino,
con su sabiduría llena de humildad y discreción, los deja admirados a todos.
El 28 de marzo de 1905, es internado en el Hospital Fatebenefratelli,
atendido por los hermanos de San Juan de Dios, en la Isla Tiberina.
Fallece en silencio el 11 de mayo de 1905. Sus restos son llevados al Campo
Verano, cementerio de Roma, por un pequeño grupo de personas, donde queda en
una humilde tumba.
En 1911 un salesiano argentino, el padre Esteban Pagliere lanza la idea de
escribir una obra sobre Ceferino. El seminarista chileno Víctor Kinast averigua
en Roma que, si no se provee a su exhumación, los restos de Ceferino serán
colocados en una fosa común.
Se rescatan los restos del joven mapuche que, en 1924, son trasladados a
Fortín Mercedes, sur de la provincia de Buenos Aires, que pareció el lugar
más accesible para quienes ya veneraban la memoria del joven mapuche.
Desde su llegada a Argentina, muchísimos peregrinos pasan delante de su tumba
para orar y encomendarse a su intercesión.
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DOCUMENTOS
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Benedicto XVI
presenta a Juan Crisóstomo como un padre de la doctrina social de la Iglesia
En
la audiencia general del miércoles
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 26 septiembre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención
de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles dedicada a
presentar los últimos momentos de vida de san Juan Crisóstomo y su enseñanza
social.
*
* *
Queridos hermanos y hermanas:
Continuamos nuestra reflexión sobre san Juan Crisóstomo. Tras el período
pasado en Antioquía, en el año 397, fue nombrado obispo de Constantinopla,
capital del Imperio romano de Oriente. Desde el inicio, Juan proyectó la
reforma de su Iglesia: la austeridad del palacio episcopal tenía que ser un
ejemplo para todos: clero, viudas, monjes, personas de la corte y ricos.
Por desgracia no pocos de ellos, tocados por sus juicios, se alejaron de él.
Solícito con los pobres, Juan fue llamado también «el limosnero». Como
administrador atento logró crear instituciones caritativas muy apreciadas. Su
capacidad emprendedora en los diferentes campos hizo que algunos le vieran
como un peligroso rival. Sin embargo, como auténtico pastor, trataba a todos
de manera cordial y paterna. En particular, siempre tenía gestos de ternura
especial por la mujer y dedicaba una atención particular al matrimonio y a la
familia. Invitaba a los fieles a participar en la vida litúrgica, que hizo
espléndida y atractiva con creatividad genial.
A pesar de su bondad, no tuvo una vida tranquila. Pastor de la capital del
Imperio, se vio envuelto a menudo en intrigas políticas por sus continuas
relaciones con las autoridades y las instituciones civiles. A nivel
eclesiástico, dado que había depuesto en Asia, en el año 401 a seis obispos
indignamente elegidos, fue acusado de haber superado los límites de su
jurisdicción, convirtiéndose en diana de acusaciones fáciles. Otro pretexto
de ataques contra él fue la presencia de algunos monjes egipcios,
excomulgados por el patriarca Teófilo de Alejandría, que se refugiaron en
Constantinopla. Después se creó una fuerte polémica causada por las críticas
de Crisóstomo a la emperatriz Eudoxia y a sus cortesanas, que reaccionaron
desacreditándolo e insultándolo. De este modo, fue depuesto, en el sínodo
organizado por el mismo patriarca Teófilo, en el año 403, y condenado a un
primer exilio breve. Tras regresar, la hostilidad que suscitó a causa de sus
protestas contra las fiestas en honor de la emperatriz, que el obispo
consideraba como fiestas paganas, lujosas, y la expulsión de los presbíteros
encargados de los bautismos en la Vigilia Pascual del año 404 marcaron el
inicio de la persecución contra Juan Crisóstomo y sus seguidores, llamados
«juanistas».
Entonces, Juan denunció con una carta los hechos al obispo de Roma, Inocencio
I. Pero ya era demasiado tarde. En el año 406 fue exiliado nuevamente, esta
vez en Cucusa, Armenia. El Papa estaba convencido de su inocencia, pero no
tenía poder para ayudarle. No se pudo celebrar un concilio, promovido por
Roma para lograr la pacificación entre las dos partes del Imperio y entre sus
Iglesias. El duro viaje de Cucusa a Pitionte, destino al que nunca llegó,
debía impedir las visitas de los fieles y romper la resistencia del prelado
agotado: ¡la condena al exilio fue una auténtica condena a muerte! Son
conmovedoras las numerosas cartas del exilio, en las que Juan manifiesta sus
preocupaciones pastorales con tonos de dolor por las persecuciones contra los
suyos. La marcha hacia la muerte se detuvo en Comana Pontica. Allí Juan fue
llevado a la capilla del mártir san Basilisco, donde entrego el espíritu a
Dios y fue sepultado, como mártir junto al mártir (Paladio, «Vida» 119). Era
el 14 de septiembre de 407, fiesta de la Exaltación de la santa Cruz. La
rehabilitación tuvo lugar en el año 438 con Teodosio II. Las reliquias del
santo obispo, colocadas en la iglesia de los Apóstoles, en Constantinopla,
fueron transportadas en el año 1204 a Roma, en la primitiva Basílica de
Constantino, y yacen en ahora en la capilla del Coro de los Canónigos de la
Basílica de San Pedro.
El 24 de agosto de 2004 una parte importante de las misma fue entregada por
el Papa Juan Pablo II al patriarca Bartolomé I de Constantinopla. La memoria
litúrgica del santo se celebra el 13 de septiembre. El beato Juan XXIII le
proclamó patrón del Concilio Vaticano II.
De Juan Crisóstomo se dijo que, cuando se sentó en el trono de la Nueva Roma,
es decir, Constantinopla, Dios hizo ver en él un segundo Pablo, un doctor del
universo. En realidad, en Crisóstomo se da una unidad esencial de pensamiento
y de acción tanto en Antioquía como en Constantinopla. Sólo cambian su papel
y las situaciones. Al meditar en las ocho obras realizadas por Dios en la
secuencia de los seis días, en el comentario del Génesis, Juan Crisóstomo
quiere hacer que los fieles se remonten de la creación al Creador: «Es de
gran ayuda saber qué es la criatura y qué es el Creador», dice. Nos muestra
la belleza de la creación y la transparencia de Dios en su creación, que se
convierte de este modo en una especie de «escalera» para ascender a Dios,
para conocerle.
Pero a este primer paso le sigue otro: este Dios, creador, es también el Dios
de la condescendencia («synkatabasis»). Nosotros somos débiles para
«ascender», nuestros ojos son débiles. De este modo, Dios se convierte en el
Dios de la condescendencia, que envía al hombre caído y extranjero una carta,
la Sagrada Escritura. De este modo, la creación y la escritura se completan.
A la luz de la Escritura, de la carta que Dios nos ha dado, podemos descifrar
la creación. Dios es llamado «padre tierno» («philostorgios») (ibídem),
médico de las almas (Homilía 40,3 sobre el Génesis), madre (ibídem) y amigo
cariñoso («Sobre la Providencia» 8,11-12).
Pero al primer paso de la creación como «escalera» hacia Dios y al segundo de
la condescendencia de Dios, a través de la carta que nos ha dado, la Sagrada
Escritura, se le añade un tercer paso: Dios no sólo nos transmite una carta,
en definitiva, Él mismo baja, se encarna, se convierte realmente en «Dios con
nosotros», nuestro hermano hasta la muerte en la Cruz.
Y a estos tres pasos --Dios que se hace visible en la creación, Dios que nos
envía una carta, Dios que desciende y se convierte en uno de nosotros-- se
llega al final a un cuarto paso: en la vida y acción del cristiano, el
principio vital y dinámico es el Espíritu Santo («Pneuma»), que transforma la
realidad del mundo. Dios entra en nuestra misma existencia a través del
Espíritu Santo y nos transforma desde dentro de nuestro corazón.
Con este telón de fondo, precisamente en Constantinopla, Juan, al comentar
los Hechos de los Apóstoles, propone el modelo de la Iglesia primitiva
(Hechos 4, 32-37) como modelo para la sociedad, desarrollando una «utopía»
social (como una «ciudad ideal»). Se trataba, de hecho, de dar un alma y un
rostro cristiano a la ciudad. En otras palabras, Crisóstomo comprendió que no
es suficiente hacer limosna, ayudar a los pobres de vez en cuando, sino que
es necesario crear una nueva estructura, un nuevo modelo de sociedad; un modelo
basado en la perspectiva del Nuevo Testamento. Es la nueva sociedad que se
revela en la Iglesia naciente. Por tanto, Juan Crisóstomo se convierte de
este modo en uno de los grandes padres de la Doctrina Social de la Iglesia:
la vieja idea de la «polis» griega es sustituida por una nueva idea de ciudad
inspirada en la fe cristiana. Crisóstomo defendió como Pablo (Cf. 1 Corintios
8, 11) el primado de cada cristiano, de la persona en cuanto tal, incluso del
esclavo y del pobre. Su proyecto corrige de este modo la tradicional visión
de la «polis» griega, de la ciudad, en la que amplias capas de la población
quedaban excluidas de los derechos de ciudadanía, mientras en la ciudad
cristiana todos son hermanos y hermanas con los mismos derechos. El primado
de la persona es también la consecuencia del hecho de que basándose en ella
se construye la ciudad, mientras que en la «polis» griega la patria se ponía
por encima del individuo, que quedaba totalmente subordinado a la ciudad en
su conjunto. De este modo, con Crisóstomo comienza la visión de una sociedad
construida con la conciencia cristiana. Y nos dice que nuestra «polis» es
otra, «nuestra patria está en los cielos» (Filipenses 3, 20) y esta patria
nuestra, incluso en esta tierra, nos hace a todos iguales, hermanos y
hermanas, y nos obliga a la solidaridad.
Al final de su vida, desde el exilio en las fronteras de Armenia, «el lugar
más remoto del mundo», Juan, enlazando con su primera predicación del año
386, retomó el tema que tanto le gustaba del plan que Dios tiene para la
humanidad: es un plan «inefable e incomprensible», pero seguramente guiado
por Él con amor (Cf. «Sobre la providencia» 2, 6). Esta es nuestra certeza.
Aunque no podamos descifrar los detalles de la historia personal y colectiva,
sabemos que el plan de Dios está siempre inspirado por su amor. De este modo,
a pesar de sus sufrimientos, Juan Crisóstomo reafirmaba el descubrimiento de
que Dios ama a cada uno de nosotros con un amor infinito, y por este motivo
quiere la salvación de todos. Por su parte, el santo obispo, cooperó con esta
salvación con generosidad, sin ahorrar nada, durante todo su vida. De hecho,
consideraba como último fin de su existencia esa gloria de Dios que, ya
moribundo, dejó como último testamento: «¡Gloria a Dios por todo!» (Paladio,
«Vida» 11).
[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la
audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español,
dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:
Continuamos hoy la catequesis sobre san Juan Crisóstomo. Nombrado obispo de
Constantinopla proyectó la reforma de su Iglesia. La austeridad del palacio
episcopal debía ser ejemplo para todos. Por su solicitud con los pobres fue
llamado el «limosnero». Trataba a todos paternalmente, especialmente a las
familias. No obstante su bondad, fue víctima de intrigas políticas, siendo
condenado al exilio, desde el cual escribió numerosas cartas pastorales.
Meditando el libro del Génesis, guía a los fieles de la creación al Creador,
que es el Dios de la condescendencia, y por eso llamado también «padre
tierno», médico de las almas, madre y amigo afectuoso. Une a Dios Creador y
Dios Salvador, ya que Dios deseó tanto la salvación del hombre que no se
reservó a su único Hijo. Comentando los Hechos de los Apóstoles propone el
modelo de la Iglesia primitiva, desarrollando una utopía social, casi una
«ciudad ideal». Trataba de dar un rostro cristiano a la ciudad, afrontando
los principales problemas, especialmente las relaciones entre ricos y pobres,
a través de una inédita solidaridad.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, especialmente a los
sacerdotes del Pontificio Colegio Mexicano, a los diversos grupos
parroquiales, al Centro de Capacitación de Toledo, así como a los demás
peregrinos venidos de España, México, Chile, Argentina y de otros países
latinoamericanos. Que las enseñanzas de san Juan Crisóstomo nos ayuden a
descubrir el amor infinito con que Dios nos ama y que quiere la Salvación de
todos los hombres. Muchas gracias.
[© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]
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ENTREVISTAS
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Los
últimos momentos de sor Lucía (de Fátima) narrados por su superiora del
Carmelo
Sor
María Celina de Jesús Crucificado, del convento de Coimbra
COIMBRA/ROMA, lunes, 24 septiembre 2007 (ZENIT.org).- En el Carmelo de Coimbra (Portugal) sor
Lucía siempre ocupó la misma celda, y «desde allí voló al cielo», escribió en
su memoria su superiora, sor María Celina de Jesús Crucificado.
El pasado viernes, en Roma, los numerosos invitados a la presentación del
libro «L'ultima veggente di Fatima – I miei colloqui con Suor Lucia»
(«La última vidente de Fátima – Mis conversaciones con sor Lucía»)
–del cardenal Tarcisio Bertone, con el periodista Giuseppe De Carli;
editado por RAI Eri - Rizzoli-- pudieron presenciar, en exclusiva, la
proyección de un video-reportaje sobre el convento de Coimbra donde vivió la
religiosa.
Ingresó en él en 1941. Desde 1950 pasó a formar parte establemente de la
comunidad, habiendo profesado el 13 de mayo del año anterior. Tomó el nombre
de Sor María de Jesús y del Corazón Inmaculado. En la clausura se ocupó de
distintos encargos.
Realizado por Elena Balestri y De Carli, el reportaje televisivo va mostrando
los escenarios que tantas veces recorrieron los ojos de la vidente de Fátima,
y relata que amaba rezar el rosario, y que trabajó hasta que los dedos,
deformados por la artrosis, se lo hicieron posible.
Para millones de devotos de Fátima, los lugares donde Sor Lucía pasó casi 57
años «son misteriosos; en televisión --comentan los realizadores-- vimos a la
vidente de Fátima con ocasión de las peregrinaciones de los Papas, Pablo VI y
Juan Pablo II, y su última aparición es de octubre de 2000, mientras reza
desde el coro del convento una decena del Rosario en conexión con la Plaza de
San Pedro».
De ahí el carácter ciertamente excepcional de la filmación que, el pasado
julio, «gracias a la Santa Sede, realizó un equipo en el convento de
Coimbra», observan.
El convento, el claustro, el jardín, la imagen de la Virgen a cuyos pies se
sentaba, un pasillo al que se asoma la celda de Sor Lucía. El espectador
puede contemplar estos lugares. La comunidad religiosa ha decidido dejar la
celda de Sor Lucía abierta, como si estuviera presente. En la puerta cuelga
la inscripción: «Corazón inmaculado de María. Mi corazón inmaculado será tu
refugio».
En el interior de la estancia se conserva el lecho donde murió, con una
fotografía que la muestra abrazada a la superiora. Sostiene en su mano el
mensaje de Juan Pablo II de consuelo y de cercanía espiritual en su
enfermedad; también se ve un corderito de peluche, regalo de un sacerdote
italiano.
Completan la celda imágenes de los tres pastorcillos y de la Virgen, una
butaca, la silla de ruedas, un sencillísimo escritorio con los diccionarios
que consultaba a diario mientras escribía, un rosario, un altavoz gracias al
cual seguía la misa y los momentos de oración comunitaria.
Superiora de Sor Lucía durante seis años –la última por orden de
tiempo--, Sor María Celina recibió al equipo televisivo, junto a Sor María
del Carmen, hermana de comunidad de la vidente de Fátima durante 52 años. De
hecho ésta acompañó a Sor Lucía a Fátima el 13 de febrero de 2000 por la
beatificación de sus primos Jacinta y Francisco, una celebración que presidió
Juan Pablo II.
De las conversaciones con las dos religiosas anfitrionas se desprende, en el
reportaje, la vida de recogimiento de Sor Lucía, de soledad y silencio, apartada
de la curiosidad de la gente: «en el exterior, como todas, en el interior
como ninguna».
«Cuando ingresé, tardé ocho días en reconocer a Sor Lucía» --recuerda Sor
María del Carmen--; «una hermana me dijo: "Madre, ¿si te llevara un
trozo de pan que comer por la noche?". Y me dije que con seguridad no
podía ser aquella. En cambio lo era».
Recuerdan los realizadores en el reportaje que uno de los últimos
pensamientos de Sor Lucía fue para el Santo Padre, que en Roma estaba
internado en el Policlínico Gemelli; la vidente ofreció sus sufrimientos por
él.
Ofrecemos la traducción del diálogo mantenido en el reportaje con la
superiora de sor Lucía.
--¿Vio más veces a la
Virgen María sor Lucía?
--Sor María Celina: No hablaba fácilmente de esto. En los últimos años, en
cambio, relataba la extraordinaria experiencia de 1917. Pero no decía «yo»,
sino «los pastorcillos»: se refería siempre a ellos. La imagen de Nuestra
Señora no era como ella la deseaba. A veces le parecía fea, no se
correspondía a la precisión de su recuerdo, no era la que el artista había
plasmado a partir de su descripción. Es un poco lo que le ocurrió a santa
Bernadette.
--Y a quien hablaba de
un cuarto secreto, de un secreto no desvelado, ¿qué le respondía sor Lucía?
--Sor María Celina: Que nunca están satisfechos; que cumplan lo que pidió la
Virgen, que es lo más importante. Cuando alguno observaba: «sor Lucía, dicen
que existe otro secreto...», ella miraba irónicamente. «Si existe --rebatía--
que me lo cuenten. Yo no conozco otros».
--¿Cómo era Sor Lucía
como religiosa?
--Sor María Celina: Era una persona que emanaba alegría. Viví con ella 28
años y noté que era una persona que cuanto más avanzaba en edad más
reencontraba una infancia evangélica. Parecía de nuevo la niña que en la
Cueva de Iría había tenido las apariciones. Cuanto más pesado se hacía el
cuerpo, más ligero se hacía el espíritu.
--¿Se apagó poco a
poco, casi dulcemente?
--Sor María Celina: Cuando tuvo necesidad de ayuda, pusimos su cama en el
centro de la celda y todas nosotras alrededor, junto al obispo de
Leiría-Fátima. Yo estaba de rodillas junto a ella. Sor Lucía miró a todas y
al final me miró a mí la última. Fue una mirada larga, pero había en sus ojos
una luz profunda que llevo en mi alma.
--¿La siente aún
cercana?
--Sor María Celina: Le rezo siempre y sé que ella ruega por nosotros. Hay
cosas que no necesitan palabras: basta un gesto, un pensamiento. Antes Sor
Lucía tenía problemas de oído. Ahora ya no. Ahora entiende todo hasta sin
palabras.
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Un abrazo, y nuestras oraciones.
Selección de noticias: Silvia de Belizán,
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Lun, 1 de Oct, 2007 7:52 pm
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