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PARROQUIA
NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA
Diócesis de San Isidro
Av. Libertador 13.900 -
1640 Martínez - Tel. y Fax 4508-8501 // 8502
E-mail: pqfatima@... // secretaria@...
Página
Web: www.fatima.org.ar
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Noticias desde la Parroquia de Fátima
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29
de octubre de 2007 - Año X - N° 370
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Índice de Noticias
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NUESTRA DIOCESIS
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Programa Nar Anon
EL PROGRAMA NAR ANON, Grupos de Autoayuda para
familiares y amigos de adictos a las drogas, entidad sin fines de lucro, los
invita a la
REUNION ABIERTA el dìa 5 de
NOVIEMBRE de 20 a 22 hrs en la ABADIA DE SAN
BENITO, Villanueva 905 entrada por Maure, Belgrano Cap Federal.
Testimonios de familiares y su recuperacion
con el Programa NAR ANON, leugo se podran realizar preguntas
entrada libre y gratuita
www.naranon.org.ar
Afectuoasamente
Florencia y Zulema
Informacion Pública
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EL EQUIPO DIOCESANO
DE LITURGIA
invita al último Encuentro
anual:
"Los Prefacios de
Adviento y Navidad"
Lunes 5 de Noviembre de 20 a
22hs
Casa Pastoral
Ituzaingó 90 - S.I.
Expositor: Padre Roberto RUSSO de la Arquidiócesis de
Montevideo
Doctorado en el Pontificio
Instituto Litúrgico de San Marcelo – Roma
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ARGENTINA
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Peregrinación en tren a Chimpay
El viernes 9 de noviembre a las 19.35 comenzará la
peregrinación en tren a Chimpay, valle medio de Río
Negro, con motivo de la beatificación
de Ceferino Namuncurá.
La ceremonia será presidida por el Secretario de Estado
del Vaticano el Cardenal Tarciso Bertone, el domingo 11 a las 11 en el santuario-parque Ceferino Namuncurá.
La empresa FERROBAIRES pondrá a
disposición cinco vagones, que conectarán Constitución con Bahía Blanca. La
compañía de transporte FERROSUR que desde 1991 funciona como ferrocarril de
carga, también participará de la iniciativa siguiendo el viaje con una
locomotora que encabezará la formación de los vagones para hacer el recorrido
de Bahía Blanca a Chimpay.
Ceferino
Namuncurá es el primer representante de los pueblos
originarios de América del sur que es beatificación. Asimismo, es una
celebración inédita en el país. Namuncurá es
reconocido y propuesto oficialmente como modelo de santidad para los
católicos de todo el mundo.
A 150 años del nacimiento del
ferrocarril, la peregrinación otorga relevancia para la región patagónica
porque representa la vuelta del tren después de su cierre en la década del
90.
La
procesión es organizada por el Programa de Investigación Geográfico Político
Patagónico, por el Departamento de Alumnos, el área de Deportes y la Facultad de Ingeniería
de la
Universidad Católica Argentina (UCA), y
participarán el Colegio San Pablo, el Colegio Santo Tomás de Aquino de Buenos
Aires y el Colegio La
Providencia de Bella Vista. Además pueden concurrir
personas de toda la comunidad.
CONTACTO:
Programa de Investigación
Geográfico Político Patagónico (PIGPP)
TE. (011) 4338-0750
pigpp@...
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MUNDO
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Radio en internet
Catholic.net Radio es una estación de radio vía internet que integra y produce contenidos católicos de
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acompañamos en la realización de tus actividades cotidianas.
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Norteamérica.
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SANTA SEDE
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Mensaje vaticano ve en los catequistas uno de los signos mas
prometedores
Carta del cardenal Claudio Hummes,
prefecto de la Congregación vaticana para el Clero
CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 22 octubre 2007 (ZENIT.org).-
Uno de los signos más prometedores para la Iglesia en estos momentos son los
catequistas, reconoce el cardenal Claudio Hummes.
El prefecto de la Congregación vaticana para el Clero ha escrito el 18 de
octubre una misiva a los catequistas en su primer año en ese puesto de
responsabilidad, con el que Benedicto XVI también le ha confirmado la
catequesis en el mundo.
«Ustedes son uno de los signos más prometedores, con el cual el Señor no deja
de confortarnos y de sorprendernos»¸afirma el
cardenal brasileño en su misiva.
El purpurado manifiesta a los catequistas su «admiración por su servicio
eclesial a menudo incansable en la educación de la fe católica de muchos
catecúmenos o de ya bautizados».
«Continúen mostrando pasión y voluntad en la adquisición sincera de esa
fisonomía propia de maestros, educadores y testigos de la verdad para
transmitirla integralmente y fielmente al hombre de nuestro tiempo», les
recomienda.
«¡En un mundo a menudo sin esperanza, víctima de la
violencia y del egoísmo, que cada gesto, cada sonrisa, cada palabra de
ustedes sea un testimonio viviente que el Señor ha vencido el pecado y la
muerte y que el amor es posible!», desea.
«Que el mundo actual --que busca a veces con angustia, a veces con
esperanza-- pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores
tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros
del Evangelio», concluye.
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DOCUMENTOS
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Noventa años de las apariciones de Fátima
Homilía del cardenal Bertone en
el santuario
FÁTIMA, lunes, 22 octubre 2007 (ZENIT.org).-
Publicamos la homilía que pronunció el cardenal Tarcisio Bertone,
secretario de Estado, en las solemnes celebraciones conclusivas del 90°
aniversario de las apariciones de las Virgen en Fátima, celebradas el 14 de
octubre.
* * *
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:
Con esta solemne celebración concluye la misión que el Santo Padre me
encomendó de representarlo aquí, en Fátima, con ocasión del 90° aniversario
de las apariciones de la Virgen María a los tres pastorcillos, en Cova de Iría. Ayer, como en aquel 13 de octubre de 1917,
era sábado. Hoy nos reunimos de nuevo en esta hermosa iglesia, que hace dos
días tuve la alegría de dedicar a la Santísima Trinidad,
para celebrar la Eucaristía en el día del Señor, pascua semanal.
Acabamos de escuchar las palabras del apóstol san Pablo: "Acuérdate de
Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David" (2 Tm 2, 8). El domingo, cada domingo, nos renueva esta
exhortación, y nosotros damos gracias a Dios porque nos da la posibilidad de
volverla a escuchar hoy aquí, en Fátima, lugar escogido por la Virgen para
transmitir, mediante los tres pastorcillos, su mensaje maternal a la Iglesia
y al mundo entero.
Deseo manifestar mi agradecimiento al obispo de Leiría-Fátima,
y a sus colaboradores, por la acogida que me ha sido dispensada como legado
pontificio. He podido constatar con alegría una vez más la profunda devoción
al Sucesor de Pedro que se respira en Portugal y de modo particular en esta
tierra bendita.
Saludo a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas,
a las autoridades y a todos los peregrinos presentes. Saludo a los fieles que
a través de las conexiones televisivas se unen a nosotros desde Portugal,
desde Italia y desde otras partes del mundo. Saludo en especial a los
feligreses de la parroquia de Fátima y de las otras tres parroquias contiguas
al santuario. A todos y cada uno les transmito el saludo y la bendición de Su
Santidad Benedicto XVI, cuya voz podremos escuchar en el Ángelus,
precisamente al finalizar esta santa misa.
Queridos hermanos y hermanas, tratemos de comprender la palabra de Dios que
se acaba de proclamar. El evangelio habla del encuentro de diez leprosos con
Jesús. Los cura a todos, pero sólo uno, un samaritano, vuelve para darle las
gracias y es a este extranjero agradecido a quien dice: "Tu fe te ha
salvado" (Lc 17, 19). Así pues, los diez
leprosos fueron "curados" de su enfermedad, pero sólo uno fue
"salvado": aquel que por su fe glorificó a Dios y dio gracias a
Jesús.
San Lucas pone de relieve que el leproso salvado era un extranjero. También
era extranjero Naamán, jefe del ejército sirio y
enfermo de lepra, del que habla la primera lectura. Se curó cuando,
obedeciendo a la palabra del profeta Eliseo, fue a lavarse en las aguas del
río Jordán. La palabra de Dios destaca, como hemos cantado en el estribillo
del Salmo responsorial, que "el Señor revela a las naciones su
salvación".
La apertura universal de la salvación y la fidelidad a Israel, que a primera
vista pueden parecer opuestas, son en realidad dos aspectos inseparables y
recíprocos del mismo misterio salvífico:
precisamente la intensidad y la firmeza del amor de Dios por el pueblo que
eligió son las que convierten este amor en una "bendición" para
todos los pueblos (cf. Gn
12, 3). Esto se manifiesta en el grado más alto en la cruz de Cristo, signo
máximo de su entrega a las ovejas perdidas de la casa de Israel y, al mismo
tiempo, de la redención de la humanidad entera.
La palabra de Dios que resuena en la liturgia de hoy en todo el mundo
adquiere un significado muy particular para nosotros que la escuchamos en
este lugar bendito, marcado hace 90 años por la presencia particular de
María. Aquí todo sigue estando iluminado por esta presencia espiritual, la
cual nos ofrece también una perspectiva de lectura del mensaje de las
Escrituras, que podemos sintetizar así: María fue preservada de la lepra del
pecado, vivió en perenne acción de gracias a Dios y se convirtió en icono de
la salvación; ella, "llena de gracia", es signo de la fidelidad de
Dios a sus promesas, imagen y modelo de la Iglesia, nuevo Israel abierto a
todas las naciones; María participó plenamente en el misterio pascual del
Hijo: murió con él y vive con él, perseveró con él y reina con él para
siempre (cf. 2 Tm 2,
11-12).
La hermosa
Señora se presenta a los pastorcillos resplandeciente de
luz; pero en sus palabras, y a veces también en su rostro, velado en parte
por la tristeza, es constante la referencia a la realidad del pecado; muestra
a los niños su Corazón inmaculado coronado de espinas, y explica que son
necesarios su oración y su sacrificio para reparar los numerosos males que
ofenden a Dios, para que cese la guerra y reine en el mundo la paz.
El lenguaje de María es sencillo, adaptado a los niños,
pero no está dulcificado ni es como el de las fábulas; más aún, con palabras
muy realistas, los introduce en el drama de la vida; les pide su colaboración
y, al ver que Jacinta, Francisco y Lucía tienen una disponibilidad generosa,
les revela: "Entonces, deberéis sufrir mucho, pero la gracia de Dios
será vuestra fuerza" (Primera aparición, 13 de mayo de 1917).
La Virgen escoge niños inocentes como colaboradores suyos privilegiados para
combatir, con las armas de la oración y la penitencia, el sacrificio y el
sufrimiento, la terrible lepra del pecado que corrompe a la humanidad. ¿Por
qué lo hace? Porque esto responde al método de Dios, el cual "ha
escogido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte, (...) lo que no es,
para reducir a la nada lo que es" (1 Co 1, 27-28).
Podemos pensar en el ejemplo de tantos niños que han afrontado, y también hoy
siguen afrontando, el sufrimiento y la enfermedad con serenidad, consolando a
sus padres y a sus familiares en momentos de tan gran prueba. Entre estos
estupendos ejemplos de pequeños apóstoles de Cristo me complace recordar la
figura extraordinaria de Silvio Dissegna, un
muchacho piamontés que murió de cáncer a los doce años, cuya causa de beatificación
ya está introducida.
Noventa años después de las apariciones, Fátima sigue siendo un faro de
esperanza consoladora, pero también un fuerte estímulo a la conversión. La
luz que María hizo resplandecer a los ojos de los pastorcillos, y que se
manifestó a tanta gente en el milagro del sol el día 13 de octubre, indica
que la gracia de Dios es más fuerte que el pecado y la muerte.
Sin embargo, María pide a todos
conversión y penitencia; quiere corazones sencillos, que acepten
generosamente orar y sufrir para la reparación de los pecados, para la
conversión de los pecadores y para la salvación de las almas. María espera la
respuesta de todos sus hijos.
Queridos hermanos y hermanas, acojamos su invitación y permanezcamos fieles a
nuestra vocación cristiana. Ofrezcamos cada día fervientes oraciones,
especialmente el santo rosario, y nuestros sufrimientos, para la reparación
de los pecados y la paz en el mundo. Considerémonos pequeños y humildes hijos
suyos, deseosos de vivir para alabanza y gloria de la santísima Trinidad,
a quien esta iglesia está felizmente dedicada. Amén.
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Benedicto XVI presenta a san Ambrosio de Milán
Intervención durante la audiencia general del miércoles
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 23 octubre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos la
intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles
dedicada a presentar la figura de san Ambrosio, obispo de Milán.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
El santo obispo Ambrosio, del que quien os hablaré hoy, falleció en Milán en
la noche entre el 3 y el 4 de abril del año 397. Era el alba del sábado
santo. El día anterior, hacia las cinco de la tarde, se había puesto a rezar,
postrado en el lecho, con los brazos abiertos en forma de cruz. De este modo
participaba en el solemne triduo pascual, en la muerte y en la resurrección
del Señor. «Nosotros veíamos que se movían sus labios», atestigua Paulino, el
diácono fiel que por invitación de Agustín escribió su «Vida», «pero no
escuchábamos su voz».
De repente, parecía que la situación llegaba a su fin. Honorato, obispo de Verceli, que estaba ayudando a Ambrosio y que dormía en
el piso superior, se despertó al escuchar una voz que le repetía: «¡Levántate pronto! Ambrosio está a punto de
morir…». Honorato bajó inmediatamente --sigue contando Paulino-- «y le
ofreció el santo Cuerpo del Señor. Nada más tomarlo, Ambrosio entregó el
espíritu, llevándose consigo el viático. De este modo, su alma, alimentada por
la virtud de esa comida, goza ahora de la compañía de los ángeles» («Vida»
47).
En aquel viernes santo del año 397 los brazos abiertos de Ambrosio moribundo
expresaban su participación mística en la muerte y resurrección del Señor.
Era su última catequesis: en el silencio de las palabras, seguía hablando con
el testimonio de la vida.
Ambrosio no era anciano cuando falleció. No tenía ni
siquiera sesenta años, pues nació en torno al año 340 a Tréveris,
donde su padre era prefecto de las Galias. La familia era cristiana. Cuando
falleció su padre, su madre le llevó a Roma, siento todavía un muchacho, y le
preparó para la carrera civil, dándole una sólida educación retórica y
jurídica. Hacia el año 370 le propusieron gobernar las provincias de Emilia y
Liguria, con sede en Milán. Precisamente allí hervía la lucha entre ortodoxos
y arrianos, sobre todo después de la muerte del obispo arriano Ausencio. Ambrosio intervino para pacificar los espíritus
de las dos facciones enfrentadas, y su autoridad fue tal que, a pesar de que
no era más que un simple catecúmeno, fue proclamado por el pueblo obispo de
Milán.
Hasta ese momento, Ambrosio era el más alto magistrado del Imperio en Italia
del norte. Sumamente preparado culturalmente, pero desprovisto del conocimiento
de las Escrituras, el nuevo obispo se puso a estudiarlas con fervor. Aprendió
a conocer y a comentar la Biblia a través de las obras de Orígenes, el
indiscutible maestro de la «escuela de Alejandría». De este modo, Ambrosio
llevó al ambiente latino la meditación de las Escrituras comenzada por
Orígenes, comenzando en occidente la práctica de la «lectio
divina».
El método de la «lectio» llegó a guiar toda la
predicación y los escritos de Ambrosio, que surgen precisamente de la escucha
orante de la Palabra de Dios. Un célebre inicio de una catequesis ambrosiana
muestra egregiamente la manera en que el santo obispo aplicaba el Antiguo
Testamento a la vida cristiana: «Cuando hemos leído las historias de los
Patriarcas y las máximas de los Proverbios, hemos afrontado cada día la moral
--dice el obispo de Milán a sus catecúmenos y a los neófitos-- para que,
formados por ellos, os acostumbréis a entrar en la vida de los Padres y a
segur el camino de la obediencia a los preceptos divinos» («Los misterios»
1,1).
En otras palabras, los neófitos y los catecúmenos, según el obispo, tras
haber aprendido el arte de vivir moralmente, podía considerarse que ya
estaban preparados para los grandes misterios de Cristo. De este modo, la
predicación de Ambrosio, que representa el corazón de su ingente obra
literaria, parte de la lectura de los libros sagrados («los Patriarcas», es
decir, los libros históricos, y «los Proverbios», es decir, los libros
sapienciales), para vivir según la Revelación divina.
Es evidente que el testimonio personal del predicador y la ejemplaridad de la
comunidad cristiana condicionan la eficacia de la predicación. Desde
este punto de vista es significativo un pasaje de las «Confesiones» de san
Agustín. Había venido a Milán como profesor de retórica; era escéptico, no
cristiano. Estaba buscando, pero no era capaz de encontrar realmente la
verdad cristiana. Al joven retórico africano, escéptico y desesperado, no le
movieron a convertirse definitivamente las bellas homilías de Ambrosio (a
pesar de que las apreciaba mucho). Fue más bien el testimonio del obispo y de
su Iglesia milanesa, que rezaba y cantaba, unida como un solo cuerpo. Una
Iglesia capaz de resistir a la prepotencia del emperador y de su madre, que
en los primeros días del año 386 habían vuelto a exigir la expropiación de un
edificio de culto para las ceremonias de los arrianos. En el edificio que
tenía que ser expropiado, cuenta Agustín, «el pueblo devoto velaba, dispuesto
a morir con su propio obispo». Este testimonio de las «Confesiones» es
precioso, pues muestra que algo se estaba moviendo en la intimidad de
Agustín, quien sigue diciendo: «Y nosotros también, a pesar de que todavía
éramos tibios participábamos en la excitación de todo el pueblo»
(«Confesiones» 9, 7).
De la vida y del ejemplo del obispo Ambrosio, Agustín aprendió a creer y a
predicar. Podemos hacer referencia a un famoso sermón del africano, que
mereció ser citado muchos siglos después en la Constitución conciliar «Dei Verbum»: «Es necesario --advierte de hecho la «Dei Verbum»
en el número 25--, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de
Cristo y los demás que como los diáconos y catequistas se dedican
legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con
asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte --y
aquí viene la cita de Agustín—“predicador vacío y superfluo de la
palabra de Dios que no la escucha en su interior”». Había aprendido
precisamente de Ambrosio esta «escucha en su interior», esta asiduidad con la
lectura de la
Sagrada Escritura con actitud de oración para acoger
realmente en el corazón y asimilar la Palabra de Dios.
Queridos hermanos y hermanas: quisiera presentaros una especie de «icono
patrístico» que, interpretado a la luz de lo que hemos dicho, representa
eficazmente el corazón de la doctrina de Ambrosio. En el mismo libro de las
«Confesiones», Agustín narra su encuentro con Ambrosio, ciertamente un
encuentro de gran importancia para la historia de la Iglesia. Escribe
textualmente que, cuando visitaba al obispo de Milán, siempre le veía rodeado
de un montón de personas llenas de problemas, por quienes se desvivía para
atender sus necesidades. Siempre había una larga fila que estaba esperando
hablar con Ambrosio para encontrar en él consuelo y esperanza. Cuando
Ambrosio no estaba con ellos, con la gente (y esto sucedía en brevísimos
espacios de tiempo), o estaba alimentando el cuerpo con la comida necesaria o
el espíritu con las lecturas. Aquí Agustín canta sus maravillas, porque
Ambrosio leía las escrituras con la boca cerrada, sólo con los ojos (Cf.
«Confesiones». 6, 3). De hecho, en los primeros siglos cristianos la lectura
sólo se concebía para ser proclamada, y leer en voz alta facilitaba también
la comprensión a quien leía. El hecho de que Ambrosio pudiera pasar las
páginas sólo con los ojos es para el admirado Agustín una capacidad singular
de lectura y de familiaridad con las Escrituras. Pues bien, en esa lectura,
en la que el corazón se empeña por alcanzar la comprensión de la Palabra de Dios
--este es el «icono» del que estamos hablando--, se puede entrever el método
de la catequesis de Ambrosio: la misma Escritura, íntimamente asimilada, sugiere
los contenidos que hay que anunciar para llevar a la conversión de los
corazones.
De este modo, según el magisterio de Ambrosio y de Agustín, la catequesis es
inseparable del testimonio de vida. Puede servir también para el catequista
lo que escribí en la «Introducción al cristianismo» sobre los
teólogos. Quien educa en la fe no puede correr el riesgo de presentarse como
una especie de «clown», que recita un papel «por oficio». Más bien,
utilizando una imagen de Orígenes, escritor particularmente apreciado por
Ambrosio, tiene que ser como el discípulo amado, que apoyó la cabeza en el
corazón del Maestro, y allí aprendió la manera de pensar, de hablar, de
actuar. Al final de todo, el verdadero discípulo es quien anuncia el
Evangelio de la manera más creíble y eficaz.
Al igual que el apóstol Juan, el obispo Ambrosio, que nunca se cansaba e
repetir: «"Omnia Christus est
nobis!”; ¡Cristo es todo para nosotros!», sigue siendo un auténtico
testigo del Señor. Con sus mismas palabras, llenas de amor por Jesús,
concluimos así nuestra catequesis: «"Omnia Christus
est nobis!”. Si quieres curar una herida, él
es el médico; si estás ardiendo de fiebre, él es la fuente; si estás oprimido
por la iniquidad, él es la justicia; si tienes necesidad de ayuda, él es la
fuerza; si tienes miedo de la muerte, él es la vida; si deseas el cielo, él
es el camino; si estás en las tinieblas, él es la luz…Gustad y ved qué
bueno es el Señor, ¡bienaventurado el hombre que espera en él!» («De virginitate» 16,99). Nosotros también esperamos en
Cristo. De este modo seremos bienaventurados y viviremos en la paz.
[Traducción del original italiano
realizada por Zenit. Al final de la audiencia, Benedicto XVI saludó en varios
idiomas a los peregrinos. En español, dijo:]
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Lun, 29 de Oct, 2007 6:46 pm
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