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PARROQUIA
NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA
Av. Libertador
13.900 - 1640 Martínez - Tel. y Fax 4508-8501 // 8502 E-mail: pqfatima@... // secretaria@... Página Web: www.fatima.org.ar |
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Noticias
desde la Parroquia de Fátima |
06 de octubre de
2008 - Año XI - N° 392 |
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Índice de Noticias |
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NUESTRA
DIOCESIS |
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Un camino para la integración social Charla abierta con JUAN CARR Miércoles 15 de octubre -20hs
Esta charla estará acompañada por
los responsables del Cuándo: Dónde: Informes en secretaría parroquial: Lunes a viernes de
17 a 19.30 horas 4723-6433. |
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Jornada de
Adoración al Santísimo
El Viernes 17 de Octubre de 20 a
23.30 hs. Animación a cargo del coro de Pascua Joven |
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Primer
Encuentro de Familias 26 DE OCTUBRE
Misa de Inicio 11hs, con Mons. Jorge Casaretto
Músicos invitados: Daniel Poli, 4 pm, La Otra Orilla Conferencias: Dra. Paola del Bosco, Juan Carlos Pissano Mensaje de Luís Landricina Juegos, entretenimientos y deportes Carpa permante de Adoración al Santísimo Sacramento Comida a la canasta y Buffet Se suspende por lluvia
Organiza Pastoral Familiar |
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1 y 2 de Noviembre
El grupo de novios de la Catedral de San Isidro invita a todos aquellos que, estando hace 6 meses o más de novios, quieran participar de un Encuentro en Monseñor Aguirre.
El costo del encuentro es de $200 por pareja y tendrían que pagar una seña de $100 por adelantado. Hay que anotarse lo antes posible, porque hay cupos!!!!!!!
Empieza el sábado 1 a las 8 de la mañana y finaliza el domingo alrededor de las 18/19 hs con una Misa de Mariano Caracciolo.
Cualquier consulta comunicarse con
secretaría de jóvenes de Catedral de San Isidro |
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La Comisión de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso Diócesis S. Isidro (CEDIDSI) conjuntamente con los Pastores Claudio Schvindt y Sergio López y sus comunidades luteranas de la IERP/IELU inspiradores de la Oración itinerante de Taizè Belgrano/ Olivos/ Florida, en comunión con Pastoral Juventud y el Grupo Ecuménico Zona Norte, invitan a todos los cristianos y cristianas a este nuevo gratificante compartir de la Oración Ecuménica de Taizè. 1)Oraciónes ecuménicas de Taizé. - Lunes 6/10, 20 hs, Iglesia Asunción de la Virgen, Ugarte 2367, Olivos. - Sábado 25/10, 19 hs, IELU, Arenales 3491.
Florida.
- Lunes 1/12, 20 hs, Iglesia Asunción de la Virgen, Ugarte 2367, Olivos.
2) Encuentros Ecuménicos de Oración - Martes 21/10, 19.50 hs, Iglesia Presbiteriana San Andrés, Acassuso 1131, Olivos, (La Lucila) - Mates 18/11, 19.50 hs, Iglesia Nuestra Señora de la Unidad. Paraná 1630, Olivos (La Lucila) |
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ARGENTINA |
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Mons. Damián bitar fue nombrado obispo auxiliar de san justo Buenos Aires, 4 Oct. 08 (AICA): El Santo Padre Benedicto XVI nombró obispo auxiliar de San Justo a monseñor Damián Santiago Bitar, de 45 años, hasta ahora Vicario General de la diócesis de Villa María, y le asignó la sede titular de Torre de Tamalleno. La información fue hecha pública esta mañana por el nuncio apostólico, monseñor Adriano Bernardini, a través de la Agencia AICA, a la misma hora en que se publicó en Roma.
Mons. Damián Santiago Bitar. Datos biográficos Nació el 12 de febrero de 1963 en la localidad de Arroyo Cabral, en los alrededores de Villa María, provincia de Córdoba. Allí cursó sus estudios primarios en la escuela Dr. Dalmacio Vélez Sarsfield y los secundarios en el Instituto Comercial “San José” (parroquial). Es el cuarto de cinco hermanos. En 1981 ingresó en el Seminario Mayor de Córdoba “Nuestra Señora de Loreto”. Fue ordenado presbítero el 13 de diciembre de 1987, por el entonces obispo de Villa María, monseñor Alfredo Guillermo Disandro. Durante sus 21 años de ministerio sacerdotal en la diócesis de Villa María, fue párroco de Nuestra Señora de Lourdes y de la Sagrada Familia, ambas en la ciudad de Villa María; del Sagrado Corazón de Jesús, en la localidad de Monte Buey, y administrador parroquial del Inmaculado Corazón de María, de Pozo del Molle, y de Santa Teresa de Jesús, de La Playosa. Fue asesor del Consejo Diocesano de Jóvenes de Acción Católica, de la Junta Diocesana de Religiosos, y director de la Obra de las Vocaciones Sacerdotales y Religiosas. En 1996 monseñor Alfredo Disandro lo nombró vicario general de la diócesis, oficio en el que fue confirmado por monseñor Roberto Rodríguez, sucesor de monseñor Disandro, y posteriormente por el actual obispo, monseñor José Ángel Rovai. Entre los años 2000 y mediados del 2008 se desempeñó como ecónomo diocesano. En la actualidad, junto al cargo de vicario general colaboraba con el párroco de San José, de Arroyo Cabral, en la atención de la Capilla Nuestra Señora del Rosario de la localidad de La Palestina. En julio de 2006, a raíz del traslado de monseñor Rodríguez a la diócesis de La Rioja, fue elegido administrador diocesano, cargo con el que gobernó pastoralmente la diócesis de Villa María hasta la llegada del actual obispo, monseñor Rovai.
La diócesis de San Justo Con una población estimada en 1.000.000 de habitantes (el 80% católicos), en una superficie de 130 kilómetros cuadrados, la diócesis de San Justo es, después de las de Buenos Aires, la segunda diócesis con mayor densidad de población, 7.700 habitantes por kilómetro cuadrado. De ahí la necesidad de contar con un obispo auxiliar que aliviara la labor en el gobierno pastoral del obispo diocesano, monseñor Baldomero Carlos Martini. La diócesis, establecida en el populoso partido del conurbano bonaerense de La Matanza, cuenta con 40 parroquias y 30 iglesias y capillas, en las que desarrollan su ministerio 75 sacerdotes y 18 diáconos permanentes. Tiene también 56 religiosas y 66 centros educativos católicos.+ |
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SANTA SEDE |
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"Nuevas tecnologías, nuevas relaciones": Propuesta del Papa
a los comunicadores Tema para la Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales de 2009 CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 29 septiembre
2008 (ZENIT.org).- "Nuevas tecnologías, nuevas relaciones. Promover una cultura
de respeto, de diálogo, de amistad". Este es el tema escogido por Benedicto
XVI para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2009. "Más que un simple tema me parece que
el Papa nos pone ante un auténtico programa de trabajo", ha reconocido
el arzobispo Caludio Maria Celli, presidente del Consejo Pontificio para las
Comunicaciones Sociales. El tema fue anunciado por el Consejo
vaticano este lunes, 29 de septiembre, fiesta de las arcángeles Miguel,
Rafael y Gabriel. El mensaje que escribirá el Papa sobre el argumento con
motivo de la jornada mundial debería publicarse el 24 de enero, memoria de
san Francisco de Sales, patrono de los periodistas. El tema escogido por el Papa, según monseñor
Celli, es "un compendio de los compromisos y de las responsabilidades
que la comunicación y los hombres de la comunicación están llamados a
asumirse en primera persona en un tiempo tan fuertemente caracterizado por el
desarrollo de las nuevas tecnologías que, de hecho, crean un nuevo ambiente,
una nueva cultura". "En un cierto sentido --sigue diciendo
el presidente del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales--, se
podría decir que el Papa pide hoy a los agentes de la comunicación lo que
pidió durante el encuentro con el mundo de la cultura en París, es decir,
asumir una actitud verdaderamente filosófica: mirar más allá de las cosas
penúltimas y lanzarse a la búsqueda de las últimas, las verdaderas". "Resulta evidente el sentido de
confianza del Papa ante las posibilidades de los medios de
comunicación", añade monseñor Celli, quien considera que "los
medios pueden ser de gran ayuda para favorecer un clima de diálogo y de
confianza". "Subrayar el hecho de que a los nuevos
medios les deben corresponder nuevas relaciones significa tocar profundamente
la relación sobre la que vive y se desarrolla la comunicación: el avance de los
instrumentos no significa simplemente un paso adelante, sino que siempre crea
nuevas condiciones y posibilidades para que el hombre utilice e invierta
estos recursos para el bien común y los ponga como base para un crecimiento
cultural amplio y difundido". Monseñor Celli añade que "si
consideramos que quien trabaja en los medios de comunicación es ante todo un
agente cultural, entonces vuelven inmediatamente a la mente las palabras que
pronunció el Papa al concluir su discurso a los intelectuales: 'una cultura
meramente positivista que circunscribiera al campo subjetivo como no
científica la pregunta sobre Dios, sería la capitulación de la razón, la
renuncia a sus posibilidades más elevadas y consiguientemente una ruina del
humanismo, cuyas consecuencias no podrían ser más graves'". Para responder a la invitación de Benedicto
XVI, monseñor Celli hace un anuncio como presidente del Consejo del Papa para
las Comunicaciones Sociales: "En marzo del próximo año hemos programado
un encuentro de los obispos responsables de la comunicación en un seminario
organizado en colaboración con los profesores universitarios expertos de
medios de comunicación para formular una pastoral de los medios de
comunicación social más precisa y moderna". La Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales es la única celebración mundial que convocó el Concilio Vaticano II
(Inter mirifica, 1963) y se celebra en casi todos los países del mundo
el domingo precedente a Pentecostés. |
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DOCUMENTACION |
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Benedicto xvi: “la verdadera libertad consiste en
el amor al prójimo” Hoy durante la
audiencia general CIUDAD DEL VATICANO,
miércoles 1 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la catequesis que
el Papa pronunció hoy ante los peregrinos congregados en la Plaza de San
Pedro, con motivo de la Audiencia General. * * * Queridos hermanos y
hermanas, el respeto y la
veneración que Pablo ha cultivado siempre hacia los Doce no disminuyen cuando
él defendió con franqueza la verdad del Evangelio, que no es otro que
Jesucristo, el Señor. Queremos hoy detenernos en dos episodios que demuestran
la veneración y, al mismo tiempo, la libertad con la que el Apóstol se dirige
a Cefas y a los otros Apóstoles: el llamado "Concilio" de Jerusalén
y el incidente de Antioquía de Siria, relatados en la Carta a los Gálatas
(cfr 2,1-10; 2,11-14). Todo Concilio y Sínodo
de la Iglesia es "acontecimiento del Espíritu" y reúne en su
realización las solicitudes de todo el Pueblo de Dios: lo han experimentado
en primera persona quienes tuvieron el don de participar en el Concilio
Vaticano II. Por esto san Lucas, al informarnos sobre el primer Concilio de
la Iglesia, que tuvo lugar en Jerusalén, introduce así la carta que los
Apóstoles enviaron en esta circunstancia a las comunidades cristianas de la
diáspora: "Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros..." (Hch 15,
28). El Espíritu, que obra en toda la Iglesia, conduce de la mano a los
Apóstoles a la hora de tomar nuevos caminos para realizar sus proyectos: Él
es el artífice principal de la edificación de la Iglesia. Y sin embargo, la
asamblea de Jerusalén tuvo lugar en un momento de no poca tensión dentro de
la Comunidad de los orígenes. Se trataba de responder a la pregunta de si era
oportuno exigir a los paganos que se estaban convirtiendo a Jesucristo, el
Señor, la circuncisión, o si era lícito dejarlos libres de la Ley mosaica, es
decir, de la observación de las normas necesarias para ser hombres justos,
obedientes a la Ley, y sobre todo libres de las normas relativas a las
purificaciones rituales, los alimentos puros e impuros y el sábado. A la
Asamblea de Jerusalén se refiere también san Pablo en Ga 2, 1-10: tras
catorce años de su encuentro con el Resucitado en Damasco -estamos en la segunda
mitad de los años 40 d.C.- Pablo parte con Bernabé desde Antioquía de Siria y
se hace acompañar de Tito, su fiel colaborador que, aún siendo de origen
griego, no había sido obligado a hacerse circuncidar cuando entró en la
Iglesia. En esta ocasión Pablo expuso a los Doce, definidos como las personas
más relevantes, su evangelio de libertad de la Ley (cfr Ga 2,6). A la luz del
encuentro con Cristo resucitado, él había comprendido que en el momento del
paso al Evangelio de Jesucristo, a los paganos ya no les eran necesarios la
circuncisión, las leyes sobre el alimento, y sobre el sábado, como muestra de
justicia: Cristo es nuestra justicia y "justo" es todo lo que está
conforme a Él. No son necesarios otros signos para ser justos. En la Carta a
los Gálatas refiere, con pocas palabras, el desarrollo de la Asamblea:
recuerda con entusiasmo que el evangelio de la libertad de la Ley fue
aprobado por Santiago, Cefas y Juan, "las columnas", que le
ofrecieron a él y a Bernabé la mano derecha en signo de comunión eclesial en
Cristo (Gal 2,9). Si, como hemos notado, para Lucas el Concilio de Jerusalén
expresa la acción del Espíritu Santo, para Pablo representa el reconocimiento
de la libertad compartida entre todos aquellos que participaron en él:
libertad de las obligaciones provenientes de la circuncisión y de la Ley; esa
libertad por la que "Cristo nos ha liberado, para que seamos
libres" y no nos dejemos imponer ya el yugo de la esclavitud (cfr Ga
5,1). Las dos modalidades con que Pablo y Lucas describen la Asamblea de
Jerusalén se unen por la acción liberadora del Espíritu, porque "donde
está el Espíritu del Señor hay libertad", dirá en la Segunda Carta a los
Corintios (cfr 3,17). Con todo, como aparece
con gran claridad en las Cartas de san Pablo, la libertad cristiana no se
identifica nunca con el libertinaje o con el arbitrio de hacer lo que se
quiere; esta se realiza en conformidad con Cristo y por eso, en el auténtico
servicio a los hermanos, sobre todo a los más necesitados. Por esto, el
relato de Pablo sobre la asamblea se cierra con el recuerdo de la
recomendación que le dirigieron los Apóstoles: "sólo que nosotros
debíamos tener presentes a los pobre, cosa que he procurado cumplir con todo
esmero" (Ga 2, 10). Cada Concilio nace de la Igelsia y vuelve a la Iglesia:
en aquella ocasión vuelve con la atención a los pobres que, de las diversas
anotaciones de Pablo en sus Cartas, son sobre todo los de la Iglesia de
Jerusalén. En la preocupación por los pobres, atestiguada particularmente por
la segunda Carta a los Corintios (cfr 8-9) y en la conclusión de la Carta a
los Romanos (cfr. Rm 15), Pablo demuestra su fidelidad a las decisiones
maduradas durante la Asamblea. Quizás ya no estemos en
grado de comprender plenamente el significado que Pablo y sus comunidades
atribuyeron a la colecta para los pobres de Jerusalén. Se trató de una
iniciativa del todo nueva en el panorama de las actividades religiosas: no
fue obligatoria, pero libre y espontánea; tomaron parte todas las Iglesias
fundadas por Pablo en Occidente. La colecta expresaba la deuda de sus
comunidades a la Iglesia madre de Palestina, de la que habían recibido el don
inenarrable del Evangelio. Tan grande es el valor que Pablo atribuye a este
gesto de participación que raramente la llama "colecta": es más
bien "servicio", "bendición", "amor",
"gracia", es más, "liturgia" (2 Cor, 9). Sorprende,
particularmente, este último término, que confiere a la recogida de dinero un
valor incluso de culto: por una parte es un gesto litúrgico o "servicio",
ofrecido por cada comunidad a Dios, y por otra es acción de amor cumplida a
favor del pueblo. Amor por los pobres y liturgia divina van juntas, el amor
por los pobres es liturgia. Los dos horizontes están presentes en toda
liturgia celebrada y vivida en la Iglesia, que por su naturaleza se opone a
la separación entre el culto y la vida, entre la fe y las obras, entre la
oración y la caridad a los hermanos. Así el Concilio de Jerusalén nace para
dirimir la cuestión sobre cómo comportarse con los paganos que llegaban a la
fe, eligiendo la libertad de la circuncisión y por las observancias impuestas
por la Ley, y se resuelve en la solicitud pastoral que pone en el centro la
fe en Cristo Jesús y el amor por los pobres de Jerusalén y de toda la
Iglesia. El segundo episodio es
el conocido incidente de Antioquía, en Siria, que da a entender la libertad
interior de que gozaga Pablo: ¿cómo comportarse en ocasión de la comunión en
la mesa entre creyentes de origen judío y los de matriz gentil? Aquí se pone
de manifiesto el otro epicentro de la observancia mosaica: la distinción
entre alimentos puros e impuros, que dividía profundamente a los hebreos
observantes de los paganos. Inicialmente Cefas, Pedro, compartía la mesa con
unos y con otros: pero con la llegada de algunos cristianos ligados a
Santiago, "el hermano del Señor" (Ga 1,19), Pedro había empezado a
evitar los contactos en la mesa con los paganos, para no escandalizar a los
que continuaban observando las leyes de pureza alimentaria; y la elección era
compartida por Bernabé. Tal elección dividía profundamente a los cristianos
venidos de la circuncisión y los cristianos venidos del paganismo. Este
comportamiento, que amenazaba realmente la unidad y la libertad de la
Iglesia, suscitó encendidas reacciones de Pablo, que llegó a acusar a Pedro y
a los demás de hipocresía: "Si tú, siendo judío, vives como gentil y no
como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?" (Ga 2, 14). En
realidad, las preocupaciones de Pablo, por una parte, y de Pedro y Bernabé,
por otro, eran distintas: para los últimos la separación de los paganos
representaba una modalidad para tutelar y para no escandalizar a los
creyentes provenientes del judaísmo; para Pablo constituía, en cambio, un
peligro de malentendimiento de la salvación universal en Cristo ofrecida
tanto a los paganos como a los judíos. Si la justificación se realiza sólo en
virtud de la fe en Cristo, de la conformidad con Él, sin obra alguna de la
Ley, ¿qué sentido tiene observar aún la pureza alimentaria con ocasión de la
participación en la mesa? Muy probablemente las perspectivas de Pedro y de
Pablo eran distintas: para el primero, no perder a los judíos que se habían
adherido al Evangelio, para el segundo no disminuir el valor salvífico de la
muerte de Cristo para todos los creyentes. Es extraño decirlo, pero
escribiendo a los cristianos de Roma, algunos años después (hacia la mitad de
los años 50) Pablo mismo se encontrará ante una situación análoga y pedirá a
los fuertes que no coman comida impura para no perder o para no escandalizar
a los débiles: "Lo bueno es no comer carne, ni beber vino, ni hacer cosa
que sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad" (Rm 14,
21). El incidente de Antioquía se reveló así como una lección tanto para
Pedro como para Pablo. Solo el diálogo sincero, abierto a la verdad del
Evangelio, pudo orientar el camino de la Iglesia: "Que el Reino de Dios
no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo (Rm
14,17). Es una lección que debemos aprender también nosotros: con los
diversos carismas confiados a Pedro y a Pablo, dejémonos todos guiar por el
Espíritu, intentando vivir en la libertad que encuentra su orientación en la
fe en Cristo y se concreta en el servicio a los hermanos. Es esencial ser
cada vez más conformes a Cristo. Es así que se es realmente libre, así se
expresa en nosotros el núcleo más profundo de la Ley: el amor a Dios y al
prójimo. Pidamos al Señor que nos enseñe a compartir sus sentimientos, para
aprender de Él la verdadera libertad y el amor evangélico que abraza a todo
ser humano. [Al final de la
audiencia el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español
dijo:] Queridos hermanos y
hermanas: Hoy contemplamos dos
episodios que demuestran la fidelidad de san Pablo a la verdad del Evangelio.
Uno es el Concilio de Jerusalén, en que se trató de si era lícito exigir la
circuncisión a los gentiles que llegan a la fe. Allí recibió aprobación la
predicación de Pablo, sobre la libertad con respecto a las obligaciones de la
Ley judaica. Al exhortar al Apóstol Pablo a no olvidar a los pobres, el
Concilio puso de manifiesto que la libertad cristiana no se confunde con el
libertinaje, sino que se realiza en el servicio auténtico a los hermanos,
especialmente a los más necesitados. Además, la colecta que san Pablo
organizó para los pobres de Jerusalén expresaba la deuda que las comunidades
fundadas por él tenían con la Iglesia que les había dado el don del
Evangelio. El segundo episodio es el incidente, en Antioquia, entre Pedro y
Pablo, provocado por la decisión del primero de no compartir la mesa con los
cristianos de origen gentil para no escandalizar a los de origen judío. En
cambio, Pablo defendía el valor universal de la salvación que se ofrece a
todos, gentiles y judíos, ya que la justificación no es obra de la Ley sino
de la fe en Cristo. Sin embargo, poco después, en su carta a los Romanos y
ante una situación similar, san Pablo recomendará a los fuertes en la fe no
tomar alimentos impuros si esto supone un escándalo para los más débiles. Saludo cordialmente a
los visitantes de lengua española. En particular, a los peregrinos y grupos
parroquiales venidos de Alemania, Chile, Colombia, España, México y de otros
países latinoamericanos. Os invito a que, siguiendo el ejemplo de San Pablo,
os dejéis guiar por el Espíritu Santo para comportaros siempre en vuestra
vida según la verdad del Evangelio. Que Dios os bendiga [Traducción del
original italiano por Inma Álvarez |
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Benedicto xvi: san pablo estaba en comunión con el
resto de los apóstoles Intervención en la
audiencia general de este miércoles CIUDAD DEL VATICANO,
miércoles 24 de septiembre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos la intervención que pronunció este
miércoles Benedicto XVI durante la audiencia general que concedió a los
peregrinos congregados en la plaza de San Pedro para la audiencia general, en
la que continuó con el ciclo de catequesis dedicadas a la figura de san
Pablo. En esta ocasión, la dedicó a su relación con los demás Apóstoles. * * * Queridos hermanos y
hermanas, Hoy quisiera hablar
sobre la relación entre san Pablo y los Apóstoles que lo habían precedido en
el seguimiento de Jesús. Estas relaciones estuvieron siempre marcadas por un
profundo respeto y por la franqueza que en Pablo derivaba de la defensa de la
verdad del Evangelio. Aunque él era prácticamente contemporáneo de Jesús de
Nazaret, nunca tuvo la oportunidad de encontrarle, durante su vida pública.
Por esto, tras el deslumbramiento en el camino de Damasco, advirtió la
necesidad de consultar a los primeros discípulos del Maestro, que Él había
elegido para que llevaran el Evangelio hasta el confín del mundo. En la Carta a los
Gálatas, Pablo desarrolla un importante informe sobre los contactos
mantenidos con algunos de los Doce: ante todo con Pedro, que había sido
elegido como Kephas, palabra aramea que significa roca, sobre la que se
estaba edificando la Iglesia (cfr Gal 1,18), con Santiago, "el
hermano del Señor" (cfr Gal 1,19), y con Juan (cfr Gal
2,9): Pablo no duda en reconocerles como las "columnas" de la
Iglesia. Particularmente significativo es el encuentro con Cefas (Pedro), que
tuvo lugar en Jerusalén: Pablo se quedó con él 15 días para
"consultarle" (cfr Gal 1,19), es decir, para informarse
sobre la vida terrena del Resucitado, que le había "atrapado" en el
camino de Damasco y le estaba cambiando la existencia de modo radical: de
perseguidor hacia la Iglesia de Dios había legado a ser evangelizador de que
la fe en el Mesías crucificado e Hijo de Dios, que en el pasado habían
intentado destruir (cfr Gal 1,23). ¿Qué tipo de información
obtuvo Pablo sobre Jesús en los tres años sucesivos al encuentro de Damasco?
En la primera Carta a los Corintios podemos encontrar dos pasajes, que Pablo
había conocido en Jerusalén, y que ya habían sido formulados como elementos
centrales de la tradición cristiana, tradición constitutiva. Él los transmite
verbalmente, tal y como los ha recibido, con una fórmula muy solemne:
"Os transmito cuanto he recibido". Insiste, por tanto, en la
fidelidad a cuanto él mismo ha recibido y fielmente transmite a los nuevos
cristianos. Son elementos constitutivos y conciernen a la Eucaristía y a la
Resurrección; se trata de textos ya formulados en los años treinta. Llegamos
así a la muerte, sepultura en el seno de la tierra y a la resurrección de
Jesús. (cfr 1 Cor 15,3-4). Tomemos uno y otro: las palabras de Jesús en
la Última Cena (cfr 1 Cor 11,23-25) son realmente para Pablo centro de
la vida de la Iglesia: la Iglesia se edifica a partir de este centro, siendo
así ella misma. Además de este centro eucarístico, del que vuelve a nacer
siempre la Iglesia -también para toda la teología de Pablo, para todo su
pensamiento- estas palabras tienen un notable impacto sobre la relación
personal de Pablo con Jesús. Por una parte atestiguan que la Eucaristía
ilumina la maldición de la cruz, convirtiéndola en bendición (Gal 3,13-14),
y por otra, explican el alcance de la misma muerte y resurrección de Jesús.
En sus Carta el "por vosotros" de la institución se convierte en el
"por mí" (Gal 2,20), personalizando, sabiendo que en ese
"vosotros" él mismo era conocido y amado por Jesús y por otra parte
"por todos" (2 Cor 5,14): este "por vosotros" se
convierte en "por mí" y "por la Iglesia" (Ef 5, 25), es
decir, también "por todos" del sacrificio expiatorio de la cruz
(cfr Rm 3,25). Por y en la Eucaristía, la Iglesia se edifica y se
reconoce como "Cuerpo de Cristo" (1 Cor 12,27), alimentado
cada día por la fuerza del Espíritu del Resucitado. El otro texto, sobre la
Resurrección, nos transmite de nuevo la misma fórmula de fidelidad. San Pablo
escribe: "Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que
Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y
que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y
luego a los Doce" (1 Cor 15,3-5). También en esta tradición
transmitida a Pablo vuelve a mencionar la expresión "por nuestros
pecados", que subraya el don que Jesús ha hecho de sí mismo al Padre,
para liberarnos del pecado y de la muerte. De este don de sí mismo, Pablo
saca las expresiones más conmovedoras y fascinantes de nuestra relación con
Cristo: "A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para
que viniésemos a ser justicia de Dios en él" (2 Cor 5,21);
"Conocéis la generosidad de Nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo
rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su
pobreza" (2 Cor 8,9). Vale la pena recordar el
comentario con el que el entonces monje agustino, Martín Lutero, acompañaba
estas expresiones paradójicas de Pablo: "Éste es el grandioso misterio
de la gracia divina hacia los pecadores: por un admirable intercambio
nuestros pecados ya no son nuestros, sino de Cristo, y la justicia de Cristo
ya no es de Cristo, sino nuestra" (Comentario a los Salmos del
1513-1515). Y así hemos sido salvados. En el kerygma original
(anuncio), transmitido de boca a boca, merece señalarse el uso del verbo
"ha resucitado", en lugar del "resucitó" que habría sido
más lógico utilizar, en continuidad con el "murió" y "fue
sepultado". La forma verbal "ha resucitado" se ha elegido para
subrayar que la resurrección de Cristo incide hasta el presente de la
existencia de los creyentes: podemos traducirlo por "ha resucitado y
sigue vivo" en la Eucaristía y en la Iglesia. Así todas las Escrituras
dan testimonio de la muerte y resurrección de Cristo, porque --como escribió
Hugo de San Víctor-- "toda la divina Escritura constituye un único
libro, y este libro es Cristo, porque toda la escritura habla de Cristo y
encuentra en Cristo su cumplimiento" (De arca Noe, 2,8). Si
san Ambrosio de Milán puede decir que "en la Escritura leemos a
Cristo", es porque la Iglesia de los orígenes ha releído todas las
Escrituras de Israel partiendo y volviendo a Cristo. La enumeración de las
apariciones del Resucitado a Cefas, a los Doce, a más de quinientos hermanos,
y a Santiago se cierra con la referencia a la aparición personal, recibida
por Pablo en el camino de Damasco: "Y en último término se me apareció
también a mí, como a un abortivo" (1 Cor 15,8). Debido a que él
ha perseguido a la Iglesia de Dios, en esta confesión expresa su indignidad
de ser considerado apóstol, al mismo nivel que aquellos que le han precedido:
pero la gracia de Dios no ha sido vana en él (1 Cor 15,10). Por tanto,
la afirmación prepotente de la gracia divina une a Pablo con los primeros
testigos de la resurrección de Cristo: "Tanto ellos como yo esto es lo
que predicamos; esto es lo que habéis creído" (1 Cor 15,11). Es
importante la identidad y la unicidad del anuncio del Evangelio: tanto ellos
como yo predicamos la misma fe, el mismo Evangelio de Jesucristo muerto y
resucitado que se entrega en la Santísima Eucaristía. La importancia que él
confiere a la Tradición viva de la Iglesia, que transmite a sus comunidades,
demuestra cuán equivocada está la visión de quienes atribuyen a Pablo el
invento del cristianismo: antes de proclamar el evangelio de Jesucristo, le
encontró en el camino de Damasco y le conoció en la Iglesia, observando su
vida en los Doce y en aquéllos que le habían seguido por los caminos de
Galilea. En las próximas catequesis tendremos la oportunidad de profundizar
en las contribuciones que Pablo ha dado a la Iglesia de los orígenes; pero la
misión recibida por parte del Resucitado en orden a la evangelización de los
gentiles necesita ser confirmada y garantizada por aquéllos que le dieron a él
y a Bernabé la mano derecha, en signo de aprobación de su apostolado y de su
evangelización, y de acogida en la única comunión de la Iglesia de Cristo
(cfr Gal 2,9). Se comprende entonces que la expresión "Y si
conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así" (2 Cor 5,16)
no significa que su existencia terrena tenga una escasa relevancia para
nuestra maduración en la fe, sino que desde el momento de la Resurrección,
cambia nuestra forma de relacionarnos con Él. Él es, al mismo tiempo, el hijo
de Dios, "nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de
Dios con poder, según el espíritu de santidad, por su resurrección de entre
los muertos", como recordará Pablo al principio de la Carta a los
Romanos (1, 3-4). Cuanto más intentamos
seguir las huellas de Jesús de Nazaret por los caminos de Galilea, tanto más
podemos comprender que él ha tomado a cargo nuestra humanidad, compartiéndola
en todo excepto en el pecado. Nuestra fe no nace de un mito, ni de una idea,
sino del encuentro con el Resucitado, en la vida de la Iglesia. [Al final de la
audiencia, Benedicto XVI saludó a los peregrinos en varios idiomas. En
español, dijo:] Queridos hermanos y
hermanas: San Pablo, aunque fue
contemporáneo de Jesús, no lo conoció durante su ministerio público. Por eso
sintió la necesidad de consultar a los primeros discípulos, elegidos por el
Maestro para llevar el Evangelio hasta los confines del mundo. El mismo Pablo
habla de su encuentro con Santiago, Juan y, sobre todo con Pedro, para que le
informaran sobre la vida terrena del Resucitado (cf. Ga 1,19), que a
él lo había "atrapado" en el camino de Damasco. Así, su tarea como
Apóstol de los gentiles se confirmaba y garantizaba por los que, antes de él,
habían seguido a Jesús por los caminos de Galilea. Del contenido de estas
informaciones destacan las palabras en la Última Cena, con la institución de
la Eucaristía, que iluminan el misterio de la cruz, que de maldición se
convierte en bendición y en sacrificio de salvación "por todos", en
el que la Iglesia se edifica y reconoce como "Cuerpo de Cristo".
También adquiere un especial sentido la resurrección del Señor, que no sólo
"fue" resucitado, sino que sigue viviendo en la Eucaristía y en la
Iglesia. Así, pues, nuestra fe no nace de un mito o una idea, sino del
encuentro con Cristo resucitado y vivo en la vida de la Iglesia. Saludo a los peregrinos
y visitantes de España y Latinoamérica, en particular a los sacerdotes de San
Juan de Puerto Rico, con el Cardenal Luis Aponte y el Arzobispo Metropolitano
Roberto González, así como a los alumnos del Colegio Sacerdotal Argentino, en
Roma, a los venidos de Paraná, con su Arzobispo, Mons. Mario Mauleón y a los
demás grupos de Puerto Rico, México, Panamá, El Salvador, Venezuela,
Argentina y otros Países latinoamericanos. Muchas gracias por vuestra visita. [Traducción del
italiano por Inma Álvarez © Copyright 2008 -
Libreria Editrice Vaticana] |
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Benedicto xvi hace un balance de su viaje a Francia Intervención en la
audiencia general de este miércoles CIUDAD DEL VATICANO,
miércoles 17 de septiembre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos la intervención que pronunció este
miércoles Benedicto XVI durante la audiencia general que concedió a los
peregrinos congregados en el Aula Pablo VI para la audiencia general en la
que hizo un balance de su décimo viaje apostólico internacional que tuvo como
destino París y Lourdes del 12 al 15 de septiembre. * * * Queridos hermanos y
hermanas, El encuentro de hoy me
ofrece la oportunidad de volver a recorrer los momentos de la visita pastoral
que he llevado a cabo en los días pasados a Francia; visita culminada con la
peregrinación a Lourdes, con ocasión del 150 aniversario de las apariciones
de la Virgen a santa Bernadette. Mientras doy fervientes gracias al Señor que
me ha concedido una tan providencial posibilidad, expreso nuevamente un vivo
reconocimiento al arzobispo de París, al obispo de Tarbes y Lourdes, a los
respectivos colaboradores y a todos aquellos que de diversas formas han
cooperado al éxito de mi peregrinación. Doy las gracias cordialmente también
al presidente de la República y a las demás autoridades que me han acogido
con tanta cortesía. La visita empezó en
París, donde he encontrado idealmente a todo el pueblo francés, honrando así
a una amada nación en la que la Iglesia, ya desde el II siglo, ha
desarrollado un fundamental papel civilizador. Es interesante que,
precisamente en este contexto, haya madurado la exigencia de una sana
distinción entre la esfera política y la religiosa, según el célebre dicho de
Jesús: "Dad al César lo que es el César y a Dios lo que es de Dios"
(Mc 12,17). Si en las monedas romanas estaba impresa la efigie del César y
por esto se le debían dar, en el corazón del hombre está la impronta del
Creador, único Señor de nuestra vida. La auténtica laicidad no es por tanto
prescindir de la dimensión espiritual, sino reconocer que precisamente ésta,
radicalmente, es garante de nuestra libertad y de la autonomía de las
realidades terrenas, gracias a los dictados de la Sabiduría creadora que la
conciencia humana sabe acoger y realizar. En esta perspectiva se
enmarca la amplia reflexión sobre el tema: "Los orígenes de la teología
occidental y las raíces de la cultura europea", que desarrollé en el
encuentro con el mundo de la cultura, en un lugar elegido por su valor
simbólico. Se trata del Collège des Bernardins (Colegio de los
Bernardinos, nde.), que el fallecido cardenal Jean-Marie Lustiger quiso revalorar
como centro de diálogo cultural, un edificio del siglo XII construido por los
cistercienses, donde han estudiado los jóvenes. Por tanto, allí está la
presencia de esta teología monástica que ha originado nuestra cultura
occidental. El punto de partida de mi discurso fue una reflexión sobre el
monaquismo, cuya finalidad era buscar a Dios, quaerere Deum. En una
época de crisis profunda de la civilización antigua, los monjes, orientados
por la luz de la fe, eligieron la vía maestra: la vía de la escucha de la
Palabra de Dios. Fueron, por tanto, los grandes cultivadores de la Sagrada
Escritura, y los monasterios se convirtieron en escuela de sabiduría y
escuelas dominici servitii, "del servicio del Señor", como
los llamaba san Benito. La búsqueda de Dios llevaba a los monjes, por su
naturaleza, a una cultura de la palabra. Quaerere Deum, buscar a Dios,
lo buscaban en el surco de su Palabra y debían por tanto conocer cada vez más
en profundidad esta Palabra. Era necesario penetrar en el secreto de la lengua,
comprenderla en su estructura. Para buscar a Dios, que se nos ha revelado en
la Sagrada Escritura, eran muy importantes las ciencias profanas, de cara a
profundizar en el secreto de las lenguas. Se desarrolla en consecuencia en
los monasterios aquella eruditio que habría consentido la formación de
la cultura. Precisamente por esto, quaerere Deum - buscar a Dios,
estar en camino hacia Dios, sigue siendo hoy como ayer la vía maestra y el
fundamento de toda verdadera cultura. De la búsqueda de Dios
es expresión artística también la arquitectura, y no hay duda de que la
catedral de Notre-Dame en París constituye un ejemplo de valor
universal. Dentro de este magnífico templo, donde tuve la alegría de presidir
la celebración de las Vísperas de la Beata Virgen María, exhorté a los
sacerdotes, los diáconos, los religiosos, las religiosas y los seminaristas
venidos de todas partes de Francia, a dar prioridad a la escucha religiosa de
la divina Palabra, mirando a la Virgen María como modelo sublime. En el
pórtico de Notre-Dame saludé después a los jóvenes, que habían acudido
numerosos y entusiastas. A ellos, que iban a dar comienzo a una larga vigilia
de oración, les entregué dos tesoros de la fe cristiana: el Espíritu Santo y
la Cruz. El Espíritu abre la inteligencia humana a horizontes que la superan
y le hace comprender la belleza y la verdad del amor de Dios revelado
precisamente en la Cruz. Un amor del que nada podrá separarnos, y que se
experimenta entregando la propia vida a ejemplo de Cristo. Tras una breve parada
en el Instituto de Francia, sede de las cinco Academias nacionales: siendo yo
miembro de una de las Academias, pude ver con gran alegría a mis colegas. Y
después mi visita culminó con la celebración eucarística en la Explanada de
los Inválidos. Haciéndome eco de las palabras del Apóstol Pablo a los
Corintios, invité a los fieles de París y de toda Francia a buscar al Dios
vivo, que nos ha mostrado su verdadero rostro en Jesús presente en la
Eucaristía, alentándonos a amar a nuestros hermanos así como Él nos ha amado
a nosotros. Después me dirigí a
Lourdes, donde pude unirme a miles de fieles en el "Camino del
Jubileo", que recorre los lugares de la vida de santa Bernadette: la
iglesia parroquial con la fuente bautismal donde fue bautizada; el "Cachot"
(la cárcel, nde.) donde vivió de niña en gran pobreza; la Gruta de Massabielle,
donde la Virgen se le apareció 18 veces. Por la tarde participé en la
tradicional Procesión de las antorchas, estupenda manifestación de fe en Dios
y de devoción a su y nuestra Madre. Lourdes es verdaderamente un lugar de
luz, de oración, de esperanza y de conversión, fundadas sobre la roca del
amor de Dios, que ha tenido su revelación culminante en la Cruz gloriosa de
Cristo. Por una feliz
coincidencia, el domingo pasado la liturgia recordaba la Exaltación de la
Santa Cruz, signo de esperanza por excelencia, porque es el máximo testimonio
del amor. En Lourdes, en la escuela de María, primera y perfecta discípula de
Cristo, los peregrinos aprenden a considerar las cruces de su propia vida a
la luz de la Cruz gloriosa de Cristo. Apareciéndose a Bernadette, en la Gruta
de Massabielle, el primer gesto que hizo María fue precisamente el
Signo de la Cruz, en silencio y sin palabras. Y Bernadette la imitó haciendo
a su vez el Signo de la Cruz, aunque temblándole la mano. Y así la Virgen dio
una primera iniciación en la esencia del cristianismo: el Signo de la Cruz es
la suma de nuestra fe, y haciéndolo con corazón atento entramos en el pleno
misterio de nuestra salvación. ¡En ese gesto de la Virgen está todo el
mensaje de Lourdes! Dios nos ha amado que se ha dado a sí mismo por nosotros:
éste es el mensaje de la Cruz, "misterio de muerte y de gloria". La
Cruz nos recuerda que no existe verdadero amor sin sufrimiento, no hay don de
la vida sin dolor. Muchos aprenden esta verdad en Lourdes, que es una escuela
de fe y esperanza, porque es también escuela de caridad y de servicio a los
hermanos. Es en este contexto de fe y de oración donde se ha celebrado el
importante encuentro con el episcopado francés: ha sido un momento de intensa
comunión espiritual, en el que hemos confiado juntos a la Virgen las
esperanzas comunes y las preocupaciones pastorales. La etapa sucesiva fue la
procesión eucarística con miles de fieles, entre los cuales, como siempre,
muchos enfermos. Ante el Santísimo Sacramento, nuestra comunión espiritual
con María he ha hecho aún más intensa y profunda porque Él nos da ojos y
corazón capaces de contemplar a su Hijo Divino en la santa Eucaristía. Era
conmovedor el silencio de estos miles de personas ante el Señor; un silencio
no vacío, sino lleno de oración y de conciencia de la presencia del Señor,
que nos ha amado hasta subir a la cruz por nosotros. La jornada del lunes 15
de septiembre, memoria litúrgica de la Beata Virgen de los Dolores, estuvo
dedicada de forma especial a los enfermos. Tras una breve visita a la Capilla
del Hospital, donde Bernadette recibió la Primera Comunión, en el pórtico de
la basílica del Rosario, presidí la celebración de la Santa Misa, durante la cual
administré el sacramento de la Unción de los enfermos. Con los enfermos y con
cuantos los cuidan, quise meditar sobre las lágrimas de María derramadas bajo
la Cruz, y sobre su sonrisa, que ilumina la mañana de Pascua. Queridos hermanos y
hermanas, damos gracias juntos al Señor por este viaje apostólico rico de
tantos dones espirituales. Particularmente, le alabamos porque María,
apareciéndose a santa Bernadette, ha abierto en el mundo un espacio
privilegiado para encontrar el amor divino que cura y salva. En Lourdes, la
Virgen Santa invita a todos a considerar a a tierra como lugar de
peregrinación hacia la patria definitiva, que es el Cielo. En realidad todos
somos peregrinos, tenemos necesidad de la Madre que nos guía; y en Lourdes,
su sonrisa nos invita a seguir adelante con gran confianza en la conciencia
de que Dios es bueno, Dios es amor. [Al final de la
audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español,
dijo:] Queridos hermanos y
hermanas: Con ocasión del 150
aniversario de las apariciones de la Virgen a santa Bernadette, he realizado
una visita pastoral en Francia. En esta nación, en que la Iglesia ha tenido
un papel civilizador fundamental, ha madurado la exigencia de una sana
laicidad, que no significa prescindir de la dimensión espiritual sino
reconocer que ésta es garante de la libertad y de la autonomía terrena. Con
el mundo de la cultura he podido reflexionar sobre cómo la búsqueda de Dios
es la vía maestra y el fundamento de toda verdadera cultura. A los
sacerdotes, religiosos y religiosas, y a los seminaristas, les he exhortado a
dar prioridad a la escucha de la palabra divina y, a los jóvenes, les he
confiado dos tesoros de la fe cristiana: el Espíritu Santo, que abre la
inteligencia a horizontes más amplios, y la Cruz, que revela la verdad del
amor de Dios, e invité a los fieles a buscar a Dios presente en la
Eucaristía. En Lourdes he podido recorrer el "Camino del Jubileo".
Lourdes es verdaderamente un lugar de luz, de oración, de esperanza y de
conversión, donde los peregrinos, en esta escuela de caridad y de servicio a
los hermanos, aprenden a ver sus propias cruces a la luz de la Cruz de
Cristo. Saludo cordialmente a
los visitantes de lengua española. En particular, al Capítulo de Caballeros
del Corpus Christi, de Toledo, a los Seminaristas de El Salvador y a los
estudiantes de Salta. Saludo también a los peregrinos y grupos parroquiales
venidos de Costa Rica, España, México, Paraguay, y de otros países
latinoamericanos. Os invito a acudir con fe y devoción a la Virgen María para
que Ella os enseñe en vuestra vida a ser expresión de caridad y de servicio a
los hermanos, siguiendo el ejemplo de Cristo en la Cruz. Que Dios os bendiga. [Traducción del
original italiano realizada por Inma Álvarez. © Copyright 2008 -
Libreria Editrice Vaticana] |
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Benedicto XVI presenta a san Pablo como apóstol Intervención en la audiencia general de este
miércoles CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 10 de
septiembre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos la intervención que pronunció este miércoles Benedicto
XVI durante la audiencia general que concedió a los peregrinos congregados en
el Aula Pablo VI para la audiencia general. * * * Queridos hermanos y hermanas El miércoles pasado hablé del gran cambio
que se produjo en la vida de San Pablo tras su encuentro con Cristo
crucificado. Jesús entró en su vida y lo transformó de perseguidor en
apóstol. Este encuentro marcó el inicio de su misión: Pablo no podía
continuar viviendo como antes, ahora se sentía investido por el Señor del
encargo de anunciar su Evangelio en calidad de apóstol. Es precisamente de
esta su nueva condición de vida, es decir, de ser apóstol de Cristo, que
quisiera hablar hoy. Nosotros normalmente, siguiendo a los Evangelios,
identificamos a los Doce con el título de apóstoles, para indicar a aquellos
que eran compañeros de vida y oyentes de las enseñanzas de Jesús. Pero
también Pablo se siente verdadero apóstol y parece claro, por tanto, que el
concepto paulino de apostolado no se restringe al grupo de los Doce.
Obviamente, Pablo sabe distinguir su propio caso del de aquellos "que
habían sido apóstoles anteriores" a él (Gálatas 1, 17): a ellos
les reconoce un lugar totalmente especial en la vida de la Iglesia. Sin
embargo, como todos saben, también san Pablo se interpreta a sí mismo como
apóstol en sentido estricto. Es cierto que, en el tiempo de los orígenes
cristianos, nadie recorrió tantos kilómetros como él, por tierra y por mar,
con el único objetivo de anunciar el Evangelio. Por tanto, él tenía un concepto de
apostolado que iba más allá del relacionado sólo con el grupo de los Doce y
transmitido sobre todo por san Lucas en los Hechos de los Apóstoles (Cf. Hch
1,2.26;6,2). De hecho, en la primera carta a los Corintios Pablo hace una
clara distinción entre "los Doce" y "todos los apóstoles",
mencionados como dos grupos distintos de beneficiarios de las apariciones del
Resucitado (cfr 1Cor 15, 5.7). En este mismo texto él pasa a llamarse a sí
mismo humildemente como "el último de los apóstoles", comparándose
incluso con un aborto y afirmando textualmente: "indigno del nombre de
apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de
Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes
bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios
que está conmigo" (1 Cor 15, 9-10). La metáfora del aborto expresa una
humildad extrema; se la vuelve a encontrar también en la Carta a los Romanos
de san Ignacio de Antioquía: "Soy el último de todos, soy un aborto;
pero me será concedido ser algo, si alcanzo a Dios" (9,2). Lo que el
obispo de Antioquía dirá en relación a su martirio inminente, previendo que
éste daría la vuelta a su condición de indignidad, san Pablo lo dice en
relación a su propio trabajo apostólico: es en él donde se manifiesta la fecundidad
de la gracia de Dios, que sabe transformar un hombre malogrado en un apóstol
espléndido. De perseguidor a fundador de Iglesias: ¡esto ha hecho Dios en uno
que, desde el punto de vista evangélico, habría podido considerarse un
deshecho! ¿Qué es, por tanto,
según la concepción de san Pablo, lo que hace apóstoles de él y de los demás?
En sus cartas aparecen tres características principales que constituyen al
apóstol. La primera es "haber visto al Señor" (cfr 1 Cor 9,1), es
decir, haber tenido con él un encuentro determinante para la propia vida.
Análogamente, en la Carta a los Gálatas (cfr 1, 15-16), dirá que ha sido
llamado, casi seleccionado, por gracia de Dios con la revelación de su Hijo
de cara al anuncio a los paganos. En definitiva, es el Señor el que
constituye el apostolado, no la propia presunción. El apóstol no se hace a sí
mismo, sino que lo hace el Señor; por tanto, necesita referirse
constantemente al Señor. No es casualidad Pablo dice ser "apóstol por
vocación" (Rm 1,1), es decir, "no de parte de los hombres ni por
mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre" (Gal 1,1).
Esta es la característica: haber visto al Señor, haber sido llamado por Él. La segunda
característica es la de "haber sido enviado". El mismo término
griego apóstolos significa precisamente "enviado, mandado",
es decir, embajador y portador de un mensaje; debe actuar por tanto como
encargado y representante de un mandante. Por eso Pablo se define
"apóstol de Jesucristo" (1 Cor 1,1; 2 Cor 1,1), o sea, delegado
suyo, puesto totalmente a sus ervicio, hasta el punto de llamarse
"siervo de Jesucristo" (Rm 1,1). Una vez más sale a primer plano la
idea de una iniciativa de otro, la de Dios en Jesucristo, a la que se está
plenamente obligado; pero sobre todo subraya el hecho de que se ha recibido
una misión de parte de Él que hay que cumplir en su nombre, poniendo
absolutamente en segundo plano cualquier interés personal. El tercer
requisito es el ejercicio del "anuncio del Evangelio", con la
consiguiente fundación de iglesias. El de "apóstol", por tanto, no
es y no puede ser un título honorífico, sino que empeña concretamente y
también dramáticamente tida la existencia del sujeto interesado. En la
primera carta a los Corintios, Pablo exclama: "¿No soy yo apóstol?
¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el
Señor? (9,1). Análogamente, en la segunda carta a los Corintios, afirma:
"Vosotros sois nuestra carta..., sois una carta de Cristo, redactada por
ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios
vivo" (3,2-3). No nos sorprende,
por tanto, si el Crisóstomo habla de Pablo como de "un alma de
diamante" (Panegíricos, 1,8), y sigue diciendo: "Del mismo modo que
el fuego, aplicándose a materiales distintos, se refuerza aún más..., así la
palabra de Pablo ganaba a su causa a todos aquellos con los que entraba en
relación, y aquellos que le hacían la guerra, atrapados por sus discursos, se
convertñian en alimento para este fuego espiritual" (ibid., 7,11). Esto
explica por qué Pablo define a los apóstoles como "colaboradores de
Dios" (1 Cor 3,9; 2 Cor 6,1), cuya gracia actúa en ellos. Un elemento
típico del verdadero apóstol, sacado a la luz por san Pablo, es una especie
de identificación entre Evangelio y evangelizador, ambos destinados a la
misma suerte. Nadie como Pablo, de hecho, ha puesto en evidencia cómo el
anuncio de la cruz aparece como "escándalo y necedad (1 Cor 1,23), al
que muchos reaccionan con incomprensión y rechazo. Esto sucedía en aquel
tiempo, y no debe extrañarnos que suceda también hoy. En este destino, de
aparecer como "escándalo y necedad", participa también el apóstol y
Pablo lo sabe: es la experiencia de su vida. A los Corintios les escribe, no
sin una vena irónica: "Porque pienso que a nosotros, los apóstoles, Dios
nos ha asignado el último lugar, como condenados a muerte, puestos a modo de
espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres. Nosotros, necios por
seguir a Cristo; vosotros, sabios en Cristo. Débiles nosotros, mas vosotros,
fuertes. Vosotros, llenos de glorias; mas nosotros, despreciados. Hasta el
presente, pasamos hambre, sed, desnudez. Somos abofeteados, y andamos
errantes. Nos fatigamos trabajando con nuestras manos. Si nos insultan,
bendecimos. Si nos persiguen, lo soportamos. Si nos difaman, respondemos con
bondad. Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el
deshecho de todos" (1 Cor 4,9-13). Es un autorretrato de la vida
apostólica de San Pablo: en todos estos sufrimientos prevalece la alegría de
ser portados de la bendición de Dios y de la gracia del Evangelio. Pablo, por otro
lado, comparte con la filosofía estoica de su tiempo una tenaz constancia en
todas las dificultades que se le presentan: pero él supera la perspectiva
meramente humanística, reclamando el componente del amor de Dios y de Cristo:
"¿Quien nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la
angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la
espada?, como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día;
tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos
vencedores gracias a aquél que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte
ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni
las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá
separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro"
(Rm 8,35-39). Esta es la certeza, la alegría profunda que guía al apóstol
Pablo en todas estas vicisitudes: nada puede separarnos del amor de Dios. Y
este amor es la verdadera riqueza de la vida humana. Como se ve, san
Pablo se había entregado al Evangelio con toda su existencia; ¡podríamos
decir las veinticuatro horas! Y cumplía su ministerio con fidelidad y con
alegría, "para salvar a toda costa a alguno" (1 Cor 9,22). Y
respecto a las Iglesias, incluso sabiendo que tenía con ellas una relación de
paternidad (cfr 1 Cor 4,15), incluso de maternidad (cfr Gal 4,19), se ponía
en actitud de completo servicio, declarando admirablemente: "No es que
pretendamos dominar sobre vuestra fe, sino que contribuimos a vuestro
gozo" (2 Cor 1,24). Ésta es la misión de todos los apóstoles de Cristo
en todos los tiempos:: ser colaboradores de la verdadera alegría. |
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