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PARROQUIA
NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA
Av. Libertador
13.900 - 1640 Martínez - Tel. y Fax 4508-8501 // 8502 E-mail: pqfatima@... // secretaria@... Página Web: www.fatima.org.ar |
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Noticias
desde la Parroquia de Fátima |
27 de octubre de
2008 - Año XI - N° 395 |
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Índice de Noticias |
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NUESTRA
DIOCESIS |
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Caminando hacia la
Asamblea Diocesana 2009 PREPARAMOS EL
ADVIENTO Y LA NAVIDAD Nos reuniremos el
Lunes 3 de Noviembre De 20,00 hs. a
22,00 hs Casa Pastoral,
Ituazingo90, San Isidro Estimados amigos: El próximo 3 de noviembre a las 20
se realizará una charla como preparación al tiempo de Adviento en la
Casa Pastoral, Ituzaingo 90, San Isidro. La misma estará a cargo del P.
Miguel Ángel D´Annibale. El objetivo de este día es presentar el
tiempo de preparación a la Asamblea Diocesana 2009 que comenzará con el
Adviento. La propuesta será trabajar este tiempo en clave de
ESCUCHA. Además de profundizar en las características de este
tiempo, se nos presentarán algunos recursos para que desde las
celebraciones litúrgicas vayamos haciendo presente esta propuesta para la
diócesis. Es por este motivo que es muy importante la
participación de los responsables de liturgia de cada parroquia (si pueden
concurrir con todo el equipo mucho mejor). Quedando a su disposición para cualquier
consulta, los saludamos cordialmente en Cristo Jesús. Equipo Diocesano de Liturgia |
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Taller
de Animación y Música Litúrgica Sábados 8 y 15 de
Noviembre de 2008 - de 14 a 17 hs Casa Pastoral -
Ituzaingó 90 - San Isidro TEMAS: La animación
y la liturgia La misa y sus
momentos Las celebraciones
del tiempo de Adviento y Navidad Cantos para las
celebraciones Orientado a músicos
y colaboradores de los ministerios de música, animadores
litúrgicos y todos los que busquen una mayor participación del pueblo de Dios
mediante la expresión musical y el canto. Organiza: Equipo Diocesano de
Liturgia - Area Música. |
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Encuentro para
Ministros Extraordinarios de la Comunión Charla Básica para
Ministros recién instituidos o por instituir. Esta charla
tiene por finalidad ayudar a los nuevos ministros a desempeñar mejor su
ministerio: Se desarrollarán
los siguientes temas :
SABADO 1 de
Noviembre De 15 a 17 hrs. Casa Pastoral,
Ituzaingo 90, San Isidro |
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DOCUMENTACION |
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Sínodo de
los Obispos sobre la Palabra de Dios Mensaje al Pueblo
de Dios Los sínodos son
asambleas consultivas encargadas de asesorar al Papa en temas de la vida y la
misión de la Iglesia Católica. Este sínodo de obispos
fue convocado para debatir sobre "La palabra de Dios en la vida y la
misión de la Iglesia". Participaron 253 obispos y cardenales desde el 5
al 24 de octubre en Roma. Ofrecemos, por este intermedio, el
Mensaje al Pueblo de Dios del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios. CIUDAD DEL VATICANO, viernes 24 de
octubre de 2008 (ZENIT.org).- Presentamos el Mensaje al Pueblo de Dios del
Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios publicado este viernes. A los hermanos y hermanas «paz ... y
caridad con fe de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo. La gracia sea
con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo en la vida incorruptible».
Con este saludo tan intenso y apasionado san Pablo concluía su Epístola a los
cristianos de Éfeso (6, 23-24). Con estas mismas palabras nosotros, los
Padres sinodales, reunidos en Roma para la XII Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de los Obispos bajo la guía del Santo Padre Benedicto XVI, comenzamos
nuestro mensaje dirigido al inmenso horizonte de todos aquellos que en las
diferentes regiones del mundo siguen a Cristo como discípulos y continúan
amándolo con amor incorruptible. A ellos les propondremos de nuevo la
voz y la luz de la Palabra de Dios, repitiendo la antigua llamada: «La
palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la pongas
en práctica» (Dt 30,14). Y Dios mismo le dirá a cada uno: «Hijo de hombre,
todas las palabras que yo te dirija, guárdalas en tu corazón y escúchalas
atentamente» (Ez 3,10). Ahora les propondremos a todos un viaje espiritual
que se desarrollará en cuatro etapas y desde lo eterno y lo infinito de Dios
nos conducirá hasta nuestras casas y por las calles de nuestras ciudades. I. LA VOZ DE LA PALABRA: LA
REVELACIÓN 1. «El Señor les habló desde fuego,
y ustedes escuchaban el sonido de sus palabras, pero no percibían ninguna
figura: sólo se oía la voz» (Dt 4,12). Es Moisés quien habla, evocando la
experiencia vivida por Israel en la dura soledad del desierto del Sinaí. El
Señor se había presentado, no como una imagen o una efigie o una estatua
similar al becerro de oro, sino con "rumor de palabras". Es una voz
que había entrado en escena en el preciso momento del comienzo de la
creación, cuando había rasgado el silencio de la nada: «En el principio...
dijo Dios: "Haya luz", y hubo luz... En el principio existía la
Palabra... y la Palabra era Dios ... Todo se hizo por ella y sin ella no se
hizo nada» (Gn 1, 1.3; Jn 1, 1-3). Lo creado no nace de una lucha
intradivina, como enseñaba la antigua mitología mesopotámica, sino de una
palabra que vence la nada y crea el ser. Canta el Salmista: «Por la Palabra
del Señor fueron hechos los cielos, por el aliento de su boca todos sus
ejércitos ... pues él habló y así fue, él lo mandó y se hizo» (Sal 33, 6.9).
Y san Pablo repetirá «Dios que da la vida a los muertos y llama a las cosas
que no son para que sean» (Rm 4, 17). Tenemos de esta forma una primera
revelación "cósmica" que hace que lo creado se asemeje a una
especie de inmensa página abierta delante de toda la humanidad, en la que se
puede leer un mensaje del Creador: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, el
firmamento anuncia la obra de sus manos; el día al día comunica el mensaje,
la noche a la noche le pasa la noticia. Sin hablar y sin palabras, y sin voz
que pueda oírse, por toda la tierra resuena su proclama, por los confines del
orbe» (Sal 19, 2-5). 2. Pero la Palabra divina también se
encuentra en la raíz de la historia humana. El hombre y la mujer, que son
«imagen y semejanza de Dios» (Gn 1, 27) y que por tanto llevan en sí la
huella divina, pueden entrar en diálogo con su Creador o pueden alejarse de
él y rechazarlo por medio del pecado. Así pues, la Palabra de Dios salva y
juzga, penetra en la trama de la historia con su tejido de situaciones y
acontecimientos: «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado
el clamor ... conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlo de la mano de
los egipcios y para sacarlo de esta tierra a una tierra buena y espaciosa
...» (Ex 3, 7-8). Hay, por tanto, una presencia divina en las situaciones
humanas que, mediante la acción del Señor de la historia, se insertan en un
plan más elevado de salvación, para que «todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tm 2,4). 3. La Palabra divina eficaz,
creadora y salvadora, está por tanto en el principio del ser y de la
historia, de la creación y la redención. El Señor sale al encuentro de la
humanidad proclamando: «Lo digo y lo hago» (Ez 37,14). Sin embargo, hay una
etapa posterior que la voz divina recorre: es la de la Palabra escrita, la
Graphé o las Graphai, las Escrituras sagradas, como se dice en el Nuevo Testamento.
Ya Moisés había descendido de la cima del Sinaí llevando «las dos tablas del
Testimonio en su mano, tablas escritas por ambos lados; por una y otra cara
estaban escritas. Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura
de Dios» (Ex 32,15-16). Y el propio Moisés prescribirá a Israel que conserve
y reescriba estas "tablas del Testimonio": «Y escribirás en esas
piedras todas las palabras de esta Ley. Grábalas bien» (Dt 27, 8). Las Sagradas Escrituras son el
"testimonio" en forma escrita de la Palabra divina, son el memorial
canónico, histórico y literario que atestigua el evento de la Revelación
creadora y salvadora. Por tanto, la Palabra de Dios precede y excede la
Biblia, si bien está "inspirada por Dios" y contiene la Palabra
divina eficaz (cf. 2 Tm 3, 16). Por este motivo nuestra fe no tiene en el
centro sólo un libro, sino una historia de salvación y, como veremos, una
persona, Jesucristo, Palabra de Dios hecha carne, hombre, historia.
Precisamente porque el horizonte de la Palabra divina abraza y se extiende
más allá de la Escritura, es necesaria la constante presencia del Espíritu
Santo que «guía hasta la verdad completa» (Jn 16, 13) a quien lee la Biblia.
Es ésta la gran Tradición, presencia eficaz del "Espíritu de
verdad" en la Iglesia, guardián de las Sagradas Escrituras,
auténticamente interpretadas por el Magisterio eclesial. Con la Tradición se
llega a la comprensión, la interpretación, la comunicación y el testimonio de
la Palabra de Dios. El propio san Pablo, cuando proclamó el primer Credo
cristiano, reconocerá que "transmitió" lo que él «a su vez recibió»
de la Tradición (1 Cor 15, 3-5). II. EL ROSTRO DE LA PALABRA:
JESUCRISTO 4. En el original griego son sólo
tres las palabras fundamentales: Lógos, sarx, eghéneto, «el Verbo/Palabra se
hizo carne». Sin embargo, éste no es sólo el ápice de esa joya poética y
teológica que es el prólogo del Evangelio de san Juan (1, 14), sino el
corazón mismo de la fe cristiana. La Palabra eterna y divina entra en el
espacio y en el tiempo y asume un rostro y una identidad humana, tan es así
que es posible acercarse a ella directamente pidiendo, como hizo aquel grupo
de griegos presentes en Jerusalén: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12, 20-21). Las
palabras sin un rostro no son perfectas, porque no cumplen plenamente el
encuentro, como recordaba Job, cuando llegó al final de su dramático
itinerario de búsqueda: «Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto
mis ojos» (42, 5). Cristo es «la Palabra que está junto
a Dios y es Dios», es «imagen de Dios invisible, primogénito de toda la
creación» (Col 1, 15); pero también es Jesús de Nazaret, que camina por las
calles de una provincia marginal del imperio romano, que habla una lengua
local, que presenta los rasgos de un pueblo, el judío, y de su cultura. El Jesucristo
real es, por tanto, carne frágil y mortal, es historia y humanidad, pero
también es gloria, divinidad, misterio: Aquel que nos ha revelado el Dios que
nadie ha visto jamás (cf. Jn 1, 18). El Hijo de Dios sigue siendo el mismo
aún en ese cadáver depositado en el sepulcro y la resurrección es su
testimonio vivo y eficaz. 5. Así pues, la tradición cristiana
ha puesto a menudo en paralelo la Palabra divina que se hace carne con la
misma Palabra que se hace libro. Es lo que ya aparece en el Credo cuando se
profesa que el Hijo de Dios «por obra del Espíritu Santo se encarnó de María,
la Virgen», pero también se confiesa la fe en el mismo «Espíritu Santo que
habló por los profetas». El Concilio Vaticano II recoge esta antigua
tradición según la cual «el cuerpo del Hijo es la Escritura que nos fue
transmitida» - como afirma san Ambrosio (In Lucam VI, 33) - y declara
límpidamente: «Las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han
hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre
Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los
hombres» (DV 13). En efecto, la Biblia es también
"carne", "letra", se expresa en lenguas particulares, en
formas literarias e históricas, en concepciones ligadas a una cultura antigua,
guarda la memoria de hechos a menudo trágicos, sus páginas están surcadas no
pocas veces de sangre y violencia, en su interior resuena la risa de la
humanidad y fluyen las lágrimas, así como se eleva la súplica de los
infelices y la alegría de los enamorados. Debido a esta dimensión
"carnal", exige un análisis histórico y literario, que se lleva a
cabo a través de distintos métodos y enfoques ofrecidos por la exégesis
bíblica. Cada lector de las Sagradas Escrituras, incluso el más sencillo,
debe tener un conocimiento proporcionado del texto sagrado recordando que la
Palabra está revestida de palabras concretas a las que se pliega y adapta
para ser audible y comprensible a la humanidad. Éste es un compromiso necesario: si
se lo excluye, se podría caer en el fundamentalismo que prácticamente niega
la encarnación de la Palabra divina en la historia, no reconoce que esa
palabra se expresa en la Biblia según un lenguaje humano, que tiene que ser
descifrado, estudiado y comprendido, e ignora que la inspiración divina no ha
borrado la identidad histórica y la personalidad propia de los autores
humanos. Sin embargo, la Biblia también es Verbo eterno y divino y por este
motivo exige otra comprensión, dada por el Espíritu Santo que devela la
dimensión trascendente de la Palabra divina, presente en las palabras
humanas. 6. He aquí, por tanto, la necesidad
de la «viva Tradición de toda la Iglesia» (DV 12) y de la fe para comprender
de modo unitario y pleno las Sagradas Escrituras. Si nos detenemos sólo en la
"letra", la Biblia entonces se reduce a un solemne documento del
pasado, un noble testimonio ético y cultural. Pero si se excluye la
encarnación, se puede caer en el equívoco fundamentalista o en un vago
espiritualismo o psicologismo. El conocimiento exegético tiene, por tanto,
que entrelazarse indisolublemente con la tradición espiritual y teológica
para que no se quiebre la unidad divina y humana de Jesucristo, y de las
Escrituras. En esta armonía reencontrada, el
rostro de Cristo brillará en su plenitud y nos ayudará a descubrir otra
unidad, la unidad profunda e íntima de las Sagradas Escrituras, el hecho de
ser, en realidad 73 libros, que sin embargo se incluyen en un único
"Canon", en un único diálogo entre Dios y la humanidad, en un único
designio de salvación. «Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el
pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos
nos ha hablado por medio del Hijo» (Hb 1, 1-2). Cristo proyecta de esta forma
retrospectivamente su luz sobre la entera trama de la historia de la
salvación y revela su coherencia, su significado, su dirección. Él es el sello, "el Alfa y la
Omega" (Ap 1, 8) de un diálogo entre Dios y sus criaturas repartido en
el tiempo y atestiguado en la Biblia. Es a la luz de este sello final cómo
adquieren su "pleno sentido" las palabras de Moisés y de los
profetas, como había indicado el mismo Jesús aquella tarde de primavera,
mientras él iba de Jerusalén hacia el pueblo de Emaús, dialogando con Cleofás
y su amigo, cuando «les explicó lo que había sobre él en todas las
Escrituras» (Lc 24, 27). Precisamente porque en el centro de
la Revelación está la Palabra divina transformada en rostro, el fin último
del conocimiento de la Biblia no está «en una decisión ética o una gran idea,
sino en el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo
horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est,
1). III. LA CASA DE LA PALABRA: LA
IGLESIA Como la sabiduría divina en el
Antiguo Testamento, había edificado su casa en la ciudad de los hombres y de
las mujeres, sosteniéndola sobre sus siete columnas (cf. Pr 9, 1), también la
Palabra de Dios tiene una casa en el Nuevo Testamento: es la Iglesia que
posee su modelo en la comunidad-madre de Jerusalén, la Iglesia, fundada sobre
Pedro y los apóstoles y que hoy, a través de los obispos en comunión con el
sucesor de Pedro, sigue siendo garante, animadora e intérprete de la Palabra
(cf. LG 13). Lucas, en los Hechos de los Apóstoles (2, 42), esboza la
arquitectura basada sobre cuatro columnas ideales, que aún hoy dan testimonio
de las diferentes formas de comunidad eclesial: «Todos se reunían asiduamente
para escuchar la enseñanza de los apóstoles y participar en la vida común, en
la fracción del pan, y en las oraciones». 7. En primer lugar, esto es la
didaché apostólica, es decir, la predicación de la Palabra de Dios. El
apóstol Pablo, en efecto, nos reprende diciendo que «la fe por lo tanto, nace
de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de
Cristo» (Rm 10, 17). Desde la Iglesia sale la voz del mensajero que propone a
todos el kérygma, o sea el anuncio primario y fundamental que el mismo Jesús
había proclamado al comienzo de su ministerio público: «el tiempo se ha
cumplido, el reino de Dios está cerca. (Arrepentíos! Y creed en el Evangelio»
(Mc 1, 15). Los apóstoles anuncian la inauguración del Reino de Dios y, por
lo tanto, de la decisiva intervención divina en la historia humana,
proclamando la muerte y la resurrección de Cristo: «En ningún otro hay salvación,
ni existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos
salvarnos» (Hch 4, 12). El cristiano da testimonio de su esperanza: «háganlo
con delicadeza y respeto, y con tranquilidad de conciencia», preparado sin
embargo a ser también envuelto y tal vez arrollado por el torbellino del
rechazo y de la persecución, consciente de que «es mejor sufrir por hacer el
bien, si ésa es la voluntad de Dios, que por hacer el mal» (1 Pe 3, 16-17). En la Iglesia resuena, después, la
catequesis que está destinada a profundizar en el cristiano «el misterio de
Cristo a la luz de la Palabra para que todo el hombre sea irradiado por ella»
(Juan Pablo II, Catechesi tradendae, 20). Pero el apogeo de la predicación
está en la homilía que aún hoy, para muchos cristianos, es el momento
culminante del encuentro con la Palabra de Dios. En este acto, el ministro
debería transformarse también en profeta. En efecto, Él debe con un lenguaje
nítido, incisivo y sustancial y no sólo con autoridad «anunciar las maravillosas
obras de Dios en la historia de la salvación» (SC 35) - ofrecidas
anteriormente, a través de una clara y viva lectura del texto bíblico
propuesto por la liturgia - pero que también debe actualizarse según los
tiempos y momentos vividos por los oyentes, haciendo germinar en sus
corazones la pregunta para la conversión y para el compromiso vital: «¿qué
tenemos que hacer?» (He 2, 37). El anuncio, la catequesis y la
homilía suponen, por lo tanto, la capacidad de leer y de comprender, de
explicar e interpretar, implicando la mente y el corazón. En la predicación
se cumple, de este modo, un doble movimiento. Con el primero se remonta a los
orígenes de los textos sagrados, de los eventos, de las palabras generadoras
de la historia de la salvación para comprenderlas en su significado y en su
mensaje. Con el segundo movimiento se vuelve al presente, a la actualidad
vivida por quien escucha y lee siempre a la luz del Cristo que es el hilo
luminoso destinado a unir las Escrituras. Es lo que el mismo Jesús había hecho
- como ya dijimos - en el itinerario de Jerusalén a Emaús, en compañía de sus
dos discípulos. Esto es lo que hará el diácono Felipe en el camino de
Jerusalén a Gaza, cuando junto al funcionario etíope instituirá ese diálogo
emblemático: «¿Entiendes lo que estás leyendo? [...] )Cómo lo voy a entender
si no tengo quien me lo explique?» (Hch 8, 30-31). Y la meta será el
encuentro íntegro con Cristo en el sacramento. De esta manera se presenta la
segunda columna que sostiene la Iglesia, casa de la Palabra divina. 8. Es la fracción del pan. La escena
de Emaús (cf. Lc 24, 13-35) una vez más es ejemplar y reproduce cuanto sucede
cada día en nuestras iglesias: en la homilía de Jesús sobre Moisés y los
profetas aparece, en la mesa, la fracción del pan eucarístico. Éste es el
momento del diálogo íntimo de Dios con su pueblo, es el acto de la nueva
alianza sellada con la sangre de Cristo (cf. Lc 22, 20), es la obra suprema
del Verbo que se ofrece como alimento en su cuerpo inmolado, es la fuente y
la cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia. La narración evangélica de
la última cena, memorial del sacrificio de Cristo, cuando se proclama en la
celebración eucarística, en la invocación del Espíritu Santo, se convierte en
evento y sacramento. Por esta razón es que el Concilio Vaticano II, en un
pasaje de gran intensidad, declaraba: «La Iglesia ha venerado siempre las
Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de
tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra
de Dios como del Cuerpo de Cristo» (DV 21). Por esto, se deberá volver a
poner en el centro de la vida cristiana «la Liturgia de la Palabra y la
Eucarística que están tan íntimamente unidas de tal manera que constituyen un
solo acto de culto» (SC 56). 9. La tercera columna del edificio
espiritual de la Iglesia, la casa de la Palabra, está constituida por las
oraciones, entrelazadas - como recordaba san Pablo - por «salmos, himnos,
alabanzas espontáneas» (Col 3, 16). Un lugar privilegiado lo ocupa naturalmente
la Liturgia de las horas, la oración de la Iglesia por excelencia, destinada
a marcar el paso de los días y de los tiempos del año cristiano que ofrece,
sobre todo con el Salterio, el alimento espiritual cotidiano del fiel. Junto
a ésta y a las celebraciones comunitarias de la Palabra, la tradición ha
introducido la práctica de la Lectio divina, lectura orante en el Espíritu
Santo, capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino
también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente. Ésta se abre con la lectura (lectio)
del texto que conduce a preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su
contenido práctico: ¿qué dice el texto bíblico en sí? Sigue la meditación
(meditatio) en la cual la pregunta es: ¿qué nos dice el texto bíblico? De
esta manera se llega a la oración (oratio) que supone otra pregunta: )qué le
decimos al Señor como respuesta a su Palabra? Se concluye con la
contemplación (contemplatio) durante la cual asumimos como don de Dios la
misma mirada para juzgar la realidad y nos preguntamos: ¿qué conversión de la
mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? Frente al lector orante de la
Palabra de Dios se levanta idealmente el perfil de María, la madre del Señor,
que «conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19; cf. 2,
51), - como dice el texto original griego - encontrando el vínculo profundo
que une eventos, actos y cosas, aparentemente desunidas, con el plan divino.
También se puede presentar a los ojos del fiel que lee la Biblia, la actitud
de María, hermana de Marta, que se sienta a los pies del Señor a la escucha
de su Palabra, no dejando que las agitaciones exteriores le absorban
enteramente su alma, y ocupando también el espacio libre de «la parte mejor»
que no nos debe abandonar (cf. Lc 10, 38-42). 10. Aquí estamos, finalmente, frente
a la última columna que sostiene la Iglesia, casa de la Palabra: la koinonía,
la comunión fraterna, otro de los nombres del ágape, es decir, del amor
cristiano. Como recordaba Jesús, para convertirse en sus hermanos o hermanas
se necesita ser «los hermanos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc
8, 21). La escucha auténtica es obedecer y actuar, es hacer florecer en la
vida la justicia y el amor, es ofrecer tanto en la existencia como en la
sociedad un testimonio en la línea del llamado de los profetas que
constantemente unía la Palabra de Dios y la vida, la fe y la rectitud, el
culto y el compromiso social. Esto es lo que repetía continuamente Jesús, a
partir de la célebre admonición en el Sermón de la montaña: «No todo el que
me dice: ¡Señor, Señor! Entrará en el reino de los cielos, sino el que hace
la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7, 21). En esta frase
parece resonar la Palabra divina propuesta por Isaías: «Este pueblo se me
acerca con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de
mí» (29, 13). Estas advertencias son también para las iglesias que no son
fieles a la escucha obediente de la Palabra de Dios. Por ello, ésta debe ser visible y
legible ya en el rostro mismo y en las manos del creyente, como lo sugirió
san Gregorio Magno que veía en san Benito, y en los otros grandes hombres de
Dios, los testimonios de la comunión con Dios y sus hermanos, con la Palabra
de Dios hecha vida. El hombre justo y fiel no sólo "explica" las
Escrituras, sino que las "despliega" frente a todos como realidad
viva y practicada. Por eso es que la viva lectio, vita bonorum o la vida de
los buenos, es una lectura/lección viviente de la Palabra divina. Ya san Juan
Crisóstomo había observado que los apóstoles descendieron del monte de
Galilea, donde habían encontrado al Resucitado, sin ninguna tabla de piedra
escrita como sucedió con Moisés, ya que desde aquel momento, sus mismas vidas
se convirtieron en el Evangelio viviente. En la casa de la Palabra Divina
encontramos también a los hermanos y las hermanas de las otras Iglesias y
comunidades eclesiales que, a pesar de la separación que todavía hoy existe,
se reencuentran con nosotros en la veneración y en el amor por la Palabra de
Dios, principio y fuente de una primera y verdadera unidad, aunque,
incompleta. Este vínculo siempre debe reforzarse por medio de las
traducciones bíblicas comunes, la difusión del texto sagrado, la oración
bíblica ecuménica, el diálogo exegético, el estudio y la comparación entre
las diferentes interpretaciones de las Sagradas Escrituras, el intercambio de
los valores propios de las diversas tradiciones espirituales, el anuncio y el
testimonio común de la Palabra de Dios en un mundo secularizado. IV. LOS CAMINOS DE LA PALABRA: LA
MISIÓN «Porque de Sión saldrá la Ley y de
Jerusalén la palabra del Señor» (Is 2,3). La Palabra de Dios personificada
"sale" de su casa, del templo, y se encamina a lo largo de los
caminos del mundo para encontrar el gran peregrinación que los pueblos de la
tierra han emprendido en la búsqueda de la verdad, de la justicia y de la
paz. Existe, en efecto, también en la moderna ciudad secularizada, en sus
plazas, y en sus calles - donde parecen reinar la incredulidad y la indiferencia,
donde el mal parece prevalecer sobre el bien, creando la impresión de la
victoria de Babilonia sobre Jerusalén - un deseo escondido, una esperanza
germinal, una conmoción de esperanza. Come se lee en el libro del profeta
Amos, «vienen días - dice Dios, el Señor - en los cuales enviaré hambre a la
tierra. No de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios» (8, 11). A
este hambre quiere responder la misión evangelizadora de la Iglesia. Asimismo Cristo resucitado lanza el
llamado a los apóstoles, titubeantes para salir de las fronteras de su
horizonte protegido: «Por tanto, id a todas las naciones, haced discípulos
[...] y enseñadles a obedecer todo lo que os he mandado» (Mt 28, 19-20). La
Biblia está llena de llamadas a "no callar", a "gritar con
fuerza", a "anunciar la Palabra en el momento oportuno e
importuno" a ser guardianes que rompen el silencio de la indiferencia.
Los caminos que se abren frente a nosotros, hoy, no son únicamente los que
recorrió san Pablo o los primeros evangelizadores y, detrás de ellos, todos
los misioneros fueron al encuentro de la gente en tierras lejanas. 11. La comunicación extiende ahora
una red que envuelve todo el mundo y el llamado de Cristo adquiere un nuevo
significado: «Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día, y
lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas» (Mt 10, 27).
Ciertamente, la Palabra sagrada debe tener una primera transparencia y
difusión por medio del texto impreso, con traducciones que respondan a la
variedad de idiomas de nuestro planeta. Pero la voz de la Palabra divina debe
resonar también a través de la radio, las autopistas de la información de
Internet, los canales de difusión virtual on line, los CD, los DVD, los
"ipods" (MP3) y otros; debe aparecer en las pantallas televisivas y
cinematográficas, en la prensa, en los eventos culturales y sociales. Esta nueva comunicación,
comparándola con la tradicional, ha asumido una gramática expresiva
específica y es necesario, por lo tanto, estar preparados no sólo en el plano
técnico, sino también cultural para dicha empresa. En un tiempo dominado por
la imagen, propuesta especialmente desde el medio hegemónico de la
comunicación que es la televisión, es todavía significativo y sugestivo el
modelo privilegiado por Cristo. Él recurría al símbolo, a la narración, al
ejemplo, a la experiencia diaria, a la parábola: «Todo esto lo decía Jesús a
la muchedumbre por medio de parábolas [...] y no les hablaba sin parábolas»
(Mt 13, 3.34). Jesús en su anuncio del reino de Dios, nunca se dirigía a sus
interlocutores con un lenguaje vago, abstracto y etéreo, sino que les
conquistaba partiendo justamente de la tierra, donde apoyaban sus pies para
conducirlos de lo cotidiano, a la revelación del reino de los cielos. Se
vuelve entonces significativa la escena evocada por Juan: «Algunos quisieron
prenderlo, pero ninguno le echó mano. Los guardias volvieron a los
principales sacerdotes y a los fariseos. Y ellos les preguntaron: )Por qué no
lo trajiste? Los guardias respondieron: "Jamás hombre alguno habló como
este hombre"» (7, 44-46). 12. Cristo camina por las calles de
nuestras ciudades y se detiene ante el umbral de nuestras casas: «Mira que
estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré
en su casa, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). La familia, encerrada en
su hogar, con sus alegrías y sus dramas, es un espacio fundamental en el que
debe entrar la Palabra de Dios. La Biblia está llena de pequeñas y grandes
historias familiares y el Salmista imagina con vivacidad el cuadro sereno de
un padre sentado a la mesa, rodeado de su esposa, como una vid fecunda, y de
sus hijos, como «brotes de olivo» (Sal 128). Los primeros cristianos
celebraban la liturgia en lo cotidiano de una casa, así como Israel confiaba
a la familia la celebración de la Pascua (cf. Ex 12, 21-27). La Palabra de
Dios se transmite de una generación a otra, por lo que los padres se
convierten en «los primeros predicadores de la fe» (LG 11). El Salmista
también recordaba que «lo que hemos oído y aprendido, lo que nuestros padres
nos contaron, no queremos ocultarlo a nuestros hijos, lo narraremos a la
próxima generación: son las glorias del Señor y su poder, las maravillas que
Él realizó; ... y podrán contarlas a sus propios hijos» (Sal 78, 3-4.6). Cada casa deberá, pues, tener su
Biblia y custodiarla de modo concreto y digno, leerla y rezar con ella,
mientras que la familia deberá proponer formas y modelos de educación orante,
catequística y didáctica sobre el uso de las Escrituras, para que «jóvenes y
doncellas también, los viejos junto con los niños» (Sal 148, 12) escuchen,
comprendan, alaben y vivan la Palabra de Dios. En especial, las nuevas
generaciones, los niños, los jóvenes, tendrán que ser los destinatarios de
una pedagogía apropiada y específica, que los conduzca a experimentar el
atractivo de la figura de Cristo, abriendo la puerta de su inteligencia y su
corazón, a través del encuentro y el testimonio auténtico del adulto, la
influencia positiva de los amigos y la gran familia de la comunidad eclesial. 13. Jesús, en la parábola del
sembrador, nos recuerda que existen terrenos áridos, pedregosos y sofocados
por los abrojos (cf. Mt 13, 3-7). Quien entra en las calles del mundo
descubre también los bajos fondos donde anidan sufrimientos y pobreza,
humillaciones y opresiones, marginación y miserias, enfermedades físicas,
psíquicas y soledades. A menudo, las piedras de las calles están
ensangrentadas por guerras y violencias, en los centros de poder la
corrupción se reúne con la injusticia. Se alza el grito de los perseguidos
por la fidelidad a su conciencia y su fe. Algunos se ven arrollados por la
crisis existencial o su alma se ve privada de un significado que dé sentido y
valor a la vida misma. Como es «mera sombra el humano que pasa, sólo un soplo
las riquezas que amontona» (Sal 39,7), muchos sienten cernirse sobre ellos
también el silencio de Dios, su aparente ausencia e indiferencia: «)Hasta
cuándo, Señor? )Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu
rostro?» (Sal 13, 2). Y al final, se yergue ante todos el misterio de la
muerte. La Biblia, que propone precisamente
una fe histórica y encarnada, representa incesantemente este inmenso grito de
dolor que sube de la tierra hacia el cielo. Bastaría sólo con pensar en las
páginas marcadas por la violencia y la opresión, en el grito áspero y
continuado de Job, en las vehementes súplicas de los salmos, en la sutil
crisis interior que recorre el alma del Eclesiastés, en las vigorosas
denuncias proféticas contra las injusticias sociales. Además, se presenta sin
atenuantes la condena del pecado radical, que aparece en todo su poder
devastador desde los exordios de la humanidad en un texto fundamental del
Génesis (c. 3). En efecto, el "misterio del pecado" está presente y
actúa en la historia, pero es revelado por la Palabra de Dios que asegura en
Cristo la victoria del bien sobre el mal. Pero, sobre todo, en las Escrituras
domina principalmente la figura de Cristo, que comienza su ministerio público
precisamente con un anuncio de esperanza para los últimos de la tierra: «El
Espíritu del Señor está sobre mí; porque me ha ungido para anunciar a los
pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año
de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19). Sus manos tocan repetidamente cuerpos
enfermos o infectados, sus palabras proclaman la justicia, infunden valor a
los infelices, conceden el perdón a los pecadores. Al final, él mismo se
acerca al nivel más bajo, «despojándose a sí mismo» de su gloria, «tomando la
condición de esclavo, asumiendo la semejanza humana y apareciendo en su porte
como hombre ... se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y
una muerte de cruz» (Flp 2, 7-8). Así, siente miedo de morir («Padre,
si es posible, (aparta de mí este cáliz!»), experimenta la soledad con el
abandono y la traición de los amigos, penetra en la oscuridad del dolor
físico más cruel con la crucifixión e incluso en las tinieblas del silencio
del Padre («Dios mío, Dios mío, ) por qué me has abandonado?») y llega al
precipicio último de cada hombre, el de la muerte («dando un fuerte grito,
expiró»). Verdaderamente, a él se puede aplicar la definición que Isaías
reserva al Siervo del Señor: «varón de dolores y que conoce el sufrimiento»
(cf. 53, 3). Y aún así, también en ese momento
extremo, no deja de ser el Hijo de Dios: en su solidaridad de amor y con el
sacrificio de sí mismo siembra en el límite y en el mal de la humanidad una
semilla de divinidad, o sea, un principio de liberación y de salvación; con
su entrega a nosotros circunda de redención el dolor y la muerte, que él
asumió y vivió, y abre también para nosotros la aurora de la resurrección. El
cristiano tiene, pues, la misión de anunciar esta Palabra divina de
esperanza, compartiéndola con los pobres y los que sufren, mediante el
testimonio de su fe en el Reino de verdad y vida, de santidad y gracia, de
justicia, de amor y paz, mediante la cercanía amorosa que no juzga ni
condena, sino que sostiene, ilumina, conforta y perdona, siguiendo las
palabras de Cristo: «Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados,
y yo les daré descanso» (Mt 11, 28). 14. Por los caminos del mundo la
Palabra divina genera para nosotros, los cristianos, un encuentro intenso con
el pueblo judío, al que estamos íntimamente unidos a través del
reconocimiento común y el amor por las Escrituras del Antiguo Testamento, y
porque de Israel «procede Cristo según la carne» (Rm 9, 5). Todas las
sagradas páginas judías iluminan el misterio de Dios y del hombre, revelan
tesoros de reflexión y de moral, trazan el largo itinerario de la historia de
la salvación hasta su pleno cumplimiento, ilustran con vigor la encarnación
de la Palabra divina en las vicisitudes humanas. Nos permiten comprender
plenamente la figura de Cristo, quien había declarado «No penséis que he
venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar
cumplimiento» (Mt 5, 17), son camino de diálogo con el pueblo elegido que ha
recibido de Dios «la adopción filial, la gloria, las alianzas, la
legislación, el culto, las promesas» (Rm 9, 4), y nos permiten enriquecer
nuestra interpretación de las Sagradas Escrituras con los recursos fecundos
de la tradición exegética judaica. «Bendito sea mi pueblo Egipto, la
obra de mis manos Asiria, y mi heredad Israel» (Is 19, 25). El Señor
extiende, por lo tanto, el manto de protección de su bendición sobre todos
los pueblos de la tierra, deseoso de que «todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1Tm 2, 4). También nosotros, los
cristianos, por los caminos del mundo, estamos invitados - sin caer en el
sincretismo que confunde y humilla la propia identidad espiritual - a entrar
con respeto en diálogo con los hombres y mujeres de otras religiones, que
escuchan y practican fielmente las indicaciones de sus libros sagrados,
comenzando por el islamismo, que en su tradición acoge innumerables figuras,
símbolos y temas bíblicos y nos ofrece el testimonio de una fe sincera en el
Dios único, compasivo y misericordioso, Creador de todo el ser y Juez de la
humanidad. El cristiano encuentra, además,
sintonías comunes con las grandes tradiciones religiosas de Oriente que nos
enseñan en sus Escrituras el respeto a la vida, la contemplación, el silencio,
la sencillez, la renuncia, como sucede en el budismo. O bien, como en el
hinduismo, exaltan el sentido de lo sagrado, el sacrificio, la peregrinación,
el ayuno, los símbolos sagrados. O, también, como en el confucionismo,
enseñan la sabiduría y los valores familiares y sociales. También queremos
prestar nuestra cordial atención a las religiones tradicionales, con sus
valores espirituales expresados en los ritos y las culturas orales, y
entablar con ellas un respetuoso diálogo; y con cuantos no creen en Dios,
pero se esfuerzan por «respetar el derecho, amar la lealtad, y proceder
humildemente» (Mi 6, 8), tenemos que trabajar por un mundo más justo y en
paz, y ofrecer en diálogo nuestro genuino testimonio de la Palabra de Dios,
que puede revelarles nuevos y más altos horizontes de verdad y de amor. 15. En su Carta a los artistas
(1999), Juan Pablo II recordaba que «la Sagrada Escritura se ha convertido en
una especie de inmenso vocabulario» (P. Claudel) y de «Atlas iconográfico»
(M. Chagall) del que se han nutrido la cultura y el arte cristianos» (n. 5).
Goethe estaba convencido de que el Evangelio fuera la «lengua materna de
Europa». La Biblia, como se suele decir, es «el gran código» de la cultura
universal: los artistas, idealmente, han impregnado sus pinceles en ese
alfabeto teñido de historias, símbolos, figuras que son las páginas bíblicas;
los músicos han tejido sus armonías alrededor de los textos sagrados,
especialmente los salmos; los escritores durante siglos han retomado esas
antiguas narraciones que se convertían en parábolas existenciales; los poetas
se han planteado preguntas sobre los misterios del espíritu, el infinito, el
mal, el amor, la muerte y la vida, recogiendo con frecuencia el clamor
poético que animaba las páginas bíblicas; los pensadores, los hombres de
ciencia y la misma sociedad a menudo tenían como punto de referencia, aunque
fuera por contraste, los conceptos espirituales y éticos (pensemos en el
Decálogo) de la Palabra de Dios. Aun cuando la figura o la idea presente en
las Escrituras se deformaba, se reconocía que era imprescindible y
constitutiva de nuestra civilización. Por esto, la Biblia - que también
enseña la via pulchritudinis, es decir, el camino de la belleza para
comprender y llegar a Dios («(tocad para Dios con destreza!», nos invita el
Sal 47, 8) - no sólo es necesaria para el creyente, sino para todos, para
descubrir nuevamente los significados auténticos de las varias expresiones
culturales y, sobre todo, para encontrar nuevamente nuestra identidad
histórica, civil, humana y espiritual. En ella se encuentra la raíz de
nuestra grandeza y mediante ella podemos presentarnos con un noble patrimonio
a las demás civilizaciones y culturas, sin ningún complejo de inferioridad.
Por lo tanto, todos deberían conocer y estudiar la Biblia, bajo este
extraordinario perfil de belleza y fecundidad humana y cultural. No obstante, la Palabra de Dios -
para usar una significativa imagen paulina - «no está encadenada» (2Tm 2, 9)
a una cultura; es más, aspira a atravesar las fronteras y, precisamente el
Apóstol fue un artífice excepcional de inculturación del mensaje bíblico
dentro de nuevas coordenadas culturales. Es lo que la Iglesia está llamada a
hacer también hoy, mediante un proceso delicado pero necesario, que ha
recibido un fuerte impulso del magisterio del Papa Benedicto XVI. Tiene que
hacer que la Palabra de Dios penetre en la multiplicidad de las culturas y
expresarla según sus lenguajes, sus concepciones, sus símbolos y sus
tradiciones religiosas. Sin embargo, debe ser capaz de custodiar la sustancia
de sus contenidos, vigilando y evitando el riesgo de degeneración. La Iglesia tiene que hacer brillar
los valores que la Palabra de Dios ofrece a otras culturas, de manera que
puedan llegar a ser purificadas y fecundadas por ella. Como dijo Juan Pablo
II al episcopado de Kenya durante su viaje a África en 1980, «la
inculturación será realmente un reflejo de la encarnación del Verbo, cuando
una cultura, transformada y regenerada por el Evangelio, produce en su propia
tradición expresiones originales de vida, de celebración y de pensamiento
cristiano». CONCLUSIÓN «La voz de cielo que yo había oído
me habló otra vez y me dijo: "Toma el librito que está abierto en la
mano del ángel ...". Y el ángel me dijo: "Toma, devóralo; te
amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel". Tomé el
librito de la mano del ángel y lo devoré; y fue en mi boca dulce como la
miel; pero, cuando lo comí, se me amargaron las entrañas» (Ap 10, 8-11). Hermanos y hermanas de todo el
mundo, acojamos también nosotros esta invitación; acerquémonos a la mesa de
la Palabra de Dios, para alimentarnos y vivir «no sólo de pan, sino de toda
palabra que sale de la boca del Señor» (Dt 8, 3; Mt 4, 4). La Sagrada
Escritura - como afirmaba una gran figura de la cultura cristiana - «tiene
pasajes adecuados para consolar todas las condiciones humanas y pasajes
adecuados para atemorizar en todas las condiciones» (B. Pascal, Pensieri, n.
532 ed. Brunschvicg). La Palabra de Dios, en efecto, es
«más dulce que la miel, más que el jugo de panales» (Sal 19, 11), es
«antorcha para mis pasos, luz para mi sendero» (Sal 119, 105), pero también
«como el fuego y como un martillo que golpea la peña» (Jr 23, 29). Es como
una lluvia que empapa la tierra, la fecunda y la hace germinar, haciendo
florecer de este modo también la aridez de nuestros desiertos espirituales
(cf. Is 55, 10-11). Pero también es «viva, eficaz y más cortante que una
espada de dos filos. Penetra hasta la división entre alma y espíritu,
articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del
corazón» (Hb 4, 12). Nuestra mirada se dirige con afecto
a todos los estudiosos, a los catequistas y otros servidores de la Palabra de
Dios para expresarles nuestra gratitud más intensa y cordial por su precioso
e importante ministerio. Nos dirigimos también a nuestros hermanos y hermanas
perseguidos o asesinados a causa de la Palabra de Dios y el testimonio que
dan al Señor Jesús (cf. Ap 6, 9): como testigos y mártires nos cuentan Ala
fuerza de la palabra@ (Rm 1, 16), origen de su fe, su esperanza y su amor por
Dios y por los hombres. Hagamos ahora silencio para escuchar
con eficacia la Palabra del Señor y mantengamos el silencio luego de la
escucha porque seguirá habitando, viviendo en nosotros y hablándonos. Hagámosla
resonar al principio de nuestro día, para que Dios tenga la primera palabra y
dejémosla que resuene dentro de nosotros por la noche, para que la última
palabra sea de Dios. Queridos hermanos y hermanas,
"Te saludan todos los que están conmigo. Saluda a los que nos aman en la
fe. (La gracia con todos vosotros!" (Tt 3, 15). |
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Benedicto XVI: “La divinidad de
Cristo, centro de la predicación de san Pablo” CIUDAD DEL
VATICANO, miércoles 22 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación el texto íntegro de la catequesis pronunciada hoy por el Papa
Benedicto XVI durante la Audiencia General en la Plaza de San Pedro. **** Queridos
hermanos y hermanas, en
las catequesis de las semanas anteriores hemos meditado sobre la
“conversión” de san Pablo, fruto del encuentro personal con Jesús
crucificado y resucitado, y nos hemos interrogado sobre cuál fue la relación
del Apóstol de los gentiles con el Jesús terreno. Hoy quisiera hablar de la
enseñanza que san Pablo nos ha dejado sobre la centralidad del Cristo
resucitado en el misterio de la salvación, sobre su cristología. En
verdad, Jesucristo resucitado, “exaltado sobre todo nombre”, está
en el centro de todas sus reflexiones. Cristo es para el Apóstol el criterio
de valoración de los acontecimientos y de las cosas, el fin de todo esfuerzo
que él hace para anunciar el Evangelio, la gran pasión que sostiene sus pasos
por los caminos del mundo. Y se trata de un Cristo vivo, concreto: el Cristo
-dice Pablo- “que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal
2, 20). Esta persona que me ama, con la que puedo hablar, que me escucha y me
responde, éste es realmente el principio para entender al mundo y para
encontrar el camino en la historia. Quien
ha leído los escritos de san Pablo sabe bien que él no se preocupa de narrar
los hechos sobre los que se articula la vida de Jesús, aunque podemos pensar
que en sus catequesis contaba mucho más sobre el Jesús prepascual de cuanto
escribía en sus cartas, que son amonestaciones en situaciones concretas. Su
tarea pastoral y teológica estaba tan dirigida a la edificación de las
nacientes comunidades, que era espontáneo en él concentrar todo en el anuncio
de Jesucristo como “Señor”, vivo ahora y presente en medio de los
suyos. De ahí la esencialidad característica de la cristología paulina, que
desarrolla las profundidades del misterio con una preocupación constante y
precisa: anunciar, ciertamente, a Jesús, su enseñanza, pero anunciar sobre
todo la realidad central de su muerte y resurrección, como culmen de su
existencia terrena y raíz del desarrollo sucesivo de toda la fe cristiana, de
toda la realidad de la Iglesia. Para el Apóstol, la resurrección no es un
acontecimiento en sí mismo, separado de la muerte: el Resucitado es el mismo
que fue crucificado. También como Resucitado lleva sus heridas: la pasión
está presente en Él y se puede decir con Pascal que Él está sufriendo hasta
el fin del mundo, aún siendo el Resucitado y viviendo con nosotros y para
nosotros. Esta identidad del Resucitado con el Cristo crucificado, Pablo la
había entendido en el camino de Damasco: en ese momento se reveló con
claridad que el Crucificado es el Resucitado y el Resucitado es el
Crucificado, que dice a Pablo: “¿Por qué me persigues?” (Hch
9,4). Pablo estaba persiguiendo a Cristo en la Iglesia y entonces entendió
que la cruz es “una maldición de Dios” (Dt 21,23), pero
sacrificio para nuestra redención. El
Apóstol contempla fascinado el secreto escondido del Crucificado-resucitado y
a través de los sufrimientos experimentados por Cristo en su humanidad (dimensione
terrena) llega a esa existencia eterna en que Él es uno con el Padre (dimensión
pre-temporal): “Al llegar la plenitud de los tiempos -escribe-
envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a
los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación
adoptiva” (Gal 4,4-5). Estas dos dimensiones, la preesistenza
eterna con el Padre y el descendimiento del Señor en la encarnación,
se anuncian ya en el Antiguo Testamento, en la figura de la Sabiduría.
Encontramos en los Libros sapienciales del Antiguo Testamento algunos textos
que exaltan el papel de la Sabiduría preexistente a la creación del mundo. En
este sentido deben leerse pasajes como el del Salmo 90: “Antes que los
montes fuesen engendrados, antes que naciesen tierra y orbe, desde siempre
hasta siempre tú eres Dios” (v. 2); o pasajes como el que habla de la Sabiduría
creadora: “Yahveh me creó, primicia de su camino, antes que sus obras
más antiguas. Desde la eternidad fui fundada, desde el principio, antes que
la tierra” (Pr 8, 22-23). Sugestivo es también el elogio de la
Sabiduría, contenido en el libro homónimo: “Se despliega vigorosamente
de un confín a otro del mundo y gobierna de excelente manera el
universo” (Sb 8,1). Los
mismos textos sapienciales que hablan de la preexistencia eterna de la
Sabiduría, hablan de su descendimiento, del abajamiento de esta Sabiduría,
que se ha creado una tienda entre los hombres. Así sentimos resonar ya las
palabras del Evangelio de Juan que habla de la tienda de la carne del Señor.
Se creó una tienda en el Antiguo Testamento: aquí se indica al templo, al
culto según la “Torah”; pero desde el punto de vista del Nuevo
Testamento, podemos entender que ésta era solo una prefiguración de la tienda
mucho más real y significativa: la tienda de la carne de Cristo. Y vemos ya
en los Libros del Antiguo Testamento que este abajamiento de la Sabiduría, su
descenso a la carne, implica también la posibilidad de ser rechazada. San
Pablo, desarrollando su cristología, se refiere precisamente a esta
perspectiva sapiencial: reconoce a Jesús la sabiduría eterna existente desde
siempre, la sabiduría que desciende y se crea una tienda entre nosotros, y
así puede describir a Cristo como “fuerza y sabiduría de Dios”,
puede decir que Cristo se ha convertido para nosotros en “sabiduría de
origen divino, justicia, santificación y redención” (1 Cor 1,24.30).
De la misma forma, Pablo aclara que Cristo, igual que la Sabiduría, puede ser
rechazado sobre todo por los dominadores de este mundo (cfr 1 Cor
2,6-9), de modo que se crea en los planes de Dios una situación paradójica:
la cruz, que se volverá en camino de salvación para todo el género humano. Un
desarrollo posterior de este ciclo sapiencial, que ve a la Sabiduría abajarse
para después ser exaltada a pesar del rechazo, se encuentra en el famoso
himno contenido en la Carta a los Filipenses (cfr 2,6-11). Se trata de
uno de los textos más elevados de todo el Nuevo Testamento. Los exegetas en
gran mayoría concuerdan en considerar que esta perícopa trae una composición
precedente al texto de la Carta a los Filipenses. Este es un dato de
gran importancia, porque significa que el judeo-cristianismo, antes de san
Pablo, creía en la divinidad de Jesús. En otras palabras, la fe en la
divinidad de Jesús no es un invento helenístico, surgido después de la vida
terrena de Jesús, un invento que, olvidando su humanidad, lo habría
divinizado: vemos en realidad que el primer judeo-cristianismo creía en la
divinidad de Jesús, es más, podemos decir que los mismos Apóstoles, en los
grandes momentos de la vida de su Maestro, han entendido que Él era el Hijo
de Dios, como dijo san Pedro en Cesarea de Filipo: “Tu eres el Cristo,
el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Pero volvamos al himno de la Carta
a los Filipenses. La estructura de este texto puede ser articulada en
tres estrofas, que ilustran los momentos principales del recorrido realizado
por Cristo. Su preexistencia la expresan las palabras “siendo de
condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios”(v. 6);
sigue después el abajamiento voluntario del Hijo en la segunda estrofa:
“se despojó de sí mismo tomando condición de siervo” (v. 7),
hasta humillarse a sí mismo “obedeciendo hasta la muerte y muerte de
cruz” (v. 8). La tercera estrofa del himno anuncia la respuesta del
Padre a la humillación del Hijo: “Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó
el Nombre que está sobre todo nombre” (v. 9). Lo que impresiona es el
contraste entre el abajamiento radical y la siguiente glorificación en la
gloria de Dios. Es evidente que esta segunda estrofa está en contraste con la
pretensión de Adán que quería hacerse Dios, y contrasta también con el gesto
de los constructres de la torre de Babel que querían edificar por sí solos el
puente hasta el cielo y hacerse ellos mismos divinidad. Pero esta iniciativa
de la soberbia acabó con la autodestrucción: así no se llega al cielo, a la
verdadera felicidad, a Dios. El gesto del Hijo de Dios es exactamente lo
contrario: no la soberbia, sino la humildad, que es la realización del amor,
y el amor es divino. La iniciativa de abajamiento, de humildad radical de
Cristo, con la que contrasta la soberbia humana, es realmente expresión del
amor divino; a ella le sigue esa elevación al cielo a la que Dios nos atrae
con su amor. Además
de la Carta a los Filipenses, hay otros lugares de la literatura
paulina donde los temas de la preexistencia y del descendimiento del Hijo de
Dios sobre la tierra están unidos entre ellos. Una reafirmación de la
asimilación entre Sabiduría y Cristo, con todas las consecuencias cósmicas y
antropológicas, se encuentra en la primera Carta a Timoteo: “Él
ha sido manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, visto de los
Ángeles, proclamado a los gentiles, creído en el mundo, levantado a la
gloria” (3,16). Es sobre todo en estas premisas que se pude definir
mejor la función de Cristo como Mediador único, sobre el marco del único Dios
del Antiguo Testamento (cfr 1 Tm 2,5 en relación a Is 43,10-11;
44,6). Cristo es el verdadero puente que nos guía al cielo, a la comunión con
Dios. Y
finalmente, solo un apunte a los últimos desarrollos de la cristología de san
Pablo en las Cartas a los Colosenses y a los Efesios. En la primera,
Cristo es calificado como “primogénito de todas las criaturas”
(1,15-20). Esta palabra “primogénito” implica que el primero
entre muchos hijos, el primero entre muchos hermanos y hermanas, ha bajado
para atraernos y hacernos sus hermanos y hermanas. En la Carta a los
Efesios encontramos la bella exposición del plan divino de la
salvación, cuando Pablo dice que en Cristo Dios quería recapitularlo todo
(cfr. Ef 1,23). Cristo es la recapitulación de todo, reasume todo y
nos guía a Dios. Y así implica un movimiento de descenso y de ascenso,
invitándonos a participar en su humildad, es decir, a su amor hacia el
prójimo, para ser así partícipes de su glorificación, convirtiéndonos con él
en hijos en el Hijo. Oremos para que el Señor nos ayude a conformarnos a su
humildad, a su amor, para ser así partícipes de su divinización. [Al
final de la audiencia, Benedicto XVI saludó a los peregrinos en varios
idiomas. En español, dijo:] Queridos
hermanos y hermanas: Como
hemos visto en las catequesis de las pasadas semanas, San Pablo no se
preocupó tanto de contar los hechos aislados de la vida de Jesús, sino de
anunciar a la comunidad naciente a Cristo como el "Señor", vivo y
presente entre nosotros. Él es el mismo, encarnado, crucificado, resucitado y
vivo. Para comprender esto hay que tener en cuenta la idea de la Sabiduría
preexistente al mundo de la cual habla el Antiguo Testamento. Cristo, en su
condición de Hijo, es coeterno con el Padre. Con su Encarnación, sin dejar de
ser Dios, adquiere ciertamente algo que no tenía, la condición humana hasta
hacerse siervo, para rescatarla y salvarla. Con su glorificación, Cristo, que
es "fuerza de Dios y sabiduría de Dios", es también para nosotros
sabiduría justicia santificación y redención (cf. 1 Co 1,25.30). Otra
formulación de la cristología paulina exalta el primado de Cristo sobre todas
las cosas, el "primogénito" de los que aman a Dios y han sido
llamados a ser imagen de su Hijo. Saludo
cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos
de Argentina, España, México, Panamá, Perú y otros Países latinoamericanos.
Invito a todos a contemplar el plan de salvación que San Pablo nos muestra
con hondura, y al que nos exhorta a participar uniéndonos íntimamente a
Cristo. Muchas
gracias. [Traducción
del italiano por Inma Álvarez ©
Libreria Editrice Vaticana] |
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Un abrazo, y nuestras oraciones. Selección de noticias: Silvia de
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