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PARROQUIA
NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA
Av. Libertador
13.900 - 1640 Martínez - Tel. y Fax 4508-8501 // 8502 E-mail: pqfatima@... // secretaria@... Página Web: www.fatima.org.ar |
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Noticias
desde la Parroquia de Fátima |
22 de diciembre de
2008 - Año XI - N° 402 |
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Índice de Noticias |
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NUESTRA PARROQUIA |
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HORARIOS
DE NOCHEBUENA Y NAVIDAD Miércoles
24 20
hs. Jueves
25 10,
12 y 20 hs. HORARIOS
DE ENERO De
lunes a viernes no habrá celebración de la misa Sábados
20 hs. Domingos
12 y 20 hs. HORARIOS
DE FEBRERO De
lunes a viernes 9 hs. Sábados
20 hs. Domingos
1 y 8 - 12 y 20 hs. Domingos
15 y 22 - 10, 12 y 20 hs. Horarios
de la Secretaría Parroquial: Permanecerá
cerrada desde el 31 de diciembre hasta el 23 de enero. Del
26 de enero al 20 de febrero atenderá Martes y Jueves de 9.30 a 12.30 hs. Y a
partir del 23 de febrero de Lunes a Viernes de 9.30 a 12.30 hs. |
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ARGENTINA |
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Radio María también
puede escucharse en Ushuaia Río Gallegos (Santa Cruz), 18 Dic. 08
(AICA) Radio María puede escucharse por FM 88.3
Mhz en Ushuaia, provincia de Tierra del Fuego, oficialmente desde el pasado
lunes 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción, según informó el
Equipo de Pastoral Comunicación Social Interparroquial de la diócesis de Río
Gallegos. Ese organismo agradeció al director de Radio María, presbítero
Javier Soteras, quien junto a colaboradores comenzaron "con esta gran
misión hace 12 años" y permitieron a la emisora austral "unirse a
esa gran red de Radio María Argentina". |
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SANTA
SEDE |
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Benedicto
XVI sobre ley natural e investigación teológica Discurso a la Comisión Teológica
Internacional CIUDAD DEL VATICANO, martes 16 de
diciembre de 2008 (ZENIT.org).- Publicamos íntegramente el discurso que
pronunció Benedicto XVI el 5 de diciembre a los participantes en la sesión
plenaria de la Comisión Teológica Internacional, en la Sala de los Papas del
palacio apostólico
vaticano. * * * Venerados hermanos en el episcopado
y en el sacerdocio; 
ilustres profesores; 
queridos
colaboradores: Con verdadera alegría os acojo al
término de los trabajos de vuestra sesión plenaria anual, que esta vez
coincide también con la conclusión del séptimo quinquenio desde la creación
de la Comisión teológica internacional. Ante todo deseo expresar un sentido
agradecimiento por las palabras de saludo que me ha dirigido, en nombre de
todos, monseñor Luis Francisco Ladaria Ferrer, en calidad de secretario
general de la Comisión teológica internacional. También os manifiesto mi
agradecimiento a todos vosotros que, durante este quinquenio, habéis dedicado
vuestras energías a un trabajo verdaderamente valioso para la Iglesia y para
aquel a quien el Señor ha llamado a desempeñar el ministerio de Sucesor de
Pedro. De hecho, los trabajos de este
séptimo "quinquenio" de la Comisión teológica internacional ya han
dado un fruto concreto, como ha recordado monseñor Ladaria Ferrer, con la
publicación del documento: "La esperanza de la salvación para los niños
que mueren sin bautismo", y se preparan para alcanzar otra meta
importante con el documento: "En busca de una ética universal: nueva
mirada sobre la ley natural", que todavía se debe someter a los últimos
pasos previstos por las normas de los Estatutos de la Comisión, antes de la
aprobación definitiva. Como ya he recordado en ocasiones
anteriores, reafirmo la necesidad y la urgencia, en el contexto actual, de
crear en la cultura y en la sociedad civil y política las condiciones
indispensables para una conciencia plena del valor irrenunciable de la ley
moral natural. También gracias al estudio que vosotros habéis emprendido
sobre este tema fundamental, resultará claro que la ley natural constituye la
verdadera garantía ofrecida a cada uno para vivir libre y respetado en su
dignidad de persona, y para sentirse defendido de cualquier manipulación
ideológica y de cualquier atropello perpetrado apoyándose en la ley del más
fuerte. Todos sabemos bien que, en un mundo
formado por las ciencias naturales, el concepto metafísico de la ley natural
está prácticamente ausente y resulta incomprensible. Tanto más cuanto que,
viendo su importancia fundamental para nuestras sociedades, para la vida humana,
es necesario que en el contexto de nuestro pensamiento se vuelva a proponer y
se haga comprensible este concepto: el hecho de que el ser mismo lleva en sí
un mensaje moral y una indicación para las sendas del derecho. Con respecto al tercer tema,
"Sentido y método de la teología", que durante este quinquenio ha
sido objeto de estudio particular, deseo subrayar su importancia y
actualidad. En una "sociedad planetaria" como la que se está
formando hoy, la opinión pública pide a los teólogos sobre todo que promuevan
el diálogo entre las religiones y las culturas, que contribuyan al desarrollo
de una ética que tenga como coordenadas de fondo la paz, la justicia y la
defensa del ambiente natural. Y se trata realmente de bienes fundamentales. Pero una teología limitada a estos
nobles objetivos no sólo perdería su propia identidad, sino también el
fundamento mismo de estos bienes. La primera prioridad de la teología, como
ya lo indica su nombre, es hablar de Dios, pensar en Dios. Y la teología no
habla de Dios como de una hipótesis de nuestro pensamiento. Habla de Dios
porque Dios mismo ha hablado con nosotros. La verdadera tarea de la teología
consiste en entrar en la Palabra de Dios, tratar de entenderla en la medida
de lo posible y hacer que nuestro mundo la entienda, a fin de encontrar así
las respuestas a nuestros grandes interrogantes. En esta tarea también se
pone de manifiesto que la fe no sólo no es contraria a la razón, sino que
además abre los ojos de la razón, ensancha nuestro horizonte y nos permite encontrar
las respuestas necesarias a los desafíos de los diversos tiempos. Desde el punto de vista objetivo, la
verdad es la Revelación de Dios en Cristo Jesús, que requiere como respuesta
la obediencia de la fe en comunión con la Iglesia y su Magisterio. Recuperada
así la identidad de la teología, entendida como reflexión argumentada,
sistemática y metódica sobre la Revelación y sobre la fe, también la cuestión
del método queda iluminada. El método en teología no podrá constituirse sólo
sobre la base de los criterios y las normas comunes a las demás ciencias,
sino que deberá observar ante todo los principios y las normas que derivan de
la Revelación y de la fe, del hecho de que Dios ha hablado. Desde el punto de vista subjetivo,
es decir, desde el punto de vista de quien hace teología, la virtud
fundamental del teólogo es buscar la obediencia a la fe, la humildad de la fe
que abre nuestros ojos: la humildad que convierte al teólogo en colaborador
de la verdad. De este modo no se dedicará a hablar de sí mismo; al contrario,
interiormente purificado por la obediencia a la verdad, llegará a hacer que
la Verdad misma, el Señor, pueda hablar a través del teólogo y de la
teología. Al mismo tiempo, logrará que, por su medio, la verdad pueda ser
llevada al mundo. Por otra parte, la obediencia a la
verdad no significa renuncia a la búsqueda y al esfuerzo del pensar; por el
contrario, la inquietud del pensamiento, que indudablemente nunca podrá
quedar aplacada del todo en la vida de los creyentes, dado que también ellos
están en un camino de búsqueda y profundización de la Verdad, será sin
embargo una inquietud que los acompañe y los estimule en la peregrinación del
pensamiento hacia Dios, y así resultará fecunda. Por tanto, deseo que vuestra
reflexión sobre estos temas logre volver a poner de relieve los auténticos
principios y el significado sólido de la verdadera teología, a fin de que
percibamos y comprendamos cada vez mejor las respuestas que la Palabra de
Dios nos da y sin las cuales no podemos vivir de una manera sabia y justa,
porque sólo así se abre el horizonte universal, infinito, de la verdad. Así pues, mi agradecimiento por
vuestro compromiso y vuestra obra en la Comisión teológica internacional
durante este quinquenio es al mismo tiempo un deseo cordial de éxito en el
trabajo futuro de este importante organismo al servicio de la Sede apostólica
y de toda la Iglesia. A la vez que renuevo la expresión de mis sentimientos
de satisfacción, afecto y alegría por este encuentro, invoco del Señor, por
intercesión de la Virgen santísima, abundantes luces celestiales sobre
vuestro trabajo, y de corazón os imparto una bendición apostólica especial,
que extiendo a vuestros seres queridos. [© Copyright 2008 - Libreria
Editrice Vaticana] |
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DOCUMENTACION |
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Benedicto
XVI: Navidad, la fiesta que canta el don de la vida Intervención en la audiencia general
de este miércoles CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 17 de
diciembre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto competo de
la catequesis sobre la preparación a la Navidad pronunciada hoy por el Papa
Benedicto XVI durante la audiencia general, a los peregrinos congregados en
el Aula Pablo VI. * * * Queridos hermanos y hermanas Comenzamos precisamente hoy los días
del Adviento que nos preparan inmediatamente a la Natividad del Señor:
estamos en la Novena de Navidad, que en muchas comunidades cristianas se
celebra con liturgias ricas en texto bíblicos, orientados todos ellos a
alimentar la espera del nacimiento del Salvador. La Iglesia entera, en
efecto, concentra su mirada de fe hacia esta fiesta ya cercana,
predisponiéndose, como cada año, a unirse al canto alegre de los ángeles, que
en el corazón de la noche anunciarán a los pastores el extraordinario
acontecimiento del nacimiento del Redentor, invitándoles a acercarse a la
gruta de Belén. Allí yace el Enmanuel, el Creador hecho criatura, envuelto en
pañales y acostado en un pobre pesebre (cfr Lc 2,13-14). Por el clima que la caracteriza, la
Navidad es una fiesta universal. Incluso quien no se profesa creyente, de
hecho, puede percibir en esta celebración cristiana anual algo extraordinario
y trascendente, algo íntimo que habla al corazón. Es la fiesta que canta el
don de la vida. El nacimiento de un niño debería ser siempre un
acontecimiento que trae alegría: el abrazo de un recién nacido suscita
normalmente sentimientos de atención y de premura, de conmoción y de ternura.
La Navidad es el encuentro con un recién nacido que llora en una gruta
miserable. Con templándolo en el pesebre, ¿cómo no pensar en tantos niños que
aún hoy ven la luz en una gran pobreza, en muchas regiones del mundo? ¿Cómo
no pensar en los recién nacidos no acogidos y rechazados, a los que no llegan
a sobrevivir por falta de cuidados y atenciones? ¿Cómo no pensar también en
las familias que quisieran la alegría de un hijo y no ven colmada esta
esperanza? Bajo el empuje de un consumismo hedonista, por desgracia, la
Navidad corre el riesgo de perder su significado espiritual para reducirse a
una mera ocasión comercial de compras e intercambio de regalos. En verdad,
sin embargo, las dificultades y las incertidumbres y la misma crisis
económica que en estos meses están viviendo tantas familias, y que afecta a
toda la humanidad, pueden ser un estímulo para descubrir el calor de la
simplicidad, de la amistad y de la solidaridad, valores típicos de la
Navidad. Despojado de las incrustaciones consumistas y materialistas, la
Navidad puede convertirse así en una ocasión para acoger, como regalo
personal, el mensaje de esperanza que emana del misterio del nacimiento de
Cristo. Todo esto, sin embargo, no basta
para asimilar plenamente el valor de la fiesta a la que nos estamos
preparando. Nosotros sabemos que ésta celebra el acontecimiento central de la
historia: la Encarnación del Verbo divino para la redención de la humanidad.
San León Magno, en una de sus numerosas homilías navideñas, exclama así:
"Exultemos en el Señor, queridos míos, y abramos nuestro corazón a la
alegría más pura. Porque ha amanecido el día que para nosotros significa la
nueva redención, la antigua preparación, la felicidad eterna. Se renueva así
para nosotros en el ciclo anual el elevado misterio de nuestra salvación que,
prometido al principio y realizado al final de los tiempos, está destinado a
durar sin fin" (Homilía XXII). Sobre esta verdad fundamental vuelve
muchas veces san Pablo en sus cartas. A los Gálatas, por ejemplo, escribe:
"Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo,
nacido de mujer, nacido bajo la Ley... para que recibiéramos la filiación
adoptiva" (4,4). En la Carta a los Romanos pone de manifiesto las
lógicas y exigentes consecuencias de este acontecimiento salvador: "Si
(somos) hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo,
ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados" (8,17).
Pero es sobre todo san Juan, en el Prólogo al cuarto Evangelio, quien medita
profundamente sobre el misterio de la Encarnación. Y es por esto que el
Prólogo forma parte de la liturgia de la Navidad desde tiempos antiguos: en
él se encuentra, de hecho, la expresión más auténtica y la síntesis más
profunda de esta fiesta, y del fundamento de su alegría. San Juan escribe:
"Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis - Y el Verbo se hizo
carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14). En Navidad por tanto no nos
limitamos a conmemorar el nacimiento de un gran personaje; no celebramos
simplemente y en abstracto el misterio del nacimiento del hombre o en general
el nacimiento de la vida; tampoco celebramos sólo el principio de una gran
estación. En Navidad recordamos algo muy concreto e importante para los
hombres, algo esencial para la fe cristiana, una verdad que san Juan resume
en estas pocas palabras: "El Verbo se hizo carne". Se trata de un
acontecimiento histórico que el evangelista Lucas se preocupa de situar en un
contexto muy determinado: en los días en que se emanó el decreto del primer
censo de César Augusto, cuando Quirino era ya gobernador de Siria (cf. Lc
2,1-7). Es por tanto una noche fechada históricamente en la que se verificó
el acontecimiento de salvación que Israel esperaba desde hacía siglos. En la
oscuridad de la noche de Belén se encendió, realmente, una gran luz: el
Creador del universo se encarnó uniéndose indisolublemente a la naturaleza
humana, hasta ser realmente "Dios de Dios, luz de luz" y al mismo
tiempo hombre, verdadero hombre. Aquel que Juan llama en griego "ho
logos" - traducido en latín "Verbum", "el Verbo" -
significa también "el Sentido". Por tanto, podemos entender la
expresión de Juan así: el "Sentido eterno" del mundo se ha hecho
tangible a nuestros sentidos y a nuestra inteligencia: ahora podemos tocarlo
y contemplarlo (cfr 1Jn 1,1). El "Sentido" que se ha hecho carne no
es simplemente una idea general inscrita en el mundo; es una
"palabra" dirigida a nosotros. El Logos nos conoce, nos llama, nos
guía. No es una ley universal, en la que nosotros desarrollamos algún papel,
sino que es una Persona que se interesa por cada persona singular: es el Hijo
del Dios vivo, que se ha hecho hombre en Belén. A muchos hombres, y de alguna forma
a todos nosotros, esto parece demasiado hermoso para ser cierto. En efecto,
aquí se nos reafirma : sí, existe un sentido, y el sentido no es una protesta
impotente contra el absurdo. El Sentido es poderoso: es Dios. Un Dios bueno,
que no se confunde con cualquier poder excelso y lejano, al que nunca se
podría llegar, sino un Dios que se ha hecho cercano a nosotros y nuestro
prójimo, que tiene tiempo para cada uno de nosotros y que ha venido a
quedarse con nosotros. Entonces surge espontánea la pregunta: "¿Cómo es
posible una cosa semejante? ¿Es digno de Dios hacerse niño?". Para
intentar abrir el corazón a esta verdad que ilumina la entera existencia
humana, es necesario plegar la mente y reconocer la limitación de nuestra
inteligencia. En la gruta de Belén, Dios se muestra a nosotros humilde
"infante" para vencer nuestra soberbia. Quizás nos habríamos
rendido más fácilmente frente al poder, frente a la sabiduría; pero Él no
quiere nuestra rendición; apela más bien a nuestro corazón y a nuestra
decisión libre de aceptar su amor. Se ha hecho pequeño para liberarnos de esa
pretensión humana de grandeza que surge de la soberbia; se ha encarnado
libremente para hacernos a nosotros verdaderamente libres, libres de amarlo. Queridos hermanos y hermanas, la
Navidad es una oportunidad privilegiada para meditar sobre el sentido y el
valor de nuestra existencia. El aproximarse de esta solemnidad nos ayuda a
reflexionar, por una parte, sobre el dramatismo de la historia en la que los
hombres, heridos por el pecado, están permanentemente buscando la felicidad y
un sentido satisfactorio de la vida y la muerte; por otra, nos exhorta a
meditar sobre la bondad misericordiosa de Dios, que ha salido al encuentro
del hombre para comunicarle directamente la Verdad que salva, y hacerle
partícipe de su amistad y de su vida. Preparémonos, por tanto, a la Navidad
con humildad y sencillez, disponiéndonos a recibir el don de la luz, la
alegría y la paz que irradian de este misterio. Acojamos la Navidad de Cristo
como un acontecimiento capaz de renovar hoy nuestra existencia. Que el
encuentro con el Niño Jesús nos haga personas que no piensen solo en sí
mismas, sino que se abran a las expectativas y necesidades de los hermanos.
De esta forma nos convertiremos también nosotros en testigos de la luz que la
Navidad irradia sobre la humanidad del tercer milenio. Pidamos a María Santísima,
tabernáculo del Verbo encarnado, y a san José, silencioso testigo de los
acontecimientos de la salvación, que nos comuniquen los sentimientos que
ellos tenían mientras esperaban el nacimiento de Jesús, de modo que podamos
prepararnos a celebrar santamente la próxima Navidad, en el gozo de la fe y
animados por el empeño de una conversión sincera. |
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Un abrazo, y nuestras oraciones. Selección de noticias: Silvia de
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