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PARROQUIA
NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA
Av. Libertador
13.900 - 1640 Martínez - Tel. y Fax 4508-8501 // 8502 E-mail: pqfatima@... // secretaria@... Página Web: www.fatima.org.ar |
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Noticias
desde la Parroquia de Fátima |
4 de febrero de
2009 - Año XII - N° 403 |
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Índice de Noticias |
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NUESTRA
PARROQUIA |
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De
lunes a viernes 9 hs. Sábados
20 hs. Domingos
1 y 8 – 12 y 20 hs. Domingos
15 y 22 – 10, 12 y 20 hs. Horarios
de la Secretaría Parroquial: Permanecerá
cerrada desde el 31 de diciembre hasta el 23 de enero. Del
26 de enero al 20 de febrero atenderá Martes y Jueves de 9.30 a 12.30 hs. Y a
partir del 23 de febrero de Lunes a Viernes de 9.30 a 12.30 hs. |
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ARGENTINA |
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Mons.
Romanín presidió las fiestas patronales de San Juan Bosco Río Gallegos (Santa
Cruz), 3 Feb. 09 (AICA) El prelado
santacruceño honra a San Juan Bosco Con motivo de las
fiestas patronales, el obispo de Río Gallegos, monseñor Juan Carlos Romanín
SDB, presidió una misa en honor de San Juan Bosco en la parroquia de la
capital provincial que lleva su nombre, donde alentó a la feligresía a
propagar la devoción a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora, porque tal
como confía el fundador de los salesianos en ellos “verán lo que son
los milagros”. Tras recordar que
esa celebración eucarística es “un renovado motivo para dar gracias a
Dios por los beneficios y bendiciones que nos regala cotidianamente”,
exhortó a participar activamente de los festejos por los cincuenta años de la
diócesis, con el objetivo de “recordar con gratitud el pasado, vivir
con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro”. Al referirse al
inicio del triduo jubilar “centrando todos nuestros esfuerzos en la palabra
de Dios”, monseñor Romanín recordó que el testimonio de San Juan Bosco
“nos invita a ser creativos en la formulación de itinerarios de
anuncio, de catequesis y de educación en la fe, adecuados especialmente a
nuestros jóvenes, una de las prioridades de nuestra diócesis”. El prelado
santacruceño expresó especial preocupación por los jóvenes, por lo que invitó
a saber “educarlos y acompañarlos en la oración personal y cuidar el
estilo celebrativo que comunique una experiencia auténtica del encuentro
gozoso y vivo con el Jesús, Señor de la Historia”. En la homilía,
monseñor Romanín hizo hincapié en la vida de San Juan Bosco, y rescató su
convencimiento de “la presencia real de Jesús en el sagrario” y
su pedagogía de la amistad, un rasgo que sobresalía en la personalidad del
Santo. “Su madre,
mamá Margarita, como era costumbre y tradición, le enseñó a rezar y a amar a
Jesús. Cuando Don Bosco escribe sus ‘Memorias’, relata con
detalles el día en que su madre lo preparó para su primera Comunión.
‘Juanito mío, Dios te va a dar un gran regalo. Procura prepararte bien
y promete a nuestro Señor ser mejor en lo por venir’. Y luego de haber
recibido a Jesús ella misma le dijo: ‘Querido hijo mío: este es un día
muy grande para ti. Estoy segura de que Dios ha tomado verdadera posesión de
tu corazón. En lo sucesivo, comulga con frecuencia...’. La familia
juega un papel fundamental en su vida de fe, especialmente su mamá. Don Bosco
tratará de hacer lo mismo con sus chicos”, relató. Más adelante,
cuenta que su confesor, Don José Cafasso: “Me animó a frecuentar la
confesión y la comunión. Me enseñó a hacer cada día una breve meditación y
una lectura espiritual.” Asimismo, insistió
en señalar que Don Bosco decía que “la barca de la Iglesia logra el
triunfo frente al mal aferrándose a la columna de la Eucaristía y a la de la
Santísima Virgen”. Monseñor Romanín
expresó su deseo de que 2009 “nos encuentre con la mirada puesta en
Jesús Eucaristía. El sacramento del pan eucarístico significa y al mismo
tiempo realiza la unidad de los creyentes, que formamos un solo cuerpo en
Cristo. Unidad que supone la diversidad y el pluralismo de cada uno de
nosotros”. “Este es
siempre nuestro gran desafío en camino hacia el jubileo: ser una Iglesia con
rostro joven que peregrina dando testimonio del Cristo Vivo que está presente
en medio nuestro, particularmente a través de su Palabra y de la
Eucaristía” añadió el prelado, al tiempo que pidió a la Santísima
Virgen, María Auxiliadora y Mujer Eucarística, “que nos siga
acompañando, caminando de la mano con nosotros”. “Ella bendiga cada una de nuestras
familias, e interceda ante Dios para que tengamos días siempre nuevos, con
salud para todos, con trabajo digno y estable, con educación asegurada para
nuestros niños y jóvenes, con sabiduría y honestidad para quienes nos
gobiernan, con viviendas dignas para todos, con seguridad en nuestras calles,
con respeto por los derechos de cada uno, con un saludable medio ambiente,
con iglesias de puertas siempre abiertas”, concluyó.+ |
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SANTA
SEDE |
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Mensaje de
Benedicto XVI para la Cuaresma 2009 "Jesús, después de hacer un
ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" CIUDAD DEL VATICANO, martes, 3 de
febrero de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje que ha escrito Benedicto
XVI para la Cuaresma 2009 que lleva por título "Jesús, después de hacer
un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre"
(Mateo 4, 2). * * * ¡Queridos hermanos y hermanas! Al comenzar la Cuaresma, un tiempo
que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia
nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición
bíblica cristiana confiere un gran valor ! la oración, el ayuno y la limosna
! para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer
experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual,
"ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los
caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega
a los poderosos" (Pregón pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal,
este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el
sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de
ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública.
Leemos en el Evangelio: "Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto
para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta
días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,1-2). Al igual que
Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías
antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y
ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con
el tentador. Podemos preguntarnos qué valor y qué
sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí
mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y
toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para
evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la
salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las
primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se
abstenga de consumir el fruto prohibido: "De cualquier árbol del jardín
puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás,
porque el día que comieres de él, morirás sin remedio" (Gn 2, 16-17).
Comentando la orden divina, San Basilio observa que "el ayuno ya existía
en el paraíso", y "la primera orden en este sentido fue dada a
Adán". Por lo tanto, concluye: "El ‘no debes comer' es, pues,
la ley del ayuno y de la abstinencia" (cfr. Sermo de jejunio: PG 31,
163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el
ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es
lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra
Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar "para humillarnos ! dijo
! delante de nuestro Dios" (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y
aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive
que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron,
como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: "A ver si Dios se
arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos"
(3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó. En el Nuevo Testamento, Jesús indica
la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que
observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su
corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el
divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial,
que "ve en lo secreto y te recompensará" (Mt 6,18). Él mismo nos da
ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el
desierto, que "no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que
sale de la boca de Dios" (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente,
tiene como finalidad comer el "alimento verdadero", que es hacer la
voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la
orden del Señor de "no comer del árbol de la ciencia del bien y del
mal", con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios,
confiando en su bondad y misericordia. La práctica del ayuno está muy
presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co
6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz
de frenar el pecado, reprimir los deseos del "viejo Adán" y abrir
en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una
práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe
San Pedro Crisólogo: "El ayuno es el alma de la oración, y la
misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien
ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al
suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los
suyos al que le súplica" (Sermo 43: PL 52, 320, 332). En nuestros días, parece que la
práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más
bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor
de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que
ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en
primer lugar, una "terapia" para curar todo lo que les impide
conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini
de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el
ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no "vivir para sí
mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para
los hermanos" (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión
para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica,
valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica
penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el
corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva
ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40). La práctica fiel del ayuno
contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a
evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que
conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía
"retorcidísima y enredadísima complicación de nudos" (Confesiones,
II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: "Yo sufro, es
verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para
que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura" (Sermo 400, 3,
3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita
una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de
salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el
hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el
hambre y la sed de Dios. Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda
a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros
hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: "Si alguno
que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra
sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?" (3,17).
Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen
Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. encíclica
Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a
los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no
nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y
atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a
intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y
comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y
la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad
cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15,
25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al
ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que
redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo
litúrgico cuaresmal. Lo que he dicho muestra con gran
claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma
espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros
mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros
bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de
la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos
afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico
cuaresmal exhorta: "Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, /
somno, iocis et arctius / perstemus in custodia - Usemos de manera más sobria
las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos
vigilantes, con mayor atención". Queridos hermanos y hermanas, bien
mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como
escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno
mismo a Dios (cfr. encíclica Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en
cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo
que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre
al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en
la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en
la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa
dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de
la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y
nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del
pecado para que se convierta cada vez más en "tabernáculo viviente de
Dios". Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y
cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os
imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica. Vaticano, 11 de diciembre de 2008 BENEDICTUS PP. XVI [Traducción del original italiano
distribuida por la Santa Sede © Copyright 2009 - Libreria Editrice
Vaticana] |
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DOCUMENTACION |
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Benedicto
XVI recoge la herencia espiritual de san Pablo Intervención durante la audiencia
general CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 4 de
febrero de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto de la
catequesis que Benedicto XVI pronunció el miércoles, con motivo de la
Audiencia General, en el Aula Pablo VI, y con la que ha concluido su ciclo
sobre san Pablo. * * * Queridos hermanos y hermanas: La serie de nuestras catequesis
sobre la figura de san Pablo ha llegado a su conclusión: queremos hablar hoy
del final de su vida terrena. La antigua tradición cristiana testifica
unánimemente que la muerte de Pablo vino como consecuencia del martirio sufrido
aquí en Roma. Los escritos del Nuevo Testamento no recogen el hecho. Los
Hechos de los Apóstoles terminan su relato señalando la condición de
prisionero del Apóstol, que sin embargo podía recibir a todos aquellos que le
visitaban (cfr Hch 28,30-31). Sólo en la segunda Carta a Timoteo encontramos
estas palabras premonitorias suyas: "Porque yo estoy a punto de ser
derramado en libación, y el momento de mi partida [de desplegar las velas en
el original, n.d.t.] es inminente" (2 Tm 4,6; cfr Fil 2,17). Se usan
aquí dos imágenes, la cultual del sacrificio, que ya había usado en la Carta
a los Filipenses interpretando el martirio como parte del sacrificio de
Cristo, y la marinera de soltar las amarras: dos imágenes que juntas aluden
discretamente al acontecimiento de la muerte, y de una muerte cruenta. El primer testimonio explícito sobre
el final de san Pablo nos viene de la mitad de los años 90 del siglo I, y por
tanto poco más de treinta años después de su muerte efectiva. Se trata
precisamente de la Carta que la Iglesia de Roma, con su obispo Clemente I,
escribió a la Iglesia de Corinto. En aquel texto epistolar se invita a tener
ante los ojos el ejemplo de los Apóstoles, e, inmediatamente después de
mencionar el martirio de Pedro, se lee así: "Por los celos y la
discordia Pablo fue obligado a mostrarnos como se consigue el premio de la
paciencia. Arrestado siete veces, exiliado, lapidado, fue el heraldo de
Cristo en Oriente y en Occidente, y por su fe consiguió una gloria pura. Tras
haber predicado la justicia en todo el mundo, y tras haber llegado hasta el
extremo de Occidente, aceptó el martirio ante los gobernantes; así partió de
este mundo y llegó al lugar santo, convertido así en el más grande modelo de
paciencia" (1 Clem 5,2). La paciencia de la que habla es la expresión de
su comunión con la pasión de Cristo, de la generosidad y constancia con la
que aceptó un largo camino de sufrimiento, hasta poder decir: "llevo
sobre mi cuerpo las señales de Jesús" (Gal 6,17). Hemos escuchado en el
texto de san Clemente que Pablo habría llegado "hasta el extremo de
Occidente". Se discute si esto se refiere a un viaje a España que san
Pablo habría realizado. No existe certeza sobre esto, pero es verdad que san
Pablo en su carta a los Romanos expresa su intención de ir a España (cfr Rm
15,24). Es muy interesante, en la carta de
Clemente, la sucesión de los dos nombres de Pedro y de Pablo, aunque éstos
serán invertidos en el testimonio de Eusebio de Cesarea en el siglo IV,
cuando hablando del emperador Nerón escribió: "Durante su reinado Pablo
fue decapitado precisamente en Roma, y Pedro fue allí crucificado. El relato
está confirmado por el nombre de Pedro y de Pablo, que aun hoy se conserva en
sus sepulcros en esta ciudad" (Hist. eccl. 2,25,5). Eusebio después continúa
relatando la declaración anterior de un presbítero romano de nombre Gayo, que
se remonta a los inicios del siglo II: "Yo te puedo mostrar el trofeo de
los apóstoles: si vas al Vaticano o a la Vía Ostiense, allí encontrarás los
trofeos de los fundadores de la Iglesia" (ibid. 2,25,6-7). Los
"trofeos" son los monumentos sepulcrales, y se trata de las mismas
sepulturas de Pedro y de Pablo que aún hoy veneramos, tras dos milenios en
los mismos lugares: sea aquí en el Vaticano respecto a san Pedro, sea en la
Basílica de San Pablo Extramuros en la Vía Ostiense, respecto al Apóstol de
los Gentiles. Es interesante señalar que los dos
grandes Apóstoles son mencionados juntos. Aunque ninguna fuente antigua habla
de un ministerio contemporáneo suyo en Roma, la sucesiva conciencia
cristiana, sobre la base de su común sepultura en la capital del imperio, los
asociará también como fundadores de la Iglesia de Roma. Así se lee de hecho
en Ireneo de Lyón, a finales del siglo II, a propósito de la sucesión
apostólica en las distintas iglesias: "Ya que sería largo enumerar las
sucesiones de todas las Iglesias, tomaremos la Iglesia grandísima y
antiquísima y de todos conocida, la Iglesia fundada y establecida en Roma por
los dos gloriosísimos apóstoles Pedro y Pablo" (Adv. haer. 3,3,2). Dejemos aparte la figura de Pedro y
concentrémonos en la de Pablo. Su martirio viene relatado por primera vez en
los Hechos de Pablo, escritos hacia finales del siglo II. Éstos refieren que
Nerón lo condenó a muerte por decapitación, ejecutada inmediatamente después
(cfr 9,5). La fecha de la muerte varía según las fuentes antiguas, que la
colocan entre la persecución desencadenada por Nerón mismo tras el incendio
de Roma en julio del 64 y el último año de su reinado, el 68 (cfr Jerónimo,
De viris ill. 5,8). El cálculo depende mucho de la cronología de la llegada
de Pablo a Roma, una discusión en la que no podemos entrar aquí. Tradiciones
sucesivas precisarán otros dos elementos. Uno, el más legendario, es que el
martirio tuvo lugar en las Acquae Salviae, en la Vía Laurentina, con un
triple rebote de la cabeza, cada uno de los cuales causó la salida de una
corriente de agua, por lo que el lugar se ha llamado hasta ahora "Tre
Fontane" (Hechos de Pedro y Pablo del Pseudo Marcelo, del siglo V). El
otro, en consonancia con el antiguo testimonio ya mencionado, del presbítero
Gayo, es que su sepultura tuvo lugar "no sólo fuera de la ciudad, en la
segunda milla de la Vía Ostiense", sino más precisamente "en la
granja de Lucina", que era una matrona cristiana (Pasión de Pablo del
Pseudo Abdías, del siglo VI). Aquí, en el siglo IV, el emperador Constantino
erigió una primera iglesia, después enormemente ampliada tras el siglo IV y V
por los emperadores Valentiniano II, Teodosio y Arcadio. Tras el incendio de
1800, se erigió aquí la actual basílica de San Pablo Extramuros. En todo caso, la figura de san Pablo
se engrandece más allá de su vida terrena y de su muerte; él ha dejado de
hecho una extraordinaria herencia espiritual. También él, como discípulo
verdadero de Jesús, se convirtió en signo de contradicción. Mientras que
entre los llamados "ebionitas" --una corriente judeocristiana-- era
considerado como apóstata de la ley mosaica, ya en el libro de los Hechos de
los Apóstolesaparece una gran veneración hacia el Apóstol Pablo. Quisiera
ahora prescindir de la literatura apócrifa, como los Hechos de Pablo y Tecla
y un epistolario apócrifo entre el Apóstol Pablo y el filósofo Séneca. Es
importante constatar sobre todo que bien pronto las Cartas de san Pablo entran
en la liturgia, donde la estructura profeta-apóstol-Evangelio es determinante
para la forma de la liturgia de la Palabra. Así, gracias a esta
"presencia" en la liturgia de la Iglesia, el pensamiento del
Apóstol se convierte en seguida en nutrición espiritual para los fieles de
todos los tiempos. Es obvio que los Padres de la
Iglesia y después todos los teólogos se han nutrido de las Cartas de san
Pablo y de su espiritualidad. Él ha permanecido en los siglos, hasta hoy,
como verdadero maestro y apóstol de los gentiles. El primer comentario
patrístico llegado hasta nosotros sobre un escrito del Nuevo testamento es el
del gran teólogo alejandrino Orígenes, que comenta la Carta de san Pablo a
los Romanos. Este comentario por desgracia se conserva sólo en parte. San
Juan Crisóstomo, además de comentar sus Cartas, ha escrito de él sus siete
Panegíricos memorables. San Agustín le deberá el paso decisivo de su propia
conversión, y volverá a Pablo durante toda su vida. De este diálogo
permanente con el Apóstol deriva su gran teología católica y también para la
protestante de todos los tiempos. Santo Tomás de Aquino nos ha dejado un
bello comentario a las Cartas Paulinas, que representa el fruto más maduro de
la exegesis medieval. Un verdadero punto de inflexión se verificó en el siglo
XVI con la Reforma protestante. El momento decisivo en la vida de Lutero fue
el llamado "Turmerlebnis", (1517) en el que en un momento encontró
una nueva interpretación de la doctrina paulina de la justificación. Una
interpretación que lo liberó de los escrúpulos y de las ansias de su vida
precedente y que le dio una nueva, radical confianza en la bondad de Dios,
que perdona todo sin condición. Desde aquel momento, Lutero identificó el
legalismo judeo-cristiano, condenado por el Apóstol, con el orden de vida de
la Iglesia católica. Y la Iglesia le pareció como expresión de la esclavitud
de la ley a la que opuso la libertad del Evangelio. El Concilio de Trento,
entre 1545 y 1563, interpretó profundamente la cuestión de la justificación y
encontró en la línea de toda la tradición católica la síntesis entre ley y
Evangelio, conforme al mensaje de la Sagrada Escritura leída en su totalidad
y unidad. El siglo XIX, recogiendo la mejor
herencia de la Ilustración, conoció una nueva reviviscencia del paulinismo,
ahora sobre todo en el plano del trabajo científico desarrollado por la
interpretación histórico-crítica de la Sagrada Escritura. Prescindamos aquí
del hecho de que también en aquel siglo, como en el XX, emergió una verdadera
y propia denigración de san Pablo. Pienso sobre todo en Nietzsche, que se
burlaba de la teología de la humildad en san Pablo, oponiendo a ella su
teología del hombre fuerte y poderoso. Pero prescindamos de esto y veamos la
corriente esencial de la nueva interpretación científica de la Sagrada
Escritura y del nuevo paulinismo de este siglo. Aquí se subraya sobre todo
como central en el pensamiento paulino el concepto de libertad: en él se ha
visto el corazón del pensamiento de Pablo, como por otra parte ya había
intuido Lutero. Ahora sin embargo el concepto de libertad era reinterpretado
en el contexto del liberalismo moderno. Y después se subraya fuertemente la
diferenciación entre el anuncio de san Pablo y el anuncio de Jesús. Y san
Pablo aparece casi como un nuevo fundador del cristianismo. Es cierto que en
san Pablo la centralidad del Reino de Dios, determinante para el anuncio de
Jesús, se transforma en la centralidad de la cristología, cuyo punto
determinante es el misterio pascual. Y del misterio pascual resultan los Sacramentos
del Bautismo y de la Eucaristía, como presencia permanente de este misterio,
del que crece el Cuerpo de Cristo, se construye la Iglesia. Pero diría, sin
entrar ahora en detalles, que precisamente en la nueva centralidad de la
cristología y del misterio pascual se realiza el Reino de Dios, se hace
concreto, presente, operante el anuncio auténtico de Jesús. Hemos visto en
las catequesis precedentes que precisamente esta novedad paulina es la
fidelidad más profunda al anuncio de Jesús. En el progreso de la exégesis,
sobre todo en los últimos doscientos años, crecen también las convergencias
entre las exégesis católica y protestante, realizando así un consenso notable
precisamente en el punto que estaba en el origen de la mayor disensión
histórica. Por tanto una gran esperanza para la causa del ecumenismo, tan
central para el Concilio Vaticano II. Brevemente quisiera al final señalar
aún a los diversos movimientos religiosos, surgidos en la edad moderna en el
seno de la Iglesia católica, que se remiten a san Pablo. Así ha sucedido en
el siglo XVI con la "Congregación de san Pablo", llamada de los
Barnabitas, en el siglo XIX con los "Misioneros de San Pablo" o
Paulistas, y en el siglo XX con la poliédrica Familia paulina" fundada
por el beato Santiago Alberione , por no hablar del Instituto secular de la
"Compañía de san Pablo". Sustancialmente, permanece luminosa ante
nosotros la figura de un apóstol y de un pensador cristiano extremadamente
fecundo y profundo, de cuya cercanía cada uno de nosotros puede sacar
provecho. En uno de sus panegíricos, san Juan Crisóstomo instauró una
original comparación entre Pablo y Noé, expresándola así: Pablo "no
colocó juntos los ejes para fabricar un arca; más bien, en lugar de unir las
tablas de madera, compuso cartas y así extrajo de las aguas no a dos, o tres,
o cinco miembros de su porpia familia, sino a la entera ecumene que estaba a
punto de perecer" (Paneg. 1,5). Precisamente puede hacer aún y siempre
el apóstol Pablo. Tender hacia él, tanto a su ejemplo apostólico como a su
doctrina, será por tanto un estímulo, si no una garantía, para consolidar la
identidad cristiana de cada uno de nosotros y para la renovación de toda la
Iglesia. [Durante los saludos, añadió:] Sigue suscitando preocupación la
situación de Sri Lanka. Las noticias de un recrudecimiento
del conflicto y del creciente número de víctimas inocentes me inducen a
dirigir un apremiante llamamiento a los combatientes para que respeten le
derecho humanitario y la libertad de movimiento de la población, hagan lo
posible por garantizar la asistencia a los heridos y la seguridad de los
civiles y consientan la satisfacción de sus urgentes necesidades alimentarias
y médicas. La Virgen santa de Madhu, muy
venerada por los católicos y también por los pertenecientes a otras
religiones, apresure en día de la paz y de la reconciliación en ese querido
país. [Traducción del original italiano
por Inma Álvarez © Copyright 2009 - Libreria Editrice
Vaticana] |
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Un abrazo, y nuestras oraciones. Selección de noticias: Silvia de
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