Continuando
con el programa preparado para este año 2009 de los ya afamados conciertos de
música sacra que todos los meses tienen lugar en la catedral de San Isidro,
se anunció que el tercer concierto será el domingo 21 de junio a las 16.
En la oportunidad actuará la Academia Bach de Buenos Aires, que bajo la
dirección del maestro y organista Mario Videla, y la actuación del contratenor
Martín Oro, interpretará el Concierto en do menor, para órgano, cuerdas y
bajo continuo (1ra.audición) de Karl Heinrich Graun, que comprende:
“Motete Longe mala umbrae terrores”, de Antonio Vivaldi, y
“Cantata Widersrtehe doch der Sünde”, BWV 54 (1ra. Audición), de
Johann Sebastian Bach.
Cuarto concierto en julio
Monseñor Fernando María Cavaller, asesor de música sacra en la catedral de
San Isidro, que organiza y programa el ciclo de conciertos de música sacra,
adelantó que el cuarto concierto del ciclo será el domingo 19 de julio, a las
16, con la actuación del Ensamble Vocal e Instrumental de Buenos Aires,
dirigido por el maestro Alejandro Nuss. Interpretará
“Agnus Dei”, de Samuel Barber; “In the Beginning”, de
Aarón Copland; “Gott ist unsre Zuvericht”, de Weihnachtslied, y
“Psalmkonsert”, de Heinz Werner Zimmermann.
La catedral de San Isidro está en Adrián Béccar Varela 530, tel. (011)
4743-0291/4990.+
SANTA SEDE
Ciudad del Vaticano, 9 Jun. 09 (AICA)
El viernes 19 de junio, solemnidad del
Sagrado Corazón de Jesús, el papa Benedicto XVI presidirá en la basílica
vaticana, la celebración de las segundas vísperas de la solemnidad, con
ocasión de la apertura del Año Sacerdotal, que lleva por lema
“Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote".
En la basílica de San Pedro se expondrá la reliquia del Santo Cura de Ars
traída para esa ocasión por el obispo de Belley-Ars, monseñor Guy Bagnard.
El Pontífice clausurará este año jubilar el 19 de junio de 2010 tomando parte
en el "Encuentro Mundial Sacerdotal", que tendrá lugar en la Plaza
de San Pedro.
A lo largo de este año jubilar Benedicto XVI proclamará a San Juan María
Vianney "Patrono de todos los sacerdotes del mundo". Se publicará
además el "Directorio para los confesores y directores
espirituales", junto a una recopilación de textos del pontífice sobre
temas esenciales de la vida y de la misión sacerdotal en nuestra época.
La Congregación para el Clero, de acuerdo con los ordinarios diocesanos y los
superiores de los institutos religiosos, promoverá y coordinará las diversas
iniciativas espirituales y pastorales para subrayar la importancia del papel
y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea,
así como la necesidad de potenciar la formación permanente de los sacerdotes,
ligándola a la de los seminaristas.+
AICA
- Toda la información puede ser reproducida parcial o totalmente,
El Equipo Ambiente Sano de la
Pastoral Social de la Diócesis de San Isidro organiza el Primer Taller Piloto
de Promotores Ambientales. Se abordarán, cuestiones sobre residuos,
implicancias ambientales en la salud, legislación vigente, y cómo generar
participación y cambios de actitudes.
Tras un acuerdo de cooperación con
la Universidad Favaloro se vienen realizando anualmente encuestas
socio-sanitarias en distintas localidades afectadas de la zona norte, con la
participación de referentes vecinales. Estas comunidades son las primeras en
recibir la información resultante.
La encuesta es una importante
herramienta de evaluación, y la información se devuelve a los vecinos de los
barrios, a funcionarios públicos y a organizaciones de la sociedad civil;
además, actúa como disparador de acciones concretas y genera integración
social, un requisito indispensable para lograr el desarrollo de la comunidad.
De los sondeos efectuados, surgió
la necesidad de aumentar las capacidades de los vecinos, para facilitarles la
búsqueda de soluciones a la grave situación ambiental que padecen. En rigor,
la Pastoral Social trabaja desde hace varios años en temas relacionados con
la problemática socio-ambiental, fundamentalmente en las comunidades
vulneradas de la Cuenca del Río Reconquista.
Teniendo en cuenta las demandas de
los vecinos, el Equipo de Ambiente Sano diseñó cuatro talleres gratuitos, que
se desarrollarán en la Parroquia del Perpetuo Socorro, situada en Avda. Santa
María (Ruta 27) y Williams, de Rincón de Mylberg, Partido de Tigre, con
asesoramiento y aporte técnico y didáctico de profesionales en cada materia.
La duración de cada encuentro es de
alrededor de tres horas. El primero será el miércoles 18 de marzo a las 18,
y los tres restantes los miércoles sucesivos a la misma hora. Los
participantes que lo necesiten recibirán un viático. Para participar se
requiere inscripción previa por mail a: equipoambientesano@... o
por fax al 4743-5395, con los datos básicos personales.
Pastoral Social
Obispado de San
Isidro
Contacto de prensa:
Comunicación Pastoral Social: 4575-4218
AICA - BAIRES (Miércoles 25 de marzo de 2009) La Comisión Permanente
del Episcopado, presidida por el cardenal Jorge Mario Bergoglio, instó hoy a
“fortalecer la amistad social” y consideraron que frente al clima
de “conflictividad” y para “no alimentar la
confrontación” el camino “más sabio y oportuno para prevenirlas y
abordarlas es procurar consensos a través del diálogo”. Convocan a
asumir la “amenaza” de un posible crecimiento de la pobreza como
“el mayor desafío social” y piden “gestiones
solidarias” tanto del sector público como privado”.
A continuación el texto completo del mensaje de los obispo:
Fortalecer la amistad social
Acercándonos a la Semana Santa, en la que reviviremos los gestos del
infinito amor de Dios por nosotros, encarnados en la entrega de Jesús que
murió en la Cruz y resucitó para que podamos vivir como hijos de Dios, los
Obispos argentinos, reunidos en la Comisión Permanente, convocamos a todos
los ciudadanos a fortalecer la amistad social y las instituciones de la
Patria, porque “cuando priman intereses particulares sobre el bien
común, o cuando el afán de dominio se impone por encima del diálogo y la
justicia, se menoscaba la dignidad de las personas, e indefectiblemente crece
la pobreza en sus diversas manifestaciones”
Es un hecho que “toda democracia padece momentos de
conflictividad. En esas situaciones complejas, alimentar la confrontación
puede parecer el camino más fácil. Pero el modo más sabio y oportuno de
prevenirlas y abordarlas es procurar consensos a través del diálogo” .
Creemos que éste es el camino a recorrer. Debemos volver a afirmar en
este difícil momento que “sólo el diálogo hará posible concretar los
nuevos acuerdos para proyectar el futuro del país y un país con futuro. Ello
es fundamental en este tiempo, donde la crisis de la economía global implica
el riesgo de un nuevo crecimiento de la inequidad, que nos exige tomar
conciencia sobre la “dimensión social y política del problema de la
pobreza”. En este sentido, la promoción de políticas públicas es una
nueva forma de opción por nuestros hermanos más pobres y excluidos” . Esta
amenaza de posible crecimiento de la pobreza, en los próximos meses, es el
mayor desafío social que tenemos por delante y debe ser respondido por
gestiones solidarias tanto del sector público como del privado. La Argentina
sólo va a crecer con el esfuerzo, la unidad y la solidaridad de todos los
argentinos.
Hermanos, con sincero amor a nuestra patria y espíritu de servicio a
nuestro pueblo, pedimos a todos evitar las actitudes que nos enfrenten y
dividan, y que como tales generan un clima de confrontación propicio a la
violencia. El momento actual reclama diálogos sinceros y transparentes,
reconciliación de los argentinos y búsqueda de consensos que fortalezcan la
paz social.
Estas reflexiones que surgen de nuestra fe en Dios, el Padre de
todos, y de nuestro servicio pastoral las ponemos a los pies de nuestra Madre
de Luján, Patrona de nuestro pueblo.
Ha sido elegida la alemana Mary Prema como nueva Superiora General
CALCUTA, miércoles 25 de marzo de 2009 (ZENIT.org).- La hermana de
origen alemán Mary Prema fue elegida ayer como nueva superiora de las
Misioneras de la Caridad, la congregación fundada por la beata Teresa de Calcuta,
según dio a conocer la propia orden religiosa.
La elección ha tenido lugar durante el capítulo general de las
Misioneras de la Caridad, que comenzó el pasado 1 de febrero en Calcuta, y
que termina hoy, según recoge la agencia UCANews.
La nueva Superiora sustituye así a la hermana Nirmala Joshi, que
dirigía la congregación desde la muerte de la fundadora, en 1997. Sor Nirmala
había sido reelegida por tercera vez, pero según fuentes de la Congregación,
ella misma pidió ser relevada de sus obligaciones, por razones de salud y por
su deseo de dedicarse a una vida más contemplativa dentro de las Misioneras
de la Caridad.
De haber sido elegida por tercera vez, la elección habría debido ser
aprobada por el Papa, ya que los estatutos de la congregación prevén en
principio sólo una reelección.
En la elección han tomado parte 163 hermanas, de las que 74 son de
origen indio y el resto de otros países del mundo. Junto a la nueva
Superiora, han sido elegidas otras cuatro hermanas como consejeras.
Ejercicios espirituales
Por su parte, la Superiora saliente, sor Nirmala, fue invitada a
predicar unos ejercicios espirituales a los responsables de las Cáritas
diocesanas de Asia, en un encuentro previsto para el próximo mes de
septiembre en Taipei (Taiwán)
Este encuentro lo promueve el Consejo Pontificio "Cor
Unum", el organismo responsable de la coordinación de las actividades
caritativas de la Iglesia católica, quien ya convocó un encuentro similar
para América Latina en Guadalajara (México) en junio de 2008.
Fuentes de este dicasterio han confirmado a Zenit que sor Nirmala no
ha declinado esta invitación, y que por tanto será ella quien predique los
ejercicios espirituales, como estaba previsto, junto con otros prelados del
continente asiático.
Palabras del Papa a los periodistas durante el vuelo de vuelta a
Roma
CIUDAD DEL VATICANO, martes 24 de marzo de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación las palabras que el Papa dirigió a los periodistas que le
acompañaban, ayer durante el vuelo de vuelta a Roma, mientras el aparato
sobrevolaba aún Yaoundé. La intervención completa ha sido hecha pública hoy
por la Santa Sede.
******
Queridos amigos, veo que aún trabajáis. Mi trabajo casi ha
terminado, en cambio el vuestro empieza otra vez. Gracias por vuestro empeño.
Se han grabado en mi memoria sobre todo dos impresiones: por una
parte la impresión de esta cordialidad casi exuberante, de esta alegría, de
una África en fiesta, y me parece que en el Papa han visto, digamos, la
personificación del hecho que somos hijos y familia de Dios. Existe esta
familia y nosotros con todos los límites estamos en esta familia y Dios está
con nosotros. Y así la presencia del Papa ha ayudado a sentir esto.
Y por otra parte me ha impresionado mucho el espíritu de
recogimiento en la liturgia, el fuerte sentido de lo sagrado: en la liturgia
no hay autopresentación de los grupos, autoanimación, pero está la presencia
de lo sagrado, de Dios mismo; también los movimientos eran siempre
movimientos de respeto y de consciencia de la presencia divina. Esto me ha
impresionado mucho.
Tengo que decir que me ha afectado mucho el hecho de que el
sábado en el caos que se formó al ingreso del estadio murieran dos chicas. He
rezado y rezo por ellas. Otros dos recuerdos grabados en mi memoria: un
recuerdo especial – habría que mencionar tantos- es el centro del
Cardenal Lége: me ha tocado el corazón ver aquí el mundo de tantos
sufrimientos, todo el sufrimiento, la tristeza, la pobreza de la existencia
humana, pero también ver cómo el Estado y la Iglesia colaboran para ayudar a
los que sufren.
Por una parte el Estado gestiona de modo ejemplar este gran
centro, por otra parte, movimientos eclesiales y la realidad de la Iglesia
colaboran para ayudar realmente a estas personas. Y me parece que se nota,
que el hombre que ayuda al que sufre es más hombre, el mundo es más humano:
esto queda escrito en mi memoria.
También hemos distribuido el Instrumentum laboris para el
Sínodo y hemos trabajado para el Sínodo. En la tarde del día de San José me
he reunido con los componentes del Consejo para el Sínodo -12 obispos- y cada
uno ha hablado de la situación de su iglesia local, de sus propuestas, de sus
expectativas y así ha nacido una idea muy rica de la realidad de la Iglesia
en África, cómo se mueve y sufre, qué hace, cuáles son las esperanzas, los
problemas.
Podría contar mucho, por ejemplo que la Iglesia de Sudáfrica,
que ha tenido una experiencia de difícil reconciliación, pero en gran parte
ya conseguida, ayuda ahora con sus experiencias al intento de reconciliación
en Burundi y busca hacer algo parecido, aunque con grandísima dificultad, en
Zimbabwe. Buen viaje a todos. ¡Gracias!
[Traducción del original italiano por H2Onews.org]
La
inscripción para la confirmación de jóvenes de 15 años o mayores, se
realizará los viernes 3 y 17 de abril de 18.30 a 20 hs en los salones
parroquiales. Alvear 1056
Preparación para recibir el
sacramento de la Eucaristía.
(Primera Comunión)
La edad mínima para la inscripción
es la de tercer año de la EPB. No es requisito el estar bautizado.
Días y horarios para la inscripción:
Martes: 10 y 17 de
marzo de 9.30 a 11 hs.
Jueves: 12, 19 y 26
de marzo de 16 a 18 hs.
Acercarse a los salones
Parroquiales. Alvear 1056.
Eventualmente, si por razones
laborales estos horarios le imposibilitan concurrir a realizar la inscripción
por la tarde, podrá acercarse por la mañana a la secretaría Parroquial en
esas mismas fechas.
Buenos
Aires, 14 Mar. 09 (AICA): El Santo Padre, Benedicto XVI, creó la Prelatura de
Esquel, en la provincia del Chubut, y nombró al padre José Slaby, C.Ss.R.,
polaco de 51 años, actual párroco y Superior de la Comunidad Redentorista de
Esquel, como primer Obispo-Prelado de esta nueva circunscripción eclesiástica
argentina.
La noticia fue dada a conocer por el nuncio apostólico, monseñor Adriano
Bernardini, a través de la agencia AICA, en forma simultánea con la
publicación en Roma mediante “L’Osservatore Romano”.
Con la creación de la prelatura de Esquel, la Argentina cuenta con 72
circunscripciones eclesiásticas: 14 arquidiócesis, 47 diócesis, 4 prelaturas
territoriales, 3 eparquías (diócesis orientales), 1 exarcado (prelatura
oriental), 2 ordinariatos, y 1 vicaría de la prelatura personal del Opus Dei.
La
Prelatura de Esquel
El territorio de la Prelatura de Esquel, en la provincia del Chubut,
desmembrado de la diócesis de Comodoro Rivadavia que hasta ahora abarcaba
toda la provincia, comprende los departamentos de Paso de Indios (22.300
km2), Cushamen (16.250 km2), Languiñeo (15.339 km2), Tehuelches (14.750 km2),
y Futaleufú, en el que está la ciudad de Esquel y el Parque Nacional Los
Alerces (9.435 km2), con una superficie total de 78.074 kilómetros cuadrados,
y una población de 64.608 habitantes, según el último censo nacional de 2001,
con una densidad de menos del uno por ciento por kilómetro cuadrado.
La prelatura de Esquel limita al norte con la diócesis de San Carlos de
Bariloche, al este con la República de Chile tras la cordillera de los Andes,
y al este y al sur con la diócesis de Comodoro Rivadavia.
La nueva jurisdicción eclesiástica cuenta con 6 parroquias (3 en Esquel, y
una en El Maitén, Lago Puelo y Gobernador Costa), y 2 cuasi-parroquias, en
las localidades de Paso del Sapo y Trevelín, atendidas por Religiosas
Misioneras de San Juan Bautista.
En la ciudad de Esquel los padres salesianos tienen a su cargo el colegio San
Luis Gonzaga.
La nueva Prelatura cuenta con cuatro comunidades de Religiosos (Una de
salesianos y tres de redentoristas), y tres de Religiosas (una de
Franciscanas Misioneras de María y dos de Misioneras de San Juan Bautista).
Datos
biográficos de Mons. José Slaby
Nació en Zeleznikowa, diócesis de Tarnow (Polonia) el 1º de marzo de 1958,
segundo de los diez hijos de una familia polaca muy religiosa. Sus padres
viven en Polonia. Dos de sus hermanos son, como él, sacerdotes redentoristas.
Uno está en la parroquia Nuestra Señora de Lourdes, en Quilmes, y el otro es
misionero en la isla de Santa Lucía, en el Caribe. Los demás viven en
Polonia.
Cursó los estudios primarios en su pueblo natal y los secundarios en la
ciudad de Stary Sacz. Concluidos éstos, entró en el Seminario de los
Misioneros Redentoristas en la ciudad de Tuchow, donde hizo sus primeros
votos religiosos el 2 de febrero de 1979, y su profesión perpetua el 15 de
agosto de 1983.
Fue ordenado sacerdote el 17 de junio de 1984 en Tuchow, por monseñor Jerzy
Ablewicz, obispo de Tarnów.
En 1985 comenzó su misión en la Argentina, en la comunidad redentorista de Quilmes.
De 1987 a 1991 tuvo la responsabilidad de la formación de los seminaristas
redentoristas que viven en la Casa de Formación Santísimo Redentor y estudian
en el Seminario Arquidiocesano de La Plata. En este período llevó a cabo la
construcción del complejo Santísimo Redentor en la capital bonaerense.
En 1992 fue nombrado primero vicario y luego párroco de San Vicente de Paúl,
en la localidad de San Vicente, diócesis de Puerto Iguazú (provincia de
Misiones).
En 1996 volvió a Quilmes como superior de la comunidad redentorista, párroco
de Nuestra Señora de Lourdes y representante legal del colegio Nuestra Señora
de Lourdes y del Instituto San Alfonso, de Quilmes. Al mismo tiempo se
desempeñaba como vicario de la Viceprovincia redentorista de Resistencia, de
la que en 2004 fue elegido Superior.
Desde el 20 de enero de 2008 es superior de la comunidad redentorista de
Esquel y párroco de Santa María de los Ángeles.+
CARTA DE SU
SANTIDAD BENEDICTO XVI A LOS OBISPOS DE LA IGLESIA CATÓLICA
SOBRE LA REMISIÓN DE LA EXCOMUNIÓN
DE LOS CUATRO OBISPOS
CONSAGRADOS POR EL ARZOBISPO
LEFEBVRE
Queridos Hermanos en el ministerio
episcopal
La remisión de la excomunión a los
cuatro Obispos consagrados en el año 1988 por el Arzobispo Lefebvre sin
mandato de la Santa Sede, ha suscitado por múltiples razones dentro y fuera
de la Iglesia católica una discusión de una vehemencia como no se había visto
desde hace mucho tiempo. Muchos Obispos se han sentido perplejos ante un
acontecimiento sucedido inesperadamente y difícil de encuadrar positivamente
en las cuestiones y tareas de la Iglesia de hoy. A pesar de que muchos
Obispos y fieles estaban dispuestos en principio a considerar favorablemente
la disposición del Papa a la reconciliación, a ello se contraponía sin
embargo la cuestión sobre la conveniencia de dicho gesto ante las verdaderas
urgencias de una vida de fe en nuestro tiempo. Algunos grupos, en cambio,
acusaban abiertamente al Papa de querer volver atrás, hasta antes del
Concilio. Se desencadenó así una avalancha de protestas, cuya amargura
mostraba heridas que se remontaban más allá de este momento. Por eso, me
siento impulsado a dirigiros a vosotros, queridos Hermanos, una palabra
clarificadora, que debe ayudar a comprender las intenciones que me han guiado
en esta iniciativa, a mí y a los organismos competentes de la Santa Sede.
Espero contribuir de este modo a la paz en la Iglesia.
Una contrariedad para mí
imprevisible fue el hecho de que el caso Williamson se sobrepusiera a la
remisión de la excomunión. El gesto discreto de misericordia hacia los cuatro
Obispos, ordenados válidamente pero no legítimamente, apareció de manera
inesperada como algo totalmente diverso: como la negación de la
reconciliación entre cristianos y judíos y, por tanto, como la revocación de
lo que en esta materia el Concilio había aclarado para el camino de la
Iglesia. Una invitación a la reconciliación con un grupo eclesial implicado
en un proceso de separación, se transformó así en su contrario: un aparente
volver atrás respecto a todos los pasos de reconciliación entre los
cristianos y judíos que se han dado a partir del Concilio, pasos compartidos
y promovidos desde el inicio como un objetivo de mi trabajo personal
teológico. Que esta superposición de dos procesos contrapuestos haya sucedido
y, durante un tiempo haya enturbiado la paz entre cristianos y judíos, así
como también la paz dentro de la Iglesia, es algo que sólo puedo lamentar
profundamente. Me han dicho que seguir con atención las noticias accesibles
por Internet habría dado la posibilidad de conocer tempestivamente el
problema. De ello saco la lección de que, en el futuro, en la Santa Sede
deberemos prestar más atención a esta fuente de noticias. Me ha entristecido
el hecho de que también los católicos, que en el fondo hubieran podido saber
mejor cómo están las cosas, hayan pensado deberme herir con una hostilidad
dispuesta al ataque. Justamente por esto doy gracias a los amigos judíos que
han ayudado a deshacer rápidamente el malentendido y a restablecer la
atmósfera de amistad y confianza que, como en el tiempo del Papa Juan Pablo
II, también ha habido durante todo el período de mi Pontificado y, gracias a
Dios, sigue habiendo.
Otro desacierto, del cual me lamento
sinceramente, consiste en el hecho de que el alcance y los límites de la
iniciativa del 21 de enero de 2009 no se hayan ilustrado de modo
suficientemente claro en el momento de su publicación. La excomunión afecta a
las personas, no a las instituciones. Una ordenación episcopal sin el mandato
pontificio significa el peligro de un cisma, porque cuestiona la unidad del
colegio episcopal con el Papa. Por esto, la Iglesia debe reaccionar con la sanción
más dura, la excomunión, con el fin de llamar a las personas sancionadas de
este modo al arrepentimiento y a la vuelta a la unidad. Por desgracia, veinte
años después de la ordenación, este objetivo no se ha alcanzado todavía. La
remisión de la excomunión tiende al mismo fin al que sirve la sanción:
invitar una vez más a los cuatro Obispos al retorno. Este gesto era posible
después de que los interesados reconocieran en línea de principio al Papa y
su potestad de Pastor, a pesar de las reservas sobre la obediencia a su
autoridad doctrinal y a la del Concilio. Con esto vuelvo a la distinción
entre persona e institución. La remisión de la excomunión ha sido un
procedimiento en el ámbito de la disciplina eclesiástica: las personas venían
liberadas del peso de conciencia provocado por la sanción eclesiástica más
grave. Hay que distinguir este ámbito disciplinar del ámbito doctrinal. El
hecho de que la Fraternidad San Pío X no posea una posición canónica en la
Iglesia, no se basa al fin y al cabo en razones disciplinares sino
doctrinales. Hasta que la Fraternidad non tenga una posición canónica en la
Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia.
Por tanto, es preciso distinguir entre el plano disciplinar, que concierne a
las personas en cuanto tales, y el plano doctrinal, en el que entran en juego
el ministerio y la institución. Para precisarlo una vez más: hasta que las
cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene
ningún estado canónico en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido
liberados de la sanción eclesiástica, no ejercen legítimamente ministerio
alguno en la Iglesia.
A la luz de esta situación, tengo la
intención de asociar próximamente la Pontificia Comisión "Ecclesia
Dei", institución competente desde 1988 para esas comunidades y personas
que, proviniendo de la Fraternidad San Pío X o de agrupaciones similares,
quieren regresar a la plena comunión con el Papa, con la Congregación para la
Doctrina de la Fe. Con esto se aclara que los problemas que deben ser
tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre
todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar
de los Papas. Los organismos colegiales con los cuales la Congregación estudia
las cuestiones que se presentan (especialmente la habitual reunión de los
Cardenales el miércoles y la Plenaria anual o bienal) garantizan la
implicación de los Prefectos de varias Congregaciones romanas y de los
representantes del Episcopado mundial en las decisiones que se hayan de
tomar. No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año
1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad. Pero a algunos de los
que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar
también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la
Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada
en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol
vive.
Espero, queridos Hermanos, que con
esto quede claro el significado positivo, como también sus límites, de la
iniciativa del 21 de enero de 2009. Sin embargo, queda ahora la cuestión:
¿Era necesaria tal iniciativa? ¿Constituía realmente una prioridad? ¿No hay
cosas mucho más importantes? Ciertamente hay cosas más importantes y
urgentes. Creo haber señalado las prioridades de mi Pontificado en los
discursos que pronuncié en sus comienzos. Lo que dije entonces sigue siendo
de manera inalterable mi línea directiva. La primera prioridad para el
Sucesor de Pedro fue fijada por el Señor en el Cenáculo de manera inequívoca:
"Tú… confirma a tus hermanos" (Lc 22,32). El mismo Pedro
formuló de modo nuevo esta prioridad en su primera Carta: "Estad siempre
prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere"
(1 Pe 3,15). En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe
está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento,
la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este
mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino
al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor
llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y
resucitado. El auténtico problema en este momento actual de la historia es
que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz
que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de
orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto.
Conducir a los hombres hacia Dios,
hacia el Dios que habla en la Biblia: Ésta es la prioridad suprema y
fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo. De esto se
deriva, como consecuencia lógica, que debemos tener muy presente la unidad de
los creyentes. En efecto, su discordia, su contraposición interna, pone en
duda la credibilidad de su hablar de Dios. Por eso, el esfuerzo con miras al
testimonio común de fe de los cristianos –al ecumenismo– está
incluido en la prioridad suprema. A esto se añade la necesidad de que todos
los que creen en Dios busquen juntos la paz, intenten acercarse unos a otros,
para caminar juntos, incluso en la diversidad de su imagen de Dios, hacia la
fuente de la Luz. En esto consiste el diálogo interreligioso. Quien anuncia a
Dios como Amor "hasta el extremo" debe dar testimonio del amor.
Dedicarse con amor a los que sufren, rechazar el odio y la enemistad, es la
dimensión social de la fe cristiana, de la que hablé en la Encíclica Deus
caritas est.
Por tanto, si el compromiso
laborioso por la fe, por la esperanza y el amor en el mundo es en estos
momentos (y, de modos diversos, siempre) la auténtica prioridad para la
Iglesia, entonces también forman parte de ella las reconciliaciones pequeñas
y medianas. Que el humilde gesto de una mano tendida haya dado lugar a un
revuelo tan grande, convirtiéndose precisamente así en lo contrario de una
reconciliación, es un hecho del que debemos tomar nota. Pero ahora me
pregunto: ¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir
al encuentro del hermano que "tiene quejas contra ti" (cf. Mt
5,23s) y buscar la reconciliación? ¿Acaso la sociedad civil no debe intentar
también prevenir las radicalizaciones y reintegrar a sus eventuales partidarios
–en la medida de lo posible- en las grandes fuerzas que plasman la vida
social, para evitar su segregación con todas sus consecuencias? ¿Puede ser
totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y
restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para
el conjunto? Yo mismo he visto en los años posteriores a 1988 cómo, mediante
el regreso de comunidades separadas anteriormente de Roma, ha cambiado su
clima interior; cómo el regreso a la gran y amplia Iglesia común ha hecho
superar posiciones unilaterales y ablandado rigideces, de modo que luego han
surgido fuerzas positivas para el conjunto. ¿Puede dejarnos totalmente
indiferentes una comunidad en la cual hay 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6
seminarios, 88 escuelas, 2 institutos universitarios, 117 hermanos, 164
hermanas y millares de fieles? ¿Debemos realmente dejarlos tranquilamente ir
a la deriva lejos de la Iglesia? Pienso por ejemplo en los 491 sacerdotes. No
podemos conocer la trama de sus motivaciones. Sin embargo, creo que no se
hubieran decidido por el sacerdocio si, junto a varios elementos
distorsionados y enfermos, no existiera el amor por Cristo y la voluntad de
anunciarlo y, con Él, al Dios vivo. ¿Podemos simplemente excluirlos, como
representantes de un grupo marginal radical, de la búsqueda de la
reconciliación y de la unidad? ¿Qué será de ellos luego?
Ciertamente, desde hace mucho tiempo
y después una y otra vez, en esta ocasión concreta hemos escuchado de
representantes de esa comunidad muchas cosas fuera de tono: soberbia y
presunción, obcecaciones sobre unilateralismos, etc. Por amor a la verdad,
debo añadir que he recibido también una serie de impresionantes testimonios
de gratitud, en los cuales se percibía una apertura de los corazones. ¿Acaso
no debe la gran Iglesia permitirse ser también generosa, siendo consciente de
la envergadura que posee; en la certeza de la promesa que le ha sido
confiada? ¿No debemos como buenos educadores ser capaces también de dejar de
fijarnos en diversas cosas no buenas y apresurarnos a salir fuera de las
estrecheces? ¿Y acaso no debemos admitir que también en el ámbito eclesial se
ha dado alguna salida de tono? A veces se tiene la impresión de que nuestra
sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia
alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno
intenta acercársele –en este caso el Papa– también él pierde el
derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni
reservas.
Queridos Hermanos, por
circunstancias fortuitas, en los días en que me vino a la mente escribir esta
carta, tuve que interpretar y comentar en el Seminario Romano el texto de Ga
5,13-15. Percibí con sorpresa la inmediatez con que estas frases nos hablan
del momento actual: «No una libertad para que se aproveche el egoísmo; al
contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se
concentra en esta frase: "Amarás al prójimo como a ti mismo". Pero,
atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por
destruiros mutuamente». Siempre fui propenso a considerar esta frase como una
de las exageraciones retóricas que a menudo se encuentran en San Pablo. Bajo
ciertos aspectos puede ser también así. Pero desgraciadamente este
"morder y devorar" existe también hoy en la Iglesia como expresión
de una libertad mal interpretada. ¿Sorprende acaso que tampoco nosotros
seamos mejores que los Gálatas? Que ¿quizás estemos amenazados por las mismas
tentaciones? ¿Que debamos aprender nuevamente el justo uso de la libertad? ¿Y
que una y otra vez debamos aprender la prioridad suprema: el amor? En el día
en que hablé de esto en el Seminario Mayor, en Roma se celebraba la fiesta de
la Virgen de la Confianza. En efecto, María nos enseña la confianza. Ella nos
conduce al Hijo, del cual todos nosotros podemos fiarnos. Él nos guiará,
incluso en tiempos turbulentos. De este modo, quisiera dar las gracias de
corazón a todos los numerosos Obispos que en este tiempo me han dado pruebas
conmovedoras de confianza y de afecto y, sobre todo, me han asegurado sus
oraciones. Este agradecimiento sirve también para todos los fieles que en
este tiempo me han dado prueba de su fidelidad intacta al Sucesor de San
Pedro. El Señor nos proteja a todos nosotros y nos conduzca por la vía de la
paz. Es un deseo que me brota espontáneo del corazón al comienzo de esta
Cuaresma, que es un tiempo litúrgico particularmente favorable a la
purificación interior y que nos invita a todos a mirar con esperanza renovada
al horizonte luminoso de la Pascua.
Afiche de la Campaña por el sostenimiento de la Iglesia 2009
Los obispos argentinos reiteraron el llamado a “una
participación más generosa” a cada uno de los católicos, a fin de que
ofrezcan sus “dones personales y materiales, al servicio de la obra
evangelizadora de la Iglesia”.
“Mucho hacemos entre todos por el bien de los demás. Y sin
embargo nos urge la responsabilidad compartida de anunciar a Jesús en todas
partes, para que por la fe y el amor crezca su Reino, que es justicia, paz y
gozo en el Espíritu Santo”, recuerdan en la carta con motivo de la
Campaña sobre el Sostenimiento de la Iglesia 2009.
Los prelados invitan nuevamente “a pensar en el sostenimiento
de la Iglesia, desde la experiencia del amor de Dios. Es una tarea de
todos”.
“En Jesús hemos conocido la vida íntima de Dios, que es comunión
de tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este es el regalo más
precioso que nos ofrece, a través de la muerte y resurrección del Señor. Así
comparte con nosotros su misma vida divina, que nos hace hijos suyos y
hermanos entre nosotros”, señalan.
Tras reconocer que “vivimos hoy en un mundo necesitado de
justicia, concordia, y amistad social; de vida digna y plena para
todos”, responden a la pregunta “qué servicio ofrece” la
Iglesia.
“Quizás ya participás o estás cerca de algunas actividades de
la Iglesia. Pero el amor de Cristo nos apremia. Cada fiel cristiano ha de ser
testigo y constructor de comunión, en su familia, barrio, y trabajo; en la
comunidad parroquial, y como ciudadano responsable en esta querida
Nación”, insisten.
Por último, los obispos subrayan: “Todos somos la Iglesia. Es
tiempo de compartir lo que somos y tenemos, para que el mundo crea y tenga
vida en abundancia. Muchas y graves formas de pobreza nos afligen, y la
Palabra de Dios nos interpela: ‘Ya conocen la generosidad de nuestro
Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de
enriquecernos con su pobreza’”.
“Somos hermanos, seamos familia, hagamos Iglesia”, será
el lema que inspirará las jornadas del sábado 21 y domingo 22 de marzo,
fechas en las que se realizará la 5º Campaña sobre el Sostenimiento de la
Iglesia.
La iniciativa puede diferir en la fecha, como ocurre en la
arquidiócesis de Buenos Aires, que está prevista para los días 25 y 26 de
abril.
Informes: Balcarce 236, cuarto piso, C1064AAF Buenos Aires, teléfono
(011) 4343-1960/4343-2701 o por correo electrónico info@... , y
en la página de Internet www.compartir.org.ar .+
De
la Capilla Musical "Sixtina" y del Pontificio Instituto de Música
Sacra
CIUDAD
DEL VATICANO, viernes, 6 marzo 2009 (ZENIT.org).- Con el objetivo de ayudar a
personas de todo el mundo a vivir el espíritu de recogimiento propio de la
Cuaresma, la Santa Sede ha publicado en Internet composiciones sacras propias
de este período litúrgico.
En
una sección cuaresmal especial, por una parte es posible escuchar himnos
litúrgicos interpretados por la Capilla Musical "Sixtina", el coro
más antiguo en este género, que desde hace siglos interpreta todas las partes
musicales en las celebraciones litúrgicas del obispo de Roma.
La
página ofrece cinco himnos cuaresmales, con la letra y la música, entre los
que se encuentran "Me invocará y le escucharé", o "Señor,
muéstrame tu rostro".
Monseñor
Giuseppe Liberto, director de la Capilla Musical "Sixtina", en una
reciente conversación mantenida con Renzo Allegri y publicada por ZENIT,
explicaba que esta música no ha sido compuesta "para un concierto o para
un espectáculo. Esta música nace para la liturgia". Por eso, explica, él
no califica a esta música como "música sacra", sino que prefiere la
expresión "música santa" (CF. ZENIT 1 de marzo y 2 de marzo de
2009).
La
página web cuaresmal del Vaticano también ofrece pasajes interpretados por el
Instituto Pontificia de Música Sacra de Roma, institución académica y
científica erigida por la Santa Sede, cuyo preside es monseñor Valentín
Miserachs Grau.
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 10 de
marzo de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la intervención del Papa
hoy durante la Audiencia General, ante los miles de peregrinos congregados en
la Plaza de San Pedro para la audiencia general de los miércoles.
***
Queridos hermanos y hermanas,
hoy nos detenemos en un gran
misionero del siglo VIII, que difundió el cristianismo en Europa central,
precisamente también en mi patria: san Bonifacio, que ha pasado a la historia
como “el apóstol de los Germanos”. Poseemos no pocas noticias de
su vida gracias a la diligencia de sus biógrafos: nació de una familia
anglosajona en Wessex alrededor del 675 y fue bautizado con el nombre de
Winfrido. Entró muy joven en el monasterio, atraído por el ideal monástico.
Poseyendo notables capacidades intelectuales, parecía dirigido a una
tranquila y brillante carrera de estudioso: fue profesor de gramática latina,
escribió algunos tratados, compuso también varias poesías en latín. Ordenado
sacerdote a la edad de cerca de treinta años, se sintió llamado al apostolado
entre los paganos del continente. Gran Bretaña, su tierra, evangelizada hacía
apenas cien años por los Benedictinos guiados por san Agustín, mostraba una
fe tan sólida y una caridad tan ardiente que enviaba misioneros a Europa
central para anunciar allí el Evangelio. En el 716 Winfrido, con algunos
compañeros, se dirgió a Frisia (la actual Holanda), pero se topó con la
oposición del jefe local y el tentativo de evangelización fracasó. Vuelto a
su patria, no perdió los ánimos y dos años después fue a Roma para hablar con
el papa Gregorio II y recibir directrices. El Papa, según el relato de un
biógrafo, lo acogió “con el rostro sonriente y con la mirada llena de
dulzura”, y en los días siguientes mantuvo con él “coloquios
importantes” (Willibaldo, Vita S. Bonifatii, ed. Levison, pp. 13-14) y
finalmente, tras haberle impuesto de nuevo el nombre de Bonifacio, le confió
con cartas oficiales la misión de predicar el Evangelio entre los pueblos de
Alemania.
Confortado y sostenido por el apoyo
del Papa, Bonifacio se empeñó en la predicación del Evangelio en aquellas
regiones, luchando contra los cultos paganos y reforzando las bases de la
moralidad humana y cristiana. Con gran sentido del deber escribía en una de
sus cartas: “Estamos firmes en la lucha en el día del Señor, porque han
llegado días de aflicción y miseria... ¡No somos perros mudos, ni
observadores taciturnos, ni mercenarios que huyen ante los lobos! Somos en
cambio pastores diligentes que velan por el rebaño de Cristo, que anuncian a
las personas importantes y a las normales, a los ricos y a los pobres la
voluntad de Dios... en los tiempos oportunos e inoportunos...”
(Epistulae, 3,352.354: MGH). Con su actividad incansable, con sus dotes
organizadores, con su carácter dúctil y amable a pesar de su firmeza,
Bonifacio obtuvo grandes resultados. El papa entonces “declaró que
quería imponerle la dignidad episcopal, para que así pudiese con mayor
determinación corregir y devolver al camino de la verdad a los equivocados,
se sintiera apoyado por la mayor autoridad de la dignidad apostólica y fuese
más aceptado por todos en el oficio de la predicación cuanto más parecía que
por este motivo había sido ordenado por el prelado apostólico” (Otloho,
Vita S. Bonifatii, ed. Levison, lib. I, p. 127).
Fue el mismo Sumo Pontífice quien
consagró “Obispo regional” -es decir, para toda Alemania- a
Bonifacio, el cual retomó sus fatigas apostólicas en los territorios
confiados a él y extendió su acción también a la Iglesia de la Galia: con
gran prudencia restauró la disciplina eclesiástica, convocó varios sínodos
para garantizar la autoridad de los sagrados cánones, reforzó la necesaria
comunión con el Romano Pontífice: un punto que le llevaba especialmente en el
corazón. También los sucesores del papa Gregorio II le tuvieron en altísima
consideración: Gregorio III lo nombró arzobispo de todas las tribus
germánicas, le envió el palio y le dio facultad de organizar la jerarquía
eclesiástica en aquellas regiones(cf Epist. 28: S. Bonifatii Epistulae, ed.
Tangl, Berolini 1916); el papa Zacarías le confirmó en su cargo y alabó su
labor (cfr Epist. 51, 57, 58, 60, 68, 77, 80, 86, 87, 89: op. cit.); el papa
Esteban III, apenas elegido, recibió de él una carta en la que le expresaba
su filial obsequio (cfr Epist. 108: op. cit.).
El gran obispo, además de este
trabajo de evangelización y de organización de la Iglesia mediante la
fundación de diócesis y la celebración de Sínodos, no dejó de favorecer la
fundación de varios monasterios, masculinos y femeninos, para que fuesen como
un faro para irradiar la fe y la cultura humana y cristiana en el territorio.
De los cenobios benedictinos de su patria había llamado monjes y monjas que
prestaron una ayuda validísima y preciosa en la tarea de anunciar el Evangelio
y de difundir las ciencias humanas y las artes entre las poblaciones. Él de
hecho consideraba que el trabajo por el Evangelio debía ser también trabajo
por una verdadera cultura humana. Sobre todo el monasterio de Fulda -fundado
hacia el 743- fue el corazón y en centro de irradiación de la espiritualidad
y de la cultura religiosa: allí los monjes, en la oración, en el trabajo y en
la penitencia, se esforzaban por tender a la santidad, se formaban en el
estudio de disciplinas sagradas y profanas, se preparaban para el anuncio del
Evangelio, para ser misioneros. Por mérito por tanto de Bonifacio, de sus
monjes y de sus monjas -también las mujeres tuvieron una parte muy importante
en esta obra de evangelización- floreció también esa cultura humana que es
inseparable de la fe y que revela su belleza. El mismo Bonifacio nos ha
dejado significativas obras intelectuales. Ante todo su copioso epistolario,
donde las cartas pastorales se alternan con las cartas oficiales y las de
carácter privado, que revelan hechos sociales y sobre todo su rico
temperamento humano y su profunda fe. Compuso también un tratado de Ars
grammatica, en el que explicaba las declinaciones, los verbos y la sintaxis
del latín, pero que para él era también un instrumento para difundir la fe y
la cultura. Le atribuyen también un Ars metrica, es decir, una introducción a
cómo hacer poesía, y varias composiciones poéticas y finalmente una colección
de 165 sermones.
Aunque era ya avanzado en años
-estaba cerca de los 80- se preparó para una nueva misión evangelizadora: con
unos cincuenta monjes volvió a Frisia, donde había empezado su obra. Casi
como presagio de su muerte inminente, aludiendo al viaje de la vida, escribía
a su discípulo y sucesor en la sede de Maguncia, el obispo Lullo: “Deseo
llevar a término el propósito de este viaje, no puedo en modo alguno
renunciar al deseo de partir. Está cerca el día de mi fin y se aproxima el
tiempo de mi muerte; dejado el despojo mortal, subiré al premio eterno. Pero
tú, hijo queridísimo, llama sin pausa al pueblo del laberinto del error,
lleva a cabo la edificación de la ya comenzada basílica de Fulda, y allí
depositarás mi cuerpo envejecido por largos años de vida” (Willibaldo,
Vita S. Bonifatii, ed. cit., p. 46). Mientras estaba comenzando la celebración
de la misa en Dokkum (en la actual Holanda septentrional), el 5 de junio del
754 fue asaltado por una banda de paganos. Él, poniéndose delante con frente
serena, “prohibió a los suyos que combatieran diciendo: 'Cesad, hijos,
de combatir, abandonad la guerra, porque el testimonio de la Escritura nos
advierte que no devolvamos mal por mal, sino bien por mal. Este es el día
deseado hace tiempo, ha llevado el tiempo de nuestro final. ¡Ánimo en el
Señor!'” (Ibid. pp. 49-50). Fueron sus últimas palabras antes de caer
bajo los golpes de sus agresores. Los despojos del obispo mártir fueron
llevados al monasterio de Fulda, donde recibieron digna sepultura. Ya uno de
sus primeros biógrafos se expresó sobre él con esta afirmación: “El
santo obispo Bonifacio puede llamarse padre de todos los habitantes de
Alemania, porque fue el primero en engendrarlos a Cristo con la palabra de su
santa predicación, les confirmó con el ejemplo y finalmente dio la vida por
ellos, caridad mayor que esta no puede darse” (Otloho, Vita S.
Bonifatii, ed. cit., lib. I, p. 158).
A distancia de siglos, ¿qué mensaje
podemos recoger de la enseñanza y de la actividad prodigiosa de este gran
misionero y mártir? Una primera evidencia se impone a quien se acerca a
Bonifacio: la centralidad de la palabra de Dios, vivida e interpretada en la
fe de la Iglesia, Palabra que él vivió, predicó, testimonió hasta el don
supremo de sí mismo en el martirio. Estaba tan apasionado de la Palabra de
Dios que sentía la urgencia y el deber de llevarla a los demás, incluso con
riesgo personal suyo. Sobre ella apoyaba la fe en cuya difusión se había
empeñado solemnemente en el momento de su consagración episcopal: “Yo
profeso íntegramente la pureza de la santa fe católica y con la ayuda de Dios
quiero permanecer en la unidad de esta fe, en la que sin duda alguna está
toda la salvación de los cristianos” (Epist. 12, in S. Bonifatii
Epistolae, ed. cit., p. 29). La segunda evidencia, muy importante, que emerge
de la vida de Bonifacio es su fiel comunión con la Sede Apostólica, que era
un punto firme y central en su trabajo misionero, él siempre conservó tal
comunión como regla de su misión y la dejó casi como su testamento. En una
carta al papa Zacarías afirmaba: “Yo no dejo nunca de invitar y de
someter a la obediencia de la Sede Apostólica a aquellos que quieren
permanecer en la fe católica y en la unidad de la Iglesia romana y a todos
aquellos que en esta misión Dios me da como oyentes y discípulos”
(Epist. 50: in ibid. p. 81). Fruto de este empeño fue el firme espíritu de
cohesión en torno al Sucesor de Pedro que Bonifacio transmitió a las Iglesias
en su territorio de misión, uniendo con Roma a Inglaterra, Alemania, Francia
y contribuyendo de modo tan determinante a poner las raíces cristianas de
Europa que habrían producido frutos fecundos en los siglos sucesivos. Para
una tercera característica Bonifacio se encomienda a nuestra atención: él
promovió el encuentro entre la cultura romano-cristiana y la cultura
germánica. Sabía de hecho que humanizar y evangelizar la cultura era parte
integrante de su misión de obispo. Transmitiendo el antiguo patrimonio de
valores cristianos, él implantó en las poblaciones germánicas un nuevo estilo
de vida más humano, gracias al cual se respetaban mejor los derechos
inalienables de la persona. Como auténtico hijo de san Benito, supo unir
oración y trabajo (manual e intelectual), pluma y arado.
El valiente testimonio de Bonifacio
es una invitación para todos nosotros a acoger en nuestra vida la Palabra de
Dios como punto de referencia esencial, a amar apasionadamente la Iglesia, a
sentirnos corresponsables de su futuro, a buscar la unidad en torno al
Sucesor de Pedro. Al mismo tiempo, él nos recuerda que el cristianismo,
favoreciendo la difusión de la cultura, promueve el progreso del hombre. Está
en nosotros, entonces, estar a la altura de un patrimonio tan prestigioso y
hacerlo fructificar para bien de las generaciones que vendrán.
Me impresiona siempre este celo suyo
ardiente por el Evangelio: a los cuarenta años sale de una vida monástica
bella y fructífera, de una vida de monje y de profesor, para anunciar el
Evangelio a los sencillos, a los bárbaros; a los ochenta años, una vez más,
va a una zona donde prevé su martirio. Comparando esta fe suya ardiente, este
celo por el Evangelio, a nuestra fe tan a menudo tibia y burocratizada, vemos
qué hemos de hacer y cómo renovar nuestra fe, para dar como don a nuestro
tiempo la perla preciosa del Evangelio.
[Tras los saludos, el Papa hizo el
siguiente llamamiento]
He sabido con profundo dolor las
noticias del asesinato de dos jóvenes soldados británicos y de un agente de
la policía de Irlanda del Norte. Mientras aseguro mi cercanía espiritual a
las familias de las víctimas y a los heridos, expreso mi más firme condena
por tales execrables actos de terrorismo que, además de profanar la vida
humana, ponen en serio peligro el proceso político en curso en Irlanda del
Norte y corren el riesgo de apagar las muchas esperanzas suscitadas por éste
en la región y en el mundo entero. Rezo al Señor para que nadie se deje
nuevamente vencer por la horrenda tentación de la violencia, sino que cada
uno multiplique los esfuerzos para seguir construyendo, a través de la
paciencia del diálogo, una sociedad pacífica, justa y reconciliada.
[Traducción del original italiano
por Inma Álvarez]
Como Iglesia Diocesana vamos a vivir los
días centrales de nuestra fe celebrando el Misterio Pascual del Señor con
toda la riqueza de sus signos. Recordando que son muchos los hermanos que se
acercan estos días para renovar su experiencia de Dios.
Tomando como modelo a los discípulos de
Emaús, la Iglesia Diocesana- renovada por la celebración de la Pascua- está
llamada a anunciar a Cristo Resucitado.
Por eso los invitamos a :
CELEBRAR
Recordando que los signos litúrgicos de
este tiempo favorecen el encuentro personal y comunitario con Jesús
Resucitado
y a
ANUNCIAR
Como a los discípulos de Emaús la liturgia
nos invita en este tiempo a anunciar y transmitir a otros la experiencia de
Cristo resucitado.
Nueva Dirección: Casa Pastoral –
Ituzaingo 90 – San Isidro –
Misa de inicio 3 de abril a las 19 hs.
presidida por Monseñor Jorge Casaretto
Como lo viene haciendo desde hace más de 40
años, la Escuela Diocesana de Catequesis ofrece, a quienes se sienten
llamados a anunciar la Buena Noticia, la posibilidad de realizar un proceso
comunitario de formación.
Quiere informar, también por este medio, su
cambio de dirección.
A partir de este año 2.009 será en La Casa
Pastoral Diocesana, cita en Ituzaingo 90 de San Isidro.
La Misa de inicio del día 3 de abril a las
19 hs. será presidida por el obispo de San Isidro, Mons. Jorge Casaretto.
Para cualquier consulta , preguntar por el
Padre José Luis Quijano y/o Graciela
Stegnar.
Horario de atención por consultas e
inscripciones:
Presidido
por el arzobispo de Córdoba, monseñor Carlos José Ñáñez, y la presencia de
los obispos de la provincia de Córdoba, el jueves 26 de febrero a las 18, se
llevó a cabo en la sede del arzobispado cordobés el acto de apertura del
proceso diocesano sobre el presunto milagro atribuido al Venerable José
Gabriel del Rosario Brochero.
Estuvieron
presentes los obispos Eduardo Eliseo Martín, de Villa de la Concepciópn del
Río Cuarto; Carlos José Tissera, de San Francisco; Santiago Olivera, de Cruz
del Eje; Abdo Arbach, exarca apostólico de los fieles Greco-Melquitas
católicos de la Argentina; y Omar Colomé, emérito de Cruz del Eje.
Participaron
también de la celebración el vicepostulador de la causa de beatificación,
padre Julio César Merediz SJ.; los miembros del Tribunal designados por el
arzobispo de Córdoba, para la instrucción de la investigación jurídica del
proceso canónico del posible milagro atribuido al Venerable José Gabriel del
Rosario Brochero: el delegado episcopal padre Dante Simón SDB, Vicario
Judicial; el Promotor de Justicia, presbítero Fernando Hugo Rodríguez; los
notarios, presbítero Osvaldo Luis Morero, Olga Raycevich y Matías Pedro
Lorenzati; y el perito médico del Tribunal, hermano doctor José Alberto
Molina SJ.
En la
primera parte de la ceremonia el padre Simón hizo la apertura explicando las
etapas que requiere el proceso de canonización, “complejo porque
involucra la participación de tantas personas y de distintas
especialidades”. Pero además expresó que “lo que estamos viviendo
ahora nos llena de esperanza, porque Dios siempre obra y lo seguirá
haciendo”, y pidió a los obispos presentes que animen a los fieles en
sus diócesis a rezar por el proceso de beatificación del Cura Brochero,
“ya que es una bendición muy grande para la Iglesia en la Argentina que
nuestro querido Brochero sea propuesto como modelo a los sacerdotes y a todos
los fieles”.
Posteriormente
el secretario canciller de la curia eclesiástica de Córdoba, Silvio Roger
Loto, dio lectura al decreto de nombramiento del tribunal designado para el
proceso.
Seguidamente
se vivió el momento más importante: la Apertura del proceso, cuando el Señor
Arzobispo de Córdoba tomó juramento de oficio, donde los obispos presentes y
los miembros del Tribunal prestaron juramento de fidelidad de cumplir
fielmente el oficio encomendado de guardar reserva de todo lo que se conozca
en la causa de investigación sobre el presunto milagro atribuido al Venerable
José Gabriel del Rosario Brochero.
La
ceremonia transcurrió en un clima de formalidad, tal como lo requiere el
caso, pero con el estilo y la espiritualidad brocheriana. Los presentes
escucharon una reflexión del padre Carlos Oscar Ponza, vicario episcopal para
los Movimientos y Asociaciones y delegado para la Vida Consagrada de la
arquidiócesis de Córdoba, quien destacó la figura de Brochero como modelo de
Pastor y de sacerdote párroco, que de verdad practicó el Evangelio. “El
distintivo de su obra fue su capacidad para amar, por amor se identificó con
su gente y con el lugar donde evangelizó”. Luego citó un artículo
periodístico “El Cura de aldea. José Gabriel Brochero”, publicado
en 1887 en el diario El Interior Córdoba, donde se lo describe al cura
Brochero como un hombre que “tomó el apostolado en serio”.
El
acto de apertura del proceso concluyó con la oración de todos los presentes
pidiendo la glorificación la glorificación de Brochero, y con la bendición
final de monseñor Ñáñez.+
Tal como empezamos a hacer en la
anterior carta pastoral, vamos a meditar y a rezar en los próximos meses, con
el texto de los discípulos de Emaús. Como ustedes recordarán, en el pasado
Adviento, dimos comienzo a la preparación para nuestra Asamblea Diocesana,
que tendrá lugar el 13 de Junio de 2009, en la fiesta del Cuerpo y la Sangre del
Señor. A todo este período que va desde el Adviento de 2008, hasta nuestro
encuentro en Junio de 2009, lo llamamos “tiempo de asamblea”.
Lo más importante es preparar
nuestro corazón para esta fiesta diocesana.
Dicha preparación la haremos
dejándonos conducir por el texto de los discípulos de Emaús, que seguiremos
meditando por partes, según los aspectos que el evangelio nos va presentando.
Vamos a dividir este tiempo que
resta hasta la Asamblea Diocesana, en tres momentos: Cuaresma, Semana Santa y
los Cincuenta días que van desde Pascua a la fiesta de Pentecostés.
En cada uno de esos momentos,
tomaremos para nuestra reflexión y oración, un fragmento del texto, junto a
una actitud que queremos llevar a la vida, inspirándonos en algunos
personajes bíblicos que encarnan esa actitud. Vamos a ver si lo logramos.
Cuaresma: Aprender
de Jesús
“Jesús les dijo: «¡Hombres
duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo queanunciaron los
profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para
entrar en su gloria?». Y comenzando por Moisés y continuando con todos los
Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a
él” (…) Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras
nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».” (Lc 24,
25-27.32)
Después de escuchar largamente a los
discípulos en el camino a Emaús, Jesús les aclara lo que ellos no habían
logrado entender. Les explica con paciencia “les interpretó en todas
las Escrituras lo que se refería a él” ¡y empezó desde Moisés! La
enseñanza de Jesús resultó eficaz y los colmó de tal manera que recordando
esa conversación decían: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos
hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. ¡Qué maravillosa
manera de enseñar! Ojalá nosotros pudiéramos trasmitir conocimientos de este
modo a nuestros hermanos, alimentando no sólo la inteligencia, sino sobre
todo, el corazón.
Aprender en la
Sagrada Escritura
En la Biblia, la fe está fundada en
una revelación de Dios, de la que son
portadores los creyentes. Esta
revelación está destinada a que la conozcan todas las personas. De ahí la
importancia en el pueblo de Dios, de la enseñanza, que transmite en forma de
instrucción lo que Dios nos va comunicando sobre Él,sobre la vida y sobre la
historia.
¿Qué tiene que aprender el pueblo?
Muchas cosas, pero el núcleo del mensaje es que Dios quiere hacer Alianza con
Él. Esto significa un compromiso incondicional de Dios con los suyos y un
ofrecimiento para que el pueblo confíe y se deje conducir por Dios. Este es
el camino de la felicidad y de la realización personal y colectiva.
YAHVEH, se manifiesta así en el AT
como el único Maestro verdadero, del que reciben toda su autoridad Moisés y
de los profetas, a través de ellos enseña a los hombres dándoles a conocer
sus caminos y su ley (Sal 25,9; 94, 10ss).
Pero para poder aprender, se
requiere docilidad de corazón. Esto le faltó muchas veces al pueblo, que le
volvió con frecuencia la espalda a Dios y no aceptó sus lecciones cuando los
instruía con constancia (Cf. Jer 32,33).
Durante la vida pública de Jesús, la
enseñanza es un aspecto esencial de su actividad: enseña en las sinagogas, en
el templo, con ocasión de las fiestas, y hasta diariamente. Le dan el título
de Rabbi, es decir, “Maestro”, y Él lo acepta.
Aceptar la enseñanza de Jesús es,
pues, ser dócil a Dios mismo. Jesús inaugura la nueva Alianza y la realiza
con su vida. Lo que quiso enseñarnos y nos invita a aprender, está expresado
fundamentalmente en el mandamiento nuevo: “Ámense unos a otros como yo
los he amado” (Jn 15, 12).
Los que aprenden en
la Biblia
Los personajes bíblicos que
“aprenden” son entonces los que aceptan y viven en la Alianza con
Dios. Son muchos, nombremos algunos: Abraham, probado en su fe, creyendo y
esperando contra toda esperanza (Cf. Hebreos 11, 8-12).
Moisés con la Ley, cambiando sus
planes, conduciendo al Pueblo a través del desierto (Cf. Ex 3,1-12). Jeremías
que descubre a un Dios que hace alianza en el corazón (Cf. Jer 31,31).
Jesús tiene discípulos y ellos
aprenden lentamente y con muchas confusiones y dificultades quién es Jesús y
cuál es su destino. Recordemos que preguntan quién es el mayor (Cf. Lc 9,46).
Evidentemente, pasa mucho tiempo
hasta que ellos comprenden quién es Jesús y cuál es su mensaje. Jesús les
tiene paciencia, los espera en su proceso de comprensión. Lo mismo hace con
nosotros.
Aprender con y de
Jesús hoy
Esto que nos narra la Biblia, sigue
sucediendo con nosotros hoy. Jesús nos sigue enseñando a vivir en el amor y a
nosotros nos sigue costando aprender y comprender. Dios nos sigue invitando a
hacer Alianza con Él. Nos enseña y capacita para vivir de un modo nuevo, como
Jesús, desde el amor y el servicio.
Muchas veces, hoy, nos preguntamos
¿Cómo llevar a la práctica el mensaje de Jesús en un mundo sin paz, en un
país en el que muchos buscan su propio interés y no el bien común?
Muchos, además estamos viviendo
situaciones complicadas: falta de trabajo,el dinero que no alcanza, problemas
en la familia, problemas de salud, la inseguridad…
Precisamente porque estamos viviendo
todas estas cosas, necesitamos el mensaje de Jesús, que nos dice que es
posible ser feliz en medio de todas estas dificultades, si el centro de
nuestra vida es el amor a Dios y a los hermanos.
Si de verdad confiamos en Dios, y
nos amamos unos a otros con un amor servicial y concreto, muchos de estas
situaciones mejoran sustancialmente (lo que tiene que ver con las relaciones
familiares, por ejemplo) y los problemas que permanecen, los vivimos de otro
modo, porque podemos poner el centro de nuestra vida en otro lugar. Esto es
vivir la Alianza con Dios hoy.
Descubrimos también que, en nuestro
camino a la Asamblea tenemos mucho que aprender como Iglesia Diocesana.
Abramos el corazón en este tiempo para ser dóciles al mensaje de Jesús.
Semana Santa:
Celebrar con Jesús
“Cuando llegaron cerca del
pueblo a donde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante.
Pero ellos le insistieron: «Quédate
con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». Él entró y se quedó con
ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición;luego lo
partió y se lo dio…Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo
reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.” (Lc 24, 28-31)
La experiencia del camino recorrido
con Jesús Resucitado suscita en los discípulos de Emaús el deseo de compartir
aún más su vida con el Señor: lo invitan a comer. Jesús acepta esta
invitación, y los hace participar de esta Vida Nueva dándoles a comer su
Cuerpo. Ellos, al celebrar con Jesús comprenden quién es Él y el significado
de su muerte y resurrección.
Celebrar en la
Sagrada Escritura
Celebrar es algo propio del ser
humano. Significa festejar y alegrarse por algo.Generalmente, en las
celebraciones hay algo que se recuerda (por ejemplo, el nacimiento de una
persona en su cumpleaños) y con la fiesta se revive, se hace presente ese
acontecimiento del pasado.
En todas las religiones el culto y
la celebración están presentes y ayudan a establecer relaciones entre el
hombre y Dios. Según la Biblia, la iniciativa de estas relaciones corresponde
al Dios vivo que se revela. Como respuesta, el hombre adora a Dios en una
celebración comunitaria: juntos adoramos al Dios de todos.
Israel pasa por muchas etapas en su
modo de celebrar y ofrecer culto a Dios, poco a poco va comprendiendo que el
culto verdadero, es la fidelidad a la Alianza (Cf. Dt 6,4ss.). Es decir, que
la fe y la vida se unen y la celebración expresa esa unidad.
Los que celebran
con Jesús su Pascua
En el Evangelio, vemos a Jesús
celebrando su última pascua y realizándola a través de su propia muerte y
resurrección. El Señor no quiere pasar estos días sólo y hay personas que con
mayor o menor conciencia de lo que sucede, están presentes en los días que
rodean a esta última pascua: La mujer que unge a Jesús en Betania, los
discípulos que preparan la Pascua para Jesús, Simón de Cirene al que le
obligan a llevar la cruz, María Magdalena y muchas otras mujeres que seguían
a Jesús y lo habían servido, contemplan la pasión, el centurión que hace una
profesión de fe cuando ve cómo muere el Señor, José de Arimatea que tuvo la
audacia de pedir el cuerpo de Jesús.
El Señor transita su pascua con toda
decisión y el corazón abierto, dejándose acompañar por todas estas personas,
que aparecen a nuestros ojos tal vez, con grandes limitaciones.
Celebrar a y con
Jesús hoy
Jesús nos enseña a realizar una
celebración cargada de sentido. Participar de la liturgia de Semana Santa, no
es hacer un ejercicio de memoria para recordar y compadecerse de lo que le
sucedió a Jesús hace 2000 años. Participar en las celebraciones de estos
días, significa manifestar nuestra decisión de seguir a Jesús hasta el final
y con todas sus consecuencias. Es vivir con Él todo lo que en nuestra vida es
“pasión y muerte” para resucitar con Jesús, con la confianza
puesta en que si “morimos con Él, viviremos con Él” (Cf. Rom
6,8). Celebramos la transformación de todo lo que en nuestra existencia es
dolor y muerte, en vida, por el poder de la resurrección del Señor.
Entrar con el corazón en el Misterio
Pascual de Jesús nos capacita para acompañar la pasión del Señor en tantos
hermanos que sufren: allí espera Jesús que lo descubramos y consolemos
concretamente.
Como Iglesia Diocesana vamos a vivir
los días centrales de nuestra fe celebrando el Misterio Pascual del Señor con
toda la riqueza de sus signos.
Tiempo Pascual:
Anunciar a Jesús
“En ese mismo momento, se
pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los
Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad,
¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!». Ellos, por su parte,
contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al
partir el pan.” (Lc 24, 33-35)
El encuentro con Jesús Resucitado
transforma a los discípulos de Emaús: ¡necesitan ir a contar lo que vivieron!
Recorren de nuevo el camino hacia Jerusalén con un objetivo: anunciar y
transmitir a otros la experiencia vivida con el Peregrino que se puso a su
lado.
Tomando como modelo a los discípulos
de Emaús, la Iglesia Diocesana está llamada a anunciar a Cristo Resucitado en
esta última etapa hacia la Asamblea Diocesana 2009.
El anuncio de la
resurrección
Durante su vida pública confía Jesús
a sus discípulos misiones transitorias en las que ellos empiezan a anunciar
la Buena Noticia del Reino. Pero sólo después de la resurrección reciben de
Él una orden precisa que los instituye a la vez en “predicadores, apóstoles
y doctores” (2Tim 1,11). “Vayan, hagan discípulos de todas las
naciones... enseñándoles a observar todo lo que yo les he enseñado” (Mt
28,19). Para la realización de esta tarea inmensa, les prometió entre tanto
que les sería enviado el Espíritu Santo y que él les enseñaría todas las
cosas. De ahí en más transmitirán, por tanto, a los hombres una enseñanza que
no vendrá de ellos, sino de Dios.
Por esta razón podrán hablar con
autoridad: el Señor mismo estará con ellos (con nosotros) hasta el fin del
tiempo (Cf. Mt 28,20).
Los que anuncian a
Jesús resucitado
Los apóstoles llevan adelante la
misión de anunciar a Jesús resucitado y enseñar lo que tiene que ver con el
Reino, no en su propio nombre, sino “en nombre de
Jesús”, cuyos actos y palabras
refieren cubriéndose siempre con su autoridad. Como Jesús, enseñan en el
templo, en la sinagoga, en las casas particulares. El objeto de esta
enseñanza es ante todo la proclamación del mensaje de salvación. Jesús,
Mesías e Hijo de Dios, colma la espera de Israel; su muerte y su resurrección
son el cumplimiento de las Escrituras; hay que convertirse y creer en él para
recibir el Espíritu prometido. Esta catequesis básica que quiere conducir a
los hombres a la fe; después del bautismo se completa con una enseñanza más
profundizada, de la que participan con entusiasmo los primeros cristianos.
Entre los oyentes de fuera, algunos se extrañan de su novedad; las
autoridades se preocupan sobre todo por su éxito y tratan de prohibirla a
hombres que no han recibido una formación normal de escribas. Esto es en vano
porque el evangelio, después de extenderse por Judea, es llevado a multitudes
considerables en todo el mundo hasta el presente.
Anunciar hoy la
resurrección de Jesús
Los cincuenta días que van desde la
Pascua, hasta Pentecostés constituyen un tiempo en que se nos envía a
comunicar lo que “hemos visto y oído” durante la Semana Santa.
¿Cómo se hace esto concretamente?
Teniendo una actitud de apertura y diálogo hacia todos. En primer lugar,
escuchando (y con esto volvemos al inicio de nuestro camino a la Asamblea,
con la propuesta de “escuchar” que recibimos en Adviento), todo
lo que tiene para decir y comunicar cada uno de nuestros hermanos.
Esto va desde la propia familia,
hasta los diversos grupos étnicos de nuestro país, pasando por los vecinos y
compañeros de trabajo ¿Cómo siente y piensa esta persona que vive a mi lado,
o en mi país? Eso nos irá capacitando para comprender las realidades que nos
son más lejanas en el espacio o en las inquietudes.
En segundo lugar, vendrá la actitud
de abrirse para anunciar el Evangelio de Jesús, como la fuerza capaz de
transformar la existencia personal y la historia de los hombres. Hagamos el
ejercicio. La experiencia muestra que cuando nos abrimos a comunicar algo
auténtico, las personas de buena voluntad escuchan y reciben el mensaje con
respeto y aprecio hacia lo que intuyen verdadero. Nuestra coherencia de vida,
es lo que dice que es verdad lo que manifestamos con las palabras.
Queridos amigos, voy concluyendo.
Estas reflexiones quisieron iluminar el texto de Emaús y acompañarnos en
nuestro camino hacia la Asamblea Diocesana.
Que podamos recorrer juntos este
tiempo para aprender, celebrar y anunciar a Jesús como Iglesia peregrina en
San Isidro.
¡Muy feliz Pascua de Resurrección!
Una fraterna bendición, nos vemos el
13 de Junio,
Jorge Casaretto
Obispo de San
Isidro
Cuaresma - Pascua
2009
GUIA DE TRABAJO:
Aquí dejamos una serie de preguntas
que nos ayudarán a interiorizar los contenidos de la CARTA PASTORAL. No se
trata de encontrar la "respuesta correcta", sino de preguntarnos
acerca de lo que estamos reflexionando, para ver qué repercusión tienen estas
realidades en la vida de cada uno de nosotros. Sería bueno que escribamos las
respuestas, ya que el ejercicio de escribir nos ayuda a concentrarnos y a
ponernos en contacto con nuestro interior. Si queremos, después podemos
compartir lo que hemos reflexionado, con nuestra familia o comunidad.
Aquí van las preguntas:
•Aprender de Jesús: volvamos a
leer el texto de Emaús. Me imagino a Jesús caminando junto a los discípulos,
escuchando y explicando la Sagrada Escritura.
1. Cuando tengo que explicarle algo
a alguien ¿Cómo lo hago? ¿Sé escuchar? ¿Soy paciente? ¿Atropello a los demás
con mi explicación? ¿Qué es lo que más me impresiona del modo de enseñar de
Jesús?
2. ¿Qué es lo que Jesús me quiere
enseñar hoy? ¿Qué necesito aprender? Elijo una virtud (por ejemplo:
paciencia, humildad, perseverancia, etc.) que necesite aprender y la ejercito
durante esta cuaresma.
3. ¿Qué es lo que necesitamos
aprender como Iglesia Diocesana?
• Celebrar con Jesús: Me
imagino a los discípulos de Emaús pidiéndole a Jesús que se quede con ellos y
a Jesús partiendo el pan.
1. ¿Sé “celebrar” los
distintos momentos de mi vida y agradecer lo que soy y tengo?
2. ¿Qué es celebrar la Semana Santa
con sentido? ¿A qué nos compromete como Iglesia Diocesana participar en la
liturgia de estos días?
3. ¿Quiénes son los/as hermanos/as
que tengo cerca, en los que Jesús sigue padeciendo? Acompaño al Señor,
haciendo un gesto de amor concreto hacia alguno/a de ellos/as.
• Anunciar a Jesús: Me imagino
el momento en que los discípulos de Emaús se dan cuenta que estuvieron con
Jesús resucitado, y sienten la necesidad de anunciarlo a sus hermanos.
1. ¿Creo que la resurrección del
Señor transforma mi vida? ¿de qué modo?
2. ¿Sé lo que sienten y piensan las
personas que viven en mi casa? ¿Estoy dispuesto/a a dialogar con los que
piensan de un modo distinto al mío?
3. Cómo Iglesia Diocesana ¿A quiénes
somos enviados a anunciar la resurrección de Jesús?
En un momento de oración, le pedimos
a Jesús resucitado que renueve nuestras vidas y nuestros corazones.
ROMA, martes, 3 marzo 2009
(ZENIT.org).- ANSchannel es el nombre del canal con el que la Agencia de
Información Salesiana ha desembarcado en Youtube para ofrecer información en
vídeo sobre la vida de esta familia religiosa.
Inaugurado con el simpático clip
"Somos Salesianos", adoptado como himno de los participantes de la
XXVII edición de las Jornadas de Espiritualidad de la Familia Salesiana,
ANSchannel busca recoger y compartir vídeos no profesionales dirigidos a los
salesianos y a los jóvenes.
Uno de los vídeos ya propuestos es
una presentación de la obra de teatro musical "Bosco, en el nombre de
Dios", realizada por algunos jóvenes de las obras salesianas de Salta,
en el norte de la Argentina.
Otro de los vídeos es la versión
original del canto "Somos Salesianos", que forma parte del musical
"Vamos, muchachos" ("Andiamo ragazzi"), dirigido por
Nicolò Agrò y sor Paola Pignatelli, realizado con la participación de laicos
y religiosos de la Familia Salesiana del Piamonte y del Valle de Aosta.
En el canal puede verse también una
entrevista de Antonio La Banca, periodista de "Missioni Don Bosco Media
Centre" de Turín, a Magdi Cristiano Allam, en el que el periodista y
escritor, convertido al cristianismo hace casi un año, cuenta su experiencia
de conversión y de fe.
"ANSchannel está abierto a
todos los que desean mandar algún vídeo, de naturaleza informativa, sobre la
experiencia juvenil y salesiana -según afirma don Donato Lacedonio, director
de ANS-. Sabemos que en nuestras obras hay muchas actividades y que la
creatividad que caracteriza el mundo salesiano es también grande. De modo
particular esperamos las imágenes de las iniciativas que se realizarán para
celebrar los 150° años de fundación de la Congregación Salesiana".
El Equipo Ambiente Sano de la Pastoral
Social de la Diócesis de San Isidro organiza el Primer Taller Piloto de
Promotores Ambientales. Se abordarán, cuestiones sobre residuos, implicancias
ambientales en la salud, legislación vigente, y cómo generar participación y
cambios de actitudes.
Tras un acuerdo de cooperación con la
Universidad Favaloro se vienen realizando anualmente encuestas
socio-sanitarias en distintas localidades afectadas de la zona norte, con la
participación de referentes vecinales. Estas comunidades son las primeras en
recibir la información resultante.
La encuesta es una importante herramienta
de evaluación, y la información se devuelve a los vecinos de los barrios, a
funcionarios públicos y a organizaciones de la sociedad civil; además, actúa
como disparador de acciones concretas y genera integración social, un
requisito indispensable para lograr el desarrollo de la comunidad.
De los sondeos efectuados, surgió la
necesidad de aumentar las capacidades de los vecinos, para facilitarles la
búsqueda de soluciones a la grave situación ambiental que padecen. En rigor,
la Pastoral Social trabaja desde hace varios años en temas relacionados con
la problemática socio-ambiental, fundamentalmente en las comunidades
vulneradas de la Cuenca del Río Reconquista.
Teniendo en cuenta las demandas de los
vecinos, el Equipo de Ambiente Sano diseñó cuatro talleres gratuitos, que se
desarrollarán en la Parroquia del Perpetuo Socorro, situada en Avda. Santa
María (Ruta 27) y Williams, de Rincón de Mylberg, Partido de Tigre, con
asesoramiento y aporte técnico y didáctico de profesionales en cada materia.
La duración de cada encuentro es de
alrededor de tres horas. El primero será el miércoles 18 de marzo a las 18,
y los tres restantes los miércoles sucesivos a la misma hora. Los
participantes que lo necesiten recibirán un viático. Para participar se
requiere inscripción previa por mail a: equipoambientesano@... o por
fax al 4743-5395, con los datos básicos personales.
Pastoral Social
Obispado de San Isidro
Contacto de prensa: Comunicación Pastoral
Social: 4575-4218
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 22
febrero 2009 (ZENIT.org).- Benedicto XVI proclamará diez nuevos santos en el
curso de dos ceremonias programadas para el 26 de abril y el 11 de octubre de
este año.
Lo anunció el mismo Papa en e
consistorio ordinario público celebrado en la mañana de este sábado en la
Sala Clementina del Palacio Apostólico.
Según este anuncio, el domingo 26
de abril se celebrará la ceremonia de canonización de los beatos:
--Arcangelo Tadini, italiano,
sacerdote y fundador de la Congregación de las Hermanas Obreras de la Santa
Casa de Nazaret;
--Bernardo Tolomei, italiano,
abad y fundador de la Congregación de Santa María del Monte Oliveto de la
Orden Benedictina. La aprobación del decreto de reconocimiento del milagro se
produjo el pasado 3 de julio de 2008;
--Nuno de Santa Maria Álvares
Pereira, portugués, religioso carmelita. La aprobación del decreto de
reconocimiento del milagro se produjo el pasado 3 de julio de 2008;
--Gertrude (Caterina) Comensoli,
italiana, fundadora del Instituto de las Hermanas del Santísimo Sacramento.
La aprobación del decreto de reconocimiento del milagro se produjo el pasado
17 de marzo de 2008;
--Caterina Volpicelli, italiana,
fundadora de la Congregación de las Siervas del Sagrado Corazón.
El domingo 11 de octubre de 2009
se celebrará la ceremonia de canonización de los beatos:
--Zygmunt Szcesny
Feli´nski, polaco, obispo y fundador de la Congregación de las Hermanas
Franciscanas de la Familia de María;
--Francisco Coll i Guitart,
español, sacerdote dominico y fundador de la Congregación de las Hermanas
Dominicas de la Anunciación de la Beata Virgen María;
--Jozef Damian de Veuster,
holandés, sacerdote de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y
María y de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento del Altar. El
decreto de reconocimiento del milagro había sido aprobado el 3 de julio de
2008;
--Rafael Arnáiz Barón, español,
religioso de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia;
--Marie de la Croix (Jeanne)
Jugan, francesa, fundadora de la Congregación de las Hermanitas de los
Pobres.
El consistorio reunió a 39
cardenales alrededor del Papa. El Santo Padre preguntó su parecer sobre las
canonizaciones propuestas a los presentes, entre quienes se encontraba el
cardenal Angelo Sodano, decano del Colegio Cardenalicio, y el cardenal
Tarcisio Bertone, secretario de Estado, los arzobispos Fernando Filoni,
sustituto de la Secretaría de Estado, Dominique Mamberti, secretario para las
relaciones con los Estados, y Carlo Maria Viganò, nuncio apostólico, delegado
para las representaciones pontificias.
Después de haber recibido el
parecer favorable, el Papa decidió inscribir en el elenco de los santos a los
diez beatos.
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 25
de febrero de 2009 (ZENIT.org).- Al presidir este miércoles el rito de las
cenizas, Benedicto XVI inició la Cuaresma lanzando un sentido llamamiento a
la conversión.
Y para ello propuso vivir estos cuarenta
días que preparan para la pasión, muerte y resurrección de Jesús en
permanente escucha de la Palabra de Dios.
El rito comenzó a las 16.30, en la
iglesia de San Anselmo, en el monte Aventino de Roma, con un momento de
oración, seguido por la procesión penitencial hacia la basílica de Santa
Sabina.
En la procesión, participaron los
cardenales, obispos, los monjes benedictinos de San Anselmo y los padres
dominicos de Santa Sabina y los fieles.
Al final de la procesión, en la
basílica de Santa Sabina, el Santo Padre presidió la celebración eucarística,
en la que, como un fiel, recibió la imposición de las cenizas.
En la homilía, animó a los presentes
a "recibir las cenizas sobre la cabeza como signo de conversión y de
penitencia", aprendo "el corazón a la acción vivificante de la
Palabra de Dios".
"Que la Cuaresma, caracterizada
por una escucha cada vez más frecuente de esta Palabra, de una oración mas
intensa, y de un estilo de vida austero y penitencial, sea estímulo para la
conversión y para el amor sincero hacia los hermanos, especialmente los más
pobres y necesitados", exhortó.
Pero, "¿cómo es posible vencer
en la lucha entre la carne y el espíritu, entre el bien y el mal, lucha que
marca nuestra existencia?", se preguntó el Santo Padre.
Respondió haciendo ejercicio de
escucha de la Palabra de Dios, citando precisamente el pasaje evangélico de
la liturgia del Miércoles de Ceniza que indicaba tres medios fundamentales:
"la oración, la limosna y el ayuno".
Fecha: Del miércoles 8 de Abril a las 19
hs al domingo 12 a las 12.00 hs
Lugar: Colegio La Salle (H. Yrigoyen
2599, Florida)
Costo: $80
¿Qué es Pascua Joven?
Es un retiro-convivencia para que los
jóvenes de 2º y 3º año.
No es muy fácil de explicar. Lo que sí
queda demostrado año tras año es que dejamos el La Salle diferentes, sin
entender mucho y casi mágicamente sentimos una alegría que nos desborda.
Sentimos una alegría de Resurrección. Alegría de habernos encontrado con
Jesús y de haber compartido la vida con otros jóvenes.
Informes: Casa Pastoral (de lunes a viernes
de 17 a 20 hs- Ituzaingo 90, San Isidro.
Tel: 4512-3851/ 4747-0277. eqjuventud@...
Traé: Bolsa de dormir, ropa, abrigo, algo
impermeable, elementos de higiene personal, vaso irrompible, cubiertos, lápiz
y papel. Biblia.
NO LLEVAR CELULAR.
Inscripción: es el mismo
miércoles 8/4 a las 19 hs. en la entrada del Colegio.
Organiza: Equipo de Pastoral Juventud-
Diócesis de San Isidro.
Si terminaste el secundario también está la
posibilidad de que te acerques como coordinador o servidor. Los cursos para
serlo ya están empezando. Él nos llama y nos espera... corramos a su
encuentro.
1º encuentro: 6 y 7 de Marzo
2º encuentro: 13 y 14 de Marzo
3º encuentro: 20 y 21 de Marzo
Convivencia General: Jueves 3 de Abril,
a las 11 hs. en el campo de deportes del Colegio Marin.
Todos los encuentros son de 20 a 22 hs en
la el colegio Labarden (Alem 402, San Isidro). Cada uno se hace dos veces, un
viernes y un sábado, para que todos puedan ir.
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 18 de
febrero de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto de la
catequesis que el Papa ha pronunciado este miércoles ante los miles de
peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro para la audiencia general.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
El santo al que hoy nos acercamos se
llama Beda y nació en el Nordeste de Inglaterra, exactamente en Northumbria,
entre el año 672 y 673. Él mismo cuenta que sus parientes, a la edad de siete
años, lo confiaron al abad del monasterio benedictino cercano para que fuese
educado: "En este monasterio -recuerda- desde entonces he vivido
siempre, dedicándome intensamente al estudio de la Sagrada Escritura y,
mientras observaba la disciplina de la Regla y la tarea diaria de cantar en
la Iglesia, me fue siempre dulce aprender, enseñar o escribir" (Historia
ecclesiastica gentis Anglorum, V, 24). De hecho, Beda llegó a ser una de las
más insignes figuras de erudito de la Alta Edad Media, pudiendo acceder a los
muchos manuscritos preciosos que sus abades, volviendo de sus frecuentes
viajes al continente y a Roma, le traían. La enseñanza y la fama de los
escritos le procuraron muchas amistades con las principales personalidades de
su tiempo, que le animaban a proseguir en su trabajo, del que tantos sacaban
beneficio. Enfermo, no dejó de trabajar, conservando siempre una alegría
interior que se expresaba en la oración y en el canto. Concluía su obra más
importante, la Historia ecclesiastica gentis Anglorum con esta invocación:
"Te ruego, oh buen Jesús, que benévolamente me has permitido extraer las
dulces palabras de tu sabiduría, concédeme, benigno, llegar un día hasta ti,
fuente de toda sabiduría, y estar siempre ante tu rostro". La muerte le
alcanzó el 26 de mayo del 735: era el día de la Ascensión.
Las Sagradas Escrituras son la
fuente constante de la reflexión teológica de Beda. A partir de un cuidadoso
estudio crítico del texto (nos ha llegado la copia del monumental Codex
Amiatinus de la Vulgata, sobre el que Beda trabajó), comenta la Biblia,
leyéndola en clave cristológica, es decir, reúne dos cosas: por una parte
escucha lo que dice el texto, quiere realmente escuchar, comprender el texto
mismo; por otra parte, está convencido de que la clave para entender la
Sagrada Escritura como única Palabra de Dios es Cristo, y con Cristo, a su
luz, se entiende el Antiguo y el Nuevo Testamento como "una"
Sagrada Escritura. Las circunstancias del Antiguo y del Nuevo Testamento van
juntas, son camino hacia Cristo, aunque expresadas en signos e instituciones
diversas (lo que él llama concordia sacramentorum). Por ejemplo, la tienda de
la Alianza que Moisés levantó en el desierto y el primer y segundo templo de
Jerusalén son imágenes de la Iglesia, nuevo templo edificado sobre Cristo y
sobre los Apóstoles con piedras vivas, cimentadas por la caridad del
Espíritu. Y como a la construcción del antiguo templo contribuyeron también
los pueblos paganos, poniendo a disposición materiales preciosos y la
experiencia técnica de sus maestros de obras, así a la edificación de la
Iglesia contribuyen apóstoles y maestros procedentes no sólo de las antiguas
estirpes hebrea, griega y latina, sino también de los nuevos pueblos, entre
los cuales Beda se complace en nombrar a los celtas irlandeses y los
anglosajones. San Beda ve crecer la universalidad de la Iglesia que no está
restringida a una cultura determinada, sino que se compone de todas las
culturas del mundo, que deben abrirse a Cristo y encontrar en Él su punto de
llegada.
Otro tema querido por Beda es la
historia de la Iglesia. Tras haberse interesado por la época descrita en los
Hechos de los Apóstoles, recorre la historia de los padres y de los
concilios, convencido de que la Obra del Espíritu Santo continúa en la
historia. En las Chronica Maiora, Beda traza una cronología que se convertirá
en la base del Calendario universal "ab incarnatione Domini" [desde
la encarnación del Señor, nde.]. Por entonces se calculaba el tiempo desde la
fundación de la ciudad de Roma. Beda, viendo que el verdadero punto de
referencia, el centro de la historia es el nacimiento de Cristo, nos ha dado
este calendario que interpreta la historia partiendo de la Encarnación del
Señor. Registra los primeros seis concilios ecuménicos y sus desarrollos,
presentando fielmente la doctrina cristológica, mariológica y soteriológica,
y denunciando las herejías monofisita y monotelita, iconoclasta y
neo-pelagiana. Finalmente escribió con rigor documental y pericia literaria
la ya mencionada Historia eclesiástica de los pueblos ingleses, por la que se
le ha reconocido como "el padre de la historiografía inglesa". Las
características de la Iglesia que Beda quiso poner de manifiesto son: a) la
catolicidad como fidelidad a la tradición y al mismo tiempo apertura a los
cambios históricos, y como búsqueda de la unidad en la multiplicidad, en la
diversidad de la historia y de las culturas, según las directivas que el Papa
Gregorio Magno había dado al apóstol de Inglaterra, Agustín de Canterbury; b)
la apostolicidad y la romanidad: en este sentido considera de primordial
importancia convencer a todas las iglesias irlandesas celtas y de los pictos
(una de las cuatro etnias que poblaban Escocia, de origen celta, n.d.t.) a
celebrar unitariamente la Pascua según el calendario romano. El Computo que
él elaboró científicamente para establecer la fecha exacta de la celebración
pascual, y por tanto de todo el ciclo del año litúrgico, se ha convertido en
el texto de referencia para toda la Iglesia católica.
Beda fue también un insigne maestro
de teología litúrgica. En las homilías de los evangelios dominicales y
festivos, desarrolló una verdadera mistagogía, educando a los fieles a
celebrar gozosamente los misterios de la fe y a reproducirlos coherentemente
en la vida, en la espera de su plena manifestación a la vuelta de Cristo,
cuando, con nuestros cuerpos glorificados, seremos admitidos a la procesión
oferente en la eterna liturgia de Dios en el cielo. Siguiendo el
"realismo" de las catequesis de Cirilo, Ambrosio y Agustín, Beda
enseña que los sacramentos de la iniciación cristiana hacen a cada fiel,
"no sólo cristiano sino Cristo". Cada vez que un alma fiel acoge y
custodia con amor la Palabra de Dios, imitando a María, concibe y engendra
nuevamente a Cristo. Y cada vez que un grupo de neófitos recibe los
sacramentos pascuales, la Iglesia se "auto-genera", o con una
expresión aún más audaz, la Iglesia se convierte en "madre de
Dios", participando en la generación de sus hijos, por obra del Espíritu
Santo.
Gracias a esta forma suya de hacer
teología, entremezclando Biblia,liturgia e historia, Beda tiene un mensaje
actual para los distintos "estados de vida": a) a los estudiosos
(doctores ac doctrices) recuerda dos tareas esenciales: escrutar las
maravillas de la Palabra de Dios para presentarlas de forma atrayente a los
fieles; exponer las verdades dogmáticas evitando las complejidades heréticas
y ciñéndose a la "sencillez católica", con la actitud de los
pequeños y humildes a quienes Dios se complace en revelar los misterios del
Reino; b) los pastores, por su parte, deben dar prioridad a la predicación,
no sólo mediante el lenguaje verbal o hagiográfico, sino valorando también
los iconos, procesiones y peregrinaciones. A éstos, Beda les recomienda el
uso de la lengua vulgar, como él mismo hace, explicando en northumbro el
"Padre Nuestro", el "Credo" y llevando adelante hasta el
último día de su vida el comentario en lengua vulgar al Evangelio de Juan; c)
a las personas consagradas que se dedican al Oficio divino, viviendo la
alegría de la comunión fraterna y progresando en la vida espiritual mediante la
ascesis y la contemplación, Beda recomienda cuidar el apostolado --nadie
tiene el Evangelio sólo para sí mismo, sino que debe sentirlo como un don
también para los demás-- ya sea colaborando con los obispos en las
actividades pastorales de diverso tipo a favor de las jóvenes comunidades
cristianas, ya sea estando disponibles a la misión evangelizadora entre los
paganos, fuera del propio país, como "peregrini pro amore Dei".
Desde esta perspectiva, en el
comentario al Cantar de los Cantares, Beda presenta a la Sinagoga y la
Iglesia como colaboradoras en la difusión de la Palabra de Dios. Cristo
Esposo quiere una Iglesia industriosa, "bronceada por las fatigas de la
evangelización"- señalando claramente a la palabra del Cantar de los
Cantares (1,5), donde la esposa dice: "Nigra sum sed formosa"
("Negra soy, pero graciosa")-, dedicada a labrar otros campos o
viñas y establecer entre las nuevas poblaciones "no una tienda sino una
morada estable", es decir, a insertar el Evangelio en el tejido social y
en las instituciones culturales. Desde esta perspectiva el santo doctor
exhorta a los fieles laicos a ser asiduos a la educación religiosa, imitando
aquellas "insaciables multitudes evangélicas, que no dejaban a los
apóstoles tiempo siquiera de tomar un bocado". Les enseña a rezar
continuamente, "reproduciendo en la vida lo que celebran en la
liturgia", ofreciendo todos sus actos como sacrificio espiritual en
unión con Cristo. A los padres les explica que también en su pequeño ámbito
doméstico pueden ejercer "el oficio sacerdotal de pastores y
guías", formando cristianamente a los hijos, y afirma conocer a muchos
fieles (hombres y mujeres, casados o célibes) "capaces de una conducta
irreprensible que, oportunamente acompañados, podrían acercarse diariamente a
la comunión eucarística" (Epist. ad Ecgberctum, ed. Plummer, p. 419)
La fama de santidad y sabiduría de
que Beda gozó ya en vida le validó el título de "venerable". Lo
llama así también el Papa Sergio I, cuando en el 701 escribió a su abad
pidiendo que le hiciera venir temporalmente a Roma para consultarle
cuestiones de interés universal. Tras la muerte sus escritos se difundieron
extensamente en su patria y en el continente europeo. El gran misionero de
Alemania, el obispo san Bonifacio (+ 754), pidió en muchas ocasiones al
arzobispo de York y al abad de Wearmouth que hicieran transcribir algunas de
sus obras y que se las mandaran de modo que también él y sus compañeros
pudieran gozar de la luz espiritual que emanaban. Un siglo más tarde, Notkero
Galbulo, abad de San Gallo (+ 912), atestiguando la extraordinaria influencia
de Beda, lo comparó con un nuevo sol que Dios había hecho surgir no desde
Oriente, sino desde Occidente, para iluminar al mundo. Además del énfasis
retórico, es un hecho el que con sus obras, Beda contribuyó eficazmente a la
construcción de una Europa cristiana, en la que los diversos pueblos y las
culturas se amalgamaron entre sí, confiriéndole una fisonomía unitaria,
inspirada en la fe cristiana. Oremos para que también hoy haya personalidades
a la altura de Beda, para mantener unido a todo el continente; oremos para
que todos nosotros estemos dispuestos a redescubrir nuestras raíces comunes,
para ser constructores de una Europa profundamente humana y auténticamente
cristiana.
[Al final de la audiencia, Benedicto
XVI saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:
San Beda el Venerable, uno de los
eruditos más insignes de la alta Edad Media, nació hacia el año seiscientos
setenta en la región inglesa de Northumbria. A los siete años, sus parientes
lo confiaron al Abad de un monasterio benedictino cercano, para su educación.
Tras una vida de estudio, escritura y docencia, murió en mayo del año
setecientos treinta y cinco. A su reflexión teológica, basada en la Sagrada
Escritura comentada a la luz de Cristo y de la Iglesia, unió el interés por
la historia, componiendo varias obras en este campo que le merecieron el
reconocimiento de padre de la historiografía inglesa. Cultivó también la
teología litúrgica y son bien conocidos sus comentarios a los evangelios
dominicales y festivos, con los que invita a los fieles a celebrar
gozosamente los misterios de la fe y a ser coherentes con ellos en la propia
vida. Con este modo de hacer teología, entrelazando biblia, liturgia e
historia, san Beda dejó un mensaje actual para los distintos miembros de la
Iglesia y con su producción literaria contribuyó eficazmente a la
construcción de una Europa cristiana.
Saludo con afecto a los peregrinos
de lengua española, en particular los miembros de la Comisión Promotora del
monumento en Sevilla al Papa Juan Pablo II y a los componentes de la
Fundación "Padre Leonardo Castillo", de esa misma ciudad,
acompañados por el Señor Cardenal Carlos Amigo Vallejo; a los Seminaristas y
fieles de la Diócesis de Cartagena, con su Obispo, Monseñor Juan Antonio Reig
Plá, así como a los demás grupos venidos de España, Chile, México y otros
países de Latinoamérica. Que la palabra y el ejemplo de san Beda el Venerable
os ayuden en vuestra vida cristiana. Muchas gracias.
[Traducción del original italiano
por Inma Álvarez
Desde el año 2002 ofrecemos este
espacio de formación tan necesario para los miembros de equipos de liturgia,
religiosos, sacerdotes, catequistas y fieles en general.
ï’Â Â Â Â Plan de Estudios:
1er Año:
Bloque I: Naturaleza de la
Liturgia.
Bloque II: Historia de la
Liturgia.
Bloque III: Estudio de la
Instrucción General del Misal Romano (I.G.M.R).
Bloque IV: Pastoral Litúrgica
I: Confección de guiones.
2do Año:
Bloque V: El tiempo y la
Liturgia.
Bloque VI: Espiritualidad Litúrgica.
Liturgia de las Horas.
Bloque VII: Sacramentos.
Bloque VIII: Pastoral Litúrgica
II: La música y la Liturgia - La Pastoral Litúrgica - El Equipo Parroquial de
Liturgia.
ï’Â Â Â Â Objetivos del Centro
Diocesano de Formación Litúrgica:
•     Presentar de
modo sistemático los temas principales de la teoría y práctica litúrgica.
•     Proveer a los
estudiantes una visión de conjunto de esta disciplina.
•     Brindar un
espacio para la convergencia de la reflexión y la práctica.
•     Profundizar los
conocimientos previos a partir del empleo de una metodología de estudio
propia de la disciplina.
•     Formar agentes
de pastoral que promuevan la renovación y el fomento de la liturgia en sus
comunidades.
•     Buscar la
comprensión del Misterio de Cristo para poder participar de él con la propia
vida.
Toma de posesión del rector de la basílica
de Luján
El arzobispo de Mercedes- Luján, monseñor
Agustín Radrizzani, puso en posesión como párroco y rector de la basílica de
Nuestra Señora de Luján al presbítero José Daniel Blanchoud, durante una misa
concelebrada por 35 sacerdotes el pasado viernes 30 de enero en el templo
dedicado a la patrona nacional.
El sacerdote sucede en el cargo al
presbítero Jorge Torres Carbonell, quien retornó a cumplir funciones
pastorales en la arquidiócesis de Buenos Aires.
La celebración eucarística contó con la
presencia de autoridades municipales y fuerzas vivas de la zona, como también
de numerosos fieles de la ciudad de Luján.
Asimismo, asistieron delegaciones de la
ciudad de Chivilcoy donde el sacerdote se desempeñaba como párroco, y de San
Andrés de Giles, ciudad de la que es oriundo.
El nuevo párroco
El presbítero Daniel Blanchoud nació en San
Andrés de Giles, el 6 de febrero de 1960, y fue ordenado sacerdote el 28 de
abril de 1989:
Fue vicario parroquial de Nuestra Señora
del Carmen, en General Rodríguez (1989-1992); párroco de Nuestra Señora del
Rosario, en Alberti (1992-1999); párroco de Nuestra Señora de la Medalla
Milagrosa, de General Rodríguez (1999-2001); administrador y vicario de la
basílica de Luján (2001-2003), párroco de San Andrés Apóstol, en San Andrés
de Giles (2003-2007) y desde el año 2007 se desempeñaba como párroco de San
Pedro Apóstol, en Chivilcoy.+
Los
días 27 y 28 de febrero y el 1 de marzo, se llevará a cabo el tercer curso
para dirigentes de niños y el segundo curso para dirigentes de jóvenes,
abierto a todas las parroquias, organizado por la Acción Católica de la
arquidiócesis de Buenos Aires, a modo de servicio de las necesidades de la
pastoral arquidiocesana en comunión con la Vicaría para la Juventud y la
Vicaría para Niños.
En ese fin de semana, se brindarían los elementos esenciales para el trabajo
pastoral con niños y, para aquellos que deseen se continuará con una reunión
mensual fija para seguir profundizando y ampliando la formación. Estará
destinado fundamentalmente a jóvenes entre 15 y 25 años.
"La Acción Católica como institución eclesial, tiene la misión de
evangelizar y esta finalidad es la que determina su modo de inserción en la
Iglesia, su estilo de vida y su organización", se recuerda en la
convocatoria.
La asociación laical subraya además que en este trienio la Acción Católica
porteña, "siendo fiel a su esencia, pueda tanto a nivel institucional
como a nivel de cada uno de sus miembros, vivir una espiritualidad de
comunión y participación en el servicio a la Pastoral Arquidiocesana en su
distintos ámbitos dentro del que se encuentra de modo privilegiado la
parroquia".
Tras reconocer que "somos conscientes de que una de las dificultades
con las que nos encontramos a la hora de organizar un proyecto que abarque la
realidad infantil y juvenil es la falta de dirigentes o animadores; o muchas
veces cuando los tenemos no se encuentran lo suficientemente preparados para
asumir ese rol educador y evangelizador", dice constatar que "al
concluir con los niños su catequesis de iniciación, no siempre tenemos una
estructura o personas que nos permitan continuar con ellos el proceso de fe
iniciado".
La convocatoria lleva las firmas del obispo auxiliar de Buenos Aires y
vicario episcopal para la Pastoral, monseñor Eduardo García; del viceasesor
general de la AC de Buenos Aires, presbítero Alejandro Russo; del director
ejecutivo de la Vicaría Episcopal para la Juventud, presbítero Rubén Ceraci;
y del director ejecutivo de la Vicaría Episcopal de Niños, presbítero Oscar
Fabré.
Inscripciones e informes por correo electrónico secretaria@... o
vicariani@... , o directamente en el Consejo Arquidiocesano de
Buenos Aires de la Acción Católica, Montevideo 850, segundo piso, teléfono
4812-2524 / 4813-1732. También en la Vicaría Episcopal para los Niños, teléfono
4504-6255, martes, jueves y viernes de 16.30 a 20.+
Cáritas Argentina acompaña a las
familias damnificadas por el alud que el lunes azotó a la localidad salteña
de Tartagal, causando la muerte, según fuentes oficiales, de al menos dos
personas y ocasionando graves daños en la infraestructura de la ciudad.
La organización caritativa de la
Iglesia anticipó en un comunicado que "desde entonces, se mantiene en
diálogo permanente con la Cáritas local, que está asistiendo a las
comunidades afectadas y evaluando cuáles son las prioridades a
atender".
Como sucede en cada situación
de emergencia, Cáritas procura organizar la ayuda de manera rápida y
efectiva, a fin de satisfacer las necesidades más urgentes de quienes sufren
las consecuencias del alud.
"Una de las primeras
tareas realizadas fue la organización de los centros de evacuados, que están
funcionando en algunas Cáritas parroquiales, en escuelas y en Gendarmería,
donde se encuentran muchas mujeres y niños que perdieron todo con la tormenta",
expresaron miembros de Cáritas Orán, diócesis a la que pertenece la localidad
de Tartagal".
Teniendo en cuenta que el envío
de donaciones en especie implica altos costos y una enorme tarea de logística
para clasificar, seleccionar y distribuir la ayuda recibida, las Cáritas
diocesanas geográficamente más cercanas a Tartagal son las encargadas de
coordinar, en articulación con la Cáritas afectada, el modo más viable de
canalizar y acercar dicha ayuda.
Cáritas Argentina habilitó una
cuenta bancaria para sumar colaboraciones y facilitar que los fondos
recibidos sean utilizados en el mismo lugar en que se produce la emergencia,
de acuerdo a las prioridades puntuales. Cuenta corriente Banco Nación Nº
35869/51, sucursal Plaza de Mayo, CBU 01105995-20000035869519, a nombre de
Cáritas Argentina Emergencia, CUIT 30-51731290-4.
"Junto a estas acciones,
ponemos en oración a todos aquellos que se ven afectados por esta situación,
pidiéndole a María que los ampare y que a todos nos anime a ser corresponsables
desde la solidaridad", concluye.+
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 11 de
febrero de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la catequesis que
Benedicto XVI ofreció durante la audiencia general a los peregrinos
congregados en el Aula Pablo VI.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
Después de veinte catequesis
dedicadas al Apóstol Pablo, quisiera retomar hoy la presentación de los
grandes escritores de la Iglesia de Oriente y Occidente en la Edad Media. Y
propongo la figura de Juan llamado Clímaco, transliteración latina del
término griego klímakos, que significa de la escala (klímax). Se trata del
título de su obra principal en la que describe la escalada de la vida humana
hacia Dios. Nació hacia el 575. Su vida tuvo lugar en los años en que
Bizancio, capital del Imperio romano de Oriente, conoció la mayor crisis de
su historia. De repente el cuadro geográfico del imperio cambió y el torrente
de las invasiones bárbaras hizo desplomarse todas sus estructuras. Quedó sólo
la estructura de la Iglesia, que en esos tiempos difíciles continuó con su
acción misionera, humana y sociocultural, especialmente a través de la red de
los monasterios, en los que operaban grandes personalidades religiosas, como
era precisamente la de Juan Clímaco.
Entre las montañas del Sinaí, donde
Moisés encontró a Dios y Elías oyó su voz, Juan vivió y narró sus
experiencias espirituales. Se han conservado noticias de él en una breve Vida
(PG 88, 596-608), escrita por el monje Daniel de Raito: a los dieciséis años
Juan, monje en el monte Sinaí, se hizo discípulo del abad Martirio, un
"anciano", es decir, un "sabio". Hacia los veinte años
eligió vivir como eremita en una gruta a los pies de un monte, en la
localidad de Tola, a ocho kilómetros a los pies del actual monasterio de
Santa Catalina. Pero la soledad no le impidió encontrar a personas deseosas
de tener una guía espiritual, ni visitar algunos monasterios cerca de
Alejandría. Su retiro eremítico, de hecho, lejos de ser una huida del mundo y
de la realidad humana, le condujo a un amor ardiente por los demás (Vida 5) y
por Dios (Vida 7). Tras cuarenta años de vida eremítica vivida en el amor de
Dios y por el prójimo, años durante los cuales lloró, rezó, luchó contra los
demonios, fue nombrado higúmeno (superior, n.d.t.) del gran monasterio del
monte Sinaí y volvió así a la vida cenobítica, en el monasterio. Pero algunos
años antes de su muerte, nostálgico de la vida eremítica, pasó al hermano,
monje del mismo monasterio, la guía de la comunidad. Murió después del año
650. La vida de Juan se desarrolla entre dos montañas, el Sinaí y el Tabor, y
verdaderamente se pude decir de él que irradia la luz que vio Moisés en el
Sinaí y que contemplaron los apóstoles en el Tabor.
Se hizo famoso, como ya he dicho,
por su obra "La Escala" (klímax), llamada en Occidente Escala del
Paraíso (PG 88,632-1164). Compuesta por las insistentes peticiones del
higúmeno del cercano monasterio de Raito, cerca del Sinaí, la Escala es un
tratado completo de la vida espiritual, en el que Juan describe el camino del
monje desde la renuncia al mundo hasta la perfección del amor. Es un camino
que --según este libro-- tiene lugar a través de treinta escalones, cada uno
de los cuales está unido con el siguiente. El camino puede resumirse en tres
fases sucesivas: la primera muestra la ruptura con el mundo con el fin de
volver al estado de infancia evangélica. Lo esencial, por tanto, no es la
ruptura, sino la unión con lo que Jesús ha dicho, la vuelta a la verdadera
infancia en sentido espiritual, el llegar a ser como niños. Juan comenta: un
buen fundamento es el formado por tres bases y tres columnas: inocencia,
ayuno y castidad. Todos los recién nacidos en Cristo (cfr 1 Cor 3,1) deben
comenzar por estas cosas, tomando ejemplo de los recién nacidos
físicamente" (1,20; 636). El alejamiento voluntario de las personas y
lugares queridos permite al alma entrar en comunión más profunda con Dios.
Esta renuncia desemboca en la obediencia, que es el camino a la humildad a
través de las humillaciones -que no faltarán nunca- por parte de los
hermanos. Juan comenta: "Beato aquel que ha mortificado su propia
voluntad hasta el final y que ha confiado el cuidado de su persona a su
maestro en el Señor: será colocado a la derecha del Crucificado" (4,37;
704).
La segunda fase del camino está constituida
por el combate espiritual contra las pasiones. Cada escalón de la escala está
unido con una pasión principal, que es definida y diagnosticada, indicando
además la terapia y proponiendo la virtud correspondiente. El conjunto de
estos escalones constituye sin duda el más importante tratado de estrategia
espiritual que poseemos. La lucha contra las pasiones se reviste de
positividad -no se ve como una cosa negativa- gracias a la imagen del
"fuego" del Espíritu Santo: "Todos aquellos que emprenden esta
hermosa lucha (cfr 1 Tm 6,12), dura y ardua, [...], deben saber que han
venido a arrojarse a un fuego, si verdaderamente desean que el fuego
inmaterial habite en ellos" (1,18; 636). El fuego del Espíritu Santo,
que es el fuego del amor y de la verdad. Sólo la fuerza del Espíritu Santo
asegura la victoria. Pero, según Juan Clímaco, es importante tomar conciencia
de que las pasiones no son malas en sí mismas; lo son por el uso malo que de
ellas hace la libertad del hombre. Si son purificadas, las pasiones abren al
hombre el camino hacia Dios con energías unificadas por la ascética y la
gracia y, "si han recibido del Creador un orden y un principio..., el
límite de la virtud no tiene fin" (26/2,37; 1068).
La última fase del camino es la
perfección cristiana que se desarrolla en los últimos siete peldaños de la
Escala. Estos son los estadios más altos de la vida espiritual,
experimentables por los "esicasti", los solitarios, que han llegado
a la quietud y a la paz interior; pero son estadios accesibles también a los
cenobitas más fervientes. De los tres primeros -sencillez, humildad y
discernimiento- Juan, en línea con los Padres del desierto, considera más
importante este último, es decir, la capacidad de discernir. Todo
comportamiento debe someterse al discernimiento, todo depende de hecho de
motivaciones profundas, que es necesario explorar. Aquí se entra en lo
profundo de la persona y se trata de despertar en el eremita, en el
cristiano, la sensibilidad espiritual y el "sentido del corazón",
dones de Dios: "Como guía y regla de todas las cosas, después de Dios,
debemos seguir a nuestra conciencia" (26/1,5;1013). De esta forma se
llega a la tranquilidad del alma, la esichía, gracias a la cual el alma puede
asomarse al abismo de los misterios divinos.
El estado de quietud, de paz
interior, prepara al esicasta a la oración, que en Juan es doble: la
"oración corpórea" y la "oración del corazón". La primera
es propia de quien debe hacerse ayudar por posturas del cuerpo: extender las
manos, emitir gemidos, golpearse el pecho, etc. (15,26; 900); la segunda es
espontánea, porque es efecto del despertar de la sensibilidad espiritual, don
de Dios a quien se dedica a la oración corpórea. En Juan ésta toma el nombre
de "oración de Jesús" (Iesoû euché), y está constituida por la
invocación del nombre de Jesús, una invocación continua como la respiración:
"La memoria de Jesús se hace una con tu respiración, y entonces
descubrirás la verdad de la esichía", de la paz interior (27/2,26;
1112). Al final, la oración se hace algo muy sencillo, simplemente la palabra
"Jesús" se convierte en una sola cosa con nuestra respiración.
El último peldaño de la escala (30),
lleno de la "sobria ebriedad del Espíritu" se dedica a la suprema
"trinidad de las virtudes": la fe, la esperanza y sobre todo la
caridad. De la caridad, Juan habla también como éros (amor humano), figura de
la unión matrimonial del alma con Dios. Y elige una vez más la imagen del
fuego para expresar el ardor, la luz, la purificación del amor por Dios. La
fuerza del amor humano puede ser reorientada hacia Dios, como sobre el
olivastro puede injertarse el olivo bueno (cfr Rm 11,24) (15,66; 893). Juan
está convencido de que una experiencia intensa de este éros hace avanzar al
alma más que la dura lucha contra las pasiones, porque es grande su poder.
Prevalece por tanto la positividad de nuestro camino. Pero la caridad se ve
también en relación estrecha con la esperanza: "La fuerza de la caridad
es la esperanza: gracias a ella esperamos la recompensa de la caridad... la
esperanza es la puerta de la caridad... la ausencia de la esperanza anonada
la caridad: a ella están vinculadas nuestras fatigas, por ella nos sostenemos
en nuestros problemas y gracias a ella estamos rodeados por la misericordia
de Dios" (30,16; 1157). La conclusión de la Escala contiene la síntesis
de la obra con palabras que el autor hace proferir al mismo Dios: "Que
esta escala te enseñe la disposición espiritual de las virtudes. Yo estoy en
la cima de esta escala, como dijo aquel gran iniciado mío (San Pablo): Ahora
permanecen por tanto estas tres cosas: fe, esperanza y caridad, la más grande
de todas es la caridad (1 Cor 13,13)!" (30,18; 1160).
En este punto, se impone una última
pregunta: la Escala, obra escrita por un monje eremita vivido hace mil
cuatrocientos años, ¿puede decirnos algo a nosotros hoy? El itinerario
existencial de un hombre que vivió siempre en la montaña del Sinaí en un tiempo
tan lejano, ¿puede ser de actualidad para nosotros? En un primer momento,
parecería que la respuesta debiera ser "no", porque Juan Clímaco
está muy lejos de nosotros. Pero, si observamos un poco más de cerca, vemos
que aquella vida monástica es sólo un gran símbolo de la vida bautismal, de
la vida del cristiano. Muestra, por así decirlo, en letras grandes lo que
nosotros escribimos cada día con letra pequeña. Se trata de un símbolo
profético que revela lo que es la vida del bautizado, en comunión con Cristo,
con su muerte y su resurrección. Para mí es particularmente importante el
hecho de que el culmen de la escala, los últimos peldaños sean al mismo
tiempo las virtudes fundamentales, iniciales, más sencillas: la fe, la
esperanza y la caridad. No son virtudes accesibles sólo a los héroes morales,
sino que son don de Dios para todos los bautizados: en ellas también crece
nuestra vida. El inicio es también el final, el punto de partida es también
el punto de llegada: todo el camino va hacia una realización cada vez más
radical de la fe, la esperanza y la caridad. En estas virtudes está presente
la escalada. Fundamentalmente es la fe, porque esta virtud implica que yo
renuncie a la arrogancia, a mi pensamiento, a la pretensión de juzgar por mí
mismo, sin confiarme a otros. Este camino hacia la humildad, hacia la
infancia espiritual es necesario: es necesario superar la actitud de
arrogancia que hace decir: yo soy mejor, en este tiempo mío del siglo XXI, de
lo que sabían los que vivían entonces. Es necesario, en cambio, confiarse
solamente a la Sagrada Escritura, a la Palabra del Señor, asomarse con
humildad al horizonte de la fe, para entrar así en la enorme vastedad del
mundo universal, del mundo de Dios. De esta forma nuestra alma crece, crece
la sensibilidad del corazón hacia Dios. Justamente dice Juan Clímaco que sólo
la esperanza nos hace capaces de vivir la caridad. La esperanza en la que
trascendemos las cosas de cada día, no esperamos el éxito en nuestros días
terrenos, sino que esperamos finalmente la revelación de Dios mismo. Sólo en
esta extensión de nuestra alma, en esta autotrascendencia, nuestra vida se
engrandece y podemos soportar los cansancios y desilusiones de cada día,
podemos ser buenos con los demás sin esperar recompensa. Solo si Dios existe,
esta gran esperanza a la que tiendo, puedo cada día dar los pequeños pasos de
mi vida y así aprender la caridad. En la caridad se esconde el misterio de la
oración, del conocimiento personal de Jesús: una oración sencilla que sólo
tiende a tocar el corazón del divino Maestro. Y así se abre el propio
corazón, se aprende de Él su misma bondad, su amor. Usemos por tanto esta
"escala" de la fe, de la esperanza y de la caridad, y llegaremos
así a la vida verdadera.
[Al final de la audiencia, el Papa
saludó a los peregrinos en varios idiomas. Hablando en español, dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:
Después del ciclo dedicado a San
Pablo, continuamos con los grandes Escritores Eclesiásticos del medioevo. San
Juan Clímaco vivió entre las montañas del Sinaí como eremita y monje, en una
época de profunda crisis a causa de las invasiones de los bárbaros. Su vida
se caracterizó por un intenso amor a Dios y a los demás. Escribió un tratado
de vida espiritual, la Escala del Paraíso, en la que describe el camino que debe
recorrer el monje desde la renuncia al mundo hasta la perfección del amor. En
la primera fase se trata de la ruptura con el mundo para volver al estado de
infancia espiritual. Después, la lucha espiritual contra las pasiones para
adquirir las virtudes. En la última etapa de la perfección cristiana, el
alma, una vez alcanzado el estado de quietud, se preparara para la plegaria
del cuerpo y del corazón. El autor concluye tratando de las tres virtudes
teologales, y subrayando con San Pablo la primacía de la caridad sobre las
demás. Es un escrito actual para los cristianos de hoy, pues señala la
dirección hacia la que todos en la Iglesia deben de tender, la participación
en la muerte y resurrección de Cristo comenzada con el bautismo.
Saludo cordialmente a los fieles de
lengua española aquí presentes. En particular, a los peregrinos de las
diócesis de Plasencia y Alcalá de Henares, acompañados por Monseñor Amadeo
Rodríguez, Obispo de Plasencia, a la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío,
de Almonte, así como a los demás grupos venidos de España, México y otros
países latinoamericanos. Aliento a todos a aprovechar peregrinación a Roma
para profundizar en la fe y sentir el gozo de pertenecer a la Iglesia. Que
Dios os bendiga.
[Traducción del original italiano por
Inma Álvarez
Con motivo de las
fiestas patronales, el obispo de Río Gallegos, monseñor Juan Carlos Romanín
SDB, presidió una misa en honor de San Juan Bosco en la parroquia de la
capital provincial que lleva su nombre, donde alentó a la feligresía a
propagar la devoción a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora, porque tal
como confía el fundador de los salesianos en ellos “verán lo que son
los milagros”.
Tras recordar que
esa celebración eucarística es “un renovado motivo para dar gracias a
Dios por los beneficios y bendiciones que nos regala cotidianamente”,
exhortó a participar activamente de los festejos por los cincuenta años de la
diócesis, con el objetivo de “recordar con gratitud el pasado, vivir
con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro”.
Al referirse al
inicio del triduo jubilar “centrando todos nuestros esfuerzos en la palabra
de Dios”, monseñor Romanín recordó que el testimonio de San Juan Bosco
“nos invita a ser creativos en la formulación de itinerarios de
anuncio, de catequesis y de educación en la fe, adecuados especialmente a
nuestros jóvenes, una de las prioridades de nuestra diócesis”.
El prelado
santacruceño expresó especial preocupación por los jóvenes, por lo que invitó
a saber “educarlos y acompañarlos en la oración personal y cuidar el
estilo celebrativo que comunique una experiencia auténtica del encuentro
gozoso y vivo con el Jesús, Señor de la Historia”.
En la homilía,
monseñor Romanín hizo hincapié en la vida de San Juan Bosco, y rescató su
convencimiento de “la presencia real de Jesús en el sagrario” y
su pedagogía de la amistad, un rasgo que sobresalía en la personalidad del
Santo.
“Su madre,
mamá Margarita, como era costumbre y tradición, le enseñó a rezar y a amar a
Jesús. Cuando Don Bosco escribe sus ‘Memorias’, relata con
detalles el día en que su madre lo preparó para su primera Comunión.
‘Juanito mío, Dios te va a dar un gran regalo. Procura prepararte bien
y promete a nuestro Señor ser mejor en lo por venir’. Y luego de haber
recibido a Jesús ella misma le dijo: ‘Querido hijo mío: este es un día
muy grande para ti. Estoy segura de que Dios ha tomado verdadera posesión de
tu corazón. En lo sucesivo, comulga con frecuencia...’. La familia
juega un papel fundamental en su vida de fe, especialmente su mamá. Don Bosco
tratará de hacer lo mismo con sus chicos”, relató.
Más adelante,
cuenta que su confesor, Don José Cafasso: “Me animó a frecuentar la
confesión y la comunión. Me enseñó a hacer cada día una breve meditación y
una lectura espiritual.”
Asimismo, insistió
en señalar que Don Bosco decía que “la barca de la Iglesia logra el
triunfo frente al mal aferrándose a la columna de la Eucaristía y a la de la
Santísima Virgen”.
Monseñor Romanín
expresó su deseo de que 2009 “nos encuentre con la mirada puesta en
Jesús Eucaristía. El sacramento del pan eucarístico significa y al mismo
tiempo realiza la unidad de los creyentes, que formamos un solo cuerpo en
Cristo. Unidad que supone la diversidad y el pluralismo de cada uno de
nosotros”.
“Este es
siempre nuestro gran desafío en camino hacia el jubileo: ser una Iglesia con
rostro joven que peregrina dando testimonio del Cristo Vivo que está presente
en medio nuestro, particularmente a través de su Palabra y de la
Eucaristía” añadió el prelado, al tiempo que pidió a la Santísima
Virgen, María Auxiliadora y Mujer Eucarística, “que nos siga
acompañando, caminando de la mano con nosotros”.
“Ella bendiga cada una de nuestras
familias, e interceda ante Dios para que tengamos días siempre nuevos, con
salud para todos, con trabajo digno y estable, con educación asegurada para
nuestros niños y jóvenes, con sabiduría y honestidad para quienes nos
gobiernan, con viviendas dignas para todos, con seguridad en nuestras calles,
con respeto por los derechos de cada uno, con un saludable medio ambiente,
con iglesias de puertas siempre abiertas”, concluyó.+
"Jesús, después de hacer un
ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre"
CIUDAD DEL VATICANO, martes, 3 de
febrero de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje que ha escrito Benedicto
XVI para la Cuaresma 2009 que lleva por título "Jesús, después de hacer
un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre"
(Mateo 4, 2).
* * *
¡Queridos hermanos y hermanas!
Al comenzar la Cuaresma, un tiempo
que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia
nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición
bíblica cristiana confiere un gran valor ! la oración, el ayuno y la limosna
! para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer
experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual,
"ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los
caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega
a los poderosos" (Pregón pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal,
este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el
sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de
ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública.
Leemos en el Evangelio: "Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto
para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta
días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,1-2). Al igual que
Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías
antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y
ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con
el tentador.
Podemos preguntarnos qué valor y qué
sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí
mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y
toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para
evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la
salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las
primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se
abstenga de consumir el fruto prohibido: "De cualquier árbol del jardín
puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás,
porque el día que comieres de él, morirás sin remedio" (Gn 2, 16-17).
Comentando la orden divina, San Basilio observa que "el ayuno ya existía
en el paraíso", y "la primera orden en este sentido fue dada a
Adán". Por lo tanto, concluye: "El ‘no debes comer' es, pues,
la ley del ayuno y de la abstinencia" (cfr. Sermo de jejunio: PG 31,
163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el
ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es
lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra
Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar "para humillarnos ! dijo
! delante de nuestro Dios" (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y
aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive
que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron,
como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: "A ver si Dios se
arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos"
(3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.
En el Nuevo Testamento, Jesús indica
la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que
observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su
corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el
divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial,
que "ve en lo secreto y te recompensará" (Mt 6,18). Él mismo nos da
ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el
desierto, que "no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que
sale de la boca de Dios" (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente,
tiene como finalidad comer el "alimento verdadero", que es hacer la
voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la
orden del Señor de "no comer del árbol de la ciencia del bien y del
mal", con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios,
confiando en su bondad y misericordia.
La práctica del ayuno está muy
presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co
6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz
de frenar el pecado, reprimir los deseos del "viejo Adán" y abrir
en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una
práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe
San Pedro Crisólogo: "El ayuno es el alma de la oración, y la
misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien
ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al
suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los
suyos al que le súplica" (Sermo 43: PL 52, 320, 332).
En nuestros días, parece que la
práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más
bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor
de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que
ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en
primer lugar, una "terapia" para curar todo lo que les impide
conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini
de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el
ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no "vivir para sí
mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para
los hermanos" (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión
para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica,
valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica
penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el
corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva
ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).
La práctica fiel del ayuno
contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a
evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que
conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía
"retorcidísima y enredadísima complicación de nudos" (Confesiones,
II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: "Yo sufro, es
verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para
que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura" (Sermo 400, 3,
3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita
una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de
salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el
hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el
hambre y la sed de Dios.
Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda
a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros
hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: "Si alguno
que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra
sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?" (3,17).
Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen
Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. encíclica
Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a
los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no
nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y
atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a
intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y
comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y
la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad
cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15,
25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al
ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que
redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo
litúrgico cuaresmal.
Lo que he dicho muestra con gran
claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma
espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros
mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros
bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de
la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos
afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico
cuaresmal exhorta: "Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, /
somno, iocis et arctius / perstemus in custodia - Usemos de manera más sobria
las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos
vigilantes, con mayor atención".
Queridos hermanos y hermanas, bien
mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como
escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno
mismo a Dios (cfr. encíclica Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en
cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo
que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre
al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en
la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en
la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa
dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de
la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y
nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del
pecado para que se convierta cada vez más en "tabernáculo viviente de
Dios". Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y
cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os
imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 11 de diciembre de 2008
BENEDICTUS PP. XVI
[Traducción del original italiano
distribuida por la Santa Sede
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 4 de
febrero de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto de la
catequesis que Benedicto XVI pronunció el miércoles, con motivo de la
Audiencia General, en el Aula Pablo VI, y con la que ha concluido su ciclo
sobre san Pablo.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
La serie de nuestras catequesis
sobre la figura de san Pablo ha llegado a su conclusión: queremos hablar hoy
del final de su vida terrena. La antigua tradición cristiana testifica
unánimemente que la muerte de Pablo vino como consecuencia del martirio sufrido
aquí en Roma. Los escritos del Nuevo Testamento no recogen el hecho. Los
Hechos de los Apóstoles terminan su relato señalando la condición de
prisionero del Apóstol, que sin embargo podía recibir a todos aquellos que le
visitaban (cfr Hch 28,30-31). Sólo en la segunda Carta a Timoteo encontramos
estas palabras premonitorias suyas: "Porque yo estoy a punto de ser
derramado en libación, y el momento de mi partida [de desplegar las velas en
el original, n.d.t.] es inminente" (2 Tm 4,6; cfr Fil 2,17). Se usan
aquí dos imágenes, la cultual del sacrificio, que ya había usado en la Carta
a los Filipenses interpretando el martirio como parte del sacrificio de
Cristo, y la marinera de soltar las amarras: dos imágenes que juntas aluden
discretamente al acontecimiento de la muerte, y de una muerte cruenta.
El primer testimonio explícito sobre
el final de san Pablo nos viene de la mitad de los años 90 del siglo I, y por
tanto poco más de treinta años después de su muerte efectiva. Se trata
precisamente de la Carta que la Iglesia de Roma, con su obispo Clemente I,
escribió a la Iglesia de Corinto. En aquel texto epistolar se invita a tener
ante los ojos el ejemplo de los Apóstoles, e, inmediatamente después de
mencionar el martirio de Pedro, se lee así: "Por los celos y la
discordia Pablo fue obligado a mostrarnos como se consigue el premio de la
paciencia. Arrestado siete veces, exiliado, lapidado, fue el heraldo de
Cristo en Oriente y en Occidente, y por su fe consiguió una gloria pura. Tras
haber predicado la justicia en todo el mundo, y tras haber llegado hasta el
extremo de Occidente, aceptó el martirio ante los gobernantes; así partió de
este mundo y llegó al lugar santo, convertido así en el más grande modelo de
paciencia" (1 Clem 5,2). La paciencia de la que habla es la expresión de
su comunión con la pasión de Cristo, de la generosidad y constancia con la
que aceptó un largo camino de sufrimiento, hasta poder decir: "llevo
sobre mi cuerpo las señales de Jesús" (Gal 6,17). Hemos escuchado en el
texto de san Clemente que Pablo habría llegado "hasta el extremo de
Occidente". Se discute si esto se refiere a un viaje a España que san
Pablo habría realizado. No existe certeza sobre esto, pero es verdad que san
Pablo en su carta a los Romanos expresa su intención de ir a España (cfr Rm
15,24).
Es muy interesante, en la carta de
Clemente, la sucesión de los dos nombres de Pedro y de Pablo, aunque éstos
serán invertidos en el testimonio de Eusebio de Cesarea en el siglo IV,
cuando hablando del emperador Nerón escribió: "Durante su reinado Pablo
fue decapitado precisamente en Roma, y Pedro fue allí crucificado. El relato
está confirmado por el nombre de Pedro y de Pablo, que aun hoy se conserva en
sus sepulcros en esta ciudad" (Hist. eccl. 2,25,5). Eusebio después continúa
relatando la declaración anterior de un presbítero romano de nombre Gayo, que
se remonta a los inicios del siglo II: "Yo te puedo mostrar el trofeo de
los apóstoles: si vas al Vaticano o a la Vía Ostiense, allí encontrarás los
trofeos de los fundadores de la Iglesia" (ibid. 2,25,6-7). Los
"trofeos" son los monumentos sepulcrales, y se trata de las mismas
sepulturas de Pedro y de Pablo que aún hoy veneramos, tras dos milenios en
los mismos lugares: sea aquí en el Vaticano respecto a san Pedro, sea en la
Basílica de San Pablo Extramuros en la Vía Ostiense, respecto al Apóstol de
los Gentiles.
Es interesante señalar que los dos
grandes Apóstoles son mencionados juntos. Aunque ninguna fuente antigua habla
de un ministerio contemporáneo suyo en Roma, la sucesiva conciencia
cristiana, sobre la base de su común sepultura en la capital del imperio, los
asociará también como fundadores de la Iglesia de Roma. Así se lee de hecho
en Ireneo de Lyón, a finales del siglo II, a propósito de la sucesión
apostólica en las distintas iglesias: "Ya que sería largo enumerar las
sucesiones de todas las Iglesias, tomaremos la Iglesia grandísima y
antiquísima y de todos conocida, la Iglesia fundada y establecida en Roma por
los dos gloriosísimos apóstoles Pedro y Pablo" (Adv. haer. 3,3,2).
Dejemos aparte la figura de Pedro y
concentrémonos en la de Pablo. Su martirio viene relatado por primera vez en
los Hechos de Pablo, escritos hacia finales del siglo II. Éstos refieren que
Nerón lo condenó a muerte por decapitación, ejecutada inmediatamente después
(cfr 9,5). La fecha de la muerte varía según las fuentes antiguas, que la
colocan entre la persecución desencadenada por Nerón mismo tras el incendio
de Roma en julio del 64 y el último año de su reinado, el 68 (cfr Jerónimo,
De viris ill. 5,8). El cálculo depende mucho de la cronología de la llegada
de Pablo a Roma, una discusión en la que no podemos entrar aquí. Tradiciones
sucesivas precisarán otros dos elementos. Uno, el más legendario, es que el
martirio tuvo lugar en las Acquae Salviae, en la Vía Laurentina, con un
triple rebote de la cabeza, cada uno de los cuales causó la salida de una
corriente de agua, por lo que el lugar se ha llamado hasta ahora "Tre
Fontane" (Hechos de Pedro y Pablo del Pseudo Marcelo, del siglo V). El
otro, en consonancia con el antiguo testimonio ya mencionado, del presbítero
Gayo, es que su sepultura tuvo lugar "no sólo fuera de la ciudad, en la
segunda milla de la Vía Ostiense", sino más precisamente "en la
granja de Lucina", que era una matrona cristiana (Pasión de Pablo del
Pseudo Abdías, del siglo VI). Aquí, en el siglo IV, el emperador Constantino
erigió una primera iglesia, después enormemente ampliada tras el siglo IV y V
por los emperadores Valentiniano II, Teodosio y Arcadio. Tras el incendio de
1800, se erigió aquí la actual basílica de San Pablo Extramuros.
En todo caso, la figura de san Pablo
se engrandece más allá de su vida terrena y de su muerte; él ha dejado de
hecho una extraordinaria herencia espiritual. También él, como discípulo
verdadero de Jesús, se convirtió en signo de contradicción. Mientras que
entre los llamados "ebionitas" --una corriente judeocristiana-- era
considerado como apóstata de la ley mosaica, ya en el libro de los Hechos de
los Apóstolesaparece una gran veneración hacia el Apóstol Pablo. Quisiera
ahora prescindir de la literatura apócrifa, como los Hechos de Pablo y Tecla
y un epistolario apócrifo entre el Apóstol Pablo y el filósofo Séneca. Es
importante constatar sobre todo que bien pronto las Cartas de san Pablo entran
en la liturgia, donde la estructura profeta-apóstol-Evangelio es determinante
para la forma de la liturgia de la Palabra. Así, gracias a esta
"presencia" en la liturgia de la Iglesia, el pensamiento del
Apóstol se convierte en seguida en nutrición espiritual para los fieles de
todos los tiempos.
Es obvio que los Padres de la
Iglesia y después todos los teólogos se han nutrido de las Cartas de san
Pablo y de su espiritualidad. Él ha permanecido en los siglos, hasta hoy,
como verdadero maestro y apóstol de los gentiles. El primer comentario
patrístico llegado hasta nosotros sobre un escrito del Nuevo testamento es el
del gran teólogo alejandrino Orígenes, que comenta la Carta de san Pablo a
los Romanos. Este comentario por desgracia se conserva sólo en parte. San
Juan Crisóstomo, además de comentar sus Cartas, ha escrito de él sus siete
Panegíricos memorables. San Agustín le deberá el paso decisivo de su propia
conversión, y volverá a Pablo durante toda su vida. De este diálogo
permanente con el Apóstol deriva su gran teología católica y también para la
protestante de todos los tiempos. Santo Tomás de Aquino nos ha dejado un
bello comentario a las Cartas Paulinas, que representa el fruto más maduro de
la exegesis medieval. Un verdadero punto de inflexión se verificó en el siglo
XVI con la Reforma protestante. El momento decisivo en la vida de Lutero fue
el llamado "Turmerlebnis", (1517) en el que en un momento encontró
una nueva interpretación de la doctrina paulina de la justificación. Una
interpretación que lo liberó de los escrúpulos y de las ansias de su vida
precedente y que le dio una nueva, radical confianza en la bondad de Dios,
que perdona todo sin condición. Desde aquel momento, Lutero identificó el
legalismo judeo-cristiano, condenado por el Apóstol, con el orden de vida de
la Iglesia católica. Y la Iglesia le pareció como expresión de la esclavitud
de la ley a la que opuso la libertad del Evangelio. El Concilio de Trento,
entre 1545 y 1563, interpretó profundamente la cuestión de la justificación y
encontró en la línea de toda la tradición católica la síntesis entre ley y
Evangelio, conforme al mensaje de la Sagrada Escritura leída en su totalidad
y unidad.
El siglo XIX, recogiendo la mejor
herencia de la Ilustración, conoció una nueva reviviscencia del paulinismo,
ahora sobre todo en el plano del trabajo científico desarrollado por la
interpretación histórico-crítica de la Sagrada Escritura. Prescindamos aquí
del hecho de que también en aquel siglo, como en el XX, emergió una verdadera
y propia denigración de san Pablo. Pienso sobre todo en Nietzsche, que se
burlaba de la teología de la humildad en san Pablo, oponiendo a ella su
teología del hombre fuerte y poderoso. Pero prescindamos de esto y veamos la
corriente esencial de la nueva interpretación científica de la Sagrada
Escritura y del nuevo paulinismo de este siglo. Aquí se subraya sobre todo
como central en el pensamiento paulino el concepto de libertad: en él se ha
visto el corazón del pensamiento de Pablo, como por otra parte ya había
intuido Lutero. Ahora sin embargo el concepto de libertad era reinterpretado
en el contexto del liberalismo moderno. Y después se subraya fuertemente la
diferenciación entre el anuncio de san Pablo y el anuncio de Jesús. Y san
Pablo aparece casi como un nuevo fundador del cristianismo. Es cierto que en
san Pablo la centralidad del Reino de Dios, determinante para el anuncio de
Jesús, se transforma en la centralidad de la cristología, cuyo punto
determinante es el misterio pascual. Y del misterio pascual resultan los Sacramentos
del Bautismo y de la Eucaristía, como presencia permanente de este misterio,
del que crece el Cuerpo de Cristo, se construye la Iglesia. Pero diría, sin
entrar ahora en detalles, que precisamente en la nueva centralidad de la
cristología y del misterio pascual se realiza el Reino de Dios, se hace
concreto, presente, operante el anuncio auténtico de Jesús. Hemos visto en
las catequesis precedentes que precisamente esta novedad paulina es la
fidelidad más profunda al anuncio de Jesús. En el progreso de la exégesis,
sobre todo en los últimos doscientos años, crecen también las convergencias
entre las exégesis católica y protestante, realizando así un consenso notable
precisamente en el punto que estaba en el origen de la mayor disensión
histórica. Por tanto una gran esperanza para la causa del ecumenismo, tan
central para el Concilio Vaticano II.
Brevemente quisiera al final señalar
aún a los diversos movimientos religiosos, surgidos en la edad moderna en el
seno de la Iglesia católica, que se remiten a san Pablo. Así ha sucedido en
el siglo XVI con la "Congregación de san Pablo", llamada de los
Barnabitas, en el siglo XIX con los "Misioneros de San Pablo" o
Paulistas, y en el siglo XX con la poliédrica Familia paulina" fundada
por el beato Santiago Alberione , por no hablar del Instituto secular de la
"Compañía de san Pablo". Sustancialmente, permanece luminosa ante
nosotros la figura de un apóstol y de un pensador cristiano extremadamente
fecundo y profundo, de cuya cercanía cada uno de nosotros puede sacar
provecho. En uno de sus panegíricos, san Juan Crisóstomo instauró una
original comparación entre Pablo y Noé, expresándola así: Pablo "no
colocó juntos los ejes para fabricar un arca; más bien, en lugar de unir las
tablas de madera, compuso cartas y así extrajo de las aguas no a dos, o tres,
o cinco miembros de su porpia familia, sino a la entera ecumene que estaba a
punto de perecer" (Paneg. 1,5). Precisamente puede hacer aún y siempre
el apóstol Pablo. Tender hacia él, tanto a su ejemplo apostólico como a su
doctrina, será por tanto un estímulo, si no una garantía, para consolidar la
identidad cristiana de cada uno de nosotros y para la renovación de toda la
Iglesia.
[Durante los saludos, añadió:]
Sigue suscitando preocupación la
situación de Sri Lanka.
Las noticias de un recrudecimiento
del conflicto y del creciente número de víctimas inocentes me inducen a
dirigir un apremiante llamamiento a los combatientes para que respeten le
derecho humanitario y la libertad de movimiento de la población, hagan lo
posible por garantizar la asistencia a los heridos y la seguridad de los
civiles y consientan la satisfacción de sus urgentes necesidades alimentarias
y médicas.
La Virgen santa de Madhu, muy
venerada por los católicos y también por los pertenecientes a otras
religiones, apresure en día de la paz y de la reconciliación en ese querido
país.
[Traducción del original italiano
por Inma Álvarez
Radio María puede escucharse por FM 88.3
Mhz en Ushuaia, provincia de Tierra del Fuego, oficialmente desde el pasado
lunes 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción, según informó el
Equipo de Pastoral Comunicación Social Interparroquial de la diócesis de Río
Gallegos. Ese organismo agradeció al director de Radio María, presbítero
Javier Soteras, quien junto a colaboradores comenzaron "con esta gran
misión hace 12 años" y permitieron a la emisora austral "unirse a
esa gran red de Radio María Argentina".
CIUDAD DEL VATICANO, martes 16 de
diciembre de 2008 (ZENIT.org).- Publicamos íntegramente el discurso que
pronunció Benedicto XVI el 5 de diciembre a los participantes en la sesión
plenaria de la Comisión Teológica Internacional, en la Sala de los Papas del
palacio apostólico
vaticano.
* * *
Venerados hermanos en el episcopado
y en el sacerdocio; 
ilustres profesores; 
queridos
colaboradores:
Con verdadera alegría os acojo al
término de los trabajos de vuestra sesión plenaria anual, que esta vez
coincide también con la conclusión del séptimo quinquenio desde la creación
de la Comisión teológica internacional. Ante todo deseo expresar un sentido
agradecimiento por las palabras de saludo que me ha dirigido, en nombre de
todos, monseñor Luis Francisco Ladaria Ferrer, en calidad de secretario
general de la Comisión teológica internacional. También os manifiesto mi
agradecimiento a todos vosotros que, durante este quinquenio, habéis dedicado
vuestras energías a un trabajo verdaderamente valioso para la Iglesia y para
aquel a quien el Señor ha llamado a desempeñar el ministerio de Sucesor de
Pedro.
De hecho, los trabajos de este
séptimo "quinquenio" de la Comisión teológica internacional ya han
dado un fruto concreto, como ha recordado monseñor Ladaria Ferrer, con la
publicación del documento: "La esperanza de la salvación para los niños
que mueren sin bautismo", y se preparan para alcanzar otra meta
importante con el documento: "En busca de una ética universal: nueva
mirada sobre la ley natural", que todavía se debe someter a los últimos
pasos previstos por las normas de los Estatutos de la Comisión, antes de la
aprobación definitiva.
Como ya he recordado en ocasiones
anteriores, reafirmo la necesidad y la urgencia, en el contexto actual, de
crear en la cultura y en la sociedad civil y política las condiciones
indispensables para una conciencia plena del valor irrenunciable de la ley
moral natural. También gracias al estudio que vosotros habéis emprendido
sobre este tema fundamental, resultará claro que la ley natural constituye la
verdadera garantía ofrecida a cada uno para vivir libre y respetado en su
dignidad de persona, y para sentirse defendido de cualquier manipulación
ideológica y de cualquier atropello perpetrado apoyándose en la ley del más
fuerte.
Todos sabemos bien que, en un mundo
formado por las ciencias naturales, el concepto metafísico de la ley natural
está prácticamente ausente y resulta incomprensible. Tanto más cuanto que,
viendo su importancia fundamental para nuestras sociedades, para la vida humana,
es necesario que en el contexto de nuestro pensamiento se vuelva a proponer y
se haga comprensible este concepto: el hecho de que el ser mismo lleva en sí
un mensaje moral y una indicación para las sendas del derecho.
Con respecto al tercer tema,
"Sentido y método de la teología", que durante este quinquenio ha
sido objeto de estudio particular, deseo subrayar su importancia y
actualidad. En una "sociedad planetaria" como la que se está
formando hoy, la opinión pública pide a los teólogos sobre todo que promuevan
el diálogo entre las religiones y las culturas, que contribuyan al desarrollo
de una ética que tenga como coordenadas de fondo la paz, la justicia y la
defensa del ambiente natural. Y se trata realmente de bienes fundamentales.
Pero una teología limitada a estos
nobles objetivos no sólo perdería su propia identidad, sino también el
fundamento mismo de estos bienes. La primera prioridad de la teología, como
ya lo indica su nombre, es hablar de Dios, pensar en Dios. Y la teología no
habla de Dios como de una hipótesis de nuestro pensamiento. Habla de Dios
porque Dios mismo ha hablado con nosotros. La verdadera tarea de la teología
consiste en entrar en la Palabra de Dios, tratar de entenderla en la medida
de lo posible y hacer que nuestro mundo la entienda, a fin de encontrar así
las respuestas a nuestros grandes interrogantes. En esta tarea también se
pone de manifiesto que la fe no sólo no es contraria a la razón, sino que
además abre los ojos de la razón, ensancha nuestro horizonte y nos permite encontrar
las respuestas necesarias a los desafíos de los diversos tiempos.
Desde el punto de vista objetivo, la
verdad es la Revelación de Dios en Cristo Jesús, que requiere como respuesta
la obediencia de la fe en comunión con la Iglesia y su Magisterio. Recuperada
así la identidad de la teología, entendida como reflexión argumentada,
sistemática y metódica sobre la Revelación y sobre la fe, también la cuestión
del método queda iluminada. El método en teología no podrá constituirse sólo
sobre la base de los criterios y las normas comunes a las demás ciencias,
sino que deberá observar ante todo los principios y las normas que derivan de
la Revelación y de la fe, del hecho de que Dios ha hablado.
Desde el punto de vista subjetivo,
es decir, desde el punto de vista de quien hace teología, la virtud
fundamental del teólogo es buscar la obediencia a la fe, la humildad de la fe
que abre nuestros ojos: la humildad que convierte al teólogo en colaborador
de la verdad. De este modo no se dedicará a hablar de sí mismo; al contrario,
interiormente purificado por la obediencia a la verdad, llegará a hacer que
la Verdad misma, el Señor, pueda hablar a través del teólogo y de la
teología. Al mismo tiempo, logrará que, por su medio, la verdad pueda ser
llevada al mundo.
Por otra parte, la obediencia a la
verdad no significa renuncia a la búsqueda y al esfuerzo del pensar; por el
contrario, la inquietud del pensamiento, que indudablemente nunca podrá
quedar aplacada del todo en la vida de los creyentes, dado que también ellos
están en un camino de búsqueda y profundización de la Verdad, será sin
embargo una inquietud que los acompañe y los estimule en la peregrinación del
pensamiento hacia Dios, y así resultará fecunda.
Por tanto, deseo que vuestra
reflexión sobre estos temas logre volver a poner de relieve los auténticos
principios y el significado sólido de la verdadera teología, a fin de que
percibamos y comprendamos cada vez mejor las respuestas que la Palabra de
Dios nos da y sin las cuales no podemos vivir de una manera sabia y justa,
porque sólo así se abre el horizonte universal, infinito, de la verdad.
Así pues, mi agradecimiento por
vuestro compromiso y vuestra obra en la Comisión teológica internacional
durante este quinquenio es al mismo tiempo un deseo cordial de éxito en el
trabajo futuro de este importante organismo al servicio de la Sede apostólica
y de toda la Iglesia. A la vez que renuevo la expresión de mis sentimientos
de satisfacción, afecto y alegría por este encuentro, invoco del Señor, por
intercesión de la Virgen santísima, abundantes luces celestiales sobre
vuestro trabajo, y de corazón os imparto una bendición apostólica especial,
que extiendo a vuestros seres queridos.
Intervención en la audiencia general
de este miércoles
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 17 de
diciembre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto competo de
la catequesis sobre la preparación a la Navidad pronunciada hoy por el Papa
Benedicto XVI durante la audiencia general, a los peregrinos congregados en
el Aula Pablo VI.
* * *
Queridos hermanos y hermanas
Comenzamos precisamente hoy los días
del Adviento que nos preparan inmediatamente a la Natividad del Señor:
estamos en la Novena de Navidad, que en muchas comunidades cristianas se
celebra con liturgias ricas en texto bíblicos, orientados todos ellos a
alimentar la espera del nacimiento del Salvador. La Iglesia entera, en
efecto, concentra su mirada de fe hacia esta fiesta ya cercana,
predisponiéndose, como cada año, a unirse al canto alegre de los ángeles, que
en el corazón de la noche anunciarán a los pastores el extraordinario
acontecimiento del nacimiento del Redentor, invitándoles a acercarse a la
gruta de Belén. Allí yace el Enmanuel, el Creador hecho criatura, envuelto en
pañales y acostado en un pobre pesebre (cfr Lc 2,13-14).
Por el clima que la caracteriza, la
Navidad es una fiesta universal. Incluso quien no se profesa creyente, de
hecho, puede percibir en esta celebración cristiana anual algo extraordinario
y trascendente, algo íntimo que habla al corazón. Es la fiesta que canta el
don de la vida. El nacimiento de un niño debería ser siempre un
acontecimiento que trae alegría: el abrazo de un recién nacido suscita
normalmente sentimientos de atención y de premura, de conmoción y de ternura.
La Navidad es el encuentro con un recién nacido que llora en una gruta
miserable. Con templándolo en el pesebre, ¿cómo no pensar en tantos niños que
aún hoy ven la luz en una gran pobreza, en muchas regiones del mundo? ¿Cómo
no pensar en los recién nacidos no acogidos y rechazados, a los que no llegan
a sobrevivir por falta de cuidados y atenciones? ¿Cómo no pensar también en
las familias que quisieran la alegría de un hijo y no ven colmada esta
esperanza? Bajo el empuje de un consumismo hedonista, por desgracia, la
Navidad corre el riesgo de perder su significado espiritual para reducirse a
una mera ocasión comercial de compras e intercambio de regalos. En verdad,
sin embargo, las dificultades y las incertidumbres y la misma crisis
económica que en estos meses están viviendo tantas familias, y que afecta a
toda la humanidad, pueden ser un estímulo para descubrir el calor de la
simplicidad, de la amistad y de la solidaridad, valores típicos de la
Navidad. Despojado de las incrustaciones consumistas y materialistas, la
Navidad puede convertirse así en una ocasión para acoger, como regalo
personal, el mensaje de esperanza que emana del misterio del nacimiento de
Cristo.
Todo esto, sin embargo, no basta
para asimilar plenamente el valor de la fiesta a la que nos estamos
preparando. Nosotros sabemos que ésta celebra el acontecimiento central de la
historia: la Encarnación del Verbo divino para la redención de la humanidad.
San León Magno, en una de sus numerosas homilías navideñas, exclama así:
"Exultemos en el Señor, queridos míos, y abramos nuestro corazón a la
alegría más pura. Porque ha amanecido el día que para nosotros significa la
nueva redención, la antigua preparación, la felicidad eterna. Se renueva así
para nosotros en el ciclo anual el elevado misterio de nuestra salvación que,
prometido al principio y realizado al final de los tiempos, está destinado a
durar sin fin" (Homilía XXII). Sobre esta verdad fundamental vuelve
muchas veces san Pablo en sus cartas. A los Gálatas, por ejemplo, escribe:
"Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo,
nacido de mujer, nacido bajo la Ley... para que recibiéramos la filiación
adoptiva" (4,4). En la Carta a los Romanos pone de manifiesto las
lógicas y exigentes consecuencias de este acontecimiento salvador: "Si
(somos) hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo,
ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados" (8,17).
Pero es sobre todo san Juan, en el Prólogo al cuarto Evangelio, quien medita
profundamente sobre el misterio de la Encarnación. Y es por esto que el
Prólogo forma parte de la liturgia de la Navidad desde tiempos antiguos: en
él se encuentra, de hecho, la expresión más auténtica y la síntesis más
profunda de esta fiesta, y del fundamento de su alegría. San Juan escribe:
"Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis - Y el Verbo se hizo
carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14).
En Navidad por tanto no nos
limitamos a conmemorar el nacimiento de un gran personaje; no celebramos
simplemente y en abstracto el misterio del nacimiento del hombre o en general
el nacimiento de la vida; tampoco celebramos sólo el principio de una gran
estación. En Navidad recordamos algo muy concreto e importante para los
hombres, algo esencial para la fe cristiana, una verdad que san Juan resume
en estas pocas palabras: "El Verbo se hizo carne". Se trata de un
acontecimiento histórico que el evangelista Lucas se preocupa de situar en un
contexto muy determinado: en los días en que se emanó el decreto del primer
censo de César Augusto, cuando Quirino era ya gobernador de Siria (cf. Lc
2,1-7). Es por tanto una noche fechada históricamente en la que se verificó
el acontecimiento de salvación que Israel esperaba desde hacía siglos. En la
oscuridad de la noche de Belén se encendió, realmente, una gran luz: el
Creador del universo se encarnó uniéndose indisolublemente a la naturaleza
humana, hasta ser realmente "Dios de Dios, luz de luz" y al mismo
tiempo hombre, verdadero hombre. Aquel que Juan llama en griego "ho
logos" - traducido en latín "Verbum", "el Verbo" -
significa también "el Sentido". Por tanto, podemos entender la
expresión de Juan así: el "Sentido eterno" del mundo se ha hecho
tangible a nuestros sentidos y a nuestra inteligencia: ahora podemos tocarlo
y contemplarlo (cfr 1Jn 1,1). El "Sentido" que se ha hecho carne no
es simplemente una idea general inscrita en el mundo; es una
"palabra" dirigida a nosotros. El Logos nos conoce, nos llama, nos
guía. No es una ley universal, en la que nosotros desarrollamos algún papel,
sino que es una Persona que se interesa por cada persona singular: es el Hijo
del Dios vivo, que se ha hecho hombre en Belén.
A muchos hombres, y de alguna forma
a todos nosotros, esto parece demasiado hermoso para ser cierto. En efecto,
aquí se nos reafirma : sí, existe un sentido, y el sentido no es una protesta
impotente contra el absurdo. El Sentido es poderoso: es Dios. Un Dios bueno,
que no se confunde con cualquier poder excelso y lejano, al que nunca se
podría llegar, sino un Dios que se ha hecho cercano a nosotros y nuestro
prójimo, que tiene tiempo para cada uno de nosotros y que ha venido a
quedarse con nosotros. Entonces surge espontánea la pregunta: "¿Cómo es
posible una cosa semejante? ¿Es digno de Dios hacerse niño?". Para
intentar abrir el corazón a esta verdad que ilumina la entera existencia
humana, es necesario plegar la mente y reconocer la limitación de nuestra
inteligencia. En la gruta de Belén, Dios se muestra a nosotros humilde
"infante" para vencer nuestra soberbia. Quizás nos habríamos
rendido más fácilmente frente al poder, frente a la sabiduría; pero Él no
quiere nuestra rendición; apela más bien a nuestro corazón y a nuestra
decisión libre de aceptar su amor. Se ha hecho pequeño para liberarnos de esa
pretensión humana de grandeza que surge de la soberbia; se ha encarnado
libremente para hacernos a nosotros verdaderamente libres, libres de amarlo.
Queridos hermanos y hermanas, la
Navidad es una oportunidad privilegiada para meditar sobre el sentido y el
valor de nuestra existencia. El aproximarse de esta solemnidad nos ayuda a
reflexionar, por una parte, sobre el dramatismo de la historia en la que los
hombres, heridos por el pecado, están permanentemente buscando la felicidad y
un sentido satisfactorio de la vida y la muerte; por otra, nos exhorta a
meditar sobre la bondad misericordiosa de Dios, que ha salido al encuentro
del hombre para comunicarle directamente la Verdad que salva, y hacerle
partícipe de su amistad y de su vida. Preparémonos, por tanto, a la Navidad
con humildad y sencillez, disponiéndonos a recibir el don de la luz, la
alegría y la paz que irradian de este misterio. Acojamos la Navidad de Cristo
como un acontecimiento capaz de renovar hoy nuestra existencia. Que el
encuentro con el Niño Jesús nos haga personas que no piensen solo en sí
mismas, sino que se abran a las expectativas y necesidades de los hermanos.
De esta forma nos convertiremos también nosotros en testigos de la luz que la
Navidad irradia sobre la humanidad del tercer milenio. Pidamos a María Santísima,
tabernáculo del Verbo encarnado, y a san José, silencioso testigo de los
acontecimientos de la salvación, que nos comuniquen los sentimientos que
ellos tenían mientras esperaban el nacimiento de Jesús, de modo que podamos
prepararnos a celebrar santamente la próxima Navidad, en el gozo de la fe y
animados por el empeño de una conversión sincera.
El Instituto de Formación para laicos y
laicas "DIVINO MAESTRO", pertenece a la congregación religiosa
Compañía del Divino Maestro. La congregación es de origen argentino y tiene
como misión la formación integral de laicos y laicas, impulsándolos/as a una
presencia activa y transformante de la realidad temporal y a una
participación corresponsable en la vida de la iglesia.
La propuesta que ofrecen
El seguimiento de Jesucristo nos pide hoy,
más que nunca, una profunda atención a las grandes cuestiones y a los grandes
retos que nuestro mundo tiene planteados. Igualmente nos invita a realizar esa
mirada atenta desde una inmersión en las fuentes de la espiritualidad.
Nos es necesario profundizar en el
aprendizaje del itinerario de Jesús y tomarnos un tiempo, encontrar un
espacio para repensar aquello que el Señor nos va suscitando para ayudar a que
el Reino vaya abriéndose camino en este mundo nuestro cargado de
interrogantes y de posibilidades.
Como Instituto del Divino Maestro ofrecemos
un ESPACIO y un TIEMPO para detenernos y realizar una mirada orante y
reflexiva hacia nuestro mundo y nuestra realidad; ayudándonos de los
instrumentos que nos ofrecen el pensamiento social y teológico actual. Y todo
ello vivido desde una experiencia de comunidad y amistad en el Señor.
Dicha experiencia se concreta en distintos
espacios que puede transitar quien se acerque a la casa:
• el arte
• la teología
• la Biblia
• la espiritualidad
En el Instituto funcionan tres escuelas:
la Escuela Superior de Bellas Artes Regina Pacis, la Escuela de Teología para
Laicos (donde se forman laicos/as de la diócesis y los candidatos al
diaconado permanente) y la Escuela de Formación Bíblica. A partir de este
año, 2008, se abrió un nuevo Espacio de Espiritualidad dedicado especialmente
a la formación en este área específica.
Escuela Superior de Bellas Artes Regina
Pacis:
Cursos regulares del Profesorado Superior
(con especialidades en Escultura, Pintura o Grabado) y de las Tecnicaturas
(con las mencionadas especialidades) de LUNES VIERNES de 13 a 22hs.
•Cursos de Extensión Cultural:
abiertos a toda la comunidad y respondiendo a las distintas realidades
etarias (niños, adolescentes, jóvenes y adultos): de LUNES a VIERNES de 17 a
22 hs y SABADOS DE 9 A 13HS.
Escuela de Teología para Laicos y Laicas:
•Curso regular de tres años: MARTES
de 19 a 21hs. Talleres de Profundización MARTES de 19 a 21hs.
•Talleres y Seminarios abiertos e
introductorios: VIERNES de 19 a 21hs .
Escuela de Formación Bíblica:
•Curso regular de cuatro años:
MIERCOLES de 19 a 21hs.
•Talleres de Profundización:
MIÉRCOLES de 19 A 21 hs.
•Talleres y Seminarios abiertos e
introductorios: VIERNES de 19 a 21 hs.
Espacio de Espiritualidad:
Se ha hecho popular hace unos años la
expresión de que no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de
época. Ante tal transformación, descubrimos la urgencia de volver a abrevar
en lo profundo del pozo de nuestra espiritualidad. Abrevar allí, desde donde
todo ha brotado.
Como la experiencia de Dios no se da fuera
de la realidad, evadiéndose en una burbuja espiritual mediante técnicas sólo
disponibles para iniciados, creemos que los cristianos y las cristianas de
este tiempo estamos llamados y llamadas a ahondar nuestra experiencia mística
en el cotidiano de nuestras vidas. Por eso propiciamos caminos que nos ayuden
a:
- acoger una espiritualidad que integre y
unifique el crecimiento interior y relacional de la persona, en un proceso de
transformación beneficioso para ella y para los demás.
- gestar una espiritualidad que afecte
todo el ser, deseos y acciones de cada persona; en lo que tiene, siente, vive
y hace de positivo, y en lo que tiene, siente, vive y hace de negativo para
reconocerlo, asumirlo e integrarlo positivamente.
- construir y celebrar una espiritualidad
que ayude a humanizar la vida personal y colectiva, porque lo más
determinante es la presencia activa del amor al prójimo, sobre todo al
prójimo herido y necesitado.
Proponemos distintos trayectos que forman
parte de un itinerario que intenta recoger de modo integral las diversas
dimensiones de este camino de espiritualidad:
•Talleres: cada taller tendrá una
duración aproximada de 8 (ocho) encuentros.
•Encuentros: espacios
teórico-prácticos de iniciación a la espiritualidad o prácticas orantes.
•Grupos de Oración: pequeños grupos
que realizan un itinerario de oración, siguiendo distintas modalidades y acompañados
por algún miembro del equipo de espiritualidad.
•Retiros: a lo largo del año,
distintos espacios y jornadas para rezar, reflexionar y parar un poco lo
convulsionado de nuestra vida, y así ir tomándole el pulso…
•Talleres de Formación: JUEVES de 17
a 21hs.
•Grupos de Reflexión: cada 15 días
los lunes de 17 a 19hs.
Pronto
habrá modificaciones litúrgicas en la misa. Según anunció a L’
Osservatore Romano el cardenal nigeriano Francis Arinze, prefecto de la
Congregación del Culto Divino.
Benedicto
XVI evalúa anticipar el gesto de la paz para que no haya confusiones al
aproximarse la comunión, el momento culminante de la misa.
El
Pontífice quiere “una colocación distinta de la señal de la paz”
para “crear un clima de más recogimiento alrededor de la
comunión”, explicó Arinze, al anticipar que el saludo de la paz será
adelantado.
Ya
no será al final del rito, cuando los fieles se preparan para recibir la
Eucaristía, sino hacia la mitad de la celebración, durante el ofertorio. Los
asistentes se darán la mano o el beso de la paz en el momento en el que se
llevan al altar el pan y el vino.
Benedicto
XVI había adelantado este propósito a principios del 2007, cuando en su
exhortación apostólica postsinodal sobre la Eucaristía, al tocar el tema del
rito de la paz, escribió “Durante el Sínodo de Obispos se ha visto la
conveniencia de moderar este gesto, que puede adquirir expresiones
exageradas, provocando cierta confusión en la asamblea precisamente antes de
la comunión”.
Y
agregó: “Sería bueno recordar que el alto valor del gesto no queda
mermado por la sobriedad necesaria para mantener un clima adecuado a la
celebración, limitando por ejemplo el intercambio de la paz a los más
cercanos”.
En
la entrevista con ‘L’ Osservatore Romano’, el cardenal
Arinze señaló que “hoy a menudo no se comprende plenamente el
significado del gesto de la paz”, que fue introducido después de la
reforma litúrgica posconciliar.
“Muchos
piensan que se trata de una ocasión para darles la mano a los amigos. Es un
modo para decirle a quien está cerca de nosotros que la paz de Cristo,
presente realmente en el altar, está también con todos los hombres”,
dijo el purpurado.
El
cardenal Arinze explicó que el Pontífice decidirá sobre este cambio tras
hacer consultas con los obispos.+
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 3 de
diciembre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos
a continuación el texto íntegro de la catequesis pronunciada este miércoles
por el Papa Benedicto XVI durante la audiencia general que ha tenido lugar en
el Aula Pablo VI.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
En la catequesis de hoy nos
detendremos en las relaciones entre Adán y Cristo, delineadas por san Pablo
en la conocida página de la Carta a los Romanos (5,12-21), en la que
le entrega a la Iglesia las líneas esenciales de la doctrina sobre el pecado
original. En verdad, ya en la primera Carta a los Corintios, tratando
de la fe en la resurrección, Pablo había introducido la relación entre el
primer padre y Cristo: "Pues del mismo modo que en Adán mueren todos,
así también todos revivirán en Cristo... Fue hecho el primer hombre, Adán,
alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida" (1 Cor 15,22.45).
Con Romanos 5,12-21 la confrontación entre Cristo y Adán se hace más
articulada e iluminadora: Pablo recorre la historia de la salvación desde
Adán a la Ley y de ésta a Cristo. En el centro de la escena se encuentran
tanto Adán, con las consecuencias del pecado sobre la humanidad, como Jesús y
la gracia que, mediante él, ha sido derramada abundantemente sobre la
humanidad. La repetición del "cuanto más" respecto a Cristo subraya
cómo el don recibido en Él sobrepasa totalmente al pecado de Adán y a las
consecuencias de éste en la humanidad, tanto que Pablo puede llegar a la
conclusión: "Pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia" (Rm
5,20). Por tanto, la confrontación que Pablo traza entre Adán y Cristo
ilumina la inferioridad del primer hombre respecto a la superioridad del
segundo.
Por otro lado, para poner en
evidencia el inconmensurable don de la gracia, en Cristo, Pablo insiste en el
pecado de Adán: se diría que si no hubiera sido para demostrar la centralidad
de la gracia, él no se habría entretenido en hablar del pecado que "a
causa de un solo hombre entró en el mundo y, con el pecado, la muerte" (Rm
5,12). Si en la fe de la Iglesia ha madurado la conciencia del dogma del
pecado original, es porque éste está ligado inseparablemente con otro dogma,
el de la salvación y la libertad en Cristo. Como consecuencia, nunca
deberíamos hablar sobre el pecado de Adán y de la humanidad separándolo del
contexto de la salvación, es decir, sin comprenderlo en el horizonte de la
justificación en Cristo.
Pero como hombres de hoy, debemos
preguntarnos: ¿qué es el pecado original? ¿Qué enseñan Pablo y la Iglesia?
¿Es sostenible hoy aún esta doctrina? Muchos piensan que, a la luz de la
historia de la evolución, no habría ya lugar para la doctrina de un primer
pecado, que después se difundiría en toda la historia de la humanidad. Y, en
consecuencia, también la cuestión de la Redención y del Redentor perdería su
fundamento. Por tanto: ¿existe el pecado original o no? Para poder responder
debemos distinguir dos aspectos de la doctrina sobre el pecado original.
Existe un aspecto empírico, es decir, una realidad concreta, visible, diría
yo, tangible para todos. Es un aspecto misterioso, que afecta al fundamento
ontológico de este hecho. El dato empírico es que existe una contradicción en
nuestro ser. Por una parte el hombre sabe que debe hacer el bien e
íntimamente también lo quiere realizar. Pero, al mismo tiempo, siente también
otro impulso a hacer lo contrario, a seguir el camino del egoísmo, de la
violencia, a hacer sólo lo que le apetece aun sabiendo que así actúa contra
el bien, contra Dios y contra el prójimo. San Pablo en su Carta a los
Romanos ha expresado esta contradicción en nuestro ser con estas
palabras: "querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo,
puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no
quiero" (7, 18-19). Esta contradicción interior de nuestro ser no es una
teoría. Cada uno de nosotros la experimenta todos los días. Y sobre todo
vemos siempre en torno a nosotros la superioridad de esta segunda voluntad.
Basta pensar en las noticias diarias sobre injusticias, violencia, mentira,
lujuria. Cada día lo vemos: es un hecho.
Como consecuencia de este poder del
mal en nuestras almas, se ha desarrollado en la historia un río sucio, que
envenena la geografía de la historia humana. El gran pensador francés Blaise
Pascal habló de una "segunda naturaleza", que se superpone a
nuestra naturaleza original, buena. Esta "segunda naturaleza"
presenta el mal como normal para el hombre. Así también la típica expresión:
"es humano" tiene un doble significado. "Es humano" puede
querer decir: este hombre es bueno, realmente actúa como debería actuar un
hombre. Pero "es humano" puede también querer decir lo contrario:
el mal es normal, es humano. El mal parece haberse convertido en una segunda
naturaleza. Esta contradicción del ser humano, de nuestra historia, debe
provocar, y provoca también hoy, el deseo de redención. En realidad, el deseo
de que el mundo cambie y la promesa de que se creará un mundo de justicia, de
paz y de bien, está presente en todas partes: en la política, por ejemplo,
todos hablan de la necesidad de cambiar el mundo, de crear un mundo más
justo. Y precisamente esto es expresión del deseo de que haya una liberación
de la contradicción que experimentamos en nosotros mismos.
Por tanto el hecho del poder del mal
en el corazón humano y en la historia humana es innegable. La cuestión es:
¿cómo se explica este mal? En la historia del pensamiento, prescindiendo de
la fe cristiana, existe un modelo principal de explicación, con variaciones
diversas. Este modelo dice: el ser mismo es contradictorio, lleva en sí tanto
el bien como el mal. En la antigüedad esta idea implicaba la opinión de que
existían dos principios igualmente originarios: un principio bueno y un
principio malo. Este dualismo sería insuperable: los dos principios están al
mismo nivel, y por ello existirá siempre, desde el origen del ser, esta
contradicción. La contradicción de nuestro ser, por tanto, reflejaría solo la
contrariedad de los dos principios divinos, por así decirlo. En la versión
evolucionista, atea, del mundo, vuelve de nuevo una visión semejante. Aunque,
en esta concepción, la visión del ser es monista, se supone que el ser como
tal desde el principio lleva en sí el bien y el mal. El ser mismo no es
simplemente bueno, sino abierto al bien y al mal. El mal es tan originario
como el bien. Y la historia humana repetiría solamente el modelo ya presente
en toda la evolución precedente. Lo que los cristianos llaman pecado original
sería en realidad sólo el carácter mixto del ser, una mezcla de bien y mal
que, según esta teoría, pertenecería a la misma materia del ser. Es una
visión en el fondo desesperada: si es así, el mal es invencible. Al final
solo cuenta el propio interés. Y todo progreso habría que pagarlo
necesariamente con un río de mal, y quien quisiera servir al progreso debería
aceptar pagar este precio. La política, en el fondo, se basa sobre estas
premisas: y vemos los efectos de ellas. Este pensamiento moderno, al final,
sólo puede traer tristeza y cinismo.
Y así preguntamos de nuevo: ¿qué
dice la fe, atestiguada por san Pablo? Como primer punto, ésta confirma el
hecho de la competición entre ambas naturalezas, el hecho de este mal cuya
sombra pesa sobre toda la creación. Hemos escuchado el capítulo 7 de la Carta
a los Romanos, pero podríamos añadir el capítulo 8. El mal existe,
sencillamente. Como explicación, en contraste con los dualismos y los
monismos que hemos considerado brevemente y encontrado desoladores, la fe nos
dice: existen dos misterios de luz y un misterio de noche, que, sin embargo,
está rodeado de los misterios de la luz. El primer misterio de la luz es
éste: la fe nos dice que no hay dos principios, uno bueno y uno malo, sino
que hay un solo principio, el Dios creador, y este principio es bueno, sólo
bueno, sin sombra de mal. Y por ello también el ser no es una mezcla de bien y
de mal; el ser como tal es bueno y por ello es bueno existir, es bueno vivir.
Éste es el alegre anuncio de la fe: sólo hay una fuente buena, el Creador. Y
por esto vivir es un bien, es algo bueno ser un hombre, una mujer, es buena
la vida. Después sigue un misterio de oscuridad, de noche. El mal no viene de
la fuente del mismo ser, no es igualmente originario. El mal viene de una
libertad creada, de una libertad abusada.
¿Cómo ha sido posible, cómo ha
sucedido? Esto permanece oscuro. El mal no es lógico. Sólo Dios y el bien son
lógicos, son luz. El mal permanece misterioso. Se le representa con grandes
imágenes, como hace el capítulo 3 del Génesis, con aquella visión de los dos
árboles, de la serpiente, del hombre pecador. Una gran imagen que nos hace adivinar,
pero que no puede explicar lo que es en sí mismo ilógico. Podemos adivinar,
no explicar; ni siquiera podemos narrarlo como un hecho junto a otro, porque
es una realidad más profunda. Queda como un misterio oscuro, de noche. Pero
se le añade inmediatamente un misterio de luz. El mal viene de una fuente
subordinada. Dios con su luz es más fuerte. Y por eso, el mal puede ser
superado. Por eso la criatura, el hombre, es curable. Las visiones dualistas,
también el monismo del evolucionismo, no pueden decir que el hombre sea
curable; pero si el mal procede solo de una fuente subordinada, es cierto que
el hombre puede curarse. Y el libro de la Sabiduría dice: "las criaturas
del mundo son saludables" (1, 14). Y finalmente, el último punto, el
hombre no sólo se puede curar, está curado de hecho. Dios ha introducido la
curación. Ha entrado personalmente en la historia. A la permanente fuente del
mal ha opuesto una fuente de puro bien. Cristo crucificado y resucitado,
nuevo Adán, opone al río sucio del mal un río de luz. Y este río está
presente en la historia: vemos a los santos, los grandes santos pero también
los santos humildes, los simples fieles. Vemos que el río de luz que procede
de Cristo está presente, es fuerte.
Hermanos y hermanas, es tiempo de
Adviento. En el lenguaje de la Iglesia la palabra Adviento tiene dos
significados: presencia y espera. Presencia: la luz está presente, Cristo es
el nuevo Adán, está con nosotros y en medio de nosotros. Ya brilla la luz y
debemos abrir los ojos del corazón para verla y para introducirnos en el río
de la luz. Sobre todo, estar agradecidos al hecho de que Dios mismo ha
entrado en la historia como nueva fuente de bien. Pero Adviento quiere decir
también espera. La noche oscura del mal es aún fuerte. Y por ello rezamos en
Adviento con el antiguo pueblo de Dios: "Rorate caeli desuper".
Y oramos con insistencia: ven Jesús; ven, da fuerza a la luz y al bien; ven
donde domina la mentira, la ignorancia de Dios, la violencia, la injusticia;
ven, Señor Jesús, da fuerza al bien en el mundo y ayudanos a ser portadores
de tu luz, operadores de la paz, testigos de la verdad. ¡Ven Señor Jesús!
[Al final de la
audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español,
dijo:]
Queridos hermanos y hermanas:
En la carta a los Romanos, San
Pablo, poniendo en relación las figuras de Adán y Cristo, traza las líneas
esenciales de la doctrina sobre el pecado original. El pecado de Adán ha de
ser contemplado siempre en el contexto de la verdad sobre la salvación y la
justificación realizada en Cristo. Como escribe el Apóstol: "donde
abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5,12). Sólo Cristo,
como nuevo Adán, ha liberado a la humanidad del pecado y de la muerte,
mediante el don de la gracia de la justificación. El bautismo no sólo libra
del pecado original sino que pone al hombre en una nueva relación con Dios
haciéndolo hijo suyo. El bautizado es introducido en una vida totalmente
nueva, sostenida por el don del Espíritu Santo. La gracia recibida coloca a
los creyentes en la nueva condición de hacerse cargo de los gemidos de la
humanidad y de toda la creación para orientarlos hacia el cumplimiento de
aquella esperanza en la que hemos sido salvados. La esperanza de los
creyentes en Cristo no defrauda, porque se apoya en el amor de Dios que ha
sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos
ha dado (cf. Rm 5,5).
Saludo cordialmente a los fieles de
lengua española aquí presentes. En particular, a los peregrinos y grupos
venidos de Chile, España, México, Panamá, Venezuela y de otros países
latinoamericanos. Siguiendo la enseñanza de san Pablo, os animo a que
reconociendo con gozo vuestra dignidad de hijos de Dios, viváis con fidelidad
vuestros compromisos bautismales. Que Dios os bendiga
Benedicto
XVI y las enseñanzas sobre los sacramentos en san Pablo
Intervención
en la audiencia general de este miércoles
CIUDAD DEL
VATICANO, jueves 11 de diciembre de 2008 (ZENIT.org).- Publicamos a
continuación el texto de la catequesis pronunciada por Benedicto XVI este
miércoles con ocasión de la audiencia general que tuvo lugar en el Aula Pablo
VI.
El Santo
Padre improvisó su intervención y, por este motivo, el texto completo de la
misma ha sido publicado este jueves por la Oficina de Información de la Santa
Sede.
* * *
Queridos
hermanos y hermanas:
Siguiendo a
san Pablo hemos visto en la catequesis del miércoles pasado dos cosas. La
primera es que nuestra historia humana desde el principio está contaminada
por el abuso de la libertad creada, que pretende emanciparse de la Voluntad
divina. Y así no se encuentra la verdadera libertad, sino que se opone a la
verdad y falsifica, en consecuencia, nuestras realidades humanas. Falsifica
sobre todo las relaciones fundamentales: la relación con Dios, la relación
entre hombre y mujer, y la relación entre el hombre y la tierra. Hemos dicho
que esta contaminación de nuestra historia se difunde en todo su tejido, y
que este defecto heredado ha ido aumentando y es ahora visible en todas
partes. Esto es lo primero. Lo segundo es esto: por san Pablo hemos aprendido
que existe un nuevo comienzo en la historia y de la historia en Jesucristo,
aquel que es hombre y Dios. Con Jesús, que viene de Dios, comienza una nueva
historia formada por su sí al Padre, y por ello ya no fundada en la soberbia
de una emancipación falsa, sino en el amor y la verdad.
Pero ahora
se plantea la cuestión: ¿cómo podemos entrar nosotros en este nuevo comienzo,
en esta nueva historia? ¿Cómo llega a mí esta historia? Con la primera
historia contaminada estamos unidos inevitablemente por nuestra descendencia
biológica, al pertenecer todos al único cuerpo de la humanidad. Pero la
comunión con Jesús, el nuevo nacimiento para entrar a formar parte de la
nueva humanidad, ¿cómo se realiza? ¿Cómo llega Jesús a mi vida, a mi ser? La
respuesta fundamental de san Pablo, de todo el nuevo Testamento, es: llega
por obra del Espíritu Santo. Si la primera historia se pone en marcha, por
así decirlo, con la biología, la segunda lo hace en el Espíritu Santo, el
Espíritu de Cristo Resucitado. Este Espíritu ha creado en Pentecostés el
inicio de una nueva humanidad, de la nueva comunidad, la Iglesia, el Cuerpo
de Cristo.
Pero
tenemos que ser aún más concretos: este Espíritu de Cristo, el Espíritu
Santo, ¿cómo puede llegar a ser mi Espíritu? La respuesta es que esto sucede
de tres formas, íntimamente conectadas unas con otras. La primera es ésta: el
Espíritu de Cristo llama a las puertas de mi corazón, me toca interiormente.
Pero ya que la nueva humanidad debe ser un verdadero cuerpo, ya que el
Espíritu debe reunirnos y crear verdaderamente una comunidad, ya que lo
característico del nuevo comienzo es la superación de las divisiones y la
creación de la agregación de los dispersados, este Espíritu de Cristo se
sirve de dos elementos de agregación visibles: de la Palabra y de los
Sacramentos, particularmente del Bautismo y de la Eucaristía. En la Carta a
los Romanos, dice san Pablo: "Si confiesas con tu boca que Jesús es el
Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás
salvo" (10, 9), entrarás así en la nueva historia de vida y no de
muerte. Después san Pablo continua: "Pero ¿cómo invocarán a aquél en
quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquél a quien no han oído? ¿Cómo oirán
sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados?" (Rm 10,
14-15). En un versículo posterior dice de nuevo: "La fe viene de la
predicación" (Rm 10,17). La fe no es producto de nuestro pensamiento, de
nuestra reflexión, es algo nuevo que no podemos inventar, sino sólo recibir
como un don, como una novedad producida por Dios. Y la fe no viene de la
lectura, sino de la escucha. No es una cosa solamente interior, sino una
relación con Alguien. Supone un encuentro con el anuncio, supone la
existencia del otro que anuncia y crea comunión.
Y
finalmente el anuncio: aquel que anuncia no habla por sí mismo, sino como
enviado. Está dentro de una estructura de misión que comienza con Jesús
enviado por el padre, pasa a los apóstoles --la palabra "apóstol"
significa "enviado"-- y continua en el ministerio, en las misiones
transmitidas por los apóstoles. El nuevo tejido de la historia aparece en
esta estructura de las misiones, en la que sentimos, en último término,
hablar a Dios mismo, su palabra personal, el Hijo que habla con nosotros,
llega hasta nosotros. La Palabra se ha hecho carne, Jesús, para crear
realmente una nueva humanidad. Por ello la palabra del anuncio se convierte
en sacramento del bautismo, que es renacimiento por el agua y el Espíritu,
como dirá san Juan. En el sexto capítulo de la Carta a los Romanos san Pablo
habla de un modo muy profundo del Bautismo. Hemos escuchado el texto. Pero
quizás sea útil repetirlo: "¿O es que ignoráis que cuantos fuimos
bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con
él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo
fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así
también nosotros vivamos una vida nueva" (6,3-4).
En esta
catequesis, naturalmente, no puedo entrar en una interpretación detallada de
este texto difícil. Quisiera destacar brevemente sólo tres cosas. La primera:
"hemos sido bautizados" es un pasivo. Nadie puede bautizarse a sí
mismo, tiene necesidad del otro. Nadie puede hacerse cristiano por sí mismo.
Ser cristiano es un proceso pasivo. Sólo podemos hacernos cristianos por
medio de otro. Y este "otro" que nos hace cristianos, que nos da el
don de la fe, es en primera instancia la comunidad de los creyentes, la
Iglesia. Recibimos la fe, el Bautismo, de la Iglesia. Sin dejarnos formar por
esta comunidad no podemos ser cristianos. Un cristianismo autónomo,
autoproducido, es una contradicción en sí mismo. En primera instancia, este
"otro" es la comunidad de creyentes, la Iglesia, pero en segunda
instancia, tampoco esta comunidad actúa por sí misma, según sus propias ideas
o deseos. También la comunidad vive en el mismo sentido pasivo: sólo Cristo
puede constituir la Iglesia. Cristo es el verdadero dador de los sacramentos.
Éste es el primer punto: nadie se bautiza a sí mismo, nadie se hace a sí mismo
cristiano. Nos convertimos en cristianos.
La segunda
es esta: el Bautismo es algo más que un lavatorio. Es muerte y resurrección.
Pablo mismo, hablando en la Carta a los Gálatas del cambio en su vida a
través del encuentro con Cristo resucitado, la describe así: he muerto.
Empieza en ese momento realmente una nueva vida. Ser cristiano es más que una
operación estética, que añadiría algo bonito a una existencia ya más o menos
completa. Es un nuevo comienzo, es renacimiento: muerte y resurrección. Obviamente,
en la resurrección vuelve a emerger lo que era bueno en la existencia
anterior.
El tercer
elemento es este: la materia forma parte del sacramento. El cristianismo no
es una realidad puramente espiritual. Implica al cuerpo. Implica al cosmos.
Se extiende hacia la nueva tierra y los nuevos cielos. Volvamos a la última
palabra del texto de san Pablo: así --dice-- podemos "vivir una nueva
vida". Elemento de un examen de conciencia para todos nosotros: vivir
una nueva vida. Esto por el Bautismo.
Vamos ahora
al Sacramento de la Eucaristía. Ya he mostrado en otras catequesis con qué
profundo respeto san Pablo transmitía verbalmente la tradición sobre la
Eucaristía recibida de los mismos testigos de la última noche. Trasmite estas
palabras como un precioso tesoro confiado a si fidelidad. Y así escuchamos en
estas palabras realmente a los testigos de la última noche. Escuchamos las
palabras del Apóstol: "Por que yo recibí del Señor lo que os he
transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó
pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: 'Este es mi cuerpo que se da
por vosotros; haced esto en recuerdo mío'. Asimismo también la copa después
de cenar diciendo: 'Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces
la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío'" (1 Cor 11,23-25). Es un texto
inagotable. También aquí, en esta catequesis, sólo haré dos breves
observaciones. Pablo transmite las palabras del Señor sobre el cáliz así:
este cáliz es "la nueva alianza en mi sangre". En estas palabras se
esconde una referencia a dos textos fundamentales del Antiguo Testamento. La
primera referencia es a la promesa de una nueva alianza en el Libro del
profeta Jeremías. Jesús dice a los discípulos y nos dice a nosotros: ahora,
en esta hora, conmigo y con mi muerte se realiza la nueva alianza; con mi
sangre comienza en el mundo esta nueva historia de la humanidad. Pero está
presente, en estas palabras, también una referencia al momento de la alianza
en el Sinaí, donde Moisés había dicho: "Esta es la sangre de la Alianza
que el Señor ha hecho con vosotros, según todas estas palabras" (Ex
24,8). Allí se trataba de sangre de animales. La sangre de los animales podía
ser sólo expresión de un deseo, la esperanza del nuevo sacrificio, del
verdadero culto. Con el don del cáliz el Señor nos da el verdadero
sacrificio. El único verdadero sacrifico es el amor del Hijo. Con el don de
este amor, amor eterno, el mundo entra en la nueva alianza. Celebrar la
Eucaristía significa que Cristo se nos da a sí mismo, su amor, para
conformarnos a sí mismo y para crear así el mundo nuevo.
El segundo
aspecto importante de la doctrina sobre la Eucaristía aparece en la misma
primera Carta a los Corintios, donde san Pablo dice: "La copa de
bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el
pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aún siendo
muchos, un solo, pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un
solo pan" (10, 16-17). En estas palabras aparece igualmente el carácter
personal y el carácter social del Sacramento de la Eucaristía. Cristo se une
personalmente a cada uno de nosotros, pero el mismo Cristo nos une también
con el hombre y con la mujer que están a mi lado. Y el pan es para mí y
también para el otro. Así Cristo nos une a todos consigo y nos une entre
nosotros, uno con otro. Recibimos en la comunión a Cristo. Pero Cristo se une
igualmente en mi prójimo: Cristo y el prójimo son inseparables en la
Eucaristía. Y así todos somos un solo pan, un solo cuerpo. Una Eucaristía sin
solidaridad con los demás es un abuso de la Eucaristía. Y aquí estamos en la
raíz y al mismo tiempo en el centro de la doctrina de la Iglesia como Cuerpo
de Cristo, del Cristo resucitado.
Vemos
también todo el realismo de esta doctrina. Cristo nos da su cuerpo en la
Eucaristía, se da a sí mismo en su cuerpo y así nos hace cuerpo suyo, nos une
a su cuerpo resucitado. Si el hombre come pan normal, este pan en el proceso
de la digestión se convierte en parte de su cuerpo, transformado en sustancia
de vida humana. Pero en la Santa Comunión se realiza el proceso inverso.
Cristo, el Señor, nos asimila a sí, nos introduce en su Cuerpo glorioso y así
todos juntos nos convertimos en su Cuerpo. Quien lee solo el capítulo 12 de
la primera Carta a los Corintios y el capítulo 12 de la Carta a los Romanos
podría pensar que la palabra sobre el Cuerpo de Cristo como organismo de los
carismas sea solo una especie de parábola sociológico-teológica. Realmente en
la politología romana esta palabra del cuerpo con los diversos miembros que
forman una unidad se utilizaba por el mismo Estado, para decir que el Estado
es un organismo en el que cada uno tiene su función, la multiplicidad y
diversidad de las funciones forman un curpo y cada uno tiene su sitio.
Leyendo solo el capítulo 12 de la primera Carta a los Corintios podría
pensarse que Pablo se limitaba a transferir esto a la Iglesia, que aquí solo
se trataba de una sociología de la Iglesia. Pero teniendo presente este
capítulo décimo vemos que el realismo de la Iglesia es bien distinto, mucho
más profundo y verdadero que el de un Estado-organismo. Porque realmente
Cristo nos da su cuerpo y nos hace su cuerpo. Nos unimos realmente con el
cuerpo resucitado de Cristo, así nos unimos uno a otro. La Iglesia no es sólo
una corporación como el Estado, es un cuerpo. No es simplemente una
organización sino un verdadero organismo.
Finalmente,
sólo dirigiré una brevísima palabra sobre el Sacramento del matrimonio. En la
Carta a los Corintios se encuentran solo algunos apuntes, mientras que en la
Carta a los Efesios ha realmente desarrollado una profunda teología del
Matrimonio. Pablo define aquí el Matrimonio como "gran misterio".
Lo dice "en referencia a Cristo y a su Iglesia" (5, 32). Se pone de
relieve en este pasaje una reciprocidad que se configura en un dimensión
vertical. La sumisión mutua debe adoptar el lenguaje del amor, que tiene su
modelo en el amor de Cristo hacia su Iglesia. Esta relación Cristo-Iglesia
convierte en primario el aspecto teologal del amor matrimonial, exalta la
relación afectiva entre los esposos. Un auténtico matrimonio será bien vivido
si en el crecimiento constante humano y afectivo hay un esfuerzo por
permanecer ligado a la eficacia de la Palabra y al significado del Bautismo.
Cristo ha santificado a la Iglesia, purificándola por medio del baño del
agua, acompañado por al Palabra. La participación en el cuerpo y la sangre
del Señor no hace otra cosa que cimentar, además de hacer visible, una unión
indisoluble por la gracia.
Y
finalmente escuchamos la palabra de san Pablo a los Filipenses: "El
Señor está cerca" (Fl 4,5). Me parece que hemos comprendido que,
mediante la Palabra y los Sacramentos, en toda nuestra vida el Señor está
cerca. Pidámosle que podamos ser tocados cada vez más en lo íntimo de nuestro
ser por esta cercanía suya, para que nazca la alegría - esa alegría que nace
cuando Jesús está realmente cerca.
[Al final
de la audiencia el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En
español, dijo:]
Queridos
hermanos y hermanas:
Para San
Pablo, la predicación de la Palabra de Cristo es eficaz, provoca la fe y
convierte a los creyentes en miembros de un único cuerpo. Los sacramentos son
una actuación diferenciada de este dinamismo fundamental. Así, por el
Bautismo, el creyente participa de la muerte y resurrección de Cristo y, por
tanto, lleva en sí el germen de una vida nueva, recibe la gracia que lo
libera del pecado, se reviste de Cristo y se hace hijo de Dios por adopción.
Después, por el sacramento de la Confirmación, los bautizados se configuran
más plenamente con Cristo como nuevas criaturas puestas bajo la ley del
Espíritu. Además, están llamados a vivir el mismo sentido de comunión con
Cristo y, a través de Él, con su cuerpo, que es la Iglesia, en el sacramento
de la Eucaristía, al participar como hermanos de un único Pan. Desde esta
misma perspectiva de la comunión, el Apóstol explica también el sacramento
del matrimonio, que no ha de entenderse sólo como un remedio de la
concupiscencia, sino como la expresión de la mutua pertenencia de los
esposos, iluminada por el misterio del gran amor entre Cristo y su Iglesia.
Saludo con
afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los fieles de la
Parroquia de San Benito, de Gondomar, Pontevedra, y a los demás grupos venidos
de España, México y otros países latinoamericanos. Que la doctrina del
Apóstol Pablo renueve en vosotros la gracia recibida en los sacramentos y os
ayude a tomar conciencia de vuestra condición de discípulos de Cristo y
miembros vivos de la Iglesia. Muchas gracias.
Queremos contarles que en la sección
"Solo Sé" de nuestra página ya pueden encontrar el material que
usamos en el Taller de Adviento y Navidad organizado por el Equipo Diocesano
de Liturgia.
Además, aprovechamos para compartir
con ustedes :
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sábado 6 de diciembre, 20 hs. -
Pquia. Inmaculada Virgen de Fátima, José Luis Cantilo 5656, Bs. As.
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dignidad de la persona humana
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televisivo y con una guía para su utilización .
Todo el material, bibliográfico y
audiovisual, es una herramienta valiosa para el trabajo en los equipos de
pastoral social y/o comunidades parroquiales, instituciones, escuelas y demás
organizaciones de la comunidad.
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Centro Pablo VI, pablosexto@... o al TE 4575 4218 interno 5
Viernes 19 de diciembre 19.30 hs hasta el
domingo 21 al mediodía
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Las hermanas Misioneras Diocesanas invitan
a todos los jóvenes que en este momento estén necesitando un momento de
reflexión, oración y de encuentro consigo mismos, a un retiro específicamente
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El mismo estará predicado por el P. Pancho
Peña, dedicado a la pastoral juvenil y las mismas hermanas.
Quienes tengan interés no duden en
consultar.
Fecha: Viernes 19 de diciembre 19.30 hs
hasta el domingo 21 al mediodía
Lugar: Casa de Ejercicios Espirituales
Mons. Aguirre (Santa Rosa 2341, Victoria)
Predican: P. Pancho Peña y Hnas. Misioneras
Diocesanas
Informes e inscripción: en Mñor. Aguirre,
tel: 4512-4365/ 4580-0450
EL PAPA ACEPTÓ LA RENUNCIA
DE MONSEÑOR BENITES ASTOUL
Buenos
Aires, DIC 1 (AICA): El nuncio apostólico, monseñor Adriano Bernardini,
informó que el Santo Padre Benedicto XVI aceptó hoy la renuncia al cargo de
obispo auxiliar de la arquidiócesis de Buenos Aires, presentada por monseñor
Horacio Benites Astoul, por haber alcanzado el límite de edad.
Monseñor
Benites Astoul, quien además de obispo auxiliar se desempeñaba como vicario
episcopal de la Vicaría Belgrano, cumplió 75 años de edad el pasado 3 de
noviembre. En adelante su situación en el episcopado argentino será la de
obispo titular de Lamzella y auxiliar emérito de Buenos Aires, y en la
Conferencia Episcopal mantiene su cargo de miembro de la Comisión Episcopal
de Salud, para el que fue elegido en la reciente asamblea plenaria.
Con
esta renuncia queda vacante la vicaría episcopal de Belgrano, que se suma a
la de Flores, que también quedó vacante por el traslado de monseñor Mario
Aurelio Poli como obispo diocesano de Santa Rosa (La Pampa).
Recientemente,
el 4 de septiembre pasado, Benedicto XVI nombró auxiliar de Buenos Aires a
monseñor Enrique Eguía Seguí, quien fue consagrado obispo el 11 de octubre, y
en la asamblea de la Conferencia Episcopal fue elegido secretario general del
Episcopado nacional.+
TORONTO,
viernes 28 de noviembre de 2008 (ZENIT.org).- Publicamos una reflexión del
padre Thomas Rosica, C.S.B., profesor en varias universidades canadienses de
Sagrada Escritura, sobre Adviento.
El padre
Rosica, director del canal de televisión canadiense Salt and Light y miembro
del Consejo general de la Congregación de San Basilio, es conocido por los
lectores de Zenit por las crónicas que escribió durante el Sínodo de los
Obispos sobre la Palabra, en octubre pasado, en el que fue portavoz para la
lengua inglesa.
El padre
Rosica fue el encargado de la organización de las Jornadas Mundiales de la
Juventud que se celebraron en Toronto en julio de 2002 con la participación
del Papa Juan Pablo II.
* * *
Lecturas:
Isaías 63,16-17.19; Salmo 80(79); Carta I de San Pablo a los Corintios 1,3-9.
Evangelio
según san Marcos (13, 33-37)

Recordar
las maravillas de Dios en la historia
La Iglesia
entra este fin de semana en el tiempo litúrgico de Adviento. Los cristianos
proclaman que el Mesías ha venido realmente y que el reino de Dios está a
nuestro alcance. El Adviento no cambia a Dios. El Adviento profundiza en
nuestro deseo y en nuestra espera de que Dios realice lo que los profetas
anunciaron. Rezamos para que Dios ceda a nuestra necesidad de ver y sentir la
promesa de salvación aquí y ahora.
Durante
este tiempo de deseo y de espera del Señor, se nos invita a rezar y a
profundizar en la Palabra de Dios, pero estamos llamados ante todo a
convertirnos en reflejo de la luz de Cristo, que en realidad es el mismo
Cristo. De todas formas, todos sabemos lo difícil que es reflejar la luz de Cristo,
especialmente cuando hemos perdido nuestras ilusiones, cuando nos hemos
acostumbrado a una vida sin luz y ya no esperamos más que la mediocridad y el
vacío. Adviento nos recuerda que tenemos que estar listos para encontrar al
Señor en todo momento de nuestra vida. Como un despertador despierta a su
propietario, Adviento despierta a los cristianos que corren el riesgo de
dormirse en la vida diaria.
¿Qué
esperamos de la vida o a quién esperamos? ¿Por qué regalos o virtudes rezamos
en este año? ¿Deseamos reconciliarnos en nuestras relaciones rotas? En medio
de nuestras oscuridades, de nuestras tristezas y secretos, ¿qué sentido
deseamos encontrar? ¿Cómo queremos vivir las promesas de nuestro Bautismo?
¿Qué cualidades de Jesús buscaremos para nuestras propias vidas en este
Adviento? Con frecuencia, las cosas, las cualidades, los regalos o las
personas que buscamos y deseamos dicen mucho sobre quiénes somos realmente.
¡Dime qué esperas y te diré quién eres!
Adviento es
un período para abrir los ojos, volver a centrarse, prestar atención, tomar
conciencia de la presencia de Dios en el mundo y en nuestras vidas.
En este
primer domingo de Adviento, en la primera lectura del profeta Isaías, el
Todopoderoso vuelve a dar esperanza al corazón y al alma de Israel; modela a
Israel como lo hace el alfarero con la cerámica.
En la
segunda lectura, en su carta a la comunidad amada de Corinto, Pablo dice que
espera con impaciencia "El día del Señor", en el que el Señor Jesús
se nos revelará para salvar a quienes ha llamado.
En el
Evangelio del primer domingo de Adviento, Marcos describe al portero de la
casa que vela en espera del regreso inesperado de su señor. Se trata de una
imagen de lo que tenemos que hacer durante todo el año, pero especialmente
durante el período de Adviento.
Nuestro
Bautismo nos hace participar en la misión real y mesiánica de Jesús. Cada
persona que participa en esta misión participa también en las
responsabilidades regias, en particular, en el cuidado de los afligidos y de
los heridos. Adviento ofrece la maravillosa oportunidad de realizar las
promesas y el compromiso de nuestro Bautismo.
El cardenal
Joseph Ratzinger ha escrito que "el objetivo del año litúrgico consiste
en recordar sin cesar la memoria de su gran historia, despertar la memoria del
corazón para poder discernir la estrella de la esperanza. Esta es la hermosa
tarea del Adviento: despertar en nosotros los recuerdos de la bondad,
abriendo de este modo las puertas de la esperanza".
En este
tiempo de Adviento, permítanme presentarles algunas sugerencias. Acaben con
una riña. Hagan la paz. Busquen a un amigo olvidado. Despejen la sospecha y
sustitúyanla por la confianza. Escriban una carta de amor.
Compartan
un tesoro. Respondan con dulzura, aunque les gustara una respuesta brutal.
Alienten a un joven a tener confianza en él mismo. Mantengan una promesa.
Encuentren tiempo, tómense tiempo. No guarden rencor. Perdonen al enemigo.
Celebren el sacramento de la reconciliación. Escuchen más a los otros. Pidan
perdón si se han equivocado. ¡Sean gentiles aunque no se hayan equivocado!
Traten de comprender. No sean envidiosos. Piensen antes en el otro.
Rían un
poco. Ríanse un poco más. Gánense la confianza. Opónganse a la maldad. Sean
agradecidos. Vayan a la iglesia. Quédense en la iglesia más de tiempo de lo
acostumbrado. Alegren el corazón de un niño. Contemplen la belleza y la
maravilla de la tierra. Expresen su amor. Vuélvanlo a expresar. Exprésenlo
más fuerte. Exprésenlo serenamente.
¡Alégrense
porque el Señor está cerca!
Traducción
del original inglés realizada por Jesús Colina
"Ese mismo día, dos de los discípulos
iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de
Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras
conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con
ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: « ¿Qué
comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y
uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: « ¡Tú eres el único forastero en
Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!». «¿Qué cosa?», les preguntó.
Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta
poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo
nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a
muerte y lo crucificaron. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron
estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos
han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y, al no
hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido
unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron
al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo
vieron». (Lc 24, 13-24)
Queridos amigos:
Ustedes se preguntarán por qué comenzamos
una carta de "Adviento", con un texto de "Pascua". Lo que
sucede es que este Adviento es especial para nuestra diócesis, porque con él
damos comienzo a la preparación para nuestra Asamblea Diocesana, que tendrá
lugar el 13 de Junio de 2009, en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de
Cristo. A todo este período que va desde el Adviento de 2008, hasta nuestro
encuentro en Junio de 2009, lo llamamos "Tiempo de Asamblea".
Lo más importante es preparar nuestro
corazón para esta Fiesta Diocesana. Dicha preparación la haremos dejándonos
conducir por el texto de los discípulos de Emaús, que iremos meditando por
partes, según los aspectos de Jesús que el evangelio nos va presentando.
Durante el Adviento y la Navidad, contemplamos a Jesús que escucha a estos
dos peregrinos.
Posiblemente la Biblia, nos parezca un
libro lleno de palabras, y no nos hayamos detenido a pensar la cantidad de
personas que aparecen allí en actitud de escucha hacia Dios y a los hermanos.
En esta carta vamos a meditar un poco sobre estas personas y sus actitudes y
las consecuencias de una profunda disposición para escuchar, en orden a
nuestro seguimiento de Jesús hoy.
"Escuchar" en la Sagrada
Escritura
Escuchar en la Biblia, es mucho más que oír
palabras o sonidos: cuando Dios escucha, significa que Él ha concedido algo.
Cuando un hombre escucha, significa que saca las consecuencias de lo que ha
oído (Lc 6,47).
En la Sagrada Escritura, Dios es el primero
en escuchar al hombre. Las personas, lo que esencialmente pedimos en la
oración, es que Dios nos escuche, es decir, que atienda y realice nuestro
ruego.
Dios oye a todos, pero especialmente al
pobre, a la viuda y al huérfano, a los humildes, a los cautivos (Santiago
5,4). Escucha a los justos, a los que hacen su voluntad (1Pedro 3,12). El
Padre siempre escucha a su Hijo Jesús (Jn 11,41s), por eso se nos insiste en
que hagamos nuestra oración en Él y a través de su mediación.
La Biblia es esencialmente Palabra de Dios
al hombre, ese es el motivo por el cual, el hombre debe escuchar a Dios. ¡Escuchen!,
grita el profeta con la autoridad de Dios (Jeremías 7,2). ¡Escuchen!, repite
el sabio en nombre de su experiencia y de su conocimiento de la ley
(Proverbios 1,8).
"¡Escucha, Israel!", Así empieza
una de las oraciones principales del judío piadoso, y con ella intenta
interiorizar la voluntad de Dios (Deuteronomio 6,4). "¡Escuchen!",
repite a su vez Jesús mismo, al comenzar su predicación (Mc 4,3).
De todo lo dicho, se deduce que para la
Sagrada Escritura, escuchar, es una actitud religiosa que implica acoger la
Palabra de Dios no sólo prestando atención, sino abriendo el corazón (Hechos
16,14), poniéndola en práctica (Mt 7,24ss). Escuchar es obedecer, es la
obediencia de la fe, de la que nos habla en el Nuevo Testamento, la carta a
los Romanos (Rom 1,5; 10,14ss).
Pero muchas veces el hombre no quiere
escuchar (Dt 18,16.19), y en eso está su drama. Es sordo a las llamadas de
Dios; su oído y su corazón están cerrados, esta actitud aparece tanto en el
Antiguo Testamento (Jer 6,10; 9,25); como en el Nuevo (Hechos 7, 51).
Es el pecado con que se encuentra Jesús:.
"El que es de Dios oye las palabras de Dios; por eso ustedes no las
oyen, porque no son de Dios» (Jn 8,47).
Sólo Dios puede abrir el oído de sus
discípulos para que aprendamos a escuchar (Is 50,5).
La Biblia nos dice que en los tiempos del
mesías oirán los sordos, y los milagros de Jesús significan que finalmente el
pueblo "sordo" comprende la Palabra de Dios y le obedece. Es lo que
la voz del cielo proclama a los discípulos: "Éste es mi Hijo muy amado,
¡escúchenlo!" (Mt 17,5).
En el texto de Emaús que encabeza estas
líneas, lo primero que hace Jesús es escuchar. No escucha para enterarse (¡si
sabría Él lo sucedido!), escucha porque sabe que los discípulos necesitan
aliviar su corazón triste y confundido. Jesús pregunta "¿De qué venían
conversando? y hace silencio, escucha todo, desde el principio.
Imaginemos esa escucha y esa mirada llena
de amor: Jesús escucha gestos, palabras, sentimientos, emociones... Está
dispuesto a recibir la pena y el reclamo, la decepción. Son cosas difíciles
de oír, en especial cuando uno mismo parece ser el responsable de esos sentimientos
negativos, y además se ama a las personas que los padecen. Pero Jesús
pregunta, escucha, atiende, recibe y sólo cuando ha escuchado a fondo,
comienza a hablar.
Los que escuchan en el tiempo de Adviento
La gran figura que escucha y espera en este
tiempo de Adviento, es María. Habituada a guardar fielmente las palabras de
Dios en su corazón (Lc 2,19.51), fue alabada por Jesús cuando éste reveló el
sentido profundo de su maternidad: "Bienaventurados los que escuchan la
palabra de Dios y la guardan" (Lc 11,28).
María escucha, pero lo hace activamente;
cree, pero pregunta al Ángel "¿Cómo puede ser esto?" (Lc 1,35).
Escucha y habla, acepta y recibe el misterio en su cuerpo y en su corazón.
Así, la encarnación del Hijo de Dios, que celebramos en Navidad es posible,
por María, que escuchó a Dios.
Junto a la escucha creyente de María, el
evangelio de Lucas, nos trae justo antes de ésta, la historia de otra
anunciación, la del mismo Gabriel a Zacarías, el padre de Juan el Bautista
(Lucas 1, 5-25). Zacarías escucha a medias, o escucha pero tiene dificultades
para creer ¿Cómo puede ser que él y su mujer Isabel, que son ancianos y que
ni siquiera de jóvenes han podido tener hijos, tengan uno ahora y que encima
sea profeta? ¡Qué comprensible y familiar nos resulta la duda de Zacarías!
Finalmente Zacarías cree y así como la duda lo había dejado mudo, la fe y la
escucha, lo capacitan para alabar a Dios.
Ese hijo de Zacarías e Isabel, Juan el
Bautista, es el gran profeta del Adviento. Vive en el desierto a la escucha
de Dios y en la espera del mesías. El desierto en la Biblia es más que un
lugar geográfico, es una actitud espiritual: en el desierto el silencio y la
ausencia de cosas, permiten escuchar y estar atento.
La escucha atenta del Bautista, lo capacitan
para reconocer al Señor cuando lo ve "¡Este es el Cordero de Dios que
quita el pecado del mundo!" (Jn1, 29)
Amigos, ¡Qué buen momento es el Adviento
para ejercitarnos en la escucha! Pidamos con el profeta Samuel: "¡Habla,
Señor, que tu servidor escucha!" (1Sam 3,10).
Escuchar a Dios hoy
La Palabra de Dios, no es algo del pasado,
ya que Dios sigue hablando hoy. Tal como venimos reflexionando, nos habla en
la Sagrada Escritura, pero también nos habla a través de la realidad. ¿Dónde?
Aquí y ahora, en nuestra vida.
Dios habla, pero nosotros tenemos
dificultades para escuchar. Empezando por lo más inmediato: somos seres
encarnados, pero muchas veces no cuidamos nuestro cuerpo, no ordenamos
nuestros tiempos, vemos mucha televisión y a veces nos entretenemos con
programas procaces, abusamos del alcohol y ni hablar del consumo de drogas y
otras adicciones peligrosas.
Otras veces, tampoco escuchamos las
necesidades de nuestra alma: no tomamos tiempo para los afectos o para la
reflexión; no hacemos silencio y nos llenamos de ruidos, no guardamos ese
espacio tan necesario para la oración.
Como no nos escuchamos a nosotros/as
mismos/as, nos resulta muy difícil escuchar a la realidad y a los hermanos.
Nos cuesta escuchar lo que pasa en nuestra
ciudad, en el país y en el mundo, aunque nos aturdamos de noticieros, porque
nos falta muchas veces la actitud reflexiva que nos lleve más allá de la
noticia y porque no nos involucramos en los cambios necesarios para
transformar la realidad. Tampoco escuchamos al medio ambiente y a sus
necesidades: contaminamos, no cuidamos el agua, ni los espacios comunes, etc.
¿Qué decir del prójimo? Tenemos grandes
dificultades para escucharnos unos a otros. A las parejas muchas veces les
falta tiempo para compartir, comunicarse en medio del cansancio y del apuro
es muy difícil.
En la carta sobre adicciones vimos qué
difícil, pero qué necesario es comunicarse con los chicos y los jóvenes,
tener esa paciencia, para preguntar, como Jesús, con humildad y queriendo
saber "¿De qué venían conversando?". Cuando los jóvenes intuyen que
de verdad nos interesamos por ellos, seguramente van a responder, entonces
debemos tener el valor de escuchar, porque tal vez no nos guste lo que vamos
a oír.
Aquí quisiera incluir a los niños, que les
toca un tiempo difícil para transitar la infancia. No solemos prestar
atención a sus pequeños relatos, a sus actitudes, a sus enfermedades crónicas
o a su "portarse mal". Muchas veces son un grito sin palabras que
nos dice a los adultos "aquí estoy" "préstenme atención,
necesito más tiempo, más afecto"... ¡Qué gran error! Porque la
comunicación en la familia se construye desde la más temprana edad.
A menudo, el cansancio de la vida nos lleva
a no querer escuchar más problemas, entonces aunque estemos presentes,
tenemos dificultades para escuchar a los vecinos, a los compañeros de
trabajo, a los familiares, a los miembros de nuestra comunidad educativa o parroquial.
Sentimos cansancio o pereza para preguntar (y estar dispuestos a escuchar)
"¿De qué venían conversando?".
Acá, también tenemos que hacer un examen de
conciencia como comunidad eclesial, y preguntarnos como Iglesia si tratamos
de escuchar la realidad, la cultura, el reclamo de justicia de los pueblos.
Aunque el Concilio Vaticano II nos habló de esta escucha a las realidades
temporales, muchas veces no la practicamos. Por falta de humildad, por
ignorancia, tal vez por miedo a sentirnos interrogados por los "signos
de los tiempos".
Así leemos en el Documento de Aparecida:
"la conversión personal despierta la capacidad de someterlo todo al
servicio de la instauración del Reino de vida. Obispos, presbíteros, diáconos
permanentes, consagrados y consagradas, laicos y laicas. Estamos llamados a
asumir una actitud permanente conversión pastoral. Que implica escuchar con
atención y discernir "lo que el Espíritu está diciendo a las
Iglesias" a través de los signos de los tiempos en los que Dios se
manifiesta" (DA 366)
Por eso como Iglesia Diocesana en
este Tiempo de Asamblea que empezamos queremos tomar como modelo a Jesús
Resucitado y escuchar las necesidades y angustias, las alegrías y esperanzas
de los hombres y mujeres de hoy.
Bueno, amigos, les propongo que en este
Adviento nos dispongamos con mayor firmeza en esta actitud de escucha. Que
María nos acompañe en este tiempo litúrgico y en nuestra preparación a la
Asamblea, que nos enseñe su actitud de profunda escucha a lo que va a
suceder: el Nacimiento de Jesús en nuestra vida. Que Ella nos prepare para
recibir a Dios esta Navidad,
Una fraterna bendición,
Jorge Casaretto,
Obispo de San Isidro
Carta Pastoral de Adviento 2008
GUÍA DE TRABAJO
Tal como hicimos en otras cartas
pastorales, nos vamos a ayudar con una guía de trabajo en nuestra reflexión
personal y comunitaria. Este año la vamos a enfocar especialmente a nuestra
preparación para la Asamblea Diocesana.
1 Recorro mi vida, desde niño/a.
¿Cuáles son las personas por las que me he sentido verdaderamente
escuchado/a? ¿Cómo eran esas personas? ¿Qué actitudes las llevaban a escuchar
atentamente?
2 ¿Sé escucharme y ordenar mis
tiempos, mis deseos, mis afectos? ¿Cómo me doy cuenta?
3.¿Soy atento/a? ¿Puedo decir cuáles son en este momento
las preocupaciones y las alegrías principales de las personas que viven
conmigo? ¿y de la persona que trabaja o estudia a mi lado?
4.Preparando la Asamblea Diocesana, podemos preguntarnos:
¿Qué estamos necesitando qué Jesús escuche
de nuestras comunidades, de nuestra realidad?
¿Qué venimos "conversando por el
camino" sobre la realidad de nuestro barrio, país, Iglesia?
De lo que venimos conversando en nuestras
comunidades: ¿Cómo lo relacionamos con lo que nos propusimos en la
última Asamblea Parroquial sobre todo en: Espiritualidad - Familia
- Jóvenes- Acción Social, que fueron los cuatro desafíos pastorales que
más surgieron de las 55 Asambleas Parroquiales realizadas en la diócesis?
5.Este Adviento, busco un momento para hacer oración frente
al pesebre. Me quedo en silencio y trato de escuchar lo que Jesús quiere
decirme este año con su Nacimiento.
Paso octubre, mes de las misiones y
ya muchos estaran preparando o soñando al menos la misión de verano, otros
tal vez aún no tengan lugar de misión... o esta verano no puedan ir, pero
recuerden que TODOS SOMOS MISIONEROS...
Queremos saludarlos a todos y contarles
que el próximo
30 de noviembre realizaremos la Misa
de Envio,
a la cual estan todos invitados...
y son todos esperados...
Nos juntamos en la Parroquia San
Juan Bosco
(en Avda. Marquez 3031 - por la
esquina)
A las 18hs!!!
Queremos soñar juntos la manera de
crecer en Espíritu Misionero, repensando la misión...
LOS ESPERAMOS A TODOS!!!
Equipo de Animación Misionera.
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Primera
Bicicleteada Mariana
6 de Diciembre
Las comunidades de La Paz y La
Unidad estamos organizando esta bicicleteada abierta a los jóvenes y a los
que tienen corazón joven.
En el camino vamos a realizar cinco
paradas en diferentes parroquias de la Diócesis con el fin de rezar y mostrar
nuestra diversidad eclesial.
Salida Parroquia Ntra. Sra. de la
Paz.
(Av. Maipú 3487, Olivos)
LLegada: Frat. Sta. Ma. del
Encuentro, Tigre.
Informes e inscripción: Parroquia
Ntra. Sra de la Unidad: p_launidad@...
________________________________________
Todos los eventos se encuentran
ampliados en nuestra pagina web
Por cualquier otra información, la
oficina de pastoral juventud está abierta todos los días de 17 a 20 hs, y los
teléfonos son 4747-0277/ 4512-3851, dirección: Ituzaingo 90
El presidente del Uruguay, doctor Tabaré
Vázquez, envió a la Asamblea General del Parlamento de ese país una carta en
la que presenta los argumentos por los que tomó la decisión de vetar el
artículo de la Ley de Salud Reproductiva que establecía la despenalización
del aborto.
El mensaje está fechado el 14 de
noviembre en Montevideo y afirma que la legislación "no puede
desconocer la realidad de la existencia de vida humana en su etapa de
gestación, tal como de manera evidente lo revela la ciencia".
Advierte además que "el verdadero
grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más
necesitados. Por eso se debe proteger más a los más débiles. Porque el
criterio no es ya el valor del sujeto en función de los afectos que suscita en
los demás, o de la utilidad que presta, sino el valor que resulta de su mera
existencia".
Texto completo
El texto completo del veto de Tabaré
Vázquez es el siguiente:
"Señor Presidente de la Asamblea
General: El Poder Ejecutivo se dirige a ese Cuerpo en ejercicio de las
facultades que le confiere el artículo 137 y siguientes de la Constitución de
la República a los efectos de observar los Capítulos II, III y IV, artículos
7 a 20, del proyecto de ley por el que se establecen normas relacionadas con
la salud sexual y reproductiva sancionado por el Poder Legislativo.
"Se observan en forma total por
razones de constitucionalidad y conveniencia las citadas disposiciones por
los fundamentos que se exponen a continuación. Hay consenso en que el aborto
es un mal social que hay que evitar. Sin embargo, en los países en que se ha
liberalizado el aborto, éstos han aumentado. En los Estados Unidos, en los
primeros diez años, se triplicó, y la cifra se mantiene: la costumbre se
instaló. Lo mismo sucedió en España.
"La legislación no puede
desconocer la realidad de la existencia de vida humana en su etapa de
gestación, tal como de manera evidente lo revela la ciencia. La biología ha
evolucionado mucho. Descubrimientos revolucionarios, como la fecundación in
vitro y el ADN con la secuenciación del genoma humano, dejan en evidencia que
desde el momento de la concepción hay allí una vida humana nueva, un nuevo
ser. Tanto es así que en los modernos sistemas jurídicos -incluido el
nuestro- el ADN se ha transformado en la 'prueba reina' para determinar
la identidad de las personas, independientemente de su edad, incluso en
hipótesis de devastación, o sea cuando prácticamente ya no queda nada del ser
humano, aun luego de mucho tiempo.
"El verdadero grado de
civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados.
Por eso se debe proteger más a los más débiles. Porque el criterio no es ya
el valor del sujeto en función de los afectos que suscita en los demás, o de
la utilidad que presta, sino el valor que resulta de su mera existencia.
"Esta ley afecta el orden
constitucional (artículos 7, 8, 36, 40, 41, 42, 44, 72 y 332) y compromisos
asumidos por nuestro país en tratados internacionales, entre otros el Pacto
de San José de Costa Rica, aprobado por la Ley Nº 15.737 del 8 de marzo de
1985 y la Convención Sobre los Derechos del Niño aprobada por la Ley Nº
16.137 del 28 de setiembre de 1990. En efecto, disposiciones como el artículo
42 de nuestra Carta, que obliga expresamente a proteger a la maternidad, y el
Pacto de San José de Costa Rica -convertido además en ley interna como
manera de reafirmar su adhesión a la protección y vigencia de los derechos
humanos- contiene disposiciones expresas, como su artículo 2º y su
artículo 4º, que obligan a nuestro país a proteger la vida del ser humano
desde su concepción.
"Además, le otorgan el estatus
de persona. Si bien una ley puede ser derogada por otra ley, no sucede lo
mismo con los tratados internacionales, que no pueden ser derogados por una
ley interna posterior. Si Uruguay quiere seguir una línea jurídico-política
diferente a la que establece la Convención Americana de Derechos Humanos,
debería denunciar la mencionada Convención (Art. 78 de la referida
Convención).
"Por otra parte, al regular la
objeción de conciencia de manera deficiente, el proyecto aprobado genera una
fuente de discriminación injusta hacia aquellos médicos que entienden que su
conciencia les impide realizar abortos, y tampoco permite ejercer la libertad
de conciencia de quien cambia de opinión y decide no realizarlos más.
"Nuestra Constitución sólo
reconoce desigualdades ante la ley cuando se fundan en los talentos y
virtudes de las personas. Aquí, además, no se respeta la libertad de
pensamiento de un ámbito por demás profundo e íntimo. Este texto también
afecta la libertad de empresa y de asociación, cuando impone a instituciones
médicas con estatutos aprobados según nuestra legislación, y que vienen
funcionando desde hace más de cien años en algún caso, a realizar abortos,
contrariando expresamente sus principios fundacionales.
"El proyecto, además, califica
erróneamente y de manera forzada, contra el sentido común, el aborto como
acto médico, desconociendo declaraciones internacionales como las de Helsinki
y Tokio, que han sido asumidas en el ámbito del Mercosur, que vienen siendo
objeto de internalización expresa en nuestro país desde 1996 y que son
reflejo de los principios de la medicina hipocrática que caracterizan al
médico por actuar a favor de la vida y de la integridad física.
"De acuerdo a la idiosincrasia
de nuestro pueblo, es más adecuado buscar una solución basada en la
solidaridad que permita promocionar a la mujer y a su criatura, otorgándole
la libertad de poder optar por otras vías y, de esta forma, salvar a los dos.
Es menester atacar las verdaderas causas del aborto en nuestro país y que
surgen de nuestra realidad socio-económica.
"Existe un gran número de
mujeres, particularmente de los sectores más carenciados, que soportan la
carga del hogar solas. Para ello, hay que rodear a la mujer desamparada de la
indispensable protección solidaria, en vez de facilitarle el aborto. El Poder
Ejecutivo saluda a ese Cuerpo con su mayor consideración
Discurso a la asamblea plenaria del
Consejo Pontificio
CIUDAD DEL VATICANO, lunes 17 de
noviembre de 2008 (ZENIT.org).-
Publicamos a continuación el discurso pronunciado por Benedicto XVI al
recibir el pasado sábado en audiencia a los participantes en la XXIII
asamblea plenaria del Consejo Pontificio para los Laicos, con el tema
"Veinte años de la Christifideles
laici: memoria, desarrollo, nuevos desafíos y tareas".

* * *
Señores cardenales
venerados hermanos en el episcopado
y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas
Estoy contento de encontraros hoy, a
vosotros Miembros y Consultores del Consejo Pontificio para los Laicos,
reunidos en asamblea plenaria. Saludo al cardenal Stanislaw Rylko y a
monseñor Josef Clemens, presidente y secretario del dicasterio, y junto a ellos
a los demás prelados presentes. Doy una especial bienvenida a los fieles
laicos procedentes de las diferentes experiencias apostólicas y los diversos
contextos sociales y culturales. El tema elegido para vuestra Asamblea -
"Veinte años de la Christifideles
laici: memoria, desarrollo, nuevos desafíos y tareas" - nos
introduce directamente en el servicio que vuestro dicasterio está llamado a
ofrecer a la Iglesia para el bien de los fieles laicos en todo el mundo.

La exhortación apostólica Christifideles
laici, considerada como la magna charta del laicado católico
en nuestro tiempo, es el fruto maduro de las reflexiones y el intercambio de
experiencias y propuestas de la VII Asamblea general ordinaria del Sínodo de
los Obispos, que tuvo lugar en el mes de octubre de 1987 sobre el tema "Vocación
y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo". Se trata de una
revisión orgánica de las enseñanzas del Concilio Vaticano II acerca de los
laicos - su dignidad de bautizados, la vocación a la santidad, la pertenencia
a la comunión eclesial, la participación en la edificación de las comunidades
cristianas y en la misión de la Iglesia, el testimonio en todos los ambientes
sociales y la tarea al servicio de la persona para su crecimiento integral y
para el bien común de la sociedad-, temas presentes sobre todo en las
constituciones Lumen gentium y Gaudium et spes, como también en
el decreto Apostolicam actuositatem.
A la vez que retoma las enseñanzas
del Concilio, la Christifideles laici orienta el discernimiento, la
profundización y la orientación del compromiso laical en la Iglesia, frente a
los cambios sociales de estos años. Se ha desarrollado en muchas Iglesias
particulares la participación de los laicos gracias a los consejos pastorales,
diocesanos y parroquiales, que se ha revelado muy positiva en cuanto es
animada por un auténtico sensus Ecclesiae. La viva conciencia de la
dimensión carismática de la Iglesia ha llevado a apreciar y valorar tanto los
carismas más sencillos que la Providencia de Dios dispensa a las personas,
como a aquellos que aportan gran fecundidad espiritual, educativa y
misionera. No por casualidad, el Documento reconoce y anima la "nueva
época asociativa de los fieles laicos", signo de la "riqueza y la
versatilidad de los recursos que el Espíritu alimenta en el tejido
eclesial" (n. 29), indicando los "criterios de eclesialidad"
que son necesarios, por una parte, para el discernimiento de los pastores, y
por otra, para el crecimiento de la vida de las asociaciones de fieles, de
los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades. A propósito de esto
quiero agradecer al Consejo Pontificio para los Laicos, de forma muy
especial, por el trabajo llevado a cabo durante las pasadas décadas al
acoger, acompañar, discernir, reconocer y animar a estas realidades
eclesiales, favoreciendo la profundización en su identidad católica,
ayudándoles a insertarse más plenamente en la gran tradición y en el tejido
vivo de la Iglesia, y secundando su desarrollo misionero.
Hablar del laicado católico
significa referirse a innumerables personas bautizadas, comprometidas en
múltiples y variadas situaciones para crecer como discípulos y testigos del
Señor y redescubrir y experimentar la belleza de la verdad y la alegría de
ser cristianos. La actual condición cultural y social hace aún más urgente
esta acción apostólica para compartir a manos llenas el tesoro de gracia y de
santidad, de caridad, doctrina, cultura y obras, de la que está compuesta el
flujo de la tradición católica. Las nuevas generaciones no sólo son
destinatarias preferenciales de este transmitir y compartir, sino también
sujetos que esperan en su propio corazón propuestas de verdad y de felicidad
para poder dar testimonio cristiano de ellas, como ya sucede de modo admirable.
He sido, yo mismo, nuevamente testigo en Sydney, en la reciente Jornada
Mundial de la Juventud. Y por ello animo al Consejo Pontificio para los
Laicos a continuar con la obra de esta peregrinación global providencial de
los jóvenes en nombre de Cristo, y a trabajar en la promoción, en todas
partes, de una auténtica educación y pastoral juvenil.
Conozco también vuestro empeño en
cuestiones de especial relevancia, como la de la dignidad y participación de
las mujeres en la vida de la Iglesia y de la sociedad. He tenido ya ocasión
de apreciar el Congreso promovido por vosotros a los veinte años de la
promulgación de la Carta Apostólica Mulieris dignitatem, sobre el tema
"Mujer y hombre, el humanum en su integridad". El hombre y
la mujer, iguales en dignidad, están llamados a enriquecerse mutuamente en
comunión y colaboración, no sólo en el matrimonio y en la familia, sino
también en la sociedad en todas sus dimensiones. A las mujeres cristianas se
les pide conciencia y valor para afrontar tareas exigentes, para las cuales
sin embargo no les falta el apoyo de una fuerte propensión a la santidad, una
especial agudeza en el discernimiento de las corrientes culturales de nuestro
tiempo, y la particular pasión en el cuidado de lo humano que le
caracterizan. Nunca se dirá suficiente sobre cuánto la Iglesia reconoce,
aprecia y valora la participación de las mujeres en su misión al servicio de
la difusión del Evangelio.

Permitidme, queridos amigos, una
última reflexión sobre la índole secular característica de los fieles laicos.
El mundo, en el entramado de la vida familiar, laboral, social, es el lugar
teológico, el ámbito y medio de realización de su vocación y misión (cfr Christifideles
laici, 15-17). Cada ambiente, circunstancia, y actividad en el que se
espera que pueda resplandecer la unidad entre la fe y la vida está confiado a
la responsabilidad de los fieles laicos, movidos por el deseo de comunicar el
don del encuentro con Cristo y la certeza de la dignidad de la persona
humana. ¡A éstos les corresponde hacerse cargo del testimonio de la caridad,
especialmente con los más pobres, los que sufren y los necesitados, así como
asumir todo compromiso cristiano orientado a construir condiciones de una paz
y justicia cada vez mayores en la convivencia humana, de forma que se abran
nuevas fronteras al Evangelio! Pido, por tanto, al Consejo Pontificio para
los Laicos que siga con diligente atención pastoral la formación, el
testimonio, y la colaboración de los fieles laicos en las situaciones más
diversas en las que están en juego la auténtica calidad humana de la vida en
la sociedad. Particularmente, confirmo la necesidad y la urgencia de la
formación evangélica y del acompañamiento pastoral de una nueva generación de
católicos comprometidos en la política, que sean coherentes con la fe
profesada, que tengan rigor moral, capacidad de juicio cultural, competencia
profesional y pasión de servicio hacia el bien común.
El trabajo en la gran viña del Señor
tiene necesidad de christifideles laici que, como la Santísima Virgen
María, digan y vivan el "fiat" al diseño de Dios en sus
vidas. Con esta perspectiva, os agradezco por la preciosa aportación a tan
noble causa y de corazón os imparto a vosotros y a vuetsros seres queridos la
Bendición Apostólica.
Declaraciones del jefe de la Iglesia
Evangélica Luterana en Italia Holger Milkau
ROMA, jueves 20 de noviembre de 2008
(ZENIT.org).- La catequesis que ofreció este miércoles Benedicto XVI sobre la
justificación, en la que analizó la teología de Martín Lutero, ha suscitado
comentarios positivos por parte de hijos de la Reforma que él fundó.
El decano de la Iglesia Evangélica
Luterana en Italia, Holger Milkau, ha confesado: "siempre es un gusto
escuchar al Papa hablar de Lutero, sobre todo si afronta argumentos que se
comparten".
El pontífice dedicó la audiencia
general a la doctrina sobre la justificación, tema central en la enseñanza de
san Pablo.
"Cristo nos hace justos",
dijo el Papa. "Ser justo quiere simplemente decir estar con Cristo y en
Cristo. Esto basta. No hacen falta otras observancias".
Milkau aprueba este enunciado del
pontífice, aplaudiendo también la interpretación que hizo de uno de los
puntos centrales de la doctrina de Martí Lutero (1483-1546): la doctrina de
la "justificación por la fe".
Lutero, interpretando la carta a los
Romanos, se convenció de que el cristiano se salvaría "sólo por la
fe" y no por las "obras" que realiza.
Benedicto XVI explicó que "la
expresión 'sola fe' de Lutero es verdadera, si no se opone a la fe y a la
caridad, al amor".
Según el decano luterano, "para
los protestantes no hay problema a la hora de afirmar que el ágape es
realización en la comunión con Cristo".
Ahora bien, siguiendo sus propias
fuentes teológicas, Milkau propone con una visión protestante ampliar
"esta reflexión también al problema de la iglesia. Las palabras del Papa
podrían también significar que para estar en Cristo no hace falta pertenecer
a la misma iglesia, pues el ágape es el elemento esencial de la comunión con
Cristo".
Y sigue diciendo: "la
justificación por la e y no por las obras ha sido acogida y aceptada ya como
base del credo cristiano. El Papa, sin embargo, ha expresado un 'si', y no
podía ser de otro modo. Este 'si' lo ve en el peligro del libertinaje que
niega Pablo y, con él, también Lutero. La fe tiene que tener una
consecuencia, que, según los luteranos, se expresa en el compromiso por la
libertad del prójimo, compromiso a veces difícil y lleno de
sufrimiento".
"Desde nuestro punto de vista
--dice Milkau--, no es por tanto suficiente definir por decreto lo que es
bueno y condenar lo que no lo es. Por el contrario, hay que incentivar la
capacidad de juicio para ser cada vez más autónomos y responsables, pero al
mismo tiempo conscientes de ser falibles también en el amor. 'Sola fide' no
significa no fiarse de los propios poderes, sino esperar todo de Dios".
El 31 de octubre de 1999 se firmó la
Declaración conjunta sobre la Doctrina de la Justificación entre la Iglesia
católica y la Federación Luterana Mundial, que superaba desde el punto de
vista doctrina una de las causas fundamentales que provocó la separación de
Lutero.
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 19 de
noviembre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto íntegro de
la catequesis pronunciada este miércoles por el Papa Benedicto XVI durante la
audiencia general en la Plaza de San Pedro.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
En el camino que estamos recorriendo
bajo la guía de san Pablo, queremos ahora detenernos en un tema que está en
el centro de las controversias del siglo de la Reforma: la cuestión de la
justificación. ¿Cómo llega a ser un hombre justo a los ojos de Dios? Cuando
Pablo encontró al resucitado en el camino de Damasco era un hombre realizado:
irreprensible en cuanto a la justicia derivada de la Ley (cfr Fil 3,6),
superaba a muchos de sus coetáneos en la observancia de las prescripciones mosaicas
y era celoso en conservar las tradiciones de sus padres (cfr Gal 1,14). La
iluminación de Damasco le cambió radicalmente la existencia: comenzó a
considerar todos sus méritos, logros de una carrera religiosa integrísima,
como "basura" frente a la sublimidad del conocimiento de
Jesucristo (cfr Fil 3,8). La Carta a los Filipenses nos ofrece un testimonio
conmovedor del paso de Pablo de una justicia fundada en la Ley y conseguida
con la observancia de las obras prescritas, a una justicia basada en la fe en
Cristo: había comprendido que cuanto hasta ahora le había parecido una
ganancia, en realidad frente a Dios era una pérdida, y había decidido por
ello apostar toda su existencia en Jesucristo (cfr Fil 3,7). El tesoro
escondido en el campo y la perla preciosa en cuya posesión invierte todo lo
demás ya no eran las obras de la Ley, sino Jesucristo, su Señor.
La relación entre Pablo y el
Resucitado llegó a ser tan profunda que le impulsó a afirmar que Cristo no
era solamente su vida, sino su vivir, hasta el punto de que para poder
alcanzarlo incluso la muerte era una ganancia (cfr Fil 1,21). No es que
despreciase la vida, sino que había comprendido que para él el vivir ya no
tenía otro objetivo, y por tanto ya no tenía otro deseo que alcanzar a
Cristo, como en una competición atlética, para estar siempre con Él: el
Resucitado se había convertido en el principio y el fin de su existencia, el
motivo y la meta de su carrera. Sólo la preocupación por el crecimiento en la
fe de aquellos a los que había evangelizado y la solicitud por todas las
Iglesias que había fundado (cfr 2 Cor 11,28) le inducían a desacelerar la
carrera hacia su único Señor, para esperar a los discípulos, para que
pudieran correr a la meta con él. Si en la anterior observancia de la Ley no
tenía nada que reprocharse desde el punto de vista de la integridad moral,
una vez alcanzado por Cristo prefería no juzgarse a sí mismo (cfr 1 Cor
4,3-4), sino que se limitaba a correr para conquistar a Aquél por el que
había sido conquistado (cfr Fil 3,12).
A causa de esta experiencia personal
de la relación con Jesús, Pablo coloca en el centro de su Evangelio una
irreducible oposición entre dos recorridos alternativos hacia la justicia:
uno construido sobre las obras de la Ley, el otro fundado sobre la gracia de
la fe en Cristo. La alternativa entre la justicia por las obras de la Ley y
la justicia por la fe en Cristo se convierte así en uno de los temas
dominantes que atraviesan sus cartas: "Nosotros somos judíos de
nacimiento y no gentiles pecadores; a pesar de todo, conscientes de que el
hombre no se justifica por las obras de la Ley sino por la fe en Jesucristo,
también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la
justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la Ley, pues por las
obras de la ley nadie será justificado" (Gal 2,15-16). Y a los
cristianos de Roma les reafirma que "todos pecaron y están privados de
la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de
la redención realizada en Cristo Jesús" (Rm 3,23-24). Y añade:
"Pensamos que el hombre es justificado por la fe, independientemente de
las obras de la Ley" (Ibid 28). Lutero tradujo este pasaje como
"justificado sólo por la fe". Volveré sobre esto al final de la
catequesis. Antes debemos aclarar qué es esta "Ley" de la que
hemos sido liberados y qué son esas "obras de la Ley" que no
justifican. La opinión --que se repetirá en la historia--, según la cual se
trataba de la ley moral, y que la libertad cristiana consistía, por tanto, en
la liberación de la ética, existía ya en la comunidad de Corinto. Así, en
Corinto circulaba la palabra "panta mou estin" (todo me es
lícito). Es obvio que esta interpretación es errónea: la libertad cristiana
no es libertinaje, la liberación de la que habla san Pablo no es liberarse de
hacer el bien.
¿Pero qué significa por tanto la Ley
de la que hemos sido liberados y que no salva? Para san Pablo, como para
todos sus contemporáneos, la palabra Ley significaba la Torá en su totalidad,
es decir, los cinco libros de Moisés. La Torá implicaba, en la interpretación
farisaica, la que había estudiado y hecho suya Pablo, un conjunto de
comportamientos que iban desde el núcleo ético hasta las observancias
rituales y cultuales que determinaban sustancialmente la identidad del hombre
justo. Particularmente la circuncisión, la observancia acerca del alimento
puro y generalmente la pureza ritual, las reglas sobre la observancia del
sábado, etc. Comportamientos que aparecen a menudo en los debates entre Jesús
y sus contemporáneos. Todas estas observancias que expresan una identidad
social, cultural y religiosa, habían llegado a ser singularmente importantes
en el tiempo de la cultura helenística, empezando desde el siglo III a.C.
Esta cultura, que se había convertido en la cultura universal de entonces,
era una cultura aparentemente racional, una cultura politeísta aparentemente
tolerante, que ejercía una fuerte presión de uniformidad cultural y amenazaba
así la identidad de Israel, que estaba políticamente obligado a entrar en
esta identidad común de la cultura helenística con la consiguiente pérdida de
su propia identidad, perdiendo así también la preciosa heredad de la fe de
sus Padres, la fe en el único Dios y en las promesas de Dios.
Contra esta presión cultural, que
amenazaba no sólo a la identidad israelita, sino también a la fe en el único
Dios y en sus promesas, era necesario crear un muro de distinción, un escudo
de defensa que protegiera la preciosa heredad de la fe; este muro consistía
precisamente en las observancias y prescripciones judías. Pablo, que había
aprendido estas observancias precisamente en su función defensiva del don de
Dios, de la heredad de la fe en un único Dios, veía amenazada esta identidad
por la libertad de los cristianos: por esto les perseguía. En el momento de su
encuentro con el Resucitado entendió que con la resurrección de Cristo la
situación había cambiado radicalmente. Con Cristo, el Dios de Israel, el
único Dios verdadero, se convertía en el Dios de todos los pueblos. El muro
--así lo dice Carta a los Efesios-- entre Israel y los paganos ya no era
necesario: es Cristo quien nos protege contra el politeísmo y todas sus
desviaciones; es Cristo quien nos une con y en el único Dios; es Cristo quien
garantiza nuestra verdadera identidad en la diversidad de las culturas, y es
él el que nos hace justos. Ser justo quiere decir sencillamente estar con
Cristo y en Cristo. Y esto basta. Ya no son necesarias otras observancias.
Por eso la expresión "sola fide" de Lutero es cierta si no se opone
la fe a la caridad, al amor. La fe es mirar a Cristo, encomendarse a Cristo,
unirse a Cristo, conformarse a Cristo, a su vida. Y la forma, la vida de
Cristo es el amor; por tanto creer es conformarse con Cristo y entrar en su
amor. Por eso san Pablo en la Carta a los Gálatas, en la que sobre todo ha
desarrollado su doctrina sobre la justificación, habla de la fe que obra por
medio de la caridad (cfr Gal 5,14).
Pablo sabe que en el doble amor a
Dios y al prójimo está presente y cumplida toda la Ley. Así en la comunión
con Cristo, en la fe que crea la caridad, toda la Ley se realiza. Somos
justos cuando entramos en comunión con Cristo, que es amor. Veremos lo mismo
en el Evangelio del próximo domingo, solemnidad de Cristo Rey. Es el
Evangelio del juez cuyo único criterio es el amor. Lo que pide es sólo esto:
¿Tú me has visitado cuando estaba enfermo? ¿Cuando estaba en la cárcel? ¿Me
has dado de comer cuando tenía hambre, o me has vestido cuando estaba
desnudo? Y así la justicia se decide en la caridad. Así, al término de este
Evangelio, podemos decir: sólo amor, sólo caridad. Pero no hay contradicción
entre este Evangelio y san Pablo. Es la misma visión, según la cual, la
comunión con Cristo, la fe en Cristo crea la caridad. Y la caridad es la
realización de la comunión con Cristo. Así, si estamos unidos a Él somos
justos, y no hay otra forma.
Al final, podemos sólo rezar al
Señor para que nos ayude a creer. Creer realmente; creer se convierte así en
vida, unidad con Cristo, transformación de nuestra vida. Y así, transformados
por su amor, por el amor a Dios y al prójimo, podemos ser realmente justos a
los ojos de Dios.
ORGANIZA: Casa de Ejercicios Espirituales
Monseñor Aguirre
Fecha: Viernes 19 de diciembre 19.30
hs hasta el domingo 21 al mediodía
Lugar: Casa de Ejercicios Espirituales
Mons. Aguirre (Santa Rosa 2341, Victoria)
Predican: P. Pancho Peña y
Hnas. Misioneras Diocesanas
Informes e inscripción: en Mñor.
Aguirre, tel: 4512-4365/ 4580-0450, mail: casaejercicios@...
Por cualquier otra información, la oficina de pastoral
juventud está abierta todos los días de 17 a 20 hs, y los teléfonos son
4747-0277/ 4512-3851, dirección: Ituzaingo 90
Los obispos que participan de la 96ª
Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina, que hasta el sábado
sesiona en la casa de ejercicios espirituales El Cenáculo – La
Montonera, de Pilar, presentará mañana en rueda de prensa, a las 11.45, el
texto del documento “Hacia un Bicentenario en justicia y
solidaridad”.
El director de la Oficina de Prensa
del Episcopado, presbítero Jorge Oesterheld, anticipó a AICA que se tratará
de un texto “importante” sobre orientaciones para los argentinos
se encaminen a la celebración de la fecha patria y que tendrá “al menos
12 carillas” de extensión.
Asimismo, precisó que tras presentar
"aportes para una nueva Nación", refiere a la celebración del
próximo bicentenario invitando a celebrarlo con un nuevo proyecto de país, un
amplio acuerdo sobre políticas públicas y con liderazgos caracterizados por
la actitud de servicio. Finalmente se señalan "las nuevas angustias que
desafían" y se proponen las "metas a alcanzar a la luz del bicentenario".
El documento será presentado por el
obispo de San Isidro y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral
Social, monseñor Jorge Casaretto; el obispo de San Martín y presidente de la
Comisión Episcopal de Fe y Cultura, monseñor Guillermo Rodríguez-Melgarejo; y
el obispo auxiliar de Buenos Aires y secretario general del Episcopado,
monseñor Enrique Eguía Seguí.
A lo largo de las sesiones, en la
que hubo elecciones estatutarias, los obispos también intercambiaron
opiniones sobre la animación para la Misión Continental y el plan de
formación para los diáconos permanentes en el país. Además, escucharon
informes de las comisiones episcopales de Catequesis y Liturgia, y el Consejo
de Asuntos Económicos.
Presidentes de
comisiones
El plenario electivo votó ayer a la
totalidad de los presidentes de las comisiones episcopales.
Tras la elección de la Comisión
Ejecutiva que presidirá el cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de
Buenos Aires y primado de la Argentina, durante el trienio 2008-2011, los
prelados votaron lo siguiente:
Comisión Episcopal
de Fe y Cultura: monseñor Guillermo Rodríguez Melgarejo, obispo de San
Martín.
Comisión Episcopal
de Catequesis y Pastoral Bíblica: monseñor Luis Eichhorn, obispo de
Morón
Comisión Episcopal
de Ministerios: monseñor Carlos Franzini, obispo de Rafaela.
Comisión Episcopal
de Vida Consagrada: monseñor Virginio Bressanelli, dehoniano,
Comodoro Rivadavia.
Comisión Episcopal
de Liturgia:
monseñor Mario A. Cargnello, arzobispo de Salta.
Comisión Episcopal
de Pastoral Social: monseñor Jorge Casaretto, obispo de San
Isidro.
Comisión Episcopal
de Educación Católica: monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La
Plata.
Comisión Episcopal
de Apostolado Laico y Pastoral Familiar: monseñor Rubén
Martínez, obispo de Posadas.
Comisión Episcopal
de Comunicación Social: monseñor Agustín Radrizzani, arzobispo de
Mercedes-Luján.
Consejo de Asuntos
Económicos:
monseñor Joaquín Sucunza, obispo auxiliar de Buenos Aires.
Comisión Episcopal
de Misiones:
monseñor José Vicente Conejero Gallego, obispo de Formosa.
Comisión Episcopal
de Ecumenismo, Relaciones con el Judaísmo y otras Religiones: monseñor
Carlos Humberto Malfa, obispo de Chascomús.
Comisión Episcopal
de Pastoral Aborigen: monseñor Fernando Maletti, obispo de San
Carlos de Bariloche.
Comisión Episcopal
de Iglesias Orientales: monseñor Abdo Arbach
Comisión Episcopal
de Ayuda a las Regiones Más Necesitadas: monseñor Adolfo
Uriona, obispo de Añatuya.
Comisión Episcopal
de Migraciones y Turismo: monseñor Rubén Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús.
Comisión Episcopal
de Pastoral Universitaria: monseñor Roberto Rodríguez, obispo de La
Rioja.
Comisión Episcopal
de Caritas Argentina: monseñor Fernando María Bargalló, obispo
de Merlo-Moreno.
Comisión Episcopal
de Pastoral de la Salud: monseñor Luis Stöckler, obispo de Quilmes.
Comisión Episcopal
de Pastoral Penitenciaria: monseñor Héctor S. Cardelli, obispo de San
Nicolás de los Arroyos.
Asesor Nacional de
Justicia y Paz: monseñor Jorge Casaretto, obispo de San Isidro.
Delegado para la Pastoral
de Santuarios: monseñor Luis Urbanc, obispo de Catamarca.
Delegado para la
Causa de los Santos: monseñor Santiago Olivera, obispo de Cruz
del Eje.
Delegado para los
Congresos Eucarísticos: monseñor Domingo Castagna, arzobispo
emérito de Corrientes.+
AICA - Toda la información puede ser
reproducida parcial o totalmente, citando la fuente
Los obispos Guillermo
Rodríguez-Melgarejo, Jorge Casaretto y Enrique Eguía Seguí
Este mediodía se llevó a cabo la
anunciada conferencia de prensa para presentar el documento “Hacia un
Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016)”, que los obispos
argentinos realizaron en el marco de la 96ª Asamblea Plenaria.
Participaron del encuentro con los
periodistas monseñor Jorge Casaretto, obispo de San Isidro y presidente de la
Comisión Episcopal de Pastoral Social; monseñor Guillermo
Rodríguez-Melgarejo, obispo de San Martín y presidente de la Comisión
Episcopal de Fe y Cultura, y monseñor Enrique Eguía Seguí, obispo auxiliar
de Buenos Aires y flamante secretario general del Episcopado.
Monseñor Casaretto reiteró que la
Argentina necesita “un proyecto de país”, pero aclaró que en la
tarea de construir un país si excluídos “estamos involucrados
todos”.
Tras marcar distintos aspectos del
documento, indicó que “no es un programa de la Iglesia sino pautas que
ofrecemos al país. Son líneas, metas, que deberían estar incluídas en un
proyecto de país”. Y precisó: “Buscan ser un despertador y un instrumento
de trabajo”.
Puntualizó además que el documento
constituye “una invitación a todos, sin abrir juicio contra nadie. No
nos interesa juzgar lo que pasa sino invitar a una nueva etapa, superando las
del pasado”.
Por su parte monseñor
Rodríguez-Melgarejo, al ser consultado sobre los proyectos de despenalización
del aborto que se están tratando en el Congreso, aseguró que “el
derecho a la vida es un derecho humano fundamental, por eso la Iglesia no se
va a cansar de pedir por él y, con el debido respeto, exigirlo”.
Por último, monseñor Eguía Seguí
explicó que ser misioneros “también es colaborar por el bien común y la
comunión de todos”, como se propone desde este documento.+
AICA - Toda la información puede ser
reproducida parcial o totalmente, citando la fuente
Pilar (Buenos Aires), 14 Nov. 08
(AICA): “Con vistas al Bicentenario 2010-2016, creemos que existe la
capacidad para proyectar, como prioridad nacional, la erradicación de la
pobreza y el desarrollo integral de todos. Anhelamos poder celebrar un
Bicentenario con justicia e inclusión social. Estar a la altura de este
desafío histórico, depende de cada uno de los argentinos”. Así lo
expresa el documento presentado hoy en el marco de la 96ª Asamblea Plenaria
que desde el pasado lunes hasta mañana se desarrolla en El Cenáculo, en La
Montonera, (Pilar, provincia de Buenos Aires) y que lleva por título:
“Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016)”.
El trabajo fue presentado al
mediodía en una conferencia de prensa de la que participaron los obispos
Jorge Casaretto (San Isidro), Guillermo Rodríguez-Melgarejo (San Martín) y
Enrique Eguía Seguí (auxiliar de Buenos Aires).
Tras retomar una afirmación
expresada en un documento anterior: “La gran deuda de los argentinos es
la deuda social”, los obispos afirman: “No se trata solamente de
un problema económico o estadístico. Es, primariamente, un problema moral que
nos afecta en nuestra dignidad más esencial y requiere que nos decidamos a un
mayor compromiso ciudadano. Pero sólo habrá logros estables por el camino del
diálogo y del consenso a favor del bien común, si tenemos particularmente en
cuenta a nuestros hermanos más pobres y excluidos”.
Hacia el Bicentenario
En este contexto ofrecen sus aportes
“como hombres de fe y pastores de la Iglesia.
En primer lugar se refieren a la
celebración del Bicentenario: “Estamos agradecidos por nuestro país y
por las personas que lo forjaron, y recordamos la presencia de la Iglesia en
aquellos momentos fundacionales”, sin embargo, advierten que
“cuando se celebró el primer Centenario de estos grandes
acontecimientos, nuestra Nación aparecía en el concierto de los pueblos como
una tierra promisoria y acogedora” hoy, “en vísperas de la
celebración del Bicentenario, la realidad y el ánimo no son iguales”.
Subrayan también la posibilidad de
“crecer sanamente como Nación si reafirmamos nuestra identidad
común”, sostienen que estamos “ante una oportunidad única”
y advierten: “Podemos aprovecharla, privilegiando la construcción del
bien común, o malgastarla con nuestros intereses egoístas y posturas
intransigentes que nos fragmentan y dividen”.
En cuanto a la necesidad de
“hablar de un proyecto de país”, los obispos califican de “indispensable
procurar consensos fundamentales que se conviertan en referencias constantes
para la vida de la Nación, y puedan subsistir más allá de los cambios de
gobierno”.
“Necesitamos aceptar que toda
democracia padece momentos de conflictividad -dice el documento-. En esas
situaciones complejas, alimentar la confrontación puede parecer el camino más
fácil. Pero el modo más sabio y oportuno de prevenirlas y abordarlas es
procurar consensos a través del diálogo”.
Y añade que en este tiempo,
“donde la crisis de la economía global implica el riesgo de un nuevo
crecimiento de la inequidad, que nos exige tomar conciencia sobre la
‘dimensión social y política del problema de la pobreza’. En este
sentido, la promoción de políticas públicas es una nueva forma de opción por
nuestros hermanos más pobres y excluidos”.
Al insistir nuevamente sobre la
necesidad del diálogo, aclaran que “nunca llegaremos a la capacidad de
dialogar sin una sincera reconciliación” y que “se requiere
renovar una confianza mutua que no excluya la verdad y la justicia.
Las heridas abiertas en nuestra
historia, de las cuales también nos sentimos responsables, pueden cicatrizar
si evitamos las parcialidades. Porque mientras haya desconfianzas, éstas
impedirán crecer y avanzar, aunque las propuestas que se hagan sean
técnicamente buenas. Todos debemos ser co-responsables de la construcción del
bien común”.
También se refiere a un nuevo
“estilo de liderazgo” que implica la concepción del “poder
como servicio”. En ese sentido afirma: “No habrá cambios
profundos si no renace, en todos los ambientes y sectores, una intensa
mística del servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso
social y político. El verdadero liderazgo supera la omnipotencia del poder y
no se conforma con la mera gestión de las urgencias”.
Y enumera “algunos valores
propios de los auténticos líderes: la integridad moral, la amplitud de miras,
el compromiso concreto por el bien de todos, la capacidad de escucha, el
interés por proyectar más allá de lo inmediato, el respeto de la ley, el
discernimiento atento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la
coherencia de vida”. Asimismo declara como “uno de los mayores
desafíos de nuestro tiempo” el de “recuperar el valor de toda
sana militancia”.
Nuevas angustias que nos desafían
A continuación, el documento
menciona las “nuevas angustias que nos desafían”, entre las que
destaca la presencia de “sobrantes y desechables” como
“formas inéditas de pobreza y exclusión”, que son
“esclavitudes modernas que desafían de un modo nuevo a la creatividad,
la participación y la organización del compromiso cristiano y
ciudadano”. Por ello reafirmar que su “criterio de priorización
será siempre la persona humana, que ha recibido de Dios mismo una incomparable
e inalienable dignidad”.
En relación con la economía,
reconocen “una recuperación en la reducción de los niveles de pobreza e
indigencia después de la crisis de 2001-2002. Pero también es verdad que no
se ha logrado reducir sustancialmente el grado de la inequidad social. Junto
a una mejora en los índices de desempleo, el flagelo del trabajo informal
sigue siendo un escollo agobiante para la real promoción de millones de
argentinos”.
También “es grave la situación
de la educación en nuestra patria”, les “preocupa la subsistencia
del gravísimo problema del endeudamiento del Estado” que lleva a que
los pagos de la deuda externa condicionen “gravemente los esfuerzos que
debieran realizarse para saldar la deuda social”.
Asimismo, lamentan que no se haya
podido “erradicar un histórico clima de corrupción” y califican
de “preocupante la situación de los adolescentes y jóvenes que no
estudian ni trabajan, a los que la pobreza les dificulta el desarrollo
integral de sus capacidades, quedando a merced de propuestas fáciles o
escapistas. Es escandaloso el creciente consumo de drogas que hace estragos
cada vez a más temprana edad. En todo el país se ha multiplicado la oferta
del juego. La población se ve afectada por la violencia y la inseguridad que
se manifiestan de variadas maneras”.
Metas prioritarias para la
construcción del bien común
A continuación, los pastores
proponen “algunas metas que estimamos prioritarias para la construcción
del bien común”:
“Recuperar el respeto por la
familia y por la vida en todas sus formas”; “avanzar en la
reconciliación entre sectores y en la capacidad de diálogo”;
“alentar el paso de habitantes a ciudadanos responsables”;
“fortalecer las instituciones republicanas, el Estado y las
organizaciones de la sociedad”; “mejorar el sistema político y la
calidad de la democracia”; “afianzar la educación y el trabajo
como claves del desarrollo y de la justa distribución de los bienes”;
“implementar políticas agroindustriales para un desarrollo
integral”; “promover el federalismo” y “profundizar
la integración en la Región”.
En cuanto a la propuesta de
“mejorar el sistema político y la calidad de la democracia” el
documento asegura: “Es imperioso dar pasos para concretar la
indispensable y tan reclamada reforma política. También para afianzar la
orgánica vitalidad de los diversos partidos y para formar nuevos dirigentes,
reconociendo que las estructuras nuevas no producirán cambios significativos
y estables sin dirigentes renovados, forjados en el aprecio y el ejercicio
constante de los valores sociales. Sobre todo, es imprescindible lograr que
toda la ciudadanía pueda tener una mayor participación en la solución de los
problemas, para que así se supere el recurso al reclamo esporádico y agresivo
y se puedan encauzar propuestas más creativas y permanentes. De este modo
construiremos una democracia no sólo formal, sino real y
participativa”.+
Intervención en la audiencia general
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 12 noviembre 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el
texto íntegro de la catequesis pronunciada este miércoles por el Papa
Benedicto XVI con ocasión de la Audiencia General, celebrada esta mañana en
la Plaza de San Pedro.
* * *
Queridos hermanos y hermanas.
el tema de la resurrección, sobre el que
nos detuvimos la semana pasada, abre una nueva perspectiva, la de la espera
de la vuelta del Señor, y por ello nos lleva a reflexionar sobre la relación
entre el tiempo presente, tiempo de la Iglesia y del Reino de Cristo, y el
futuro (éschaton) que nos espera, cuando Cristo entregará el Reino al
Padre (cfr 1 Cor 15,24). Todo discurso cristiano sobre las realidades
últimas, llamado escatología, parte siempre del acontecimiento de la
resurrección: en este acontecimiento las realidades últimas ya han empezado
y, en un cierto sentido, ya están presentes.
Probablemente en el año 52 san Pablo
escribió la primera de sus cartas, la primera Carta a los Tesalonicenses,
donde habla de esta vuelta de Jesús, llamada parusía, adviento, nueva
y definitiva y manifiesta presencia (cfr 4,13-18). A los Tesalonicenses, que
tienen sus dudas y problemas, el Apóstol escribe así: "si creemos que
Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes
murieron en Jesús" (4,14). Y continua: "los que murieron en Cristo
resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que
quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del
Señor en los aires" (4,16-17). Pablo describe la parusía de
Cristo con acentos muy vivos y con imágenes simbólicas, pero que transmiten
un mensaje sencillo y profundo: al final estaremos siempre con el Señor. Este
es, más allá de las imágenes, el mensaje esencial: nuestro futuro es
"estar con el Señor"; en cuanto creyentes, en nuestra vida nosotros
ya estamos con el Señor; nuestro futuro, la vida eterna, ya ha comenzado.
En la segunda Carta a los
Tesalonicenses, Pablo cambia la perspectiva; habla de acontecimientos
negativos, que deberán preceder al final y conclusivo. No hay que dejarse
engañar -dice- como si el día del Señor fuese verdaderamente inminente, según
un cálculo cronológico: "Por lo que respecta a la Venida de nuestro
Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, que no os
dejéis alterar tan fácilmente en vuestros ánimos, ni os alarméis por alguna
manifestación del Espíritu, por algunas palabras o por alguna carta
presentada como nuestra, que os haga suponer que está inminente el Día del
Señor. Que nadie os engañe de ninguna manera" (2,1-3). La continuación
de este texto anuncia que antes de la llegada del Señor estará la apostasía y
se revelará el no mejor identificado "hombre inicuo", el "hijo
de la perdición" (2,3), que la tradición llamará después el Anticristo.
Pero la intención de esta Carta de san Pablo es sobre todo práctica; escribe:
"cuando estábamos entre vosotros os mandábamos esto: si alguno no quiere
trabajar, que tampoco coma. Porque nos hemos enterado de que hay entre
vosotros algunos que viven desordenadamente, sin trabajar nada, pero
metiéndose en todo. A esos les mandamos y les exhortamos en el Señor
Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan" (3,
10-12). En otras palabras, la espera de la parusía de Jesús no
dispensa del trabajo en este mundo, sino al contrario, crea responsabilidades
ante el Juez divino sobre nuestro actuar en este mundo. Precisamente así
crece nuestra responsabilidad de trabajar en y para este mundo.
Veremos lo mismo el próximo domingo en el Evangelio de los talentos, donde el
Señor nos dice que ha confiado talentos a todos y el Juez nos pedirá cuentas
de ellos diciendo: ¿Habéis traído fruto? Por tanto la espera de su venida
implica responsabilidad hacia este mundo.
La misma cosa y el mismo nexo entre parusía
- vuelta del Juez-Salvador - y nuestro compromiso en la vida aparece en otro
contexto y con aspectos nuevos en la Carta a los Filipenses. Pablo
está en la cárcel y espera la sentencia, que puede ser de condena a muerte.
En esta situación piensa en su futuro estar con el Señor, pero piensa también
en la comunidad de Filipos, que necesita a su padre, Pablo, y escribe:
"para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir
en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger... Me siento
apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo,
lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas por otra parte, quedarme en
la carne es más necesario para vosotros. Y, persuadido de esto, sé que me
quedaré y permaneceré con todos vosotros para progreso y gozo de vuestra fe,
a fin de que tengáis por mi causa un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús,
cuando yo vuelva a estar entre vosotros" (1, 21-26).
Pablo no tiene miedo a la muerte, al
contrario: esta indica de hecho el completo ser con Cristo. Pero Pablo
participa también de los sentimientos de Cristo, el cual no ha vivido para sí
mismo, sino para nosotros. Vivir para los demás se convierte en el programa
de su vida y por ello muestra su perfecta disponibilidad a la voluntad de
Dios, a lo que Dios decida. Está disponible sobre todo, también en el futuro,
a vivir en la tierra para los demás, a vivir por Cristo, a vivir por su
presencia viva y así para la renovación del mundo. Vemos que este ser suyo
con Cristo crea a gran libertad interior: libertad ante la amenaza de la
muerte, pero libertad también ante todas las tareas y los sufrimientos de la
vida. Estaba sencillamente disponible para Dios y realmente libre.
Y pasamos ahora, tras haber examinado los
diversos aspectos de la espera de la parusía de Cristo, a
preguntarnos: ¿cuáles son las actitudes fundamentales del cristiano hacia las
realidades últimas: la muerte, el fin del mundo? La primera actitud es la
certeza de que Jesús ha resucitado, está con el Padre, y por eso está con
nosotros, para siempre. Y nadie es más fuerte que Cristo, porque Él está con
el Padre, está con nosotros. Por eso estamos seguros, liberados del miedo.
Este era un efecto esencial de la predicación cristiana. El miedo a los
espíritus, a los dioses, estaba difundido en todo el mundo antiguo. Y también
hoy los misioneros, junto con tantos elementos buenos de las religiones
naturales, encuentran el miedo a los espíritus, a los poderes nefastos que
nos amenazan. Cristo vive, ha vencido a la muerte y ha vencido a todos estos
poderes. Con esta certeza, con esta libertad, con esta alegría vivimos. Este
es el primer aspecto de nuestro vivir hacia el futuro.
En segundo lugar, la certeza de que Cristo
está conmigo. Y de que en Cristo el mundo futuro ya ha comenzado, esto da
también certeza de la esperanza. El futuro no es una oscuridad en la que
nadie se orienta. No es así. Sin Cristo, también hoy para el mundo el futuro
está oscuro, hay miedo al futuro, mucho miedo al futuro. El cristiano sabe
que la luz de Cristo es más fuerte y por eso vive en una esperanza que no es
vaga, en una esperanza que da certeza y valor para afrontar el futuro.
Finalmente, la tercera actitud. El Juez que
vuelve -es juez y salvador a la vez- nos ha dejado la tarea de vivir en este
mundo según su modo de vivir. Nos ha entregado sus talentos. Por eso nuestra
tercera actitud es: responsabilidad hacia el mundo, hacia los hermanos ante
Cristo, y al mismo tiempo también certeza de su misericordia. Ambas cosas son
importantes. No vivimos como si el bien y el mal fueran iguales, porque Dios
solo puede ser misericordioso. Esto sería un engaño. En realidad, vivimos en
una gran responsabilidad. Tenemos los talentos, tenemos que trabajar para que
este mundo se abra a Cristo, sea renovado. Pero incluso trabajando y sabiendo
en nuestra responsabilidad que Dios es el juez verdadero, estamos seguros
también de que este juez es bueno, conocemos su rostro, el rostro de Cristo
resucitado, de Cristo crucificado por nosotros. Por eso podemos estar seguros
de su bondad y seguir adelante con gran valor.
Un dato ulterior de la enseñanza paulina
sobre la escatología es el de la universalidad de la llamada a la fe, que
reúne a judíos y gentiles, es decir, a los paganos, como signo y
anticipación de la realidad futura, por lo que podemos decir que estamos
sentados ya en el cielo con Jesucristo, pero para mostrar a los siglos
futuros la riqueza de la gracia (cfr Ef 2,6s): el después se
convierte en un antes para hacer evidente el estado de realización
incipiente en que vivimos. Esto hace tolerables los sufrimientos del momento
presente, que no son comparables a la gloria futura (cfr Rm 8,18). Se
camina en la fe y no en la visión, y aunque fuese preferible exiliarse del
cuerpo y habitar con el Señor, lo que cuenta en definitiva, morando en el
cuerpo o saliendo de él, es ser agradable a Dios (cfr 2 Cor 5,7-9).
Finalmente, un último punto que quizás
parece un poco difícil para nosotros. San Pablo en la conclusión de su
segunda Carta a los Corintios repite y pone en boca también a los
Corintios una oración nacida en las primeras comunidades cristianas del área
de Palestina: Maranà, thà! que literalmente significa "Señor
nuestro, ¡ven!" (16,22). Era la oración de la primera comunidad
cristiana, y también el último libro del Nuevo testamento, el Apocalipsis, se
cierra con esta oración: "¡Señor, ven!". ¿Podemos rezar también
nosotros así? Me parece que para nosotros hoy, en nuestra vida, en nuestro
mundo, es difícil rezar sinceramente para que perezca este mundo, para que
venga la nueva Jerusalén, para que venga el juicio último y el juez, Cristo.
Creo que si no nos atrevemos a rezar sinceramente así por muchos motivos, sin
embargo de una forma justa y correcta podemos también decir con los primeros
cristianos: "¡Ven, Señor Jesús!". Ciertamente, no queremos que
venga ahora el fin del mundo. Pero, por otra parte, queremos que termine este
mundo injusto. También nosotros queremos que el mundo sea profundamente
cambiado, que comience la civilización del amor, que llegue un mundo de
justicia y de paz, sin violencia, sin hambre. Queremos todo esto: ¿y cómo
podría suceder sin la presencia de Cristo? Sin la presencia de Cristo nunca
llegará realmente un mundo justo y renovado. Y aunque de otra manera,
totalmente y en profundidad, podemos y debemos decir también nosotros, con
gran urgencia y en las circunstancias de nuestro tiempo: ¡Ven, Señor! Ven a
tu mundo, en la forma que tu sabes. Ven donde hay injusticia y violencia. Ven
a los campos de refugiados, en Darfur y en Kivu del norte, en tantos lugares
del mundo. Ven donde domina la droga. Ven también entre esos ricos que te han
olvidado, que viven solo para sí mismos. Ven donde eres desconocido. Ven a tu
mundo y renueva el mundo de hoy. Ven también a nuestros corazones, ven y
renueva nuestra vida, ven a nuestro corazón para que nosotros mismos podamos
ser luz de Dios, presencia suya. En este sentido rezamos con san Pablo: ¿Maranà,
thà! "¡Ven, Señor Jesús"!, y rezamos para que Cristo esté
realmente presente hoy en nuestro mundo y lo renueve.
[Al final de la audiencia, el papa saludó a
los peregrinos en varios idiomas
Vicaría de Pastoral
Social - Obispado de San Isidro
Herramientas para
el compromiso ciudadano:
Nuevos lenguajes
para aprehender la Enseñanza Social de la Iglesia
17 de noviembre
Panelistas:
Monseñor Jorge Casaretto, el padre Aníbal Filippini y el doctor Gualberto
Baistrocchi, director del Centro Pablo VI.
El Centro Pablo VI continuando con
su labor de formación, investigación y capacitación para agentes de pastoral
social, grupos y comunidades parroquiales, ha elaborado material bibliográfico
y audiovisual como aporte a la nueva misión evangelizadora convocada en el
encuentro de nuestros obispos en Aparecida. Para ello los invitamos a la
presentación de nuevos logros:
• Una colección de tres
volúmenes sobre "Enseñanza Social de la Iglesia" sobre la base de experiencias
actuales y enseñanzas sociales que la Iglesia ofrece al pueblo de Dios en cada
momento de la historia y con herramientas para la reflexión y el trabajo
grupal. En convenio con Editorial Ciudad Nueva
• Siete programas unitarios
incorporados en un DVD interactivo para poder trabajar los distintos
principios de la Doctrina Social de la Iglesia.
Se realizará el
lunes 17 de noviembre; en el teatro del Viejo Concejo de San Isidro, 9 de
julio 512; San Isidro, a las 20 horas, con entrada libre y gratuita.
15 de Noviembre,
Día de la Escucha – 2008 "Año dedicado a Escuchar al
Adolescente"
Evitemos hablar "de"
adolescentes.
DIALOGUEMOS "CON"
ADOLESCENTES!!!
En Buenos Aires, como en todas las
sedes europeas y americanas de la Asociación Internacional del Teléfono de la
Esperanza, convocamos a la gente a escucharse entre sí.
Escuchar es una destreza que se
aprende. Es diferente a OÍR. Es un acto voluntario de amor. Es dejar de lado
mis propios ruidos internos, prejuicios y preconceptos, para poner toda mi atención
en el otro, en lo que dice, cómo lo dice y en lo que NO DICE.
Celebramos la Semana de la Escucha
con las siguientes actividades:
Ø
Conferencia
de Prensa,
el viernes 7 de Noviembre a las 17 hs. Difundir la obra y los objetivos del
lema de este año. ROGAMOS CONFIRMAR ASISTENCIA al 4952-1751 de lunes a
viernes de 9 a 15 hs.
Ø
Cine
debate: "La Sociedad de los Poetas Muertos". Sábado 8
de Noviembre, a las 16,30 hs. en Combate de los Pozos 146, Ciudad Autónoma de
Buenos Aires. Coordinación a cargo de la Psicóloga Social Sra. Leonor
Peralta, voluntaria de la institución.
Ø
Foro
"Escuchando al Adolescente". Invitamos a
adolescentes y a adultos a participar. El viernes 14 de Noviembre a las 19
hs. en Combate de los Pozos 146, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Participarán la Presidenta de la Asociación Argentina de Prevención del
Suicidio, Lic. Valeria Rodríguez, dialogará con los presentes sobre
"Comportamientos suicidas y adolescentes". La Lic. Iliana Díaz,
investigadora de la UBA, disertará sobre "Escuchar al adicto".
Convocamos a participar en la charla, abriendo un espacio para el debate, las
preguntas, un lugar de desarrollo y crecimiento, comprensión y diálogo.
En ambas actividades, de acceso
libre y gratuito, se solicita inscripción previa, telefónicamente al
4952-1751 de lunes a viernes de 9 a 21 hs.
Córdoba, 6 Nov. 08
(AICA) Radio
María Argentina cuenta desde hace varios años con la red orante de Jericó,
donde miles de oyentes de la emisora, tanto de nuestro país como del
exterior, se reúnen virtualmente para elevar una oración permanente (las 24
horas, todos los días del año), por las intenciones de la Obra Radio María y
las de quienes forman parte de esta red, y desde octubre de este año relanzó
su red orante en el sitio web www.radiomaria.org.ar. Quienes deseen sumarse a esta red
o solicitar mayor información, pueden comunicarse telefónicamente al (0351)
420717 ó al 0810-777-7777, o bien, por correo electrónico a jerico@....
También en la página institucional: www.radiomaria.org.ar
pueden encontrar más información.
Desde hoy y hasta el sábado se
realizará en la casa de ejercicios El Cenáculo – La Montonera, de
Pilar, su 96ª Asamblea Plenaria, que tendrá carácter electivo.
En la Comisión Ejecutiva pueden ser
reelectos todos sus miembros, pero se presupone que cambiará el secretario
general dado que monseñor Sergio Fenoy asumió cuando era obispo auxiliar de
Rosario y hoy tiene mayores responsabilidades pastorales como obispo de San
Miguel. El cardenal Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires; monseñor Luis
Villalba, arzobispo de Tucumán; y monseñor Agustín Radrizzani, arzobispo de
Mercedes-Luján, actuales presidente y vicepresidentes, están habilitados
estatutariamente para continuar en el cargo un nuevo trienio.
En el resto de las comisiones
episcopales no se prevén cambios sustanciales, dado que la mayoría pueden
renovar mandato, pero puede haber movimientos entre quienes las integren como
miembros.
Las sesiones comenzarán este lunes
10 de noviembre, a las 16, y la misa de apertura presidida por el primado
argentino está prevista para las 20.
Tras el intercambio pastoral sobre
la realidad del país y de la Iglesia, se comenzará con la elección de la
Comisión Ejecutiva, las respectivas comisiones, consejos y delegaciones
episcopales.
El temario también incluye un
intercambio sobre el documento "Camino al Bicentenario", la
animación para la Misión Continental en las diócesis argentinas y la
evaluación de un proyecto de Plan de Formación para los Diáconos Permanentes
en la Argentina.
El casi centenar de prelados
recibirá además informes de las comisiones episcopales de Catequesis y
Liturgia, y del Consejo de Asuntos Económicos.
CIUDAD
DEL VATICANO, miércoles 5 de noviembre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación el texto íntegro de la catequesis pronunciada este miércoles por
el Papa Benedicto XVI durante la audiencia general en la Plaza de San Pedro.
***
Queridos
hermanos y hermanas:
"Si
Cristo no ha resucitado, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra
fe... estáis todavía en vuestros pecados" (1 Cor 15,14.17). Con
estas fuertes palabras de la primera Carta a los Corintios, san Pablo
da a entender qué decisiva importancia atribuye a la resurrección de Jesús.
En este acontecimiento, de hecho, está la solución del problema que supone el
drama de la Cruz. Por sí sola la Cruz no podría explicar la fe cristiana, al
contrario, sería una tragedia, señal de la absurdidad del ser. El misterio
pascual consiste en el hecho de que ese Crucificado "ha resucitado el
tercer día, según las Escrituras" (1 Cor 15,4) - así atestigua la
tradición protocristiana. Aquí está la clave central de la cristología
paulina: todo gira alrededor de este centro gravitacional. La entera
enseñanza del apóstol Pablo parte desde y llega siempre al misterio
de Aquel que el Padre ha resucitado de la muerte. La resurrección es un dato
fundamental, casi un axioma previo (cfr 1 Cor 15,12), en base al cual
Pablo puede formular su anuncio (kerygma) sintético: Aquel que ha sido
crucificado, y que ha manifestado así el inmenso amor de Dios por el hombre,
ha resucitado y está vivo en medio de nosotros.
Es
importante notar el vínculo entre el anuncio de la resurrección, tal como
Pablo lo formula, y aquel que se usaba en las primeras comunidades cristianas
prepaulinas. Aquí verdaderamente se puede ver la importancia de la tradición
que precede al Apóstol y que él, con gran respeto y atención, quiere a su vez
entregar. El texto sobre la resurrección, contenido en el capítulo 15,1-11 de
la primera Carta a los Corintios, pone bien de relieve el nexo entre
"recibir" y "transmitir". San Pablo atribuye mucha
importancia a la formulación literal de la tradición; al término del
fragmento que estamos examinando subraya: "Tanto ellos como yo, esto es
lo que predicamos" (1 Cor 15,11), poniendo así a la luz la unidad
del kerigma, del anuncio para todos los creyentes y para todos
aquellos que anunciarán la resurrección de Cristo. La tradición a la
que se une es la fuente a la que tender. La originalidad de su cristología no
va nunca en detrimento de la fidelidad a la tradición. El kerigma de
los Apóstoles preside siempre la reelaboración personal de Pablo; cada una de
sus argumentaciones parte de la tradición común, en la que se expresa la fe
compartida por todas las Iglesias, que son una sola Iglesia. Y así san Pablo
ofrece un modelo para todos los tiempos sobre cómo hacer teología y cómo
predicar. El teólogo, el predicador no crean nuevas visiones del mundo y de
la vida, sino que están al servicio de la verdad transmitida, al servicio del
hecho real de Cristo, de la Cruz, de la resurrección. Su deber es ayudar a
comprender hoy, tras las antiguas palabras, la realidad del "Dios con
nosotros", y por tanto, la realidad de la vida verdadera.
Aquí
es oportuno precisar: san Pablo, al anunciar la resurrección, no se preocupa
de presentar una exposición doctrinal orgánica -no quiere escribir
prácticamente un manual de teología- sino que afronta el tema respondiendo a
dudas y preguntas concretas que le venían propuestas por los fieles; un
discurso ocasional, por tanto, pero lleno de fe y de teología vivida. En él
se encuentra una concentración de lo esencial: nosotros hemos sido
"justificados", es decir, hechos justos, salvados, por el Cristo muerto
y resucitado por nosotros. Emerge sobre todo el hecho de la
resurrección, sin el cual la vida cristiana sería simplemente absurda. En
aquella mañana de Pascua sucedió algo extraordinario, nuevo y, al mismo
tiempo muy concreto, contrastado por señales muy precisas, registradas por
numerosos testimonios. También para Pablo, como para los otros autores del
Nuevo Testamento, la resurrección está unida al testimonio de quien ha
hecho una experiencia directa del Resucitado. Se trata de ver y de escuchar
no solo con los ojos o con los sentidos, sino también con una luz interior
que empuja a reconocer lo que los sentidos externos atestiguan como dato
objetivo. Pablo da por ello -como los cuatro Evangelios- relevancia
fundamental al tema de las apariciones, que son condición fundamental
para la fe en el Resucitado que ha dejado la tumba vacía. Estos dos hechos
son importantes: la tumba está vacía y Jesús se apareció realmente.
Se constituye así esa cadena de la tradición que, a través del testimonio de
los Apóstoles y de los primeros discípulos, llegará a las generaciones
sucesivas, hasta nosotros. La primera consecuencia, o el primer modo de
expresar este testimonio, es predicar la resurrección de Cristo como síntesis
del anuncio evangélico y como punto culminante de un itinerario salvífico.
Todo esto Pablo lo hace en distintas ocasiones: se pueden consultar las
Cartas y los Hechos de los Apóstoles, donde se ve siempre que el punto
esencial para él es ser testigo de la resurrección. Quisiera citar solo un
texto: Pablo, arrestado en Jerusalén, está ante el Sanedrín como acusado. En
esta circunstancia en la que está en juego para él la muerte o la vida,
indica cuál es el sentido y el contenido de toda su preocupación: "por
esperar la resurrección de los muertos se me juzga" (Hch 23,6).
Este mismo estribillo repite Pablo continuamente en sus Cartas (cfr 1 Ts
1,9s; 4,13-18; 5,10), en las que apela a su experiencia personal, a su encuentro
personal con Cristo resucitado (cfr Gal 1,15-16; 1 Cor 9,1).
Pero
podemos preguntarnos: ¿cuál es, para san Pablo, el sentido profundo del
acontecimiento de la resurrección de Jesús? ¿Qué nos dice a nosotros a dos
mil años de distancia? La afirmación "Cristo ha resucitado" ¿es
catual también para nosotros? ¿Por qué la resurrección es para él y para
nosotros hoy un tema tan determinante? Pablo da solemnemente respuesta a esta
pregunta al principio de la Carta a los Romanos, donde exhorta
refiriéndose al "Evangelio de Dios... acerca de su Hijo, nacido del
linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el
Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rm
1,3-4). Pablo sabe bien y lo dice muchas veces que Jesús era Hijo de Dios
siempre, desde el momento de su encarnación. La novedad de la resurrección
consiste en el hecho de que Jesús, elevado de la humildad de su existencia
terrena, ha sido constituido Hijo de Dios "con poder". El Jesús
humillado hasta la muerte en cruz puede decir ahora a los Once: "Me ha
sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18). Se
ha realizado cuanto dice el Salmo 2, 8: "Pídeme, y te daré en herencia
las naciones, en propiedad los confines de la tierra". Por eso con la
resurrección comienza el anuncio del Evangelio de Cristo a todos los pueblos
- comienza el reinado de Cristo, este nuevo reino que no conoce otro poder
que el de la verdad y del amor. La resurrección revela por tanto
definitivamente cuál es la auténtica identidad y la extraordinaria estatura
del Crucificado. Una dignidad incomparable y altísima: ¡Jesús es Dios!
Para san Pablo la secreta identidad de Jesús, más aún que la encarnación, se
revela en el misterio de la resurrección. Mientras el título de Cristo, es
decir, ‘Mesías', ‘Ungido', en san Pablo tiende a convertirse en
el nombre propio de Jesús y el de Señor especifica su relación
personal con los creyentes, ahora el título de Hijo de Dios viene a
ilustrar la relación íntima de Jesús con Dios, una relación que se revela
plenamente en el acontecimiento pascual. Se puede decir, por tanto, que Jesús
ha resucitado para ser el Señor de los vivos y los muertos (cfr Rm
14,9; e 2 Cor 5,15) o, en otros términos, nuestro Salvador (cfr Rm
4,25).
Todo
esto está cargado de importantes consecuencias para nuestra vida de fe:
estamos llamados a participar hasta en lo más profundo de nuestro ser en todo
el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo. Dice el Apóstol:
hemos "muerto con Cristo" y creemos que "viviremos con él,
sabiendo que Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere más; la
muerte ya no tiene dominio sobre él (Rm 6,8-9). Esto se traduce en un
compartir los sufrimientos de Cristo, como preludio a esa configuración plena
con Él mediante la resurrección, a la que miramos con esperanza. Es lo que le
ha sucedido también a san Pablo, cuya experiencia está descrita en las Cartas
con tonos tan precisos como realistas: "y conocerle a él, el poder
de su resurrección y la comunión de sus padecimientos hasta hacerme semejante
a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los
muertos" (Fil 3,10-11; cfr 2 Tm 2,8-12). La teología de la
Cruz no es una teoría - es la realidad de la vida cristiana. Vivir en la fe
en Jesucristo, vivir la verdad y el amor implica renuncias todos los días,
implica sufrimientos. El cristianismo no es el camino de la comodidad, es más
bien una escalada exigente, pero iluminada por la luz de Cristo y por la gran
esperanza que nace de Él. San Agustín dice: a los cristianos no se les ahorra
el sufrimiento, al contrario, a ellos les toca un poco más, porque vivir la
fe expresa el valor de afrontar la vida y la historia más en profundidad. Con
todo sólo así, experimentando el sufrimiento, conocemos la vida en su
profundidad, en su belleza, en la gran esperanza suscitada por Cristo
crucificado y resucitado. El creyente se encuentra colocado entre dos polos:
por un lado la resurrección, que de algún modo está ya presente y operante en
nosotros (cfr Col 3,1-4; Ef 2,6); por otro, la urgencia de
insertarse en ese proceso que conduce a todos y a todo a la plenitud,
descrita en la Carta a los Romanos con una audaz imaginación: como
toda la creación gime y sufre casi los dolores del parto, así también
nosotros gemimos en la esperanza de la redención de nuestro cuerpo, de
nuestra redención y resurrección (cfr Rm 8,18-23).
En
síntesis, podemos decir con Pablo que el verdadero creyente obtiene la
salvación profesando con su boca que Jesús es el Señor y creyendo con
el corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos (cfr Rm
10,9). Importante es sobre todo el corazón que cree en Cristo y que en la fe
"toca" al resucitado; pero no basta llevar en el corazón la fe,
debemos confesarla y testimoniarla con la boca, con nuestra vida, haciendo
así presente la verdad de la cruz y de la resurrección en nuestra historia.
De esta forma el cristiano se inserta en ese proceso gracias al cual el
primer Adán, terrestre y sujeto a la corrupción y a la muerte, va
transformándose en el último Adán, celeste e incorruptible (cfr 1 Cor
15,20-22.42-49). Este proceso ha sido puesto en marcha con la resurrección de
Cristo, en la que se funda la esperanza de poder entrar con Cristo también en
nuestra verdadera patria que está en el Cielo. Sostenidos por esta esperanza
proseguimos con valor y alegría.
[Al
final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En
español, dijo:]
Queridos
hermanos y hermanas:
En
su primera carta a los Corintios, san Pablo señala la importancia de la
resurrección de Cristo para nuestra fe cristiana. Sólo con la Cruz, sin la
resurrección de Jesús, la vida cristiana sería un absurdo. El misterio
pascual consiste precisamente en el hecho de que el Crucificado resucitó.
Aquel que murió y nos reveló el inmenso amor que Dios nos tiene está vivo y
presente entre nosotros. Ésta es la clave de la cristología paulina, que
parte siempre de ese misterio y a él tiende. Al anunciar a Jesucristo, Pablo
subraya particularmente que nosotros hemos sido justificados por su muerte y
resurrección. Para el Apóstol, la resurrección de Jesús fue un hecho acaecido
en la historia, del cual es posible dar testimonio. Existieron signos
precisos. No fue algo inventado. Más aún, a través de ella se revela
definitivamente la auténtica identidad del Crucificado. En efecto, la
resurrección manifiesta en plenitud su naturaleza divina, que poseía desde
siempre y no sólo en el tiempo. Jesús resucitó para ser Señor de vivos y
muertos. El verdadero creyente obtiene la salvación profesando que Cristo es
el Señor y creyendo que Dios lo resucitó de entre lo muertos.
Saludo
con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular, a los miembros
de la Asociación valenciana de Agricultores y al Obispo de Autlán, Monseñor
Gonzalo Galván Castillo, acompañado de un grupo de sacerdotes de su Diócesis.
A ejemplo del Apóstol san Pablo, os invito a ser testigos creíbles y audaces
de Jesucristo resucitado, del que esperamos confiados que transforme
"nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa".
Que Dios os bendiga.
ROMA, domingo 9 de
noviembre de 2008 (ZENIT.org).- Durante el sínodo de los obispos se sugirió
que Benedicto XVI creara un blog para comunicarse en línea. Es una prueba de
la importancia de internet hoy cuando se trata de evangelizar.
Poco después se
supo la noticia de que el arzobispo de Nápoles, el cardenal Crescenzio Sepe
se había creado un perfil en el página social en la red Facebook, informaba
el 28 de octubre la agencia de noticias ANSA.
"Logro 200
nuevos amigos cada día", afirmaba el cardenal. "Tienes que ir donde
está la gente y, si la gente está en Facebook, tienes que ir allí
también".
La observación del
cardenal Sepe sobre la necesidad de ir donde estén los jóvenes es respaldada
por los datos de una encuesta en Estados Unidos. En el grupo de gente joven
nacida después de 1984, sólo el 33% asisten a la iglesia en un fin de semana
típico.
La información
procede de una encuesta del 2006 del Barna Research Group, citada en un
artículo publicado en el New York Times el 26 de octubre. El artículo
consideraba cómo las iglesias están usando toda una serie de técnicas
mediáticas para llamar la atención de los jóvenes. En comparación, el 49% de
los baby-boomers es probable que vaya a la iglesia el fin de semana.
El New York Times
mencionaba que algunos predicadores están incorporando recursos multimedia en
sus servicios de predicación, que van desde clips de películas, a música
moderna y presentaciones en Power Point.
En red
Las Iglesias
también han creado perfiles en las webs sociales como Facebook o MySpace, así
como en las páginas cristianas. Muchas iglesias ahora también tienen sus
propias páginas en internet, con video clips, podcasts y blogs.
Un artículo
publicado el 9 de abril en USA Today examinaba una de estas iglesias. El
reverendo Bruce Walker predica a una congregación de menos de 100 personas en
Greenville, Carolina del Sur, pero sus sermones están disponibles vía podcast
para la gente de todo el mundo.
Una sabia medida,
puesto que según el artículo una encuesta el año pasado del Pew Internet
& American Life Project descubrió que muchas más personas usaban internet
para buscar información religiosa y espiritual que para bajarse música,
participar en subastas online o visitar páginas webs de adultos.
Walker sube sus
grabaciones a una empresa llamada SermonAudio.com. En esta página hay más de
un millón de accesos a sermones cada mes, según USA Today.
No sólo los
sermones están online. En Irlanda se pudo contemplar en vivo este año a una
de las más populares novenas del país, cada año organizan los redentoristas
en su monasterio de Mount St. Alphonsus.
La página web, HTTP://www.novena.ie, permitía ver la
iglesia a través de una webcam 24 horas al día, informaba el 12 de junio
CatholicIreland.net.
El año pasado, una
iniciativa similar para una novena, en otra iglesia redentorista, el
monasterio Clonard en Belfast, recibió más de 50.000 visitas.
Otra comunidad
irlandesa, la iglesia agustina de Cork, comenzó este año a emitir el 20 de
abril una novena, informaba CatholicIreland.net.
Vídeo en línea
El año pasado, la
iglesia, que es el centro de la comunidad polaca en Cork, comenzó a
transmitir misas y otras ceremonias por internet. "He oído de una mujer
en Polonia que está encantada de ver a su marido en la Misa de Navidad, a las
10, recibiendo la comunión", afirmaba el padre Pat Moran.
"Hemos tenido
más de 18.000 visitantes de 32 países desde que comenzó", declaraba el
padre Pat Moran a la agencia de noticias.
Los vídeo clips son
una forma popular de comunicar por internet y GodTube, la alternativa
religiosa a YouTube, ha recibido una gran inversión a principios de año.
Un fondo asegurador
de Londres, GLG Partners, anunció que había invertido casi 30 millones de
dólares en GodTube, informaba el periódico británico Guardian el 13 de mayo.
Desde su
lanzamiento en agosto del año pasado hasta el momento de publicarse el artículo,
GodTube había cargado más de 100.000 vídeos, todos de tema abiertamente
religioso. Cerca de 40 trabajadores se ocupan de revisar cada vídeo antes de
colgarlo.
GodTube también
emite sermones en directo, y tiene un "muro de oración", donde los
usuarios pueden colocar sus peticiones.
El envío de
oraciones a través de la web es popular y, a principios de este año, Bill
Tikos, de Sydney, Australia, creaba una página para enviar oraciones a Dios,
informaba el 20 de abril el periódico local, el Sydney Morning Herald.
A la primera semana
de creación de la página, Dear-god.net, más de 63.000 personas la habían
visitado y cientos habían hecho comentarios sobre las oraciones de la gente.
Evangelización
Las posibilidades
de internet como instrumento de evangelización eran examinadas en un artículo
publicado el 21 de junio en la página InsideCatholic.com.
Jennifer Fulwiler
describía su conversión del ateísmo al catolicismo y sostenía que internet
permitirá a la gente descubrir la verdad sobre la religión mucho más
fácilmente que cualquier otro medio.
Su propia
conversión ocurrió como resultado de seguir algunas pequeñas curiosidades al
buscar en la web información sobre algunas cuestiones filosóficas. Fue el
carácter interactivo de internet lo que comenzó a minar su ateísmo.
Los comentarios
sobre el material publicado, y los debates online abrieron a Fulwiler a
puntos de vista cristianos: Pensé que tenía algunas preguntas para los
cristianos, y las hice. Pero resultó que ellos tenían también buenas
preguntas para mí".
La apertura y la
rapidez de repuesta de internet son también características que según
Fulwiler beneficiarán a la religión. "El poder de la élite para
controlar la información se ha ido", observaba. "Esto significa más
ideas, más cuestiones, y respuestas más rápidas que se adapten finamente a
las preocupaciones individuales de cada persona".
Peligros y
oportunidades
Internet, no
obstante, es una mezcla de oportunidades y peligros. Una carta de los obispos
católicos de Australia, con fecha del 27 de abril, así lo reconocía. Los
obispos publicaron una carta sobre la seguridad de internet, acompañada por
un vídeo en YouTube.
La carta en sí está
dirigida sobre todo a los padres, a los abuelos y a los maestros de dentro de
la comunidad de la Iglesia, mientras que el vídeo de YouTube habla
directamente a los jóvenes sobre la seguridad en la red.
Gracias a internet,
observaba la carta, el mensaje de Jesucristo se transporta a la gente de todo
el mundo de formas que los primeros evangelizadores ni siquiera pudieron
soñar. El texto advertía, sin embargo, que todos debemos discernir con
cuidado lo que leemos y encontramos en la web.
Citando algunos
textos tanto de Juan Pablo II como de Benedicto XVI, la carta observaba que
la Iglesia ha visto de forma positiva las oportunidades de evangelización
disponibles a través de internet.
No obstante, aunque
ofrece un enorme abanico de información, puede también abandonar valores y
puede degradar la dignidad humana. También es muy necesario proteger a los
niños y a las familias del contenido peligroso y destructivo.
"Como
cristianos, estamos llamados a compartir con todos la Buena Noticia de Jesucristo",
comentaban los obispos. "Abracemos internet con fe, entusiasmo y
sabiduría, mientras vivimos nuestra vocación compartida en la
ciber-época".
Este entusiasmo por
las posibilidades de internet es compartido por el Vaticano. En septiembre,
el arzobispo Claudio Celli, presidente del Pontificio Consejo para las
Comunicaciones Sociales, anunciaba el tema para la Jornada de las
Comunicaciones Sociales del 2009: "Nuevas Tecnologías, Nuevas
Relaciones. Promover una Cultura de Respeto, Diálogo y Amistad".
"El progreso
en medio no implica simplemente un paso hacia delante, sino siempre trae
nuevas condiciones y posibilidades que la humanidad puede usar e invertir
para el bien común y convertir en la base para un crecimiento cultural amplio
y extenso", explicaba.
Monseñor Celli
también anunciaba que se ha programado un encuentro de obispos para marzo,
para reunir a los prelados responsables de comunicación y a expertos en
medios. Faith 2.0 está comenzando a despegar en el Tercer Milenio.
Por el padre John
Flynn, L. C., traducción de Justo Amado
Bajo el lema "María de Lourdes
ayúdanos como comunidad a tener un mismo corazón y un mismo proyecto",
la comunidad de la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes de la localidad de
Beccar, diócesis de San Isidro, peregrinará al Santuario de la Virgen de
Lourdes, en Santos Lugares, a 150 años de las apariciones reconocidas por la
iglesia.
Esta peregrinación se llevará a cabo el
sábado 22 de noviembre a las 14 horas, saliendo desde la Parroquia, Posadas
312 – Beccar – Teléfono 4575-4230.
Hora de reunión, en la parroquia, a las
13.30 horas
Cáritas Argentina - Comisión Nacional
necesita un depósito, preferentemente con vivienda, que permita coordinar la
logística de materiales y bienes donados para hacer llegar la ayuda a las
comunidades más pobres de todo el país.
Días atrás, nos notificaron acerca de la
venta del espacio con el que contábamos, por este motivo, nos vemos obligados
a comenzar una nueva búsqueda que permita relocalizar estas donaciones.
CIUDAD DEL
VATICANO, miércoles 29 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto íntegro de
la catequesis pronunciada hoy por el Papa Benedicto XVI durante la Audiencia
General en la Plaza de San Pedro.
* * *
Queridos hermanos y
hermanas:
en la experiencia
personal de san Pablo hay un dato incontrovertible: mientras al principio
había sido un perseguidor y había utilizado la violencia contra los
cristianos, desde el momento de su conversión en el Camino de Damasco, se
había pasado a la parte de Cristo crucificado, haciendo de Él la razón de su
vida y el motivo de su predicación. La suya fue una existencia enteramente
consumida por las almas (cfr 2 Cor 12,15), para nada tranquila y
resguardada de insidias y dificultades. En el encuentro con Jesús se había
aclarado el significado central de la Cruz: había comprendido que Jesús había
muerto y resucitado por todos y por él mismo. Ambas cosas eran
importantes; la universalidad: Jesús había muerto realmente por todos, y la
subjetividad: Él ha muerto también por mí. En la Cruz, por tanto, se había
manifestado el amor gratuito y misericordioso de Dios. Este amor Pablo lo
experimentó ante todo en sí mismo (cfr Gal 2,20) y de pecador se
convirtió en creyente, de perseguidor en apóstol. Día tras día, en su nueva
vida, experimentaba que la salvación era "gracia", que todo descendía
del amor de Cristo y no de sus méritos, que por otro lado no existían. El
"evangelio de la gracia" se convirtió así en la única forma de
entender la Cruz, el criterio no sólo de su nueva existencia, sino también la
respuesta a sus interlocutores. Entre estos estaban, ante todo, los judíos
que ponían su esperanza en las obras y esperaban de estas la salvación;
estaban también los griegos, que oponían su sabiduría humana a la cruz;
finalmente, había ciertos grupos heréticos, que se habían formado su propia
idea del cristianismo según su propio modelo de vida.
Para san Pablo la
Cruz tiene un primado fundamental en la historia de la humanidad; representa
el punto principal de su teología, porque decir Cruz quiere decir salvación
como gracia dada a toda criatura. El tema de la cruz de Cristo se
convierte en un elemento esencial y primario de la predicación del Apóstol:
el ejemplo más claro tiene que ver con la comunidad de Corinto. Frente a una
Iglesia donde estaban presentes de forma preocupante desórdenes y escándalos,
donde la comunión estaba amenazada por partidos y divisiones internas que
comprometían la unidad del Cuerpo de Cristo, Pablo se presenta no con
sublimidad de palabras o de sabiduría, sino con el anuncio de Cristo, de
Cristo crucificado. Su fuerza no es el lenguaje persuasivo sino,
paradójicamente, la debilidad y el temblor de quien se confía solo al
"poder de Dios" (cfr1 Cor 2,1-4). La Cruz, por todo lo que
representa y también por el mensaje teológico que contiene, es escándalo y
necedad. Lo afirma el Apóstol con una fuerza impresionante, que es mejor
escuchar de sus mismas palabras: "La predicación de la cruz es una
necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan -para nosotros-
es fuerza de Dios... quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de
la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan
sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los
judíos, necedad para los gentiles" (1 Cor 1,18-23).
Las primeras
comunidades cristianas, a las cuales Pablo se dirige, saben muy bien que
Jesús ahora está resucitado y vivo; el Apóstol quiere recordar no solo a los
Corintios y a los Gálatas, sino a todos nosotros que el Resucitado es siempre
Aquel que ha sido crucificado. El "escándalo" y la
"necedad" de la Cruz están precisamente en el hecho que ahí donde
parece haber solo fracaso, dolor, derrota, precisamente allí está todo el
poder del Amor ilimitado de Dios, porque la Cruz es expresión de amor y el
amor es el verdadero poder que se revela precisamente en esta aparente
debilidad. Para los judíos la Cruz es skandalon, es decir, trampa o
piedra de tropiezo: parece obstaculizar la fe del pío israelita, que no
consigue encontrar nada parecido en las Sagradas Escrituras. Pablo, con no
poco valor, parece decir aquí que la apuesta es altísima: para los judíos, la
Cruz contradice la esencia misma de Dios, que se ha manifestado con signos
prodigiosos. Por tanto, aceptar la Cruz de Cristo significa realizar una
profunda conversión en el modo de relacionarse con Dios. Si para los judíos
el motivo de rechazo de la Cruz se encuentra en la Revelación, es decir, en
la fidelidad al Dios de sus padres, para los griegos, es decir, los paganos,
el criterio de juicio para oponerse a la Cruz es la razón. Para estos
últimos, de hecho, la Cruz es moría, necedad, literalmente te insipidez,
alimento sin sal; por tanto, más que un error, es un insulto al buen
sentido.
Pablo mismo en más
de una ocasión tuvo la amarga experiencia del rechazo del anuncio cristiano
juzgado "insípido", irrelevante, ni siquiera digno de ser tomado en
consideración en el plano de la lógica racional. Para quien, como los
griegos, buscaba la perfección en el espíritu, en el pensamiento puro, ya era
inaceptable que Dios se hiciera hombre, sumergiéndose en todos los límites
del espacio y del tiempo. ¡Por tanto era decididamente inconcebible creer que
un Dios pudiera acabar en una Cruz! Y vemos como esta lógica griega es
también la lógica común de nuestro tiempo. El concepto de apátheia, indiferencia,
como ausencia de pasiones en Dios, ¿cómo habría podido comprender a un Dios
hecho hombre y derrotado, que incluso luego habría recuperado su cuerpo para
vivir como resucitado? "Te escucharemos sobre esto en otra ocasión"
(Hch 17,32) le dijeron despreciativamente los Atenienses a Pablo,
cuando oyeron hablar de la resurrección de los muertos. Creían que la
perfección era liberarse del cuerpo, concebido como prisión; ¿cómo no
considerar una aberración recuperar el cuerpo? En la cultura antigua no
parecía haber espacio para el mensaje del Dios encarnado. Todo el
acontecimiento "Jesús de Nazaret" parecía estar marcado por la más
total insipidez y ciertamente la Cruz era el punto más emblemático.
¿Pero por qué san
Pablo precisamente de esto, de la palabra de la Cruz, ha hecho el punto
fundamental de su predicación? La respuesta no es difícil: la Cruz revela
"el poder de Dios" (cfr1 Cor 1,24), que es diferente del
poder humano; revela de hecho su amor: "Porque la necedad divina es más
divina es más sabida que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina,
más fuerte que la fuerza de los hombres" (ivi v. 25). A siglos de
distancia de Pablo, vemos que ha vencido la Cruz y no la sabiduría que se
opone a Cruz. El Crucificado es sabiduría, porque manifiesta de verdad quien
es Dios, es decir poder de amor que llega hasta la Cruz para salvar al
hombre. Dios se sirve de modos e instrumentos que a nosotros nos parecen a
primera vista sólo debilidad. El Crucificado desvela, por una parte, la
debilidad del hombre, y por otra, el verdadero poder de Dios, es decir, la
gratuidad del amor: precisamente esta gratuidad total del amor es la
verdadera sabiduría. De esto san Pablo ha hecho experiencia hasta en su
carne, y nos da testimonio de ello en varios pasajes de su recorrido
espiritual, que se han convertido en puntos de referencia precisos para todo
discípulo de Jesús: "Él me dijo: Mi gracia te basta, que mi fuerza se
muestra perfecta en la flaqueza" (2 Cor 12,9); y aún: "ha
escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte" (1 Cor
1,28). El Apóstol se identifica hasta tal punto con Cristo que él también,
aunque en medio de tantas pruebas, vive en la fe del Hijo de Dios que le amó
y se entregó por los pecados suyos y de todos (cfr Gal 1,4; 2,20).
Este dato autobiográfico del Apóstol es paradigmático para todos nosotros.
San Pablo ofreció
una admirable síntesis se la teología de la Cruz en la segunda Carta a los
Corintios (5,14-21), donde todo está contenido en dos afirmaciones
fundamentales: por una parte Cristo, a quien Dios ha tratado como pecado a
favor nuestro (v. 21), ha muerto por todos (v. 14); por otra, Dios nos
ha reconciliado consigo, no imputándonos a nosotros nuestras culpas
(vv. 18-20). Por este "ministerio de la reconciliación" toda
esclavitud ha sido rescatada (cfr 1 Cor 6,20; 7,23). Aquí aparece cómo
todo esto es relevante para nuestra vida. También nosotros debemos entrar en
este "ministerio de la reconciliación", que supone siempre la
renuncia a la propia superioridad y la elección de la necedad del amor. San
Pablo ha renunciado a su propia vida dándose totalmente a sí mismo para el
ministerio de la reconciliación, de la Cruz que es salvación para todos
nosotros. Y esto debemos saber hacer también nosotros: podemos encontrar
nuestra fuerza precisamente en la humildad del amor y nuestra sabiduría en la
debilidad de renunciar para entrar así en la fuerza de Dios. Debemos formar
nuestra vida sobre esta verdadera sabiduría: no vivir para nosotros mismos,
sino vivir en la fe en ese Dios del que todos podemos decir: "Me ha
amado y se ha dado a sí mismo por mí".
[Al final de la
audiencia, Benedicto XVI saludó a los peregrinos en varios idiomas. En
español, dijo:]
Queridos hermanos y
hermanas:
La experiencia de
Pablo camino de Damasco cambió totalmente su existencia que quedó marcada por
el significado central de la Cruz: entendió que Cristo había muerto y
resucitado por él y por todos. La Cruz tiene un lugar principal en la
historia de la humanidad y es objeto continuo de la teología paulina. La Cruz
es "escándalo y necedad" (1 Co 1,18-23): donde parece reinar
sólo el dolor y la debilidad, es donde está todo el poder del Amor infinito
de Dios. La Cruz es el "centro del centro" del misterio cristiano.
Ciertamente la encarnación y la resurrección son misterios centrales del
cristianismo; pero San Pablo ve en la Cruz la manifestación más elocuente del
Amor de Dios por nosotros.
Para el Apóstol,
Cristo crucificado es sabiduría, porque manifiesta en verdad quién es Dios, y
nos muestra el amor que salva al hombre de manera gratuita. Esta total
gratuidad es la verdadera sabiduría. En la segunda carta a los Corintios
(5,14-21), Pablo expresa en dos afirmaciones su experiencia del Crucificado.
En primer lugar, Dios ha tratado como pecado a Cristo que ha muerto por
todos, ha expiado nuestro pecado. En segundo lugar, Dios nos ha reconciliado
consigo, sin imputarnos nuestras culpas. Los creyentes podemos decir con San
Pablo: "¡Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de Cristo, en la
cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo!" (Ga
6, 14).
Saludo a los
peregrinos de lengua española, especialmente a los grupos provenientes de
España, México, Argentina y otros países de Latinoamérica. Que Dios, en este
Año Paulino, os ayude a profundizar en el misterio de Cristo, muerto y
resucitado por todos.
El próximo 3 de noviembre a las 20
se realizará una charla como preparación al tiempo de Adviento en la
Casa Pastoral, Ituzaingo 90, San Isidro. La misma estará a cargo del P.
Miguel Ángel D´Annibale.
El objetivo de este día es presentar el
tiempo de preparación a la Asamblea Diocesana 2009 que comenzará con el
Adviento. La propuesta será trabajar este tiempo en clave de
ESCUCHA. Además de profundizar en las características de este
tiempo, se nos presentarán algunos recursos para que desde las
celebraciones litúrgicas vayamos haciendo presente esta propuesta para la
diócesis.
Es por este motivo que es muy importante la
participación de los responsables de liturgia de cada parroquia (si pueden
concurrir con todo el equipo mucho mejor).
Quedando a su disposición para cualquier
consulta, los saludamos cordialmente en Cristo Jesús.
Los sínodos son
asambleas consultivas encargadas de asesorar al Papa en temas de la vida y la
misión de la Iglesia Católica.
Este sínodo de obispos
fue convocado para debatir sobre "La palabra de Dios en la vida y la
misión de la Iglesia". Participaron 253 obispos y cardenales desde el 5
al 24 de octubre en Roma.
Ofrecemos, por este intermedio, el
Mensaje al Pueblo de Dios del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios.
CIUDAD DEL VATICANO, viernes 24 de
octubre de 2008 (ZENIT.org).- Presentamos el Mensaje al Pueblo de Dios del
Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios publicado este viernes.
A los hermanos y hermanas «paz ... y
caridad con fe de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo. La gracia sea
con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo en la vida incorruptible».
Con este saludo tan intenso y apasionado san Pablo concluía su Epístola a los
cristianos de Éfeso (6, 23-24). Con estas mismas palabras nosotros, los
Padres sinodales, reunidos en Roma para la XII Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de los Obispos bajo la guía del Santo Padre Benedicto XVI, comenzamos
nuestro mensaje dirigido al inmenso horizonte de todos aquellos que en las
diferentes regiones del mundo siguen a Cristo como discípulos y continúan
amándolo con amor incorruptible.
A ellos les propondremos de nuevo la
voz y la luz de la Palabra de Dios, repitiendo la antigua llamada: «La
palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la pongas
en práctica» (Dt 30,14). Y Dios mismo le dirá a cada uno: «Hijo de hombre,
todas las palabras que yo te dirija, guárdalas en tu corazón y escúchalas
atentamente» (Ez 3,10). Ahora les propondremos a todos un viaje espiritual
que se desarrollará en cuatro etapas y desde lo eterno y lo infinito de Dios
nos conducirá hasta nuestras casas y por las calles de nuestras ciudades.
I. LA VOZ DE LA PALABRA: LA
REVELACIÓN
1. «El Señor les habló desde fuego,
y ustedes escuchaban el sonido de sus palabras, pero no percibían ninguna
figura: sólo se oía la voz» (Dt 4,12). Es Moisés quien habla, evocando la
experiencia vivida por Israel en la dura soledad del desierto del Sinaí. El
Señor se había presentado, no como una imagen o una efigie o una estatua
similar al becerro de oro, sino con "rumor de palabras". Es una voz
que había entrado en escena en el preciso momento del comienzo de la
creación, cuando había rasgado el silencio de la nada: «En el principio...
dijo Dios: "Haya luz", y hubo luz... En el principio existía la
Palabra... y la Palabra era Dios ... Todo se hizo por ella y sin ella no se
hizo nada» (Gn 1, 1.3; Jn 1, 1-3).
Lo creado no nace de una lucha
intradivina, como enseñaba la antigua mitología mesopotámica, sino de una
palabra que vence la nada y crea el ser. Canta el Salmista: «Por la Palabra
del Señor fueron hechos los cielos, por el aliento de su boca todos sus
ejércitos ... pues él habló y así fue, él lo mandó y se hizo» (Sal 33, 6.9).
Y san Pablo repetirá «Dios que da la vida a los muertos y llama a las cosas
que no son para que sean» (Rm 4, 17). Tenemos de esta forma una primera
revelación "cósmica" que hace que lo creado se asemeje a una
especie de inmensa página abierta delante de toda la humanidad, en la que se
puede leer un mensaje del Creador: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, el
firmamento anuncia la obra de sus manos; el día al día comunica el mensaje,
la noche a la noche le pasa la noticia. Sin hablar y sin palabras, y sin voz
que pueda oírse, por toda la tierra resuena su proclama, por los confines del
orbe» (Sal 19, 2-5).
2. Pero la Palabra divina también se
encuentra en la raíz de la historia humana. El hombre y la mujer, que son
«imagen y semejanza de Dios» (Gn 1, 27) y que por tanto llevan en sí la
huella divina, pueden entrar en diálogo con su Creador o pueden alejarse de
él y rechazarlo por medio del pecado. Así pues, la Palabra de Dios salva y
juzga, penetra en la trama de la historia con su tejido de situaciones y
acontecimientos: «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado
el clamor ... conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlo de la mano de
los egipcios y para sacarlo de esta tierra a una tierra buena y espaciosa
...» (Ex 3, 7-8). Hay, por tanto, una presencia divina en las situaciones
humanas que, mediante la acción del Señor de la historia, se insertan en un
plan más elevado de salvación, para que «todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tm 2,4).
3. La Palabra divina eficaz,
creadora y salvadora, está por tanto en el principio del ser y de la
historia, de la creación y la redención. El Señor sale al encuentro de la
humanidad proclamando: «Lo digo y lo hago» (Ez 37,14). Sin embargo, hay una
etapa posterior que la voz divina recorre: es la de la Palabra escrita, la
Graphé o las Graphai, las Escrituras sagradas, como se dice en el Nuevo Testamento.
Ya Moisés había descendido de la cima del Sinaí llevando «las dos tablas del
Testimonio en su mano, tablas escritas por ambos lados; por una y otra cara
estaban escritas. Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura
de Dios» (Ex 32,15-16). Y el propio Moisés prescribirá a Israel que conserve
y reescriba estas "tablas del Testimonio": «Y escribirás en esas
piedras todas las palabras de esta Ley. Grábalas bien» (Dt 27, 8).
Las Sagradas Escrituras son el
"testimonio" en forma escrita de la Palabra divina, son el memorial
canónico, histórico y literario que atestigua el evento de la Revelación
creadora y salvadora. Por tanto, la Palabra de Dios precede y excede la
Biblia, si bien está "inspirada por Dios" y contiene la Palabra
divina eficaz (cf. 2 Tm 3, 16). Por este motivo nuestra fe no tiene en el
centro sólo un libro, sino una historia de salvación y, como veremos, una
persona, Jesucristo, Palabra de Dios hecha carne, hombre, historia.
Precisamente porque el horizonte de la Palabra divina abraza y se extiende
más allá de la Escritura, es necesaria la constante presencia del Espíritu
Santo que «guía hasta la verdad completa» (Jn 16, 13) a quien lee la Biblia.
Es ésta la gran Tradición, presencia eficaz del "Espíritu de
verdad" en la Iglesia, guardián de las Sagradas Escrituras,
auténticamente interpretadas por el Magisterio eclesial. Con la Tradición se
llega a la comprensión, la interpretación, la comunicación y el testimonio de
la Palabra de Dios. El propio san Pablo, cuando proclamó el primer Credo
cristiano, reconocerá que "transmitió" lo que él «a su vez recibió»
de la Tradición (1 Cor 15, 3-5).
II. EL ROSTRO DE LA PALABRA:
JESUCRISTO
4. En el original griego son sólo
tres las palabras fundamentales: Lógos, sarx, eghéneto, «el Verbo/Palabra se
hizo carne». Sin embargo, éste no es sólo el ápice de esa joya poética y
teológica que es el prólogo del Evangelio de san Juan (1, 14), sino el
corazón mismo de la fe cristiana. La Palabra eterna y divina entra en el
espacio y en el tiempo y asume un rostro y una identidad humana, tan es así
que es posible acercarse a ella directamente pidiendo, como hizo aquel grupo
de griegos presentes en Jerusalén: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12, 20-21). Las
palabras sin un rostro no son perfectas, porque no cumplen plenamente el
encuentro, como recordaba Job, cuando llegó al final de su dramático
itinerario de búsqueda: «Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto
mis ojos» (42, 5).
Cristo es «la Palabra que está junto
a Dios y es Dios», es «imagen de Dios invisible, primogénito de toda la
creación» (Col 1, 15); pero también es Jesús de Nazaret, que camina por las
calles de una provincia marginal del imperio romano, que habla una lengua
local, que presenta los rasgos de un pueblo, el judío, y de su cultura. El Jesucristo
real es, por tanto, carne frágil y mortal, es historia y humanidad, pero
también es gloria, divinidad, misterio: Aquel que nos ha revelado el Dios que
nadie ha visto jamás (cf. Jn 1, 18). El Hijo de Dios sigue siendo el mismo
aún en ese cadáver depositado en el sepulcro y la resurrección es su
testimonio vivo y eficaz.
5. Así pues, la tradición cristiana
ha puesto a menudo en paralelo la Palabra divina que se hace carne con la
misma Palabra que se hace libro. Es lo que ya aparece en el Credo cuando se
profesa que el Hijo de Dios «por obra del Espíritu Santo se encarnó de María,
la Virgen», pero también se confiesa la fe en el mismo «Espíritu Santo que
habló por los profetas». El Concilio Vaticano II recoge esta antigua
tradición según la cual «el cuerpo del Hijo es la Escritura que nos fue
transmitida» - como afirma san Ambrosio (In Lucam VI, 33) - y declara
límpidamente: «Las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han
hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre
Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los
hombres» (DV 13).
En efecto, la Biblia es también
"carne", "letra", se expresa en lenguas particulares, en
formas literarias e históricas, en concepciones ligadas a una cultura antigua,
guarda la memoria de hechos a menudo trágicos, sus páginas están surcadas no
pocas veces de sangre y violencia, en su interior resuena la risa de la
humanidad y fluyen las lágrimas, así como se eleva la súplica de los
infelices y la alegría de los enamorados. Debido a esta dimensión
"carnal", exige un análisis histórico y literario, que se lleva a
cabo a través de distintos métodos y enfoques ofrecidos por la exégesis
bíblica. Cada lector de las Sagradas Escrituras, incluso el más sencillo,
debe tener un conocimiento proporcionado del texto sagrado recordando que la
Palabra está revestida de palabras concretas a las que se pliega y adapta
para ser audible y comprensible a la humanidad.
Éste es un compromiso necesario: si
se lo excluye, se podría caer en el fundamentalismo que prácticamente niega
la encarnación de la Palabra divina en la historia, no reconoce que esa
palabra se expresa en la Biblia según un lenguaje humano, que tiene que ser
descifrado, estudiado y comprendido, e ignora que la inspiración divina no ha
borrado la identidad histórica y la personalidad propia de los autores
humanos. Sin embargo, la Biblia también es Verbo eterno y divino y por este
motivo exige otra comprensión, dada por el Espíritu Santo que devela la
dimensión trascendente de la Palabra divina, presente en las palabras
humanas.
6. He aquí, por tanto, la necesidad
de la «viva Tradición de toda la Iglesia» (DV 12) y de la fe para comprender
de modo unitario y pleno las Sagradas Escrituras. Si nos detenemos sólo en la
"letra", la Biblia entonces se reduce a un solemne documento del
pasado, un noble testimonio ético y cultural. Pero si se excluye la
encarnación, se puede caer en el equívoco fundamentalista o en un vago
espiritualismo o psicologismo. El conocimiento exegético tiene, por tanto,
que entrelazarse indisolublemente con la tradición espiritual y teológica
para que no se quiebre la unidad divina y humana de Jesucristo, y de las
Escrituras.
En esta armonía reencontrada, el
rostro de Cristo brillará en su plenitud y nos ayudará a descubrir otra
unidad, la unidad profunda e íntima de las Sagradas Escrituras, el hecho de
ser, en realidad 73 libros, que sin embargo se incluyen en un único
"Canon", en un único diálogo entre Dios y la humanidad, en un único
designio de salvación. «Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el
pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos
nos ha hablado por medio del Hijo» (Hb 1, 1-2). Cristo proyecta de esta forma
retrospectivamente su luz sobre la entera trama de la historia de la
salvación y revela su coherencia, su significado, su dirección.
Él es el sello, "el Alfa y la
Omega" (Ap 1, 8) de un diálogo entre Dios y sus criaturas repartido en
el tiempo y atestiguado en la Biblia. Es a la luz de este sello final cómo
adquieren su "pleno sentido" las palabras de Moisés y de los
profetas, como había indicado el mismo Jesús aquella tarde de primavera,
mientras él iba de Jerusalén hacia el pueblo de Emaús, dialogando con Cleofás
y su amigo, cuando «les explicó lo que había sobre él en todas las
Escrituras» (Lc 24, 27).
Precisamente porque en el centro de
la Revelación está la Palabra divina transformada en rostro, el fin último
del conocimiento de la Biblia no está «en una decisión ética o una gran idea,
sino en el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo
horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est,
1).
III. LA CASA DE LA PALABRA: LA
IGLESIA
Como la sabiduría divina en el
Antiguo Testamento, había edificado su casa en la ciudad de los hombres y de
las mujeres, sosteniéndola sobre sus siete columnas (cf. Pr 9, 1), también la
Palabra de Dios tiene una casa en el Nuevo Testamento: es la Iglesia que
posee su modelo en la comunidad-madre de Jerusalén, la Iglesia, fundada sobre
Pedro y los apóstoles y que hoy, a través de los obispos en comunión con el
sucesor de Pedro, sigue siendo garante, animadora e intérprete de la Palabra
(cf. LG 13). Lucas, en los Hechos de los Apóstoles (2, 42), esboza la
arquitectura basada sobre cuatro columnas ideales, que aún hoy dan testimonio
de las diferentes formas de comunidad eclesial: «Todos se reunían asiduamente
para escuchar la enseñanza de los apóstoles y participar en la vida común, en
la fracción del pan, y en las oraciones».
7. En primer lugar, esto es la
didaché apostólica, es decir, la predicación de la Palabra de Dios. El
apóstol Pablo, en efecto, nos reprende diciendo que «la fe por lo tanto, nace
de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de
Cristo» (Rm 10, 17). Desde la Iglesia sale la voz del mensajero que propone a
todos el kérygma, o sea el anuncio primario y fundamental que el mismo Jesús
había proclamado al comienzo de su ministerio público: «el tiempo se ha
cumplido, el reino de Dios está cerca. (Arrepentíos! Y creed en el Evangelio»
(Mc 1, 15). Los apóstoles anuncian la inauguración del Reino de Dios y, por
lo tanto, de la decisiva intervención divina en la historia humana,
proclamando la muerte y la resurrección de Cristo: «En ningún otro hay salvación,
ni existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos
salvarnos» (Hch 4, 12). El cristiano da testimonio de su esperanza: «háganlo
con delicadeza y respeto, y con tranquilidad de conciencia», preparado sin
embargo a ser también envuelto y tal vez arrollado por el torbellino del
rechazo y de la persecución, consciente de que «es mejor sufrir por hacer el
bien, si ésa es la voluntad de Dios, que por hacer el mal» (1 Pe 3, 16-17).
En la Iglesia resuena, después, la
catequesis que está destinada a profundizar en el cristiano «el misterio de
Cristo a la luz de la Palabra para que todo el hombre sea irradiado por ella»
(Juan Pablo II, Catechesi tradendae, 20). Pero el apogeo de la predicación
está en la homilía que aún hoy, para muchos cristianos, es el momento
culminante del encuentro con la Palabra de Dios. En este acto, el ministro
debería transformarse también en profeta. En efecto, Él debe con un lenguaje
nítido, incisivo y sustancial y no sólo con autoridad «anunciar las maravillosas
obras de Dios en la historia de la salvación» (SC 35) - ofrecidas
anteriormente, a través de una clara y viva lectura del texto bíblico
propuesto por la liturgia - pero que también debe actualizarse según los
tiempos y momentos vividos por los oyentes, haciendo germinar en sus
corazones la pregunta para la conversión y para el compromiso vital: «¿qué
tenemos que hacer?» (He 2, 37).
El anuncio, la catequesis y la
homilía suponen, por lo tanto, la capacidad de leer y de comprender, de
explicar e interpretar, implicando la mente y el corazón. En la predicación
se cumple, de este modo, un doble movimiento. Con el primero se remonta a los
orígenes de los textos sagrados, de los eventos, de las palabras generadoras
de la historia de la salvación para comprenderlas en su significado y en su
mensaje. Con el segundo movimiento se vuelve al presente, a la actualidad
vivida por quien escucha y lee siempre a la luz del Cristo que es el hilo
luminoso destinado a unir las Escrituras. Es lo que el mismo Jesús había hecho
- como ya dijimos - en el itinerario de Jerusalén a Emaús, en compañía de sus
dos discípulos. Esto es lo que hará el diácono Felipe en el camino de
Jerusalén a Gaza, cuando junto al funcionario etíope instituirá ese diálogo
emblemático: «¿Entiendes lo que estás leyendo? [...] )Cómo lo voy a entender
si no tengo quien me lo explique?» (Hch 8, 30-31). Y la meta será el
encuentro íntegro con Cristo en el sacramento. De esta manera se presenta la
segunda columna que sostiene la Iglesia, casa de la Palabra divina.
8. Es la fracción del pan. La escena
de Emaús (cf. Lc 24, 13-35) una vez más es ejemplar y reproduce cuanto sucede
cada día en nuestras iglesias: en la homilía de Jesús sobre Moisés y los
profetas aparece, en la mesa, la fracción del pan eucarístico. Éste es el
momento del diálogo íntimo de Dios con su pueblo, es el acto de la nueva
alianza sellada con la sangre de Cristo (cf. Lc 22, 20), es la obra suprema
del Verbo que se ofrece como alimento en su cuerpo inmolado, es la fuente y
la cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia. La narración evangélica de
la última cena, memorial del sacrificio de Cristo, cuando se proclama en la
celebración eucarística, en la invocación del Espíritu Santo, se convierte en
evento y sacramento. Por esta razón es que el Concilio Vaticano II, en un
pasaje de gran intensidad, declaraba: «La Iglesia ha venerado siempre las
Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de
tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra
de Dios como del Cuerpo de Cristo» (DV 21). Por esto, se deberá volver a
poner en el centro de la vida cristiana «la Liturgia de la Palabra y la
Eucarística que están tan íntimamente unidas de tal manera que constituyen un
solo acto de culto» (SC 56).
9. La tercera columna del edificio
espiritual de la Iglesia, la casa de la Palabra, está constituida por las
oraciones, entrelazadas - como recordaba san Pablo - por «salmos, himnos,
alabanzas espontáneas» (Col 3, 16). Un lugar privilegiado lo ocupa naturalmente
la Liturgia de las horas, la oración de la Iglesia por excelencia, destinada
a marcar el paso de los días y de los tiempos del año cristiano que ofrece,
sobre todo con el Salterio, el alimento espiritual cotidiano del fiel. Junto
a ésta y a las celebraciones comunitarias de la Palabra, la tradición ha
introducido la práctica de la Lectio divina, lectura orante en el Espíritu
Santo, capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino
también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente.
Ésta se abre con la lectura (lectio)
del texto que conduce a preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su
contenido práctico: ¿qué dice el texto bíblico en sí? Sigue la meditación
(meditatio) en la cual la pregunta es: ¿qué nos dice el texto bíblico? De
esta manera se llega a la oración (oratio) que supone otra pregunta: )qué le
decimos al Señor como respuesta a su Palabra? Se concluye con la
contemplación (contemplatio) durante la cual asumimos como don de Dios la
misma mirada para juzgar la realidad y nos preguntamos: ¿qué conversión de la
mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor?
Frente al lector orante de la
Palabra de Dios se levanta idealmente el perfil de María, la madre del Señor,
que «conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19; cf. 2,
51), - como dice el texto original griego - encontrando el vínculo profundo
que une eventos, actos y cosas, aparentemente desunidas, con el plan divino.
También se puede presentar a los ojos del fiel que lee la Biblia, la actitud
de María, hermana de Marta, que se sienta a los pies del Señor a la escucha
de su Palabra, no dejando que las agitaciones exteriores le absorban
enteramente su alma, y ocupando también el espacio libre de «la parte mejor»
que no nos debe abandonar (cf. Lc 10, 38-42).
10. Aquí estamos, finalmente, frente
a la última columna que sostiene la Iglesia, casa de la Palabra: la koinonía,
la comunión fraterna, otro de los nombres del ágape, es decir, del amor
cristiano. Como recordaba Jesús, para convertirse en sus hermanos o hermanas
se necesita ser «los hermanos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc
8, 21). La escucha auténtica es obedecer y actuar, es hacer florecer en la
vida la justicia y el amor, es ofrecer tanto en la existencia como en la
sociedad un testimonio en la línea del llamado de los profetas que
constantemente unía la Palabra de Dios y la vida, la fe y la rectitud, el
culto y el compromiso social. Esto es lo que repetía continuamente Jesús, a
partir de la célebre admonición en el Sermón de la montaña: «No todo el que
me dice: ¡Señor, Señor! Entrará en el reino de los cielos, sino el que hace
la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7, 21). En esta frase
parece resonar la Palabra divina propuesta por Isaías: «Este pueblo se me
acerca con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de
mí» (29, 13). Estas advertencias son también para las iglesias que no son
fieles a la escucha obediente de la Palabra de Dios.
Por ello, ésta debe ser visible y
legible ya en el rostro mismo y en las manos del creyente, como lo sugirió
san Gregorio Magno que veía en san Benito, y en los otros grandes hombres de
Dios, los testimonios de la comunión con Dios y sus hermanos, con la Palabra
de Dios hecha vida. El hombre justo y fiel no sólo "explica" las
Escrituras, sino que las "despliega" frente a todos como realidad
viva y practicada. Por eso es que la viva lectio, vita bonorum o la vida de
los buenos, es una lectura/lección viviente de la Palabra divina. Ya san Juan
Crisóstomo había observado que los apóstoles descendieron del monte de
Galilea, donde habían encontrado al Resucitado, sin ninguna tabla de piedra
escrita como sucedió con Moisés, ya que desde aquel momento, sus mismas vidas
se convirtieron en el Evangelio viviente.
En la casa de la Palabra Divina
encontramos también a los hermanos y las hermanas de las otras Iglesias y
comunidades eclesiales que, a pesar de la separación que todavía hoy existe,
se reencuentran con nosotros en la veneración y en el amor por la Palabra de
Dios, principio y fuente de una primera y verdadera unidad, aunque,
incompleta. Este vínculo siempre debe reforzarse por medio de las
traducciones bíblicas comunes, la difusión del texto sagrado, la oración
bíblica ecuménica, el diálogo exegético, el estudio y la comparación entre
las diferentes interpretaciones de las Sagradas Escrituras, el intercambio de
los valores propios de las diversas tradiciones espirituales, el anuncio y el
testimonio común de la Palabra de Dios en un mundo secularizado.
IV. LOS CAMINOS DE LA PALABRA: LA
MISIÓN
«Porque de Sión saldrá la Ley y de
Jerusalén la palabra del Señor» (Is 2,3). La Palabra de Dios personificada
"sale" de su casa, del templo, y se encamina a lo largo de los
caminos del mundo para encontrar el gran peregrinación que los pueblos de la
tierra han emprendido en la búsqueda de la verdad, de la justicia y de la
paz. Existe, en efecto, también en la moderna ciudad secularizada, en sus
plazas, y en sus calles - donde parecen reinar la incredulidad y la indiferencia,
donde el mal parece prevalecer sobre el bien, creando la impresión de la
victoria de Babilonia sobre Jerusalén - un deseo escondido, una esperanza
germinal, una conmoción de esperanza. Come se lee en el libro del profeta
Amos, «vienen días - dice Dios, el Señor - en los cuales enviaré hambre a la
tierra. No de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios» (8, 11). A
este hambre quiere responder la misión evangelizadora de la Iglesia.
Asimismo Cristo resucitado lanza el
llamado a los apóstoles, titubeantes para salir de las fronteras de su
horizonte protegido: «Por tanto, id a todas las naciones, haced discípulos
[...] y enseñadles a obedecer todo lo que os he mandado» (Mt 28, 19-20). La
Biblia está llena de llamadas a "no callar", a "gritar con
fuerza", a "anunciar la Palabra en el momento oportuno e
importuno" a ser guardianes que rompen el silencio de la indiferencia.
Los caminos que se abren frente a nosotros, hoy, no son únicamente los que
recorrió san Pablo o los primeros evangelizadores y, detrás de ellos, todos
los misioneros fueron al encuentro de la gente en tierras lejanas.
11. La comunicación extiende ahora
una red que envuelve todo el mundo y el llamado de Cristo adquiere un nuevo
significado: «Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día, y
lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas» (Mt 10, 27).
Ciertamente, la Palabra sagrada debe tener una primera transparencia y
difusión por medio del texto impreso, con traducciones que respondan a la
variedad de idiomas de nuestro planeta. Pero la voz de la Palabra divina debe
resonar también a través de la radio, las autopistas de la información de
Internet, los canales de difusión virtual on line, los CD, los DVD, los
"ipods" (MP3) y otros; debe aparecer en las pantallas televisivas y
cinematográficas, en la prensa, en los eventos culturales y sociales.
Esta nueva comunicación,
comparándola con la tradicional, ha asumido una gramática expresiva
específica y es necesario, por lo tanto, estar preparados no sólo en el plano
técnico, sino también cultural para dicha empresa. En un tiempo dominado por
la imagen, propuesta especialmente desde el medio hegemónico de la
comunicación que es la televisión, es todavía significativo y sugestivo el
modelo privilegiado por Cristo. Él recurría al símbolo, a la narración, al
ejemplo, a la experiencia diaria, a la parábola: «Todo esto lo decía Jesús a
la muchedumbre por medio de parábolas [...] y no les hablaba sin parábolas»
(Mt 13, 3.34). Jesús en su anuncio del reino de Dios, nunca se dirigía a sus
interlocutores con un lenguaje vago, abstracto y etéreo, sino que les
conquistaba partiendo justamente de la tierra, donde apoyaban sus pies para
conducirlos de lo cotidiano, a la revelación del reino de los cielos. Se
vuelve entonces significativa la escena evocada por Juan: «Algunos quisieron
prenderlo, pero ninguno le echó mano. Los guardias volvieron a los
principales sacerdotes y a los fariseos. Y ellos les preguntaron: )Por qué no
lo trajiste? Los guardias respondieron: "Jamás hombre alguno habló como
este hombre"» (7, 44-46).
12. Cristo camina por las calles de
nuestras ciudades y se detiene ante el umbral de nuestras casas: «Mira que
estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré
en su casa, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). La familia, encerrada en
su hogar, con sus alegrías y sus dramas, es un espacio fundamental en el que
debe entrar la Palabra de Dios. La Biblia está llena de pequeñas y grandes
historias familiares y el Salmista imagina con vivacidad el cuadro sereno de
un padre sentado a la mesa, rodeado de su esposa, como una vid fecunda, y de
sus hijos, como «brotes de olivo» (Sal 128). Los primeros cristianos
celebraban la liturgia en lo cotidiano de una casa, así como Israel confiaba
a la familia la celebración de la Pascua (cf. Ex 12, 21-27). La Palabra de
Dios se transmite de una generación a otra, por lo que los padres se
convierten en «los primeros predicadores de la fe» (LG 11). El Salmista
también recordaba que «lo que hemos oído y aprendido, lo que nuestros padres
nos contaron, no queremos ocultarlo a nuestros hijos, lo narraremos a la
próxima generación: son las glorias del Señor y su poder, las maravillas que
Él realizó; ... y podrán contarlas a sus propios hijos» (Sal 78, 3-4.6).
Cada casa deberá, pues, tener su
Biblia y custodiarla de modo concreto y digno, leerla y rezar con ella,
mientras que la familia deberá proponer formas y modelos de educación orante,
catequística y didáctica sobre el uso de las Escrituras, para que «jóvenes y
doncellas también, los viejos junto con los niños» (Sal 148, 12) escuchen,
comprendan, alaben y vivan la Palabra de Dios. En especial, las nuevas
generaciones, los niños, los jóvenes, tendrán que ser los destinatarios de
una pedagogía apropiada y específica, que los conduzca a experimentar el
atractivo de la figura de Cristo, abriendo la puerta de su inteligencia y su
corazón, a través del encuentro y el testimonio auténtico del adulto, la
influencia positiva de los amigos y la gran familia de la comunidad eclesial.
13. Jesús, en la parábola del
sembrador, nos recuerda que existen terrenos áridos, pedregosos y sofocados
por los abrojos (cf. Mt 13, 3-7). Quien entra en las calles del mundo
descubre también los bajos fondos donde anidan sufrimientos y pobreza,
humillaciones y opresiones, marginación y miserias, enfermedades físicas,
psíquicas y soledades. A menudo, las piedras de las calles están
ensangrentadas por guerras y violencias, en los centros de poder la
corrupción se reúne con la injusticia. Se alza el grito de los perseguidos
por la fidelidad a su conciencia y su fe. Algunos se ven arrollados por la
crisis existencial o su alma se ve privada de un significado que dé sentido y
valor a la vida misma. Como es «mera sombra el humano que pasa, sólo un soplo
las riquezas que amontona» (Sal 39,7), muchos sienten cernirse sobre ellos
también el silencio de Dios, su aparente ausencia e indiferencia: «)Hasta
cuándo, Señor? )Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu
rostro?» (Sal 13, 2). Y al final, se yergue ante todos el misterio de la
muerte.
La Biblia, que propone precisamente
una fe histórica y encarnada, representa incesantemente este inmenso grito de
dolor que sube de la tierra hacia el cielo. Bastaría sólo con pensar en las
páginas marcadas por la violencia y la opresión, en el grito áspero y
continuado de Job, en las vehementes súplicas de los salmos, en la sutil
crisis interior que recorre el alma del Eclesiastés, en las vigorosas
denuncias proféticas contra las injusticias sociales. Además, se presenta sin
atenuantes la condena del pecado radical, que aparece en todo su poder
devastador desde los exordios de la humanidad en un texto fundamental del
Génesis (c. 3). En efecto, el "misterio del pecado" está presente y
actúa en la historia, pero es revelado por la Palabra de Dios que asegura en
Cristo la victoria del bien sobre el mal.
Pero, sobre todo, en las Escrituras
domina principalmente la figura de Cristo, que comienza su ministerio público
precisamente con un anuncio de esperanza para los últimos de la tierra: «El
Espíritu del Señor está sobre mí; porque me ha ungido para anunciar a los
pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año
de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19). Sus manos tocan repetidamente cuerpos
enfermos o infectados, sus palabras proclaman la justicia, infunden valor a
los infelices, conceden el perdón a los pecadores. Al final, él mismo se
acerca al nivel más bajo, «despojándose a sí mismo» de su gloria, «tomando la
condición de esclavo, asumiendo la semejanza humana y apareciendo en su porte
como hombre ... se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y
una muerte de cruz» (Flp 2, 7-8).
Así, siente miedo de morir («Padre,
si es posible, (aparta de mí este cáliz!»), experimenta la soledad con el
abandono y la traición de los amigos, penetra en la oscuridad del dolor
físico más cruel con la crucifixión e incluso en las tinieblas del silencio
del Padre («Dios mío, Dios mío, ) por qué me has abandonado?») y llega al
precipicio último de cada hombre, el de la muerte («dando un fuerte grito,
expiró»). Verdaderamente, a él se puede aplicar la definición que Isaías
reserva al Siervo del Señor: «varón de dolores y que conoce el sufrimiento»
(cf. 53, 3).
Y aún así, también en ese momento
extremo, no deja de ser el Hijo de Dios: en su solidaridad de amor y con el
sacrificio de sí mismo siembra en el límite y en el mal de la humanidad una
semilla de divinidad, o sea, un principio de liberación y de salvación; con
su entrega a nosotros circunda de redención el dolor y la muerte, que él
asumió y vivió, y abre también para nosotros la aurora de la resurrección. El
cristiano tiene, pues, la misión de anunciar esta Palabra divina de
esperanza, compartiéndola con los pobres y los que sufren, mediante el
testimonio de su fe en el Reino de verdad y vida, de santidad y gracia, de
justicia, de amor y paz, mediante la cercanía amorosa que no juzga ni
condena, sino que sostiene, ilumina, conforta y perdona, siguiendo las
palabras de Cristo: «Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados,
y yo les daré descanso» (Mt 11, 28).
14. Por los caminos del mundo la
Palabra divina genera para nosotros, los cristianos, un encuentro intenso con
el pueblo judío, al que estamos íntimamente unidos a través del
reconocimiento común y el amor por las Escrituras del Antiguo Testamento, y
porque de Israel «procede Cristo según la carne» (Rm 9, 5). Todas las
sagradas páginas judías iluminan el misterio de Dios y del hombre, revelan
tesoros de reflexión y de moral, trazan el largo itinerario de la historia de
la salvación hasta su pleno cumplimiento, ilustran con vigor la encarnación
de la Palabra divina en las vicisitudes humanas. Nos permiten comprender
plenamente la figura de Cristo, quien había declarado «No penséis que he
venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar
cumplimiento» (Mt 5, 17), son camino de diálogo con el pueblo elegido que ha
recibido de Dios «la adopción filial, la gloria, las alianzas, la
legislación, el culto, las promesas» (Rm 9, 4), y nos permiten enriquecer
nuestra interpretación de las Sagradas Escrituras con los recursos fecundos
de la tradición exegética judaica.
«Bendito sea mi pueblo Egipto, la
obra de mis manos Asiria, y mi heredad Israel» (Is 19, 25). El Señor
extiende, por lo tanto, el manto de protección de su bendición sobre todos
los pueblos de la tierra, deseoso de que «todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1Tm 2, 4). También nosotros, los
cristianos, por los caminos del mundo, estamos invitados - sin caer en el
sincretismo que confunde y humilla la propia identidad espiritual - a entrar
con respeto en diálogo con los hombres y mujeres de otras religiones, que
escuchan y practican fielmente las indicaciones de sus libros sagrados,
comenzando por el islamismo, que en su tradición acoge innumerables figuras,
símbolos y temas bíblicos y nos ofrece el testimonio de una fe sincera en el
Dios único, compasivo y misericordioso, Creador de todo el ser y Juez de la
humanidad.
El cristiano encuentra, además,
sintonías comunes con las grandes tradiciones religiosas de Oriente que nos
enseñan en sus Escrituras el respeto a la vida, la contemplación, el silencio,
la sencillez, la renuncia, como sucede en el budismo. O bien, como en el
hinduismo, exaltan el sentido de lo sagrado, el sacrificio, la peregrinación,
el ayuno, los símbolos sagrados. O, también, como en el confucionismo,
enseñan la sabiduría y los valores familiares y sociales. También queremos
prestar nuestra cordial atención a las religiones tradicionales, con sus
valores espirituales expresados en los ritos y las culturas orales, y
entablar con ellas un respetuoso diálogo; y con cuantos no creen en Dios,
pero se esfuerzan por «respetar el derecho, amar la lealtad, y proceder
humildemente» (Mi 6, 8), tenemos que trabajar por un mundo más justo y en
paz, y ofrecer en diálogo nuestro genuino testimonio de la Palabra de Dios,
que puede revelarles nuevos y más altos horizontes de verdad y de amor.
15. En su Carta a los artistas
(1999), Juan Pablo II recordaba que «la Sagrada Escritura se ha convertido en
una especie de inmenso vocabulario» (P. Claudel) y de «Atlas iconográfico»
(M. Chagall) del que se han nutrido la cultura y el arte cristianos» (n. 5).
Goethe estaba convencido de que el Evangelio fuera la «lengua materna de
Europa». La Biblia, como se suele decir, es «el gran código» de la cultura
universal: los artistas, idealmente, han impregnado sus pinceles en ese
alfabeto teñido de historias, símbolos, figuras que son las páginas bíblicas;
los músicos han tejido sus armonías alrededor de los textos sagrados,
especialmente los salmos; los escritores durante siglos han retomado esas
antiguas narraciones que se convertían en parábolas existenciales; los poetas
se han planteado preguntas sobre los misterios del espíritu, el infinito, el
mal, el amor, la muerte y la vida, recogiendo con frecuencia el clamor
poético que animaba las páginas bíblicas; los pensadores, los hombres de
ciencia y la misma sociedad a menudo tenían como punto de referencia, aunque
fuera por contraste, los conceptos espirituales y éticos (pensemos en el
Decálogo) de la Palabra de Dios. Aun cuando la figura o la idea presente en
las Escrituras se deformaba, se reconocía que era imprescindible y
constitutiva de nuestra civilización.
Por esto, la Biblia - que también
enseña la via pulchritudinis, es decir, el camino de la belleza para
comprender y llegar a Dios («(tocad para Dios con destreza!», nos invita el
Sal 47, 8) - no sólo es necesaria para el creyente, sino para todos, para
descubrir nuevamente los significados auténticos de las varias expresiones
culturales y, sobre todo, para encontrar nuevamente nuestra identidad
histórica, civil, humana y espiritual. En ella se encuentra la raíz de
nuestra grandeza y mediante ella podemos presentarnos con un noble patrimonio
a las demás civilizaciones y culturas, sin ningún complejo de inferioridad.
Por lo tanto, todos deberían conocer y estudiar la Biblia, bajo este
extraordinario perfil de belleza y fecundidad humana y cultural.
No obstante, la Palabra de Dios -
para usar una significativa imagen paulina - «no está encadenada» (2Tm 2, 9)
a una cultura; es más, aspira a atravesar las fronteras y, precisamente el
Apóstol fue un artífice excepcional de inculturación del mensaje bíblico
dentro de nuevas coordenadas culturales. Es lo que la Iglesia está llamada a
hacer también hoy, mediante un proceso delicado pero necesario, que ha
recibido un fuerte impulso del magisterio del Papa Benedicto XVI. Tiene que
hacer que la Palabra de Dios penetre en la multiplicidad de las culturas y
expresarla según sus lenguajes, sus concepciones, sus símbolos y sus
tradiciones religiosas. Sin embargo, debe ser capaz de custodiar la sustancia
de sus contenidos, vigilando y evitando el riesgo de degeneración.
La Iglesia tiene que hacer brillar
los valores que la Palabra de Dios ofrece a otras culturas, de manera que
puedan llegar a ser purificadas y fecundadas por ella. Como dijo Juan Pablo
II al episcopado de Kenya durante su viaje a África en 1980, «la
inculturación será realmente un reflejo de la encarnación del Verbo, cuando
una cultura, transformada y regenerada por el Evangelio, produce en su propia
tradición expresiones originales de vida, de celebración y de pensamiento
cristiano».
CONCLUSIÓN
«La voz de cielo que yo había oído
me habló otra vez y me dijo: "Toma el librito que está abierto en la
mano del ángel ...". Y el ángel me dijo: "Toma, devóralo; te
amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel". Tomé el
librito de la mano del ángel y lo devoré; y fue en mi boca dulce como la
miel; pero, cuando lo comí, se me amargaron las entrañas» (Ap 10, 8-11).
Hermanos y hermanas de todo el
mundo, acojamos también nosotros esta invitación; acerquémonos a la mesa de
la Palabra de Dios, para alimentarnos y vivir «no sólo de pan, sino de toda
palabra que sale de la boca del Señor» (Dt 8, 3; Mt 4, 4). La Sagrada
Escritura - como afirmaba una gran figura de la cultura cristiana - «tiene
pasajes adecuados para consolar todas las condiciones humanas y pasajes
adecuados para atemorizar en todas las condiciones» (B. Pascal, Pensieri, n.
532 ed. Brunschvicg).
La Palabra de Dios, en efecto, es
«más dulce que la miel, más que el jugo de panales» (Sal 19, 11), es
«antorcha para mis pasos, luz para mi sendero» (Sal 119, 105), pero también
«como el fuego y como un martillo que golpea la peña» (Jr 23, 29). Es como
una lluvia que empapa la tierra, la fecunda y la hace germinar, haciendo
florecer de este modo también la aridez de nuestros desiertos espirituales
(cf. Is 55, 10-11). Pero también es «viva, eficaz y más cortante que una
espada de dos filos. Penetra hasta la división entre alma y espíritu,
articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del
corazón» (Hb 4, 12).
Nuestra mirada se dirige con afecto
a todos los estudiosos, a los catequistas y otros servidores de la Palabra de
Dios para expresarles nuestra gratitud más intensa y cordial por su precioso
e importante ministerio. Nos dirigimos también a nuestros hermanos y hermanas
perseguidos o asesinados a causa de la Palabra de Dios y el testimonio que
dan al Señor Jesús (cf. Ap 6, 9): como testigos y mártires nos cuentan Ala
fuerza de la palabra@ (Rm 1, 16), origen de su fe, su esperanza y su amor por
Dios y por los hombres.
Hagamos ahora silencio para escuchar
con eficacia la Palabra del Señor y mantengamos el silencio luego de la
escucha porque seguirá habitando, viviendo en nosotros y hablándonos. Hagámosla
resonar al principio de nuestro día, para que Dios tenga la primera palabra y
dejémosla que resuene dentro de nosotros por la noche, para que la última
palabra sea de Dios.
Queridos hermanos y hermanas,
"Te saludan todos los que están conmigo. Saluda a los que nos aman en la
fe. (La gracia con todos vosotros!" (Tt 3, 15).
CIUDAD DEL
VATICANO, miércoles 22 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación el texto íntegro de la catequesis pronunciada hoy por el Papa
Benedicto XVI durante la Audiencia General en la Plaza de San Pedro.
****
Queridos
hermanos y hermanas,
en
las catequesis de las semanas anteriores hemos meditado sobre la
“conversión” de san Pablo, fruto del encuentro personal con Jesús
crucificado y resucitado, y nos hemos interrogado sobre cuál fue la relación
del Apóstol de los gentiles con el Jesús terreno. Hoy quisiera hablar de la
enseñanza que san Pablo nos ha dejado sobre la centralidad del Cristo
resucitado en el misterio de la salvación, sobre su cristología. En
verdad, Jesucristo resucitado, “exaltado sobre todo nombre”, está
en el centro de todas sus reflexiones. Cristo es para el Apóstol el criterio
de valoración de los acontecimientos y de las cosas, el fin de todo esfuerzo
que él hace para anunciar el Evangelio, la gran pasión que sostiene sus pasos
por los caminos del mundo. Y se trata de un Cristo vivo, concreto: el Cristo
-dice Pablo- “que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal
2, 20). Esta persona que me ama, con la que puedo hablar, que me escucha y me
responde, éste es realmente el principio para entender al mundo y para
encontrar el camino en la historia.
Quien
ha leído los escritos de san Pablo sabe bien que él no se preocupa de narrar
los hechos sobre los que se articula la vida de Jesús, aunque podemos pensar
que en sus catequesis contaba mucho más sobre el Jesús prepascual de cuanto
escribía en sus cartas, que son amonestaciones en situaciones concretas. Su
tarea pastoral y teológica estaba tan dirigida a la edificación de las
nacientes comunidades, que era espontáneo en él concentrar todo en el anuncio
de Jesucristo como “Señor”, vivo ahora y presente en medio de los
suyos. De ahí la esencialidad característica de la cristología paulina, que
desarrolla las profundidades del misterio con una preocupación constante y
precisa: anunciar, ciertamente, a Jesús, su enseñanza, pero anunciar sobre
todo la realidad central de su muerte y resurrección, como culmen de su
existencia terrena y raíz del desarrollo sucesivo de toda la fe cristiana, de
toda la realidad de la Iglesia. Para el Apóstol, la resurrección no es un
acontecimiento en sí mismo, separado de la muerte: el Resucitado es el mismo
que fue crucificado. También como Resucitado lleva sus heridas: la pasión
está presente en Él y se puede decir con Pascal que Él está sufriendo hasta
el fin del mundo, aún siendo el Resucitado y viviendo con nosotros y para
nosotros. Esta identidad del Resucitado con el Cristo crucificado, Pablo la
había entendido en el camino de Damasco: en ese momento se reveló con
claridad que el Crucificado es el Resucitado y el Resucitado es el
Crucificado, que dice a Pablo: “¿Por qué me persigues?” (Hch
9,4). Pablo estaba persiguiendo a Cristo en la Iglesia y entonces entendió
que la cruz es “una maldición de Dios” (Dt 21,23), pero
sacrificio para nuestra redención.
El
Apóstol contempla fascinado el secreto escondido del Crucificado-resucitado y
a través de los sufrimientos experimentados por Cristo en su humanidad (dimensione
terrena) llega a esa existencia eterna en que Él es uno con el Padre (dimensión
pre-temporal): “Al llegar la plenitud de los tiempos -escribe-
envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a
los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación
adoptiva” (Gal 4,4-5). Estas dos dimensiones, la preesistenza
eterna con el Padre y el descendimiento del Señor en la encarnación,
se anuncian ya en el Antiguo Testamento, en la figura de la Sabiduría.
Encontramos en los Libros sapienciales del Antiguo Testamento algunos textos
que exaltan el papel de la Sabiduría preexistente a la creación del mundo. En
este sentido deben leerse pasajes como el del Salmo 90: “Antes que los
montes fuesen engendrados, antes que naciesen tierra y orbe, desde siempre
hasta siempre tú eres Dios” (v. 2); o pasajes como el que habla de la Sabiduría
creadora: “Yahveh me creó, primicia de su camino, antes que sus obras
más antiguas. Desde la eternidad fui fundada, desde el principio, antes que
la tierra” (Pr 8, 22-23). Sugestivo es también el elogio de la
Sabiduría, contenido en el libro homónimo: “Se despliega vigorosamente
de un confín a otro del mundo y gobierna de excelente manera el
universo” (Sb 8,1).
Los
mismos textos sapienciales que hablan de la preexistencia eterna de la
Sabiduría, hablan de su descendimiento, del abajamiento de esta Sabiduría,
que se ha creado una tienda entre los hombres. Así sentimos resonar ya las
palabras del Evangelio de Juan que habla de la tienda de la carne del Señor.
Se creó una tienda en el Antiguo Testamento: aquí se indica al templo, al
culto según la “Torah”; pero desde el punto de vista del Nuevo
Testamento, podemos entender que ésta era solo una prefiguración de la tienda
mucho más real y significativa: la tienda de la carne de Cristo. Y vemos ya
en los Libros del Antiguo Testamento que este abajamiento de la Sabiduría, su
descenso a la carne, implica también la posibilidad de ser rechazada. San
Pablo, desarrollando su cristología, se refiere precisamente a esta
perspectiva sapiencial: reconoce a Jesús la sabiduría eterna existente desde
siempre, la sabiduría que desciende y se crea una tienda entre nosotros, y
así puede describir a Cristo como “fuerza y sabiduría de Dios”,
puede decir que Cristo se ha convertido para nosotros en “sabiduría de
origen divino, justicia, santificación y redención” (1 Cor 1,24.30).
De la misma forma, Pablo aclara que Cristo, igual que la Sabiduría, puede ser
rechazado sobre todo por los dominadores de este mundo (cfr 1 Cor
2,6-9), de modo que se crea en los planes de Dios una situación paradójica:
la cruz, que se volverá en camino de salvación para todo el género humano.
Un
desarrollo posterior de este ciclo sapiencial, que ve a la Sabiduría abajarse
para después ser exaltada a pesar del rechazo, se encuentra en el famoso
himno contenido en la Carta a los Filipenses (cfr 2,6-11). Se trata de
uno de los textos más elevados de todo el Nuevo Testamento. Los exegetas en
gran mayoría concuerdan en considerar que esta perícopa trae una composición
precedente al texto de la Carta a los Filipenses. Este es un dato de
gran importancia, porque significa que el judeo-cristianismo, antes de san
Pablo, creía en la divinidad de Jesús. En otras palabras, la fe en la
divinidad de Jesús no es un invento helenístico, surgido después de la vida
terrena de Jesús, un invento que, olvidando su humanidad, lo habría
divinizado: vemos en realidad que el primer judeo-cristianismo creía en la
divinidad de Jesús, es más, podemos decir que los mismos Apóstoles, en los
grandes momentos de la vida de su Maestro, han entendido que Él era el Hijo
de Dios, como dijo san Pedro en Cesarea de Filipo: “Tu eres el Cristo,
el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Pero volvamos al himno de la Carta
a los Filipenses. La estructura de este texto puede ser articulada en
tres estrofas, que ilustran los momentos principales del recorrido realizado
por Cristo. Su preexistencia la expresan las palabras “siendo de
condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios”(v. 6);
sigue después el abajamiento voluntario del Hijo en la segunda estrofa:
“se despojó de sí mismo tomando condición de siervo” (v. 7),
hasta humillarse a sí mismo “obedeciendo hasta la muerte y muerte de
cruz” (v. 8). La tercera estrofa del himno anuncia la respuesta del
Padre a la humillación del Hijo: “Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó
el Nombre que está sobre todo nombre” (v. 9). Lo que impresiona es el
contraste entre el abajamiento radical y la siguiente glorificación en la
gloria de Dios. Es evidente que esta segunda estrofa está en contraste con la
pretensión de Adán que quería hacerse Dios, y contrasta también con el gesto
de los constructres de la torre de Babel que querían edificar por sí solos el
puente hasta el cielo y hacerse ellos mismos divinidad. Pero esta iniciativa
de la soberbia acabó con la autodestrucción: así no se llega al cielo, a la
verdadera felicidad, a Dios. El gesto del Hijo de Dios es exactamente lo
contrario: no la soberbia, sino la humildad, que es la realización del amor,
y el amor es divino. La iniciativa de abajamiento, de humildad radical de
Cristo, con la que contrasta la soberbia humana, es realmente expresión del
amor divino; a ella le sigue esa elevación al cielo a la que Dios nos atrae
con su amor.
Además
de la Carta a los Filipenses, hay otros lugares de la literatura
paulina donde los temas de la preexistencia y del descendimiento del Hijo de
Dios sobre la tierra están unidos entre ellos. Una reafirmación de la
asimilación entre Sabiduría y Cristo, con todas las consecuencias cósmicas y
antropológicas, se encuentra en la primera Carta a Timoteo: “Él
ha sido manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, visto de los
Ángeles, proclamado a los gentiles, creído en el mundo, levantado a la
gloria” (3,16). Es sobre todo en estas premisas que se pude definir
mejor la función de Cristo como Mediador único, sobre el marco del único Dios
del Antiguo Testamento (cfr 1 Tm 2,5 en relación a Is 43,10-11;
44,6). Cristo es el verdadero puente que nos guía al cielo, a la comunión con
Dios.
Y
finalmente, solo un apunte a los últimos desarrollos de la cristología de san
Pablo en las Cartas a los Colosenses y a los Efesios. En la primera,
Cristo es calificado como “primogénito de todas las criaturas”
(1,15-20). Esta palabra “primogénito” implica que el primero
entre muchos hijos, el primero entre muchos hermanos y hermanas, ha bajado
para atraernos y hacernos sus hermanos y hermanas. En la Carta a los
Efesios encontramos la bella exposición del plan divino de la
salvación, cuando Pablo dice que en Cristo Dios quería recapitularlo todo
(cfr. Ef 1,23). Cristo es la recapitulación de todo, reasume todo y
nos guía a Dios. Y así implica un movimiento de descenso y de ascenso,
invitándonos a participar en su humildad, es decir, a su amor hacia el
prójimo, para ser así partícipes de su glorificación, convirtiéndonos con él
en hijos en el Hijo. Oremos para que el Señor nos ayude a conformarnos a su
humildad, a su amor, para ser así partícipes de su divinización.
[Al
final de la audiencia, Benedicto XVI saludó a los peregrinos en varios
idiomas. En español, dijo:]
Queridos
hermanos y hermanas:
Como
hemos visto en las catequesis de las pasadas semanas, San Pablo no se
preocupó tanto de contar los hechos aislados de la vida de Jesús, sino de
anunciar a la comunidad naciente a Cristo como el "Señor", vivo y
presente entre nosotros. Él es el mismo, encarnado, crucificado, resucitado y
vivo. Para comprender esto hay que tener en cuenta la idea de la Sabiduría
preexistente al mundo de la cual habla el Antiguo Testamento. Cristo, en su
condición de Hijo, es coeterno con el Padre. Con su Encarnación, sin dejar de
ser Dios, adquiere ciertamente algo que no tenía, la condición humana hasta
hacerse siervo, para rescatarla y salvarla. Con su glorificación, Cristo, que
es "fuerza de Dios y sabiduría de Dios", es también para nosotros
sabiduría justicia santificación y redención (cf. 1 Co 1,25.30). Otra
formulación de la cristología paulina exalta el primado de Cristo sobre todas
las cosas, el "primogénito" de los que aman a Dios y han sido
llamados a ser imagen de su Hijo.
Saludo
cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos
de Argentina, España, México, Panamá, Perú y otros Países latinoamericanos.
Invito a todos a contemplar el plan de salvación que San Pablo nos muestra
con hondura, y al que nos exhorta a participar uniéndonos íntimamente a
Cristo.
La
Pastoral de los Trabajadores de la Diócesis de San Isidro invita a la
comunidad a conocer la propuesta del Movimiento Mundial de Trabajadores
Cristianos (MMTC), en un encuentro que tendrá lugar el jueves 23 de octubre,
a las 19, en la Casa Pastoral Diocesana, situada en Ituzaingo 90, San Isidro.
Participarán
directivos de la institución internacional, un teólogo de la diócesis y un
técnico del Observatorio de la Deuda Social Argentina, de la Universidad
Católica (UCA), cuya misión es monitorear y estudiar la deuda social que
afecta a la sociedad argentina, y aportar al cambio de los principales
déficit.
El
MMTC fue creado en 1966 y reúne hoy en día a más de 70 organizaciones de todo
el mundo. Las entidades-miembro del MMTC se dirigen a todos aquellos y
aquellas que viven de su trabajo, formal o informal, o de ingresos
sustitutivos (por ej. prestaciones por desempleo y pensiones).
Las
asociaciones miembros llevan a cabo tareas de sensibilización y de formación
permanente con el objetivo de crear lazos de solidaridad y de estimular a sus
miembros a participar activamente en los cambios sociales. Se trata de una
formación de compromiso, que abarca todos los aspectos de la vida.
El
mensaje del Evangelio es una fuente primordial de inspiración para el MMTC,
un movimiento de educación continua cuya formación se basa en acciones.
Acorde con el Evangelio, el MMTC sustenta la dignidad personal de cada hombre
y de cada mujer. Rechaza una visión puramente materialista del ser humano y
del mundo.
El
encuentro tiene la finalidad de dar a conocer las actividades de la entidad
internacional e interesar a la comunidad. Durante el evento se entregará
material informativo. Más información por email a cmiazzetta@... .
Pastoral
de los Trabajadores
Diócesis
de San Isidro
Contacto:
Claudia Iazzetta 156 684 1399
Comunicación
Pastoral Social
Diócesis
de San Isidro
Lunes
y miércoles, de 14 a 17. Martes de 9 a 13 4575-4218
Contacto
de Comunicación: Gustavo Camps 155 895 5497
Con
motivo de la celebración del Día de la Familia, el Equipo de Pastoral
familiar de la diócesis de San Isidro invita, el próximo 26 de Octubre, a ser
parte de la Jornada de Encuentro de Familias, una experiencia familiar de
carácter celebrativo, testimonial y orante.
La
misma tendrá lugar en el Polideportivo Central de Tigre -Benito Lynch y
Acceso Norte, Ciudad de Tigre. El ingreso se hará a partir de las 10.00 hs
para dar comienzo a la jornada con la celebración de la Santa Misa, presidida
por Monseñor Jorge Casaretto, a las 11 hs.
A
lo largo del Encuentro se realizarán diversas actividades: juegos para niños,
exposición de obras de arte y videos realizados por los jóvenes de la
diócesis, adoración permanente, charlas y conferencias a cargo de la Dra.
Paola del Bosco (adultos) y Juan Calos Pisano (jóvenes). También contarán con
la presencia de Luis Landriscina y música en vivo junto a Daniel Poli, 4pm y
La Otra Orilla.
Lo
que mueve a realizar esta actividad es el deseo de profundizar el
acompañamiento, la promoción y el fortalecimiento de las familias de la
Diócesis. Es por ello que en este encuentro se quiere promover la comunión
de familias de las diversas comunidades parroquiales, escolares y
Movimientos, con vista a compartir la realidad Diocesana y en pos a la
preparación del encuentro Mundial de Familias a realizarse en México el
próximo año.
Unas
quince mil personas participaron este domingo en la beatificación de los
padres de santa Teresita del Niño Jesús, Louis Martin y Zélie Guérin.
El
segundo matrimonio elevado conjuntamente a la gloria de los altares fue
beatificado en una celebración eucarística presidida por el legado
pontificio, el cardenal José Saraiva Martins, prefecto emérito de la
Congregación para las Causas de los Santos, en la basílica de Lisieux,
Francia.
Tras
concluir el rito de beatificación con el que el Papa inscribió a los dos
esposos conjuntamente en el Libro de los Beatos, el purpurado portugués dio
"gracias a Dios por este testimonio ejemplar de amor conyugal".
Este ejemplo, aseguró el purpurado, puede "estimular a los hogares
cristianos en la práctica integral de las virtudes cristianas, como estimuló
el deseo de santidad en Teresa".
El
cardenal Saraiva Martins dejó paso a las confidencias en la homilía
explicando que en el momento de la beatificación "pensaba en mi padre y
en mi madre, y en este momento, quisiera que ustedes también piensen
en su padre y su madre y que juntos demos gracias a Dios por habernos
creado y hecho cristianos gracias al amor conyugal de nuestros padres".
Louis
Martin (1823-1894) y su esposa Zélie Guérin (1831-1877), padres de nueve
hijos, cuatro de ellos fallecidos en tierna edad, es el segundo matrimonio
beatificado simultáneamente después de los italianos Luigi y Maria Beltrame
Quattrocchi (fallecidos en 1951 y 1965 y beatificados en 2001 por Juan Pablo
II).
El
cardenal Saraiva Martins los presentó como "un don para los esposos de
todas las edades por la estima, el respeto y la armonía con que se amaron
durante 19 años". Son también "un don para los padres" y
"para todos aquellos que han perdido a su esposo o esposa".
"La viudez es siempre una condición difícil de aceptar --reconoció--.
Louis vivió la pérdida de su esposa con fe y generosidad, prefiriendo el bien
de sus hijos a sus gustos personales".
Por
último, dijo, estos esposos son "un don para quienes afrontan la
enfermedad y la muerte". Zélie falleció de cáncer, Louis terminó su
existencia a causa de una artereoesclerosis cerebral. "En nuestro mundo,
que trata de ocultar la muerte, nos enseñan a mirarla cara a cara,
abandonándose en Dios", aseguró.
Entre
los participantes en la ceremonia de beatificación se encontraba Pietro
Schiliro, un niño italiano de Monza, cuya curación inexplicable en 2002 ha
sido atribuida a la intercesión de los padres de santa Teresita del Niño
Jesús, patrona de las misiones. Nacido con una malformación de los pulmones,
los médicos habían dicho que no podría sobrevivir. Su madre pidió su curación
a Dios por intercesión de Louis y Zélie. Una comisión científica ha
reconocido como inexplicable su curación.
Santa
Teresita, nacida en 1873, entró a los 15 años en el Carmelo de Lisieux, donde
falleció a los 24 años, dejando un testimonio escrito de experiencias
místicas, por las que fue declarada por Juan Pablo II doctora de la
Iglesia el 19 de octubre de 1997.+
Propone superar el
dualismo entre exégesis y teología
CIUDAD DEL
VATICANO, domingo, 19 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la
intervención que Benedicto XVI pronunció el martes 14 de octubre durante la
décimo cuarta congregación del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra. El
texto ha sido transcrito posteriormente y publicado este sábado por la
Oficina de Información de la Santa Sede. El Papa pronunció estas palabras a
partir de unas notas que había escrito en su cuaderno.
* * *
Queridos hermanos y
hermanas:
El trabajo con
motivo de mi libro sobre Jesús da la oportunidad de ver todo el bien que nos
llega de la exégesis moderna, pero también permite reconocer sus problemas y
sus riesgos.
La Dei Verbum 12
ofrece dos indicaciones metodológicas para un adecuado trabajo exegético. En
primer lugar, confirma la necesidad de la utilización del método
histórico-crítico, cuyos elementos esenciales describe brevemente. Esta
necesidad es la consecuencia del principio cristiano formulado en Juan 1, 14:
"Verbum caro factum est". El hecho histórico es una dimensión
constitutiva de la fe cristiana. La historia de la salvación no es una
mitología, sino una verdadera historia y, por lo tanto, hay que estudiarla
con los métodos de la investigación histórica seria.
Sin embargo, esta
historia posee otra dimensión, la de la acción divina. En consecuencia la Dei
Verbum habla de un segundo nivel metodológico necesario para la
interpretación justa de las palabras, que son al mismo tiempo palabras
humanas y Palabra divina. El Concilio dice, siguiendo una regla fundamental
para la interpretación de cualquier texto literario, que la Escritura hay que
interpretarla en el mismo espíritu en el que fue escrita y para ello indica
tres elementos metodológicos fundamentales cuyo fin es tener en cuenta la
dimensión divina, pneumatológica de la Biblia: es decir se debe 1)
interpretar el texto teniendo presente la unidad de toda la Escritura; esto
hoy se llama exégesis canónica; en los tiempos del Concilio este término no
había sido creado aún, pero el Concilio dice la misma cosa: es necesario
tener presente la unidad de toda la Escritura; 2) también se debe tener
presente la viva tradición de toda la Iglesia, y finalmente 3) es necesario
observar la analogía de la fe. Sólo allí donde los dos niveles metodológicos,
el histórico-crítico y el teológico, son observados, se puede hablar de una
exégesis teológica - de una exégesis adecuada a este Libro. Mientras que con
respecto al primer nivel la actual exégesis académica trabaja a un altísimo
nivel y nos ayuda realmente, la misma cosa no se puede decir del otro nivel.
A menudo este segundo nivel, el nivel constituido por los tres elementos
teológicos indicados por la Dei Verbum, casi no aparece. Y esto tiene
consecuencias más bien graves.
La primera consecuencia
de la ausencia de este segundo nivel metodológico es que la Biblia se
convierte en un libro del pasado solamente. Se pueden extraer de él
consecuencias morales, se puede aprender la historia, pero el libro como tal
habla sólo del pasado y la exégesis ya no es realmente teológica, sino que se
convierte en pura historiografía, historia de la literatura. Esta es la
primera consecuencia: la Biblia queda como algo del pasado, habla sólo del
pasado.
Existe también una
segunda consecuencia aún más grave: donde desaparece la hermenéutica de la fe
indicada por la Dei Verbum, aparece necesariamente otro tipo de hermenéutica,
una hermenéutica secularizada, positivista, cuya clave fundamental es la
convicción de que lo Divino no aparece en la historia humana. Según esta
hermenéutica, cuando parece que hay un elemento divino, se debe explicar de
dónde viene esa impresión y reducir todo al elemento humano. Por
consiguiente, se proponen interpretaciones que niegan la historicidad de los
elementos divinos.
Hoy, el llamado
mainstream de la exégesis en Alemania niega, por ejemplo, que el Señor haya
instituido la Santa Eucaristía y dice que el cuerpo de Jesús permaneció en la
tumba. La Resurrección no sería un hecho histórico, sino una visión
teológica. Esto sucede porque falta una hermenéutica de la fe: se consolida
entonces una hermenéutica filosófica profana, que niega la posibilidad de la
entrada y de la presencia real de lo Divino en la historia. La consecuencia
de la ausencia del segundo nivel metodológico es la creación de un profundo
foso entre exégesis científica y Lectio divina. Y ello a veces provoca
también una cierta perplejidad en la preparación de las homilías. Cuando la
exégesis no es teología, la Escritura no puede ser el alma de la teología y,
al revés, cuando la teología no es esencialmente interpretación de la
Escritura en la Iglesia, esta teología ya no tiene fundamento.
Por eso para la
vida y para la misión de la Iglesia, para el futuro de la fe, es
absolutamente necesario superar este dualismo entre exégesis y teología. La
teología bíblica y la teología sistemática son dos dimensiones de una única
realidad, que llamamos teología. Por consiguiente, sería deseable que en una
de las propuestas se hablara de la necesidad de tener presente en la exégesis
los dos niveles metodológicos indicados por la Dei Verbum 12, en la que se
habla de la necesidad de desarrollar una exégesis no sólo histórica, sino
también teológica. Así pues, será necesario ampliar la formación de los
futuros exégetas en este sentido, para abrir realmente los tesoros de la
Escritura al mundo de hoy y a todos nosotros.
[Traducción del
original italiano por la Secretaría del Sínodo de los Obispos
El
Santo Padre, Benedicto XVI, nombró obispo de Lomas de Zamora a Mons. Jorge
Rubén Lugones, SJ, jesuita de 56 años, hasta ahora obispo de Orán, en la
provincia de Salta. La información fue dada a conocer esta mañana por el
nuncio apostólico, Mons. Adriano Bernardini, a través de la Agencia AICA, a
la misma hora en la que se lo hacía público en Roma. La diócesis de Lomas de
Zamora estaba vacante desde el 27 de diciembre de 2007 cuando el Santo Padre
promovió a monseñor Agustín Roberto Radrizzani SDB a la arquidiócesis de
Mercedes-Luján.
En
una catedral metropolitana colmada de fieles, entre los cuales se destacó la
asistencia del director general de Culto Católico de la Nación, doctor Luis
Saguier Fonrouge, y con la presencia del nuncio apostólico, monseñor Adriano
Bernardini, el sábado 11 de octubre, a las 10, el arzobispo de Buenos Aires y
Primado de la Argentina, cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, presidió una
solemne celebración eucarística en la que consagró obispo a monseñor Enrique
Eguía Seguí, a quien el papa Benedicto XVI, el pasado 4 de septiembre,
designó obispo titular de Cissi y auxiliar de Buenos Aires.
Acompañaron
al cardenal consagrante principal, como co-consagrantes, monseñor Oscar
Vicente Ojea, obispo auxiliar de Buenos Aires y vicario episcopal de la zona
Centro; y monseñor Carlos María Franzini, obispo de Rafaela (Santa Fe).
Cinco
presbítero oficiaron de asistentes del nuevo obispo: Martín Santiago Bracht y
Mario Alejandro De Marchi, que lo acompañaron durante la celebración; el
primero de ellos, además, pidió al consagrante principal que ordene obispo a
monseñor Eguía Seguí; José María Ruiz Díaz, que leyó el "mandato
apostólico", por el cual el Santo Padre autoriza la ordenación; Alberto
Ángel Zanchetta y Eduardo María Adrogué, quienes sostuvieron el Libro del
Evangelio durante la oración consecratoria.
La
celebración comenzó con una larga procesión de entrada de seminaristas,
diáconos, sacerdotes y obispos. Después de la proclamación del evangelio el
rito de la consagración episcopal comenzó con la invocación al Espíritu Santo
mediante el canto del antiguo himno latino "Veni Creator".
Tras
la lectura del mandato apostólico el cardenal Bergoglio hizo una catequesis
al Pueblo de Dios acerca de la importancia del ministerio episcopal,
"un ministerio paternal" recalcó, y pidió a los fieles que
reciban con alegría yh gratitud al nuevo obispo".
Dirigiéndose
a los padres de monseñor Eguía Seguí, "a mamá y papá, que hoy lo
acompañan en este importante momento de su vida", el cardenal Bergoglio
les dijo que rememoraran aquel día de hace 45 años cuando lo presentaron en
el templo para ser bautizado.
Más
adelante señaló que el episcopado es un servicio, no un honor, y quien de
nosotros lo toma como un honor se equivoca.
Al
concluir el rito de la ordenación episcopal, tras la imposición de las manos
de los consagrantes y de todos los obispos presentes, el nuevo obispo fue
invitado a ocupar la cátedra, es decir, el lugar de honor. En ese momento
estalló un largo y caluroso aplauso, señal evidente de la calidez con la que
monseñor Eguía Seguí es aceptado por todo el Pueblo de Dios.
Obispos
concelebrantes
Además
de los tres consagrantes, otros 19 obispos concelebraron la Eucaristía:
Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia; Justo Oscar Laguna,
emérito de Morón; Emilio Bianchi di Cárcano, emérito de Azul; Baldomero
Carlos Martini, de San Justo; Antonio Juan Baseotto, obispo castrense
emérito; Guillermo Rodríguez-Melgarejo, de San Martín; Horacio Benites
Astoul, auxiliar de Buenos Aires; Sergio Alfredo Fenoy, de San Miguel; Jorge
Eduardo Lozano, de Gualeguaychú; Joaquín Mariano Sucunza, auxiliar de Buenos
Aires; Juan Horacio Suárez, de Gregorio de Laferrère; Mario Poli, de Santa
Rosa; Oscar Domingo Sarlinga, de Zárate-Campana; Antonio Marino, auxiliar de
La Plata; Eduardo Horacio García, auxiliar de Buenos Aires; Raúl Martín, auxiliar
de Buenos Aires; Hugo Santiago, de Santo Tomé; Hugo Nicolás Barbaro, de San
Roque de Presidencia Roque Sáenz Peña; y Santiago Olivera, de Cruz del Eje.
Antes
del término de la celebración eucarística, monseñor Enrique Eguía Seguí
recorrió las naves de la catedral impartiendo sus primeras bendiciones
episcopales a la asamblea de feligreses que no cesaban de aplaudir, y luego,
desde el ambón, dirigió una alocución plena de agradecimientos y finalmente
consagró su ministerio episcopal a la Madre de Dios.+
El
sábado 18 de Octubre, a las 15.30 hs ., se realizará en el Estadio Multipropósito
Parque Roca --Av. Roca 3490 (y Av. Escalada, Entrada Sector C)-- la tradicional
Misa con los Niños de la Ciudad de Buenos Aires.
TTT
GESTO
SOLIDARIO
Este
encuentro eucarístico en el ámbito de un estadio deportivo se viene
realizando en Buenos Aires desde 1988 y, además de ser una experiencia
festiva de la fe, constituye el punto culminante de la campaña solidaria
realizada por los mismos chicos para ayudar a los comedores infantiles de las
distintas villas de emergencia de la Capital.
Es
un gesto que brota del corazón y del trabajo de todos ya que
constituye uno de los objetivos arquidiocesanos del trabajo pastoral con
los chicos: Que vivan su compromiso cristiano desde una actitud solidaria.
¿Y
por qué tiene que ser en dinero?
Porque
es una delicadeza: "no te doy lo que yo quiero, sino lo que podés
necesitar".
A
veces es necesario pintar, o cambiar los caños de las duchas que tienen
algunos centros para que los chicos puedan bañarse, o levantar una pared en
alguna parroquia que ofrece sus instalaciones para
realizar actividades con niños.
Conocemos
la urgencia de la necesidad.
TTT
La
Misa será presidida por Monseñor Jorge Mario Bergoglio
s.j. -Cardenal primado de la Argentina y arzobispo de Buenos
Aires- y concelebrada por los obispos auxiliares de la
arquidiócesis junto al clero porteño.
TTT
Llenamos
de color la fiesta!!
El
estadio abrirá sus puertas a las 14 hs. y, mientras ingresan los chicos
y hasta el inicio de la Misa, habrá animación con marionetas gigantes y
canciones. Y también va a haber festejo en las tribunas ya que los chicos se
van a identificar con porras y remeras de colores: rojo, zona Belgrano;
verde, zona Devoto; amarillo, zona Centro; celeste, zona Flores.
DATOS
IMPORTANTES PARA LA PRENSA
La
Entrada de Prensa será por la Puerta Principal del Parque Roca
--Av. Roca 3490-- y luego seguir los carteles indicadores.
En
la cancha, vamos a disponer de un Sector para Prensa de modo que todos puedan
trabajar cómodos y seguir bien de cerca la celebración.
En
caso de lluvia la misa se realizará el sábado 25 de octubre.
¿Cómo
llegar al Estadio?
Por
Av. General Paz, salida Av. Roca (autódromo) y por Av. Roca derecho hasta la
puerta del Estadio.
Por
Autopista 25 de Mayo (desde el centro) tomar el ramal que va a Ezeiza
(Autop. Dellepiane) y salir en la bajada de Av. Escalada, doblar a la
izquierda y continuar derecho por Av. Escalada. Pasar el Hipermercado Jumbo
(Av. Cruz) y la próxima rotonda es Av. Roca. Doblar por la rotonda hacia la
izquierda y a 200 metros está el Estadio.
Por
Av. Rivadavia:
1)
Tomar por Av. Olivera (alt. Av. Rivadavia 8800), Primera Junta, Av. Escalada
hasta Av. Roca. Tomar la rotonda hacia la izquierda y a 200 metros está el
Estadio.
2)
Tomar por Guardia Nacional (alt. Av. Rivadavia 9900), Av. Lasalle y Av.
Escalada hasta Av. Roca. Tomar la rotonda hacia la izquierda y a 200 metros
está el Estadio.
CIUDAD DEL
VATICANO, miércoles 15 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación la catequesis que el Papa pronunció hoy ante los peregrinos
congregados en la Plaza de San Pedro, con motivo de la Audiencia General.
*****
Queridos
hermanos y hermanas:
en la
catequesis del pasado miércoles he hablado de la relación de Pablo con el
Jesús pre-pascual en su vida terrena. La cuestión era: "¿Qué supo Pablo
de la vida de Jesús, de sus palabras, de su pasión?". Hoy quisiera
hablar de la enseñanza de san Pablo sobre la Iglesia. Debemos empezar por la
constatación de que esta palabra "Iglesia" en español, -como
"Église" en francés o "Chiesa" en italiano- está
tomada del griego "ekklesía". Procede del Antiguo Testamento
y significa la asamblea del pueblo de Israel, convocada por Dios, y
particularmente la asamblea ejemplar a los pies del Sinaí. Con esta palabra
ahora se alude a la nueva comunidad de los creyentes en Cristo que se sienten
asamblea de Dios, la nueva convocatoria de todos los pueblos por parte de
Dios y ante Él. E vocablo ekklesía aparece sólo bajo la pluma de Pablo,
que es el primer autor de un escrito cristiano. Esto sucede en el incipit de
la primera Carta a los Tesalonicenses, donde Pablo se dirige textualmente
"a la Iglesia de los Tesalonicenses" (cfr después también a la
"Iglesia de los Laodicenses" en Col 4,16). En otras Cartas habla
de la Iglesia de Dios que está en Corinto (1 Cor 1,2; 2 Cor 1,1), que está en
Galacia (Gal 1,2 etc.) - Iglesias particulares, por tanto- pero dice también
haber perseguido "a la Iglesia de Dios", no a una determinada
comunidad local, sino "la Iglesia de Dios". Así vemos que esta
palabra "Iglesia" tiene un significado pluridimensional: indica
por una parte las asambleas de Dios en determinados lugares (una ciudad, un
país, una casa), pero significa también toda la Iglesia en su conjunto. Y así
vemos que "la Iglesia de Dios" no es sólo la suma de las
distintas Iglesias locales, sino que éstas son a su vez realización de la
única Iglesia de Dios. Todas juntas son la "Iglesia de Dios", que
precede a cada Iglesia local, y que se expresa y realiza en ellas.
Es
importante observar que casi siempre la palabra "Iglesia" aparece
con el añadido de la calificación "de Dios": no es una asociación
humana, nacida de ideas o intereses comunes, sino de una convocación de Dios.
Él la ha convocado y por eso es una en todas sus realizaciones. La unidad de
Dios crea la unidad de la Iglesia en todos los lugares donde se encuentra.
Más tarde, en la Carta a los Efesios, Pablo elaborará abundantemente el
concepto de unidad de la Iglesia, en continuidad con el concepto de Pueblo de
Dios, Israel, considerado por los profetas como "esposa de Dios",
llamada a vivir una relación esponsal con Él. Pablo presenta a la única
Iglesia de Dios como "esposa de Cristo" en el amor, un solo
espíritu con Cristo mismo. Es sabido que el joven Pablo había sido adversario
enconado del nuevo movimiento constituido por la Iglesia de Cristo. Había
sido su adversario, porque había visto amenazada en este nuevo movimiento la
fidelidad a la tradición del pueblo de Dios, animado por la fe en el Dios
único. Esta fidelidad se expresaba sobre todo en la circuncisión, en la
observancia de las reglas de la pureza cultual, en la abstención de ciertos
alimentos, en el respeto del sábado. Esta fidelidad los israelitas la habían
pagado con la sangre de los mártires en el periodo de los Macabeos, cuando el
régimen helenista quería obligar a todos los pueblos a conformarse a la única
cultura helenista. Muchos israelitas habían defendido con su sangre la
vocación propia de Israel. Los mártires habían pagado con la vida la
identidad de su pueblo, que se expresaba mediante estos elementos. Tras el
encuentro con Cristo resucitado, Pablo entendió que los cristianos no eran
traidores; al contrario, en la nueva situación, el Dios de Israel, mediante
Cristo, había extendido su llamada a todas las gentes, convirtiéndose en el
Dios de todos los pueblos. De esta forma se realizaba la fidelidad al único
Dios; ya no eran necesarios los signos distintivos constituidos por las
normas y observancias particulares, porque todos estaban llamados, en su
variedad, a formar parte del único pueblo de Dios en la "Iglesia de
Dios", en Cristo.
Una cosa fue
clara para Pablo inmediatamente en la nueva situación: el valor fundamental y
fundante de Cristo y de la "palabra" de Le anunciaba. Pablo sabía
que no sólo no se es cristiano por coerción, sino que en la configuración
interna de la nueva comunidad, el componente institucional estaba
inevitablemente ligado a la "palabra viva", al anuncio del Cristo
vivo en el cual Dios se abre a todos los pueblos y los une en un único pueblo
de Dios. Es sintomático que Lucas, en los Hechos de los Apóstoles emplee
muchas veces, incluso a proósito de Pablo, el sintagma "anunciar la
palabra" (Hch 4,29.31; 8,25; 11,19; 13,46; 14,25; 16,6.32), con la
evidente intención de evidenciar al máximo el alcance decidivo de la
"palabra" del anuncio. En concreto, esta palabra está constituida
por la cruz y la resurrección de Cristo, en la que han encontrado realización
las Escrituras. El misterio pascual, que ha provocado el giro de su vida en
el camino de Damasco, está obviamente en el centro de la predicación del
Apóstol (cfr 1 Cor 2,2;15,14). Este Misterio, anunciado en la palabra, se
realiza en los sacarmentos del Bautismo y de la Eucaristía, y se hace
realidad en la caridad cristiana. La obra evangelizadora de Pablo no tiene
otro fin que implantar la comunidad de los creyentes en Cristo. Esta idea
está dentro de la etimología misma del vocablo ekklesía, que Pablo, y
con él todo el cristianismo, prefirió al otro término,
"sinagoga", no sólo porque originalmente el primero es más
"laico" (derivando de la praxis griega de la asamblea política y
no propiamente religiosa), sino también porque implica directamente la idea
más teológica de una llamada ab extra, no una simple reunión; los creyentes
son llamados por Dios, quien les recoge en una comunidad, su Iglesia.
En esta línea
podemos comprender también el original concepto, exclusivamente paulino, de
la Iglesia como "Cuerpo de Cristo". Al respecto, es oportuno
tener presente las dos dimensiones de este concepto. Una es de carácter
sociológico, según la cual el cuerpo está formado por sus componentes y no
existiría sin ellos. Esta interpretación aparece en la Carta a los Romanos y
en la Primera Carta a los Corintios, donde Pablo asume una imagen que existía
ya en la sociología romana: él dice que un pueblo es como un cuerpo con
distintos miembros, cada uno de los cuales tiene su función, pero todos,
incluso los más pequeños y aparentemente insignificantes, son necesarios para
que el cuerpo pueda vivir y realizar sus funciones. Oportunamente el Apóstol
observa que en la Igelsia hay muchas vocaciones: profetas, apóstoles,
maestros, personas sencillas, todos llamados a vivir cada día la caridad,
todos necesarios para construir la unidad viviente de este organismo
espiritual. La otra interpretación hace referencia al Cuerpo mismo de Cristo.
Pablo sostiene que la Iglesia no es sólo un organismo, sino que se convierte
realmente en Cuerpo de Cristo en el sacramento de la Eucaristía, donde todos
recibimos su Cuerpo y llegamos a ser realmente su Cuerpo. Se realiza así el
misterio esponsal, que todos son un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo.
Así la realidad va mucho más allá de la imaginación sociológica, expresando
su verdadera esencia profunda, es decir, la unidad de todos los bautizados en
Cristo, considerados por el Apóstol "uno" en Cristo, conformados
al sacramento de su Cuerpo.
Diciendo
esto, Pablo muestra saber bien y nos dda a entender que la Iglesia no es suya
y no es nuestra: la Iglesia es el cuerpo de Cristo, es "Iglesia de
Dios", "campo de Dios", edificación de Dios, ...
"templo de Dios" (1Cor 3,9.16). Esta última designación es
particularmente interesante, porque atribuye a un tejido de relaciones
interpersonales un término que comúnmente servía para indicar un lugar
físico, considerado sagrado. La relación entre Iglesia y templo asume por
tanto dos dimensiones complementarias: por una parte, se aplica a la
comunidad eclesial la característica de separación y pureza que tenía el
edificio sagrado, pero por otra, se supera también el concpeto de un espacio
material, para transferir este valor a la realidad de una comunidad viva de
fe. Si antes los templos se consideraban lugares de la presencia de Dios,
ahora se sabe y se ve que Dios no habita en edificios hechos de piedra, sino
que el lugar de la presencia de Dios en el mundo es la comunidad viva de los
creyentes.
Un discurso
aparte merecería la calificación de "pueblo de Dios", que en
Pablo se aplica sustancialmente al pueblo del Antiguo Testamento y después a
los paganos, que eran "el no pueblo" y que se han convertido
también en pueblo de Dios gracias a su inserción en Cristo mediante la
palabra y el sacramento. Y un último esbozo. En la Carta a Timoteo Pablo
califica a la Iglesia como "casa de Dios" (1 Tm 3,15); y esta es
una definición realmente original, porque se refiere a la Iglesia como
estructura comunitaria en la que se viven cálidas relaciones interpersonales
de carácter familiar. El Apóstol nos ayuda a comprender cada vez más el
misterio de la Iglesia en sus distintas dimensiones de asamblea de Dios en el
mundo. Esta es la grandeza de la Iglesia y la grandeza de nuestra llamada:
somos templo de Dios en el mundo, lugar donde Dios habita realmente, y somos,
al mismo tiempo, comunidad, familia de Dios, que es amor. Como familia y casa
de Dios debemos realizar en el mundo la caridad de Dios y ser así, con la
fuerza que viene de la fe, lugar y signo de su presencia. Oremos al Señor
para que nos conceda ser cada vez más su Iglesia, su Cuerpo, el lugar de la
presencia de su caridad en este mundo nuestro y en nuestra historia.