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El turista original
por Hernàn Casciari


Ahora mismo estoy viajando en un tren y voy leyendo un libro gordo muy
interesante. Mis tiempos de lectura ocurren en el ferrocarril o cuando
estoy cagando en casa. Pero resulta que tanto el baño como el vagón
presentan incomodidades: no tienen mesas amplias ni apoya brazos, por
ejemplo; entonces al libro lo debo soportar en las manos. Cuando el
volumen es breve no hay mayores problemas, pero ir y venir con un
ladrillo de medio kilo en las manos, en pleno siglo veintiuno, empieza a
resultar un despropósito.

Mientras voy a visitar a mi amigo don Juan, estoy leyendo un libro
maravilloso, pesado y gordo (unas 1.600 páginas) y por primera vez en mi
vida de lector empiezo a sentir la urgencia del libro electrónico. Ya no
como amante de los gadgets, sino por necesidad real, por agotamiento y
reumatismo.

En el libro que leo ahora hay miles de notas al pie y repeticiones
argumentales. Lleva un apéndice al final, con las biografías de todos
los autores a los que se hace referencia en el corpus. Cada vez que
necesito conocer un dato debo poner el señalador, cerrar el libro
(voluminoso, ya ajado), manipularlo con fuerza y revisar las páginas
finales. Me siento un Neardental curioso y frustrado.

A veces me da la sensación de que determinada idea ya fue expuesta ocho
capítulos atrás, pero es imposible buscar la fuente: hay que hacerlo a
mano, página a página. Casi nunca lo logro y me deprimo. Me rasco, me
quito pulgas; a veces aúllo.

El hábito digital hace que cada vez nos resulte más complicado leer a la
antigua usanza. Sobre todo, cuando el material de lectura tiene
ramificaciones. Nos hemos acostumbrado al salto, al hipertexto, al
procrastineo, a manejar tres o cinco ideas al mismo tiempo. Regresar al
libro plano, unidireccional, es como volver a encender el fuego con una
piedra y un palito.

Trascartón, el libro electrónico no parece avanzar en el mercado. Está
el Kindle (de Amazon) que desde hace tiempo amaga con imponerse, pero
nunca se impone. ¿Qué sentido tiene que me lo compre hoy, si no le puedo
cargar contenidos en castellano?

Más allá de todas las razones sobre la tardanza, la verdad es que las
editoriales no quieren correr la misma suerte de las discográficas. Los
grandes grupos editores le ponen palos en la rueda a todos los proyectos
electrónicos porque todavía no descubrieron de qué forma ganarán dinero
cuando la materia escrita sea intangible (como ya lo es la música, como
ya lo es el cine).

Hace treinta años el gran enemigo del capitalismo eran los comunistas.
Ahora son los intangibles. ¡Qué felices eran los directivos de la RCA
Víctor cuando los discos eran de pasta o de vinilo, cuando el que quería
escuchar una canción tenía que comprarse el long play entero! ¡Con qué
amor fumaban sus habanos y contaban los billetes!

Ahora la música es un intangible. Nadie la ve, no viene en cajita. Son
datos invisibles que pasan de mano en mano, de oreja a oreja, sin que
nadie pueda cobrar peaje. El cine también ha cambiado, tampoco viene en
cajita.

El único ámbito de la cultura popular que todavía sigue unido al
packaging es el libro. Y el temor a que la cajita nos resulte obsoleta
(¡ya nos resulta, odio llevar este ladrillo en la mochila!) le pone los
pelos de punta a los intermediarios de la cultura, a los que ganaron
dinero siempre sin hacer nunca demasiado.

Por pura ansiedad, voy de visita a la casa de Juan Dámaso, un vidente
vasco que hace unos años tuvo una breve fama vaticinando desgracias por
Internet. Ahora está jubilado, pero sigue recibiendo a los amigos. Al
llegar, le pregunto qué ve en el futuro respecto al libro electrónico,
si falta mucho o poco para poder disfrutar de ese avance tan necesario.

-¡Ah! -me dice, poniendo los ojos en blanco- ¡La literatura intangible:
bajarse libros de Borges y ponerlos en el iPod, descargar la obra
completa de Vila-Matas en un archivo .zip y descomprimirla en el avión,
toda nuestra biblioteca en un pendrive de ocho gigas!

-Eso, eso -me excito-, dígame, don Juan, ¿cuándo llegará ese futuro
maravilloso, cuándo dejaré de llevar kilos de novelas en mi mochila?

-Veo grandes desgracias -me asegura, alzando los brazos al cielo-.
Gerentes de marketing arrojándose por las ventanas de Random House
Mondadori, editores y representantes de autores limpiando parabrisas en
los semáforos, veo dos rubias en tetas, en la playa, leyendo a Paulo
Coelho desde un dispositivo portable de ciento veinte gramos...

Sonrío, esperando más, pero Dámaso interrumpe allí su discurso y se
queda con la vista ciega. Comienza a soltar un hilo de baba blanca por
la comisura de los labios.

-¿Qué más? ¿Por qué se queda en silencio, don Juan? -le pregunto.

-Sigo viendo a las rubias: creo que una le pondrá bronceador a la otra.
Espera un segundo, ahora mismo regreso.

Dámaso se encierra en el baño y me quedo solo en su salón, pensando en
la cultura intangible, en el arte que no tiene entidad, en la obra que
no se toca pero sí pasa de mano en mano. Me alegro de que el futuro nos
depare esto también con los libros. A los quince minutos el vidente
regresa del servicio, con la camisa desprendida y los ojos todavía en
blanco.

-Continuemos -me dice, y vuelve a su vaticinio-. El libro será el
próximo paso, pero la era de los contenidos intangibles y compartidos no
acabará allí, mi querido y gordo amigo. También veo a directivos de
Lufthansa suicidándose o viviendo en la pobreza extrema. En algunos años
existirá el turismo electrónico.

-¿Cómo es eso?

-Alguien, por ejemplo, hace un viaje a Filipinas y lo graba con sensores
táctiles y visuales. Después pone el viaje en la carpeta Incoming.
Entonces otro, que no tiene dinero para viajar a Filipinas, o que no
tiene ganas de subir a un avión, descarga las sensaciones del viaje, lo
revive segundo a segundo.

-¡Es la muerte de las agencias de turismo! -grito.

-Sí señor, y también es el ocaso del modo de vida japonés -me responde
Dámaso Miranda-. Los vuelos intangibles, según puedo prever, estarán de
moda desde 2015.

-¿Pero eso no es vivir la vida de otro?

-¡Pues claro! Ahora tú escuchas la música que ha comprado otro, y ves la
película que ha comprado otro, y dentro de poco leerás el libro que ha
comprado otro. En algunos años harás el viaje que ha hecho otro...
¡Enhorabuena!

-Pero en ese caso no habrá libre albedrío -sospecho-. Si el viajero
original entra a un bar homosexual filipino, uno no puede elegir no
entrar a ese bar.

-Por supuesto. Si compras el viaje, vives ese viaje. Y si en ese viaje
tres filipinos grandotes le dan por el culo al turista original,
prepárate para gozar tú también, amigo mío.

-No sé si me gustará ese futuro, don Juan.

-Pues te jodes. Los bienes intangibles tienen algunas ventajas
inmediatas, pero también requieren de nosotros algún sacrificio. Quizás
en el futuro esos esfuerzos no sean económicos, pero algo tendrás que
dar a cambio.

-¿Qué me quiere decir?

-Volvamos al libro que llevas en tu mochila, al motivo por el que has
venido hasta aquí -me dice-. Cuando ese mamotreto de mil quinientas
páginas sea electrónico, tú no lo pagarás. Y no te pesará en la mochila,
y podrás consultar bibliografía complementaria con un solo clic, y
tendrás un buscador temático... ¿verdad?

-Sí -respondo.

-Pero también dejarás de hacer ejercicio, no irás a la librería a buscar
el libro, no disfrutarás del olor del papel, no sentirás la satisfacción
de haber conseguido algo con un mínimo de esfuerzo, perderás el hábito
milenario de mojar el índice para dar vuelta la página, te crecerá el
culo por falta de movimiento -me mira un poco y agrega-: bueno, eso ya
te ha ocurrido. Pero a lo que voy, amigo mío: nada es del todo gratis,
ni siquiera cuando adquieres un intangible.

-Dicho así, es verdad.

-Si un día te descargas el viaje a Filipinas, te sangrará el culo. O
quizás te atraquen en una esquina oscura y sientas el filo de una navaja
en el cuello. O tal vez el turista original folle con una prostituta
sucia y a ti más tarde te arda la ingle.

-Dios no lo permita -digo, tragando saliva.

Regreso a casa otra vez en tren, después de la visita a Juan Dámaso, con
una sensación ambigua. El enorme volumen de mil seiscientas páginas ya
no me pesa tanto en la mochila, ni tampoco en las manos cuando me
dispongo a seguir leyéndolo. Me queda también rebotando en la cabeza una
frase de don Juan, algo que me dijo en la puerta de su casa, al despedirnos:

-Hay libros, Casciari, y también hay viajes, que debemos hacer nosotros
mismos, con nuestros propios esfuerzos.

Quizá el Kindle, de Amazon, llegue al mercado pronto, con contenidos en
español y multitud de accesorios; quizá lo compre y me convierta en uno
más de esos señores que van en el tren, idiotizados con un aparatito
digital, buscando la respuesta veloz, saltando de una idea a la otra.

Pero este lomo ajado que tengo en las manos ahora, este medio kilo de
papel envuelto en cartones rústicos y blancos, este olor y este silencio
antiguo, es también un viaje milenario, es mi viaje.

Es raro. Miro ahora mismo a todos los pasajeros del vagón: algunos
hablan por el móvil, otros escuchan su iPod, otros están imantados a sus
portátiles, revisando un Excel. Mi libro gordo y roto parece de otro
mundo al lado de todo aquello, de un mundo anterior.

Me mojo el índice, doy vuelta la página y me siento real y en
movimiento. Como un turista original, de carne y hueso, en un vagón
lleno de viajeros fugaces como hologramas.


http://orsai.es/2008/09/el_turista_original.php


73's

- --

Carlos Guillermo Vahnovan
LW1EXU
http://www.lw1exu.com.ar
http://gacw.no-ip.org

Democracy is two wolves and a lamb voting on what to have for lunch.
Liberty is a well-armed lamb contesting the vote.
Benjamin Franklin


"Veritas Vincit"
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Jue, 2 de Oct, 2008 3:22 pm

lw1exu
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... Hash: SHA1 El turista original por Hernàn Casciari Ahora mismo estoy viajando en un tren y voy leyendo un libro gordo muy interesante. Mis tiempos de...
Carlos Guillermo Vahn...
lw1exu
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2 de Oct, 2008
3:23 pm

Excelente, Gracias!! Saludos, Marcelino - LU7DSU ... De: Carlos Guillermo Vahnovan <guillev@...> Asunto: [opinion-lu] Para distenderse un poquito......
Marcelino Garcia
lu7dsu
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2 de Oct, 2008
3:39 pm

Je Je ,   Yo no viajo en tren, pero en el baño tengo una mesita con ruedas de esas que se usan para desayunar en la cama, y la llevo del dormitorio al baño,...
Raul Benitez
be.raul
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3 de Oct, 2008
1:02 am
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