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[P/Lx@952] 24 de Marzo: La Recuperacion de La Perla   Lista de mensajes  
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[P/Lx@] Derechos Humanos: La recuperación del
campo de exterminio de la dictadura de La Perla en Córdoba

DURO DISCURSO DE KIRCHNER EN LA RECUPERACION DE LA PERLA
“Digo a la Justicia que ¡basta!”

El Presidente le pidió directamente a la Cámara
de Casación que dejara de demorar las causas de
derechos humanos. El acto fue en el mayor campo
clandestino de tortura que funcionó en el
interior del país, recuperado a partir de ayer como espacio de memoria.
Por Marta Dillon, desde Córdoba Página/12 - 25/4/07

Si miles de cordobeses miraron al cielo ayer a la
mañana como señalando la conjura de algún dios
fascista, no es menos cierto que esa lluvia tenaz
y abundante sirvió para que cada uno y cada una
de los que resistieron su asedio de pie en el
barrial en que se convirtió el predio de La Perla
vivieran como una epopeya compartida la
recuperación de ese centro clandestino de
detención por el que pasaron al menos 2 mil
detenidos-desaparecidos. Empapado, los ojos
hinchados y el traje desprolijo que lo
caracteriza, el presidente Néstor Kirchner
también desafió las cascadas de agua que se
descargaban dentro del palco que compartió con
los representantes de los organismos de derechos
humanos que desde ahora serán responsables de
abrir a la memoria colectiva las pruebas y las
historias que guarda ese territorio que
pertenecía al III Cuerpo de Ejército. “Yo le digo
a la Justicia y sé que el Consejo de la
Magistratura me va a escuchar: ¡por favor, basta!
¡Juicio y castigo, eso necesitamos! Yo les juro
que empujo y empujo pero hay jueces y fiscales
que se hacen los distraídos”, dijo el Presidente
antes de cerrar su discurso con la intención
expresa de hacerlo con un nombre: “El del
compañero López, porque ahí está la amenaza del
terror. A López no se lo llevaron dos o tres
distraídos sino los mismos que defienden el
terror. Y tenemos que encontrarlo vivo”.

Debajo del palco principal, los gritos que decían
“presente” por quienes ya no se espera se
mezclaron con el reclamo de “aparición con vida”
del albañil que con su testimonio contribuyó a
una de las condenas más ejemplificadoras –la de
Miguel Etchecolatz– desde que se anularon las
leyes de punto final y obediencia debida.

Con esa altura discordante que lo recortaba de
entre las mujeres que lo rodearon durante el acto
–Sonia Torres, de Abuelas de Plaza de Mayo
Córdoba, Emilia Dambra (que aún con pañuelo
blanco representaba a Familiares de Detenidos
Desaparecidos) y Silvia Dito Fino, de H.I.J.O.S.–
el Presidente acompañó asintiendo con la cabeza
mientras los más jóvenes, debajo del palco, se
reclamaban parte de la “gloriosa juventud
argentina” y voz en cuello reivindicaban ese “no
nos han vencido” que el canto popular sitúa
después de enumerar los golpes, las torturas, los
caídos. La lluvia, además dar la pincelada épica,
lavó también las lágrimas de los familiares que
nunca dejaron de recitar el inmenso rosario de
los nombres ausentes y devolverlos a este, su
último lugar, al grito de Presente.

Esa piedad por la emoción hubo que reconocérsela
al agua. Nadie quería mostrarse quebrado a pesar
de que los abrazos recogieron la emoción que no
podía aplazarse. “Me van a hacer llorar y no
quiero”, dijo Emilia Dambra antes de citar a
Agustín Tosco para reconocerse ella también como
parte de “los que son, los que fueron y serán
represaliados aunque al final llegaremos a la
victoria de conocer un país sin explotadores ni
explotados”. Sonia Torres, en cambio, apenas pudo
sostener el hilo de su voz cuando eligió
presentarse: “Soy la madre de Silvina Parodi y de
su esposo, Daniel Orozco. Ellos, como tantos
jóvenes entonces, se conocieron y se enamoraron,
tuvieron a su hijo, que había crecido en la panza
de mi hija hasta el séptimo mes cuando fueron
secuestrados. Todavía busco a mi nieto”. Después
de terminado el acto, cuando los sobrevivientes,
los familiares y el Presidente volvieron a
recorrer las catacumbas donde hasta hace poco el
Ejército cumplía labores de rutina, Sonia explicó
por qué su voz estaba anegada: “Vi su foto en una
pancarta, me sonreía desde ahí. Y la verdad es
que la única manera en que pueda hablar con
entereza es despegándome de esa imagen, porque
los años pueden pasar, pero el desgarro es el
mismo”. Sonia se tomó su tiempo para respirar el
aire viciado, que no alcanzaba a limpiarse aun
con las puertas abiertas, de la zona donde habían
estado las duchas: “Acá vieron a mi hija por
última vez, con su panza a punto de dar a luz”,
dijo esta mujer a la que difícilmente se pueda
ver como una abuela por ese aspecto juvenil, casi
detenido en el tiempo. “Mi hija tenía 20 cuando
se la llevaron, de mí me olvidé, no sé si tenía 40 o 41.”

En la voz de Silvia Dito Fino, hija del dirigente
sindical cordobés y representante de H.I.J.O.S.,
el dolor se convirtió en decisión y sus palabras
calificaron sin dudas ni medias tintas a los
ejecutores del terrorismo de Estado, a sus
cómplices y a sus propiciadores: “Fue un golpe
cívico-militar planificado hasta el último
detalle. Pero los genocidas no estuvieron solos”,
dijo prestando su cuerpo rotundo como la cámara
de resonancia necesaria para nombrar a “los
políticos de los partidos tradicionales, los
empresarios y terratenientes que propiciaron el
golpe y dieron listas negras, a los intelectuales
y periodistas que lo defendieron, a los jueces,
fiscales y abogados; muchísimos de ellos en
actividad”. Fue un discurso duro y contundente
que ella sostuvo con la vista fija en sus
compañeros y en los miles de manifestantes que
cubrieron el prolijo pasto que rodea las barracas
donde se ejecutó el plan de exterminio. Pero al
final, haciéndose cargo de las ausencias privadas
aun siendo públicas, dijo: “Queridos padres,
queremos que sepan que los amamos. Estamos
orgullosos de llevar su sangre en nuestra sangre.
Que no podremos compartir un asado los domingos
para conversar y putear y soñar juntos, que
nuestros hijos no dirán abuelo o abuela; pero la
vida pudo más que la muerte”. Y ahí estaba ella
como representante de tantos que desde abajo se
sostenían abrazados formando una familia política
tan estrecha como la que se añora. Mientras,
miles de flores rojas en papel, cada una con un
nombre, pasaron de mano en mano hasta llegar al
palco donde se pegaron para hacerlas visibles.

Cuando cantó León Gieco, la comisión de
organismos que se hará cargo de La Perla ya había
mostrado el convenio que firmó el Presidente en
representación del Estado nacional como si fuera
una conquista largamente esperada. Faltaba
todavía una segunda recorrida por esos galpones
en donde los sobrevivientes reconocieron las
huellas de su paso, a pesar de los casi treinta
años en que las actividades del Ejército
siguieron desarrollándose dentro. Y fue después
de esas dos canciones que todos corearon que
habló el Presidente con su apelación a la
Justicia para que se apuren los juicios y un
desafío directo a quien dirigió los destinos de
La Perla: Luciano Benjamín Menéndez. “No te voy a
decir general porque ni eso te merecés –dijo
Kirchner haciendo gala de un tuteo casi
compadrito–, tené en claro que sos un cobarde.
Los argentinos saben quién sos y que tendrías que
estar en una cárcel común, que es donde tienen que estar los asesinos.”

Para el momento de la recorrida por dentro de las
barracas donde tantas y tantos desaparecidos
vivieron sus últimos días, las lágrimas ya no
competían con la lluvia. Se habían secado unas en
los hombros de otros y lo que quedaba era la
euforia, de los sobrevivientes por contar, por
detallar cada paso dado en ese pozo con el fondo
insolente de las sierras cordobesas, de las que
se despegaban jirones de nubes como si desde esas
laderas bajara una rabia que se descargaba en
agua. El Presidente entró primero, del brazo de
Liliana Collizo y Mirta Iriondo. Fuera quedó
Piero Di Monti, asomado a una ventana hasta donde
se acercó Kirchner a darle un abrazo. Sonia
Torres, la representante de Abuelas, intentaba
recomponerse: “Me cuesta pensar que estuvo acá,
que mi nieto se gestó entre gritos de tortura,
que ella lo sintió en su panza sin saber si iba a sobrevivir”.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-82291-2007-03-25.html

***

Familiares de víctimas y sobrevivientes narran
sucesos sobre la dictadura argentina
El ex centro de detención La Perla se convierte en el Museo de la Memoria
por Paula Mónaco Felipe

La Perla, Cordoba, 24 de marzo. "Cuando entré, lo
primero que pensé fue que el piso rojo era lo
último que había visto mi hija. Ese color le
debió haber quedado en la retina, y se lo llevó",
dice, en voz baja, Marcelina Yolanda Bonaldi,
sentada en un rincón del ex centro clandestino de
detención La Perla, edificio que el gobierno
argentino entregó a organismos promotores de los derechos humanos.

"Me sentí en contacto con ella. Ahora siento como
si me cobijara", agrega la mujer, de 60 años de
edad y madre de Graciela Torres, joven
desaparecida el 29 de junio de 1976 y asesinada en este lugar.

Es que en ocasión del 31 aniversario del golpe de
Estado de 1976 y previo al acto oficial de
entrega, una delegación compuesta por unas 40
personas, madres, padres, hermanos, esposos e
hijos de desaparecidos, así como por los pocos
sobrevivientes y el presidente argentino Néstor
Kirchner, ingresó -varios por vez primera- al ex centro clandestino.

La Perla fue el mayor campo de detención del
interior del país durante la dictadura militar
(1976-1983). Entre marzo de 1976 y finales de
1979, unas 2 mil 500 personas fueron secuestradas, torturadas y desaparecidas.

"En mí se mezclan la alegría y la tristeza,
porque dimos un gran paso al entrar, pero sé que
únicamente puedo llegar hasta acá, el último
lugar donde estuvo mi papá y lo último que sé de
él. Además, duele saber que no fue el único
asesinado acá, sino que también sufrieron muchos
padres de mis compañeros", afirma Marcelo Yornet,
de 32 años, hijo de Roberto Yornet, quien pasó sus últimos días en este campo.

Aunque el edificio estaba totalmente vacío y sus
paredes blancas, los familiares de los
desaparecidos reconstruyeron la historia de
horror escrita allí. Algunos lo hicieron con
desgarradores relatos, como Teresa Meschiatti,
sobreviviente y testigo en los juicios contra
integrantes del tercer cuerpo del ejército.

"Esta es la famosa margarita o sala de terapia
intensiva. Era el lugar de la tortura. Por acá
pasábamos todos. Era terrible, cruel. Aquí la
gente no podía sobrevivir más de un mes. Tengo marcas", explica Meschiatti.

Otros recorrieron el lugar entre llantos y
silencios. Caminaron, acariciaron el piso y
tocaron los muros, como queriendo arrancarles
palabras, imágenes, olores, y la presencia de sus
seres queridos que nunca volvieron.

Hacia el final del recorrido algunos familiares
expresaron que el ingreso fue difícil, pero reparador.

"Cuando estuve en la cuadra di vueltas y vueltas.
Vi todo. Caminaba y caminaba. Me sentaba. No me
quería ir. Me aparecían imágenes muy fuertes de
ellos, del horror, pero en un momento sentí paz.
No sé por qué, pero me tranquilizó poder estar
allí", relata Sebastián Soulier, de 31 años, hijo
de Adriana Díaz Ríos y Juan Carlos Soulier, desaparecidos en 1976.

Luego, bajo una lluvia persistente, se inició el
acto oficial, que duró algo más de una hora y
contó con una breve actuación del cantante León
Gieco. Por los organismos de derechos humanos
hablaron Sonia Torres, de Abuelas de Plaza de
Mayo; Emilia D'Ambra, de Familares de Detenidos y
Desaparecidos por Razones Políticas, y Silvia Di
Toffino, de Hijos por la Identidad y la Justicia
contra el Olvido y el Silencio.

Aunque los activistas insistieron en el carácter
histórico del acto y la necesidad de redoblar
esfuerzos para acelerar los procesos contra los
responsables de la pasada dictadura, fue el
presidente Kirchner quien insistió en halagar a
los organismos de derechos humanos y pidió a la
justicia argentina "juicio y castigo ya".

Al terminar el acto, las puertas del ex centro de
detención y tortura se abrieron por vez primera para todos.

Centenares de personas comenzaron a caminar los
otrora silenciosos pasillos, con respeto y
lágrimas en los ojos. Poco a poco fue creciendo
el sonido de pasos, saludos, abrazos y llantos.
Algunos llevaban flores, otros dejaron
fotografías y hasta hubo quienes se animaron a
escribir mensajes que rompieron de una vez y para
siempre el silencio de esos blancos muros.

http://www.jornada.unam.mx/2007/03/25/index.php?section=mundo&article=027n1mun

***

SOBREVIVIENTES DE LA PERLA
Memoria individual, memoria colectiva

Cuatro sobrevivientes que fueron el motor de la
recuperación del centro, desgranan la emoción de
un día de contradicciones: el dolor de revivir su
historia, la alegría de ponerla como legado.
Por Marta Dillon

Como si el tiempo les hubiera concedido un
intervalo por el cual colarse y despojarse de sus
canas, sus arrugas y sus cicatrices, Susana
Sastre, Liliana Callizo, Mirta Iriondo y Piero Di
Monti volvieron a ser jóvenes apenas dejaron el
inmenso predio de La Perla, el lugar donde
estuvieron cautivos, desaparecidos para quienes
los buscaban fuera de esa realidad suspendida de
tortura y muerte en la que pasaron entre 8 meses
y dos años. Las chicas se tomaron de las manos
como adolescentes, a pesar de sus más de
cincuenta. Los varones que las acompañaban no
atinaron más que a convidarles caramelos. Piero
apenas pudo descontracturar un poco su figura de
traje empapado por la lluvia persistente, que
como una conjura no dejó de caer desde que el
sábado despuntó en Córdoba. Algo habían dejado
dentro de “la cuadra”, algo que les permitió
volver a cantar como entonces, cuando los días
pasaban en semivigilia de una venda sobre los
ojos que confundía tanto la luz como la
conciencia, las canciones de Paco Ibáñez que
alguna vez convirtieron en un lugar seguro esa
colchoneta sobre el suelo que compartían espalda
con espalda sin conocerse, sin saber que podían
confiar unos en otros. Es contradictorio el
sentimiento, insisten, porque la memoria en el
cuerpo es más poderosa que en la palabra; pero, a
la vez, ¿cómo no alegrarse de haber devuelto este
lugar oscuro a la luz de miles de ojos para que
sean ellos los que interroguen a esas paredes
hasta que hablen, hasta convertirlas en patrimonio de la memoria colectiva?

Liliana Callizo tenía 21 años cuando supo quién
era “la margarita”, ese aparato del que ahora
apenas quedan los cables sueltos y atados en un
nudo como si alguien hubiera querido estrangular
el último vestigio activo de la picana. Era
hippie, dice, y andaba en suecos cuando la
chuparon. Le tomó un tiempo convertir ese detalle
de coquetería en un arma de resistencia que llegó
a empuñar contra sus captores, aun sabiendo que a
su suerte ellos la tenían expropiada. Piero se
apura a contarlo señalándose la calva: “¿Ves? Yo
creo que ahí se ven dos marcas, la que me
hicieron ellos y la que me dejó esta loca un día
que revoleó su zapato contra un guardia que había
intentado joderla”. Liliana era la de la voz
privilegiada. “Yo cantaba y siempre me pedían
otra”, asegura, aunque Susana Sastre retruque:
“Vos te creías que cantabas a voz en cuello, pero
yo, que estaba seis colchonetas más allá, siempre
me quedaba con las ganas”. Es que cada uno, cada
una, tiene un fragmento; piezas de un
rompecabezas que sirvieron para armar el relato
del cautiverio, para dar a los familiares de
quienes todavía están desaparecidos una última
postal de sus seres queridos. Y cada fragmento
guarda como un hilo destinado a atarse con otro
una verdad completa: “En ‘la cuadra’ (el galpón
más extenso de las barracas que el presidente
Kirchner acababa de recorrer) llegamos a ser más
de 150, pero cada uno sabía lo que pasaba con
quien compartía el tiempo espalda con espalda.
Teníamos desconfianza, pero ese calor era
suficiente para darnos cariño, para darnos
fuerza”, dice Mirta Iriondo con su pelo largo y
lacio peinado al costado, tan largo que la roba
de la mujer de más de 50 que ahora es. Ella y
Susana pueden reírse ahora de la ropa que estaban
obligadas a vestir: minifaldas imposibles para
ese encierro que regalaban a los que apenas
podían moverse del suelo un panorama añorado por
lo humano. “Era como ver un pedazo de cielo”,
dice Piero recordando las piernas de sus
compañeras vistas desde la inmovilidad del piso
al que lo obligaban la tortura reciente y el
miedo continuo. “Cuando te tocaba estar todo el
tiempo echada, el punto de vista cambiaba tanto
que yo me he reencontrado ahora con la Turca, una
compañera a la que no había visto en 30 años y lo
primero que le pregunté es qué le había pasado en
las piernas. Para mí medía como dos metros, pero
ahora que nos vimos las dos de pie me di cuenta
de que era más petisa que yo”, cierra la anécdota
Liliana, y sus compañeras se mueren de risa. Y se
dan cuenta de la risa y se ríen otra vez: “Es
difícil explicar lo que sentimos hoy, la única
palabra que me sale es contradicción, tristeza
por los que no están, por nosotras mismas; y
también alegría por lo que recuperamos para todos”.

Pero ni siquiera esa contradicción es suficiente
para opacar cierta alegría infantil por haber
llevado –Mirta de un lado y Liliana del otro– al
Presidente como si lo custodiaran, relatándole
cada huella de las que todavía se podían advertir
en ese predio que hasta hace una semana
funcionaba como albergue de un regimiento de
caballería. “Fuimos sus guardianas –dice Callizo
con coquetería–, le mostramos la sala de torturas
que ellos llamaban terapia intensiva, ‘la
cuadra’, el lugar por donde entraban los camiones
Mercedes-Benz en los que traían detenidos y que
se llenaban para los traslados.”

–¿Tenían conciencia entonces de qué se trataban los traslados?

–Al principio, no. Al principio soñábamos que nos
íbamos a ir volando como palomas. Yo –dice
Liliana– estuve tres veces al pie del camión, no
sé por qué me bajaron, quién dio la orden. Pero
todos sin excepción estaban disponibles para el traslado.

–Es inolvidable ese silencio sepulcral del
momento en que, mientras estábamos todos
acostados, pasaban entre nosotros y tocaban a
algunos para el traslado –agrega Susana–. Veías
que le tocaba a alguien a tu lado y esperabas
sentir el golpe. O escuchar tu número para saber que estabas en la lista.

El olor de la carne quemada por la electricidad,
de los cuerpos que sudaban el ácido del dolor y
el miedo; las botas, entre ellos. Todo eso pasa
como una enumeración que se ha despojado de
cierto lastre ayer, cuando en lugar de botas
otros pies, muchos pies, con sandalias,
zapatillas, con el barro que la lluvia insistió
en fraguar durante todo el día, recorrieron ese
piso al que una vez se aferraron por puro deseo de vivir.

–El piso –dice Piero–, el piso era fundamental.
Porque teníamos la venda puesta todo el día y con
la venda sólo espiabas por abajo. Yo vine desde
Italia para estar hoy acá; entré y fui a buscar
esa grieta que había sido mi único paisaje
durante mucho tiempo. ¡Y había miles de grietas!
Pero el piso ese era... es el mismo.

Ni siquiera el recuerdo de ese silencio previo a
los traslados es capaz de borrar el ánimo de
victoria –una victoria pequeña y domesticada, si
se quiere– que significa para estos
sobrevivientes la recuperación de La Perla.
Tampoco la presencia de los custodios que les
asignaron para protegerlos como la prueba
concreta que son ellos mismos. Este es un momento
que se hilvanará con lo que ansían: el momento de
los juicios efectivos, con condenas ciertas, que
es ahora el reclamo urgente. Pero nada ni nadie
puede quitarles lo que acaban de vivir y cierta
confianza teñida –en el caso de las mujeres– de
una pizca de flirteo por haber caminado por el
lugar de su cautiverio del brazo del Presidente:
“Ya un gesto de cariño en este mundo tan duro
significa algo, ¿no te parece?”, pregunta
Liliana. “Hay un hilo generacional que nos une
con él y nos permite creer que se puede vencer la
impunidad –agrega Mirta–. Y eso que le grita
adentro, eso no se puede despreciar”.

Cuando el viaje desde La Perla termina en el
centro de Córdoba, y los cuatro que hablaron y se
rieron se aprestan a bajar del micro como si
fueran casi adolescentes otra vez, Piero se
detiene un momento y enuncia una pregunta que le
quema, aunque la respuesta ya se la hayan dado
los miles de personas que desafiaron a la lluvia
de pie este 24 de marzo: “Decime, por favor,
¿tiene sentido sobrevivir? ¿Sirve?”. Pero
entonces sólo cabe la contrapregunta: ¿cuánto de
estos últimos 31 años hubiera sido posible sin
las voces de quienes vivieron para contarlo?

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/82291-26468-2007-03-25.html

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