Paraleer 1 capítulo 1
Regalo para los amigos "desesperados"
Con este número te enviamos el primer capítulo del reconocido libro
ELOGIO DE LA LENTITUD
del escritor canadiense Carl Honoré
tomate tu tiempo para descomprimirlo y disfrutarlo...
Paraleer por e@mail
Pronto a cumplir los 1000 !
y 9 años liberando palabras...
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[P/Lx@] Remember Cromañón...
Paraleer lamenta la ignorancia política de "la
mitad más uno" de votantes porteños
GIROS
Por J. M. Pasquini Durán
Con una contundente mayoría en las urnas llegó al
gobierno porteño el ingeniero Mauricio Macri,
reconocido como propio por la derecha liberal y
también por los intereses económicos concentrados
de la llamada “patria contratista” en los años
’90. Con esa prosapia y cargando una derrota
personal en la segunda vuelta de su primer
intento, hace cuatro años, que el candidato de
PRO haya insistido en el intento prueba la
consistencia de la democracia como método para
instalar gobierno, en lugar del fraude o del
asalto militar que usaron los conservadores
durante la mayor parte del siglo pasado. Tampoco
son datos irrelevantes que en esta oportunidad
Macri dedicó el mayor esfuerzo para presentarse
como partido municipal para esquivar definiciones
sobre el ámbito nacional, es decir
antikirchnerista, y usó un discurso cuajado de
consignas, como “la necesaria inclusión social”,
alejadas del acervo ideológico de aquellos que
hoy festejan la victoria como propia.
Toda la campaña PRO fue el resultado de una
ingeniería electoral planificada hasta el mínimo
detalle para “vender” una imagen favorable y
zafar de todo lo que pudiera ponerlo en aprietos,
como el último debate con su contrincante antes
de la segunda vuelta, pese a que había terminado
el primer escrutinio con una diferencia a favor
de veintidós puntos. Si bien estos elementos
contaron, y mucho, el resultado final expresó la
voluntad de buena parte del electorado que busca
todos los caminos posibles para que los
gobernantes se hagan cargo con eficiencia de todo
lo que le preocupa y necesita. También, quizá,
los votantes de la mayoría quisieron tomar
distancia de la enconada interna, típica de la
vieja política, que enfrentó al gobierno nacional
con el de la ciudad de Buenos Aires. No es una
mera sofisticación metropolitana. ¿Acaso en
Tierra del Fuego las riñas mafiosas entre los
jefes de los partidos tradicionales no le
abrieron paso al triunfo de la candidata del ARI?
Aunque el promedio que arrojó el escrutinio de la
segunda vuelta porteña consolidó una diferencia
de veinte puntos, 60 a 40 en números redondos,
cuando se puedan analizar los diferentes barrios
surgirán netas diferencias que indican que lo que
se llama “marketing” electoral sólo sirve para
acentuar las tendencias pero no las inventa. Con
los datos en boca de urna, por ejemplo, en las
zonas de Recoleta y Pilar, la fórmula
Macri/Michetti logró alrededor del 70 por ciento
de los votos positivos, mientras que en Centro
oeste, pese a que conservaba la mayoría, el
porcentaje bajaba al 51 por ciento. De cualquier
modo, los porteños tendrán la oportunidad de ser
gobernados por la derecha neta y directa, sin
camisetas ajenas, peronistas o radicales. Por su
lado, Macri será presionado por sus aliados para
que abandone el aire municipal y adquiera una
proyección nacional, por lo menos para respaldar
alguna candidatura en las presidenciales de
octubre. En su discurso triunfal, el electo jefe
de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires ya
comenzó a hablar de “realizar al PRO cuando sus
efectos lleguen a la Argentina entera”.
Las diferentes proporciones indican que la
performance lograda por la fórmula oficialista,
Filmus/Heller, ha sido más que satisfactoria,
dado que en la primera vuelta había conseguido el
24 por ciento. Sin embargo, la figura del
“campeón moral” puede ser un consuelo en las
pérdidas deportivas, pero en estos comicios la
derrota real no pudo revertirse y las
responsabilidades, méritos y defectos, más tarde
o más temprano tendrán dueños, pese al refrán
popular que dice que las derrotas son huérfanas.
En su discurso de la víspera, rodeado por los
miembros del gabinete nacional en acto solidario,
Daniel Filmus se hizo cargo de la pérdida, con la
misma integridad individual que mostró en toda la
campaña. En rigor, el ministro de Educación
exhibió energía y templanza que no habían
aflorado en sus tareas del área educativa. Anoche
prometió que seguiría comprometido con el destino
de la ciudad y, quién sabe, a lo mejor le vendría
bien al distrito un cambio de autoridades partidarias.
Para el presidente Néstor Kirchner ayer no fue un
buen día. Al triunfo de Macri en la Capital se
sumó la derrota de Coccaro, el gobernador de
Tierra del Fuego y candidato del Frente para la
Victoria, a manos de la joven farmacéutica
Fabiana Ríos, una militante radical sumada al ARI
después de la implosión nacional de la UCR,
casada con un concejal del partido de Elisa
Carrió, que anoche festejó como si el distrito
del extremo austral le perteneciera. La
gobernadora electa lo dijo así en su discurso de
triunfo: “Algunos dicen que éste es un triunfo
del ARI, pero en realidad es de los fueguinos”,
que por seis puntos de diferencia en el
escrutinio (52 a 46 en porcentajes redondos) se
anotaron, nada menos, que la primera elección de
una mujer para la gobernación. De las últimas
cinco elecciones en Tierra del Fuego, cuatro se
decidieron en la segunda vuelta y en dos de esos
ballottages perdió el candidato oficialista. Pese
a estos antecedentes, tal vez el Presidente y sus
consejeros deberían pensar con más detalle, con
serenidad y sensatez, sobre sus políticas de
alianzas en los distritos, sobre todo porque
Kirchner construyó poder en su relación con la
sociedad, pero carece de un partido propio y
mucho menos de alcance nacional. La
transversalidad primero y después la convergencia
plural no son mucho más que elaboraciones
teóricas y acuerdos cupulares con intendentes y
gobernadores de distintas banderías a los que
reúne el interés más que el amor compartido. Como
sucedió con Misiones, el jefe de Estado tarda un
poco en digerir las frustraciones, pero luego
sale del trance hasta con sentido autocrítico. La
gente que sabe repite el mismo consejo: “Mejor prevenir que curar”.
***
Nacido y criado para hacerse cargo de un imperio
económico, la vida del flamante jefe de Gobierno
electo está signada por la difícil relación con su padre Franco.
El dueño de la derecha
Por Susana Viau
La política juega a la ronda catonga. El
ingeniero Mauricio Macri llega, por el voto
popular, al lugar que años antes, pero a riguroso
dedo, ocupó su empleado, el licenciado Carlos
Grosso; Grosso, a su vez, hizo debutar en el
funcionariado local al derrotado Daniel Filmus.
No fue Grosso el único punto de cruce entre los
candidatos: en 1995, una dura pelea librada muros
adentro de la Bombonera consagró victorioso al
ingeniero frente al actual candidato a vice de
Filmus, el banquero cooperativista Carlos Heller,
por entonces vice de Antonio Alegre, el hombre
que dio pie a que la Argentina fuera llamada Boca
Juniors porque en el país, a esas fechas, el
único Alegre era el presidente. Sí señor, la
política es una puerta giratoria y por ella acaba
de hacer su aparición protagónica el joven
magnate nacido en Tandil el 2 de febrero de 1959
bajo el signo de Acuario, o del cerdo en el
horóscopo chino, y no es éste un dato banal,
porque Franco, su padre, tiene excelentes
relaciones con el gigante asiático y una punta
más que interesante para desarrollar en conjunto un auto económico.
El apellido del próximo jefe de Gobierno es
inseparable de la obra pública y con ello
especuló Néstor Kirchner al hacer retintinear con
escasos dividendos el “Mauricio, que es Macri”. A
los contratos del Estado estuvo ligado Franco, su
padre, que era apenas un adolescente al
desembarcar en Buenos Aires en el verano de 1949.
Eran años en que los italianos cruzaban el mar,
inseguros del rumbo que tomaría la historia sin
el Duce: así llegó Agostino Rocca, el “ministro
del acero” del fascio, en 1945, y así llegó, en
la misma fecha, Vittorio, el hijo de Benito
Mussolini. El abuelo Giorgio Macri quería que
Franco fuese ingeniero. El sueño quedó incumplido
porque el muchacho rindió algunas materias y
abandonó, necesitado del dinero contante y
sonante que obtuvo con sacrificio, trabajando
–cuenta Silvia Naishtat– en la constructora Sadop
(Sociedad Anónima de Obras Públicas), propiedad
de la familia Salleri, a la que el gobierno
peronista había adjudicado la ejecución del
proyecto de Ciudad Evita. El trabajo en relación
de dependencia no era para Franco, que fundó
Demaco, su primera constructora. Del matrimonio
de Franco con Alicia Blanco Villegas nacieron
cuatro descendientes: Mauricio, Gianfranco,
Sandra y Mariano. Del segundo nació Florencia, la
benjamina, la preferida, un auténtico dolor de
cabeza, dedicada a estudiar cine y a flirtear con
un presunto secuestrador, tan luego ella, víctima
de un secuestro extorsivo. De todos modos, Franco
Macri, el jefe de la dinastía, ha confesado a sus
biógrafos que en su universo las mujeres no
participan de los negocios sino de las tareas de
la casa o, en el peor de los casos, de cualquier
actividad sin riesgo financiero. Además, admitió
ser pragmático en cuestiones amorosas: las
esposas pasan, los hijos quedan. El emporio Macri
estaba destinado, por lo tanto, a ser timoneado
por los varones del clan, que mientras aguardaban
su oportunidad iban a recibir una educación esmerada.
Mauricio fue anotado en un colegio frecuentado
por las clases altas y codiciado por los
arribistas, el Cardenal Newman, un baluarte en
tres aspectos sustanciales de la educación de un
heredero: el dominio del inglés, la práctica del
rugby y los contactos sociales. Quizás a Mauricio
le haya pesado como una losa el mandato paterno y
para cumplirlo se recibió de ingeniero en la
Universidad Católica. Si bien nunca ahondó en el
alcance de sus declaraciones, describió esa etapa
como “una pesadilla”. El dinero no es todo y aun
la vida de los privilegiados tiene sus
turbulencias. A los 18 años Mauricio Macri
recurrió al diván y a los 22 estaba casado con
Ivonne Bordeu, madre de sus tres hijos. De
Mauricio y su temprano matrimonio, Franco habló
con condescendencia: “La convivencia con padres
separados pudo haber acelerado su casamiento. El
y su mujer eran muy jóvenes. El peso de la
responsabilidad era tan grande que nunca tuvo la
experiencia de sentirse libre y disfrutar de la
vida de un joven”. Mauricio admitiría con el
tiempo que no es un buen marido, cuanto más, un
ex aceptable. Franco, de todos modos, guardaba in
pectore los planes que tenía para Mauricio:
convertirlo en la cabeza de un imperio que en
1976 contaba con 7 empresas y en 1980 con 47,
generadoras de 180 millones de dólares de deuda externa.
¿Es papá el amo?
Tras una fugaz colaboración con la Secretaría de
Turismo hacia el fin de la dictadura, Mauricio
respondió al deseo paterno con un maratón de
títulos y puestos empresariales. En 1983 fue
controller de Sideco en Venezuela; en 1984 pasó
seis meses en el Departamento de Créditos del
Citibank; en 1984 aterrizó en Socma –nombre del
grupo Sociedades Macri– y en 1985 ascendió a
gerente general; entre 1985 y 1992 ocupó la
vicepresidencia y la presidencia de Sideco; de
1992 a 1994 se hizo cargo de la vicepresidencia y
la presidencia de Sevel. En 1993 el juez Carlos
Liporace lo procesó por contrabando agravado. La
Justicia bautizó el escándalo como “el caso
Opalsen”, e investigó a Sevel por una falsa
importación de autos desde Uruguay. En 1991 la
“banda de los comisarios” secuestró a Mauricio.
Fue Franco quien se puso al frente de las
negociaciones. Nunca se sabrá si fueron 6 o 20
millones de pesos/dólares los que pagó por la
libertad de su hijo. Ambos mantuvieron siempre
una relación difícil, que mejoró ahora “que hace
años que no trabajo con él”, contó Mauricio. Se
ven una vez por semana, para jugar a las cartas
en una mesa de amigos. Y no conversan demasiado
porque “si se juega a las cartas, se juega a las cartas”.
Es probable que aquellos hechos y el “caso
Opalsen” hayan funcionado como una bisagra en la
cabeza de Mauricio Macri: volvió al
psicoanálisis, siguió católico pero dejó la
práctica y en 1995 se casó con Isabel Menditeguy;
además, y contra la opinión de su padre, se
candidateó a la presidencia de Boca Juniors.
Este, preocupado por la alta exposición del
apellido, que ya tenía demasiados problemas para
agregar el de la compra y venta de jugadores, le
endosó, por si las moscas, un ladero, un hombre
de confianza y ejecutivo del Grupo, Orlando
Salvestrini. El debut del heredero en el mundo
deportivo resultó polémico: formó un fondo de
inversión, La Xeneixe, que nació y murió rodeado
de sospechas, impulsó la modificación de los
estatutos, exigió que los directivos demostraran
un patrimonio personal de, por lo menos, tres
millones y anunció que se había acabado “la
reelección indefinida. Sólo habrá una reelección.
Yo en Boca estaré tres años. Si tengo energía
seguiré otros tres y después vendrá otra persona”.
Pronto, en febrero de 1997, dejó entrever sus
intenciones de saltar a la arena política, aunque
aseguró que eso sólo ocurriría una vez finalizado
su compromiso con el club. No obtuvo la
aprobación de los balances ni cumplió ninguna de
las otras dos promesas: el máximo de seis años en
la presidencia de Boca se estiró a doce,
mientras, en paralelo, se candidateó a jefe de
Gobierno (2005) y ganó una banca como diputado
nacional en la que casi nunca posó las
asentaderas, un déficit que el kirchnerismo le
recordó sin hacerle mucha mella puesto que es vox
populi que los legisladores suelen escaparle a
los parámetros sarmientinos. Con el hándicap que
le dio el haber sido ignorado como adversario en
la primera vuelta, buscó profundizar el anclaje
en el espacio de la “derecha moderna”, derecha
pura y dura pero sin las aristas del fanatismo
religioso y la retórica fascista: una derecha
todavía sin dueño. Tenía a favor juventud,
divorcios y hasta el nombre del partido, PRO,
destinado a evocar lo positivo, el futuro, la
acción y también la jerga veinteañera, el
universo de lo grosso, lo cool y lo power. En
síntesis, un velo que atenuara la dureza del
realismo que suele adjudicarse como un don la
gran burguesía, restañara las heridas abiertas
por las opiniones cavernarias sobre cartoneros,
piqueteros y minorías e hiciera amena y amigable
la insinuación de degollinas masivas de empleados comunales.
Mauricio Macri comprendió que a la estrategia
milimétrica le faltaba carnadura, sustancia, que
a su perfil sereno y frío había que compensarlo
con un rostro suave y cálido, y en una maniobra
audaz resolvió mover la dama. Ella, Gabriela
Michetti, dominó el centro del tablero,
neutralizó el papelón de Juan Carlos Blumberg y
se convirtió en pilar del triunfo en el
ballottage. Atrás, muy atrás venían los recursos
tontorrones de las campanitas, las propuestas por
hora y el maillot amarillo de ciclista que
identificó al binomio PRO en el sprint final. El
domingo, el éxito PRO aportó dos evidencias: a la
derecha le ha nacido una estrella y no es Macri.
Una estrella que tiene el estilo de Ségolène
Royal y el alma de Nicolás Sarkozy, dos que al
fin y al cabo tampoco son tan distintos entre sí.
La otra es que Mauricio le demostró a Franco que,
tal como asegura el sponsor del enemigo aviar,
“impossible is nothing”. Un batacazo. Como dijo
el torero Jesulín de Ubrique: “En dos palabras: im-presionante”.
***
GABRIELA MICHETTI: UNA FICHA EN EL CASILLERO CORRECTO
La chica de ruedas
Por Sandra Russo
Sólida, habladora, carismática, activa y
encaradora, la segunda de Macri en la fórmula
porteña parece haber sido la gran palanca que
movió el voto. Con una historia personal donde se
mezcla la devoción católica con la capacidad de
remontar momentos más que difíciles, su capacidad
es innegable. El quiebre, no sorprende, es la parte ideológica.
Podría decirse, después de estar un par de horas
leyendo la historia de vida y las definiciones de
Gabriela Michetti, que cuando Mauricio Macri
inventó el PRO, con sus famosos “equipos
técnicos” de trabajo, puso una ficha en el
casillero correcto. Puede haberlo hecho incluso
sin conciencia de que esa ficha iba a empujar
otra y ésta a otra, en un movimiento dominó que
culminaría el día en el que una funcionaria
técnica de la Cancillería se acercó a ese partido
nuevo, y compró. Michetti, que admite entre risas
que la llaman “la chica de ruedas” y puede dar
cátedra acerca de lo que implica aceptar una
realidad adversa y hacer algo nuevo con ella,
concentra en su imagen y en su discurso todo lo
que Macri debe haber soñado alguna vez, incluso
sin ser consciente de soñarlo: Michetti es una
líder carismática a quien es inútil y
eventualmente injusto disimularle la estatura.
Viene de fábrica con la obsesión de ser la mejor
en todo, un accidente terrible no hizo más que
regar aquella obsesión, y ella no perdió un
minuto desde entonces. Michetti no toma aliento: no puede parar de ir por más.
En Laprida, el pueblo donde creció y donde
también, años más tarde, se accidentó, su padre
“era el médico más prestigioso”. Su madre, “la
esposa del médico, divina, un amor”, y ella, la
abanderada. Su CV indica que se recibió de
Licenciada en Relaciones Internacionales en la
Universidad del Salvador, y que siempre le sobró
paño para manejarse en escenarios en los que
había que tener no sólo inteligencia sino también
una formación concreta y sólida. Si de solidez se
trata, Michetti es una roca. Y tal vez ése sea el
mayor atractivo de su magnetismo, en estos
tiempos en los que están tan en boga los
conceptos de sólido y líquido para discriminar
entre tendencias y fenómenos: Michetti es un
cóctel de significados tan intensos, dueña de una
personalidad tan evidentemente sólida, que
encandila a un electorado líquido que si no fuera
por ella no tendría dónde anclar sus
expectativas. Es ella, al lado de él, la que
tranquiliza a parte de ese electorado. Es ella,
con su prueba superada de la silla de ruedas, la
que habla hasta por los codos y dice lo que los
suyos esperan escuchar, la que construye espacio
político. Y la que deja dudas sobre qué hará con
ese espacio, porque habría que ver qué pensaría
su maestro, Carlos Auyero, de tantos dones al
servicio de un proyecto liderado por Macri.
De familia católica y ella misma católica
practicante, se entienden los puntos en común que
tiene Michetti con Elisa Carrió: además del amor
a Dios, las une el recelo a los Kirchner. Como
Carrió, Michetti detesta “la agresividad” no sólo
de este gobierno, sino de “los políticos en
general”. El “no responder a los agravios” de
Macri debe haber sido un consejo de Michetti,
quien por otra parte ha reconocido públicamente
que “a Mauricio le cuesta expresarse”. Es
interesante observar en este punto a qué le llama
Michetti “agresividad”, y preguntarse si su
ambición no le ha hecho dejar en suspenso algunos
de los postulados de su vieja militancia
democristiana. Por ejemplo, cuando se le pregunta
por los negocios de Franco Macri, y ella
contesta: “Lo que tengo es lo que Mauricio siente
por él, evidentemente lo quiere mucho a su padre,
y las consideraciones que él hace respecto de que
su padre ha sido un empresario a quien
injustamente no se le han valorado muchísimas
cosas buenas, como la generación de empleo y el
tipo de trato de los recursos humanos, cosas que
mucha gente reconoce dentro del ambiente
industrial. También esa sensación de una persona
controvertida a partir de las vinculaciones con
el Estado, que no necesariamente tienen que ser
malas, porque el Estado necesita hacer
licitaciones y necesita de los empresarios”.
Bien: en afirmaciones como ésta, lo sólido se
derrite, la ideología aparece, el rigor se
ablanda, la chica de ruedas con currículum de
lujo se permite las simplificaciones más burdas y
deja entrever que hay gente que no puede parar de ir por más, como sea.
No descarta ser candidata a presidenta en el
2011, y tal vez lo sea. ¿Por qué no? Nada queda
fuera del alcance de esta mujer a quien cuesta
mucho, demasiado, imaginársela sin respuestas,
sin optimismo, sin garra. Las pezuñas las empezó
a exhibir públicamente cuando comandó la maniobra
política para dejar fuera de juego a Aníbal
Ibarra, por quien siente una vieja aversión. Como
su amiga Carrió, Michetti también habla de amor y
buena onda pero hay ocasiones en las que pierde
los estribos y le asoma una bilis ácida, una vocación de aplastamiento.
“En verdad, yo no siento que me tenga que definir
así por donde en el imaginario, la
centroizquierda es la dueña exclusiva de la
sensibilidad, los derechos humanos y la gente
pobre, y la derecha es el orden, la eficiencia”,
ha dicho. De hecho, el PRO quiso hacerse “dueño”
de la gente pobre en el lanzamiento de campaña y
salió mal. Pero los desalientos Michetti los
combate con fe, y su asesor espiritual es nada
menos que el cardenal Jorge Bergoglio, a quien ve
“bastante habitualmente, cuando necesito
conversar con alguien que me imparta sabiduría”.
Se siente afortunada, Michetti, de tener el
“honor espectacular” de que Bergoglio le conceda
entrevistas cada vez que ella lo necesita. “Me
encantaría verlo más seguido, pero tampoco lo quiero molestar tanto”, dice.
Cuando se accidentó, y su papá fue a verla a la
clínica donde la habían llevado, ella cuenta que
le dijo: “No te preocupes, voy a ser feliz igual
en silla de ruedas”. De hecho, en una de las
páginas del sitio web del PRO hay un artículo
titulado: “Me dolió más mi divorcio que el
accidente”. Es que Michetti pertenece, a
diferencia de Mauricio (¡y ni hablar de Franco!),
a esa clase media católica que se casa para toda
la vida, pase lo que pase, haya o no consenso.
Mantener a flote un matrimonio depende de dos
personas, no de una sola. Pero de una sola
persona sí depende revertir una desgracia
personal e imprimirle a una silla de ruedas un
lustre supersónico, biónico y pro.
Cuando llegó a la política, Michetti, después de
nueve años de rehabilitación, la abandonó. Eran
pocos los progresos y demasiado el esfuerzo, ha
explicado. Y la verdad, Michetti descubrió otra
forma de avanzar, para la cual su silla de ruedas
no es un impedimento. Ella tiene su dream team y
es un frente con López Murphy, Carrió y Lavagna.
Dice que hoy votaría por Carrió, claro. Sueña con
ser la artífice de ese acercamiento.
Políticamente correcta, dueña de un poder de
seducción nuevo a los ojos masivos, Michetti en
las entrevistas y personalmente es esa buena mina
de la que todas nos haríamos amigas. Irradia una
fuerza de voluntad de un voltaje increíble, y
podría ser coronada ya mismo Reina de la
Antiautocompasión. Pero ideológicamente, porque
mal que les pese a los del PRO todavía somos
muchos los que pensamos el mundo en términos
ideológicos, y creemos que las ideologías son las
que desde el principio de la historia han sido la
vara que dividió muy pocos bienes entre
muchísimas personas, haciendo de algunas de ellas
seres humanos y de otro montón pura basura,
Michetti es líquida. Hace agua cuando, por
ejemplo, dice que “en la Argentina de hoy, para
construir se necesita tener un gobierno para
generar gestión concreta”. Como si existiera
alguna gestión concreta abstracta, cuyo resultado
no sea un costo o un beneficio. Como si se
pudiera estar de los dos lados. Ahí la sólida Michetti hace glu.
***
Una nueva carrera
De cargos y oposiciones
Por Nora Veiras
“Tenemos un dirigente en serio en la ciudad, con
votos, respetable, que ha crecido. Este no es el
final sino el inicio de la construcción de algo
distinto.” El reducido grupo de confianza y
confidente de Daniel Filmus analiza la derrota
electoral en términos de victoria a futuro. Con
el 40 por ciento de los votos, el ministro de
Educación despuntó en su primera contienda para
un cargo electivo como el peronista más votado en
el segundo distrito del país desde el retorno a
la democracia. Ese bagaje lo posiciona casi como
número puesto para una banca a senador o diputado
por la ciudad en octubre. “Hay cierta
inevitabilidad en la política”, se lo escuchó
decir a Filmus cuando algunos se lanzaban a
especular sobre su futuro inmediato. En otras
palabras, sabe que su lugar será el indicado por el proyecto kirchnerista.
“Hoy lo único seguro es que Daniel no quiere otro
período como ministro. Eso ya está”, repiten sus
colaboradores. Este sociólogo de 52 años que
empezó a militar en el peronismo en los albores
de los ’80 consolidó su carrera desde la
educación. Subsecretario del área durante la
gestión de Carlos Grosso, luego director de la
Facultad Latinoamérica de Ciencias Sociales
(Flacso), asesor de la ministra Susana Decibe
durante el gobierno de Carlos Menem, secretario
durante la Jefatura de Gobierno aliancista de
Aníbal Ibarra y ministro con Kirchner, su
trayectoria encontró una bisagra. A partir de la
campaña electoral que acaba de terminar, Filmus
dejó el lugar de técnico, de especialista, para
transformarse en un candidato apetecible para la contienda política.
“Tardamos más de veinte años en generar un
dirigente con futuro. Desde Carlos Grosso que el
peronismo porteño no tenía una figura de
envergadura”, memoró un dirigente del Frente para
la Victoria que, lejos de asociar el destino del
ex intendente al del ministro, apuntaba la mira a
las expectativas que había generado Grosso como
referente de un proyecto renovador.
El kirchnerismo porteño no es exactamente una
cantera de dirigentes carismáticos para lanzar al
ruedo en octubre. En ese escenario Filmus podría
ser el primer candidato a senador. Esa banca le
interesa más que la de diputado en la que también
tiene chances de ser la figura elegida. La
posibilidad de consolidarse como referente
político porteño en los próximos cuatro años para
insistir por el cargo que esta vez los votos le
entregaron a Mauricio Macri es una de las hipótesis manejadas.
Filmus siempre se imaginó en puestos ejecutivos,
la tarea legislativa no lo seduce especialmente,
pero sabe que “se debe a la causa”. La “causa” no
es otra que la voluntad del oficialismo para
ubicar a sus hombres y mujeres en los casilleros
que considere más convenientes. Los filmusistas
saben que su referente jamás osaría imitar a
Rafael Bielsa, el ex canciller que primero aceptó
y luego rechazó la embajada en Francia tras la
derrota en los comicios legislativos de hace dos
años. El desplante lo sacó del círculo de
confianza en que se cierra el kirchnerismo.
¿Quién será el líder de la oposición a Macri en
la ciudad? Esa es una de las dudas en torno del
papel de Filmus. Sus colaboradores no lo ven
asumiendo el rol de fiscal de la gestión de la
derecha. Aseguran que el ministro de Salud, Ginés
González García, elegido legislador por el
oficialismo, tiene un perfil más adecuado para
dar esa batalla. Descuentan también que Aníbal
Ibarra, que ganó su banca por Diálogo por Buenos
Aires, está dispuesto a –es más, espera– su
revancha. En marzo del 2006 fue destituido por la
Legislatura a raíz de la tragedia de Cromañón;
fueron los macristas quienes encabezaron la
embestida. Dependerá de los movimientos en el
nuevo tablero durante los próximos cuatro años
para saber si la revancha lo llevará a querer volver a la Jefatura de Gobierno.
“Hay que ver cómo funciona la alianza del Frente
para la Victoria con Diálogo por Buenos Aires. Si
esa convivencia de peronistas, socialistas,
radicales sueltos, izquierda, organismos de
derechos humanos puede consolidarse o será un
cambalache que se desintegre sin más”, repetía un
analista incrédulo por la fortaleza de acuerdos
que respaldaron a Filmus. El jefe de Gabinete,
Alberto Fernández, quien bendijo la postulación
del ministro de Educación, salió airoso de su
batalla más personal que política con Jorge
Telerman, al dejarlo fuera del ballottage y
colocar a su hombre en el segundo puesto.
Fernández se proyectó más de una vez como el
candidato a jefe de Gobierno, pero sucesivas
encuestas parecen haberlo convencido de abandonar
el desafío. Ante esa certeza, la mirada la fijó
en Filmus como el dirigente que encarna “el kirchnerismo” en la ciudad.
“Empezamos con el 6 por ciento y llegamos al 40
por ciento, es Daniel (Filmus) el que logró esa
epopeya”, repetían anoche los amigos del
ministro. El aval de los votos determina otra
relación de fuerzas. Reconocen que “Alberto” es
el jefe político del distrito, pero “Daniel” es
el que logró el apoyo de la gente. La relación
con el presidente Néstor Kirchner se afianzó a lo
largo de la campaña y los oficialistas recuerdan
que “primero tuvimos que luchar contra la idea de
que a Filmus lo iban a bajar porque no llegaba.
Fue Telerman el que puso la fecha de elecciones
con el sólo fin de evitar el posicionamiento de
Daniel, ni eso le salió bien. Y logramos perforar
los 40 puntos en el ballottage. Ahora empieza otra etapa”.
Filmus es ahora la principal figura de la
oposición en la Ciudad de Buenos Aires. El
kirchnerismo mira hacia adelante y prefiere no
analizar qué pasó para que la derecha empresaria
llegara al poder, por vía democrática, en la vidriera del país.
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