JA !!!
Después de larga (e inexplicable) ausencia...
Nos volvemos a equivocar...
(ojalá que no vuelva a ocurrir...)
Paraleer por e@mail
9 años liberando textos...
¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬
[P/Lx@] "Fe de etarras"
Rápido de reflejos, nos escribe nuestro amigo
Leo, paralector "de la primera hora", sobre el
número que enviamos mal atribuido a don Eduardo
Galeano, y que resulta ser de otro conocido uruguayo...
Nos cuenta Leo:
"Yo lo recibí y me encantó y cuando me puse a
buscar en Internet, resulta que no es de Galeano !!!
En varias páginas figura como perteneciente a
Galeano pero es sin embargo de otro escritor
uruguayo, Marciano Durán, a quien yo no conocía
en verdad.
Aquí la página de este escritor:
http://www.marcianoduran.com.uy/
El foro donde el mismo Durán reconoce su autoría:
http://www.redota.com/foros/carpeta.asp?ForoID=160&MsgID=198709
Y más no se del tema.
Un abrazo
LEO"
Así que, estimados paralectores, el daño ha sido
reparado y volvemos a reproducir el texto con el
nombre de su autor para el "copie-pegue y
distribuya" que hacen muchos de nuestros amigos. Aqui va...
Por qué todavía no me compré un DVD
por Marciano Durán
Lo que me pasa es que no consigo andar por el
mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo
siguiente sólo porque a alguien se le ocurre
agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto con mi mujer lavábamos los pañales
de los críos. Los colgábamos en la cuerda junto a
otra ropita; los planchábamos, los doblábamos y
los preparábamos para que los volvieran a
ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas
crecieron y tuvieron sus propios hijos se
encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo
los pañales). ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!
Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le
costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy
desechables! Y así anduvimos por las calles
guardando los mocos en el bolsillo y las grasas
en los repasadores. Y nuestras hermanas y novias
se las arreglaban como podían con algodones para
enfrentar mes a mes su fertilidad.
¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo
es que en algún momento me distraje, me caí del
mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más
probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto.
Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo
de música una vez por año, el celular cada tres
meses o el monitor de la computadora todas las navidades.
¡Guardo los vasos desechables!
¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!
¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de
espuma plástica de los pollos! ¡Los cubiertos de
plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se
compraban para toda la vida. ¡Es más! ¡Se
compraban para la vida de los que venían después!
La gente heredaba relojes de pared, juegos de
copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas y
escupideras de loza. Y resulta que en nuestro no
tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas
que las que había en todo el barrio en mi
infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.
¡Nos están fastidiando! ¡¡Yo los descubrí. Lo
hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida,
se quiebra o se consume al poco tiempo para que
tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.
¿Dónde están los zapateros arreglando las medias
suelas de las Nike? ¿Alguien ha visto a algún
colchonero escardando sommiers casa por casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El
afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para
los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y mientras tanto
producimos más y más basura. El otro día leí que
se produjo más basura en los últimos 40 años que
en toda la historia de la humanidad. El que tenga
menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo
era niño por mi casa no pasaba el basurero!! ¡¡Lo
juro!! ¡Y tengo menos de........... años! Todos
los desechos eran orgánicos e iban a parar al
gallinero, a los patos o a los conejos (y no
estoy hablando del siglo XVII). No existía el plástico ni el nylon.
La goma sólo la veíamos en las ruedas de los
autos y las que no estaban rodando las quemábamos
en San Juan. Los pocos desechos que no se comían
los animales, servían de abono o se quemaban.
De por ahí vengo yo. Y no es que haya sido mejor.
Es que no es fácil para un pobre tipo al que
educaron en el 'guarde y guarde que alguna vez
puede servir para algo' pasarse al 'compre y tire
que ya se viene el modelo nuevo'.
Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y
los hijos de mis amigos no sólo cambian de
celular una vez por semana, sino que además
cambian el número, la dirección electrónica y
hasta la dirección real. Y a mí me prepararon
para vivir con el mismo número, la misma mujer,
la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo)
Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo
que servía y lo que no. Porque algún día las
cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.
Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos
explicaron qué cosas nos podían servir y qué
cosas no. Y en el afán de guardar(porque éramos
de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de
nuestro primer hijo, el diente del segundo, las
carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita.
¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se
desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?
En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El
primer cajón era para los manteles y los
repasadores, el segundo para los cubiertos y el
tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto.
Y guardábamos. ¡¡Como guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!!
¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!
¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para
poner delante de la puerta para quitarnos el
barro. Dobladas y enganchadas a una piola se
convertían en cortinas para los bares. Al
terminar las clases le sacábamos el corcho, las
martillábamos y las clavábamos en una tablita
para hacer los instrumentos para la fiesta de fin
de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!
Las cosas que usábamos: mantillas de faroles,
ruleros, ondulines y agujas de primus.
Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que
perdían a sus camisas y carreteles que se
quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón.
Partes de lapiceras que algún día podíamos volver
a precisar. Tubitos de plástico sin la tinta,
tubitos de tinta sin el plástico, capuchones sin
la lapicera, lapiceras sin el capuchón.
Encendedores sin gas o encendedores que perdían
el resorte. Resortes que perdían a su encendedor.
Cuando el mundo se exprimía el cerebro para
inventar encendedores que se tiraban al terminar
su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables.
Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se
convertían en sacapuntas por todo el ciclo
escolar. Y nuestros cajones guardaban las
llavecitas de las latas de sardinas o del corned
beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave.
¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica
pasaban del congelador al techo de la casa.
Porque no sabíamos bien si había que darles calor
o frío para que vivieran un poco más. No nos
resignábamos a que se terminara su vida útil, no
podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.
Las cosas no eran desechables. Eran guardables.
¡¡Los diarios!! Servían para todo: para hacer
plantillas para las botas de goma, para poner en
el piso los días de lluvia y por sobre todas las
cosas para envolver!!. ¡Las veces que nos
enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates
y de los cigarros para hacer guías de pinitos de
navidad y las páginas del almanaque para hacer
cuadros y los cuentagotas de los remedios por si
algún medicamento no traía el cuentagotas y los
fósforos usados porque podíamos prender una
hornalla de la Volcán desde la otra que estaba
prendida y las cajas de zapatos que se
convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y
las cajas de cigarros Richmond se volvían
cinturones y posa-mates y los frasquitos de las
inyecciones con tapitas de goma se amontonaban
vaya a saber con qué intención, y los mazos de
naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con
la inscripción a mano en una sota de espada que
decía 'este es un 4 de bastos'.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de
palillos de ropa (broches) y el ganchito de
metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos
que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho
declarar la muerte de nuestros objetos. Así como
hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos'
apenas aparentan dejar de servir, aquellos
tiempos eran de no declarar muerto a nada. Ni a Walt Disney.
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya
tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase
el helado y después tire la copita', nosotros
dijimos que sí, pero, ¡minga que la íbamos a
tirar! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas.
Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron
macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas
de plástico se tansformaron en adornos de dudosa
belleza. Las hueveras se convirtieron en
depósitos de acuarelas, las tapas de bollones en
ceniceros, las primeras latas de cerveza en
portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.
Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los
valores que se desechan y los que preservábamos.
Ah¡ No lo voy a hacer!
Me muero por decir que hoy no sólo los
electrodomésticos son desechables; que también el
matrimonio y hasta la amistad es descartable.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas.
Me muerdo para no hablar de la identidad que se
va perdiendo, de la memoria colectiva que se va
tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer.
No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a
lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.
No voy a decir que a los ancianos se les declara
la muerte apenas empiezan a fallar en sus
funciones, que los cónyuges se cambian por
modelos más nuevos, que a las personas que les
falta alguna función se les discrimina o que
valoran más a los lindos, con brillo y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares.
De lo contrario, si mezcláramos las cosas,
tendría que plantearme seriamente entregar a la
bruja como parte de pago de una señora con menos
kilómetros y alguna función nueva.
Pero yo soy lento para transitar este mundo de la
reposición y corro el riesgo de que la bruja me
gane de mano y sea yo el entregado.
Hasta aquí.
Gracias a Leo por esta colaboración.
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