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[P/Lx@977] Los 100 años de Oscar Niemeyer   Lista de mensajes  
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Daños Colaterales presenta:
Nos engañañaron con el "día del amigo"...
Si el autoatentado a las torres gemelas que
relata la película Loose Change te resultó inquietante... no te pierdas ésta:
"La Conspiración más Grande de todos los Tiempos
- Algo extraño pasó en la Luna"
(donde en realidad, hasta y después del 20/7/69 sigue sin pasar nada...)
Clic aqui para ver la pelicula:
http://www.tu.tv/tutvweb2.swf?kpt=aHR0cDovL3d3dy50dS50di92aWRlb3Njb2RpL2UvbC9lbC\
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Y la conspiración must go on...
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[P/Lx@] Arquitectura Paraleer
Dos excelentes artículos sobre el centenario del
gran maestro de la arquitectura latinoamericana.

Oscar Niemeyer, un genio de las formas

El genial arquitecto brasileño acaba de cumplir
100 años y sigue en plena actividad. Ligado
profundamente al espíritu sensual de su pueblo,
en esta entrevista habla de sus trabajos y de sus ideas innovadoras.
Por: Chris Dercon

EL SIGLO DE UN GRANDE. Oscar Niemeyer diseñó la
ciudad de Brasilia. Su espíritu vanguardista y
modernizador lo convierte en uno de los casos más
atractivos y geniales de la arquitectura del siglo XX.

El pulcro anciano de cabello negro como el
azabache que está en la recepción del Copacabana
Palace debe de ser el músico Sergio Mendes. Es
conocido por sus ritmos de bossa nova pasados por
el filtro estadounidense en las décadas de 1960 y
1970. El día anterior me había comprado su
trabajo más reciente, Timeless, en una de las
mayores tiendas de discos del mundo, Modern
Sound, en la Rua Barata Ribiero de Copacabana. Mi
visita a Río estuvo llena de música. Oscar
Niemeyer rindió su habitual tributo a la
brasileñidad de los grandes genios de la bossa
nova, sus viejos amigos Vinicius de Moraes y
Antonio Carlos Jobim, cuyo encanto y sensualidad
gusta de comparar con su propia arquitectura.
Sergio Mendes debe de ser demasiado
estadounidense para él. Sin embargo, parece ser
que Niemeyer -él mismo un gran guitarrista-
prefiere las melodías populares del nordeste
brasileño. La víspera se había celebrado en
Copacabana una manifestación en favor de los
discapacitados que estuvo acompañada por un trío
eléctrico bahíano, uno de esos inmensos
escenarios móviles que difunden ritmos brasileños
por medio de una megafonía formidable. Por la
noche fuimos con Cesar, Maria, Luciano, Cesinha y
Julia –los brasileños tienen unos nombres
fantásticos– al club Carioca da Gema en Lapa, el
centro de Río, para escuchar samba tradicional.

¿Qué otra cosa se puede hacer en el Día nacional
del samba? Pasamos por delante del iluminadísimo
Sambodromo de Niemeyer, el estadio dedicado al
samba y construido como una calle inmensa
jalonada de tribunas donde las escuelas de samba
estaban ya ensayando para el carnaval. ¡Una
fiesta nacional dedicada al samba! Con la
estrella Gilberto Gil dirigiendo el Ministerio de
Cultura, la música popular no es sólo un derecho
humano, sino un asunto de Estado. Todos se
confunden en la pista de baile: jóvenes y viejos,
gordos y anoréxicas, mulatos, blancos y negros,
prostitutas feas y atractivos travestis, familias
completas y guapísimas mujeres solas. Todos se
mueven al adictivo tictacticbom del samba.
Algunos bailarines imitan el sonido profundo de
la letra. Tictacticbom -"el samba nunca morirá"-,
la boca se abre para gritar que no; tictacticbom
-"el samba soy yo"-, las manos y los dedos se
alzan en el aire; tictacticbom -"en mi casa
siempre hay samba"-, las cabezas asienten con
energía; tictacticbom -"aunque pierda la casa me
queda el samba"-, brazos alzados con espíritu
angélico; tictacticbom -"porque la samba soy
yo"-, dedos señalándose el pecho: tictacticbom
–"mañana todo irá mejor"-, manos enviando besos;
tictacticbom -"porque el samba soy yo".

Para el legendario arquitecto brasileño Oscar
Niemeyer esas cuestiones son mucho más
importantes, afirma, que la arquitectura como
tal. "Hay mucha miseria en este mundo y, en
particular, en Brasil", me dice; "pero ¿qué
podemos hacer?" Niemeyer arde en deseos de
mencionar a su viejo amigo Fidel Castro, a sus
nuevos amigos Hugo Chávez y Evo Morales, los
presidentes Venezuela y Bolivia, así como a su
amigo brasileño, Lula, que es sobre todo su amigo
porque mantiene una política exterior amistosa
con las políticas de Chávez y Morales.

Niemeyer tiene muchísimos amigos, de los cuales
sólo unos pocos son arquitectos. Lo que todos
esos insignes políticos tienen en común es, según
Niemeyer, que actúan para mejorar la condición
humana y, por lo tanto, son más importantes que
los arquitectos. "Como la poesía, la arquitectura
por sí misma no puede cambiar el mundo", afirma
Niemeyer con tono resignado. Pero, ¿qué ha hecho
o hace él para mejorar el mundo? Cuando tuvimos
nuestro encuentro, Niemeyer estaba diseñando un
centro de congresos en Fortaleza, en el nordeste
del país, para el Movimiento de los sin Tierra,
una organización de trabajadores pobres de las
zonas rurales. "Un arquitecto solo no puede
solucionar sus problemas ni los problemas de la
favela, porque eso es como luchar contra la
naturaleza o contra la naturaleza de una montaña.
Sin embargo, podemos ofrecer mejoras paralelas,
como construir escuelas, o nuevas infraestructuras deportivas o culturales".

A lo largo de este año se ha hecho público el
anuncio de que va a construir el estadio donde se
celebrará el Mundial de Fútbol que acogerá Brasil
en el año 2014, y que si alcanza a inaugurarlo lo
hará con 107 años cumplidos. También se ha dado a
conocer el proyecto de un gran complejo cultural
y de ocio en Avilés, frente al mar, su primera
obra en España. Por todo ello, Niemeyer aceptó
que centráramos nuestra conversación en el
futuro. Al fin y al cabo, cuando uno está a punto
de cumplir cien años, "tienes que arreglar
algunas cosas, como una llamada al orden". Días
antes había mandado al diario Folha de Sao Paulo
un manifiesto titulado Acerca del futuro y sigue
haciendo radicales declaraciones públicas. Por
ejemplo, con ocasión de su nonagésimo noveno
cumpleaños, el 15 de diciembre del año pasado,
criticó abiertamente a su amigo Lula por no
respetar la ideología de la vieja izquierda, en
un momento en que el antaño ferviente militante
había subrayado la necesidad de una posición más
moderada. "No tengo nada más que decir al
respecto", dijo Niemeyer, quien prefirió hablar
de su nueva escultura en La Habana que muestra a
un pequeño cubano empujando una bandera frente a
una figura diabólica, y que supuestamente
representa a Bush. "Bush no es nada, no existe",
espetó con una expresión de odio en la cara que ni Chávez podría superar.


Un blanco fácil

Para algunos críticos, Niemeyer resulta un blanco
fácil. Es un comunista de la vieja escuela, un
auténtico estalinista, con cierta tendencia por
populistas como Chávez y Morales. Se presenta a
sí mismo como un personaje extraído de alguna
epopeya ("soy un hombre sencillo"), controlando
con cuidado el más mínimo detalle y reescribiendo
en caso de que sea necesario su propia historia.
Y, lo que es peor, sus recientes proyectos
parecen repetitivos; en algunos casos (como en la
escultura de Bush), incluso van más allá del
kitsch sentimental. Sin embargo, la poco ortodoxa
modernidad de Niemeyer es hoy inmensamente
popular. "Es Mies pasado por el ácido", declaró
un famoso crítico de arquitectura en un artículo
de The New York Times sobre Niemeyer, "el último de los modernos".

Sí, es muy fácil atacar con los argumentos
expuestos al centenario arquitecto Oscar
Niemeyer, ¡el arquitecto más longevo de la
historia de la civilización occidental! Así que
decidí adoptar un punto de vista moderado y
escucharlo atentamente a él y a sus
colaboradores. Me reuní con Fair Valera, el fiel
jefe de su estudio, donde lleva ya trabajando más
de 35 años. Visita a su jefe todos los días para
repasar los bocetos que éste sigue realizando
cotidianamente y que a un lego le parecen unos garabatos incomprensibles.

Atrás quedaron los tiempos de las amplias curvas
en los proyectos de edificios monumentales o los
erotizantes dibujos ("La forma sigue lo
femenino", le gusta decir a Niemeyer) de
voluptuosos desnudos femeninos. Algunos dibujos
ampliados se han reproducido de modo exquisito
con mosaicos de cerámica blanca para adornar los
interiores de Niemeyer, como el recién inaugurado
restaurante Olimpo, situado sobre la terminal del
ferry en Niterói, una variante light de la
radical sensualidad del museo cercano.

¿Es la arquitectura de Niemeyer forma y sólo
forma? "No, es tecnología engarzada con la
naturaleza", afirma Valera. Acerca del legado
arquitectónico de Niemeyer, las opiniones
difieren. Hablé con uno de los historiadores de
la arquitectura más importantes de Brasil, Lauro
Cavalcanti, curador de una exposición en el
centenario de Niemeyer inaugurada a principios
del 2007 en el Paço Imperial, un antiguo palacio
de estilo barroco portugués en pleno centro de
Río. La exposición presentaba al visitante unas
versiones ampliadas de los escritos de Niemeyer y
luego se concentraba en los dibujos y las
maquetas de los proyectos recientes, como la
piscina de Potsdam, cuya finalización está
prevista para el 2009. "Nadie entiende de verdad
los dibujos arquitectónicos, todo tiene que
ponerse en un texto. Los políticos, sólo
entienden el texto, en caso de que entiendan algo
de arquitectura", admite Niemeyer. Tuvo que
"simplificar un poco" la piscina de Potsdam para
conseguir la aprobación final. El proyecto fue
paralizado en mayo de 2006, cuando el ministro de
economía Ulrich Junghanns supo que el edificio
iba a costar más de lo previsto. ¿Por qué una
piscina de Niemeyer tenía que costar más que
cualquier otra piscina?, preguntaron los
políticos locales. Sin embargo, ahora que
Niemeyer cumplió los 100 años (el 15 de
diciembre), todos están orgullosos de haberle
dado el nihil obstat. También la compañía Vitra,
famosa por ser muy escrupulosa, le ha encargado
un proyecto que pronto se edificará en su sede en
Weil am Rhein. En realidad, estar presente ahí
(junto a otros arquitectos ilustres, como Gehry,
Hadid, Sanaa y Herzog & DeMeuron) es como entrar
en el hall de la fama de la arquitectura contemporánea.

Aunque con ocasión de la búsqueda de un
arquitecto para el ya frustrado proyecto para un
museo Guggenheim- Río, el alcalde de l a ciudad
consiguió ofender a Niemeyer al declarar:
"Queremos un arquitecto, no un escultor". Por lo
tanto, acudí a Niterói para visitar a Luiz
Guilherme Vergara, un niemeyeriano creyente que
dirige el museo inaugurado allí en 1996. Con
todas sus curvas exteriores e interiores, ¿no
resulta un edificio bastante difícil para exhibir
obras de arte? "Hay que usar este edificio como
una máquina para la percepción y presentar las
muestras en consonancia", afirmó Vergara, quien
también trabaja con la Fundación Oscar Niemeyer y
el propio Niemeyer para crear junto al museo un
centro comunitario orientado a promover la
creatividad de los pobres de Niterói. Niemeyer
siempre se ha mostrado generoso con los
desvalidos, a veces haciendo incluso proyectos
sin cobrar, como el caso reciente de una plaza
para la Universidad de La Habana, su primer
proyecto arquitectónico en Cuba. Fidel Castro.
Castro suele decir que Niemeyer y él son "los
últimos comunistas de este planeta".

"Al final, el capitalista es un auténtico
perdedor", coincide Niemeyer con Castro. Le
preocupa que "Fidel no está muy bien", sin
mencionar en absoluto su propio estado físico
tras haber sufrido una rotura de cadera. Luego
sonríe mientras me cuenta la siguiente anécdota,
una historia que habrá contado mil veces: "Nunca
he querido subirme a un avión (Niemeyer viaja
desde hace décadas –ha llegado incluso a Caracas–
con el mismo chofer, a quien ha construido como
regalo una modesta casa cerca de la favela). Así que Fidel vino a Río.

Con ocasión de una visita a la oficina en
Copacabana, era ya más de la medianoche, resultó
que el ascensor no funcionaba. Tuvimos que
despertar a un vecino para pasar por su
apartamento y utilizar el montacargas. Mi vecino
abrió la puerta y casi le da un ataque de corazón
al encontrarse con un imponente Fidel que le
ofrecía un puro a modo de disculpa".

Presto atención a la débil voz de Niemeyer, y a
su mezcla de francés y portugués. Quién sabe,
quizá sea una de sus últimas entrevistas.
Niemeyer me ha recibido en el minúsculo
dormitorio de su apartamento de Ipanema. La sala
de estar estaba llena esa mañana de polvo y
ruido, con operarios dedicados a abrir grandes
agujeros en el techo. A lo lejos se oían las
voces amortiguadas de criadas y cuidadores. No
hay nada sofisticado en el hogar que comparte
(¡acaba de casarse!) con su nueva esposa, Vera
Lucia Cabreira, que ha cumplido 60 años. Tampoco
hay nada sofisticado, salvo la espléndida vista,
en la oficina situada en el apartamento de
Copacabana, donde varios miembros de la familia,
también arquitectos, mantienen vivo el legado
arquitectónico del abuelo Niemeyer. Y están
también el archivo y el desordenado estudio
ocupado por un pequeño grupo de atareados
arquitectos e ingenieros, ambos en el centro de
la ciudad. Como ocurre en el estudio de otro de
los genios arquitectónicos de Brasil, el reciente
ganador del premio Pritzker, Paulo Mendes da
Rocha, no hay ni una sola computadora
verdaderamente sofisticada. Me pregunto qué
software utiliza José Carlos Sussekind, su
ingeniero de confianza, para calcular los diseños
de Niemeyer y enfrentarse a sus constantes
peticiones de arcos cada vez más amplios y planos
voladizos de hormigón reforzado.

Niemeyer habla con toda naturalidad de abarcar
más metros sin apoyo alguno, mientras cita a Le
Corbusier diciendo "la arquitectura es invención"
y "sólo me gustan las iglesias por los grandes
espacios". Sin embargo, salvo por la mención al
gran modelo Le Corbusier, tampoco hay nada
religioso ni sofisticado en Niemeyer. La
sofisticación perdida sólo se encuentra en la
vieja casa familiar de Canoas, cerca de Boa Vista
–los nombres lo dicen todo–, donde, en medio del
exuberante verdor de la montaña, se encuentra
ahora la Fundación Oscar Niemeyer. La casa de
Canoas, construida en 1951, es un ejemplo
perfecto de cómo Niemeyer aceptó sin reparos
desde muy pronto las limitaciones y los desafíos
del entorno natural. "Hay que saber enfrentarse a
cada terreno. Construyo con la naturaleza, no
contra ella". ¿Y por qué esas rampas que parecen
interminables? "Las rampas ofrecen la oportunidad
de disfrutar del paisaje y de la arquitectura en
su conjunto; la rampa es como un viaje".

En la casa de Canoas se encuentran algunos
muebles originales de Niemeyer diseñados a
finales de la década de 1970. En la última
edición de Art Basel Miami Beach, los precios de
esos accesorios modernos se cotizaron entre los
35.000 y lo 55.000 euros. La Fundación Oscar
Niemeyer se está planteando volver a fabricar
algunos de esos muebles. Los beneficios se destinarían a proyectos educativos.

Seguí hablando con Niemeyer, sentado en pijama en
una vieja butaca. Uno de sus cuidadores –un joven
negro– dormitaba al otro lado del dormitorio.
Vera, la nueva esposa, secretaria y amante
durante muchos años, decidió unirse a nosotros.
Se disculpó por el desorden de la casa. Su boda
con Niemeyer sorprendió a muchísimas personas; y,
entre ellas, la menos sorprendida no fue
Anna-Maria, la hija única del arquitecto y su
esposa Annita, fallecida en 2004 a los 76 años.
Anna-Maria, que ronda los sesenta, se enteró de
la boda un par de horas antes de la ceremonia.
"Al lado de un hombre tiene que haber una mujer,
y todo lo demás está en manos de Dios", comentó
con satisfacción un Niemeyer mujeriego y ateo
cuando felicité a los recién casados. Habíamos
acordado hablar del futuro, pero Niemeyer volvió
una y otra vez al pasado. Considera como uno de
sus grandes logros el recinto universitario de
Constantina en Argelia, construido en la década
de 1970. La noticia es nueva, porque hasta hace
poco sus proyectos más preciados eran todavía la
iglesia de San Francisco, el casino y el puerto
deportivo de Pampulha cerca de Belo Horizonte, en
Minas Gerais. Los edificios pioneros de Pampulha
sólo pudieron construirse gracias a la fe ciega
del entonces gobernador de Minas Gerais,
Juscelino Kubitschek, más tarde presidente y
fundador de Brasilia. "Como la mayoría de los
políticos, no entendía nada de arquitectura; y,
en realidad, eso permitió que esos imaginativos
edificios pudieran construirse".

¿Y qué ocurre con la conservación y la
restauración? "Lo construido, construido está.
Igual que con los seres humanos, habría que dejar
que la arquitectura envejeciera."


Un agujero en la modernidad

No es posible pasar por alto la contribución de
Niemeyer a la arquitectura del siglo XX. Hizo un
agujero en la modernidad inyectando a la doctrina
internacionalista las tradiciones y los lenguajes
populares y en especial locales (brasileños),
desde el barroco colonial hasta la naturaleza
tropical. Eso lo convirtió en un arquitecto tan
importante. Y es probable que explique también
por qué es tan popular entre los jóvenes
diseñadores y artistas contemporáneos, desde el
diseñador de moda Nicolas Ghesquière, director de
Balenciaga, hasta la artista Dominique
Gonzalez-Foerster, pasando por el fotógrafo
Andreas Gursky. El tropicalismo de Niemeyer y
otros visionarios brasileños se encuentra hoy en
el mismísimo centro de las escenas culturales de
París, Londres y Nueva York. Al igual que otros
radicales del arte brasileños, como el músico
Caetano Veloso o el artista Hélio Oiticica, el
arquitecto Niemeyer creó una sensibilidad lírica
y populista. A Niemeyer no sólo le gusta combinar
curvas, sino que encuentra inspiración todos los
días en las curvas de las montañas situadas cerca
de Río y en las de las mujeres brasileñas. Su
autobiografía publicada en 1998, Les courbes du
temps está profusamente ilustrada con formas
femeninas. Como dijo Rem Koolhaas tras una visita
a la oficina de Niemeyer en Copacabana: "Niemeyer
es la prueba viviente de que en la arquitectura
interesante, el sexo y el comunismo van juntos".

El propio Niemeyer es, por una vez, más realista:
"El verdadero reto para la arquitectura del
futuro sólo está planteado por la tecnología, y
la tecnología nunca ha sido tan generosa con la
arquitectura. Pero el arquitecto tiene que ser
capaz de reflexionar también sobre otras cosas
además de la arquitectura. No hay que convertirse
en especialista, porque en ese caso no puede uno
inventar ni tener influencia". "La política, la
filosofía, la literatura, la música, las artes
visuales –dirá–, todas esas disciplinas
desempeñan un papel igual de importante que la
ingeniería. Los arquitectos deberían querer ser
ante todo intelectuales." En este punto Niemeyer
empezaba a cansarse, perdía la voz: "Quiero
seguir construyendo para los seres humanos, para
permitirles encontrarse con otros seres humanos.
Una arquitectura que organice encuentros humanos,
eso es lo que me interesa. Y la dibujo todos los
días". Aquel día Niemeyer sonaba como el samba.
Pensé, ojalá que tenga una vida aún más larga.


Niemeyer Básico

Explorador de las posibilidades plásticas y
sensuales del hormigón armado y del vidrio, es
uno de los arquitectos más influyentes del siglo
veinte y el autor del proyecto de los principales
edificios de la capital administrativa de Brasil,
Brasilia, que se construyó entre 1956 y 1960. Sus
primeras obras fueron el casino y la iglesia de
San Francisco, a orillas del lago Pampulha. Estas
obras, especialmente la iglesia, decorada por el
artista plástico Cándido Portinari, le dieron
fama nacional e internacional. Afiliado al
Partido Comunista, revolucionario ortodoxo,
lírico y populista en su concepción general de la
arquitectura moderna a cuyos duros materiales
logró trasladar las curvas de la naturaleza y del
cuerpo femenino, Niemeyer diseñó desde
sambódromos hasta memoriales y edificios de
oficinas. Se opuso siempre al concepto de
"vivienda social" pues sostiene que éstas no
deben ser menos bellas que las de los ricos.


ENTREVISTA EN LA REVISTA Ñ
(c) La Vanguardia y Clarín
Traducción de Juan Gabriel López Guix

***

Los cien años del hombre que derrotó al ángulo recto
Por Eric Nepomuceno *

La verdad es que no recuerdo el año, y ahora no
logro saber si fue en 1984 o 1985, que conocí a
Oscar Niemeyer. Sin embargo, traigo nítido el
impacto de aquel encuentro. Primero, porque
estaba frente al hombre que inventaba y
reinventaba formas libres, en un vuelo osado que
desconocía límites. Y segundo, porque me
impresionó su vitalidad. Se acercaba a los
ochenta años de una vida intensa y trabajaba con
tenacidad juvenil y a una velocidad
impresionante. El grueso plumón negro con que
diseñaba –y diseña– líneas imposibles y formas
sorprendentes no descansaba, desafiando toda y
cualquier noción de equilibrio y mostrando que la
arquitectura, como él dice, es sorpresa.

Una tenacidad muy cercana, una vitalidad parecida
a la que ostenta todavía hoy, cuando cumple cien
años. Sigue trabajando todos los días de la
semana, de las nueve y media de la mañana a
pasaditas las ocho de la noche, cuando sale a
cenar, tomar vino, reunirse con amigos y fumar
sus puritos holandeses. A veces me junto con él,
y ese privilegio no hace más que confirmar que la
vida no me debe nada: yo sí le debo a ella.

Hace poco, el presidente Lula da Silva lo fue a
visitar en su estudio en Río. Vio sobre una mesa
la caja de puros. “Oye, Oscar, ¿tú sigues
fumando?” Y al oír la respuesta, se alegró:
“¿Ven? Si él fuma y llegó a los 96, voy a seguir
fumando para ver si llego a tanto...”.

Se equivocó el presidente: hace mucho que
Niemeyer pasó de los 96. Y faltó recordar que no
es éste el único hábito que el arquitecto de las
curvas y de la libertad mantuvo intocable: sigue
absolutamente leal a sus creencias, a sus amigos,
mantiene una generosidad sin par, no cambió una
coma en su manera de ver el mundo y la vida. Es
un joven rebelde, y llegar a los cien no le quita
ni un milímetro de sus principios de acero. Es
dueño de una irremediable fe, profundamente
humanista, en el futuro. Hace poco, alguien le
preguntó por la ventaja y la desventaja de vivir
tanto. No titubeó en su respuesta fulminante: “No
soy pesimista, soy realista. El balance que hago
de esa trayectoria es realista. No quiero hablar
de la vida con el desprecio que ella se merece.
No quiero recordar la miseria y la violencia, que
crecen por todas partes, y ese futuro sin
solución que nos quieren imponer como un destino.
Prefiero pensar que algún día la vida será más
justa, que los hombres ya no se mirarán
buscándose defectos unos a otros, y que al
contrario, habrá siempre la idea de que en todo
existe un lado bueno. En ese día, uno tratará de
ayudar al otro. Será cuando prevalezca la solidaridad”.

Esa preocupación con lo injusto de la vida y con
la necesidad de preservar a cualquier costo la
esperanza en un futuro igualitario es uno de los
ejes alrededor de los cuales gira la existencia
de Oscar Niemeyer. “La arquitectura no tiene
ninguna importancia –dice uno de los mayores
arquitectos de la historia contemporánea–. Lo
importante es la vida, los amigos, la mujer amada
y la necesidad de luchar para cambiar este mundo injusto.”

Dice también que la vida es un soplido: “Están
los que aseguran que después de que me muera
vendrán otras personas para ver mi obra. Pero
esas personas igual morirán. Y vendrán otras y
otras, que también morirán. La inmortalidad es
una fantasía, una manera de olvidar la realidad”.

Quizá por pensar así no se haya preocupado jamás
con la permanencia, en el futuro, de sus obras
esparcidas por medio mundo. Prefirió seguir
trabajando, creando. Cada vez que le preguntan
cuál es su trabajo favorito, nombra al presente.
Porque, claro, llega a los cien trabajando.
Ninguna gloria lo afecta. Ganó todas las
condecoraciones y todos los honores posibles,
entre ellos el premio Pritzker, el Nobel de la arquitectura. Y siguió igual.

Están las obras de Brasilia, está el Museo de
Arte Contemporáneo de Niteroi, al otro lado de la
bahía de Río, y el Memorial de América latina, en
San Pablo. Su diseño único está sembrado en
Francia, Italia, Venezuela, Argelia: por todas
partes hay marcas de ese Oscar Niemeyer que no
hizo más que inventar maravillas, liberar la
levedad y las curvas, desafiar lo imposible. De
ese hombre que jamás se resignó a lo existente.
Que por creer en el futuro se lanzó rumbo a él,
lo atrajo, lo reinventó. Ahí están sus digitales.

Y él, a su vez, estará hoy, sábado 15 de
diciembre, como más le gusta: al lado de su
mujer, con quien se casó hace dos años luego de
enviudar, rodeado por sus amigos más cercanos,
viendo el paisaje de Río y empeñado en su
permanente lucha por mudar ese mundo injusto y esa vida de desigualdad.

Mientras no lo logra, crea más y más belleza.

* Escritor brasileño.

Nota aparecida en Página/12 el 15/12/07

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