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[P/Lx@] Paraleer relatos tradicionales
El Amor de las Cien Noches
(cuento tradicional japonés)
Corría el siglo IX y la Corte de la ciudad
imperial, Heian, brillaba como un lucero de
refinamiento, cultura y poesía. La familia
imperial era el centro de una Corte esencialmente
aristocrática y delicada en la que la belleza de
la mujer era la reina. Eran los tiempos de los
largos cabellos cayendo hasta el suelo sobre los
muchos ropajes superpuestos, que dejaban ver el
filo del inferior. Eran los tiempos en que las
cabelleras se sujetaban con papeles de colores
combinados con los vestidos, la época de la
palidez, de las cejas altas y diminutas, de los
pequeños labios pintados, era el tiempo en que
reinaban los crujidos de las ropas amplias sobre
el pavimento de madera de los palacios, los
breves poemas escritos como suspiros, las fiestas
en la Corte, las intrigas, la literatura. La vida
en la Corte era una sucesión de celebraciones
regidas por el protocolo de una aristocracia
sumamente jerarquizada y compleja, donde las damas brillaban con luz propia.
En este ambiente nos cuentan las crónicas que
vivió una dama de la Corte, tan hermosa que se
decía que a su lado el resplandor de la luna
palidecía y las flores parecían perder su
lozanía. Se llamaba Ono no Komachi, y no sólo era
de las más bellas jóvenes de la Corte, sino que
también era una magnífica poetisa cuyos méritos
asombraban en un mundo en el que la poesía
parecía tan necesaria como el agua o el aire. Sin
embargo, ninguno de sus talentos, ni siquiera sus
elevadas virtudes, pudieron ayudarle a conseguir
la felicidad en sus cien años de vida, y murió en un estado miserable.
Quizás el triste fin de tan ilustre dama tenga su
raíz en la historia que sigue a continuación y
que no es más que una de las muchas que recogen cronicones y anales.
Ya hemos dicho que Komachi poseía muchas virtudes
y también muy altos ideales. Para ella el amor
era algo muy profundo y muy noble, que no debía
entregarse a cualquiera. Esta actitud, en la
Corte de la época, podía llegar a convertirse en
un problema, pues eran frecuentes los asuntos
amorosos entre los aristócratas con mayor o menor
tolerancia y con mayor o menor promiscuidad. Era
Komachi luz a la que se acercaban demasiados
moscones, galanteadores fascinados por su
belleza, en los que ella no encontraba el amor
profundo y excluyente que exigía para conceder su
mano. Con ingenio a veces, con sutileza otras,
con humor y hasta con cierta burla en ocasiones,
Komachi despedía a sus admiradores sin que
quedara en su alma huella alguna de todos
aquellos arrogantes caballeros de modales
refinados e intenciones más que dudosas.
En cierta ocasión en la que Komachi vivía en el
campo, lejos de la capital, conoció a un joven
cortesano llamado Fukakusa no Choko, que
inmediatamente se prendó de ella con un amor
apasionado y sincero, que no tardó en declarar a
la dama de sus sueños. Ella, tomándole por uno de tantos, le contestó:
- Si es cierto que sentís tal pasión por mí,
venid a mi ventana cien noches seguidas. Después aceptaré vuestro amor.
Lo que posiblemente dijera como una forma más de
quitarse de encima a los abundantes pretendientes
por los que constantemente era asediada, se
transformó en una realidad cotidiana. Cada tarde
el joven partía de la ciudad para llegar, bien
entrada la noche, ante la ventana de Komachi.
Atravesaba ríos y campos para llamar cada noche a
la misma hora a la ventana de la amada, que no
contestaba nunca. Después volvía a la ciudad
confiando en la promesa de Komachi.
Las primeras noches Komachi no dio importancia a
la visita de Fukakusa y oía indiferente la
llamada en su puerta, pero, poco a poco, sin
darse cuenta, llegó a esperar impaciente los
golpecillos del joven. No hizo falta mucho tiempo
para que sintiera hacia el constante enamorado
una pasión semejante a la que él sentía por ella.
Y así fueron pasando las noches de aquel otoño,
sin que ni las lluvias de principios del invierno
ni los primeros fríos impidieran a Fukakusa
llegar ante la ventana de Komachi, a pesar de no
saber nada del cambio en los sentimientos de la
amada; sólo la fe ciega en la palabra empeñada de
la bella le sostenía en sus agotadores viajes
diarios. Noventa y nueve noches seguidas recorrió
el caballero el camino y, por fin, llegó la noche prometida.
Komachi aguardaba impaciente tras su ventana
mientras contemplaba caer la nieve que cubría los
campos bajo el resplandor ocasional de un rayo de
luna entre las nubes. Nevaba despacio y los copos
dibujaban pequeñas diagonales en el aire movidos
por la brisa gélida de la noche. Ataviada y
adornada con sus mejores galas, Komachi esperaba,
mientras la nevada se hacía más y más densa y las horas pasaban.
Se acercaba la hora en que Fukakusa llegaba cada
día y llamaba a su ventana. Komachi sentía los
minutos como siglos y mientras, afuera, en los
campos y en los caminos, el viento arreciaba y la
nieve caía más y más espesa. Llegó la hora y
pasó, sin dejar escuchar los pasos del amado
sobre el entarimado de la galería. A cada soplo
de viento un poco más fuerte ella creía oír su
respiración confundida con el viento, y acudía
presurosa junto a la ventana para abrir en cuanto
llamara. Pero era un error vano y nadie golpeaba
suavemente el marco de la ventana.
El paisaje blanco y hermoso de la noche hacía
brotar en ella resonancias lúgubres de la
soledad, como una vieja campana melancólica
sonando en un atardecer de otoño. La espera llevó
insensiblemente a su corazón la inquietud y ésta
el miedo por el amado. Pasó más tiempo, demasiado
tiempo para quien espera en soledad. Por su
cabeza pasaron cuantos peligros acechan a los
viajeros y, presa del terror, salió de su casa para buscarle.
En aquella noche terrible Fukakusa había salido
de la ciudad con el alma henchida de gozo,
convencido de que ella cumpliría su palabra. Pero
los caminos estaban bloqueados en muchos puntos y
el viaje se alargó mucho, mucho tiempo. Por fin,
recortada contra el blanco de la falda de una
colina, vio la casa de su amada. Como todas la
noches, tenía las luces apagadas; como todas las
noches, a él le temblaban las piernas; como todas
las noches, subió de un salto los peldaños hasta
la veranda; como nunca en su vida, el latido de
su corazón se le extendió por todo el cuerpo en
el momento de llamar con la mayor ternura y
ansiedad con que hombre alguno llama a la puerta de una mujer.
Silencio.
Volvió a llamar, temiendo haber sido demasiado
delicado en los golpes, pero tampoco ahora contestó nadie.
El silencio, roto por el ulular del viento, era
toda la respuesta. El silencio comenzó a penetrar
en él, como la más afilada hoja del mejor
forjador, y con el silencio, la sospecha y,
después, la certeza. Ella había faltado a su
palabra, ella jamás le había esperado, ella se
había burlado de él y quizás ahora estuviera
riéndose de él en los brazos de otro hombre. Ella, simplemente, no le amaba.
Desolló sus manos golpeando enloquecido las
puertas y las paredes de la casa de la dama. Se
resistía a creer tal comportamiento de ella, no
podía admitir tanta perfidia entre tanta virtud,
pero aquel silencio se había clavado en su mente
y poco a poco bajó hasta un corazón que, agotado
por el esfuerzo, no pudo soportar el dolor de la ingratitud y se paró.
Ono no Komachi descubrió su cuerpo al volver de
la vana búsqueda y dicen que fue a causa de la
fidelidad a aquel hombre, el único que la amó
sinceramente, por lo que no se casó nunca y
entregó su amor a la memoria de aquel joven durante toda su vida.
***
Nota biográfica:
Ono no Komachi ( aproximadamente 825–900 d.C.)
fue una poetisa japonesa. Está considerada como
una de las seis mejores compositoras de
<http://es.wikipedia.org/wiki/Waka>Waka (un tipo
de poesía japonesa) y se la cuenta entre los
<http://en.wikipedia.org/wiki/Thirty-six_Poetry_Immortals>36
poetas inmortales (conocidos como sanjû rokka
sen) del medievo japonés, a principios del periodo Heian.
Fue posiblemente una cortesana de rango bajo o
dama de honor de cierto emperador, posiblemente
el emperador Nimmyo (r. 833-850). Destacaba por
su extraordinaria belleza. Komachi es un modelo de belleza femenina en Japón.
Los lugares de su nacimiento y muerte son
inciertos. Según una tradición, nació en la actual prefectura de Akita.
Como poetisa, tenía un gran talento para cantar
al amor. La mayoría de su waka trata los temas de
la ansiedad, la soledad, o la pasión del amor.
Fue la única poetisa que se mencionaba en el
prefacio de Kokinshu, donde su estilo se
describía como "contenedor de ingenuidad al viejo
estilo y delicadeza al mismo tiempo".
Se le atribuyeron algunas leyendas románticas.
Una de las más famosas fue un relato sobre ella y
Fukakusa no Shosho, un cortesano de alto rango (cuento aquí reproducido).
En ocasiones, fue representada en la literatura
de periodos posteriores, incluyendo las obras
teatrales Noh. En esas obras, se representaba a
menudo una de sus dos facetas. Una, su talento en
la waka. La otra, sus aventuras amorosas y su
vanidosa forma de vivirlas. Más adelante, Komachi
es representada en la vejez. Mayor, perdida su
belleza y abandonada por sus antiguos amantes,
lamentando su vida. Esta, es una descripción
ficticia influenciada por la filosofía budista y
quizá no haya relación entre esta representación y la figura histórica.
El famoso tren-bala Akita Shinkansen se apoda
Komachi en su honor. También, una variedad de
arroz, Akita Komachi, lleva su nombre.
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