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[P/L@527] Reportajes a Toni Negri   Lista de mensajes  
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[P/L@] Documentos
Compartimos este extenso número de colección con tres reportajes al
filósofo y politólogo italiano TONI NEGRI

"¿Cómo definir el Imperio? Es la forma política del mercado mundial, es
decir, el conjunto de armas y medios de coerción que lo defienden, el de
los instrumentos de regulación monetaria, financiera y comercial, en fin,
en el seno de una sociedad mundial biopolítica, el conjunto de instrumentos
de circulación, de comunicación y de lenguajes."
T.N. Exilio, 1998.

El profesor Toni Negri (Padua, 1933) vive en un precioso apartamento en el
corazón del barrio romano de Trastevere, todavía en arresto domiciliario,
como consecuencia de la condena que el politólogo se avino a cumplir en
1997 cuando decidió dejar París para ingresar en la cárcel italiana de
Rebibbia. A su regreso a Italia, el otrora incendiario profesor de Ciencias
Políticas escribió un libro, Imperio, en colaboración con el profesor
Michael Hardt, y publicado el año pasado por la Universidad de Harvard
(Estados Unidos), que se ha convertido en un acontecimiento editorial .
Negri advierte de que el "libro es viejo", porque fue escrito entre "la
guerra del Golfo y la Balcánica", y porque los atentados del 11 de
septiembre han dado un vuelco a la situación internacional. Este terrible
suceso, que el profesor explica como "un gran golpe de mano en el que una
parte del capital mundial ataca a la otra parte", ha agudizado el proceso
de formación de una nueva entidad, el imperio que da título a su libro, un
ente global que controla un mercado global y cuyo poder se sitúa en un
"no-sitio". Los atentados contra las Torres Gemelas han puesto en
evidencia, según el profesor, el trasfondo de la batalla en la que "los
talibanes del petróleo se han enfrentado a los talibanes del dólar". Negri
se exalta cuando expone algunas de sus opiniones y critica con gran
virulencia verbal a gobiernos y gobernantes de los Estados-naciones en fase
de extinción, sobre todo al presidente de Estados Unidos, George W. Bush,
cuya respuesta armada al terrorismo coloca a los ciudadanos ante una crisis
sin solución, según Negri, frente a la cual la única respuesta es "la
deserción". "Nuestra responsabilidad de ciudadanos está en criticar esta
sociedad, en desertar de ella, desertar de la guerra, de la política,
desertar de esta sociedad para crear otra nueva".


1. Revista Vacarme (Francia) *

Pareciera ser que Toni Negri está bien. Preparado para la conquista del
mundo. En su último libro, Imperio, co-escrito con Michael Hardt, Negri
extiende a escala mundial los conceptos que recorren sus trabajos previos.
En Imperio de Toni Negri, hemos leído dos cosas. Por un lado, la aplicación
a escala mundial de los mecanismos de poder hasta entonces analizados y
experimentados localmente. Por el otro, la aplicación al poder mundial de
los mecanismos previamente identificados en el campo del trabajo: en la
misma forma en que el capitalismo dejó de ser, hacia finales de los años
sesenta, fordista, el poder mundial ya no es más un asunto de soberanía,
estatal y centralizada. Se trata ahora de un biopoder generalizado y
difuso; un control más que una disciplina. Pero Imperio de Toni Negri es
esencialmente la confirmación y el despliegue de una convicción forjada en
esta vertiente singular del marxismo que ve al capitalismo en retraso
respecto del movimiento de las multitudes cuya fuga intenta frenar, cuyas
movilidades deshacer, cuyas invenciones capturar en vano. Desde este
ángulo, el imperio de Toni Negri no es tanto una fuerza implacable de
dominación (Bourdieu) sino el nuevo lugar de nuestras conquistas.

Es precisamente por el hecho de generalizar una idea irresistible que este
libro interpela la discusión. Es irresistible, en efecto, esta ontología de
"la anterioridad de la clase obrera" : una hermosa manera de narrar todos
los momentos en donde la lucha consiste en una afirmación alegre de sí,
positiva un impulso (este animal simpático). Pero también problemática
cuando se extiende al mundo, o más exactamente cuando esa idea se extiende
al mundo como una totalidad abstracta, integrando las prácticas bajo el
riesgo de forzar su singularidad. Idea fuerte en programa pero silenciosa
en táctica. Es en torno a estas resistencias respecto de la empresa de
totalización que hemos querido interrogarlo.


El Contra-Imperio ataca (Toni Negri)

Imperio es una obra de difícil clasificación: se entremezclan la voluntad
de descripción de los procesos en curso en el mundo contemporáneo, la
preocupación teórica (la explicitación de los presupuestos teóricos de esa
descripción en conexión con sus obras anteriores), y, finalmente, el deseo
de responder a toda una serie de discursos de diferentes procedencias (el
discurso mediático sobre la mundialización, el discurso de izquierdas sobre
el complejo neoliberal, etc.). Todo ello destaca a nuestro entender dos
series de preguntas. ¿ Cuál es el lugar que otorga Ud. a este trabajo
respecto de su trayectoria intelectual y militante? Por ejemplo, y tal vez
utilizando categorías previas que Ud. refutaría, ¿se trata de filosofía, de
ciencias, de ideología (o de contra-ideología)? ¿Qué efectos espera Ud. de
su publicación? Más exactamente, como se inscribe a su entender este tipo
de práctica teórica en el espacio imperial, o respecto de los
enfrentamientos entre el imperio y la multitud? En realidad se trata de una
doble cuestión: ella concierne simultáneamente las restricciones que la
actual situación coloca sobre la posibilidad misma de un trabajo teórico y,
recíprocamente, cuál es la eficacia de ese trabajo para las luchas de la
multitud. En resumen: ¿cuál es el discurso adecuado para el imperio y como
afecta el mismo los mecanismos del imperio?

En varios de mis escritos se encuentran ya cosas análogas. He intentado
construir a partir de las luchas y de las cuestiones que ellas levantan,
una historia de los dispositivos intelectuales de las diferentes clases
sociales. En mis libros sobre la historia de la filosofía, por ejemplo, se
encuentra la tesis según la cual hay en efecto una alternativa interna a la
filosofía de la modernidad. Por un lado, la línea que va de Hobbes a
Rousseau y Hegel; por el otro, la que va de Maquiavelo a Spinoza, a Marx.
En Imperio, intentamos extender esta tesis a la post-modernidad. Y defiendo
esa postura porque ella permite romper con la unidad de la historia del
pensamiento y también porque deja aparecer la alternativa biopolítica en la
lucha de clases.

El otro elemento que constituye mi discurso consiste en la tentativa de
localizar los momentos de crisis en el desarrollo internacional del
capital. Ello forma parte, en el sentido más pleno, de la experiencia
marxista tal como la asumo. En todos mis escritos, incluyendo los de los
años setenta, prevalecen estas fuertes periodizaciones en el desarrollo de
la lucha de clases. Creo que es un punto de vista que remite a lo que ha
sido el desarrollo de nuestro marxismo, el mío y el de todos los camaradas
que han trabajado en el operaismo.

Si se tienen en cuenta estas dos tendencias, la que busca ubicar las tomas
de conciencia que sean alternativas en el curso del desarrollo, y la que
está caracterizada por esta fuerte periodización, marcada por los cambios
en los modos de producción y en la organización del trabajo, tenemos
entonces los dos elementos que constituirían la contribución inicial para
este libro. Creo que en el fondo de lo que se trata desde hace mucho tiempo
es entender la modificación del ciclo del capital.

Trabajando entonces en este libro, hemos puesto en discusión a un mismo
tiempo esta tradición que es la mía y aquello a lo cual Michael ponía
especial atención, es decir, a la identificación de ciertas
transformaciones antropológicas, a las características de los nuevos
movimientos, etc. Si tornamos la mirada hacia aquello que hemos escrito en
Futur Antérieur constatamos muchas cosas que se reencuentran, se
reentienden y se recomponen en Imperio. Y es tal vez cierto que se trata de
una obra de vulgarización. Está escrita en un estilo que se propone
alcanzar al mayor número posible de lectores, por lo cual simplifica
obviamente toda una serie de pasajes. Pero también se trata de una obra que
busca colocarse de entrada en el nivel de una síntesis. Para quien ha
vivido los últimos cincuenta años como yo los he vivido, ha habido un
momento en que la tarea fue la de redefinir todo completamente. Decir
"vivimos en el imperio" significa que todos los paradigmas sobre los cuales
hemos construido, sobre los que el movimiento obrero ha construido sus
dinámicas, sus posibilidades de ruptura, o sólo aún simplemente sus
reformas, los tejidos y las dimensiones sobre los que se fueron
construyendo las formas de organización, etc., todo ello ha cambiado. Todo
ello terminó. Para mí existe una profunda consonancia entre la dimensión
del imperio y la de las multitudes. Decir multitudes es interpelar una
suerte de amontonamientos generales, una posibilidad de ruptura en el ser
social; y decir imperio implica decir que las formas políticas se colocan
en esta escala. Es inútil continuar declamando que existe una globalización
de la economía; lo que hay que comenzar a decir es cuáles son las formas
de organización políticas y jurídicas, en fin, cuáles son las formas de
desarrollo que el capital, de manera conciente, impone a esta nueva
realidad. Y, por otra parte, cuáles son, desde esta perspectiva, las formas
que asume lo que podríamos denominar el deseo de liberación. El verdadero
problema es decir: estamos aquí la multitud.

Cuando se habla de la multitud del imperio, ello equivale a decir que todas
las formas de organización que tuvo hasta entonces la multitud se tornan
caducas. El hecho de hablar de la multitud, por otra parte, no es una
novedad. Hobbes hablaba de ella en la misma forma en que lo hacemos
nosotros, con la excepción de que Hobbes, al igual que Rousseau, estaba
convencido de que la multitud se resumía a un cuerpo y que a partir de
entonces era posible interpretarla a través del estudio del cuerpo: el
cuerpo de la soberanía; y, mutatis mutandis, reconvirtiendo lo que es
necesario revertir, tenemos a la multitud como pueblo, o como clase, como
anti - Estado, como partido. He aquí un conjunto de enormes variaciones,
pero se trata no obstante del mismo razonamiento, que corresponde a la
capacidad de hacer de la multitud un cuerpo. Actualmente, esta posibilidad
ya no existe, ya no se puede ni siquiera pensarla en la escala del imperio.
La cuestión se torna entonces: ¿cómo pensar la multitud a la escala del
imperio?. En otros términos, y lo digo de una manera completamente idiota,
¿cuál es hoy el trascendental de la multitud al nivel del imperio?. Se
trata de algo que no conseguíamos hacer hasta ahora; de allí entonces la
importancia de desarrollar este discurso, de conducirlo hasta un nivel de
síntesis una síntesis fundante de este momento particular. Es sobre la
base de esta síntesis que deben entonces reabrirse todos los discursos.

En el libro hay varios momentos. El primero es la crítica de las viejas
formas de soberanía así como de las viejas síntesis: el Estado-Nación, el
partido.... El segundo momento, por su parte, define el nuevo tejido de
desarrollo, la relación control / desarrollo, es decir, el tejido
sociopolítico. Este me parece un pasaje teórico importante, aún si teníamos
ya a nuestra disposición toda una serie de elementos dispersos... pero creo
que debíamos comenzar a obligarnos a armar todas estas piezas en un
conjunto, a organizarlas. Y luego, hay una última parte que es una
tentativa de reabrir el discurso sobre esta base.

¿Para qué sirve esta empresa teórica, de síntesis, respecto de las luchas?.
Ante todo sirve para no hacerse más ilusiones sobre la posibilidad de que
existan atajos para reunirse con fines prácticos. Sirve entonces para no
concebir ya más la idea de que puedan utilizarse las instituciones
existentes y, simultáneamente, sirve para redefinir la crítica de las
instituciones. Ya que dentro de la dimensión imperial, el fundamento mismo
de las instituciones democráticas se torna completamente caduco. Y ya no
únicamente por razones de traición, sino simplemente desde un punto de
vista estructural. El comando capitalista se ha actualmente consolidado en
un pasaje que va desde arriba hacia abajo y que no acepta ya, salvo que sea
en términos mistificadores, el pasaje inverso. Estas son cosas que en el
fondo no conocíamos, y ello debido a que hay que colocarse delante de la
máquina imperial para estar en condiciones de reconocer, y eventualmente,
recuperar para fines tácticos ciertas transformaciones.

El segundo elemento central reside en la capacidad de reconocer cuáles son
las nuevas instituciones del imperio. Se trata de ello y de no caer más en
las grandes mistificaciones que ya no existen, tales como el Estado-Nación
o el partido dentro de un contexto nacional. Hay que comenzar a decir, por
ejemplo, lo que son las ONGs como función de despliegue de la capacidad
imperial y hay que mirar desde una perspectiva jurídica cómo funcionan. Hay
que observar cómo funcionan los grandes organismos mundiales, y no porque
sean "malos", sino porque es precisamente a través de ellos que se
instituye la voluntad capitalista global, y no simplemente "la voluntad
americana contra el resto del mundo".

Se trata de un cambio de paradigma fundamental. Sucedió algo de una
enormidad tal que debemos cambiar nuestra forma de mirar el mundo y en
consecuencia de aceptar esta realidad. En realidad, es como si estuviéramos
viviendo la caída del Imperio Romano ya no recuerdo la fecha exacta, 300,
400 y algo, ello no dice igualmente nada, el Imperio romano ya había
concluido mucho antes, y otra historia ya había comenzado. Las formas, los
modos de vida y, sobre todo, los modos de liberación, habían ya cambiado.

No habría imperio si no hubieran existido estos movimientos de liberación
que hemos con frecuencia descrito. De hecho, el libro se funda sobre una
afirmación paradójica: la construcción del imperio capitalista es una
victoria del proletariado. Las bases nacionales, fordistas, welfaristas han
sido derrotadas y de alguna manera destruídas en el desarrollo mismo del
movimiento de la clase obrera. Como siempre sucede cuando se trata de un
desarrollo materialista, los sujetos están implicados hasta su propia
destrucción. El movimiento comunista es un movimiento que destruye
sistemática y continuamente a los sujetos, o que los transporta más allá de
las figuras y de las relaciones y, consecuentemente, de las categorías
conceptuales por las que eran previamente definidos. Creo que el sentido
de este movimiento, de esta modificación de los sujetos, está contenido en
el libro. Pero sobre este punto existe aún mucho trabajo por delante y creo
que Michael estaría de acuerdo con esta afirmación. Una vez establecido
este terreno, nuestro problema será el de escribir un segundo volumen que
retome el discurso sobre las multitudes.


La dimensión sobre la que se establece el movimiento de las multitudes debe
ser localizada de manera global en el momento mismo en que todas las
grillas de lectura y todas las técnicas defensivas que teníamos se han
vuelto inoperantes. Las teorías de los ciclos, tanto las de los ciclos
económicos como las de los ciclos de las luchas, todas las grandes llaves
de intelección que nos permitían leer el desarrollo histórico, aún la
convicción de que a los movimientos en las luchas les correspondían
aproximadamente momentos de crisis capitalista y el hecho de que en esos
mismos momentos era posible promover, imponer al más alto nivel una
profundización de la lucha de clases, todo ello ya no funciona. Actualmente
estamos en presencia de ciclos ligados a un desarrollo financiero
difícilmente controlable por el propio capitalismo. Resulta difícil hallar
la correspondencia entre esta base financiera y una base ontológica
precisa, así como una base histórica determinada. Vivimos en una situación
en la cual todos los momentos de ciclo deben ser recompuestos y
reanalizados. En esta nueva fase del desarrollo de la investigación, por
ejemplo, intentamos reunir un mínimo de historia y de documentación sobre
el ciclo de luchas que ha seguido a la crisis asiática, desde Corea hasta
Indonesia. Y ello porque creo firmemente que podemos aprender toda una
serie de cosas a partir del hecho de examinar la manera en que se
desarrolló el ciclo de luchas con posterioridad al fin del fordismo en esa
región.

La otra cuestión sobre la cual habría que detenerse en detalle, es la de la
intensificación de la transformación antropológica. En realidad sabemos
actualmente muy pocas cosas acerca de lo que sido el devenir del hombre,
del trabajador promedio, en el interior de estos procesos en los cuales
predomina de ahora en más el trabajo inmaterial. Procesos en los cuales los
intercambios entre las personas, los modos de vida, los modos de
producción, son completamente transformados hasta coincidir frecuentemente
entre ellos. La transformación del trabajo implica necesariamente la
transformación de estos fundamentos antropológicos. Nuestra preocupación, a
parte de la identificación de los grandes ciclos de lucha, debe ser
entonces la de analizar los discursos de los estudiosos del trabajo, los de
las feministas y de toda una serie de movimientos para llegar a una nueva
base de necesidades. Lo que resulta paradójico es que tal vez el día en que
habremos definido esta nueva base de necesidades no será evidente que ella
se dirija contra el imperio. Ellas serán contra el capitalismo, pero serán
sobre todo la definición de un nuevo afuera. Para decirlo rápidamente, este
libro es una tentativa de demostración de que el capital ha ganado una
batalla en la cual, con su victoria, ha impuesto toda una serie de
cuestiones que habían sido levantadas por la clase trabajadora. La clase
trabajadora ha terminado su misión histórica, pero queda un sujeto fuerte
que es el trabajo viviente como tal. Este sujeto debe encontrar un afuera,
es decir que el trabajo debe alejarse del capital. La fase en la cual el
capital ha de hecho configurado a la clase obrera a su imagen y semejanza,
construyéndola en su propio interior y soportándola al mismo tiempo que la
constituía, esta fase que podríamos llamar dialéctica se ha
completado.

He ahí otro elemento paradójico: la reversión de la tesis acerca del fin de
la historia. Aparece claramente que "esa" historia ha finalizado. La
historia que puede nacer a partir de allí, de hecho la historia que nació,
ya que nuestra periodización remonta aproximadamente al sesenta y ocho, y
la que nacerá, todo ello remite a cuestiones por afuera del desarrollo
capitalista. ¿De qué manera?. ¿Bajo qué modalidades?. Sólo la práctica
puede responder a estas preguntas... Esas prácticas ya existen, en cierta
forma las hemos descrito; no obstante me parecería excesivo decir que hasta
ahora ellas representan algo que se de a la escala de la posibilidad de una
revolución mundial.

Sin duda la caída del muro de Berlín entendida como fuga de trabajo desde
los países del Este -, así como las iniciativas locales, las luchas como es
el caso de Chiapas, la rebeldía del trabajo intelectual, ese sesenta y ocho
chino que ha sido Tiananmen, el invierno del noventa y cinco en París....
todos estos son hechos extremadamente importantes, son prácticas que hay
que estimular y sostener; todos ellos conforman polos que pueden ya
comenzar a constituir elementos de construcción. Sin embargo, nadie podría
pensar que todo ello pueda por sí sólo modificar el conjunto de relaciones
capitalistas de comando, de control y de producción.

Nosotros hemos querido hacer una primer cartografía de la situación
posterior al cambio de paradigma. También echar luz sobre el hecho que en
esta situación no hubo solamente una derrota de la clase trabajadora, sino
también a otro nivel, un trampolín, una posibilidad de avanzar. Señalamos
asimismo que se debe estar sumamente atentos porque el orden capitalista se
ha establecido y que en consecuencia no hay dentro de él, en su interior,
ninguna posibilidad de moverse; pero también destacamos, por otra parte,
que dentro de ese interior, allí es donde estamos. Se trata entonces de
inventar un afuera. Y la invención de ese afuera pasa inevitablemente por
la capacidad de organizar grandes movimientos, movimientos de reapropiación
general de los medios de producción, de reapropiación social del salario,
de movilidad absoluta y universal de la fuerza de trabajo. Pero decir lo
que esos movimientos hacen y harán es por de pronto absolutamente
imposible. Aún cuando nos gustaría mucho poder hacerlo.

Hay algo que resulta sorprendente en Imperio: la preocupación de articular
unos con otros diversos conceptos y análisis que, por un lado, ya han
enriquecido la reflexión de los grupos militantes (los que poseen ya en
consecuencia cierta eficacia política) y, por el otro, esos dispositivos
provienen de autores que reivindican el carácter disperso, fragmentario, no
totalizable de sus trabajos (Deleuze, Foucault, etc.). Se encuentra
entonces, en la forma de este libro, algo parecido al deseo de producir una
suma, o una historia universal (algo en suma que, y dicho sin ironía, hace
pensar en los grandes textos del siglo XIX). ¿En qué medida este tipo de
totalización resulta adecuado respecto de los mecanismos que intentan
describir?

En la misma línea, ¿cuál resulta ser para Uds. el beneficio político de
esta empresa totalizadora? Nos hacemos estas preguntas porque nos parece
que numerosas luchas recientes han funcionado, por el contrario, según un
movimiento de des-totalización: cuestionando la idea de que un problema
específico remite a las grandes lógicas mundiales, sobre las que los
individuos no tendrían ninguna impronta y decantando al mismo tiempo la
especificidad de una determinada práctica institucional.

Respecto de estas luchas, ¿el rol de la teoría sería tal vez el de
inscribir su accionar en un plano de conjunto, el que a su vez definiría su
pertinencia y sus relaciones, en la forma de una arquitectónica? ¿Todo ello
no remite a reconstituir en consecuencia la figura del intelectual?

Pertenece un poco a nuestra tradición el escaparnos de la teoría. En mi
caso, soy también un filósofo universitario y escribo libros precisos sobre
ciertos temas. Pero en mis escritos políticos, busco fundamentalmente
escaparme de la teoría.

Por otra parte, no sé si debe haber necesariamente dos niveles distintos.
Por ejemplo, si estoy paseando, puedo de pronto detenerme y mirar hacia
atrás, mirar la totalidad del camino que he recorrido. Pero debo también
pensar los próximos pasos uno a uno, sobre todo si estoy haciendo algo
difícil. En todo caso, si existen dos niveles diferentes, ello se da
respecto de la evaluación: una evaluación de lo que se ha obtenido, y otra
específica concerniente a lo que queda por hacer. Dentro del marco de la
retórica literaria y filosófica contemporánea se dice que la capacidad de
desarrollar una aprehensión de la totalidad en la forma en que ella ha sido
definida por la modernidad está concluida. Yo no creo que ello sea así. Yo
creo que el deseo de la totalidad es parte del pensamiento y la acción
humanos. Creo que esta teoría del fin de la totalidad puede ser sumamente
útil cuando se trata de destruir una realidad preexistente que se ha vuelto
una prisión; pero creo también que puede ser extremadamente peligrosa
cuando se trata de construir algo nuevo.

Cierto es que lo que hay de nuevo se construye a partir de experiencias
determinadas, en torno a polaridades por veces extremadamente restringidas
y a partir de las cuales el discurso se expande, se despliega, porque todo
lo que se hace necesita esta singularidad. Creo, no obstante, que debemos
interrogarnos acerca de las capacidades de estas singularidades para
abrirse a relaciones que, por supuesto, no persiguen una totalidad en la
cual se encerrarían nosotros no estamos en la búsqueda del paraíso o del
infierno sino que expresan un deseo de modificación del conjunto, de
cambiar todo.

Pienso que la función de la teoría deviene continuamente menos relevante
porque la gente puede reapropiársela cada vez más. Por ejemplo, el hecho de
que el trabajo se torne cada vez más inmaterial significa fundamentalmente
que el trabajo, pero también el conjunto de condiciones de reproducción, se
torna cada vez más intelectual. Lo que rescato como importante, es la
existencia de dispositivos específicos que nos permiten comprender lo que
está por delante nuestro, y ello dentro de una ambigüedad positiva y
creativa, simultáneamente respecto de lo singular y de lo universal, de lo
concreto y de lo intelectual. Lo destacable entonces es que estos
dispositivos, al mismo tiempo que enfatizan la realidad concreta, la
singularidad, se abren a un diseño más general. Pero ese diseño no está
jamás preconstituido, no es nunca pre-normativo; evidentemente hay que
estar atento porque luego sí puede tener esos atributos. Es evidente que no
podemos hacer una teoría de la acción humana, de la acción en general, en
términos absolutos; habría que definir la problemática de la acción en
términos que no sean ni dialécticos, ni funcionales, ni caóticos. Puede
darse por ejemplo que haya momentos de existencia caótica esta vieja
cuestión filosófica retomada por Félix Guattari o Gilles Deleuze en donde
las fases de esta experiencia caótica hayan sido particularmente
importantes en el sentido de su eficacia para comprender el sentido de una
crisis y para abrir el camino a una experiencia por venir. Sin embargo, la
función de la teoría no puede ser la de una mediación en el sentido
tradicional del término. Debemos efectivamente mostrarla desde el interior
de un proceso que la supere. La multitud no puede devenir cuerpo, o
espíritu, es decir no puede resistir una unificación a través de un poder
que la trascienda. Por otra parte, hay que dejar de decir que la multitud
es una red, porque todo ha sido siempre una red y entonces ello no cambia
nada. El problema radica entonces entre lo uno y lo múltiple, y ese
problema debe ser colocado en actos. Con ello quiero decir que la única
manera de abordar el problema respecto del nivel actual de las luchas y el
de la composición social del proletariado consiste en no poner la carreta
delante de los bueyes, en no asimilar la multiplicidad a formas de unidad,
ni la multitud en el seno del concepto abstracto de unidad, sino más bien
el problema consiste en investigar ( y si ello es posible encontrar ) en el
interior de la multitud, las formas concretas de acción. ¿Cuáles son
entonces el rol y la función de la teoría? Yo creo que sólo pueden ser
expuestos en términos teóricos, o sea aquellos de definición de un
dispositivo singular y común. Pero una vez dicho esto, no hemos dicho casi
nada. Porque inmediatamente las preguntas permanecen: ¿qué significan, por
ejemplo, en vistas a la movilidad, los "documentos" como instrumentos o
mediación de esta movilidad?.

El hilo conductor del libro es un análisis de lo que se denomina
actualmente como "mundialización" y que Uds. describen como una reacción
capitalista al deseo de des-territorialización de la multitud. Del mismo
modo en que lo escribía recientemente Yann Moulier-Boutang en un artículo a
propósito del proceso a Bové en Millau: "la mundialización liberal es una
respuesta capitalista a un movimiento de liberación que la precedió". O
como lo escribe Ud. mismo, "The Multitude called Empire into being"; o aún
más "The formation of Empire is a response to proletarian Internationalism".

Los hombres hacen la historia, y en el comienzo está el deseo de la
multitud ("Las luchas del proletariado constituyen en el sentido
ontológico del término el motor del desarrollo capitalista"). Tiende Ud. a
negar toda iniciativa o todo desarrollo autónomo al capitalismo, ya sea
negando su propia capacidad de invención o descartando la idea de toda
regularidad cíclica en su desarrollo. ¿Este esquema operaísta que se
encuentra en el corazón mismo del libro no se desgasta al ser aplicado y
generalizado a la totalidad del mundo tal cual es?. ¿No se podría imaginar
una teoría un poco más híbrida de la mundialización, en el sentido de que
dejara lugar a una cierta positividad y capacidad de invención de los
dispositivos de poder?.

El modelo explicativo que Michael y yo hemos adoptado consiste en que las
luchas obreras y los movimientos proletarios en general constituyen la
llave del desarrollo. Es indiscutible que las formas capitalistas de
gestión, de extracción del plus-valor, son efecto de los movimientos de
lucha del proletariado. Esa es la tesis fundamental a partir de la cual
desarrollamos nuestro discurso. En este sentido, no creo que sea posible
sostener una tesis híbrida, en donde por un lado insistiríamos sobre el
capital y por el otro sobre la clases trabajadora. Esta tesis fundamental
está en la base misma de la lectura del marxismo que ha sido hecha por los
camaradas italianos en los años cincuenta y sesenta. Este marxismo que se
llama marxismo operaísta y que desde hace ya tiempo ha sido muy difundido
internacionalmente. Y esta tesis es probablemente una de las grandes
afirmaciones del operaísmo: se trata a la vez de una afirmación
historiográfica, de una afirmación ontológica en el sentido en que el
valor es reconocido allí donde existen las luchas y también una afirmación
ética y política. Para comprender algo de este tema, debemos comenzar por
aceptar que el sujeto del que hablamos no es la clase obrera en el sentido
estrecho en que podíamos definirla en el fordismo. Cuando hablamos del
trabajo como productor del proceso histórico ( y aún del proceso histórico
capitalista), hablamos en términos de trabajo vivo, es decir, de una fuerza
que no sólo es producción, sino también capacidad de intervenir en la
reproducción, en la intelectualidad, en los afectos, etc. No existe en este
punto ningún mecanicismo. Por el contrario: a partir del surgimiento tan
salvaje del saber y de la acción, constato una formidable fuente de
creatividad de la historia que puede en el límite ser acusada de un poco de
idealismo pero en ningún caso de mecanicismo.

Las luchas obreras han creado una internacionalización real, sobre todo al
nivel de la fuerza de trabajo. Esta internacionalización no es
evidentemente aquella que habíamos deseado y que se encontraba en el
fundamento mismo de la construcción del comunismo. Pero ella es no obstante
un impresionante avance, en el sentido de que destruye todas las categorías
clásicas del pensamiento político socialista y comunista. Hoy nos
encontramos en el imperio. ¿Qué quiere decir vivir en el imperio? Cuando se
define la construcción del imperio llegado a su madurez, se ha terminado
con el paradigma de la lucha de clases como lo habíamos definido antes, no
sólo imaginado sino construido-vivido.

El capital tiene capacidad de reacción pero no de invención. Es por ello
que insistimos en que la función capitalista se torna crecientemente
parasitaria. Porque aún desde el estricto sentido de la simple reproducción
de la vida, de la consistencia y de la experiencia de lo real, ya no nos
aporta más nada.

La construcción del paradigma sólo es posible al final del ciclo y ello
tiene consecuencias enormes, en el sentido de que implica el pasaje desde
una lucha de resistencias a una lucha que construye. Hay que evitar en la
medida de lo posible las luchas de resistencia. Hay que escaparse, fugarse,
trazar líneas de fuga al mismo tiempo que desarrollar la capacidad de
inventar cosas positivas, que estén ya en el afuera. Esto recuerda La
Ciudad de San Agustín. Hay que empezar a pensar esta nueva clase
trabajadora como aquellos que ya comienzan a rechazar la representación,
quienes eligen la expresión en contra de la representación, aquellos que
rechazan todo tipo de comando directo sobre el trabajo, los que se
desplazan continuamente y que comienzan a construir tribus verdaderamente
exteriores... y después veremos lo que acontece. Pero debemos comenzar a
mostrar y a definir estos nuevos movimientos del proletariado. Se trata de
nuevos movimientos que van en círculos, se desvían, salen, se desplazan de
una manera completamente anormal; y esto concierne a un punto central,
porque no teniendo ya ética el capital, ni tampoco teoría, será
paulatinamente obligado a seguir estos movimientos.

Antes del final de este ciclo, había una dialéctica. Ahora debemos acusar
recibo del fin de la dialéctica. Y el fin de la dialéctica equivale a
concebir el imperio. Una parte importante del libro se dedica a mostrar
cuáles son las condiciones de estructuración del imperio, y entonces cuál
es la relación del imperio a la fuerza física, a la moneda; ¿qué significa
hoy la moneda en el sentido imperial?. ¿Qué significa producir cultura,
lengua o lenguajes?. Estas son cosas que me interesan, al igual que la
capacidad de la Constitución americana para representar el esquema de una
nueva forma de constitucionalidad o de juridización de los movimientos
imperiales. Tenemos ejemplos de ello continuamente, como es el caso
absurdamente espléndido de la condena de Microsoft. En el plano nacional,
se acusa a Microsoft de querer subordinar el poder nacional americano a la
función imperial de la empresa en cuestión, o sea, de usurpar la función
imperial a la Nación americana; en segundo término, se le reprocha el ser
contradictoria con la aristocracia industrial sobre el plano mundial
mediante el uso de prácticas monopolísticas; finalmente, se la acusa de
inhibir a los usuarios la posibilidad de desarrollar diferencialmente los
logiciels. Estos textos atacan en consecuencia a la monarquía, a la
aristocracia y a la democracia del imperio; ellos reproducen así el esquema
de tres niveles de poder que nosotros describimos en el libro. Y está
escrito en la sentencia!.

Ud. evoca el pasaje del "obrero-masa del modo de producción fordista al
obrero-social" que sería la nueva figura subjetiva de la producción en
nuestra era post-fordista. Pero, y para no salir de la cuestión de las
denominaciones de la lucha de clases, existe en su libro como una suerte de
hesitación para nombrar a esta fuerza positiva que se opone al imperio y
hasta a veces se tiene la impresión que se refiere Ud. con mucha frecuencia
al concepto spinozista de "multitud" para no tener que decir a menudo
"proletariado". ¿Ud. ve estos términos como sinónimos?. ¿Cuáles serían sus
funciones teóricas respectivas?.

En efecto, es una cuestión que se plantea. Y ello debido a que existe una
fricción y probablemente un comienzo de contradicción entre este movimiento
de disolución interna del viejo concepto de clase trabajadora y la
subsunción del trabajo industrial bajo el concepto, la categoría, en fin,
la potencia de las multitudes productivas. Evidentemente, ello coloca el
problema de decretar el fin de un término tan glorioso como el de "clase
trabajadora" y, por otra parte, es un poco ridículo pensar la multitud como
la "conclusión" de un proceso contradictorio de luchas, de revoluciones. En
todo caso, me parece que desde un punto de vista analítico, se puede
afirmar que existe una cierta continuidad del obrero-masa al obrero-social,
es decir, hacia el actual obrero móvil, flexible, postmoderno; y esa
continuidad está ligada a la producción de valor, algo que no aparece en el
término multitud. Por otra parte el concepto de multitudes obliga a buscar
más lejos sus orígenes, en la historia del pensamiento político y de la
teoría política. En consecuencia, el abordaje de esta figura conclusiva no
sólo del proceso de disolución sino del de transformación proletaria y su
vínculo con el concepto de multitud necesita aún una definición. Y ello aún
cuando sea hoy evidente, en esta última fase del proceso de evolución
socio-económico y de la crítica de las categorías del capitalismo y de la
clase obrera, que asistimos a una singularización del trabajo, de la
función del trabajo. Cuando se habla de obrero social, se está en realidad
hablando de una singularidad, de una singularidad activa y desde este punto
de vista pienso que la singularización de la fuerza de trabajo como trabajo
vivo roza el límite del concepto de multitud, aún si éste no tiene la
complejidad y la potencia del discurso sobre el proletariado.

En cuanto al concepto de multitud, se da una superposición incompleta,
desfasada, entre un concepto jurídico-político y un concepto
económico-político, aún a pesar de que la singularización del trabajo en el
proceso de constitución del nuevo proletariado está sin duda alguna
extremadamente avanzada.

Habrá que enriquecer el concepto de multitud con las características del
proletariado, y en consecuencia, del trabajo vivo, de acuerdo con las
formas en que el trabajo se nos presenta actualmente. Creo firmemente en la
hibridación de conceptos diferentes, es la única manera en que podemos
proceder. Toda la teoría jurídica se funda justamente en una tentativa de
purificación de los conceptos; nosotros, en cambio, debemos ensuciarlos,
hibridarlos, porque no hay otra cosa que hacer en esta fase de
transformación. Y por otra parte creo que, a pesar de todo, es útil desde
un punto de vista epistemológico asumir el concepto de multitud porque
permite el despliegue de la universalidad del trabajo como función
constituyente de lo social y de lo político, permitiéndonos así avanzar en
el discurso. En cuanto al hecho de que ello oblitere o bloquee la fina
distinción del carácter específicamente precario o inmaterial del trabajo,
no creo que ése sea el caso: por el contrario, nos permite establecer un
fundamento político común a estos discursos. Por ejemplo, utilizar el
término de multitudes en las investigaciones gremiales, que es lo que
estamos haciendo actualmente, es sumamente útil porque nos permite
comprender inmediatamente que hablamos de formas diversas, que la clase ya
no es algo que se repliega sobre sí mismo sino que se expande, que explota,
que se torna múltiple a lo largo de las diferentes estratificaciones sociales.

Ud. combate enfáticamente cierta nostalgia de izquierdas que se opone a la
"mundialización" liberal. El discurso sobre las bondades del Estado-Nación,
ya sea que recaiga sobre la grandeza de la Nación o sobre la del Estado (la
defensa del Estado como único garante posible del "servicio público a la
francesa"), está particularmente difundido por estos lugares, desde
Chevènement hasta las organizaciones trotskistas. Total que efectúa Ud.
simultáneamente la crítica del "nacionalismo de izquierda", así como de un
culto, digamos neo-social-demócrata del Estado, particularmente muy de moda
en la extrema izquierda francesa. Por otra parte, Ud. recuerda los trazos
del Estado nacional como síntesis esencializante e identitaria, por un
lado, y como aliado objetivo del "capitalista colectivo", por el otro.
Pareciera que lo que dice en el fondo es: nuestra mundialización contra la
de ellos, construyamos un contra-imperio y recordemos que la única
respuesta verdadera al Imperio romano fue la cristiandad, proyecto, si los
hay, universalista y transnacional. En la misma línea, más vale la
mundialización que el Estado-Nación, y en ese sentido Marx mismo prefería
también el capitalismo al sistema feudal. En otros términos, no deja Ud. de
insistir en el hecho de que sería un error sostener discursos vueltos hacia
el pasado y hacia "los buenos viejos tiempos del Estado-Nación" y de
enfatizar que urge situarse, al menos, en el mismo nivel de totalidad que
el propio imperio. Dentro de todo este contexto, nos sorprende no encontrar
en su libro reflexiones concernientes a los actuales debates sobre el
proceso de integración europea, del de la moneda única, en fin, de la idea
de una Europa federal o de la de una constitución europea. ¿Cuál es el rol
para Europa en el imperio?. ¿ O cuál es su función en ese contra-imperio
que desea Ud. tan vehementemente?.

Dentro del contexto de la temática que hemos propuesto, cualquier función
soberana como la Nación o aún la federación de Naciones estaría desde ahora
en más completamente superada. Por supuesto que a esta afirmación puede
oponérsele la clásica objeción leninista ligada de hecho a la historia del
movimiento obrero y de sus organizaciones políticas, en el sentido de que
es necesario un punto de apoyo sobre el cual hacer palanca. ¿Puede Europa
ser eventualmente ese punto?. Dejo la cuestión completamente abierta. No
obstante, no creo que, dado el estado actual de las cosas, todos aquellos
que luchan por una expansión de la batalla política al nivel del imperio
puedan encontrarse albergados por Europa. Como tampoco creo que ese pudiera
ser el caso en Francia o en Alemania. Muy por el contrario, pienso que la
dinámica de la constitución de la Unión Europea está íntimamente ligada a
los intereses del centro imperial, a la absorción progresiva por parte de
ese centro respecto de ciertas zonas ampliamente desarrolladas del planeta.
Creo entonces que actualmente la función de Europa no está siendo para
nada la de constituir un poder concentrado sobre sí mismo y, en
consecuencia, capaz eventualmente de desarrollar ciertas alternativas en
relación al mecanismo imperial. Su función parece ser la de absorber a la
Europa del Este, eventualmente a la propia Rusia, o también a ciertas
regiones mediterráneas, para construir de esta manera una gran zona de
modernización imperial. A este respecto creo que el mecanismo imperial sólo
puede ser derrotado desde dentro. Desde dentro y yendo hacia un afuera. Es
decir, rechazando sus leyes, sus razones, y, consecuentemente,
encerrándolo. ¿Pero qué quiere decir encerrar una totalidad?.

En el espacio de un año, he escrito dos artículos acerca de Europa. En el
primero de ellos, me parecía que esta gran transformación que está
ocurriendo en Europa, con cierto retraso respecto de los Estados Unidos, en
fin, que este proceso de post-fordización produciría inevitablemente dos
polos. Porque existe cierto tipo de trabajo inmaterial que Europa posee
cuantiosamente y porque a partir de allí Europa podría estar interesada en
construir un momento de ruptura en el interior del proyecto imperial. Para
modificarlo desde una dimensión general, abriendo así un frente de batalla
de transformación en el sentido comunista. En Europa podría haber fuerzas
capaces para ello, entonces, ¿ por qué no intentarlo?. Pero, he aquí que un
año más tarde nos encontramos frente a la guerra en Yugoslavia. Esta ha
sido una verdaderamente clásica operación imperial para vaciar a ese
eventual proyecto europeo de todo contenido. Todo aquello que podríamos
haber esperado de una función europea de transformación ha desaparecido.
Creo no obstante que el debate debe permanecer abierto, pero lo que debe
estar claro es que no se trata de una alternativa entre Europa o los
Estados Unidos, que no es en torno de la batalla entre el dólar y el euro
que se encuentran los temas decisivos. La batalla de la que se trata
interpela un nuevo modelo de desarrollo, pero también de democracia.

Tengo la impresión de estar en una situación de tipo maquiavélica, en el
sentido estricto del término. Hacia comienzos del siglo XVI, Italia había
dejado de representar un modelo. Por otra parte, el Estado Absolutista
estaba en curso de afirmarse en Francia y en Inglaterra. Maquivelo se
interroga entonces en torno a lo siguiente: ¿ qué Príncipe puede afirmar la
unidad de Italia y ello ligado a la capacidad de producir el
Renacimiento y colocarse como una alternativa al Estado absolutista de la
modernidad?. ¿Quién será el Príncipe contra el imperio?.

Ud. parte de dos ideas heredadas: "la derrota de lo político" (que es, en
su opinión, sólo la crisis de soberanía del Estado-nación pero no de la
soberanía política como tal) y del “imperialismo americano” (que justamente
no es un imperialismo sino un elemento entre otros de un nuevo modo de
soberanía política, la soberanía imperial). El concepto de "soberanía
imperial" le permite señalar las diferencias entre la actual situación y la
de los imperialismos del pasado. Y aún cuando los Estado Unidos juegan un
rol decisivo en el actual orden mundial, no podría asignárseles el rol de
"potencia imperialista", en el sentido que este término se usó para Francia
e Inglaterra en el siglo XIX. El imperio, entonces, ya no es el
imperialismo, ya que no se constata una relación simple entre el centro y
su periferia, entre una metrópolis y sus colonias. Pero si en la
mundialización el centro está en todas partes y en ninguna, ¿por qué
entonces haber elegido el término de imperio, que hace pensar tan
directamente en el Imperio romano, para describir la mundialización?. ¿ En
qué sentido Roma sería todavía un paradigma operativo?.

En efecto, el haber escogido el término imperio implica fuertes
connotaciones, desde su acepción "romanista". Pero puede decirse que, en
general, toda la temática jurídica y política de occidente está
caracterizada por esta tradición del Imperio romano. Creo entonces, desde
la perspectiva de la continuidad de cierto régimen conceptual, que el
término escogido es poco escandaloso. Por otra parte, en la primera página
del libro nos disculpamos por no haber tenido en cuenta en nuestro
discurso, como características fundamentales, otras formas imperiales.
Simplemente hemos tomado una tradición jurídica que posteriormente se
mostró dominante durante la modernización. La otra cuestión que nos
interesaba respecto del término imperio era la de retomar de manera central
las temáticas postcoloniales. Porque esas temáticas serán luego centrales
con el cambio de paradigma que sobrevino en torno al sesenta y ocho. Ello
no quiere decir que existe un postcolonialismo que tendría las mismas
características y la misma significación que el antiguo colonialismo.
Hablar hoy de postcolonialismo es referirse a una situación que se ha
transformado profundamente y en la cual una parte de los viejos países
coloniales participan del imperio mientras que otros son excluidos de él o
por lo menos juegan un rol en esta nueva división internacional del trabajo
que incluye normalmente en el centro del imperio aún a las élites de los
países más descentrados.

Se trata de retomar la tradición del pensamiento político occidental, de
volver sobre los problemas tal como han sido expuestos por Gibbon,
Montesquieu y todos aquellos que han escrito sobre la crisis y la
decadencia del Imperio romano, y ello porque se trataba de esquemas
clásicos para tratar las formas de gobierno. Y lo que no deja de sonar
extraño en este esquema es el hecho de que en toda la tradición de las
Luces respecto del problema del Imperio romano, el cristianismo fue
considerado como una fuerza negativa, destructora. Para nosotros, por el
contrario, el problema que encaramos es el de una nueva religión,
completamente atea y materialista: la religión de la Ciudad de los hombres
en vez de la Ciudad de Dios. Y es en el horizonte de la potencia que debe
dibujarse ese pasaje hacia el afuera. No sé con certeza cómo se hace eso.
La teoría de la deconstrucción ha definido bastante bien este proceso en el
cual se debe lograr ir siempre hacia el límite. Pero sucede que esa teoría,
así como acontece con las posiciones de tipo Agamben que son si se quiere
mucho más materialistas, todas ellas son posiciones que sólo llegan al
margen para ser luego re-aspiradas hacia el interior. Nosotros, en cambio,
quisiéramos saber si es posible ir hasta el margen para comenzar a circular
en el afuera, a caminar por ese afuera. No sé hacia dónde nos dirigimos y
no obstante, es claro que se trata de una concepción del margen que dice:
desde ahora todo está dentro, ya no hay posibilidad alguna de innovación si
no es rozando el margen, deconstruyendo hacia el margen. El problema
consiste en lograr comprender que esta deconstrucción hacia el margen
reduce paulatinamente el campo y la amplitud del poder. Un poder que se ha
vuelto lenguaje, dominado por ese lenguaje, por la moneda, por los
intercambios. Se trata de ver si es posible la creación de zonas libres, es
decir, liberadas del lenguaje y de la fuerza. Crearlos por afuera y de ir
restringiendo el campo del poder hasta que caiga. Debe existir la
posibilidad de construir el afuera desde dentro y ello significa luchar,
crear modos de vida diferentes, utilizando la biopolítica contra el
biopoder. En ese preciso momento podemos apreciar cómo el término
multitudes deviene útil, porque él toma a cargo las nuevas significaciones,
otros nombres, nombres que han sido rechazados, dejados al costado por la
tradición obrera, pero que ahora, poco a poco, pueden ser reconquistados
para un nuevo proyecto.

* De la revista francesa VACARME - Oct. 2000 - www.vacarme.eu.org
Traducción de Marcelo Matellanes, Profesor Titular de Economía
Internacional, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.
matellanes@...
Gracias Pate Palero por este excelente documento.
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2. Diario El Mundo - España AÑO XIII. NUMERO 4.251. Sábado, 21 de julio de
2001

TONI NEGRI / FILOSOFO Y COAUTOR DE 'IMPERIO'
«El G-8 es una caricatura; la globalización exige una participación de todos»
por GABRIEL ALBIAC. Enviado especial a ROMA

Junto con el profesor de la Universidad de Duke Michael Hardt, Negri se ha
lanzado a la tarea de reiniciar el pensamiento comunista desde cero. El
resultado es Empire, un libro calificado ya como el más importante del
último decenio. Negri aboga, durante esta entrevista, por salir de la vieja
concepción marxista-leninista del imperialismo.

Empire (Imperio) es probablemente el éxito editorial más extraño de las dos
últimas décadas en Estados Unidos. Que el New York Times califique como el
más importante del último decenio este libro revolucionario, redactado por
un joven profesor de la Universidad de Duke (Michael Hardt) y un pensador
marxista, criminalizado y casi borrado del horizonte italiano (Antonio
Negri), es ya notable.
Que la edición se haya agotado de inmediato y que traducciones a más de 10
lenguas estén disponibles, da cuenta de hasta qué punto Imperio apunta en
la diana exacta de las preocupaciones de un mundo estupefacto ante sus
propias mutaciones.
¿Qué es Imperio? Un trabajo académico espectacular, sí. Pero, ante todo, un
envite: reiniciar el marxismo desde cero. Y refundamentar una política
comunista ajena al socialismo (tanto el soviético como el socialdemócrata).
Con todos los riesgos de la hipérbole: Empire es el intento de escribir El
Capital del siglo XXI.
Las últimas veces que charlé con mi viejo amigo Toni Negri en la ciudad de
Roma, la conversación había de ser interrumpida por su retorno nocturno a
la cárcel de Rebibbia. Hace menos de dos meses que ese brutal recordatorio
de los años de plomo se ha roto. Aun cuando su situación penal sigue siendo
la de «libertad vigilada».
- Imperio. No imperialismo. Toda la reinvención del marxismo, que 'Empire'
trata de acometer, gira en torno a este matiz.
- Es un envite esencial. Hay que salir de lo que ha sido la vieja
concepción marxista-leninista, conforme a la cual el imperialismo es la
expansión del capitalismo nacional hacia espacios mundiales, que crea una
jerarquía a través de la centralidad de las grandes potencias. Todo eso es
un marco periclitado. El Estado nación no es ya el sujeto del desarrollo
mundial capitalista. El mercado global es una realidad, en la cual las
naciones van a diluirse. No estamos diciendo que el Estado nación ya no
exista, pero sí que se da una transferencia esencial de su soberanía.
- Esta tesis de la desmaterialización del sujeto del dominio prolonga lo
que escribía usted en los 80 acerca del primado de la mercancía inmaterial.
- Insistimos mucho, en este libro, acerca de esta relación entre la
reorganización de la producción a nivel mundial y la forma del mando que se
ejerce sobre ella. Cada vez más, los elementos que están ligados a la
circulación de mercancías y servicios inmateriales, a los problemas de la
reproducción de la vida, pasan a ser centrales. Un poder que intente seguir
ese contexto vital debe adecuarse a ello. Todo ello concierne más a la
forma del mando que al lugar desde el cual se ejerce. Pensamos que no hay
un lugar de centralización del imperio, que es preciso hablar de un no
lugar. No decimos que Washington no sea importante: Washington posee la
bomba. Nueva York posee el dólar. Los Angeles posee el lenguaje y la forma
de la comunicación. Pero los lugares del mando lo atraviesan todo, allá
donde hay nuevas jerarquías y nuevas formas de explotación.
- Escribe usted que «el imperio no está en América, ni en Wall Street, ni
en Washington, ni en Nueva York, está por todas partes, en red, se
reproduce en el orden global». Eso lo diferencia del antiamericanismo de
los antiglobalizadores.
- Estamos de acuerdo en lo que concierne a las grandes potencias. El G-8 es
una caricatura. Que no haya lugar no significa que no haya una genealogía
del poder. ¿Cuál? Nosotros pensamos que ese poder está construido como una
aristocracia -productiva y mercantil-, que domina el planeta. Estoy
convencido de que la globalización exige una participación de todos los
patronos en función del capital colectivo; si no se plantea así, se cae en
una simple defensa del país-nación. No creo que suceda con la mayor parte
de los movimientos antiglobalización, pero sí con algunos.
- En 'Empire', plantean ustedes el problema al revés, al afirmar que
«contra todos los moralismos y las posturas del resentimiento y la
nostalgia, debemos decir que estos nuevos terrenos imperiales proveen
mayores posibilidades de creación y liberación».
- Sí, no tiene sentido soñar una marcha atrás. El imperio configura la
nueva realidad a partir de la cual es preciso plantearse las formas de
lucha contra el capital y el capitalismo global. Esto es
extraordinariamente importante. Para comprender bien las cosas, tal vez sea
necesario dar un paso atrás y un paso adelante. El paso atrás es la
situación en la cual nos hallamos hoy: una situación determinada por las
luchas a nivel central y a nivel del Tercer Mundo. Las luchas obreras en el
centro y las luchas anticoloniales en la periferia horadaron, en los años
sesenta, el poder del Estado nación y fueron una gran fuerza de ruptura. La
determinación capitalista, llegados a ese punto, produjo un salto, una
reorganización de los espacios de mando y de las técnicas generales a
aplicar. El paso atrás es éste: la creación del mundo global, del mundo de
la globalización, es el resultado de un proceso de lucha; la derrota de las
luchas obreras, al igual que las del Tercer Mundo, es una derrota que, sin
embargo, dejó una enorme precariedad en el mando del capital. Ahí se
planteó la gran dificultad: salir del modelo nacional del mando
capitalista; salir del modelo moderno.
- ¿No tiene usted la impresión de ver reaparecer en ese movimiento
antiglobalización elementos de «utopía negativa», de esa mitológica
añoranza de un pasado imaginario, un poco a la manera de los obreros que,
en el siglo XIX, llamaban a destruir las «diabólicas» máquinas, para volver
al bello tiempo del artesanado premaquínico?
- No sé. Yo tengo una visión más abierta. Sin negar que, desde luego, esos
son elementos absolutamente negativos. Pero hay que comprender que salimos
de una veintena de años de desierto. Y esta reconstrucción de un movimiento
de tal intensidad nos hace pensar en los preludios de las otras épocas de
grandes cambios. Estamos en un momento en el cual se atisba la apertura de
un ciclo de luchas. Las llamamos proletarias, no en el significado original
de la palabra, sino refiriéndolas a gentes que viven, en mayor o menor
medida, en situación de pobreza. Pero que, también, por otro lado, incluyen
la emergencia de potencias intelectuales: la fuerza de trabajo, hoy, se ha
convertido en una fuerza intelectual, inmaterial confrontada a una pobreza
real.
- La hipótesis de lucha que atraviesa 'Empire' está marcada por lo que
ustedes definen como la presencia del Tercer Mundo en el corazón mismo del
Primero. La geografía del poder se habría disuelto.
- Hemos insistido mucho sobre eso y creo que hemos llegado a un cierto
nivel de demostración. Las elites del Tercer Mundo poscolonial son elites
cada vez más integradas al mercado mundial. Dicho en tono de broma: si
tienes el dinero para enviar a tus hijos a estudiar a Harvard e invertir en
Wall Street, aunque vivas en Africa Central o en China o en Rusia, eres
parte del Primer Mundo. Como contrapartida, el Tercer Mundo nos lo
encontramos en las periferias de todas las grandes ciudades del planeta y,
sobre todo, en los movimientos de población. Hemos insistido mucho sobre
esta catástrofe demográfica, sobre estos éxodos bíblicos que se dan hoy en
la reorganización del mundo. Y esta reorganización abole, cada vez más, la
distinción entre Primer y Tercer Mundo. El Segundo se ha suicidado.
- ¿No hay un cierto milenarismo en la suposición de que esta masa
migratoria vehicule la potencia revolucionaria o, en todo caso, renovadora?
¿No podría, al menos en teoría, producirse la hipótesis contraria: una
regresión ideológica, política, religiosa incluso, extremadamente arcaizante?
- Bueno, nosotros no decimos que esos movimientos migratorios sean una
fuerza revolucionaria.
- Pero sí, que son una potencia de destrucción de lo establecido.
- Eso sí. Porque son portadores de contradicciones extremadamente fuertes
y, por tanto, portadores de potencia nueva. El segundo volumen de Empire,
que estamos preparando, se centrará precisamente sobre los problemas de
organización a través de las metamorfosis, la definición de las nuevas
potencias. Hay que subrayar algo importante. A medida que la producción se
transforma en producción intelectual, inmaterial, las relaciones entre el
trabajo y sus expresiones se hacen inmediatas: no se precisa ya de nadie
que proporcione instrumentos de trabajo, cada cual lleva consigo, en esa
migración, su cerebro, que es el instrumento. El poder capitalista estaba
casi siempre basado sobre el anticipo de los medios; hoy, ese proceso se
hace cada vez menos importante. A partir de ahí, incluso la espontaneidad
debe ser replanteada en términos nuevos. Jamás he estado de acuerdo con un
espontaneísmo que mitificase la conciencia de clase, pero hoy las cosas han
cambiado por completo. La relación entre saber hacer, fuerza de trabajo,
conciencia e imaginación es inmediata. Otro argumento: la política se
convierte, cada vez más, en biopolítica. Lo investido por el imperio y el
proceso de globalización son las formas mismas de la vida, los estilos de
vida. Y esas formas de vida pasan a ser fundamentales, incluso para
valorizar la producción. Cuando decimos que los instrumentos de trabajo se
forman más bien a través la cooperación que a través del anticipo de medios
o de dinero por parte del capital, estamos diciendo cosas de una
extraordinaria trascendencia. Decir, por ejemplo, que la cohesión social,
las relaciones sociales son lo más importante -y no desde un punto de vista
político, sino productivo-, que la cooperación lingüística pasa a ser
esencial en la creación de valor. En suma: la vida, sus lenguajes, sus
formas pasan al primer plano. Eso es la inmediatez de lo político, el
renacimiento de lo político.
- Frente a esa irrupción difusa de lo político en la vida, la política
institucional se degrada. «La corrupción» -tal y como escribe usted- «ha
tomado el lugar de la democracia».
- A medida que las viejas formas del Estado van desapareciendo y una
gobernación continua, sin límites, va desarrollándose, la legalidad estatal
del Estado nación deja de existir, el comercio internacional es dominado
por la lex mercatoria, es decir, por los acuerdos entre las empresas. En
resumen, nos hallamos en una situación en la cual, el contrato entre
grandes empresas es fundamento de Derecho, fuente de Derecho. La corrupción
pasa a ser la forma en la cual la vida se desarrolla. No se puede denunciar
la existencia de contaminaciones o interferencias mafiosas. En realidad,
las formas más elegantes del ejercicio del poder tienen escasísimas
diferencias con eso. El verdadero problema es el de comprender cuáles son
las dificultades de construcción de un nuevo Derecho consensual real.
- Desde final de la década de los 80, el pensamiento de matriz
revolucionaria se extinguía en un callejón sin salida. El primer atractivo
de su libro ha sido replantear conceptos vetados durante una década y
media: revolución, comunismo... Y reivindicarlos. ¿Qué quiere decir hoy,
para ustedes, «ser comunista»?
- Dos o tres cosas importantes. Por un lado, el fin de la explotación, de
esta explotación que, cada vez en mayor medida, ha pasado a ser algo que
atraviesa los intercambios más abstractos. El final del socialismo real y
de las prácticas burocráticas del socialismo no ha venido acompañado por el
fin de la explotación. Sin embargo, la potencialidad del trabajo ha sufrido
una transformación extraordinaria. Somos comunistas, hoy, desde nuestra
consideración de que se puede liberar el trabajo. Estamos convencidos de
que el trabajo sigue siendo todavía el elemento fundamental, a través de
esas transformaciones que hemos sido los primeros en analizar desde hace
dos o tres décadas. Nuestra apuesta comunista es hoy: a favor del trabajo,
contra la explotación. Mi comunismo es la vida contra la explotación.

Aparecido en: http://www.el-mundo.es/2001/07/21/mundo/1025936_imp.html
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3. Diario EL PAIS - España
"El 11 de septiembre, una parte del capital mundial atacó a la otra parte"

Toni Negri fue condenado por "insurrección armada contra los poderes del
Estado". (GERALD BRUNEAU/GRAZIA NERI)
El que fuera ideólogo de la extrema izquierda italiana vuelve a estar de
actualidad gracias al éxito de su último libro, Imperio, que alude a un
ente global que controla el mercado y cuyo poder está en un "no-sitio".

PREGUNTA. Su libro Imperio es un intento de explicar la situación actual,
el estadio actual del capitalismo.
RESPUESTA. Sí, el libro explica lo que ha sucedido, y el motivo de su éxito
precisamente es ése, el de transformar en razonamientos lo que es un
sentimiento común: que el Estado-nación, tal como es, no está en
condiciones de gestionar los asuntos, es decir, de mantenerse en el plano
de la política militar, en el de la política monetaria y, desgraciadamente,
tampoco en el plano de la política cultural. Hay otras potencias, y eso es
algo que todo el mundo percibe, colocadas aquí y allá en el mundo, nosotros
decimos que están en un no-lugar, que gobiernan este desarrollo.
P. ¿Y ése es el imperio?
R. Está en formación. No es una cosa acabada, es una dinámica, que se ha
ido determinando a partir de los años setenta, en nuestra opinión, cuando
hablo en plural es porque incluyo a mi compañero y amigo norteamericano,
Michael Hardt, con el que he escrito el libro. Y por tanto, estamos en este
proceso de formación.
P. Un imperio que no sería otra cosa que una fase avanzada del imperialismo.
R. Sí, la superación del imperialismo. El imperialismo es un periodo ligado
al Estado-nación, que ha sido superado porque se ha "autodestruido". El
Estado-nación europeo se ha hundido por dos problemas fundamentales: uno,
el imperialismo interno, las grandes guerras, porque no hay que olvidar que
hemos tenido dos guerras mundiales terribles. El Estado-nación se ha
demostrado un Estado asesino y la gente lo rechaza. Además es un Estado
colonial, con un imperialismo externo de los países de Europa, y los
desastres que ha producido el colonialismo están todavía a la vista. No hay
más que ver la manera terrible en la que ha desordenado el mundo. La
cultura europea ha intentado imponerse de una manera inhumana. Poblaciones
y civilizaciones han sido destruidas. Las reacciones a estos dos procesos
han determinado una situación en la que el capital mismo se ha dado cuenta
de que no era posible seguir dominando. De ahí la necesidad de dar nueva
vida al Fondo Monetario Internacional (FMI), a la Banca Mundial,
instrumentos que habían sido creados al final de la guerra para regular la
reconstrucción y que se han convertido en instrumentos de regulación
mundial. Toda una serie de poderes han sido transferidos del Estado a estas
instancias supranacionales, que son figuras profundamente irresponsables
porque una democracia internacional no existe.
P. Su libro no identifica, sin embargo, ese imperio que se está formando
con Estados Unidos. Al menos no considera que sea Estados Unidos el único
que manda.
R. No, pero le gustaría controlar todo el poder. Y está haciendo lo
imposible por conseguirlo. Es la cuestión que se plantea ahora. Nuestro
libro, lo decimos en el prólogo, ha sido escrito entre la guerra del Golfo
y la Balcánica. Por tanto, nos referimos en él a lo que era una
configuración inicial, institucional, pública, política, del desarrollo
imperial. Es evidente que las contradicciones que existían entre los grupos
dirigentes se han ido desarrollando. Y una de las cosas más interesantes
que hemos visto es que la superación de estas contradicciones tiende a
excluir a Europa del debate del dominio imperial. Ha sido muy duro para los
europeos reconocer que su oferta de aplicar el artículo 5 del Tratado del
Pacto Atlántico no ha sido considerada, mientras ha tenido más importancia
la relación de la élite americana con la élite rusa y con la de los países
árabes moderados. El 11 de septiembre cambia el panorama mundial por una
sola razón, porque deja a Europa en una posición minoritaria dentro del
grupo de élite. Por otra parte, a mí no me parece casual que desde los años
setenta, cada vez que Europa intenta dar pasos institucionales importantes,
hay una respuesta mundial que le descoloca la situación. Las crisis
petrolíferas, por ejemplo, han sido para Europa mortales, y se han
desencadenado siempre que Europa intentaba avanzar en ese camino. Lo digo
entre paréntesis, no creo que la caída de las Torres Gemelas sea un plan
diabólico para impedir que el euro se convierta en una realidad importante.
P. Es cierto que Estados Unidos no ha visto nunca con demasiada simpatía la
convergencia europea, ni el euro.
R. No, no. Recuerdo cuando Kissinger declaró 1973 el año de Europa y fue
cuando estalló la peor crisis petrolífera de las habidas, que dio un golpe
tremendo a la unidad europea. Hay una guerra sorda, y en esa guerra vemos
que la élite europea es incapaz de moverse como una élite política y el
capital europeo es totalmente incapaz de organizar el mercado. Europa no se
formará jamás así, porque éstos se sienten imperiales.
P. ¿No será, de acuerdo con el análisis de su libro, que Europa está en la
fase previa al imperio, que es un continente atrasado, viejo?
R. No lo sé si es viejo o joven, pero sé que en Europa hay fuerzas
jovencísimas. Hay una intelectualidad productiva amplia, la fuerza de
trabajo intelectual que hay en Europa no la hay ni en América ni en Japón
ni en Rusia. Europa es riquísima en esta materia.
P. Me refería al capital europeo. Quizá le falta esa mentalidad global que
está dando paso al imperio.
R. Puede ser. A mí me parece que hay sobre todo ignorancia, bellaquería...
P. O que los Estados nacionales en Europa son todavía muy fuertes.
R. No me lo parece. El Estado-nación en Europa es tan débil que no ha sido
capaz de poner en pie ni siquiera un ejército. El problema es que en Europa
hay una mentalidad de rentiste, cómo se dice...
P. Sí, rentistas.
R. Hay que decir como Keynes, que todo lo que se puede esperar es que se
opte por la eutanasia, para poder dar vida a un espíritu nuevo. El
keynesismo no es la intervención del Estado en la economía, porque esta
intervención ha existido siempre y siempre existirá, sobre todo en los
momentos en que se decía que el Estado era neoliberalista. El problema es
saber en qué sentido va esta intervención. Pero estamos en una fase de
eutanasia de los rentistas. Esto no se afronta en el libro, porque lo que
hace es describir una fase previa.
P. Aunque ustedes sostienen que el poder está en un no-sitio, en un
artículo suyo en Le Monde se refirió al G-8 como una vaga encarnación del
poder de ese imperio.
R. Bueno, a estas alturas quizá valdría la pena preguntarse si el G-8 no ha
sido el último punto de un recorrido que se está agotando ya. En el G-8,
los americanos no estaban a gusto. Por otra parte, yo no soy antiamericano.
No lo he sido nunca. Es más, creo que si un día se produce una revolución
en el mundo la hará Estados Unidos. Marx pensaba que la revolución se
produciría en Alemania.
P. Se equivocó.
R. Bueno, pero se hizo en Rusia.
P. El sitio equivocado.
R. No sé hasta qué punto equivocado. Lo cierto es que se ha mantenido
durante un siglo, y nos ha permitido a todos vivir mejor.
P. Usted acusaba a los Estados nacionales de haber causado enorme daño,
pero también la revolución soviética creó un imperio y provocó millones de
muertos.
R. Sí, pero me irrita la gente que lo analiza todo en términos
antisoviéticos. Ha sido una posición que ha provocado una guerra, la guerra
fría y ahora hay muchísima gente que tiene nostalgia de esta época, tanto
en los países ex soviéticos como fuera de ellos. Pero hay que decir que la
falta de civismo, la incultura y la violencia han aumentado enormemente.
Pese a todo, la soviética, con sus aspectos orientales, con su tradición
zarista, con su totalitarismo, era una gran corriente de civilización. Pese
a todo, Stalin logró hacer avanzar a la URSS en términos de productividad,
a niveles que los talibanes no han logrado. Y la liberación de la mujer en
la URSS no me parece que se pueda comparar a lo que ha ocurrido en
Afganistán. Y conste que cuando cayó el muro de Berlín sentí una alegría
infinita, porque he luchado toda mi vida contra el socialismo burocrático.
P. Entonces, usted no es antisoviético ni antiamericano.
R. Yo he estado contra Estados Unidos y contra la URSS, pero no contra los
pueblos. Yo me siento neoyorquino hasta el final, porque me siento parte de
esa civilización que, además, me parece que es la única que puede producir
revoluciones o transformaciones radicales. La sociedad americana es la que
tiene capacidad de hacerlo y lo hará. Bush es un fantoche horrible, el
fantoche del capital mundial que se ha instalado allí, es una bestia, tras
la que asoman las componentes talibanes, esos gestores de fondos de dólares
capaces de todo, ésta es verdaderamente la cuestión. El capital es la fea
máquina que nos mortifica a todos. La familia Bush es verdaderamente una
familia shakesperiana. Allí hay dos almas que se combaten, la del petróleo
y la de los dólares. Hasta los israelíes, pobrecillos, están comprendiendo
ahora lo que ocurre, porque éstos siguen cometiendo los antiguos errores,
se alían ahora con los terroristas contra los terroristas. Antes se aliaban
con los terroristas contra los soviéticos. ¡Basta, basta! Ahora los
enemigos de Israel forman parte de la coalición antiterrorista, no lo digo
para defender a Israel -yo estoy del todo con los palestinos-, sino para
aclarar las contradicciones insolubles en las que la dirección capitalista
del imperio ha caído, y que nos prometen guerra.
P. De hecho y aunque usted dice que el imperio no es Estados Unidos,
reconoce que su moneda es el dólar. El idioma parece claro que sería el
inglés. Mientras la cultura será, seguramente, la que irradia ese país. Esa
actitud de "buenismo", que permite a Estados Unidos bombardear Afganistán
con gentileza, evitando al máximo las víctimas civiles, dejando caer al
mismo tiempo alimentos.
R. Ésta no es una guerra buena, sino una guerra mala combatida por los
talibanes del dólar contra los del petróleo.
P. ¿A quién se refiere exactamente?
R. A ese grupo de poder que intentaba el control general de los precios del
petróleo, y a través de éste un control fuerte sobre el desarrollo
occidental. Si uno tiene un poco de experiencia y es capaz de analizar las
cosas con frialdad, se da cuenta de que estamos ante un conflicto antiguo,
un conflicto real en el que se podía producir una tragedia.
P. Usted critica al Gobierno de Estados Unidos, pero está con el pueblo
americano, ¿no cree que en sociedades democráticas el ciudadano tiene
también una responsabilidad considerable en la elección de un gobierno?
R. Sería una larga discusión. Yo creo que en la crisis del Estado-nación
hay que incluir la crisis de la representación, no hay más que ver el
aumento cada vez mayor de la abstención. Además, es evidente que dentro del
imperio, las reglas básicas de la representación democrática, un hombre (o
una mujer), un voto, no sirven, porque en ese caso lo decidirían todo los
chinos. La crisis, como ve, es extraña, porque es una crisis vivida
subjetivamente por el ciudadano, y al mismo tiempo una crisis a la que no
se le ve la solución. Lo que nos proponen es esta solución mediática, de
personas carismáticas que no son muy distintas de las que proponía el
fascismo, salvando las diferencias. Por eso yo no creo que se pueda hablar
hoy de responsabilidad. Mejor dicho, se debe hablar de responsabilidad,
pero la responsabilidad está en criticar, en desertar esta sociedad. Y
desertar esta sociedad significa desertar de la guerra, de la política,
muchas cosas, pero para construir otra.

Aparecido en: http://www.elpais.es/suplementos/babelia/20011027/b12.html

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