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[P/L@] Poesía & Prosa
Compartimos nuevamente algunos fragmentos de Alejandra Pizarnik, nacida en
Buenos Aires en 1939, la misma ciudad en que abandonó voluntariamente su
vida en 1972. Desde entonces ha pasado a ser una de las voces heterodoxas
más representativas de la poesía en lengua española.
Obras de la Pizarnik:
En verso: La última inocencia (1956)
Las aventuras perdidas (1958)
Arbol de Diana (1962)
Los trabajos y las noches (1965)
Extracción de la piedra de locura (1968)
El infierno musical (1971)
En prosa: La condesa sangrienta (1971).
Para leer otros números dedicados a esta autora visita
[P/L@143] Arbol de Diana en:
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/message/148
y [P/L@368] Poemas de Alejandra Pizarnik en:
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/message/386
"Releo con frecuencia tus poemas y los doy a leer a otros y les tengo amor.
Son lindos animales un poco crueles, un poco neurasténicos y tiernos; son
líndisimos animales: hay que alimentarlos y mimarlos; son preciosas
fierecillas cubiertas de piel, quizá una especie de chinchillas: hay que
darles sangre de lujo y caricias. Tengo amor a tus poemas; querría que
hicieras muchos y que tus poemas difundieran por todas partes el amor y el
terror."
De "La extracción de la piedra de la locura y otros poemas"
***
Alejandra Pizarnik
LA ENAMORADA
esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra alejandra no lo niegues.
hoy te miraste en el espejo
y te fue triste estabas sola
la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió
enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado
oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú
te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!
(de La última inocencia, 1956)
***
LA CARENCIA
Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.
(de Las aventuras perdidas, 1958)
***
Comentario sobre "La piedra de la locura"
En la Edad Media, era una creencia común que la locura resultaba de
crecimientos en el cerebro, en general descritos como protuberancias o
tumores sobresaliendo de la frente.
La extracción quirúrgica de esta "piedra de la locura" de la cabeza de
personas consideradas insanas sirvió de tema a varios pintores de los
países bajos durante el siglo XVI, incluyendo a El Bosco, van Hemesen y
Breugel.
Alejandra Pizarnik
Fragmentos para dominar el silencio
I
Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a
través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace
una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido
iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria.
La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró
llamas y ardimos.
II
Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no
guarecen, yo hablo.
Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán
para sollozar entre flores.
No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las
hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris.
III
La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré
mi poema y yo he de decirlo. Aún si el poema (aquí, ahora) no tiene
sentido, no tiene destino.
(de La extracción de la piedra de la locura, 1968)
****
Continuidad
No nombrar las cosas por sus nombres. Las cosas tienen bordes dentados,
vegetación lujuriosa. Pero quién habla en la habitación llena de ojos.
Quién dentellea con una boca de papel. Nombres que vienen, sombras con
máscaras. Cúrame del vacío --dije. (La luz se amaba en mi oscuridad. Supe
que ya no había cuando me encontré diciendo: soy yo.) Cúrame --dije.
(de La extracción de la piedra de la locura, 1968)
***
Comentario sobre "La condesa sangrienta"
El criminal no hace la belleza;
él mismo es la auténtica belleza.
Sartre.
La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik está basada en Erzébet Bathory:
La comtesse Sanglante, de Valentine Penrose (París, 1963), que relata la
tortura y asesinato de más de 600 muchachas por la Condesa Bathory.
La condesa Bathory nació en 1650 en Transilvania, en una de las familias
muy rica e influyente. Recibió una cuidada educación, especialmente para
una mujer y para esa época: Erzébet dominaba el Húngaro, Latín y Alemán,
mientras que la mayoría de los nobles húngaros de entonces apenas si sabían
escribir. A los 16 años fue casada con Ferenc Nadasdy, miembro de una
familia también prestigiosa, pero menos adinerada e influyente que la
Bathory. Erzébet eligió conservar su nombre aún despues de casada. En su
lugar, Ferenc sumó Bathory al suyo.
La joven condesa administró su castillo con una disciplina de hierro, y sus
castigos eran brutales, por decir poco. Golpear a las sirvientas con un
pesado mazo era de los más leves; otras veces les picaba con agujas debajo
de las uñas o las arrastraba a la nieve, donde les echaba agua y abandonaba
a que se congelen. A medida que las torturas se fueron sofisticando y
agravando, estableció una cámara de torturas en su castillo, y, cuando no
era ella quien torturaba, sentada en su trono, observaba como lo hacían su
sirvientas más cercanas.
La condesa prosiguió sus abusos y asesinatos durante años, especialmente
luego de la muerte de su esposo, y de su amiga Darvulia. Esta última,
aparentemente amante de Erzébet, participaba activamente en las torturas, e
incluso enseñó a la condesa nuevas técnicas. Pero también cuidaba que las
víctimas fueran siempre sirvientas y campesinas, a quienes en esa época un
noble podía tratar como a un objeto, que se puede destruir a voluntad. Tras
su muerte, Erzébet perdió toda precaución, y comenzó también a raptar y
torturar a jóvenes nobles.
Sus actividades no podían seguir ignoradas, y, sumadas a razones políticas,
llevaron a que fuera arrestada y llevada a juicio en 1611. Erzébet y sus
sirvientas fueron encontradas culpables; dos de ellas fueron torturadas y
quemadas, otra decapitada. La condesa escapó la pena de muerte gracias a su
rango, pero fué emparedada en su propia cámara de tortura, donde murió tres
años más tarde.
Es imposible saber cuánto exactamente de verdad hay en las historias que
circulan acerca de la "condesa sangrienta". Su historia se convirtió en
leyenda aún en su propia época. A pesar de que no hay testigos, se cuenta
que la condesa tomaba baños de sangre de muchachas para mantenerse joven, o
que mordía y arrancaba la carne a las jóvenes mientras sus sirvientas las
sujetaban. Aún si se trata de exageraciones, la ferocidad inusitada de sus
atrocidades han despertado la curiosidad de muchos escritores y artistas.
Aparentemente, las leyendas de vampiros se originan con su historia, y Bram
Stoker habría trasladado al Príncipe Vlad Teper de Rumania a Transilvania
(cambiándole el rango a conde), influido por ella. La condesa sigue
intrigando a artistas aún hoy: desde poetas como Andrei Codrescu, a bandas
de heavy metal.
Uno de los últimos descendientes de la condesa, Dennis Bathory-Kitsz, es un
compositor de ópera, y está escribiendo una sobre su famoso antepasado.
Alejandra Pizarnik
Fragmentos de La condesa sangrienta
Medidas severas
...la loi, froide par elle-même, ne saurait
être accesible aux passions qui peuvent
légitimer la cruelle action du meurte.
Sade
Durante seis años la condesa asesinó impunemente. En el transcurso de esos
años, no habían cesado de correr los más tristes rumores a su respecto.
Pero el nombre Báthory, no sólo ilustre sino activamente protegido por los
Habsburgo, atemorizaba a los probables denunciadores.
Hacia 1610 el rey tenía los más siniestros informes --acompañados de
pruebas-- acerca de la condesa. Después de largas vacilaciones, decidió
tomar severas medidas. Encargó al poderoso palatino Thurzó que indagara los
luctuosos hechos de Csejthe y castigase a la culpable.
En compañia de sus hombres armados, Thurzó llegó al castillo sin
anunciarse. En el subsuelo, desordenado por la sangrienta ceremonia de la
noche anterior, encontró un bello cadáver mutilado y dos niñas en agonía.
No es esto todo. Aspiró el olor a cadáver; miró los muros ensangrentados;
vió la "Virgen de Hierro", la jaula, los instrumentos de tortura, las
vasijas con sangre reseca, las celdas --y en una de ellas a un grupo de
muchachas que aguardaban su turno para morir y que le dijeron que después
de muchos días de ayuno les habían servido una cierta carne asada que había
pertenecido a los hermosos cuerpos de sus compañeras muertas...
La condesa, sin negar las acusaciones de Thurzó, declaró que todo aquello
era su derecho de mujer noble y de alto rango. A lo que respondió el
palatino:... te condeno a prisión perpetua dentro de tu castillo.
Desde su corazón, Thurzó se diría que había que decapitar a la condesa,
pero un castigo tan ejemplar hubiese podido sucitar la reprobación no sólo
respecto a los Báthory sino a los nobles en general. Mientras tanto, en el
aposento de la condesa, fue hallado un cuadernillo cubierto por su letra
con los nombres y las señas particulares de sus víctimas que allí sumaban
610... En cuanto a los secuaces de Erzébet, se los procesó, confesaron
hechos increíbles, y murieron en la hoguera.
La prisión subía en torno suyo. Se muraron las puertas y las ventanas de su
aposento. En una pared fue practicada una ínfima ventanilla por donde poder
pasarle los alimentos. Y cuando todo estuvo terminado erigieron cuatro
patíbulos en los ángulos del castillo para señalar que allí vivía una
condenada a muerte.
Así vivió más de tres años, casi muerta de frío y de hambre. Nunca
comprendió por qué la condenaron. El 21 de agosto de 1614, un cronista de
la época escribía: Murió hacia el anochecer, abandonada de todos.
Ella no sintió miedo, no tembló nunca. Entonces, ninguna compasión ni
admiración por ella. Sólo un quedar en suspenso en el exceso del horror,
una fascinación por un vestido blanco que se vuelve rojo, por la idea de un
absoluto desgarramiento, por la evocación de un silencio constelado de
gritos en donde todo es la imagen de una belleza inaceptable.
Como Sade en sus escritos, como Gilles de Rais en sus crímenes, la condesa
Báthory alcanzó, más alla de todo límite, el último fondo del desenfreno.
Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es
horrible.
***
La Virgen de Hierro
...parmi les rires rouges
des lévres luiantes et les gestes
monstrueux des femmes mécaniques.
R. Daumal
Había en Nüremberg un famoso autómata llamado la "Virgen de Hierro". La
condesa Báthory adquirió una réplica para la sala de torturas de su
castillo de Csejthe. Esta dama metálica era del tamaño y del color de la
criatura humana. Desnuda, maquillada, enjoyada, con rubios cabellos que
llegaban al suelo, un mecanismo permitía que sus labios se abrieran en una
sonrisa, que los ojos se movieran.
La condesa, sentada en su trono, contempla.
Para que la "Virgen" entre en acción es preciso tocar algunas piedras
preciosas de su collar. Responde inmediantamente con horribles sonidos
mecánicos y muy lentamente alza los blancos brazos para que se cierren en
perfecto abrazo sobre lo que esté cerca de ella --en este caso una
muchacha. La autómata la abraza y ya nadie podrá desanudar el cuerpo vivo
del cuerpo de hierro, ambos iguales en belleza. De pronto, los senos
maquillados de la dama de hierro se abren y aparecen cinco puñales que
atraviesan a su viviente compañera de largos cabellos sueltos como los suyos.
Ya consumado el sacrificio, se toca otra piedra del collar: los brazos
caen, la sonrisa se cierra así como los ojos, y la asesina vuelve a ser la
"Virgen" inmóvil en su féretro.
***
Torturas Clásicas
Fruits purs de tout outrage et vierges
[de gerçures.
Dont la chair lisse et ferme appelait
les morsures!
Baudelaire
Salvo algunas inferencias barrocas --tales como la "Virgen de hierro", la
muerte por agua o la jaula-- la condesa adhería a un estilo de torturar
monótonamente clásico que se podría resumir así:
Se escogían varias muchachas altas, bellas y resistentes --su edad oscilaba
entre los 12 y los 18 años-- y se las arrastraba a la sala de torturas en
donde esperaba, vestida de blanco en su trono, la condesa. Una vez
maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se
desgarraba y las muchachas se transformaban en llagas tumefactas; les
aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego; les cortaban los dedos con
tijeras o cizallas; les punzaban las llagas; les practicaban incisiones con
navajas (si la condesa se fatigaba de oír gritos les cosían la boca; si
alguna joven se desvanecía demasiado pronto se la auxiliaba haciendo arder
entre sus piernas papel embebido en aceite). La sangre manaba como un
geiser y el vestido blanco de la dama nocturna se volvía rojo. Y tanto, que
debía ir a su aposento y cambiarlo por otro (¿en qué pensaría durante esa
breve interrupción?). También los muros y el techo se teñían de rojo.
No siempre la dama permanecía ociosa en tanto los demás se afanaban y
trabajaban en torno a ella. A veces colaboraba, y entonces, con gran
ímpetu, arrancaba la carne --en los lugares más sensibles-- mediante
pequeñas pinzas de plata, hundía agujas, cortaba la piel de entre los
dedos, aplicaba a las plantas de los pies cucharas y planchas enrojecidas
al fuego, fustigaba (en el curso de un viaje ordenó que mantuvieran de pie
a una muchacha que acababa de morir y continuó fustigándola aunque estaba
muerta); también hizo morir a varias con agua helada (un invento de su
hechicera Darvulia consistía en sumergir a una muchacha en agua fría y
dejarla en remojo toda la noche). En fin, cuando se enfermaba las hacía
traer a su lecho y las mordía.
Durante sus crisis eróticas, escapaban de sus labios palabras procaces
destinadas a las supliciadas. Imprecaciones soeces y gritos de loba eran
sus formas expresivas mientras recorría, enardecida, el tenebroso recinto.
Pero nada era más espantoso que su risa. (Resumo: el castillo medieval; la
sala de torturas; las tiernas muchachas; las viejas y horrendas sirvientas;
la hermosa alucinada riendo desde su maldito éxtasis provocado por el
sufrimiento ajeno.)
... sus últimas palabras, antes de deslizarse en el desfallecimiento
concluyente, eran: "Más, todavía más, más fuerte!"
No siempre el día era inocente, la noche culpable. Sucedía que jóvenes
costureras aportaban, durante las horas diurnas, vestidos para la condesa,
y esto era ocasión de numerosas escenas de crueldad. Infaliblemente, Dorkó
hallaba defectos en la confección de las prendas y seleccionaba a dos o
tres cupables (en ese momento los ojos lóbregos de la condesa se ponían a
relucir). Los castigos a las costureritas --y a las jóvenes sirvientas en
general-- admitían variantes. Si la condesa estaba en uno de sus
excepcionales días de bondad, Dorkó se limitaba a desnudar a las culpables
que continuaban trabajando desnudas, bajo la mirada de la condesa, en los
aposentos llenos de gatos negros. Las muchachas sobrellevaban con penoso
asombro esta condena indolora pues nunca hubieran creído en su posibilidad
real. Oscuramente, debían de sentirse terriblemente humilladas pues su
desnudez las ingresaba en una suerte de tiempo animal realzado por la
presencia "humana" de la condesa perfectamente vestida que las contemplaba.
Esta escena me llevó a pensar en la Muerte --la de las viejas alegorías; la
protagonista de la Danza de la Muerte. Desnudar es propio de la Muerte.
También lo es la incesante contemplación de las criaturas por ella
desposeídas. Pero hay más: el desfallecimiento sexual nos obliga a gestos y
expresiones del morir (jadeos y estertores como de agonía; lamentos y
quejidos arrancados por el paroxismo). Si el acto sexual implica una suerte
de muerte, Erzébet Báthory necesitaba de la muerte visible, elemental,
grosera, para poder, a su vez, morir de esa muerte figurada que viene a ser
el orgasmo. Pero, ¿quién es la Muerte? Es la Dama que asola y agosta cómo y
dónde quiere. Sí, y además es una definición posible de la condesa Báthory.
Nunca nadie no quiso de tal modo envejecer, esto es: morir. Por eso, tal
vez, representaba y encarnaba a la Muerte. Porque, ¿cómo ha de morir la
Muerte?
Volvemos a las costureritas y a las sirvientas. Si Erzébet amanecía
irascible, no se conformaba con cuadros vivos, sino que:
A la que había robado una moneda le pagaba con la misma moneda...
enrojecida al fuego, que la niña debía apretar dentro de su mano.
A la que había conversado mucho en horas de trabajo, la misma condesa le
cosía la boca o, contrariamente, le abría la boca y tiraba hasta que los
labios se desgarraban.
También empleaba el atizador, con el que quemaba, al azar, mejillas, senos,
lenguas...
Cuando los castigos eran ejecutados en el aposento de Erzébet, se hacía
necesario, por la noche, esparcir grandes cantidades de ceniza en derredor
del lecho para que la noble dama atravesara sin dificultad las vastas
charcas de sangre.
(de La condesa sangrienta, 1971)
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