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[P/L@530] Homenaje a Rodolfo Walsh   Lista de mensajes  
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[P/L@] Homenaje al escritor y periodista Rodolfo Walsh, a 25 años de su
muerte. Compartimos este inmejorable especial dedicado a su memoria
realizado por el periodista (y compañero de Walsh) Horacio Verbitsky y
Lilia Ferreyra, compañera de Rodolfo.


Walsh. Los ríos subterráneos
Por Horacio Verbitsky

Un año y un día después del golpe militar de 1976, Rodolfo J. Walsh fue
asesinado por un pelotón de la Escuela de Mecánica de la Armada al resistir
un intento de secuestro. Los 25 años transcurridos desde entonces
convirtieron su "Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar" (*),
cuyas primeras copias venía de depositar en un buzón, en cabeza de proceso
histórico contra aquel gobierno tenebroso.
Ni los 50 años de vida de Walsh ni su obra literaria y política pueden
congelarse en las líneas de aquella Carta, con la que cumplió su compromiso
de dar testimonio en momentos difíciles. Investigaciones periodísticas,
cuentos, obras teatrales, memorias, un diario personal, documentos
políticos, constituyen la producción diversa pero congruente de Walsh que
sólo se conoce en forma parcial, porque buena parte de ella fue secuestrada
por los mismos que lo mataron. Recuperarla es un capítulo básico dentro de
la pendiente reconstrucción cultural de la Argentina.
La sucinta antología que aquí se publica es apenas una aproximación.
Arbitraria como cualquier selección, intenta abarcar todos los registros de
Walsh. Incluye textos menos conocidos que la "Carta Abierta" pero en los
que el lector atento encontrará huellas y vestigios fundamentales, que lo
invitarán a proseguir la lectura más allá de estas páginas.
Se inicia con una breve "Autobiografía" que Walsh escribió en 1965, cuando
ya era el autor más admirado de su generación. Hace tres años, una consulta
realizada por el crítico Sergio Olguín a 68 escritores, críticos y editores
reveló que esa valoración perdura en el tiempo: "Esa mujer" (**) es
considerado el mejor cuento jamás escrito en la Argentina, por delante de
los de Borges, Cortázar, Arlt, Bioy, Quiroga, Echeverría, Lugones y todos
los demás. Sigue el cuento policial "Tres portugueses bajo un paraguas (Sin
contar el muerto)". Fue escrito diez años antes que la "Autobiografía", en
la que Walsh dice que abomina del género policial. Acá se advierte con qué
maestría y humor lo había practicado y al mismo tiempo se entiende su
posterior desinterés. Siguen fragmentos de los tres epílogos con que
acompañó las ediciones de 1957, 1964 y 1969 de su obra maestra, “Operación
Masacre”, imprescindibles para seguir al mismo tiempo su deriva política y
sus opciones como escritor. Pocos años después lo encontramos ejerciendo
aún el periodismo, del que se había despedido con toda ceremonia, en un
ejemplar proyecto de investigación que bien podría llamarse "Cómo volver
apasionante la mayor obviedad".
El final de su cuento "Un oscuro día de justicia" (***) y el diálogo que
mantuvo al respecto con Ricardo Piglia ilustran sobre los niveles de
reflexión con que Walsh acompañaba su escritura admirable. Una página de su
diario de 1972 abre el camino hacia la intimidad de sus filias y sus
fobias. Cierra la selección un documento interno que en el último año de su
vida elevó a la conducción de Montoneros, que no se dignó contestarle.
Unos pocos apuntes personales sobre este material. En primer lugar, no se
trata de una expedición arqueológica sino de un placer, una fiesta de la
inteligencia y de la lengua. Segundo, en las palabras del propio Rodolfo,
forma parte de esa "búsqueda a todo riesgo, ese testimonio de lo más
escondido y doloroso" que caracterizaron su vida y su obra. Es una
invitación a recorrer los ríos subterráneos que siempre lo obsesionaron, a
revelar lo escondido, a "declarar las dudas y desatar dificultades" como
propone el texto bíblico que eligió como epígrafe de su primer libro y que
guió cada uno de sus actos, hasta el final. Por último, Walsh mismo
advierte contra la tentación de buscar en estos textos de otro tiempo,
respuestas para los dilemas de éste. Sólo pueden verse, nos dice, como
productos históricos, nos invitan al hallazgo o la elaboración "del propio
producto histórico". Rodolfo acompaña esa travesía con su ejemplo.

Selección y textos: Lilia Ferreyra y Horacio Verbitsky

(*) Para leer la "Carta abierta a la Junta Militar" busca el [P/L@70] en
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/message/78
(**) Para leer el relato "Esa mujer" busca el [P/L@239] en
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/message/247
(***) Para leer el relato "Un oscuro día de justicia" busca los [P/L@64 al
68] en http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/message/71 al 76
***

Autobiografía

Esta breve autobiografía, escrita en 1965, contiene claves centrales de su
vida y una hoja de ruta imprescindible para seguir el itinerario que lo
llevó desde una estancia patagónica en la que su padre era mayordomo hacia
el periodismo, la literatura y la política.

Me llaman Rodolfo Walsh. Cuando chico, ese nombre no terminaba de
convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente
de la República. Mucho después descubrí que podía pronunciarse como dos
yambos aliterados, y eso me gustó.
Nací en Choele–Choel, que quiere decir "corazón de palo". Me ha sido
reprochado por varias mujeres.
Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador.
Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que
a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más
espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más
burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba.
Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones
mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía
bolear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje físico
sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató,
en 1945, y otro nos dejó como única herencia. Este se llamaba "Mar Negro",
y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese
campo. Pero ésta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires.
Tengo una hermana monja y dos hijas laicas.
Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su
implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre. El
mayor disgusto que le causo, es no haber terminado mi profesorado en letras.
Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a
maestros y celadores de sexto grado. Cuando a los diecisiete años dejé el
Nacional y entré en una oficina, la inspiración seguía viva, pero había
perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos.
La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke:
si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo
con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a
silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en
el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en
la literatura aunque sí en la diversión y en el dinero. Me callé durante
cuatro años más porque no me consideraba a la altura de nadie. Operación
Masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que además de mis
perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba,
asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a
veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años. En 1964
decidí que en todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor
era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística.
En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido
cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para
cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces.
En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota
generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero
nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a
sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir
instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que laliteratura
es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.

***

Tres portugueses bajo un paraguas.
(Sin contar el muerto)

El comisario Jiménez y Daniel Hernández fueron la pareja de investigadores
de quienes Walsh se hizo acompañar en sus primeras incursiones literarias.
Si no hubiera escrito más que cuentos policiales, de todos modos sería
recordado por su ingenio, su humor y la sequedad de su pluma. Este cuento
fue publicado en la revista "Leoplán" en 1955.

1
El primer portugués era alto y flaco.
El segundo portugués era bajo y gordo.
El tercer portugués era mediano.
El cuarto portugués estaba muerto.

2
–¿Quién fue? –preguntó el comisario Jiménez.
–Yo no –dijo el primer portugués.
–Yo tampoco –dijo el segundo portugués.
–Ni yo –dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba muerto.

3
Daniel Hernández puso los cuatro sombreros sobre el escritorio.
El sombrero del primer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del segundo portugués estaba seco en el medio.
El sombrero del tercer portugués estaba mojado adelante.
El sombrero del cuarto portugués estaba todo mojado.

4
–¿Qué hacían en esa esquina? –preguntó el comisario Jiménez.
–Esperábamos un taxi –dijo el primer portugués.
–Llovía muchísimo –dijo el segundo portugués.
–¡Cómo llovía! –dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués dormía la muerte dentro de su grueso sobretodo.

5
–¿Quién vio lo que pasó? –preguntó Daniel Hernández.
–Yo miraba hacia el norte –dijo el primer portugués.
–Yo miraba hacia el este –dijo el segundo portugués.
–Yo miraba hacia el sur –dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués estaba muerto. Murió mirando al oeste.

6
–¿Quién tenía el paraguas? –preguntó el comisario Jiménez.
–Yo tampoco –dijo el primer portugués.
–Yo soy bajo y gordo –dijo el segundo portugués.
–El paraguas era chico –dijo el tercer portugués.
El cuarto portugués no dijo nada. Tenía una bala en la nuca.

7
–¿Quién oyó el tiro? –preguntó Daniel Hernández.
–Yo soy corto de vista –dijo el primer portugués.
–La noche era oscura –dijo el segundo portugués.–Tronaba y tronaba –dijo el
tercer portugués.
El cuarto portugués estaba borracho de muerte.

8
–¿Cuándo vieron al muerto? –preguntó el comisario Jiménez.
–Cuando acabó de llover –dijo el primer portugués.
–Cuando acabó de tronar –dijo el segundo portugués.
–Cuando acabó de morir –dijo el tercer portugués.
Cuando acabó de morir.

9
–¿Qué hicieron entonces? –preguntó Daniel Hernández.
–Yo me saqué el sombrero –dijo el primer portugués.
–Yo me descubrí –dijo el segundo portugués.
–Mi homenaje al muerto –dijo el tercer portugués.
Los cuatro sombreros sobre la mesa.

10
–Entonces ¿qué hicieron? –preguntó el comisario Jiménez.
–Uno maldijo la suerte –dijo el primer portugués.
–Uno cerró el paraguas –dijo el segundo portugués.
–Uno nos trajó corriendo –dijo el tercer portugués.
El muerto estaba muerto.

11
–Usted lo mató –dijo Daniel Hernández.
–¿Yo señor? –preguntó el primer portugués.
–No, señor –dijo Daniel Hernández.
–¿Yo, señor? –preguntó el segundo portugués.
–Sí, señor –dijo Daniel Hernández.

12
–Uno mató, uno murió, los otros dos no vieron nada –dijo Daniel Hernández.
Uno miraba al norte, otro al este, otro al sur, el muerto al oeste. Habían
convenido en vigilar cada uno una bocacalle distinta para tener más
posibilidades de descubrir un taxímetro en una noche tormentosa.
"El paraguas era chico y ustedes eran cuatro. Mientras esperaban, la lluvia
les mojó la parte delantera del sombrero."
"El que miraba al norte y el que miraba al sur no tenían que darse vuelta
para matar al que miraba al oeste. Les bastaba mover el brazo izquierdo o
derecho a un costado. El que miraba al este, en cambio, tenía que darse
vuelta del todo, porque estaba de espaldas a la víctima. Pero al darse
vuelta, se le mojó la parte de atrás del sombrero. Su sombrero está seco en
el medio, es decir mojado adelante y atrás. Los otros dos sombreros se
mojaron solamente adelante, porque cuando sus dueños se dieron vuelta para
mirar el cadáver, había dejado de llover. Y el sombrero del muerto se mojó
por completo al rodar por el pavimento húmedo."
"El asesino usó un arma de muy reducido calibre, un matagatos de esos con
que juegan los chicos o que llevan algunas mujeres en sus carteras. La
detonación se confundió con los truenos (esa noche hubo una tormenta
eléctrica particularmente intensa). Pero el segundo portugués tuvo que
localizar en la oscuridad el único punto realmente vulnerable a un arma tan
pequeña: la nuca de su víctima, entre el grueso sobretodo y el engañoso
sombrero. En esos pocos segundos, el fuerte chaparrón le empapó la parte
posterior del sombrero. El suyo es el único que presenta esa
particularidad. Por lo tanto es el culpable."

El primer portugués se fue a su casa. Al segundo no lo dejaron.
El tercero se llevó el paraguas.
El cuarto portugués estaba muerto.
Muerto.

***

Los tres epílogos

Con "Operación Masacre" Walsh cruzó una frontera definitiva. Ese modelo
insuperado para las generaciones posteriores de periodistas es al mismo
tiempo una obra maestra de la literatura argentina. En cada edición, Walsh
incluyó un epílogo diferente. Unos pocos fragmentos de cada uno revelan sus
cambiantes estados de ánimo y opiniones:

1957
Uno de ellos acababa de morir, calzada por medio, a diez metros de
distancia. Escuché el grito de terror y soledad que lanzó al caer, cuando
la patrulla tomada de sorpresa se replegó momentáneamente. "¡No me dejen
solo! ¡Hijos de p', no me dejen solo!" Sus compañeros tomaron, después, el
nido de ametralladora que lo había matado desde una obra en construcción.
Pero Bernardino Rodríguez, de 21 años, murió creyendo que sus camaradas,
sus amigos, lo abandonaban en la muerte. Y eso me dolió entonces y me sigue
doliendo ahora, como tantas cosas inútiles.
En ese momento supe lo que era una revolución, su faz sórdida que nada
puede compensar. Y la odié con todas mis fuerzas, a esa revolución. Y, por
reflejo, a todas las anteriores, por justas que hayan sido (...) Si hay
algo justamente que he procurado suscitar en estas páginas es el horror a
las revoluciones, cuyas primeras víctimas son siempre personas inocentes.

1964
Ahora quiero decir lo que he conseguido con este libro, pero principalmente
lo que no he conseguido (...) Fue una victoria llegar al esclarecimiento de
unos hechos que inicialmente se presentaban confusos, perturbadores, hasta
inverosímiles (...) Fue una victoria sobreponerme al miedo que, al
principio sobre todo, me atacaba con alguna intensidad (...) En lo demás
perdí (...) Aramburu ascendió a Fernández Suárez; no rehabilitó a sus
víctimas. Frondizi tuvo en sus manos un ejemplar dedicado de este libro:
ascendió a Aramburu. Creo que después ya no me interesó. En 1957 dije con
grandilocuencia: “Este caso está en pie, y seguirá en pie todo el tiempo
que sea necesario, meses o años”. De esa frase culpable pido retractarme.
Este caso ya no está en pie, es apenas un fragmento de historia, este caso
está muerto (...) Hay otro fracaso todavía. Cuando escribí esta historia yo
tenía treinta años. Hacía diez que estaba en el periodismo. De golpe me
pareció comprender que todo lo que había hecho antes no tenía nada que ver
con una cierta idea del periodismo que me había ido forjando en todo ese
tiempo, y que esto sí –esa búsqueda a todo riesgo, ese testimonio de lo más
escondido y doloroso– tenía que ver, encajaba en esa idea. Amparado en
semejante ocurrencia, investigué y escribí en seguida otra historia oculta,
la del Caso Satanowsky. Fue más ruidosa, pero el resultado fue el mismo:
los muertos, bien muertos, y los asesinos probados, pero sueltos.
Entonces me pregunté si valía la pena, si lo que yo perseguía no era una
quimera, si la sociedad en que uno vive necesita realmente enterarse de
cosas como éstas. Aún no tengo una respuesta. Se comprenderá, de todas
maneras, que haya perdido algunas ilusiones, la ilusión en la justicia, en
la reparación, en la democracia, en todas esas palabras, y finalmente en lo
que una vez fue mi oficio, y ya no lo es.
Releo la historia que ustedes han leído. Hay frases enteras que me
molestan, pienso con fastidio que ahora la escribiría mejor. ¿La escribiría?.

1969
Las generalizaciones que siguen no podrán ser tachadas de impacientes.
Hoy se puede ir ordenadamente de menor a mayor y perfeccionar, a la luz del
asesinato, el retrato de la oligarquía dominante (...) Las torturas y
asesinatos que precedieron y sucedieron a la masacre de 1956 son episodios
característicos, inevitables y no anecdóticos de la lucha de clases en la
Argentina (...) Dentro del sistema, no hay justicia.
Otros autores vienen trazando una imagen cada vez más afinada de esa
oligarquía, dominante frente a los argentinos, y dominada frente al
extranjero. Que esa clase esté temperamentalmente inclinada al asesinato es
una connotación importante, que deberá tenerse en cuenta cada vez que se
encare la lucha contra ella. No para duplicar sus hazañas, sino para no
dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en
general, las bellas almas de los verdugos.

***

El trabajo humano

Aunque en 1964 decía que el periodismo ya no era su oficio, en 1970 Walsh
seguía investigando y publicando artículos en revistas comerciales de
Buenos Aires. Su profunda originalidad y el acento propio que les imprimía
muestran cómo aun la rutina profesional puede ser ennoblecida. "Agua que
has de beber" es el plan de una nota, que ese año presentó a la revista
"Siete Días".
Como en el caso de la luz eléctrica, se trata de presentar al lector un
aspecto básico de la vida cotidiana, del que es beneficiario, pero en el
que rara vez se detiene a pensar, pues lo da por conocido sin conocerlo
realmente.

Lo esencial, además de una explicación técnica correcta, es el trabajo
humano implícito en la producción y distribución del agua. El proceso debe
ser descripto, pero no fríamente desde afuera, sino desde adentro, en la
voz y la experiencia de los ingenieros, técnicos y obreros que mantienen
abastecida de agua a la ciudad: su rutina, pero también sus ansiedades,
expectativas, victorias y reveses, sus anécdotas, el pasado y el futuro. El
lector debe introducirse en el sistema, desde la toma de agua hasta la
canilla, recorrer los ríos subterráneos, la planta de purificación, los
depósitos.
Los subtemas pueden ser los siguientes:
Historia. Cómo nació y se desarrolló el sistema. Cuáles fueron las mayores
hazañas y las mayores emergencias. Quiénes los técnicos que lo construyeron
y desarrollaron. Qué sobrevive de ese pasado.
La toma de agua. Reportaje fotográfico.
Los ríos subterráneos. Qué son, dónde están. Reportaje ídem.
Establecimiento de Palermo. Idem.
Depósitos de Córdoba y Paitoví. Idem.
Ladrones de agua. Conexiones clandestinas.
El futuro: obras en construcción. Reportaje fotográfico.
Anecdotario general. Conversación con los técnicos y obreros más antiguos.
Bibliografía.

***

Un oscuro día de Justicia *

Este fue su último cuento, editado en vida de Walsh, en 1967. En un
internado de irlandeses el alumno Collins es humillado por el celador
Gielty. Collins pide ayuda a su tío Malcom, quien enfrenta al celador y lo
deja jadeante en el suelo. Pero la pelea no había terminado:
cuando esta cosa tremenda sucedió, el corazón del pueblo empezó a arder en
una ancha, arrasadora, omnipotente conflagración que sacudió toda la hilera
de ventanas hamacándola de parte a parte, el amigo abrazando al enemigo, la
autoridad festejando al hombre común, el individuo fundiéndose en
sentimiento general mientras Collins era besado y el Gato refractario se
retiraba a una segunda línea desde donde aún podía ver sin perjuicio de
escapar.

Malcom, Malcom, se sintió confrontado con esta demostración, qué otra cosa
podía hacer, qué habría hecho cualquiera sino abrir los brazos para
recibirla y guardarla hasta su vieja y gloriosa edad, saludando a la
derecha, y saludando a la izquierda y saludando especialmente al centro,
donde vos estabas, mi querido sobrino Collins, por quien vine de tan lejos.
Y esto refutaba acaso para siempre la pregunta que semanas más tarde
formularía Geraghty: ¿qué necesidad tenía de saludar?
Antretanto hubo alguno que no quiso sobrevivir a una culminación, que
experimentó ese instantáneo deseo de la muerte inseparable de la extrema
dicha y cayó ocho metros desde una ventana agitándose en alegría sobre unos
matorrales donde no murió. Se llamaba Cummings.
Allí acabó la felicidad, tan buena mientras duraba, tan parecida al pan, al
vino y al amor. Recuperado Gielty sacudió al saludante Malcom con un mazazo
al hígado, y mientras Malcom se doblaba tras una mueca de sorpresa y de
dolor, el pueblo aprendió, y mientras Gielty lo arrastraba en la punta de
sus puños como en los cuernos de un toro, el pueblo aprendió que estaba
solo, y cuando los puñetazos que sonaban en la tarde abrieron una llaga
incurable en la memoria, el pueblo aprendió que estaba solo y que debía
pelear por sí mismo, y después que las figuras se perdieron en los límites
del parque, el pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí
mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la
astucia y la fuerza, mientras un último golpe lanzaba al querido tío Malcom
del otro lado de la cerca donde permaneció insensible y un héroe en la
mitad del camino.
Entonces el celador Gielty volvió, y con la primera sombra de la noche en
los ojos, miró una sola vez la hilera de caras majestuosamente calladas y
de banderas muertas, se persignó y entró rápido.

***

Literatura y política

"Un oscuro día de justicia" fue escrito en 1967, un mes después de la
muerte del Che Guevara. La edición de bolsillo de 1973 incluyó también un
reportaje de Ricardo Piglia a Walsh, grabado en marzo de 1970, y con el
título "Hoy es imposible en la Argentina hacer literatura desvinculada de
la política":

Hay una cierta evolución en la serie [de los irlandeses]. En este cuento
aparece una nota política, la primera más expresamente política, porque
había una connotación política en todos los otros pero mucho más simbólica
e inconsciente. En este cuento se empieza a hablar del pueblo y de sus
expectativas de salvación representadas por un héroe, es un héroe que es
externo, es decir, no deposita sus expectativas en sí mismo, sino en algo
que es externo, por admirable que pueda ser. Creo que la clave de la
iluminación, de la comprensión sobre la relación política en este caso
entre el pueblo por un lado y sus héroes por el otro, está en final, cuando
dice: "Mientras Malcom se doblaba tras una mueca de sorpresa y de dolor el
pueblo aprendió". Y después, más adelante, cuando dice "el pueblo aprendió
que estaba solo", y más adelante "el pueblo aprendió que estaba solo y que
debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el
silencio, la astucia y la fuerza". Creo que ése es el pronunciamiento más
político de toda la serie de los cuentos y muy aplicable a situaciones muy
concretas nuestras: concretamente al peronismo e inclusive a las
expectativas revolucionarias que aquí se despertaban o se despertaron con
respecto a los héroes revolucionarios, inclusive con respecto al Che
Guevara, que murió en esos días. Te das cuenta, la gente que te decía: "si
el Che Guevara estuviera aquí entonces yo me meto y todos nos metemos y
hacemos la revolución". Concepto totalmente mítico, es decir, el mito, la
persona, el héroe, haciendo la revolución en vez de ser el conjunto del
pueblo cuya mejor expresión es sin duda el héroe, en este caso el Che
Guevara, pero que ningún tipo aislado por grande que sea puede
absolutamente hacer nada, es decir cuando se delega en él lo que es una
cosa de todos no se da el proceso, no se puede dar. Esa es la lección que
ellos aprenden ese día. No hay ninguna connotación peyorativa para un tipo
que viene de afuera, que pelea, se juega, y es un héroe. No deja de ser un
héroe por el hecho de que el otro lo cague a patadas, pero lo que ellos
aprenden es que ellos, en una segunda instancia, si es que ellos se la
quieren cobrar respecto al celador, se tienen que combinar entre ellos y
ellos cagarlo a patadas entre todos. Esa es la lección.

***

La revelación de lo escondido

Además de su obra pública, Walsh llevaba un diario privado, del que sólo
una parte sobrevivió al saqueo de la fuerza de tareas naval que arrasó su
casa de San Vicente. Esta página corresponde al martes 14 de marzo de 1972.
Entre el sábado y el lunes, lectura de la novela de Paco [Urondo]. Agitó
muchas cosas entre ellas el siempre latente problema de la escritura.
Aunque es evidente que no me considero ya un novelista, que no me veo
consagrando mi vida a escribir novelas, ni siquiera una novela, también es
cierto que hay cosas que podría decir que me gustaría decir que sería útil
que fueran dichas.
Pienso que mi vida como muchas vidas ilustra cosas que esas cosas serían
más claras para algunos de los demás para aquellos a quienes quiero entre
los demás si yo encontrara una forma verídica sincera de sintetizar esa
vida y esa experiencia.
¿Cuál sería el método? Imagino de pronto una especie de inventario de todas
las cosas los lugares las ideas sobre todo las personas que se han
acumulado en mi memoria. Tal vez si hiciera ese inventario encontraría
luego el hilo conductor que lo justificara literariamente pero sobre todo
su razón de ser histórica política.
Porque si yo muriera mañana una parte de mi vida –esta parte de mi vida–
podría parecer insensata y ser reclamada por algunos que desprecio e
ignorada por otros a los que podría amar. Desde luego esa reivindicación
personal no es lo que más importa (aunque no sea totalmente capaz aún de
renunciar a ella) lo que importa es el proceso que ha pasado por mí la
historia de cómo yo cambié y cambiaron los demás y cambió el país. Lo que
importa es cómo pudo nacer aquí en este lugar dejado lo que está naciendo.
Importan también los otros, los responsables, los chantas: yo me entiendo
por ahora. Imagino también un inventario de las cosas que quiero y las
cosas que odio: ya lo dije.
Las cosas que quiero: Lilia mis hijas el trabajo oscuro que hago los
compañeros el futuro los que no obedecen los que no se rinden los que
piensan y forjan y planean los que actúan el análisis claro la revelación
de lo escondido el método cotidiano la furia fría los títulos brillantes de
mañana la alegría de todos la alegría general que ha de venir un día la
gente abrazándose la pareja en su amor la esperanza insobornable la
sumersión en los otros.
Las cosas que odio o que desprecio la traición la estupidez Frondizi la
televisión Jacobo los yanquis de la Esso o los ingleses de la Shell porque
estos hijos de puta son cuñas del mismo palo Bernardo Neustadt los
mercenarios los discursos de los generales las turritas y los pavos de la
publicidad oliendo a la colonia que mata los comunistas del partido los
falsos profetas de la izquierda acalambrada la camiseta peronista el bigote
peronista el odio de los oligarcas la cultura de La Prensa la senilidad de
Borges la convicción de Gleizer o de Aizcorbe los que matan a la gente los
torturadores los farsantes los radicales del pueblo sobre todo si son
jóvenes y una lista inmensa inacabable que se podría tratar de perfeccionar.
¿Qué hago yo con todo eso? Empiezo a juntarlo empiezo a mirarlo empiezo a
estudiarlo empiezo a ver si se deja escribir. Y si no se deja mala suerte
será como la primera nenita que no se dejó cuando yo tenía ocho años y ella
tal vez seis. Porque si no es sobre eso no vale la pena escribir sobre nada.

***

Los métodos de análisis

Su militancia es parte del "trabajo oscuro que hago" al que se refiere en
su diario. Como anotó en esas páginas, su amor a los compañeros, al futuro
de títulos brillantes y a la alegría general que ha de venir un día no
obnubilaba en Walsh el análisis claro que practicaba como método cotidiano.
La furia fría que encomia está presente en este documento que elevó a la
conducción montonera poco antes de su muerte.

La línea del partido y los documentos que la expresan en los últimos 18
meses revelan, a mi juicio, una fuerte influencia del pensamiento maoísta
en el aspecto político y de la doctrina de Clausewitz en el aspecto
militar. Obviamente no se trata de cuestionar la utilidad de instrumentos
que reposan en las experiencias fundamentales, sino de verlos como
productos históricos. De esta visión surge la necesidad del propio producto
histórico.
Establecida esta necesidad, aparece lo que a mi juicio es la principal
falencia del "pensamiento montonero", que es un déficit de historicidad.
Ese déficit no estaba en la mente de los compañeros que para darle un
nombre a la organización acudieron a la historia argentina (y
latinoamericana) que va de 1815 a 1870. Esa visión inicial, sin embargo, se
agotó en sí misma. En los actuales documentos M. apenas figuran referencias
de historia argentina anteriores a 1945, ni siquiera a los propios
caudillos montoneros.
Creo que en ese vacío histórico subyacen las "leyes" de la toma del poder
en la Argentina y que esa determinación es más fuerte de las que surgen de
cualquier otro producto histórico, ya que es la determinación espacial y
temporal concreta que nos corresponde a nosotros.
Hay dos fallas del pensamiento de izquierda en las que recae, a mi juicio,
el pensamiento montonero, cuando analiza su problema central, quees la toma
del poder. Una privilegia las lecciones de la historia en que la clase
obrera toma el poder y desdeña aquellas otras en que el poder es tomado por
la aristocracia, por la burguesía. Ni Marx ni Lenin procedieron así. Ambos
dieron a la toma del poder por otras clases un carácter ejemplar. La
segunda falla deriva de la primera y remite al punto de partida, a saber la
ahistoricidad de nuestro pensamiento. Puesto que las lecciones de historia
en las que la clase obrera toma el poder se dan solamente a partir de 1917,
y solamente en otros países, ese es el nivel cero donde empieza nuestro
análisis. Un oficial montonero conoce, en general, cómo Lenin y Trotsky se
adueñan de San Petersburgo en 1917, pero ignora cómo Martín Rodríguez y
Rosas se apoderan de Buenos Aires en 1821.
La toma del poder en la Argentina debería ser, sin embargo, nuestro
principal tema de estudio, como fue de aquellas clases y aquellos hombres
que efectivamente lo tomaron. Perón desconocía a Marx y Lenin, pero conocía
muy bien a Yrigoyen, Roca y Rosas, cada uno de los cuales estudió a fondo a
sus predecesores.

***

Un hombre tranquilo
Por Lilia Ferreyra

Han pasado 25 años desde aquel mediodía del 25 de marzo de 1977 en que vi a
Rodolfo por última vez. Nos separamos en Constitución, cada uno con las
cinco primeras copias de la "Carta de un escritor a la Junta Militar". Yo
me quedé en la esquina mientras él cruzaba la calle hacia las paradas de
los colectivos. Parecía lo que él había querido parecer para no ser
reconocido: un modesto jubilado, vestido con un pantalón marrón y una
camisa de manga corta beige –hacía calor–, deslucidos por múltiples
lavados, y un sombrero de paja que cubría su coronilla pelada. Se dio
vuelta, levantó la mano y, sonriéndome, desapareció para siempre. Un Grupo
de Tareas de la ESMA lo emboscó y acribilló en las inmediaciones de San
Juan, entre Sarandí y Entre Ríos. Eran poco más de las dos de la tarde y el
enjuto subcomisario Webber disparó los tiros fatales sin saber que ese
hombre de cincuenta años que quedó tendido con una diagonal de sangre
cruzando su pecho había nacido a esa misma hora, a las dos de la tarde del
9 de enero de 1927.

Han pasado 25 años desde aquel día y sin embargo, desde hace poco tiempo
intento volver sobre la memoria con la mirada de un gran angular, buscando
el hilo conductor, la lógica espacial y esencial de ese rompecabezas de
imágenes, palabras y lugares con las que suele rearmarse el pasado cuando
se ha sido contemporáneo de ese pasado. Porque las nuevas generaciones
quieren saber y preguntan para entender quién fue Rodolfo y cómo fue su
época, algunas veces desde una dimensión casi mítica que me distancia de mi
propia memoria, y en la que me cuesta reconocer a ese hombre con quien viví
hasta su muerte, que no quería ser un héroe sino un hombre que se anima. En
1969, después del Cordobazo, escribió: "Cuando cuarenta mil hombres y
mujeres salen a la calle, como en Córdoba, un héroe es cualquiera". Aun en
esos años agitados, en los que su vida había sido absorbida por la
militancia en la CGT de los Argentinos, reflexionaba: "Hay algo de inhumano
en esto, que viene dado por ese todo–o–nada. Ahora hay que vivir una vida
más racional, pensando que todo esto va a durar diez años, veinte años,
hasta que uno se muera; y que yo no soy el héroe de la historieta, sino uno
más, alguien que pone un poco el hombro todos los días, y cuando es
necesario, pone algo más que el hombro. Pero teniendo en cuenta que debo y
puedo también actuar en otro terreno, sin enceguecerme en la pura acción.
Debo pensar, sin retroceder, y volver a pensar, y usar sobre mí algo de mi
inteligencia y cariño". Los atronadores años 70 no lo ensordecieron
demasiado: fue un militante clandestino de la organización Montoneros, pero
su péndulo interior entre el pensamiento y la acción mantuvo su coherente,
acompasado –y muchas veces angustiado– único movimiento.

Han pasado 25 años y desde esa perspectiva no dejo de asombrarme por la
sucesión de escenas y trabajos totalmente imbricados en lo que era nuestra
vida cotidiana, que saltan en la memoria y adquieren otra dimensión. Como
estar en 1971 muy entretenidos viendo un programa de televisión que podía
ser un noticiero, la serie sobre la Segunda Guerra Mundial o un capítulo de
"El Planeta de los Simios", y de pronto, el sintonizador del viejo aparato
se desajusta y en la frecuencia de VHF aparece un voz que dice: "Atención,
móvil 102, Comando llama". Un hecho fortuito que desencadenó el obsesivo
empeño en la interceptación de comunicaciones y el descriptamiento de
mensajes cifrados, uno de los principales soportes del Area de
Informaciones de Montoneros. O recuperar el material usado para alguna nota
periodística que Rodolfo después archivaba en un rincón o lo descartaba
–como algunas cintas grabadas– y que hoy se han convertido en un testimonio
histórico de su método de investigación o de su estilo de reportajes.

No es tarea fácil encontrar ese hilo conductor, esa mirada de gran angular
sobre diez años en la vida de un hombre tan enraizado en la época en que
vivió, como Rodolfo. Con tanto interés por estudiar el pasado argentino
para entender mejor su propio tiempo, y con tantos oficios terrestres
pulidos día a día para hacer más eficaces sus actos. El tránsito del mundo
literario al mundo político sindical, la organización del periódico CGT, la
investigación de ¿Quién mató a Rosendo?, la reescritura de Operación
Masacre, la edición del Caso Satanowsky, las traducciones, las notas
periodísticas, el compromiso militante, la intercepción de comunicaciones,
la criptografía, la Villa 31, el servicio de informaciones de Montoneros,
la agencia ANCLA, Cadena Informativa, los documentos críticos, la lectura
permanente y la escritura casi permanente, los amigos y las hijas, el Tigre
y las bogas, el cine y los juegos, San Vicente y las hormigas, las cartas
polémicas, los cuentos perdidos, las memorias...

Y sin embargo, era un hombre tranquilo que dormía la siesta.


© Tomado de Diario Página/12 Web - 25/3/02 - www.pagina12.com.ar
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