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[P/L@] Coyunturas...
A propósito del mundial de fútbol que invade nuestras pantallas y vidas por
estos días, recurrimos a un apasionado del fútbol necesario como lo es
nuestro amigo el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, quien ha
contribuido a reflejar la realidad en un ambiente como el del periodismo
deportivo donde lo que menos abunda es el enfoque crítico y reflexivo de
esta industria comercial-deportiva que reproduce los vicios y perversiones
de las peores empresas multinacionales.
Los textos que siguen son algunas crónicas que Galeano escribió durante los
últimos mundiales (incluida su crónica más reciente) y que no aparecen en
su conocido libro "El fútbol a sol y sombra", que por estos días pondremos
a tu disposición en nuestro Almacén.*
Mundial del '90
Se venden piernas
Por Eduardo Galeano
(Para Ángel Ruocco)
Hasta el Papa de Roma ha suspendido sus viajes por un mes. Por un mes,
mientras dure el Mundial de Italia, estaré yo también cerrado por fútbol,
al igual que muchos otros millones de simples mortales.
Nada tiene de raro. Como todos los uruguayos, de niño quise ser jugador de
fútbol. Por mi absoluta falta de talento, no tuve más remedio que hacerme
escritor. Y ojalá pudiera yo, en algún imposible día de gloria, escribir
con el coraje de Obdulio, la gracia de Garrincha, la belleza de Pelé y la
penetración de Maradona.
En mi país, el fútbol es la única religión sin ateos; y me consta que
también la profesan, en secreto, a escondidas, cuando nadie los ve, los
raros uruguayos que públicamente desprecian al fútbol o lo acusan de todo.
La furia de los fiscales enmascara un amor inconfesable. El fútbol tiene la
culpa, toda la culpa, y si el fútbol no existiera, seguramente los pobres
harían la revolución social y todos los analfabetos serían doctores; pero
en el fondo de su alma, todo uruguayo que se respete termina sucumbiendo,
tarde o temprano, a la irresistible tentación del opio de los pueblos.
Y la verdad sea dicha: este hermoso espectáculo, esta fiesta de los ojos,
es también un cochino negocio. No hay droga que mueva fortunas tan inmensas
en los cuatro puntos cardinales del mundo. Un buen jugador es una muy
valiosa mercancía, que se cotiza y se compra y se vende y se presta, según
la ley del mercado y la voluntad de los mercaderes.
Ley del mercado, ley del éxito. Hay cada vez menos espacio para la
improvisación y la espontaneidad creadora. Importa el resultado, cada vez
más, y cada vez menos el arte, y el resultado es enemigo del riesgo y la
aventura. Se juega para ganar, o para no perder, y no para gozar la alegría
de dar alegría. Año tras año, el fútbol se va enfriando; y el agua en las
venas garantiza la eficacia. La pasión de jugar por jugar, la libertad de
divertirse y divertir, la diablura inútil y genial, se van convirtiendo en
temas de evocación nostalgiosa.
El fútbol sudamericano, el que más comete todavía estos pecados de leso
eficiencia, parece condenado por las reglas universales del cálculo
económico. Ley del mercado, ley del más fuerte. En la organización desigual
del mundo, el fútbol sudamericano es una industria de exportación: produce
para otros. Nuestra región cumple funciones de sirvienta del mercado
internacional. En el fútbol, como en todo lo demás, nuestros paises han
perdido el derecho de desarrollarse hacia adentro. No hay más que ver los
seleccionados de Argentina, Brasil y Uruguay en este mundial del 90. Los
jugadores se conocen en el avión. Solamente un tercio juega en el propio
país; los dos tercios restantes han emigrado y pertenecen, casi todos, a
los equipos europeos. El Sur no sólo vende brazos, sino también piernas,
piernas de oro, a los grandes centros extranjeros de la sociedad de
consumo; y al fin y al cabo, los buenos jugadores son los únicos
inmigrantes que Europa acoge sin tormentos burocráticos ni fobias racistas.
Parece que muy pronto cambiará la reglamentación internacional. Los clubes
europeos podrían, de aquí a poco, contratar a cuatro, o quizá cinco,
jugadores extranjeros. En ese caso, me pregunto qué será del fútbol
sudamericano. No nos van a quedar ni los masajistas.
En estos tiempos de tanta duda, uno sigue creyendo que la tierra es redonda
por lo mucho que se parece al balón que gira, mágicamente, sobre el césped
de los estadios. Pero también el fútbol demuestra que esta tierra no es muy
redonda, que digamos.
(1990)
Eduardo Galeano, Ser como ellos y otros artículos, Siglo Veintiuno de
España Editores, Madrid, 1992
***
Enseñanzas del Mundial
Gracias a la reciente Copa del Mundo, hemos podido aprender, o confirmar:
-Que las tarjetas MasterCard tonifican los músculos, y que la Coca-Cola y
las hamburguesas McDonald's no pueden faltar en el menú de un buen atleta:
-Que en la final, Francia apabulló a Brasil, y que eso también significa;
Adidas se impuso sobre Nike. El amor de Nike por el fútbol brasileño hizo
que la empresa pagara cuatrocientos millones de dólares a su selección, y
otra millonada a su estrella, Ronaldo. Denuncias bien fundadas revelan que
Nike impuso la presencia de Ronaldo en el partido último; son numerosos los
indicios de que así Ronaldo fue arrancado del hospital. Gravemente afectado
por una convulsión, jugó pero no jugó.
-Que la selección triunfante fue un equipo de inmigrantes. Según las
encuestas, la mitad de los franceses cree que hay que echar a los
inmigrantes, pero todos los franceses celebraron el triunfo como si los
negros y los árabes fueran hijos de Juana de Arco.
-Que el fútbol sigue teniendo, milagrosamente, capacidad de sorpresa. Por
Croacia nadie daba dos vintenes, y a punta de coraje conquistó el tercer
lugar.
-Que el fútbol sigue teniendo, milagrosamente, capacidad de belleza. Ví
todos los partidos, y no me arrepiento. El fútbol de fin de siglo,
calculador, defensivo, es amarrete en hermosura; pero que lo hubo, lo hubo.
Aparecido en: La Jornada miércoles 22 de julio de 1998. México.
www.jornada.unam.mx
***
Después del Mundial '98
FÚTBOL EN PEDACITOS
por Eduardo Galeano
Campeones
Brasil no pudo ser pentacampeón. Adidas, sí. Desde la Copa del 54, que
Adidas ganó cuando ganó Alemania, ésta es la quinta consagración de los
seleccionados que representan la marca de las tres barras. Adidas levantó,
con Francia, el trofeo mundial de oro macizo y conquistó, con Zinedine
Zidane, el premio al mejor jugador del campeonato. La empresa rival, Nike,
tuvo que conformarse con el segundo y el cuarto lugar, que obtuvieron sus
selecciones de Brasil y Holanda. La estrella de Nike, Ronaldo, no se lució
demasiado. Una empresa menor, Lotto, dio el batacazo con la sorprendente
Croacia, que entró tercera.
Según un reciente estudio científico publicado por el Daily Telegraph de
Londres, los hinchas segregan, durante los partidos, casi tanta
testosterona como los jugadores. Pero hay que reconocer que también las
empresas multinacionales transpiran la camisa como si fuera camiseta.
Estrellas
Los jugadores de fútbol más famosos son productos que venden productos. En
tiempos de Pelé, el jugador jugaba, y eso era todo, o casi todo. En tiempos
de Maradona, ya en pleno auge de la televisión y de la publicidad masiva,
las cosas habían cambiado. Maradona cobró mucho, y mucho pagó: cobró con
las piernas, pagó con el alma. Cuando ya llevaba algunos años en las
canchas, la crisis lo rompió, y enfermó gravemente por sobredosis de éxito.
El éxito espectacular de Ronaldo le permite facturar mil dólares por hora,
incluyendo las horas que duerme. En el Mundial del 98, a los veintipoquitos
años de edad, Ronaldo sufrió una crisis temprana: convulsiones, ataque de
nervios. Dicen que la presión de Nike lo metió a prepo en la final contra
Francia. El hecho es que jugó enfermo, y no pudo exhibir como debía las
virtudes del nuevo modelo de botines, el R-9, que Nike estaba lanzando al
mercado por medio de sus pies.
Precios
Al fin del siglo, los periodistas especializados hablan cada vez menos de
las habilidades de los jugadores y cada vez más de sus cotizaciones. Los
dirigentes, los empresarios, los contratistas y demás cortadores del
bacalao ocupan un espacio creciente en las crónicas futboleras. Antes, los
"pases" se referían al viaje de la pelota de un jugador al otro; ahora, los
"pases" aluden más bien al viaje del jugador de uno a otro club o de un
país a otro. ¿Cuánto están rindiendo los famosos en relación a la
inversión? Los especialistas nos bombardean con el vocabulario de los
tiempos: oferta, compra, opción de compra, venta, cesión en préstamo,
valorización, desvalorización.
El año pasado, un aviso de televisión de Fox Sports exhortaba a mirar
fútbol prometiendo: "Sea testigo de cómo el pez grande se come al pez
chico". Era una invitación al aburrimiento. Afortunadamente, en el Mundial
98, en más de una ocasión el pez chico se comió al pez grande, con espinas
y todo. Eso es lo bueno que tienen, a veces, el fútbol y la vida.
Sudamericanos
De los equipos sudamericanos, el que más me gustó fue Holanda.
La selección naranja ofreció un fútbol vistoso, de buen toque y pases
cortos, gozador de la pelota. Este estilo sudamericano se debió, en gran
medida, al aporte de sus jugadores venidos de América del Sur:
descendientes de esclavos, nacidos en Surinam. No había negros entre los
diez mil hinchas que viajaron a Francia desde Holanda, pero en la cancha sí
que los había. Fue una fiesta verlos: Seedorf, Reiziger, Winter, Bogarde,
Kluivert, Davids. Kluivert es sutil como Francescoli, y cabecea como él.
Davids, motor del equipo, juega y crea juego: mete pierna y mete líos,
porque no acepta que los negros cobren menos que los blancos en los clubes
de Holanda.
Africanos
Njanka, jugador de Camerún, arrancó de atrás, dejó por el camino a toda la
población de Austria y clavó el golazo más lindo del Mundial. Pero Camerún
no llegó lejos.
Cuando Nigeria derrotó, con su fútbol divertido, a la selección española, y
Paraguay empató, el presidente Aznar comentó que "hasta un nigeriano o un
paraguayo pueden ponerte en tu lugar". Después, cuando Nigeria se fue de
Francia, un comentarista argentino sentenció: "Son todos albañiles, ninguno
usa la cabeza para pensar". La fifa, que otorga los premios fair play, no
jugó limpio con Nigeria: le impidió ser cabeza de serie, aunque el fútbol
nigeriano venía de conquistar el trofeo olímpico.
Las selecciones del Africa negra se fueron temprano del campeonato mundial,
pero algunos jugadores africanos o nietos de africanos deslumbraron en
Holanda, Francia, Brasil y otros equipos. Hubo locutores y comentaristas
que los llamaban "negritos", aunque nunca llamaron "blanquitos" a los demás.
Mundial del 98, las pantallas de la televisión brindaron espacio a la
emoción colectiva, la más colectiva de las emociones, y también fueron
vidrieras de exhibición mercantil:
Franceses
El padre de Zidane fue uno de los albañiles que levantaron el estadio donde
su hijo se consagró como el mejor de todos. Zidane es de familia argelina.
Thuram, elevado a la categoría de héroe nacional por dos golazos, nació en
el Caribe, en la isla Guadalupe, y de allí llegaron a Francia los padres de
Henry. Desailly vino de Ghana, Viera de Senegal, Karembeu de Nueva
Caledonia. Djorkaeff es de origen ruso y armenio. Trezeguet se crió en
Argentina.
Eran inmigrantes casi todos los jugadores que vestían la camiseta azul y
cantaban La Marsellesa antes de cada partido. Una encuesta, publicada en
esos días por Le Figaro Magazine, reveló que la mitad de los franceses
quería la expulsión de los inmigrantes, pero el doble discurso racista
permite ovacionar a los héroes y maldecir a los demás. El trofeo mundial
fue celebrado por una multitud sólo comparable a la que desbordó las
calles, hace más de medio siglo, cuando llegó a su fin la ocupación alemana.
Hubo alzas y caídas en la bolsa de piernas.
Aparecido en Brecha: http://www.brecha.com.uy/numeros/n661/contra.html
***
Mundial 2002
Modelos
Por Eduardo Galeano
Son dos los campeonatos mundiales de fútbol. En uno juegan los deportistas
de carne y hueso. En el otro, al mismo tiempo, juegan los robots. Las
selecciones humanoides disputan la RoboCup 2002 en el puerto japonés de
Fukuoka, frente a la costa coreana.
Los torneos de robots ocurren, cada año, en un lugar diferente. Este es el
sexto. Sus organizadores tienen la esperanza de competir, de aquí a algún
tiempo, contra las selecciones de verdad. Al fin y al cabo, dicen, ya una
computadora ha derrotado al campeón Gary Kasparov en un tablero de ajedrez,
y no les cuesta tanto imaginar que los atletas mecánicos lleguen a lograr
una hazaña semejante en una cancha de fútbol.
Los robots, programados por ingenieros, son fuertes en defensa y rápidos y
cañoneros en el ataque. Jamás se entretienen con la pelota. Cumplen sin
chistar las órdenes del director técnico y ni por un instante cometen la
locura de creer que los jugadores juegan.
***
¿Cuál es el sueño más frecuente de los empresarios, los tecnócratas, los
burócratas y los ideólogos de la industria del fútbol? En el sueño, cada
vez más parecido a la realidad, los jugadores imitan a los robots.
Triste signo de los tiempos, el siglo XXI sacraliza la mediocridad en
nombre de la eficiencia y sacrifica la libertad en los altares del éxito.
"Uno no gana porque vale sino que vale porque gana", había comprobado, hace
ya algunos años, Cornelius Castoriadis. El no se refería al fútbol, pero
era como si.
Prohibido perder tiempo, prohibido perder: convertido en trabajo, sometido
a las leyes de la rentabilidad, el juego deja de jugar. Cada vez más, como
todo lo demás, el fútbol profesional parece regido por la Uenbe (Unión de
Enemigos de la Belleza), poderosa organización que no existe, pero manda.
Ignacio Salvatierra, un árbitro injustamente desconocido, merece la
canonización. El dio testimonio de la nueva fe. Hace seis años exorcizó al
demonio de la fantasía en la ciudad boliviana de Trinidad. El árbitro
Salvatierra expulsó de la cancha al jugador Abel Vacca Saucedo. Le sacó
tarjeta roja "para que aprenda a tomarse el fútbol en serio". Vaca Saucedo
había cometido un gol imperdonable. Eludió a todo el equipo rival, en un
desenfreno de gambetas, túneles, sombreros y taquitos y culminó su orgía de
espaldas al arco, con un certero culazo que clavó la pelota en el ángulo.
***
Obediencia, velocidad, fuerza, y nada de firuletes: éste es el molde que la
globalización impone.
Se fabrica en serie un fútbol más frío que una heladera. Y más implacable
que una máquina trituradora.
Según los datos publicados hace un par de años por France Football, el
tiempo de vida útil de los jugadores profesionales ha bajado a la mitad en
los últimos veinte años. El promedio, que era de doce años, se ha reducido
a seis. Los obreros del fútbol rinden cada vez más y duran cada vez menos.
Para responder a las exigencias del ritmo de trabajo, muchos no tienen más
remedio que recurrir a la ayuda química, inyecciones y pastillas que les
aceleran el desgaste, las drogas tienen mil nombres, pero todas nacen de la
obligación de ganar y merecen llamarse exitoína.
Las comunidades indígenas disputan en Brasil su propio campeonato de
fútbol. En la Copa del año 2000, el equipo de los indios makuxis llegó a la
final después de jugar tres partidos seguidos a lo largo de ocho horas. La
proeza se explica por los prodigiosos poderes de otra droga, que el fútbol
profesional no puede pagar. Esa pócima mágica, que no tiene precio, se
llama entusiasmo. La palabra no viene de la lengua de los makuxis sino del
idioma de la Grecia antigua y significa “tener a los dioses
adentro”.
***
Dos mil quinientos años antes de Blatter, los atletas competían desnudos y
sin ningún tatuaje publicitario en el cuerpo. Los griegos, fragmentados en
muchas ciudades, cada cual con sus propias leyes y sus propios ejércitos,
se juntaban en los Juegos Olímpicos. Haciendo deporte, aquellos pueblos
dispersos decían: "Nosotros somos griegos", como si recitaran con sus
cuerpos los versos de La Ilíada que habían fundado su conciencia de nación.
Mucho después, durante buena parte del siglo XX, el fútbol fue el deporte
que mejor expresó y afirmó la identidad nacional. Las diversas maneras de
jugar han revelado, y celebrado, las diversas maneras de ser. Pero la
diversidad del mundo está sucumbiendo a la uniformización obligatoria. El
fútbol industrial, que la televisión ha convertido en el más lucrativo
espectáculo de masas, impone un modelo único, que borra los perfiles
propios, como ocurre con esas caras que se vuelven máscaras, todas iguales,
al cabo de continuas operaciones de cirugía plástica.
Se supone que este aburrimiento es el progreso, pero el historiador Arnold
Toynbee había pasado por muchos pasados cuando comprobó: "La más
consistente característica de las civilizaciones en decadencia es la
tendencia a la estandarización y la uniformidad".
***
Desde hace ya un buen tiempo, la selección brasileña parece dedicada a
dejar de ser brasileña. "Aquel fútbol de gambetas espectaculares ha pasado
a la historia", sentencia el director técnico de la selección, Luiz Felipe
Scolari. Mientras emite su certificado de defunción al fútbol más hermoso
del mundo, este fervoroso de la mediocridad practica la disciplina militar.
Scolari admira al general Pinochet, adora el orden y desconfía del talento.
Condena al exilio a los desobedientes Romario y Djalminha, como en otros
tiempos hubiera fusilado a aquel ingobernable rey del circo llamado Garrincha.
***
El fútbol profesional practica la dictadura. Los jugadores no pueden decir
ni pío en el despótico señorío de los dueños de la pelota, que desde su
castillo de la FIFA reinan y roban. El poder absoluto se justifica por la
costumbre: así es porque así debe ser, y así debe ser porque así es.
Pero, ¿ha sido siempre así? Vale la pena recordar, ahora, una experiencia
que ocurrió en el país de Scolari, hace no más que veinte años, todavía en
tiempos de la dictadura militar. Los jugadores conquistaron la dirección
del club Corinthians, uno de los clubes más poderosos del Brasil, y
ejercieron el poder durante 1982 y 1983. Insólito, jamás visto: los
jugadores decidían todo entre todos, por mayoría. Democráticamente
discutían y votaban el método de trabajo, el sistema de juego, la
distribución del dinero y todo lo demás. En sus camisetas, se leía:
Democracia Corinthiana. Al cabo de dos años, los dirigentes desplazados
recuperaron la manija y mandaron a parar. Pero mientras duró la democracia,
el Corinthians, gobernado por sus jugadores, ofreció el fútbol más audaz y
vistoso de todo el país, atrajo las mayores multitudes a los estadios y
ganó dos veces seguidas el campeonato local.
Aparecido en:
http://pagina12.feedback.net.ar/secciones/contratapa/index.php?id_nota=5807&secc\
ion=13&fecha=2002-06-2
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