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[P/L@565] Julio Cortazar: Para leer Rayuela   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #591 de 1054 |
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Noticias de P/L@
Más tarde que temprano, hemos superado nuestra "constipación electrónica"
debida a desastres técnicos en nuestras cada vez más precarias
instalaciones informáticas... está pobre la crisis... Entregamos los
números atrasados con las disculpas del caso y esperamos disfruten de esta
contrapartida "diarrea literaria"... Escatológicamente agradecidos. P/L@
Y ahora lo mejor !!!

PARA LEER RAYUELA
P/L@ se sumó al Proyecto RAYUEL-O-MATIC !!!
La gran propuesta para leer el genial libro de Cortázar,
leyendo cada capítulo en un sitio diverso de la red internet
Conoce el Proyecto Rayuel-o-matic en:
http://espanol.geocities.com/rayuel_o_matic/index.html
Sumate vos también a este proyecto enviándonos los capítulos
que aún faltan subir a la red, o incorporándolos a tu página web.
Consulta el Indice patafísico de Rayuela en:
http://espanol.geocities.com/rayuel_o_matic/indice_proyecto.html
Las páginas de P/L@ que integran el Rayuel-o-matic encontralas en:
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer3/files/Rayuela/indice.htm
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[P/L@] Para leer Rayuela
Advertencia: Para entender el Rayuel-o-matic se recomienda leer este texto
pero fundamental e inevitablemente ingresar a la página
http://literatura.org/Cortazar/Vuelta_al_dia/LV_maquina.html
para observar los dibujos y diseños de las famosas máquinas a utilizar para
la correcta lectura de Rayuela que Cortázar describe aquí.


Julio Cortázar
De otra máquina célibe

Fabriquées à partir du langage, les machines sont cette fabrication en
acte; elles sont leur propre naissance répétée en elles-mêmes; entre leurs
tubes, leurs roues dentées, leurs systèmes de métal, I'écheveau de leurs
fils, elles emboîtent le procedé dans lequel elles sont emboîtés.
Michel Foucault, Raymond Roussel

N'est-ce pas des Indes que Raymond Roussel envoya un radiateur électrique à
une amie qui lui demandait un souvenir rare de là-bas?
Roger Vitrac, Raymond Roussel


No tengo a mano los medios de comprobarlo, pero en el libro de Michel
Sanouillet sobre Marcel Duchamp se afirma que el marchand du sel estuvo en
Buenos Aires en 1918.[1] Por misterioso que parezca, ese viaje debió
responder a la legislación de lo arbitrario cuyas cloves seguimos indagando
algunos irregulares de la literatura, y por mi parte estoy seguro de que su
fatalidad la prueba la primera página de las Impressions d'Afrique: "El 15
de marzo de 19..., con la intención de hacer un largo viaje por las
curiosas regiones de la América del Sud, me embarqué en Marsella a bordo
del Lyncée, rápido paquebote de gran tonelaje destinado a la línea de
Buenos Aires." Entre los pasajeros que llenarían con la poesía de lo
excepcional el libro incomparable de Raymond Roussel, no podía faltar
Duchamp que debió viajar de incógnito pues jamás se habla de él, pero que
sin duda jugó al ajedrez con Roussel y habló con la bailarina Olga
Tchewonenkoff cuyo primo, establecido desde joven en la República
Argentina, acababa de morir dejándole una pequeña fortuna amasada con
plantaciones de (sic) café. Tampoco cube dudar de que Duchamp trabara
amistad con personas tales como Balbet, campeón de pistola y esgrima, con
La Ballandière-Maisonnial, inventor de un florete mecánico, y con Luxo,
pirotécnico que iba a Buenos Aires para lanzar en las bodas del joven barón
Ballesteros un fuego artificial que desplegaría la imagen del novio en el
espacio, idea que según Roussel denunciaba el rastacuerismo del millonario
argentino pero que, agrega, no carecía de originalidad. Menos probable me
parece que se relacionara con los miembros de la compañía de operetas o con
la trágica italiana Adinolfa, pero es seguro que habló largamente con el
escultor Fuxier, creador de imágenes de humo y de bajorrelieves líquidos;
en resumen, no es difícil deducir que buena parte de los pasajeros del
Lyncée debieron interesar a Duchamp y beneficiarse a su vez del contacto
con alguien que de alguna manera los contenía virtualmente a todos.
Como es lógico, la crítica seria sabe que todo esto no es posible, primero
porque el Lyncée era un navío imaginario, y segundo porque Duchamp y
Roussel no se conocieron nunca (Duchamp cuenta que vio una sola vez a
Roussel en el café de La Régence, el del poema de César Vallejo, y que el
autor de Locus Solus jugaba al ajedrez con un amigo. "Creo que omití
presentarme", agrega Duchamp). [2] Pero hay otros para quienes esos
inconvenientes físicos no desmienten una realidad más digna de fe. No
solamente Duchamp y Roussel viajaron a Buenos Aires, sino que en esta
ciudad habría de manifestarse una réplica futura enlazada con ellos por
razones que tampoco la crítica seria tomaría demasiado en cuenta. Juan
Esteban Fassio abrió el terreno preparatorio inventando en pleno Buenos
Aires una máquina para leer las Nouvelles impressions d'Afrique en la misma
época en que yo, sin conocerlo, escribía los primeros monólogos de Persio
en Los premios apoyándome en un sistema de analogías fonéticas inspirado
por el de Roussel; años más tarde Fassio se aplicaría a crear una nueva
máquina destinada a la lectura de Rayuela, completamente ajeno al hecho de
que mis trabajos más obsesionantes de esos años en París eran los raros
textos de Duchamp y las obras de Roussel. Un doble impulso abierto
convergía poco a poco hacia el vértice austral donde Roussel y Duchamp
volverían a encontrarse en Buenos Aires cuando un inventor y un escritor
que quizá años atrás también se habían mirado de lejos en algún café del
centro, omitiendo presentarse, coincidieran en una máquina concebida por el
primero para facilitar la lectura del segundo. Si el Lyncée naufragó en las
costas africanas, algunos de sus prodigios llegaron a estas tierras y la
prueba está en lo que sigue, que se explicará como en broma para despistar
a los que buscan con cara solemne el acceso a los tesoros.


Cronopios, vino tinto y cajoncitos

Por Paco y Sara Porrúa, dos lados del indefinible polígono que va urdiendo
mi vida con otros lados que se llaman Fredi Guthmann, Jean Thiercelin,
Claude Tarnand y Sergio de Castro (puede haber otros que ignoro, partes de
la figura que se manifestarán algún día o nunca), conocí a Juan Esteban
Fassio en un viaje a la Argentina, creo que hacia 1962. Todo empezó como
debía, es decir en el café de la estación de Plaza Once, porque cualquiera
que tenga un sentimiento sagaz de lo que es el café de una estación
ferroviaria comprenderá que allí los encuentros y los desencuentros tenían
que darse de entrada en un territorio marginal, de tránsito, que eran cosa
de borde. Esa tarde hubo como una oscura voluntad material y espesa, un
alquitrán negativo contra Sara, Paco, mi mujer y yo que debíamos
encontrarnos a esa hora y nos desencontramos, nos telefoneamos, buscamos en
las mesas y los andenes y acabamos por reunirnos al cabo de dos horas de
interminables complicaciones y una sensación de estar abriéndonos paso los
unos hacia los otros como en las peores pesadillas en que todo se vuelve
postergación y goma. El plan era ir desde allí a la casa de Fassio, y si en
el momento no sospeché el sentido de la resistencia de las cosas a esa cita
y a ese encuentro, más tarde me pareció casi fatal en la medida en que todo
orden establecido se forma en cuadro frente a una sospecha de ruptura y
pone sus peores fuerzas al servicio de la continuación. Que todo siga como
siempre es el ideal de una realidad a la medida burguesa y burguesa ella
misma (por ser de medida); Buenos Aires y especialmente el café del Once se
coaligaron sordamente para evitar un encuentro del que no podía salir nada
bueno para la República. Pero lo mismo llegamos a la calle Misiones (hay
nombres que...), y antes de las ocho de la noche estábamos bebiendo el
primer vaso de vino tinto con el Proveedor Propagador en la Mesembrinesia
Americana, Administrador Antártico y Gran Competente OGG, además de regente
de la cátedra de trabajos prácticos rousselianos. Tuve en mis manes la
máquina para leer las Nouvelles impressions d'Afrique, y también la valija
de Marcel Duchamp; Fassio, que hablaba poco, servía en cambio unos
sándwiches de tamaño natural y mucho vino tinto, y acabó sacando una kodak
del tiempo de los pterodáctilos con la que nos fotografió a todos debajo de
un paraguas y en otras actitudes dignas de las circunstancias. Poco después
volví a Francia, y dos años más tarde me llegaron los documentos,
anunciados sigilosamente por Paco Porrúa que había participado con Sara en
la etapa experimental de la lectura mecánica de Rayuela. No me parece
inútil reproducir ante todo el membrete y encabezamiento de la
trascendental comunicación:

INSTITUTO DE ALTOS
ESTUDIOS PATAFÍSICOS
DE BUENOS AIRES
Cátedra de Trabajosa Prácticos Rousselianos
Comisión de Rayuela
Subcomisiónes Electrónica y de Relaciones Patabrownianas


Seguían diversos diagramas, proyectos y diseños, y una hojita con la
explicación general del funcionamiento de la máquina, así como fotos de los
cientificos de las Subcomisiones Electrónica y de Relaciones Patabrownianas
en plena labor. Personalmente nunca entendí demasiado la máquina, porque su
creador no se dignó facilitarme explicaciones complementarias, y como no he
vuelto a la Argentina sigo sin comprender algunos detalles del delicado
mecanismo. Incluso sucumbo a esta publicación quizá prematura e inmodesta
con la esperanza de que algún lector ingeniero descifre los secretes de la
RAYUEL-O-MATIC, como se denomina la máquina en uno de los diseños que, lo
diré abiertamente, me parece culpable de una frívola tendencia a
introducirla en el comercio, sobre todo por la nota que aparece al pie:

(imagán del Rayuel-o-matic)

Se habrá advertido que la verdadera máquina es la que aparece a la
izquierda; el mueble con aire de triclinio es desde luego un aflténtico
triclinio, puesto que Fassio comprendió desde un comienzo que Rayuela es un
libro para leer en la cama a fin de no dormirse en otras posiciones de
luctuosas consecuencias. Los diseños 4 y 5 ilustran admirablemente esta
ambientación favorable, sobre todo el número 5 donde no faltan ni el mate
ni el porrón de ginebra ( juraría que también hay una tostadora eléctrica,
lo que me parece una pituquería):

(imágenes del rayuel-o-matic)

Nunca entenderé por qué algunos diseños venían numerados mientras otros se
dejaban situar en cualquier parte, que he imitado respetuosamente. Pienso
que éste dará una idea general de la máquina:

(imágen del Rayuel-o-matic)

No hay que ser Werner von Braun para imaginar lo que guardan las gavetas,
pero el inventor ha tenido buen cuidado de agregar las instrucciones
siguientes:
A — Inicia el funcionamiento a partir del capítulo73 (sale la gaveta 73 );
al cerrarse ésta se abre la No. l, y así sucesivamente. Si se desea
interrumpir la lectura, por ejemplo en mitad del capítulo 16, debe
apretarse el botón antes de cerrar esta gaveta.
B — Cuando se quiera reiniciar la lectura a partir del momento en que se ha
interrumpido, bastará apretar este botón y reaparecerá la gaveta No. 16,
continuándose el proceso.
C — Suelta todos los resortes, de manera que pueda elegirse cualquier
gaveta con sólo tirar de la perilla. Deja de funcionar el sistema eléctrico.
D — Botón destinado a la lectura del Primer Libro, es decir, del capítulo 1
al 56 de corrido. Al cerrar la gaveta No. 1, se abre la No. 2, y así
sucesivamente.
E — Botón para interrumpir el funcionamiento en el momento que se quiera,
una vez llegado al circuito final: 58 - 131 - 58 - 131 - 58, etcétera.
F — En el modelo con cama, este botón abre la parte inferior, quedando la
cama preparada.[3]

Los diseños 1, 2 y 3 permiten apreciar el modelo con cama, así como la
forma en que sale y se abre esta última apenas se aprieta el botón F.
Atento a las previsibles exigencies estéticas de los consumidores de
nuestras obras, Fassio ha previsto modelos especiales de la máquina en
estilo Luis XV y Luis XVI.

En la imposibilidad de enviarme la máquina por razones logísticas,
aduaneras e incluso estratégicas que el Colegio de Patafisíca no está en
condiciones ni en ánimo de estudiar, Fassio acompañó los diseños con un
gráfico de la lectura de Rayuela (en la cama o sentado).
La interpretación general no es difícil: se indican claramente los puntos
capitales comenzando por el de partida (73), el capítulo emparedado (55) y
Los dos capítulos del ciclo final (58 y 131). De la lectura surge una
proyección gráfica bastante parecida a un garabato, aunque quizá los
técnicos puedan explicarme algún día por qué los pesos se amontonan tanto
hacia los capítulos 54 y 64. El análisis estructural utilizará con provecho
estas proyecciones de apariencia despatarrada; yo le deseo buena suerte.

Notas:
1. Michel Sanouillet, Marchand du sel. Le Terrain Vague, París, 1958, p.7
2. Jean Schuster, Marcel Duchamp, vite, en Bizarre, No. 34/5, 1964
3. En una referencia complementaria se alude a un botón G, que el lector
apretará en un caso extremo, y que tiene por función hacer saltar todo el
aparato.

Extraído de Julio Cortázar "La vuelta al día en ochenta mundos", publicado
en 1967 por Siglo XXI. ©


Gracias a Cristian y Myriam por este gran aporte.
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