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Sugerencia del Almacén de P/L@
PALABRA DE FIDEL. (2da Edición Aumentada!)
Recopilación de discursos memorables
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[P/L@] Estallido y represión en Argentina
Darío Santillán y Maximiliano Kostecki
Piqueteros asesinados por la policía el 26 de junio pasado.
Siempre estarán allí
Por Osvaldo Bayer
Absolvamos opinión y testimonio. La Argentina está sucia. Se mata
impunemente a sus hijos en la calle. Las llamadas autoridades hablaron
primero de un complot, del regreso de la guerrilla, de los terroristas
contra la democracia, y cuando unos fotógrafos de coraje civil mostraron
que los asesinos pertenecen a la propia policía de ellos, se deshacen en
explicaciones. Y entonces sí, que el chivo expiatorio pague todos los
pecados de la inmoralidad mafiosa que nos domina. Fue el comisario
Franchiotti. Sí, bien, pero, ¿de dónde salió Franchiotti? ¿Por qué
Franchiotti? Todo salió de Lomas de Zamora, la capital del duhaldismo. Lo
dijo muy bien nada menos que un propio miembro de la Policía Bonaerense,
por escrito, a quien oficia hoy como Presidente de los argentinos: "Para
poner en caja a la Policía Bonaerense no se debe repetir nunca el episodio
de mayor concesión de poder que se tenga en la fuerza, como lo fue durante
la jefatura de Klodczyk, en la gestión del gobernador Duhalde". Lo firma el
comisario César Frutos, titular de la jefatura departamental de Quilmes de
la "Maldita Policía" Bonaerense, calificación aceptada por todos.
En un momento difícil, cuando lo asesinaron vilmente al fotógrafo Cabezas,
el gobernador Duhalde quedó al desnudo al utilizar un término usado por la
mafia: "Me tiraron un cadáver", dijo. No se conoce a ningún personaje
limpio de la historia a quien le hayan "tirado un cadáver". En general se
le tira un cadáver a alguien para advertirle que la próxima vez le va a
tocar a él. Es decir, por haber traicionado alguna norma de los intereses
entre grupos, por haber faltado al cumplimiento de la palabra sagrada, o
por no haber cumplido una promesa o una exigencia. "Me tiraron un cadáver",
dijo Duhalde. Pero no dijo por qué, quién lo hizo, y por qué justamente a
él. Se hizo correr el dato que la otra fracción de la mafia estaba
representada por el omnímodo Yabrán, amigo de Menem, pero al mismo tiempo
de Jaroslavsky y prestador de dinero al radicalismo. La Bonaerense también
está implicada en el caso AMIA, un hecho criminal donde se ensuciaron las
manos las altas esferas, la política exterior y los servidores uniformados.
Pero, pese a errores y sospechas constantes, Duhalde llegó a la Presidencia
de la Nación, aunque ya había perdido el turno de candidato elegido en los
conciliábulos eternos de la politiquería argentina.
Volteada la zoncera criminal de De la Rúa que llevó a la gente a la calle y
donde decenas de habitantes murieron a tiros por la represión de los que
tienen miedo, llegó como decimos en un juego con algo de ruleta rusa
Duhalde como jefe de la Rosada.
Pero hete aquí que la gente sigue en la calle porque el país está
destrozado moral y materialmente. No todos se pusieron de rodillas a la
espera de que nos manden dólares para que algún argentino se los ponga en
el bolsillo. No, hay gente que sigue y está en la calle. Así de simple. Y
cuando Duhalde y sus peronistas y radicales se atoran, la gente llena más
las plazas, las calles y los puentes. Y entonces se recurre a lo que
siempre han hecho los gobiernos que no representan a nadie ni tienen
ideales para gobernar. Meten bala. Pero antes crean conspiraciones.
El discurso del ministro del Interior, Matzkin, no tiene desperdicio. Es la
página más interesante de alguien que tiene miedo y a la vez conspira en la
maldad para ver si se salva. Aunque caigan protagonistas o testigos. La
página de Matzkin deberá estudiarse en el futuro en todos los cursos de
sociología, pero también de historia y antropología. Leerlo en todas las
aulas como documento infalible de la canallada y el servilismo. Matzkin. A
él lo conocí en un café de Santa Rosa, me explicaron que es allí donde
trabaja en candidaturas y en ascensos y descensos. Buen oficio, Matzkin,
buen oficio, justo para ser ministro del Interior de Duhalde, uno de los
capos venidos a menos al que hay que salvar, no sea que los otros lo tiren
como cadáver en la vereda del candidato por excelencia. Total somos
todosperonistas y radicales. Matzkin. Demócrata experto. Por eso, cuando se
produjo el vil asesinato de Darío y Maximiliano, él, como ministro del
Interior, alertó a la gente de bien sobre lo peligroso que son los
piqueteros. No dijo que se trata de gente que quiere trabajo y un poco de
dignidad en la vida. No, son representantes de intereses extraños a la
conciencia del país. Términos que ya se los escuchamos al desaparecedor
Videla. Matzkin, con expresión varonil, bien custodiado y pertrechado, dijo
al mundo entero: "Las acciones de Avellaneda no constituyen un hecho
aislado sino que son el resultado de acciones concertadas que constituyen
un plan de lucha organizado y sistemático, que puede llegar a amenazar y
reemplazar la fórmula de consenso que la mayoría de los argentinos hemos
elegido. Hay quienes prefieren el lenguaje de la violencia". Claro, Matzkin
dio vuelta el cuadro, porque el lenguaje de la violencia lo empleó la
Policía Bonaerense y la Prefectura nacional (repito: nacional) que metió
bala. Pero para Matzkin esto no tiene importancia. Después se tuvo que
meter su discurso en el ancho bolsillo que posee. Pero el gordito
recorredor de pasillos y salones presidenciales y gubernamentales prefirió
no leer diarios, no escuchar la radio ni ver los noticieros televisivos.
Total, ¿quiénes murieron?
Lo mismo que el inefable Atanasof, un nombre para gritar que por fin se
calle. Esa tarde, antes de las pruebas de esos testigos del coraje civil,
entre ellos los fotógrafos presentes, dijo estas palabras de política
profunda: "Dentro de la ley, todo, fuera de la ley, nada". ¡Ah, hombre!
Claro, se hizo el que no veía cuando las "balas de la ley" asesinaron a dos
jóvenes desarmados, justamente cuando uno estaba asistiendo al otro herido.
No, pero para Atanasof primero está la ley, luego la vida, aunque esa ley
esté disfrazada por los uniformes nada menos que de la Policía Bonaerense.
O el inefable Eduardo Amadeo, que habló para decirnos: "Hay que aplicar la
ley con prudencia". Menos mal. Y acusó a los piqueteros de "una escalada de
violencia que estaba planificada". Le preguntaría al señor Amadeo qué
hubiera hecho él si hubiese sido obrero en la lucha por las ocho horas.
¿Arrodillarse ante las balas radicales en la Semana Trágica o seguir la
lucha para conseguir esa norma sagrada para los pueblos? ¿Pagar toda la
deuda externa con el FMI o luchar por un trabajo, un techo y una escuela?
¿Cuál es la ley de la que habla el señor Amadeo?
Pera el vaso rebalsó de pequeñez y falsedad cuando Rückauf volvió a
glorificar el decreto del '75 en el que se ordenó aniquilar la subversión y
que firmó él, y así se trató de justificar los cobardes crímenes de las
Tres A. En cualquier otro país con principios democráticos, un cinismo tal
hubiera sido de inmediato castigado con la destitución: pero aquí es todo
posible. Ese señor con la camisa manchada de sangre representa a la
democracia argentina ante el exterior.
El rostro del comisario Franchiotti nos sirve para definir nuestra
actualidad. Y el de su jefe, el comisario Mario Mijín, torturador durante
la dictadura en el Destacamento Arana. Quiere decir que pese a las
denuncias, la "obediencia debida y el punto final" de Alfonsín y sus
radicales permitieron que una bestia humana así siguiera en la policía y
fuera ascendido con Menem, con De la Rúa y con el mismo Duhalde, que lo
llevó a la cueva policial de su barrio de Lomas de Zamora.
Eduardo Duhalde tiene ya "sus muertitos", como decían los mexicanos cuando
Echeverría ordenó la masacre de estudiantes de Tletalolco. Tiene ya sus
asesinados. Jamás podrá sacar sus cuerpos del cofre de su automóvil ni de
las valijas cuando viaje. Siempre estarán allí. Darío y Maximiliano no
quedaron tirados en el asfalto. El pueblo los llevó a su tierra.
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