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CUARTO ANIVERSARIO
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1998 - 25 de agosto - 2002
Literatura e Ideas del Mundo Necesario
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[P/L@] Crónicas del Angel Gris
Alejandro Dolina
La conspiración de las mujeres hermosas
Cuando Jorge Allen, el poeta, se cruzaba con alguna mujer hermosa, caía en
el más hondo desasosiego.
Esta muchacha no será para mi - pensaba mientras la veía doblar para
siempre la esquina.
Es que cada mujer que pasa frente a uno sin detenerse es una historia de
amor que no se concretará nunca. Y ya se sabe que los hombres de corazón
sueñan con vivir todas las vidas.
En ocasiones especiales, Allen usurpaba el tranco de las más buenas mozas
para decirles algo.
- Vea: si no me conoce, no podrá usted darse el lujo de olvidarme.
Pero casi siempre ocurría lo mismo. Las pibas de Flores no mostraban el
menor interés en olvidar o recordar al poeta.
Cabe ahora mismo salir al paso de la suspicacia general, aclarando que
Allen era un joven de grata y recia figura. Además era muy versado en
amorosas cuestiones. En verdad, casi no se ocupaba de otra cosa.
Una tarde, envenenado por la fría mirada de una morocha en la calle
Bacacay, el hombre tuvo una inspiración: sospechó que la indiferencia de
las hembras más notables no era casual. Adivinó una intención común en
todas ellas. Y decidió que tenía que existir una conjura, una conspiración.
El la llamó La Conspiración de las Mujeres Hermosas.
Allen nunca fue un sujeto de pensamientos ordenados. Pero su idea interesó
muchísimo a las personas más reflexivas del barrio de Flores. El primer
fruto que se recuerda de estas inquietudes fue la memorable conferencia en
el cine San Martín pronunciada por el polígrafo Manuel Mandeb.
Su título fue "De las mujeres mejor no hay que hablar"; vale la pena
transcribir algunos párrafos conservados en la dudosa memoria de supuestos
asistentes.
"...Nadie puede negar el poder diabólico de la belleza. Se trata en
realidad de una fuerza mucho más irresistible que la del dinero o la
prepotencia. Cualquiera puede despreciar a quien lo sojuzga mediante el
soborno o el temor. Por el contrario uno no tiene más remedio que amar a
quien le impone humillaciones en virtud de su encanto. Y esta es una
trágica paradoja.
"...Las mujeres hermosas de este barrio conocen perfectamente la calidad de
sus armas y las utilizan con el único fin de provocar el sufrimiento de los
hombres sensibles. Ostentan su belleza y sin embargo no permiten que uno la
disfrute. Cuentan dinero delante de los pobres. Esta perversa conducta no
puede ser inconsciente. Obedece, sin duda a un plan minuciosamente pensado.
"...Cada vez que me acerco a una señorita para presentarle mi respeto, no
recibo otra cosa que gestos de desagrado, gambetas ampulosas y aún amenazas
de escándalo. Ya no se puede ceder el paso a una dama sin que se sospeche
que esta por permitido perpetrarse una violación."
Desde la cuarta fila, un grupo de colegialas le retrucó al conferenciante,
llamando su atención acerca del comportamiento de los conductores de
camionetas. Opinaban las niñas que estos profesionales, más que requerirlas
de amores parecían proponerse insultarlas.
Este que escribe opina que la objeción es interesante. Con toda frecuencia
se ven por las calles individuos que lejos de postularse como admiradores
de las señoritas que se les cruzan, proceden a agraviarlas con frases puercas.
Aquí surge un tema polémico. ¿En qué consiste el piropo? ¿Cuál es su objeto
y esencia?
Algunos sostienen que se trata de un género artístico: Un hombre ve a una
mujer, se inspira y suelta párrafos. No existe la esperanza de una
recompensa, basta con la satisfacción de haber cumplido con los duendes
interiores.
Si este es el criterio correcto, la actitud de los conductores de
camionetas es perfectamente comprensible. Tal vez quepan reparos de índole
académica. Se puede opinar que es artísticamente superior un madrigal que
un manotazo, pero ambas expresiones se encuadran rigurosamente en la
definición que se ha sugerido anteriormente.
Otra corriente - menos desinteresada - piensa que todo piropo manifiesta la
intención de comenzar un romance. Vale decir que se espera de la dama que
lo recibe una respuesta alentadora.
Difícil será - por cierto - que alguien obtenga una sonrisa a cambio de una
grosería. El asunto es apasionante y fue desarrollado por el propio Mandeb,
mucho después, en un libro que se llamó "La objeción de las colegialas",
título que despertó un equivocado entusiasmo entre los conductores de
camionetas.
Pero volvamos a la conferencia.
Manuel Mandeb presentó durante su exposición a un italiano y a un
brasilero, quienes - dificultosamente - expresaron que, en sus países, los
idilios se concertaban en forma rápida entre personas desconocidas y que
muchas veces bastaba con leves gestos para entenderse bien.
Curiosamente, el propio conferencista desautorizó a sus invitados.
"...Esta muy bien reclamar la tolerancia de las señoritas. Pero todo amorío
debe presentar una cantidad razonable de escollos. Para serles franco, no
quisiera saber nada con una mujer capaz de entreverarse en dos minutos con
un tipo como yo."
La conferencia terminó en un tumulto. Varias conspiradoras asistentes
empezaron a quejarse de recibir propuestas indecorosas de los caballeros
vecinos. Probablemente se trataba de conductores de camionetas.
Los Refutadores de Leyendas hicieron oír su voz algunos días más tarde. En
una de sus habituales reuniones manifestaron que no creian en la
posibilidad de la conspiración. El argumento de los racionalistas merece
consideración: según ellos las mujeres hermosas se odían entre si y es
inconcebible cualquier tipo de acuerdo. Declararon también que es falso que
esta estirpe no haga caso de los hombres: todos los días uno ve hermosas
muchachas acompañadas por algún señor.
Ya en el colmo de la locura, los Hombres Sensibles contestaron que allí
estaba el punto: el señor que acompaña a las mujeres hermosas es siempre
otro y esto provoca aun más tristeza que cuando uno las ve solas.
No sería extraño que estas damas y sus acompañanates no fueran sino íncubos
y súcubos que recorren el mundo para dar dique a las almas sencillas.
Ives Castagnino, el músico de Palermo, razonaba de este modo: si el
propósito de las mujeres terribles es hacer sufrir a los hombres, tienen
dos maneras de lograrlo:
1) No viviendo un romance con ellos.
2) Viviéndolo.
Según parece, al músico lo aterrorizaba mucho más la segúnda posibilidad.
Como puede suponerse, las mujeres hermosas consultadas negaron siempre la
existencia de la conjura. De cualquier modo, hay que reconocer que la
encuesta no fue demasiado amplia. En primer lugar, las señoritas
entrevistadas desconfiaban de los encuestadores y pensaban - con toda razón
- que trataban de seducirlas. Y por otra parte resulta una verdadera
ingenuidad que, quienes son capaces de una gesta tan oscura, se presten a
revelar el secreto precisamente a sus víctimas.
Como suele ocurrir en estos casos, el tema de discusión se bifurcó
innumerables veces y tomó el rumbo de los tomates.
Hubo quienes pidieron que se aclararan los límites de la hermosura para
saber cabalmente quienes eran las mujeres que alcanzaban esa categoría.
La cuestión es ardua, como todo juicio estético. Se pueden tener en cuenta
- quizás - algunos indicios. Se dice que si una dama es muy linda, las
demás la tendrán por tonta. Pero no puede tomarse este lugar común como
precepto, pues es cosa evidente que existen mujeres que, siendo tontas, son
al mismo tiempo feas. Inclusive hay gente que sostiene haber conocido
señoritas hermosas e inteligentes, lo cual para mi gusto es demasiado.
El asunto se torna todavía más complejo a causa de la acción de los
Agrandadores de Loros, unos caballeros más bien babosos que con halagos y
falsedades consiguen que ciertos bagayos se crean la reina del corso. Así,
los hombres de corazón llegan a padecer la violencia de verse rechazados
por damas que jamás pensaron seducir. La tarea de los Agrandadores ha ido
muy lejos y ha llegado incluso a las tapas de las revistas y avisos de
publicidad, donde se proponen a la admiración de la gente de toda clase de
pescados con disfraz de Colombina.
Pero los Hombres Sensibles siempre supieron cuando se hallaban ante la
presencia de una mujer hermosa. Sentían lo que Mandeb describía como una
patada en el corazón. Y no se equivocaban nunca.
A decir verdad, jamás se alcanzaron a reunir pruebas convincentes sobre la
existencia de la conspiración. Pero sus efectos se siguieron padeciendo.
Pese a todo, Allen, Mandeb y todos sus amigos siguieron recorriendo las
esquinas haciendo fuerza para creer que detrás de alguna puerta iba a
aparecer la mujer que les salvaría la vida.
Por suerte para los muchachos, hubo siempre entre las dilas conjuradas
algunas Traidoras Adorables.
Naturalmente toda traición tiene su precio y muchas veces la exigencia era
el amor eterno. Los Hombres de Flores pagaban una y otra vez este arancel.
La denuncia de Jorge Allen ya ha sido olvidada en el barrio del Ángel Gris.
Pero aunque nadie converse sobre el asunto, basta con asomarse a la puerta
para comprobar que las cosas siguen como entonces.
Allí estan las mujeres hermosas en Flores y en toda la ciudad, gritando con
sus miradas de hielo que no estan en nuestro futuro ni en nuestro pasado.
Allí esta la abominable secta de las Chicas con Novio, poniendonos ante la
espantosa verdad de que siempre hay un hombre mejor que uno. El camino para
derrotar a esta muralla es largo y penoso, pero seguirlo es deber de los
criollos arremetedores.
No hay más remedio que quererlas a pesar de todo. Y más todavía, tratar de
que a uno lo quieran. Esta segunda labor es especialmente complicada y
puede llevar la vida eterna. Consiste - por ejemplo - en ser bueno,
aprender a tocar el piano, convertirse en héroe o en santo, estudiar las
ciencias, comprarse una tricota nueva, lavarse los dientes, ser considerado
y tierno y renunciar a los empleos nacionales.
Una vez hecho todo esto, ya puede el hombre enamorado, pararse en la calle
y esperar el paso de la primera mujer hermosa para decirle bien fuerte:
-He sufrido mucho nada más que para saber su nombre.
Seguramente la tipa fingirá no haber oído, mirará al horizonte y seguirá su
camino.
Pero será injusto.
Tomado del libro de Alejandro Dolina, "Crónicas del Ángel Gris", Ediciones
de la Urraca, Bs. As., 1988.
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