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[P/L@587] Alejo Carpentier: Viaje a la semilla   Lista de mensajes  
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Sugerencias Para leer
1973 - 11 de Septiembre - 2002
29 aniversario de la muerte de Salvador Allende
[P/L@12] Homenaje a Salvador Allende
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/message/15
[P/L@146] La doble muerte de Salvador Allende
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/message/154
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A un año de los atentados en EEUU
[P/L@509] La muerte de los rascacielos
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/message/534
Visita nuestro dossier dedicado
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/files/Documentos/conflicto1.
htm
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Para leer en Cuba !!

Continuamos editando P/L@ desde Cuba, y en esta oportunidad
compartimos un relato y la biografía del gran escritor habanero Alejo
Carpentier (1904-1980).

Carpentier fue un novelista, ensayista y musicólogo, que influyó
notablemente en el desarrollo de la literatura latinoamericana, en
particular a través de su estilo de escritura, que incorpora todas
las dimensiones de la imaginación -sueños, mitos, magia y religión-
en su idea de la realidad.
Nació en La Habana el 26 de diciembre de 1904, hijo de un arquitecto
francés y de una cubana de refinada educación. Estudió los primeros
años en La Habana y a la edad de doce años, como la familia se
trasladó a París durante unos años, asistió al liceo de Jeanson de
Sailly, y se inició en los estudios musicales con su madre,
desarrollando una intensa vocación musical. Ya de regreso a Cuba
comenzó a estudiar arquitectura, pero no acabó la carrera. Empezó a
trabajar como periodista y a participar en movimientos políticos
izquierdistas. Fue encarcelado y a su salida se exilió en Francia.
Volvió a Cuba donde trabajó en la radio y llevó a cabo importantes
investigaciones sobre la música popular cubana. Viajó por México y
Haití donde se interesó por las revueltas de los esclavos del siglo
XVIII. Marchó a vivir a Caracas en 1945 y no volvió a Cuba hasta
1956, año en el que se produjo el triunfo de la Revolución castrista.
Desempeñó diversos cargos diplomáticos para el gobierno
revolucionario, murió en 1980 en París, donde era embajador de Cuba.
Su Obra
Carpentier recibió la influencia directa del surrealismo, y escribió
para la revista Révolution surréaliste, por encargo expreso del poeta
y crítico literario francés André Breton. Sin embargo, mantuvo una
posición crítica respecto a la poco reflexiva aplicación de las
teorías del surrealismo e intentó incorporar a toda su obra la
maravilla, una forma de ver la realidad que, mantenía, era propia y
exclusiva de América. Entre sus novelas cabe citar El reino de este
mundo (1949), escrita tras un viaje a Haití, centrada en la
revolución haitiana y el tirano del siglo XIX Henri Christophe, y Los
pasos perdidos (1953), el diario ficticio de un músico cubano en el
Amazonas, que trata de definir la relación real entre España y
América siguiendo la conquista española. Se considera que es su obra
maestra, un intento de llevar a cabo su idea de construir una novela
que llegue más allá de la narración, que no sólo exprese su época
sino que la interprete. Guerra del tiempo (1958) se centra en la
violencia y en la naturaleza represiva del gobierno cubano durante la
década de 1950. En 1962 publicó El siglo de las luces, en la que
narra la vida de tres personajes arrastrados por el vendaval de la
Revolución Francesa. Más que una novela histórica, o una novela de
ideas es, en la interpretación de algunos críticos, una cabal novela
filosófica. Concierto Barroco (1974) es una novela en la que expone
sus visiones acerca de la mezcla de culturas en Hispanoamérica.
Finalmente El recurso del método (1974) y La consagración de la
primavera (1978), obras complementarias y difíciles; la primera
suele "considerarse como la historia de la destrucción de un mundo",
la caída del mito del hombre de orden, mientras que la segunda
representa la larga crónica del triunfo en Cuba de un nuevo mito, que
Carpentier trata de explicar desde su imposible papel de espectador:
el autor trata de explicar el inconciliable desajuste entre el tiempo
del hombre y el tiempo de la historia.
A pesar de su corta producción narrativa, Carpentier está considerado
como uno de los grandes escritores del siglo XX. Él fue el primer
escritor latinoamericano que afirmó que Hispanoamérica era el barroco
americano abriendo una vía literaria imaginativa y fantástica pero
basado en la realidad americana, su historia y mitos. Su lenguaje
rico, colorista y majestuoso está influido por los escritores
españoles del Siglo de Oro y crea unos ambientes universales donde no
le interesan los personajes concretos, ni profundizar en la
psicología individual de sus personajes, sino que crea arquetipos -el
villano, la víctima, el liberador- de una época.

**

Alejo Carpentier
Viaje a la semilla

I
-¿Qué quieres, viejo?...
Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el
viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose
de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían
descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico
de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de
mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran
revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban
desdentando las murallas aparecían -despojados de su secreto- cielos
rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos,
astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros como
viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una
Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el
tocado de mieses, se erguía en el traspatio, sobre su fuente de
mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los
peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando
con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que
iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había
sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la estatua.
Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables.
Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las
poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de
aves desagradables y pechugonas.
Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se desploblaron. Sólo
quedaron escaleras de mano, preparando el salto del día siguiente. El
aire se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos
de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos.
Para la casa mondada el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía de
sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía
regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba los
labios. Por primera vez las habitaciones dormirían sin persianas,
abiertas sobre un paisaje de escombros.
Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las
hierbas. Las hojas de acanto descubrían su condición vegetal. Una
enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída
por un aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más
cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía aún, en lo alto, con
tablas de sombras suspendidas de sus bisagras desorientadas.

II
Entonces el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos
extraños, volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.
Los cuadrados de mármol, blancos y negros volaron a los pisos,
vistiendo la tierra. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar
los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron
en sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas volvían a
hundirse en sus hoyos, con rápida rotación. En los canteros muertos,
levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus
fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en
lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente
a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos
gris. Hubo más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó
begonias olvidadas.
El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal,
y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando
encendió los velones, un estremecimiento amarillo corrió por el óleo
de los retratos de familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en
todas las galerías, al compás de cucharas movidas en jícaras de
chocolate.
Don Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte,
el pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con
largas barbas de cera derretida.

III
Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron
su tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre. Las mechas
blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y
los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado
invisible y abrió los ojos.
Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su
lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el escapulario
de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de
sus nieblas. Cuando el médico movió la cabeza con desconsuelo
profesional, el enfermo se sintió mejor. Durmió algunas horas y
despertó bajo la mirada negra y cejuda del Padre Anastasio. De
franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se hizo
reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho tenía, en el
fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se
encontró, de pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un
peso en las sienes, se levantó con sorprendente celeridad. La mujer
desnuda que se desperezaba sobre el brocado del lecho buscó enaguas y
corpiños, llevándose, poco después, sus rumores de seda estrujada y
su perfume. Abajo, en el coche cerrado, cubriendo tachuelas del
asiento, había un sobre con monedas de oro.
Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la
luna de la consola se vio congestionado. Bajó al despacho donde lo
esperaban hombres de justicia, abogados y escribientes, para disponer
la venta pública de la casa. Todo había sido inútil. Sus pertenencias
se irían a manos del mejor postor, al compás de martillo golpeando
una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en los misterios de la
letra escrita, en esas hebras negras que se enlazan y desenlazan
sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando y
desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios,
declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y
piedras; maraña de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban las
piernas del hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley; cordón
al cuello, que apretaban su sordina al percibir el sonido temible de
las palabras en libertad. Su firma lo había traicionado, yendo a
complicarse en nudo y enredos de legajos. Atado por ella, el hombre
de carne se hacía hombre de papel.
Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar la seis de la
tarde.
IV
Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos por un remordimiento cada
vez mayor. Al principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento
se le hacía casi razonable. Pero, poco a poco, las apetencias de un
cuerpo nuevo fueron desplazadas por escrúpulos crecientes, que
llegaron al flagelo. Cierta noche, Don Marcial se ensangrentó las
carnes con una correa, sintiendo luego un deseo mayor, pero de corta
duración. Fue entonces cuando la Marquesa volvió, una tarde, de su
paseo a las orillas del Almendares. Los caballos de la calesa no
traían en las crines más humedad que la del propio sudor. Pero,
durante todo el resto del día, dispararon coces a las tablas de la
cuadra, irritados, al parecer, por la inmovilidad de nubes bajas.
Al crepúsculo, una tinaja llena de agua se rompió en el baño de la
Marquesa. Luego, las lluvias de mayo rebosaron el estanque. Y aquella
negra vieja, con tacha de cimarrona y palomas debajo de la cama, que
andaba por el patio murmurando: «¡Desconfía de los ríos, niña;
desconfía de lo verde que corre!» No había día en que el agua no
revelara su presencia. Pero esa presencia acabó por no ser más que
una jícara derramada sobre el vestido traído de París, al regreso del
baile aniversario dado por el Capitán General de la Colonia.
Reaparecieron muchos parientes. Volvieron muchos amigos. Ya
brillaban, muy claras, las arañas del gran salón. Las grietas de la
fachada se iban cerrando. El piano regresó al clavicordio. Las palmas
perdían anillos. Las enredaderas saltaban la primera cornisa.
Blanquearon las ojeras de la Ceres y los capiteles parecieron recién
tallados. Más fogoso Marcial solía pasarse tardes enteras abrazando a
la Marquesa. Borrábanse patas de gallina, ceños y papadas, y las
carnes tornaban a su dureza. Un día, un olor de pintura fresca llenó
la casa.
V
Los rubores eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas
de los biombos, las faldas caían en rincones menos alumbrados y eran
nuevas barreras de encajes. Al fin la Marquesa sopló las lámparas.
Sólo él habló en la obscuridad.
Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas—relumbrante de
grupas alazanas, bocados de plata y charoles al sol. Pero, a la
sombra de las flores de Pascua que enrojecían el soportal interior de
la vivienda, advirtieron que se conocían apenas. Marcial autorizó
danzas y tambores de Nación, para distraerse un poco en aquellos días
olientes a perfumes de Colonia, baños de benjuí, cabelleras
esparcidas, y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban
caer sobre las lozas un mazo de vetiver. El vaho del guarapo giraba
en la brisa con el toque de oración. Volando bajo, las auras
anunciaban lluvias reticentes, cuyas primeras gotas, anchas y
sonoras, eran sorbidas por tejas tan secas que tenían diapasón de
cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo deslucido,
aliviados de desconciertos y cerrada la herida, ambos regresaron a la
ciudad. La Marquesa trocó su vestido de viaje por un traje de novia,
y, como era costumbre, los esposos fueron a la iglesia para recobrar
su libertad. Se devolvieron presentes a parientes y amigos, y, con
revuelo de bronces y alardes de jaeces, cada cual tomó la calle de su
morada. Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por algún
tiempo, hasta el día en que los anillos fueron llevados al taller del
orfebre para ser desgrabados. Comenzaba, para Marcial, una vida
nueva. En la casa de altas rejas, la Ceres fue sustituida por una
Venus italiana, y los mascarones de la fuente adelantaron casi
imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendidas, pintada ya
el alba, las luces de los velones.

VI
Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco
frío, dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de
que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media,
luego las cuatro, luego las tres y media... Era como la percepción
remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa, en enervamiento
de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por
cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del
techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su
espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.
Y hubo un gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó la
minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había dejado
de tener un valor legal, y que los registros y escribanías, con sus
polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al punto en que los
tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne
desestimada por los códigos. Luego de achisparse con vinos generosos,
los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra incrustada de nácar,
un salterio y un serpentón. Alguien dio cuerda al reloj que tocaba la
Tirolesa de las Vacas y la Balada de los Lagos de Escocia. Otro
embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los
fieltros encarnados de la vitrina, al lado de la flauta traversera
traída de Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a
la de Campoflorido, su sumó al guirigay, buscando en el teclado,
sobre bajos falsos, la melodía del Trípili-Trápala. Y subieron todos
al desván, de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban
recobrando el repello, se guardaban los trajes y libreas de la Casa
de Capellanías. En entrepaños escarchados de alcanfor descansaban los
vestidos de corte, un espadín de Embajador, varias guerreras
emplastronadas, el manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas
casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en los
pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto,
miriñaques amarillos, túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un
traje de chispero con redecilla de borlas, nacido en una mascarada de
carnaval, levantó aplausos. La de Campoflorido redondeó los hombros
empolvados bajo un rebozo de color de carne criolla, que sirviera a
cierta abuela, en noche de grandes decisiones familiares, para avivar
los amansados fuegos de un rico Síndico de Clarisas.
Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un
tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se
dio comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban
terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por
la cintura, recibiendo manos de hombre sobre las ballenas del corset
que todas se habían hecho según el reciente patrón de «El Jardín de
las Moodas». Las puertas se obscurecieron de fámulas, cuadrerizos,
sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y de los
entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta de tanto alboroto.
Luego. se jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial, oculto con
la de Campoflorido detrás de un biombo chino, le estampó un beso en
la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes
de Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las
muchachas se alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las atalayas
y torreones que se pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos
fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se contoneaban las
mulatas de grandes ajorcas, sin perder nunca—así fuera de movida una =

guaracha—sus zapatillas de alto tacón. Y como se estaba en
carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno de
tambores tras de la pared medianera, en un patio sembrado de
granados. Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron
el garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa,
casi deseable, cuando miraba por sobre el hombro, bailando con altivo
mohín de reto.

VII
Las visitas de Don Abundio, notario y albacea de la familia, eran más
frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera de la cama de
Marcial, dejando caer al suelo su bastón de ácana para despertarlo
antes de tiempo. Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de
alpaca, cubierta de caspa, cuyas mangas lustrosas recogían títulos y
rentas. Al fin sólo quedó una pensión razonable, calculada para poner
coto a toda locura. Fue entonces cuando Marcial quiso ingresar en el
Real Seminario de San Carlos.
Después de mediocres exámenes, frecuentó los claustros, comprendiendo
cada vez menos las explicaciones de los dómines. El mundo de las
ideas se iba despoblando. Lo que había sido, al principio, una
ecuménica asamblea de peplos, jubones, golas y pelucas,
controversistas y ergotantes, cobraba la inmovilidad de un museo de
figuras de cera. Marcial se contentaba ahora con una exposición
escolástica de los sistemas, aceptando por bueno lo que se dijera en
cualquier texto. «León», «Avestruz», «Ballena», «Jaguar», leíase
sobre los grabados en cobre de la Historia Natural. Del mismo
modo, «Aristóteles», «Santo Tomás», «Bacon», «Descartes», encabezaban
páginas negras, en que se catalogaban aburridamente las
interpretaciones del universo, al margen de una capitular espesa.
Poco a poco, Marcial dejó de estudiarlas, encontrándose librado de un
gran peso. Su mente se hizo alegre y ligera, admitiendo tan sólo un
concepto instintivo de las cosas. ¿Para qué pensar en el prisma,
cuando la luz clara de invierno daba mayores detalles a las
fortalezas del puerto? Una manzana que cae del árbol sólo es
incitación para los dientes. Un pie en una bañadera no pasa de ser un
pie en una bañadera. El día que abandonó el Seminario, olvidó los
libros. El gnomon recobró su categoría de duende: el espectro fue
sinónimo de fantasma; el octandro era bicho acorazado, con púas en el
lomo.
Varias veces, andando pronto, inquieto el corazón, había ido a
visitar a las mujeres que cuchicheaban, detrás de puertas azules, al
pie de las murallas. El recuerdo de la que llevaba zapatillas
bordadas y hojas de albahaca en la oreja lo perseguía, en tardes de
calor, como un dolor de muelas. Pero, un día, la cólera y las
amenazas de un confesor le hicieron llorar de espanto. Cayó por
última vez en las sábanas del infiemo, renunciando para siempre a sus
rodeos por calles poco concurridas, a sus cobardías de última hora
que le hacían regresar con rabia a su casa, luego de dejar a sus
espaldas cierta acera rajada, señal, cuando andaba con la vista baja,
de la media vuelta que debía darse por hollar el umbral de los
perfumes.
Ahora vivía su crisis mística, poblada de detentes, corderos
pascuales, palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul celeste,
estrellas de papel dorado, Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el
Asno, el Buey, y un terrible San Dionisio que se le aparecía en
sueños, con un gran vacío entre los hombros y el andar vacilante de
quien busca un objeto perdido. Tropezaba con la cama y Marcial
despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de cuentas sordas.
Las mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz triste a imágenes
que recobraban su color primero.

VIII
Los muebles crecían. Se hacía más difícil sostener los antebrazos
sobre el borde de la mesa del comedor. Los armarios de cornisas
labradas ensanchaban el frontis. Alargando el torso, los moros de la
escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del rellano. Las
butacas eran mas hondas y los sillones de mecedora tenían tendencia a
irse para atrás. No había ya que doblar las piernas al recostarse en
el fondo de la bañadera con anillas de mármol.
Una mañana en que leía un libro licencioso, Marcial tuvo ganas,
súbitamente, de jugar con los soldados de plomo que dormían en sus
cajas de madera. Volvió a ocultar el tomo bajo la jofaina del lavabo,
y abrió una gaveta sellada por las telarañas. La mesa de estudio era
demasiado exigua para dar cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se
sentó en el piso. Dispuso los granaderos por filas de ocho. Luego,
los oficiales a caballo, rodeando al abanderado. Detrás, los
artilleros, con sus cañones, escobillones y botafuegos. Cerrando la
marcha, pífanos y timbales, con escolta de redoblantes. Los morteros
estaban dotados de un resorte que permitía lanzar bolas de vidrio a
más de un metro de distancia.
-¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!...
Caían caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser
llamado tres veces por el negro Eligio, para decidirse a lavarse las
manos y bajar al comedor.
Desde ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el enlosado.
Cuando percibió las ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no
haberlo pensando antes. Afectas al terciopelo de los cojines, las
personas mayores sudan demasiado. Algunas huelen a notario -como Don
Abundio- por no conocer, con el cuerpo echado, la frialdad del mármol
en todo tiempo. Sólo desde el suelo pueden abarcarse totalmente los
ángulos y perspectivas de una habitación. Hay bellezas de la madera,
misteriosos caminos de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a
altura de hombre. Cuando llovía, Marcial se ocultaba debajo del
clavicordio. Cada trueno hacía temblar la caja de resonancia,
poniendo todas las notas a cantar. Del cielo caían los rayos para
construir aquella bóveda de calderones-órgano, pinar al viento,
mandolina de grillos.

IX
Aquella mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la
casa y el almuerzo que le sirvieron fue demasiado suculento para un
día de semana. Había seis pasteles de la confitería de la Alameda—
cuando sólo dos podían comerse, los domingos, después de misa. Se
entretuvo mirando estampas de viaje, hasta que el abejeo creciente,
entrando por debajo de las puertas, le hizo mirar entre persianas.
Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja con agarraderas
de bronce. Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento apareció el
calesero Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus botas
sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él, era
Rey. Tomando las losas del piso por tablero, podía avanzar de una en
una, mientras Melchor debía saltar una de frente y dos de lado, o
viceversa. El juego se prolongó hasta más allá del crepúsculo, cuando
pasaron los Bomberos del Comercio.
Al levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama
de enfermo. El Marqués se sentía mejor, y habló a su hijo con el
empaque y los ejemplos usuales. Los “Sí, padre” y los “No=
, padre”, se
encajaban entre cuenta y cuenta del rosario de preguntas, como las
respuestas del ayudante en una misa. Marcial respetaba al Marqués,
pero era por razones que nadie hubiera acertado a suponer. Lo
respetaba porque era de elevada estatura y salla, en noches de baile,
con el pecho rutilante de condecoraciones: porque le envidiaba el
sable y los entorchados de oficial de milicias; porque, en Pascuas,
había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando
una apuesta; porque, cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla,
agarró a una de las mulatas que barrían la rotonda, llevándola en
brazos a su habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio
salir poco después, llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo,
pues era la que siempre vaciaba las fuentes de compota devueltas a la
alacena.
El padre era un ser terrible y magnánimo al que debla amarse después
de Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran
cotidianos y tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque
fastidiaba menos.

X
Cuando los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo
que había debajo de las camas, armarios y vargueños, ocultó a todos
un gran secreto: la vida no tenía encanto fuera de la presencia del
calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las
procesiones del Corpus, eran tan importantes como Melchor.
Melchor venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos. En su
reino había elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí los hombres
no trabajaban, como Don Abundio, en habitaciones obscuras, llenas de
legajos. Vivían de ser más astutos que los animales. Uno de ellos
sacó el gran cocodrilo del lago azul, ensartándolo con una pica
oculta en los cuerpos apretados de doce ocas asadas. Melchor sabía
canciones fáciles de aprender, porque las palabras no tenían
significado y se repetían mucho. Robaba dulces en las cocinas; se
escapaba, de noche, por la puerta de los cuadrerizos, y, cierta vez,
había apedreado a los de la guardia civil, desapareciendo luego en
las sombras de la calle de la Amargura.
En días de lluvia, sus botas se ponían a secar junto al fogón de la
cocina. Marcial hubiese querido tener pies que llenaran tales botas.
La derecha se llamaba Calambín. La izquierda, Calambán. Aquel hombre
que dominaba los caballos cerreros con sólo encajarles dos dedos en
los belfos; aquel señor de terciopelos y espuelas, que lucía
chisteras tan altas, sabía también lo fresco que era un suelo de
mármol en verano, y ocultaba debajo de los muebles una fruta o un
pastel arrebatados a las bandejas destinadas al Gran Salón. Marcial y
Melchor tenían en común un depósito secreto de grageas y almendras,
que llamaban el “Urí, urí, urá”, con entendidas carcajadas. Amb=
os
habían explorado la casa de arriba abajo, siendo los únicos en saber
que existía un pequeño sótano lleno de frascos holandeses, debajo de
las cuadras, y que en desván inútil, encima de los cuartos de
criadas, doce mariposas polvorientas acababan de perder las alas en
caja de cristales rotos.

XI
Cuando Marcial adquirió el habito de romper cosas, olvidó a Melchor
para acercarse a los perros. Había varios en la casa. El atigrado
grande; el podenco que arrastraba las tetas; el galgo, demasiado
viejo para jugar; el lanudo que los demás perseguían en épocas
determinadas, y que las camareras tenían que encerrar.
Marcial prefería a Canelo porque sacaba zapatos de las habitaciones y
desenterraba los rosales del patio. Siempre negro de carbón o
cubierto de tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba
sin motivo y ocultaba huesos robados al pie de la fuente. De vez en
cuando, también, vaciaba un huevo acabado de poner, arrojando la
gallina al aire con brusco palancazo del hocico. Todos daban de
patadas al Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo llevaban. Y
el perro volvía triunfante, moviendo la cola, después de haber sido
abandonado más allá de la Casa de Beneficencia, recobrando un puesto
que los demás, con sus habilidades en la caza o desvelos en la
guardia, nunca ocuparían.
Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa
del salón, para dibujar en su lana formas de nubes pardas que se
ensanchaban lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos.
Pero los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores.
Resultaban, en cambio, pretexto admirable para armar concertantes de
aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando la bizca del
tejadillo calificaba a su padre de «bárbaro», Marcial miraba a
Canelo, riendo con los ojos Lloraban un poco más, para ganarse un
bizcocho y todo quedaba olvidado. Ambos comían tierra, se revolcaban
al sol, bebían en la fuente de los peces, buscaban sombra y perfume
al pie de las albahacas. En horas de calor, los canteros húmedos se
llenaban de gente. Ahí estaba la gansa gris, con bolsa colgante entre
las patas zambas; el gallo viejo de culo pelado; la lagartija que
decía «urí, urá», sacándose del cuello una corbata rosada; el triste
jubo nacido en ciudad sin hembras; el ratón que tapiaba su agujero
con una semilla de carey. Un día señalaron el perro a Marcial.
—¡Guau, guau!—dijo.
Hablaba su propio idioma. Había logrado la suprema libertad. Ya
quería alcanzar, con sus manos objetos que estaban fuera del alcance
de sus manos.

XII
Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción
a la de estas realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era
accesoria. Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su sal
desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la
vista. Sus manos rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente
sensible y táctil. El universo le entraba por todos los poros.
Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosos y
penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría.
El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló
hacia la vida.
Pero ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas
horas. Los minutos sonaban a glissando de naipes bajo el pulgar de un
jugador.
Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces
cuajaron la hueva, dejando una nevada de escamas en el fondo del
estanque. Las palmas doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra
como abanicos cerrados. Los tallos sorbían sus hojas y el suelo
tiraba de todo lo que le perteneciera. El trueno retumbaba en los
corredores. Crecían pelos en la gamuza de los guantes. Las mantas de
lana se destejían, redondeando el vellón de carneros distantes. Los
armarios, los vargueños, las camas, los crucifijos, las mesas, las
persianas, salieron volando en la noche, buscando sus antiguas raíces
al pie de las selvas. Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba. Un
bergantín, anclado no se sabía dónde, llevó presurosamente a Italia
los mármoles del piso y de la fuente. Las panoplias, los herrajes,
las llaves, las cazuelas de cobre, los bocados de las cuadras, se
derretían, engrosando un río de metal que galerías sin techo
canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la
condición primera. El barro, volvió al barro, dejando un yermo en
lugar de la casa.

XIII
Cuando los obreros vinieron con el día para proseguir la demolición,
encontraron el trabajo acabado. Alguien se había llevado la estatua
de Ceres, vendida la víspera a un anticuario. Después de quejarse al
Sindicato, los hombres fueron a sentarse en los bancos de un parque
municipal. Uno recordó entonces la historia, muy difuminada, de una
Marquesa de Capellanías, ahogada, en tarde de mayo, entre las
malangas del Almendares. Pero nadie prestaba atención al relato,
porque el sol viajaba de oriente a occidente, y las horas que crecen
a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son
las que más seguramente llevan a la muerte.



**

Alejo Carpentier
El camino de Santiago (Primera Parte)

I
Con dos tambores andaba Juan a lo largo del Escalda —el suyo,
terciado en la cadera izquierda; al hombro el ganado a las cartas—,
cuando le llamó la atención una nave, recién arrimada a la orilla,
que acababa de atar gúmenas a las bitas. Como la llovizna de aquel
atardecer le repicaba quedo en el parche mal abrigado por el ala del
sombrero, todo había de parecerle un tanto aneblado —aneblado como lo=

estaba ya por el aguardiente y la cerveza del vivandero amigo, cuyo
carro humeaba por todos los hornillos, un poco más abajo, cerca de la
iglesia luterana que habían transformado en caballerizas. Sin
embargo, aquel barco traía una tal tristeza entre las bordas, que la
bruma de los canales parecía salirle de adentro, como un aliento de
mala suerte. Las velas le estaban remendadas con lonas viejas, de
colores mohosos; tenía pelos en los cordajes, musgos en las vergas, y
de los flancos sin carenar le colgaban andrajos de algas muertas. Un
caracol, aquí, allá, pintaba una estrella, una rosa gris, una moneda
de yeso, en aquella vegetación de otros mares, que acababa de
podrirse, en pardo y verdinegro, al conocer la frialdad de aguas
dormidas entre paredes obscuras. Los marinos parecían extenuados, de
pómulos hundidos, ojerosos, desdentados, como gente que hubiera
sufrido el mal de escorbuto. Acababan de soltar los cabos de una
faluca que les había arrastrado hasta el muelle, con gestos que no
expresaban, siquiera, el contento de ver encenderse las luces de las
tabernas. La nave y los hombres parecían envueltos en un mismo
remordimiento, como si hubiesen blasfemado el Santo Nombre en alguna
tempestad, y los que ahora estaban enrollando cuerdas y plegando el
trapío, lo hacían con el desgano de condenados a no poner más el pie
en tierra. Pero, de pronto, abrióse una escotilla, y fue como si el
sol iluminara el crepúsculo de Amberes. Sacados de las penumbras de
un sollado, aparecieron naranjos enanos, todos encendidos de frutas,
plantados en medios toneles que empezaron a formar una olorosa
avenida en la cubierta. Ante la salida de aquellos árboles vestidos
de suntuosas cáscaras quedó la tarde transfigurada y un olor a zumos,
a pimienta, a canela, hizo que Juan, atónito, pusiera en el suelo el
tambor cargado en el hombro, para sentarse a horcajadas sobre él. Era
cierto, pues, lo de los amores del Duque con lo que decían de los
suntuarios caprichos de su dueña, ganosa siempre de los presentes que
sólo un Alba, por mero antojo, podía hacer traer de las Islas de las
Especias, de los Reinos de Indias o del Sultanato de Ormuz. Aquellos
naranjos, tan pequeños y cargados, habían sido criados, sin duda, en
alguna huerta de moros bautizados —que nadie los aventajaba en eso de=

hacer portentos con las matas—, antes de desafiar tormentas y bajeles=

enemigos, para venir a adornar alguna galería de espejos, en el
palacio de la que arrebolaba su cutis de flamenca con los más finos
polvos de coral del Levante. Y es que cuando ciertas mujeres se daban
a pedir, en aquellos días de tantas navegaciones y novedades, no les
bastaban ya los afeites que durante siglos se tuvieran por buenos,
sino que pedían invenciones de Dinamarca, bálsamos de Moscovia y
esencia de flores nuevas; si se trataba de aves, querían el papagayo
indiano que dice insolencias, y en cuanto a perros, no se contentaban
ya con el gozque cariñoso, sino que reclamaban falderos con traza de
grifos, o animales con bastante lana para trasquilarlos de modo que
tuvieran una melena berberisca donde prender lazos de color. Así,
cuando el aguardiente del vivandero zamorano se subía a la cabeza de
los soldados, había siempre quien se soltara la lengua, afirmando que
si el Duque permanecía tanto tiempo en Amberes, con unos cuarteles de
invierno que ya pasaban de cuarteles de primavera, era porque no
acababa de resolverse a dejar de escuchar una voz que sonaba, sobre
el mástil del laúd, como sonarían las voces de las sirenas, mentadas
por los antiguos. "¿Sirenas?"—había gritado poco antes la moza
fregona, gran trasegadora de aguardiente, que venía zapateando desde
Nápoles, tras de la tropa. "¿Sirenas? ¡Digan mejor que más tiran dos
tetas que dos carretas!" Juan no había oído el resto, en el revuelo
de soldados que se apartaban del carro del vivandero sin pagar lo
comido ni bebido, por temor a que algún criado del Duque anduviese
por allí y denunciara la ocurrencia. Pero ahora, ante esos naranjos
que eran llevados a tierra, bajo la custodia de un alferez recién
llegado, le volvían las palabras de la moza, subrayadas por un espeso
trazo de evidencia. Ya venían a cargar los árboles enanos unos carros
entoldados que eran de la intendencia. Ahuecado el estómago por el
repentino deseo de comer una olleta de panzas o roer una uña de vaca,
Juan volvió a montarse en el hombro el tambor ganado a los naipes. En
aquel momento observó que por el puente de una gúmena bajaba a tierra
una enorme rata, de rabo pelado, como achichonada y cubierta de
pústulas. El soldado agarró una piedra con la mano que le quedaba
libre, meciéndola para hallar el tino. La rata se había detenido al
llegar al muelle, como forastero que al desembarcar en una ciudad
desconocida se pregunta dónde están las casas. Al sentir el rebote de
un guijarro que ahora le pasaba sobre el lomo para irse al agua del
canal, la rata echó a correr hacia la casa de los predicadores
quemados, donde se tenía el almacén del forraje. Sin pensar más en
esto, Juan regresó hacia el carro del vivandero zamorano. Allí, por
amoscar a la fregona, los soldados de la compañía coreaban unas
coplas que ponían a las de su pueblo de virgos cosidos, pegadoras de
cuernos y alcahuetas. Pero, en eso pasaron los carros cargados de
naranjos enanos, y hubo un repentino silencio, roto tan sólo por un
gruñido de la moza, y el relincho de un garañón que sonó en la nave
de los luteranos como la misma risa de Belcebú.

II
Creyóse, en un comienzo, que el mal era de bubas, lo cual no era raro
en gente venida de Italia. Pero, cuando aparecieron fiebres que no
eran tercianas, y cinco soldados de la compañía se fueron en vómitos
de sangre, Juan empezó a tener miedo. A todas horas se palpaba los
ganglios donde suele hincharse el humor del mal francés, esperando
encontrárselos como rosario de nueces. Y a pesar de que el cirujano
se mostraba dudoso en cuanto a pronunciar el nombre de una enfermedad
que no se veía en Flandes desde hacía mucho tiempo a causa de la
humedad del aire, sus andanzas por el reino de Nápoles le hacían
columbrar que aquello era peste, y de las peores. Pronto supo que
todos los marineros del barco de los naranjos enanos yacían en sus
camastros, maldiciendo la hora en que hubieran respirado los aires de
Las Palmas, donde el mal, traído por cautivos rescatados de Argel,
derribaba las gentes en las calles, como fulminadas por el rayo. Y
como si el temor al azote fuese poco, la parte de la ciudad donde se
alojaba la compañía se había llenado de ratas. Juan recordaba, como
alimaña de mal agüero, aquella rata hedionda y rabipelada, a la que
había fallado por un palmo, en la pedrada, y que debía ser algo así
como el abanderado, el pastor hereje, de la horda que corría por los
patios, se colaba en los almacenes, y acababa con todos los quesos de
aquella orilla. El aposentador del soldado, pescadero con trazas de
luterano, se desesperaba, cada mañana, al encontrar sus arenques
medio comidos, alguna raya con la cola de menos y la lamprea en el
hueso, cuando un bicho inmundo no estaba ahogado, de panza arriba, en
el vivero de las anguilas. Había que ser cangrejo o almeja, para
resistir al hambre asiática de aquellas ratas llagadas y purulentas,
venidas de sabe Dios qué Isla de las Especias, que roían hasta el
correaje de las corazas y el cuero de las monturas, y hasta
profanaban las hostias sin consagrar del capellán de la compañía.
Cuando un aire frío, bajado de los pastos anegados, hacía tiritar el
soldado en el desván bajo pizarra que tenía por alojamiento, se
dejaba caer en su catre, gimoteando que ya se le abrasaba el pecho y
le dolían las bubas, y que la muerte sería buen castigo por haber
dejado la enseñanza de los cantos que se destinan a la gloria de
Nuestro Señor, para meterse a tambor de tropa, que eso no era arte de
cantar motetes, ni ciencia del Cuadrivio, sino música de zambombas,
pandorgas y castrapuercos, como la tocaban, en cualquier alegría de
Corpus, los mozos de su pueblo. Pero, con un parche y un par de
vaquetas se podía correr el mundo, del Reino de Nápoles al de
Flandes, marcando el compás de la marcha, junto al trompeta y al
pífano de boj. Y como Juan no se sentía con alma de clérigo ni de
chantre, había trocado el probable honor de llegar a ingresar, algún
día, en la clase del maestro Ciruelo, en Alcalá, por seguir al primer
capitán de leva que le pusiera tres reales de a ocho en la mano,
prometiéndole gran regocijo de mujeres, vinos y naipes, en la
profesión militar. Ahora que había visto mundo, comprendía la vanidad
de las apetencias que tantas lágrimas costaran a su santa madre. De
nada le había servido repicar la carga en el fuego de tres batallas,
desafiando el trueno de las lombardas, si la muerte estaba aquí, en
este desván cuyos ventanales de cristales verdes se teñían tan
tristemente con los fulgores de las antorchas de la ronda, al son de
aquel tambor velado, tan mal tocado por esos flamencos de sangre de
lúpulo que nunca daban cabalmente con el compás. La verdad era que
Juan había gimoteado todo aquello del pecho abrasado y de las bubas
hinchadas, para que Dios, compadecido de quien se creía enfermo, no
le mandara cabalmente la enfermedad. Pero, de súbito, un horrible
frío se le metía en el cuerpo. Sin quitarse las botas, se acostó en
el catre, echándose una manta encima, y encima de la manta un
edredón. Pero no era una manta, ni un edredón, sino todas las mantas
de la compañía, todos los edredones de Amberes, los que le hubiesen
sido necesarios, en aquel momento, para que su cuerpo destemplado
hallara el calor que el Rey Salomón viejo tratara de encontrar en el
cuerpo de una doncella. Al verlo temblar de tal suerte, el pescadero,
llamado por los gemidos, había retrocedido con espanto, bajando las
escaleras llenas de ratas, a los gritos de que el mal estaba en la
casa, y que esto era castigo de católicos por tanta simonia y
negocios de bulas. Entre humos vio Juán el rostro del cirujano que le
tentaba las ingles, por debaio del cinturón desceñido, y luego fue,
de repente, en un extraño redoble de cajas—muy picado, y sin embargo =

tenido en sordina—la llegada portentosa del Duque de Alba.
Venía solo, sin séquito, vestido de negro, con la gola tan apretada
al cuello, adelantándole la barba entrecana, que su cabeza hubiera
podido ser tomada por cabeza de degollado, llevada de presente en
fuente de mármol blanco. Juan hizo un tremendo esfuerzo por
levantarse de la cama, parándose como correspondía a un soldado, pero
el visitante saltó por sobre el edredón que lo cubría, yendo a
sentarse del otro lado, sobre un taburete de esparto, donde había
varios frascos de barro. Los frascos no cayeron ni se rompieron,
aunque un olor a ginebra se esparciera por el cuarto, como un
sahumerio de sinagoga. Afuera sonaban confusas trompetas, revueltas
en gran desconcierto, desafinadas, como tiritándoles las notas, en el
mismo frío que tenía tableteando los dientes del enfermo. El Duque de
Alba, sin desarrugar un ceño de quemar luteranos, sacó tres naranjas
que le abultaban bajo el entallado del jubón, y empezó a jugar con
ellas, a la manera de los titiriteros, pasándoselas de mano a mano,
por encima del peinado a la romana, con sorprendente presteza. Juan
quiso hacer algún elogio de su pericia en artes que se le
desconocían, llamándolo, de paso, León de España, Hércules de Italia
y Azote de Francia, pero no le salían las palabras de la boca. De
pronto, una violenta lluvia atamborileó en las pizarras del techo. La
ventana que daba a la calle se abrió al empuje de una ráfaga,
apagándose el candil. Y Juan vio salir al Duque de Alba en el viento,
tan espigado de cuerpo que se le culebreó como cinta de raso al
orillar el dintel, seguido de las naranjas que ahora tenían embudos
por sombreros, y se sacaban unas patas de ranas de los pellejos,
riendo por las arrugas de sus cáscaras. Por el desván pasaba volando,
de patio a calle, montada en el mástil de un laúd, una señora de
pechos sacados del escote, con la basquiña levantada y las nalgas
desnudas bajo los alambres del guardainfantes. Una ráfaga que hizo
temblar la casa acabó de llevarse a la horrosa gente, y Juan, medio
desmayado de terror buscando aire puro en la ventana, advirtió que el
cielo estaba despejado y sereno. La Vía Láctea, por vez primera desde
el pasado estío, blanqueaba el firmamento.
—¡El Camino de Santiago!—gimió el soldado, cayendo de rodillas =
ante
su espada, clavada en el tablado del piso, cuya empuñadura dibujaba
el signo de la cruz.

III
Por caminos de Francia va el romero, con las manos flacas asidas del
bordón, luciendo la esclavina santificada por hermosas conchas
cosidas al cuero, y la calabaza que sólo carga agua de arroyos.
Empieza a colgarle la barba entre las alas caídas del sombrero
peregrino, y ya se le desfleca la estameña del hábito sobre la
piadosa miseria de sandalias que pisaron el suelo de París sin hollar
baldosas de taberna, ni apartarse de la recta vía de Santiago, como
no fuera para admirar de lejos la santa casa de los monjes
clunicenses. Duerme Juan donde le sorprende la noche, convidado a más
de una casa por la devoción de las buenas gentes, aunque cuando sabe
de un convento cercano, apura un poco el paso, para llegar al toque
del Angelus, y pedir albergue al lego que asoma la cara al rastrillo.
Luego de dar a besar la venera, se acoge al amparo de los arcos de la
hospedería, donde sus huesos, atribulados por la enfermedad y las
lluvias tempranas que le azotaron el lomo desde Flandes hasta el
Sena, sólo hallan el descanso de duros bancos de piedra. Al día
siguiente parte con el alba, impaciente por llegar, al menos, al Paso
de Roncesvalles, desde donde le parece que el cuerpo le estará menos
quebrantado, por hallarse en tierra de gente de su misma lana. En
Tours se le juntan dos romeros de Alemania, con los que habla por
señas. En el Hospital de San Hilario de Poitiers se encuentra con
veinte romeros más, y es ya una partida la que prosigue la marcha
hacia las Landas, dejando atrás el rastrojo del trigo, para encontrar
la madurez de las vides. Aquí todavía es verano, aunque se cumplen
faenas de otoño. El sol demora sobre las copas de los pinos, que se
van apretando cada vez más, y entre alguna uva agarrada al paso, y
los descansos de mediodía que se hacen cada vez más largos, por lo
oloroso de las hierbas y el frescor de las sombras, los romeros se
dan a cantar. Los franceses, en sus coplas, hablan de las buenas
cosas a que renunciaron por cumplir sus votos a Saint Jacques; los
alemanes garraspean unos latines tudescos, que apenas si dejan en
claro el Herru Sanctiagu! Got Sanctiagu! En cuanto a los de Flandes,
más concertados, entonan un himno que ya Juan adorna de contracantos
de su invención: "¡Soldado de Cristo, con santas plegarias, a todos
deñendes, de suertes contrarias!"
Y así, caminando despacio, llevando fila de más de ochenta
peregrinos, se llega a Bayona, donde hay buen hospital para
espulgarse, poner correas nuevas a las sandalias, sacarse los piojos
entre hermanos, y solicitar algún remedio para los ojos que muchos, a
causa del polvo del camino, traen legañosos y dañados. Los patios del
edificio son hervideros de miserias, con gente que se rasca las
sarnas, muestra los muñones, y se limpia las llagas con el agua del
aljibe. Hay quien carga lamparones que no sanaron ni con el
tocamiento del Rey de Francia, y otro que jinetea un banco para
descansar del estorbo de partes tan hinchadas, que parecen las
verijas del gigante Adamastor. Juan el Romero es de los pocos que no
solicitan remedios. El sudor que tanto le ha pringado el sayal cuando
se andaba al sol entre viñas, le alivió el cuerpo de malos humores.
Luego, agradecieron sus pulmones el bálsamo de los pinos, y ciertas
brisas que, a veces, traían el olor del mar. Y cuando se da el primer
baño, con baldes sacados del pozo santificado por la sed de tantos
peregrinos, se siente tan entonado y alegre, que va a despacharse un
jarro de vino a orillas del Adur, confiando en que hay dispensa para
quien corre el peligro de resfriarse luego de haberse mojado la
cabeza y los brazos por primera vez en varias semanas. Cuando regresa
al hospital no es agua clara lo que carga su calabaza, sino tintazo
del fuerte, y para beberlo despacio se adosa a un pilar del atrio. En
el cielo se pinta siempre el Camino de Santiago. Pero Juan, con el
vino aligerándole el alma, no ve ya el Campo Estrellado como la noche
en que la peste se le acercara con un tremebundo aviso de castigo por
sus muchos pecados. A tiempo había hecho la promesa de ir a besar la
cadena con que el Apostol Mayor fuese aprisionado en Jerusalem. Pero
ahora, descansado, algo bañado, con piojos de menos y copas de más,
empieza a pensar si aquella fiebre padecida sería cosa de la peste, y
si aquella visión diabólica no sería obra de la fiebre. El gemido de
un anciano con media cara comida por un tumor, que yace a su lado, le
recuerda al punto que los votos son votos, y metiendo la cabeza en el
rebozo de la esclavina, se regocija pensando que llegará con el
cuerpo sano, donde otros otros prosternarán sus llagas y costras,
luego de pasarlas, inseguros aún del divino remiendo, bajo el arco de
la Puerta Francina. La salud recobrada le hace recordar, gratamente,
aquellas mozas de Amberes, de carnes abundosas, que gustaban de los
flacos españoles, peludos como chivos, y se los sentaban en el ancho
regazo, antes del trato, para zafarles las corazas con brazos tan
blancos que parecían de pasta de almendras. Ahora sólo vino llevará
el romero en la calabaza que cuelga de los clavos de su bordón.

IV
El camino de Francia arroja al romero, de pronto, en el alboroto de
una feria que le sale al paso, entrando en Burgos. El ánimo de ir
rectamente a la catedral se le ablanda al sentir el humo de las
frutas de sartén, el olor de las carnes en parrilla, los mondongos
con perejil, el ajimójele, que le invita a probar, dadivosa, una
anciana desdentada, cuyo tenducho se arrima a una puerta monumental,
flanqueada por torres macizas. Luego del guiso, hay el vino de los
odres cargados en borricos, más barato que el de las tabernas. Y
luego es el dejarse arrastrar por el remolino de los que miran, yendo
del gigante al volatinero, del que vende aleluyas en pliego suelto,
al que muestra, en cuadros de muchos colores, el suceso tremendo de
la mujer preñada del Diablo, que parió una manada de lechones en
Alhucemas. Allí promete uno sacar las muelas sin dolor, dando un paño
encarnado al paciente para que no se le vea correr la sangre, con
ayudante que golpea la tambora con mazo, para que no se le oigan los
gritos; allá se ofrecen jabones de Bolonia, unto para los sabañones,
raíces de buen alivio, sangre de dragón. Y es el estrépito de
siempre, con la fritura de los buñuelos, y el desafinado de las
chirimlas, con algún perro de jubón y gorro, que viene a pedir
limosna para el pobre tullido caminando en las patas traseras, como
cristiano. Cansado de verse zarandeado, Juan el Romero se detiene,
ahora, ante unos ciegos parados en un banco, que terminan de cantar
la portentosa historia de la Arpía Americana, terror del cocodrilo y
el león, que tenía su hediondo asiento en anchas cordilleras e
intrincados desiertos:

-Por una cuantiosa suma
La ha comprado un europeo,
Y con ella se vino a Europa;
En Malta desembarcóla,
Desde allí fue al país griego,
Y luego a Constantinopla,
Toda la Tracia siguiendo.
Allí empezó a no querer
Admitir los alimentos,
Tanto que a las pocas semanas
Murió rabiando y rugiendo.

CORO: Este fin tuvo la Arpía
Monstruo de natura horrendo,
Ojalá todos los monstruos
Se murieran en naciendo.

Por no dar limosna, los que escuchaban en segunda fila se escurren
prestamente, riendo de los ciegos que descargan su enojo en la
prosapia de los tacaños; pero otros ciegos les cierran el paso un
poco más lejos, cerca de donde se representa, en retablo de títeres,
el sucedido de los moros que entraron en Cuenca disfrazados de
carneros. Escapando de la Arpía Americana, Juan se ve llevado a la
Isla de Jauja, de la que se tenían noticias, desde que Pizarro
hubiera conquistado el Reino del Perú. Aquí los cantores tienen la
voz menos rajada, y mientras uno ofrece oraciones para las mujeres
que no paren, el jefe de los otros, ciego de grande estatura, tocado
por un sombrero negro, bordonea con larguísimas uñas en su vihuela,
dando fin al romance:

-Hay en cada casa un huerto
De oro y plata fabricado
Que es prodigio lo que abunda
De riquezas y regalos.
A las cuatro esquinas de él
Hay cuatro cipreses altos:
El primero de perdices,
El segundo gallipavos,
El tercero cría conejos
Y capones cría el cuarto.
Al pie de cada ciprés
Hay un estanque cuajado
Cual de doblones de a ocho,
Cual de doblones de a cuatro.

Y ahora, dejando la tonada de la copla para tomar empaque de
pregonero de levas, concluye el ciego con voz que alcanza los cuatro
puntos de la feria, alzando la vihuela como estandarte:

-¡Ánimo, pues, caballeros,
Ánimo, pobres hidalgos,
Miserables buenas nuevas,
Albricias, todo cuitado!
¡Que el que quiere partirse
A ver este nuevo pasmo
Diez navíos salen juntos
De Sevilla este año...!

Vuelven a escurrirse los oyentes, otra vez injuriados por los
cantores, y se ve Juan empujado al cabo de un callejón donde un
indiano embustero ofrece, con grandes aspavientos, como traídos del
Cuzco, dos caimanes rellenos de paja. Lleva un mono en el hombro y un
papagayo posado en la mano izquierda. Sopla en un gran caracol
rosado, y de una caja encarnada sale un esclavo negro, como Lucifer
de auto sacramental, ofreciendo collares de perlas melladas, piedras
para quitar el dolor de cabeza, fajas de lana de vicuña, zarcillos de
oropel, y otras buhonerías del Potosí. Al reír muestra el negro los
dientes extrañamente tallados en punta y las mejillas marcadas a
cuchillo, y agarrando unas sonajas se entrega al baile más
extravagante, moviendo la cintura como si se le hubiera desgajado,
con tal descaro de ademanes, que hasta la vieja de las panzas se
aparta de sus ollas para venir a mirarlo. Pero en eso empieza a
llover, corre cada cual a resguardarse bajo los aleros —el titiritero=

con los títeres bajo la capa, los ciegos agarrados de sus palos,
mojada en su aleluya la mujer que parió lechones—, y Juan se
encuentra en la sala de un mesón, donde se juega a los naipes y se
bebe recio. El negro seca al mono con un pañuelo, mientras el
papagayo se dispone a echar un sueño, posado en el aro de un tonel.
Pide vino el indiano, y empieza a contar embustes al romero. Pero
Juan prevenido como cualquiera contra embuste de indianos, piensa
ahora que ciertos embustes pasaron a ser verdades. La Arpía
Americana, monstruo pavoroso, murió en Constantinopla, rabiando y
rugiendo. La tierra de Jauja había sido cabalmente descubierta, con
sus estanques de doblones, por un afortunado capitán llamado Longores
de Sentlam y de Gorgas. Ni el oro del Perú, ni la plata del Potosí
eran embustes de indianos. Tampoco las herraduras de oro, clavadas
por Gonzalo Pizarro en los cascos de sus caballos. Bastante que lo
sabían los contadores de las Flotas del Rey, cuando los galeones
regresaban a Sevilla, hinchados de tesoros. El indiano, achispado por
el vino, habla luego de portentos menos pregonados: de una fuente de
aguas milagrosas, donde los ancianos más encorvados y tullidos no
hacían sino entrar, y al salirles la cabeza del agua, se les veía
cubierta de pelos lustrosos, las arrugas borradas, con la salud
devuelta, los huesos desentumecidos, y unos arrestos como para
empreñar una armada de Amazonas. Hablaba del ámbar de la Florida, de
las estatuas de gigantes vistas por el otro Pizarro en Puerto Viejo,
y de las calaveras halladas en Indias, con dientes de tres dedos de
gordo, que tenían una oreja sola, y ésa, en medio del colodrillo.
Había, además, una ciudad, hermana de la de Jauja, donde todo era de
oro, hasta las bacías de los barberos, las cazuelas y peroles, el
calce de las carrozas, los candiles. "¡Ni que fueran alquimistas sus
moradores!", exclama el romero atónito. Pero el indiano pide más vino
y explica que el oro de Indias ha dado término a las lucubraciones de
los perseguidores de la Gran Obra. El mercurio hermético, el elixir
divino, la lunaria mayor, la calamina y el azófar, son abandonados ya
por todos los estudiosos de Morieno, Raimundo y Avicena, ante la
llegada de tantas y tantas naves cargadas de oro en barras, en vasos,
en polvo, en piedras, en estatuas, en joyas. La transmutación no
tiene objeto donde no hay operación que cumplir en hornacha para
tener oro del mejor, hasta donde alcanza la mano de un buen
extremeño, parado en una estancia de regular tamaño.
Noche es ya cuando el indiano se va al aposento, trabada la lengua
por tanto vino bebido, y el negro sube, con el mono y el papagayo, al
pajar de la cuadra. El romero, también metido en humos yéndose a un
lado y otro del bordón—y, a veces girando en derredor—, acaba p=
or
salirse a un callejón de las afueras, donde una moza le acoge en su
cama hasta mañana, a cambio del permiso de besar las santas veneras
que comienzan a descoserse de su esclavina. Las muchas nubes que se
ciernen sobre la ciudad ocultan, esta noche, el Camino de Santiago.

V
Dice ahora, a quien quiere oírle, que regresa donde nunca estuvo.
Allá quedó Santiago el Mayor y la cadena que le aprisionó y el hacha
que lo decapitó. Por aprovechar las hospederías de los conventos y su
caldo de berzas con pantortas de centeno; por gozar de las ventajas
de las licencias, sigue llevando Juan el hábito, la esclavina y la
calabaza, aunque ésta, en verdad, sólo carga ya aguardiente. Bien
atrás quedó el Camino Francés, beneficio de otro que, al pasar por
Ciudad Real, lo tuvo tres días pegado a los odres del más famoso vino
de todo el Reino. De allí en adelante nota algo cambiado en las
gentes. Poco hablan de lo que ocurre en Flandes, viviendo con los
oídos atentos a Sevilla, por donde llegan noticias del hijo ausente,
del tío que mudó la herrería a Cartagena, del otro que perdió su
plata, por no tenerla registrada. Hay pueblos de donde han marchado
familias enteras; canteros con sus oficiales, hidalgos pobres, con
caballo y los criados. Ahora tocan cajas en todas las plazas, levando
gente para conquistar y poblar nuevas provincias de la Tierra Firme.
Los mesones, los albergues, están llenos de viajeros. Así, habiendo
trocado la venera por la Rosa de los Vientos, llega Juan el Romero a
la Casa de la Contratación, tan olvidado de haber sido peregrino, que
más parece un actor de compañía desbandada, de los que a falta de
dinero, echan mano a las arcas del vestuario, acabando por ponerse la
casaca del bobo de entremés, las bragas del vizcaino, la cota de
Pilato y el sombrero que llevaba Arcadio, el pastor enamorado de la
comedia al estilo italiano, que no gustó. Poco a poco, haciéndose de
unas calzas acá allá de una capa, cambiando la esclavina por zapatos,
regateando al ropavejero, Juan lucía un atuendo que si en nada
recordaba al romero, tampoco evocaba al soldado de los Tercios de
Italia. Además, no era propósito suyo acudir a la llamada de las
levas, pues bien le había advertido el Indiano que las conquistas a
lo Cortés, yéndose en armada, no era ya lo que mejor aprovechaba. Lo
que ahora pagaba en Indias era el olfato aguzado, la brújula del
entendimiento, el arte de saltar por sobre los demás, sin reparar
mucho en ordenanzas de Reales Cédulas, reconvenciones de bachilleres,
ni griterías de Obispos, allí donde la misma Inquisición tenía la
mano blanda, por tener muy poco que hacer con tantos negros e indios,
escasamente preparados en materia de fe, sabiéndose, además, que si
hubiese empeño en repartir sambenitos, los más se irían en vestir
capellanes culpables del delito de solicitación en el confesionario;
y como la atenuante del impulso repentino era tanto más válida en
tierras calientes, el Santo Oficio americano había optado, desde el
comienzo, por calentar jícaras de chocolate en sus braseros, sin
afanarse en establecer distingos de herejía pertinaz, negativa,
diminuta, impenitente, perjura o alumbrada. Además, donde no había
iglesias luteranas ni sinagogas, la Inquisición se echaba a dormir la
siesta. Podían los negros, a veces, tocar el tambor ante figuras de
madera que olían a pezuña del diablo. Pero mientras con su pan se lo
comieran, los frailes se encogían de hombros. Lo que molestaba eran
las herejías que venían acompañadas de papeles, de escritos, de
libros. Así, después de agacharse bajo el agua bendita, los negros e
indios volvían muchas veces a sus idolatrías, pero hacían demasiada
falta en las minas, en los repartimientos, para que se les viera, al
tenor del Cuarto Evangelio, como el sarmiento seco que se amontona y
arroja al fuego. De este modo, favoreciéndolo con la merced de su
larga experiencia, el Indiano , lo había recomendado a un cordelero
sevillano, cuya atarazana, repleta de catres y jergones, era posada
donde otros aguardaban, como él, permiso para embarcar en la Flota de
la Nueva España, que en mayo saldría de Sanlúcar con mucha gente
divertida a bordo de las naves. Con el nombre de Juan de Amberes
quedaba Juan asentado en los libros de la Casa de la Contratación —
pues no debía olvidarse que se le esparaba en Flandes, luego de la
promesa cumplida—, entre un Jorge, negro esclavo del Obispo de
Tarragona, y uno que demasiado insistía en no ser hijo de
reconciliado, ni nieto de quemado por herejía. En el mismo folio de
asientos desfilaban, a continuación, un pellejero de la Emperatriz,
un mercader genovés llamado Jácome de Castellón, varios chantres, dos
polvoristas, el Deán de Santa María del Darién con su paje
Francisquillo, un algebrista maestro en pegar huesos rotos, clérigos,
bachilleres, tres cristianos nuevos, y una Lucía, de color de pera
cocha. En eso del color, mejor hubiera sido no entrar en distingos,
buscándose matices de era cocida o no, porque Juan, en sus andanzas
por el laberinto bético, se asombraba ante el gran portento de los
humanos colores. Y no eran tan sólos negros horros que esperaban el
día de salir en las flotas, loros como brea o con el pellejo de
berenjena; no eran tan sólo las morenas del para cumbé, guineas
alcojoladas, mulatas de Zofalá, sino que se veían, en estas vísperas
de salida, muchog indios que aguardaban el regreso a sus patrias en
el séquito de prelados o capitanes, venidos a tratar negocios en la
Corte. El solo Chantre Mayor de Guatemala, que embarcaría en la
Flota, se traía tres criados, de color aceitunado, con las frentes
ceñidas por tiras bordadas, y una manta de lana espesa, con los
colores del arco iris, metida por la cabeza a modo de capisayo. Los
tres llevaban cruces al cuello, pero sabe Dios de qué paganismo
hablarían, en su idioma de respirar para dentro, que más soñaba
protesta de sordomudo que a lengua de cristiano había indios de la
Española, yucatecos que llevaban calzones blancos, y otros, de cabeza
redonda, bocas belfudas, y pelo espeso, cortado como a medida de
cuenco, que eran de la Tierra Firme, y hasta aparecían en misa,
algunas veces, los ocho mexicanos de la casa de Medina Sidonia, que
habían tocado chirimías —y muy diestramente, por cierto —en las=

fiestas dadas para celebrar el encuentro de Doña María con el
Príncipe Felipe, en Salamanca. Todo aquel mundo alborotoso y raro,
tornasolado de telas gritonas, de abalorios y de plumas, donde no
faltaban eunucos de Argel, y esclavas moras con las caras marcadas al
hierro, ponían un estupendo olor de aventuras en las narices de Juan
de Amberes. Y luego, era la salmuera de los matalotajes, la brea de
los calafates, las sardinas salpresadas de las tabernas de vino
blanco, el dado echado a todas horas, y la endemoniada zarabanda que
ya se bailaba en las casas del trato, donde los marineros habían
traído la costumbre de mascar una yerba parda, que les teñía la
saliva de amarillo, y ponía en sus barbas un fuerte olor a regaliz, a
vinagre, a especias, y a muchas cosas más que no acababan de oler
bien.
Y ya está Juan de Amberes en alta mar. No le dejan pasar a México,
porque el Consejo quiere gente para poblar comarcas empobrecidas por
los saqueos de piratas franceses, la falta de labradores, la
mortandad de los indios en las minas. Juan recibió la nueva con
pataleos y blasfemias. Pensó luego que era castigo de Dios, por no
haber llegado hasta Compostela. Pero a punto apareció el Indiano de
la feria de Burgos en el albergue de viajeros, para decirle que una
vez cruzado el Mar Océano, podría reírse de los oficiales del
Consejo, pasando a donde mejor le viniera en ganas, como hacían los
más cazurros. Y así, ya sin enojo, anda Juan redoblando el tambor en
la cubierta de su nave, para anunciar la carrera de cerdos que se
hará en el sollado, antes de que los animales caigan bajo el cuchillo
del cocinero, para ser salados. Queriéndose burlar el tedio de la
calma chicha, y olvidar que el agua de los barriles ya sabe a
podrido, se corren cochinos, se corren becerros, mientras todavía
están en pie, en espera de otras diversiones. Habrá, luego, la
batalla de jeringas cargadas de agua de mar; el palo atado a la cola
del perro enfurecido, que romperá más de una cabeza de un molinete;
la busca, a ojos vendados, del gallo apretado entre dos tablas, para
zajarle la cabeza de un sablazo; y cuando todo esto aburre y el
dinero de los unos ha pasado a ser de otros, diez veces, al juego de
la quínola o el rentoy, se desatan las fiebres, caen los de la
insolación, hay quien deja los colmillos en una galleta ya rumiada de
ratones, pasa algún difunto por sobre la borda, pare mellizos la
negra lora, vomitan estos, se rascan los otros, largan aquellos las
entrañas, y cuando ya parece que no se aguanta más, de pulgas de
liendres, de mugre y hediondeces, grita el vigía, una mañana, que por
fin se divisa el morro del puerto de San Cristóbal de La Habana. Era
tiempo de llegar: el ingrato camino para alcanzar la fortuna estaba
cansando ya a Juan, a pesar de que peces voladores, vistos algunos
días antes, le hubieran parecido un portento anunciador de Arpías
Americanas y tierras de Jauja. Contento ahora, al mirar un campanario
esbelto sobre el hacinamiento de tejados y chozas de lo que debe ser
la ciudad, agarra los palillos y atruena el tambor con el compás de
la marcha que llevaba su compañía, cuando entrara en Amberes a tomar
cuarteles de invierno, para hacer la guerra a los herejes, enemigos
de nuestra santa religión.

VI
Pero allí todo es chisme, insidias, comadreos, cartas que van, cartas
que vienen, odios mortales, envidias sin cuento, entre ocho calles
hediondas, llenas de fango en todo tiempo, donde unos cerdos negros,
sin pelo, se alborozan la trompa en montones de basura. Cada vez que
la Flota de la Nueva España viene de regreso, son encargos a los
patrones de las naves, encomiendas de escritos, misivas, infundios y
calumnias, para entregar, allá, a quien mejor pueda perjudicar al
vecino. En el calor que envenena los humores, la humedad que todo lo
pudre, los zancudos, las nihuas que ponen huevos bajo las uñas de los
pies, el despecho y la codicia de menudos beneficios —que grandes,
allí, no los hay— roen las almas. Quien sabe escribir no usa la
merced en escribir discursos de provecho, a la manera de los
antiguos, alguna pastoral o invención de regocijo para el Corpus,
sino que se las pasa mandando quejas al Rey, habladurías al Consejo,
con la pluma mojada en tinta de hiel. Mientras el Gobernador trata de
desacreditar a los Oficiales Reales en carta de ocho pliegos, el
Obispo denuncia al Regidor por amancebado; el Regidor al Obispo, por
usurpar cargos de Inquisidor, no conferidos por el Cardenal de
Toledo; el Escribano Público acusa al Tesorero, amigo del Alcalde,
acusa al Escribano de pícaro y trapacero. Y va la cadena, rompiendo
siempre por lo más débil o lo más forastero. A éste se denuncia de
haber comprado hierbas de buen querer a un negro brujo, a quien
mandarán azotar en Cartagena de Indias; al Pregonero, porque dicen
que cometió el nefando pecado; al Encomendero, por haber movido los
linderos de un realengo; al Chantre, por lujurioso; al Artillero por
borracho, al Pertiguero por bujarrón. El Barbero de la villa —bizco =

de daña con el solo mirar cruzado— es la espernada de la cadena de
infamias, afirmando que Doña Violante, la esposa del antiguo
gobernador, es zorra vieja que tiene comercio deshonesto con sus
esclavos. Y así se lleva, en este infierno de San Cristóbal, entre
indios naboríes que apestan a manteca rancia y negros que huelen a
garduña, la vida más perra que arrastrarse pueda en el reino de este
mundo. ¡Ah! ¡Las Indias!...Sólo se le alegra el ánimo a Juan de
Amberes, cuando llega gente marinera de México o de la Española.
Entonces, durante días, recordando que fue soldado, roba a los
carniceros un costillar que guisarán entre varios, en salsa de
achiote o polvo de chile traído de la Veracruz —o ayuda a tumbar las =

puertas de las pescaderías, para cargar con las cestas de pargos y
jicoteas. En esos meses, a falta de manjares más finos, Juan se ha
aficionado a las novedad del jitomate, la batata y la tuna. Se llena
las narices de tabaco, y en días de penurias —que son los más— =
moja
su cazabe en melado de caña, metiendo luego la cara en la jícara para
lamerla mejor cuando la tripulación de las flotas viene a tierra, se
da a bailar con las negras horras —de cara de Diablo para hacer tal
oficio, donde tanto escasean las hembras—, que tienen un corral de
tablaje, con catres chinchosos, junto a la dársena del carenero. Lo
poco que gana tocando el atambor cuando hay arco a la vista,
encabezando alguna procesión, o tratando de concertar a las zambas
que tocan maracas en los Oficios de Calenda, se lo gasta en el
bodegón de un allegado del Gobernador, próximo la Casa del Pan, que
suele recibir, de tarde en tarde, barricas del peor morapio. Pero
aquí no puede hablarse de vino de Ciudad Real, ni de Ribadavia, ni de
Cazalla. El que le baja por el gaznate, esmerilándole la lengua, es
malo, agrio, y caro por añadidura, como todo lo que de esta isla se
trae. Se le pudren las ropas, se le enmohecen las armas, le salen
hongos a los documentos, y cuando alguna corroña es tirada en medio
de la calle, unos buitres negros, de cráneo pelado, le destrenzan las
tripas como cintas de Cruz de Mayo. Quien cae al agua de la bahía es
devorado por un pez gigante, ballena de Jonás, con la boca entre el
cuello y la panza, que allí llaman tiburón. Hay arañas del tamaño de
la rodela de una espada, culebras de ocho palmos, escorpiones, plagas
sin cuento. En fin, que cuando tintazo avinagrado se le sube a la
cabeza, Juan de Amberes maldice al hideputa de indiano que le hiciera
embarcar para esta tierra roñosa, cuyo escaso oro se ha ido, hace
años, en las uñas de unos pocos. De tanto lamentar su miseria en un
calor le tiene el cuerpo ardido y la piel como espolvoreada de arena
roja, se le inflaman los hipocondrios, se le torna pendenciero el
ánimo, a semejanza de los vecinos de la villa, cocinados en su
maldad, y una noche de tinto mal subido, arremete contra Jácome de
Castellón, el genovés, por fullerías de dados, y le larga una
cuchillada que lo tumba, bañado en sangre, sobre las ollas de una
mondonguera. Creyéndolo muerto, asustado por la gritería de las
negras que salen de sus cuartos abrochándose las faldas, toma Juan un
caballo que encuentra arrendado a una reja de madera, y sale de la
ciudad a todo galope, por el camino del astillero, huyendo hacia
donde se divisan, en días claros, las formas azules de lomas
cubiertas de palmeras. Más alla debe haber monte cerrado, donde
ocultarse de la justicia del Gobernador.
Durante varios días cabalga Juan de Amberes el rocín que pierde las
herraduras en tierra cada vez más fragosa. Ahora que se dejaron atrás
los últimos campos de caña, una cordillera va creciendo a su derecha,
con cerros de lomo redondeado, como grandes perros dormidos bajo su
lana de manigua. Siguiendo las orillas de un arroyo que viene bajando
a saltos, trayendo semillas y frutas podridas, con altas malangas en
los remansos y pececillos de ojos negros que titilan a
contracorriente, el fugitivo va subiendo hacia donde los árboles
cargan flores moradas, o se enferman, en la horquilla de un tronco,
del tumor de una comejenera hirviente de bichos. Hay matas que
parecen vestidas de cáscara de cebolla, y otras que cargan los nidos
de enormes ratas. Juan deja el caballo en el amarradero de un tronco
de ceibo, pues tendrá que trepar ahora por grandes piedras para
alcanzar el filo de la cordillera. Y ya baja hacia la otra vertiente,
cuando clarea el matorral, y se abre el mar a sus pies: un mar sin
espuma, cuyas olas mueren, con sordo embate, en las penumbras de
socavones habitados por un trueno de gravas rodadas. Al atardecer
está en una playa cubierta de almejas, donde unas vejigas irisadas
mueren al sol, entre cáscaras de erizos pomas leonadas y guamos
grandes, de los que braman como toros. Juan se hincha los pulmones de
aire salobre, de brisa fresca que le llena los ojos de lágrimas, al
olerle a Sanlúcar el día de la partida, y también a su desván de
Amberes, con la pescadería de abajo, cuando ladra un perro tras de
los cocoteros, y ve el fugitivo, al volverse, un hombre barbado que
le apunta con un arcabuz:
—¡Soy calvinista! —dice, en tono de reto.
—¡Yo he matado!—responde Juan, para tratar de descender, en lo =

posible, al nivel de quien acaba de confesar el peor crimen. El
barbado afloja el arma, lo contempla durante un rato, y llama por un
Golomón —negro de mejillas tasajeadas a cuchillo—, que cae de u=
n
árbol, casi encima de Juan, y le baja el sombrero sobre la cara, con
tal fuerza que la cabeza se lo raja a media copa. Metido en la noche
del fieltro, lo hacen caminar.

VII
Seiscientos fueron los calvinistas degollados por el desmadrado de
Menéndez de Avilés en la Florida, cuenta el barbado, enfurecido,
golpeando la mesa con anchos puños, mientras Golomón, más lejos,
afila el machete en una piedra. De milagro escapó el hugonote,
compañero de René de Landonnière, con treinta hombres que luego se
dispersaron tratando de alcanzar la Española. Y el hombre,
entreverando la doctrina de la predestinación con blasfemias para
herir al cristiano, cuenta la degollina con tales detalles de tajos
altos y tajos bajos, de sables mellados, que se paraban a medio
cuello y terminaban aserrando —de hachazos que venían a caer en lo
empinado del espinazo sonando a trinchante de carnicero— que Juan de =

Amberes agacha la cabeza con una mueca de disgusto, dando a entender
que por honrar a Dios y a Jesucristo con menos latines, el castigo le
parecía un poco subido, y más aquí donde las víctimas, en verdad, en
nada molestaban. A uno, de un mandoblazo, le llevaron el hombro
izquierdo con la cabeza. «Otro empezó a gatear, ya sin cabeza, con el
pescuezo hecho un cuello de odre», —cuenta el barbado, furibundo,
queriendo hallar objeción en el otro, para ordenar a Golomón que le
tumbe, de un machetazo, todo lo que se le alza por encima de la nuez.
Pero Juan de Amberes no aprueba ya por fingimiento. Él, que ha visto
enterrar mujeres vivas y quemar centenares de luteranos en Flandes, y
hasta ayudó a arrimar la leña al brasero y empujar las hembras
protestantes a la hoya, considera las cosas de distinta manera, en
ese atardecer que pudo ser a el último de su vida, luego de haber
padecido la miseria de estos mundos donde el arado es invento nuevo,
espiga ignorada la del trigo, portento el caballo, novedad la
talabartería, joyas la oliva y la uva, y donde el Santo Oficio, por
cierto mal se cuida de las idolatrías de negros que no llaman a los
Santos por sus nombres verdaderos, del ladino que todavía canta
areitos, ni de las mentiras de los frailes que llevan las indias a
sus chozas para adoctrinarlas de tal suerte que a los nueve meses
devuelven el Páter por la boca del Diablo. Que allá, en el Viejo
Mundo, se pelee por teologías, iluminaciones y encarnaciones, le
parece muy bien. Que demande el Duque de Alba a quemar al barbado,
allá donde el hereje pretende alzar provincias contra el Rey Felipe,
Campeón del Catolisismo, Demonio de Mediodía, es acto de buena
política. Pero aquí se está entre cimarrones. Es cimarrón él mismo,
por la culpa que acarrea. Cimarrón como el calvinista que ha
compartido la cimarronada con un cristiano nuevo, tan nuevo que se
olvidó del bautismo, luego de haber tenido que escapar de La Habana,
al de nunciar que el Obispo vendía por buenas, a la Parroquial Mayor,
unas custodias enchapadas, de lo peor, pidiendo su pago en oro del
que se muerde. Así, con el calvinista y el marrano, ha encontrado
Juan amparo contra la justicia del Gobernador, y calor de hombres. Y
calor de mujeres. Porque, en la cimarronada que acaudillara Golomón,
al escabar de una plantación de cañas de azúcar, los perros agarraron
a muchos esclavos que fueron rematados luego por los ranchadores.
Entretanto, las mujeres, que iban delante, alcanzaron el monte. Así,
tiene ahora el tambor Juan de Amberes dos negras para servirle y
darle deleite, cuando el cuerpo se lo pide. A la grandísima, de senos
anchos, con la pasa surcada por ocho rayas, ha llamado Doña Mandinga.
A la menuda, cuyas nalgas se sobrealzan como sillar de coro, y apenas
si tiene un pelo ralo donde las cristianas lucen tupido vellón, ha
llamado Doña Yolofa. Como Doña Mandinga y Doña Yolofa hablan idiomas
distintos, no discuten a la hora de ensartar los peces por las
agallas en el asador de una rama. Y así se va viviendo, en trabajos
de encecinar la carne del jabalí o del venado, guardando bajo techo
las mazorcas de los indios, en un tiempo detenido, de mañana igual a
ayer, donde los árboles guardan las hojas todo el año, y las horas se
miden por el movimiento de las sombras. Al caer de las tardes, una
gran tristeza se apodera de los que viven en el palenque. Cada cual
parece recordar algo, añorar, echar de menos. Sólo las negras cantan,
en el humo de leña que demora sobre la mar tranquila, como una
neblina que oliera a cortijo. Juan de Amberes se quita el sombrero,
y, de cara a las olas, dice el Padrenuestro y también el Credo, con
voz que le retumba a lo hondo del pecho, cuando afirma que cree en el
perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida
perdurable. El calvinista, más lejos, musita algún versículo de la
Biblia de Ginebra; el marrano, de espaldas a las carnes desnudas de
Doña Yolofa y Doña Mandinga, dice un salmo de David, con inflexiones
que parecen de llanto contenido: «Clemente y misericordioso Jehová,
lento para la ira y grande para el perdón...» Álzase la luna y los
perros del palenque, sentados en la arena, aúllan en coro. El mar
rueda sus gravas en los socavones de la costa. Y como el judío,
después de los rezos, denuncia una trampa del calvinista en el juego
de los naipes, se lían los tres a puñetazos, pegando, cayendo,
abrazados en lucha, pidiendo cuchillos y sables que no les traen,
para reconciliarse luego, entre risas, sacudiendo la arena que les ha
llenado las orejas. Como no tienen dinero, juegan conchas.

VIII
Pero, al cabo de meses que no se cuentan, Juan se enferma de
languidez. Pueden abanicarlo con pencas, la Doña Yolofa y la Doña
Mandinga, espantando las diminutas moscas que se alzan, en este
tiempo, sobre los manglares cercanos; pueden traer buenos peces los
indios encandilándolos con teas en las cuevas de la costa. El Tambor
de Amberes pasa largas horas sacando humo de tabaco de un hueso que
para eso tiene, añorando los tiempos en que entraba en las ciudades,
junto al abanderado, el trompeta y el pífano de boj, y a su paso se
abrían las ventanas verdes, con adorno de corazones calados en la
madera de los postigos, y sobre los alféizares florecidos asomábanse
mujeres que parecían ofrecer el pecho sonrosado bajo el encaje de la
camisola —que eso sí eran mujeres, las de Italia, de Castilla, de
Flandes, y no esos pellejos de odres, con olor a chamusquina, tan
duros que no podían pellizcarse, de las negras que aquí había que
tomar como hembras. Con esas loras, lorísimas, no podía un antiguo
colegial de Alcalá hablar de las mil cosas que había visto y
aprendido en sus andanzas por el mundo, pues todo lo que sabían ellas
era aporrear sus bárbaros tambores y cantar unas coplas tan
extravagantes y repetidas que cuando las empezaban, a manera de un
responso, sacudiendo unas sonajas, y coreando lo que Golomón guiaba a
la comodidad de la garganta, Juan el Estudiante se iba al monte con
los perros, en muestra de su disgusto. Porque estudiante había sido
Juan según contaba al barbado y al judío —en la clase donde se
enseñaban las artes del Cuadrivio, con el conocimiento de las cifras
para tañer la tecla, el harpa y la vihuela, el modo de hacer
diferencias, mudanzas y ensaladas, sin olvidar el conocimiento del
canto llano y la práctica del órgano. Y como no había tecla ni
vihuela en aquella costa, Juan demostraba, de palabras y tarareos,
cómo sabía hacer glosas a una pavana o hermoseaba la tonada del Conde
Claro o el Mírame cómo lloro, con floreos y adornos a la manera
francesa o italiana, como ahora se acostumbraba en la Corte. Con el
cuadro de aquellos conocimientos había crecido también la condición
del fugitivo, que ahora resultaba ser el hijo de un escudero de los
que en aquellos tiempos llevaban su penuria con dignidad, por no
deshacerse de una casa solariega, desde cuyo zaguán divisábase —a la =

distancia de donde queda aquel árbol: y miraban todos para allá —la
fachada de la Imperial Universidad de San Ildefonso, cuya vida
estudiantil contaba el atambor con detalles, sucedidos y ocurrencias,
que cada día tomaban mayores vuelos. Si alguna vez había sido
soldado, lo debía al compromiso de servir al Rey, observado por todos
sus antepasados, hasta donde las fechas se enredaban con las hazañas
de Carlomagno. Así, dándose a encopetar el árbol genealógico, se
aliviaba del hastío de comer tanta almeja, tanta tortuga mal adobada,
tanta carne ahumada en las parrillas del calvinista. Su paladar
reclamaba el vino con apremio casi doloroso, y cuando la mente se le
iba tras de bodegones imaginarios, se le pintaban mesas enormes,
cubiertas de perdices, capones, gallipavos, manos de vitela, quesos
de grandes ojos, fuentes de escabechados, manjar blanco y miel de
Alcarria. Pero no era Juan el único alanguidecido en aquel palenque,
donde los negros y los indios, en cambio, librados de mastines
ranchadores, se hallaban muy a gusto, en una constante paridera de
mujeres y de perras. El judío soñaba con la Judería toledana, donde
se vivía apaciblemente, desde hacía muchos años, pudiendo cada cual
regocijarse en las bodas de mucha música, o escuchar a los sabios que
leían los Tratados, sin que las persecuciones de otros días llenaran
las casas de lágrimas y de sangre. Cerrando los ojos, vela el marrano
las estrechas calles donde los linterneros y cuchilleros tenían sus
talleres, junto a la pastelería de los hojaldres, con sus roscas de
almendras y las toronjas alcorzadas. Los padres, conversos por pura
forma, seguían el mandato de enseñar a sus hijos algún oficio manual,
además de hacerles estudiar la Tora, y así, quien no hacía balanzas,
como el primo Mossé, era trabajador en coral y pintor de barajas,
como Isaac Alfandari; platero famoso como el otro primo Manahén, o
Maestro de Llagas, como el pariente Rabi Yudah. Las judías endecheras
cantaban por dinero en los entierros de cristianos, y en las oficinas
y comercios sonaba siempre la bella música sorda de las cuentas
movidas en el ábaco. Sueña el judío con la Judería, y el barbado
sueña con París, de donde se dice oriundo, aunque la verdad es que
nació en un arrabal de Rouen, y sólo estuvo ocho días al pie del
Châtelet, siendo grumete de una barcaza leñera. Pero le bastaron los
ocho días para ver a los farsantes que representaban comedias sobre
un puente muy hermoso, meditar acerca de la vanidad de todo al pie de
las horcas de Montfaucon, y catar el vino de las tabernas de la
Magdalena y de la Mula. Afirma que no hay nada como París, y reniega
de estas tierras ruines, llenas de alimañas, donde el hombre,
engañado por gente embustera, viene a pasar miserias sin cuento,
buscando el oro donde no reluce, siquiera, una buena espiga de trigo.
Y habla de hembras rubias, y de la sidra que bulle, y de la oca que
suda el zumo sobre un fuego de sarmientos, acabando de alterar los
hipocondrios del tamborero, que increpa a Golomón por perezoso, ahora
que le ha dado, de tanta oír, por hablar confusamente de un linaje
que el hierro candente humilló en su carne. Todos fueron gente de
condición, y el negro, que apenas si se acuerda, en cuanto a su
nación, de un río muy ancho y muy enturbiado de raudales, a cuya
orilla había chozas con paredes de barro embostado, habla de un mundo
en que su padre, coronado de plumas, paseaba en carrozas tiradas por
caballos blancos —semejante a la que hacían rodar los de Medina
Sidonia, por la Alameda de Sevilla, en días de fiesta. Todos sueñan,
malhumorados, entre cangrejos que hacen rodar cocos secos, triscando
las frutillas moradas de un árbol playero, que medio saben a uva, y
remozan apetencias de vino en las bocas hastiadas de cazabe y chicha
de maíz. Todos piensan en cosas que poco tuvieron en realidad, aunque
las columbraron con apetito adivino, hasta que revientan las lluvias,
alzando nuevas plagas. Juan se enfurece, patalea, grita, al verse
envuelto por tantas mosquillas negras que zumban en sus oídos,
pringándose con su propia sangre al darse de manotazos en las
mejillas. Y una mañana despierta todo calofriado, con el rostro de
cera, y una brasa atravesada en el pecho. Doña Yolofa y Doña Mandinga
van por hierbas al monte —unas que se piden a un Señor de los Bosques=

que debe ser otro engendro diabólico de estas tierras sin ley ni
fundamento. Pero no hay más remedio que aceptar tales tisanas, y
mientras se adormece, esperando el alivio, el enfermo tiene un sueño
terrible: ante su hamaca se yergue, de pronto, con torres que
alcanzan el cielo, la Catedral de Compostela. Tan altas suben en su
delirio que los campanarios se le pierden en las nubes, muy por
encima de los buitres que se dejan llevar del aire, sin mover las
alas, y parecen cruces negras que flotaran como siniestro augurio, en
aguas del firmamento. Por sobre el Pórtico de la Gloria, tendido está
el camino de Santiago, aunque es mediodía, con tal blancura que el
Campo Estrellado parece mantel de la mesa de los ángeles. Juan se ve
a sí mismo, hecho otro que él pudiera contemplar desde donde está,
acercándose a la santa basílica, solo, extrañamente solo, en ciudad
de peregrinos, vistiendo la esclavina de las conchas, afincando el
bordón en la piedra gris del andén. Pero cerradas le están las
puertas. Quiere entrar y no puede. Llama y no le oyen. Juan Romero se
prosterna, reza, gime, araña la santa madera, se retuerce en el suelo
como un exorcizado, implorando que le dejen entrar. «¡Santiago!
solloza—. ¡Santiago!» Al atorarse de agua salada, se ve a la orilla
del mar y ruega que le dejen embarcar en una urca fondeada donde sólo
ven los demás un tronco podrido. Tanto llora, que Golomón tiene que
atarlo con unas lianas, dentro de su hamaca, dejándolo como muerto. Y
cuando abre los ojos al atardecer, hay un gran alboroto en el
palenque. Una nave en derrota, desmantelada por las Bermudas, ha
venido a vararse en un cayo, frente a la costa. Traídas por la brisa,
se oyen las voces de los marineros pidiendo ayuda. Golomón y el
barbado empujan la canoa hasta el agua, mientras el marrano carga con
los remos.

IX
En aquel amanecer la sombra del Teide se ha pintado en el cielo como
una enorme montaña de niebla azul. El barbado, que viaja como
cristiano, dándoselas de borgoñón pasado a las Indias con licencia
del Rey (y se ha comprometido a demostrarlo a la llegada), sabe que
sus andanzas terminarán muy pronto. Como la Gran Canaria tiene
comercio con gentes de Inglaterra y de Flandes, y más de un capitán
calvinista o luterano descarga allí su mercancía, sin que le
pregunten si cree en la predestinación, ayuna en cuaresma o quiere
bulas a buen precio, sabe que le será fácil perderse en la ciudad,
viendo luego cómo escapar de la isla y pasarse a Francia. Dirige a
Juan una mirada entendida, por no hablar de lo que saben ambos. Por
lo pronto, hay ya el contento de haber vuelto a encontrar, en la
lenteja y el salpicón, el queso y la salmuera, sabores que se
añoraban demasiado, allá en el palenque donde quedaron, más llorosas
por despecho que por duelo, la Doña Yolofa y la Doña Mandinga, que
casi se tenían por damas castellanas ante las otras negras, al
saberse las mancebas del hijo de algo tan grande como debía serlo un
Escudero. El enfermo donde lo esperaban las sandalias y el bordón del
peregrino, que las promesas eran promesas, y por no cumplir la suya
le habían llovido las malandanzas. Y ahora, tan cerca de pisar tierra
de la buena y verdadera, después de largas semanas de mar, se siente
alegre como recordaba haberlo estado, cierta tarde, luego de bañarse
con el agua del Hospital de Bayona. Piensa, de pronto, que al haber
estado allá, en las Indias, le hace indiano. Así, cuando desembarque,
será Juan el Indiano. Oye entonces un alboroto de marineros en el
castillo de popa, y creyendo que se regocijan por la pronta llegada,
corre a verlos, seguido del barbado. Pero lo que allí ocurre no es
cosa de risa: los hombres rodean al cristiano nuevo, zarandeándolo a
empellones. Uno lo tira al suelo de una zancadilla, y levantándolo
por la piel del cogote lo hace arrodillarse: «¡El Padrenuestro!» —le =

grita en la cara. «¡El Padrenuestro y luego el Avemaría!» Y Juan se
entera de que los marineros espiaban al cristiano nuevo desde hacía
varios días, al saber, por boca del cocinero que, con la treta de
servirle de marmitón, había robado alguna harina para hornearse un
pan sin levadura. Y hoy, que era sábado, lo habían visto bañarse
temprano y ponerse ropa limpia. «¡El Padrenuestro!», aúllan todos
ahora, dándole de puntapiés. El marrano, atolondrado, gime súplicas
que nadie escucha, y al recibir el latigazo de una soga de nudos,
empieza a murmurar algo que no es Padrenuestro ni Avemaría, sino el
Salmo de David que recitaba en el palenque, tres veces al
día: «Clemente y misericordioso Jehová, lento para la ira y grande
para el perdón...» No termina de decirlo, cuando todos se le echan
encima, pateándolo, mientras uno corre por los grillos. Y ya lo
tienen aherrojado, escupiendo los dientes que le desprendieron de un
garrotazo, cuando se vuelven todos hacia el barbado, a quien acosan
de repente contra una borda, llamándolo corsario luterano. El otro,
haciendo frente, protesta con tal firmeza, amenazando con elevar una
queja al Consejo, que el patrón, indeciso, acaba por pedir sosiego.
Por las dudas, decide que lo más cuerdo es entregar al fingido
borgoñón a la justicia de Las Palmas, la cual proveerá a poner en
claro el caso de la tal licencia para pasar a las Indias. Lívido, el
barbado se ve remachar un par de hierros en los tobillos, mientras se
llevan al marrano, entre insultos, arrojándole baldes de agua sucia a
la cara. Va tan lastimado que deja un rastro de sangre por donde
pasa. Mira Juan cómo lo tiran escala abajo, y cierran una escotilla
sobre su última queja. Acaba de saber que, después de haber sido isla
de paz para moros y conversos, y de vista muy gorda para marinos y
mercaderes luteranos, la Gran Canaria se ha erigido en atalaya mayor
del Campeón del Catolicismo, representado por el ministerio de un
tremebundo inquisidor que ha plantado, en La Palma, la Cruz Verde del
Santo Oficio, apresando tripulaciones enteras por sospechosas. Sus
calabozos están llenos de patrones holandeses, de capitanes
anglicanos, prestos a ser entregados al Brazo Secular. Golomón,
agazapado al pie del trinquete, tiembla como un afiebrado, temiendo
que le pregunten por qué, cuando rezaba ante Nuestro Señor
Jesucristo, en la hacienda del amo cuya marca se le clarea en el
pellejo, no llamaba al Redentor por su nombre, sino que lo alababa en
su lengua, luego de colgarse muchos abalorios al cuello. Juan trata
de aquietarlo, como a perro bueno, con palmadas en los hombros, sin
poderle decir —por temor a quien pudiera oírlo —que en días de =

Tablado Mayor no gastaba leña la Inquisición en quemar negros, sino
más bien doctores demasiado conocedores del árabe, teólogos de oreja
puntiaguda, gente protestante, o difundidores de un librejo hereje,
muy perseguido en los puertos donde anclaban las naves holandesas,
que tenía por título «Alabanza de la Locura», o «Elogio de los
Locos», o algo semejante. Y como ya se acerca el día de la Trinidad,
y la Trinidad es fiesta buena para los autos, Juan el Indiano ve ya
al marrano de sambenito negro, mientras el barbado se le figura
vistiendo uno amarillo, con la cruz de San Andrés bordada en rojo,
delante y detrás. Luego de recibir la bendición al pie del
Estandarte, montarían los dos en sus burros, en medio de la gritería
y el escarnio de los que hubiesen venido de muy lejos para ganarse
los cuarenta días de indulgencia, y serán arreados hacia el brasero,
con otros muchos herejes, llevándose en alto los retratos de quienes,
por fugitivos, quedarían ardidos en efigie.
X
Un día de feria, al cabo de una calle ciega, está Juan el Indiano
pregonando, a gritos, dos caimanes rellenos de paja que da por
traídos del Cuzco, cuando lo cierto es que los compró a un
prestamista de Toledo. Lleva un mono en el hombro y un papagayo
posado en la mano. Sopla en un gran caracol rosado, y de una caja
encarnada sale Golomón, como Lucifer de auto sacramental, ofreciendo
collares de perlas melladas, piedras para quitar el dolor de cabeza,
fajas de lana de vicuña, zarcillos de oropel, y otras buhonerías del
Potosí. Al reír muestra el negro los diente, tallados en punta y las
mejillas marcadas a cuchillo, de tres incisiones, a usanza de su
pueblo, y, agarrando unas sonajas, se entrega al baile, moviendo la
cintura con tal desencaje que hasta la vieja de los mondongos y las
panzas se aparta de su tenducho arrimado al Arco de Santa María, para
venir a mirarle. Como en Burgos se gusta ya de la zarabanda, el
guineo y la chacona, muchos lo celebran, pidiendo otra novedad del
Nuevo Mundo. Pero en eso empieza a llover, corre cada cual a
resguardarse bajo los aleros, y Juan el Indiano se encuentra en la
sala de un mesón, con un romero llamado Juan, que andaba por la
feria, con su esclavina cosida de conchas —venido de Flandes para
cumplir un voto hecho a Santiago, en días de tremenda peste. Juan el
Indiano, que desembarcó en Sanlúcar, llevando el bordón y la calabaza
de los peregrinos en cumplimiento de promesa, largó el hábito en
Ciudad Real, un día que Golomón, armándose de un mono y un papagayo
para ayudarse a revender baratijas de feriantes, le demostrara que
pregonando novedades de Indias se ganaba lo suficiente, en dos
jornadas propicias, para holgarse con vino y mozas durante una
semana. El negro se desvive por catar la carne blanca que gusta de su
buen rejo; el indiano, en cambio, pierde el tino cuando le pasa una
lora por delante, de las que tienen la grupa sobrealzada como sillar
de coro. Ahora, Golomón seca el mono con un pañuelo, mientras el
papagayo se dispone a echar un sueño, posado en el aro de un tonel.
Pide vino el indiano, y comienza a contar embustes al romero llamado
Juan. Habla de una fuente de aguas milagrosas, donde los ancianos más
encorvados y tullidos no hacen sino entrar, y al salirles la cabeza
del agua se la ve cubierta de pelos lustrososo, las arrugas borradas,
la salud devuelta, los huesos desentumecidos, y unos arrestos como
para empreñar una armada de Amazonas. Habla del ámbar de la Florida,
de las estatuas de gigantes vistas por Francisco Pizarro en Puerto
Viejo, y de las calaveras con dientes de tres dedos de gordo, que
tenían una oreja sola, y esa, en medio del colodrillo. Pero Juan el
Romero, achispado por el vino bebido, dice a Juan el Indiano que
tales portentos están ya muy rumiados por la gente que viene de
Indias, hasta el extremo de que nadie cree ya en ellos. En Fuentes de
la Eterna Juventud no confiaba nadie ya, como tampoco parecía
fundamentarse en verdades el romance de la Arpía Americana que los
ciegos vendían, por ahí, en pliego suelto. Lo que ahora interesaba
era la ciudad de Manoa, en el Reino de los Omeguas, donde quedaba más
oro por tomar que el que las flotas traían de la Nueva España y del
Perú. Las comarcas que se extendían entre la Bogotá de los ensalmos,
el Potosí —milagro mayor de la naturaleza— y las bocas del Mara=
ñón,
estaban colmadas de prodigios mucho mayores que los conocidos, con
islas de perlas, tierras de Jauja, y aquel Paraíso Terrenal que el
Gran Almirante afirmaba haber divisado en algún paraje— y todos le
conocían ahora la carta escrita antaño al Rey Fernando— con su monte =

en forma de teta. Se hablaba de un alemán, muerto con el secreto de
un reino donde las bacías de los barberos, las cazuelas y peroles, el
calce de las carrozas, los candiles, eran de metal precioso. Seguían
templándose las cajas para salir a nuevas empresas... Pero aquí corta
Juan el Indiano el discurso de Juan el Romero, diciéndole que las
conquistas a lo Pizarro, yéndose en armada, no eran ya lo que mejor
aprovechaba. Lo que ahora pagaba en las Indias era el olfato aguzado,
la brújula del entendimiento, el saltar por sobre los demás, sin
reparar mucho en ordenanza de Reales Cédulas, reconvenciones de
bachilleres, ni griterías de Obispos, allí donde la misma Inquisición
tenía la mano blanda, calentándose más jícaras de chocolates en los
braseros, que came de herejes... Las cajas que acá se templaban no
conducían a la riqueza. Las cajas que debían escucharse eran las que
sonaban allá, pues eran las que llamaban a las nuevas entradas donde
los hombres se hacían de haciendas portentosas, guerreando menos que
antes y llevando médicos de una pasmosa ciencia en lo de pegar huesos
rotos y curar mordeduras de alimañas con las propias plantas de los
indios.

XI
Al día siguiente, luego de haber regalado las veneras de su esclavina
a la moza con quien pasara la noche, toma Juan el Romero el camino de
Sevilla, olvidándose del Camino de Santiago. Le sigue Juan el
Indiano, tosiendo y garraspeando, pues se ha resfriado con el viento
que baja de las sierras. Cuando tirita en el camastro de una venta,
añora el calor que Doña Yolofa y Doña Mandinga llevaban dentro de la
piel demasiado dura. Mira el cielo aneblado, rogando por el sol, pero
le contesta la lluvia, cayendo sobre la meseta de piedras grises y
piedras de azufre, donde las merinas mojadas se apretujan en el
verdor de un ojo de agua, hundiendo las uñas en la greda. Golomón
viene detrás, descalzo, con el mono y el papagayo arrebozados en la
capa, embistiendo, con el sombrero pajizo, un aire que le hiela. En
Valladolid los recibe el hedor de un brasero, donde queman la mujer
de uno que fue consejero del Emperador, en cuya casa se reunían
luteranos a oficiar. Acá todo huele a carne chamuscada, ardeduras de
sambenito, parrilladas de herejes. De Holanda, de Francia, bajan los
gritos de los emparedados, el llanto de las enterradas vivas, el
tumulto de las degollinas, la acusación, en horribles vagidos, de los
nonatos atravesados por el hierro en la matriz de sus madres. Unos
dicen que empiezan tiempos nuevos, en la sangre y en las lágrimas;
otros claman que roto es el Sexto Sello, y pondráse el sol negro como
un saco de cilicio, y los reyes de la tierra, y los príncipes, y los
ricos, y los capitanes, y los fuertes, y todo siervo y todo libre, se
esconderán en las cuevas y los montes. Pero, más allá de Ciudad Real,
algo cambia en las gentes. Poco hablan ya de lo que ocurre en
Flandes, viviendo con los oídos atentos a Sevilla, por donde llegan
noticias de hijos ausentes, del tío que mudó la herrería a Cartagena,
del otro que tiene buena posada en Lima. Hay pueblos de donde han
marchado familias enteras; canteros con sus oficiales, hidalgos
pobres con el caballo y los criados. Juan el Indiano y Juan el Romero
aligeran el paso, al ver alzarse la primera huerta de naranjos, entre
el morado de las berenjenas y el cobre de los melones, burelados por
un campo de sandías. Reaparecen las tabernas de vino blanco, las
negras loras o de color de pera cocha, con las nalgas sobrealzadas
como sillar de coro. En brisas de salmuera, de brea, de madera
resinosa, ármase el alboroto de los puertos de embarque. Y cuando los
Juanes llegan a la Casa de la Contratación, tienen ambos —con el
negro que carga sus collares— tal facha de pícaros, que la Virgen de =

los Mareantes frunce el ceño al verlos arrodillarse ante su altar.
—Dejadlos, Señora—dice Santiago, hijo de Zebedeo y Salomé, pens=
ando
en las cien ciudades nuevas que debe a semejantes truhanes—.
Dejadlos, que con ir allá me cumplen.
Y como Belcebú siempre se pasa de listo, he aquí que se disfraza de
ciego, vistiendo andrajos, poniendo un gran sombrero negro sobre sus
cuernos, y, viendo que ha dejado de llover en Burgos, se sube a un
banco, en un callejón de la feria, y canta, bordoneando en la vihuela
con sus larguísimas uñas:

-¡Ánimo, pues caballeros
Ánimo, pobres hidalgos,
Miserables, buenas nuevas,
Albricias, todo cuitado.
Que el que quiere partirse,
A ver este nuevo pasmo,
Diez naves salen juntas,
De Sevilla este año...!

Arriba, es el Campo Estrellado, blanco de galaxias.

***

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