[P/L@] Documentos
"El periodismo es una pasión insaciable
que sólo puede digerirse y humanizarse
por su confrontación descarnada con la realidad".
Gabriel García Márquez
"Periodismo es difundir aquello
que alguien no quiere que se sepa,
el resto es propaganda".
Horacio Verbitsky
Compartimos los relatos del periodista Robert Fisk, reportero británico del
diario The Independent, especialista en Medio Oriente.
Desde Iraq, narra como pocos la realidad de los sangrientos hechos
provocados por EEUU y GB.
Estos son sus reportes desde el inicio de la invasión que desencadenó la
masacre del pueblo iraquí.
Este dossier para leer y no olvidar, es un homenaje a la prensa libre, a
los periodistas independientes y reporteros graficos asesinados por las
fuerzas invasoras norteamericanas e inglesas cuyos responsables políticos y
militares deben ser detenidos y juzgados por sus crimenes de lesa
humanidad. P/L@
Bagdad, 19 de marzo.
Compras de pánico, durante las horas previas al bombardeo a Bagdad Civiles
iraquíes se aferran a la esperanza de sobrevivir a los ataques de EU y GB
Las farmacias, atestadas; demanda de vendas, analgésicos, algodón,
desinfectante y alcohol
por ROBERT FISK ENVIADO ESPECIAL THE INDEPENDENT
Derechos en español: La Jornada (México)
En la calle Yasser Arafat, en la farmacia Sana Nimr al Ibrahim, Riad
ofreció darme dos rollos de vendas gratis. Le dije que prefería pagar
porque pensaba que la Real Fuerza Aérea iba a bombardearlo dentro de unas
horas. "Supongo que sí", contestó, y me dirigió una sonrisa que no merecía.
Como británico, comprar raciones de emergencia en las tiendas de Bagdad
esta tarde ha sido una experiencia aleccionadora. La farmacia de Riad
estaba atestada; sus clientes no sólo compraban vendas sino analgésicos,
pinzas, tijeras, algodón, desinfectante y alcohol para frotar. Fue lo mismo
la noche del martes, de 5 a 10.
Sin embargo, en ninguna parte de la avenida Yasser Arafat escuché una sola
maldición o mala palabra contra el británico. Siempre me dijeron que era yo
"bienvenido en Irak" -los pocos periodistas que estamos aquí debemos desear
con fervor que las cosas sigan así cuando empiece el ataque- y que era
agradable ver a un sahafa, un periodista, correr los mismos riesgos que la
gente de la calle.
No era momento, claro, de recordarles que yo tenía un chaleco antibalas y
ellos no, que yo tenía una máscara antigás y ellos no, y que incluso tenía
un casco que le quedaría a cualquiera de ellos pero que probablemente sólo
estaría en mi cabeza.
Los tenderos calcularon un incremento de precios de 100 por ciento. En la
tienda de abarrotes Alabastak compré 25 panecillos loo, una montaña de
bisquetes y un montón de velas rojas y verdes.
Abbas me dijo que yo era su cliente número 200 de la inexorablemente lenta
tarde. En días normales menos de cien personas visitan la tienda en todo el
día.
En la tienda Tabarak -en español, "Dios te Bendiga"- puse sobre el
mostrador 24 bolsas de frituras, cajas de queso de larga conservación y 30
latas del Seven Up más insípido del mundo.
Después de haber estado en una o dos ciudades sitiadas -el sitio israelí de
Beirut, en 1982, fue mi primero- uno adquiere una intuición innata de lo
que debe buscar.
Compré dos adaptadores eléctricos en la tiendita de Sami para las baterías
de mi computadora, aunque no serán de mucha utilidad si los estadunidenses
bombardean la red eléctrica iraquí.
La carne y cualquier tipo de verduras son un desperdicio de dinero, a menos
que la carne sea enlatada. Y eso era lo que los bagdadíes compraban hoy.
Preparativos para lo que vendrá
El doctor Mohammed, del hospital Karameh, compró hojas de afeitar para
poder rasurarse con agua fría... si es que hay electricidad para impulsar
las bombas.
El alimento más popular en una tienda era el tamaniya, popular dulce iraquí
de dátil, tan duradero que se dice que se conserva comestible toda una
década y tan pegajoso que puede acabar con las muelas más débiles. No se
derrite con el calor.
La mayoría de las tiendas de la calle Yasser Arafat ya han sido cerradas
por sus dueños por temor a los ladrones, y las calles están tapizadas con
una mezcla deprimente de compradores de última hora y soldados.
Un miembro uniformado y barbado de la Guardia Republicana cruzó el camino
trayendo abrazado a su hijo pequeño, en su última visita al hogar antes de
la guerra.
Con todo, aun esta noche es difícil captar la realidad de lo que nos
aguarda. Dos ve-tustos cañones antiaéreos de fabricación soviética se ven
en lo alto de las puertas ornamentales de un palacio, alumbrados por las
luminarias de abajo.
Hay nuevos montones de costales de arena en las esquinas, y los soldados
que se parapetan tras ellos charlan con los compradores retrasados.
¿Es esto lo que la guerra constante hace a estas personas? ¿Las convierte
en hombres y mujeres que saben que sobrevivirán por la sencilla razón de
que sobrevivieron la vez anterior?
En Nueces Baalbek compré un kilo de pistaches a los propietarios -ambos,
naturalmente, de ascendencia libanesa-, quienes a mi pregunta sobre lo que
piensan de la guerra contestaron con la típicamente libanesa frase de "no
hay problema". Es mentira, y todos lo sabemos.
Al final, el doctor Mohammed me invitó a su hospital porque los dos
suponemos que habrá víctimas civiles.
En la televisión iraquí están repitiendo el teatro de la mañana en la
Asamblea Nacional, donde los miembros del Parlamento corearon obedientes su
imperecedera lealtad a Saddam Hussein e hicieron la rutinaria ofrenda de su
cuerpo y su alma a dicho caballero.
Antes, el ministro iraquí de Información había dicho a los periodistas
extranjeros que esta guerra "no sería un día de campo" -cosa que nadie
podía negar-, y añadió que los estadunidenses y británicos perecerían en
cualquier guerra contra Irak.
Esto puede ser cierto, pero hay que decir que esta noche los iraquíes están
mucho más interesados en saber cuántos de ellos morirán a manos de los
soldados estadunidenses y británicos.
© The Independent Traducción: Jorge Anaya
***
Fue tan asombrosa en términos militares como aterradora en el plano político
La venganza, con escalofriante ferocidad
Multitudes contemplaron pasmadas la tormenta de fuego que cruzó Bagdad
por ROBERT FISK
Bagdad, 20 de marzo.
Fue como una puerta que se azotaba muy debajo de la superficie de la
tierra, un rugido palpitante de un minuto de duración que trajo a Bagdad
esta noche la supuesta cruzada del presidente George W. Bush contra el
"terrorismo". Hubo en el horizonte ráfagas de las defensas antiaéreas de
Bagdad -la potencia de fuego de las viejas armas soviéticas antiaéreas de
la Segunda Guerra Mundial- y luego una serie de tremendas vibraciones que
sacudieron el suelo bajo nuestros pies. Burbujas de fuego se elevaron al
cielo en distintos puntos de la capital iraquí, de rojo oscuro en la base y
doradas en la punta.
Saddam, claro, había jurado combatir hasta el fin, pero la violencia de
anoche en Bagdad tenía una auténtica calidad infernal. En cuestión de
minutos, mirando hacia la otra ribera del Tigris, pude ver alfilerazos de
fuego a medida que las bombas y los misiles crucero estallaban en los
centros militares y de comunicaciones iraquíes y, sin duda, también sobre
inocentes.
El primero de éstos, un taxista, fue volado en pedazos en el primer ataque
estadunidense sobre Bagdad, esta mañana. Nadie aquí duda que entre los
muertos hay civiles. Tony Blair había hablado de eso en la Cámara de los
Comunes durante los debates de esta semana, pero al escuchar la tormenta de
fuego que cruzó Bagdad esta noche me pregunté si tiene alguna idea del
aspecto que esto tiene, de cómo se siente, o del miedo de estos iraquíes
inocentes que, en el momento en que escribo, corren hacia sus casas y hacia
los sótanos. No hace muchas horas charlaba en una zona pobre de Bagdad con
una anciana musulmana chiíta, tocada con el tradicional velo blanco y
negro. Una y otra vez le insistí en que me dijera lo que sentía. Al final
sólo respondió: "Tengo miedo".
Que esta acción sea el principio de algo que cambiará la faz de Medio
Oriente es indudable; que tenga éxito a largo plazo es otra cosa. Su misma
violencia, el aullido de las sirenas que advierten del ataque aéreo y los
misiles que rasgan el aire en su caída llevan un mensaje político no sólo a
Saddam, sino al resto del mundo. Somos la superpotencia, decían esas
explosiones. Así es como resolvemos nuestros asuntos. Así es como cobramos
venganza del 11 de septiembre de 2001.
Ni el mismo Bush hizo el menor intento en días pasados de ligar a Irak con
los crímenes contra la humanidad cometidos en Nueva York, Washington y
Pensilvania. Pero algo del fuego que podemos ver esta noche elevándose a
través de la oscuridad a lo largo y lo ancho de Bagdad me recuerda otras
llamas, las que consumieron el World Trade Center. En forma extraña, los
estadunidenses -sin permiso de Naciones Unidas, con la mayoría del mundo en
contra- dan expresión a su rabia con consumada y escalofriante ferocidad.
Irak, por supuesto, no podrá resistir esto mucho tiempo. Saddam puede
afirmar, como ha hecho, que sus soldados son capaces de derrotar a la
tecnología con su valor. Lo dudo. Porque lo que cayó esta noche en Irak -y
yo sólo presencié una pequeña parte de este festival de violencia- fue tan
asombroso en términos militares como aterrador en términos políticos. Las
multitudes que se arracimaban afuera de mi hotel miraban el resplandor de
los estallidos, pasmadas por su poderío.
© The Independent Traducción: Jorge Anaya
***
Ruidos ensordecedores de cristales rotos y por el paso de misiles crucero
Noche de terror en Bagdad; toda la ciudad tembló por las explosiones
Los iraquíes corren a sus casas cuando ven que bolas de fuego revientan en
algún punto
por ROBERT FISK
Bagdad, 21 de marzo.
El palacio principal de Saddam, inmensa fortificación de 20 pisos de alto,
simplemente explotó delante de mí -una bola de fuego, una llama de 25
metros y el sonido atronador que me dejó un zumbido en los oídos que duró
más de una hora. Todo el edificio, de imponentes cimientos, se tambaleó con
el primer impacto. Después cayeron otros cuatro misiles crucero.
Se trata del bombardeo más intenso que Bagdad ha sufrido en más de 20 años
de guerra. La noche anterior las masivas explosiones hicieron temblar toda
la ciudad. A mi derecha, el Ministerio de Procuración de Armamento -un
largo edificio de fachada muy semejante a la del Pentágono- escupió fuego
cuando cinco misiles se estrellaron contra el concreto.
En una operación que oficialmente tiene la intensión de crear "conmoción y
pavor", "conmoción" no era la palabra adecuada. Los pocos iraquíes que se
encontraban en las calles -que, supongo, no son amigos de Saddam-
murmuraban maldiciones.
Se escuchaba un ruido ensordecedor de cristales rotos, proveniente de los
más altos edificios, tiendas y hogares, a medida que las ondas expansivas
atravesaban el río Tigris en ambas direcciones. Minuto a minuto, los
misiles seguían cayendo. Muchos iraquíes habían visto por televisión -al
igual que yo- las ominosas imágenes de los bombarderos B-52 despegando de
Gran Bretaña, apenas seis horas antes. Al igual que yo, ellos habían tomado
nota de la hora. Agregaron las tres horas de diferencia entre el horario de
Bagdad y el de Londres, y calcularon que el terror comenzaría cerca de las
nueve de la noche. Los B-52, que disparaban desde fuera del espacio aéreo
iraquí, fueron sumamente puntuales.
Patrullas de policía circulaban velozmente por las calles y con sus
altavoces ordenaban a los peatones refugiarse en los edificios. Qué consejo
tan útil. Yo estaba en cuclillas guareciéndome en una cuadra de tiendas,
del lado opuesto al río, y por poco me cae encima una lluvia de vidrio, que
se vino abajo como cascada de las ventanas más altas, cuando las ondas
expansivas chocaron con ellas.
Podía verse a algunos iraquíes mirando desde sus balcones, rodeados de
trozos de vidrio. Cada vez que una inmensa burbuja dorada de fuego
reventaba en algún lugar de la ciudad, se metían a sus casas antes de que
la onda expansiva los alcanzara. Por un momento me encontré bajo los
árboles de una glorieta y la onda creada por los misiles crucero pasó a
poca distancia de mi cabeza. El rasguido de estos proyectiles era casi tan
devastador como las explosiones que creaban.
¿Cómo -me pregunto- describe uno todo esto sin caer en el lenguaje del
boletín militar? ¿Haciendo definiciones del color, dando los decibeles de
las explosiones? Cuando los misiles crucero se aproximaban, sonaban como si
alguien estuviera rasgando gigantescas cortinas de seda en el cielo y las
ondas que creaban sus explosiones eran una especie de aterrador contrapunto
de las flamas.
Existe algo anárquico en todos los seres humanos cuando de su reacción a la
violencia se trata. Los iraquíes que estaban a mi alrededor observaban,
como yo, las inmensas lenguas de fuego que salían de los pisos superiores
del palacio de Saddam, que parecían alcanzar el cielo. Por extraño que
parezca, la electricidad seguía funcionando. Y a nuestro alrededor los
semáforos seguían cambiando de rojo a verde. Los anuncios espectaculares se
movían por la brisa creada por las ondas expansivas y las luces seguían
encendidas en los edificios públicos. Sobre nosotros se posaban masivas
cortinas de humo que se extendía por todo Bagdad. El humo blanco provenía
de las explosiones en sí, y el negro de los objetivos que se estaban
incendiando.
¿Cómo puede alguien resistir esto? ¿Cómo podrían creer los iraquíes que con
su tecnología rota y sus 12 años de sanciones debilitantes iban a derrotar
las computadoras de estos misiles y estos aviones? Siempre es la misma
historia: Existe un poder irresistible e incuestionable.
Bueno, podría uno preguntarse: ¿hay acaso un régimen más apropiado para ser
atacado? Ese no es el punto. Porque el mensaje del bombardeo de anoche fue
el mismo que el del martes: Estados Unidos debe ser obedecido. Ni la Unión
Europea, ni la Organización de Naciones Unidas, ni la Organización del
Tratado del Atlántico Norte, nada ni nadie, debe interponerse en su camino.
De hecho, nada puede interponerse en su camino.
Sin duda esta mañana el ministro iraquí de Información se dirigirá a
nosotros nuevamente para insistir en que Irak prevalecerá. Ya veremos. Pero
muchos iraquíes ahora se hacen una pregunta obvia: ¿Cuántos días más? No
porque quieran que los estadunidenses y británicos lleguen a Bagdad, aunque
puede ser que lo deseen profundamente. Pero ante todo quieren que la
violencia termine y esto, si lo piensan, es exactamente el motivo por el
que estos bombardeos tienen lugar.
Por la noche ya se tenían informes de que habían muerto civiles en las
operaciones, lo cual, dada la intensidad de los ataques con misiles
crucero, no es de extrañar. Resulta que también fueron objeto de bombardeos
las barracas de Rashid, posiblemente el cuartel más grande de todo Irak.
Pero el centro simbólico de este bombardeo fue claramente el palacio
principal de Saddam, con sus fuentes, pórticos y jardines. De hecho, debido
a las llamas que envolvían la fachada, el edificio parecía una pira funeraria.
© The Independent Traducción: Gabriela Fonseca
***
Pese a las fábulas del Pentágono, se mutila y asesina a miles en nombre de
la libertad
Civiles, gran parte de las bajas por los bombardeos británico-estadunidenses
Intactos, servicios públicos y medios electrónicos; los nuevos
conquistadores los necesitarán
por ROBERT FISK
Bagdad, 22 de marzo.
El jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld dice que el ataque estadunidense
sobre Bagdad es "la campaña más selectiva que jamás existió", pero ojalá no
intente explicarle esto a Doha Suheil, de cinco años. Ella me miraba la
mañana de este sábado, con una sonda en la nariz y un ceño que fruncía su
carita cuando trataba en vano de mover el lado izquierdo de su cuerpo. Los
misiles crucero que explotaron ayer cerca de su casa en el suburbio
Radwaniyeh de Bagdad incrustaron esquirlas en sus diminutas piernas -ahora
envueltas en gasas-, y lo que es más serio, uno de estos fragmentos se
alojó en su columna vertebral. Ha perdido todo movimiento en su pierna
izquierda.
Su madre se inclina sobre la cama para enderezar la pierna derecha de su
hija debajo de las cobijas. Pareciera que la madre de Doha cree que si las
dos piernas de la niña reposan rectas una junto a la otra, se recuperará de
la parálisis. Ella fue la primera de los 101 pacientes que fueron llevados
al hospital universitario de Al Mustansaniya, después del bombardeo
estadunidense que comenzó la noche del viernes. Siete miembros de la
familia de la pequeña resultaron heridos por el mismo misil; el más joven
de ellos es un bebé de un año que en el momento del ataque estaba siendo
amamantado.
Hay algo de enfermo y obsceno en esas visitas a los hospitales. Nosotros
bombardeamos. Ellos sufren. Después llegamos y tomamos fotografías de los
niños heridos. El ministro iraquí de Salud decidió dar una insufrible
conferencia de prensa en los pasillos del sanatorio para enfatizar la
naturaleza "bestial" del ataque estadunidense. Washington, a su vez,
insiste en que no tiene la intención de lastimar a niños.
Y Doha me mira a mí y a sus médicos co-mo si nosotros fuéramos a decirle
que pronto despertará de esta pesadilla, podrá mover su pierna izquierda y
ya no sentirá dolor.
Así que olvidemos por un momento la propaganda barata del régimen y las
igualmente baratas lecciones de moral de Rumsfeld y Bush y demos una vuelta
por el hospital universitario de Al Mustansaniya.
La realidad de la guerra no se encuentra en una victoria militar ni en una
derrota, ni en las mentiras sobre "las fuerzas de la coalición" que
nuestros periodistas "inmersos" en la acción están vendiendo sobre una
invasión que sólo involucra a estadunidenses, británicos y a un puñado de
australianos.
La realidad de la guerra, aun cuando cuente con legitimidad internacional
-que no es el caso de la que estamos presenciando- es, primordialmente, el
sufrimiento.
Bajas civiles
Tomemos como ejemplo a Amel Hassan, mujer campesina con tatuajes en los
brazos y piernas, quien ahora yace en una cama de hospital con los hombros
hinchados al doble de su tamaño normal y cubiertos de moretones. Estaba
visitando a su hermana cuando el primer misil impactó en Bagdad. "Me estaba
bajando del taxi cuando hubo una enorme explosión, caí y mi sangre se regó
por todos lados", me dijo. "Los brazos, las piernas y el pecho me
sangraban". Amel Hassan tiene múltiples heridas de esquirlas en el pecho.
Su hija de cinco años, Wahed, está en la cama vecina y gime de dolor. Ella
se había bajado del taxi antes y casi había llegado a la puerta de la casa
de su tía cuando la explosión la derribó. Sus pies todavía sangran; la
sangre se ha coagulado en sus dedos, y mancha los vendajes que cubren
tobillos y pantorrillas.
Hay dos niños pequeños en el siguiente cuarto. Sade Selim, de 11 años, y su
hermano Omar, de 14. Ambos tienen heridas de esquirlas en las piernas y el
pecho.
En el tercer cuarto se encuentra Isra Riad, con heridas casi idénticas. En
su caso, las esquirlas se incrustaron en sus piernas cuando huía
aterrorizada de su casa hacia el jardín cuando comenzaba el bombardeo. Imam
Ali tiene 23 años y sus heridas múltiples se presentan en el abdomen.
Najla Hussein Abbas aún trata de cubrirse la cabeza con un pañuelo negro,
pero no logra ocultar las heridas de sus piernas amoratadas. Tiene lesiones
múltiples por esquirlas. Después de un tiempo, "heridas múltiples" suena
como si fuera una enfermedad natural para un pueblo que ha sufrido más de
20 años de guerra.
¿Y todo esto -me preguntaba yo este sábado- fue por el 11 de septiembre?
¿Todo esto fue para "responder" a nuestros atacantes, a pesar de que Doha
Suheil, Wahed Hassan e Imam Ali no tienen nada -absolutamente na-da- que
ver con esos crímenes contra la hu-manidad, ni tampoco el repugnante
Saddam? ¿Quién decidió, me pregunto, que estos niños y mujeres sufran por
el 11 de septiembre?
Las guerras se repiten. Siempre que "nosotros" venimos de visita es porque
hemos bombardeado y siempre llegamos con la misma pregunta. En Libia, en
1986, recuerdo cómo los reporteros estadunidenses interrogaban a los
heridos: ¿No habrán sido ustedes heridos por proyectiles disparados por los
aviones de su país?
De nuevo, en 1991, "nosotros" hicimos a los heridos iraquíes la misma
pregunta. Y hoy un reportero de la radio británica le preguntó lo mismo a
un médico: "¿Cree usted, doctor, que algunas de estas personas resultaron
heridas por fuego antiaéreo iraquí?" ¿Debemos reír o llorar ante esto?
¿Vamos siempre a culparlos a "ellos" de sus propias heridas? De hecho,
deberíamos preguntar por qué esos misiles crucero explotaron donde lo
hicieron; nada más 320 de ellos cayeron en Bagdad, por cortesía del
portaviones USS Kitty Hawk.
Isra Riad vino al hospital desde la región de Sayadiyeh, donde hay una
amplia instalación de barracas militares. El hogar de Najla Ab-bas está en
Risalleh, donde están las casas de descanso de los familiares de Saddam.
Los pequeños hermanos Selim viven en Shirta Khamse, donde está un depósito
de vehículos militares. Ahí está todo el problema. Los blancos selectos
están regados por toda la ciudad. Los pobres -y casi todos los heridos que
visité son pobres- viven en casas humildes, muchas de madera, que se
colapsan inmediatamente con las explosiones.
Es la misma vieja historia de siempre. Si hacemos la guerra -sin importar
cuántas tonterías digamos sobre lo mucho que nos importan los civiles-
invariablemente vamos a matar y mutilar a inocentes.
El doctor Habib al Hezai, cuyo título de medicina fue obtenido en la
Universidad de Edimburgo, dijo que del total de 207 heridos que recibió
tras los bombardeos del viernes en su hospital, 85 eran civiles. De éstos,
20 son mujeres y otros seis, niños. Un hombre joven y un niño de 12 años
fallecieron mientras se les operaba. Nadie dice cuántos soldados murieron
durante el ataque.
Conducir por Bagdad este sábado era una experiencia estremecedora.
Ciertamente, los objetivos han sido cuidadosamente seleccionados, aun
cuando su destrucción inevitablemente golpeó también a inocentes. Había un
palacio presidencial que tenía en cada esquina una estatua de 12 metros del
guerrero árabe Saladino, pero el rostro de cada una era el de Saddam. Justo
en medio de la fachada del edificio, se había hecho limpiamente un
gigantesco hoyo negro. El Ministerio de Producción de Armamento Aéreo quedó
pulverizado: sólo quedó una enorme montaña de escombros y trozos de concreto.
Pero afuera, en la reja, había dos trincheras hechas con sacos de arena
donde estaban dos soldados iraquíes vestidos con pulcritud, con sus rifles
montados en un parapeto, listos para defender el ministerio del enemigo que
ya lo había destruido.
El tráfico de la mañana se acumuló en los caminos paralelos al Tigris.
Ningún conductor observó por mucho tiempo el Palacio Republicano, al otro
lado del río, ni tampoco el chamuscado Ministerio de Procuración de
Armamento. Ambos ardieron durante 12 horas después de los primeros ataques
con misiles crucero. Era como si los palacios en llamas, los ministerios
incendiados y las montañas de escombros humeantes fueran una parte normal
de la vida en Bagdad. Pero al mismo tiempo, nadie que viva bajo el actual
régimen querría pasar mucho tiempo viendo esas cosas, ¿no es cierto?
Los iraquíes ya se dieron cuenta de lo que esto significa. En 1991 los
estadunidenses bombardearon las refinerías, las plantas de energía
eléctrica, los acueductos y las comunicaciones. Pero este sábado Bagdad
todavía funcionaba. La línea terrestre de teléfono funcionaba al igual que
Internet, y el suministro eléctrico seguía trabajando a toda su capacidad.
Los puentes sobre el Tigris no habían sido bombardeados.
Esto se debe a que "en caso" de que los estadunidenses lleguen hasta aquí
(posibilidad que todavía hay que mencionar discretamente en estos días)
necesitarán sistema de comunicaciones, electricidad y transporte. Lo que se
ha salvado no es un regalo para los iraquíes: es un beneficio que se
atribuyen los supuestos nuevos amos de Irak.
Perseverancia y victoria
El único diario iraquí apareció hoy con una edición de sólo cuatro páginas
con artículos sobre la "perseverancia" de la nación. En árabe, la palabra
"perseverancia" se traduce como "samoud", nombre que se le dio a los
misiles que Irak destruyó parcialmente antes de que George W. Bush obligara
a los inspectores de armas a salir del país para lanzar la guerra. El
encabezado de hoy reza: "Presidente: la victoria llegará en manos iraquíes
(sic)".
Asimismo, no ha habido ningún intento de Estados Unidos por destruir las
instalaciones de televisión, pues presumiblemente harán uso de ellas en
cuanto lleguen. Durante el bombardeo del viernes por la noche, un general
iraquí apareció en vivo en televisión y reiteró que su nación saldrá
victoriosa. Mientras hablaba, las ondas expansivas provocadas por
explosiones de misiles hicieron que volaran las cortinas que estaban tras
él y sacudieron la cámara de televisión.
¿Adónde nos lleva todo esto? En las primeras horas de este sábado observé,
al otro lado del Tigris, la pira funeraria a la que quedaron reducidos el
Palacio Republicano de Bagdad y el ministerio vecino. El fuego había dejado
su marca por todo Bagdad y el cielo parecía descender sobre nosotros al
mezclarse con el humo que cubría la ciudad. Las llamas envolvían las
paredes de ese palacio fortificado y amurallado, dándole el aspecto de un
castillo medieval incendiado; era Mesopotamia en el momento de su
destrucción, como lo ha sido tantas veces durante tantos miles de años.
Xenofonte golpeó el sur de esta tierra; Alejandro atacó el norte. Los
mongoles saquearon Bagdad. Luego llegaron los califas. Después los otomanos
y posteriormente los británicos. Todos ellos ya se fueron y ahora vienen
los estadunidenses. No se trata de legitimidad, es algo mucho más seductor
que eso y que el mismo Saddam entiende muy bien. Es una forma especial de
poder. El mismo que todos los conquistadores de Irak han deseado ostentar a
medida que han arrasado e invadido esta tierra de añejas civilizaciones.
La tarde del sábado los iraquíes encendieron hogueras de petróleo en varios
puntos de Bagdad con la esperanza de desviar el sistema de guía de los
misiles crucero. Humo contra computadoras. Las sirenas de alarma comenzaron
a aullar de nuevo cerca de las 6:30, hora local, seguidas por el
absolutamente predecible ruido de explosiones.
© The Independent Traducción: Gabriela Fonseca
***
Confusión entre los informes dados a conocer por ambos bandos
Con errores angloestadunidenses el gobierno iraquí monta su propaganda
Los reporteros incrustados están sujetos a una censura destinada a confundir
por ROBERT FISK
Bagdad, 23 de marzo.
Hasta ahora los ejércitos angloestadunidenses han entregado su propaganda a
los iraquíes en bandeja de plata. Primero, el sábado se nos dijo, por
cortesía de la BBC, que Um Qasr, el pequeño puerto del Golfo, había
"caído". Por qué las ciudades deban "caer" en la BBC es un misterio para
mí; la frase viene de la Edad Media, cuando las murallas de las ciudades
literalmente se venían abajo durante los sitios. Luego se nos dice, una vez
más en la BBC, que Nasariya había sido capturada. Después su corresponsal
"incrustado" nos informó -y aquí se despertaron mis sospechas de
periodista- que había sido "asegurada". Los reporteros "incrustados" son
los que viajan con las fuerzas estadunidenses o británicas, y están sujetos
a una censura destinada a confundir a los escuchas de la BBC no sólo en
Gran Bretaña, sino en todo el mundo.
Por qué la BBC debe utilizar esa expresión meretriz castrense de
"asegurada" también es un misterio para mí. "Asegurada" pretende sonar como
"capturada". Pero casi invariablemente significa, en la especie de jerga
que han adoptado los reporteros "incrustados", que una ciudad ha sido
pasada de largo o medio rodeada o, cuando mucho, que el ejército invasor ha
logrado apenas entrar en sus suburbios. Y, claro, a la vuelta de 24 horas
la ciudad musulmana chiíta que se levanta al oeste de la confluencia de los
ríos Eufrates y Tigris resultó estar bastante poco "asegurada", de hecho
nadie había penetrado en ella en forma alguna, porque al menos 500 soldados
iraquíes, apoyados por tanques, seguían combatiendo allí.
En un momento del sábado, la BBC nos mostró a un reportero "incrustado"
transmitiendo "desde Basora". Este reporte se hizo añicos cuando el
corresponsal reconoció que no estaba "precisamente en Basora"; por eso
después el presentador de noticias de la cadena en Londres lo despidió como
corresponsal "en el sureste de Irak". Ni más ni menos. Pero lo que importa
no son las tonterías que estos periodistas intentan hacernos tragar en
estos asuntos, sino el tesoro en puntos a favor que están regalando a los
iraquíes con ellas. Con qué júbilo nos informó hoy el vicepresidente iraquí
Taha Yassin Ramadan: "dijeron que habían capturado Um Qasr, pero ahora
ustedes saben que es mentira". Con qué felicidad el ministro iraquí de
Información alardeó hoy de que Basora sigue "en manos iraquíes", que
"nuestras fuerzas" en Nasariya siguen combatiendo.
Y bien que podían alardear, pues, pese a toda la faramalla que hacen los
estadunidenses y británicos en Qatar, lo que los iraquíes decían en cuanto
a estos temas es cierto. Las usuales afirmaciones iraquíes de naves aéreas
y británicas derribadas -de las que cuatro fueron supuestamente
"alcanzadas" en Bagdad y una cerca de Mosul- tuvieron cierta credibilidad
gracias a la capacidad iraquí de probar que el colapso de sus fuerzas en el
sur era falso, sin contar las imágenes de sus prisioneros difundidas esta
noche. De hecho el gobierno iraquí está montando poco a poco su propio acto
de propaganda y fue capaz hoy -por cortesía de un alto oficial del
ejército, presentado en vivo (el general Hazim a-Rawi)- de leer en voz alta
lo que dijo ser los tres partes más recientes de sus unidades militares en
Basora y en los pantanos del norte. En ellos se informaba que 77 civiles
habían sido "martirizados" por bombas de racimo lanzadas sobre Basora.
No se trata nada más de la confusa información que presentan estadunidenses
y británicos: está también lo que sabemos que no se nos ha informado.
Sabemos, por ejemplo, que los estadunidenses están utilizando una vez más
municiones de uranio empobrecido (DU, por sus siglas en inglés) en Irak,
como hicieron en 1991. Antes del inicio de la guerra aseguraban que
intentaban usar esas armas, las cuales son fabricadas con desechos de la
industria nuclear -para perforar blindajes- y, según creen miles de
enfermos del síndrome de la guerra del Golfo, así como médicos iraquíes,
son causantes de una epidemia de distintos tipos de cáncer. Hoy, la BBC nos
informó que los marines de Estados Unidos habían utilizado aviones A-10
para hacer frente a "focos de resistencia" -un poco más de jerigonza
militar en esa cadena-, pero no mencionaron que el A-10 utiliza municiones
de DU. Así que por primera vez desde 1991 nosotros, los occidentales,
estamos rociando estos aerosoles de uranio en los campos de batalla del sur
de Irak y nadie nos
informa de ello. ¿Por qué no?
¿Y de dónde, por Dios, han sacado esa torcida y totalmente deshonesta frase
de "fuerzas de coalición"? No hay ninguna "coalición" en esta guerra en
Irak. Están los estadunidenses, los británicos y unos cuantos australianos.
Nada más. La "coalición", como la de la guerra de 1991, no existe. La
"coalición" de naciones dispuestas a "ayudar" en este conflicto ilegítimo
comprende, según un vasto esfuerzo de imaginación, hasta a Costa Rica y
Micronesia y, supongo, a la pobre Irlanda neutral, con sus derechos de
tránsito para los aviones militares estadunidenses en Shannon. Pero no son
fuerzas de coalición. ¿Por qué la BBC utiliza esa frase? ¿Por qué, repito?
Incluso en la Segunda Guerra Mundial, que tantos periodistas tienen la
impresión de estar cubriendo ahora, no utilizábamos esa mentira. Cuando
desembarcamos en la costa de Noráfrica, en la Operación Antorcha, lo
llamamos "desembarco angloestadunidense".
Y esta es una guerra angloestadunidense, nos guste o no, y en esto incluyo
a los "incrustados". Los iraquíes son lo bastante listos para recordarlo.
Al principio anunciaron que los soldados estadunidenses o británicos que
capturaran serían tratados como mercenarios, decisión que Saddam
prudentemente corrigió hoy, al señalar que todos serían tratados "conforme
a la Convención de Ginebra".
Haciendo un recuento de lo que sabemos, éste no ha sido un gran fin de
semana para Bush y Blair. Tampoco, claro, para Saddam, aunque lleva jugando
a la guerra más o menos la mitad de los años que Blair tiene de vida. Uno
de nuestros Tornados ha sido derribado por los estadunidenses -después de
que los británicos perdieron hombres en tres desastres de helicópteros- y
aún no hemos capturado la primera población desde que dejamos la frontera
con Kuwait. E incluso esos reporteros que han tratado con gran valentía de
ver por sí mismos lo que ocurre sin protección de sus ejércitos -por
ejemplo un equipo de la ITV cerca de Nasariya- están en peligro mortal de
su vida.
Así pues, he aquí una pregunta de alguien que creía, hace sólo una semana,
que Bagdad podía venirse abajo, que podíamos despertar una mañana y
encontrar que la milicia baacista y el ejército iraquí se habían ido y que
los estadunidenses patrullaban la calle Saddam con el rifle al hombro. Si
los iraquíes pueden aún resistir después de cuatro días contra una fuerza
tan abrumadora en Um Qasr, si pueden seguir combatiendo en Basora y
Nassariya -ciudad esta última que se alzó en triunfante revuelta contra
Saddam en 1991-, ¿por qué las fuerzas de Saddam no habrían de seguir
combatiendo en Bagdad? Cierto, la historia iraquí no estará completa sin un
nuevo episodio de "martirio" en la batalla eterna del país contra invasores
extranjeros. Sea cual fuere el destino de Saddam, los últimos combatientes
de Um Qasr se volverán en los años por venir hombres de cantos y leyendas.
Hace mucho los egipcios hicieron lo mismo por sus combatientes caídos en
Suez en 1956.
Por supuesto, todo esto puede ser un error de cálculo. La baraja puede ser
más escuálida de lo que creemos. Pero de pronto, este fin de semana la
guerra "fácil y rápida", el conflicto de "conmoción y pavor" -la frase
misma del Pentágono es un lema clásico de las páginas de la vieja revista
nazi Signal- no parece tan realista. Las cosas no van bien. No estamos
diciendo la verdad. Y los iraquíes están sacando el mayor provecho de ello.
©The Independent Traducción: Jorge Anaya
***
Posee tantos detalles militares y estadísticos que hace ver mal al centro
de información de EU
El gobierno iraquí prepara al pueblo para una larga resistencia
Pide "paciencia" una y otra vez a ejército y civiles en un discurso que
"suena como Stalin"
por ROBERT FISK
Bagdad, 24 de marzo.
Alabemos ahora a los famosos. Eso fue lo que Saddam Hussein se esmeró en
hacer esta mañana. Y procedió a enlistar a los oficiales del ejército y la
armada que encabezan la resistencia contra el ejército angloestadunidense
en Um Qasr, Basora y Nasiriya. El mayor general Mustafá Mahmoud Othman,
comandante de la 11 división; el brigadier Bashir Ahmed Othman, comandante
de la 45 brigada; el brigadier coronel Alí Kalil Iberhim, comandante del 11
batallón de la 45 brigada; el coronel Mohamed Khallaf al-Jabawi, comandante
del segundo batallón de la 45 brigada; el teniente coronel Fathi Rani
Majid, comandante del tercer cuerpo del ejército... y así sucesivamente.
"Tengan paciencia", decía una y otra vez. Catorce veces en total pidió al
ejército y al pueblo tener paciencia. "Venceremos... saldremos victoriosos
frente al mal." Pacientes pero confiados en la victoria. Combatiendo al
mal. ¿No era esa la forma en que el presidente Bush animaba a su propia
gente unas horas antes? En otros momentos Saddam Hussein sonaba como su
héroe, José Stalin. "Han venido a destruir nuestro país y debemos resistir
y destruirlos, defender a nuestro pueblo y nuestro país... Rebánenles la
garganta... vienen a apoderarse de nuestra tierra. Pero cuando intentan
entrar en nuestras ciudades, tratan de rehuir la batalla con nuestras
fuerzas y quedar fuera del alcance de nuestras armas."
¿Seguía este discurso el modelo de la Gran Guerra Patria, la defensa de la
madre Rusia en tiempos del tío José? Y si no, ¿cómo explicar -hablemos con
franqueza- el valor de esos cientos de soldados iraquíes que aún resisten
bajo los ataques aéreos y terrestres estadunidenses? Pueblo, partido,
patriotismo. Las tres pes se repetían una y otra vez como un estribillo en
el discurso de Saddam -leído por el presidente ante las cámaras de
televisión- junto con una amarga advertencia: mientras menos puedan avanzar
por tierra las fuerzas británicas y estadunidenses, con más brutalidad
usarán su poderío aéreo.
¿Qué se siente vivir en estos días en la futura Stalingrado de Saddam? Muy
temprano esta mañana regresaron los misiles crucero y los aviones. Grandes
explosiones atronaron a lo largo y ancho de Bagdad, todavía en penumbra.
Uno de los Tomahawks se estrelló en el suelo en la Universidad
al-Mustansiriya -dijeron que un estudiante murió y 25 resultaron heridos-,
pero otros no sabemos dónde cayeron, ni el gobierno iraquí estaba de humor
para contárnoslo.
Hubo otros sonidos en horas tempranas. Una ráfaga de fuego de armas
automáticas en el malecón del Tigris -intentos de capturar a dos aviadores
británicos que escapaban, según las autoridades- y después una batalla en
plena escala no lejos de la ciudad, a las 2:30 de la mañana. Corrieron
rumores de que hombres armados vinieron de Ciudad Saddam -la gran ciudad
perdida chiíta en el extremo de la capital- y que habían sido interceptados
por agentes de seguridad del Estado. No hubo "confirmación independiente".
Una versión de que habían cortado la línea de ferrocarril al norte de
Bagdad fue desmentida.
Pero la cantidad de detalles militares y estadísticos que presentan las
autoridades iraquíes comienza a hacer ver como tontos a los chicos del
centro de información estadunidense. La noche del domingo el ministro
iraquí de Defensa, Sultan Hashem, proporcionó un notable breviario de
guerra, nombrando las unidades que participaban en la línea de combate: el
tercer batallón de la 27 brigada se sostenía en Suq ash-Shuyuk, al sur de
Nasariya, el tercer batallón del tercer ejército resistía en el perímetro
de Basora. Y recordé que estos generales daban idénticos reportes durante
la terrible guerra de 1980-1988 contra Irán. Cuando salíamos a verificar
sus datos, casi siempre resultaban ciertos.
¿Será lo mismo ahora? El general Hashem insistió repetidas veces en que sus
hombres destruían tanques, vehículos armados y helicópteros estadunidenses.
Fue fácil descartar tales asertos... hasta que la pantalla de televisión
mostró el video de dos vehículos estadunidenses de transporte de tropas
envueltos en llamas. El vicepresidente Taha Yassin Ramadan fue tan
complaciente que explicó el orden de batalla iraquí y las tácticas del
ejército. Era política iraquí, dijo, dejar que las tropas
angloestadunidenses "vagaran" por el desierto cuanto quisieran, y atacarlas
cuando intentaran entrar en las ciudades. Y al parecer eso es precisamente
lo que están haciendo.
Desde Bagdad, con su siniestra bóveda de humo negro y las sirenas
advirtiendo día y noche sobre ataques aéreos, el plan estadunidense parece
similar: recorrer el desierto en forma paralela al valle del Tigris y el
Eufrates y tratar de meterse a cada ciudad que se atraviese en el camino.
Si hay problemas en Um Qasr, probemos en Basora. Si Basora está bloqueada,
hagamos el intento en Nasiriya. Si resulta peligroso, demos vuelta a la
derecha, hacia Najaf. Pero el camino abierto -la larga carretera a Bagdad
flanqueada por admiradores iraquíes que arrojan flores al paso de los
soldados estadunidenses y británicos- está resultando una ilusión. Este
martes los estadunidenses podrían amanecer en el desierto, a escasos 30
kilómetros de la ciudad, pero en términos militares, a menos que se abran
paso combatiendo, será como si estuvieran de vuelta en Kuwait.
Quizás, en términos estadunidenses y británicos, esta sea una evaluación
demasiado pesimista. Viviendo en Bagdad no sólo es fácil darse cuenta de lo
errados que estaban en sus cálculos los estadunidenses y británicos, sino
también es posible imaginar cuánto tiempo podrán resistir Saddam, su
ejército y las milicias de su partido Baaz, pensamiento reconfortante para
los que nos encontramos estacionados en la capital iraquí y nos damos
cuenta cabal de que el simbolismo de Stalingrado podría volverse una
patética realidad.
Y las tácticas de Saddam son sin duda las de Stalin. Resistan. No se
rindan. Cada día que pasa es un dolor más para Washington y Londres.
Se podía observar esta confianza hoy, cuando habló Mohamed Said al-Sahaff,
el ministro de Información. Sobre Blair tuvo un comentario jocoso: "Creo
que la nación británica jamás había sufrido una desgracia como este amigo".
Y luego presentó una lista de bajas, la cual -por imaginativa que pudiera
resultar después- fue totalmente creíble para el iraquí promedio o para
cualquier otra persona. Civiles muertos y heridos, respectivamente: en
Bagdad, 194 heridos (13 menos que los estimados originalmente): en Nínive,
ocho heridos: en Kerbala, 10 muertos y 32 heridos: en Salaheddin, dos
muertos y 22 heridos. En Najaf las cifras fueron dos y 36, en Quaddisiya
cuatro y 13, en Basora cuatro y 122: en Babilonia, según el gobierno, 30
muertos y 64 heridos.
En total, 62 civiles muertos: si las estadísticas son correctas, se diría
que no representan una matanza. Pero no hay nada sorprendente en tal cifra,
y menos cuando caemos en cuenta de que Basora -ahora bajo fuego de
artillería británico- lleva 72 horas sin agua corriente ni luz eléctrica.
Hasta ahora la situación pinta como que estadunidenses y británicos están
sudando sangre para "liberar" a un pueblo que no tiene muchas ganas de que
lo liberen estadunidenses y británicos. Un problema moral, sin duda. Pero
no tanto como sería si todo este sufrimiento iraquí a manos de
estadunidenses y británicos resultara tener por causa el petróleo.
© The Independent Traducción: Jorge Anaya
***
Los iraquíes, desafiantes pese a los bombardeos de saturación de los B-52
En peligro, la suerte del general Franks si la victoria se tarda
Pide Bagdad un boicot petrolero de países árabes contra EU y GB, y retirar
a sus embajadores
por ROBERT FISK
Bagdad, 25 de marzo.
Durante toda la noche se escucharon los bombardeos de saturación de los
B-52. Era un prolongado y sordo estruendo que duraba varios minutos. Los
objetivos -presumiblemente guardias republicanas- deben haber es-tado a
unos 48 kilómetros de distancia, pero cada vez que el ominoso y oscuro
sonido comenzaba, la presión del aire cambiaba en la pequeña habitación en
la que me hospedo, cerca del río Tigris. Puse unas flores en un jarrón
cerca de la ventana y el agua se agitó levemente durante to-da la noche por
las vibraciones de la tierra y el aire. "Que Dios haya salvado a esa
gente", pensaba yo.
"Si tenemos a nuestros soldados en el frente -nos había dicho hoy el
viceprimer ministro, Tarek Aziz, horas antes- no los íbamos a tener a todos
formados para que les dispararan, ¿verdad?" Todos nos reímos por este
chiste. Pero durante los ataques yo ya no me reía. De seguro la guardia
pretoriana de Saddam no se encontraba sentada en el desierto mientras la
bombardeaban a bordo de tanques avanzando, con los soldados a plena vista.
Entonces, ¿a qué le estaban apuntando los B-52?
De vez en cuando me asomaba por la ventana. A lo lejos, en dirección al
suroeste, se podía ver un pálido y peligroso resplandor rojo, durante un
segundo, o cinco. A veces este resplandor se extendía hasta cubrir una
superficie de unos 40 metros cuadrados, y de pronto se evaporaba; su
penumbra se convertía nuevamente en oscuridad. Los marines de avanzada se
encontraban a sólo 96 kilómetros de Bagdad, informó la BBC en las primeras
ho-ras de hoy. A mí me parecía creíble.
Drama terrible
Las largas horas de oscuridad son difíciles para los iraquíes. Juegan a las
cartas. Duermen cuando el silencio entre los bombardeos se los permite. Por
las noches leo una biografía de Tomás Moro que me parece cada vez más
peligrosamente apropiada, en medio de este drama terrible. A sólo unos
metros de mi habitación hay una inmensa estatua de Saddam Hussein, que con
el brazo derecho en alto saluda a su pueblos fantasmal; la mano izquierda
está firmemente en su costado, como si estuviera en un desfile.
El joven Tomás Moro habría comprendido su significado, pues nos dice que un
tirano es un hombre que no le concede libertad a su pueblo y a quien,
"inflado en su orgullo, lo mueve el deseo de poder, la codicia y lo provoca
la sed de fama".
Aun así, la mañana de hoy, a 32 kilómetros de Bagdad, los iraquíes promedio
se expresaron en los mismos términos de George W. Bush, en momentos en que
no nos acompañaban los "guardaespaldas" que siguen cada uno de nuestros pasos.
Yo me encontraba en el lugar que pronto podría convertirse en el principal
frente de Bagdad, tal vez a 16 kilómetros del lugar que esta noche
bombardeaban los B-52 y a 48 kilómetros de los marines estadunidenses más
próximos. A mis espaldas, nubarrones de humo negro cubrían el cielo,
provenientes de los pozos petroleros en llamas. Una feroz tormenta de arena
nos arrojaba polvo a la cara y daba al cielo un color na-ranja oscuro y
sanguinolento. El suelo temblaba levemente a medida que se aproximaban los
B-52.
Un ejecutivo iraquí tiene sus oficinas cerca de ese lugar y quería
ex-plicar lo minúscula que es la victoria que los estadunidenses están
proclamando: "A lo largo de la historia, Irak ha sido llamada Mesopotamia,
que significa 'tierra entre dos ríos'. Así que si no te encuentras entre
dos ríos, significa que no estás en Irak. El general Franks sabe esto".
Desgraciadamente para este hombre de negocios, en el momento en que
hablábamos los marines estadunidenses cruzaban el Eufrates, bajo fuego, en
Nasiriya, mientras mujeres y niños abandonaban sus hogares bajo los
puentes. Aun así, para la noche del martes sólo unos 50 tanques
estadunidenses habían logrado llegar a la ribera oeste y ya estaban en
"Mesopotamia". Esto no arruinó el entusiasmo de este hombre.
"¿Se imagina usted el efecto que tendría para los árabes si Irak logra
salir intacto de esta guerra?", me preguntó. "Le tomó sólo cinco días a
Israel derrotar a todos los árabes en 1967. Los iraquíes llevamos cin-co
días combatiendo a los estadunidenses todopoderosos y todavía conservamos
todas nuestras ciudades y no nos rendimos. Y sólo imagínese qué pasaría si
Irak se rindiera. ¿Cómo podría la dirigencia siria rechazar las exigencias
de Israel? ¿Qué posibilidad les quedaría a los palestinos de negociar un
acuerdo de paz justo con los israelíes? Si a los estadunidenses no les
importa que los palestinos logren un acuerdo justo, ¿por qué querrían dar
un acuerdo justo a los iraquíes?"
El que hablaba no era un miembro del partido Baaz. Tenía títulos otorgados
por universidades británicas.
Un colega suyo tenía un punto de vista aún más convincente. "Nuestros
soldados saben que no obtendrán un acuerdo justo de los estadunidenses",
dijo. "Es importante que estén conscientes de ello. Puede ser que no nos
guste nuestro régimen. Pero luchamos por nuestro país. A los rusos no les
gustaba Stalin, pero pelearon bajo sus órdenes contra los invasores
alemanes. Tenemos una larga historia de estar luchando contra los poderes
coloniales, especialmente los británicos. Ustedes aseguran que vienen a
'liberarnos'. Pero no entienden nada. Lo que está ocurriendo es que estamos
comenzando una guerra de liberación contra los estadunidenses y los
británicos".
Otro hombre de negocios quería hablar sobre Saddam: "Lo que nos importa a
los árabes es la dignidad. La mitad de Los siete pilares de la sabiduría,
de Lawrence, habla de la dignidad árabe. Hay razones históricas por las
que, en nuestras tierras, el populismo ha triunfado sobre la democracia.
Saddam nos ha dado una sociedad segura. Estoy seguro siempre y cuando no
confronte al régimen. Saddam puede ser muy severo con los disidentes
políticos, pero también lo es con los criminales o con cualquiera que nos
agreda, incluidos los estadunidenses".
El silencio de la ONU
El vicepresidente Taha Yassin Ramadan fue más retórico. Habló de "la
pérfida agresión e invasión" y exigió que los estados árabes declaren un
boicot petrolero contra Estados Unidos y Gran Bretaña, o que al menos
retiren a sus embajadores de sus representaciones en Washington y Londres.
¡Qué esperanzas!
Mohamed Saleh, ministro de Comercio, acusó al secretario general de la
Organización de Naciones Unidas, Kofi Annan, de plegarse a las presiones
estadunidenses para impedir que navíos que transportan víveres y
medicamentes del programa Petróleo por Alimentos desembarquen en Irak.
"No necesitamos asistencia humanitaria", anunció Saleh, quien insistió en
que Bagdad está enviando diariamente a Basora 20 camiones cargados de
harina. Afirmó también que el fuego enemigo ya incendió una bodega de
harina en esa ciudad.
Pero había otras versiones provenientes del sur que preocupaban a los
iraquíes. Por ejemplo, ¿cómo fue que cien iraquíes que estaban desplegados
a lo largo de 16 kilómetros de la carretera hacia el norte con dirección a
Nasiriya resultaron muertos? Un corresponsal francés describió el olor de
carne quemada cuando pasó por ahí, y añadió que no se sabía si los
cadáveres eran de soldados o civiles. ¿Qué le pasó a estos muertos?, se
preguntan los iraquíes. Casi todas las guerras en Medio Oriente terminan en
matanzas, es una espantosa rutina que pesa enormemente en la mente de todos.
Al anochecer de hoy la presión del aire cambió nuevamente cuando regresaron
los B-52. Cuando volví a Bagdad me hice de algunas manzanas y plátanos que
devoré frente a la ventana de mi habitación. Volveré a mi lectura de Tomás
Moro. Pero me persigue una extraña idea. Si esta guerra continúa para
cuando yo llegue al final del libro, si los bombardeos y ataques aéreos
persisten para cuando a Moro le corten la cabeza, será muy probable que
también ruede la del general Tommy Franks.
© The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca
***
¿Cómo puede Bush masacrar a un pueblo que dice querer liberar?, se
preguntan en Bagdad
Matan dos misiles de EU a decenas de iraquíes en un barrio pobre
Restos calcinados de una madre y sus tres hijos y cadáveres mutilados, un
espectáculo dantesco
Por lo menos 15 autos estallaron en llamas y sus ocupantes murieron
cremados, señalan testigos
por ROBERT FISK
Bagdad, 26 de marzo.
Fue un escándalo, una obscenidad. La mano cercenada en la puerta metálica,
el charco de sangre y arena en el camino, los sesos humanos en el garaje,
los restos calcinados de una madre iraquí y sus tres hijos pequeños en el
auto aún humeante. Dos misiles disparados por un solo jet estadunidense los
mató a todos: más de 20 civiles iraquíes volados en pedazos antes que
pudieran ser liberados por el país que les arrancó la vida. ¿Quién se
atreve, me pregunto, a llamar a esto "daño colateral"?
La calle Abú Taleb estaba repleta de peatones y automovilistas cuando el
piloto estadunidense se acercó entre la densa tormenta de arena que esta
mañana cubrió el norte de Bagdad con un velo de polvo y lluvia de color
rojo y amarillo.
Es un barrio pobre y polvoriento -en su mayoría de musulmanes chiítas, ese
pueblo que George W. Bush y Tony Blair todavía confían en que se levantará
contra Saddam Hussein-, lugar de grasientos talleres mecánicos de
automóviles, de atestados edificios de de-partamentos y de cafés baratos.
Todas las personas con las que hablé oyeron el avión. Un hombre,
conmocionado por los cuerpos decapitados que acababa de ver, apenas pudo
decir cuatro palabras: "Un rugido, una luz", que repetía una y otra vez y,
al fin, cerró los ojos con tal fuerza que se le arrugaron los músculos que
los rodean.
Carnicería humana
¿Cómo dar cuenta de un suceso tan terrible? Quizá un informe médico sería
más apropiado. Sin embargo, se prevé que la cuenta mortal llegará
finalmente a cerca de 30 y ahora los iraquíes presencian a diario estos
horrores, así que no hay razón para no decir la verdad, toda la verdad de
lo que ven.
Mientras caminaba hoy por el lugar de esta matanza se me ocurrió otra
pregunta: si esto es lo que estamos viendo en Bagdad, ¿qué pasará en
Basora, Nasiriya y Kerbala? ¿Cuántos civiles están muriendo allá también,
en forma anónima, sin que nadie lo informe porque no hay reporteros que
atestigüen su sufrimiento?
Abú Hassán y Malek Hammoud preparaban la comida para los parroquianos del
restaurante Nasser, en el costado norte de la calle Abú Taleb. El misil que
los mató cayó justo al lado del carril de dirección oeste, y la explosión
arrancó el frente del café y cortó en pedazos a ambos hombres, el primero
de 48 años de edad y el segundo de sólo 18.
Uno de sus compañeros de trabajo me guió por los escombros. "Es todo lo que
queda de ellos", dijo, mostrándome una charola de hornear que goteaba sangre.
Por lo menos 15 automóviles estallaron en llamas y todos sus ocupantes
murieron incinerados. Varios hombres jaloneaban desesperadamente la puerta
de otro vehículo que se incendiaba en medio de la calle, el cual había sido
volcado por el mismo misil.
Se vieron obligados a mirar con impotencia cómo los ocupantes, una mujer y
sus tres hijos, eran cremados vivos frente a ellos.
El segundo misil dio de lleno en el carril de dirección este y lanzó trozos
de metal hacia los tres hombres que estaban sentados afuera de un conjunto
de departamentos de concreto, en cuyo muro exterior se lee "Esto es
propiedad de Dios", escrita con gis.
El conserje del edificio, Hishem Danún, corrió a la puerta tan pronto
escuchó la terrible explosión. "Allí encontré a Ta'ar hecho pedazos", me
dijo. La cabeza le había sido arrancada. "Esa es su mano."
Un grupo de hombres y mujeres jóvenes me llevó a la calle y allí, en una
escena de película de ho-rror, estaba la mano cortada a la altura de la
muñeca, con los dedos sujetando una teja de hierro.
Su joven colega Sermed murió al instante. Sus sesos se veían amontonados
unos metros más allá, una masa de color gris y rojo pálido detrás de un
auto incendiado. Am-bos era empleados de Danún, al igual que un portero del
edificio, quien también pereció. Conforme cada sobreviviente hablaba las
víctimas recobraban su identidad.
Estaba el dueño del taller eléctrico, muerto detrás de su mostrador por el
mismo misil que acabó con Ta'ar, Sermed y el portero, así como una
jovencita que estaba parada en la zona peatonal del centro de la calle,
tratando de cruzar, el conductor de un camión que iba a unos metros del
lugar del impacto y el limosnero que llegaba todos los días a pedirle pan a
Danún y acaba de salir de allí cuando los misiles aparecieron rugiendo
entre la tormenta de arena para destruirlos.
En Qatar las fuerzas angloestadunidenses -olvidemos esa tontería de la
"coalición"- anunciaron una investigación. El gobierno iraquí, el único que
se beneficia con el valor propagandístico de semejante baño de sangre,
naturalmente denunció la matanza y fijó en principio en 14 el número de
víctimas mortales.
¿Cuál era el verdadero blanco? Algunos iraquíes dijeron que ha-bía un
campamento militar a menos de kilómetro y medio de la calle, aunque no pude
hallarlo. Otros hablaban de un cuartel local de bomberos, pero éste
difícilmente podría describirse como objetivo militar.
Cierto, se había realizado un ataque menos de una hora antes a un campo
militar situado al norte. Pasaba yo en mi auto por la base cuando dos
cohetes estallaron y vi a soldados iraquíes salir corriendo de las puertas
hacia la avenida para ponerse a salvo.
Luego escuché dos explosiones más: las de los misiles que dieron en la
calle Abú Taleb.
Matar con alegría
Por supuesto, el piloto que mató hoy a esos inocentes no podía ver a sus
víctimas. Disparan por medio de coordenadas alineadas por computadora y la
tormenta de arena pudo haber ocultado la calle.
Pero cuando uno de los amigos de Malek Hammoud me preguntó cómo podían los
estadunidenses matar tan alegremente a quienes dicen querer liberar, no le
interesaba saber sobre la ciencia de la aeronáutica ni sobre los sistemas
de dirección de armas.
¿Por qué habría de interesarle? La cuestión es que esto ocurre día a día en
Bagdad. El lunes una familia entera de nueve miembros fue barrida en su
casa, cerca del centro de la ciudad. El martes se informó de la muerte de
todos los pasajeros civiles de un autobús en un camino a sur de Bagdad.
Apenas hoy los iraquíes se enteraron de la identidad de cinco civiles
asesinados en un autobús sirio que fue atacado por aviones estadunidenses
cerca de la frontera con Irak, el fin de semana.
La verdad es que nadie está seguro en Bagdad y que, a medida que
estadunidenses y británicos estrechen el cerco sobre la ciudad, en los
próximos días u horas ese simple mensaje se volverá cada vez más real y más
sangriento.
Podríamos ponernos el ropaje de la moralidad para explicar por qué esas
personas tenían que morir. Murieron a causa del 11 de septiembre de 2001,
por las "armas de destrucción masiva" de Saddam Hussein, por las
violaciones a los derechos humanos, por nuestro desesperado deseo de
"liberarlos" a todos. No confundamos el tema con el petróleo.
Sea como fuere, apuesto que se dirá que Hussein es el responsable final de
estas muertes. Por supuesto, no mencionaremos al piloto.
© The Independent Traducción: Jorge Anaya
***
Más de 350 civiles muertos y 4 mil heridos, desde que comenzó el ataque:
Bagdad
Demoledor video de Al Jazeera muestra que Basora sigue bajo control iraquí
Secuencias sin editar dan cuenta de que ancianos, niños y mujeres, sobre
todo, son las víctimas
por ROBERT FISK
Bagdad, 27 de marzo.
Dos soldados británicos yacen muertos en una carretera de Basora; una
pequeña niña iraquí, víctima de un bombardeo aéreo angloestadunidense, es
ingresada en un hospital con los intestinos saliendo de su abdomen; una
mujer con terribles heridas grita en su agonía mientras los médicos tratan
de quitarle el vestido negro que lleva. Un general iraquí, rodeado por
cientos de sus hombres armados, está en el centro de Basora y anuncia que
la segunda ciudad más importante de Irak permanece invicta y en manos
iraquíes.
El video de Al Jazeera -filmado durante las pasadas 36 horas y recién
llegado a Bagdad- es crudo, doloroso y devastador. También es una prueba de
que Basora -que según reportes de prensa había sido "capturada y asegurada"
por las tropas británicas la semana pasada- permanece, efectivamente, bajo
el control de las fuerzas de Saddam Hussein.
Pese a las aseveraciones de funcionarios británicos en el sentido de que se
ha desatado una especie de levantamiento en Basora, autos y autobuses
siguen circulando por las calles, mientras los iraquíes se forman
pacientemente para adquirir tanques de gas que distribuye un camión del
gobierno.
Una parte de la cinta de video muestra bolas de fuego expandiéndose en el
oeste de Basora y las explosiones producidas por proyectiles,
presumiblemente lanzados por los británicos.
La breve secuencia de los soldados británicos muertos -por la cual Tony
Blair expresó su horror este jueves- no es muy distinta de docenas de
imágenes similares que muestran a soldados iraquíes muertos y que se han
transmitido durante 12 años en la televisión británica. Estas imágenes
nunca provocaron expresiones de condena por parte del primer ministro
británico. Los dos ingleses, aún con el uniforme, yacían en una carretera,
con brazos y piernas abiertos; uno de ellos aparentemente fue herido en la
cabeza, y el otro, en pecho y abdomen.
Otra secuencia en la misma cinta muestra a una multitud de civiles en
Basora y a hombres armados vestidos de civil pateando el jeep de los
soldados británicos con placas HP5AA y bailando encima del vehículo. Otros
hombres patean un tráiler del Ministerio de Defensa, con placas 91KC98, que
el jeep remolcaba cuando, presumiblemente, fue emboscado.
En la cinta sin editar -que llegó de Basora a Bagdad por un camino abierto-
también aparece un avión de reconocimiento británico sin piloto, con
círculos rojos y azules visibles en un ala, que fue derribado y quedó
volteado en un camino. También podía verse la palabra "ARMY" rotulada sobre
el aparato y el código ZJ300 en la cola, así como una protuberancia
cilíndrica que probablemente contiene la cámara fotográfica del avión.
Víctimas civiles
Pero mucho más terrible que las tomas de los soldados británicos muertos
son los fragmentos que contienen escenas captadas en el hospital más grande
de Basora en momentos en que las víctimas de un bombardeo
angloestadunidense son ingresadas a los quirófanos gritando de dolor.
Un hombre de mediana edad vestido en pijama llega al hospital bañado en
sangre de pies a cabeza. Una niñita, quizá de cuatro años, entra al
quirófano en camilla mirando sus intestinos que salen del lado izquierdo
del abdomen. Un doctor de uniforme azul vierte agua sobre las entrañas de
la niña y suavemente le aplica un vendaje antes de comenzar la cirugía. Una
mujer de negro, quien aparentemente tiene una herida en el estómago, grita
cuando los médicos intentan desvestirla antes de operarla.
En otra secuencia vemos un rastro de sangre que se origina en el lugar
donde hizo impacto un proyectil, presumiblemente británico. Junto al cráter
hay un par de pantuflas de plástico.
Las cintas de Al Jazeera, jamás vistas en su mayor parte, son la primera
prueba viva de que Basora aún está fuera del control británico. No sólo
permanece abierta una de las principales vías hacia Bagdad, sino que además
el general iraquí Khaled Hatem es esntrevistado en una calle de Basora
rodeado de cientos de sus hombres, uniformados y armados, y afirma que sus
fuerzas "jamás" se rendirán ante los enemigos de Irak. También puede verse
en las calles a milicianos armados del partido Baaz, donde los policías
están dirigiendo el tránsito cerca del hotel Sheraton, en el centro de Basora.
Mohammed Al Abdullah, corresponsal de Al Jazeera en Basora, debe ser el
periodista más valiente en Irak en estos momentos. En las tres cintas se le
puede ver, bajo fuego, entrevistando a familias, e informando
tranquilamente sobre el bombardeo de artillería británico que está por
empezar.
Una cinta muestra que el Hotel Sheraton, ubicado a orillas del río Chatt el
Arab, ha sufrido daño de proyectiles. En la ribera, junto a una estatua en
la que mártires iraquíes de la guerra de 1980-88 están apuntando un dedo
acusador hacia Irán, puede verse a los habitantes de Basora llenando
bidones en el río contaminado de aguas negras.
Hace cinco días, el gobierno iraquí dijo que 30 civiles habían muerto y
otros 63 resultaron heridos en Basora. Este jueves las autoridades dijeron
que desde que comenzó la guerra están heridos 4 mil civiles y más de 350
han muerto. Pero la cinta de Abdullah muestra que al menos otros siete
cuerpos han llegado a la morgue del hospital de Basora en las pasadas 36
horas. Uno de ellos, de cuya cabeza aún salía sangre que empapó el piso de
la morgue, fue identificado como el corresponsal árabe de una agencia de
noticias occidental.
En otras desgarradoras escenas, el cuerpo parcialmente decapitado de una
niñita lleva aún su mascada roja atada al cuello. A otra pequeña que está
en una camilla le falta el cerebro y la oreja izquierda. A otro niño muerto
le arrancaron los pies. No se indicó si fueron las fuerzas estadunidenses o
las británicas las que mataron a estos niños. Las cintas no dan cuenta de
bajas dentro del ejército iraquí.
Pero en momentos en que las autoridades iraquíes no permiten que reporteros
occidentales visiten Basora, esto es lo más cercano a una evidencia
independiente de que la resistencia en la ciudad continúa y que los
británicos han fracasado en su intento de captura. Durante días, los
iraquíes han desmentido informes optimistas de los reporteros incrustados
-especialmente los de la BBC- que dieron la impresión de que Basora estaba
"asegurada", o de cualquier forma, bajo control británico. Las cintas
comprueban de manera concluyente que esto es falso.
En otra secuencia de los videos aparecen dos hombres, ambos negros, que son
prisioneros de guerra estadunidenses, según las tropas iraquíes. No se les
hacen preguntas, los hombres visten camisas negras y chaquetas idénticas.
Ambos parecen nerviosos, mirando insistentemente tanto al equipo de
filmación como a la multitud de tropas iraquíes que está a sus espaldas.
Desde luego, aún es posible que un pequeño foco de oposición al régimen se
haya levantado en Basora en estos días, como afirman los funcionarios
británicos. Pero al ver las cintas es difícil imaginar que, de haber
ocurrido, esto provocó algo más que un breve tiroteo.
Por lo tanto, los reportes sin editar proveen una dañina prueba de que los
voceros angloestadunidenses no han dicho la verdad sobre la batalla en
Basora. Y al final, esto tendrá consecuencias más demoledoras para los
ejércitos invasores que la imagen de dos soldados británicos muertos, o las
de niños iraquíes muertos, dado que las vidas iraquíes son tan sagradas
como las británicas.
©The Independent Traducción: Gabriela Fonseca
***
Asciende a 62 el saldo mortal del ataque del pasado viernes en Bagdad
Pedazo de metal, prueba de que misil angloestadunidense destruyó un mercado
Siguen bombardeos sobre la capital de Irak; dañan antenas parabólicas del
Ministerio de Información
por ROBERT FISK
Suburbio de Shu'ale, Bagdad, 29 de marzo.
El pedazo de metal tiene sólo 30 centímetros de alto, pero los números que
lleva inscritos dan una pista de la atrocidad más reciente cometida en
Bagdad. Esta tarde la cifra de civiles muertos había llegado a 62 como
mínimo, y el texto cifrado en ese trozo de metal contiene la identidad del
culpable.
Estadunidenses e ingleses se han esforzado este día por insinuar que un
misil antiaéreo iraquí destruyó estas docenas de vidas, y añaden que están
"aún investigando" esta matanza. Pero la clave está en lenguaje occidental,
no árabe. Y muchos de los sobrevivientes oyeron el avión.
Esta mañana en el hospital Al-Noor tenían lugar escenas desgarradoras de
dolor y sufrimiento. Una niña de dos años, envuelta en vendajes y con una
sonda en la nariz y otra en el estómago. Todo lo que pude ver de ella eran
la frente, dos ojitos y la barbilla. Junto a ella, la sangre y las moscas
cubrían un montón de viejos vendajes y torundas. No lejos de ahí, en una
cama sucia, estaba Mohammed Amaid, de tres años de edad, con apretados
vendajes en el vientre, las manos y los pies. Había un gran montón negro de
sangre coagulada al pie de su cama.
Este hospital no cuenta con computadoras y apenas tiene el más primitivo
aparato de rayos X. En cambio el misil estaba guiado por computadoras, y
esa parte vital del fuselaje tenía una cifra en lenguaje de computadora,
que puede ser fácilmente verificado por los estadunidenses... si quieren.
Dice: 30003-704ASB-7492. La letra B está raspada, pudiera ser una H. Se
cree que podría ser un número de serie. Viene seguida por otra clave a la
que los fabricantes de armas se refieren como número de "lote". Dice MFR
96214 09.
El trozo de metal que lleva las claves fue recuperado unos minutos después
de que el misil explotó, al anochecer del viernes, por un anciano cuya casa
estaba a sólo 100 metros del cráter de dos metros de ancho. Ni siquiera las
autoridades iraquíes saben que existe. El misil arrojó trozos de metal
entre la multitud, en particular mujeres y niños, y a través de los muros
de ladrillo barato de las casas del lugar, cercenando extremidades y
cabezas. Por ejemplo, tres hermanos, el mayor de 21 años y el menor de 12,
fueron desmembrados en la sala de su vivienda de adobe, ubicada en la calle
principal, frente al mercado. Dos casas más allá, dos hermanas murieron en
la misma forma.
"Jamás habíamos visto heridas como éstas", me dijo después el doctor Ahmed,
anestesista del hospital Al-Noor. "Estas personas fueron perforadas por
docenas de esquirlas de metal."
Estaba en lo cierto. Un anciano que visité en un pabellón del hospital
tenía 24 hoyos en la parte trasera de las piernas y en los glúteos, algunos
tan grandes como monedas de una libra. Una radiografía que me mostró uno de
los médicos mostraba claramente por lo menos 35 rebabas de metal aún
incrustadas en el cuerpo del viejo.
Como la zona donde ocurrió la matanza del jueves en la avenida principal de
Sha'ab -en la que por lo menos 21 civiles iraquíes perecieron por el
impacto o incinerados por dos misiles lanzados por un jet estadunidense-,
Shu'ale es un vecindario de musulmanes chiítas pobres, en este caso con
tiendas de comida ubicadas en casetas de hierro corrugado o de cemento y
casas de ladrillo de dos piezas. Son precisamente éstos los pobladores que
Bush y Balir esperan que se levanten en insurrección contra Saddam. Sin
embargo, este día la ira estaba dirigida a estadunidenses y británicos, por
ancianas y afligidos padres y hermanos que hablan sin vacilación, ante la
ausencia de los generalmente ubicuos "comisarios" del gobierno.
"Esto es un crimen", me dijo. "Sí, ya sé que dicen que les disparan a los
soldados, pero, ¿ve usted algún militar? ¿Ve misiles aquí?"
Tuve que decirle que no. Unos cuantos periodistas reportaron haber visto el
jueves un misil Scud en un transporte, cerca de la zona de Sha'ab, y que
había armas antiaéreas en los alrededores de Shu'ale. En cierto momento de
esta mañana escuché un jet estadunidense pasar a toda velocidad sobre la
escena de la matanza y alcancé a ver la cauda de un misil tierra-aire que
lo perseguía inútilmente, elevándose sobre las casuchas en el cielo azul
oscuro. Una batería antiaérea -fabricada cerca de 1942- también abrió fuego
a unas calles. Pero aun si los iraquíes colocan o transportan sus
municiones cerca de las ciudades perdidas, ¿justifica eso que los
estadunidenses disparen hacia esos vecindarios sobrepoblados, en zonas que
saben que contienen calles y zonas comerciales atestadas, y a plena luz del
día?
El ataque de la semana pasada en la avenida de Sha'ab fue realizado sobre
una arteria principal a mediodía, durante una tormenta de arena, cuando era
claro que docenas de civiles morirían, sin importar a qué objetivo le
tiraba el piloto.
"Tenía cinco hijos y ahora me quedan sólo dos, ¿y cómo sé si éstos van a
sobrevivir?", me preguntó hoy un hombre de anteojos, de mediana edad, con
quien charlé en la pieza de atrás de su casa, de piso de cemento. "A uno de
mis hijos le dieron en los riñones y el corazón. Tenía el corazón lleno de
esquirlas que entraron por las ventanas. Todo lo que puedo decir ahora es
que me siento triste de estar vivo."
Un vecino interrumpió para decir que había visto el avión con sus ojos. "Vi
el costado del avión y noté que cambiaba de rumbo después de lanzar el
misil." Localizar aviones se ha vuelto parte primordial de la vida
cotidiana en Bagdad. Y al lector de mi diario que tuvo la gentileza de
preguntar la semana pasada si pude ver con mis ojos el avión estadunidense
sobre la ciudad, tengo que decirle que en al menos 65 incursiones aéreas,
pese a mi vista de lince, no he visto realmente un solo avión. Los oigo,
sobre todo en la noche, pero vuelan a velocidad supersónica. En el día, por
lo general, pasan arriba de las nubes de humo negro que se ciernen sobre la
ciudad. Una sola vez localicé un misil crucero -estos misiles y los cohetes
Tomahawk vuelan a sólo 600 kilómetros por hora- y lo vi pasar sobre un
bulevar rumbo al río Tigris. Pero el humo gris que se levanta del suelo
como los dedos de una mano muerta es inconfundible, junto con el estruendo.
Y cuando se les puede encontrar las claves de computadora cuentan su
historia, como sin duda lo harán las del misil que se abatió sobre Shu'ale.
Toda la mañana de hoy los estadunidenses estuvieron atacando de nuevo,
disparando sobre objetivos ubicados en el perímetro de Bagdad, donde las
tropas iraquíes cavan defensas, y en el centro. Un cohete lanzado desde el
aire explotó en el techo del Ministerio de Información, destruyendo un
conjunto de antenas parabólicas. Un edificio de oficinas, desde el que
estaba yo observando el bombardeo, literalmente, se bamboleó varios
segundos durante un ataque prolongado. Incluso en el hospital Al-Noor los
muros temblaban mientras los sobrevivientes de la matanza del centro
comercial trataban de salvar la vida.
Hussein Mnati tiene 52 años y sólo se me quedó viendo -con la cara
tachonada de fragmentos metálicos- mientras las bombas se abatían sobre la
ciudad. Un joven de 20 años estaba sentado sobre la cama de al lado, con el
muñón del brazo izquierdo empapado de sangre y cubierto de vendajes. Sólo
12 horas antes tenía un brazo izquierdo, una mano izquierda, dedos. Ahora
apenas empezaba a recordar lo ocurrido. "Yo estaba en el centro comercial y
no sentí nada", me dijo. "El cohete llegó y yo estaba a la derecha de él, y
luego una ambulancia me llevó al hospital." No sé si los sedantes le habían
calmado el dolor de la amputación o no, pero quería hablar. Cuando le
pregunté su nombre, se incorporó en la cama y gritó: "Me llamo Saddam
Hussein Jassem."
© The Independent Traducción: Jorge Anaya
***
EEUU SE HA ENCONTRADO CON "EL ARMA QUE MÁS TEME"
Por Robert Fisk
Bagdad, 30 de marzo.
El sargento Alí Jaffar Moussa Hamadi al-Nomani fue el primer combatiente
iraquí de quien se haya sabido que realiza un ataque suicida. Ni siquiera
durante el levantamiento contra el dominio inglés llegó algún iraquí a
darse muerte para destruir al enemigo. Al-Nomani era también musulmán
chiíta, miembro de esa misma secta que los estadunidenses tenían fe en que
sería su aliada secreta en la invasión de Irak. Hasta el gobierno iraquí se
preguntó al principio cómo tratar con este fenómeno extraordinario,
atrapado entre el deseo de disociarse de un hecho que traía al mundo el
recuerdo de Osama Bin Laden y su determinación de amenazar a los
estadunidenses con más ataques de ese tipo.
De la vida del sargento de 50 años de edad se saben poco detalles, pero
llaman la atención. Fue soldado en la guerra contra Irán de 1980-1988 y se
ofreció de voluntario para combatir en la guerra del Golfo de 1991,
bautizada como la madre de todas las batallas por el líder iraquí, quien
cree haber sido el vencedor. Luego, aunque ya no estaba en edad de pelear,
Al-Nomani volvió a ofrecerse de voluntario para defender a su país de la
invasión angloestadunidense. Y así fue como sin decirlo a su superior y en
su propio automóvil se lanzó sobre el retén de los infantes de Marina de
Estados Unidos a la salida de Najaf. De inmediato el presidente Saddam
Hussein le concedió la medalla militar de primera clase y la de la madre de
todas las batallas. El militar dejó cinco hijos, una viuda y un hito en la
historia de 2 mil años de resistencia iraquí contra los invasores.
Típicamente, un vocero estadunidense sostuvo que la acción "se ve y se
siente como terrorismo", aunque, como al-Nomani atacaba a un ejército de
ocupación y su blanco era militar, ningún árabe lo creerá así.
Pocas horas después del suceso, el vicepresidente Taha Yassin Ramadan
hablaba como un palestino o un jefe del Hezbollah, poniendo énfasis en la
disparidad de las armas entre los iraquíes y los estadunideses. "El
gobierno de Estados Unidos transformará a todo el mundo en personas
dispuestas a morir por su patria", afirmó. "Todo lo que pueden hacer es
convertirse en bombas. Si las bombas de los B-52 pueden matar a 500 o más
en nuestra guerra, entonces estoy seguro de que algunas operaciones de
nuestros luchadores por la libertad podrán matar a 5 mil."
El significado está claro: el gobierno iraquí estaba tan sorprendido del
sucidio de Al-Nomani como sus víctimas, pero los estadunidenses harían bien
en entender lo que este nuevo acontecimiento quiere decir. Los atacantes
suicidas, trátese de los musulmanes chiítas libaneses que lograron expulsar
al ejército israelí de ocupación o los palestinos que destruyeron el
sentido de seguridad de los israelíes, son el arma final de los árabes. La
primera vez que Estados Unidos supo de su poder fue en el ataque suicida a
su embajada en Beirut, en 1983, y luego el lanzado contra el cuartel de la
Infantería de Marina también en esa ciudad, el 23 de octubre del mismo año,
en el cual perecieron 241 militares estadunidenses. Pero sólo cuando unos
árabes empeñados en una misión suicida más devastadora llevaron adelante
sus ataques del 11 de septiembre de 2001 se dio cuenta Washington de que no
hay defensa efectiva contra tales ataques.
Así pues, en forma extraña, el 11 de septiembre encuentra al fin una
conexión simbólica con Irak. Si bien los intentos estadunidenses de
vincular al régimen de Saddam con Osama Bin Laden resultaron fraudulentos,
la rabia que Estados Unidos ha desencadenado es real, y se ha encontrado
con el arma que los estadunidenses temen más. La mayoría de los atacantes
suicidas son más jóvenes que Al-Nomani y solteros. Pero alguien debió de
haberlo ayudado a colocar los explosivos en el auto y enseñarle a operar el
detonador. Y si no fueron los iraquíes, como dijo el gobierno, ¿será que
hubo una organización involucrada de la cual ni los iraquíes ni los
estadunidenses saben nada?
El vicepresidente Ramadan habló del "momento sublime del martirio",
expresión que hasta ahora no se había escuchado en el léxico baazista. El
general Hazim al-Rawi del Ministerio de Defensa recordó que el suicida
llevaba el mismo nombre del "imán Alí" y anunció que el nuevo "mártir Alí
ha abierto la puerta a la Jihad". De pronto parece que el Islam ha
irrumpido en esta guerra nacionalista de liberación -así es como se le
llama aquí- contra los estadunidenses. Y al escuchar a Ramadan uno no podía
evitar recordar la forma en que José Stalin animaba a sus tropas soviéticas
a combatir al invasor nazi, ondeando a la vez la bandera de la iglesia y la
del comunismo.
Los estadounidenses, en cambio, no gozan de tal comodidad. Porque de ahora
en adelante cada civil, cada automóvil, cada taxi, cada camionero, cada
iraquí recién "liberado" se vuelve un asesino potencial. Los estadunidenses
se han mostrado muy inclinados a acusar a los iraquíes de violentar las
reglas de la guerra mientras les invaden su patria. Y su condena de los
soldados iraquíes que se pusieron ropas de civil no se ve bien al lado de
las imágenes de los miembros de las fuerzas especiales de su país en
Afganistán, que tenían buen cuidado en vestirse de civiles e incluso andar
medio desnudos por allí. Este fin de semana, fue el vicepresidente iraquí
quien puso énfasis en que "cualquier medio para detener y destruir al
enemigo será utilizado".
© The Independent Traducción: Jorge Anaya (La Jornada-México)
***
UN LOGRO EN VERDAD NOTABLE
Robert Fisk
http://www.jornada.unam.mx 1/4/03
"Entonces, esto es un logro notable, ¿no?", afirma el general Tommy Franks.
Todo está saliendo "conforme al plan", según los británicos. Es un logro
que los británicos no hayan "liberado" Basora. "Conforme al plan", los
iraquíes podrían lanzar un misil desde la península de Fao, supuestamente
bajo control británico desde hace más de una semana.
Es un logro -notable en verdad- que los estadunidenses hayan perdido un
helicóptero Apache gracias a la pistola de un campesino iraquí; que llevan
cuatro días tratando de cruzar los puentes de Nasiriya y que se hayan
encontrado a su primer atacante suicida en Najaf. La mitad del total de las
fuerzas angloestadunidenses -aún llamadas "de coalición" por los
periodistas que pretenden hacernos creer que la conforman 35 ejércitos en
lugar de sólo dos y "pico" (el "pico" serían las Fuerzas Especiales
Australianas)- se encarga ahora de proteger y desplegar la línea de
abastecimiento a través del desierto. Y Bagdad está siendo bombardeada,
pero no sitiada.
De acuerdo con el general Franks, el "plan" militar es tan secreto, que muy
poca gente lo ha visto, o entendido siquiera, completo. Pero él dice que el
"plan" es sumamente flexible. Tiene que serlo para explicar el caos de los
pasados 12 días y, por supuesto, para que nosotros mantengamos la moral a
nivel del suelo. Los estadunidenses bombardean un autobús cerca de la
frontera con Siria y ni siquiera se molestan en disculparse. Un soldado
iraquí se suicida atacando marines estadunidenses con su coche y resulta un
acto de "terrorismo". Y ahora el secretario de Estado Colin Powell anuncia
a la Comisión Estadunidense-Israelí de Asuntos Públicos, el más grande
cabildo israelí en Estados Unidos -el cual por supuesto apoya esta guerra
ilegal y abominada por Dios-, que Siria e Irán son "países que apoyan
terroristas" y deberán "enfrentar las consecuencias".
Entonces, ¿cuál es el plan? ¿Nos olvidaremos de Bagdad por unos meses y
remolcaremos a nuestros jóvenes soldados hacia el oeste para rodear Damasco?
¿Hacia dónde, por Dios santo, va todo esto? Ibamos a "liberar" Irak. Pero
ahora George W. Bush nos dice que la guerra podría volverse "larga y
difícil". No nos dijo eso antes, ¿verdad? Y, de acuerdo con Tony Blair,
este es "sólo el comienzo". ¿En serio?
Resulta extraño -¿o no?- cómo todo este barullo sobre las armas químicas y
biológicas se ha olvidado. Las armas "secretas", las máscaras antigás, las
inyecciones contra el ántrax, las píldoras y los trajes antiquímicos se han
borrado de esta historia, porque las balas y las granadas impulsadas por
cohetes son ahora el peligro real para las fuerzas estadunidenses y
británicas en Irak. Incluso el "sitio de Bagdad" (ciudad de unos 45
kilómetros de extensión, que requeriría de cerca de 250 mil efectivos para
rodearla) empieza a desaparecer de los diarios. Según la revista
estadunidense The New Yorker, el secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld,
interfirió con el "plan" del general Franks. Esta iba a ser -y aquí cito a
Rumsfeld- "una guerra de una clase nunca vista antes". Y vaya que lo puede
afirmar.
Sentado en Bagdad, escuchando la retórica propagandística religiosa de los
iraquíes pero observando al mismo tiempo los indecentes ataques aéreos de
estadunidenses y británicos -destruir una supuesta batería de misiles cerca
de un barrio comercial de una ciudad capital en pleno mediodía y durante
una tormenta de arena es matar civiles, ¿o no?-, me queda la impresión de
que los malos resultados no forman parte de ningún plan. Aún más, sospecho
que no existe un plan general. Porque prefiero pensar que los fundamentos
de esta guerra radican no en una estrategia militar, sino en una ideología.
Hace mucho tiempo, como todos sabemos, el ala derecha del grupo pro israelí
que rodea a Bush planeaba derrocar a Saddam Hussein, lo cual destruiría al
más poderoso Estado árabe del Medio Oriente. El jefe del Estado Mayor de
Israel, Shoal Mofaz, exigía que la guerra empezara mucho antes de la fecha
prevista, y de esta manera cambiar el mapa de la región para siempre. Colin
Powell reveló esto hace apenas un mes. Información falsa de inteligencia
(sería interesante saber a qué país dice la FBI investigar actualmente por
la falsificación de los documentos que Powell usó ante Naciones Unidas para
"probar" que los iraquíes habían importado armas ilegales de Africa) se
mezcló con los deseos de la oposición iraquí corrupta e infiltrada. Una
especie de impulso moral superpoderoso dio crédito a fantasías e ilusiones.
Cualquier mentira podría usarse como combustible de este proyecto
ideológico. El 11 de septiembre (al que curiosamente no se nombra ahora) se
vinculó a Saddam y Osama Bin Laden (nunca se probó); armas de destrucción
masiva (desaparecidas o nunca encontradas); violación de derechos humanos
(de la cual fuimos cómplices cuando Saddam era nuestro amigo), y,
finalmente, el proyecto más heroico de todos: la liberación del pueblo de
Irak. El petróleo nunca se mencionó aunque resultara el factor dominante de
este conflicto ilegítimo. Con razón el general Franks admitió que su
preocupación principal antes de la guerra era "la protección" de los campos
petroleros del sur de Irak. Así que iban a ser la "liberación" y la
"democracia". Con qué arrojo cruzamos la frontera. Con qué nobles
propósitos invadimos Irak.
Pocos iraquíes dudan (incluso algunos ministros en Bagdad lo comentan) que
los estadunidenses acabarán ocupando el país. Tienen la fuerza y las armas
para abrirse paso a como dé lugar dentro de cada ciudad e imponer el toque
de queda y la ley marcial. Pero, ¿podrán obligar a los iraquíes a obedecer?
De no ser que las masas se rebelen como esperan Bush y Blair, esta es ahora
una guerra nacionalista contra el tipo más obvio de poder imperial.
Sin apoyo iraquí, ¿cómo podrá el general Franks encabezar una dictadura
militar o encontrar nativos dispuestos a servirlo o a manejar los campos
petroleros? Los estadunidenses pueden ganar la guerra, pero si el proyecto
falla habrán perdido.
Hay, sin embargo, un logro que debemos resaltar. El abominable Saddam, el
más repulsivo dictador del mundo árabe, que de hecho ordena crueles
torturas y realmente ha empleado gas, ahora encabeza a una nación que
combate a la única superpotencia mundial y que lleva dos semanas sin
rendirse. Sí, el general Tommy Franks ha conseguido "este logro
verdaderamente notable". Ha convertido al Monstruo de Bagdad en el héroe
del mundo árabe y permitido a los iraquíes enseñar a todo opositor a
Estados Unidos cómo se combate al enemigo.
***
POBRE MINISTRO DE DEFENSA
por Robert Fisk
Pobre de Geoff Hoon (mi-nistro de Defensa de Gran Bretaña, que ha criticado
los reportes de Fisk desde Bagdad). Debe de ser duro defender lo
indefendible cuando los estadunidenses insisten en imprimir en sus misiles
claves de computadora que revelan su procedencia después de haber volado en
pedazos a personas inocentes.
Pensemos en el pobre hombre -mucho más pobre en todos los sentidos que
Hoon- que encontró ese revelador pedazo de fuselaje en Shu'ala la semana
pasada, probando que el misil que se abatió sobre el polvoriento y
miserable barrio chiíta fue manufacturado por Raytheon, la empresa
fabricante de los misiles crucero.
El servicio iraquí de inteligencia es una organización cruda y brutal; la
sutileza y la sofisticación no son sus puntos fuertes. Está más allá de
toda credibilidad sugerir que los matones de Saddam Hussein pudieron
haberse aparecido en la ciudad perdida -entre una población conocida por su
odio hacia el partido Baaz y quizá responsable de haber asesinado a varios
de sus esbirros- y convencido a esta gente, en general analfabeta, de
contar una complicada mentira a los periodistas extranjeros.
Por todo Shu'ala había multitud de pedazos del misil: yo recogí cinco,
hechos de la misma aleación; dos los saqué de entre la suciedad con mis
propias manos. ¿De veras cree Hoon que los torturadores iraquíes tienen la
capacidad de ir a esos barrios hostiles y enterrar oscuras esquirlas de
proyectiles para que el enviado de The Independent y otros reporteros los
desentierren? ¿Creerá que el tío de uno de los hombres que perecieron
inventaría que vio alejarse el avión después del ataque?
Sería lo mismo entonces con los dos misiles que cayeron a principios de esa
semana en el distrito de Sha'ab, en Bagdad. También entonces explotaron
entre chozas de musulmanes chiítas, hogares de la misma gente que más se
opone al régimen de Saddam.
Poco antes yo había oído volar un avión sobre Bagdad y disparar dos misiles
hacia un cuartel del ejército -me pareció gracioso que Hoon no pusiera en
duda ese ataque aéreo- y al menos tres hombres en Sha'ab me hablaron del
avión que escucharon a la hora del ataque misilístico. Y no eran miembros
del régimen de Saddam, como los calumnia Hoon; eran justamente las mismas
personas que Hoon ha jurado "liberar" de Saddam.
Las dos explosiones ocurrieron en extremos exactamente opuestos, una a cada
lado de la avenida de dos carriles en Sha'ab. ¿Acaso cree Hoon que los
iraquíes son capaces de ocasionar dos explosiones idénticas -desde el aire-
en puntos equidistantes de una calle atestada de automóviles, peatones,
porteros de edificios de departamentos, trabajadores de restaurantes y
muchachos ayudantes de mecánico?
Pero supongo que lo más patético de la declaración de Hoon es esa conocida
mendacidad de la cual el mundo está harto. Después que los estadunidenses
bombardearon Libia, en 1985, nos quisieron hacer tragar las mismas
estupideces. Los civiles muertos habían sido asesinados por el servicio
secreto o por el fuego antiaéreo libio. Los israelíes afirmaron lo mismo
acerca de muchos de los 17 mil 500 muertos durante su invasión de Líbano,
en 1982.
Cuando los estadunidenses masacraron a docenas de refugiados albaneses en
Kosovo, en 1999, sostuvieron que la aviación serbia había cometido la
matanza, hasta que The Independent descubrió los pedazos de misil -también
esa vez desenterrados de los cráteres con mis propias manos- que contenían
las claves de computadora que obligaron a la Organización del Tratado del
Atlántico Norte (OTAN) a reconocer la verdad.
¿Cuántas veces, me pregunto, creerán los ministros que pueden engañar a los
electores con esa miserable monserga? ¿Cuántas veces personas como David
Blunkett (ministro británico de Vivienda) difamarán a periodistas por
informar "desde atrás de las líneas enemigas" en una guerra que su gobierno
apoya pero que muchos millones de británicos se niegan a reconocer como
legítima?
No puedo evitar acordarme de un tren iraní habilitado como hospital en el
que regresé del frente de guerra Irán-Irak a principios de la década de
1980. Los vagones estaban atestados de jóvenes soldados iraníes que tosían
arrojando moco y sangre en sus pañuelos mientras leían el Corán. Los habían
gaseado y su aspecto indicaba que iban a morir, como en efecto ocurrió con
la mayoría. Después de unas horas tuve que ir a abrir la ventanilla de uno
de los compartimientos, porque el gas que arrojaban de los pulmones
comenzaba a envenenar el aire del vagón.
En ese tiempo trabajaba yo para el London Times y mi nota se publicó
íntegra. Luego un funcionario del Ministerio del Exterior comió con el que
era mi director y le dijo que mi información "no ayudaba". Porque, claro,
en ese tiempo apoyábamos a Saddam Hussein y queríamos que el Irán
revolucionario sufriera y se destruyera a sí mismo. Saddam era entonces el
muchacho bueno y no se suponía que yo informara sobre sus violaciones
contra los derechos humanos.
Ahora, me imagino, no se supone que deba yo informar sobre la matanza de
inocentes que cometen los pilotos estadunidenses y los de la Real Fuerza
Aérea británica, porque el gobierno de Gran Bretaña ha cambiado de bando.
Es una táctica digna sólo de un hombre que pueda yo recordar, un maestro en
el arte de hacerse la víctima cuando se le sorprende en el acto de
asesinar, un ser humano que jamás vacila en calumniar a inocentes con tal
de propagar su propia versión de la historia. Me refiero a Saddam Hussein.
Geoff Hoon ha aprendido mucho del líder iraquí.
http://www.jornada.unam.mx
***
GEOFF HOON, ROBERT FISK Y EL REPORTE DE LA VERDAD
Editorial The Independent
Geoff Hoon, secretario de Defensa, es un político sutil y confía en que una
insinuación hará el trabajo sucio. No dijo abiertamente que desconfía de
los reportes publicados en The Independent que informan sobre las víctimas
civiles en Irak. No dijo que Robert Fisk, nuestro reportero premiado, es un
inocentón al servicio del régimen de Saddam Hussein. Simplemente sugirió
esto, sin decirlo, el pasado jueves en la Cámara de los Comunes.
"Un trozo del misil crucero fue entregado al periodista", señaló para
explicar cómo fuimos capaces de publicar el número de serie del misil
responsable de la segunda explosión en un mercado de Bagdad, ocurrida el
viernes pasado, que mató a 62 civiles.
Fisk cuenta con una orgullosa historia profesional durante la cual ha
reportado lo que ve. Ha viajado a lugares peligrosos y ha sido
inquebrantable en su descripción de los hechos. Prefiere hablar con las
personas atrapadas en los conflictos en lugar de consignar lo que dicen
generales, políticos y portavoces.
Cualquier lector cuidadoso verá en sus reportajes que él no tiene ninguna
simpatía por el régimen de Saddam. Más aún, Fisk fue uno de los primeros
periodistas en reportar el uso de armas químicas en la guerra Irán-Irak.
Cualquiera que haya leído sus despachos de la guerra en Kosovo recordará
que cuando los cuarteles de la OTAN negaron que sus aviones hubieran
lanzado proyectiles que impacataron en vehículos de un convoy de transporte
de civiles, él fue al lugar donde cayeron los misiles y encontró los
números de serie en los recubrimientos de las municiones estadunidenses.
Posteriormente, la OTAN admitió su responsabilidad.
El manejo que ha hecho Hoon de las noticias que surgen de esta guerra se ha
caracterizado por la exageración, las medias verdades y el retractarse. Fue
Hoon quien afirmó para la radio de la BBC que los habitantes de Basora
"seguramente" se habían levantado. Cuando se le preguntó cómo lo sabía,
respondió con bravatas. Parece que su aseveración no era del todo cierta.
Fue Hoon quien señaló que los trajes para manejo de químicos que fueron
hallados por las tropas angloestadunidenses en su avance hacia Bagdad
demostraba "categóricamente" que Saddam se está preparando para usar armas
químicas. En esto lo contradijo el almirante Michael Boyce, jefe del estado
mayor de la Defensa, quien pidió no llegar a conclusiones precipitadas.
Anoche, el comando de las fuerzas armadas se vio obligado a admitir que una
estimación de prisioneros de guerra proporcionada horas antes por Hoon era
muy inexacta.
Las insinuaciones de ayer contra este periódico y nuestro corresponsal
fueron un miserable intento de dejar de lado realidades no bienvenidas.
Esta no es la forma en que se va a convencer a un público británico cada
vez más lleno de dudas de que el gobierno realmente quiere disminuir el
número de víctimas civiles, y que no desea sólo reportarlas.
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'ECHARON A CORRER LOS SOLDADOS DE EE.UU. APENAS ABRIMOS FUEGO': FEDAYINES
Por: Robert Fisk (5/04/03)
Cuando BBC y otras cadenas reportaban encarnizados combates, nada sucedía
en el aeropuerto. Los cafés capitalinos, repletos de soldados de la Guardia
Republicana.
El soldado agonizaba; a su lado, un camarada del fedayín de Saddam Hussein
sollozaba mirando su dolor. Las balas estadounidenses le habían dado en las
piernas y una doctora intentaba muy despacio, con infinito cuidado,
quitarle la bota del pie derecho.
El soldado se negaba a gritar, a mostrar su sufrimiento, pero cerraba
fuertemente los ojos mientras ella se afanaba con la bota, tirando de las
agujetas para deshacer el nudo, temerosa de lo que vería al cortar la
pierna del pantalón.
'Somos fedayines, hombres orgullosos', dijo su camarada, con las cejas
empapadas de sudor, sacudiéndose el recuerdo de la batalla en la cual había
estado participando en el aeropuerto internacional de Bagdad.
'Teníamos a raya a los estadounidenses. Se estaban dispersando, y entonces
un oficial le dijo a mi camarada que fuera a traer raciones para los
combatientes. Cuando venía de regreso comenzaron los balazos y le dieron',
añadió.
Los dos combatientes portaban aún el uniforme negro y las botas del mismo
color -de las unidades fedayines de Saddam- con los que habían combatido
toda la noche en Radwaniyeh, en el camino al aeropuerto. Relataron que los
soldados estadounidenses transportados en helicóptero 'cayeron del cielo y
echaron a correr' apenas los iraquíes abrieron fuego.
Heridos, pero no vencidos
Pero los invasores habían regresado y no había duda de los resultados.
Fuera del pabellón médico donde estaba el herido, en el hospital Yarmouk,
encontré a un soldado semidesnudo en una camilla, con la camisola de
batalla alrededor de los hombros, sin pantalones y con un vendaje empapado
de sangre en el pie derecho.
Otros militares que llevaban el casco en la mano recogían nombres y
equipos; uno traía un suéter del ejército tan deshilachado que le colgaban
pedazos de estambre de la espalda.
En el hospital Mansour era la misma historia. A la distancia podía oírse el
fuego de rifles. Pero aun si los soldados iraquíes estaban heridos, habían
combatido a la mayor potencia de la Tierra, lo cual es una especie de gran
logro en sí mismo.
En un corredor del Yarmouk un soldado canoso de mediana edad, que llevaba
uniforme de coronel, pasó rengueando en muletas junto a mí. Pero al llegar
al vestíbulo se irguió y se sacudió el polvo de los hombros para lucir sus
charreteras y galones dorados.
¿Y dónde están los estadounidenses? Sólo 18 horas antes anduve rondando por
la desierta sala de salidas del aeropuerto internacional Saddam Hussein,
haraganeando por la abandonada aduana y charlando con los siete milicianos
armados que estaban de guardia.
Conocí al director del puerto aéreo y me detuve al lado de las pistas en
las que dos jets de pasajeros de Aerolíneas Iraquíes, cubiertos de polvo
-un viejo 727 y un Antonov aún más viejo-, yacían olvidados en el
pavimento, no lejos de un helicóptero militar igualmente decrépito.
Y todo lo que pude oír fue el susurro lejano de jets que volaban muy alto y
el parloteo de parvadas de pájaros que han hecho nido cerca del
estacionamiento, en ese que era el primer día del verdadero verano de Bagdad.
La toma del aeropuerto -o al menos parte de él- había sido prevista apenas
tres horas antes, cuando la BBC difundió afirmaciones de que unidades de
vanguardia de división de la infantería mecanizada estadounidense estaban a
menos de 15 kilómetros al oeste de la capital y habían tomado posiciones
justo al borde del aeropuerto internacional.
Pero yo estaba a unos 30 kilómetros al oeste de la ciudad y no había allí
estadounidenses ni vehículos blindados, ni un alma alrededor de las pistas
del aeropuerto, mientras aquél cuyo nombre lleva la terminal, bajo la forma
de póster, estaba sentado como si nada en la sala de llegadas, con traje de
civil y un puro en la mano.
De manera aún más asombrosa, no había indicios de los 12 mil hombres de la
Guardia Republicana con quienes la división estadounidense tenía previsto
enfrentarse.
De hecho el aeropuerto internacional se veía como si estuviera paralizado
por una huelga industrial (no pensemos que semejante cosa pueda darse en el
Irak de Saddam), más que a punto de ser capturado por la única
superpotencia mundial.
¿Sería cierto, preguntaron al ministro de Información en su conferencia de
prensa de las 14 horas -institución rutinaria en la que por lo general uno
se muere de tedio-, que los estadounidenses están en el aeropuerto de la
capital? '¡Pamplinas!', gritó. '¡Mentiras! Vayan a verlo ustedes mismos.'
Y eso hicimos. Y, para desgracia del vocero angloestadounidense en Doha y
del oficial estadounidense citado por la BBC, el ministro iraquí tenía
razón y los estadounidenses se equivocaban.
Pero no por mucho tiempo. Sólo dos horas después de que dejé la
tranquilidad de la sala de salidas del aeropuerto, con sus muros
garrapateados con consignas de 'Abajo Estados Unidos', los soldados de ese
país ya estaban en las pistas, lanzando proyectiles sobre la terminal,
mientras sus aviones arrojaban bombas hacia las aldeas circundantes.
Fraudulenta atmósfera
Una cascada de flejes de grafito -esto es lo más cercano a la verdad que se
pudo saber hoy en Bagdad- fue lanzada sobre las dos plantas principales de
energía eléctrica de la ciudad, los cuales fundieron la red entera y
sumergieron a la ciudad -debajo de su mortaja de hogueras petroleras- en
una oscuridad sepulcral.
En la avenida Saadoun podía escucharse el golpeteo de los proyectiles, que
por primera vez oigo en Bagdad. No bombas o mísiles -aunque también cayeron
por todas partes durante la noche-, sino descargas de artillería que se
escuchaban hacia el oeste, en dirección al aeropuerto donde el joven
fedayín a quien vi herido más tarde combatía a los invasores.
Pese a todo, una especie de fraudulenta atmósfera de tranquilidad envolvía
a Bagdad. Cuando regresé del aeropuerto internacional no parecía haber
algún intento de bloquear la principal carretera de entrada a la capital.
Salvo unos cuantos soldados en las calles y un panel de la policía, se
habría dicho que era el atardecer levemente caluroso de un día de asueto
normal.
Durante todo el jueves me hice la misma pregunta: ¿Dónde se estaba llevando
a cabo el anunciado asalto estadounidense de Bagdad? ¿Dónde estaban las
multitudes despavoridas? ¿Dónde las calles desiertas? ¿Y exactamente qué
hacían los estadounidenses?
Estaban rodeando la ciudad, insistían todas las difusoras de radio y
televisión extranjeras. Pero seguían llegando viajeros de Ammán, las
autoridades habían vuelto a poner más de sus autobuses chinos de dos pisos
en las calles -el servicio normal, como dicen, se había reanudado- y la
compañía ferroviaria aseguraba que sus trenes partían como de costumbre
hacia el norte del país.
Luego, poco antes del mediodía del jueves, un zumbido sordo se fue
insinuando en la conciencia de todos en las calles del centro de Bagdad,
sonido largo, monótono y ligeramente oscilante, mezcla del que harían una
cortadora de pasto lejana y el ronroneo de un gato.
Y cuando seguí los brazos de una docena de policías y personas que andaban
de compras en la calle Jumhurriyah, quienes apuntaban hacia algo que se
desplazaba, por fin divisé la máquina voladora que se movía con lentitud en
el cielo caluroso y gris.
Los estadounidenses acababan de enviar su primer zángano sobre la ciudad,
el primer avión de reconocimiento sin tripulante jamás visto en esta
guerra, volando con tal lentitud que, a diferencia de los jets supersónicos
que se precipitan como águilas sobre la ciudad para dejar caer sus bombas,
era fácil seguir su trayectoria a simple vista.
El aparato pasó zumbando en dirección al oeste, hacia el mayor de los
palacios presidenciales, muy bombardeado, y luego giró hacia el sur.
Parecía una criatura tan frágil, una presencia tan diminuta en el cielo
negro y enfurecido, que era posible olvidarse del ojo capaz de verlo todo
que llevaba en la panza, las tomas en vivo que mostraba a los oficiales
estadounidenses ubicados en el perímetro de la ciudad, las selecciones que
ayudaba a hacer de los suburbios que se-rían bombardeados.
Ya hubo hoy nuevas evidencias del daño causado por bombas de racimo, esta
vez en la misma Bagdad, no nada más en los suburbios.
Desde Furad, en el distrito de Doura, desde Hay al Ama y otras áreas al
oeste de la capital llegaban civiles a los pabellones de emergencia con las
usuales heridas terribles: agujeros múltiples y profundos hechos por
esquirlas de las bombas que estallan en el aire. Se dijo que la cuota
mortal tan sólo en Furud ascendió a más de 80.
Un solo hospital central recibió 39 heridos, cuatro de los cuales murieron
durante la cirugía. Un joven había corrido cuando vio bajar objetos blancos
del cielo; otras personas que estaban en la calle cayeron al suelo y él
recibió el impacto cuando trataba de meterse en su casa.
Otro era un automovilista que vio los racimos de bombitas minúsculas -cada
una repleta de trozos de acero en forma de estrellas- caer 'como piedras
pequeñas'. Tenía los pies bañados en sangre, y en el pecho y los brazos se
podían ver los característicos agujeritos que perforan en la carne los
fragmentos de metal.
Hay un cambio en los comensales que acuden a los distintos lugares de la
ciudad. El jueves fui al restaurante Furud por mi ración diaria de
shish-taouk de pollo, ajitomates y ejotes. Estaba repleto de familias
chiítas: las mujeres con chador negro, los hombres de barba en su mayoría,
masticando gigantescas mezzes de hoummos y tabouleh de cordero y arroz.
En el televisor tenían sintonizado un canal iraní que pasaba un programa
musical en lengua persa. La televisión iraní tiene dos canales árabes cuya
señal puede captarse sin antena parabólica, y muchos bagdadíes confían más
en sus servicios de noticias que en los de la televisión kuwaití o saudiárabe.
Hoy los cafés estaban llenos de soldados de las divisiones de la Guardia
Republicana que defienden Bagdad, hombres que en 15 minutos pueden llegar
desde el frente de batalla para comer y que estacionan sus armas antiaéreas
y sus vehículos militares afuera de los establecimientos.
¿Dónde están, pues, esos miles de soldados de la Guardia Republicana que
los estadounidenses no pudieron hallar en el desierto? Bueno, pues aquí,
defendiendo su capital. ¿Por qué, me pregunté, les parecía eso tan
sorprendente a los estadounidenses?
Entre la gente común y corriente persiste, sin embargo, esa ilusoria y no
muy convencida negativa a aceptar los profundos cambios militares, y por
tanto políticos, que se preparan para Bagdad.
En Mansour los tenderos siguen calificando de 'mentiras extranjeras' las
noticias del avance estadounidense, tan evidente en el fragor del fuego de
artillería en los límites de la ciudad; así me lo dijo un vendedor de
pistaches que no estaba bajo la escucha de ningún 'comisario' del gobierno.
Quizá, reflexioné, los bagdadíes han sabido tanto de la guerra en los 23
años pasados que los grandes ejércitos y fuerzas aéreas que han bombardeado
este país simplemente ya no provocan los sentimientos de 'conmoción' y
'pavor' que los militares estadounidenses esperan.
Noté, por ejemplo, cerca del puente Rafidiyeh, entre el tráfico de
vehículos, a un hombre que miraba el enorme monumento a la 'victoria' de
Saddam Hussein en la guerra de 1980-1988 con Irán.
En la base de una columna se ve una escultura de hierro que muestra a
soldados disparando con ametralladoras, desde atrás de sacos de arena, a
sus enemigos persas, y a un soldado que lanza una granada en la misma
dirección.
He allí un monumento a la victoria militar, a los 'mártires' de esa
victoria -quizá medio millón de ellos- y al soldado desconocido de esa
misma guerra.
Los ex prisioneros de guerra, por su parte, pidieron la construcción de un
monumento que honrara su sufrimiento -hubo 60 mil de ellos en ocho años-,
pero su solicitud fue rechazada oficialmente.
¿Sería para enfatizar la humillación que significa rendirse? ¿Será una
lección para los jóvenes soldados iraquíes que defienden hoy su ciudad,
para el joven del hospital de Yarmouk, su camarada y los soldados que
engullen sus almuerzos antes de volver al frente?
Hace apenas 24 horas, el jefe del estado mayor de la División Bagdad de la
Guardia Republicana -la misma unidad que los estadounidenses supuestamente
estaban 'incinerando'- anunció que había tenido sólo 17 muertos y 35 heridos.
¿En qué mundo estamos viviendo? ¿De veras detendrán a los estadounidenses
en el aeropuerto? En 1941 una patrulla alemana capturó por breve tiempo la
última estación de la línea de tranvías que comunicaba con el oeste de
Moscú y se apropió de los boletos para llevárselos de recuerdo, pero no
pudo llegar más lejos.
Pocos aquí, sin embargo, dudan que los soldados estadounidenses se abrirán
paso a sangre y fuego hasta Bagdad si realmente quieren hacerlo. Después de
todo, Napoleón sí llegó a Moscú.
¿Y qué significa esa extraña aseveración estadounidense de que sus fuerzas
especiales entrarían en zonas de la capital para descubrir si las tropas de
su país serían bienvenidas o no, y que si el recibimiento era amistoso se
adentrarían más?
Sonó como si un sondeo de opinión pública fuera a decidir el destino de
Bagdad. Incapaces de comprar una milicia local que combatiera por ellos
-como la tienen ahora en el Kurdistán y como hicieron en Afganistán y
Kosovo-, los estadounidenses parecen decir que los pobladores de Bagdad
serán cercados y privados de electricidad -y por consiguiente de comida
fresca y de luz- si no se comportan según los rituales de 'liberación'
dictados por Washington.
Vuelve a mí la misma vieja pregunta. Los rusos pudieron sostener
Stalingrado porque amaban a Rusia tanto como temían al mariscal José
Stalin. ¿Se aplica a los iraquíes la misma ecuación de patriotismo y
dictadura? Los señores George W. Bush y Tony Blair deben confiar en que no
sea así.
***
LA GUERRA DE PALABRAS EXPONE MENTIRAS
Robert Fisk (1/4/03)
¿Por qué contribuimos a difundir las mentiras y la propaganda y nos
volvemos cómplices de esta guerra sucia? ¿Cómo es posible, por ejemplo, que
ahora sea el "estilo" de la BBC referirse a los invasores
angloestadunidenses como "la coalición"? Es mentira: la coalición que nos
quieren hacer recordar es la que se integró para expulsar de Kuwait a las
tropas iraquíes de ocupación en 1991, alianza en la que participaron
docenas de países, casi todos los cuales condenan hoy la aventura del
presidente George Bush hijo en Irak. Hay unos cuantos integrantes de las
fuerzas especiales australianas vagando por el desierto, por cortesía del
excéntrico primer ministro de ese país, John Howard, pero eso es todo. ¿Qué
funcionario de la BBC decretó el uso de ese término deshonesto: coalición?
Claro, hay una "coalición de los dispuestos" -para usar la extraña frase de
Bush-, pero es una referencia a las naciones que han concedido derecho a
los aviones de Estados Unidos de volar sobre su territorio o han dado a
Washington apoyo político, pero no militar. Así pues, la frase "fuerzas de
la coalición" sigue siendo una mentira.
Y luego están las alusiones históricas para justificar lo injustificable.
Cuando Jonathan Charles -un periodista incrustado- informó en los primeros
días de la invasión que el ejército británico en las afueras de Basora
mantenía vigilancia sobre la frontera con Irán porque los iraníes habían
"provocado" una insurrección en la ciudad en 1991, su reporte se basaba en
una falsedad. Los iraníes jamás azuzaron una insurrección en Basora. Fue el
presidente Bush padre quien lo hizo, al instar a esa rebelión y después
traicionar a los musulmanes chiítas que atendieron su llamado. Los iraníes
hicieron cuanto estuvo en su mano para evitar inmiscuirse en la revuelta.
Luego estuvo la desinformación sobre el "aseguramiento" de Basora, la cual
fue seguida por la admisión de que, si bien los británicos habían
"asegurado" la ciudad, en realidad no la habían capturado, cosa que a la
fecha aún no logran. Lo mismo puede decirse de los marines que
supuestamente habían "asegurado" Nasiriya pero no la capturaron hasta la
semana pasada. Y, dada la anarquía que se desató en la ciudad, parecen
haberla capturado pero sin hacerla segura. Las fuerzas estadunidenses
rescataron valientemente a una soldado de su país que había sido capturada;
lo que no entró en la misma información fue que también "rescataron" a 12
compatriotas que ya estaban muertos.
Los iraquíes intentan imitar las operaciones de propaganda del Centcom,
aunque con menos sutileza. El intento de presentar un ataque estadunidense
con misiles crucero a una oficina de la policía secreta en el distrito de
Mansour, la semana pasada, como una acción destinada a destruir un hospital
de maternidad -el cual estaba al otro lado de la calle y no sufrió sino la
rotura de algunas ventanas- siguió totalmente ese modelo de "los bárbaros
que crucifican monjas".
Los comunicados militares iraquíes inevitablemente reportan tan gran número
de tanques y vehículos de transporte de tropas destruidos a los
angloestadunidenses, que resulta imposible creerles. En Najaf, el comando
general de las fuerzas armadas iraquíes (comunicado número 16) afirmó el
viernes que las fuerzas iraquíes habían destruido 17 tanques, 13 vehículos
de transporte y un helicóptero Black Hawk. Caramba.
Este domingo, según el ministro de Información, Mohamed Sahaf, las tropas
iraquíes destruyeron cuatro vehículos estadunidenses de transporte de
tropas y un avión.
A veces los comunicados son verificables. Es verdad que un Apache fue
derribado por un granjero y el Centcom admitió que un bombardero F-18 fue
derribado sobre Irak la semana pasada. Sin embargo, los meros detalles
militares que divulgan las autoridades iraquíes -aunque con frecuencia
grotescamente exagerados- ponen fácilmente al descubierto las mentiras que
los estadunidenses endilgan a los corresponsales en su cuartel en Qatar,
dotado de aire acondicionado y de instalaciones de alta seguridad.
Otra disfrutable mentira fue esa afirmación estadunidense de que los trajes
antiquímicos proporcionados a soldados iraquíes "probaban" que Irak poseía
armas de destrucción masiva. Los iraquíes respondieron con sencillez que
esos trajes eran parte del equipo normal, pero, puesto que las fuerzas
británicas y estadunidenses cuentan asimismo con ellos, entonces también
deben de estar en posesión de armas prohibidas.
La mentira iraquí de que la nación permanece unida en torno a su amado
líder apenas si es puesta en duda en las conferencias de prensa que da Taha
Yassin Ramadam, vicepresidente iraquí. En efecto, la unidad pudiera ser el
único elemento que Irak jamás poseerá bajo sus ocupantes estadunidenses,
pero su existencia en el régimen de Saddam ha sido impuesta mediante el terror.
Y luego está la famosa etiqueta "guerra en Irak" que los medios
estadunidenses y británicos gustan de promover. Pero ésta es una invasión,
no una simple guerra. ¿Y no está volviéndose una ocupación más que una
"liberación"? ¿No deberíamos recordar en nuestros reportes que esta
invasión carece por completo de legitimidad? Claro, los estadunidenses
aseguran que no necesitaban más que la resolución original 1441 del Consejo
de Seguridad de la ONU para ir a la guerra. Pero si fuera cierto, ¿por qué
Gran Bretaña y Estados Unidos procuraron en vano una segunda resolución?
No puedo dejar de pensar que los lectores y televidentes se dieron cuenta
de la mendacidad de todo este juego de manos, y que los periodistas los
insultamos al creer que podemos engañarlos. Por eso seguimos hablando de
una "campaña aérea" -como si la Luftwaffe estuviera despegando de Cap Gris
Nez para bombardear Londres- cuando ni un solo avión iraquí ha dejado el suelo.
Así que, en suma, son "las fuerzas de la coalición"; una guerra, no una
invasión; liberación en vez de ocupación, y la toma de ciudades que son
"aseguradas" más que capturadas y que, cuando son capturadas, son inseguras.
Y todo esto por las víctimas del 11 de septiembre.
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¡LÁRGUESE!"
¿Usted va a revivir a la madre y el padre del niño?", le reclaman al
reportero en un hospital
por Robert Fisk
Bagdad, 7 de abril.
Estaban en filas, el vendedor de autos que acababa de perder los ojos y
cuyos pies aún chorreaban sangre, el motociclista alcanzado por un
proyectil lanzado por soldados estadunidenses cerca del hotel Rashid, la
oficinista de 50 años de edad cuyo largo cabello se desparramaba sobre la
toalla en la cual estaba recostada, con la cara, los senos, las
pantorrillas, los brazos y los pies llenos de agujeritos causados por las
esquirlas de una bomba de racimo. Para los civiles de Bagdad, éste es el
verdadero rostro de la guerra, el inmoral, resultado directo de las
pequeñas y geniales "misiones de reconocimiento" que los estadunidenses
realizan en la capital iraquí.
En la televisión se ve bonito, los marines estadunidenses en las riberas
del Tigris, su visita tan divertida al palacio presidencial, el video del
retrete de oro de Saddam. Pero los inocentes sangran y gritan de dolor para
que tengamos nuestras emocionantes imágenes de televisión y para que los
señores Bush y Blair puedan lanzar sus proclamas de victoria.
Vi hoy en el hospital Hindi a un muchachito cuyos padres y tres hermanos
fueron muertos a tiros cuando se acercaban a un puesto de control
estadunidense en las afueras de Bagdad. Me quedé mirando a Alí Najour, de
dos años y medio de edad, tendido en agonía en una cama, con las ropas
empapadas en sangre y una sonda en la nariz, y entonces un joven, familiar
suyo, se me acercó.
"¡Quiero hablar con usted!", gritó, alzando la voz con furia. "¿Por qué
ustedes los ingleses querían matar a este niñito? ¿Para qué quiere verlo?
¡Ustedes hicieron esto! ¡Ustedes!" El joven me tomó del brazo y lo sacudió
con violencia. "¿Usted va a devolverle a su madre y a su padre? ¿Puede
revivirlos para él? ¡Lárguese, lárguese!"
Afuera, en el patio, donde los choferes de las ambulancias depositan a los
muertos, una mujer chiíta vestida de negro se golpeaba el pecho y vino
gritando hacia mí. "¡Ayúdeme! Mi hijo es un mártir y todo lo que quiero es
una bandera para cubrirlo. Quiero una bandera, una bandera de Irak para
ponerla sobre su cadáver. ¡Dios mío, ayúdame!"
Se está volviendo cada vez más difícil visitar estos lugares de dolor, luto
y rabia. Y no me sorprende. La Cruz Roja Internacional ha informado que las
víctimas civiles de la ofensiva estadunidense de tres días contra Bagdad
llegan por centenares a los hospitales. Hoy, el solo Kindi había recibido
50 civiles heridos y tres muertos en las 24 horas anteriores.
La mayoría de los muertos -la familia del niño, otra familia de seis que
fue volada en pedazos por una bomba aérea enfrente del vendedor de autos
Ali Abdulrazek, los vecinos de al lado de Safa Karim- fueron simplemente
enterrados pocas horas después de ser despedazados.
En la televisión todo se ve tan limpio. La noche del domingo, la BBC mostró
automóviles civiles en llamas, y su reportero -incrustado en las fuerzas
estadunidenses- dijo que vio a algunos de sus pasajeros yacer muertos a un
costado.
Eso fue todo. Ninguna toma de los cuerpos achicharrados, ningún
acercamiento a los niños desmembrados. Así que tal vez deba yo advertirles
a quienes la BBC llamó alguna vez los de "temperamento nervioso" que no
sigan adelante.
Pero si quieren saber lo que Estados Unidos y Gran Bretaña están haciendo a
los inocentes en Bagdad, deben continuar leyendo.
Dejaré fuera la descripción de las moscas que se han apiñado alrededor de
las heridas en las salas de urgencias del Kindi, de la sangre pegada en las
sábanas y las sucias fundas de las almohadas, las franjas de sangre en el
piso, la sangre que aún gotea de las heridas de las personas con quienes
hablé hoy. Todos eran civiles. Todos querían saber por qué tenían que
sufrir. Todos -salvo el joven indignado que me ordenó retirarme del lado de
la cama del niño- me hablaron de su dolor en voz baja y con gentileza.
Ningún autobús del gobierno iraquí me llevó al hospital. Ningún médico
sabía de mi llegada.
Empecemos con Alí Abdulrazek. Tiene 40 años, y es el vendedor de autos que
caminaba esta mañana por una calle estrecha del distrito de Shaab -el mismo
donde dos misiles estadunidenses mataron al menos a 20 civiles hace más de
una semana- cuando oyó los motores a chorro de un avión. "Iba a ver a mi
familia porque las centrales telefónicas habían sido bombardeadas y quería
saber si estaban bien", relató. "Frente a mí estaba una familia, el señor,
la señora y los hijos. Entonces escuché un ruido horrible y vi una luz, y
supe que algo me había pasado. Traté de ayudar a la familia que había visto
pero todos habían volado en pedazos. Y entonces me di cuenta de que no veía
bien."
El ojo izquierdo de Abdulrazek está cubierto por un montón de vendajes. Su
médico, Osama Al-Rahimi, me dice: "No lo operamos del ojo, atendimos sus
otras heridas". Luego se inclina para agregar en voz baja: "Perdió el ojo.
No había nada que hacer. La esquirla se lo arrancó de la cabeza".
Abdulrazek sonríe -por supuesto, no sabe que quedó tuerto para siempre- y
de pronto se suelta hablando en un inglés casi impecable, que aprendió en
la secundaria en Bagdad. "¿Qué me pasó?", pregunta.
Mohamed Abdullah Alwani fue víctima de la excursión estadunidense de hoy en
el Tigris, la operación que proporcionó esas tomas emocionantes en la
televisión británica.
Iba a su casa en su motocicleta desde el hotel Rashid, en la margen
izquierda del Tigris, cuando pasó por un camino en el que estaba
estacionado un vehículo blindado estadunidense.
"Sólo en el último minuto vi a los soldados. Abrieron fuego y me dieron,
pero logré seguir en la moto. Luego las esquirlas del segundo proyectil
golpearon el vehículo y caí". El médico al-Rahimi le deshace la venda del
costado. Junto al hígado Alwani tiene una enorme llaga sanguinolenta, quizá
de centímetro y medio de profundidad. La sangre le corre aún de las piernas
y entre los dedos de los pies. "¿Por qué le disparan a civiles?", me pregunta.
Sí, me sé el guión. Saddam habría matado a más iraquíes si no hubiéramos
invadido -argumento no muy afortunado en el hospital Kindi- y estamos
haciendo todo esto por el bien de ellos. ¿Acaso Paul Wolfowitz no nos dijo
hace unos días que oraba tanto por las tropas estadunidenses como por el
pueblo iraquí? ¿Acaso no vinimos a salvarlos -no digamos que también a su
petróleo-, y no es Saddam un hombre cruel y brutal? Pero entre esta gente
tales palabras son una obscenidad.
Saadia Hussein al-Shomari parece alfiletero, con agujeros ensangrentados en
la cara, los brazos, las piernas, el pecho, el vientre, el abdomen... Es la
oficinista del Ministerio de Comercio y yace dormida, exhausta por el
dolor, en tanto otro médico le espanta las moscas de las heridas con un
pedazo de cartón y me pregunta -como si yo supiera- si un ser humano se
puede recuperar de una herida grave en el hígado. Un pariente de Sadia me
cuenta poco a poco que ella salía de su casa, en el distrito de Jdeidi,
cuando un avión estadunidense dejó caer una bomba de racimo sobre el
inmueble. "Había algunos vecinos de ella. Les dio a todos. A uno le arrancó
una pierna, a otro un brazo y una pierna, que salieron volando".
Y luego estaba Safa Karim. Tiene 11 años y está muriéndose. El fragmento de
una bomba estadunidense le dio en el estómago; la niña sangra por dentro y
se retuerce en la cama con un enorme vendaje en el vientre, una sonda en
la nariz y -de algún modo lo más terrible- cuatro pañuelos corrientes y
sucios que la sujetan de muñecas y tobillos a la cama. Gime y se revuelve
en la cama, luchando a la vez contra el dolor y el cautiverio. Un pariente
-su madre, de velo negro, está en silencio al lado de la cama- me dice que
está demasiado enferma para entender su destino.
"Le han dado 10 frascos de medicina y los ha vomitado todos", me dice. A
través de la máscara en que la sonda convierte su cara, mueve los ojos
hacia su madre, luego al médico, luego al periodista y finalmente otra vez
hacia su madre.
El familiar abre las palmas de las manos, como hacen los árabes para
expresar impotencia. "¿Qué podemos hacer?", dicen siempre, pero él no dice
nada.
Me alegro de que así sea. Después de todo, ¿cómo podría decirle que Safa
Karim debe morir por el 11 de septiembre, por las fantasías de George W.
Bush, por la certeza moral de Tony Blair, por los sueños de "liberación" de
Paul Wolfowitz y por esa "democracia" que para crearla requiere que les
arranquemos a bombazos la vida a estas personas?
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Sin humildad ni honor entra la tropa de EU a la ciudad
A mansalva, el fuego sobre los civiles en Bagdad
En conferencia de prensa, ministro iraquí minimiza el avance invasor con la
batalla como fondo
por Robert FISK (8/4/03)
Bagdad, 7 de abril.
Comenzó con una serie de vibraciones masivas, como una gran pisada que
sacudió mi habitación. Tump, tump, sonaba. Aún acostado en mi cama, traté
de imaginar la causa. Fue como ese momento en Parque Jurásico en que los
turistas escuchan por primera vez las pisadas del dinosaurio, el estruendo
cada vez más fuerte y espantoso de latidos acompasados y monstruosos. Por
la ventana, que da a la margen occidental del Tigris, vi un arma antiaérea
iraquí emplazada en la azotea de un edificio blanco de cuatro pisos,
situado a unos 400 metros, disparando hacia algún objetivo ubicado al otro
lado del río.
Tump, tump, escuché otra vez un ruido tan enorme que disparó las alarmas
contra robo de un millar de autos en la ribera del río.
Sólo al amanecer, cuando llegué a la avenida, me di cuenta de lo ocurrido.
Desde la guerra del Golfo de 1991 no había oído el ruido del fuego de la
artillería estadunidense. Y ahí, a unos cientos de metros en la ribera del
Tigris, los vi. Al principio parecían minúsculos ciempiés blindados, que
caminaban y se detenían, extrañas criaturitas de color café y gris que
habían llegado a una tierra extraña y buscaban agua.
Había que mantener la vista en los ciempiés para interpretar la realidad,
para darse cuenta de que cada criatura era un vehículo de combate Bradley,
que su cola era un puñado de marines estadunidenses que corrían
protegiéndose con la armadura, avanzando juntos cada vez que su protección
aceleraba y maniobraba para acercarse al Tigris.
Hubo un estallido de fuego de ametralladoras del lado estadunidense y un
rápido tableteo de granadas impulsadas por cohetes y columnas de humo
blanco del lado de los soldados y milicianos iraquíes, ocultos en
trincheras sobre la misma ribera, más al sur. Fue así de rápido, así de
simple y así de espantoso.
De hecho la vista era tan extraordinaria, tan inesperada -pese a todos los
alardes del Pentágono y las promesas de Bush-, que uno se olvidaba de los
precedentes que estaba sentando para la historia futura de Medio Oriente.
Entre el tableteo de las ametralladoras, las balas trazadoras que cruzaban
el río y los enormes fuegos petroleros que los iraquíes encienden para
cubrir su retirada, uno tenía que desviar la mirada -hacia los grandes
puentes situados más al norte, hacia las aguas verde pálido de ese
antiquísimo río- para caer en cuenta de que un ejército occidental empeñado
en una cruzada moral había llegado hasta el corazón de una ciudad árabe por
primera vez desde que el general Allenby entró a Jerusalén en 1918. Pero
Allenby ingresó a pie, en reverencia al lugar del nacimiento de Cristo.
Este lunes los estadunidenses irrumpieron sin humildad ni honor.
Los marines y las fuerzas especiales que se dispersaron a lo largo de la
margen occidental del río irrumpieron en el mayor de los palacios de Saddam
Hussein, filmaron sus inodoros y baños y descansaron en sus prados antes de
reanudar el avance hacia el sur, hacia el hotel Rashid, y tirotear a
soldados y civiles por igual. Cientos de hombres, mujeres y niños iraquíes
fueron llevados agonizantes a los hospitales de Bagdad en las horas que
siguieron, víctimas de balas, esquirlas y bombas de racimo. De hecho
pudimos ver los A-10 estadunidenses, de motores gemelos, lanzar sus
descargas de uranio empobrecido al otro lado del río.
Desde la margen occidental observé a los marines correr hacia una zanja con
el rifle al hombro, en busca de combatientes iraquíes. Pero sus enemigos
siguieron disparando desde las casas de adobe que están al sur, hasta que
finalmente corrieron para ponerse a salvo. Salían de las trincheras, entre
los proyectiles estadunidenses, y corrían aterrados por el borde del agua.
La mayoría llevaba sus armas. Algunos volvían a caer en una caminata que
revelaba su agotamiento, otros se metían al agua, hasta las rodillas y aun
hasta el cuello.
Tres soldados salieron de una trinchera con las manos en alto, frente a un
grupo de marines, pero otros siguieron combatiendo. El tump, tump, tump de
las armas estadunidenses continuó más de una hora. Luego los A-10
regresaron, junto con un cazabombardero F-18, que envió una ráfaga de fuego
a lo largo de las trincheras, tras lo cual el tiroteo se apagó.
Parecía que Bagdad caería en cuestión de horas. Pero el día se caracterizó
por ese curioso atributo de la guerra, una mezcla loca de normalidad,
muerte y farsa. Porque en el preciso instante en que los estadunidenses
avanzaban combatiendo hacia el norte del río y los F-18 regresaban a
bombardear la ribera, el ministro iraquí de Información se apareció para
dar una conferencia de prensa en la azotea del hotel Palestina, a 800
metros escasos de la batalla.
Mientras los proyectiles estallaban a su izquierda y el aire se llenaba de
poderosos jets estadunidenses, Mohamed-al-Sahaf anunció a un centenar de
periodistas que todo era un ejercicio de propaganda, que los estadunidenses
ya no estaban en posesión del aeropuerto de Bagdad, que los reporteros
deberían "corroborar una y otra vez los hechos... Eso es todo lo que les
pido".
Piadosamente los fuegos petroleros, las explosiones de bombas y el humo
oscurecieron la ribera occidental del río, de modo que ya no fue posible
corroborar los datos por el simple expediente de mirar tras el hombro de
Sahaf. Lo que el mundo quería saber, por supuesto, era si Bagdad estaba a
punto de ser ocupada, si el gobierno iraquí se rendiría y -la madre de
todas las preguntas- ¿dónde estaba Saddam? Pero Sahaf empleó todo su tiempo
en condenar al canal árabe de televisión Al Djezairai por su complicidad
con Estados Unidos y excoriar a los estadunidenses por utilizar "los
vestíbulos y salones" de Saddam Hussein para hacer "propaganda barata". Los
estadunidenses "serán sepultados allí", gritó por sobre el fragor de la
batalla. "No les crean a esos invasores. Serán derrotados".
Apenas la semana pasada, Sahaf nos informó que los estadunidenses tendrían
sus tumbas en el desierto. Ahora su lugar de reposo eterno se ha desplazado
a la ciudad.
Y mientras más hablaba, más quería uno interrumpirlo para decirle "un
momento, señor ministro, eche una ojeada atrás de su hombro derecho". Pero,
claro, así no ocurren las cosas. Por qué no nos vamos todos a dar una
vuelta por la ciudad, sugirió.
Eso fue lo que hice. Los autobuses de dos pisos de la corporación daban
servicio. Y si las tiendas estaban cerradas, los puestos callejeros estaban
abiertos, y cerca de la calle Yasser Arafat había hombres reunidos en las
casas de té comentando la guerra. Fui a comprar fruta y el tendero no se
entret
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