[P/L@] DD.HH. Documentos
Recuerdos de la muerte
Hablan los genocidas de la dictadura argentina
Dossier de las entrevistas a jefes del terrorismo de estado en la Argentina
de los '70, emitidas el lunes pasado en el video documental "Escuadrones de
la Muerte. La Escuela Francesa", realizado por la periodista Marie-Monique
Robin para el Canal Plus francés Presentamos el informe completo publicado
por el periodista Horacio Verbitsky en el Diario Página/12, un documento
escalofriante que muestra una vez más el vergonzoso producto de 20 años de
impunidad en Argentina democrática. P/L@
DIAZ BESSONE ADMITE MILES DE TORTURADOS Y EJECUTADOS EN LA CLANDESTINIDAD
"Usted no puede fusilar 7000 personas"
El general Ramón Díaz Bessone, ex Comandante del Cuerpo II y ex ministro de
Videla, admitió que 7000 personas fueron torturadas y ejecutadas bajo la
dictadura militar. En un reportaje que se emitirá el 1º de setiembre en la
televisión francesa y en otros diez países explicó que no se animaron a
fusilarlos por temor a la condena del Papa. La principal enseñanza de los
instructores franceses en guerra contrarrevolucionaria fue la inteligencia,
dijo.
Por Horacio Verbitsky
Página/12. www.pagina12web.com.ar
Los detenidos-desaparecidos durante la dictadura militar fueron sometidos a
torturas y ejecutados en forma clandestina, reconoció el general Ramón
Genaro Díaz Bessone. Desde los salones del club social "Círculo Militar",
del que fue presidente durante varios períodos, Díaz Bessone sostuvo que en
la denominada guerra contrarrevolucionaria los daños colaterales son los
desaparecidos y las ejecuciones extralegales. "¿Cómo puede sacar
información (a un detenido) si usted no lo aprieta, si usted no tortura?",
preguntó. Díaz Bessone descartó como "propaganda" la cifra de 30.000
detenidos-desaparecidos y dijo que no llegaban a 7000. Pero admitió que
fueron asesinados en la clandestinidad, cosa que nunca había hecho antes en
público ningún integrante de la cúpula castrense de entonces. "¿Usted cree
que hubiéramos podido fusilar 7000? Al fusilar tres nomás, mire el lío que
el Papa le armó a Franco con tres. Se nos viene el mundo encima. Usted no
puede fusilar 7000 personas". En el juicio a las juntas militares de 1985
Jacobo Timerman testimonió que el temor a la condena del Papa fue el
argumento que altos jefes militares le dieron luego del golpe de 1976 para
explicar la opción por la clandestinidad. Díaz Bessone continúa: "¿Y si los
metíamos en la cárcel, qué? Ya pasó acá. Venía un gobierno constitucional y
los ponía en libertad. Porque esta es una guerra interna. No es el enemigo
que quedó del otro lado de la frontera. Salían otra vez a tomar las armas,
otra vez a matar". Las confesiones de uno de los generales paradigmáticos
de la dictadura militar, que quedó en libertad gracias al indulto
presidencial, forman parte del telefilm "Escuadrones de la muerte. La
Escuela Francesa", dirigido por la periodista Marie-Monique Robin. El
documental se difundirá el 1º de setiembre en el Canal Plus de París y en
una docena de países. Robin cedió a este diario los derechos de
reproducción sobre el testimonio de Díaz Bessone y de los otros generales
argentinos entrevistados, Albano Eduardo Harguindeguy, Benito Bignone y
Alcides López Aufranc, que se publicarán en días subsiguientes (ver
"Discurso del método").
"Heridas profundas"
Al comparar la guerra sucia argentina con las guerras coloniales francesas
que la inspiraron, Díaz Bessone afirma que entre ambas hubo "una gran
diferencia: Argelia llegó a su independencia. Los que combatieron quedaron
separados, unos en Argelia y otros en Francia. Con el tiempo es más fácil
llegar a un acuerdo, a una amistad, a olvidar lo que pasó. Pero acá fue una
guerra interna, con características de una guerra civil. Cuando se termina
la guerra tenemos que convivir los antiguos enemigos. Y eso es muy difícil.
Porque quedan heridas muy profundas, que seguimos viviendo en la
Argentina". Según Díaz Bessone, "como se trató de una guerra interna la
reconciliación es muy difícil de lograr". Insiste en que mientras "los
argelinos hoy constituyen un país separado, acá los revolucionarios eran
argentinos y siguen siendo argentinos y nos cruzamos en la calle todos los
días". Eso parece obsesionarlo, aunque no termina de extraer las
conclusiones de su propio razonamiento, descriptivas del desempeño de un
ejército nacional como tropa de ocupación. Por el contrario, intenta una
extravagante justificación: "Si los revolucionarios subversivos
guerrilleros hubieran ganado esa guerra hubieran implantado un dictador al
estilo de Fidel Castro o de Guevara. Yo no creo que hubiera durado mucho.
Una cosa es Cuba, una isla, que tuvo la protección soviética. Otra cosa es
la Argentina, con más de 5000 km de frontera. Nuestro país hubiera sido
objeto de invasiones para expulsar a ese gobierno que hubiera sido una
amenaza para todos los vecinos. Con lo cual hubiéramos tenido, en tren de
hipótesis, una terrible matanza en la región, con guerras locales. Todo eso
se evitó al impedir la implantación de ese tipo de gobierno".
"Interrogatorios duros"
Los asesores franceses que formaron a los militares argentinos predicaban
con el ejemplo de la batalla de Argel. Enseñaron la división del territorio
en zonas, subzonas y áreas de seguridad, la importancia del servicio de
inteligencia y los métodos de interrogatorio de los prisioneros, dijo Díaz
Bessone. "Sin un buen sistema de inteligencia es absolutamente imposible
desarmar una organización revolucionaria, subversiva, guerrillera, porque
ellos no llevan uniforme que los identifique. Al contrario, visten la ropa
del paisano, del hombre común, del hombre de la calle. Están en todas
partes. Atendiendo un comercio, asistiendo a clases en la universidad o en
colegios, enseñando como profesores. Puede ser un abogado, un ingeniero, un
médico, un trabajador, un obrero", sostuvo Díaz Bessone. El servicio de
inteligencia "va detectando las células. Toma prisionero a un subversivo.
Ese hombre está inserto en una célula de 3 a 5 personas. Es necesario
interrogarlo para detectar a otro. Una vez que se reconstruye a la célula,
sólo uno de ellos está conectado con la otra célula. De ese modo se puede
ir reconstruyendo el tejido, se va armando un cuadro en donde están los
nombres de aquellos que pertenecen a una célula, luego la célula con la que
están conectados y así sucesivamente hasta llegar a la cabeza, a la cúpula,
a la jefatura", explica Díaz Bessone, quien se declara de acuerdo con la
afirmación de que "la única manera de acabar con una red terrorista es la
inteligencia y los interrogatorios duros para sacarles información". A su
juicio esa enseñanza de los franceses fue exitosa.
Interrogado acerca de los comandos especiales de paracaidistas franceses
que actuaron en Argelia, Díaz Bessone explicó que "acá fue distinto, operó
todo el Ejército sin excepciones. Todos los hombres en actividad actuaron
en la guerra contra la subversión, desde que se empeñó a las Fuerzas
Armadas, en febrero de 1975 hasta que terminó en 1978/9. Con mucha
eficacia, en no más de tres años fue aniquilada la subversión", dijo. Una
de las formas de transmisión de las enseñanzas francesas fue la lectura de
los libros de Jean Lartéguy, Los Mercenarios, Los Pretorianos y Los
Centuriones, en cuyas páginas se describe sin eufemismos la tortura y
asesinato de prisioneros. Los asesores franceses "nos recomendaron esos
libros. Fue un complemento a esa experiencia, que nos hizo pensar cómo se
desarrolló la guerra revolucionaria en Argelia, que después debimos
enfrentar nosotros en la Argentina. El método de interrogatorio estaba
explícito en los libros de Lartéguy. Les resultó el único posible para
obtener información y desarmar el aparato de la guerrilla revolucionaria.
Esta es una discusión terrible que va a subsistir a través de todos los
tiempos, mientras exista una guerra revolucionaria y se tomen prisioneros",
justifica Díaz Bessone.
"Ninguna crítica"
En defensa de su posición, menciona las bombas atómicas lanzadas por
Estados Unidos en Japón y los recientes bombardeos a Irak, en los que
murieron civiles no beligerantes. "Los derechos humanos son un progreso
enorme en bien de la humanidad. Pero en la guerra se sale a matar. El
primer derecho humano es respetar la vida del otro. En consecuencia la
guerra debe abolirse. Si atendemos al mensaje cristiano, amaos los unos a
los otros, la guerra debe desaparecer. Pero la guerra es una realidad,
existe. Y hay que hacerla como dicen Clausewitz y los grandes pensadores
franceses. Clausewitz aprendió de Napoleón. El dijo que aquel que no vacile
en aplicar toda la fuerza necesaria para conseguir la victoria es el que
tiene las mayores probabilidades de éxito". En una curiosainterpretación
del derecho internacional, Díaz Bessone pretende que sus leyes sólo
protegen a los prisioneros de uniforme, capturados en una guerra clásica.
"Pero no alcanzan a aquellos guerrilleros que no usan uniforme". El militar
argentino argumenta que tampoco "se le respetan las leyes internacionales a
los guerrilleros de Chechnia y Al Qaeda". Estos últimos "fueron llevados a
Guantánamo y sacados de los tribunales de Estados Unidos". Por las dudas,
aclara que "no estoy haciendo ninguna crítica", porque "no se puede hablar
de leyes de la guerra contra un enemigo que no respeta ninguna ley. El
sería un combatiente privilegiado. A él sí hay que aplicarle las leyes,
todas las convenciones internacionales, pero él no respeta ninguna. En esa
desigualdad siempre ganaría el guerrillero".
Lejos de negar la tortura, Díaz Bessone la justifica. Dice que "en países
que sufren en forma muy aguda la agresión terrorista, hasta la Corte
Suprema de Justicia autorizó el uso de la tortura para obtener información
como única manera de poder desarmar esa organización de atentados
terroristas. Esto no sólo ocurre en Israel. Ha ocurrido en Argelia. Los
alemanes, los rusos, todo el mundo lo aplicó. El gran fastidio que yo tengo
es que los países grandes no investigan qué pasó por ejemplo en la guerra
civil española. Se cometieron atrocidades. En la Segunda Guerra Mundial
también. No hay ningún juez Garzón que pida la extradición o juzgarlos en
su país a los responsables de violaciones a los derechos humanos. Pero a
los pequeños países como el mío sí. Pongámonos de acuerdo. Si nos aplican
los derechos humanos a nosotros en una forma absolutamente abusiva,
aplicando incluso leyes con retroactividad, aplíquenlo en todo el mundo, en
sus propios países. ¿Por qué esa acción persistente contra nuestros países,
sobre todo contra la Argentina?".
"Hubo que interrogar"
Díaz Bessone dijo que en la Argentina se había perdido la distinción entre
beligerantes y población civil. "Hemos conocido amigos nuestros, cuyos
hijos eran para los padres insospechados, estudiantes, buenos chicos. Ellos
no sabían que ese hijo que iba a la universidad estaba en la guerrilla y
escondía armas en su propia casa. Al estar metido dentro de la población, a
veces se toma a alguien y se piensa que todos los que están en esa casa
están complicados en la guerrilla y se cometen errores. Son los errores
característicos de esta guerra", dijo. "La gente que critica no lo va a
entender nunca. Pero el error es humano cuando hay guerrilleros infiltrados
en la población, hijos, amigos. Una amiga de la hija del jefe de la Policía
Federal, le puso una bomba en la cama que voló el jefe de policía y quedó
destruida esa familia. Y era una amiga. Se salió a perseguir, se
encontraron los padres. Los padres de esa chica, ¿sabían, conocían?
Mientras no se averiguó hubo que interrogar. No en vano se la llama guerra
sucia".
"La condición humana"
Díaz Bessone se declaró "muy respetuoso de la condición humana". Pero el
ejemplo no se refería a la guerra sucia militar contra la sociedad
argentina sino a su relación con los empleados y empleadas del Círculo
Militar, donde sigue atendiendo como dueño de casa. "Cuando era presidente
le daba la mano a todo el mundo. No acostumbraba a besar, porque no quería
que se pudiera interpretar mal. Ahora que no soy más presidente les doy un
beso. Pero en aquel tiempo no. Ya tengo 77 años y no quiero que me digan
viejo verde". También se definió como "un ferviente defensor de la
libertad" y dijo que durante la Segunda Guerra Mundial simpatizó con los
aliados, contra el nazismo. "Estoy con la libertad, por eso combatimos a
los revolucionarios. Al derrotar a la subversión impedimos que se instalara
un régimen totalitario. Por eso aparentemente hay mucha libertadde
expresión, pero hay un grupo de gente, militar, que tenemos que tener mucho
cuidado para hablar de las cosas que estamos hablando. Porque no falta
quien busca la manera de hacer un juicio por apología del delito. Tenemos
la palabra restringida. Del tema de la tortura no se puede hablar mucho por
eso. Es terrible". Desconfiado, Díaz Bessone colocó un grabador sobre el
escritorio y al comenzar la entrevista lo echó a andar. Su confesión sobre
las torturas y ejecuciones se produjo en un momento en que creía que la
cámara estaba apagada. Su actual esposa, Leticia, lo interrumpió dos veces
durante el reportaje, para llamarle la atención sobre detalles que él había
pasado por alto al hablar de los desaparecidos. En una de ellas se produjo
este diálogo:
Leticia: Los subversivos tenían la pastilla de cianuro, para matarse y
matar a otros.
Díaz Bessone: Pero esos son muertos.
Leticia: Pero los cuentan como desaparecidos.
Díaz Bessone: Mucho no quiero hablar de eso.
***
Discurso del método
El impresionante documental de Marie-Monique Robin "Escuadrones de la
Muerte" demuestra que los métodos de la guerra sucia militar contra la
sociedad argentina fueron enseñados aquí y en la Escuela de Guerra de París
por militares franceses que cometieron los mismos crímenes dos décadas
antes, en las guerras coloniales de Indochina y Argelia. La periodista,
autora de libros que han dado la vuelta al mundo, como su investigación
Ladrones de Organos o la historia de las Cien Fotografías que hicieron la
historia del siglo XX, entrevistó a los militares franceses que inventaron,
aplicaron y enseñaron el método y a sus discípulos en Estados Unidos, Chile
y la Argentina. Cuatro generales argentinos prestan su testimonio: Díaz
Bessone, quien fue comandante del Cuerpo II de Ejército y ministro de
Planeamiento de la dictadura; el ex ministro del Interior Albano Eduardo
Harguindeguy, el ex dictador Benito Bignone y el ex Jefe de Estado Mayor
del Ejército, Alcides López Aufranc. Algunos de los franceses que cuentan
su parte de la historia son el general Paul Aussaresses, cuyo libro
Services Speciaux Algérie 1955/57, sacudió a Francia hace dos años porque
narró en primera persona y con detalle las torturas y ejecuciones
clandestinas cometidos, y el ex ministro de Ejército, Pierre Messmer, quien
envió a Aussaresses a Estados Unidos donde, junto con otra decena de
veteranos de Argelia, instruyeron al Ejército de aquel país en las técnicas
que luego se aplicarían en Vietnam.
Dos de sus discípulos, el general John Jons y el coronel Carl Bernard
describen las enseñanzas de Aussaresses y cómo fueron aplicadas en Vietnam,
donde produjeron el asesinato de 20.000 civiles durante el Plan Fénix. El
general chileno Manuel Contreras, quien cumple una condena judicial en
Santiago, reconoce que Aussaresses entrenó en Manaos, Brasil, a los
torturadores de la DINA y que la dictadura de Pinochet mantenía un fluido
intercambio de información con el gobierno francés de Valery Giscard
D’Estaing. Lo mismo admite Harguindeguy. Marie Monique-Robin cedió a
Página/12 los derechos de reproducción en la Argentina de sus entrevistas
con Díaz Bessone, Harguindeguy y Bignone, que se publicarán en días
sucesivos. En el documental se incluyen sólo fragmentos. El
materialcompleto termina con cualquier disputa posible acerca de los
métodos de la dictadura.
***
Las causas
Las cámaras federales de Rosario y Paraná procesaron a Díaz Bessone en seis
causas distintas, por los secuestros, tormentos, homicidios y
desapariciones forzadas de personas sucedidas en 1976, cuando era jefe del
Cuerpo II de Ejército y de la Zona de Seguridad 2. Al fallar la causa 13
contra los ex Comandantes, la Corte Suprema de Justicia consideró probados
en esa jurisdicción los homicidios de Cristina Constanzo, Daniel Omar
Barjacoba, María Cristina Márquez y Sergio Jalil Drake, y las privaciones
ilegales de la libertad y tormentos de Antonio Miño Retamozo, Susana
Miranda, Ariel Morandi, Adriana Arce y Antonio Rafael Zárate. En Paraná se
investigaban cinco privaciones ilegales de la libertad continuadas (Claudio
Fink, Sixto Zalazar, Justo Solaga, Oscar Desorzi y Norma González) y las
privaciones ilegales de la libertad en concurso con tormentos de Juan
Santamaría, Juan Wursten, Daniel Yrigoyen, Néstor y Enrique Zapata, Jaime y
Emilio Martínez Garbino y Víctor Ingold. En Paraná estaba procesado en las
causas 11.439, 11.506 y 11.440, por hechos ocurridos en esa ciudad, en
Concordia y en Gualeguaychú, respectivamente. En Rosario, debía responder
en las causas 47.913 "Feced, Agustín y otros s/Homicidio, Violación etc",
47.944: "Juárez, Mirta y otros s/Denuncia" y 49.544: "Sonia Beatriz
González s/Desaparición". Díaz Bessone solicitó acogerse a la ley de
obediencia debida, pero la Corte Suprema se lo negó, porque como jefe de
Zona no había recibido sino impartido las órdenes ilegales de la guerra
sucia. Menem lo indultó por el decreto 1.002/89, en octubre de 1989. Además
de la solicitud de extradición del juez Baltasar Garzón que el gobierno de
Aznar se negó a tramitar, también Francia podría reclamarlo, por la
desaparición del estudiante de ingeniería Yves Alain Domergue, secuestrado
en Rosario el 20 de setiembre de 1976 por una patrulla militar dependiente
de Díaz Bessone.
***
BIGNONE: LA IGLESIA CONVALIDO LAS TORTURAS
"Estaban de acuerdo"
El general Benito Bignone admitió 8000 desapariciones, aunque asignó 1500
al gobierno justicialista. Detenido por el robo de bebés, dijo que la
tortura fue aprobada por la Iglesia. El último dictador también formuló su
propia doctrina penal: 1: "La única forma de evitar que le pongan una bomba
es matar antes al tipo que se la va a poner". 2: "El delincuente tiene que
saber que en la comisaría por lo menos una pateadura se va a ligar".
Por Horacio Verbitsky
El ex dictador Benito Bignone admitió que los instructores franceses
enseñaron a los militares argentinos el método del secuestro, la tortura y
la ejecución clandestina de personas y dijo que el Episcopado argentino
aprobó esa práctica. En una entrevista con la periodista francesa
Marie-Monique Robin, contenida en el documental Escuadrones de la Muerte.
La Escuela Francesa, que se emitirá el 1º de septiembre en la televisión de
París y en otra docena de países, Bignone dijo que los derechos humanos
tienen valor distinto según la persona de quien se trate. En una asombrosa
extrapolación de épocas, homologó las torturas aplicadas durante la
dictadura militar con el maltrato a detenidos por la policía en el presente
y dijo que los delincuentes que entran a una comisaría deben recibir por lo
menos una pateadura. Bignone está bajo arresto domiciliario a disposición
del juez federal Jorge Urso, en la causa por el robo de bebés dados a luz
en cautiverio. Durante la entrevista, que fue filmada con una cámara
oculta, Bignone dijo que sólo padece el "daño moral" de su detención y
describió las envidiables condiciones en que la cumple, con salidas diarias
autorizadas por la Justicia.
Según Bignone no hubo diferencia alguna entre la denominada Batalla de
Argel y la guerra sucia militar contra la sociedad argentina. "Fue una
copia. Inteligencia, cuadriculación del territorio dividido por zonas. La
diferencia es que Argelia era una colonia y lo nuestro fue dentro del país.
Era una diferencia de fondo pero no de forma en la aplicación de la
doctrina. Los [instructores] franceses dictaban conferencias y evacuaban
consultas. Para algo estaban acá. No cobraban el sueldo de gusto", dijo.
Quien introdujo en la Argentina el interés por la guerra revolucionaria fue
el coronel y luego general Carlos Jorge Rosas, quien cursó la Escuela de
Guerra francesa a mediados de la década de 1950. "El trajo la inquietud de
que toda la preparación de la guerra clásica no servía, porque la guerra
moderna, la guerra revolucionaria, era totalmente diferente. Fue
subdirector de la Escuela de Guerra y subjefe del Estado Mayor y el gestor
de que tuviéramos una asesoría francesa."
http://200.61.159.98/diario/elpais/1-24901.html
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El caso Moro
Respecto de los interrogatorios con torturas, Bignone contó una reunión que
mantuvo en 1977 con tres obispos de la Iglesia Católica. Se trató de "un
almuerzo para hablar de estos temas". El 7 de mayo de ese año, el
Episcopado firmó una carta pastoral en la que expresó "serias inquietudes"
por las desapariciones y secuestros, las detenciones sin proceso y las
torturas, que atribuyó en forma bizantina a que "el gobierno no ha logrado
aún el uso exclusivo de la fuerza". Bignone no identificó quiénes fueron
sus interlocutores eclesiásticos, pero contó el diálogo que dijo haber
sostenido con ellos. El militar les formuló un dilema hipotético:
- Como representante del Estado argentino, sea juez o general, tengo en mi
poder al señor Juan Pérez. Es un subversivo que sabe dónde está una
señorita que sé que está raptada por la subversión y de la que yo soy
responsable, porque tengo la obligación de protegerla. ¿Hasta dónde llega
mi potestad como Estado para que aquel señor me diga dónde está esta
señorita, de modo que yo la pueda salvar?
- Su pregunta es muy difícil, general dijeron al unísono los tres obispos,
según Bignone. Pero luego, "el más viejo, que ya murió, dijo que ensayaría
una respuesta:
- Creo que su potestad llega hasta cuando ese hombre hable con dominio de
su mente".
Para Bignone ello implica que los obispos "estaban de acuerdo con buscar la
manera de que [el detenido o secuestrado] me diga dónde está la persona que
necesito salvar". A su juicio la disyuntiva correspondía a un "caso
típico", que ejemplificó así ante la cámara: "Aldo Moro estaba preso y al
mismo tiempo estaba preso el jefe de las Brigadas Rojas. ¿Usted cree que no
sabía dónde estaba Moro? ¿Qué era más importante, los derechos humanos de
ese sinvergüenza o los derechos humanos de Aldo Moro?”. La democracia
italiana respondió a ese dilema de un modo opuesto al de la dictadura
argentina. Cuando el jefe de policía, general Carlo Alberto Dalla Chiesa,
recibió la sugerencia de torturar a los detenidos para llegar a Moro
respondió: "Italia puede permitirse perder a Aldo Moro, pero no puede
permitirse implantar la tortura". Moro fue asesinado por las Brigadas Rojas
en mayo de 1978 pero Italia conservó un gobierno democrático y derrotó a
los brigadistas sin cometer las atrocidades que hasta el día de hoy han
dejado una huella espantosa en la sociedad argentina.
***
Ocho mil desaparecidos
Bignone admitió la desaparición de personas detenidas pero puso en duda su
cantidad. "Nuestro presidente habla de 30.000, pero sólo fueron 8000, de
los cuales 1500 bajo el gobierno de ellos" [los justicialistas]. Hace una
década, en su libro El último de facto, redactado por el escritor fantasma
militar Héctor Simeoni, Bignone consideró que "hubiera sido un error
trágico" publicar una lista de muertos por la dictadura militar, porque
"después vendrían los interrogantes: ¿quién lo mató, dónde está el cadáver,
por qué lo mataron?". Dijo que los secretarios generales de las tres
Fuerzas Armadas "llegamos a la conclusión de que no era conveniente". Pero
aun luego de haber admitido ante Marie-Monique Robin la responsabilidad
castrense por la desaparición de entre 6500 y 8000 personas, Bignone
repitió las inconsistentes explicaciones de los años de su gobierno. "Es un
tema tabú, es una exageración lo que dicen acá. Es un tema muy difícil de
explicar. La esencia es que los primeros que optan por desaparecer son
ellos. No es como en el caso de Argelia. En el caso nuestro, ellos pasan a
la clandestinidad, desaparecen. Se ponen nombres de guerra, tienen
documentos falsos y obran en la clandestinidad. O sea, para la sociedad no
existen. ¿Nos vamos a preocupar después nosotros por identificarlos?
Llevaban una pastilla de cianuro en el bolsillo. En la guerra clásica
también hay desaparecidos", dice, acumulando incoherencias.
Entrevistado para el mismo documental, el ex comandante del Cuerpo de
Ejército II general de división Ramón Genaro Díaz Bessone reconoció que la
dictadura militar hizo desaparecer a 7000 personas y que no se animó a
fusilarlas por temor a la condena papal. Marie-Monique Robin le preguntó a
Bignone si tales métodos le habían costado "algunas preguntas éticas al
principio". Su respuesta: "¿Qué le parece? Uno vive haciéndose preguntas
éticas. Yo creo que la reacción que vino después contra la Argentina,
contra Chile y Uruguay fue precisamente motivada para que nadie se anime en
el mundo a hacer lo que hicimos nosotros, porque ésa es la única manera de
terminar con la subversión. No es lo mismo que convivir con la subversión,
como convive Colombia o España con la ETA, o que ser derrotado por la
subversión, como fue con Cuba o pudo ser El Salvador. Porque nosotros
terminamos con la subversión. Que después perdimos políticamente es otra
cosa. Pero militarmente terminamos con la subversión". El ex dictador ni
siquiera sospecha que aquello que el mundo condena son los crímenes de lesa
humanidad cometidos en forma sistemática desde el Estado para lograr fines
que la camarilla gobernante definió por sí y ante sí como deseables para la
Patria.
Ayer, hoy y mañana
La atrocidad de esos procedimientos y su incompatibilidad con cualquier
forma del derecho, civil o militar, aparece en toda su extensión cuando
Bignone intenta fundamentarlos en una doctrina contrainsurgente: "Si usted
quiere que no le pongan una bomba en su casa, por más guardia que
tengaigual se la van a poner. La única forma de evitarlo es matar al tipo
que le va a poner la bomba antes de que la ponga".
- En mi país se habla abiertamente de estos temas, que antes eran tabú. Se
discute si había que utilizar la tortura o no y qué técnicas se aplicaron
dice la periodista francesa.
Bignone responde que leyó las declaraciones del general Paul Aussaresses,
cuyo libro Services Speciaux Algérie 1955/57 sacudió a Francia hace dos
años porque narró en primera persona y con detalle las torturas y
ejecuciones clandestinas cometidas por sus Fuerzas Armadas en Argel, donde
3024 personas desaparecieron, según el cálculo preciso del renunciante jefe
de Policía de la ciudad, Paul Teitgen. "Israel tiene reconocida la tortura.
Todas las policías del mundo. ¿O somos tan hipócritas para decir que no? A
la policía hay que tenerle respeto y si no, miedo. El delincuente tiene que
saber que si entra a la comisaría por lo menos una pateadura se va a ligar.
Aquí en nuestro país pasa lo contrario. El policía le tiene miedo al
delincuente", agrega Bignone, en una notable extrapolación cronológica.
La picana eléctrica se utilizó siempre "en todos lados", dice, y en la
Argentina comenzó a utilizarse "en tiempos de Perón". La principal
enseñanza de los franceses fue el uso de la inteligencia, que Bignone
describe como "la piedra angular de la lucha contra la subversión". También
cuenta que leyó Los Pretorianos, Los Mercenarios y Los Centuriones, de Jean
Lartéguy, que los instructores franceses recomendaron a sus discípulos
argentinos. Curioso cruce de ficción y realidad: los libros de Lartéguy son
novelas apologéticas. En uno de ellos, Los Centuriones, el personaje
Boisfeuras está inspirado en Aussaresses, el torturador y ejecutor. Ex
paracaidista él mismo, Lartéguy retrata a Boisfeuras/Aussaresses en forma
despectiva. Le atribuye "espíritu tortuoso, gusto por la intriga, falta de
escrúpulos y palabra de honor, necesidad monstruosa de poder, que sólo
conseguía satisfacer a la sombra de personas de grado superior, lo cual lo
tornaba al mismo tiempo cauteloso y amargo". A la inversa, el documental
muestra cómo la película ítalo-argelina de ficción La batalla de Argel,
dirigida por el comunista Gillo Pontecorvo para denunciar los métodos
utilizados por el Ejército colonial francés, fue luego utilizada en la
instrucción de los oficiales estadounidenses y latinoamericanos que los
replicaron en el Cono Sur y en el Sudeste Asiático.
Al comparar la experiencia francesa en Argelia con la de la dictadura
argentina, Bignone dijo que en ambos casos habían ganado la batalla militar
y perdido la política. También mencionó su amistad con el instructor
francés Robert Servent, un veterano de Indochina y Argelia que formó parte
de la misión militar en Buenos Aires. Bignone recuerda el furibundo
antigaullismo de Servent, quien no perdonaba el abandono de Argelia
decidido por Le Général. Bignone es comprensivo con el ex jefe de Estado.
"Lo entiendo a De Gaulle. No se podía seguir así en este mundo. En nuestro
caso era distinto, porque estábamos en nuestro propio país, no se podía
decir al final les vamos a regalar dos provincias para que se queden
tranquilos". Ni se le ocurre que por la misma distinción que intenta, nunca
debieron acudir en su propio país a los métodos infames de un Ejército
colonial.
Bignone conoció a Servent en Madrid, en la Escuela de Estado Mayor español.
"Nos hicimos muy amigos, entre 1962 y 1964. En Madrid empezaba a
despertarse el interés [por la guerra revolucionaria]. Yo llevé el planteo
de un ejercicio teórico que se hizo en el segundo año. Transcurría en una
colonia francesa imaginaria de Africa." La importancia que ya entonces
asignaba el Ejército argentino a la experiencia colonial francesa se
desprende de otro de los recuerdos de Bignone: el oficial que obtenía las
mejores calificaciones en la Escuela Superior de Guerra era enviado a
loscursos de perfeccionamiento en París, que incluían un período de
práctica de un mes en Argelia. "La guerra contrarrevolucionaria interesaba,
y la cuna de esto era Francia. En España el interés no estaba tan
actualizado como acá. Allá la enseñanza estaba más volcada a la guerra
clásica, y muy poquito de la guerra revolucionaria" dijo Bignone.
En su promoción, el destino en París le correspondió a su compañero Juan
Carlos Gutiérrez Morcchio. Antes que él realizó el mismo curso el entonces
teniente coronel Alcides López Aufranc, quien también es entrevistado en el
documental. Al regresar, López Aufranc dirigió en Buenos Aires el Primer
Curso Interamericano de Guerra Contrarrevolucionaria, en el que
participaron oficiales de catorce países. Hasta entonces "la doctrina
nuestra era la vieja doctrina alemana, después la americana. Nuestros
reglamentos eran extraídos del Ejército de Estados Unidos, que casi no
tenían doctrina en esta materia. La Escuela de las Américas de Panamá era
la única que tenían. Los demás que iban a Estados Unidos era para estudiar
la guerra clásica".
"Muchos menos"
El ex dictador repite en el documental una frase que hizo célebre en 1980
el general Santiago Omar Riveros, quien fue su jefe en el Comando de
Institutos Militares y en la Zona IV de Seguridad y que, igual que Bignone,
ahora está bajo arresto domiciliario por el robo de bebés cuyas madres,
detenidas-desaparecidas, dieron a luz en el Hospital Militar de Campo de
Mayo. "Peleamos con la doctrina y con el reglamento en la mano", dicen
ambos. Pero además Bignone explica cuáles fueron esa doctrina y aquellos
reglamentos: "La manera de oponerse a la guerra revolucionaria fue encarada
a partir del modelo francés que íbamos conociendo por publicaciones y
oficiales que realizaban cursos en institutos galos. A fines de la década
del '60 aparecieron los primeros reglamentos para la lucha contra la
subversión, LC82 Operaciones contra las Fuerzas Irregulares, tomos I, II y
III, hechos por nosotros copiándolos de los franceses. La influencia
francesa fue la que nos dio todo. Nuestra doctrina se volcó en los
reglamentos y fue lo que aplicamos después".
Por eso, agrega, "cuando vuelve la democracia el Consejo Supremo de las
Fuerzas Armadas dictamina que las órdenes para la lucha eran inobjetables.
Allí fue donde en un exabrupto político le quitaron la causa al Consejo
Supremo y se lo pasaron a la Cámara Federal aduciendo demora". A sus 75
años, el general ni se arrepiente ni vacila: "Los que dicen que hicimos una
guerra sucia, no es cierto", se enoja en un momento. "El gran error nuestro
fue admitir llamarle guerra sucia", dice en otro, como si el problema fuera
semántico. "Ninguna guerra es limpia. En la guerra clásica todos los que
mueren o la inmensa mayoría son inocentes. No eligieron ir, los mandaron a
la guerra. En la guerra revolucionaria, ellos eligen ir a la guerra. Es
mucho más sucia la otra que ésta, porque los inocentes que mueren en la
guerra subversiva son muchos menos que en la otra donde todos, salvo el que
llevó el país a la guerra, son inocentes", afirma.
Una carrera política
En 1955, Bignone fue designado por la denominada Revolución Libertadora
veedor militar en la comisaría 20ª de la Capital. En 1964 redactó la orden
de derrocamiento de Arturo Illia "en su parte técnico operacional". Esos
fueron los primeros peldaños de una carrera política que culminaría como
dictador en 1982. En 1984 fue procesado por el juez Carlos Oliveri por la
desaparición en 1976 de los soldados conscriptos Mario Molfino, Luis García
y Luis Steimberg. Los también conscriptos del Colegio Militar que él
dirigía, Sergio García, Hugo Carballo y Juan Britos declararon que luego de
ser secuestrados y torturados fueron introducidos al despacho de Bignone,
quien les pidió disculpas, les explicó que se había tratado de un error,
que ya habían encontrado a quienes buscaban y los compensó con una licencia
hasta la baja. En el caso de García, el error fue por homonimia. Bignone
quedó en libertad en 1987 por las leyes de impunidad del ex presidente Raúl
Alfonsín. También fue acusado por convertir el Hospital Alejandro Posadas
de Ramos Mejía en un centro clandestino de detención. Desde 1999 está
detenido y con prisión preventiva dictada por el ex juez federal Adolfo
Bagnasco y ampliada por el juez federal Jorge Urso, como coautor mediato de
los delitos de sustracción, retención y ocultación y sustitución o
supresión de estado civil de los bebés alumbrados en cautiverio por las
mujeres detenidas-desaparecidas bajo la dictadura.
"Salgo todos los días"
Nacido en enero de 1928, ya en el momento de su detención superaba los 70
años que permiten a los jueces concederle el beneficio del arresto
domiciliario. Bignone recibió a la periodista francesa Marie-Monique Robin
en su departamento del sexto piso de Dorrego 2699, en el barrio militar de
Buenos Aires. "Antes de este episodio estuve en Estados Unidos, iba a Punta
del Este. Ahora no saldría ni un milímetro, porque le inventan cualquier
cosa y se lo llevan a España con el juez Garzón", dijo. "Puedo salir de la
casa con autorización del juez, tengo autorización para ir al Hospital
Militar Central, que me queda a tres cuadras. Es mi country. Además tengo
autorización para ir dos veces por semana al Círculo Militar a nadar. Y
como tengo un hijo discapacitado mental y soy socio fundador de un
instituto especializado, tengo autorización para ir a las reuniones de la
Comisión Directiva los días viernes. Salgo casi todos los días. Felizmente
éste es un edificio muy grande, puedo caminar en la azotea, que tiene más
de cien metros. Como son 30 pisos, veo el Río de la Plata. No le digo que
esta detención domiciliaria sea agradable, pero es soportable. Vivo con mi
familia, vienen mis amigos. Lo que es insoportable es el daño moral", (sic).
Capuchas
En 1985, el ex dictador Alejandro Agustín Lanusse declaró como testigo en
el juicio a las Juntas Militares, acerca de las desapariciones de su prima,
Elena Homberg Lanusse, y de su colaborador, Edgardo Sajón. Interrogado por
los jueces de la Cámara Federal, narró una discusión que sostuvo en la
guarnición Campo de Mayo con su jefe y subjefe, los generales Santiago
Riveros y Benito Bignone. "El general Riveros pretendió recriminarme o
retarme por mis manifestaciones públicas de repudio contra los
procedimientos por izquierda, agregando que gracias a ellos yo vivía. Le
dije: hay oportunidades en que es preferible no vivir, general Riveros.
Además usted no tiene jerarquía ni atribuciones como para pretender
indicarme a mí cómo debo proceder. Los ánimos se caldearon entre ambos y el
general Bignone, propio de su personalidad e idiosincrasia, pretendió
mediar con muy poca felicidad por cierto y dijo: mi general, yo hasta el
año pasado pensaba como usted, ahora he cambiado de forma de pensar. Lo
lamento, general Bignone; con la misma franqueza le digo entonces que hasta
el año pasado yo tenía un concepto del general Bignone y que ahora no lo
mantengo, y además recuerdo que no sé si en la época suya pero sí en la
época actual, que por ahí hay procedimientos ordenados en el Colegio
Militar en los cuales algunos de los oficiales ejecutores salen
encapuchados y eso lo hacen pasando por la guardia donde hay cadetes; y les
pregunto a ustedes y les pido que reflexionen, no que me contesten a mí, si
eso es una forma de educar a los oficiales del futuro."
"Inaceptable"
El obispo de Morón, Justo Laguna, respondió así a la consulta de este
diario: "Esa es una doctrina francesa, que incluso yo discutí con un obispo
durante una reunión del Espiscopado. Ese obispo usaba el mismo argumento de
Bignone: que en una guerra de inteligencia ganaba el que más sabía y que
por eso era necesario usar tales métodos. Para la doctrina católica eso es
inaceptable. No sé quiénes serán los obispos que menciona, pero la mayoría
del Episcopado no aprobaba la tortura. Por eso el Episcopado ha hecho una
autocrítica. Es cierto que nuestra autocrítica ha sido light, por eso yo
hice otra personal".
***
TORTURAS Y DESAPARICIONES SEGUN HARGUINDEGUY
Pecados y delitos
El ex ministro del Interior Albano Harguindeguy admitió que las Fuerzas
Armadas secuestraron, torturaron y asesinaron a los detenidos. Dijo que ese
método fue aprendido de la experiencia francesa en Argelia e Indochina y
que constituyó una violación a los derechos humanos y un error, que
determinó la derrota política de la dictadura. Como los guerrilleros
estaban en todas partes, todos eran sospechosos y eso derivó en errores y
abusos. La técnica de la picana eléctrica y la infiltración.
Por Horacio Verbitsky
Para el ex ministro del Interior de la dictadura militar, general de
división (R) Albano Eduardo Harguindeguy, el método de la tortura y la
desaparición forzosa de personas que los militares argentinos aprendieron
de sus colegas franceses constituyó "una violación de los derechos humanos
reconocidos por las Naciones Unidas" y "un error político". Su consecuencia
fue que "ganamos la guerra pero perdimos la paz". Como los guerrilleros
estaban en cualquier parte de la sociedad “todos eran sospechosos" y eso
llevó a cometer errores y abusos. Las impactantes declaraciones de
Harguindeguy fueron formuladas a la periodista francesa Marie Monique
Robin, cuyo documental "Escuadrones de la Muerte. La Escuela Francesa" se
emitió ayer por el Canal Plus de París y en canales de una docena de
países. Robin entregó a este diario un video con la entrevista completa a
Harguindeguy, quien fue el ministro político durante cinco de los siete
años de la dictadura. Antes, como jefe de Policía designado en 1975 por la
presidenta María Estela Martínez de Perón, preparó el abordaje castrense
sobre el Estado Nacional. Por ironía del destino hoy vive en un suntuoso
chalet en la calle Eva Perón 1331, del castrense barrio de Los Polvorines,
donde se esconde de los escraches y extraña los libros que debió dejar en
su departamento en Recoleta.
Los derechos humanos
En su autoindulgente versión de los hechos, Harguindeguy fue quien llamó la
atención sobre el problema de los desaparecidos casi quince años antes que
el teniente general Martín Balza. En el informe final sobre sus cinco años
como ministro del Interior, en marzo de 1981, "se habla de los errores
cometidos, de los desaparecidos, de los muertos de un lado y de otro. Nadie
me lo reconoció". Hoy califica las desapariciones como "una realidad y un
error", que atribuye a la diferencia entre las guerras coloniales francesas
y la represión dentro del propio territorio. La enseñanza de la misión
militar francesa que luego del derrocamiento de Juan D. Perón transmitió a
los militares argentinos la experiencia adquirida en Indochina y Argelia
"nos sirvió para librar una guerra. Ganamos la guerra pero perdimos la
paz". Según Harguindeguy los instructores franceses "nos enseñaron la
división del territorio nacional en zonas de operaciones, los métodos de
interrogación, el tratamiento de prisioneros de guerra, la subordinación
policial al Ejército". Es decir, "lo bueno y lo que se puede considerar un
error, una violación del respeto por los derechos humanos consagrados por
las Naciones Unidas". La división del país en zonas, áreas y subáreas, hizo
"más difícil controlar por los niveles superiores la actividad de lucha
contra la subversión". Al dispersar las fuerzas y las responsabilidades
"cada uno se considera dueño del feudo, este pedazo es mío". En su opinión
"la lucha en las ciudades es terriblemente difícil. Porque usted va
caminando por la calle Florida y se cruza con alguien que le roza el saco.
Es un guerrillero y usted no lo sabe. Por eso todo el mundo es sospechoso.
Muchos son detenidos por las fuerzas legales y hasta que comprueben [su
situación] sufren los efectos del desarrollo de la operación militar. Eso
puede llevar a abusos". Para Harguindeguy "lo más terrible es cómo se
mimetiza la subversión en la población, lo cual hace muy difícil decir
aquél es el enemigo, aquel es propia tropa. Esa era otra diferencia con
Argelia o Indochina, donde la diferenciación era incluso racial".
En esa batalla que denomina secreta, "es muy fácil que algunos miembros de
las propias fuerza cometan actos que no hacían al desarrollo de la lucha
contra la subversión. Los servicios de inteligencia del mundo, las policías
de investigaciones del mundo viven caminando por el borde de la cornisa.
Paso en falso que dan, se caen. Hay que tener mucha formación moral y
profesional para seguir caminando sin caerse, sin cometer actos
aberrantes". Sin embargo, Harguindeguy dice no estar arrepentido de
nada:"Hicimos lo que correspondía, en cumplimiento del deber militar.
Empezamos bajo un gobierno constitucional y seguimos en un gobierno de
facto. Las Fuerzas Armadas deben decirle al pueblo argentino: nosotros los
libramos de ser un país marxista. Tengo que reconocer que cometimos
errores. Si no cometiéramos errores seríamos dioses. Qué aburrido sería un
país gobernado por los dioses, sin pecado, sin delito".
Guerras coloniales
En la denominada Batalla de Argel los paracaidistas franceses hicieron
desaparecer a 3024 personas, según la minuciosa estadística presentada
junto con su renuncia por el jefe de la policía de la antigua colonia
africana, Paul Teitgen. En la guerra sucia militar contra la sociedad
argentina, el número de desaparecidos osciló entre los 10.000 compilados
por la CONADEP y los 30.000 denunciados por los organismos de derechos
humanos. Según Harguindeguy, mientras los franceses "libraron dos guerras
coloniales nosotros no enfrentamos a extranjeros, éramos todos nacionales.
Eso es muy serio. Más de una vez un prisionero era hijo, sobrino, nieto o
pariente de un coronel, de un general o de un capitán" que pedían por su
libertad. "Eso no le pasaría a Francia, porque [los presos] eran todos
argelinos. Aunque siempre hay algún traidor", dijo. Además, los
desaparecidos en Argelia "eran desaparecidos en el territorio de otra
Nación, que se liberó luego de haber sido un apéndice de Francia". En
cambio en la Argentina, "cada desaparecido tenía padres, hermanos, tíos,
abuelos, que actuaron políticamente con un gran resentimiento, natural.
Mientras los que murieron en lucha o en combate o que se supo y fueron
identificados, no ocasionaron reclamo de ninguna naturaleza. El problema,
dice el informe mío, son los desaparecidos". De este modo, Harguindeguy
retoma un rancio debate entre facciones internas de la dictadura. Ninguna
repudió los métodos que todas practicaron con criminal entusiasmo, pero
algunos tuvieron mayor previsión sobre las consecuencias.
Picana y desaparecidos
Harguindeguy dijo que los franceses no enseñaron el uso de la picana
eléctrica para el interrogatorio a los detenidos porque en la Argentina ya
era conocido por la Policía Federal. Pero agregó que los asesores franceses
sí fundamentaron la conveniencia de su empleo y que los militares
argentinos adoptaron esos métodos "a medida que se hacía la lucha". El
método del interrogatorio de los detenidos bajo torturas para obtener
información operativa, "se hizo carne en el Ejército argentino,
complementado con lo que se pudo estudiar en la Escuela de las Américas en
Panamá, donde muchos oficiales fueron incorporados como profesores y
volvieron con un gran bagaje teórico. Los americanos no habían tenido esa
lucha, que después la tuvieron y sacaron su propia experiencia. Y también
debe tener mucha conexión con eso el Ejército francés", dijo Harguindeguy.
"No sé si los oficiales que estuvieron en la Escuela de las Américas, que
tienen mi edad, que estamos más allá del bien y del mal, podrán decir si
recibieron enseñanza específica sobre tortura, pero sobre la forma de
interrogar seguro que sí."
En Argelia una vez que los torturados entregaban la información que poseían
eran hechos desaparecer. Harguindeguy consideró la adopción de esa misma
política en la Argentina como "un grave error", que explicó como una
consecuencia de la amnistía de 1973. "El sistema jurídico había sido
totalmente alterado. A partir de 1966 se agravaron todas las penas de los
delitos conexos con la subversión, se creó una Cámara Federal Penal y se
dio todo un cuerpo jurídico capaz de permitir el combate contra la
subversión. Al asumir el gobierno, en 1973, Cámpora abrió las puertas de
todas las cárceles, liberó a los presos y derogó aquella legislación. A
partir de esa derogación, se tomaba preso a un subversivo y salía por la
otra puerta. Con la perspectiva que dan los años creo que uno de los graves
errores que cometimos fue no haber reimplantado todas esas leyes al asumir
el gobierno en nombre del Proceso de Reorganización Nacional. Carecimos de
una legislación penal que nos permitiera combatir a la subversión", a
diferencia de la que "tuvieron Alemania e Italia para combatir a las
Brigadas Rojas. Nos hubiera dado mucha más flexibilidad para conducir las
operaciones militares, sometiendo a proceso a todos los delincuentes que se
tomaban". No se conoce nada menos flexible que la muerte, claro.
Una diferencia que señaló Harguindeguy con las guerras coloniales francesas
es que mientras en Argelia actuaron comandos especiales de paracaidistas,
escuadrones de la muerte, en la Argentina participaron todas las Fuerzas
Armadas. "Cada área de responsabilidad, cada zona, cada subzona, tenía la
gente con la cual accionaba entrando a las casas, allanando, deteniendo y
de ahí [los secuestrados] pasaban a centros de detención donde se hacían
los interrogatorios. El interrogatorio hay que hacerlo en el lugar de los
hechos, en caliente. Porque si usted toma un prisionero, lo deja
reflexionar y lo deja pensar varias horas, cuando llega el momento del
interrogatorio ya se ha formado una coraza interior. Mientras si usted lo
interroga en el momento del hecho, y sobre todo si está herido,
inmediatamente habla". No hablaba sólo de teoría.
Harguindeguy contó un episodio que protagonizó en 1974 luego del ataque
guerrillero a la guarnición militar de Azul.
"Yo había dejado el comando de la brigada blindada de Tandil. Había vuelto
al lugar sólo porque mi familia aún estaba allí y festejaba el aniversario
de bodas. Cuando volvía de comer con mi mujer y mis cinco hijos, el segundo
comandante de la Brigada viene a mi casa. Me avisa que habían tomado la
guarnición militar de Azul y que no encontraban al nuevo Comandante de la
Brigada. Marché a Azul a tratar de recuperar el cuartel, la gente estaba
peleando, nos habían tomado rehenes, hubo muertos de la subversión y algún
herido. Se lo interrogó en la herrería del regimiento y la información que
se consiguió en el campo de combate se pasó inmediatamente y sirvió para
dar varios golpes a las organizaciones subversivas". Como una picardía
narró el equívoco que le sirvió para no dar explicaciones judiciales sobre
el episodio. "Como se hablaba del interrogatorio que hizo un coronel, el
juez pregunta qué coronel había allí. Le contestan que no había ningún
coronel. Lo que pasaba es que yo acababa de ascender a general. Había
vuelto de civil a Tandil, donde no había dejado ningún uniforme de general.
Cuando me dijeron lo que pasaba agarré una chaquetilla y un pantalón a
mano. Eso me salvó de tener que rendir cuentas", dijo.
Pese a la influencia francesa en la formación de los militares argentinos,
Harguindeguy sostiene que el gobierno de entonces, presidido por Valery
Giscard D'Estaing apoyaba a la dictadura militar, y narra que su colega
francés Michel Poniatowski "vino con cartas credenciales en nombre del
Ejército francés para establecer relaciones coordinadas, intercambio de
información". Pero según Harguindeguy en los niveles inferiores "el
gobierno francés no tomaba medidas internas contra los elementos
subversivos. Contra los derechos humanos y contra la opinión pública ha
sido muy difícil. El mundo está lleno de hombres proclives a tener una idea
progresista, un centro izquierda, socialista", dice. La capacidad de
predicción no se destaca en el reportaje, grabado una semana antes de la
asunción presidencial de Néstor Kirchner. Según Harguindeguy, "vivimos un
momento político muy especial. Yo pensaba en un giro a la izquierda y
alguien me dijo: ¿cuándo viste un izquierdista que tomando el poder no se
convierte en liberal?”. Satisfecho con el hallazgo, Harguindeguy lo
repite,
atragantado de risa: "¿Cuándo viste un izquierdista que tomando el poder no
se convierte en liberal? El único caso es Castro".
http://www.pagina12web.com.ar/diario/elpais/1-24949.html
"Un administrativo"
"Yo no estoy condenado a nada. No salgo del país por prudencia", dice. Por
eso dejó de visitar a su hijo radicado en Brasil. Esas causas
internacionales son inventadas, agrega. Confiado en que la periodista
francesa no conozca el caso explica que "hasta un abogado defensor fue
puesto preso en el exterior por el único delito de haberlo sido". Se
refiere al mayor Jorge Olivera, quien no fue detenido por abogado, sino por
el secuestro, violación y desaparición de la ciudadana francesa Marie Anne
Erize. Harguindeguy afirma haber sido un administrativo sin injerencia
política y niega cualquier responsabilidad personal en la represión. Estos
son algunos de los casos que lo desmienten, más allá de su responsabilidad
como ministro político de la dictadura:
- El juez federal Martín Irurzun lo procesó por el secuestro extorsivo de
los empresarios textiles Federico y Miguel Gutheim, quienes fueron forzados
a renegociar desde la cárcel un contrato privado con comerciantes de Hong
Kong. Carlos Menem lo indultó.
- El ayudante y custodio de Harguindeguy Rodolfo Peregrino Fernández
declaró que el ministro del Interior había formado una brigada operativa
para el secuestro de personas, conducida por el jefe de la ayudantía,
subcomisario Icely. El 22 de junio de 1976 el grupo secuestró a Lucía
Cullen en su domicilio de la calle Concepción Arenal. Militante de los
grupos católicos que confluyeron en Montoneros, Cullen era la viuda de José
Luis Nell. El propio oficial inspector de la Policía Federal Fernández
gestionó el área liberada para el secuestro ante el vecino Comando de
Remonta del Ejército. Luego vio cómo se torturó a la secuestrada con picana
eléctrica en el centro clandestino Omega, cerca del Camino de Cintura. En
el sótano "había una cama sin colchón a la que estaba atada de pies y
manos, totalmente desnuda, Lucía Cullen, con los ojos sin vendar". Sus
atormentadores eran el principal Juan Carlos Falcón, a) Kung Fu y el
sargento primero Herrera, a) Tortuga. El comisario de la policía de Buenos
Aires, Luis Vides, comentó que el lugar estaba "lleno de encanutados" y
"muchos están para la boleta". Por orden del jefe de la ayudantía de
Harguindeguy, el principal Carlos Gallone también secuestró al periodista
Ernesto Luis Fossatti, quien estaba indagando sobre el destino de Cullen.
Ni Cullen ni Fossatti reaparecieron.
Peregrino Fernández también dijo a la CADHU que Harguindeguy "manejaba en
forma personal todos los hechos referentes a la Iglesia". Su ministerio
vigilaba a los sacerdotes tercermundistas, "existiendo un archivo de 300
nombres con informaciones detalladas sobre la actividad de cada uno de
ellos". Por eso, la información confidencial sobre la masacre de los curas
palotinos, el 3 de julio de 1976, se reunió en Interior. Como prueba,
Fernández guardó la agenda telefónica de uno de los sacerdotes asesinados.
En agosto de 1976, un par de días después del asesinato del obispo de La
Rioja, Enrique Angelelli, la Guarnición Militar Salta remitió al ministro
Harguindeguy una carpeta que decía "Confidencial". Contenía los papeles
personales que llevaba Angelelli en el auto volcado y que no se agregaron a
la causa judicial ni se devolvieron a los allegados del obispo. Fernández
fotocopió "parte de esa documentación, integrada por correspondencia
original intercambiada con el arzobispo de Santa Fe, Vicente Zazpe,
referida a la persecución que sufrían sectores de la Iglesia Católica por
su actividad social, un cuaderno de notas y otros papeles".
Harguindeguy también tenía toda la documentación sobre el secuestro en mayo
de 1976 de los dirigentes radicales Hipólito Solari Irigoyen y Mario Amaya,
antes de que se legalizara el caso. Amaya murió en la cárcel porlas
torturas recibidas. Harguindeguy también había ordenado contestar en forma
negativa a todos los recursos de hábeas corpus presentados ante la justicia
por la detención o desaparición de personas.
"Infiltración"
Por H. V.
Harguindeguy también habló en la entrevista sobre la causa que instruye el
juez federal Claudio Bonadío y que hace dos semanas derivó en la orden de
detención contra tres miembros de la Conducción Nacional de Montoneros. El
ex ministro del Interior se quejó por el procesamiento de los oficiales del
Batallón de Inteligencia 601. "Lo increíble es que la denuncia contra
miembros del Ejército menciona la contraofensiva estratégica, ellos mismos
dicen que estaban en guerra y procesan a los militares por violaciones a
los derechos humanos". A Harguindeguy le cuesta hasta hoy admitir que la
prohibición de torturar y asesinar es absoluta y no depende de la actividad
de la víctima. También contó que los Montoneros intentaron sin éxito
impedir el campeonato mundial de fútbol de 1978. "Vinieron con armamento de
modelo ruso fabricado en Libia, eran unos proyectiles antitanque que se
disparaban con bazuca. Tiraron el primero contra la Casa de Gobierno, luego
contra el comando en jefe del Ejército, contra la Escuela Superior de
Guerra, la Escuela de Mecánica de la Armada, el Servicio de Inteligencia de
Ejército, la Escuela de Estado Mayor de la Fuerza Aérea y una comisaría.
Ese fue el único que causó víctimas. Mató un preso común. Eran grupos muy
pequeños, disparaban por el techo de un Peugeot". Harguindeguy estimó que
en 1979 "la subversión estaba completamente derrotada. Quedaban residuales
en Europa". Dijo que "los últimos grupos subversivos [que ingresaron al
país] como Tropas Especiales de Infantería o de Agitación ya estaban muy
infiltrados, incluso las organizaciones que estaban en el exterior, y
prácticamente fueron detenidos todos al cruzar las fronteras". Al rememorar
las enseñanzas francesas acerca del uso de la inteligencia, Harguindeguy
dijo que "por suerte se logró infiltrar algunas organizaciones subversivas.
Uno de los episodios más relevantes de la lucha contra la subversión por
las consecuencias que tuvo fue el rechazo al ataque al regimiento de Monte
Chingolo por el ERP; 48 horas antes de producirse, la inteligencia
argentina vino a mí, me dijo están por atacar una unidad, no sabemos cuál
es, me trajo unos papeles escritos por un sargento armero infiltrado en el
ERP". Según Harguindeguy, "sin información no se puede hacer nada".
Elogio de la tortura
El 21 de abril de 1977, el obispo de Viedma, Miguel Esteban Hesayne intentó
presentar a Harguindeguy, de visita en Río Negro, los casos de secuestros y
torturas que se denunciaban en el Obispado. "Regresé de dicha entrevista,
angustiado, apenado y embargado de un gran temor por el futuro inmediato de
nuestro país", escribió tres días después Hesayne en una carta dirigida a
Harguindeguy. El ministro "a cargo del orden interno admite por principio
la tortura como instrumento", recapitula Hesayne. En ese diálogo "no sólo
encontré errores", agrega, "sino abierta declaración de principios de
acción contrarios a lo más elemental de la moral cristiana". Hesayne dejó
constancia por escrito de que "la tortura es inmoral la emplee quien la
emplee. Es violencia y la violencia es antihumana y anticristiana, en frase
célebre de Paulo VI para sintetizar la doctrina católica, al respecto". El
obispo decía haber comprobado con angustia que las Fuerzas Armadas "optan
para ganar una batalla muy dura y peligrosa por los principios
maquiavélicos, renunciando de hecho a Cristo y a su Evangelio, no obstante
los actos de culto católico que programen". Había comprobado que no se
trataba de "errores cometidos por algunos" sino que "desde la alta
oficialidad se reniega prácticamente del Evangelio al ordenar o admitir la
tortura como medio indispensable". Ante esta "triste realidad, Dios no
puede seguir bendiciendo a Fuerzas Armadas que ultrajan criaturas suyas,
bajo el pretexto que fuere. Sigue siendo válido siempre aquello afirmado
rotundamente por Jesús: Lo que hiciereis al más pequeño, a mí me lo
hacéis". Con una clarividencia que pocos tuvieron, Hesayne advierte que
"una victoria a costa de actos indignos se convierte pronto en derrota,
porque nadie construye ni al margen ni contra Dios. Fuerzas Armadas que
torturan no saldrán impunes ante Dios Creador". Si en la historia argentina
"hubo pena de excomunión para quienes violaron templos materiales, ¿qué
pena merecen los que violan torturando los templos vivos de Dios, que son
todo hombre o mujer?", concluye.
***
EL ROL FRANCES EN LA GUERRA SUCIA
La letra con sangre
La doctrina que la dictadura aplicó en la guerra sucia nació en las selvas
de Indochina y las calles escarpadas de Argel. Fue concebida por el
ejército francés para sus guerras coloniales e importada por sus discípulos
argentinos sin reflexión sobre sus consecuencias. Hasta el concepto de
subversión fue importado. Los franceses también instruyeron al ejército de
los Estados Unidos, que aplicó las mismas técnicas en Vietnam. Durante la
Operación Fénix, 20.000 personas desaparecieron en Saigón.
Por Marie-Monique Robin
Fueron los años más negros de América Latina. El 24 de marzo de 1976,
cuando el general Videla tomó el poder en la Argentina, todos los países
del Cono sur estaban ya bajo la férula militar. Ejecuciones sumarias,
torturas, desapariciones. Stroessner en Paraguay, Pinochet en Chile, todos
ejercen una represión feroz en nombre de la lucha contra el comunismo.
¿Cómo se llegó a ello? Sin duda, la sombra de los Estados Unidos planea
sobre las dictaduras latinoamericanas. Menos se conoce el rol jugado por
Francia en su juventud, especialmente en la Argentina. La investigación
comienza en Théoule-sur-Mer, al sur de Francia. Noviembre de 2002. Ex
legionarios, paracaidistas, pieds noirs, o miembros de la OAS, los
nostálgicos de la Argelia francesa se reúnen.
- Cuarenta años después de nuestro desarraigo, queremos rendir especial
homenaje a todos aquellos de los nuestros que cayeron en defensa de la
Argelia Francesa.
El decano del agrupamiento es el coronel Lacheroy, de 96 años, quien fue
condenado a muerte por su participación en el putsch de los generales de
Argelia. Es un testigo fundamental, porque para comprender la influencia de
los franceses sobre las dictaduras latinoamericanas es preciso remontar el
hilo del tiempo e internarse en la historia de las guerras coloniales. Todo
comenzó en 1951, durante la guerra de Indochina. Designado al mando de un
regimiento, Lacheroy fue fascinado por la organización del Vietminh, que
tenía a raya a los más numerosos y mejor equipados franceses.
Coronel Charles Lacheroy: - Llegué a Indochina y enseguida leí de punta a
punta el Libro Rojo de Mao Tse Tung. Fue el primero que me hizo comprender
que lo que llamaban la retaguardia es más importante que la tropa y que
antes de la tropa hay que ocuparse de la retaguardia. El enemigo que tenía
enfrente en Indochina era hábil para servirse de la población. Era
imposible llegar a un lugar sin que el enemigo lo supiera.
Así se conoció la teoría de la guerra revolucionaria. Para Lacheroy, el
Vietminh era un agente del comunismo internacional que operaba bajo la
máscara del independentismo. Su arma era el adoctrinamiento de la
población. En consecuencia, en la guerra revolucionaria no hay más línea
del frente porque el enemigo está en todas partes. El 7 de mayo de 1954 los
vietnamitas ganan la batalla de Dien Bien Phu, y con ella la independencia.
Para los franceses es una humillación. Ex resistente, el capitán Paul
Aussaresses asiste al colapso.
General Aussaresses: - La derrota fue un shock. La mayoría de los militares
franceses descubrieron que había que extraer las lecciones de esa derrota
para evitar la misma desilusión en Argelia.
Durante la guerra de Argelia el Estado Mayor del Ejército adhirió
definitivamente a la doctrina de la guerra revolucionaria, llamada aún
guerra subversiva. Su obsesión, cortar al Frente de Liberación Nacional de
su retaguardia, es decir de la población. Para eso los franceses innovan.
Cuatrocientos mil soldados son desplegados sobre el territorio argelino. Es
la técnica de la cuadriculación, primera aplicación concreta de la teoría
de Lacheroy. En enero de 1957, el ministro Robert Lacoste toma una decisión
que tendría graves consecuencias. Delega el poder de policía en el coronel
Massuh, que comanda la X División de Paracaidistas. Objetivo: aniquilar a
la organización político-militar del FLN que multiplica los atentados
terroristas en la capital argelina. Comienza así la Batalla de Argel, en la
que los paracaidistas cercan [el barrio árabe] la Casbah pararastrear a los
colocadores de bombas. Ya son los únicos que mandan. Su jefe, el coronel
Marcel Bigeard, un ex resistente que ganó sus galones en Indochina.
- Usted dijo que al principio el rol de cana no le gustaba mucho...
Coronel Bigeard: - Por supuesto, hubiera preferido enfrentar a
combatientes. Está más en nuestra naturaleza que hacer un trabajo de cana.
Pero lo aprendimos rápido, éramos paracaidistas.
- ¿Por qué le llamaron la Batalla de Argel?
Paul Aussaresses: - Era una acción para capturar personas armadas y matarlas.
La Batalla de Argel llegará a ser un modelo de la guerra
contrarrevolucionaria. De enero a setiembre de 1957 los franceses inventan
o sistematizan técnicas militares que permanecerán largo tiempo en secreto.
No hay imágenes de archivo. Sólo las imágenes de una película de ficción
ítalo-argelina realizada en 1965 permite reconstruir sus métodos.
Boicoteada por las grandes redes de distribución, fue muy poco vista en
Francia.
- ¿Vio la película La Batalla de Argel?
Aussaresses: - Sí. Es magnífica. Muy próxima a la verdad. No se puede hacer
mejor, está muy bien interpretada.
- ¿Quién es el coronel Mathieu de la película?
Aussaresses: - Bigeard.
Mathieu/Bigeard, en la película: - Es una organización piramidal compuesta
por una serie de secciones. Cada militante sólo conoce a tres miembros como
máximo. Su responsable, que lo eligió a él, y sus dos subordinados, que él
mismo elige. Debemos realizar las investigaciones necesarias para
reconstruir toda la pirámide para llegar al Estado Mayor. La base de este
trabajo es la inteligencia. El método es el interrogatorio. Y el
interrogatorio se convierte en un método cuando se ejecuta de modo de
obtener siempre una respuesta.
La Inteligencia
Bigeard: - Todas las tardes a las seis se reunían los capitanes en mi
oficina, cinco comandantes de unidades. Para llegar al jefe había que
seguir el hilo hacia arriba y dibujábamos el organigrama en el pizarrón.
Como resultado, obteníamos la información e íbamos a donde estaba el tipo.
Aussaresses: - Había que quebrar la capacidad del FLN para cometer
atentados y para eso era necesario obtener información, a cualquier precio.
- ¿Para ustedes eso incluía el uso de la tortura?
Aussaresses: - ¡Qué pregunta! Incluida la tortura, claro.
Bigeard: - Yo di la orden: ustedes deben actuar en forma contundente contra
los que colocaban las bombas, interrogarlos duramente, no sacarles los ojos
ni cortarles las orejas pero aplicarles la picana, electrodos para pasarles
corriente eléctrica. La llamábamos "la gehgene". No lo hice yo sino los
hombres a mis órdenes, pero como jefe del regimiento yo soy el responsable.
Aussaresses: - Los escuadrones de la muerte eran suboficiales que Masssuh
puso a mi disposición, cuyo número y nombre no revelaré nunca. Recorría
toda la noche los regimientos preguntando a sus jefes y a los oficiales de
informaciones qué habían hecho y qué habían conseguido. Cuando teníamos a
un tipo que ponía una bomba lo apretábamos para quediera toda la
información. Una vez que había contado todo lo que sabía, terminábamos con
él. Ya no sentiría nada. Lo hacíamos desaparecer.
Escuadrones de la muerte, desaparecidos. El método fue inventado en
Argelia. En aquel momento el prefecto de policía de Argel, Paul Teitgen,
fue el único que denunció la desaparición de 3024 prisioneros entre los
24.000 registrados oficialmente.
Teitgen: - En la cárcel no estaban. Preguntaba por alguno y me decían que
desapareció. Los habían enviado a Bigeard. La gente de Bigeard les ponían
los pies en cemento y los tiraban al mar desde helicópteros. Un método
sucio. Así no se hace la guerra.
Sin embargo, desde mayo de 1958 las técnicas de la Batalla de Argel
comenzaron a enseñarse en un Centro de Entrenamiento en Guerra Subversiva
creado por el ministro de Defensa, Jacques Chaban-Delmas, a iniciativa de
Bigeard. Pronto formaría a oficiales franceses, pero también portugueses e
israelíes. La Batalla de Argel tuvo su manual, titulado La guerra moderna,
escrito por el jefe de Aussaresses, el coronel Roger Trinquier, quien
justificó en forma abierta la tortura como arma de la guerra
antisubversiva. La transmisión se realizó en la Escuela de Guerra de París.
Los primeros alumnos fueron argentinos. Entre ellos, el general Alcides
López Aufranc, quien participaría en el golpe de Estado de 1976. En 1957
fue seleccionado por el Estado Mayor argentino para iniciarse en lo que ya
se llamaba la doctrina francesa. La clave del curso era un mes de práctica
en Argelia.
López Aufranc: - Los profesores tocaban siempre el tema de la guerra
revolucionaria. Era algo totalmente nuevo para nosotros. En América Latina
no conocíamos ese tipo de problemas. Había luchas políticas, a veces
violentas, pero no subversivas. No conocíamos la importancia de la
población en ese tipo de guerra. Para nosotros sólo existía la guerra
clásica, con infantería, fusil, carros, cañón. Jamás habíamos imaginado un
enemigo capaz de matar con un cuchillo o de estrangular a alguien con una
cuerda. Con la sangre se aprende mucho.
Los métodos de la Batalla de Argel fueron exportados por primera vez a la
Escuela Superior de Guerra de Buenos Aires. En 1959 los ejércitos de
Francia y la Argentina firman un acuerdo que prevé la creación de una
misión militar francesa permanente, cuyos asesores se instalan en Buenos
Aires, en la sede del Estado Mayor. Todos son veteranos de Argelia que
actúan en el mayor secreto. Hasta hoy el tema es tabú. Ninguno aceptó
hablar ante una cámara del rol de la misión.
Coronel Bernard Cazaumayou, quien integró la misión entre 1962 y 1965:
- Viajamos a pedido del Ejército argentino para enseñar la guerra
revolucionaria. La misión cumplió esa tarea y ninguna otra. No me interesa
hablar.
Pagados por el Ejército argentino, los franceses hacen traducir los libros
del coronel Trinquier, dirigen cursos y publican artículos en la Revista
Militar. El tema es siempre la guerra antisubversiva, como lo reconoce de
inmediato el coronel Robert Bentresque.
Coronel Bentresque: La guerra antisubversiva es una guerra secreta.
- Frente a un enemigo que...
- No son tipos con los que usted pueda salir a tomarse un whisky.
La influencia de los franceses culmina en 1961 con la organización del
Primer Curso Interamericano de Guerra Contrarrevolucionaria, en el que
participan militares de 14 países. Su director fue López Aufranc, quien
confió la planificación a los militares franceses.
- ¿Había oficiales de todo el continente?
López Aufranc: - Sí, de todo el continente, inclusive de los Estados
Unidos. Todos los oficiales de América del Norte y del Sur se reunieron en
nuestra Escuela Superior de Guerra. Bentresque fue mi más directo colaborador.
A Bentresque siempre le costó asumir ese rol.
Bentresque: - Lo hicieron técnicos argentinos. Digamos que ellos usaron
nuestro curso para elaborar el propio.
- ¿Es cierto que los Estados Unidos estaban celosos?
López Aufranc: - Claro, querían que los franceses se fueran. Veían con mal
ojo el rol de Francia. Pero los americanos no sabían nada de la guerra
revolucionaria. Aprendieron al mismo tiempo que nosotros.
En un oficio dirigido a su cancillería, el embajador francés Blanquet de
Chaillat confirma los celos de los estadounidenses. Ironía de la historia.
Aunque había sido realizada para denunciar la guerra sucia desarrollada por
los franceses, la película La Batalla de Argel se usó en la Argentina para
entrenar a los militares en la lucha antisubversiva. ¿Quién suministró la
copia de la película? Misterio. Marie-Monique Robin entrevista a los ex
cadetes de la Armada Julio César Urien y Aníbal Acosta, a quienes se les
proyectó la película en 1967. Cinco años después los dos oficiales fueron
apresados y dados de baja de la Armada por denunciar el uso de la tortura.
Julio César Urien: - No son recuerdos agradables, porque todo eso lo viví
en carne propia.
- ¿Quién les proyectó esa película en la Escuela Naval?
Urien: - El director de estudios y el capellán naval, que la acompañaba con
un punto de vista religioso.
- ¿El capellán justificaba los métodos de la Batalla de Argel?
Aníbal Acosta: - Absolutamente.
- ¿Incluso la tortura?
Urien: - Sí. La tortura no era considerada un problema moral sino un arma
de combate.
Acosta: - Un sector de la jerarquía católica sostuvo ese tipo de práctica.
Nos presentaron esa película para prepararnos para un tipo de guerra que no
era la que nos llevó a entrar a la Escuela Naval, la guerra regular. Nos
preparaban para una guerra irregular, nos iban acostumbrando de a poco a
esos métodos que se emplearían más adelante. Nada que ver con la guerra
contra un enemigo exterior. Nos preparaban en misiones policiales contra la
población civil que pasó a ser el nuevo enemigo.
Escuela de las Américas, en Panamá. Su nombre siempre se ha asociado a la
historia de las dictaduras latinoamericanas. Creada en 1946 por los Estados
Unidos, a mediados de la década de 1960 se especializó en la guerra
antisubversiva. En nombre de la lucha contra el comunismo, 60.000 oficiales
latinoamericanos serán entrenados en la que se llamará "Escuela para
dictadores". Es una historia conocida. Lo que se conoce menos es el rol de
los franceses en la formación de los instructores norteamericanos. Todo
comenzó en 1960, cuando Pierre Messmer es nombrado ministro de Defensa. Fue
contactado por los norteamericanos cuando se perfilaba la guerra de Vietnam.
Pierre Messmer: - Les interesaba la teoría de la guerra revolucionaria.
Pidieron asesores. Enviamos gente que tenía experiencia. Era sobre todo
cuestión de experiencia.
- Y Aussaresses, ¿cómo llegó a ser instructor en Fort Bragg?
Messmer: - Porque era un especialista. Cuando los norteamericanos pidieron
asesores técnicos supongo que el Estado Mayor del Ejército consultó sus
listas y designó gente que hubiera estado en Argelia y hubiera tenido la
misión de interrogar prisioneros.
- Y Aussaresses era uno de los mayores especialistas en la guerra
revolucionaria.
Messmer: - Aussaresses me parece que no es un pensador, es un ejecutor.
1961. El teniente coronel Aussaresses es nombrado en la agregaduría militar
en Washington, de la que dependen diez oficiales de enlace. Todos eran
veteranos de Argelia. Fueron distribuidos en distintas escuelas militares
estadounidenses. Aussaresses fue destinado a Fort Bragg, sede de las
fuerzas especiales que intervendrían masivamente en Vietnam.
- ¿Qué enseñó allí?
Aussaresses: - Enseñé las condiciones en las que hice un trabajo que no era
el normal en una guerra clásica, las técnicas de la Batalla de Argel,
arrestos, inteligencia, torturas.
El general John Jons y el coronel Carl Bernard son dos ex alumnos de
Aussaresses en Fort Bragg. Veteranos de Vietnam, hoy militan contra el uso
de la tortura. Confirman que a principios de la década de 1960 ni habían
oído hablar de guerra subversiva.
General John Jons: - No teníamos ninguna experiencia, por eso hicimos venir
instructores de Francia y leímos artículos y libros sobre la experiencia
francesa.
Coronel Carl Bernard: - Leímos La guerra moderna, de Trinquier.
Aussaresses, que había trabajado con Trinquier, nos trajo las pruebas de
imprenta a Fort Bragg en 1961. Lo leímos en detalle y por desgracia yo fui
uno de quienes lo estudió a fondo. A partir de ese libro se concibió la
Operación Fénix. Envié el libro a Robert Comer, que trabajaba en la Casa
Blanca.
En 1967 ese agente de la CIA fue designado jefe de la oficina en Saigón.
Dirigió una unidad de escuadrones de la muerte, acusado de eliminar las
redes del Vietcong dentro de la población. Fue una guerra muy sucia,
bautizada Operación Fénix.
Coronel Bernard: - Fue una copia de la Batalla de Argel. El resultado fue
trágico y estoy usando un eufemismo. Hubo un mínimo de 20.000 personas
asesinadas, civiles. Paul Aussaresses nos enseñó en Fort Bragg la
importancia capital de la inteligencia en ese tipo de guerra, cómo
obtenerla y cómo explotarla. Y nos explicó la tortura. Tomaba un
prisionero. En general lo convencía de hablar. La mayoría hablaba. Pero al
que no quería, lo sometía a sufrimientos físicos, sufrimientos mortales que
hacían que terminara por hablar. Explicaba que si otro prisionero asistía a
la sesión de tortura se convencía de hablar porque sabía que sería el
siguiente. El problema adicional era qué hacer con el prisionero torturado.
La respuesta de Aussaresses es que debían ser ejecutados. ¿La mayoría de
sus alumnos fueron enviados a Vietnam?
Aussaresses: - Sí, fueron al trabajo, en Vietnam. Volví a encontrar a
algunos cuando fui agregado militar en Brasil en 1973. Tuve una relación
muy estrecha con los militares brasileños. Era una dictadura militar.
Brasil ayudó considerablemente la acción del general Pinochet contra Allende.
En 1973 la represión se abate sobre la izquierda chilena. Los
sobrevivientes contaron que oficiales brasileños dirigían las sesiones de
tortura. ¿Fueron formados por Aussaresses?
El ex jefe de la DINA, Manuel Contreras, responde en su lugar de detención
en la base militar en donde comenzó el golpe de 1973. Puede decirse que
está en familia, rodeado de sus custodios y su equipo médico: "Eramos
admiradores de la OAS dentro del ejército, por su valentía y combatividad.
Era un modelo".
- ¿Conoció al general Aussaresses?
Manuel Contreras: - No lo conocí pero envié a muchos oficiales chilenos
para que los entrenara, en Manaos. Cada dos meses le mandaba un nuevo
contingente de oficiales para que los entrenara. El trabajaba habitualmente
en la sede del Servicio de Inteligencia, pero viajaba a Manaos para el
entrenamiento.
Escuadrones de la muerte
El lunes, por el canal Plus de Francia y en otros once países, se difundió
el video documental "Escuadrones de la Muerte. La Escuela Francesa",
realizado por la periodista Marie-Monique Robin. Con esta entrega sobre su
contenido culmina la serie iniciada el sábado, que incluyó las confesiones
de tres de las primeras espadas de la dictadura que ensangrentó la
Argentina entre 1976 y 1983: los generales Ramón Díaz Bessone, Benito
Bignone y Albano Harguindeguy. El admirable trabajo de Marie-Monique Robin
sólo incluyó breves tramos de esas declaraciones, porque su interés
primordial no se centró en la guerra sucia militar contra la sociedad
argentina sino en rastrear la huella francesa en sus métodos atroces. Los
lectores de Página/12 conocen la totalidad de sus revelaciones, porque
Robin cedió sus derechos para la difusión en la Argentina. Ante la
periodista francesa admitieron lo que ellos y sus camaradas niegan ante sus
compatriotas: el secuestro, la tortura y el asesinato de sus víctimas. Lo
que sigue son los tramos principales de este excepcional documento
histórico que termina con los años de las negaciones y la hipocresía.
http://200.61.159.98/diario/elpais/subnotas/24993-9134-2003-09-3.html
¿Qué más?
Por H.V.
Díaz Bessone fue jefe de uno de los Cuerpos de Ejército y ministro de
Planificación. Harguindeguy jefe de la Policía Federal y ministro del
Interior. Bignone fue el último dictador y antes había sido secretario
general de la Junta Militar. Es difícil encontrar fuentes más calificadas
para referirse a las operaciones desarrolladas en aquellos años por las
Fuerzas Armadas y el gobierno que establecieron.
Jorge Videla hablaba de errores o excesos o acuñaba su tautológica
explicación acerca de los desaparecidos, como gente que no está. Cuando ya
se insinuaban dificultades, Roberto Viola advirtió que no darían
explicaciones acerca de los "ausentes para siempre" y Leopoldo Galtieri
dijo que para obtener la victoria habían franqueado "zonas de lodo y
oscuridad". En 1983 para cubrir su retirada la última Junta emitió su
Documento Final y su inconstitucional autoamnistía. Sólo admitió que
"pudieron traspasarse a veces los límites del respeto a los derechos
fundamentales". Pero eran "errores" que debían quedar sujetos al juicio de
Dios y a la comprensión de los hombres, nunca a la justicia, palabra
prohibida.
Ni ante la Conadep ni ante los jueces hubo un oficial superior que
reconociera las atrocidades ordenadas y cometidas. Recién en 1994 los
capitanes Juan Carlos Rolón y Antonio Pernías admitieron ante el Senado que
la picana eléctrica había sido el arma de elección en la ESMA. Y un año
después el capitán Adolfo Scilingo formuló la más completa confesión hasta
el presente, que incluyó su propia participación en el asesinato de treinta
hombres y mujeres indefensos.
Hasta entonces sólo las víctimas, los organismos de derechos humanos, el
periodismo y la justicia, habían ido reconstruyendo el mapa del terror.
Algunos de los sobrevivientes reaccionaron con acritud. "Ya lo habíamos
dicho nosotros y no nos creían. ¿Por qué la sociedad necesita que hable uno
de los verdugos para convencerse de lo que ya sabía?", preguntaron.
Sin retacear el mérito de quienes volvieron del infierno para narrar sus
horrores, tampoco puede minimizarse el impacto de la confesión de los
protagonistas. Díaz Bessone, Bignone y Harguindeguy no confiesan sus
propios crímenes. Ni siquiera asoma en ellos alguna reflexión ética. Apenas
el reconocimiento de que la aplicación al propio pueblo de métodos de un
Ejército colonial les hizo "perder la paz" a pesar de haber "ganado la
guerra", como llaman a la represión clandestina. ¿Qué más hará faltaahora
para abocarse sin hipocresías a superar las consecuencias de aquellos
hechos aberrantes? La justicia ayudará a rescatar a las Fuerzas Armadas de
la ciénaga en que hombres como Díaz Bessone, Bignone y Harguindeguy las
sumieron. Pero también es imprescindible la discriminación entre ellos y
los oficiales más jóvenes, que no tuvieron responsabilidad alguna en los
crímenes contra la humanidad de entonces. Veinticinco promociones separan
al actual jefe del Ejército de Harguindeguy y Díaz Bessone. Una generación
más tarde, otro Ejército es necesario y posible. Sólo aligerándose de la
mochila de ese pasado atroz podrá emprender la marcha hacia el futuro, con
la frente alta y la mirada limpia. Cuanto antes se lo entienda, mejor.
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