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[P/L@718] Ariel Dorfman: Despidiendo a Pablo   Lista de mensajes  
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[P/L@] Quinto aniversario
Liberando textos que vuelan, se esparcen y crecen.
Literatura e Ideas para el Mundo Necesario.
¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬


Despidiendo a Pablo
Por Ariel Dorfman

Aquel 26 de septiembre de 1973 en que enterraron a Pablo Neruda vivía yo en
Santiago de Chile, a sólo escasos kilómetros del cementerio General, y nada
hubiera sido más fácil para mí que caminar hasta el otro lado de la ciudad
para acompañar al gran poeta en su último viaje hacia la tierra. En efecto,
no me hubiera costado casi nada unirme a los hombres y las mujeres que
coreaban su nombre, podría haber cantado yo también ese nombre frente a su
ataúd, podría haberme despedido de él. Pero no lo hice: no caminé esos
kilómetros, no repetí su nombre frente al sarcófago, no asistí al funeral
del hombre que, más que cualquier otro autor vivo o muerto, me había
iniciado en el amor a Chile y al idioma castellano.

Es una de las pocas cosas en la vida de que me arrepiento.

Cuando había llegado a Chile en 1954 desde los Estados Unidos -un joven de
doce años, nacido en Argentina y que, sin embargo, sólo pobremente
balbuceaba un par de palabras en mi idioma nativo- no había oído hablar de
Neruda ni menos hubiera podido recitar uno de sus versos. Durante la década
venidera, sin embargo, en la medida de que Chile y sus sílabas me fueron
seduciendo, Neruda iba a infiltrarse gota a gota en mi existencia hasta que
finalmente me tomó el corazón por asalto.
Mi primer encuentro con Neruda, si no recuerdo mal, fue a la edad de
catorce. Ardiendo por una distante y voluptuosa adolescente varios años
mayor, recibí el consejo de un compañero de colegio de que yo buscara
medios de susurrarle -si es que la fortuna me deparara tal cercanía-
algunas palabras selectas al oído de la esquiva bella: "Puedo escribir los
versos más tristes esta noche", y ella de inmediato, insistía mi sibilino
asesor, caería en mis brazos, pronta a entregar esos labios lujuriosos y
ariscos. Hice el intento, pero mi interpretación debe haber sido tan
deplorable como mi acento, puesto que respondió : "¡Neruda! Veinte poemas
de amor. Eres el quinto aprendiz de poeta que me lo enuncia en un mes. ¿Por
qué no te aprendes mejor Una canción desesperada?". Yo era tan ignorante
que ni siquiera sabía que, además de cancelar mis ilusiones con un epitafio
metafórico, ella se estaba refiriendo a otro poema de Neruda de la misma
colección. Lo que sí quedó claro era que si pretendía conquistar a las
damas era imprescindible que me sumergiera en el repertorio nerudiano con
más seriedad, lo que hice buceando en Los versos del Capitán, esa obra
anónima que el poeta todavía no había reconocido como suya, pero que
transparentaba su particular genio en cada una de sus eróticas estrofas.
En los años que siguieron, Neruda iba a ser mi guía a lo largo del camino
interminable de mi búsqueda de expresión emocional, intelectual, literaria,
el acompañante de mi perpetua re-invención. Vasto e inagotable, siempre
estaba Neruda al alcance de mi lengua, pronto a descifrar un mundo hostil y
misterioso, infinitamente disponible para cada inquietud y cada apetencia.
Cuando necesitaba entenderme con el torbellino existencial de mi vida,
sumergirme en el terror de mi propia extinción, mi añoranza de alguna ardua
resurrección, cuando se trataba de explorar las fronteras fluctuantes que
separan y comunican los sueños y las pesadillas y el caos oceánico de lo
cotidiano, ahí estaba Residencia en la Tierra. Y cuando había que ir
nombrando a la América Nuestra ahí se extendía el Canto General, los
pájaros y los ríos, las montañas y las piedras, así como el sube a nacer
conmigo, hermano, de las Alturas de Machu Picchu, toda la furiosa historia
de la América Latina recobrada, los millones de vidas perdidas de los
pobres de hoy y ayer, desposeídos de todo menos de su dignidad. Y cuando
era cosa de contemplar mis propios pies, de discernir las palabras para
articular lo que significaba bañarse en el mar helado y volcánico que
Neruda también amaba, cuando había que sondear los enigmas de la alcachofa
y las lagartijas y el color azul, era Neruda en sus Odas elementales,
siempre Neruda, el que entreabría las ventanas coloquiales del lenguaje una
y otra y otra vez, como un amigo furtivo que me murmuraba en el corazón las
maravillas del mundo y que se maravillaba también de que ese mundo no
pudiera pertenecer a sus habitantes de la manera pródiga con que pertenecía
a sus poetas. La política, el caldillo de congrio, los callejones con y sin
salida, los relojes y los campanarios, los héroes y los burdeles y los
mineros, los dictadores y los pezones y los zapatos y las manos, las manos,
las manos -todo lo que uno quisiera saber de la vida en su abundancia
infinita-, ahí estaba Neruda, ahí había llegado siempre antes Neruda, con
su exceso y su libertinaje de palabras, la mayoría de ellas -pero no todas,
por cierto- asomándose a la perfección.

Y ahora estaba muerto el artífice de mi mirada y yo iba a faltar a su funeral.

Había muerto Neruda de cáncer, pero también de tristeza; la angustia que le
ocasionó el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, la amargura que
trajo la muerte de Salvador Allende y de tantos otros amigos y compatriotas
apresados, torturados, fusilados, la devastación de los ideales de justicia
social y soberanía económica por los que Neruda, comunista de cepa, había
luchado gran parte de su vida, toda esa congoja acumulada terminó
liquidándolo. Un clima de miedo -el mismo miedo que Neruda había descrito
en sus versos fugitivos, la sangre que había denunciado en las calles de la
España republicana- ahora estaba descendiendo sobre su propio Chile
pacífico, invadiendo y silenciando a cada habitante de la esperanza. Fue
ese miedo el que me impedía concurrir al sepelio de Neruda. Estaba ya en la
clandestindad, intentando salir vivo del país, y me decía a mí mismo con
rabia que lo más estúpido que podía hacer sería acudir a un funeral colmado
de soldados y espías.
Miles de otros chilenos, tal vez más desesperados que yo, seguramente más
imprudentes y definitivamente más indomables, decidieron desafiar a las
autoridades y enfrentar el espectro de su propio pánico. Desde todo
Santiago convergieron sobre el cementerio General, uno a uno, aquel día de
septiembre. Amigos míos me contaron después que al principio la multitud se
hallaba muda y desolada y de repente una voz había germinado desde las
profundidades de la muchedumbre oscura y había gritado "¡Compañero Pablo
Neruda!". Y centenares de voces tronaron la respuesta, "¡Presente!". Y las
tropas que vigilaban no habían sabido cómo reaccionar a este homenaje al
más gran poeta de Chile, al escritor más popular de la América Latina, una
de las voces más magníficas del siglo veinte o de cualquier otro siglo. Y
entonces el mismo barítono había vuelto a brotar -era el gran novelista
patagónico Francisco Coloane, un gigante de inmensas manos y larga barba
blanca- y ahora rugió otro nombre: "¡Compañero Salvador Allende!",
exigiendo la presencia y el reconocimiento del presidente muerto que había
sido enterrado dos semanas antes en forma secreta y anónima, y de nuevo
"¡Presente!", el grito de combate de aquellos que no habían podido llorar
todavía en forma pública el saqueo de sus sueños de una revolución
libertaria y que iban a tener que llorar un dolor aún más vasto en los
diecisiete años de dictadura que los aguardaba.
Neruda debe haber sonreído del otro lado de la muerte. Él creía, más que
nada, en el cuerpo -sus jugos, huesos, genitales, sus pelos y piel y
tobillos- y tiene que haber sido una reivindicación de su visión darse
cuenta de que su cuerpo aparentemente difunto se estaba convirtiendo en la
mecha que iba a encender la resistencia chilena a Pinochet, que esta
afluencia funeraria terminó siendo el primer intento de parte del pueblo
que Neruda había cantado en sus poemas para rescatar los espacios públicos
prohibidos. Y simbólico que este reto inicial a las fuerzas de la extinción
y del autoritarismo surgiera desde la despedida popular a un labrador de
las palabras que había proclamado él mismo que los poetas no eran dioses,
sino que más bien panaderos o carpinteros, enmarañados en la vida cotidiana
de los hombres y mujeres comunes, y compartiendo su destino.
Sí, era apropiado que fueran esos hombres y esas mujeres quienes, como yo,
habían sido nutridos a lo largo de su existencia por las baladas de Pablo,
de alguna manera justo que fueran ellos los primeros en informarle al mundo
que su bardo no los había abandonado, los primeros en jurar que lo
mantendrían con vida meramente recordando la caliente sombra de sus
palabras cuando hacían el amor y cuando bebían un buen tinto y cuando
respiraban la luz deslumbrante del mar, perpetuarlo cuando sentían la
melancolía del crepúsculo y la esperanza del amanecer y el ultraje de la
explotación, yo creo que Neruda hubiese querido que su último acto en esta
tierra se convirtiera en el preludio o quizás la anticipación de algo
infinitamente mejor, la profecía de aquel día en que el planeta fuera digno
de los poemas que él nos ofreció con tanta generosidad y que todavía
resuenan y perduran más allá de nuestra muerte y de su propia muerte
insignificante y transitoria.


Ariel Dorfman es escritor chileno. Acaba de salir en edición de bolsillo
sus memorias, Rumbo al Sur, Deseando el Norte.

Tomado de Pagina12web: http://200.61.159.98/diario/contratapa/13-26059.html
y aparecido en EL PAÍS.es - 24 de Setiembre de 2003
http://w1.875.telia.com/~u87515926/chile19a.htm


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