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[P/L@720] Recordando a Edward Said   Lista de mensajes  
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"No es cierto que las identidades duren para siempre, puesto que la
dinámica de la historia muestra constantes evoluciones, (...)
de las convicciones de los grupos que pretenden ser los auténticos
representantes de una identidad o de la historia de un pueblo surgen el
fundamentalismo y una total falta de comprensión por los demás."

Edward Said


[P/L@] Homenajes
Dossier especial dedicado a la memoria de E. Said (1935-2003)


Falleció el intelectual palestino Edward Said
por Eva Greenberg (Lainsignia.org)

El intelectual palestino Edward Said falleció el pasado 25 de septiembre de
leucemia en un hospital de Nueva York (EEUU) a los 67 años de edad. Nacido
en Jerusalén en 1935, Said fue miembro del Parlamento palestino en el
exilio durante 14 años, hasta que en 1991 presentó la dimisión por sus
diferencias con Yasir Arafat.

Musicólogo y autor de textos imprescindibles como "Orientalismo" y "Cultura
e imperialismo", Said se dio a conocer a finales de la década de los
setenta con "El mundo, el texto y la crítica", donde polemizaba con las
posturas formalistas y estructuralistas en la crítica literaria. Aunque se
ganó el reconocimiento público por su obra periodística y sus ensayos
políticos, fue ante todo un autor centrado en los estudios culturales.

Especialista en Joseph Conrad, Edward Said trabajaba como profesor de
Literatura Comparada en la Universidad de Columbia (EEUU). A lo largo de
los años mantuvo un constante compromiso con la causa palestina y fue un
feroz crítico del subdesarrollo cultural y social de los países árabes y de
las estrategias de dominación de las potencias occidentales.

En el 2002 obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia (ver nota
final de este número), junto con el músico Daniel Barenboim, por su
"generosa y encomiable tarea a favor de la convivencia y la paz". Los
autores dedicaron los 50.000 euros del galardón a su conocido proyecto de
la orquesta West Eastern Divan, que hermana a jóvenes músicos de Israel y
de los países árabes de Oriente Próximo; su sede se encuentra en Sevilla
(España), ciudad de la que Said se declaraba «entusiasta» y donde afirmaba
sentirse "mucho más en casa que en Estados Unidos".

Una relación especial con España

Crítico del nacionalismo excluyente y de los conceptos identitarios de la
cultura, Edward Said ponía con frecuencia a España como ejemplo de país
plural, capaz de asumir tradiciones tan diversas como la judía, la islámica
y la cristiana. En su opinión, "lo que podía haber acabado en un resultado
muy distinto" terminó en "un ejemplo de coexistencia pacífica", a pesar de
"las contradicciones de su propia historia, que muestra una identidad muy
compleja".

"No es cierto que las identidades duren para siempre, puesto que la
dinámica de la historia muestra constantes evoluciones", afirmaba Said,
para añadir que "de las convicciones de los grupos que pretenden ser los
auténticos representantes de una identidad o de la historia de un pueblo
surgen el fundamentalismo y una total falta de comprensión por los demás".

***

EDWARD SAID; UN INTELECTUAL LIBRE
por Juan Goytisolo
(El País - Madrid)

A comienzos de la década de los ochenta redacté esta breve presentación de
Edward Said con objeto de contribuir a la difusión de su obra en España,
presentación que dirigí a media docena de editores amigos o conocidos:

"En 1978, la publicación de Orientalismo, del palestino Edward Said,
profesor de literatura inglesa y comparada en la Universidad de Columbia,
en Nueva York -conocido hasta entonces por sus excelentes estudios de
crítica literaria-, produjo el efecto de un cataclismo en el ámbito
selecto, un tanto cerrado y autosuficiente, de los orientalistas
anglosajones y franceses. Su examen de las relaciones Occidente-Oriente, la
minuciosa exposición de la empresa de conocimiento, apropiación y
definición -siempre reductiva- de lo 'oriental' en todas sus formas
sociales, culturales, religiosas, literarias y artísticas por parte de
aquéllos en provecho exclusivo, no de los pueblos estudiados, sino de los
que, gracias a su superioridad técnica, económica y militar, se apercibían
para su conquista y explotación, ponían no sólo en tela de juicio el rigor
de sus análisis, sino en bastantes casos la probidad y honradez de sus
propósitos eruditos. Salvo raras excepciones, nos dice Said, el
orientalismo no ha contribuido al entendimiento y progreso de los pueblos
árabes, islámicos, hindúes, etc., objeto de su observación: los ha
clasificado en unas categorías intelectuales y 'esencias' inmutables
destinadas a facilitar su sujeción al 'civilizador' europeo. Fundándose en
premisas vagas e inciertas, forjó una avasalladora masa de documentos que,
copiándose unos a otros, apoyándose unos en otros, adquirieron con el
tiempo un indiscutido -pero discutible- valor científico. Una cáfila de
clisés etnocentristas, acumulados durante los siglos de lucha de la
Cristiandad contra el Islam, orientaron así la labor escrita de viajeros,
letrados, comerciantes y diplomáticos: su visión subjetiva, embebida de
prejuicios, teñía sus observaciones de tal modo que, enfrentados a una
realidad compleja e indomesticable, preferían soslayarla a favor de la
'verdad' abrumadora del 'testimonio' ya escrito."

Con un rigor implacable, Said exponía los mecanismos de la fabricación del
Otro que, desde la Edad Media, articulan el proyecto orientalista. La
dureza del ataque, como señaló en su día Maxime Rodinson, convirtió a
Orientalismo en el centro de una agria polémica cuyos ecos no se han
desvanecido aún. Las críticas y defensas apasionadas del libro mostraban en
cualquier caso que el autor había dado en el blanco: nadie puede permanecer
indiferente a él. Pero mi iniciativa no dio resultado. El tema de la obra
resultaba aún exótico en aquellos años y me resigné a acoger Orientalismo
en una discreta colección que entonces dirigía y cuya difusión era escasa,
por no decir nula. Por fortuna, las cosas han cambiado.

Como sus lectores españoles bien saben, la obra de Edward Said abarca un
área muy vasta de conocimientos, algo bastante insólito, como veremos, en
el universo arabomusulmán, tradicionalmente endogámico, replegado sobre sí
mismo y con escasa curiosidad por el mundo exterior (compárese, por
ejemplo, el número de libros escritos en Occidente sobre esta civilización
tan cercana, pero inasimilable a la nuestra -sin duda, varios millares de
títulos- con la cincuentena escasa de obras que los viajeros y ensayistas
del Oriente Próximo y el Magreb escribieron sobre Europa antes de la
Primera Guerra Mundial, y mediremos el abismo que separa el Occidente
avanzado de esa nebulosa de culturas, creencias religiosas y lenguas
capsuladas en el término 'oriental' forjado por nosotros. Quiero precisar
aquí que España es un caso aparte: nuestra anorexia cognitiva y asimiladora
tocante a otras culturas nos distancia también irremediablemente de Europa).

El lector de Edward Said puede escoger, según sus preferencias, entre las
diferentes facetas de su obra: el excelente analista de la ficción
autobiográfica de Joseph Conrad; el crítico literario de Intención y método
y ; el musicólogo, cuyas inolvidables conferencias en el Collège de France
tuve el privilegio de escuchar; el narrador del bellísimo viaje a la tierra
nativa que, al serle arrebatada en su niñez, lo convirtió para siempre en
un palestino errante; el analista político, implacable observador del mal
llamado proceso de paz, consecuencia de los acuerdos de Oslo...

Pero quiero subrayar ahora un punto que me parece esencial para la
comprensión de una labor tan rica y aguijadora. Como otros exiliados a lo
largo de la historia, Said ha sabido sacar fuerza de la desdicha propia y
la de su pueblo con miras a convertirla en la baza de un reto: el de
transformar, conforme a la célebre frase de André Malraux, 'el destino en
conciencia' y el de servirse de ésta para componer una obra cuya exigencia
íntima y móvil desinteresado la sitúen por encima de los azares y
circunstancias de todo compromiso político concreto. Said nunca ha
sacrificado el juicio individual al prejuicio colectivo, y este rasgo de
carácter, infrecuente en todas las sociedades, hace de él una rara avis
dentro del palomar donde zurean las palomas amaestradas al servicio del
poder de turno, ya sea político, empresarial o mediático.

Su condición de exiliado, primero en Egipto y luego en Estados Unidos, le
ha concedido, como compensación personal, la fructuosa marginalidad de
quien, en razón de las circunstancias, acampa en una zona fronteriza, en la
periferia de Occidente y del Oriente Próximo, desde la que contempla su
cultura a la luz de otras culturas, y su lengua, a la luz de otras lenguas.
Conocedor profundo de la literatura e historiografía anglosajonas y
francesas y de las claves de la dominación imperialista de Occidente sobre
el mundo arabemusulmán, ha podido examinar a éste a la vez con intimidad y
a distancia, con amor, pero sin indulgencia.

Ensayo tras ensayo, libro tras libro, Edward Said ha denunciado la
perniciosa ausencia de autocrítica en los medios intelectuales árabes: el
ensimismamiento de su cultura, su refugio suicida en el pasado, la negación
y el no reconocimiento de las realidades que aborrecen y temen, el complejo
de amor / odio respecto a Occidente, la falta de democracia real y la
instrumentalización de las élites por los gobernantes. Un conjunto de males
que le conduce a preguntarse en Palestina. Paz sin territorios: '¿Estamos
condenados para siempre al subdesarrollo, la dependencia y la
mediocridad?... ¿Estamos escogiendo ser una reproducción del África del
siglo XIX a finales del siglo XX?'.

La desoladora experiencia de los últimos años prueba que las críticas
agoreras de Said a Oslo eran bien fundadas. Después de un periodo de ni
guerra ni paz, en el que se confió a la Autoridad Nacional Palestina la
tarea de mantener un orden precario en sus guetos y bantustanes, el
inocente paseo de Sharon por la Explanada de las Mezquitas y el comienzo de
la segunda Intifada ponen de manifiesto, por si ello fuera aún necesario,
la injusticia infinita que sufren los palestinos, injusticia que alimenta
el terrorismo de los grupos islamistas y el subsiguiente recurso por Sharon
a lo que no puede calificarse de otro modo que de terrorismo de Estado.

Tras el monstruoso atentado del 11 de septiembre y la guerra de Afganistán,
vemos repetirse una variante de la situación creada por la guerra del Golfo
y el apoyo occidental a los regímenes arabomusulmanes corruptos y
represivos que se alinean prudentemente en su bando. La opción impuesta así
a los pueblos del Oriente Próximo no puede ser más nociva: o una huida
adelante, hacia un islamismo intolerante y retrógrado, o un sometimiento a
aquellos regímenes que perpetúan su ignorancia y subdesarrollo económico y
cultural.

Quisiera, para acabar, leer unos párrafos del reciente artículo de Edward
Said, 'Oriente Próximo en un callejón sin salida', en el que, con la
integridad e independencia que le caracterizan, pone el dedo en la llaga:
el abandono por Occidente de los principios que predica en los países
árabes (y añado yo, en África, Asia e Iberoamérica). 'Se deja solos en la
lucha a los valientes que defienden la secularización, que protestan por
los abusos contra los derechos humanos, que luchan contra la tiranía
clerical e intentan hablar y actuar en nombre de un nuevo orden árabe
democrático y moderno, no tienen apoyo de la cultura oficial y sus libros y
sus carreras se arrojan a veces como carnaza para esa ira islámica que se
va acumulando...'.

'El auténtico culpable es una educación primaria... hecha a base de
remiendos del Corán, con ejercicios maquinales basados en libros de textos
trasnochados de hace 50 años, clases inútilmente largas, maestros
lamentablemente mal equipados y una incapacidad casi total para el
pensamiento crítico... Este anticuado aparato educativo de unos extraños
fallos en la lógica y en el razonamiento moral, y una escasa valoración de
la vida humana, que llevan a brotes de entusiasmo religioso de la peor
especie o una adoración servil del poder'...

Una crítica lúcida como la de Said, dirigida a la vez a los mecanismos de
dominación de Occidente y a las raíces del subdesarrollo cultural,
democrático y social de los países árabes, resulta más necesaria que nunca.
Todos nos hallamos hoy enfrentados al horror sin paliativos de un
terrorismo fanático y ciego, y a otros horrores, como los que son el pan
diario de los palestinos, interesadamente encubiertos por la hipocresía de
muchos gobiernos.

***

Retrato del intelectual como militante

Edward Said, una de las voces internacionales más potentes de los
palestinos, murió de leucemia el pasado 25 de septiembre en Nueva York. En
esta nota, el periodista británico Robert Fisk, quien fuera su amigo, traza
la figura de un hombre de muchos mundos.
Por Robert Fisk *

La última vez que vi a Edward Said le pedí que siguiera viviendo. Sabía de
su leucemia. Varias veces había dicho que estaba recibiendo un tratamiento
de primera línea de un médico judío y, a pesar de toda la basura que sus
enemigos le tiraban, siempre reconocía la bondad y el honor de sus amigos
judíos, entre los cuales Daniel Barenboim era de los mejores. Edward estaba
cenando en un restaurante junto a su familia en Beirut, frágil pero enojado
por el último renuncio de Arafat para con Palestina e Israel. Y contestó a
mi pedido como un soldado. "No me voy a morir", dijo. "Porque tanta gente
me quiere ver muerto."
La primera vez que lo vi fue al comienzo de la guerra civil libanesa. Había
oído hablar de este hombre, este luchador intelectual, lingüista, académico
y musicólogo y -Dios perdone mi ignorancia en los '70- no sabía mucho sobre
él. Me dijeron que fuera a un departamento cerca de la calle Hamra en
Beirut. Había disparos en las calles -qué fácilmente llegamos a aceptar la
normalidad de la guerra-, pero cuando trepé las escaleras hacia su
departamento, escuché una sonata de piano de Beethoven. No, no era "Claro
de Luna" -nada demasiado popular para Edward-, pero esperé ante la puerta
pintada de marrón por 10 minutos hasta que hubo terminado.
"Leíste mis libros, Robert, pero apuesto a que no has leído mi trabajo
sobre música", me retó una vez. Y, por supuesto, corrí a la Librarie
International en el Edificio Gefinor en Beirut para comprar su libro
definitivo para añadir a mi colección: sus maravillosos ensayos sobre los
palestinos, críticas a la corrupción y maldad de Yasser Arafat, su
indignada condena a la criminalidad de Ariel Sharon.
No era un hombre sin defectos. Podía ser arrogante, podía ser cruel en su
crítica. Podía ser repetitivo. Podía enojarse hasta la exasperación. Pero
tenía tanto por lo que enojarse. Una tarde, fui a verlo a la casa de su
hermana Jean en Beirut -una señora cuyo propio racconto de la invasión
israelí a Líbano en 1982, Fragmentos de Beirut, es digno de la integridad
de su hermano- y lo encontré medio recostado en un sofá.
"Estoy un poco cansado por el tratamiento de la leucemia", dijo. "Sigo
andando." "No pararé." Era un tipo duro, el defensor más elocuente de un
pueblo ocupado y el atacante más irascible de su liderazgo corrupto. Arafat
prohibió sus libros en los territorios ocupados, probando así la inmensidad
de Said y el empobrecimiento intelectual de Arafat.
En el primer encuentro en Beirut a fines de los ‘70, le pregunté por
Arafat. "Fui a una reunión que tuvo el otro día en Beirut", me dijo. "Y
Arafat estaba parado ahí y le preguntaban sobre el futuro del Estado
Palestino y lo único que podía decir era 'hay que hacerle esa pregunta a
cada niño palestino'. Todos aplaudieron. Pero ¿qué quería decir? ¿De qué
diablos estaba hablando? Era retórica. Pero no significaba nada."
Después de que Arafat adhiriera a los acuerdos de Oslo, Said fue el
primero, y con razón, en atacarlo. Arafat nunca había visto un asentamiento
judío en los terrenos ocupados, dijo. No había ni un solo abogado palestino
presente durante las negociaciones de Oslo. Said fue inmediatamente
condenado -todos los que dijimos que Oslo sería un fracaso catastrófico lo
fuimos- como "antipacifista" y por extensión "pro terrorista".
Said se cansaba de repetir la historia palestina, la importancia de
denunciar las viejas mentiras. Una de ellas, que lo enfurecía
particularmente, era el mito de que las estaciones de radio árabes habían
dicho a los árabes palestinos de 1948 que abandonaran sus hogares en el
nuevo Estado israelí. Y él repetía, una y otra vez, la importancia de
volver a contar la historia de la tragedia palestina. Fue acosado por
llamados anónimos; su oficina fue visitada por un hombre bomba y muchas
veces fue difamado por los judíos norteamericanos que odiaban que él, un
profesor de literatura de Columbia, pudiera defender a su pueblo ocupado
tan elocuente y vigorosamente.
Se hizo un intento, en sus últimos días, de privarlo de su trabajo
académico por parte de algunos crueles partidarios de Israel que declaraban
la misma falsa y vieja calumnia, que era un antisemita. Columbia, en una
declaración larga y un poco ambivalente, lo defendió. Cuando el decano
judío de Harvard expresó su preocupación por el crecimiento del
"antisemitismo" en Estados Unidos, por aquellos que se animaban a criticar
a Israel, Said escribió mordazmente que un académico judío que era decano
de Harvard "¡se queja del antisemitismo!".
Mientras su salud declinaba, fue invitado a dar una conferencia en el norte
de Inglaterra. Todavía puedo oír a la señora que la organizaba quejarse
porque él insistía en viajar en business class. ¿Pero por qué no? ¿No se le
permitía a un hombre que estaba muy enfermo, luchando por su vida y su
pueblo, un poco de comodidad para cruzar el Atlántico? Su amistad con el
brillante Barenboim, y su apoyo conjunto por una orquesta árabe-israelí que
recién el mes pasado tocó en Marruecos, era prueba de su decencia humana.
Cuando a Barenboim se le negó el permiso para tocar en Ramala, Said
redispuso su concierto, para rabia del gobierno de Sharon, por el que Said
sólo tenía desprecio.
La última vez que lo vi estaba exultante de felicidad por el casamiento de
su hijo con una hermosa joven. La vez anterior que lo vi estaba furioso por
el fracaso de los palestinos en Boston para arreglar las diapositivas en el
orden correcto para una conferencia sobre el "derecho a regresar" de los
palestinos a Palestina. Como todos los académicos serios, quería la
exactitud. Más grande fue su furia cuando uno de sus enemigos declaró que
nunca había sido un verdadero refugiado de Palestina porque estaba en El
Cairo en el momento de la expulsión de los palestinos. No tenía paciencia
con el periodismo chapucero -no hay más que echar una mirada a "Informando
sobre el Islam", su análisis de los informes periodísticos sobre la
revolución iraní-, y tenía aún menos paciencia con los conductores de
televisión estadounidenses. "Cuando estuve en el aire -me dijo una vez-, el
cónsul israelí en Nueva York dijo que yo era un terrorista y quería
matarlo. ¿Y qué me dijo la conductora a mí? "Señor Said, ¿por qué quiere
matar al cónsul israelí?" "¿Qué se contesta a una basura así?"
Edward era un "rara avis". Era a la vez un ícono y un iconoclasta.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Celita Doyhambéhère

***

Discurso de Edward Said en la entrega del Premio "Príncipe de Asturias"
(Tomado de Rebelión.org)

Es un tremendo honor recibir este extraordinario premio y poder compartirlo
con mi estimado amigo y compañero Daniel Barenboim. No encuentro palabras
para agradecer a los miembros del jurado del Premio Príncipe de Asturias de
la Concordia el habernos elegido para recibir este maravilloso
reconocimiento. Quisiera felicitar asimismo a los demás galardonados cuyos
excepcionales logros en las Artes y en las Ciencias de igual modo se han
reconocido hoy aquí.

El mundo de hoy está lleno de identidades nacionales y nacionalismos
confrontados. Ya hace años que llenan las noticias, y muchos son el
resultado de lo que sucedió cuando los grandes imperios clásicos empezaron
a despedazarse después de la Segunda Guerra Mundial. Con demasiada
frecuencia los programas de los imperios para el reparto, como los que
tuvieron lugar en la India y Palestina, agravaron las tensiones entre
comunidades aún más que antes y no parecían solucionar nada. Los
nacionalistas musulmanes e hindúes siguen en su lucha y los árabes
palestinos y judíos israelíes todavía están muy lejos de cualquier
perspectiva de paz. El principio y la práctica de la convivencia y la
igualdad parecen tan distantes como para ser utópicos hasta el ridículo.
Lejos de conseguir algo y hacerse realidad, las naciones enfrentadas entre
sí causan directamente la terrible violencia de la guerra y del largo
conflicto. Otras luchas latentes a favor de la identidad nacional están a
punto de estallar, subyacen heridas y una sensación de injusticia que a
menudo acaban en confrontación abierta.

Sin embargo, en todos los casos, ambas partes en conflicto sobre la
identidad nacional consideran que tienen la justicia de su parte. Pero,
¿dónde está la justicia? ¿Consiste en seguir luchando aunque su poder haya
superado con creces la de su enemigo? ¿O consiste en oponerse a las
acciones injustas y no cesar de llamar la atención sobre los abusos de los
derechos humanos y políticos? ¿O consiste en asumir una posición de
superioridad y fingir que la identidad nacional no es de su incumbencia?

El problema de fondo, en todo esto, es que resulta imposible ser neutral o
considerar estas tensiones desde la distancia. Por muy objetivos que
intentemos ser, de una manera u otra, son cuestiones de vida y muerte para
todos los seres humanos. Cada uno de nosotros pertenece a una comunidad con
su propia narrativa nacional, sus propias tradiciones, lenguaje e historia,
ideas básicas y héroes. Estos proporcionan la sustancia con la que se
forman todas las identidades nacionales, aunque no todas se encuentran en
pie de guerra y bajo constante presión. Además, es verdad que ninguna
identidad nacional se establece para siempre, ya que la dinámica de la
historia y de la cultura garantizan una evolución, cambios y reflexión
constantes. Lo peor es cuando individuos o grupos fingen ser los únicos
representantes verdaderos de una identidad, los únicos intérpretes
legítimos de la fe, los únicos portaestandartes de la historia de un
pueblo, la única manifestación real de una identidad dada, sea islámica,
judaica, árabe, americana o europea. De convicciones tan insensatas surgen
no sólo el fanatismo y el fundamentalismo, sino también la falta total de
comprensión y de compasión por el prójimo.

Para mí uno de los rasgos especialmente atractivos de la identidad española
es que se trata de una nación que ha negociado con éxito el pluralismo -e
incluso las contradicciones confrontadas- en la historia de su identidad
compleja. Las historias islámicas, judaicas y cristianas de España
proporcionan conjuntamente un modelo de convivencia de tradiciones y de
creencias. Lo que podría haber sido una guerra civil interminable ha
desembocado en el reconocimiento de un pasado multicultural y una fuente de
esperanza e inspiración, en vez de antagonismos y desacuerdos. Lo que en el
pasado se reprimía o se negaba en la larga historia de España, ha recibido
su debido reconocimiento gracias a los esfuerzos de rescate histórico de
figuras heroicas como Américo Castro y Juan Goytisolo.

Como palestino nacido en Jerusalén, mi historia nacional y la sociedad de
mis antepasados estalló en pedazos en 1948 cuando se creó el estado de
Israel. Desde entonces -la mayor parte de mi vida- he participado en la
lucha no sólo para llevar la justicia y la restitución a mi pueblo sino
también para mantener viva la esperanza de autodeterminación. Nuestra
historia moderna como pueblo está llena de sufrimientos sin reconocimientos
y de despojo continuo. Como americano que lleva una vida de privilegio y
estudio en la Universidad de Columbia, donde he tenido una suerte enorme en
mi vida como profesor, llegué a comprender muy pronto que tenía que elegir
entre olvidarme de mi pasado y de los muchos familiares que se convirtieron
en refugiados sin hogar en 1948, o dedicarme a paliar los efectos de los
traumas producidos por el sufrimiento y el despojo escribiendo, hablando y
dando testimonio de la tragedia de Palestina. Me enorgullece decir que
escogí este último camino y, con él, la causa de una política
estadounidense no militarista y no imperialista. Siempre he creído en la
superioridad del argumento racional sobre la lucha armada, en la franqueza
y en la honestidad empleadas en pro no de la exclusión sino de la
inclusión. ¿Cómo reconciliar la realidad de un pueblo oprimido, explotado y
al que se le han negado sus derechos políticos y humanos, con la realidad
de otro pueblo cuya historia de persecución y genocidio, en mi opinión,
injustamente anuló la existencia de otro pueblo indígena en su camino hacia
la autodeterminación? Ésta fue la cuestión. Consistía en tener la
cooperación de muchas personas, muchos compañeros y amigos de ideas afines,
de árabes y judíos, y no árabes y no judíos, cuya pasión por la justicia
los unió con el pueblo de Palestina, que sufre bajo la ocupación militar
israelí desde hace treinta y cinco años.
Este sufrimiento, además del despojo de toda la nación palestina en el
exilio, clamaba por la justicia y el reconocimiento.

Ha sido una lucha dura y estamos lejos de acercarnos a su final. Los
sacrificios diarios de valientes palestinas y palestinos que siguen con sus
vidas a pesar de los toques de queda, las demoliciones de sus casas, las
matanzas, las detenciones en masa y la expropiación de sus tierras. Siempre
necesitamos el apoyo moral, necesitamos la imaginación del mundo,
necesitamos demostrar a aquellos que crean que Palestina/Israel es la
tierra de un solo pueblo, que es una tierra para dos pueblos que no pueden
ni exterminarse ni expulsarse los unos a los otros sino que, de alguna
manera, tienen que acercarse como iguales, con derechos iguales de vivir en
paz y seguridad, juntos. Por lo tanto, es esencial para mí reconocer la
fuerza y dedicación de aquellos israelíes y judíos que han superado las
fronteras de la convención, de la conformidad y de la identidad autoritaria
y han reconocido su responsabilidad moral hacia una causa que de tantas
maneras también es su causa. Quisiera rendir homenaje a Daniel Barenboim
que nos ha ofrecido, a los palestinos y a otros árabes, sus grandes dones
de músico como expresión de la forma más alta de solidaridad humana.

Aunque parezca extraño, es la cultura en general y la música en particular
las que proporcionan un modelo alternativo para identificar el conflicto.
Yo sólo puedo hablar aquí como palestino, pero siempre me ha sorprendido
cuanto nos ha empobrecido y limitado nuestra vida de lucha, simplemente
porque como pueblo privado del derecho de ciudadanía, hemos tenido la
tendencia a enfocar todas nuestras energías en la meta inmediata de
conseguir la independencia por los medios más directos posibles. Por
supuesto, esto es comprensible. Pero existe lo que yo llamaría la política
cultural de largo alcance, que proporciona un espacio literalmente más
amplio para la reflexión y en último término para la concordia, y que puede
sustituir la tensión y el desacuerdo permanentes. La literatura y la música
abren este tipo de espacio, porque básicamente son artes no de antagonismo
sino de colaboración, receptividad, recreación e interpretación colectiva.
Nadie escribe ni toca un instrumento para leerse o escucharse a sí mismo;
siempre está el lector o el oyente, y con el tiempo este público va
creciendo. Mi amigo Baremboim y yo hemos optado por este camino más por
motivos humanísticos que políticos, porque pensamos que la ignorancia y la
autoafirmación reiterada no son estrategias de supervivencia sostenible. La
disciplina y la dedicación nos han proporcionado una fuerza motriz que nos
permite unir a nuestras comunidades sin espejismos, sin abandonar nuestros
principios. Lo alentador es ver la cantidad de jóvenes que han respondido,
y la manera en que, incluso en tiempos tan difíciles como éstos, jóvenes
palestinos han decidido estudiar música, aprender a tocar un instrumento o
practicar su arte.

Quién sabe hasta dónde llegaremos y a quiénes haremos cambiar de opinión.
La belleza de esta pregunta es que no se puede ni responder ni desestimar
fácilmente. Su reconocimiento de nuestros esfuerzos, no obstante, nos ayuda
a dar un gran paso hacia adelante.


Gracias a Ricardo Alvarado, director de AveCrítica, por su aporte en este
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Sáb, 4 de Oct, 2003 4:24 pm

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"No es cierto que las identidades duren para siempre, puesto que la dinámica de la historia muestra constantes evoluciones, (...) de las convicciones de los...
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4 de Oct, 2003
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