[P/L@] Homenajes
1967 - 8 de octubre - 2003
A 36 años del asesinato del Che.
Nuestro compañero Ricado Sánchez nos convida desde Cuba con este relato
escrito por el guerrillero heroico. "La piedra" fue publicado por el diario
cubano juventud Rebelde hace un par de años. Este cuento fue escrito por el Che
estando en el Congo. P/L@
Unas notas imprescindibles:
Estas reflexiones fueron publicadas originalmente en octubre de 1998 en los
"Cuadernos Memoria", del Centro Cultural "Pablo de la Torriente Brau por su
Director el Poeta Víctor Casaus. Agradecemos al Centro de Estudios Che
Guevara de La Habana por permitirnos su publicación en "Puntos de Vista", y
especialmente a "Memoria" y su Director, quien tiene la palabra:
["Este es un relato testimonial escrito por el Che en el Congo. Ocupa en su
versión original, de la que fue tomado, diez caras de su libreta de
apuntes, y está escrito allí directamente, con pocas correcciones en sus
páginas.
["El tema del relato -el anuncio de la posible muerte de Celia, su madre-
ubica su escritura en algún momento posterior al 22 de mayo de 1965. Osmany
Cienfuegos llevó al Che ese día 'la noticia más triste de la guerra: en
conversación telefónica desde Buenos Aires informaban que mi madre estaba
muy enferma, con un tono que hacía presumir que ese era simplemente un
anuncio preparatorio. ... Tuve que pasar un mes en esa triste
incertidumbre, esperando resultados de algo que adivinaba pero con la
esperanza de que hubiera un error en la noticia, hasta que llegó la
confirmación del deceso de mi madre'.
["En medio de "esa triste incertidumbre" Che construye este relato de
fuerte tono introspectivo, en el que conviven las reflexiones filosóficas,
la ironía, el dolor y la ternura. Es probablemente el relato más crudo,
intenso y conmovedor que haya escrito.
["Más allá de intentar aquí, en tan breve espacio, el análisis del texto
desde cualquiera de las múltiples aristas posibles, nos sentimos
satisfechos y honrados de que "Memoria" adelante la publicación de este
imprescindible documento de Che testimoniante, que perfila, en
circunstancias particularmente dramáticas, los rasgos de su personalidad y
de su escritura, y nos lleva a acompañar, lectores en la distancia, esa
forma de soledad que teñía en aquellos momentos la impresionante estatura
humana de su autor."]
La Piedra
Por Ernesto "Che" Guevara
Me lo dijo como se deben decir estas cosas a un hombre fuerte, a un
responsable, y lo agradecí. No me mintió preocupación o dolor y traté de no
mostrar ni lo uno ni lo otro. ¡Fue tan simple!
Además había que esperar la confirmación para estar oficialmente triste. Me
pregunté si podía llorar un poquito. No, no debía ser, porque el jefe es
impersonal; no es que se le niegue el derecho a sentir, simplemente, no
debe mostrar que siente lo de él; lo de sus soldados, tal vez.
Fue un amigo de la familia, le telefonearon avisándole que estaba muy
grave, pero yo salí ese día.
Grave, ¿de muerte?
Sí.
No dejes de avisarme cualquier cosa.
En cuanto lo sepa, pero no hay esperanzas. Creo.
Ya se había ido el mensajero de la muerte y no tenía confirmación. Esperar
era todo lo que cabía. Con la noticia oficial decidiría si tenía derecho o
no a mostrar mi tristeza. Me inclinaba a creer que no.
El sol mañanero golpeaba fuerte después de la lluvia. No había nada extraño
en ello; todos los días llovía y después salía el sol y apretaba y
expulsaba la humedad. Por la tarde, el arroyo sería otra vez cristalino,
aunque ese día no había caído mucha agua en la montañas; estaba casi normal.
Decían que el 20 de mayo dejaba de llover y hasta octubre no caía una gota.
Decían... pero dicen tantas cosas que no son ciertas.
¿La naturaleza se guiará por el calendario?
No me importaba si la naturaleza se guiaba o no por el calendario. En
general, podía decir que no me importaba nada de nada, ni esa inactividad
forzada, ni esta guerra idiota, sin objetivos. Bueno, sin objetivo no; solo
que estaba tan vago, tan diluido, que parecía inalcanzable, como un
infierno surrealista donde el eterno castigo fuera el tedio. Y, además me
importaba. Claro que me importaba.
Hay que encontrar la manera de romper esto, pensé. Y era fácil pensarlo;
uno podía hacer mil planes, a cual más tentador, luego seleccionar los
mejores, fundir dos o tres en uno, simplificarlo, verterlo en papel y
entregarlo. Allí acaba todo y había que empezar de nuevo. Una burocracia
más inteligente que lo normal; en vez de archivar, lo desaparecían. Mis
hombres decían que se lo fumaban, todo pedazo de papel puede fumarse, si
hay algo dentro. Era una ventaja, lo que no me gustara podía cambiarlo en
el próximo plan. Nadie lo notaría. Parecía que eso seguiría hasta el infinito.
Tenía deseos de fumar y saqué la pipa. Estaba como siempre, en mi bolsillo.
Yo no perdía mis pipas, como los soldados. Es que era muy importante para
mí tenerla. En los caminos del humo se puede remontar cualquier distancia,
diría que se pueden creer los propios planes y soñar con la victoria sin
que parezca un sueño; solo una realidad vaporosa por la distancia y las
brumas que hay siempre en los caminos del humo. Muy buena compañera es la
pipa; ¿cómo perder una cosa tan necesaria? Qué brutos.
No eran tan brutos; tenían actividad y cansancio de actividad. No hace
falta pensar entonces y ¿para que sirve una pipa sin pensar? Pero se puede
soñar. Sí, se puede soñar, pero la pipa es importante cuando se sueña a lo
lejos; hacia un futuro cuyo único camino es el humo o un pasado tan lejano
que hay necesidad de usar el mismo sendero. Pero los anhelos cercanos se
sienten con otra parte del cuerpo, tienen pies vigorosos y vista joven; no
necesitan el auxilio del humo. Ellos la perdían porque no les era
imprescindible, no se pierden las cosas imprescindibles.
¿Tendría algo más de ese tipo? El pañuelo de gasa. Eso era distinto; me lo
dio ella por si me herían en un brazo, sería un cabestrillo amoroso. La
dificultad estaba en usarlo si me partían el carapacho. En realidad había
una solución fácil, que me lo pusiera en la cabeza para aguantarme la
quijada y me iría con él a la tumba. Leal hasta la muerte. Si quedaba
tendido en un monte o me recogían los otros no habría pañuelito de gasa; me
descompondría entre las hierbas o me exhibirían y tal vez saldría en el
Life con una mirada agónica y desesperada fija en el instante del supremo
miedo. Porque se tiene miedo, a que negarlo.
Por el humo, anduve mis viejos caminos y llegué a los rincones íntimos de
mis miedos, siempre ligados a la muerte como esa nada turbadora e
inexplicable, por más que nosotros, marxistas- leninistas explicamos muy
bien la muerte como la nada. Y, ¿qué es esa nada? Nada. Explicación más
sencilla y convincente imposible. La nada es nada; cierra tu cerebro, ponle
un manto negro, si quieres con un cielo de estrellas distantes, y esa es la
nada-nada; equivalente: infinito.
Uno sobrevive en la especie, en la historia, que es una forma mistificada
de vida en la especie; en esos actos, en aquellos recuerdos. ¿Nunca has
sentido un escalofrío en el espinazo leyendo las cargas al machete de
Maceo? : eso es la vida después de la nada.
Los hijos; también. No quisiera sobrevivirme en mis hijos: soy un cuerpo
extraño que perturba a veces su tranquilidad, que se interpone entre ellos
y la madre.
Me imaginé a mi hijo grande y ella canosa, diciéndole, en tono de reproche:
tu padre no hubiera hecho tal cosa, o tal otra. Sentí dentro de mí, hijo de
mi padre yo, una rebeldía tremenda. Yo hijo no sabría si era verdad o no
que yo padre no hubiera hecho tal o cual cosa mala, pero me sentiría
vejado, traicionado por ese recuerdo de yo padre que me refregaran a cada
instante por la cara. Mi hijo debía ser un hombre; nada más, mejor o peor,
pero un hombre. Le agradecía a mi padre su cariño dulce y volandero sin
ejemplos. ¿Y mi madre? La pobre vieja. Oficialmente no tenía derecho
todavía, debía esperar la confirmación.
Así andaba, por mis rutas del humo cuando me interrumpió, gozoso de ser
útil, un soldado.
¿No se le perdió nada?
Nada -dije, asociándola a la otra de mi ensueño.
Piense bien.
Palpé mis bolsillos; todo en orden.
Nada.
¿Y esta piedrecita? Yo se la vi en el llavero.
Ah, carajo.
Entonces me golpeó el reproche con fuerza salvaje. No se pierde nada
necesario, vitalmente necesario. Y, ¿se vive si no se es necesario?
Vegetativamente sí, un ser moral no, creo que no, al menos.
Hasta sentí el chapuzón en el recuerdo y me vi palpando los bolsillos con
rigurosa meticulosidad, mientras el arroyo, pardo de tierra montañera, me
ocultaba su secreto. La pipa, primero la pipa; allí estaba. Los papeles o
el pañuelo hubieran flotado. El vaporizador, presente; las plumas aquí; las
libretas en su forro de nylon, sí; la fosforera, presente también, todo en
orden. Se disolvió el chapuzón.
Solo dos recuerdos pequeños llevé a la lucha; el pañuelo de gasa, de mi
mujer y el llavero con la piedra, de mi madre, muy barato éste, ordinario;
la piedra se despegó y la guardé en el bolsillo.
¿Era clemente o vengativo, o solo impersonal como jefe, el arroyo? ¿No se
llora porque no se debe o porque no se puede? ¿No hay derecho a olvidar,
aún en la guerra? ¿Es necesario disfrazar de macho al hielo?
Qué sé yo. De veras, no sé. Solo sé que tengo una necesidad física de que
aparezca mi madre y yo recline mi cabeza en su regazo magro y ella me diga:
"mi viejo", con una ternura seca y plena y sentir en el pelo su mano
desmañada, acariciándome a saltos, como un muñeco de cuerda, como si la
ternura le saliera por los ojos y la voz, porque los conductores rotos no
la hacen llegar a las extremidades. Y las manos se estremecen y palpan más
que acarician, pero la ternura resbala por fuera y las rodea y uno se
siente tan bien, tan pequeñito y tan fuerte. No es necesario pedirle
perdón; ella lo comprende todo; uno lo sabe cuando escucha ese "mi viejo"...
¿Está fuerte? A mí también me hace efecto; ayer casi me caigo cuando me iba
a levantar. Es que no lo dejan secar bien, parece.
Es una mierda, estoy esperando el pedido a ver si traen picadura como la
gente. Uno tiene derecho a fumarse aunque sea una pipa, tranquilo y sabroso
¿no?...
Aparecido en:
http://www.oceanbooks.com.au/espanol/puntos/pun42.html
Gracias Ricardo por esta colaboración.
Otros numeros Para leer sobre el Che:
[P/L@691] El Che cumple 75 años
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[P/L@693] Armando Hart Dávalos: Un deber con el Che: Relacionar Cultura y
Economía
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[P/L@597] Carta del Che a Fidel
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[P/L@469] Mario Benedetti: Al Che
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[P/L@326] Homenajes: Che, apuntes sobre el Hombre Nuevo
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[P/L@157] Dedicado al Che
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