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[P/L@744] Apuntes sobre seguridad urbana   Lista de mensajes  
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[P/L@] Documentos

A solicitud de varios oyentes de nuestro programa radial, donde estamos
abordando temas de actualidad como el de la inseguridad urbana y diseño
arquitectónico, compartimos un interesante documento que introduce a un
tema del cual hoy tanta ignorancia se derrama desde los medios masivos, con
opinadores y personajes que exigen "mano dura" e inflexibilidad ante el
crimen y la inseguridad ciudadana, olvidando o quizá encubriendo, sus
pasados de complicidades e impunidad. (ver P/L@740) Incorporamos también
una nota de opinión del lúcido historiador y periodista José Pablo Feinmann
que aporta la dimensión actual y local del problema.


Seguridad urbana y miedo al crimen
por María Naredo Molero.[1]
España, junio de 2001.[2]
Publicado en: http://habitat.aq.upm.es/boletin/n22/amnar.html


De qué nos cuidamos y quién (o qué) nos proporciona seguridad

La etimología nos recuerda que el término securitas nombra la cualidad del
cuidado de sí. Este punto de partida resulta interesante pues la evolución
del concepto seguridad, como se verá, gira en torno a algo esencial: de qué
nos hemos de cuidar y, su consecuencia, a quién se atribuye la función
tuitiva.
En los burgos y aldeas medievales, la seguridad provenía de la organización
de los vecinos frente a las emergencias [Dávila, 1999]. La naturaleza
indómita y sus extrañas criaturas, las catástrofes naturales o los
recaudadores de impuestos, eran peligros externos frente a los que la
ciudad amurallada era símbolo de seguridad. La protección se garantizaba a
través de la ayuda mutua, la buena vecindad, simbolizada por la campana de
la iglesia que movilizaba a los vecinos ante las contingencias. Por otra
parte, la mayoría de los conflictos eran resueltos en el seno de la
comunidad, en un contexto de control social primario.
El nacimiento de las grandes concentraciones urbanas trajo consigo un
cambio radical en el ámbito de la inseguridad, del miedo. Si en la ciudad
medieval amurallada el peligro se encontraba extramuros, en las ciudades
modernas lo peligroso se halla en la propia urbe.
Foucault ha ejemplificado la génesis del miedo en la ciudad y de la gestión
de la seguridad, a través de las estrategias empleadas para combatir las
dos grandes epidemias que han acompañado la Historia occidental: la lepra y
la peste. La lepra en las ciudades de la Edad Media se combatía con la
segregación de los infectados, a través de la creación de lazaretos
extramuros. La ciudad quedaba a salvo expulsando el peligro. La peste de la
Europa de los siglos XIV y XV, de la que algunas ciudades tardaron siglos
en recuperarse, generó una respuesta bien distinta. La epidemia ya no se
afrontaba segregando a los enfermos, sino disciplinando la ciudad,
estableciendo un sistema de control exhaustivo de personas, bienes y animales.
Y es que «el exilio del leproso y la detención de la peste no llevan
consigo el mismo sueño político. El uno es el de una comunidad pura, el
otro el de una sociedad disciplinada. Dos maneras de ejercer poder sobre
los hombres...» [Foucault, 1996]. Estas dos estrategias de seguridad, la
segregación y la disciplina, con ser diferentes no son en absoluto
incompatibles. A lo largo de estas páginas se verá como las políticas de
control social en las ciudades de nuestros días incluyen ambas respuestas.
De este modo, como se decía, el surgimiento de las grandes ciudades instala
el peligro, el miedo, dentro de la ciudad. En el siglo XIX se refuerza aún
más este cambio. La multitud es vista como potencialmente peligrosa; surge
la idea de la masa como problema que hay que dominar. Es entonces cuando
las instancias informales de control social de las sociedades
preindustriales son sustituidas por las agencias de control formal: la
policía[3], los juzgados, las cárceles. El peligro ya no lo encarnan las
bestias o las catástrofes naturales, sino 'otros' ciudadanos.


La asociación inseguridad-criminalidad

La seguridad es definida, en las declaraciones de derechos y en las
constituciones, de un modo plural. En concreto, en la Constitución española
se establece como derecho ciudadano a vivir en un «clima de paz, de
convivencia y de confianza mutua, que permite y facilita a los ciudadanos
el libre y pacífico desarrollo de sus derechos individuales, políticos y
sociales» [Lledó, 1999].
Sin embargo, a partir de los procesos descritos en el apartado anterior, se
puede observar que se ha ido despojando a la seguridad de sus antiguas
aliadas (la libertad, la solidaridad, o la confianza mutua) y que ha
quedado reducida casi por completo a una parte marginal de su globalidad:
la protección de la ciudadanía frente a la criminalidad. Hoy en día es este
el significado casi exclusivo que se le atribuye, más aún si se le añade el
adjetivo ciudadana. Ante lo cual, la garantía de esta seguridad `reducida'
es competencia de las instancias de control formal, públicas o privadas,
que la gestionan en un régimen de monopolio sin precedentes en la Historia.
La asociación inseguridad-criminalidad nos lleva a preguntarnos si hoy día
sólo hemos de cuidarnos de la criminalidad y, si no es así, a cuestionarnos
qué es lo que determina que la cuestión criminal aparezca en la cabeza de
la gente como uno de los problemas más graves y urgentes.
Dentro del concepto más amplio de `malestar urbano', Carlos Lles engloba la
inseguridad ciudadana. En las sociedades posindustriales este sentimiento
procede sobre todo de la imposibilidad de planear el futuro, de la crisis
del Estado de Bienestar, marcada por una creciente precariedad laboral y
por el recorte de la protección social, de la competitividad aprendida
desde la infancia, y de la sensación de carecer de alternativas, (citado en
[Lledó, 1999]) en un momento en el que decisiones fundamentales para las
ciudadanas y los ciudadanos, son tomadas en esferas cada vez más lejanas.
A esto hay que unirle la obsolescencia de las estrategias primarias
(comunitarias) de control social en las ciudades actuales, derivada en gran
medida de la pérdida de los lazos de vecindad y de la falta de comunicación
entre personas y grupos. Cada vez más personas sitúan trabajo, consumo y
ocio en zonas distintas dentro de la ciudad, lo que debilita el sentimiento
de pertenencia, de barrio, de comunidad. Estos nuevos hábitos de vida
condicionan enormemente el modo de relacionarse y la forma de percibir a
las otras personas. El sentimiento de inseguridad tiene estrecha relación,
por tanto, con la incomunicación y con el abandono de los espacios
públicos. Este repliegue de los ciudadanos y las ciudadanas hacia lo
privado --el domicilio, la familia nuclear-- hace que se limite el contacto
con las personas del entorno y se pierda el control sobre los espacios.
Por otro lado, si hay algo que caracteriza a las fuentes de inseguridad de
nuestro tiempo es su carácter difuso, estructural, lo que hace que sean
difícilmente identificables. Para las ciudadanas y ciudadanos resulta muy
difícil canalizar la insatisfacción, los miedos y las frustraciones hacia
lo que podríamos considerar sus causas reales.
En la época de los derechos humanos, de las constituciones democráticas,
asistimos paralizados a formas cada vez más sofisticadas de violencia
estructural. Así, en palabras de Galtung «los derechos humanos, tal como se
conciben usualmente, son perfectamente compatibles con el paternalismo con
el que los detentadores del poder lo distribuyen todo, salvo el poder
último de las distribuciones, de manera que se obtiene una igualación sin
ningún cambio en la estructura de poder» (citado en [Bergalli, 1996]).
Llegados a este punto, sería interesante reflexionar sobre las razones
político-culturales que hacen que «el vocabulario del miedo al crimen sea
capaz de traducir y expresar cada vez más todo el conjunto de las
inseguridades sociales» [Baratta y Pavarini, 1998].
En la actualidad, cuando la experiencia directa con el crimen es algo
excepcional, las ciudadanas y los ciudadanos reciben a diario la imagen del
delito ofrecida por los medios de comunicación[4]. La criminalidad que se
conoce a través de los medios es precisamente la más anecdótica, la menos
real: los actos de violencia entre personas desconocidas. Así, los medios
de comunicación de masas crean una criminalidad difusa, irreal e
incomprensible para la mayor parte de los mortales [Schneider, 1995] con la
finalidad de inquietar o fascinar a su público. Pero además, crean la
sensación de que esa criminalidad violenta, cercana a la ficción
cinematográfica, está experimentando un importante aumento, lo que lleva a
las ciudadanas y ciudadanos a sentir la necesidad de protegerse.
La creciente inseguridad y su difícil respuesta ciudadana, contrasta con un
elemento visible, perfectamente identificado y presentado a diario como una
amenaza real: la criminalidad. Y al criminal --alguien diferente, con
importantes déficits psicológicos y/o sociales, insensible, sin escrúpulos,
un auténtico `enemigo interno'-- como encarnación de todos los males de la
sociedad. Así, basándose en hechos aislados se van conformando `entidades'
como la criminalidad, la droga o el terrorismo, que a modo de `cajón de
sastre', sirven para explicar (o camuflar) casi todas las inseguridades
sociales.
Todo ello hace que seguridad y protección frente al crimen aparezcan como
equivalentes y que, según ponen de manifiesto las encuestas, las ciudadanas
y los ciudadanos españoles consideren como principales causas de
inseguridad, por orden de importancia, el terrorismo, la droga, las
agresiones sexuales y los atracos [5].


Riesgo objetivo y sentimiento de inseguridad

Numerosas investigaciones demuestran que el sentimiento de inseguridad
tiene escasa relación con el riesgo objetivo de victimización. Como
ejemplo, la investigación francesa de D. Duprez y M. Hedli [Duprez y Hedli,
1992] pone de relieve que el sentimiento de inseguridad está menos presente
precisamente en los barrios objetivamente más inseguros. Distintos motivos
inciden en ello, entre los cuales la asunción de un cierto nivel de
ilegalidad difusa, como dato de contexto o la prevalencia de variables
subjetivas, como la edad, el sexo, el estatus social o la vulnerabilidad
ante el mensaje de los medios de comunicación, sobre el riesgo objetivo de
ser víctima de un crimen.

La distinción entre seguridad subjetiva y objetiva resulta fundamental para
comprender el incremento de la inseguridad de la población y para arbitrar
medidas que proporcionen seguridad real, no simbólica. Del mismo modo, esta
distinción puede facilitar la búsqueda de las raíces del miedo y evitar la
canalización de las inseguridades personales y sociales, en forma de
castigo de los sectores más desfavorecidos de la sociedad.
Tras una reflexión crítica, aparece suficientemente claro que la
inseguridad ciudadana frente a la criminalidad es el producto de una
compleja construcción social dentro de la cual el riesgo efectivo del
crimen tiene un papel relativamente marginal. [Baratta y Pavarini, 1998]


Demanda de seguridad y respuesta represiva

Más allá de la distinción entre sentimiento de inseguridad y riesgo
objetivo, las encuestas revelan que la seguridad aparece situada, para las
ciudadanas y ciudadanos, en un lugar preferente, frente a otros valores
sociales considerados menos importantes, como la libertad, la igualdad
social o la solidaridad [6].
Pero, ¿de qué modo se está respondiendo a la citada demanda social? Dos
estrategias están acaparando la gestión de la seguridad en el momento
presente: el refuerzo del sistema represivo-institucional y el incremento
de la 'defensa' privada de la seguridad.
A la vez que se destaca la creciente inseguridad de la población, suele
afirmarse la propensión punitiva de los ciudadanos y las ciudadanas. Esta
conclusión se extrae de una serie de investigaciones realizadas en el
ámbito europeo, sobre criminalidad y opinión pública. En Francia, por
ejemplo, resulta que un 53% de la población coincide en que para mejorar la
seguridad pública es preciso incrementar las medidas represivas (lucha
contra la inmigración clandestina, penas más severas, mayor presencia de la
policía), frente al 36,5% que preconiza medidas de prevención de la
criminalidad y alternativas a la cárcel. La actitud de los españoles y las
españolas no es diferente. Sin embargo, algunas investigaciones como las de
Toharia o García-Borés, realizadas ambas en 1994, ponen de manifiesto
ciertas incoherencias en el discurso, derivadas en gran medida del
desconocimiento (nada casual) de las personas entrevistadas, acerca de las
características y los efectos de la política represiva en el Estado español
[Mosconi y Toller, 1998].
Contradicciones y desconocimiento, que sirven para matizar la rotundidad
con la que desde las instancias de control se afirma la vocación punitiva
de la población española (con la que, dicho sea de paso, se pretende
legitimar la creciente actuación represiva del Estado), y que son las
siguientes: en primer lugar, si bien las ciudadanas y los ciudadanos
afirman que la cárcel es necesaria, al hablar de su utilización concreta
sólo se refieren a los delitos más graves (homicidios, violencia grave,
agresiones sexuales) que en realidad sólo representan el 0,5% de los
encarcelamientos en nuestro país [7] [García.Borés, 1994]. Según la
investigación de Toharia, los españoles y españolas que demandan un
endurecimiento de las penas afirman desconocer cuales son los máximos de
pena que se pueden imponer, conforme a la legislación española [Mosconi y
Toller, 1998].
Ante el desierto de alternativas efectivas y radicales (en el sentido de ir
a la raíz) frente al lenguaje de la represión, para afrontar los conflictos
y los problemas sociales, cabe preguntarse si la población española se
decanta por el incremento de lo penal, más porque desconoce cualquier otra
forma de respuesta, que por consideralo la solución al problema.


Respuesta pública: del Estado social al Estado penal

Algunos autores afirman que «el reemplazo de un semi-Estado providencia por
un Estado penal y policial, en Estados Unidos, dentro del cual la
criminalización y el encarcelamiento de los desheredados va supliendo a la
política social» [Wacquant, 1998], se está produciendo también en Europa.
La tentación de apoyarse en estrategias represivas para hacer frente a los
efectos de la inseguridad, derivada del modelo social adoptado, se está
dejando sentir, en mayor o menor medida, en todos los países del Viejo
Continente. Inmigrantes extracomunitarios, población gitana[8], y en
general quienes componen las categorías más vulnerables de la sociedad,
están siendo masivamente sobrerrepresentados entre la población encarcelada.
Esta tendencia se puede ejemplificar con lo que se ha dado en llamar 'la
guerra contra la droga', que es el biombo que esconde otra guerra, la
dirigida contra los componentes de la población percibidos como menos
útiles y potencialmente más peligrosos [Wacquant, 1998]. Porque, en
palabras de Nils Christie, «cuando la pobreza viene explicada con la droga,
no es necesario comenzar discusiones más serias sobre el fracaso del Estado
social». Los efectos de esta particular cruzada se dejan sentir por igual
en la mayoría de los países occidentales, en los cuales «un importante
segmento de la población no productiva viene asegurada tras los barrotes»
[Christie, 1996].
En Estados Unidos el vertiginoso aumento de la población encarcelada en las
dos últimas décadas se debe principalmente al continuo endurecimiento de
las leyes antidroga. En España, de las 45.000 personas encarceladas hoy
día, en torno a 30.000 están presas por delitos directa o indirectamente
relacionados con la severa criminalización de algunas drogas.
Esta tendencia, que está llevando a los Estados a cambiar un buen número de
estrategias sociales por medidas penales, está siendo adoptada tanto por
países gobernados por partidos liberales como por aquellos en los que son
los socialdemócratas quienes gobiernan. Como ejemplo de la vocación de
estos últimos por las medidas punitivas, el `New Labour' de Tony Blair ha
hecho suyas un buen número de las estrategias represivas, propuestas en la
propaganda electoral por los Tories, y los gobiernos socialistas, francés y
sueco, que se comprometieron a suprimir las leyes de los gobiernos
conservadores en materia de seguridad, se han cuidado mucho de no hacerlo
[Wacquant, l998].


Respuesta privada: el mercado de la seguridad

La otra respuesta que ha tomado gran auge en la última década y que está
relacionada con el miedo difuso que poseen los habitantes de las grandes
ciudades de nuestro tiempo, es la proliferación de las estrategias privadas
de seguridad. La seguridad ha pasado a ser un bien que se compra y se vende
y que determina la posición social de quien lo consume. En palabras del
urbanista norteamericano Mike Davis, «la seguridad física se ha convertido
en un símbolo de status, que diferencia a quien tiene de quien no tiene y,
más aún, a los muy ricos de la clase media (...) la seguridad es cada vez
más un estilo de vida» [Maluccelli, 1994].
Los edificios, tanto públicos como privados, han incorporado el concepto de
`espacio defendible' propio de los castillos y fortalezas de otro tiempo.
Esta idea se refleja en que las construcciones, ya sean centros
comerciales, oficinas o viviendas, presentan un aspecto unfriendly hacia el
exterior y friendly hacia el interior, cada vez con más barreras (reales y
simbólicas) para alejar a los indeseables [Maluccelli, 1994].


La huella de las políticas represivas en la ciudad

Es interesante preguntarse por qué el miedo o la inseguridad, son
actualmente factores esenciales para comprender la organización espacial y
las relaciones sociales en las grandes ciudades.
Podríamos decir que las respuestas actuales (públicas y privadas) frente a
la inseguridad inciden de lleno en la configuración del espacio y en el
urbanismo de las grandes ciudades. En este sentido, el ejemplo extremo lo
representan algunas ciudades norteamericanas, en las que la policía tiene
un papel central en la planificación urbana, «siendo el más feroz detractor
de los espacios públicos, sobre la base de que éstos traen la criminalidad»
[Maluccelli, 1994].
En suma, el modelo de seguridad ciudadana expuesto --predominante en los
países de nuestro entorno cultural-- se apoya en tres pilares
fundamentales, que van a marcar cada una de las estrategias y las
consecuencias de las mismas: el predominio de las medidas represivas, la
criminalización de los excluidos, cuya seguridad ni siquiera se trae a
debate, y la restricción de libertades de quienes habitan la ciudad, desde
la confusión cada vez más habitual entre ciudad disciplinada y ciudad segura.

Reflejo de esta política es la creación, en ciertas zonas de la periferia,
de ghettos con una fuerte presencia policial donde la ciudad acumula a sus
pobres y, por otra parte, también en las afueras la otra cara de la moneda,
las residencias de quienes más tienen o de quienes aspiran a tener más, que
en vez de hogares, parecen más bien bunkers o castillos feudales, claro
ejemplo de la idea de espacio defendible. En el centro de la ciudad todo un
mobiliario urbano diseñado para ahuyentar al vagabundo y para evitar la
concentración de grupos de personas. La ausencia de bancos en las plazas, o
el nuevo diseño de bancos `antimendigo', las telecámaras en las esquinas, o
los centros comerciales en forma de panóptico, descritos hace casi una
década por Mike Davis en su retrato de Los Angeles, City of Quarz, ya son
una realidad en nuestro país.


De la ciudad disciplinada a la seguridad urbana

Para dar respuesta a la demanda insatisfecha de seguridad, es preciso
escapar del circuito autorreferencial, de inseguridad-represión-mayor
inseguridad-mayor represión..., que lejos de producir los efectos que las
ciudadanas y los ciudadanos desean, producen justo los contrarios, y además
conllevan elevados costes emocionales (tanto para los infractores como para
las víctimas) y económicos.
Además, la identificación de la seguridad con la protección frente al
crimen implica en la práctica que aquellos grupos que son habitualmente
criminalizados, o seleccionados por el sistema policial y penal, tienen un
acceso mucho más limitado a este importante derecho ciudadano. Esto es así
porque actualmente, tanto la definición de lo seguro como la identificación
de lo peligroso la realizan únicamente los grupos mejor situados
socioeconómicamente, desde la pretensión de que seguridad sólo hay una: la
por ellos definida, y que ésta es generalizable.
Es preciso redefinir la seguridad de manera que desborde la esfera de lo
criminal y se identifique con la libertad (de expresión, de movimiento, de
reunión...), con la convivencia de los diferentes grupos y con la justicia
social que impida que precisamente los más perjudicados por el modelo
actual de sociedad se conviertan en 'chivos expiatorios' de las
inseguridades y frustraciones del resto.
Por lo tanto, es necesario reconocer la existencia de tantas
(in)seguridades como personas habitan la ciudad, habida cuenta del
importante componente subjetivo que caracteriza a esta necesidad. Como se
ha dicho más arriba, más allá del riesgo objetivo, la inseguridad tiene su
origen en los hábitos de vida, comunicación, el sentimiento de comunidad,
el bombardeo de los medios de comunicación con noticias violentas, la edad
o el sexo... Estos factores no sólo inciden en el mayor o menor sentimiento
de inseguridad, sino que determinan la existencia de necesidades distintas
en este ámbito. Partimos, por tanto de que no hay una única seguridad, sino
tantas como ciudadanos y ciudadanas y de que la gestión pública debería
posibilitar la satisfacción de todas ellas. Las estrategias de gestión de
la seguridad urbana deberían ser puentes para el encuentro de intereses
ciudadanos enfrentados, a través de una mediación incansable.
Por otra parte, llegados a este punto hemos de convenir que una ciudad
segura no se logra con calles vigiladas por policías o por 'patrullas
ciudadanas', sino con el tránsito normal de quienes, en palabras Jane
Jacobs, son `los propietarios naturales de las calles y aceras de las
ciudades': los ciudadanos y las ciudadanas. Esta autora defiende que
seguridad y comunicación no están reñidas con la privacidad, tan preciada
por los habitantes de las grandes ciudades y afirma que «una vecindad en
armonía es aquella que ha conseguido establecer un equilibrio entre la
determinación de sus moradores de conservar celosamente su intimidad y su
simultáneo deseo de establecer diversos grados de contacto, esparcimiento y
ayuda con los vecinos de las inmediaciones» [Jacobs, 1973].
La redefinición propuesta conlleva el cambio del vocabulario actualmente
ligado a la seguridad (vigilancia, policía, miedo al otro, desconfianza,
domicilio cómo único referente de seguridad) por otro más idóneo para
incidir allí donde más se necesita: en el sentimiento de seguridad de las
personas[9] (calles transitadas, vecindario, espacios públicos, comunicación).
A la vez, se hace necesaria la potenciación de las redes informales de
control social y la descentralización a nivel de barrio de la gestión de
los pequeños conflictos, a través de estructuras públicas y con el
protagonismo del tejido social. Porque las instancias de control formal no
sirven si no hay un sustrato de relaciones y una organización informal entre
ciudadanas y ciudadanos, que son los que en definitiva crean seguridad.
Por esta razón, debería avanzarse decididamente por la senda de la
superación del monopolio de la gestión de la seguridad que ostentan todavía
hoy policía y jueces. En este camino se encuentran un buen número de los
municipios que componen el Foro Europeo para la Seguridad Urbana [10], que
consideran que la seguridad es un bien público al que tienen derecho todas
y todos los ciudadanos en igualdad de condiciones y que debe ser gestionado
por los representantes municipales, dando entrada a todo el conjunto de
actores sociales que tras la definición plural de la seguridad, tendrán cabida.
Porque, incluso para la gestión del problema de la pequeña criminalidad, se
ha puesto de manifiesto la ineficacia y el elevado coste social y económico
de las instancias tradicionales, abriéndose la puerta a un buen número de
estrategias no punitivas, como la mediación ente víctimas e infractores,
que aunque en una fase aún incipiente en nuestro país, puede suponer la
superación del lenguaje de `culpa y castigo' en la gestión de los conflictos.
Ahora más que nunca, los habitantes de las ciudades debemos pegarnos a la
realidad de nuestros barrios y encontrar allí, en las relaciones con las
personas y con el espacio, la seguridad que nos hurta la forma de vida que
se impone y en particular esa falsa 'ventana al mundo' que invade nuestros
hogares y que lejos de informarnos y conectarnos, deforma la realidad y nos
desconecta de ella.


NOTAS
1: Abogada especializada en justicia penal y penitenciaria. En los últimos
años ha realizado varias investigaciones y trabajos sobre la
criminalización de colectivos socialmente marginados y sobre alternativas
al concepto actual de seguridad. Desde 1998 prepara su tesis doctoral sobre
reducción del sistema penal, alternativas a la cárcel y seguridad urbana.
2: Artículo aparecido en el número 2 de la revista Polis.
3: Es importante recordar que la policía no surge para proteger a la
población frente a la criminalidad, sino para disciplinar la ciudad, en un
momento histórico en el que el control social está dirigido a dominar las
masas que llegan a la ciudad, procedentes del campo. En este mismo sentido,
las cárceles modernas parecen tener su origen en las casas de trabajo
inglesas y holandesas, cuya finalidad era transformar a los campesinos
ociosos recién llegados a las ciudades, en proletarios disciplinados. (Para
obtener amplia información sobre este proceso: Melossi, D. y Pavarini M.,
Carcere e Fabbrica. Alle origini del sistema penitenziario. Il Mulino,
Bologna, 1977).
4: No le falta razón a Bill Mackibben, autor de La era de la información
perdida, cuando afirma: «la era de la información nos está llevando a la
ruptura con nuestro entorno inmediato, (...) a una desconexión con la vida
real. Vivimos ciertamente en un momento de profunda ignorancia».
5: Esta información procede de la Encuesta sobre Seguridad Ciudadana,
Victimización y Opinión Pública, realizada por el Instituto de Estudios
Policiales y el C.I.S. sobre 15.000 entrevistados de 17 provincias del
Estado español entre diciembre de 1995 y enero de 1996.
6: Ver nota n.3.
7: Si existe un ámbito de la sociedad particularmente invisible,
desconocido y rodeado de tópicos alejados de la realidad, es la cárcel. La
investigación realizada por el CIS, citada en la nota n. 3, incluía una
pregunta sobre `Los servicios públicos en los últimos cinco años'. Las
prisiones eran uno de los servicios a evaluar, junto a las carreteras, las
pensiones o la sanidad. Un dato las distingue del resto: el 59,3% de las
españolas y españoles encuestados no sabe si la cárcel ha mejorado o ha
empeorado.
8: Recientemente se ha presentado en España el Informe Barañí sobre Mujeres
gitanas y sistema penal, en el que se concluye que este colectivo sufre una
sobrerrepresentación penitenciaria, que llega a ser de 20 veces su
presencia en la sociedad, superando con creces la obtenida por otros
colectivos tradicionalmente discriminados, como la población negra en EEUU
o los aborígenes en Australia.
9: Como ya se ha tenido ocasión de mencionar el sentimiento de inseguridad
es muy superior al riesgo efectivo de sufrir una agresión. En los países
europeos, aunque la población piense exactamente lo contrario, el riesgo de
ser víctima de una agresión física es hoy muy inferior a lo que lo era hace
un siglo. En Italia, por ejemplo, a finales del XIX la tasa de homicidios
por habitante era similar a la que presenta actualmente Colombia, quizá el
país más violento del mundo.
10: Esta "red de ciudades", fundada en Barcelona en 1987, aglutina a cerca
de 200 ciudades que trabajan en la puesta en marcha de nuevas vías para la
gestión pública de la seguridad urbana, desde claves preventivas y dando
cabida a una multiplicidad de instancias.

Referencias bibliográficas
Barañí, Equipo (2000) Mujeres gitanas y Sistema Penal. (Informe Barañí.
Iniciativa DAPHNE de la Comisión Europea. Madrid)
Baratta, A. y Pavarini, M. (1998) "La frontiera mobile della penalitá nei
sistemi di controllo sociale della seconda meta del ventesimo secolo" (en
Dei delitti e delle Pene n. 1, 1998, p.7-24)
Bergalli, R. (coordinador) (1996) Control social punitivo. Sistema penal e
instituciones de aplicación (policía, jurisdicción y cárcel) (Barcelona,
Editorial M. J. Bosch)
Christie, N. (1994) Crime Control as Industry: Towards Gulags, Western
Style (Londres, Routlege, 2. edición aumentada)
Dávila, A. (1999) "Seguridad banal y sociología al uso. Conformación de lo
que (nos) tiene sin cuidado" (en G.Gatti y J. Martínez de Albéniz: Las
astucias de la identidad, Ed. UPV, Bilbao, 1999)
Duprez, D. y Hedli. M. (1992) Le mal des banlieues? Sentiment d'insécurité
et crise indentitaire (Paris, L'Harmattan)
Foucault, M. (1996) Vigilar y Castigar (Madrid, Siglo XXI, 25. Edición)
García-Borés, J. (1994) Los no-delincuentes. Cómo los ciudadanos entienden
la criminaldiad (Barcelona, La Caixa)
Jacobs, J. (1973) Muerte y vida de las grandes ciudades (Barcelona,
Editorial Península)
Lledó, P. (1999) "La seguridad ciudadana como política de bienestar social"
(en Políticas sociales y Estado de Bienestar en España)
Juan Antonio Garde (coordinador)(1999) Informe 1999 (Editorial Trotta, Madrid)
Maluccelli, L. (1994) "La sicurezza a Hollywood. Intervista a Mike Davis"
(en Sicurezza e Territorio n. 17 Noviembre-Diciembre, p.47-5)
Mosconi, G. y Toller, A. (1998) "Criminalitá, pena e opinione pubblica. La
ricerca in Europa" (en Dei delitti e delle pene n. 1, p.149- 211)
Pavarini, M. (1996) I nuovi confini della penalitá. Introduzione alla
sociología della pena (Bologna, Edizini Martina)
Schneider, H.J. (1995) La criminalité et sa représentation par les mass
medias (en Revue internationale de criminologie et de police technique, n.2)
Wacquant, L.(1998) "La tentation pénale en Europe" (en Actes de la
Recherche en Sciences Sociales, Pierre Bourdieu (Director), n. 124,
septembre 1998, p.3-6)

Fecha de referencia: 23-02-2003
___________________________________


El dulce orden
por José Pablo Feinmann

Son tantas las páginas que escribí sobre el tema de la seguridad.
¿Sirvieron para algo? Tantas veces escribí que los verdaderos delincuentes
son quienes crearon las condiciones sociales de la delincuencia. Que el
Estado debe "poner orden" y garantizarlo, pero sin demonizar al
delincuente. Sin inhumanizar la represión del delito. Sin soltar a los
lobos, irresponsablemente.
Una sociedad que entrega su destino a la policía termina siendo una
sociedad policíaca. Insegura para todos, en la que todos somos
delincuentes. Voy, sin embargo, a insistir. Todos queremos seguridad y un
orden estable en el cual construir un país. Pero queremos derechos humanos,
no mano dura ni "tolerancia cero".
¿Qué significa "tolerancia cero"? Se supone que si un orden instituido
ataca el delito es porque ha decidido no tolerarlo. ¿Qué significa ese
"cero"? ¿Hay tolerancia dos, uno y por fin cero? ¿Qué sería "tolerancia
dos"? ¿Combatir al delito dos puntos menos? Si hemos decidido "no tolerar"
la delincuencia, ¿por qué añadirle un "cero" a esa ya explícita
intolerancia? Porque el cero es el número que más se identifica con la
nada. Y la nada se identifica con la ausencia total de "algo". Y si "algo"
es el delincuente, transformarlo en "nada" es borrarlo de la realidad. Matarlo.
"Tolerancia cero" es un eufemismo. Significa "estamos dispuestos a matar.
Hay orden de matar". "Matar" es algo incluido como un elemento sustancial y
definitorio de este esquema de represión. "No tolerar el delito" dice una
cosa. "Tolerancia cero", otra. No tolerar el delito es la búsqueda de la
recuperación social y humana del delincuente, la creación de
establecimientos carcelarios dignos y el concepto éticamente fundante que
postula la recuperabilidad de todo ser. Por "monstruoso" que haya sido lo
que hizo.
No hay, además, sociedad inocente de los "monstruos" que produce ­sé, de
todos modos, que es inútil este camino. Sólo convence a los ya convencidos­.
"Tolerancia cero" es no sólo no tolerar el delito sino llevar a un plano
subalterno la recuperabilidad del delincuente. El delincuente es un
monstruo congénito y no merece tolerancia. Donde se lo encuentre, se lo
eliminará.
Sin embargo, éste ­insisto­ no es el camino. Es perder el tiempo. La
sociedad argentina de hoy (como tantas otras veces) identifica la seguridad
y el orden con la muerte. Convoca, pues, a los profesionales de ese oficio
y les pide que actúen. Theodor Adorno ­en un texto de 1967­ decía que lo
mejor para evitar la repetibilidad de Auschwitz era despertar el egoísmo de
la gente. Escuche: cuando la persecución se desata, no se detiene. Es
insaciable. "Sencillamente, cualquier hombre que no pertenezca al grupo
perseguidor, puede ser una víctima" ("Consignas", pág. 94). Cuando a los
lobos se les arrojan los lobos, ¿sólo matarán a los lobos? Y cuando los
maten, ¿quién los detendrá? ¿Quién evitará que sigan matando, que los lobos
se transformen en los nuevos lobos? ¿Habrá que buscar "otros" lobos y así
interminablemente?
Esta "Bonaerense" de hoy, ¿no es el "lobo" que el general Camps (bajo un
gobierno que respondía al clamor de "orden" de una sociedad) le arrojó a
los "lobos de la subversión"? No creo que muchos entiendan esto, pero hay
que insistir: cuando usted pide "tolerancia cero", cuando pide desdén e
irrespetuosidad por la vida del delincuente, está instalando el desdén por
la vida, por la de todos. Por la suya.
De aquí la pequeña, cotidiana y horrorosa historia que ahora le narro.
Cuando termine de leerla no piense: "A mí no me va a pasar". Piense que,
ya, les pasó a muchos. A demasiados. Que usted, por ahora, si la paranoia
de la "tolerancia cero" sigue creciendo, apenas se está salvando. Aunque se
crea tan honesto, tan ciudadano de primera, tan libre de peligro.
La historia es la que sigue y se llama "El dulce orden":
Al tipo le gustó que Videla diera el golpe. El país era un caos y sólo los
militares podían meter orden.
Porque son tipos duros, castigadores. No son como los políticos, esos que
aparecían por la televisión tratando de frenar el golpe, diciendo que había
que adelantar las elecciones para noviembre de ese año, de 1976. Qué
elecciones, por favor. El país no se arregla con elecciones, piensa el
tipo. Y lo piensa porque quiere machos en el gobierno. Y los machos, en
este país, llevan uniforme.
El tipo tiene un pibe. Buen pibe, ejemplo de pibe. Nunca anduvo en nada.
Terminó el secundario y ahora va a entrar en Abogacía. Un día, el pibe hace
camping con unos compañeros. No muy lejos. Ahí, por Pilar. Tocan la
guitarra, se toman unas cervezas, todo livianito, todo bien, porque el pibe
es así, limpio, nunca estuvo en nada, nunca va a estar en nada. Y ahora
toca la guitarra y se come un choripán, ahí, en Pilar, con sus amigos. Y
llega un camión de milicos y los milicos se los llevan a todos y el tipo no
lo ve más al pibe.
Después averigua que los milicos buscaban solamente a uno, a uno que
figuraba en la agenda de un guerrillero, a uno que no era guerrillero,
pero, claro, estaba en la agenda, así que era como si lo fuera, un amigo,
un cómplice, un tibio o un indiferente. Vaya uno a saber, le dicen al tipo.
De modo que los milicos aparecieron y se llevaron a todos.
El tipo dice que su pibe era ejemplar y no estaba en nada. Y le dicen que
no, que si no hubiera estado en nada no habría ido a comer choripanes con
subversivos.
Y el tipo ya no sabe qué pensar. Sólo alcanza a pensar que acaso no debió
festejar tan alegremente lo que pasó ese día de marzo, el día veinticuatro.
Que si hubiera ocurrido otra cosa hoy lo tendría al pibe. Y el tipo (que es
un pobre tipo) se siente exactamente lo que es: un infeliz. Un infeliz al
que ya no le gustan tanto los uniformes, un infeliz que ya no pide mano
dura. Un infeliz que sabe que es tarde.
Años después, otro tipo (muy parecido al anterior) está harto de la
delincuencia en la provincia. Quiere mano dura. Vota a Ruckauf. Vota a
Ruckauf y se alegra cuando Ruckauf lo pone a Rico a cargo de la seguridad.
Ahora sí. Ahora van a ver los chorros. Llegó la hora de los halcones.
Una tardecita de domingo el tipo sale a comprar cigarrillos. Hay un sol
tibio, pájaros, silencio, una maravilla. Llega al quiosco de la esquina y
se pone a hablar con el dueño. Hablan de fútbol; porque el tipo es así: le
gusta hablar de fútbol, hablar con el quiosquero y comprarle cigarrillos,
es tan dulce la vida.
De pronto, aparecen dos chorros. El tipo se sorprende porque ya se había
vuelto raro eso de los asaltos. Los chorros lo afanan al quiosquero y le
piden la billetera al tipo. Pero las cosas han cambiado. Ahora hay
seguridad, mano dura, rigor. Aparecen los halcones del orden. El tipo los
ve venir y se dice: "Yo sabía".
Y siente un calorcito en el pecho: él sabía que no le iban a fallar, que
cuando los necesitara iban a aparecer.
Y ahora están ahí, ellos, los halcones del orden, y no se andan con
vueltas, no son gente de matices, donde ven un problema arrasan con todo,
no queda nada, ni el problema ni lo que hay cerca del problema. De este
modo, sin mayores matices, matan a los dos chorros, al quiosquero y al
tipo. Y todo queda como estaba, el sol tibio, la tardecita calma, y la
gente en sus casas escuchando los partidos. Es tan dulce la vida.

Aparecido en Página/12 17/4/04

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