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[P/L@775] H.G. Oesterheld: Truila y Miltar   Lista de mensajes  
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Estuvimos de vacaciones sin aviso...
A veces nos pasa,
y ya se nos pasaron, aquí estamos de nuevo.
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Feliz día a los amigos/as/aoes!
(por acá también festejamos eso, como cada día)

[P/L@] "Próceres"

La amistad en comunión con el otro en Oesterheld
OESTERHELD, UN CLÁSICO
por José Pablo Feinmann

No diré que se trata de un progreso, ya que siempre es azaroso hablar de
progreso en el arte. Pero podemos valorizar como un desplazamiento de los
límites -como un más allá de esquematismos infértiles- al interés que las
interpretaciones que han sucedido a la clásica división moderna entre una
cultura alta y otra baja o popular despertaron acerca de la historieta. A
nadie escapa que el mismo nombre del género es despectivo: la historieta no
es historia, es historieta. En los sesenta, Oscar Masotta encontró un
concepto que se acercaba a cierta forma de justicia. Llamó a la historieta
Literatura dibujada. Como sea, deberíamos ya sacudirnos la incómoda tarea
de legalizar culturalmente a un género que permitió, por ejemplo, que Tim
Burton hiciera Batman Vuelve y que Oesterheld, entre nosotros, creara El
Eternauta. Para mí, el cómic tiene tanto valor (es decir, me seduce y me
enriquece) como una buena novela, un buen cuadro y hasta una buena
sinfonía. Con Oesterheld se me mezclan la admiración, la nostalgia y la
tragedia. Nunca había visto cowboys con arrugas y barba. Estaban en
Sargento Kirk. Nunca había leído una historieta tan bien narrada: era El
Eternauta. Hasta aquí la admiración.
La nostalgia, como siempre, tiene que ver con el tiempo, con el pasado: yo
era un pibe cuando leía las historietas de Oesterheld, cuando Kirk y el
doctor Forbes y Maha y el Corto se reunían en el ranch del Cañadón Perdido,
cuando Juan Salvo jugaba al truco con sus amigos en su chalecito de Vicente
López. Y la tragedia tiene que ver con la perdida: si uno se sentía cálido
y seguro en el ranch de Kirk o en el chalecito de Juan Salvo, en 1976 ya no
hubo ámbito privado que protegiera a nadie.
Siempre pensé que una de las formas del terror fue perder la sensación de
seguridad que el lugar de los amigos y los amigos le daban a uno. Uno -como
Kirk, como Juan Salvo- tenía un ranch, un chalecito, en fin, un espacio
para la amistad.
Esto se quebró con la dictadura.
Así, en 1976, El Eternauta tiene su poderosa resignificación. Se reedita en
fascículos que salen durante noviembre y diciembre del año de la muerte.
Muchos se iban del país. Y la nieve de la muerte caía sobre todos. Había
que huir o había que morir. A Oesterheld le tocó morir. No lo ubicaría como
un narrador populista. La tentación es grande por el determinismo que
propone el género al que entregó su talento. Pero este es otro equívoco.
Digo: creer que la historieta es un género populista. Será tal vez popular,
pero no populista. Oesterheld hacía literatura. Con dibujos o sin dibujos,
literatura.
Y su imaginación lo entregó a todos los géneros: a la Ciencia Ficción, al
relato bélico, a la desmesura tecnológica, a las llanuras, a los cowboys y
a los soldados desertores. Porque, recuerden, eso era el sargento Kirk: un
soldado desertor. (como Cruz, el amigo de Martin Fierro).
Y exactamente por eso, con una certeza inmediata y transparente, nos
hicimos amigos para toda la vida.

***

TRUILA Y MILTAR
Por Héctor Germán Oesterheld

Esta es la historia de Truila y Miltar, tal como me la contó Karyl, el más
viejo entre los gnomos, en un atardecer de verano, mientras los árboles
estaban serenos y apacibles, como si pensaran en recuerdos lejanos. Un
atardecer de verano en que la luz y la sombra parecían confundirse.
Truila, el gnomo que se quedó niño, y por eso no llevaba barba y por eso
sus ojos están llenos de simpleza y de luz; Truila, el gnomo niño, tenía
allá entre las retorcidas raíces de la encina una maravillosa colección de
reflejos. Así como hay gnomos que cuidan el sueño invernal de los árboles,
para que no despierten antes de tiempo, y gnomos que enseñan a las
luciérnagas recién nacidas a encender y apagar sus lámparas, y gnomos que
guían a sus hormigueros a las hormigas extraviadas, y gnomos que tejen la
luz de la luna los sueños de los niños, Truila, el gnomo niño, reunía en su
casita todos los reflejos que encontraba, para que los demás gnomos se
recreasen mirándolos.
En su resplandeciente museo, al lado de la luna mirándose en una charca,
estaba el blanco destello de los colmillos del gato montés; y junto a un
rayo de sol que resbalaba sobre una hoja brillaba el mirar dulce y profundo
de las gacelas. Y también las estrellas, recogidas todas en una gota de
rocío, y el arco iris producido por el sol al herir una aguja de hielo, y
también... Muchas veces el pájaro de la aurora alzaría su vuelo, si nos
pusiéramos a detallar todo lo que había en aquel museo.
Por ese tesoro, Truila, el gnomo que se quedó niño, era considerado uno de
los gnomos más ricos en el país de los gnomos. Pero no faltaban los
envidiosos, que le decían que su colección nada valía al lado de la de
Miltar, el gnomo triste, el de los ojos siempre en sombra, el gnomo que
reunía penumbras allá en su casita oculta en lo hondo del barranco.
Sería tan difícil enumerar todo lo que había en el tesoro de Miltar, el
gnomo triste... Sería tan difícil como pretender nombrar una por una todas
las piedrecitas de color que día a día va lavando el arroyuelo de la
montaña. Dicen los que aún recuerdan que allí estaba la paz oscura del nido
de hornero, la sombra melancólica de un sauce sobre el río, la penumbra
llena de lejanos rumores de un caracol vacío. Y el pasado misterio de una
noche sin luna ni estrellas, y la tiniebla circular que parecen abrigar los
pies de los hongos sombrerudos... Sería tan difícil enumerar todo el tesoro
de Miltar, el gnomo triste...
Sí. No quedaban dudas de que Miltar era uno de los gnomos más afortunados.
Pero los envidiosos ponderaban ante él el tesoro de Truila, el gnomo niño,
y hasta agregaban que éste se burlaba de la colección de penumbras.
Y tanto hicieron los envidiosos, que Miltar consideró insuficiente su
riqueza de sombras, y se dedicó con afán a conseguir alguna nueva penumbra,
algo que hiciese exclamar a todos: -Cosa que iguale en valor a ésta no hay
en el tesoro de Truila .
Y Truila a su vez quiso humillar para siempre a Miltar encontrando algún
resplandor nuevo, tan extraordinario que de él todos dijesen: - ¿De qué
vale todo el tesoro de Miltar ante semejante hallazgo?
Caviló y caviló Truila, el gnomo niño, allá en su casita oculta entre las
raíces de la encina. ¿Cómo conseguir ese resplandor extraordinario? Caviló
y caviló, hasta que por fin imaginó atrapar todos los rayos de la luna que
plateaban las hojas del bosque. Y decidió construir una trampa para
cazarlos y llevárselos a su casita, reunidos en un haz maravilloso.
En una de sus tantas correrías hasta las casas de los hombres, había visto
cómo al salir la luna todos sus rayos asomaban por sobre un viejo muro que
rodeaba un jardín. Y tras mucho pensar en la manera de atraparlos en el
preciso instante que empezaran a asomar, encontró la solución: pondría en
lo alto del muro muchos trozos de vidrio, y en ellos se enredarían los
rayos de la luna cuando viniesen a alumbrar el jardín.
Sin decir nada a nadie, se fue hasta las casas de los hombres, y durante
todo un día trabajó en el jardín preparando la trampa. Y cuando llegó la
noche, quedose al acecho aguardando la aparición de la luna.
Estaba Truila escondido, vigilando su trampa, cuando del otro lado del
jardín llegó Miltar, el gnomo triste. Venía a recorrer la sombra llena de
recuerdos que anidaba entre las grietas del viejo muro. Sobre éste quiso
trepar Miltar, para iniciar la búsqueda de su sombra. Y no vio los trozos
de vidrio, y su mano se desgarró al apoyarse en ellos.
Roja y cálida brotó la sangre, y destellos del sol poniente tuvo la luna al
herir los vidrios ensangrentados. Corrió Truila hasta el muro, maravillado
ante el nuevo reflejo. Y vio entonces a Miltar, el gnomo triste, con su
mano desgarrada, que le miraba con sus ojos llenos de sombra.
Todos los reflejos se borraron entonces para Truila, y una pena muy grande
anidó en su corazón y ensombreció su frente. Miltar, un pobre gnomo triste,
tenía su mano desgarrada, y él, Truila, era el culpable, todo por querer
ser el primero, el gnomo más rico entre los gnomos. Bajó la cabeza, dejó
manar el tibio arroyo de lágrimas.
Vio Miltar la sombra que ensombreció la frente de Truila, el gnomo niño.
¿Qué sombra entre todas sus sombras podía igualarse a la que oscurecía la
frente de Truila, que le estaba revelando que éste podía ser su amigo?
En sus ojos llenos de sombra, brilló entonces un límpido destello... ¡Él,
Miltar, el gnomo triste, tenía un amigo!
Y vio Truila el destello alegre que iluminaba los ojos de Miltar, y
comprendió que este reflejo tan pequeñito y nuevo sobrepasaba a todos los
reflejos que guardaba en su casita, allá entre las retorcidas raíces de le
encina... El puro destello de un par de ojos que descubren un amigo...
Nunca más rivalizaron Truila, el gnomo niño, y Miltar, el gnomo triste.
Reunieron sus dos tesoros y anduvieron desde entonces siempre juntos.
Y son los envidiosos, los que quieren hacer recordar a Miltar que Truila le
desgarró una vez la mano, los que siguen poniendo trozos de vidrio sobre
los muros.
Y los pobres rayos de luna, que nada tienen que ver con esto, siguen
enredándose en ellos...
Esto me lo contó Karyl, el más viejo entre los gnomos, en un lento
atardecer de verano en que la luz y la sombra parecían confundirse, como si
fueran muy amigas.

***

Biografía
Héctor Germán Oesterheld nació en Buenos Aires el 23 de junio de 1919. Sin
lugar a dudas, su obra contribuyó de manera significativa al reconocimiento
de la historieta como un medio maduro, serio y altamente creativo. "La
historieta si se hace bien puede ser el libro educativo del futuro" dijo
Oesterheld alguna vez.
De ascendencia alemana, su padre Fernando, y vasca, su madre Elvira Ana
Puyol, se preocuparon por darle una buena formación y desde chico muestra
una gran afición a la lectura. Ya adolescente ingresa a la universidad para
seguir la carrera de Geología.
Más adelante comienza a trabajar como corrector y en 1943 debuta en el
suplemento Literario de La Prensa con su primer cuento "Truila y Miltar",
donde ya se aprecian los valores éticos y estéticos que caracterizan el
resto de su producción. Durante esos años comparte su carrera universitaria
con el estudio de la botánica, la antropología, la zoología y la escritura
de cuentos infantiles para diversas editoriales.
Termina la universidad y se casa con Elsa Sánchez con quien tendrá cuatro
hijas: Estela, Diana, Beatriz y Marina.
Luego abandona la geología y se dedica de lleno a su gran pasión: la escritura.
Comienzan sus grandes éxitos: Bull Rockett y Sargento Kirk, sus primeros
relatos de aventuras, lo que lo une a dibujantes como Hugo Pratt, Paul
Campani y Alberto Breccia. Finalmente crea con su hermano Jorge la
Editorial Frontera que será éxito de crítica y ventas a través de sus
revistas "Hora Cero" y "Frontera".
Apenas iniciado el período de posguerra sus narraciones son sumamente
originales y políticas.
Todos los géneros y temas son tocados y analizados: el western, el
fantástico, la ciencia ficción, la historia argentina y hasta la Segunda
Guerra Mundial es revisada por Oesterheld a través de su personaje Ernie
Pike dándole expresamente una gran dimensión humana.
Ya en su plenitud creativa aparecen nuevos personajes como Randall,
Ticonderoga y finalmente, su gran obra, hoy reconocida como un verdadero
clásico de la historieta argentina, El Eternauta, con dibujos de Solano López.
Su capacidad alegórica y anticipatoria sigue impresionando hoy a los que
incursionan por primera vez en esta obra de máxima importancia dentro de la
ciencia ficción local. Grandes dibujantes colaboran con Oesterheld y de
esta manera se forma un circuito de nueva producción apoyada en la
creatividad y destreza de su fundador.
A pesar de sus éxitos la editorial sucumbe en pocos años, quizás por la
inexperiencia comercial.
Hacia 1963 se inicia un período oscuro y de estrecheces económicas pasando
de la cima a casi el olvido durante poco más de cinco años. Durante esa
época produjo Mort Cinder, una suerte de reflejo de su estado de ánimo.
Esta situación lo lleva a realizar obras menores, hechas probablemente con
la intención de venderlas más fácil y poder escribir.
En 1968 el mundo ha cambiado. Empiezan a vivirse nuevos movimientos
sociales y políticos, lo que hace aparecer en escena a un nuevo Oesterheld
a través de El Che, historieta sobre la vida del guerrillero argentino que
presenta a un autor altamente político y comprometido.
En 1969 la revista Gente publica una nueva versión de El Eternauta,
dibujado por Alberto Breccia. Los dibujos eran más experimentales y el
contenido también había cambiado, inclinándose hacia un fuerte mensaje
político.
Tanto él como sus cuatro hijas comienzan a participar activamente en
Montoneros. La violencia política no cesa y Oesterheld se ve llevado a
radicalizar sus ideas. Su historieta es altamente política y marginal. Su
arte está al servicio de ese objetivo: "La guerra de los Antartes" y
"Camote" son sus obras más representativas de ese período.
Con la llegada del Proceso de Reorganización Nacional en 1976, se instala
la persecución de todos los militantes políticos. Oesterheld pasa a la
clandestinidad y desde allí escribe otra versión de El Eternauta para la
Editorial Record. Había retomado lo escrito en 1957 pero dando cuenta de la
situación coyuntural que vivía el país. Anticipó en estas nuevas líneas un
destino de horror.
Sus hijas, los esposos de sus hijas y sus dos nietos fueron desaparecidos
sistemáticamente.
En 1977 Héctor Germán Oesterheld es víctima de la represión militar argentina.

Tomado de:
http://www.unla.edu.ar/espaciodearte/artistas/oesterheld/oesterheld.asp

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