En las paredes de los cementerios suelen haber muchos vivos que escriben:
"Si no pudiéramos elegir nuestro destino
ya estaríamos muertos".
(Grafitti de los '70 en muralla lateral del Cementerio San Vicente, Córdoba)
"En el Paraíso no pasa nada interesante"
(Grafitti de los '80 en el paredón del Cementerio de Montevideo)
;-P grafitis paraleer (envianos el tuyo...)
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[P/L@] Paraleer a Galeano
Bocas del tiempo (II)
por Eduardo Galeano
El nombre
El pueblo de Cerro Chato nunca tuvo ningún cerro, ni chato ni puntiagudo.
Pero Javier Zeballos recuerda que Cerro Chato sí tenía, en los tiempos de
su infancia, tres comisarios, tres jueces y tres doctores.
Uno de los doctores, que vivía en el centro, era la brújula de los
mandados. La mamá de Javier lo orientaba así: De la casa del Doctor
Galarza, vas dos cuadras para abajo.
Esto queda en la esquina del Doctor Galarza.
Andá a la farmacia que está a la vuelta del Doctor Galarza.
Y allá marchaba Javier. A cualquier hora que pasara por allí, con sol o con
luna, el Doctor Galarza estaba siempre sentado en el zaguán de su casa,
mate en mano, dando cumplida respuesta a los saludos del vecindario, buenos
días, Doctor; buenas tardes, Doctor; buenas noches, Doctor.
Ya Javier era hombre crecido, cuando se le ocurrió preguntar por qué el
Doctor Galarza no tenía consultorio médico ni estudio jurídico. Y entonces
se enteró. Doctor no era: se llamaba. Así había sido anotado en el Registro
Civil: Doctor de nombre, Galarza de apellido.
El papá quería un hijo con diploma, y aquel bebé no le pareció digno de
confianza.
***
El cumpleaños
Cara de hormiga sonriente, ancas de rana, patas de pollo: Sally cumplía su
primer año de vida en el mundo.
El acontecimiento fue celebrado en grande. La madre, Beatriz Monegal,
tendió en el piso un enorme mantel de flores bordadas, de origen
inconfesable, y encendió la velita en el mástil de la torta que había
comprado, a pagar nunca, en El Emporio de los Sandwiches.
En un santiamén desapareció la torta y se desató el bailongo, mientras la
homenajeada dormía profundamente, envuelta en ropa limpia y almidonada,
dentro de una canasta de verdulería.
A las tres menos cuarto de la madrugada, cuando ya no quedaba ni una gota
de vino en las damajuanas, Beatriz tomó sus últimas fotografías, apagó la
radio, echó a la gente y recogió de apuro todas sus pertenencias.
A las tres en punto, sonó la sirena policial. Beatriz había invadido
aquella casona hacía un par de meses, junto a sus muchos hijos y a su más
reciente amor, que era fornido y bueno para abrir casas a patadas. Cuando
entraron los policías, con orden de desalojo, ya Beatriz había iniciado su
nueva peregrinación.
Ella iba por el medio de la calle, tirando de las varas de un carro lleno
de niños y de trapos, seguida por su hombre y sus hijos mayores. Iba en
busca de otra casa para invadir, y su risa rompía el silencio de la noche
de Montevideo.
***
Exorcismo
Ocurrió en 1950. Contra todo pronóstico, contra toda evidencia, Brasil fue
derrotado por Uruguay y perdió su campeonato mundial de fútbol.
Después del pitazo final, mientras caía el sol, el público siguió sentado
en las gradas del recién inaugurado estadio de Maracaná. Un pueblo tallado
en piedra, inmenso monumento a la derrota: la mayor multitud jamás reunida
en la historia del fútbol no podía hablar, ni podía moverse. Allí se
quedaron los dolientes, hasta bien entrada la niche.
Y allí estaba Isaías Ambrosio. Le habían regalado una entrada, por haber
sido uno de los albañiles que habían construido aquel estadio.
Medio siglo después, Isaías seguía estando allí.
Sentado en el mismo lugar, ante las gradas vacías del gigante de cemento,
repetía su inútil ceremonia. Cada atardecer, a la hora fatal, Isaías
trasmitía la jugada que había sellado la derrota, pegada la boca a un
micrófono invisible, para la audiencia de una radio imaginaria. La
trasmitía paso a paso, sin olvidar ningún doloroso detalle, y con voz de
locutor profesional gritaba el gol, o más bien lo lloraba, y volvía a
llorarlo, como en la tarde anterior y en la tarde siguiente y en todas las
tardes.
***
El mercado global
Árboles de color canela, frutos dorados.
Manos de caoba envuelven las semillas blancas en paquetes de grandes hojas
verdes.
Las semillas fermentan al sol. Después, ya desenvueltas, el sol las seca, a
la intemperie, y lentamente las pinta de cobre.
Entonces el cacao inicia su viaje por la mar azul.
Desde las manos que lo cultivan hasta las bocas que lo comen, el cacao se
procesa en las fábricas de Cadbury, Mars, Nestlé o Hershey y se vende en
los supermercados del mundo: por cada dólar que entra en la caja, tres
centavos y medio van a las aldeas de donde el cacao viene.
Un periodista de Toronto, Richard Swift, estuvo en una de esas aldeas, en
las montañas de Ghana.
Recorrió las plantaciones.
Cuando se sentó a descansar, sacó de su mochila unas barras de chocolate.
Antes del primer mordisco, se encontró rodeado de niños curiosos.
Ellos nunca habían probado eso. Les encantó.
***
La información global
Unos meses después de la caída de las torres, Israel bombardeó Yenín.
Este campo de refugiados palestinos quedó reducido a un inmenso agujero,
lleno de muertos bajo las ruinas.
El agujero de Yenín tenía el mismo tamaño que el de las torres de Nueva York.
Pero, ¿cuántos lo vieron, además de los sobrevivientes que revolvían los
escombros buscando a los suyos?
***
Héroes
Desde lejos, los presidentes y los generales mandan matar.
Ellos no pelearán más que en las reyertas conyugales.
No derramarán más sangre que la de algún tajito al afeitarse.
No respirarán más gases venenosos que los que escupe el automóvil.
No se hundirán en el barro, por mucho que llueva en el jardín.
No vomitarán por el olor de los cadáveres pudriéndose al sol, sino por
alguna intoxicación de hamburguesas.
No los aturdirán las explosiones que despedazarán gentes y ciudades, sino
los cohetes que celebrarán la victoria.
No les acosarán el sueño los ojos de sus víctimas.
***
Las trampas del tiempo
Sentada de cuclillas en la cama, ella lo miró largamente, le recorrió el
cuerpo desnudo de la cabeza a los pies, como estudiándole las pecas y los
poros, y dijo:
- Lo único que te cambiaría es el domicilio.
Y desde entonces vivieron juntos, fueron juntos, y se divertían peleando
por el diario a la hora del desayuno, y cocinaban inventando y dormían
anudados.
Ahora este hombre, mutilado de ella, quisiera recordarla como era. Como era
cualquiera de las que ella era, cada una con su propia gracia y poderío,
porque esa mujer tenía la asombrosa costumbre de nacer con frecuencia.
Pero no. La memoria se niega. La memoria no quiere devolverle nada más que
ese cuerpo helado donde ella no estaba, ese cuerpo vacío de las muchas
mujeres que fue.
***
La flauta mágica
Andaba por las calles el médico sanador de los instrumentos que habían
perdido el corte o el recorte.
El pie del afilador hacía girar la rueda de esmeril, que arrancaba una
lluvia de chispas a las hojas de cuchillos, navajas y tijeras. Los
chiquilines del barrio, un enjambre de admiradores, éramos el público del
espectáculo.
Como el organito anunciaba al barquillero, la flauta era el pregón del
afilador.
Los vecinos decían que si uno estaba pensando en algo y escuchaba el son de
esa flauta, cambiaba de opinión en el acto.
Ya casi no quedan afiladores en las calles de las ciudades, ya sus flautas
no se meten por las ventanas. Otros sones suenan, músicas del miedo, y
mucha es la gente que cambia de opinión en un instante.
***
La canción
Praga estaba muda.
En la esquina donde la calle Celetná se abre a la gran plaza de la Ciudad
Vieja, una voz rompió, de pronto, el silencio de la noche.
Desde su silla de inválida, clavada en el empedrado, una mujer cantó.
Yo nunca había escuchado una voz tan bella y tan rara, voz de otro mundo, y
me pellizqué el brazo. ¿Estaba dormido? ¿En qué mundo estaba?
Me contestaron unos muchachos, que aparecieron a mis espaldas: se burlaron
de la paralítica cantora, la imitaron riendo a carcajadas, y ella se calló.
***
La mar
Rafael Alberti ya llevaba casi un siglo en el mundo, pero estaba
contemplando la bahía de Cádiz como si fuera la primera vez.
Desde una terraza, echado al sol, perseguía el vuelo sin apuro de las
gaviotas y de los veleros, la brisa azul, el ir y venir de la espuma en el
agua y en el aire.
Y se volvió hacia Marcos Ana, que callaba a su lado, y apretándole el brazo
dijo, como si nunca lo hubiera sabido, como si recién se enterara:
- Qué corta es la vida.
***
El baile
Helena bailaba dentro de una caja de música, donde las damas de miriñaque y
los caballeros de peluca gritaban y hacían reverencias y seguían girando.
Aquellos trompos de porcelana eran un poco ridículos pero simpáticos, y
daba placer deslizarse con ellos en la espiral de la música, hasta que en
una voltereta Helena tropezó, cayó y se rompió.
El golpe la despertó. El pie izquierdo le dolía mucho. Quiso levantarse, no
podía caminar. Tenía el tobillo muy inflamado.
- Me caí en otro país -me confesó- y en otro tiempo.
Pero no se lo dijo al médico.
(*) Tomado de Eduardo Galeano. Bocas del tiempo. Edit. Catálogos / Bs.As. -
México, Siglo XXI, 2004. 347 p.
Este libro ofrece una multitud de pequeñas historias que cuentan, juntas,
una sola historia. Es una travesía por los temas más diversos: el amor, la
infancia, el agua, la tierra, la palabra, la imagen, la música, el éxodo,
el poder, el miedo, la guerra, la indignidad, la indignación, el vuelo...
Sus protagonistas aparecen y se desvanecen para seguir viviendo, historia
tras historia, en otros personajes que les dan continuidad. Tejidos por los
hilos del tiempo, ellos son tiempo que dice: son bocas del tiempo.
Bocas del tiempo
El escritor uruguayo Eduardo Galeano regresó a Montevideo en 1985, porque
desde 1973 estuvo exiliado en Argentina (donde fundó y dirigió la revista
"Crisis") y más tarde en España. Tal vez por esto último es un escritor
ampliamente conocido entre nosotros.
Ha cultivado diversos géneros: la novela, la poesía, el ensayo, el
periodismo. Ha sido distinguido con diversos premios europeos y americanos.
Pero en Bocas del tiempo, como ya precisa en sus primeras páginas: "...
algunos de los relatos aquí reunidos fueron publicados en diarios y
revistas. Al integrarse a este tejido, aquellas primeras versiones
cambiaron de forma y de color. "Este libro cuenta historias que viví o
escuché..."). En realidad, podrían clasificarse, en efecto, como
microrrelatos; pero buena parte de los textos cabría entenderlos también
como microcrónicas y su legítimo origen periodístico, aunque modificado,
parece evidente. Algunas se inspiran en determinados hechos, otras surgen a
raíz de una idea. En todas, sin embargo, alienta el eco poético; es decir,
la combinación en forma de prosa, de periodismo y poesía, ambos géneros
cultivados por Galeano; aunque aquí fundidos. El libro, acompañado de
pequeños grabados anónimos procedentes de la región peruana de Cajamarca,
ha sido diseñado por el propio autor en el seno de una "Biblioteca"
personal que la editorial le está dedicando.
Son textos pasados por el tiempo; en algún caso puede conocerse, puesto que
aparece en su interior la fecha o la circunstancia histórica que lo
determina. Los hay que responden a una inspiración casi inmediata, pues el
autor alude, por ejemplo, a acciones bélicas tan recientes como la presente
guerra de Iraq. Galeano ofrece el conjunto con aparente objetividad para
que el lector pueda extraer sus propias consecuencias. Junto a
microrrelatos dedicados a exponer hechos históricos o historias personales
que le han podido llegar por vía oral, descubrimos también las dedicadas a
los elementos que configuran nuestro entorno: pájaros, árboles, agua, mitos
americanos, personajes tan populares y más o menos contemporáneos como
Maradona o Libertad Lamarque. Pero el autor relata en breves líneas la
llegada del desconocido emigrante de Sierra Leona a Barcelona, donde duerme
a la intemperie en plena plaza de Cataluña o alude a seres que vivieron los
exilios, desde los españoles republicanos a los salmones. Por lo general,
agrupa las historias que poseen una trama afín. Pero las desliza y cambia
su orientación bruscamente cuando así lo considera conveniente. Pero
existe, en efecto, una nervadura invisible aparentemente desconocida por el
lector, aunque Galeano trata formar pequeños conjuntos significativos que
se mezclan, pese a todo, entre sí. Se sirve de un lenguaje afinado,
sensible, del que no se excluye ni el diálogo, ni el que aparece inscrito
en la narración gracias a una estructura reiterativa, próxima al artículo
de opinión. Arranca de afirmaciones muy concretas: "Las hormigas del
desierto asoman desde las profundidades y se lanzan a los arenales" y
finaliza con conclusiones en las que asoma, aquí o allí, su sentido del
humor: "Nadie entiende como pueden saber tanto estos cerebritos que pesan
un miligramo". Galeano incluye también textos de origen religioso "La
Virgen" (alude a la canaria de la Candelaria) o "Las otras" (donde alude a
las cinco mujeres que aparecen en los Evangelios como antepasadas de Jesús
(“tres pecadoras y una despreciada, malditas en las tierra, habían sido las
abuelas del hijo del Cielo"). Los múltiples personajes aludidos pueden ser
reyes históricos o simples vecinos. De sus vidas se derivan tragedias
colectivas, amores, historias infantiles, acciones indignas. Advertimos que
la trama se sustenta una moral la que va desde los mitos de los indios
navajos al terrorismo de las Torres Gemelas- que apenas si se ha modificado
con el transcurrir del tiempo humano, comparado al de la Tierra y al del
Universo. Pero es la ética humana o su violación lo que da sentido o
sinsentido a esta huella secreta con la que ha hilado historias. Leídos
como poemas narrativos, como historias, como crónicas o escarceos líricos
descubrimos tras ellos al escritor que no disimula su compromiso ante la
injusticia de ayer y hoy.
Joaquín MARCO
http://www.elcultural.es/HTML/20040610/LETRAS/LETRAS9731.asp
Para leer más textos de "Bocas del tiempo", el último libro de Galeano
sugerimos visitar
[P/L@756] Eduardo Galeano: Bocas del tiempo (I)
http://ar.groups.yahoo.com/group/paraleer/message/796
Gracias a nuestra querida uruguaya Sysbel por su aporte.
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