En Democracia: si no se logra que aquello que es justo sea fuerte,
se habrá logrado que lo que es fuerte sea justo.
Blas Pascal
;-P grafitis paraleer (envianos el tuyo...)
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[P/L@] Entrevistas
Reportaje a Zaffaroni sobre la inseguridad, los enemigos y los derechosa
humanos.
"No me gusta el autoritarismo cool"
El juez de la Corte Suprema Raúl Zaffaroni quiere que se hable de
infractores a la ley y no de enemigos, porque sostiene que usando la lógica
de guerra no se soluciona ningún problema. Argumenta que los derechos
humanos son para la humanidad, y que violar los derechos humanos sería que
el Estado decidiese abstenerse de combatir el delito.
Por Martín Granovsky
Aunque se negó a discutir políticas concretas sobre seguridad o los
detalles de las propuestas de Juan Carlos Blumberg, el ministro de la Corte
Raúl Zaffaroni aceptó desplegar sus ideas sobre la seguridad y el sistema
penal en medio de la discusión más aguda de los últimos años.
- ¿La Argentina es hoy más insegura que hace seis meses?
- No tenemos un monitoreo serio respecto de la situación criminal en la
Argentina. Toda afirmación que se haga surge de una sensación térmica.
- Pero la sensación térmica existe.
- Claro que existe. Sin embargo, no siempre responde a lo que pasa en la
realidad.
- ¿Usted dice que la realidad marca una situación de seguridad envidiable?
- No. Yo digo que hay que ser serios, sobre todo a nivel de las
instituciones. Aunque haya delito, el grado de sentimiento de inseguridad
no necesariamente es un reflejo mecánico de la frecuencia delictiva. O sea
que por un lado me parece que existe un mayor sentimiento de inseguridad. Y
por otro lado es poco lo que se puede decir si uno quiere ser serio.
- ¿A qué se debe el aumento del sentimiento de inseguridad?
- Normalmente responde al tiempo que se dedica en televisión a la noticia
roja, de sangre, y en menor medida a los metros cuadrados de la prensa
gráfica. La velocidad reproductiva es tan vertiginosa que impide los baches
que antes daban espacio a los discursos críticos. Todo pasa como si fuese
necesario producir enemigos, descartarlos y reemplazarlos de manera
permanente.
- ¿Usted dice que los medios de comunicación son responsables de la
percepción de inseguridad?
- Simplemente registro un hecho. Los medios transmiten noticias. Y como
ocurre con todas las noticias en todos los medios, los editores pueden
jerarquizar algo y darle menor extensión e importancia a otra cosa. Usted
lo sabe: se trata de más espacio o de menos espacio. Si ese mayor o menor
espacio está en relación con una mayor o menor frecuencia delictiva es algo
que no le puedo decir seriamente. Con lo cual estoy afirmando que me
gustaría que el Estado dispusiera de instrumentos de medición que hoy no
tiene. Pero vamos a una explicación que me parece más profunda. La
polarización de riqueza que provocó la economía globalizada deterioró
gravemente a las clases medias, volviéndolas anómicas. Por eso reclaman
normas, pero no saben qué normas. Son anómicos patéticos, que claman por
normas y en su desconcierto acaban encolumnándose detrás del discurso
autoritario simplista del modelo norteamericano, que viene con el prestigio
de una sociedad que envidian y admiran.
- ¿De qué modelo norteamericano habla?
- Hay un discurso penal de los republicanos duros, desde 1980, con Ronald
Reagan de presidente. Y es bien simplista. Uno, más penas para proveer más
seguridad. Dos, los delincuentes no merecen garantías. Tres, guerra a la
criminalidad que, por supuesto, también es sucia. Cuatro, los delincuentes
violan derechos humanos. Cinco, buscar la reelección rodeándose de
fotografías de los ejecutados a quienes no se les conmutó la pena de
muerte. Seis, un exitoso candidato a presidente cierra su campaña mostrando
la placa de un policía muerto. Siete, un alcalde invirtió grandes sumas en
mejorar el servicio de seguridad, depuró buena parte de la corrupción
policial y actuó en tiempo de pleno empleo, pero pretende que su éxito
estriba en la tolerancia cero y explica simplezas a ejecutivos
latinoamericanos que le pagan millones.
- ¿Ese discurso dice usted que impera también en la Argentina?
- Cuando algunos políticos advierten que esa forma de ver las cosas
satisface a las clases medias en decadencia, no es raro que se apoderen de
ese discurso y hasta se lo disputen. Como el político que pretenda
confrontar con este discurso será descalificado y marginado, si no lo asume
por cálculo electoralista lo hará por temor. Así es como algunos quieren
imponer el discurso único del nuevo autoritarismo. Y apelan a supuestos
"especialistas" que, como le decía antes, no disponen de datos empíricos
serios. Son "opinadores libres" que reiteran el discurso único. Se vende la
ilusión de que sancionando leyes que repriman desmesuradamente a los pocos
vulnerables y marginados que se individualizan y aumentando la
arbitrariedad policial, legitimando directa o indirectamente todo género de
violencias incluso contra quienes objetan el discurso publicitario, habrá
mayor seguridad urbana contra el delito común. Esto se hace magnificando la
inseguridad, y le aclaro que no estoy definiendo que no la haya.
- ¿Qué impacto tiene esa magnificación?
- Proclaman la existencia de una pretendida impunidad, de una lenidad
generalizada. Y el metamensaje es curioso: incita públicamente a los
excluidos a cometer delitos.
- Una paradoja.
- Sí. Algo así como "delincan que no pasa nada". Al final, los resultados
terminan no importando. Se trata de enviar mensajes que se toman como
verdaderos sólo porque tienen éxito publicitario. Sirven para transformar
una convicción en un prejuicio: un mundo que se desordena se puede ordenar
con disciplina impuesta con represión.
- ¿Usted carece de una sensación térmica propia?
- Sería irresponsable hablar de mí mismo. Equivaldría a contribuir a un
debate donde ninguno tiene una pauta objetiva sobre la cual opinar. Hay un
hecho cierto, una regla general de la que nuestro país no puede ser la
excepción. Con desempleo y recesión, y en la Argentina no hay recesión pero
la hubo durante cinco años y las consecuencias son millones de excluidos,
aumentan los delitos contra la propiedad y se potencia todo género de
conflictividad. Esa es una regla universal.
- ¿Coincide con la respuesta del Gobierno de mayor coordinación entre las
fuerzas federales y la provincia de Buenos Aires?
- No me haga hablar de políticas concretas. Soy un ministro de la Corte.
Prefiero no opinar acerca de cuestiones que se convirtieron en abiertamente
políticas.
- En la primera marcha de Juan Carlos Blumberg usted dijo que se compadecía
de él pero que un enfermo sometido a una mala operación no necesariamente
sugiere una buena praxis médica.
- Le voy a decir exactamente lo que pienso, actualizado a los últimos días.
Nunca estuve enfermo de cáncer pero comprendo el dolor ajeno. Me
solidarizaría con cualquier enfermo de cáncer. Más aún. Si no le diesen
tratamiento, o si el tratamiento fuese inadecuado, saldría con él a
pedirlo. Pero si el enfermo me dice que el tratamiento adecuado es la yerba
de Doña María, y que por el solo hecho de sufrir, él sabe más que el
oncólogo, yo no lo seguiría. Porque la yerba de Doña María no sirve, no salva.
- Piensa lo mismo que antes de la marcha de abril.
- Lo mismo. Es un criterio general que aplico.
- Doctor, ¿de qué se habla cuando se menciona el crimen organizado?
- A mí no me gusta como categoría. Es muy abstracta. Abarca una serie de
fenómenos criminales dispersos, desde el lavado de dinero hasta la
actividad de una banda de secuestradores. No sirve para nada. Si soy el
Estado, tengo que prevenir el delito atendiendo a las particularidades. Y
una categoría inaplicable no sirve para la prevención. Ya que está de moda
comparar todo con la medicina, nunca buscaría una categoría que me junte el
SIDA con el cáncer. Solo conseguiría que fuese imposible tratar nada.
- Pero hay un factor común: participa el Estado.
- Siempre que hay actividades de crimen como el lavado y el secuestro a
gran escala hay un fenómeno de corrupción en el Estado. Eso es cierto. Y
destruye las instituciones, incluso la policía, como pasó en los últimos
años en América latina.
- ¿De qué manera?
- Se autonomizaron las cúpulas de las fuerzas de seguridad y se profundizó
su corrupción. Cuando a las instituciones armadas se les da más ámbitos de
arbitrariedad ganan poder político, o para dar un golpe de Estado o para
presionar a las autoridades democráticas. Es como enviciar a las fuerzas de
seguridad y destruirlas como instituciones. Los peores costos los pagan con
su integridad física los estamentos inferiores, con salarios degradados,
autoritarismo interno, riesgos altísimos, anomia profesional, carencia de
información, desprestigio público, aislamiento social y falta de
condiciones para debatir horizontalmente sus condiciones laborales. Ese
tipo de políticas fortalecen el Estado de policía y debilitan el Estado de
derecho.
- ¿Qué es el Estado de Derecho?
- El Estado de Derecho ideal es en el que todos estamos sometidos por igual
ante la ley.
- ¿Y el Estado de policía?
- Aquel donde nos sometemos a la voluntad del que manda. Invariablemente
dentro de todo Estado de Derecho queda siempre un Estado de policía que
pugna por romper el Estado de Derecho. Es una dialéctica permanente. Una
lucha que no tiene fin.
- Usted habló antes de la búsqueda de enemigos. ¿Quién es el enemigo?
- Va cambiando. Un día son los secuestradores. Otro día los violadores.
Después los asaltantes. Siempre hubo enemigos. Pero duraron más. Las brujas
fueron un enemigo durante 300 años. Acá cambian una vez por semana.
- Pero, ¿qué es el enemigo?
- Planteado así, una construcción. La sucesión de enemigos aumenta la
angustia y reclama nuevos enemigos para calmarla, porque nunca termina de
conseguirse el chivo expiatorio adecuado.
- ¿Es un círculo vicioso?
- Algo así. Todo se potencia de forma circular. Se impone una propaganda
puramente emocional que prohíbe denunciar.
- ¿El que critica es como un enemigo?
- Sí. Mire, a mí se me ocurre caracterizar este autoritarismo con la
palabra que usan los jóvenes para señalar lo superficial, lo que está de
moda, lo que se usa distraídamente: cool. Nació un autoritarismo cool,
fashion. Y no me gusta. A veces ni se lo asume como una convicción
profunda. Es una moda a la que es necesario plegarse sólo para no pasar por
anticuado o desubicado. Cuidado con el autoritarismo fashion.
- ¿La construcción del enemigo es irreal?
- Bueno, toda construcción tiene algún dato de realidad.
- ¿Está mal que la sociedad se plantee la existencia de enemigos a combatir?
- Sí.
- ¿Acaso no hay enemigos?
- Hay infractores. Y no le estoy sacando gravedad a cosas tan tremendas
como el secuestro y la violación. Solo digo que no se puede pensar que el
delincuente es como un soldado enemigo en la guerra.
- ¿Y por qué estaría mal pensar eso?
- Por una razón práctica: porque no solucionaremos nada. La idea del
enemigo es la idea de alguien que está afuera de la sociedad. Alguien que
agrede a la sociedad desde afuera de ella. Así se quiere sacar un sector
desde dentro de la sociedad y quitarle su condición de persona. El tema
tiene dos costados. Uno es que se busca habilitar al Estado para hacerle
cualquier cosa al que está "afuera". El otro es que no se resuelve ningún
problema. El poder ilimitado nunca soluciona nada. Y además, ¿quién define
al enemigo? El Estado de policía habla de enemigos, y esa definición
suelecambiar arbitrariamente. El Estado de Derecho tiene en cuenta
infractores a la ley, no enemigos. Lo contrario sería caer en los extremos
tremendos del siglo XX.
- ¿El nazismo?
- No solamente. Los soviéticos consideraban "parásitos" a los tipos
peligrosos. Los nazis, "subhumanos". Los fascistas, "enemigos del Estado".
Y todos crearon un verdadero sistema penal paralelo con tribunales
inquisitoriales/policiales. Los nazis fueron más crueles, pero eso no
excluye otras atrocidades ni obsta a que en el fondo hubiese una base
ideológica común en lo penal.
- ¿Cuál era?
- Se la defino inventando una palabra: "peligrosismo". Era el peligrosismo
médico/policial, una forma de racismo que venía del siglo XIX. Los
autoritarismos ejercieron su poder represivo en forma genocida. Crearon
sistemas penales subterráneos, con desapariciones, torturas y ejecuciones
policiales, individuales y masivas, sin base legal alguna. El Holocausto no
tuvo base legal ni siquiera en el nazismo, como no fuera el bochornoso
Führerprinzip. La eliminación de los prisioneros polacos por el stalinismo
tampoco la tuvo. La famosa noche de los cuchillos largos no fue más que un
asesinato selectivo de disidentes.
- ¿No exagera al comparar la discusión actual con regímenes autoritarios?
- No la comparo. Explico el caso extremo de la búsqueda de enemigos.
- ¿Siempre existió la búsqueda de enemigos?
- Como discurso se impuso en el siglo XIX, con Rafael Garofalo, y en el XX
con Carl Schmitt, pero buscar e identificar enemigos fue una tarea
permanente del poder punitivo en los últimos ocho siglos. El soldado de
otro país es el enemigo externo. El delincuente es el enemigo interno. Por
eso suele ser visto como una especie de "quinta columna" que quiebra la
homogeneidad. Si uno define, como Schmitt, el poder como la capacidad de
identificar al enemigo, entonces no habrá ninguna posibilidad de utilizar
el poder para dar vigencia a los derechos humanos.
- ¿Por qué no?
- Porque los derechos humanos no tienen "enemigos". Abarcan a toda la
humanidad. El poder ni siquiera puede ser utilizado para dejar fuera de la
humanidad a quienes violen los derechos humanos.
- Blumberg dijo en el acto de Congreso que los organismos de derechos
humanos defendían los derechos humanos de los delincuentes.
- No quiero centrarme en el señor Blumberg. Estoy hablando conceptualmente.
- ¿Cuál es su concepto?
- Que efectivamente los derechos humanos son de todos los ciudadanos.
- ¿Robar es violar los derechos humanos?
- No, es cometer un delito. Para hablar de los derechos humanos el único
sujeto activo es el Estado.
- ¿No hay relación entre violación de derechos humanos y delito?
- Sí que hay. Cuando el Estado no hace nada.
- Uno podría decir: "Hay muchos robos. Ergo, hay violación de los derechos
humanos porque el Estado no se preocupó de evitar los robos".
- Eso no significa que el Estado no hace nada, que disolvió las policías
como si ante una epidemia cerrara los hospitales. Se puede discutir cómo lo
hace, pero claramente hay una preocupación por resolver el delito. No
escuché a ningún funcionario decir: “Si te roban, embromate”. Eso sería
violar los derechos humanos por omisión. No sucede.
- ¿Y usted cree que el Estado hace todo lo que puede?
- Nunca se hace todo lo que se puede. Pero veo policías funcionando. Y veo
preocupación por cómo prevenir. Igual, no me haga hablar de políticas
concretas. No quiero ser imprudente.
- Su imprudencia llega solo a hablar del autoritarismo cool.
- No, no es imprudencia. Es una lucha por sostener con firmeza los
principios del derecho penal liberal y oponerlos al derecho penal cool.
Quiero el fortalecimiento de la independencia judicial y el respeto a los
jueces y sus decisiones. Exijamos responsabilidad institucional a nuestros
políticos. Y no censuremos a nadie, pero ampliemos la libertad de expresión
y de comunicación hasta poder confrontar públicamente por los mismos medios
el actual discurso único del autoritarismo cool.
- ¿Lo suyo es la guerra?
- No. Ya le dije que la guerra pone el problema afuera. Lo mío es una lucha
contra la injusticia. En el sentido en que estuvimos hablando, no tengo
miedo de mostrarme "anticuado" o "impopular" para no ser cool. Yo critico a
los políticos que se montan en el aparato autista que le describí y
sancionan leyes penales y procesales autoritarias y violatorias de
principios y garantías constitucionales. O prevén penas desproporcionadas,
que a veces no pueden cumplirse porque exceden la vida humana. O reiteran
tipificaciones y agravantes en marañas antojadizas. O desarticulan los
códigos penales, convierten la prisión preventiva en una pena y terminan
desconcertando a los tribunales. Si los políticos de América latina se
dejan llevar por la amenaza de una publicidad negativa, van a provocar el
mayor caos legal autoritario de la historia penal desde la independencia.
Aparecido en Página/12 Domingo 29/8/04
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